DIRECTORIO DE
CONTEMPLATIVOS
ENRIQUE HERP
Libro para la Oración de contemplación.
Breve doctrina para alcanzar la vida verdadera
que nos lleve a la semejanza y unión espiritual con Dios.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE LAS DOCE MORTIFICACIONES
1. Del menosprecio de las cosas temporales y de tres grados de pobreza.
2. Desarraigo del amor propio. La triple intención.
3. Tres modos de mortificar la sensualidad. Diferencia de pecados veniales.
4. La mortificación del amor desordenado. Diferencias de amor.
5. Mortificación de los vanos y peligrosos pensamientos. Daños que de ellos se siguen.
6. De cómo debemos ahorramos toda preocupación innecesaria y de la administración de las cosas externa.
7. La dulzura del amor de Dios desecha la amargura del corazón.
8. La vanagloria y soberbia bajo los pies. Deseo del propio menosprecio.
9. Mortificación del desorden en la dulzura interior y en la curiosidad del entendimiento.
10. Los escrúpulos y su origen.
11. Paciencia en las adversidades. Utilidad de las tribulaciones.
12. La abnegación de la voluntad. Grados de obediencia. Nobleza del libre albedrío.
SEGUNDA PARTE LA VIDA ACTIVA
TRATADO PRIMERO: Preparación de la vida activa. 13. Conversión del alma al amor de Dios.
14. Las tres vidas. Aptitud para la vida contemplativa.
15. Preparación de la vida activa por la penitencia. Esperanza de la misericordia divina.
16. Variedad y eficacia de las meditaciones. Seis grados de oración.
17. Prácticas espirituales para aprovechar.
TRATADO SEGUNDO: Ornato de la vida activa. 19. Las virtudes morales, ornato de la vida activa.
20. Las tres moradas del contemplativo.
21. Virtudes morales de humildad, obediencia, paciencia, mansedumbre, benignidad, fortaleza, sobriedad, castidad, etc.
TRATADO TERCERO: Proceso de la vida activa.
22. Aprovechamiento o consurrección de la vida activa por la fe, el amor y la esperanza.
23. Triple intención: recta, simple y deiforme. La oración vocal.
24. El amor verdadero, por el cual nos unimos a Dios en la vida activa.
25. Amor y devoción sensibles.
26. Pacífica unión con Dios por la esperanza.
TERCERA PARTE
VIDA CONTEMPLATIVA ESPIRITUAL
TRATADO PRIMERO: Preparación de la vida contemplativa espiritual. 27. Aptitud para la vida contemplativa. Cuatro impedimentos.
28. Tres imágenes que impiden la contemplación. Otras que la favorecen.
29. Preparación a la vida contemplativa espiritual por la unión y reforma del discurso y del amor.
30. Los dos caminos del amor: el humano y el místico.
31. La vida mística. Circunstancias que la favorecen.
32. Las aspiraciones y jaculatorias.
33. El amor unitivo transforma el alma pura en Dios.
34 Beneficios del amor de unión.
35. El otro pie de la contemplación. Pensamientos que ocupan la memoria.
36. Purificación del entendimiento.
37. Tres grados del conocimiento divino.
TRATADO SEGUNDO: Ornato de la vida contemplativa.
38. Los siete dones del Espíritu Santo, ornato de la vida contemplativa.
TRATADO TERCERO: Progreso de la vida contemplativa.
39. Consurrección y provecho de la vida contemplativa espiritual conforme a las tres partes del hombre.
40. Consurrección de la vida contemplativa espiritual según las potencias inferiores del alma. Primer grado.
41. La embriaguez espiritual, segundo grado de consurrección.
42. Peligros frecuentes de este ejercicio.
43. Precaución para mortificar el egoísmo y propia voluntad.
44. Tercer grado de consurrección. Herida del alma.
45. Las revelaciones de Dios.
46. Nobilísimo y cuadriforme ejercicio de aspiración. El amor unitivo.
48. Los amigos infieles ante la prueba.
49. Los amigos fieles y la triple mirra de la tribulación.
50. Consurrección de las potencias superiores en la vida contemplativa espiritual. Alma y espíritu.
51. Elevación de la memoria. Las tres potencias del alma.
52. Elevación del entendimiento a la luz divina.
53. Voluntad inflamada en amor.
54. Consurrección de la vida contemplativa espiritual en la unidad esencial del alma.
55. Nombres del amor: práctico, fruitivo, elevado, pacífico, puro y esencial.
56. El toque extrayente.
57. El toque intrayente.
58. Triple manifestación de la luz.
CUARTA PARTE
VIDA CONTEMPLATIVA SUPRAESENCIAL TRATADO PRIMERO: Preparación.
59. Dignidad de esta vida y razón de pedir dones a Dios.
60. Abnegación de la voluntad en la vida supraesencial.
TRATADO SEGUNDO: Ornato de la contemplación supraesencial.
61. Seis puntos en que se contiene el ornato de la vida contemplativa supraesencial.
62. Ejercicio con que tienden a Dios los más sencillos.
TRATADO TERCERO: Provecho de la contemplación supraesencial. 63. Operación del Espíritu Santo en la consurrección supraesencial.
64. Operación del Hijo en el entendimiento.
65. Operación del Padre en la memoria.
PRÓLOGO
Para satisfacer - tu grande, humilde y devoto deseo para alcanzar la vida verdadera y perfecta que nos lleve a la semejanza y unión espiritual con Dios, deberás tener en cuenta dos cosas ante todo. Lo primero es la perfecta mortificación y desprendimiento de todas las cosas que podrían presentar algún día impedimento para conseguir el acceso y unión con Dios. Lo segundo, que debemos tener conocimiento en orden a adquirir unión permanente y amorosa con Dios secretamente, sin medio alguno entre Dios y las potencias del alma.
Para lograr lo primero has de saber que debemos mortificarnos principalmente bajo los doce aspectos siguientes: Ante todo, en el uso de las cosas temporales. Segundo, el deseo de buscarse a si mismos al practicar ciertas obras virtuosas o rechazar el mal. Tercero, la afición de la propia sensualidad. Cuarto, el apetito de todo amor sensitivo, natural o adquirido. Quinto, el deseo de poseer cosas. Sexto, despojarse de toda
preocupación, que no procede de necesidad justa, para provecho espiritual o por obediencia. Séptimo, evitar cualquier amargura de corazón. Octavo, reprimir toda tendencia a vanagloria, complacencia en si mismo, honor mundano y soberbia. Noveno, toda complacencia interior, sea espiritual o de los sentidos. Décimo, toda clase de escrúpulos. Undécimo, toda inquietud e impaciencia del corazón, ante una exterior adversidad. Duodécimo, conviene que haya mortificación de la voluntad propia en total y generosa disposición para aceptar todo abandono interior por amor de Dios. Estas son las doce puertas del paraíso espiritual de nuestro corazón, que es el jardín de las delicias de Dios, como El mismo dijo: «Mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). Tales puertas, como dijo Juan en el Apocalipsis (21,21), están construidas con cada una de las margaritas de las virtudes, mediante las cuales el alma se reforma y pone en estado de inocencia, de manera que las potencias inferiores del hombre no se antepongan a las superiores impidiéndolas orientarse hacia Dios y vivir en El.
PRIMERA PARTE
LAS DOCE MORTIFICACIONES
CAPÍTULO I
Del menosprecio de las cosas temporales y de tres grados de pobreza
Ante todo está la mortificación de toda afición a las cosas temporales. Aquí se podría preguntar si es necesario, para vivir en estado de perfección, hacer voto de pobreza voluntaria y renunciar a todas las cosas temporales, pues se lee en el Evangelio que dijo Nuestro Señor: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dalo a los pobres; luego ven y sígueme» (Mt 19,21).
Los votos religiosos
A esto responde Santo Tomás de Aquino diciendo que la perfección no consiste esencialmente en la pobreza o en los tres votos, sino en el seguimiento de Cristo, conformándonos a El por la vida virtuosa. La pobreza voluntaria y los demás votos son instrumentos, ayudas y ejercicios para mejor y más rápidamente llegar a la perfección. Razón de la pobreza
La pobreza, pues, quita los impedimentos que vienen de las cosas temporales; por ejemplo, la solicitud y deseo de poseerlas. Asimismo se cierra la puerta a la soberbia,
que nace de las riquezas, como la polilla del paño. Con todo, se puede conseguir la perfección sin estos tres votos: Abrahán fue perfecto estando casado y con riquezas. De igual modo los obispos se hallan en estado más perfecto que cualquier otro religioso y, sin embargo, tienen bienes propios. Esto mismo se puede entender de los otros votos. De aquí se deducen dos cosas.
En qué consiste la verdadera pobreza
La primera es que vive con perfección la pobreza voluntaria quien es capaz de renunciar con paz interior a todos sus bienes dejándolos al beneplácito del Señor, lo mismo si se los quita que si se los conserva, y quiere solamente disfrutarlos por necesidad y para la mayor honra y agrado de Dios, en cuanto él puede entender, y teniendo en cuenta además su estado, condición, naturaleza y otros puntos necesarios a este respecto; pero si supiese que daba más gusto a Dios vendiendo todas las cosas y dándolo a los pobres estaría dispuesto a ello. Tal hombre vive con perfección la pobreza voluntaria, porque Dios no se complace tanto en vernos privados de las cosas exteriores cuanto en la voluntad desnuda de afectos y libre de ocupaciones. En esto consiste esencialmente la verdadera pobreza. A ella se refiere San Pablo cuando dice: «Como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor 6,10). Esto tiene lugar cuando estamos libres de todas las cosas temporales de manera tal que, si nos viéramos desposeídos, permitiéndolo Dios para probarnos, estaríamos asimismo dispuestos a conformar libremente nuestra voluntad con la divina. Nada extraño, claro es, que nuestra natural condición sentiría cierta contrariedad en un momento dado, porque somos hombres; pero no habría culpa alguna ante Dios, siempre que la voluntad deliberada no consintiera en ello, antes bien mantenga la paz diciendo con el Santo Job: «Yahvé dio, Yahvé quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahvé!» (1,21).
Esta es la pobreza esencial que deben anhelar y apetecer todos los llamados a la perfección, y mediante esto podrán ofrecer siempre mejor a Dios su corazón con sosiego, sin perturbación y transparente. Estos hombres, aunque poseyesen un reino, serían siempre pobres voluntarios. Y, aunque a veces sientan en sus potencias sensitivas cierto gozo en la prosperidad y tristeza en lo adverso, en nada disminuye su perfección mientras que con voluntad deliberada se abandonen libremente al divino beneplácito y no pierdan la paz en el fondo del alma.
En segundo lugar se ha de notar a este propósito que quienes prometieron pobreza voluntaria, junto con los otros votos, no por eso han llegado a la santidad, sino que se han obligado a tender a la perfección con todas sus fuerzas. Cabe distinguir tres grados de pobreza voluntaria.
En primer lugar, pobreza de la profesión, que consiste en no tener nada propio. Es muy imperfecta si se reduce únicamente a la posesión de bienes materiales, porque hay muchos en realidad que desean con más ansias lo que no poseen, y. gr., superfluidad en el comer y beber, curiosidad en el vestir, y cosas semejantes. Por lo cual, la pobreza afectiva es lo principal del voto y de la virtud. Parecen pobres a los ojos de los hombres, pero no proceden como pobres de espíritu, o sea, con libertad de corazón, ante Dios.
Canon
En conclusión, toma esto por norma: cualquier cosa que usen, aunque fuere por necesidad, trajes, abrigos o cosas parecidas, si lo poseen con afición desordenada de manera que si los superiores les privaran de ello lo llevarían a mal y aun llegarían a murmurar, entonces ciertamente viven con propiedad a los ojos de Dios y tendrán que rendir estrecha cuenta ante El.
Pobreza de uso
El segundo grado es la pobreza en el uso de los bienes temporales, es decir, la de aquellas personas que sólo desean lo estrictamente necesario y se lamentan de usar lo superfluo, llamativo o cosas preciosas. Merecen alabanza porque han desprendido su corazón de todo aquello que no les es necesario, pero pueden faltar si desean con avidez lo que juzgan necesario. Porque, por muy necesaria que parezca alguna cosa, y aun habiéndosenos concedido usarla, nos está absolutamente prohibido poner en ella el corazón.
Pobreza afectiva
El tercer grado es la pobreza de afecto, que tiene lugar cuando el fiel siervo de Dios cuida de mantener su corazón en completa desnudez de manera que ni en las personas ni en las cosas haya nada capaz de atraerlo. Más aún: acepta con cierta repugnancia las mismas cosas necesarias; tan sólo las admite como ayuda y uso necesario al propio natural para lanzarse mejor con libre y desnudo afecto a los brazos desnudos del amor crucificado, Jesucristo.
Por tanto, son realmente pobres de espíritu (Mt 5,3) los que poseen las cosas temporales con esta libertad de corazón, como si no las poseyeran. En cambio, quienes hicieron voto de pobreza y luego ponen su afecto en las cosas son propietarios a los ojos de Dios.
CAPÍTULO II
La segunda mortificación tiene por objeto rectificar todo deseo de buscarse a sí mismos al practicar el bien o absteniéndose del mal, porque proviene del amor servil con que se aman a si mismos y en todas las cosas buscan más su provecho que el beneplácito divino. Por eso Dios tiene en poco sus buenas obras y ellos mismos se reprueban justamente. Conviene tener en cuenta que las obras del amor filial y del amor servil son aparentemente iguales, como los cabellos de la misma cabeza, pero el amor filial difiere mucho del servil en la intención.
Amor filial
La principal intención del amor filial, al hacer cualquier bien o rechazar el mal, está en aplacar a Dios, conocer, agradar, alabar, dar gracias, honrar y cumplir su voluntad de beneplácito.
Tres modos de conocer el amor servil
En cambio, el amor servil se conoce primeramente porque en todos los pecados que se evitan o en las obras virtuosas y ejercicios que tratan de poner en práctica se buscan a si mismos. Huyen de toda mortificación, por ejemplo, humillaciones, reprensiones, pérdida de bienes temporales, remordimiento de conciencia, penas del infierno o purgatorio y cosas semejantes. Buscan el provecho propio, como alabanzas, honras y glorias humanas, riquezas, bienes espirituales, gracias sensibles, devoción, dulzura, visiones y cosas por el estilo. Aun la misma vida eterna. En todo esto procuran la utilidad personal más que complacer a Dios. Emprenden cosas grandes, voluntaria, decidida y alegremente; desprecian el mundo, la sensualidad, amigos y parientes; practican penitencias serias, entran en monasterios, observan rigurosamente ordenanzas, estatutos, silencio, ayunos, disciplinas y cosas semejantes. Pero de nada les sirve todo cuanto hacen, porque ni entienden ni cumplen el precepto del amor de Dios.
El amor servil puede conocerse, además, porque consideran importantes sus buenas obras y grandes prácticas piadosas más bien apoyándose en la esperanza y méritos personales que en la libertad de los hijos de Dios, redimidos por la preciosísima sangre de Jesucristo (Rom 8,32; Ap 1,5). Por eso, cualquier gracia sensible, devoción, dulzura o visión que reciben queda al instante empañada por su culpa. La propia complacencia y vanagloria los hace caer en soberbia, imaginando que son algo y en realidad «siendo nada» (Gál 6,3). Consiguientemente caen en avaricia, ansiosos de mayor dulzura, devoción, revelaciones y visiones.
En tercer lugar faltan por gula espiritual, o sea, se deleitan en las cosas precedentes sólo por el gusto natural que ellas proporcionan. Por último, cometen adulterio espiritual, o sea, se complacen en las cosas sólo por el gusto natural que ellas
proporcionan. Por último, cometen adulterio espiritual, es decir, se empeñan de tal modo en conseguirlo de Dios, recrearse y descansar en ello, que vienen a olvidarse del mismo Dios y su beneplácito. Esto lo podrás advertir, porque, al sentirse privados de devoción, se vuelven insoportables, pierden la paz, caen en tibieza y llegan a ser negligentes y perversos. Entonces buscan su consuelo en las criaturas por obras, palabras, pensamientos y deseos. Se puede concluir, por tanto, que nunca servirían a Dios con fidelidad, si supieran que no iban a recibir de Él recompensa alguna, ni temporal ni eterna, por ejemplo: gracias sensibles, devoción, consuelos y la gloria futura. Los que así proceden se hallan en muy mal estado, porque se sirven de los dones del Cielo para mayor daño propio.
Mortificación del amor propio. Intención recta. Los rectos de corazón
Es necesario purificar la intención para librarnos del amor propio al practicar el bien y abstenemos del mal. Para lograrlo se ponen aquí los tres grados siguientes: intención recta, intención simple e intención deiforme.
Se procede con recta intención cuando se hace el bien o se deja de hacer el mal principalmente porque así lo quiere Dios. Refiriéndose a esta intención dice San Gregorio en Los Morales: «Recto es aquel que no cede en la adversidad, los bienes terrenos no le doblegan, se eleva plenamente a las cosas superiores y acata sin reserva la voluntad de Dios».
Esta intención, por recta que sea, no basta para la perfección, porque no es todavía espiritual o simple, sino que versa sobre la vida activa y la multiplicidad; gira en torno a las muchas cosas en que se distrae y altera, aunque tenga a Dios como fin de sus actividades.
Intención simple
La intención simple toca más directamente al alma, porque se llega a Dios sin medio alguno y es propia de la vida contemplativa. Obra o deja de obrar ante todo para agradar a Dios, honrarle, alabarle y proclamar su gloria. Más aún: hace que todas las obras y ejercicios vayan ordenados a Dios, o sea, contribuyan a disfrutar plenamente de la presencia de Dios en abrazo amoroso. Esto quiere decir simple: que no sólo es recta en el sentido de fijarse directamente en los actos virtuosos con referencia a Dios, sino que se orienta primaria y exclusivamente a Él, centrándose totalmente en El, sin ninguna dispersión a la multiplicidad exterior. Porque la intención simple es una cierta inclinación amorosa del espíritu interior hacia Dios, iluminada por el conocimiento divino, adornada con la fe, esperanza y caridad. Constituye el fundamento interno de la vida espiritual. Así, pues, esta intención se endereza a Dios inmediatamente, en cuanto es posible, teniendo como fin primario el agradarle, amarle
y honrarle. Pero nótese que no es únicamente por amor de Dios, porque aún mantiene algo propio, como es el hecho de que también en su ejercicio gusta de consuelos y devoción espiritual. Es verdad que algunos no lo pretenden propiamente hablando; pero se sienten contrariados cuando se les priva de toda devoción y dulzura, o no las reciben con abundancia, o les visita la adversidad en lugar del favor, desprecios en vez de honores y así de otras pruebas.
Intención deiforme
Sólo sabrán superarlo todo cuando lleguen al tercer grado, que se llama intención deiforme, porque ésta se ha unido y asimilado con Dios de tal forma que busca y ama solamente el honor, la voluntad, gloria y beneplácito divino, lo mismo en lo adverso que en lo próspero. Feliz aquel que ha llegado hasta aquí, pues, como dice San Bernardo, disponer la voluntad con tal pureza de intención equivale a unirse con Dios, transformarse en Él y gozar de Dios en Dios.
CAPÍTULO III
Tres modos de mortificar la sensualidad.
Diferencia de pecados veniales
La tercera mortificación versa sobre las inclinaciones de la propia sensualidad. Por sensualidad se entiende lo que se expone a continuación.
El placer de los sentidos
En primer lugar, el placer de los sentidos, que se acrecienta con el deseo de manjares y bebidas finas, vestidos y lechos de lujo, etc. Bien entendido que no se prohíbe usar de todo esto, cuando se hace por exigencias de estado o condicionamiento social o porque así lo requiere la naturaleza o una enfermedad. Lo único reprochable está en usar de ello por mera complacencia de los sentidos, conforme nos amonesta San Pablo: «No os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13,14). El placer puede también consistir en pensamientos lascivos, afectos, palabras, obras, gestos y múltiples conversaciones con otras personas, motivadas por el amor sensual. Apetitos sensitivos
Viene luego la sensualidad del apetito que busca gloria y honras humanas, ostentación, alabanzas, favores y amistades. Asimismo el deseo de disfrutar de todas las cosas que entran por los sentidos, mirando cosas bellas, oyendo novedades y cosas semejantes.
Curiosidad en el decoro
Lo tercero puede ser una sensual curiosidad y arreglo exquisito de la casa, habitaciones, muebles, trajes, vestidos de gala. Del mismo modo otras muchas cosas que pueden sobrevenir o poseerse con afición sensitiva haciendo descansar en ello el corazón. Hay que evitar estos y toda otra clase de gustos sensibles, como la jarana, cotilleo, comodidades y regalos, buscados únicamente por el gozo sensitivo. Porque esto impide progresar en la virtud, e incluso motiva el retroceso. Se van tornando más difíciles las prácticas de piedad y toda devoción resulta insípida, según dice el Apóstol: «El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios» (1 Cor 2,14). Tales personas parecen tener a veces devoción y amor de Dios; sin embargo, esto es ficción y engaño o un gusto meramente natural de devoción y amor, como podemos observar que hay hombres alegres y amables por temperamento, los cuales con cualquier cosa fácilmente se encienden en amor y deseo. Y aunque la bondad del Espíritu Santo alguna vez les regale, con gracias de devoción, lágrimas, amor sensible, o algo parecido, no aciertan a usarlas provechosamente para su santificación; y lo que es peor, les perjudican. Esto es así mientras no hayan muerto a la sensualidad, porque el principio de aprovechamiento en la vida espiritual supone la mortificación de todos los pecados veniales.
Principio de aprovechamiento. Diferencia de pecados veniales. Los pecados por fragilidad
Adviértase aquí la gran diferencia que existe entre cometer pecados veniales por afición desordenada y caer por flaqueza u ocasión. Ciertamente que, por debilidad de nuestra naturaleza, es imposible evitar todos los pecados veniales. Pero si podemos, en cambio, mortificar la afición a ellos. Así, pues, faltan solamente por ocasión o fragilidad natural aquellos que, estando libres y a solas consigo mismos, antes o después de la caída, no desean nada que sea pecado, ni siquiera la mera satisfacción de los sentidos. Por ejemplo, conversaciones o compañías de pasatiempo, comer y beber bien, complacerse en sí mismos o en otros, vanagloria y cosas semejantes. En cambio, llegada la ocasión, por su debilidad natural, al instante caen en pecados veniales. Pero, tan pronto como vuelven sobre si mismos, se duelen de esto y sienten perfecta aversión y disgusto de todo aquello que les pudo alejar de Dios. Este pecado venial es de poca importancia y Dios le perdona tan pronto como el pecador se siente compungido.
Pecados de afición
Pecan voluntariamente aquellos que, antes y después de haber faltado, hallándose libres de toda ocasión de pecado, desean tener oportunidades no por el pecado en sí mismo, sino por el gusto que de ello redunda, como ocurre, por ejemplo, cuando se
tiene afición a ciertos compañeros por la broma, conversación y juego; el gusto especial en el comer, beber, oir novedades, vestir llamativamente u otras mil maneras parecidas. A éstos nunca les serán perdonados los pecados veniales, aunque los confiesen muchas veces, mientras no mortifiquen su afición. Algunas veces parece que tienen dolor de ellos; sin embargo, no procede sinceramente del fondo del alma, ni es suficiente para desarraigar por completo las aficiones del corazón. Estas personas nunca progresarán en la virtud, porque todas sus obras están mezcladas de muchas imperfecciones y abusan de toda gracia y devoción que reciben del Señor, convirtiéndolas en ocasión de pecado (Jn 12,10).
Por tanto, es necesario morir a la sensualidad, sintiendo una perfecta aversión a todo aquello a que se adhirieron los sentidos con desordenado afecto. Es la única manera de salvar el cúmulo de virtudes, penitencia, misericordia y obras buenas. Del mismo modo que Caifás profetizó de Cristo diciendo: «Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,50). ¡Oh si conociésemos la muchedumbre de los que obran grandes cosas inútilmente o casi sin provecho! Quedaríamos realmente muy sorprendidos, porque con frecuencia a los ojos de Dios es podredumbre lo que parece maravilloso al juicio de los hombres.
CAPÍTULO IV
La mortificación del amor desordenado.
Diferencias de amor
La cuarta es la mortificación perfecta de toda pasión de amor: mundano, natural y adquirido. Y esto porque toda percepción amorosa suscita en el corazón imágenes muy vivas, especialmente al procurar reconcentrarse en Dios. Causan distracción, turban la paz, manchan el corazón y lo indisponen para el servicio de Dios. En cambio, si amásemos de todo corazón al Señor y por amor de Él diéramos de mano a todas las criaturas, incluso al amor propio, nuestra imaginación estaría más llena de lo celestial y la atención a Dios nos cautivaría hasta sentirnos absortos en el amor divino.
Amor mundano
Distintas son las maneras de mortificar el amor, como diferentes son sus clases. Ante todo está el amor mundano, así llamado porque se propone complacer al mundo y teme disgustarle. Muchas obras resultan defectuosas y viciadas por el afán de complacer a la gente. Se hacen en realidad para recibir honores o evitarse humillaciones, y no para agradar a Dios. Estas acciones carecen de valor. Otros que las hacen por Dios gustan, sin embargo, de que redunden en alabanza y honor personal, más por la propia honra y alabanza que por el amor de Dios y edificación del prójimo. De igual modo cometen, o
están dispuestos a cometer, muchos defectos y pecados y dejan de practicar las virtudes con su progreso consiguiente, con tal de evitar la pérdida de bienes materiales, honras, favores, amistades. No aguantan a sufrir confusión, burla, reprensión y desprecio por amor de Dios y bien de los demás. De todos éstos dice David: «Pues Dios dispersa los huesos del apóstata, se les ultraja porque Dios los rechaza» (Sal 53,6).
Amor natural
Otro es el amor con que nos amamos a nosotros mismos, al padre, a la madre, a los hermanos, hermanas y demás parientes. Dios no prohíbe este amor, porque brota como exigencia natural; pero es una de las mayores virtudes orientarlo conforme a la recta razón bajo el amor de Dios, porque nuestra naturaleza es sutil y se busca a sí misma en todas las cosas. Resulta dificil superar las pruebas del amor natural hacia los parientes, desde el momento que este amor es por si mismo bueno. Dios probó a Abrahán mandándole sacrificar a su hijo por amor de Él. Y porque el amor divino sobrepujó todo amor natural (pues estaba dispuesto a inmolar a su hijo Isaac en su honor) Abrahán mereció llamarse amigo de Dios (Gén 22).
* Lo amable y lo aborrecible en el hombre
Si queremos conseguir nombre tan feliz, es necesario que no amemos en el hombre ninguna otra cosa más que a Dios y cuanto a Él divinamente se refiere, es decir: las virtudes y la gracia. De igual modo debemos aborrecer solamente los vicios. Sin acepción de personas, padre, madre, amigo, consanguíneo, vecino, enemigo. Nadie aplaudirá las faltas de un amigo por mucho que le quiera, ni le adule, o desee su presencia, conversación y familiar compañía, si no es con la esperanza de poder ayudarle a conseguir la salvación. Por otra parte, tampoco le considere tan enemigo que odie en él su natural y virtudes o se avinagre contra él, mientras pudiera haber esperanza de salvación. Sirva de ejemplo Cristo Jesús, quien «con lágrimas y fuerte voz pidió perdón al Padre Celestial para sus enemigos» (Lc 23,34).
* Criterio
Ten esto como norma general: todo amor (natural o cualquiera que sea) que produce desasosiego en el corazón, alterando su paz con imaginaciones, especialmente en el tiempo de la oración, y que pone deseos de ver, hablar o tener ante sí a la persona amada es amor desordenado. Cabe la única excepción de que ello sea motivado por la salvación e instrucción espiritual del alma. Desagrada a Dios y causa daño grave a los que desean aprovechar en la vida espiritual.
El tercero es el amor adquirido, y esto de dos maneras. Primero, por los encuentros frecuentes y conversaciones. Luego, por los regalos, servicios, ayudas y pruebas de amistad mutua. Estos dos amores son buenos, pero tienen el peligro de inducir a los hombres fácilmente hacia un amor desordenado, que puede llevarlos hasta el pecado o distraerlos del progreso en la virtud.
Amor racional
Al cuarto se le llama amor racional. Se origina y aumenta con la consideración de las virtudes de otros santos, especialmente en el caso de Nuestro Señor. Mediante esto, la razón nos estimula a amar la virtud y sus frutos. Y así acontece que algunos, por inclinación natural o por el constante ejercicio personal, tienen vivos deseos de amar al Sumo Bien, que es Dios, hasta anhelar la muerte por El. Puede ocurrir, sin embargo, que todo ello provenga de la naturaleza, sin la virtud de la caridad ni gracia de Dios. Por tanto, la devoción y amor basado en los sentidos no es garantía de perfección, porque el amor de Dios se robustece en la medida que el alma sabe negarse a sí misma practicando los mandamientos y consejos evangélicos. No hay otro camino.
CAPÍTULO V
Mortificación de los vanos y peligrosos pensamientos.
Daños que de ellos se siguen
La quinta consiste en mortificar perfectamente los deseos de vivir rodeados de criaturas. Es necesario convertirse a una total soledad no ya por aislamiento físico, sino mucho mejor liberando el corazón y los pensamientos, conforme dice Séneca en el libro de Las Cuatro Virtudes: «No des cabida a cualquier divagación: tu alma quedará triste, si te recreares en ello cuando tratas de ordenar todas las cosas».
Pensamientos varios
Distingamos tres clases de pensamientos. Primeramente los superficiales al hombre, aunque incidan con frecuencia en la sensualidad. Son como las olas del mar o el vuelo de las aves. Estas imaginaciones no son de suyo malas ni constituyen pecado; con todo, vienen a ser impedimento para el progreso en la vida interior. Revelan un corazón vacío y entibian la devoción. Cuando el corazón está lleno de amor divino no hay cabida para la frivolidad y tibieza, como rebota un clavo si se intenta meterlo donde hay otro. Pensamientos nocivos
Los pensamientos nocivos tienen lugar, por ejemplo, cuando alguien se detiene morbosamente en recuerdos o imágenes, aunque no lleguen a pecado grave. Estos
pensamientos traen gran daño al corazón, porque obstaculizan seriamente la acción de la gracia divina o las mociones internas, contristan al Espíritu Santo, manchan la morada de Dios y causan hastío en las prácticas piadosas. Si, por el contrario, tales pensamientos e imaginaciones tuviesen lugar a disgusto nuestro, resistiéndolas con prontitud y aceptando esta molestia como un martirio espiritual, nos proporcionarían entonces notable mérito, a no ser que nosotros, por deseos inmortificados de la sensualidad, hayamos dado ocasión a esos pensamientos e imaginaciones, como queda dicho.
Causa de los malos pensamientos
Las dos clases de pensamientos mencionados se originan generalmente de nuestra incuria e inmortificación. Porque no somos diligentes para enderezar con energía el corazón hacia los buenos pensamientos, sino que le dejamos, por costumbre, divagar en cosas superfluas y pensamientos inútiles o nocivos, perdiendo el tiempo tontamente. En especial, mientras nos sentimos privados de la gracia y devoción sensible, experimentamos desgana para todo ejercicio espiritual, y entonces requerimos cierto consuelo fuera de nosotros, distrayéndonos, hablando, riendo y otros pasatiempos. Cuando queremos luego recogernos en soledad, el corazón está saturado de distracciones. Ocupado con tales pensamientos es imposible progresar en la virtud. La soledad, el silencio y la estrecha guarda de nuestro corazón son el principio y fundamento del progreso espiritual.
Pensamientos que intranquilizan el corazón
La tercera clase de pensamientos son de suyo buenos, pero hacen perder la paz del alma. Unos provienen del justo cuidado de los bienes temporales. Otros por devaneos escrupulosos y pusilánimes. Pueden ser también sobre bienes espirituales, como ocurre a los que investigan curiosamente los misterios de Dios y la vida eterna.
A los hombres de sutil ingenio y activos por naturaleza les resulta más difícil librarse de todo pensamiento. Sin embargo, es necesario deshacerse de cuanto pueda turbar la paz del corazón: esta paz favorece en gran manera la comunicación amorosa con Dios. Dios es uno: nada mejor que la simplicidad de corazón para encontrarle. Y porque es amor eterno, el mejor modo de conquistarle es el deseo y el .amor.
Memoria de Cristo en el corazón
Esto no quiere decir que te prives de toda representación. Te propongo la imagen Jesucristo, «reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios» (Sab 7,26). Tendrás siempre ante tus ojos la imagen de Cristo crucificado con deseos de imitarle y grabarás en tu alma su disposición de humildad profunda, menosprecio,
paciencia, suavidad, y las demás virtudes insondables, que sobrepasan la capacidad humana. Actualiza esta imagen en todo lugar, en todo tiempo, en toda palabra, en toda ocupación; interior y exteriormente, en la prosperidad y en la adversidad. Si estás comiendo, moja tus bocados de pan en su sangre. Cuando bebas, acuérdate del brebaje que le dieron estando crucificado. Si te lavas las manos o el cuerpo, piensa en la sangre con que Él lavó tu alma. Si vas a dormir, considera el lecho de la Cruz y acuérdate de la corona de espinas al apoyarte sobre la almohada. Con estas consideraciones aumentarás la compasión amorosa y el deseo de seguir sus pisadas. Con mayor fidelidad reflexionarás sobre el amor infinito con que todas las cosas fueron creadas por Él. Considera asimismo el misterio de la Encarnación, a Cristo dechado de todas las virtudes, cómo nos redimió con su muerte, nos preparó la vida eterna y ha prometido dársenos a sí mismo. De este modo, los pensamientos que pudieran distraer se convertirán en combustible para la llama del amor. El conocimiento se trocará en caridad perfecta, porque, a impulsos del amor sobrenatural, brota la mortificación de la naturaleza, aumenta la vida divina en el alma, se vigorizan las virtudes más nobles y nos elevamos a Dios por el desprendimiento de las criaturas.
CAPÍTULO VI
De cómo debemos ahorrarnos toda preocupación innecesaria y de la administración de las cosas externas
La sexta es la perfecta mortificación de las cosas externas, que no son estrictamente necesarias, ya sea por necesidad espiritual o en virtud de obediencia. Podemos comprender aquí la verdadera diferencia entre la vida activa y la contemplativa. En la primera se procede como criados fieles de Dios; en la otra se vive íntima amistad con el Señor.
Algunos, al convertirse, eligen obedecer a Dios, a la Santa Iglesia y a sus superiores; se ejercitan en las virtudes, buenas costumbres, fiel observancia de los estatutos y ordenanzas, buscando en todo honrar a Dios y no a sí mismos. Creen que la máxima perfección consiste en los ejercicios propios de la vida activa: oraciones vocales, meditación de los propios pecados, de la muerte, del juicio. La Pasión del Señor tan sólo para moverse a compasión. Pero son incapaces de penetrar en los ejercicios de la vida contemplativa. La razón es porque en la vida activa se sienten más satisfechos y les parece ser más meritoria. Por eso en su conciencia ocupan un primer plano las obras que ellos hacen y no Dios, por quien se hacen. Están divididos en su corazón, distraídos e inestables; porque viven todavía en ellos las pasiones naturales, que fácilmente les impacientan, mientras no lleguen a la vida contemplativa. Sólo ésta amortigua todas las pasiones naturales, es decir: el desorden de la alegría, tristeza, complacencia, vanagloria, impaciencia, esperanzas vanas, excesiva timidez, etc. Se
privan a sí mismos de la paz y del conocimiento del hombre interior, porque no andan bien recogidos ni están unidos plenamente a Dios. Sólo entonces descubrirán los íntimos, ocultos y amables caminos del Señor.
Voz de Jesús al alma
Entenderán la voz de Jesús en el alma: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
Cómo se consigue la vida interior
Por consiguiente, el que quiera vida interior necesita desearla vivamente y pedirla a Dios, aplicándose a ella con toda diligencia. De Nuestro Señor vienen la gracia y auxilios para las prácticas externas y para los ejercicios amorosos del hombre interior, en la medida que cada uno se dispone, haciendo lo posible de su parte.
Prácticas externas y deseos de vida interior
Así, pues, si quieres ser hombre de vida interior, es necesario que purifiques tu corazón hasta vaciarlo de todo lo que no sea Dios. Y que todas las obras exteriores y ocupaciones hechas por causa razonable o en virtud de obediencia aprendas a hacerlas sin dispersión ni ansiedad, con la mente y corazón puestos en el Señor. Es muy de alabar todo lo que se hace en oculto; pero en esas mismas obras hay que evitar la dispersión y ansiedad del corazón, que entibian la devoción y exponen al hombre a muchas tentaciones y asechanzas del enemigo. La naturaleza y la sensualidad se complacen más en sí mismas, en sus vanidades y caprichos. El entendimiento se oscurece, el alma y todo ejercicio resulta desabrido.
Modo de superar las tentaciones
Si quieres, pues, vencer las tentaciones del demonio, de la carne y del mundo, todas tus fragilidades e imperfecciones y tus naturales pasiones, esfuérzate en todo tiempo por mantener el ánimo introvertido y tu deseo en Dios. Procura poner más actos interiores de amor que prácticas exteriores de virtud. Porque una ocupación, que viene a disipar el corazón, con la costumbre termina por crear cierto desasosiego e intemperancia, aunque se trate de cosas buenas. Llega a tal punto la divagación de la mente que resulta imposible frenarla en el tiempo de la oración. Impide que las potencias inferiores del alma consigan recogerse con cierto sosiego. Nadie es capaz de llegar a este recogimiento, si no tiene el corazón libre de toda criatura hasta el punto de sentirse atraído por Dios Nuestro Señor y gustar de menospreciarse por amor de Dios. Porque el amor puro crea un espíritu puro, simple y libre de todas las cosas; levanta sin dificultad el vuelo hasta Dios. Donde está el amor allí va la memoria
y el corazón; allí hay capacidad para recogernos en intimidad con Dios y a la vez para ejercitarse divinamente en las obras exteriores.
CAPÍTULO VII
La dulzura del amor de Dios desecha la amargura del corazón
La séptima es la perfecta mortificación de toda amargura del corazón. Cosas que crean un corazón amargado
Notemos que la amargura del corazón radica en una de estas cinco causas. Ante todo, la presunción de las propias obras virtuosas: muchas penitencias, prácticas piadosas u otras que parecen buenas a juicio de los hombres, pero que se originan de un corazón propietario, soberbio, inmortificado. Son en realidad mortificaciones falsas, repugnantes a los ojos de Dios. Sirven para enorgullecerse y despreciar fácilmente a los demás juzgándolos en el corazón y quizá con palabras como el fariseo: «No soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano» (Lc 18,11). No hay nadie en peor situación que éstos, porque sus propias virtudes les perjudican y ellos crean fácilmente discordia entre los demás, pensando y juzgándolos falsamente, como dice San Gregorio: «El hombre perfecto se inclina a compasión fácilmente, pero quien lo es sólo en apariencia no puede tolerar las flaquezas humanas ni a los pecadores. Esto es señal de una conciencia amargada, altanera e intranquila, como dice San Juan Crisóstomo: El que critica las cosas ajenas con severidad, esto es, los defectos de los demás, nunca merecerá el perdón de sus delitos, mientras no cambie de actitud». Pero si esto lo ha hecho costumbre, apenas tendrá esperanza de enmendarse.
En segundo lugar, esta amargura procede de la negligencia en la propia mortificación. Esta acrimonia se manifiesta principalmente contra los prelados y superiores, cuando niegan lo que se les pide o mandan hacer lo contrario.
Los murmurantes
Yo te advierto de verdad que los hombres no cometen cosa más reprensible ante Dios que la murmuración, especialmente cuando se ataca a prelados y superiores. Porque, como advierte San Agustín, el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento ofendió a Dios principalmente murmurando contra El. Es decir: contra Moisés y Aarón, los jefes que Él les había dado. Lo refiere Moisés con estas palabras: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra Yahvé» (Ex 16,16). Por lo demás, apenas hay esperanza de que éstos progresen en la virtud.
La murmuración, hija del Infierno
En efecto, la murmuración es hija única de los demonios infernales. Ellos la tomaron por esposa y la mandaron apacentar todos los monasterios. ¡Oh pecado maldito! ¡Oh bestia aborrecible! Tú devoras las obras buenas. Tú eres quien atiza el fuego infernal. Tú haces a la pobre alma demoniforme, no deiforme. Por merecer tú la ira divina fue necesario que Datán y Abirón con sus descendientes bajaran vivos a los infiernos en cuerpo y alma. Por tu culpa Coré con otros doscientos cincuenta hombres perecieron en terribles llamas y quedaron sepultados con cuerpo y alma en los abismos (Núm 16,31-33).
Tercero. Esta amargura nace de la envidia que brota contra otros, debido a que han tenido para ellos ciertas palabras, hechos, signos o gestos displicentes. Lo exageran mucho interpretándolo todo en el peor sentido, aunque las cosas no sean malas de por sí. Esto procede de que quieren ver en el otro solamente lo vituperable y difamante y lo que pueda ocasionarle daño.
Hay que evitarlo a toda costa, porque procede de un fondo de odio y envidia.
La amargura tiene una cuarta causa: el deseo de la propia complacencia. Porque quieren ser vistos, amados y alabados; que los superiores o aquellos con quienes tratan, incluso los seglares, los tengan por buenos. Cuando ven que uno se va superando cada día y que merece estima y honor de la gente, entonces se concentra la envidia en él y se empeñan en humillarle y quitarle la fama por detracción y otros medios parecidos. Una quinta causa de esta amargura radica en la propia perversidad, y esto por dos razones: primeramente por mala, intranquila y amarga conciencia, con lo cual el murmurante se vuelve tan fastidioso que se hace insoportable para los compañeros; se convierte en copa rebosante de todas las faltas. Perverso por sí con los mismos ojos mira a los demás y todo lo interpreta en el peor de los sentidos. Como cuentan de los basiliscos, que hieren mortalmente con su veneno a cuantos alcanzan con la vista. Así son aquellos que no aciertan a juzgar a otros más que con el rasero de su propia mezquindad.
Ceguera ante la gracia de Dios
La segunda razón es porque, como ellos siguen siendo tan malos y poco mortificados, sienten envidia de que la gracia divina produzca tan notables virtudes en los demás. Querrían privar de tanto bien a los hombres virtuosos, humildes y devotos, para caer en los mismos defectos que ellos tienen. Como no lo pueden conseguir, se burlan de
ellos y, enojados, los persiguen con palabras y con hechos. Pecan contra el Espíritu Santo.
Conclusión
Es preciso superar toda acrimonia y consumirla en el fuego del amor de Dios, si queremos progresar en las virtudes. Hay que estar dispuestos a abrazar a nuestros enemigos y perseguidores con sincero corazón, como si fueran los mejores amigos que podemos tener. Lo son en realidad, aunque no por el afecto. Pues aquellos que nos persiguen nos acarrean un mérito mayor y una más preciosa corona de gloria.
CAPÍTULO VIII
La vanagloria y soberbia bajo los pies.
Deseo del propio menosprecio
La octava es la perfecta mortificación del deseo de vanagloria y propia complacencia, honor mundano y soberbia, mediante el perfecto conocimiento y deseo de todo desprecio. Dos cosas principalmente se pretende significar con esta palabra. Lo primero, que es menester renunciar por completo a toda vanagloria y complacencia que pudiera resultar de cualquier obra virtuosa, gracias o regalos de Dios. Es necesario saber morir a todo esto mediante el conocimiento perfecto de la propia vileza.
La vanagloria, lo que más aborrece Dios
Porque nada hay tan pernicioso para el hombre espiritual, ni hay nada que desagrade tanto a Dios como la vanagloria y propia complacencia. Por eso, cuentan de un alma consagrada, llamada Clara, que por una breve tentación de vanagloria Dios la retiró, durante quince años, la abundancia de su divina dulzura y espiritual iluminación. Y que en todo ese tiempo ni siquiera con sus lágrimas, trabajos y súplicas pudo recuperar la primera consolación. No debe asombrarnos, ya que en esto consiste la diferencia entre los siervos fieles y los infieles.
Diferente motivación
El siervo bueno puede ayunar, vigilar, orar, hacer limosnas y otras obras virtuosas de verdad. El infiel puede hacer aparentemente lo mismo; pero le falla la intención: no lo hace únicamente por agradar a su Señor ni lo atribuye a su gracia. Se lo apropia y se gloría en estas cosas con particular complacencia, ensalzándose y teniéndose por grande, mientras que debería humillarse y juzgarse indigno. En resumen: el abuso de la gracia le causa más daño que provecho.
Los tres ojos de la verdadera humildad
Por consiguiente, debe andar solicito y reconocer sin fingimiento que es indigno de toda gracia y que es el pecador más despreciable entre todos los hombres. Para llegar a este resultado procederá abriendo los tres ojos siguientes del conocimiento. Con el primero considere la muchedumbre, torpeza y gravedad de sus pecados. Reconozca asimismo la inmensa gratitud a la gracia que Dios le dio para consolidarse en las virtudes y abandonar los pecados.
Con el segundo ojo piense en los muchos pecados de que le ha preservado solamente la gracia de Dios; no porque él por si mismo los haya podido rechazar. Dios le ha librado de ocasiones y tentaciones de pecados mortales, en que hubiera caído más gravemente que cualquier otro, de haberle faltado la gracia divina.
Sírvale el tercero para reflexionar sobre la abundante liberalidad de la gracia divina, que recibió sin méritos propios. El mayor pecador del mundo, si hubiera recibido tanta gracia, seria más grato a Dios, la hubiera conservado mejor y más fielmente la habría cultivado. Y lo que es más: el mayor pecador del mundo hubiera podido convertirse y vivir muy santamente, como sucedió con Pablo, la Magdalena y otros. Meditando en esto, la gracia de Dios le podría llevar a darse cuenta realmente de que él es el mayor pecador del mundo. Y, si es bueno, que lo es tan sólo por gracia de Dios. Podría asimismo hacerse grato al Señor por la humillación.
Las alabanzas humanas
Lo segundo que se ha de procurar es morir plenamente a la pasión desordenada de alabanzas humanas, honras, favores y complacencia, deseando que todos le desprecien, burlen y confundan. ¡Oh qué raros son los que buscan y desean estas virtudes y mucho más escasos quienes hacen por adquirirlas! Posiblemente se encuentra alguno que no busca honores ni obra por agradar a otros; sin embargo, son rarísimos los que en el fondo de su corazón desean ser postergados, confundidos, burlados y despreciados. Y aunque piensen a veces que se desprecian a sí mismos, en el fondo de su corazón desconfíen. Será verdad cuando lo experimenten en carnes vivas; por ejemplo, recibiendo inesperadamente grandes desprecios y confusión silo aceptan al instante con todo gusto sin alterarse.
Desprecio de sí mismo
Y si dijeres que tal confusión y desprecio no te va a ocurrir, yo te respondería: es que Dios no te ha reconocido todavía bastante fuerte y mortificado para esto. Gusta Dios sobremanera de hallar un corazón verdaderamente mortificado, para enviarle cualquier perturbación, desprecio y adversidad exterior, porque en esto consisten los
mayores merecimientos, que reserva para sus amigos carísimos. Lo demostró Cristo cuando aceptó la profunda humillación de su muerte. De igual modo los sufrimientos de su Madre la Virgen, el martirio de San Juan Bautista y el de todos sus amados discípulos. Conviene advertir aquí que, por el hecho de ser el desprecio fuente de merecimientos, nadie debe atreverse a despreciar a los demás. Podría él mismo hacerse reo de pecados graves. Pero si nos sobreviene alguna confusión o desprecio inesperadamente y, al parecer, sin merecerlo, debemos aceptarlo gustosamente por amor de Dios.
CAPÍTULO IX
Mortificación del desorden en la dulzura interior y en la curiosidad del entendimiento
La novena es la perfecta mortificación de todos los deseos y deleites internos tanto del espíritu como del sentido.
Se entiende por deleites interiores las gracias sensibles: devoción, amor y dulzuras internas que se reciben y disfrutan en las potencias inferiores del alma. La naturaleza y sentidos del hombre participan por redundancia. Algunas veces los reciben también personas que viven y permanecen en pecado mortal; pero comúnmente lo experimentan aquellos a quienes Dios quiere apartar del mundo y del pecado. Algunos ponen todo su empeño y oración en disfrutar de esta gracia sensible, devoción y dulzura. Mientras no la consiguen creen que no son capaces de hacer nada bueno; les parece sin valor todo lo que hacen. Precisamente porque piensan que el amor de Dios consiste en la devoción y afecto sensible, pero se equivocan a menudo de medio a medio.
Razón de las gracias sensibles
Es un regalo de Dios que sirve sólo para ayudar al hombre a mortificarse, apartarle de toda criatura y alegría mundana y abandonarse al beneplácito de la voluntad de Dios. Pedir a Dios y buscar esta gracia sensible, devoción dulzura, podría justificarse únicamente como medio para aprender a morir a sí mismos y entregarse más y mejor al amor de Dios. Pero los que lo piden ansían y buscan solamente por el placer que produce, y pretenden descansar en ello para acrecentar sus gustos, ofenden seriamente al Señor. De poco les serviría abandonar los placeres mundanos por esta causa. Equivaldría a un simple cambio del gozar sensitivo por los dos deleites interiores, que producen mayor gozo. Sucede, en efecto, que tales personas, como no aciertan a vivir sin sus gustos sensitivos, buscan los deleites exteriores apenas les faltan los interiores.
Nadie debe tenerse por santo
Nadie debe creerse santo por el hecho de que experimenta gusto sensible en el amor de Dios; devoción, suavidad y, a veces, como inundado de gracia. Estas cosas ocurren de ordinario por nuestra flaqueza y poca mortificación, ya que de otro modo no buscaríamos a Dios con diligencia, ni le serviríamos, ni nos desprenderíamos totalmente del mundo.
Inconstancia natural
Prueba de ello es que el hombre siente estas devociones al principio de su conversión. También es debido a los apetitos naturales. Efectivamente, hasta cumplir los cuarenta años, la naturaleza es muy inestable, frágil, complaciente y afectuosa. Busca en sus ejercicios el consuelo de gustos y deleites interiores, hasta el punto de que muchos atribuyen a gran santidad ejercicios cuyo origen tan sólo radica en la inclinación y gusto natural. Podemos comprobar diariamente cómo el corazón de dos enamorados, al encontrarse frecuentemente, llega a encenderse de tal modo que les parece estallar. Así éstos. Cuando se creen inflamados en el amor divino, no hacen más que acrecentar su gusto natural. Serán realmente santos en la medida que aprendan a morir a si mismos, conforme a estas doce mortificaciones que voy explicando. Ni más ni menos. Canon
Ten como norma general que todo lo que podemos pretender, si no va ordenado a la desnuda mortificación de si mismos por amor de Dios, tiene mucho de origen meramente natural y se ordena al egoísmo. Como se ve, las tendencias naturales levantan cabeza buscándose a sí mismas aun en aquellas cosas que parecen muy santas. Se creerían estar ya sometidas a la gracia y al punto vuelven furtivamente buscándose, sin darnos cuenta. Por eso, también son pocos los que se conocen a fondo y se superan perfectamente.
Curiosidad del entendimiento
En segundo lugar, se entiende por gustos del espíritu la satisfacción que cualquiera recibe en las facultades intelectuales, o sea: por visión, imaginación o conocimiento, contemplando a Dios en su esencia. Nótese de paso que algunos se contentan con entender y discurrir, pero no se ejercitan en el amor. No pretenden inflamarse en el amor divino. Buscan tan sólo la curiosidad de aumentar sus conocimientos de cualquier modo que fuere; por ejemplo: cómo fue la concepción de Cristo, el nacimiento, la crucifixión, la ascensión, jerarquías celestes, distinción de personas en el Misterio Trinitario y cosas semejantes. Se recrean interiormente en esos pensamientos, convencidos de que llevan vida de contemplativos. En realidad están muy lejos de ella.
Fundamento de la vida contemplativa
Es preciso fundamentaría en un ardiente e infinito amor de Dios. Cada uno debe desear unirse a El y en Él fundirse de corazón, para que todo aquello en que difiere de Dios se transforme con el fuego de una perfecta mortificación de si mismo. Tales personas desean también indagar y tener conocimiento de muchos secretos divinos; por ejemplo: comprender unas veces con su natural ingenio; otras, recibir algunas comunicaciones de Dios, o en los sentidos o en las facultades internas, inferiores o superiores.
Lazo del diablo
Un caso: les parece ver, con visión corporal, ángeles en el cielo, al Niño Jesús en el Sacramento y cosas semejantes. Simulan oír cantar a los ángeles o que experimentan dulzura sensible en el Sacramento, y así por el estilo con los demás sentidos. Lo mismo pretenden en su interior con toda noticia espiritual o conocimiento esencial de Dios, que se puede tener por visión.
Al poner sus gustos y preferencias en estas cosas, trabajan mucho en balde, y corren peligro de ilusionismo. Porque Dios permite que el demonio se entere y los engañe con múltiples visiones, perceptibles por los sentidos o interiormente, como en los sueños. Ellos, en cambio, anhelan estas cosas y se gozan en ello; se creen con derecho a tenerlo y se glorían de recibir tales dones. Se engríen, se creen muy importantes, se tienen por sabios, se vuelven obstinados, hijos del demonio.
Ejercicio seguro
Por eso, el que quiera vivir fructuosamente debe ordenar todos sus actos a fin de ejercitarse de veras en el amor de Dios y no para tener profundo conocimiento de cosas innecesarias. Y si Dios le regalare con alguna noticia, no deberá, sin embargo, complacerse en ello o ser crédulo en demasía, a no ser que primeramente haya procurado, con discreción y humildad, consultar sobre esto a quienes tienen discreción de espíritu. Hallará la paz únicamente estando dispuesto a vivir en completo abandono por amor de Dios.
CAPÍTULO X
Los escrúpulos y su origen
La décima es la mortificación de todo escrúpulo de conciencia, mediante una filial confianza en Dios. Hay algunos, efectivamente, que son incapaces de tranquilizar sus conciencias. Tienen sincera contrición, se confiesan frecuentemente y hacen grandes
penitencias, pero no tienen paz. Viven con cierta ansiedad y temor, sin verdadera esperanza ni confianza en Dios.
Origen de los escrúpulos
Sienten grandes escrúpulos de conciencia y se confiesan repetidas veces; sin embargo, no trabajan seriamente en corregir los defectos de donde les viene la ansiedad y remordimiento.
Esto es señal de que los escrúpulos radican en el temor del castigo de Dios y no precisamente en el deseo de perfección. Se considera pecado lo que de suyo no lo es, y esto por dos motivos. Primeramente el desordenado amor propio, pues de ahí procede un temor excesivo a cualquier cosa que le pueda contrariar. Por lo cual, aunque estos aparecen exteriormente como fieles observantes de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, en realidad no cumplen el precepto de la caridad. Porque todo cuanto hacen no lo hacen por amor, sino coaccionados por el temor, para no condenarse. Por tanto, obran por egoísmo y no por amor de Dios. No pueden, pues, confiar en el Señor, porque no son fieles a Dios; antes bien, toda su vida interior es temor y temblor, trabajos y miserias. Todos sus ejercicios de oración, trabajo, penitencias, obras de misericordia. Todo lo hacen para echar de si algún temor. De nada les sirve eso. Cuanto más se aman a sí mismos, tanto mayor es el miedo a la muerte, juicio y penas del Infierno.
Causa del temor desordenado
Puede concluirse de aquí que la causa del temor desordenado es el amor de sí mismos con que cada uno busca la felicidad, aunque sea infiel a quien puede hacerle feliz.
Otro motivo de escrúpulos es la tacañería o amor calculado para con Dios, pues del poco amor se sigue escasa confianza. Sólo el amor de Dios lleva al hombre a la verdadera esperanza y confianza en la divina misericordia, bondad, liberalidad y gracia. Cuando falta amor, ninguna virtud, por grande que fuere, ni siquiera la penitencia, es capaz de crear la confianza.
Confianza en Dios
Nada hay tan necesario como una gran esperanza y confianza en Dios, para aquel que quiere llegar a la perfección. ¡Oh santa esperanza! ¡Oh dichosa confianza en Dios, con tal que no arrastre a nadie a la negligencia y pereza para enmendarse! La esperanza bien entendida induce a una gratitud más digna y al deseo de adquirir más perfectamente la gracia, caridad y perfección de todas las virtudes. Incita a desechar todo lo sensual, a procurar lo que sirve para mortificación de sí mismos y a sufrir alegremente cualquier adversidad. Esta esperanza es verdaderamente necesaria y
saludable. Porque cuanto más espere tanto más agradecido se muestra y más se reforma a sí mismo.
CAPÍTULO XI
Paciencia en las adversidades.
Utilidad de las tribulaciones
La undécima es la perfecta mortificación de toda inquietud e impaciencia del corazón ante cualquier adversidad externa: difamación, mofa, maledicencia, calumnia, pérdida de bienes temporales, amigos y parientes; incluso persecuciones que pueden ocurrir por permisión divina. Aquí debemos tener en cuenta que Nuestro Señor prueba con muchas tribulaciones exteriores a los que quieren entregarse a la mortificación de sí mismos, para ver si perseveran en su propósito, como dijo el ángel a Tobías: «Porque eras grato a Dios, fue necesario que la tentación de la adversidad exterior te probara» (Tob 12,12, Edic. Vulgata). Por la misma razón fue probado Job, prototipo del hombre justo. Despojado de todas las cosas y mientras le contradecían sus amigos y aun su mujer. Más aún: herido por el diablo, desde la planta del pie hasta la cabeza, siempre se mantuvo ecuánime y paciente en su corazón. Ni siquiera faltó en sus palabras, sino que dijo: «Yahvé dio, Yahvé quitó: sea bendito el nombre de Yahvé» (Job 1,21). Del mismo modo Jesucristo, después de haberle maltratado tanto los judíos, durante la captura, los golpes, el escarnio, la declaración de los testigos falsos, la flagelación y la crucifixión, pendiente en la cruz, con paz en el alma y gran bondad, entre lágrimas y en alta voz oraba por sus enemigos diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Más penas y afrentas hubiera Él padecido por amor de su Padre y la salvación de los hombres. Por eso Nuestro Señor se complace en manifestar su confianza dando mucho que sufrir a los que dispone para alcanzar los mayores méritos. ¡Oh si supiéramos con cuánto amor Dios envía las aflicciones! Las pediríamos con mucho afecto y las recibiríamos muy agradecidos de cualquier modo que vinieren.
La adversidad es un don de Dios
Porque las tribulaciones son don preciosísimo, que Dios regala a sus íntimos amigos, para enriquecer sus almas y hacerlas verdaderamente semejantes a El. Jamás hubo escultor alguno que trabajase con tanto esmero y preocupación para conseguir la perfecta adecuación de rasgos entre la estatua y el modelo como lo hace Dios con el alma. El Señor, Todopoderoso, previó con su inmensa sabiduría desde toda la eternidad y predispuso sobre sus amigos particulares cómo, mediante tales aflicciones, los modelaría a semejanza perfectísima de Jesucristo. A este propósito comenta San
Agustín sobre los Salmos: «Tan pronto como el hombre cristiano comience a disponerse con perfección para progresar en las virtudes y mortificación de sí mismo, empezará a sufrir la maledicencia de sus adversarios. Quien no lo ha padecido todavía, podemos decir que no ha hecho progresos. Si alguno no las padece, ni siquiera intente progresar».
Grados de paciencia
Hay que distinguir tres grados de paciencia. Ante todo está el reprimirse para no tomar venganza por si mismo, ni siquiera desearla. Este grado es muy imperfecto, porque frecuentemente permanece amargado el corazón, y de ahí proceden las murmuraciones, comentarios, maledicencia, envidia, malas sospechas y cosas semejantes. Son señales de un corazón todavía no mortificado y de amor desordenado a si mismo; porque toda aflicción excesiva, tristeza e inquietud proceden de un amor desordenado. Como dice San Gregorio: «Quien no tolera con ecuanimidad los males y persecución que otros le infligen, él mismo demuestra por su impaciencia que está lejos de la plenitud del bien, o sea, de la gracia y las virtudes».
Se da un grado intermedio cuando alguno no solamente reprime sus deseos de venganza, sino que también limpia y purifica su corazón de toda envidia y enojo. Por sí mismo él no busca, quizá, el libre sufrimiento; pero, cuando le llega, lo acepta humildemente reconociendo que es digno de padecer eso y mucho más. Comprendiendo poco a poco la abundancia de gracia que mediante esto se adquiere, dispone su voluntad para sufrir con paciencia cualquier adversidad en adelante. De este modo comienza la misma paciencia a serle muy meritoria.
El grado superior es la paciencia afectiva, la cual, para conformarse a la pasión del Señor y a todas las cosas que entonces tuvieron lugar, acepta con gran deseo las contrariedades que pudieren sobrevenirle, y gusta de padecer siempre muchas cosas, diciendo con el profeta David: «El oprobio me ha roto el corazón» (Sal 68,21).
Tales personas rezuman amabilidad y dulzura divina en abundancia. Las potencias del alma se sosiegan y esta bondad anega al alma en divina embriaguez hasta el punto de no sentir ninguna afrenta exterior, detrimento o pena. Porque consideran toda persecución como una ayuda para acercarse al Amado y aman todas las persecuciones como verdaderas ayudas para la vida eterna. ¡Dichosa el alma que ha llegado hasta aquí, porque va a descansar eternamente en los brazos de Cristo!
CAPÍTULO XII
Nobleza del libre albedrío
La duodécima es la perfecta mortificación de la voluntad poniéndola plena y gustosamente en manos de Dios, para sufrir todo interior desamparo por amor de Dios.
Lo más noble que Dios ha dado al hombre es el libre albedrío. Sin él no hay pecado y sólo con él es posible la perfección. Lógicamente, ninguna cosa puede causar más daño al hombre que la propia voluntad.
Voluntad propia
Ella es, en efecto, el cimiento sobre el cual se amontona y descansa todo el desorden de los pecados. Si le diéramos la vuelta, se derribarían los muros de Jericó, es decir, acabamos con el pecado (Jos 6). Esto, sin embargo, no quiere decir que sea necesario el voto de obediencia para alcanzar la perfección.
Necesidad de la obediencia
Para llegar a la perfección, la obediencia es necesaria en el mismo sentido que se dijo hablando de la pobreza. Sin esta ayuda, algunos son incapaces de vencerse y morir a si mismos, porque su amor a Dios es muy escaso. Grande es todavía la resistencia que oponen a la mortificación y olvido de si mismos. Por lo cual, cuando un hombre de buena voluntad es así, necesita que medie la obediencia para ser inducido al abandono de sí mismo.
Otros, en cambio, han llegado ya a tal madurez que se dejan guiar amorosamente por el espíritu de Dios y su gracia, hasta morir del todo a la propia voluntad. Se abandonan a la voluntad de Dios y secundan deliciosamente sus signos. Estos no necesitan que nadie los tenga que mandar. Bajo la obediencia divina están prontos para abandonarse a sí mismos y seguir la voluntad del Señor en cuanto alcanzan a conocerla. Especialmente en estos tiempos en que casi todos los superiores de comunidades religiosas están más dados a las cosas externas que cuanto atañe a la vida interior. Y por eso sirven más de estorbo que de ayuda a los súbditos llamados a la vida espiritual. Por esto hay tanta negligencia e inmortificación entre ciertos religiosos. No ordenan sus planes como requiere la vida de perfección.
A pesar de todo, quede claro que los verdaderos religiosos necesitan tener su voluntad dispuesta a vivir bajo obediencia, si entendieren que esto sería más del agrado de Dios. Por consiguiente, debemos alabar y no despreciar a los que no hacen profesión de vida religiosa, con el fin de tener plena libertad de espíritu para unirse más y mejor con Dios de día y de noche en todos sus ejercicios espirituales. No por otra intención, que sería mantenerse sin compromiso para dar rienda suelta a las inclinaciones
naturales y a los sentidos. Bien entendido, pues, que debe hacer buen uso de su libertad con toda diligencia y aceptar la obediencia de Dios en cualquiera de las formas que ahora diré.
Obediencia del voto
Primeramente la obediencia del voto que se hizo con la profesión. Hay muchos que, a juzgar por el exterior, cumplen el voto de obediencia, pero luego demuestran someterse involuntariamente. Más que cumplir la voluntad del superior, procuran que él mande conforme ellos quieren. Si no, se rebelan, murmuran y terminan por no hacerlo.
Les sería mucho mejor no haber prometido obediencia, ya que el voto se les ha convertido en lazo de condenación. Dice San Bernardo, a este propósito, que quien oculta o abiertamente procura que el Prelado le mande lo que le guste él mismo se engaña y en vano se precia de obediencia a los prelados. En tal caso, más que someterse al Prelado, hace que el Prelado sea súbdito suyo.
Obediencia de conformidad
Consiste en obedecer no sólo cumpliendo externamente lo mandado, sino en conformar la voluntad perfectamente con la de los superiores. El que obedece así no se manifiesta remiso ni escurre el hombro, ni se lamenta de ser demasiado grave o duro lo mandado, aun cuando es verdad que alguna vez le resultará contrario a la naturaleza y los sentidos. Adviertan, sin embargo, que esta obediencia es deficiente en la intención, aunque sea perfecta en la ejecución. Puede ocurrir que obedezcan por temor; para evitar la reprensión, la humillación, ser menos estimados o incurrir en la indignación de los superiores. O, por el contrario, obedecen para complacer a los superiores, para que éstos los aprecien, elogien, ensalcen y estimen. De suerte que no lo hacen puramente por Dios, sino que buscan algo humano en ello. De éstos dijo Dios: «En verdad os digo, ya recibieron su recompensa» (Mt 6,5). Por eso se esfuerza el enemigo en pervertir su intención, cuando no puede impedir las obras buenas. Para poder poseerle por la mala intención, como dice San Gregorio: «Si el corazón se emponzoña con el desorden de la mala intención, el enemigo astuto se hace dueño con firmeza de la mitad de la obra que se realice. El enemigo ve que produce frutos para él todo árbol cuya raíz de mala intención quedó viciada con el veneno de su diente».
* Hasta qué punto deben hacerse obras por obediencia
Así, pues, se deben practicar las obras de obediencia para alcanzar la mayor misericordia, complacencia, gracia, familiaridad y secreto amor de Dios. Y cuando