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A Model Kit: Itineraries and dissident scopes of the Communist Party in the gestation of one of the founding groups of the Revolutionary Armed Forces (1960-1967)

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Modelo para armar: itinerarios y ámbitos disidentes del Partido

Comunista Argentino en la gestación de uno de los grupos

fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (1960-1967)

A Model Kit: Itineraries and dissident scopes of the Communist

Party in the gestation of one of the founding groups of the

Revolutionary Armed Forces (1960-1967)

Mora González Canosa∗

Resumen

El artículo analiza la gestación de uno de los grupos fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias: aquél liderado por Carlos Olmedo e integrado por militantes disidentes del Partido Comunista. Se analizan sus itinerarios y los ámbitos disidentes del partido por los que transitaron, identificando los núcleos político-ideológicos que los llevaron a apartarse del PC, constituir nuevos nucleamientos y formar finalmente el grupo que entre 1966 y 1967 intentó sumarse al proyecto de Ernesto Guevara en Bolivia.

Palabras clave: Partido Comunista, “nueva izquierda”, lucha armada, peronismo, grupo fundador, Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Abstract

The article analyzes the gestation of one of the founding groups of the Revolutionary Armed Forces: that one led by Carlos Olmedo and integrated by dissident militants of the Communist Party. Analyzes their itineraries and the dissident scopes of the party along which they passed, identifying the political and ideological topics that led them to being separated of the PC, constitute new nucleation and finally form the group that between 1966 and 1967 tried to join the Ernesto Guevara’s project in Bolivia.

Keywords: Communist Party, “new left”, armed struggle, peronismo, founding group, Revolutionary Armed Forces.

Argentina, Licenciada en Sociología y doctoranda en Ciencias Sociales (Universidad Nacional de La Plata). Becaria del CONICET con lugar de trabajo en el IdIHCS-UNLP. Correo electrónico: [email protected].

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Introducción

Desde la proscripción del peronismo en 1955 hasta la última dictadura militar, la Argentina atravesó un período de intensa conflictividad política y social. Particularmente desde el “Cordobazo” de 1969 amplios sectores de la clase obrera, del campo cultural e intelectual, de la iglesia y el movimiento estudiantil protagonizaron un vasto proceso de movilización y politización que alteró notablemente la dinámica política nacional precipitando, junto a otros factores, el fin de la dictadura de la “Revolución Argentina” (1966-1973) y el regreso del peronismo al poder. Las organizaciones armadas, al desafiar el monopolio estatal de la violencia legítima y establecer diversos lazos con el movimiento de protesta más amplio, fueron uno de los actores destacados en este proceso.

Entre ellas, las “Fuerzas Armadas Revolucionarias” (FAR) condensan varias problemáticas de relevancia en el período: el proceso de identificación con el peronismo de numerosos sectores de izquierda, particularmente de sus filas juveniles provenientes de la clase media ilustrada, la legitimación de la violencia como forma de intervención política y la opción por la lucha armada como modalidad específica de ponerla en práctica. Pese a su importancia, existe un notable vacío en la producción académica sobre las FAR. Si bien venía gestándose desde tiempo atrás, la organización se dio a conocer en 1970 para terminar fusionándose con Montoneros en 1973. Sus antecedentes pueden remontarse hasta comienzos de la década del ‘60, período en que las trayectorias políticas de sus futuros dirigentes se van entrecruzando hasta formar los grupos fundadores de la organización entre los años 1966-67. Uno de ellos fue el encabezado por Arturo Lewinger. Sus integrantes habían militado previamente en el “Movimiento de Izquierda Revolucionaria-Praxis orientado por Silvio Frondizi y luego en una escisión de aquél llamada “Tercer Movimiento Histórico” que, fuertemente influenciada por el revisionismo histórico y el nacionalismo popular, llegó a depositar sus expectativas en la idea de un golpe militar de base popular y estilo nasserista. (González Canosa, 2010)1. El otro, que fue el más numeroso, lo dirigía Carlos Olmedo, posteriormente máximo líder de las FAR, y estaba integrado por ex miembros del Partido Comunista (PC) -Roberto Quieto o Marcos Osatinsky serán luego los más conocidos-. En este caso lo que puede verse es un conjunto de militantes cuyas trayectorias políticas tienen un mismo origen y que, motivados por temas de debate afines, rompieron con el PC en los primeros sesenta. A partir de allí, circularon por diversos ámbitos disidentes del partido estableciendo una serie de redes y relaciones en base a las cuales terminará por delinearse el grupo2. Ambos nucleamientos

1 Entre los militantes de este grupo, además de Arturo Lewinger se encontraba su hermano Jorge Omar Lewinger, Luis

Piriz, Humberto D’Hippolito, Elida D’Hippolito, Eva Gruszka y Roberto Pampillo. Posteriormente, Piriz y H. D’Hippolito se separaron del grupo, ingresando el primero al PRT-ERP y el segundo a Descamisados.

2 En el primer núcleo del que participó Olmedo con la intención de apoyar la campaña del “Che” Guevara en Bolivia

estaban Roberto Quieto, Antonio Caparrós, Oscar Terán, Eduardo Jozami, Lila Pastoriza y pocos activistas más. No todos ellos ingresaron luego a las FAR pero fueron centrales en la gestación de su grupo fundador y en el mundo de rupturas de la izquierda de la época. A este núcleo se incorporaron militantes como Juan Pablo Maestre, Mirta Misetich, Osvaldo Olmedo; activistas jóvenes como María Angélica Sabelli, Isabel, Carlos y Liliana Goldemberg, Sergio Paz Berlín, Pilar Calveiro, Horacio Campiglia, Claudia Urondo, María Adelaida Viñas, Alberto Camps y Teresa Meschiatti, y luego un grupo militante que provenía de una ruptura posterior del PC en el que estaba Marcos Osatinsky, Alejo Levenson, Sara Solarz, Marcelo Kurlat y Mercedes Carazo entre otros. (Entrevistas a Eduardo Jozami, Lila Pastoriza y Alfredo Moles

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113 viajaron a Cuba entre 1966 y 1967 para recibir entrenamiento militar con la intención, que no lograron concretar, de apoyar el “foco” guerrillero rural que Ernesto Guevara sostenía en Bolivia como parte de su estrategia continental. En 1968, luego del fracaso de aquella experiencia y ya de regreso en el país, comenzaron a coordinar sus actividades. Según el relato de la organización, desde la muerte de Guevara hasta el “Cordobazo” sobrevino en este nucleamiento un ciclo de redefiniciones político-ideológicas. Abandonaron el énfasis en la guerrilla rural (basado en la “teoría del foco” popularizada por Regis Debray), dejaron de concebirse como eslabón de una estrategia continental liderada desde Cuba, e intentaron delinear un proyecto político autónomo centrado en las especificidades de la realidad nacional y orientado por el marxismo como método de análisis (FAR: 1971). Desde entonces, se constituyeron como “organización político-militar” urbana con vistas a impulsar una “guerra popular prolongada” y el debate sobre el peronismo se tornó más acuciante. Estos serían los elementos que se habrían conjugado posibilitando la confluencia entre marxismo, nacionalismo y peronismo que será una de sus notas distintivas. Ya bajo la sigla FAR, se presentaron públicamente en julio de 1970 con el copamiento de la localidad bonaerense de Garín (González Canosa y Chama, 2006). Al año siguiente se declararon públicamente como peronistas mediante una serie de consideraciones de orden teórico, ideológico y político que se convirtieron en una referencia importante para aquellos activistas interesados en la conjunción entre la izquierda marxista y el peronismo3.

Como puede verse en este breve recorrido sobre los orígenes de las FAR, la conformación de la organización nos habla de una trayectoria política signada por el proceso de radicalización y “peronización” de sectores que procedían de partidos de izquierda; itinerario sensiblemente diferente del que transitaron los fundadores de otras organizaciones armadas peronistas. En este sentido, si Montoneros fue un emergente de las transformaciones ocurridas en el mundo de los cristianos y el nacionalismo (Lanusse, 2005) y las FAP lo fueron de aquellas atravesadas por el propio campo peronista (Luvecce, 1983, Raimundo, 2004), las FAR pueden considerarse un emergente de otro de los cauces por los que discurrió el proceso de radicalización política de la época: las reconfiguraciones de la cultura política de la izquierda argentina, tanto de sus tradiciones político-ideológicas como de sus formas de hacer política.

En este trabajo presentamos algunos avances de una investigación más amplia centrada en los orígenes de las FAR. Dicha investigación intenta comprender el proceso por el cual grupos de militantes que provenían de partidos de izquierda se apartaron de ellos en los tempranos sesenta y comenzaron a transitar un itinerario signado por una doble ruptura: una de ellas culminaría en la asunción del peronismo como su propia identidad política y la otra en su constitución como “organización político-militar” urbana. Ello vuelve necesario retrotraer el análisis hasta comienzos de los sesenta y remontarse a experiencias políticas que si bien son bastante remotas en términos de las FAR, permiten desandar el camino recorrido por sus fundadores y examinar las alternativas políticas que afrontaron, las opciones por las que apostaron y también las que fueron desechando. Se intenta así, indagar

realizadas por la autora -en adelante, siempre que no se cite otra fuente, se trata de entrevistas de la autora-. También entrevistas a Pilar Calveiro y Mercedes Depino, disponibles en el “Archivo Oral Memoria Abierta”, (en adelante AOMA).

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Dichas consideraciones fueron plasmadas por Carlos Olmedo en el citado reportaje a las FAR y dieron lugar a una polémica con el PRT-ERP bastante difundida en la época.

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114 en la génesis y enfatizar la dimensión procesual de fenómenos que terminarán por delinearse y cobrar visibilidad en la década del ’70.

Abordar la dinámica de las fuerzas de izquierda del campo político argentino durante el primer lustro de la década del sesenta implica adentrarse en un proceso sumamente complejo, de gran fluidez y dinamismo en términos de crisis de identidades partidarias, escisiones y reagrupamientos. Por entonces, los partidos tradicionales de la izquierda -y también otros más moderados- comenzaron a fragmentarse o a sufrir el desgranamiento soterrado de sus militantes, particularmente de sus filas juveniles, y proliferaron gran variedad de grupos políticos nuevos. La fugaz existencia de muchos de ellos, su marginalidad en el campo político y la potencia desplegada por las grandes organizaciones de la década del ’70 contribuyeron a que estas experiencias quedaran invisibilizadas en la bibliografía. Se trata de un período mucho más estudiado en términos de las transformaciones del mundo intelectual de las izquierdas (Altamirano, 2001; Sigal, 2002; Terán, 1991) que de sus procesos de recomposición política, entendiendo acertadamente que desde 1955 comenzó a gestarse una “nueva izquierda intelectual” de gran importancia en el proceso de activación social y radicalización política que eclosionará después del Cordobazo. De todos modos, y más allá de su carácter reducido y a veces efímero, los nucleamientos que emergieron en esos años constituyeron ámbitos de búsqueda en que una nueva franja militante comenzó a cuestionar los presupuestos de los partidos clásicos de la izquierda y puso en juego varios tópicos que invadirán la discusión política de la década siguiente. Como analiza Tortti (2009), por entonces creció la desconfianza hacia los mecanismos electorales que socialistas y comunistas propugnaban como vía para alcanzar la liberación nacional y social deseada, y también se agudizaron las críticas hacia sus concepciones sobre el peronismo, visualizado como una suerte de “desvío” en el derrotero histórico de la clase obrera. El lugar de esas creencias, progresivamente pasará a ser ocupado por otras convicciones que, de formas variadas, tendieron a concebir al peronismo como un “momento” en el desarrollo de la conciencia obrera y a la lucha armada como una práctica ineludible para acceder al poder. En este sentido, como señala la autora, tales grupos actuaron como suerte de “eslabones” en un proceso que dio por resultado la transformación de la cultura política de la izquierda y también la renovación de sus elencos dirigentes.

Teniendo en cuenta este conjunto de problemas, el objetivo del artículo es abordar la gestación del grupo fundador de las FAR liderado por Carlos Olmedo, articulando las trayectorias políticas de sus militantes con el análisis de los ámbitos disidentes del PC por los que circularon durante el primer lustro de los sesenta. Nos referimos a “Vanguardia Revolucionaria”, grupo político escindido en 1963; el Sindicato de Prensa, desvinculado del partido hacia 1965, y la revista político-cultural La Rosa Blindada, cuyos integrantes fueron expulsados en 19644. Es decir, nos adentraremos en el mundo de rupturas y reagrupamientos del PC en tres ámbitos sociales distintos: político, gremial y cultural, cada uno con sus propias lógicas aunque, en consonancia con el proceso de politización creciente de la época, atravesados por discusiones que tenían mucho en común. Nos interesa reconstruir la experiencia de esos ámbitos analizando los nudos problemáticos que llevaron a sus militantes a apartarse del PC y a formar nuevos nucleamientos, la dinámica de sus conflictos con el partido, las críticas que realizaron y los nuevos posicionamientos que adoptaron, así

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Roberto Quieto, Lila Pastoriza y Antonio Caparrós participaron de VR; Carlos Olmedo, Oscar Terán y Antonio Caparrós de La Rosa Blindada y Eduardo Jozami del Sindicato de Prensa, al cual Quieto se sumó como asesor legal.

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115 como las redes y alianzas que visualizaron o pusieron en práctica con otros grupos sociales y políticos. Para ello, partiremos de un panorama sobre la situación del PC en los primeros sesenta, destacando los procesos y temas de debate que generaron un creciente disconformismo entre sus filas. Luego analizaremos la experiencia de los tres ámbitos disidentes del partido que hemos mencionado. Finalmente, abordaremos el entrelazamiento de estas trayectorias disidentes que dio lugar al grupo que intentó sumarse a la campaña de Guevara en Bolivia y que en poco tiempo se fusionó con otro que acababa de romper con el PC también con la intención de sumarse al proyecto del Che.

El Partido Comunista en los primeros sesenta: viejos malestares y nuevos

ejes de disidencia (1960-1963)

A principios de los sesenta el Partido Comunista era la principal fuerza de izquierda en el campo político argentino. Sin embargo, a lo largo de esa década fue perdiendo el virtual monopolio que tenía sobre la militancia de la izquierda marxista, primero de manera soterrada y luego bajo la forma de desgranamientos y rupturas, la más importante de las cuales culminará en la formación del Partido Comunista Revolucionario en 1968. En este sentido, se ha afirmado que luego de la conmoción partidaria producida con la emergencia del peronismo, este proceso constituyó una segunda gran crisis para el comunismo argentino (Campione, 2007). Si bien no existen muchos trabajos sobre la situación del PC en estos años, es posible distinguir algunos de los procesos y temas de debate que contribuyeron a la emergencia de lo que Tortti (1999) caracterizó como un creciente ‘malestar’ dentro del PC que no tardaría en convertirse en un cuestionamiento hacia el “reformismo” del partido. Esos debates, suscitados por el efecto de procesos de orden tanto nacional como internacional, combinaron viejos malestares, como el problema de la distancia que el partido no lograba zanjar respecto de una clase obrera de persistente identidad peronista, con nuevos ejes de disidencia, como el tema de las “etapas” de la revolución y las “vías” adecuadas para alcanzar el socialismo. Todo ello en el marco de una notable rigidez de la dirección comunista para afrontar todo disenso o intento de renovación política e intelectual, lo cual dificultó la posibilidad de encauzar dentro las filas partidarias el disconformismo que estaba surgiendo en su seno.

Hacia comienzos de la década, el PC mantenía su tradicional línea política. Consideraba que en el país predominaba una estructura económica atrasada debido a la existencia de grandes latifundios y monopolios extranjeros, por lo que creía necesario completar primero la etapa “democrático-burguesa” de la revolución para poder iniciar en una segunda instancia la marcha hacia el socialismo. Su programa era el de la “Revolución democrática, agraria y antiimperialista” que requería formar un “Frente Democrático Nacional” que reuniera a la clase obrera, el campesinado y los sectores progresistas de la “burguesía nacional” para luchar contra el imperialismo, la “oligarquía terrateniente” y la “gran burguesía”5.

5El programa de la “Revolución democrática, agraria y antiimperialista” suponía impulsar la reforma agraria y la industria

nacional, restringir el poder de los monopolios, elevar el nivel de vida del pueblo, democratizar la vida pública y sostener una política exterior independiente (Codovilla, 1962 y 1963).

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116 Desde esa perspectiva, y al igual que el peronismo, el PC apoyó a la UCRI en las elecciones de 1958, en cuyo programa creyó encontrar coincidencias tendientes a impulsar las tareas “democrático-burguesas” pendientes en el país. Sin embargo, con el correr de los meses, el abandono de las consignas antiimperialistas, el conflicto universitario, la represión del movimiento obrero y la persistencia de las proscripciones políticas le alienaron al nuevo gobierno buena parte de sus apoyos iniciales, entre ellos, el del PC. Pero mientras que en estenuevo contexto signado por el desencanto y la frustración ante la experiencia frondicista el PC no consideró necesario revisar las posturas asumidas, diversos sectores de la izquierda redoblaron sus cuestionamientos hacia los supuestos en que se había basado aquél apoyo. El libro en que Carlos Strasser (1959) reunió las opiniones de diversos intelectuales y dirigentes políticos sobre el papel de las izquierdas en el “proceso político argentino” da cuenta de este clima de cuestionamientos, como también de la proliferación de grupos al margen de los partidos tradicionales de la izquierda. Allí, una serie de críticas que por ahora surgían fuera del seno partidario, apuntaban al aspecto medular de la línea comunista al enfatizar que el gobierno de Frondizi confirmaba la imposibilidad de realizar una “revolución democrática-burguesa” con el concurso de la burguesía, cuestionando así la concepción que separaba en dos etapas las tareas de liberación nacional y las socialistas6. El PC respondió estas impugnaciones en el nº 50 de Cuadernos de Cultura7, donde Ernesto Giudici constataba que la experiencia frondicista había puesto “en el centro del debate el rol de la burguesía en la revolución democrático-burguesa” (1961: 38). Por su parte, Juan Carlos Portantiero, por entonces joven militante comunista, ratificaba la línea del partido que pocos años después abandonaría, sosteniendo que “el fracaso del frondizismo” no significaba “la caducidad de las ideas de la revolución democráticoburguesa, sino la imposibilidad pequeñoburguesa de conducirla” (1961: 69). Al mismo tiempo, diversas voces de izquierda, cada una con su propio tono, se sumaban a las críticas de vieja data que peronistas y nacionalistas le dirigían al partido por su “incomprensión de la realidad nacional”, reforzando la “situación revisionista” respecto al “hecho peronista” que estaba emergiendo entre estos sectores (Altamirano, 2001: 53)8.

Más allá de estas críticas, el PC convocaba insistentemente a profundizar el “trabajo unitario” con el peronismo, convencido que de ese modo los trabajadores se incorporarían a su “verdadero partido de clase”. En efecto, luego del golpe militar de 1955, y tras la ilusión inicial de que la desperonización de las masas sería un proceso más o menos inmediato al desplazamiento del gobierno del Estado, el partido impulsó una política de unidad con los sindicatos peronistas que también intentó trasladar al plano político electoral9. En

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Entre otros, Silvio Frondizi, líder del MIR-Praxis, y Abel Alexis Latendorf, miembro del recientemente escindido Partido Socialista Argentino, impugnaban la línea política del PC afirmando el fracaso de la burguesía nacional como clase progresista debido a su ligazón con intereses imperialistas y la imposibilidad de realizar una revolución “democrático-burguesa” como etapa encerrada en sí misma (Strasser, 1959: 33-39 y 120-125 respectivamente).

7 El volumen, luego editado como folleto, estaba destinado a esclarecer “Qué es la izquierda”, deslindando posiciones

frente a las diversas vertientes de lo que denominaba “neoizquierda”.

8 Este clima de cuestionamientos alcanzaba tanto al PC como al PS. En el libro de Strasser, a las impugnaciones que

figuras como Ramos o Puiggrós podían dirigirle a estos partidos por su “incomprensión del problema nacional”, se sumaban otras posturas críticas. Silvio Frondizi, refutaba la asimilación del peronismo con el fascismo que había realizado el comunismo; Latendorf sostenía que el desconocimiento de la realidad nacional había llevado al PS a “no entender el proceso peronista, despreciando a la masa” e Isamel Viñas, ex frondicista, afirmaba que la izquierda carecía de un adecuado conocimiento de los movimientos políticos argentinos. (Strasser, 1959: 32, 126 y 255 respectivamente).

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A comienzos de 1957 los dirigentes sindicales comunistas fueron los principales impulsores de la Comisión Intersindical, cuyos objetivos centrales eran promover elecciones libres en los sindicatos y normalizar la CGT, intervenida por el

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117 consonancia con esa línea, y como otras fuerzas de izquierda, llamó a votar por el peronismo en los comicios de marzo de 1962, ocasión en que sus listas contaron con un inusual peso del sector sindical. A su vez, luego del triunfo de Andrés Framini en Buenos Aires y del peronismo en la mayor parte de las gobernaciones del país, la anulación de las elecciones y el derrocamiento del gobierno de Frondizi, el PC lanzó su informe sobre el “giro a la izquierda” del peronismo, proceso en que el partido se otorgaba un rol central (Codovilla, 1962)10. Entusiasmado con la conflictividad social del período frondicista, afirmaba que se estaba produciendo una elevación de la conciencia política de los trabajadores “influenciados” por el peronismo que los llevaría a reemplazar su ideología nacional-burguesa por el socialismo. De este modo, confiado en la inevitabilidad de las “leyes de la historia”, sostenía que el “desarrollo dialéctico de la situación” llevaría “inevitablemente a los sectores obreros y populares del peronismo a posiciones coincidentes con la de los comunistas y a la asimilación de la doctrina marxista-leninista”. El partido reconocía tres sectores dentro del movimiento: su ala “derecha”, en la que incluía a los sectores “integracionistas” de la dirigencia sindical y política y al vandorismo; el ala “ultraizquierdista” y los sectores sindicales liderados por Framini. En el segundo sector, ubicaba a dirigentes de la denominada “línea dura” de las “62 Organizaciones Peronistas” como Sebastián Borro, Juan Jonch y Jorge Di Pascuale, a los que impugnaba porque “llenos de impaciencia revolucionaria” hablaban de “revolución inmediata” sin considerar que no existían las “condiciones objetivas para ello ni la preparación necesaria para llevarla a cabo”11. Mientras tanto, promovía el apoyo a los sectores liderados por Framini que comprendían que lo fundamental era “la acción de masas para preparar las condiciones favorables para la lucha por el poder” (Codovilla, 1962: 23). Por entonces, si bien el dirigente textil había mantenido una conducta cauta frente a la anulación de las elecciones, emitiendo inclusive declaraciones de tinte anti izquierdista para apaciguar al frente militar, luego había tenido un lugar protagónico en el plenario de las 62 organizaciones realizado en Huerta Grande, en cuyo programa el PC encontraba coincidencias respecto de la “revolución democrática-burguesa” que impulsaba12.

Sin embargo, esta política de acercamiento no conllevaba una reevaluación de la experiencia peronista de la magnitud que diversos sectores de la izquierda, fuera y progresivamente también dentro del comunismo, comenzaban a demandar. Tampoco borraba la imagen de

gobierno militar. Poco después, a medida que el peronismo ganaba posiciones en los sindicatos normalizados, su influencia en ese organismo decayó considerablemente. A su vez, luego del fallido Congreso Normalizador de la CGT de ese año, participaron junto a los sindicatos peronistas en la formación de las “62 Organizaciones”, de las que pronto se apartaron para formar los “19 gremios” y luego el “Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical” (James, 1999:109-112).

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Este “giro” había sido dispuesto por Perón desde Madrid a mediados de 1962, contexto en que se enmarca el programa de Huerta Grande, una serie de discursos de resonancias anticapitalistas por parte de Perón, Framini y otros dirigentes peronistas y cierta actitud de simpatía respecto de la izquierda no peronista, principalmente hacia el PC y el Partido Socialista de Vanguardia (James: 276). Diversos autores entienden las directivas de Perón como una táctica para aislar a Vandor, cuyo poder se había afianzado luego de los comicios de marzo. (McGuire, 2004; James, 1999; Raimundo, 2000).

11 La llamada “línea dura” del peronismo consistió en una mayoría que prevaleció en el seno de las 62 Organizaciones durante

todo el gobierno de Frondizi, al que se opuso de modo intransigente. Estaba dirigida por Jorge Di Pascuale, Sebastián Borro, Juan Racchini, Juan Jonsch y otros dirigentes que tiempo después serán identificados como parte de la “izquierda peronista” (James, 1999: 182-185, 272-281, McGuire, 2004: 173).

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El programa de Huerta Grande proclamó transformaciones sociales profundas como el control obrero sobre la producción, la nacionalización de las industrias básicas y la expropiación sin compensación de la oligarquía terrateniente (Baschetti, 1998: 116-118). Si bien Framini era ubicado por entonces en la “línea dura” del peronismo, tanto McGuire (2004) como James (1999) lo ubican en posiciones menos proclives a la izquierda que Di Pascuale o Borro.

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118 gran pregnancia que situaba al partido junto a la “Unión Democrática”, o las asimilaciones que otrora hiciera entre aquél movimiento y el “nazi-fascismo”. El peronismo seguía siendo un punto ciego para el comunismo, desde cuyo prisma sólo podía concebirse como una suerte de error en el derrotero histórico de la clase obrera. En este sentido, para 1962, tanto Eduardo Jozami como Roberto Quieto, exponentes de una franja juvenil crítica que poco después romperá con el partido, coincidían en la necesidad de acercarse al peronismo, aunque ya no confiaban en las orientaciones de la dirección comunista por considerar que no se basaban en una revisión profunda de la línea partidaria sino en tácticas políticas coyunturales. Además, mientras el PC promovía el apoyo a los sectores liderados por Framini, para estos jóvenes los grupos más atractivos del movimiento eran justamente aquellos calificados de “ultraizquierdistas” (entrevista a Eduardo Jozami).

Al mismo tiempo, el impacto de la Revolución Cubana, junto con las experiencias de Argelia e Indochina y las repercusiones del naciente conflicto chino-soviético, constituyeron, en su efecto combinado, otro de los procesos que comenzó a complicar las adhesiones del PC, sobre todo en lo relativo a las “etapas” y las “vías” adecuadas para impulsar una revolución socialista en el país. Como es sabido, por entonces las tesis soviéticas que propugnaban la “coexistencia pacífica” entre el mundo socialista y capitalista y la posibilidad de que algunos países iniciaran la “transición” al socialismo por medios no violentos comenzaron a recibir fuertes cuestionamientos dentro del campo comunista internacional13. El PC chino, que lideraba la oposición, enfatizaba el carácter agresivo del imperialismo, llamaba a resistir activamente sus políticas intervencionistas en el tercer mundo y alentaba las luchas revolucionarias en Asia, África y Latinoamérica, al tiempo que denunciaba a la URSS por subordinarlas a su política exterior, convirtiéndolas en objeto de negociación en sus intentos de entendimiento con el imperialismo (Deustcher, 1974). Mientras a nivel internacional se extendía la discusión sobre los caminos hacia la revolución y se quebraba toda ilusión de monolitismo político e ideológico, el PC argentino mantuvo una defensa cerrada de las tesis soviéticas, que avalaban su tradicional línea política. En este sentido, clausuró el tema calificando rápidamente de “chinoístas” a quienes reclamaban una apertura hacia las discusiones que surgían dentro del campo socialista. Estos debates, que estallarán hacia 1963, se sumaron a los precipitados por la Revolución Cubana, que ya venían poniendo en cuestión tanto el tema de las “vías” como también el de las “etapas” de la revolución en nuestro país.

Luego de las desconfianzas iniciales frente un proceso que no había sido protagonizado por los comunistas de la isla (el PSP), el partido mantuvo una posición de solidaridad activa con la Revolución Cubana, incluyendo el envío de numerosas “brigadas de voluntarios”. Sin embargo, su postura se tornó ambigua desde que, entre sus filas juveniles, su ejemplo pareció derivar en cuestionamientos hacia la línea partidaria. Por un lado, la experiencia

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Las tesis de “coexistencia”, “competencia” y “transición pacífica” fueron proclamadas en 1956 por el XX Congreso del PCUS y apuntaladas por el XXII Congreso de 1961. Sostenían que debido al equilibrio de fuerzas entre el Este y el Oeste, sobre todo en términos de paridad atómica, podía evitarse una tercera guerra mundial puesto que de producirse llevaría al hundimiento de todos los contendientes. Debido a ello, el terreno principal de enfrentamiento entre ambos bloques en el futuro sería el de la “competencia” por el poderío económico y la capacidad de aumentar el nivel de vida de la población. Desde esa perspectiva, la URSS afirmaba que la tercera “oleada” revolucionaria no sobrevendría necesariamente de un nuevo conflicto bélico, como las que habían dado lugar a la revolución rusa y china, sino que podría desencadenarse gracias a la consolidación y al apoyo del bloque soviético. Ello abría la posibilidad de que algunos países alcanzaran la revolución por medios no violentos, es decir, que hicieran la “transición” al socialismo de modo pacífico (Deustcher 1974).

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119 cubana comenzó a ser leída como una evidencia sobre la posibilidad de encarar en lo inmediato una estrategia socialista, frente a un partido que dividía la revolución en fases y en el corto plazo sólo planteaba la realización de tareas de tipo “democrático-burgués”. Por el otro, reforzaba la discusión sobre la “vía armada” -particularmente guerrillera- hacia el socialismo, frente a un partido que dedicaba la mayoría de sus esfuerzos a ensanchar los márgenes legales de su accionar y para el que, en todo caso, la violencia aparecía como

última ratio y no como una táctica a adoptar en lo inmediato14. De ese modo, el tema de la “actualidad” de la revolución socialista y la discusión sobre la viabilidad y oportunidad de la lucha armada en el país, que el PC solía identificar con “aventurerismo”, pronto ganaron el centro del debate. Desde entonces, el partido combinó la solidaridad con la “heroica Cuba revolucionaria”, la defensa de sus logros puntuales y el realce de toda ayuda brindada por la URSS15, con diversas estrategias tendientes a prevenir que aquella experiencia derivara en la revisión de la línea partidaria. Como advierte Tortti (1999), a veces lo hacía señalando la excepcionalidad del proceso cubano, y por tanto la inaplicabilidad de ese modelo en el país. Otras, lo modelaba bajo su propia matriz política, sosteniendo que no mostraba más que un rápido pasaje entre la etapa “democrático-burguesa” de la revolución y la socialista16. Los ecos de las voces disconformes que impugnaban la “vía pacífica” y se entusiasmaban con el camino cubano resuenan en las advertencias que el partido lanzó por esos años. Su expresión paradigmática fueron las intervenciones de varios dirigentes en el XII Congreso del PC realizado a principios de 1963, cuyo programa aspiraba a “señalar a la clase obrera y al pueblo el camino a seguir para la conquista del poder”. Allí, Victorio Codovilla, uno de sus máximos líderes, afirmó:

En los últimos tiempos (…) se expresa en algunos sectores cercanos al Partido, y a veces repercute en su seno, la idea que en nuestro país se ha cerrado definitivamente la posibilidad del triunfo por la vía pacífica y que no queda otro camino que el de un levantamiento armado a través de un movimiento guerrillero. (...) Pero es preciso tener en cuenta que la lucha armada no puede empeñarse si no se ha creado una situación revolucionaria directa. Y, en lo que respecta a nuestro país, si bien se puede afirmar que está madurando una situación revolucionaria, no existen aún las condiciones subjetivas para asegurar el triunfo de la Revolución (Codovilla. 1963: 59-60).

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Las formas en que el PC concibió la violencia dentro de su estrategia política son algo que resta indagar en profundidad. Gilbert (2009) destaca que el partido rechazaba el “foquismo” y el método guerrillero en base a una estrategia militar alternativa centrada no sólo en la autodefensa sino también en la labor clandestina dentro de las FFAA, previendo, de acuerdo al modelo ruso, que parte de sus filas debían plegarse al proceso revolucionario cuando éste se desatara. En el marco de esa estrategia ubica el entrenamiento recibido por algunos de sus militantes en las escuelas militares de la URSS (tal fue el caso de Marcos Osatinsky, futuro dirigente de las FAR).

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Las declaraciones de solidaridad con Cuba y las críticas al intervencionismo norteamericano son frecuentes durante el 63’ y el ’64 en Nuestra Palabra, que también remarcó insistentemente el apoyo soviético hacia la isla. Las lecturas de la revolución centradas en sus logros puntuales pueden verse en ocasión de sus aniversarios en Nueva Era.

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En este sentido pueden leerse las notas en que el partido enfatizaba que Cuba emprendía el camino al socialismo luego de haber completado la fase “democrática, agraria y antiimperialista” de la revolución, confirmando “la tesis leninista de que no existe una muralla china entre ambas” (PC, 1963a: 14) y aquellas en que destacaba que el Movimiento “26 de julio” había contado en sus inicios con el apoyo de buena parte de la burguesía cubana (NP, 28/4/64, p. 3).

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120 Por su parte, el secretario general de la Federación Juvenil Comunista (FJC), de cuyo seno pronto se apartarían numerosos militantes para nutrir las filas de la denominada “nueva izquierda”, destacaba que “la rebeldía juvenil no encauzada por la ideología del marxismo-leninismo” solía desembocar “en el guerrillerismo frenador de la acción de masas, en la creencia de que un pequeño grupo de valientes lo resolvería todo” (Bergstein, 1963: 608)17. Apenas un mes después del XII Congreso comenzaron a hacerse públicas algunas voces disidentes. Fue el caso de Juan Carlos Portantiero, quien para entonces ya contaba con diez años de trayectoria militante en el comunismo, en un texto que luego caracterizó como “manifiesto de ruptura” (Tortti y Chama, 2006: 240). Allí contradecía la línea partidaria y los dichos de Codovilla sosteniendo taxativamente que en el país existía una “situación revolucionaria” para la cual ya no quedaban “salidas burguesas” (Portantiero, 1963). Coincidía con el dirigente comunista en que faltaba consolidar las condiciones subjetivas para la revolución, aunque como lo demuestra la ruptura con el partido que encabezó por entonces y la formación de “Vanguardia Revolucionaria”, ya no consideraba que el PC fuera un vehículo adecuado para ello.

El privilegio del partido por los medios pacíficos y legales de lucha y su búsqueda de alianzas con sectores de la burguesía nacional pasaron nuevamente al centro del debate luego del triunfo de Arturo Illia en los comicios de 1963. Si bien el PC había llamado al voto en blanco, pronto creyó encontrar, esta vez en el programa de la UCRP, coincidencias tendientes a realizar las tareas “democrático-burguesas” pendientes. Entendía que con el nuevo gobierno se había abierto una “brecha democrática” en el país y que su tarea era ensancharla mediante la movilización de masas. Como en otras ocasiones, su estrategia era apoyar lo positivo y criticar lo negativo de su gestión, considerando que se trataba de un gobierno “liberal-burgués” profundamente heterogéneo que recibía fuertes presiones para impedir el cumplimiento de su plataforma electoral. En este sentido, asumió como tarea impulsar los puntos considerados progresivos del programa de la UCRP (reestablecimiento de las libertades públicas, anulación de los contratos petroleros, derogación de la legislación represiva, ruptura con el FMI, desarrollo de una política exterior independiente) y cuestionar sus medidas regresivas o el incumplimiento de sus promesas (PC, 1963b). Esta política de “apoyo crítico” no sólo complicó sus posibilidades de establecer alianzas con el peronismo frente a un gobierno que mantenía su proscripción. Como veremos al analizar el caso de Vanguardia RevolucionariayelSindicatodePrensa,tambiénalentólascríticasde aquellos que comenzaban a impugnar al partido por “reformista” al descreer de su política de alianzas con la burguesía nacional y de la “vía pacífica”haciaelsocialismoquesostenía en líneaconla política soviética.

Por último, habría que agregar que la resistencia de la dirigencia comunista a debatir cualquiera de las posturas asumidas en el plano nacional e internacional y su cerrazón ante todo disenso terminaron conspirando contra la unidad partidaria. En este sentido, cabe señalar el disconformismo surgido entre la intelectualidad juvenil comunista ante la rigidez de la política cultural del partido, cuyas dificultades para modernizarse le impidieron

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En 1962 la FJC ya señalaba que luego de las frustradas elecciones de marzo había surgido entre la juventud una actitud “guerrillerista” que desviaba su energía militante del trabajo de organización de las masas. En esa actitud notaba “mucho de impaciencia juvenil, de deseo de cambiar las cosas lo más rápidamente posible y en la forma aparentemente más revolucionaria” y el desdén hacia la lucha por las reivindicaciones inmediatas y las conquistas democráticas: “¿Para qué luchar, dicen, por el levantamiento del estado de sitio, por la libertad de los presos, por elecciones, contra las proscripciones, si la solución está en la acción armada?” (Bergstein, 1962: 27 y 28).

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121 canalizar las inquietudes renovadoras que estaban surgiendo en su seno (Cernadas: 2005). Dificultades que, a la vez, tampoco le permitían capitalizar el proceso de “izquierdización” de la intelectualidad que se estaba produciendo al margen de sus filas, sobre todo luego de la denominada “traición Frondizi”. El rechazo sin más de la sociología, el existencialismo y el psicoanálisis como meras “manías burguesas” por parte de Rodolfo Ghioldi fue sólo un ejemplo notable de esta cerrazón partidaria. Si bien existieron figuras partidarias más proclives a generar cierta apertura18, finalmente los intentos de renovación a través del diálogo con diversas vertientes del marxismo occidental que excedían el estrecho canon soviético y con otras corrientes de pensamiento terminaron en la clausura del debate y la exclusión de sus impulsores. Algunas expulsiones de esos años, como la del grupo cordobés fuertemente influenciado por el pensamiento de Gramsci y el marxismo italiano que comenzó a publicar Pasado y Presente, y la de los promotores de La Rosa Blindada, fueron hitos importantes en la erosión de la hegemonía que el PC había mantenido en el margen izquierdo del campo cultural.

Itinerarios y grupos disidentes del PC a mediados de los sesenta

a) Vanguardia Revolucionaria (1963-1964)

“Vanguardia Revolucionaria” (VR) fue uno de los primeros grupos juveniles escindidos del PC en la década del sesenta. Uno de sus principales dirigentes fue Juan Carlos Portantiero, por entonces destacada figura del “frente cultural” del partido, en torno a quien se nuclearon unos 200 militantes19, básicamente del sector universitario de la FJC como Roberto Quieto20. El grupo, que comenzó a conocerse como “la fracción”, venía preparando su ruptura desde 1962 y la concretó a mediados del ‘63, de modo simultáneo a los cordobeses que editaban Pasado y Presente21. En cuanto a sus ámbitos de inserción, la organización actuó básicamente en Capital Federal, aunque alcanzó a tener núcleos militantes en Bahía Blanca y Rosario y contactos en Mendoza y Córdoba. La fractura tuvo relevancia en el ámbito estudiantil, particularmente en las facultades de Filosofía y Letras y Derecho de la UBA y en menor medida en las de Exactas y Económicas, haciéndole perder al PC el 70 %

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Sobre los intentos de Guidici y Agosti de generar cierta apertura dentro del comunismo argentino, con sus alcances y limitaciones, puede verse Kohan (2000a: 113-191).

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Tanto la prensa (Primera Plana -en adelante PP-, 17/08/65) como los testimonios (entrevistas a Carlos Ábalo, “Militante de VR” y Lila Pastoriza) coinciden en la cifra. La dirección de VR estaba integrada por Portantiero, Carlos Ábalo, Roberto Quieto, Antonio Caparrós, Enrique Rodríguez, Néstor Spangaro y Andrés Roldán. Entre sus miembros pueden mencionarse a Lila Pastoriza, Juan Carlos Torre, Pablo Gerchunoff, Enrique Tandeter, Guillermo Flichman, Luis Guagnini (luego militante de Montoneros), Liliana Delfino y Luis Ortolani (luego militantes del PRT). Sus integrantes fueron expulsados poco a poco del partido. Respecto de Portantiero y otros militantes, el PC declaró que habían sido expulsados por su labor “antipartidaria y fraccionista”, mediante la cual se habían puesto al servicio de “la política que el imperialismo y sus agentes promueven contra nuestro Partido y el movimiento obrero en general” (NP, 8/10/63, p. 3).

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Roberto Quieto estudió Derecho en la UBA y se recibió en 1962. Allí conoció a Eduardo Jozami, con quien realizó en 1960 un viaje de estudios a EEUU, aprovechando su regreso para conocer Cuba a un año de la revolución. En la Facultad fue un activo militante comunista, afiliándose al partido en 1961. Fue consejero estudiantil por el “Movimiento Universitario Reformista” y, al igual que Enrique Rodríguez, responsable de la FJC en la Facultad de Derecho.

21Si bien Portantiero y Torre participaron de la revista, no existieron vínculos orgánicos entre ambas experiencias. Por otra

parte, a diferencia del grupo de Pasado y Presente, quizás la expresión más avanzada en términos de apertura teórico-política de la naciente “nueva izquierda”, VR se propuso desde el inicio constituirse como organización teórico-política.

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122 de su militancia universitaria según la prensa de la época22. También generó una escisión importante de la FJC en el Colegio Nacional Buenos Aires. Fuera del ámbito estudiantil sólo llegó a incorporar un “círculo barrial” de Once que formaba parte de la estructura de la FJC y a establecer contactos con el sindicato de contratistas de viñas en Mendoza23. En 1963 editó algunos documentos como “Bases para la discusión de una estrategia y una táctica revolucionaria”, mediante el cual promovió su ruptura con el PC, y “Los comicios del 7 de julio y las perspectivas de la izquierda”, en que criticaba la postura del partido frente al gobierno de Illia. En 1964 lanzó el primer y único número de su revista Táctica y dos números de un periódico que llevaba su mismo nombre. A mediados de ese año la organización terminó por desarticularse.

Durante su breve existencia, VR puso en discusión las diversas cuestiones que venían generando descontento entre las filas juveniles comunistas. En este sentido, su punto de partida fue cuestionar las concepciones del partido del que se había escindido, perfilando su identidad básicamente en oposición al PC.

Uno de los ejes de su crítica fue el “dogmatismo” del partido, la falta de democracia interna en una estructura caracterizada como “burocracia cerrada” con la consecuente imposibilidad de abrir discusiones sobre las resoluciones de la dirección partidaria. Según VR, el PC se había convertido en un “fetiche infalible” que exigía de sus militantes “fidelidad ciega” y la renuncia a toda reflexión crítica y autónoma (Medinabeytia, 1964)24.

La distancia que separaba al partido de la clase obrera y su mirada sobre el peronismo también fueron tópicos importantes de discusión. Insistentemente señalaban la “ineficacia” de la izquierda y su divorcio con las masas, cuestionando al PC por no haber podido convertirse en la vanguardia de la clase obrera. Según escribía Portantiero en la revista del grupo, todo análisis de la crisis de la izquierda debía partir de su incomprensión sobre los cambios atravesados por los trabajadores en las décadas del 30’ y el 40’, cuyo resultado había sido el surgimiento de un “nuevo proletariado” producto de la migración del campo a la ciudad. En ese contexto, y ante la desorientación de la izquierda, el Ejército habría asumido el rol de sintetizador de la nueva experiencia política de la sociedad argentina, haciendo converger “en un movimiento populista y alrededor de la figura de un caudillo el crecimiento de la burguesía y el proletariado industrial”. De ese modo, lejos de concebir al

22PP, 27/10/64, p. 11. En las facultades los militantes de VR siguieron actuando en las agrupaciones del PC, ocupando

incluso algunos de los cargos que aquellas tenían en los centros de estudiantes. En Filosofía y Letras más de 60 estudiantes de la FJC pasaron a VR, luego de lo cual el PC constituyó una nueva agrupación (la “Agrupación Reformista de Filosofía y Letras”). En Derecho, sumó unos 50 militantes, varios del “aparato de defensa” que la FJC tenía en aquella facultad atravesada por una fuerte polarización política. (Entrevista a “Militante de VR”).

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Más allá de contactos personales entre algunos de sus miembros (básicamente de Quieto y Portantiero con Jozami), VR no tuvo relación con el Sindicato de Prensa tal como aparece referido en Gillespie (1987: 269) y Burgos (2004: 145). Mientras duró la experiencia de VR (1963-64) el sindicato permaneció en la órbita del PC. (Entrevista a Jozami).

24 De acuerdo a diversos testimonios Medinabeytia era un seudónimo, probablemente de Antonio Caparrós. Con un dejo de

humor e ironía, el autor realizaba una parodia del PC describiendo el conjunto de “técnicas” que utilizaría para anular “la actividad crítica del militante”. La primera era la “técnica del cerrojo al pensamiento”, basada en la concepción de la duda como pecado mortal de la Iglesia. Consistía en que las células del partido no pudieran plantear ninguna duda frente a los informes “bajados” por el Comité Central sin ser censuradas por no confiar en la dirección. Si aquella no funcionaba se aplicaba la “técnica de la psicología del rumor”, divulgando una serie de frases destinadas a aislar al militante (“está confundido”, “es muy intelectual”, “tiene influencias ultraizquierdistas”, “tiene problemas”). Finalmente entraba en funciones la “gestapo psicológica” que directamente difamaba al activista y lo destruía moralmente. Según el autor, el énfasis en el estudio no remediaba la situación ya que se basaba en los informes del partido que reiteraban “obsesivamente el mismo tipo de formulaciones”, produciendo la “deformación del proceso cognoscitivo” del militante. Éstos, cual “oráculo de Delfos”, permitían afirmar, más allá de lo que sucediera, que “todo estaba pronosticado por la dirección”.

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123 peronismo como una suerte de error histórico, el autor lo entendía, desde una perspectiva gramsciana, como la primera “expresión en la sociedad política de las transformaciones sufridas en la sociedad civil argentina como resultado del crecimiento industrial”. Por su parte, la izquierda no sólo no habría comprendido estos cambios, siendo incapaz de incorporar al nuevo proletariado a sus filas, sino que luego, y subordinando siempre su política a las distintas fracciones de laburguesía, ni siquiera habría optado correctamente, participando de la Unión Democrática (Portantiero: 1964)25.

De acuerdo a esta perspectiva, VR definía al peronismo como un “movimiento nacional burgués de estructura populista” y enorme base de masas, donde se hallaba su máximo potencial y la fuente de sus contradicciones internas. Para el grupo, lo fundamental era comprender que el peronismo jugaba un doble rol contradictorio: representaba tanto un momento en la dialéctica del movimiento de masas, de las luchas obreras por la liberación nacional y social, como un momento político de la burguesía. Es decir, por un lado, representaba una “etapa de la historia de la conciencia de la clase obrera”, cuya comprensión era central para la izquierda. Pero por otro lado, pese a su composición social eminentemente obrera y popular, el peronismo era visto como una corriente política que no podía exceder los límites de la burguesía como clase. En este sentido, su composición social hacía que en ocasiones su dirección asumiera las demandas de las bases para no perder su control, pero esto no significaba que aquellas pudieran acceder espontáneamente a la conducción del movimiento cambiando su contenido de clase. En base a ello, VR sostenía la necesidad de reemplazar ese “sentimiento dominante” que impregnaba “toda una etapa de la historia de las masas” por corrientes de pensamiento “realmente revolucionarias”. Ello no implicaba negar aquel estadio sino superarlo cualitativamente, labor que -según afirmaba aludiendo críticamente al PC- sólo podía emprender una “vanguardia marxista-leninista despojada de lastres liberales y reformistas”. De este modo, para el grupo el peronismo no podía considerarse un “desvío” sino un “momento” en el desarrollo de la conciencia obrera que, en cualquier caso, debía ser superado para alcanzar el socialismo (VR: 1963).

Según VR, la incomprensión de la compleja dinámica interna del peronismo y de la relación de fuerzas contradictoria entre las bases y sus dirigentes es lo que había llevado al PC a sostener una posición errónea frente al “giro a la izquierda” dispuesto por el líder exiliado. Para el grupo, este viraje no había sido más que una maniobra de la dirigencia peronista para no perder el control de las bases obreras, que efectivamente atravesaban un proceso de radicalización, y a la vez, para negociar con las fuerzas políticas y militares su posterior integración pacífica al “sistema”. Intención que luego se evidenciaría en la tentativa de conformar junto con sectores conservadores el “Frente Nacional y Popular” para las elecciones de 1963. Según VR, lo que el PC debería haber hecho en 1962 eracentrarse en agudizar la radicalización de las bases obreras -cuyo “giro a la izquierda” sí era real-, impulsándolas a enarbolar reivindicaciones que las hicieran entrar en contradicción con sus líderes. En lugar de ello, habría cifrado sus expectativas sobre todo en las palabras de la dirigencia peronista, sobreestimando el “tono revolucionario” de algunas de sus

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En 1969 Portantiero y Murmis publicaron Estudios sobre los orígenes del peronismo en polémica con la clásica interpretación de Gino Germani. Mientras que allí Portantiero ponía el énfasis en rescatar las experiencias de lucha de los trabajadores organizados en torno al socialismo, el anarquismo y el comunismo, señalando la continuidad entre “vieja” y “nueva” clase obrera, en este texto subraya la ruptura que implicó la emergencia de un nuevo proletariado que la izquierda (principalmente el PC) no habría sabido incorporar.

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124 declaraciones. Y, además, buscando aliarse con Framini, a quien VR consideraba un dirigente “conciliador”, en vez de apoyar a la “línea dura” del movimiento (Borro, Di Pascuale y otros), que el partido impugnaba por “ultraizquierdista” y el grupo definía como el sector “más revolucionario del peronismo” (VR: 1963).

Sobre el tema de las “etapas” de la revolución, VR impugnaba la línea política del PC sosteniendo que el imperialismo se había convertido en un “factor interno” de la estructura económica argentina, tesis que le permitía afirmar la urgencia de la revolución socialista en el país y la simultaneidad de las tareas de liberación nacional y social. Entendían que producto del entrelazamiento de los intereses de la burguesía nacional con el imperialismo, la izquierda debía tener una estrategia socialista, pues en el país, tal como ya había sucedido en Cuba, la fase “democrático-nacional” se fundiría con la “fase socialista”26. Por tanto, si bien el proletariado debía neutralizar a la pequeña y mediana burguesía tomándola como aliada menor, no debía sobreestimar sus potencialidades revolucionarias. Este sería el error del “antiimperialismo pequeño burgués”, que concebía al imperialismo sólo como un factor externo considerando que la contradicción fundamental era entre la oligarquía y el pueblo. En el mismo sentido criticaban la postura del PC frente al gobierno de Illia, sosteniendo que la política de una vanguardia revolucionaria no podía centrarse en “modificar los errores de un gobierno burgués” y que era imposible que la UCRP cumpliera la totalidad de su programa puesto que excedía las posibilidades objetivas de la clase en el poder.

Respecto de las “vías” hacia la revolución, para VR los “movimientos de liberación nacional” del tercer mundo desmentían la posición soviética de “coexistencia” y “transición pacífica”. Por eso, en relación con el conflicto entre China y la URSS, simpatizaba con la primera postura aunque más allá de las apresuradas calificaciones del PC, que en un Congreso de la FUA se refirió a VR como “grupo de expulsados de la FJC de línea pro-china”, ello no implicaba que se definiera como maoísta27. Lo que valoraban de esa polémica era el quiebre del “monolitismo” soviético, que ahora se encontraba ante un fuerte desafío planteado desde el mismo campo socialista28. Desde esta perspectiva, e influenciados especialmente por el modelo cubano sobre el tema de las “vías”, alentaban la consolidación de “focos insurreccionales” en América Latina, llegando a sostener la necesidad de organizar en el país “una vanguardia revolucionaria desde el punto de vista teórico, programático y organizativo, a nivel político y militar, preparada para la lucha de

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VR sostenía: “En la Argentina dada la presencia decisiva del imperialismo en las relaciones de producción, la aplicación consecuente de medidas de nacionalización significará, objetivamente, la aplicación de medidas de tipo anticapitalista en un sentido más general: confiscar al imperialismo significa, de hecho, destruir las bases económicas del capitalismo en la sociedad argentina. Por eso definimos la estrategia de la vanguardia revolucionaria como socialista, sin pretender por ello que en nuestro país se han agotado ya las medidas posibles de contenido nacional-liberador” (VR, 1963: 3).

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VR participó del VI Congreso de la FUA en 1963, donde el PC criticó ampliamente sus planteos. Para el partido, en aquella ocasión buscaban desviar al movimiento estudiantil de la lucha por la paz, enfrentarlo al gobierno, colocarlo “a la cola política del peronismo” y plantear un programa “ultrarrevolucionario” que repudiaba la “coexistencia pacífica” e impulsaba la revolución socialista de modo inmediato en base a la “teoría del imperialismo como factor interno”. En consonancia con la línea del PC, el Congreso proclamó la necesidad de luchar por la paz y el desarme universal, pero debió agregar en su declaración “apoyando todo paso intermedio que tienda a ello” producto de las presiones de VR y algunos grupos trotskistas (NP, 29/10/63, p.7 y entrevista a “Militante de VR”, presente en el Congreso).

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“Lo que se valoraba del conflicto era el quiebre del monolitismo, que los chinos mostraban que se podía estar en contra de la URSS, que se animaban a pararse y a decirles que los habían cagado, que no querían defender la revolución y todo lo demás” (entrevista a “Militante de VR”). De hecho, el escrito que VR dedicó a la controversia (Avalos -seudónimo de Carlos Ábalo-, 1964) era de orientación trotskista y por ello fue criticado por un militante que poco después formó “Vanguardia Comunista”, una organización maoísta (Semán, 2004 [1964]: 21).

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125 masas y la acción clandestina” (VR, 1963: 26). De hecho, junto al grupo de Pasado y Presente, VR colaboró con el “Ejército Guerrillero del Pueblo”, un núcleo guerrillero instalado en Salta y promovido desde Cuba como eslabón de la estrategia de Ernesto Guevara para el cono sur de América Latina. De todos modos, este apoyo no derivó en un compromiso político orgánico. Es decir, si bien iniciaron algunas discusiones y estuvieron dispuestos a ayudarlos, no llegaron a constituirse en una “expresión política” del EGP como les solicitaba el grupo guerrillero (entrevista a Carlos Ábalo)29.

Cuando la Gendarmería desarticuló el EGP entre marzo y mayo de 1964 VR manifestó su solidaridad con los militantes detenidos. En su periódico sostuvo que la experiencia había abierto una “etapa nueva en el proceso revolucionario argentino” y que para que no quedara aislada era necesario intensificar el trabajo político en las fábricas, barrios, universidades y construir el “partido que lleve a la clase obrera al poder”. Al mismo tiempo afirmaba que la “forma militar” que asumía “la lucha campesina” en el norte “era parte de la estrategia de la construcción del partido” (VR, 1964: 3). Esta posición, que afirmaba la necesidad de construir un partido de la clase obrera y que la experiencia de Salta no era incompatible sino complementaria con esa tarea -posición que en realidad expresaba la heterogeneidad de posiciones al interior de VR-, suscitó las críticas de otros grupos de la naciente “nueva izquierda”. Fue el caso del núcleo militante que estaba por formar Vanguardia Comunista, de orientación maoísta, que acusó a VR de sostener una “posición guerrillerista”30. Sin embargo, más allá de las declaraciones de su periódico, VR no mantuvo una posición homogénea frente al EGP, ni realizó una discusión colectiva sobre el saldo dejado por esa experiencia. Carlos Ábalo, uno de sus dirigentes, fue el primero en cuestionar el proyecto, planteando que basarse en la idea guevarista del foco guerrillero era intentar resolver el problema del poder al margen de la clase obrera. A la larga, la mayoría de los miembros de VR también esbozó una crítica hacia lo sucedido, aunque con matices diferentes de acuerdo al caso. Según Ábalo, Roberto Quieto, uno de los más entusiasmados con el proyecto, sostuvo que su derrota no invalidaba el método guerrillero en general sino que planteaba el dilema entre su forma rural o urbana.

De breve duración, VR fue un ámbito de “tránsito” y de búsquedas para sus militantes, una suerte de camino de salida de la “izquierda tradicional” que luego los conducirá hacia horizontes diversos. Según Portantiero eran “gramscianos-guevaristas-maoístas”, un “cóctel muy raro” que cobraba sentido por la primacía de la voluntad frente al determinismo histórico que podía encontrarse en todas aquellas influencias (Tortti y Chama, 2006: 242). En la misma línea, a ese cóctel habría que agregar a Lenin, la única referencia reiterada en los escritos del grupo, y a Trotsky, que influenciaba a Ábalo y a otros militantes del grupo. Se trató de una experiencia signada básicamente por la oposición al PC y por la necesidad de discutir los temas que el partido clausuraba, lo que explica la heterogeneidad de posiciones

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También Bustos (2007: 205) señala que la estructura política más sólida de respaldo al EGP fue el grupo de Pasado y Presente. Ábalo comenta que, de todos modos, VR llegó a enviar a uno de sus militantes a un campamento del núcleo guerrillero para facilitarles algunos elementos necesarios.

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Elías Semán criticó las declaraciones de VR sobre el EGP y también sus posturas frente al peronismo: “Vanguardia Revolucionaria (…) lanzó en sus boletines afirmaciones que contenían una renuncia simultánea a la crítica al guerrillerismo y al peronismo, rebajando así, el papel de la ideología y el Partido. Así fue como, en nombre de las concesiones tácticas a la guerrilla, se debilitaba la perspectiva estratégica del Partido revolucionario, fortaleciendo la concepción guerrillerista, y en nombre de las concesiones tácticas al peronismo, se cerraba el camino para su superación por la clase obrera, apoyando de hecho a las direcciones burguesas” (2004 [1964]: 22).

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126 que convivieron en el grupo31. De hecho, pronto comenzó a perfilarse un proceso de diferenciación interna en VR alrededor de las posturas de Ábalo y Portantiero. El primero, bajo una fuerte impronta trotskista e impugnando el “guerrillerismo” y el “foquismo”, promovía la construcción de un “partido obrero”. Mientras tanto, la posición de Portantiero habría estado más ligada a la idea de crear un movimiento en que la clase obrera hegemonizara un frente de alianzas más amplio32. Estas divergencias sobre el tipo de estrategia y organización política que debía construirse, precipitadas por el fracaso del EGP y el alejamiento de un grupo encabezado por Ábalo que ingresó a Política Obrera (organización trotskista liderada por Jorge Altamira), pusieron fin a la experiencia de VR en 1964. Por entonces, los militantes nucleados en torno a Portantiero intensificaron sus contactos con otros grupos de la “nueva izquierda” como el “Movimiento de Liberación Nacional” (MLN) orientado por Ismael Viñas. Por su parte, Roberto Quieto se incorporó como abogado al Sindicato de Prensa cuando, bajo el liderazgo de Eduardo Jozami y Emilio Jáuregui, se alejó del Partido Comunista al que tradicionalmente había estado ligado.

b) El Sindicato de Prensa (1964-1966)

Los temas de debate que venían generando disconformismo en el comunismo también impactaron en el ámbito gremial, generando una serie de disputas en el Sindicato de Prensa de Capital Federal que se proyectaron hasta la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN).Estasdisputasculminaronen la separación de ambos espacios sindicales de la órbita del PC y en la renovación de su elenco dirigente. Analizaremos la dinámica del conflicto y el nuevo arco de alianzas que gestó el grupo de jóvenes activistas que pasó a conducir el sindicato, quienes lo convirtieron en un verdadero ámbito de circulación, confluencias y articulación de redes entre militantes de la naciente “nueva izquierda”. Para 1964 hacía casi diez años que ambos nucleamientos estaban bajo la hegemonía del PC. El Sindicato de Prensa, un gremio chico pero con cierta capacidad de trascendencia pública, era conducido por la Lista Verde y estaba adherido al “Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical” (MUCS), organización que nucleaba a los sindicatos ligados al PC33. También actuaban en el gremio dos grupos peronistas. Uno estaba encabezado por Manuel

31 “VR no se constituyó con un programa, se formó para poder discutir. En el PC no podías tener una discusión, la podías

tener tipo ‘bla, bla, bla’, así, pero tenías el comisario del partido que te vigilaba” (Entrevista a Carlos Ábalo). En el mismo sentido, pueden verse los testimonios de dos militantes de VR de Rosario (Roberto Ramírez, en González, 1995: 153-154 y Luis Ortolani, en Diana, 1997: 31). Según este último: “Andando un poco el tiempo descubrimos que lo único que teníamos en común era una crítica muy dura contra la burocracia del PC, a nivel nacional e internacional, contra los métodos antidemocráticos y una profunda necesidad de discutir. Pero en la práctica no nos unía un pensamiento político homogéneo. En general, teníamos simpatía por la Revolución Cubana, Fidel Castro, el Che Guevara y éramos foquistas”.

32Lógicamente, la caracterización de ambas posturas varía de acuerdo a los entrevistados. Según Jozami, cercano a

Portantiero: “Hay dos propuestas, la de Portantiero, del tipo la clase obrera hegemonizando un frente más amplio, el bloque histórico gramsciano y qué sé yo, y la del sector de Ábalo, más obrerista, más la construcción de un partido obrero. Esa idea del partido de los trabajadores, que obviamente era de todos en esa época, en Portantiero aparece en un discurso más tradicional, hasta leninista te diría y con el toque gramsciano, en que ese partido se piensa como conductor de una alianza más amplia”. Por su parte, según un miembro del grupo de Ábalo: “Éramos un bloquecito contra los guerrilleristas. Había un trasfondo de debate sobre una posición más partido, trotskoide, y una posición más castrista, genérica, más todo vale. Estábamos en contra de que la salida fuera armar un foco amorfo, sin ideología, sin concepto” (“Militante de VR”).

33 Luego de alejarse de las “62 Organizaciones”, los dirigentes sindicales comunistas formaron los “19 gremios”, que en

1958 constituyeron el MUCS. A principios de los ’60 el MUCS tenía más predicamento en el interior del país que en Buenos Aires y estaba confinado a unos pocos gremios, como canillitas y químicos además de prensa.

Referencias

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