Alabad al Señor Dios que os ha entregado la ciudad

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Alabad al Señor Dios que os ha entregado la ciudad

Historia para niños durante el servicio dominical

Materiales:

• Imágenes de la historia de Jericó

Preparación:

• Prepare todos los materiales necesarios.

• Invite a los niños a que se acerquen al altar.

• El lector de la historia se sienta en una silla y los niños se sientan en el

suelo en frente de él/ella.

• Incluya la historia aunque no haya niños en su congregación a fin de que

las familias se sientan bienvenidas y de ese modo se motiven para venir al servicio.

• Puede agregar su propia creatividad a las historias. Debe sentirse cómodo

con el uso de marionetas, accesorios, o puede contar la historia tal como está escrita.

• Siéntase libre de adecuar el contenido para que se ajuste al tiempo

previsto para la historia. Sin embargo, para el desarrollo espiritual de los niños, le animamos a que mantenga la mayor cantidad de las Enseñanzas de los Maestros Ascendidos como sea posible.

Tiempo: De 9 a 10 minutos dependiendo de quién narre la historia y de las respuestas de los niños.

Buenos días y bienvenidos a nuestra historia para los niños. Hoy estamos celebrando la Palabra hablada o cómo usamos las

palabras para hablar con Dios y los Maestros Ascendidos.

La oración hablada está en el núcleo de todas las verdaderas religiones; cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, budistas y otros, ofrecen devociones en forma de oraciones y mantras

diarios a Dios. ¿Qué clase de Palabra hablada usamos en nuestra

Iglesia? (Permita que los niños respondan).

Sí, la oración, los decretos, mantras, fíats, cantos, etc. Hay poder en la Palabra hablada y cuando hablamos con amor,

estamos usando el poder de Dios. La Palabra hablada es nuestra espada, nuestra palabra sagrada.

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En la Biblia hay muchas historias sobre el poder de la Palabra hablada. Una muy interesante es sobre la toma de Jericó. Dios le dio a Josué instrucciones específicas de cómo el ejército de los israelitas debía derrotar la ciudad de Jericó.

No era la forma que él se esperaba, ya que estaban

acostumbrados a la lucha. Dios le dijo a Josué que él y el pueblo debían marchar alrededor de la ciudad durante siete días. Al séptimo día, marcharían alrededor de Jericó siete veces y luego, cuando se les indicara, los soldados debían gritar.

La razón por la cual debían marchar alrededor de la ciudad siete veces era que tenían que acumular la energía de las cualidades de los siete rayos de Dios en sus chakras. Estaban utilizando la alquimia del Espíritu Santo de los siete rayos.

En nuestros libros de decretos, tenemos páginas y páginas de decretos alegres, y están divididos en siete secciones que representan a los siete rayos.

Escuchemos ahora la historia de cómo Josué y los israelitas ganaron la batalla de Jericó, sin usar espadas, sino la espada de la Palabra Sagrada.

Alabad al Señor que os ha entregado la ciudad

Después de deambular por el desierto durante cuarenta años, los israelitas habían llegado por fin a la tierra que Dios les prometió para establecer su nación. Sin embargo, Moisés acababa de

morir. Josué, que había sido fiel y obediente a Moisés, fue elegido para dirigir al pueblo de Dios.

Dios le dijo a Josué: “Prepara mi pueblo para cruzar el río Jordán. Ya es hora de darles la tierra que les prometí. Os daré todo lugar que pisare vuestro pie. Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré. Esfuérzate y sé valiente”.

Josué se dirigió a los israelitas y les dijo lo que Dios había dicho. El pueblo respondió: “De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti”.

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Sin embargo, antes de cruzar el río Jordán, Josué envió a dos espías a inspeccionar la tierra. Les dio instrucciones de prestar mucha atención a todo lo relacionado con Jericó, tales como la ubicación de los guardias y su armamento, la altura y el ancho de los muros, a fin de determinar cómo derrotar la ciudad. Aquí hay una imagen del muro alrededor de Jericó.

(Mostrar imagen).

Tan pronto como los espías entraron en la ciudad, comenzaron su tarea de aprender sobre Jericó tanto como pudieron. Al

atardecer, decidieron alquilar una habitación para pasar la noche.

Encontraron un lugar donde alojarse con una mujer llamada Rahab. Sin embargo, alguien debió haberlos visto entrar a la casa. Pues un mensajero se apresuró a ir donde el rey y le dijo: “Hay dos espías de los hijos de Israel aquí”.

Ahora bien, el rey tenía miedo de los hijos de Israel y de su Dios, pues había oído que Moisés dividió el mar Rojo. Así que el rey envió soldados a la casa de Rahab para arrestar a los espías. Mientras tanto, los espías y Rahab habían estado compartiendo historias. Los espías se sentían seguros, pero entonces,

escucharon sonidos de armas y un ruidoso toque en la puerta: “¡Abrid en nombre del Rey!”.

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“¡Los soldados!”, exclamó Rahab. “¡Vayan a la azotea!”. Los dos espías huyeron al techo tan rápido como pudieron, y Rahab tras ellos. En el techo había manojos de lino que Rahab

amontonó rápidamente encima de ellos.

Cuando Rahab finalmente abrió la puerta, los soldados

preguntaron por los dos hombres. Rahab dijo: “Sí, los hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran. Ahora se han ido. Seguidlos aprisa, y los alcanzaréis”. Sin registrar la casa, los oficiales del rey salieron a toda prisa.

Rahab se apresuró a regresar a la azotea y dijo a los dos

hombres: “Sé que vuestro Dios os ha dado esta tierra. Hemos escuchado cómo vuestro Dios ha obrado milagros. Creo que vuestro Dios es el verdadero Dios en los cielos y en la tierra”. Y luego Rahab les dijo: “Os ruego una cosa”. “Como he hecho misericordia con vosotros, prometedme que cuando Jericó sea conquistada, nos dejaréis vivir a mí y a mi familia”.

Le dijeron que debía seguir sus instrucciones con exactitud y estaría protegida.

Debía mantener su visita en secreto, colgar un cordón rojo por la ventana, y llevar a cada miembro de su familia a su casa

mientras durara el ataque. Si hacía todas estas cosas, sus vidas se salvarían.

Rahab estuvo de acuerdo, y luego ayudó a los espías a escapar por encima del muro y colocó un cordón rojo en su ventana. Después de tres días más de esconderse en los montes, los espías regresaron a salvo a Josué, y le contaron todo lo que les había acontecido.

Ya había llegado la hora de que Josué y su pueblo cruzaran el río Jordán. Por supuesto, nadie sabía cómo un millón de personas podría hacer algo así, pues no tenían botes y no había puente.

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Pero el Señor les dio instrucciones: “Tomad un representante de cada tribu de Israel para que vayan delante del pueblo llevando el Arca”.

El Arca de la Alianza era un cofre que había sido construido para albergar las tablas en las cuales fueron escritos los Diez

Mandamientos. Se veía como un cofre de madera chapado en oro, y coronado con dos grandes ángeles dorados. Aquí hay una

imagen de cómo se veía. (Mostrar imagen).

Cuando los sacerdotes llevaron el Arca de la Alianza hasta la orilla del río Jordán, Dios hizo que el agua dejara de fluir para que su pueblo pudiera cruzar por tierra seca.

Tan pronto como todos pasaron al otro lado, el agua comenzó a fluir de nuevo.

Después de cruzar el Jordán, Josué se alejó para orar a solas y pedir sabiduría a Dios sobre cómo conducir a su ejército sobre esas enormes murallas. Alrededor de Jericó había dos murallas de treinta pies altura, separadas entre sí unos quince pies. La muralla interior tenía seis pies de espesor y la exterior unos doce.

Mientras oraba, de repente Josué alzó la vista y vio a alguien de pie delante de él, con la espada desenvainada.

“¿Amigo o enemigo? ¿Estás con nosotros o en contra?”, preguntó Josué.

“Ninguna de las dos”, fue la respuesta. “Soy el Príncipe del ejército del Señor, y he venido a enseñarte cómo atacar la ciudad”.

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Por lo tanto, vemos que el Arcángel Miguel vino a guiar a Josué y su ejército.

Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: “¿Qué dice mi Señor a su siervo?”.

El mensajero primero le recordó a Josué que debía ser reverente ante la Presencia de Dios. “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo”. Y Josué así lo hizo.

Entonces el capitán de las huestes del Señor le dijo: “Tienes que tomar todo el ejército y marchar alrededor de la ciudad de

Jericó, llevando el Arca de la Alianza del Señor, una vez al día durante seis días. Luego, en el séptimo día, marcharán siete veces.

“Siete sacerdotes con trompetas y cuernos conducirán la marcha. Al séptimo día, cuando los sacerdotes toquen las trompetas

prolongadamente y tan alto como puedan, que el pueblo grite en voz alta junto con las trompetas”.

Y Josué ordenó a los sacerdotes y a su ejército a hacer lo que se le indicó, que no dijeran una palabra mientras marchaban. Durante seis días, el pueblo marchó alrededor de Jericó dirigido por los sacerdotes que tocaban los cuernos de carnero delante

del Arca. Aquí hay una imagen de cómo se veía. (Mostrar

imagen).

Al séptimo día, Josué dijo: “Pueblo de Israel, hoy vamos a marchar alrededor de la ciudad siete veces. Los sacerdotes de Dios tocarán sus bocinas y trompetas e irán delante del Arca. No

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gritéis ni deis ningún grito de batalla hasta que os instruya a hacerlo”.

Obedeciendo, los israelitas marcharon siete veces alrededor de la ciudad, y los sacerdotes tocaron las bocinas. El rey y su ejército dentro de las murallas estaban atónitos. Pues estos israelitas no los habían atacado. ¿Qué estaban haciendo simplemente marchando cada día?

Muy pronto iban a saberlo.

Al final de la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron los cuernos prolongadamente y alto. Josué gritó a su pueblo: “Gritad,

porque el Señor nos ha entregado esta ciudad”. El pueblo gritó y las murallas se derrumbaron.

Josué y el ejército pudieron entrar a la ciudad. Habían

capturado a Jericó sin usar sus espadas. Desde ese día, el Señor estaba con Josué, y su fama se extendió por toda la tierra.

CONCLUSIÓN:

Así como les dijeron a los israelitas qué hacer, ¿cómo podemos

nosotros utilizar la Palabra hablada en nuestra vida? (Haga una

pausa y permita que los niños respondan).

Cuando clamamos, y con alegría alabamos al Señor con nuestros decretos, mantras y fíats, descubrimos que nuestras propias

murallas humanas de karma personal y planetario se derrumban. Podemos utilizar la alquimia del Espíritu Santo, los siete rayos de Dios. Mediante el uso de la llama violeta, nuestro karma se

transmuta y la energía espiritual va al cuerpo causal. Y entonces tenemos nuestra victoria Divina tal como la tuvo Josué.

Gracias por compartir nuestra historia. Que tengan un maravilloso día.

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