Contar con las propias fuerzas

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Si la tarea del pensamiento crítico es potenciar el con‐ flicto, la del pensamiento apologético es contenerlo. Ninguno niega el conflicto, que está en el centro de la modernidad, pero difieren en su alcance. Si uno insis‐ te en la contradicción y el antagonismo, el otro recono‐ ce el conflicto como competencia o divergencia de posiciones o intereses.

En el conflicto por competencia los agentes (que intercambian, negocian, discuten, se enfrentan, se engañan…) reconducen sus posiciones o intereses divergentes hacia una unidad superior, plasmada en un proceso de diálogo, en la persecución de un objeti‐ vo, en la construcción de una estrategia o en la delimi‐ tación de un espacio de disenso.

El pensamiento apologético no niega, por tanto, el conflicto. Lo acepta porque presupone que está en condiciones de regularlo. Y lo presupone porque con‐ sidera que los agentes basan sus acciones en una racio‐ nalidad plena y acabada. La creencia en la racionali‐ dad fuerte de los agentes justifica la existencia del con‐ flicto y garantiza su resolución.

El pensamiento crítico, por el contrario, desarrolla una racionalidad más prudente y mesurada. Pues a diferencia del agente que compite, que, en cuanto soberano y hecho de una pieza, puede dominar y reconducir el conflicto hacia un ente superior, el agen‐ te del antagonismo debe responder a su doble y con‐ tradictoria condición, que es la que anima el conflicto: una condición interna, como sujeto, y otra externa, como objeto, que le viene impuesta desde fuera, de su oponente.

El antagonismo, en efecto, se basa en que el agente tiene una doble condición: como sujeto y como objeto de conflicto. El agente calificado de “dominante” se constituye en sujeto (de explotación) y objeto (de expropiación o control) de los “dominados”; en tanto que el sujeto “dominado” es objeto (de explotación) y sujeto (de expropiación o, si se quiere, de liberación) de los “dominantes”. Estas posiciones cruzadas otor‐ gan el necesario rigor y riqueza al antagonismo. El agente no es meramente un sujeto que dialoga o se confronta con otros agentes, sino un sujeto agresivo, lanzado al ataque, como tampoco es un simple objeto, que choca o interfiere con otros agentes, sino un obje‐ to tratado como tal, como objeto agredido, blanco de ataque. El agente combatiente es, simultáneamente,

sujeto para sí y objeto para el otro, una doble y antago‐ nista condición, en la cual el sujeto, que se constituye en sujeto agresivo, es tratado, a su vez, como objeto de agresión (de expoliación, de expropiación, de someti‐ miento…).

La doble condición de sujeto y objeto, de agente activo en el combate y de objeto apetecible de ataque, la ostenta el combatiente en virtud de una propiedad intrínseca que posee, una cualidad propia que es, jus‐ tamente, la que esgrime en el ataque y la que su con‐ trincante busca. En el caso del “combatiente domina‐ do” ‐en terminología clásica‐, esta propiedad ha sido tradicionalmente considerada la fuerza de trabajo, que participa tanto de la característica de “objeto de agre‐ sión” (de explotación) por parte del capitalista como de “sujeto de agresión” (fuerza productiva, sobre la cual el combatiente obrero funda la acción de expro‐ piación o control de la producción). Por su parte, el dinero (o el capital) es la característica propia del “combatiente dominante”, que, en tanto sujeto, lo uti‐ liza como medio de explotación y que el “combatien‐ te dominado” lo convierte, a su vez, en objeto de expropiación o control.

Es esta doble condición del combatiente lo que garantiza el antagonismo. Pues si en el conflicto por competencia los agentes, como sujetos conscientes, coherentes y sólidos, se apoyan sobre sí mismos, en el conflicto antagónico el combatiente no tiene otro asi‐ dero que su contendiente, no dispone de otro punto de apoyo que el otro sujeto constituido en objeto de explotación (o de lucha contra la explotación). Relacionándose entre sí como sujetos yobjetos, sin que la condición de sujeto anule la de objeto, y viceversa, ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 117

MISCELÁNEA

“CONTAR CON LAS PROPIAS FUERZAS”

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los antagonistas se enzarzan en un combate virtuoso en el que, por decirlo así, cada uno se apoya en el otro, en las estocadas que da a su adversario.

El antagonismo no precisa pues de ninguna mule‐ ta ideológica, de ninguna cobertura moral (como los “sentimientos morales” de Adam Smith), de ninguna justificación trascendente (como el “espíritu” del capi‐ talismo, abandonado por el propio capitalismo tras cumplir su misión). Instigado por los propios comba‐ tientes, el potencial antagónico del conflicto es altísimo. No sólo el enfrentamiento es enérgico, sino tam‐ bién radical. Pues la constitución del agente en objeto autoriza la entrada inmisericorde en su interior, sin que ningún espacio quede a salvo del ataque, de modo que el conflicto cubre todos los aspectos y llega a todos los rincones. A diferencia pues de los agentes que compiten y que en sus interacciones se limitan a desplazarse o reubicarse, sin que ello les suponga una alteración sustancial de su existencia, los agentes del antagonismo alcanzan las mismísimas entrañas del adversario.

(Obviamente, el antagonismo necesita del concur‐ so de dos combatientes. Si uno de ellos se hace omni‐ potente y se considera, por ejemplo, que “el capital crea al proletariado” o que “el capital reconstruye un nosotros (resistente)”, el antagonismo es inexistente. Sólo por una confusión terminológica o conceptual, o como recurso retórico, se puede atribuir a uncomba‐ tiente, a un antagonista, la facultad de producir anta‐ gonismo).

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Pero en esta doble condición, concebida por el pensa‐ miento crítico como una vacuna contra la trascenden‐ cia, el antagonismo encuentra también sus límites. Pues pensar el antagonismo no consiste sino en pen‐ sar a fondo la doble condición de objeto de explota‐ ción y de sujeto contra la explotación. El combatiente antagonista se constituye entonces bajo el signo de la dualidad y la oposición. Así:

‐ El combatiente se encuentra escindido entre una parte ‘objetiva’, que es obligada y le viene impuesta desde fuera, y otra ‘subjetiva’, que es asumida desde el interior.

‐ En consecuencia, una parte del combatiente pertene‐ ce al ámbito de la necesidad y otra al reino de la libertad.

‐ El conflicto se dirime, por tanto, en dos planos: superestructura e infraestructura, necesidad y liber‐ tad, “libertad” del sujeto y coacción de las “leyes objetivas”.

‐ En términos modernos, el conflicto reproduce la dis‐ tinción entre contradicción estructural y movimien‐ to subjetivo, entre historia y acontecimiento.

El combatiente antagónico presenta pues una cara dual. Es “pasivo” y “activo”, agredido y agresor, obje‐ to y sujeto de agresión; se mueve entre la estructura y la subjetividad, entre los constreñimientos objetivos y las construcciones subjetivas. Histórica, sociológica y políticamente, esta dualidad se ha expresado a través de numerosas figuras: “clase obrera” y “clase hegemó‐ nica”, “clase en sí” y “clase para sí”, “condición objeti‐ va de clase” y “conciencia subjetiva de clase”, “compo‐ sición técnica de clase” y “composición política de clase”…

Pero esta doble condición, que en efecto, garantiza el antagonismo, agarrota al mismo tiempo al combatien‐ te. Pues si bien, por un lado, necesita recurrir a los dos extremos, al objeto y al sujeto, para mantener viva la llama del conflicto, por otro lado, estos extremos abren el abismo bajo sus pies. En la misma medida en que ase‐ guran el antagonismo, el intercambio de golpes, la reversibilidad de posiciones, fijan al combatiente en una escisión interna. El mismo movimiento que produce el conflicto divide al combatiente; la misma dualidad que activa el antagonismo clava al antagonista.

Porque esta doble condición no es eludible o nego‐ ciable. El combatiente necesita ser tanto sujeto como objeto, ser tanto objeto agredido como sujeto agresor. No puede dejar de apoyarse simultáneamente en ambos extremos, no puede dejar de contar con ningu‐ no de ellos. El hecho de ser “objeto agredido” empuja constantemente a la “acción de agresión”, del mismo modo que la “acción agresiva” debe remitirse conti‐ nuamente al “ser agredido”. Pues si, con el objetivo de cerrar la brecha interna del combatiente, se pretende privilegiar o favorecer un aspecto en detrimento de otro, entonces el conflicto encalla.

Así, privilegiar el sujeto, enfatizar el paso de la “clase en sí” a la “clase para sí”, someter la estructura a la conciencia, el objeto a la acción agresiva (como par ‐ tido o vanguardia dirigente, como toma del po der…), significa autonomizarse como sujeto, como “concien‐ cia subjetiva”, descuidar la “condición objetiva”, olvi‐ dar el hecho de “objeto explotado”, privarse de la con‐

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dición que alimenta el antagonismo, del motivo que anima la lucha, y, en consecuencia, reducir la potencia del conflicto. Detenerse en el objeto, por su lado, repre‐ senta someter la “conciencia subjetiva” a la “condición objetiva”, hacer del “objeto agredido” la “acción de agresión”, condicionar la acción del sujeto al desenvol‐ vimiento del objeto (como desarrollo de las fuerzas productivas, como contradicciones del capitalismo, como “reforma del capitalismo” o como fuerza de tra‐ bajo biopolítica, que, en cuanto “fuerza inconmensura‐ ble de vida”, desbordante y excesiva, es inmune a la extracción de una medida de explotación), implica acantonarse, confiar en la evolución del “objeto de explotación”, debilitar la acción del sujeto, apagar, en suma, el fuego del antagonismo.

El antagonismo se encuentra pues en una encruci‐ jada: si desarrolla el conflicto, abre la división en el combatiente; si cierra la brecha, apaga el conflicto.

De esta manera se llega a la paradoja de que al pre‐ tender apoyar al combatiente, robusteciendo una de sus partes constituyentes, se le debilita; si se le quiere ayudar parcialmente, se le hunde totalmente. No sólo eso. Al enfatizar uno u otro aspecto, al aumentar la brecha entre sujeto y objeto, se recrudecen las “luchas fratricidas”: entre subjetivismo y objetivismo en el marxismo; entre conspiración y comunitarismo en el anarquismo; entre reformismo y revolución, entre objetivistas y subjetivistas, en general. El antagonismo se decide en el interior del combatiente.

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Resultado, en parte, de las luchas, y en parte como complemento, corrección o superación de este antago‐ nismo por posesión, se expande la modalidad de anta‐ gonismo por relación, hasta entonces reservada a las fuerzas dominantes. Marx, por ejemplo, consideraba el capital como una “relación” y hacía de la fuerza de trabajo una variable del capital, pero estaba lejos de considerar a la propia “clase dominante” como una variable de la “clase dominada”. En el campo político

la “relación” también se había circunscrito normal‐ mente al ámbito del poder dominante. Pero ya en los momentos más productivos del enfrentamiento de clases se había manifestado este tipo de antagonismo, cuando la clase obrera, sometida al capital, lo sometía a su vez y lo ponía al servicio de su lucha. Y además, al basarse en la dominación en general, permitía supe‐ rar el estricto marco de la explotación económica y facilitar la incorporación de otros ámbitos (político, cultural, etc.), característicos de los nuevos dispositi‐ vos de control y rebeldía.

En esta modalidad de conflicto antagónico la doble condición del contendiente no corresponde pues a una cualidad o propiedad intrínseca suya, sino a una rela‐ ción. No es una propiedad que poseael combatiente y que le distribuye en sujeto de acción y en objeto de expropiación, sino una relación que instituye un “suje‐ to”que ejercey un “objeto”sobre el que se ejerce.

El combatiente pierde la rigidez del sujeto “propie‐ tario” y adquiere la figura del campo de fuerzas, del plano, de la axiomática… Las operaciones ya no con‐ sistirán en extracciones, expropiaciones, explotacio‐ nes, sino en modulaciones, fluctuaciones, subsuncio‐ nes… Todo aquí está más integrado y es más envol‐ vente, sin aristas ni interrupciones. El modelo “políti‐ co” del antagonismo cede el paso a un modelo “eco‐ nómico” o, si se prefiere, “natural”. Por ejemplo, el combatiente ya no precisa recurrir a mecanismos de “pesos y contrapesos” (“elevar el proletariado a clase dominante…”), ya no debe moverse para acceder a su contendiente: para acceder al poder (“conquistar el poder”), al capital (“expropiar el capital”), a la fuerza de trabajo (“adquirir fuerza de trabajo”)… ; ya no vive en el seno de antinomias (libertad y necesidad, con‐ ciencia y estructura…) y por eso no precisa de media‐ ciones que las armonicen. En el antagonismo relacio‐ nal el combatiente no trata al otro como “objeto” pasi‐ vo y compacto, del que extrae “propiedades”, sino como elementos (dispositivos, puntos, líneas, espa‐ cios…) desarticulados. Como “sujeto”, el combatiente es una dimensión oceánica, proliferante, selvática…, constituida por elementos diversos y heterogéneos (líneas, mecanismos…) con los que envuelve a su opo‐ nente; como “objeto” es la dislocación de estos ele‐ mentos. Como “sujeto”, como composición de ele‐ mentos, anega y subsume a su oponente; como “obje‐ to”, como elementos desarticulados y dispersos, es anegado por él. Los combatientes no se encuentran entrelazados, no están trabados como sujeto/objeto, sino que se hunden y emergen, se cubren y recubren, como la lluvia inundando la selva o la marea empa‐ pando la playa. Si los combatientes, por un lado, pare‐ cen subsumirse e integrarse mutuamente, por otro, se muestran autónomos, independientes, soberanos…

La dimensión oceánica del plano de inmanencia es un magma indiferenciado (pre‐subjetivo), una sopa ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 119

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primigenia, un presupuesto ontológico, una reserva ilimitada de virtualidad… La dimensión oceánica del manto de dominación es, por su parte, un oleaje que reverbera en todos los momentos y lugares como momentos y lugares de “reproducción de la realidad capitalista”. Pero como “objetos”, como dimensiones oceánicas desarticuladas y rotas, los elementos consti‐ tuyentes que las componen se vuelven “bienes esca‐ sos” que se construyen, persiguen o resiguen. Y que, dispersos, se revelan también excepcionales, casi anó‐ malos, y cuya composición o construcción exige traba‐ jo y esfuerzo. En el manto de dominación se trata de dispositivos de excepción, de acciones de fuerza; en el plano de inmanencia son disposiciones innovadoras, acciones creativas.

De nuevo, por tanto, la dualidad, ahora ya no entre sujeto y objeto, sino entre espontaneidad productiva y trabajo, entre generosidad y esfuerzo, entre una dimensión “natural” e inagotable y otra “humana” y limitada que constantemente hay que construir (como resistencia), abrir (como línea de fuga), activar (como jerarquía) o segmentar (como cesura). El combatiente oceánico queda clavado entre la espontaneidad pro‐ ductiva y la disciplina de tareas, entre la abundancia de la “reserva ilimitada” de recursos y la “escasez de bienes” (resistentes o jerárquicos, según el caso).

La tentación de ceder en alguno de los dos ámbi‐ tos, de apoyarse en uno más que en otro, recibe tam‐ bién su castigo. Confiar en la espontaneidad (porque no se ven alternativas, porque la resistencia es difícil o la dominación demasiado pesada) significa entregarse a la generosidad de la inmanencia, a la tranquilidad de una “reserva ilimitada” y, en consecuencia, sustraerse al antagonismo. Privilegiar la multiplicación de resis‐ tencias (porque la “reserva ilimitada de virtualidad” se percibe ficticia o de ella simplemente se siente nos‐ talgia) implica acantonarse en un esfuerzo continuo e infatigable, empeñarse en buscar cualquier atisbo de acción en la escasez, bucear, en suma, en un antagonis‐ mo de baja intensidad.

Pero la apertura a la doble condición de “naturali‐ dad” y “trabajo” supone inmovilizar al combatiente, no en una lucha fratricida, sino en una pugna entre la ilimitada confianza y la absoluta desesperación. También aquí el antagonismo se dirime dentro del combatiente, en este caso, dentro de cada individuo.

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Así, y de forma un tanto paradójica, el pensamiento apologético ubica a los agentes del conflicto en un marco de acción que les exime de responsabilidad al desplazarlos hacia un marco externo, mientras que el pensamiento crítico confiere a los antagonistas la total responsabilidad del conflicto. Si la competencia vuel‐ ve irresponsables a los agentes, el antagonismo les

carga de compromisos. Aquellos que claman por la responsabilidad viven inmersos en un régimen de irresponsabilidad general, en tanto que los que pare‐ cen escudarse en la irresponsabilidad colectiva son los que más brutalmente comprometen a los combatien‐ tes.

El pensamiento crítico no sólo arroja a la cara de los combatientes la responsabilidad del conflicto, sino que interpela a cada uno de ellos directamente sobre su arrojo, su inteligencia, su voluntad. El combate se resuelve en el interior de cada combatiente. El pensa‐ miento crítico obliga a cada combatiente a “contar con sus propias fuerzas”.

Pero, ¿qué fuerzas?, ¿qué combatiente? Unas fuer‐ zas contrapuestas, enfrentadas, divididas, a ninguna de las cuales, sin embargo, el combatiente puede renunciar; un combatiente que se alimenta de dos fuerzas que se oponen; fuerzas de las que se sirve para trazar un círculo virtuoso (entre objeto y sujeto), pero que se agotan entre sí; fuerzas que al amarrarse, se separan; que al apoyarse mutuamente, se alejan. Cuanto más se afirma el antagonismo como dialéctica de objeto (de explotación) y sujeto (de acción), tanto más se afirma la dualidad, se abren las tensiones y se desatan las luchas fratricidas. Un combatiente, por tanto, dividido entre sujeto y objeto, entre inmensidad y escasez, obsesionado por mantener unidas y articu‐ ladas sus fuerzas; pendiente de que no se decanten y vayan a su aire (y haya traición); más preocupado por la descoordinación que por la coordinación, por la desarticulación que por la articulación.

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Los problemas del pensamiento apologético son otros, especialmente del pensamiento apologético de izquierdas, que utiliza la matriz del conflicto por com‐ petencia. Porque en este conflicto, la pugna no es entre los agentes combatientes, sino entre los agentes y su marco de competencia. El conflicto no remite a los propios combatientes, sino al tablero de juego en el

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que el conflicto se desarrolla. Las desavenencias entre agentes (“mercados”, “ciudadanos”, “poder económi‐ co”, “poder político”) se entienden como desequili‐ brios entre poderes (político versuseconómico) o suje‐ tos (ciudadanos versusmercados, estados versusmer‐ cados), que deben enderezarse precisamente en el marco en el que tales desavenencias se han producido. En esta tesitura apologética, al pensamiento de izquierdas se le plantean los siguientes dilemas: ¿cómo alimentar la fuerza combativa de unos agentes (ciudadanos, poder político…) cuyo marco de compe‐ tencia se la sustraen?, ¿cómo apostar por un caballo (los ciudadanos, los trabajadores…), que, de momen‐ to, ya es perdedor, sin poner en evidencia que se le escamotea energía combativa?, ¿cómo mantener la ilu‐ sión de victoria de un agente al que, de entrada, se le ha condenado a la derrota?. Dado que en el conflicto por competencia es un marco preestablecido (el con‐ senso, el re‐equilibrio…) el que determina su evolu‐ ción y devenir, ¿cómo atribuir la responsabilidad (“la política consciente que controla la economía desboca‐ da”) a unos agentes que precisamente están condicio‐ nados por este marco presupuesto, por este régimen de irresponsabilidad generalizada?

El pensamiento apologético de izquierdas preten‐ de introducir dosis de antagonismo en el conflicto por competencia al abrir espacios de desigualdad frente a la “igualdad” del pensamiento apologético de dere‐ chas. Desde su situación de dependencia, los agentes “dominados” pueden plantar cara a esos otros agentes que les mantienen en la subordinación. Pero no basta con hacer de los sujetos tambiénobjetos de agresión. No es suficiente que los sujetos se encuentren “domi‐ nados” para hacerlos combatir. Pues el antagonismo exige que el agente agredido sea al mismo tiempo agresor, y que tal como es atacado también él alcance las entrañas enemigas. Si en el antagonismo las “fuer‐ zas propias” eran opuestas y estaban enfrentadas, aquí se encuentran agazapadas, expectantes, en el mejor de los casos, prestas a saltar, pero ‐por el momento‐ quietas.

Pues finalmente es el recurso a las “propias fuerzas” lo que resulta insuficiente. El movimiento que hace fun‐ cionar el antagonismo no puede ser el mismo que impulsa a los combatientes. Las fuerzas que animan la lucha contra el capital (o contra la dominación, o con‐ tra la trascendencia) no pueden ser las mismas que espolean la lucha obrera (o resistente). Porque la misma dualidad que exhibe para trabarse con su ene‐ migo es la que se abre en su interior; la misma duali‐ dad de sujeto (de liberación) y de objeto (de explota‐ ción) con la que se abraza fatalmente a su oponente es la que le condena a la “lucha interna”, a la lucha fratri‐ cida. Las “contradicciones” del antagonismo son las propias “contradicciones” del combatiente. Al fin y al cabo, la condición esencial del antagonismo es la frac‐ tura interna del combatiente.

Contra lo que pudiera parecer a primera vista, la competencia se muestra más ágil y dinámica que el antagonismo, pues siempre está dispuesta a enviar las diferencias al cielo de la “reconciliación”, en tanto que el antagonismo introduce una separación radical en los combatientes, que los retiene hasta que no resuel‐ van sus “contradicciones internas”. Paradójicamente, el encaje, el cierre antagonista abre una distancia infi‐ nita dentro del combatiente. Y en esa distancia, en esa dolorosa separación entre la condición objetiva y la condición subjetiva, entre la generosa inmanencia y la avara resistencia, germinan la añoranza y el pesimis‐ mo, y, en consecuencia, la clara conciencia del esfuer‐ zo y del trabajo que hay que dedicar para cerrar la fractura y suturar la herida. Buena parte de los esfuer‐ zos se consumen en la cura de esa herida que se ha inflingido el propio combatiente, en la gestión de la dualidad que lo atraviesa, en la tramitación de las pau‐ sas, silencios, esperas… que él mismo ha introducido (etapas de transición, travesías, trabajos de perfora‐ ción, fases de “acumulación de fuerzas”…).

Pero no es sólo que las fuerzas del combatiente se encuentren divididas, sino de que también están sometidas a la penuria. Pues el problema de los com‐ batientes antagonistas es justamente su “sostenerse en el aire”, que les hace depender exclusivamente de ellos mismos y les sitúa en una posición de reciprocidad inversa. Al remitirse mutuamente, al servir cada uno de objeto del otro, el combatiente siempre se encontra‐ rá en precario, su situación siempre estará amenazada, su propiedad o su relación siempre estará sometida al desgaste, al paso del tiempo; sus entrañas siempre estarán corroídas y sus objetivos siempre se verán des‐ naturalizados, pervertidos o truncados. La “lucha de clases” y la “oposición de mundos” se encontrarán siempre retrasadas respecto a los fines que se ha fijado el combatiente, a todo aquello que pretende, busca, ansía…

Alimentarse de las “propias fuerzas” es alimentar‐ se de la discordia, de la insuficiencia, de la carencia. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 121

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Del mero enfrentamiento no se extraen fuerzas, sino heridas; del simple choque no surgen “acumulaciones de fuerzas”, sino cansancio.

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Mejor pues afirmarse en el suelo que sostenerse en el aire, mejor alimentarse de lo que nos nutre que devo‐ rarnos las entrañas, mejor enfilar hacia el enemigo que tener que ajustar cuentas en nuestras filas. Mejor, en suma, atravesar el antagonismo (sus lugares, sus moti‐ vos, sus fines…) que ser atravesado por él.

El objeto del combate entonces no son los propios combatientes, sino un exterior que han hecho suyo, algo ajeno que han asumido como propio, un objeto (o motivo, o lugar, o razón…) “cualquiera” que han con‐ vertido en objeto de disputa, al que, de grado o por fuerza, han designado o se han situado (designar y situar es lo mismo), al que han accedido o se han visto arrastrados. El objeto no es el combatiente que sufre, no es lo pasivo que precisa “remontarse” o recons‐ truirse, sino aquello sobre lo que los combatientes se han precipitado porque así lo han decidido. El objeto se integra en el sujeto. Está más relacionado con la decisión que con la necesidad. Es un terreno de liber‐ tad.

El sujeto del antagonismo tampoco se encuentra en los propios combatientes, no es el origen o fuente del antagonismo, sino el mandato que impone a los combatientes el objeto “cualquiera”, el precepto al que deben atenerse. El sujeto no es el combatiente activo, la manifestación libre y soberana de su poder, sino el criterio que emana de la disposición del objeto. El suje‐ to se integra en el objeto. Depende más del deber que de la voluntad. Es un ámbito de obligación y necesi‐ dad.

No desaparece la dualidad sujeto/objeto, pero ya no socava la fuerza antagonista ni la conduce a la lucha fratricida, sino que garantiza la unidad de la potencia combatiente. Pues ahora ésta se focaliza en el objeto, a cuyas exigencias se ajusta.

No desaparece la dualidad, pero ya no provoca intermitencias o interrupciones en la pugna, sino que asegura la necesaria continuidad del combate. Si no hay oposición entre sujeto y objeto, entre dominación y resistencia, no hay que pasar del objeto al sujeto y

remitir éste de nuevo al objeto, ni transitar de la desar‐ ticulación provocada por la dominación a la reserva de inmanencia y de ésta a la reconstrucción de resis‐ tencias. No hay tiempos de espera, ni acontecimientos por llegar, ni distancias que recorrer.

No desaparece la dualidad, pero ya no crucifica al combatiente, sino que le garantiza la necesaria unidad en el combate. Pues si el combatiente ya no sirve de objeto (soporte) de su antagonista, deja de ser también objeto suyo de consumo y, por tanto, de estar someti‐ do a la división y al desgaste de sus “fuerzas propias”. Entonces, puesto que la fuerza del combatiente no depende del daño que inflinge (y del daño que le infli‐ gen), hay mucho más que heridas y cansancio en el combate; hay capacidad para plantear, dirigir y resol‐ ver el enfrentamiento.

(Es claro, por ejemplo, que la actual situación se debe a que los combatientes ‐mercados y estados, de un lado, ciudadanos y trabajadores, de otro‐ han reac‐ tivado su decisión por el objeto común de disputa, por aquello de lo que todos ellos se alimentan: la totalidad de las condiciones de vida, la totalidad de las conexio‐ nes de la fuerza de trabajo global).

Los combatientes no se encuentran en manos uno de otro, sino del objeto en el que han confluido y de las prescripciones que éste les ha impuesto. La lucha no es entre antagonistas que, abiertos en canal, sufren y se rebelan, sino entre combatientes que luchan por el objeto que ellos mismos han convocado, por el espacio “cualquiera” en el que se han emplazado.

ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 122

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