Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe www.virgendeguadalupe.org.mx
Versión estenográfica de la
Homilía pronunciada por S.E. Mons. Sigifredo Noriega Barceló, Obispo de la Diócesis de Zacatecas, con motivo de la peregrinación anual de dicha diócesis a la Basílica de Guadalupe.
12 de septiembre de 2017 Saludo a cada uno de ustedes, a cada una de las personas aquí presentes, a cada uno de ustedes y con ustedes a la gente que viene y hace esta peregrinación. Venimos con nuestra familia o traemos los asuntos de nuestra familia. Venimos con nuestras comunidades, traemos los asuntos, las preocupaciones y las aspiraciones de nuestras comunidades. Saludo a las personas que se hacen presente a través de ustedes, que están en casa, que están en el trabajo, que están en el camino. Saludo a las personas que se hacen presente a través de los medios de comunicación, a través de la radio, a través del Internet, donde quiera que estén.
Y los invito a que juntos saludemos a María y le digamos:
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y
en la hora de nuestra muerte. Amén.
Saludamos a María y nos saludamos como Iglesia que este día 12 de septiembre celebra la fiesta del santo nombre de María.
No podemos agotar el misterio del amor de Dios, como tampoco podemos entender, comprender, los diferentes misterios de nuestra vida, desde los misterios de gozo hasta los misterios de alegría junto con la luz, los misterios luminosos. Desde luego, los misterios de dolor que son los que a veces más nos preocupan, junto con esos misterios de la esperanza, los misterios de la gloria.
No podemos agotar nada de esto, por eso invocamos a María con su nombre. Esta fiesta sale del pueblo, buscando la intercesión de nuestra Santa madre, pidiendo por las necesidades de la Iglesia y hoy en la oración colecta es lo que le hemos pedido, que a través de ella nos obtenga los dones de tu misericordia.
Nos sentimos muy bien en casa de nuestra madre. No necesitamos invitación. Sentimos esa confianza, sentimos este lugar como un lugar de paz, de descanso. Venimos con los frutos de la tierra, con los frutos del trabajo de cada día. Venimos con este mismo espíritu. ¿A
qué venimos? Venimos primeramente no a pedir, sino a ofrecer nuestra ofrenda, nuestra vida, nuestra presencia quiere ser esa ofrenda que hace el hijo y que hace el hermano.
La ofrenda nuestra, ofrenda propia y también la ofrenda de las personas que peregrinan con nosotros en la vida. La ofrenda con nuestras historias, historias llenas de lucha de cada día. Esa lucha que se hace en el silencio, que no es aparatosa, que no tiene reflectores, pero que está ahí por ese enorme deseo de vivir, de salir adelante en la vida. Es nuestra ofrenda: nuestra vida con sus historias, es nuestra ofrenda esos rostros, desde el bebé que empieza a caminar en la vida, hasta la persona anciana que ya por su rostro cruzan esos ríos de lágrimas y de gratitud al mismo tiempo.
Hoy también –como se nos dijo al inicio de la Eucaristía- queremos traer la ofrenda del sufrimiento de tantas y tantas personas y familias afectadas por el sismo, por los ciclones, por las inundaciones. Esta ofrenda que al principio a todos nos impacta: desolación, dolor, pero al mismo tiempo nos llena de esperanza por la solidaridad, por la cercanía de tantas y tantas personas.
Hoy todos como ofrenda nos miramos caminando en el quehacer de cada día, haciendo esos gestos sencillos, esas cosas pequeñas, ahí donde estamos plantados, realizando los gestos del amor de cada día, así como pedimos el pan nuestro de cada día, así derramamos el amor de cada día.
Nos vemos, nos miramos caminando gracias a la esperanza que brota de nuestra fe. Pero también al mismo tiempo que ofrecemos, venimos a pedir llenos de confianza, sabedores de que nuestra madre es presencia en nuestra vida, presencia en la Iglesia, presencia en el plan de Dios en la historia de la salvación. Nos preocupa todo aquello que nos hace complicar la vida todo aquello que nos que nos lastima cada día.
No hay madre que no pida por sus hijos. No hay hijo que no se preocupe por sus padres. (Y pobre del hijo que no se preocupe por sus padres, y pobre de la madre y padre que no se preocupe por sus hijos). Nos preocupa aquello que no suele. Hay tantos y tantos sufrimientos en nuestro entorno, en nuestra Iglesia diocesana de Zacatecas, en nuestro Estado. Ese entorno de inseguridad y de incertidumbre.
Por eso un gran sufrimiento de las familias que tienen hijos, hermanos, familiares desaparecidos. Por la incertidumbre ante una sociedad que no termina de despegar, no tenemos claro a dónde queremos llegar. Nos preocupa perder la esperanza. Por eso hay tantos suicidios; han aumentado tanto los suicidios y decimos hoy lo que decimos a María: María ruega por nosotros.
A lo mejor solamente elevamos nuestra mirada y nos quedamos sin palabras. Es cuando oramos en el silencio y con el silencio. Es
cuando nuestro corazón se convierte en oración y nuestras preocupaciones se convierten en súplicas. Cada uno de los aquí presentes o de los presentes a través de los diferentes medios, estoy seguro que piden, que pedimos algo a Dios a través de la intercesión de María. A esto venimos, a ofrecer y a interceder.
Aprendamos de María, nuestra madre, en este momento que vivimos, ese momento de nuestra vida, de nuestro pueblo, de nuestros pueblos. Ella también tuvo sus sismos, Ella también vivió aquellos ciclones que quizá no consistan en la abundancia de viento y agua, sino los ciclones propios de toda vida humana. Aprendamos de María. ¿Qué hace? María escucha y María actúa, escucha la Palabra y al escuchar la Palabra Ella obedece, Ella cree porque la fe es obediencia y Ella cree en su Hijo Jesús. Al escuchar la Palabra es lo que escuchamos.
Que no nos enredemos, que no nos hagamos bola ante las diferentes situaciones de la vida, sino que creamos en Jesucristo. Dios nos dio una vida nueva con Cristo, perdonándonos nuestros pecados y Pablo insiste: puesto que ustedes han aceptado a Cristo Jesús el Señor, vivan como verdaderos cristianos.
Permanezcan arraigados y cimentados en Él, con fe firme como se lo enseñaron a ustedes y en continua acción de gracias. Aprendamos a escuchar como María. De la escucha, viene el ánimo, viene la fortaleza, viene el levantar la mirada. Dios con nosotros, ese es Jesucristo. La Iglesia con nosotros, esa es María. Escuchemos y actuemos lo que escuchamos hoy en el Evangelio.
Antes de que Jesús elija sus discípulos como apóstoles, María había sido elegida, había sido enviada. Y si hoy Jesús envía a los suyos para que sean agentes de buenas noticias, María ya había sido enviada a su prima Isabel.
Muy queridos hermanos, estamos aquí porque creemos, somos creyentes en Cristo Jesús y el paquete completo es María. Viene con María y María viene para Jesús y con Jesús, para darnos a Jesús. Escuchemos y actuemos como ella ante las situaciones complejas que vivimos. Seamos personas de buenas noticias.
Hoy somos nosotros enviados a ser fermento, a ser luz, a ser sal de la tierra, como un día Dios envió a María a Isabel, como un día Dios envió a María a los pastores, como un día Dios envió a María los novios de Caná y les va a anunciar a Jesús: hagan lo que Él les diga. Como un día María fue enviada a las mujeres y a los jóvenes al pie de la cruz.
Hoy nosotros somos enviados, no porque seamos perfectos, sino porque nos hemos dejado transformar por la gracia de Dios, como un día María fue llena de gracia, hoy nosotros venimos pues como
Iglesia peregrina, Iglesia diocesana, Iglesia que peregrina en estos 35 municipios de Zacatecas, en estos cinco municipios del Estado de Jalisco, en una partecita también del Estado de Aguascalientes y en otra parte del Estado de San Luis Potosí. Venimos como Iglesia peregrina que quiere estar en salida, que busca con la intercesión de María, busca renovarse para ser fiel servidora en la misión que se le encomienda en éste Siglo XXI.
Nuestro propósito en la ruta que estamos siguiendo hasta el año 2020, “Ruta 20-20” como le hemos llamado. Venimos a eso, a decirle: María queremos ponernos en este camino en salida como tú un día te pusiste en camino hacia las montañas para visitar a Isabel. Ella no se quedó encerrada en su casita de Nazaret. Salió, Ella siempre en salida. Al final la vamos a encontrar con el discípulo amado en otra casa, en Éfeso y ahora le encontramos aquí en esta casa del Tepeyac y la podemos encontrar en nuestra habitación de cada día.
Una alusión muy especial este año 2017, que como Iglesia diocesana queremos, buscamos, pretendemos, luchamos porque nuestros jóvenes, nuestras generaciones jóvenes, adolescentes y jóvenes, puedan conocer a Jesús y seguirlo, como ésa fue la misión de María y es la misión de la Iglesia.
¿Por qué? Porque nuestros jóvenes son la Isabel y el Zacarías de este siglo. ¿Por qué? Porque nuestros jóvenes están muy necesitados por ser periferia en la Iglesia, por ser periferia en nuestro mundo. ¿Por qué? Porque ellos son el presente de nuestro futuro. ¿Por qué? Porque ellos están llamados a ser semilla de renovación.
Creo que tenemos, según lo que hemos recogido durante lo que va del año en la escucha a los jóvenes, dos grandes tareas como Iglesia diocesana. La primera es escucharlos para acompañarlos en su búsqueda de sentido. Creo que es el problema fundamental en el joven de nuestro tiempo: no le encuentra chiste a la vida, no le encuentra chiste a portarse bien. ¿Por qué tengo que hacer el bien? No le encuentra sentido al futuro, más bien le da miedo y de ahí viene la incertidumbre.
Es el primer gran desafío que tenemos. Por eso la urgencia de la nueva evangelización: presentarles a Cristo vivo, fuente de sentido, la única fuente trascendente de sentido: Cristo, fundamento, compañero, amigo en el camino de la existencia. A Cristo, modelo en proyecto de vida que trasciende. Esa es nuestra misión como Iglesia, esa es la tarea concreta que tenemos que hacer. Así como lo hizo María, María siempre en salida para presentar a Cristo. Desde Belén, desde la indigencia de Belén hasta el escándalo de la cruz. Una primera gran tarea.
Una segunda: actuar con ellos, hacer fraternidad, hacer grupo, hacer pueblo. El idioma del amor pasa hoy por la cercanía, por el afecto, por la compasión, por la aceptación de las personas, por la búsqueda en el camino, por el dejarse sorprender con nuevas inspiraciones, por el correr el riesgo de la creatividad, por el atrevimiento de buscar nuevas formas de anunciar el Evangelio, de celebrar el Evangelio. Gran desafío ante una Iglesia que ha puesto su seguridad en el pasado, con muy buenas tradiciones, pero con muy poca visión de futuro. Nuestra tarea es esa: ponernos en camino, buscar, abrir los brazos, actuar, actuar con los jóvenes. Los jóvenes tienen mucho que enseñarnos en nuestras aspiraciones, en nuestras búsquedas, en ese nuevo ardor en la evangelización, con nuevo lenguaje, con nuevas formas de compasión. Tenemos mucho que aprender de ellos.
Por eso pues, hemos venido como Iglesia a este lugar. Traemos nuestras ofrendas que se hace en gratitud y petición. Traemos nuestros deseos, nuestros anhelos, traemos nuestro descanso. Y le decimos: María madre, ruega por nosotros.
Celebremos nuestra fe. Confiemos desde la fe en el futuro que se cultiva y alimenta en esta casa de María, en este altar de Jesucristo. Con su ayuda hagamos un hogar habitable donde todos quepamos con todo y nuestras broncas, con todo y nuestras aspiraciones. Madre, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte.