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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

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Academic year: 2021

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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA

DE MÉXICO

FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES IZTACALA

Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia

Manuscrito Recepcional

Programa de Profundización en Psicología de la Salud

“Revisión conceptual sobre resiliencia en cuidadores

primarios de personas adultas mayores dependientes”

Investigación Teórica

QUE PARA OBTENER EL TÍTULO DE:

LICENCIADA EN PSICOLOGÍA

P R E S E N T A:

Maria Cristina Adriana Ortiz Sánchez.

Director : Lic. Marco Antonio Flores Mondragón Dictaminadores: Mtra. Lizbeth Escobedo Pedraza

Mtra. Mayte Ortiz Romero

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Agradecimientos

Le agradezco a mi director de manuscrito, Lic. Marco Antonio Flores Mondragón, el apoyo que me ha dado, su guía y el compartir conmigo el interés por este tema.

Agradezco a todos y cada uno de mis tutores de Suayed que estuvieron presentes durante todo mi proceso de aprendizaje, a mis compañeros que se volvieron amigos y con quienes tuve la oportunidad de compartir experiencias.

Agradezco a mi papá, a mi madrina, que siempre han estado apoyándome en todo momento y a mi mamá que, aunque no en presencia, sé que me acompaña; los tres han sido los pilares que han permitido que yo logre alcanzar esta meta.

Agradezco a mis 3 hijas, y a mi hermana por acompañarme en este camino y permitirme aprender de ustedes.

Agradezco a todos y cada uno de mis amigos que estuvieron desde el principio para apoyarme, escucharme, cuestionarme y compartir conmigo los buenos momentos y más, los complicados.

Mariana, Viki, Gustavo y Fernanda les dedico este trabajo; nunca es tarde para lograr lo que se propongan, las metas no tienen limite de tiempo.

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Índice

Prólogo………...2 Resumen……….……….4 Objetivo………. ………...5 Introduccion……….5

Capítulo 1. Adulto mayor………...……9

1.1. La definición de adulto mayor………...9

1.2. Tipos de envejecimiento………11

1.3. El envejecimiento como condición psicosocial….…….……11

1.4. Adulto mayor dependiente……….……….…..…12

Capítulo 2. Cuidador primario…….…..………...15

2.1 La figura del cuidador en la sociedad….………16

2.2 Las características sociodemográficas………….………….17

2.3 Las actividades y destrezas que debe de desarrollar el cuidador……….……….19

2.4 La sobrecarga del cuidador…….………….…………..….…23

Capítulo 3. Resiliencia………..………..…….24

3.1 Los conceptos de resiliencia………..……..…..25

3.2 Estudios sobre resiliencia………...26

3.3 Descripciones concretas de la resiliencia……….27

Capítulo 4. Resiliencia en cuidadores primarios…….………..…..28

4.1 La definición del cuidador resiliente.……….…….……..28

4.2 La investigación de resiliencia en cuidadores primarios……….29

4.3 La resiliencia como un proceso………32

Integración de revisión……….……….34

Conclusiones………..………..36

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Prólogo

«La idea de la resiliencia acaba de nacer, pero existe probablemente en la realidad desde el origen de la humanidad». (Cyrulnik, 2001, p. 74)

Pensar en la resiliencia hace reflexionar acerca de cómo funciona el pensamiento del individuo desde lo más profundo, ya que los procesos cognitivos son tan complejos que pareciera que solo algunos tienen la oportunidad de lograr realizar este proceso.

La sociedad ha sufrido grandes transformaciones a nivel sociocultural por lo que la calidad de vida es un objetivo que se ha tornado relevante. Por ello, se hacen esfuerzos permanentes para que se vaya logrando.

Se han adoptado buenos hábitos y conductas saludables en amplios sectores de la sociedad y su difusión entre niños, jóvenes y adultos se ha convertido en un deber con el fin de facilitar su desarrollo con bienestar. Pero este aspecto —aunque se considere que el individuo tenga una vida con estable y con salud— por sí mismo no podría catalogarse como resiliencia.

La resiliencia se genera a partir de un evento adverso mientras «duerme» al interior de las personas, por lo que es relevante conocer cómo se puede apoyar el desarrollo de este factor que protege la salud física y mental de las personas.

Todas las etapas de la vida del individuo enfrentan ciertas expectativas y, también, dificultades propias de las circunstancias de su entorno —como puede ser la emoción que causa en la pareja su próximo matrimonio, o el anuncio de que espera un bebé; la del niño cuando aprende a caminar o la de una chica que entra a la universidad—. Sin embargo, en lo que se refiere a la etapa de adulto mayor se debe reconocer que sigue siendo un tema que ni antes ni ahora ha sido tratado de forma tal natural.

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Lo anterior, deja en franca desventaja a una parte de la población en la época que nos tocó vivir. Pensar en llegar a la senectud no es algo que resulte agradable para la mayoría de los individuos, indistintamente del género, debido a que se considera que es el ocaso de la vida. Conforme las personas entran a esta etapa, sufren diversos cambios que, tarde o temprano, harán mella en su autonomía y, por ende, les será necesario el apoyo —en mayor o menor medida— de una persona cercana.

Es en este punto donde surge otro tema que no se toma en consideración hasta que necesidad se manifiesta: ¿quién se encargara de cuidar y apoyar al adulto mayor? La respuesta tácita será el familiar más cercano.

Esta persona se encontrará con una cantidad de elementos adversos en su camino por lo que, de no contar con un nivel alto de resiliencia, su calidad de vida será muy reducida y estará propensa a sufrir una serie de afectaciones en su salud. Por lo tanto, es importante investigar, en el ámbito de la Piscología, como propiciar el desarrollo de los mecanismos que integran la resiliencia de la cuidadora o cuidador.

Este es un elemento que puede proteger y apoyar a este sector de la población que, a pesar de vivir en un mundo con mucha información, desconoce tal condición de vida.

A este tema no se le da la importancia que merece, a pesar de que es necesario buscar que el cuidador —como individuo— no se pierda en el cuidado de la otra persona. Es necesario que el cuidador se encuentre, se conozca y reconozca sus fortalezas, porque a partir de su bienestar podrá generar bienestar a su alrededor.

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Resumen

El aumento exponencial de la población de adultos mayores y el alto índice de enfermedades crónicas que presentan los hace susceptibles a perder su autonomía y convertirse en personas dependientes que necesitan de un cuidador primario que los apoye en su vida diaria, lo que genera una problemática de salud física y emocional, para quien asume el papel de cuidador primario, el cual según las estadísticas sociodemográficas muestran que en su mayoría son mujeres, y que son familiares cercanos al adulto mayor dependiente, por lo que se realizó una investigación teorica utilizando metodología PICO abarcando un criterio de para revisar los diversos conceptos que se manejan sobre la resiliencia en psicologia en la última década, delimitando los componentes que abarcan este proceso, observando los resultados de diversas investigaciones se determinó que los niveles de resiliencia pueden elevarse y que el individuo es capaz de adquirir y desarrollar este tipo de comportamiento, en base a intervenciones psicologicas desde un enfoque de la psicologia positiva, se puede considerar esta una alternativa terapéutica para apoyar a quienes son cuidadores primarios demostrando que según la literatura científica es posible propiciar el desarrollo de resiliencia, al generar en el individuo inteligencia emocional, interacción con el medio y las relaciones afectivas que puedan ser factores protectores que preserven la calidad de vida de los cuidadores primarios.

Abstract

The exponential increase in the population of older adults and the high rate of chronic diseases they present make them susceptible to losing their autonomy and becoming dependent people who need a primary caregiver to support them in their daily lives, which generates a problem of physical and emotional health, for those who assume the role of primary caregiver, which according to sociodemographic statistics show that most of them are women, and that they are close relatives of the elderly dependent, so a theoretical investigation using PICO methodology was carried out. a criterion to review the various concepts that are handled on the resilience in psychology in the last decade, delimiting the components that comprise this process, observing the results of various investigations determined that the levels of resilience can rise and that the individual is capable to acquire and develop this type of behavior, based on psychological interventions from a positive psychology approach, can be considered a therapeutic alternative to support those who are primary caregivers showing that according to the scientific literature it is possible to promote the development of resilience, by generating emotional intelligence in the individual , interaction with the environment and affective relationships that may be protective factors that preserve the quality of life of primary caregivers.

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Objetivo.

Revisar las definiciones de la resiliencia y sus diversos conceptos, a fin de identificar si se puede adquirir o desarrollar, y determinar qué factores protectores pueden ser aplicados en beneficio de la calidad de vida y de la salud del cuidador primario de un adulto mayor dependiente.

Introducción

Al hacer un recorrido por la historia, se observa como —desde el principio de las civilizaciones— individuos de culturas e ideologías diferentes han tenido un objetivo en común: buscar el bienestar del ser humano y afrontar la adversidad.

El hombre ha trabajado a lo largo de los siglos para alcanzar está aspiración; así, la investigación científica y el desarrollo tecnológico le han permitido, a la par, la evolución social y cultural.

Podemos encontrar —por ejemplo— en el campo de la medicina y de la psicología, la realización de estudios sobre el funcionamiento del ser humano como un ser bio-psico-social que interactúa con su entorno a partir de la edad, rol bio-psico-social, estado de salud, ideología, educación y nivel socioeconómico, toda vez que su existencia se conforma de un cuerpo físico y una mente que engloba los procesos cognitivos mediante los cuales percibe su entorno y su realidad.

Con base en lo anterior, se han desarrollado investigaciones para encontrar tratamientos que puedan dar respuesta a las diversas enfermedades que aquejan al ser humano a fin de aumentar su expectativa de vida.

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Se ha trabajado en la modificación de creencias, en la implementación de acciones preventivas y en nuevas prácticas de higiene y seguridad, logrando hacer una diferencia en la forma de vivir.

En el ámbito psicológico, el tratamiento de la salud mental se ocupa de dar atención al individuo en tres niveles: la atención primaria (preventiva), la secundaria (adherencia a tratamientos) y la terciaria (apoyo y acompañamiento), las cuales, forman parte de la atención integral al paciente.

En este contexto, y con base en datos estadísticos proporcionados por las Naciones Unidas, se puede observar cómo se ha logrado un importante descenso en la tasa de mortalidad y un aumento en los años de vida. En contraste, la tasa de natalidad también desciende a nivel mundial.

En el año 1950, se calculaba que había 200 millones de adultos mayores a nivel mundial; esta cifra aumentó a 350 millones en 1975 y, para el año 2000, se contabilizaron 600 millones —lo que representaba en ese momento el 10% de los habitantes del planeta—. En una proyección de corto plazo, se calcula que para el año 2025 la cifra de adultos mayores en el planeta se elevará a 1100 millones, lo que representará 15%. Las estimaciones de largo plazo estiman que, en el año 2050, los adultos mayores constituirán el 20% de la población mundial.

En el caso de México, la tasa de crecimiento de adultos mayores está por arriba del 4% anual, por lo que se calcula que, para 2030, los adultos mayores representarán el 12% del total de población del país.

Actualmente, podemos observar la transformación del ser humano en el área psicosocial, a través del proceso de envejecimiento, pues en los últimos 50 años se ha ampliado la expectativa de vida.

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Se deben reconocer los esfuerzos en este sentido. Los distintos sectores de la salud desarrollan acciones que coadyuvan a mejorar las condiciones de bienestar y dignidad. Las políticas sanitarias se han mostrado como herramientas eficaces para elaborar programas de prevención e información; de igual manera, para crear conciencia, sobre la importancia de cuidar la salud.

Sin embargo, en 2015, la Organización Mundial de la Salud estableció que no existen datos sólidos, capaces de probar que los adultos mayores de la actualidad sean más saludables que las personas adultas mayores que vivieron en el tiempo de sus padres.

Es válido decir, por lo tanto, que la mayor parte de este sector de la sociedad actual se ve afectada por algún padecimiento que debilita su salud. Algunas de estas enfermedades son clasificadas como crónico degenerativas. Entre las más recurrentes a nivel mundial tenemos las siguientes: obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades isquémicas del corazón y eventos cerebrovasculares.

El impacto que provocan en la vida de quienes las padecen se hacen visibles en el grado de dependencia que generan, y en las repercusiones que desencadenan en la vida de las personas que asumen el papel de cuidadoras. Estas, se enfrentan a desafíos que no se tenían previstos como el cambio de roles al interior de la familia. Tal es el caso de los hijos que tienen que adoptar el papel de padres a fin de apoyar en las diferentes necesidades que presenta todo adulto mayor enfermo.

A lo largo del tiempo, se han efectuado diversos estudios dirigidos al cuidador, porque se ha detectado que los individuos involucrados en esta labor se encuentran propensos a padecer diversas patologías, estrés y depresión. Esta condición en su

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conjunto se conoce como sobrecarga del cuidador, pues le afecta tanto física como emocionalmente.

Por ello, en los últimos años se ha explorado un tema que se ha ligado a la psicología positiva denominado resiliencia. Las primeras investigaciones sobre la resiliencia se centraron en los niños, aunque también se han extendido hacia diferentes tipos de eventos y situaciones adversas o catastróficas de la vida del individuo.

En el tema del cuidador primario, cuando este rasgo psicológico —el de la resiliencia— está presente se ha observado que la persona tiene la capacidad de lograr un equilibrio en su vida, tanto en el aspecto físico como mental; aun ante la presencia de una enfermedad crónica degenerativa y eventos adversos o estresantes.

Ante la evidencia, que demuestra la existencia de este tipo de capacidad, es relevante buscar respuestas sobre cómo puede ser desarrollada en beneficio de esta población.

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Capítulo 1. Adulto mayor

1.1 La definición de adulto mayor

La persona denominada como adulto mayor (Lozano, 2011) según el criterio adoptado por las Naciones Unidas, es la que ha cumplido los sesenta años en los países en desarrollo y sesenta y cinco años, en países desarrollados; esto con el fin de asociar la edad biológica y cronológica de los individuos.

En este período de vida, se presentan en el individuo cambios que merman su fuerza física, ante las trasformaciones óseas, musculares y de los órganos internos; conforme se incrementa la edad, se hace más evidente todo este proceso (Valarezo, 2016).

Se podría también decir que, además de los cambios anatómicos y fisiológicos, se dan cambios psicológicos y sociales, los cuales se manifiestan en un marco diferente para cada individuo.

1.2 Tipos de envejecimiento

El envejecimiento es un proceso multifactorial y multidimensional que parte de factores genéticos y aspectos socio ambientales.

Hechavarría, Ramírez, García y García (2018) mencionan que, durante este proceso, la salud ya no solo le concierne al individuo, sino que involucra al ámbito familiar.

Existen dos tipos de envejecimiento: el primario que se refiere al proceso que todo ser pasa desde que nace y que, conforme se va incrementando su edad, se manifiesta a través del cabello encanecido o de la menopausia en las mujeres; y el secundario, que se produce con base en el estilo de vida de las personas afectadas (adicciones,

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sedentarismo, mala alimentación, etcétera) que «interacciona con los mecanismos y cambios propios del envejecimiento primario», lo que produce el envejecimiento normal.

Cardona y Peláez (2012) mencionan al respecto que «etimológicamente, vejez se deriva del latín veclus, vetulus, que significa persona de mucha edad» (p. 336); esta

imagen tiene un componente psicosocial relacionado con el estereotipo actual.

Llegar a ser considerado adulto mayor significa llegar a una época de transición ante el lugar que se ha ocupado en la sociedad; se relaciona con cambios en la jerarquía de la familia; con la decadencia de la salud con relación a la autonomía del individuo, y con su situación económica y laboral. El envejecimiento es parte normal del ciclo de vida, el cual es irreversible.

Establecer el criterio más adecuado para delimitar el envejecimiento resulta complejo debido a que es un tema de interés para diferentes disciplinas científicas, mismas que han elaborado teorías desde la perspectiva propia de su campo de estudio, razón por la cual no se puede elaborar un concepto unificado e integral (Aranibar, 2001).

La determinación de un valor numérico preciso estará siempre sujeta a juicio, debido a que se conocen varios significados, tales como:

• Edad biológica, mediatizada por factores ambientales y rasgos genéticos individuales.

• Edad psicológica o subjetiva, que se refiere a la capacidad de aceptarse a sí mismo y de colocarse en un determinado rol.

• Edad social, que refleja los efectos de las normas que rigen los comportamientos de los individuos en el campo social, y

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• Edad cronológica o cada uno de los períodos (generalmente años) en que se considera dividida la vida. (Cardona y Peláez, 2012, p. 337)

1.3 El envejecimiento como condición psicosocial

Palma (2016, p. 115) afirma que «la vejez sería una condición psicosocial y, no únicamente una edad biológica»; debido a que es observable el cambio de rol en la sociedad, tanto en hombres, como en mujeres, que viven esta etapa de vida; son personas que en su momento ejercieron la jefatura en la familia, que fueron proveedoras y que atendieron las necesidades de la casa desempeñando un trabajo remunerado. En el caso específico de las mujeres, las hubo que fueron también amas de casa e, incluso, cubrieron ambos roles. Seres humanos que de pronto se ven relegados en sus labores y que ven que su opinión dentro de la familia no es relevante.

En el caso de quienes no formaron una familia y que en su momento fueron dueños de sus decisiones y de su tiempo —independientemente del modo en que se condujeron durante su juventud y edad adulta— de pronto tienen que acercarse a familiares cercanos, amigos o vecinos en busca de apoyo a sus necesidades si su salud se ve comprometida, lo que repercute en su estabilidad tanto física como mental.

Entre otras situaciones, quienes cumplieron un ciclo laboral enfrentan la jubilación o el retiro, ya sea de forma voluntaria o involuntaria; quienes son beneficiados con la seguridad de una pensión experimentarán una tranquilidad en el aspecto económico; más aún si cuentan con redes de apoyo social, pues les aumentan las oportunidades de aspirar a una mejor calidad de vida.

En cambio, no se puede decir lo mismo de la condición de aquellos individuos que carecen de este tipo de beneficios; es el caso de las mujeres, principalmente de las que se dedicaron al hogar y han enviudado, o de los varones que, por su actividad laboral, no

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contaron con la posibilidad una seguridad social. Son realidades que comprometen su bienestar.

Ante la llegada de la vejez, gradualmente se verán enfrentando una serie de obstáculos, que les impedirán seguir realizando las tareas cotidianas y su trabajo, que es fuente de sustento. Por esta razón, dependerán económicamente de hijos o familiares y, por ende, estarán propensos a sufrir altos niveles de estrés y problemas en su salud debido a la incertidumbre que les generan los cambios durante este período de su vida. Durante esta etapa, diversos factores como familia, pareja, amistades, entorno laboral, económico, social y cultural son determinantes en el proceso de adaptación del adulto mayor. En este ciclo de vida —tanto física como mentalmente— tienen un impacto directo en la salud de esta población.

Así, quienes han llevado un estilo de vida con hábitos y conductas saludables tendrán mayores probabilidades de llegar a un envejecimiento activo y con una buena calidad de vida. Sin embargo, quienes carecieron de estas condiciones, presentarán un considerable deterioro en su salud que les conducirá a un estado senilidad (Aranibar, 2001).

Lozano (2011) menciona que la senilidad es un concepto que viene relacionado directamente con la edad fisiológica y que se manifiesta en con un deterioro físico o mental incapacitante para realizar las actividades de la vida diaria.

1.4 Adulto mayor dependiente

Ante el deterioro de la salud en el adulto mayor —debido a enfermedades crónicas— se van generando cambios internos y externos que provocan alteraciones; como respuesta, se trata de encontrar la adaptación a los mismos, con el objetivo de mantener un equilibrio tanto a nivel individual como familiar.

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Sin embargo, es inevitable que las alteraciones hagan mella en su capacidad funcional, lo que trae como consecuencia una disminución en cuanto a su autonomía; esto ocasiona, en un primer momento, un estrés muy fuerte debido a la sensación de vulnerabilidad, pérdida e incapacidad (Hechavarría et al., 2018).

Todo ser humano en algún momento de su vida ha sido expuesto a la vulnerabilidad y la dependencia, ya que estas forman parte de la existencia; sin embargo, la etapa donde se alcanza una mayor probabilidad de estar sujeto a tales condiciones es en la vejez, porque, como ya lo mencionamos anteriormente, es en la que el adulto mayor se encuentra en franco deterioro de su salud física y mental.

En este punto, la persona se encuentra con la dificultad de manejar su cuerpo; en algunos casos, su autoconciencia, autocontrol y su capacidad relacional. Esto del representa una pérdida de cualidades que lo hacen vulnerable y lo ponen en condición de dependencia (Enríquez, 2018).

«La Organización Mundial de la Salud definía la dependencia como la restricción o la ausencia para realizar alguna actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal» (Bertone, Torres y Andrada, 2011, p.114). Esto se refiere a que, cuando un individuo pierde la capacidad o se ve limitado en sus funciones para realizar actividades cotidianas como vestirse, asearse, comer, beber, preparar sus alimentos, cuidar de su vivienda y la necesidad de apoyo para su movilidad, se considera que es una persona dependiente (Bertone et al., 2011).

Esta condición se asocia con el envejecimiento patológico. Las limitaciones funcionales, se refieren tanto a la capacidad física como mental del individuo y son predictores de mortalidad, morbilidad y discapacidad en el adulto mayor. Una persona puede ser considerada como dependiente cuando por su condición requiere por un

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período de tiempo prolongado e indefinido— de la ayuda de otra persona para realizar sus actividades.

Los cuidados que se otorgan se han conceptualizado de forma integral para definir la atención adecuada a la persona dependiente. A los primeros se le denomina «actividades de la vida diaria» (ADV) y tiene que ver con el cuidado personal: bañarse, apoyo para comer, arreglo personal, etc. A los segundos, se le conoce como «actividades instrumentales de la vida diaria» (AIVD) y se refieren a las compras, preparación de los alimentos, aseo de la vivienda, de la ropa, asuntos médicos, etc.

En México, la dependencia funcional tiene como causales características las siguientes: edad avanzada, el género femenino, bajo nivel de alfabetización, enfermedades cerebrovasculares, enfermedades crónicas, depresión, el deterioro cognitivo y de la visión, limitación funcional en las extremidades inferiores, la autopercepción de mala salud, un bajo nivel de actividad física, el tabaquismo y la baja frecuencia de los contactos sociales (Casales, 2016).

Dentro del sistema de salud, se puede considerar a los adultos mayores como el grupo de pacientes que presenta mayor grado de dependencia, misma que aumenta conforme la edad; la causa principal de la dependencia de los adultos mayores se focaliza en las enfermedades crónico-degenerativas que prevalecen entre ellos. Usualmente se presentan acompañadas de dolor, el cual generalmente es de tipo crónico.

Cerquera, Uribe, Matajira y Delgado (2017) mencionan que se le denomina dolor crónico cuando se presenta de forma constante por más de un mes y, además, es difícil de tratar, debido a que, es considerado como «un conjunto de manifestaciones bio-psicosociales, que carecen en ocasiones, de propiedades fisiológicas reparadoras» (p.

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5) por lo que, quien lo padece, vive en una condición de sufrimiento que suele tener repercusión directa en su entorno familiar.

Cardona y Peláez (2012) mencionan que en esta etapa la familia se erige como la red social que dará soporte al adulto mayor, cubriendo sus necesidades básicas, como cuidado y apoyo.

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Capítulo 2. Cuidador primario

2.1 La figura del cuidador en la sociedad

En México, así como en una gran parte del mundo, para las familias, pensar en quién debe de hacerse cargo de cuidar al adulto mayor es un acto social implícito que, según las tradiciones socioculturales, será apoyado por los miembros de su familia, amistades o vecinos cuando —ante el inevitable paso del tiempo— presente una condición de deterioro y dependencia.

Este hecho, a nivel psicosocial, es considerado como el paso natural a seguir; sin embargo, al interior de la familia tal situación repercute en varios aspectos del desarrollo de la vida cotidiana de sus miembros; la magnitud depende de la capacidad de organización que puedan generar los familiares del adulto mayor. Factores como el grado de comunicación, afecto y, la unión son determinantes para darle un cuidado de calidad (Casales, 2016).

Cabe señalar, que independientemente de la organización intrafamiliar que se pueda lograr —ya sea de forma positiva o negativa— se considera absolutamente normal que de la familia surja la figura del cuidador primario, es decir, de quien será responsable de forma principal y de manera directa, de la atención y cuidado que el adulto mayor dependiente requiera. Este papel se le otorga a la persona que sea considerada como la de mayor obligación según el parentesco y la dinámica familiar que se tenga (Lozano, 2011).

González, Fonseca, Valladares y López (2017) definen al cuidador primario como, «aquella persona que asiste o cuida a otra afectada de cualquier tipo de discapacidad, minusvalía o incapacidad; que le dificulta o impide el desarrollo normal de sus actividades

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vitales o de sus relaciones sociales» (p. 8), por lo que al aceptar la responsabilidad de esta labor, compromete una parte de su vida, dando por entendido que requerirá de muchas horas de su tiempo, día y noche, llevando a cabo esfuerzos tanto físicos como mentales.

Esta figura se hace presente, en el momento que se manifiesta una enfermedad en un ser con el que está vinculado emocionalmente y con quien usualmente tiene un parentesco muy cercano. Asume, entonces, la responsabilidad del cuidado de la persona, cuando es diagnosticada con una enfermedad crónica e incapacitante.

El cuidador se convierte en la parte indispensable de la vida del paciente, ya que participa en la toma de decisiones y cuidado, tanto de las actividades de la vida diaria, como del ámbito médico y legal. Esto implica que dedique tiempo completo para asistir en sus necesidades al padeciente, por lo que, en muchas ocasiones debe dejar su empleo y renunciar a la rutina de su vida diaria.

El cuidador informal usualmente no recibe capacitación, ni recibe pago o compensación alguna, por esta labor; no obstante, muestra un alto grado de compromiso, porque se involucran sentimientos afectivos y compromisos morales. Por lo general, el grado de atención al adulto mayor en situación de dependencia no tiene límite de tiempo (Anaya y Contreras, 2018).

2.2 Las características sociodemográficas

En el trabajo de Bustillo, Gómez y Guillén (2018) se afirma que, en el perfil del cuidador informal, se encuadran mujeres casadas, con una edad media superior a los 50 años; suelen ser esposas e hijas de la persona dependiente. La población masculina es usualmente baja en esta labor, debido a que el varón es el que se encarga de salir a trabajar y ser el proveedor.

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Barrera, Pinto, Sánchez, Carrillo y Chaparro (2010) abordan este tema desde la perspectiva de la normalización que existe dentro de los roles que socioculturalmente se deben desempeñar: el hombre suele ser racional y, a la vista de la sociedad, cuando adopta el papel de cuidador, se erige como un ejemplo extraordinario; por lo tanto, suele tener mayor apoyo social en los momentos difíciles.

En contraparte, la mujer se considera más afectiva, por lo que trata de buscar la mayor calidad en el cuidado, estando atenta a todo tipo de detalles; sin embargo, a la vista de la sociedad, el que la mujer atienda a una persona adulta mayor dependiente tiene menos relevancia. Aunque sea solo ella la que atienda a la persona necesitada se le exige que esté pendiente de la pareja, de los hijos, de los hermanos, etc.

Ramón, Martínez y Martín (2017) realizaron un estudio donde la muestra era de 392 participantes (336 mujeres y 52 hombres); la intención era observar desde la perspectiva de género si existían diferencias en las maneras de percibir la sobrecarga de cuidados a las personas adultas mayores en situación de dependencia.

Se encontró que, en efecto, las mujeres sienten mayor sobrecarga que los hombres. Con relación a la morbilidad, las mujeres presentaron padecimientos como hipertensión, diabetes y dislipidemia, entre las de mayor incidencia; el tiempo que dedicaban al cuidado era en promedio de 16 horas al día, en ambos casos.

El encargo se asume de manera voluntaria, tomando en cuenta que, culturalmente, es una condición normalizada dentro del núcleo familiar, puesto que se considera como parte de una obligación moral debido al parentesco directo, y quien lo realiza sabe que es un compromiso donde no existen horarios, ni condiciones de trabajo predefinidas.

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Generalmente reciben muy poco o ningún apoyo (económico, o en actividades que contribuyan al cuidado) por parte del resto de la familia; su nivel de escolaridad generalmente es básico y el nivel socioeconómico es medio bajo (Ayala, 2017).

2.3 Las actividades y destrezas que debe de desarrollar el cuidador

La relevancia que adquiere el cuidador primario en la vida del adulto mayor al que cuida resalta por la cantidad de responsabilidades que trae consigo y, por tanto, por el alto grado de presión que le genera altos niveles de estrés, derivados de la necesidad de cumplir de manera sistemática con el trabajo diario.

El cuidador ha de dividirse entre atender a otros miembros de la familia o estar en un aislamiento social, debido a que debe enfocarse en las situaciones que se presentan con relacion a la comunicación, la conducta y al estado emocional de su familiar dependiente.

Estar expuesto a un período prolongado de este tipo de convivencia trae aparejados problemas en su salud física y mental, al igual que el deterioro en su relación con el adulto mayor dependiente, debido a la disminución en su capacidad de empatía. Esto genera, por consiguiente, una fuerte tensión en su relación, al ver reducida su capacidad de tolerancia y paciencia (González et al., 2017).

Bustillo, Gutiérrez y Guillén (2018) señalan que a través de la revisión de cincuenta y cuatro estudios realizados a cuidadores primarios en los últimos diez años se observó que las variables más evaluadas fueron depresión, ansiedad, estrés y sobrecarga del cuidador. Cabe mencionar que estos estudios se han enfocado en los malestares que surgen por vivir este rol durante períodos prolongados.

Cerquera y Pabón (2015) mencionan que los cuidadores suelen tener sentimientos de culpa, baja satisfacción con la vida y problemas laborales y jurídicos; lo anterior se

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refleja de manera comprensible en un desgaste físico y mental, así como en la percepción de una mala calidad de vida.

En otro aspecto, también es visible que el cuidador primario, con el paso del tiempo, adquiera conocimientos propios de áreas como enfermería, rehabilitación y, en cierto grado, del ámbito psicológico.

«Los cuidadores deben supervisar y administrar los medicamentos; resolver situaciones de conflicto derivadas del cuidado [al paciente]; por mencionar un ejemplo, cuando no se acepta fácilmente el tratamiento o se complica la enfermedad; ayudarlo a comunicarse con los demás, cuando hay dificultades para expresarse; rascarlo, cambiarlo de posición; entre otras tareas habituales» (Barrera et al, 2010, p. 26).

Dicho de otra manera: según sea el tipo de enfermedad que padece el adulto mayor dependiente, se determinará lo que el cuidador tiene que aprender, ya que el apoyo variará en función de las diferentes patologías que se presentan. Por ejemplo, en una insuficiencia renal, donde se encuentra un paciente con diálisis, requerirá un conocimiento específico, diferente a quien padece algún tipo de cáncer y recibe quimioterapias o sufre amputaciones.

En el caso de los adultos mayores que sufren deterioro cognitivo por diversas patologías (Alzhéimer, eventos cerebrovasculares, etc.), el cuidador se ve sometido a vivir una serie de situaciones que le generan un alto grado de estrés, debido a que esta condición es un proceso activo y en constante evolución. Por ello, conforme transcurre el tiempo, el cuidado que dispensa al adulto mayor va adquiriendo mayor complejidad y las demandas que va generando en muchas ocasiones sobrepasan su capacidad para controlar la situación (Moreno, Palomino, Moral, Frías & Pino, 2016).

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Cuando el tratamiento médico representa una constante en la vida del paciente, para el cuidador significa enfrentar retos que van apareciendo sobre la marcha, a la par de la enfermedad, independientemente de su índole.

Castaño y Canaval (2015) mencionan que el cuidador se encuentra con la responsabilidad de apoyar el tratamiento que requiera la persona a su cuidado, porque la participación familiar es primordial para lograr una mejoría clínica. Su labor en este ámbito comienza con el acompañamiento, pasando por la atención de las necesidades primarias del enfermo y concluye con el suministro de medicamentos y la realización de procedimientos específicos.

Según sean indicaciones médicas, el cuidador tendrá que aprender a desarrollar labores complejas, requeridas para el tratamiento de ciertas enfermedades que generan condiciones incapacitantes en el paciente. Esto implica para él mismo involucrarse en la rehabilitación física y mental, es decir, en circunstancias desconocidas y ajenas para quien no posee capacitación en el área de la salud.

Una muestra de ello la describen Morquecho, Espinoza, Vilchis & Arteaga (2015) en el estudio que realizaron para medir las consecuencias de sufrir un ictus (evento que es considerado como la causa principal de discapacidad en la población adulta y la segunda causa de demencia). El ictus tiene como consecuencia clínicamente relevante el deterioro de la función cognitiva, la cual se encarga de la producción y el control de procesos mentales y de comportamiento.

Lo anterior, compromete, en la persona afectada, procesos como el pensamiento, el aprendizaje, los recuerdos, la capacidad de resolución de problemas y la conciencia. Por ende, el cuidador hace las veces de terapeuta debido a que se requiere de la rehabilitación para que el paciente logre la recuperación.

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Anaya y Contreras (2018) indican que otra problemática importante que se presenta con frecuencia en el adulto mayor es la que se genera a partir de las afasias, que comprometen la función cognitiva de orden superior, como es el lenguaje. En consecuencia, el enfermo pierde la capacidad de comunicarse y de comprender lo que le están diciendo. El paciente, por lo tanto, queda aislado.

En este contexto, el estudio descriptivo que se realizó pudo evaluar las competencias del cuidador primario con respecto al compromiso con el tratamiento, con la rehabilitación y las habilidades para reconocer las necesidades de su familiar dependiente. Se encontró que el cuidador primario lograba establecer un cierto grado de comunicación con su familiar enfermo, lo que le permitía, en efecto, dar un seguimiento puntual a las indicaciones médicas, así como ser parte del trabajo logopédico.

2.4 La sobrecarga del cuidador.

Llegados a este punto, a través de estas investigaciones, se observa cómo el cuidador es capaz de adquirir los conocimientos y destrezas necesarias para realizar una labor que será parte de la cotidianidad y con el unico propósito de apoyar en su mejoría o en su comodidad al adulto mayor dependiente, (Rodríguez y Landeros, 2014); al tiempo que, como lo referíamos con anterioridad, sus necesidades como individuo serán dejadas de lado, hasta volverse casi imperceptibles; lo que a largo plazo se traducirá en una repercusión negativa en su vida, afectándolo en el plano interno y externo.

Se han realizado diversas investigaciones acerca de este tema (Ayala, 2017; Bustillo, Gómez & Guillén, 2018; Morquecho et al, 2017), el cual se ha definido como «la sobrecarga del cuidador». La escala de Zarit podría considerarse como el instrumento

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más utilizado para su evaluación, seguido de diferentes instrumentos para medir la depresión, ansiedad, estrés, calidad de vida y afrontamiento.

Los datos arrojados por estos trabajos han servido para identificar factores que son promotores de esta condición. De igual forma, se han estudiado los factores que sirven como protección.

Al respecto, una parte de la psicología ha enfocado su atención en encontrar los mecanismos que propicien una mejor calidad de vida del cuidador, durante el tiempo que esté realizando su labor; incluso después de que concluya. Es a partir de aquí, que se ha desprendido el interés por estudiar el tema de la resiliencia.

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Capitulo 3. Resiliencia

3.1 Los conceptos de resiliencia

«… la resiliencia es un proceso diacrónico y sincrónico: las fuerzas biológicas de desarrollo se articulan con el contexto social para crear una representación de sí que permite la historización del sujeto» (Cyrulnik, 2001, p. 40).

Este es uno de los conceptos que se han utilizado para describir la resiliencia, (Rodríguez, 2017). Sin embargo; cabe señalar que el término «resiliencia» originalmente proviene de la física y se utiliza para referirse a la propiedad de un metal, cuando al ser sometido a una presión extrema, vuelve a recuperar su forma o posición.

En el área de las ciencias humanas y sociales se adoptó como un símil, aplicado al ser humano en cuanto a su capacidad psicológica de manejar eventos traumáticos, tanto de forma individual como colectiva, y se comienza a estudiar a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Los primeros autores que publicaron acerca de este tema fueron Anthony, Garmezy, Rutter y Werner; desde entonces y hasta la actualidad, se siguen realizando investigaciones, debido a que se considera de interés comprender cómo, dónde y cuándo comienza en el ser humano y cuáles son sus mecanismos.

Yates, Tyrell y Masten (2015) encontraron que «En los últimos 50 años se ha podido establecer que la resiliencia es un conjunto de recursos básicos y protectores, que se consideran como procesos que provienen de la competencia individual, grupal y estructural» (p. 777), esto es, que la resiliencia se gesta a partir de los recursos cognitivos que va generando la persona; estos pueden ser parte fundamental, en la

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manera en que miembros de una familia o de una población en específico, afronten situaciones difíciles.

Rodríguez (2017) menciona que «La resiliencia es actualmente, un concepto complejo y de difícil delimitación; dado que, implica diferentes factores y elementos que intervienen en su concreción» (p. 95). En el trabajo de Burton, Pakenham y Brown (2010) es definida como una «capacidad de las personas para hacer frente, ajustar o recuperarse de manera efectiva, del estrés o la adversidad» (p. 269).

El concepto es aceptado como un constructo que cada individuo elabora de manera personal y que tiene como soporte las redes de apoyo que son formadas por componentes, entre los que se encuentra el bagaje cultural que se ha adquirido con base en las experiencias de vida acumuladas.

3.2 Estudios sobre resiliencia

A través del desarrollo de investigaciones que se han enfocado en identificar dichos componentes, desde la concepción biológica del ser humano (Wu, Feder, Cohen, Kim, Calderon, Charney & Mathé, 2013), se han encontrado factores genéticos, epigenéticos y neuroquímicos que se encuentran latentes en cada individuo durante su desarrollo físico y psicológico; sólo distinguibles ante la presencia de un evento adverso que altera drásticamente su vida.

Cuando el individuo responde con un alto grado de capacidad de recuperación, demuestra una rápida adaptación al medio, supera el estrés y la adversidad, y mantiene su vida dentro de la norma en que se desenvolvía antes de la alteración.

Nobre (2017) afirma que, para poder desarrollar este concepto, no se debe perder de vista el origen que se refiere a elasticidad o flexibilidad, lo que lleva a comprender qué

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una persona a la que se califica como «resiliente» es aquella que rebota y logra equilibrio y bienestar, a pesar de las circunstancias.

Giusti (2015,p.109) ” ser resiliente no significa recuperarse en el sentido estricto de la palabra sino crecer hacia algo nuevo”. La resiliencia se gesta a partir de un conjunto de variables internas y externas que sirven como mecanismos reguladores, que involucran la fisiología normal y las conductas.

La resiliencia (Crespo & Fernández, 2015) la explican como una característica multidimensional, compuesta por capacidades relativas a la competencia personal, la tenacidad, la confianza en la propia intuición, la tolerancia a los eventos adversos y la adaptación positiva al cambio. La resiliencia, desde su perspectiva, demuestra, pues, la capacidad de control, de espiritualidad y de establecer relaciones que generen seguridad y confianza.

3.3 Descripciones concretas de la resiliencia

Los primeros estudios que se efectuaron sobre resiliencia la describieron —implícita o explícitamente— como un rasgo de la persona (Kte, 2018). Es también calificada como un proceso. Si se parte de esta premisa, se entiende, por lo tanto, que no es algo que un individuo pueda poseer o no, sino que se puede aprender.

La resiliencia para Becoña (2006) se debe apreciar como un rasgo o un patrón de conducta, pues considera que es resultado de la interacción de características biológicas, de personalidad, de experiencias de vida, de habilidades para madurar y del entorno donde se desenvuelve el individuo.

En el estudio realizado por Castaño y Carnaval (2015) se nos dice que la resiliencia, es parte de la percepción que tiene el individuo sobre sí mismo, ya que este no tiene ningún control sobre el lugar y el rol que le ha tocado asumir en la vida. Por esta razón,

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puede reconocer que solo tiene control para poder dar un sentido diferente a las circunstancias que le han tocado vivir mediante la actitud y las acciones por él asumidas (Cerquera y Pabon, 2015).

Por lo tanto, la resiliencia se podría definir como una capacidad del ser humano que cubre aspectos comportamentales y emocionales vinculados a cualidades y emociones positivas, que sirven como factores de protección contra patologías.

El crecimiento y desarrollo del individuo será parte de un proceso de aprendizaje, a través de las vivencias que va acumulando en determinados ciclos de su vida.

Fernandez y Crespo (2011) añaden que la resiliencia debe ser considerada como un proceso de adaptación, con ausencia de problemas de salud tanto física como emocional; además de tener un comportamiento funcional hacia sí mismo y hacia quienes le rodean.

Para diferenciarla del proceso de recuperación —que involucra características parecidas— cabe señalar que la resiliencia se vive después de lograr una readaptación tras haber pasado por un escenario en el que se manifestaron problemas de orden físico y mental, en un sentido negativo.

González, Fonseca, Valladares y López (2017) consideraron que la resiliencia se podría clasificar como una facultad del género humano, al demostrar que es una capacidad que tiene un individuo para superar adversidades y aprender de ellas; lo que le obtiene como resultado, es salir fortalecido; por lo tanto, estamos ante una cualidad innata o aprendida.

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Capitulo 4. Resiliencia en cuidadores primarios

4.1 La definición del cuidador resiliente

Según la literatura científica, las características de un cuidador resiliente (Castaño y Canaval, 2015) son un mayor nivel de inteligencia, ecuanimidad, asertividad, creatividad y de control sobre sus impulsos. Sabe, además, hacer uso de los recursos que tiene a su alcance para mejorar su entorno propiciando redes de apoyo y mejor calidad en el cuidado de quien tiene a su cargo.

Investigar cómo se desarrolla la resiliencia en cuidadores se considera una demanda que surge del alto índice de morbilidad que se presenta en quienes desempeñan este rol. Ante la cantidad de personas que se van integrando a esta labor, como se mencionó en el capítulo anterior, es necesario encontrar los mecanismos adecuados que puedan generar elementos preventivos y de mantenimiento para preservar su salud mental y física.

Las investigaciones respecto a cuidadores primarios se han enfocado, en su mayoría, a distinguir las afectaciones que presentan los cuidadores, pero en la última década se comenzó la investigación hacia un enfoque positivo, siendo la resiliencia en cuidadores un tema a profundizar, para comprender cómo este concepto puede tomarse no sólo como mecanismo de defensa, sino que aporte en pro una mejor calidad de vida para el cuidador.

En Gallardo, (2018). la investigación que realizó en mujeres cuidadoras partió de que presentaban sobrecarga y deterioro de salud , utilizando el enfoque de la psicologia positiva, se utilizaron técnicas para favorecer el empoderamiento a partir de

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la resiliencia con resultados no muy altos sin embargo se consideraron significativos, encontrando una mejor respuesta a su situación, física y emocional.

La resiliencia en cuidadores se puede clasificar por categorías como alta y moderada-baja. En este último grupo están las personas que cuidan a un adulto mayor dependiente por períodos prolongados y que, por lo mismo, se ven profundamente afectadas, por estrés, el desgano y la insatisfacción. Esto les acarrea una sensación de sobrecarga y percepción de mala calidad de vida.

En cambio, las personas que entran en la categoría de cuidadores con alto grado de resiliencia, a pesar de tener una situación similar, pueden pasar por este evento sin presentar daño psicológico. (Crespo y Fernández, 2015).

La experiencia la viven asumiéndola como un aprendizaje que puede ser utilizado en eventos futuros, manteniendo un estado de ánimo alto y una percepción de buena calidad de vida. (Crespo y Fernández, 2015).

En un cuidador primario (Cerquera y Pabon, 2016), el efecto de la resiliencia puede brindarle una mejor oportunidad de manejar sus recursos internos y externos para alcanzar un equilibrio en su salud física y mental. Se ha observado que, a mayor índice de resiliencia, el cuidador tiene una menor percepción de sobrecarga, además de contar con redes de apoyo, en comparación con quienes tienen un índice bajo.

En evaluaciones que se han llevado a cabo, los cuidadores con alto nivel de resiliencia muestran bajos niveles de depresión y ansiedad, por lo que en algunos estudios se ha considerado la resiliencia como una variable protectora para la salud.

Desde la perspectiva de Rodríguez (2017) se considera que este proceso no es personal, se argumenta que para que se desarrolle en un individuo son necesarios factores externos. Uno de los considerados primordiales es el factor afectivo que es parte

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substancial dentro de las relaciones humanas. Como tal, vincula al individuo con la familia y con la sociedad una vez que estos interaccionan, generando los componentes necesarios para iniciar el proceso de resiliencia, tanto en el cuidador, como en las personas y el contexto social que le rodea.

Este proceso es constante. Su evolución depende del tipo de situación familiar, tipo de enfermedad, situación económica y etapa de vida que esté pasando. (Estos son algunos indicadores que inciden en el tipo de trasformación endógena que se genera en el individuo y que, a nivel cognitivo, le da una percepción diferente de sí mismo. En tanto, a nivel exógeno, le ayudan en el proceso relacional con su entorno).

4.2 La investigación de resiliencia en cuidadores primarios

El área de investigación es extensa, por tanto, este tema se cubre de lo particular a lo general; se puede considerar como parte de la ciencia de la prevención que explora los mecanismos que logran modificaciones positivas partiendo de una persona, misma que las extendiende a quienes le rodean, con base en indicadores específicos de adaptación.

El reto sigue siendo identificar las características que se encuentran en ciertas personas y replicarlo en grupos, ya que podría considerarse obsoleto el estar trabajando sobre los déficits cuando se puede obtener un resultado más eficaz si se elaboran modelos que se enfoquen en objetivos positivos. Estos modelos de resiliencia son promotores de salud y bienestar (Yates et al., 2015).

Por esto, nos referiremos a una investigación realizada entre cuidadores primarios de pacientes oncológicos en Cienfuegos, Cuba (González, et al., 2017) y que se enfocó en determinar los factores moduladores de la resiliencia, evaluando autoestima, optimismo, inteligencia emocional y el nivel de sobrecarga en los sujetos estudiados.

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Se observó que las variables sociodemográficas prevalecen al igual que en estudios similares realizados en México y Colombia, lo que indica que las características del cuidador son semejantes en diversos países de Latinoamérica. La figura de la mujer predomina en este rol, la edad supera los 50 años, el estado civil es casada y se considera como una atribución normal el que desempeñe este papel, ya que son esposas, madres e hijas. Por lo tanto, «es un deber moral». Sin embargo, también son resilientes.

Los resultados que se observaron permitieron comprobar que el nivel de sobrecarga era percibido en mayor grado por quien presentó bajo nivel en autoestima y en inteligencia emocional.

En relación con la inteligencia emocional —que contribuye en gran medida al desarrollo de la resiliencia— se debe de señalar que a diferencia del coeficiente intelectual (que solo se desarrolla durante la niñez y la adolescencia), puede seguirse desarrollando a lo largo de la vida, por lo que se podría considerar como factor clave de la resiliencia.

En este aspecto, la investigación explora la posibilidad de que un cuidador primario sea capaz de adquirir y desarrollar mayor capacidad de resiliencia. Se menciona (Nobre, et al, 2017) que la persona resiliente tiene capacidades de autorregulación en la atención, la emoción y el comportamiento. Por ello, para este tipo de características se deben abrir otras líneas de investigación diferentes a las que se han seguido hasta ahora.

Muestra de ello es el modelo personal de resiliencia, el cual presenta una alternativa cuyo objetivo es crear en el individuo, un estado emocional positivo que fomente el desarrollo de competencias, que le generen bienestar y la posibilidad de adoptar una actitud constructiva que le sirva de apoyo ante su labor . Giusti (2015)

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32 4.3 La resiliencia. como un proceso.

La resiliencia vista como un proceso dinámico, interactivo e individual involucra como se menciona en Wu (2013) una serie componentes del sistema nervioso, que la propician o la inhiben, es decir que actúan en ambos sentidos, ya que cuando están presentes en niveles adecuados son mecanismos que desarrollan resiliencia; en cambio, cuando los niveles son bajos se relacionan con la aparición de estrés, depresión y ansiedad.

Esto sucede a partir de la concepción, se desarrollan en la niñez y tienden a exacerbarse si en esta etapa de la vida se exponen a eventos traumáticos, lo que genera un estado de indefensión aprendida.

Desde esta perspectiva, se comprende que cuando los cuidadores primarios evaluados presentan bajo nivel de resiliencia están manifestando, a la vez, una condición presente desde mucho tiempo antes de que se hicieran cargo del cuidado de adultos mayores dependientes. Esto es motivo suficiente para que al desempeñar el rol de cuidadores primarios se detonen el estrés, la ansiedad y la baja autoestima y se sientan vulnerables e indefensas.

Se ha encontrado que existe una relacion de la resiliencia con la capacidad de monitorear, evaluar los pensamientos negativos y reemplazarlos con positivos, para lo cual se puede ser entrenado y aprender a desarrollarlo. La reformulación cognitiva es parte de la estructura que forma la resiliencia.

Los procesos de vulnerabilidad, protección y susceptibilidad diferencial (Yates, et al, 2015) son los factores que favorecen la adaptación. El saber manejarlos hace que el individuo tenga una mayor capacidad de respuesta positiva ante las intervenciones.

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La persona que es cuidador de un adulto mayor dependiente, al resignificar esta experiencia, es decir, al aprender a resistir la crisis y superarla, después, hace que la vulnerabilidad se convierta en fortaleza.

La resiliencia se da hasta después de pasar por el evento que causa el trauma; una vez que se ocurre el «rebote» es cuando los factores protectores se enlazan para formar la resiliencia, la cual no se debe de concebir como un proceso que se da de manera lineal y en una sola dirección, sino que es un proceso donde la persona saldrá renovada adquiriendo una perspectiva diferente de lo que conocía antes de pasar por el evento adverso (Cyrulnik, 2001).

La resiliencia (Rodríguez, 2017) no trata de que la persona niegue o cambie lo que está viviendo; tampoco infunde un optimismo que llegue a la evitación. Lo que procura es que la realidad de la situación adversa sea aceptada. Busca que el cuidador primario de un adulto mayor dependiente no se quede inmóvil ante todos los cambios que le generan malestar y dolor, por lo que le ayuda a entender que para lograr este proceso debe poner en marcha un repertorio de capacidades que todo ser humano tiene.

La interacción del cuidador con quienes le rodean, y el apoyo social que logre tener, sirven como impulso para el desarrollo de la resiliencia. En este aspecto se destaca también que el afecto entre dos personas o más puede producir resiliencia en alguien que antes no la había presentado. Esto demuestra que la resiliencia se puede calificar como un proceso relacional que tiene características individuales, pero que cuando se involucra con familia, la comunidad y la sociedad aglutina en realidad los elementos esenciales para que se logre desarrollar plenamente.

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Integración de revisión

Una vez que se han explorado los conceptos acerca del tema se puede afirmar que la resiliencia —partiendo de su definición conceptual— tiene diferentes acepciones según los distintos autores que han estudiado. Incluso la metodología para evaluarla no tiene consenso. Podemos observar que hay investigaciones que mencionan el optimismo como factor de resiliencia mientras que en otras se dice que no se debe de tomar en consideración ya que no forma parte de ella.

En la perspectiva europea (Rodríguez, 2017) se aborda el tema desde una perspectiva amplia, pues «no solo se considera el afrontamiento, sino que el aprendizaje experiencial […] lo que se conoce como aprendizaje postraumático» (p. 99).

En cambio, los autores americanos restringen el concepto al afrontamiento; sin embargo, sería inexacto decir que cada persona que pasa por un episodio de adversidad en su vida, por el hecho de afrontarlo, es resiliente, ya que para considerar que se ha logrado ser resiliente, se debe de obtener una experiencia que aporte a la vida del cuidador, dándole un crecimiento personal.

El concepto que se tiene por parte de los autores europeos resulta más estructurado debido a que el proceso de la resiliencia no se limita a solo ser un factor de afrontamiento, sino que hace énfasis en que durante el proceso el cuidador no pierde su buen carácter, sentido del humor y conserva su salud.

Por lo tanto visto desde este aspecto se puede afirmar que la resiliencia es proceso que se puede adquirir y desarrollar, en base a la construcción de los elementos como el autoconocimiento, donde el individuo pueda reconocer sus emociones, fomentar las que son positivas y lograr manejar de una manera adecuada las emociones negativas.

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La resiliencia ofrece a una persona que se encuentra en el papel de cuidador primario de un adulto mayor dependiente, más que un recurso para afrontar, todo un concepto de vivir la vida, ya que de las experiencias vividas, el conocimiento que se adquiere ofrece fortalezas que son útiles para él mismo y para quienes le rodean.

Debido a que como se ha mencionado anteriormente, la persona que es resiliente puede manejar de una mejor manera las problemáticas que se presentan, por lo tanto se puede afirmar que las terapias cognitivo-conductuales y psicoeducación son adecuadas para apoyar a cuidadores que presentan un nivel de resiliencia alto y que pueden seguir desarrollando su resiliencia en base a este tipo de terapias cognitivas.

En los cuidadores primarios que presentan un nivel de resiliencia de medio a bajo esta se puede adquirir, trabajando en una intervención diseñada, en base a técnicas que provienen de la psicologia positiva para generar en el individuo lo que se denomina el capital psíquico(Casullo,2006), la clave en este trabajo es tener presente que la inteligencia emocional se puede seguir desarrollando a lo largo de la vida del individuo, por lo tanto, realizar un trabajo enfocándose abarcar lo cognitivo, emocional y psicosocial, el individuo tiene posibilidad de elevar capacidad de resiliencia.

Es relevante mencionar que en todo momento se hace presente el hecho de que la resiliencia de desarrolla o se adquiere de manera individual, sin embargo, siempre es necesario que el individuo tenga el acompañamiento de las redes de apoyo, de no haberlas se deben de crear o fomentar, para que se encuentren las condiciones propicias para que surja la resiliencia.

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Conclusiones

Se observa, después de hacer esta revisión de las definiciones de la resiliencia y sus diversos conceptos; que este es un proceso que se genera a partir de la cognición del individuo. Podría considerarse como parte del self que, cuando genera un nivel alto de resiliencia, impulsa al cuidador primario a actuar eligiendo un tipo de afrontamiento positivo.

Como se sabe, los factores de afrontamiento se clasifican en positivo y negativo. La resiliencia se toma como factor del afrontamiento positivo, pero al llevar a cabo esta revisión teorica se puede observar que no debe de clasificarse como tal.

El cuidador resiliente se distingue por centrar su atención en la búsqueda de acciones que le sirvan para resolver las problemáticas diversas que se le presentan; en consecuencia, deja de lado la evitación y desarrolla competencias personales que propician un circuito de apoyo entre las personas con las que interacciona, labor que facilita su tarea especializada y que incide en su propio bienestar.

En realidad, la resiliencia es un proceso complejo que tiene mecanismos que la activan por lo que se puede afirmar que la resiliencia en un cuidador primario se puede adquirir o desarrollar a partir de intervenir en los siguientes factores: inteligencia emocional, capacidad de resignificación de los hechos, empatía, autonomía, autoestima, creatividad y espiritualidad.

Las condiciones que la propician a nivel social (Walsh, 2004 citado en Rodríguez, 2017) son:

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• Apegarse al sistema de creencias de la familia (sentido de la adversidad, perspectiva positiva, trascendencia y espiritualidad).

• Patrones de organización (flexibilidad, conexiones, recursos sociales y económicos).

• Procesos comunicativos (claridad, expresión emocional franca y resolución colaborativa de los problemas).

También es importante que se enfoque en desarrollar la capacidad de reflexión acerca de la experiencia vivida, ya que es parte indispensable para que una persona tenga la posibilidad de activar este proceso de resiliencia dentro de ella.

Otro de los puntos importantes es mantener y cultivar lazos afectivos y mantener la interacción social como base para lograr elevar el nivel de resiliencia.

Elaborar intervenciones con base en los conceptos aquí descritos daría una opción para que los cuidadores primarios sean apoyados por los factores protectores que genera la resiliencia, dándoles la oportunidad de cuidar de su salud física y mental.

Utilizar técnicas cognitivo conductuales, como la terapia de cognitiva de Beck, la terapia racional emotiva de Ellis, intervenciones de psico educación y manejar técnicas como mindfulness, por mencionar algunas, son las herramientas que se ha comprobado que han sido eficaces para generar una mejor calidad de vida, además de realizar intervenciones basadas en el enfoque de la psicologia positiva que de manera científica se ha dedicado a estudiar (Gallardo,2018,p.521)“los aspectos que componen el bienestar y las sensaciones de las emociones positivas”

De esta manera, tendrían elementos para prevenir el estrés, la ansiedad y la depresión que tan usualmente se presenta en esta población.

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De manera paralela, se les entrenaría para que pudieran desarrollar un alto nivel de resiliencia que les permita seguir contando con una buena calidad de vida durante el tiempo que realicen el trabajo de cuidadores.

Todo lo anterior impactaría de manera positiva en la vida y la calidad de cuidado del adulto mayor dependiente y de quienes les rodean. Esto lo podemos considerar ante la evidencia, que demuestra la existencia de este tipo de capacidad.

Es relevante mencionar que ante este trabajo se puede tambien considerar que se debe de atender el hecho que no existe ante el sector salud la difusión que debería tener la figura del cuidador primario , por lo que se propone que se hagan programas preventivos donde la difusión acerca de esta problemática sea utilizada, para que la población conozca acerca de este tema y a la par las acciones que se pueden llevarse a cabo para que quien asuma este papel logre llevarlo a cabo, cuidando su calidad de vida y salud.

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Referencias

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