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Las emociones en la política democrática

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Academic year: 2020

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(1)1. LAS EMO CIO NES EN LA PO LÍTICA DEMO C RÁTIC A. VIVIANA Q UINTERO MÁRQ UEZ. UNIVERSIDAD DE LO S ANDES BO GO TÁ, CO LO MBIA NO VIEMBRE DE 2006.

(2) 2. UNIVERSIDAD DE LO S ANDES. FACULTAD DE C IENCIAS SOC IALES DEPARTAMENTO DE C IENCIA PO LÍTICA. MO NO GRAFÍA DE GRADO Las emociones en la política democrática. Presentado por: Viviana Quintero Márquez C ódigo: 200212536. Directora: Ingrid Johanna Bolívar R. Lector: Rodolfo Arango R.. BO GO TÁ D.C., NO VIEMBRE DE 2006.

(3) 3. SUMARIO. Agra decimientos…………………………………………………………………. 5. Introducción………………………………………………………………………6. PRIMERA PARTE: PO LÍTICA Y EMOC IO NES……………………………12. Capítulo I: Lo político y la política……………………………………………………. 13 Capítulo II: La política, el racionalismo, y el olvido histórico de las emociones…… 16 Capítulo III: De la política a la política democrática………………………………… 24. S EG UNDA PARTE: EL LUGAR DE LAS EMOC IO NES EN LA PO LÍTICA DEMO CRÁTICA……………….……………………………………………… 29. Capítulo I: La democracia deliberativa de Habermas, un lenguaje sin emociones…31. 1.1. La dem ocracia deliber ativa…………………………………………………………. 31 1.2. El dom inio de la razón y el lugar de las emociones………………………………….34. Capítulo II: Michael Walzer: Una interpretación realista de la dem ocracia………. 39. 2.1.Restarle a la deliberación e in corporar a la pasión ……………………………………42.

(4) 4. Capítulo III: Jon Elster y las “Alquimias de la mente”……………………………… 45. 3.1. La política dem ocrática desde las em ociones……………………………………….. 46 3.2. La experiencia dem ocrática y los com ponentes emocion ales……………………….. 48. Capítulo IV: Richard Rorty y la educación sentimental……………………………..… 52. 4.1. “Toda concep ción teórica debe ser un léxico m ás, un a descrip ción m ás, otra forma de hablar”.. ……………………………………………………………………………………...54 4.2. Las em ociones y la educación sentim ental……………………………………………. 57. CO SIDERACIO NES FINALES…………………………………………………. 60. REFER ENCIAS B IB LIO GRÁFICAS…………………………………………... 63.

(5) 5. Agradecimientos. A m i m adre, quien ha configurado la m ayoría de mis em ociones, quien es m i pilar, principal aliada y una de las pocas personas capaces de vivir volcadas en el tiem po y en el mundo, muchas veces adv erso s, sin desdibujar la sonrisa y tran quilidad de su rostro. Por su lozanía, por su incomparable jovialidad. A Loren a quien me educa sentim entalmente, quien ha inspirado cada uno de m is días prolongando m i juvent ud y colm ando mis estudios de pasión, de disciplin a y de bellas inquietudes. Por su sin igual con sejo, por ser el aliento, la sonrisa, mi bálsam o de sim patía, “aquello por lo cual he vivido”. A mi padre por su presencia, por ser el hombre diligente y enigmático que ha anim ado y enriquecido m i breve trayectoria académica. Por su car ácter genial y su extraor dinar ia sabidur ía. Cam arada incansable, Lucho Quintero. A Ingrid Bolívar; m aestra, amiga. Por su ímpetu e influencia, por su cariño, su inmen sa bon dad, su inefable belleza y su m arav illo sa erudición. A Fabio, A Adr iana, A Alejan dra y a Silvia, A mis am igas y amigos, maestras y maestros; adm irables y adorables en lo p úblico y en lo privado..

(6) 6 INTRO DUCC IÓ N. El objetivo de esta m onografía es in dagar qué lugar se ha dado a las em ociones en ciertas aproxim aciones teóricas contemporáneas so bre la política dem ocrática. El trabajo se apoya en una reconceptualización de nociones como “lo político”, “la política” y “la política dem ocrática”, que resalta el im portante lugar que tienen las em ociones, la contin gencia y el antagonism o en la democracia. En este sentido, el cuerpo del escrito descan sa en las aproxim aciones teóricas de Chantal Mouffe, quien in dica que la política democrática no es ni natural, ni el “evidente resultado de una evolución m oral de la h umanidad.” 1 Por el contrario, la democracia se encuentra constantemente atravesada por el antagonism o y las pasiones, elem entos que la m oldean y renuevan en r elación con el contexto presente.. Parte de estas n uevas r eflex iones surgen dentro del m arco histórico don de se desarrolló el movimiento del giro lin güístico, del que son los princip ales exponentes Ludwig W ittgenstein y Donald Davidson. El giro lin güístico representa un cam bio im portante para el tipo de reflexion es teóricas, p ues aduce que todas las expresion es del lenguaje no son ni verdaderas ni falsas, sino que tienen un a form a específica en la pr áctica del len guaje.. El segun do Wittgen stein insiste en que la ver dad o falsedad de cualquier expresión no tiene un valor de ver dad determ inado a priori por “el espacio ló gico”. Contrario a ello, afirma que existen div erso s lenguajes que forman parte de div ersas actividades y de form as particulares y contin gentes de v ida. 2 En este sentido, el giro lin güístico ofrece a los pensador es contem poráneos n uev as herramientas para aproximarse al problema de la política dem ocrática y el lugar que tienen allí las em ociones. P ues un conjunto de lenguajes, en el 1. Mou ffe. Ch antal (1999), El retorno de lo político. Pág . 18 ..

(7) 7 que estamos inmersos y dentro del cual no po dem os elegir por referencia a cr iterios, nos enseña que no puede dar se un sentido claro a la idea de que el m undo decide qué descr ipcion es son ver daderas y cuáles son falsas. 3. El giro lingüístico, no solo r epresenta un cambio en la forma de hacer form ulaciones teóricas, sino también una nueva manera de revisar y r eferirno s a los hechos históricos y a los fenómenos sociales. Este movimiento permitió la introducción de n uevos térm inos en la form ulación de las distintas disciplin as (vg., comunidad, antagonism o, uso s de len guaje, costum bres, etc.), h echo que también po sibilitó la reorientación de las r eflexiones en torno a la política democrática.. La comprensión de la política que en unciam os anteriormente supone la idea de que la experien cia política y democrática se traduce en tipos esp ecíf ico s de organ izaciones emocionales y se repro duce m ediante el afianzam iento de ciertas emociones como deseables y de otras como in deseadas.. A partir de esta reconceptualización de la política democrática, que ha ganado un lugar relevante en las discusiones so bre la política, el trabajo revisa cuatro aproximaciones teóricas de la democracia. A saber, la normativa de Jür gen Haberm as, la realista y comunitarista de Michael Walzer, la de Jon Elster y la pragmatista de Rich ar d Rorty.. Resulta importante revisar el lugar que dan a las em ociones estos cuatro autores por que éstos han configur ado en gran parte el m apa del pen sam iento político a partir de la segun da. 2 3. Wittgenstein, Ludwig (1988), Inv estigaciones filosó ficas . Parágrafo. 23 . Pág . 39 . Ro rty, Rich ard (1991), Contingencia, i ronía y solidaridad . Pág . 26 ..

(8) 8 mitad del siglo XX, y porque sus enfo ques se perfilan com o relevantes en las actuales discusiones teóricas so bre la cien cia política.. Debe resaltarse que con la revisión de estos autores no se preten de con struir una aproxim ación nov edosa a las emociones desde la política dem ocrática. Lo que se busca es más bien, pon er en ev idencia el lugar que dan a las em ociones éstas per spectivas. Por otra parte, la revisión de estos autores se concr eta en la revisión de uno s pocos textos que se circunscriben únicamente a lo dem ocrático, por lo que el trabajo puede dejar de lado herramientas valiosas que sólo se hacen ev identes tras cono cer toda la complejidad del pensam iento de un autor. Así pues, la tarea que no s proponem os es buscar el lugar de las emociones en las aproxim aciones de estos autores, sin querer extrapolar las dem asiado del lugar natur al que ellos les h an dado.. Quisiera insistir en que este trabajo es de tipo exploratorio, y que la culminación de esta monografía no da por concluido el pro blem a de indagar por las em ociones en la teoría política. Por esta razón, muchas de las reflex iones que se formulan, utilizan recursos histórico s, hablan de diversos autores que son exponentes de distintos momentos, y colocan varios ejem plos. Todo esto es el resultado de la n aturaleza de un trabajo exploratorio, es parte del procedim iento de perseguir el lugar de las em ociones en diver sos autores. Dicho procedimiento implica tratar de enten der a qué tradición pertenecen lo s autores en cuestión, explicitar porqué se revisan estos y no otros autores, dar cuenta de por qué uno s y otros hablan de cierta m anera so bre las em ociones, y exponer cuáles son las em ociones a las que hacen referencia..

(9) 9 A contin uación h ago una breve presentación de cada autor y de sus principales esbozos sobre la democracia. Los ubicamos en relación con el contexto en que escr iben, y el tipo de argumentos que sugieren. Haberm as encabeza n uestra lista pues sus escr itos em pezaron a conocer se desde la década de lo s 70’s. Le sigue Walzer, quien respon de en parte a los argumentos haberm asiano s so bre la deliberación. A p aso seguido pr esentamos a Elster quien revisa las emociones sistemáticamente. Y, finalmente, a Rorty, quien elabora una teoría sobre las em ociones en relación con la educación.. Habermas consider a que la dem ocracia y el ejercicio de la política requieren de un m odelo “procedimental” que p uede enten der se también com o la política deliberativa. Este m odelo, “que asocia al proceso democrático connotaciones normativas muy f uertes” 4, da un lugar central a la vo luntad de la opinión política por medio de la in stitucionalización de la deliber ación. Tanto ciudadanos, como par lam entarios deliberan so bre lo s proyectos y necesidades políticas y, mediante el uso de argumentos válido s y razonables llegan o llegarán a producir ley es y normas so ciales. 5. Michael Walzer, en parte r espon diendo a lo s ar gumentos de Haberm as, indica a finales de los noventa, que m uch as de las actividades propias de la política y de la dem ocracia se dan de una manera no deliberativa (i. e., en el sentido ideal o programático de los teórico s de la dem ocracia deliberativa).. Para Walzer, la pasión, el conf licto, lo s intereses, entre otros, son elementos propio s de la política dem ocrática y están presentes en actividades tales como la educación política, la movilización, las manifestaciones, la or gan ización política, la tom a de posiciones, los 4. Hab ermas, Jürg en (1999), La inclusión del otro. Pág. 241..

(10) 10 debates, entre otras.6 En estas dinám icas de la dem ocracia, no es po sible “argumentar en com ún racionalmente”, p ues dicha política democrática se or gan iza tam bién a partir de elem entos que no son esencialmente racionales.. Jon Elster, en sus libros “Alquimias de la mente” y “So bre las pasiones”, se apoya en la historia, la literatura y la psicolo gía co gnitiva, para in dicar que las emociones son importantes en la disposición y repro ducción de las com unidades políticas. Elster señ ala que las emocion es son el “combustible” y “la m ateria prim a” de la vida y el comportamiento hum ano. Adem ás in dica que éstas tienen elem entos intrín secos que p ueden ser com prendidos y explicados.. Lo m ás relevante en relación con este trabajo, es que Elster asegur a que existe una importante relación entre las em ociones y la cr eación y el despliegue práctico de varias normas sociales. Esta relación, según el autor, muestra que la conducta individual de las personas respon de a las características generales de la vida so cial y que ésta vida so cial se encuentra configur ada por las emociones de las p ersonas.. Finalmente, Rorty ar guye que la política dem ocrática no debe aten der ún icam ente a los “sofisticado s argumentos racion ales”. Contrario a Haberm as, Rorty sostien e que la dem ocracia únicam ente puede estruct urar se en su forma contextual, y aduce también que la dem ocracia puede gan ar una completa lealtad de lo s ciudadanos a partir de un ethos dem ocrático que compren da la “la movilización de pasiones y sentimientos”.7. 5 6. Ibíd. Pág. 242. Walzer, Mich ael (2004), Razón, política y pasión. Tres d efectos del liberalis mo. Pp. 46–59..

(11) 11 La pregunta que orientó la elabor ación de este escrito, se relaciona con las actuales transformaciones de la política democrática. En este sentido, las ref erencias teóricas que guiaron esta in quietud son, ciertos textos de Nor bert Lechner, Fernan do Calderón y Mario Dos Santos.. Estos autores in dican que ha habido un descentram iento de la política a partir de la velocidad con la que avanzan ciertos procesos históricos tales como la modernización, la sociedad de mercado, el “cosmopolitism o”, las nuevas form as de comun icación e información, las transform aciones de las in stituciones, entre otros. De esta manera se ha modificado e in cluso m inado la comprensión inicial de lo político.. Estos cam bios han o bligado a reor gan izar el f uncionamiento de la po lítica democrática en torno a nuevas dinámicas y han incidido en la cultura po lítica de las comunidades, en los “mapas cognitivos” de las per sonas y en sus expectativas acerca de la democracia. 8. Lechner llam a la atención sobre la actual com prensión de po lítica y de dem ocracia. Para Lechner es im portante notar la diferencia entre democracia com o sistema normativo de organización y legitim ación del poder, y democracia com o el “abigarrado cam po de las din ámicas, interaccion es y con stricciones en que se deciden (o no) las po líticas dem ocráticas. ” 9 Esta últim a persp ectiva abarca la dim ensión de la política tal y como la entiende Mouffe, y permite preguntarse, si las aproximacion es teóricas so bre la democracia incluyen dicho elem ento, que como Mouffe in dica, com prende las pasiones y el antagonism o. 7. Ro rty, Rich ard (1993), D erechos hu manos, racionalidad y sentimentalidad . En: De los derechos hu manos . Pág. 127 . 8 Lechner, No rbert (1993), Nuevos perfil es. Pág.15 ..

(12) 12. De esta m anera lo que f ue una pregunta por los cambios en la democracia contemporánea, pasa a conv ertirse en un interés por identificar qué lugar dan Haberm as, Walzer, Elster y Rorty a las emocion es dentro de sus esbozos acerca de la po lítica democrática.. 9. Lechner, No rbert (1996), Porqué l a política ya no es lo qu e fu e? Pág. 7..

(13) 13 PRIMERA PARTE: PO LÍTICA Y EMOC IO NES. Aun que el principal interés de esta monograf ía, se concentra en com pren der qué lugar dan ciertos teórico s a las emocion es en sus esbozo s so bre la dem ocracia, resulta f undamental com prender qué im plica p ensar teóricam ente “lo político”, “la política” y f inalmente “la política dem ocrática” en r elación con las emociones.. Ciertas nociones como razón, irr acion alidad, poder, conflicto, consen so, antagonism o, etc., se han ido configuran do de cierta m anera a lo lar go de la historia, y se han llegado a com prender, bajo la forma específica del racionalism o, com o los elementos m ás importantes y referenciales de la dem ocracia liberal. No o bstante, Ch antal Mouffe, nos recuer da que dichas nociones son susceptibles de nuevas consideraciones, pues tanto el racionalism o, com o la misma política liberal-democrática, no han lo grado apaciguar la multiplicación de los conflictos étnicos, religiosos e identitarios que “de acuer do con sus teorías, habr ían debido quedar sep ultados en un p asado ya superado. ” 10. Mouffe in dica que el entusiasm o por ciertas form as de filosofía del der echo y de filosof ía moral de inspiración kantiana, oscurecieron la compren sión de “lo político ”, “la política” y “la política democrática”. Pues en ver dad nin guno de estos tres procesos escapa a una naturaleza conf lictiva en don de no es posible err adicar n i el antagonismo, ni las pasiones.11 Sin em bar go, en la medida en que exista el dominio de una perspectiva racionalista, individualista y un iver salista, la visión liberal ser á incapaz de aprehen der el papel que cum plen en lo político y en la política, dicho s elementos.. 10. Mouffe, Ch antal (1999), El retorno de lo político. Pág. 11 ..

(14) 14 Capítulo I: Lo político y la política. Este breve capítulo se concentra en examinar la tesis de Chantal Mo uffe según la cual, la política es el resultado de un proceso en el que se transform a el enemigo en adversario. Allí, las emocion es ganan un lugar relevante, pues no se agotan ni en lo político ni en la política. Para Mouffe lo po lítico no es un estadio indeseable y br utal de las relaciones humanas que culm ina con la po lítica, sino un proceso de tran sformación de las r elaciones sociales don de las emociones siem pre se manifiestan de dif erentes form as.. Con esta perspectiva, Mo uffe reacciona a las teorías tradicion ales que in dican que la política entendida com o la pacificación de las diferentes fuerzas, inaugur a la sociedad. Para Mouffe, la política no excluye el antagonism o ni el conf licto. En este sentido, las emociones son muchas veces el símbolo de una conflictividad inherente tanto a lo po lítico, com o a la política.. Es im portante entender la distinción entre lo político y la política. Am bo s términos com parten sus raíces etim ológicas en las palabras gr iegas pólem os, y polis. El prim ero implica el antagonismo y el conflicto. El segundo, “vivir con juntam ente”. En este sentido, lo político, va un ido a “la dim en sión de antagonismo y de hostilidad que ex iste en las relaciones hum anas,” 12 y se manifiesta en la div ersidad de relaciones so ciales, algunas de ellas son la enemistad y la confrontación. Por otro lado, la política “apunta a establecer un orden, a or ganizar la coex istencia hum ana en con diciones que son siem pre conflictivas, p ues están atravesadas por lo <<político>>. ”13 Basada en Elias Canetti, Mouffe muestra cómo el. 11. Ibíd. Pág. 11. Mouffe, Ch antal (1999), El retorno de lo Político. Pág. 14. 13 Ibíd. Pág. 14. 12.

(15) 15 sistema parlam entario explotó la estructura psicológica de los ejércitos en lucha y escenif icó un com bate que no se resolv ía con la aniquilación del enem igo, sino con la adop ción de la opinión de la m ayoría a la hora de decidir quién es el vencedor. 14. Mouffe nos perm ite ver entonces, que las em ociones no son ajenas a lo político, ni a la política, y que éstas se hagan presentes de diferentes maneras en el pro ceso de transformar el enemigo en adv ersario, pero que nunca desaparecen del escenario público. Las emociones, tienen lugar de cierta forma en lo político (vg., cuando un a persona o un gr upo social se siente y se com pren de com o enem igo de otro). No o bstante, dich as p asiones se configuran de form a distinta y se expresan de dif erente m anera en la política, pues en este proceso se apunta a un or den establecido entre adversar ios. En la política democrática las p asiones se manifiestan de formas distintas, p ues allí respon den a otro con junto referen cial del que se tiene en lo político o en la política.. Sin embar go, no resultaría viable considerar que “de cam ino entre lo político y la política dem ocrática”, debieran suprim irse las pasiones. Mouff e continúa citan do a Canetti: “el voto sigue siendo el instante decisivo, el in stante en que uno se m ide realmente. Es el vestigio del encuentro sangriento que se im ita de distintas m aneras, amenazas, insultos, excitación física que puede llegar a los golpes y al lanzam iento de proyectiles. Pero el r ecuento de votos pone fin a la batalla.” 15 Esta cita no s p erm ite identificar la existencia de ciertas em ociones detrás de la configur ación del voto como institución po lítica. Por ejem plo, la com petencia, los desaf íos m utuo s y el h eroísmo.. 14. Ibíd. Pág. 13. Elias Canetti. Masse et puissance, París, Galli mard , 1966 , p ág. 200. Citado en: Mou ffe Chantal. El retorno de lo político (1999), Pág. 13.. 15.

(16) 16 Esta com prensión de lo político y la política, muestra la relevancia del antagonism o y las emociones en las relacion es sociales. Pero además, dicho antagonismo, ocupa un lugar fun dam ental p ara la r epro ducción del or den político, p ues de hecho, r epresenta el carácter fun dacional de la com unidad po lítica. Lo político, ar guye Mo uffe, en tanto dim ensión de antagonism o y hostilidad, está f un dado en diver sas formas de exclusión y de relaciones de poder. Estas formas de distinción permiten la construcción de identidades, y de cierta forma política don de se afirm an diferencias y se establece la idea de los “otros”.16 Percibir el “otro” com o adver sar io y no como enemigo que pon e en r iesgo n uestra existencia, marca el contraste entre lo político y la política e implica una transformación em ocional.. La vida política, sea de enemigos o de adv ersario s, no puede prescin dir del antagonism o. Ni siquier a un a vida política de adver sarios que se escuchan y que llegan a consensos racionales, escapa a esta dimensión conflictiva de lo político que configura tanto “la acción pública com o la formación de identidades co lectivas.”17 En este sentido tanto el liberalismo com o el comun itarism o han cometido un grave error, p ues han dado un lugar residual a lo político.. Los liberales comprenden lo político com o un estadio que se supera cuando lo s hombres “bár baro s” se in scr iben en la sociedad por n ecesidad o de form a contract ual. Es el caso de los argumentos de Ho bbes, Locke y Rousseau principalm ente. El segun do grupo, es decir los com unitaristas, propon e una per spectiva de la política en la que prevalece el “vivir conjuntamente”. Dado este rechazo al pluralismo, los comunitaristas son incapaces de com prender como necesario el antagonism o en la sociedad.. 16. Mouffe, Ch antal (1999), El retorno de lo político. Pág. 15 ..

(17) 17 Las r epresentaciones de la política que se hacen liber ales y com un itaristas, excluyen mucho más que la latencia de lo po lítico en la configuración social. Se descarta, en esta medida, la relev ancia de combatir con vigor sobre las ideas, la posibilidad de cuestionar las bases del or den político, sea democrático o no, y la posibilidad de identificarse como igual o com o distinto de otro.18 Obv iar el lugar del antagon ism o en lo po lítico, excusa tam bién la tarea de revisar la política democrática y todo el proceso de la m odernidad. Ésta como un movimiento lleno de antagonismos y de pasiones antes de m anifestarse entre adv ersarios, se ha desarrollado muchas veces entre en em igo s.. Mouffe considera que en este sentido, la m odernidad debería definir se en el nivel político más que dentro de la esfer a propiamente política. “Pues es allí (en la m odernidad) donde las rela ciones socia les tom an form a y se o rdenan simbólicamente”. Y continúa dicien do: “En la medida en que inaugura un nuevo tipo de sociedad, es po sible ver en la m odernidad un punto decisivo de referencia. ” 19. Capítulo II: La política, el racionalismo, y el olvido histórico de las emociones. Desde h ace aproxim adamente cuatro siglo s, las tendencias predominantes han entendido las emocion es com o elem entos inadecuados para la com prensión de la política. En este capítulo dedicar em os nuestros esfuerzo s a mostrar en qué m edida el racionalismo como form a de reflexión, f ue moldean do la manera en que explicam os y compren dem os los fenómenos político s. Durante este lar go p erio do de tiempo, la historia y la teoría participaron de un m ism o proceso, el racionalism o. Esta co incidencia permitió por una parte, que la. 17. Ibíd. Pág. 16. Ibíd. Pág. 16. 19 Ibíd. Pp. 29 -30. 18.

(18) 18 política fuer a enten dida a partir de las herr amientas aportadas por la razón, y por otra, que ciertos elem entos que privilegió el racionalismo como el individuo, el establecimiento de normas univer sales y ver daderas, y la escisión entre r azones y emociones, se com pren dieran com o el ún ico cam ino legítimo de la experiencia política.. Existen algunas razones por las que hemos intro ducido este cap ítulo ( dentro de las consideraciones so bre lo po lítico, la política y la política democrática). Por una parte, por que es importante entender que la comprensión de la política con la que Mo uffe disputa, hace parte de una construcción histórica que dio lugar a cierto tipo de comprensión de la política don de se excluye el elem ento del antagonismo. Por otra parte, porque resulta importante com prender que así como el giro lin güístico dio lugar a nuevas aproximacion es teóricas durante el siglo XX, el racionalismo en un lar go proceso histórico, afianzó cierto tipo de com prensión de la política, cuyas bases em piezan a ser discutidas por dicho giro. Finalmente, porque exponien do la m aner a en que se afian zó el racionalism o enten dem os mejor la po stur a que toman frente a las emociones, los autores de la segun da sección de esta monografía.. Sin proponernos hacer una exhaustiva recon strucción h istórica de cóm o las emociones han ido sien do apartadas de la comprensión de la política, po demos ofrecer algunos elementos que m uestran cómo y en relación con qué procesos dich as em ociones se h an ido conceptualizan do como elementos irracionales, contenidos y domésticos en comparación con la vida política que se concibe com o racional, explícita y pública.. Para Michael Oakeshott, no es posible que la política surja a partir de “deseo s in stantáneos y princip ios generales”, por el contrario, ésta se conf igura durante la formación de diferentes.

(19) 19 tradiciones y comportamientos sociales. 20 Estas tradiciones, a su vez se conforman mediante arreglo s, que expresan ciertas com binaciones de deseos y principios que evolucionan en las com unidades, y que se relacionan con las voluntades de po der dom inantes. 21 La preferencia que se h a dado al racionalism o como forma de conocim iento, es la base teórica so bre la que se han con struido varias aproximaciones teóricas so bre el estudio de la política y la dem ocracia.. En su ensayo “El r acionalism o en la política” Oakeshott muestra que el mundo de la política, “siem pre tan profun dam ente m arcado por lo tradicional, lo circun stancial y lo transitorio”, ha sido fuertemente influenciado por esta tradición. El carácter del racionalism o, que priv ilegia la in dependencia de la mente y que responde únicam ente a la autoridad de la razón, se erige en oposición a otras nociones f undamentales para la vida política como lo tradicional, lo con suetudinario o lo habitual. En oposición a esto, el racionalism o so stiene que la actividad política tiene com o guía inf alible a la r azón hum ana y que “la ver dad de una opinión y la base “racional” de un a in stitución (no el uso) es todo lo que im porta.”22. El racionalismo, arguy e el autor, no reconoce en cam bio, la tradición y lo s prejuicios, a menos que sean in ducidos de form a conciente, “de m odo que cae con facilidad en el error de identificar lo consuetudin ario y lo tradicional con lo inm utable.”23 Aun que el conocimiento esté conformado por dos géneros distintos que se im plican en toda actividad gen uin amente científica; el técnico y el pr áctico, 24 el racionalism o glorif icó la parte técnica como el todo de la comprensión humana.. 20. Oakeshott, Mich ael (2000), El racionalismo en l a política. Pp. 13-16. Ibíd., Nietzsch e, Fri edrich (2002), La g enealogía d e la moral . 22 Oakeshott, Mich ael (2000), El racionalismo en l a política. Pág. 23 . 21.

(20) 20 Esta doctrina del conocimiento hum ano fue alimentada esencialm ente por filósofo s como Francis Bacon y René Descartes quienes se preocuparon prof un damente por la lentitud con la que avanzaba el conocimiento hacia el siglo XVII. En resp uesta a ello, sugirieron el uso riguroso de la técnica en la investigación científica com o “plan seguro” para com plementar la “debilidad de la razón n atural.” 25. La do ctrina del Novum Organon en Bacon, y el o bjetivo de la certeza en Descartes contribuyeron a la im plementación de la idea de la “sober anía de la técnica” en el conocim iento hum ano. La form ulación de cierto conjunto de reglas de com pren sión y de acción, se con stituyó com o el “m étodo infalible cuya aplicación es mecán ica y univer sal.”26 Para Oakeshott, el carácter r acion alista, no es sin embar go, responsabilidad de Bacon o de Descartes, sino más bien, de la exageración de las esperan zas del prim ero, y del olvido del escepticism o del segun do. 27. De esta manera, lo técnico, que se traduce en reglas de investigación, de observación y verificación, y que se materializa en principio s, in strucciones y máximas, oculta la parte práctica. Ésta sólo se p uede concr etar en el uso, y no se puede cono cer mediante la reflexión introspectiva. La práctica no puede plasmar se meramente en formulaciones técn icas contrario a lo técnico. Indica Oak eshott, que el conocim iento práctico tiene su expresión en una form a h abitual o tradicional de hacer las cosas, lo que frente al carácter técnico le da una aparien cia de imprecisión y en consecuencia de incertidum bre, de ser un asunto de opinión, de probabilidad antes que de v erdad.. 23. Ibíd. Pág. 23. Ibíd. Pág. 28. 25 Ibíd. Pág. 33. 24.

(21) 21 La Democracia, que es una forma de organización política, tam bién se alimenta de esta doctrina racionalista, y tiende a buscar solucion es r acionales a lo s acertijos práctico s que sur gen en la vida política. Todas las dif icultades en la política, que son de carácter eminentem ente “m undano ”, son para el r acion alismo “una sucesión de crisis, cada una de las cuales debe super arse mediante la ap licación de la razón.” 28 Esta Razón, que es p ara los racionalistas, capaz de resolver todos los pro blem as que se presentan en lo político y los que sur gen dentro de la po lítica, busca soluciones definitivas a los conflictos sociales, p ues su propósito es super ar, siempre, las circunstancias del mom ento.29. En el seno del racion alism o se priv ilegian pues, las pref erencias racion ales, que son coincidentes entre sí, y la política, que es comprendida como el lugar donde se hace manifiesto lo circunstancial y la discor dia, en este sentido se em pieza a implementar la imposición de una con dición uniform e de perfección so bre la conducta humana. 30 De allí la tendencia a enseñar que las emocion es son “irracionales”, p ues dichas aproximaciones a la política se sostienen en una lar ga historia que en señ a que el po der político va un ido al control de la razón (incluyendo el control sobr e las emocion es). 31. Esta tradición de la razón, con todas sus interpretaciones, tam bién ha logrado estruct urar se asign an do un espacio específ ico a las emociones. La po lítica debe excluir las emociones, por cuanto se les identifica dentro de ese “indeseado” ám bito “irracional”. Algunos autores que sirven para dar cuenta de la anterior idea, son Maquiavelo, Jeremy Bentham y Thom as Ho bbes (claves en los fun dam entos del an álisis de la política instr umental y el utilitarism o).. 26. Ibíd. Pág. 35. Ibíd. Pág. 36. 28 Ibíd. Pág. 25. 29 Ibíd. Pág. 24-25. 30 Ibíd. Pág. 25-26. 31 Calhoun, Craig. (2001), “ Puting emotions in their place” Pág. 49-50. 27.

(22) 22 Ello s in dican que la acción humana se in spira f un damentalm ente por pasiones, y que en este sentido, existe una gr an necesidad de domesticar las u organ izar las. 32 Tam bién el sociólo go Max Weber af irmó por su parte que las emocion es eran irr acion ales, y en esta vía, con cluyó que una con ducta racional no p uede ser emocional.33. No o bstante, la con strucción de todo este pensamiento racionalista, se h an establecido tam bién con varias resistencias. Como la de algunos rom ánticos y místicos, y m ás recientemente de soció lo gos, historiador es y antropólo gos que recuer dan que las pasiones figur an de m anera sustancial dentro de lo político y la po lítica. 34. De cara a las construcciones dualistas que oponen la r azón y las em ociones, algunos autores, en diferentes momentos, como Ro usseau, Alexis de Toqueville, Adam Sm ith, Nor bert Elias, entre otros, lograron establecer, ciertas categorías capaces cuestionar, e incluso de dar v uelta a los sup uestos que gen eran la anterior clasificación.. Aun que las prin cipales corrientes de la ciencia po lítica hayan dado un lugar pr ivilegiado a estos autores por sus explicaciones de los fenómenos po lítico s, se tiende a ignorar que dichos autores cim entan una parte muy im portante de dichas explicaciones en las emociones.. Ro usseau reaccionar á por ejem plo a estas diez opo siciones propias del racionalism o: Pensam iento frente a sentim ientos; mente frente a cuerpo; p úblico frente a privado; masculino ver sus fem enino; or gullo en oposición a ver güen za; lo controlado o lo indisciplinado; con cien cia frente a incon sciencia; superioridad o infer ioridad; externo frente. 32. Ibíd. Pág. 50. W eber, Max (1978 ) [1992 ], Econo my and Society: An Outline o f Interpretive Sociology. 34 Calhoun Craig . (2001 ), “ Puting emotions in thei r place” Pág. 49. 33.

(23) 23 a interno, e individual frente a gener al. Rousseau pondr á del lado de la razón lo inauténtico, artificial y represivo, y del lado de las em ociones lo auténtico, natural y expresivo. 35. Otros ejemplos que m uestran que algunos autores en distintos momentos históricos reconocen cierto lugar a las emociones en la política y en la democracia son Alexis de0 Tocqueville, Adam Sm ith y Norbert Elias.. Tocqueville, señ ala en “La dem ocracia en Am érica” que todas las causas que tien den al mantenimiento de la r epública democrática estadounidense p ueden resumirse en tres p untos: Prim ero, la situación p articular y accidental en la cual la Providencia ha colo cado a los norteam ericanos. Segundo, las ley es. Y tercero, lo s hábitos y las costum bres. 36 En torno a este último punto, Tocqueville in dica que dich as co stum bres y hábitos están conformados por dos elementos, a saber, lo s hábitos del corazón, y lo s hábitos de p ensamiento.37 Toqueville insiste en que es esencial para m antenim iento de la democracia estado un iden se, “todo el estado m oral e intelect ual de un p ueblo.” 38 Con lo que se hace explícito cierto reconocimiento de las emociones.. Adam Smith, considerado uno de lo s fun dadores de la econom ía y del liberalismo, es autor de una o bra m uy im portante en m ateria de sentimientos morales. Sm ith, ar guye que existen alguno s principios m orales inherentes al hom bre que le hacen interesar se por la suerte de otros, “y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aun que no derive de. 35. Ibíd. Pág. 52. To cqueville, Alexis de (2001), L a democracia en A méri ca. Pág. 278. 37 Ibíd. Pág. 287. 38 Ibíd. Pág. 287. 36.

(24) 24 ella nada m ás que el placer de contemplarla.”39 Por otra parte, insistió en la idea de que el conocim iento no es pur am ente intelectual, sino que implica la vida del hom bre en general. 40. Elias advierte que existe un vínculo entre “las formas de dom inación política y la configuración de r epertorios emocionales. ”41 Cada una de las transform aciones que se dieron en los conflictivos proceso s de formación de los Estado s europeo s, “se expresan y se apoyan, al m ism o tiem po, en cam bios del comportamiento, de la sen sibilidad y de las r elaciones sociales.”42 Estos cam bio s tendieron a distanciar los gr upo s h um ano s de sus necesidades naturales, y a r efinar lo s espacio s y objetos con los que ello s tenían que ver. Así, se f ueron interiorizan do diver sas formas de control social. 43 A pesar estos contrapesos, el racionalismo como doctrina del conocimiento se fortaleció de form a cont un dente desde el siglo XVII. Ello o bedeció a algun as inquiet udes por el avan ce del conocim iento y a algun as dinámicas y errores históricos tales como asumir la parte por el todo (i.e., la técnica por el conocimiento). Oakeshott sugiere por otra parte, que tres tipos de experien cia política que se presentaron en los últim os cuatro siglo s, tam bién facilitaron la consolidación del racionalismo y con ello, el olvido de las emociones. A saber, el ascenso de nuevos gobernantes, el sur gim iento de la nueva clase go bernante, y finalm ente, la aparición de la nueva sociedad política. 44. El ascenso de n uevos actores po lítico s, requirió que éstos transitaran un cam ino corto hacia la ap arien cia de educación política. 45 Los n uevo s e inexpertos prín cipes, com o aquellos para lo s que escribió Maquiavelo, n ecesitaron un libro cuyo contenido f uera capaz de 39. Smith, Adam (2004), La teo ría d e los s enti mientos morales . Pág . 49 Ibíd. Pág. 15. 41 Bolívar, Ingrid (2006), Discu rsos emo cionales y exp erien cias de l a política. Pág . 7 . 42 Ibíd. Pág. 7. 43 Ibíd. Pág. 7. 44 Oakeshott, Mich ael (2000), El racionalismo en l a política. Pág. 42 . 40.

(25) 25 “traducir” la experiencia de asumir los asuntos del Estado. Éstos requer ían un “adiestramiento político,” en síntesis: Un manual o “técnica p ara el go bernante que aún no tenía tradición.” 46. Por otra parte, el ambiente que po sibilitó la emergen cia de nuevas clases como la consolidación de los estado s europeo s, las guerras, las confrontaciones civiles, las revolucion es, etc., no dio lugar a que aquellos gr upos adquirieran una educación política antes de llegar al poder. Se necesitó entonces, una traducción. Una doctrina política que mostrara de algun a forma lo tradicional por medio de un con junto de principios abstractos que podían seguir se para “no fallar.” 47. Uno de lo s ejem plo s m ás evidentes que ilustran la anterior idea es el de Marx y Engels, “quienes formularon un com puesto para la instrucción de una clase po líticamente menos educada que cualquier otra que jamás halla tenido la ilusión de ejercer el po der político.”48 De la m ism a m anera, las n uevas sociedades políticas, se vieron influenciadas por el carácter racionalista que trajo consigo el panorama de la n uev a configur ación po lítica. 49. El predominio del racionalism o en el pen sam iento occidental, logró, entonces ganar un fuerte lugar en la comprensión de la m ayoría de las actividades h umanas, y de forma importante en la política. El ascen so de n uevas sociedades, con representantes po líticos no tradicionales, f ue el m arco favorable par a el af ianzamiento de un cono cim iento técnico que se difun día en “m anuales” y que se erigía en contra de la exper iencia tradicional y. 45. Ibíd. Pág. 43. Ibíd. Pág. 43. 47 Ibíd. Pág. 44. 48 Ibíd. Pág. 44. 49 Ibíd. Pág. 47. 46.

(26) 26 consuet udinar ia. Para Oakeshott, la política europea, “llegó a rendirse ante el r acionalista,”50 adquiriendo su form a teórica y su pro gram a técnico.. Capítulo III: De la política a la política democrática El presente capítulo preten de articular las con sideraciones so bre lo político y la política de los anterior es acáp ites, m ediante el con cepto de política dem ocrática que trabaja Chantal Mouffe, en su libro “El retorno de lo político”.. En contra de un a visión de lo po lítico que no com pren de el antagonismo y el pap el central de las emociones, Mo uffe resalta, que el con structo liberal, que sostien e que la política dem ocrática está basada en un acuer do r acion al don de no debe haber lugar para la exclusión, dep ende en gran m edida de la constr ucción de un a identidad que se erige en oposición a nociones tales com o “las pasiones”, “la práctica” “la tradición” y “la irr azonabilidad”. Por ello con sidera que un con cepto más acertado de política dem ocrática debería abarcar “las pasiones y la necesidad de movilizarlas con v istas a o bjetivos democrático s.”51. Como hemos visto desde el comienzo de esta sección, lo que car acteriza a la política dem ocrática, en tanto form a específica del or den político, es la instauración de una distinción entre las categorías de <<enemigo>> y de <<adver sario >>. En este sentido la política dem ocrática, no v erá en el opon ente un enemigo a abatir, sino “ un adversario de legítima existencia” al que se debe tolerar, pero que no o bstante, no puede hacer parte del cír culo de los iguales. 52. 50 51. Ibíd. Pág. 39. Mouffe. Ch antal (1999), El retorno de lo político. Pág. 11 ..

(27) 27 Mouffe ar guy e que esta relación con el “adversario” como antagonista y no com o igual, es la condición de existencia de la democracia, noción que se opone en gran p arte a las concepciones liber ales y comunitaristas. En la constitución de identidades co lectivas, don de se conso lidan posiciones diferen ciadas, tien e lugar el antagonismo. La confrontación so bre dif erentes signif icaciones hace parte de los princip ios dem ocrático s, de las prácticas y las instituciones en lo s que se cristaliza el combate político entre dicho s adv ersario s.. De esta manera, la autora critica una imagen de la política dem ocrática concebida como natural y evidente, o “com o el resultado de la evolución moral de la h umanidad. ” Más bien, se entiende que la dem ocracia consiste en un a con quista que hay que def en der constantem ente, en situaciones de confrontación dentro de un espacio común, y en don de todos aceptan el carácter particular y limitado de sus reivindicaciones.. 53. El racionalismo sublim ó tanto las concepciones universalistas, como la razón h umana dentro de la política. De esta manera dicho racionalismo puso en riesgo la política dem ocrática m isma, pues si se elimina el antagonismo que opera en las relaciones sociales, tam poco es posible reconocer “la especificidad de las luch as dem ocráticas de n uestro tiem po.”54. Mouffe reconoce la ex istencia de la plur alidad, e insiste en que ésta implica aceptar el papel constitutivo de la división y el conflicto, del po der y el antagon ismo. Por ello, es importante articular el sentido abstracto de la Ilustración con lo particular de las situaciones. Es decir, con las tradiciones, las con ductas, los pen samientos y lo s sentim ientos propios del. 52. Ibíd. Pág. 16. Ibíd. Pág. 19. 54 Ibíd. Pág. 31. 53.

(28) 28 horizonte de n uestro presente.55 La comprensión act ual de la dem ocracia no requiere entonces que lo esencial sea producir una apolo gía de la dicha dem ocracia, sino an alizar sus principio s, examinar su operación, descubrir sus lim itaciones y hacer reales sus potencialidades. 56. Para Mouffe, el intento del liberalism o político de hallar un pr incipio de un idad social basada en la racionalidad no p uede tener éxito,57 pues el plur alismo es inherente a lo p úblico, y tal como lo identifica el liber alism o, sólo tiene cabida en la esfera privada. Para aquel pensam iento, el ám bito de lo priv ado, es el lugar de las cuestiones controvertidas y de las emociones. En este sentido, todo ello debe ser elim inado de la agen da p ública en aras de crear las con diciones de un con sen so <<r acion al>>.. El problema esta con cepción liberal-democrática, radica en que el largo proceso racionalista de con strucción de la política anuló lo político y con ello la im portancia del antagonism o, la ex clusión y las tension es que se despliegan para alcanzar el dominio y la conquista del poder democrático. Mouffe plantea un a nueva comprensión de la política dem ocrática; en contra del liberalismo tradicional que se m uev e únicamente entre una política ética (intelectualidad) y económica (com ercio), 58 presenta un m odelo en el que se da cabida a las pasion es y al antagonismo.. La concepción racionalista de la política, propia del liber alism o, que dio lugar a una noción idealizada y racional de democracia, destruy e la dim ensión del poder, según Mouffe. Esta per spectiva perjudica tam bién la comprensión de la naturaleza de todas las r elaciones 55. Ibíd. Pág. 37. Ibíd. Pág. 161. 57 Ibíd. Pág. 189. 56.

(29) 29 sociales y niega “el papel predominante de las p asiones como fuerzas que mueven la conducta humana y las entidades colectivas.” 59. Todo lo anterior no s in dica que ni la política, ni la dem ocracia, con stituyen un dominio neutral “aislado de todas las cuestiones conf lictivas que existen en la esf era privada. ”60 Se plantea que más bien, que dicha po lítica democrática forma un espacio seguro don de se manifiesta el antagonismo y la diferencia. Allí lo s contendor es dejan de ser enem igo s y empiezan a configurar el bando de lo s adver sarios. En ese lugar “seguro” que sería la política dem ocrática, no desaparece el irreducible elem ento del antagonismo político, ni la dom inación y la violen cia, sino que m ás bien, se establecen ciertas in stitucion es a través de las cuales los antagonismos p ueden ser limitados y enfrentados.. 58 59. Carl Schmitt (1976), The Con cept of the Political. Pág. 71. Op Cit. Pág. 190..

(30) 30 SEG UNDA PARTE: EL LUGAR DE LAS EMOC IO NES EN LA PO LÍTIC A DEMO CRÁTICA. La concepción de dem ocracia “radical” que plantea Chantal Mouff e, in dica que las pasiones deben tener un lugar princip al en “la política dem ocrática”, pues esta se encuentra perm anentemente atravesada por “lo político”. Por ello, gran parte de esta sección se dedica a revisar la teoría política de cuatro autores contemporáneos, buscan do el lugar que cada uno de ellos da a dichas em ociones.. Si bien es cierto que corrientes com o las del liber alism o y el r acionalism o, influenciaron el pensam iento de im portantes teóricos de la política hasta bien entrado el siglo XX, tam bién es verdad que el “giro lin güístico” reor ientó notablem ente el p ensam iento y los esf uerzos por com prender las dinámicas de la po lítica, y esp ecíf icamente de la democracia.. El “giro lingüístico” sur gió en las prim eras do s décadas del siglo XX, a partir de la o bra del segundo Wittgenstein, la f enomenolo gía de Alfr ed Shutz, la hermenéutica de Gadamer y el pragmatismo de James Dewey. De éste so bresalen actualmente com o sus her ederos: Jür gen Haberm as, Hilary P utnam, Charles Pierce, Richar d Rorty, entre otros.. Un elem ento im portante de este m ovimiento es que toma distancia de la comprensión racionalista de los fenómeno s so ciales. El giro lingüístico rechaza la idea de que la v er dad sólo es posible cuando ref leja “hechos” del mun do, y en oposición al racionalism o, subr aya que los valores y las normas tam bién tienen valor de ver dad, p ues tanto hechos, v alores com o reglas son susceptibles de ser nom brado s.. 60. Ibíd. Pág. 190..

(31) 31 Para Wittgenstein, nuestra com pren sión se organiza en un lenguaje compuesto de reglas lingüísticas, situaciones o bjetivas y formas de v ida61. Y, aun que lo s dif erentes len guajes den mayor importancia a ciertos términos, que aluden a la estruct ura u objetivos de las com unidades (v g., “democracia”, “individuo ”, “comunidad”, “ética”, entre otras), dichos térm inos no pueden hacer r eferen cia a un ám bito que trascienda el lenguaje mismo, p ues son contingentes y se con struyen en el m undo so cial, esto es m ediante tradiciones, uso s y “juegos de len guaje”.. La influencia del giro lin güístico fue tan gr ande, que generó un auténtico cam bio de perspectiva cuyo resultado final es la sustitución de la filo sofía de la conciencia por una filosof ía del len guaje. Al m ism o tiem po, junto al descubrimiento de la prioridad del len guaje, va unido el r econocimiento de que el car ácter so cial e histórico de toda r elación intersubjetiva está mediada por símbolos.. Los cuatro autores que quer em os estudiar en esta sección son, o bien r epresentantes del giro lin güístico, o herederos de éste, aunque también adopten inf luencias de la tradición liberal. En este sentido, su compren sión de la política dem ocrática integra de cierta forma estas do s corrientes y da lugar, en mayor o m enor m edida, a las em ociones como elementos de la comprensión teórica del mo delo dem ocrático.. Esa será la tarea que nos aguar da en lo que sigue de esta monografía; dar cuenta del lugar que dan a las emociones en sus ideas so bre dem ocracia Jür gen Habermas, Michael W alzer, Jon Elster y Richar d Rorty.. 61. W ittgenstein, Ludwig (1988), Inv estigaciones Filosó ficas. Parág rafos 7-32 . Pp. 23-49..

(32) 32 Capítulo I: La democracia deliberativa de Habermas, un lenguaje sin emociones. Jürgen Habermas es uno de los pensadores m ás influyentes de la segun da parte del siglo XX e inicios del XXI. Este autor incorpora en sus p lanteam ientos las derivaciones epistem oló gicas de la filosof ía del len guaje, es decir, del giro lingüístico. Así com o también la corriente fenom enológica de Hegel y herm enéutica de Heidegger. En este capít ulo veremos por una parte, cuál es su pr incip al form ulación so bre la dem ocracia y, como segunda medida, qué lugar tienen las emociones en aquella.. 1.1. La dem ocracia deliberativa. La lect ura de textos como “Facticidad y validez”, “Conciencia moral y acción com unicativa” y “La in clusión del otro”, perm ite ver que Habermas se interesa, principalmente, en sustentar una visión norm ativa62 de la sociedad a través de un modelo de com unicación intersubjetiva que perm ita generar una con cien cia compartida de m undo.. Llam amos norm ativo a este planteamiento, porque m ediante la razón comunicativa Haberm as desea conseguir lo que él con sider a el principal objetivo que persigue el hom bre en el ámbito de la política y la democracia: Alcanzar acuer do s de forma racional para asegur ar la integración social. En este sentido, tales acuer dos implican que lo s hom bres se com porten y operen en virtud de una natur aleza com unicativa.. Habermas consider a que el avance de la dem ocracia debe enlazar el con cepto de legitimidad política y el de con sen so s racionales, pues allí tien e lugar la aceptabilidad de las. 62. Habermas , Jürg en (1999), La inclusión del otro. Pág. 241..

(33) 33 leyes y las norm as sociales. Éstas ley es se constr uyen en el parlam ento a partir de procedimientos r egulado s jurídicam ente, e incluyen tanto la deliberación de los parlamentarios, como el lenguaje glo bal de la com unidad que de forma deliber ativa conviene con la coor dinación de la acción política.. Como resultado, las normas deben poder expresar lo s deseo s y acuer do s de la com unidad política que, dado su carácter deliberativo, deber á ser cap az de traducir sus distintos intereses en “intereses susceptibles de ser univ ersalizados” 63.. Siguiendo a Haberm as, el “creciente consenso ” so bre der echos hum ano s y dem ocracia es una pr ueba de que el campo de lo univer salizable existe. Pues ciertas nociones (v g., ver dad, racionalidad y consenso), desempeñan en to das las len guas el mismo papel gr am atical, por div ersa que sea su interpretación.” 64 Haberm as defiende a partir de ello, la un iver salización de la democracia, pero recuer da que la legitim idad de ésta se debe “a la auto-legislación presuntamente racional de ciudadano s políticamente autónomos.”65. La deliberación es una actitud propicia a la cooper ación social, in dica Habermas. Esta condición deliberativa permite a los ciudadanos por una p arte, ser per suadido s m ediante el intercam bio de razones y argumentos acer ca de las dem andas propias y ajenas. 66 Y por otra parte, asentir con tres elem entos básicos para la dem ocracia: Primero, el Estado de derecho, que r espon de a los prin cipios de justicia deliberados en las cámaras parlamentarias. Segun do, los derechos h umanos, que aseguran que nin gún con sen so puede ir en detrimento de la vida o propiciar discr iminaciones. Y tercero, la soberan ía popular, que alcan za consensos 63. Habermas , Jürg en (1998), Facticid ad y Validez. Pág. 222. Ibíd. Pág. 273. 65 Ibíd. Pág. 45. 64.

(34) 34 racionales m ediante la argumentación y la reflexión conjunta. Dado s estos tres com ponentes, la democracia dar ía lugar a lo s der echos subjetivos, político s y sociales. 67. En síntesis, Haberm as preten de trascender la concepción liber al, en la que la acción política se orienta hacia el éxito individual, y la perspectiva comunitarista en la que el proceso democrático depende de las virt udes de lo s ciudadanos or ientados hacia el bien com ún. 68 Indica por su parte, que la cooperación y la estabilidad de la democracia sur gen cuan do los actores aceptan coor dinar entre sus p lanes y o bjetivos, y las sit uaciones y consecuencias que caben esper arse socialm ente. 69 Las situaciones y sus consecuen cias implican un proceso cir cular, pues el actor da lugar a ciertas circun stancias con sus propias acciones, y éstas son producto de las tradicion es en las que éste se en cuentra.. Con todo lo anterior, Habermas presenta un a política dem ocrática que amplía lo s espacios público s para deliberar so bre las acciones que debier an tomarse en aras de preserv ar los der echo s so ciales y culturales. 70 Estos espacio s de deliberación y reconocim iento (i.e., don de el lenguaje del espacio público inform al y el len guaje parlamentario se un en para posibilitar la dem ocracia), requieren cierto tipo de razón que permita dirigir el uso del po der adm inistrativo hacia determinados canales.71. 1.2. El dom inio de la razón y el lugar de las em ociones. 66. Habermas , Jürg en (1999), La inclusión del otro. Pág. 237. Vera, Ivonn e (2002), Modernidad, alterid ad y democracia en el pens amiento de Habermas y Rorty. Pág. 29 . 68 Op Cit. Pág . 238 . 69 Habermas , Jürg en (1991), Concien cia moral y acción co muni cativa. Pág. 157 . 70 Vera, Ivonn e (2002), Modernidad, alterid ad y democracia en el pens amiento de Habermas y Rorty. Pág. 39 . 71 Habermas , Jürg en (1999), La inclusión del otro. Pág. 244. 67.

(35) 35 Como hemos visto, Haberm as da un lugar pr edominante a la razón en su teoría so bre la política dem ocrática. Pero, ¿qué tipo de razón es la razón argumentativa? ¿Sería apropiado afirmar que Habermas maneja el térm ino “razón” de la misma manera que lo h icieron los racionalistas? ¿Tienen algún lugar las em ociones en esta noción? Para resolver estas preguntas, es im portante recordar que Habermas hace parte tanto de la Escuela de Fr ankf urt, com o del m ovimiento del “giro lin güístico ”. Éstas do s corr ientes determinan un tipo de razón m uy particular en el autor del que nos o cupam os.. Aun que la escuela de Frankf urt reproche a la r azón por destruir “la h umanidad que posibilita”, la razón sigue sien do reiv indicada por Habermas, quien so stiene que con ella se impulsan lo s diversos proceso s democrático s. 72 Haberm as, quien f ue en un primer momento heredero de la izquier da hegeliana, de Marx y de Nietzsche, confía en el discur so p úblico com o legitimador de las normas jur ídicas y del poder político. En este sentido, dicho discurso debe estar orientado por los prin cipio s de autodeterminación y autorrealización intersubjetiva. 73. La herencia del giro lin güístico, hace que Habermas ponga en el centro de su teoría el len guaje p ues ar guye que sin éste sería imposible que los sujetos interact uaran y se orientaran hacia fines com unes. En su teoría de la dem ocracia, Habermas so stiene la idea según la cual el len guaje aspira por definición a la comunicación. Ésta, así com o toda acción lingüística, se orienta hacia el enten dim iento. Y dicho enten dim iento se da, siguiendo a Haberm as, entre “iguales”, bajo la completa ausencia de la dom inación y de la coacción. En este punto conviene recordar que la teoría dem ocrática de Habermas, iría en contra de la democracia radical de Mouffe. Pues para ella, la estabilidad de la política dem ocrática se 72. Habermas , Jürg en (1996), La necesidad de revisión de l a izquierda. Pág. 1996 ..

(36) 36 basa en el antagonismo, la desigualdad, el po der y la ex clusión. Según Mouff e, Habermas es incapaz de com prender la central f un ción integradora que desem peña el conflicto en una dem ocracia pluralista. 74. Para Habermas, el uso del len guaje entre “iguales” presupone un a com un icación argumentativa y racional que se enmarca en las nociones de ver dad, 75 sinceridad, 76 y rectitud77. Dados estos requerim ientos, el hom bre se halla inmerso en un a racionalidad dialó gica y en un contexto intersubjetivo y pragm ático del lenguaje. 78. Descartado el concepto de ver dad como correspon dencia y el de r azón in strum ental, Haberm as sostien e concepciones distintas de ver dad y razón para h acer posible una reconsideración del papel de la democracia en la so ciedad modern a. Por ello, plantear á una teoría consensual de la ver dad y la teoría de la razón argumentativa.. La teoría con sen sual de ver dad sostien e que la “validez” de los enunciados afirmativos se argumenta racionalmente y no se da en r elación con un carácter "constatativo" o "afirm ativo" sobre lo s hecho s del mun do. Haberm as sostiene que n uestras af irmaciones no p ueden ser verdaderas o falsas, sino únicam ente justificadas o in justificadas. La justificación de los enun ciados se da a partir de consensos racion ales que tienen lugar en debates. Allí, los participantes ar gum entan y legitim an sus afirmaciones. La ver dad se basa entonces, en un modelo ideal de razón argumentativa don de, a través de los argumentos, los sujetos alcanzan con sen sos y orientan sus acciones al logro de objetivos. 73. Vera, Ivonn e (2002), Modernidad, alterid ad y democracia en el pens amiento de Habermas y Rorty. Pp. 8-11. Mouffe, Ch antal (1998), Deconstrucción y prag matis mo. Pág. 26. 75 En el caso que se hable sobre hechos en el mundo. 76 En caso qu e se d e cuenta del mundo subjetivo. 77 Para el caso de las no rmas morales. 78 Ibíd. Pág. 85. 74.

(37) 37 com unes. La verdad es entonces, intersubjetiva y se constr uye mediante acuer dos racion ales orientados por una r azón ar gumentativa. 79. La razón ar gumentativa, es el centro del planteam iento de Habermas. Pues es la base del entendimiento más deseable entre las per sonas. Haberm as llam ará a este entendim iento una “situación ideal del habla”, don de no hay “distorsiones” por factores contingentes, ni coacciones que entorpezcan un a distribución sim étrica de oport unidades en el proceso dem ocrático.80. Esta sit uación ideal del diálogo debe cum plir cuatro exigencias: Primera, que todos los participantes del debate tengan las m ismas oportunidades de expresarse. Segunda, que halla libertad de cuestionar y reflexionar sobre las pr etensiones de validez de lo que se dice y propone. Tercera, que todos tengan las m ism as oportun idades de exponer sus sentim ientos, actitudes y deseos. Y cuarta, que todo s p uedan intervenir p ara r egular el debate ( i.e., mandan do,. oponién dose,. perm itiendo,. prohibiendo,. prometien do,. con cedien do. y. exigien do). 81. Al cumplir se estas condicion es de la razón ar gumentativa, según Habermas, nos encontramos frente a una sit uación de acción com unicativa. Ésta implica que los participantes p ueden, libremente, examinar las preten siones de validez de aquello que se afirma o propone, dan do lugar a una política dem ocrática ideal.. 79. Berthier, Antonio E. Revista Obs ervaciones filosó ficas . N. 3 de 2006. Ibíd. 81 Ibíd. 80.

(38) 38 Si, como vim os, Habermas da un lugar a “sentim ientos, actitudes y deseo s” dentro de la razón ar gum entativa, debiéram os preguntarno s por qué el título de este cap ítulo in dica que el len guaje de Habermas es un lenguaje sin em ociones. En definitiva, esta teoría democrática parte del presupuesto de que siempre es posible hablar con el otro. Y so stiene que las com petencias de com unicación y ar gum entación son sim ilares entre todas las per sonas, además de que éstas tienen la misma cap acidad de hablar, expresar y act uar en un contexto seguro, libre y autónom o.. El m odelo dem ocrático contrafactual de Haberm as82, parte de un r econocimiento recíproco de lo s diferentes interlocutores par a poder constr uir la comun icación, a saber, “un nosotros” sobre bases racionales. 83 Fr ente a la violencia y la opresión, la racionalidad com unicativa con stituye la posibilidad de un entendim iento universal, que trascien de las propias relaciones sociales p articular es de las com unidades donde las emociones tejen la tram a tanto del Estado com o de la sociedad civil. 84. El lugar que Haberm as da a las em ociones dentro del len guaje es residual, a pesar que su com prensión de razón no sea la misma que tuvo lugar en el racionalism o entre los siglos XVII y XI X. Aun que la r azón de Habermas reconozca que el lenguaje debiera expresar tam bién “sentim ientos, actitudes y deseo s”, su pr etensión de superar el contexto m ediante un progreso so cial y m oral de orden racional, se desembaraza “de las determ inaciones particulares, y niega las p ertenencias y las identidades p ara acceder a un p unto de v ista don de r einar a el in dividuo abstracto y univer sal.” 85. 82. Vera, Ivonne (2002), Mod ernidad , alteridad y d emo cracia en el p ensamiento d e Hab ermas y Rorty. Pág. 10. Ibíd. Pág. 23. 84 Mouffe, Ch antal (1999), El retorno de lo político. Pág. 21 . 85 Ibíd. Pág. 22. 83.

(39) 39 Por otra parte, Habermas da un lugar quizá m ás importante a las em ociones dentro de las disp utas morales. Allí los sentimientos deben ser tenido s en cuenta, pues la obligación moral refleja el tipo de sentim ientos que tien e una com unidad.. En caso de que se efect úe una transgresión a las norm as, sur gen sentimientos como la indignación o el desprecio, la defensa o el resentim iento, la ver güenza o la culpa. También las pasiones afirmativas tienen lugar dentro del debate ar gum entativo, mostram os adm iración, lealtad o agradecimiento. 86 En este sentido, las em ociones son im portantes para constituir, enjuiciar y f undamentar las normas morales. 87. Habermas ar guye tam bién que “(…) la com prensión y la sim patía forman parte constitutiva de los fenóm enos m orales.” 88 En este sentido los sentim ientos son necesarios para que nos dispongamos a dialo gar y a mantener la confianza en el resultado del diálo go. No o bstante, las normas de dicho diálogo son de or den r acional, y ref uerzan junto a la razón el carácter de univ ersalidad que tiene la democracia.. La idea Haberm asiana según la cual las relacion es con los otros se deben orientar por nociones de recipro cidad y simetría, se debilita cuan do com prendemos a la luz de Mouffe, que la com unidad dem ocrática se ajusta en el antagon ism o y la distinción. No todas las com unidades, ni grupos de p erson as sienten por ejemplo, simpatía o confianza por el diálo go, pues n i todas las per sonas com parten los mismos r epertorios emocionales, ni el diálo go es la única dinámica propia de la política.. 86. Vera, Ivon (2002), Mod ernidad, alteridad y democracia en el pensamiento de Hab ermas y Rorty. Pág. 26. Habermas , Jürg en (1996), La necesidad de revisión de l a izquierda. Pág. 206. 88 Vera, Ivon . (2002), Modernidad, alteridad y democracia en el pens ami ento de H abermas y Ro rty. Pág. 27. 87.

(40) 40 Mouffe a in dicado que la po lítica democrática está atravesada por lo político, no o bstante, desde Habermas la m ejor forma de la política es aquella capaz de apaciguar, mediante razones y en m enor m edida, m ediante em ociones, el inher ente antagonism o y conflictividad que se pr esenta con lo s “otros”.. Capítulo II: Michael Walzer: Una interpretación realista de la dem ocracia. Michael Walzer, es actualm ente uno de los politólogo s m ás sobresalientes en lo s Estados Unidos. Walzer junto con Ch arles Taylor, MacIntyre y Sandel ha trabajado temas so bre teoría política y filosofía moral desde 1975. Particularmente se h a dedicado a compren der materias relacionadas con justicia, equidad, solidaridad, etnicidad y conv ivencia dem ocrática.. A pesar de ser un destacado comun itarista, Walzer no se opone al ideal político liberal de def ender y radicalizar la tradición democrática. Sin em bar go, ve en el com unitarismo “la más reciente y pro ductiva crítica del liber alismo,” p ues sólo so bre el p luralism o cultural y la afirmación de la diver sidad, es posible levantar un a só lida prop uesta política de carácter dem ocrático.89. Contrario al m odelo contrafáctico de democracia deliber ativa de Habermas, Walzer plantea un a im agen realista de la democracia. Atento a la din ámica propia de la sociedad moderna y la política actual, señala que lo m ás relevante de la política democrática son las asociaciones y no com o lo entiende el liberalismo, los in div iduos orientado s hacia fines com unes.. 89. Ibíd. Pp. 54 -55..

Referencias

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