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La nueva era atómica y su trascendencia social

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Academic year: 2020

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La Nu e va Er a

Tr a sce n d e n cia

At ó m ica y su

Social.

zyvutsrqponmlkjihgfedcbaXVUTSRPNMLJIHGFEDCBA

En este ensayo, que entregamos co-mo una primicia inéditíi a nuestros lec-tores, el Catedrático Titular de Socio-logía «le nuestra Facultad, doctor Ro-berto Mac Lean y Estenos analiza la trascendencia social de la energía

ató-mica que abre una nueva era en cuyos umbrales está viviendo actualmente la humanidad y cuyas perspectivas, en sus múltiples lincamientos, esboza el autor del presente trabajo. " L e t r a ! ? " lo reproduce como un aporto de nues-tra Facultad al estudio de uno de los problemas de inás palpitante actuali-dad y de más honda trascendencia en el desenvolvimiento histórico-social.

Vive la h um an idad una época crucial en el ritm o de su evolución m ult im ilen aria. Un mundo an t iguo declina con el séquito de sus ideas, sus in stitucion es, sus n orm as de con-ducta in dividual y colectiva y sus tem peram entos de vida. Y un nuevo mundo su rge con un presagio de au roras insos-pech adas. Est á la civilización en los um brales de una n ueva era, en el pórtico de una de las m ás ext raord in arias t ran

s-form acion es de su propia fison om ía. Ja m a s como ah ora ese cam bio fu é tan p rofu n d o y tan radical. Jam ás llegó, como el de h oy, h ast a las m ás h on das raíces de la sociedad, h ast a las en t rañ as m ism as de la cult ura, h ast a los cimientos que

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desde las p rofu n d id ad es del subsuelo soport an , con una fir -meza que h ast a ayer parecía inconmovible, toda la

estruc-t u ra de la con viven cia humana. ElzyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA átom o es el prot agon

is-ta de esis-ta tran sm uis-tación un iversal.

Desm in tien do a su propia etim ología, el átomo, por revolu cion arlo todo, se ha contradicho a sí mismo. El át om o ya no es átomo. Proven ien te del vocablo latino "a t o m u s" y éste, a su vez, de dos voces griegas ( a : sin ; tom e: d ivisión ) la concepción tradicional consideró al átom o como un corpúsculo prim ario, in fin it am en -te pequeño, química y físicam en -te indivisible y que constituía la h ipotética unidad de la m ateria. Los átomos form aban , de esta suerte, unidades quím icas irreductibles. Y la Quími-ca, den tro de esta concepción, estudiaba sus distintas com-bin acion es, la form ación de las moléculas con los átomos y el equilibrio y movimientos de éstos en aquellas. Así enten-dido el átom o, su desintegración, la separación de sus ele-m entos con st it ut ivos, se consideraba antes u n .d elirio de la im agin ación , una locura de los más audaces cultores de la ut opía.

Y la utopía empezó a hacer su camino en el cerebro de los filó so fo s y en la acción creadora de los sabios, en un largu ísi-mo proceso iniciado hace algunos miles de años, proceso que aún est á en plena m arch a, y en que se ejecutorían, una vez más, las leyes sociales de la unidad y de la continuidad de la cul-tura, en gran decida constantemente m ientras los milenios psan y las gen eracion es desaparecen. Es que, como lo afir m a-ra An at ole Fa-ran ce, ante la estatua de Ren án , en Trégu ier

'zyvutsrqponmlkjihgfedcbaXVUTSRPNMLJIHGFEDCBA o

( 19 0 3) , "la hum anidad realiza lentamente, pero realiza siem pre los sueños de los sabios".

Y azyxvutsrqponmlihgfedcbaZYVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA lo s f i l ó s o f o s de la an tigü e d ad g ri e g a h abían a f i rm a d o qu e la rm a t e ri a te n ía un a e s t ru ct u ra ató rm ica. D e rm ó

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-crit o y Leu cipo fu eron los prim eros en decirlo. Arist ót eles los im pugn ó y en las edades post eriores, bajo el despotism o

de su in flu en cia espirit ual, que los escolásticos pretendicr»zyxvutsrqponmlihgfedcbaZYVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA MI

h acer perdurable, tales conceptos fu eron com batidos y des-t errad os por con siderárseles absu rd os.

Solo en el siglo XV I I I el átom o va a ad qu irir

lenta-mente cart a de legit im idad cien t ifica.zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA Nez vton ( 16 4 2- 1727) ,

el descubridor de las leyes de la gravit ación u n iversal, de-fin íó también las que regían los m ovim ien tos de los átom os. Cien añ os m ás t arde el físico in glés Dalton ( 1776 - 18 4 4 ) , in vest iga los pesos atóm icos y act u aliza, de esta suerte, !a tan com batida t eoría atóm ica de que "t od o es hecho de par-tículas in sign ifican t es". Dulong y Petiot fu eron los prim e-ros en est u d iar y d efin ir el calor atóm ico. Desde ot ros án -gulos de la in vest igación cien t ífica, sin sospech ar siqu iera que la post eridad eslabon aría esfu er zos que entonces pare-cerían tan dispares e independientes, .el fr an cés Enrique Becquerel ( 18 52- 19 0 8 ) , al est udiar los Rayo s X, descubrió

por obra de la casu alid ad que el uran io emite radiacion es in visibles. Q uedaba com probada así, en m arzo de 1896, la exist en cia de la radioactividad. Post eriores experim en tos

dem ost raron que en el u ran io exist en 39 su st an cias con po-der rad ioact ivo.

Nu evas perspect ivas con tin úan abrién dose, en la se-gu n d a m itad del siglo pasado, p ara revolucion ar la física t radicion al. El in glés Th opm son , aut or de una hipótesis so-bre la arqu it ect u ra at óm ica, en con tró que los átomos esta-ban in t egrados por part ícu las aún m ás pequeñas que ellos, con car gas eléctricas n egat ivas, corpúsculos que m ás t arde

recibieron el nombre de "elect ron es". O t ro com patriota su-yo el físico Ru t h en for d ( 18 71- 19 37) » prosiguiendo est as in-vest igacion es, descubrió el núcleo del átom o —en el que luego

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en con t raría Ch arwich cargas eléctricas n eutrales— y logró t r an sfo r m ar , por prim era vez, un átomo en ot ro; y

conci-bió la t eoría de la estructura planetaria del átomo, que

en-con tró plena comprobación en los experim entos del danés zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA Bohr. El átom o se consideró, desde entonces, como un núcleo

con electrones que giran en órbita. Todavía no se sospechaba que est as transm utaciones fueran capaces de crear fu erza o en ergía. Pero va se había desvanecido la teoría de la sim-plicidad atóm ica. Ya el átomo no constituía una unidad quí-m ica irreductible. Resultaba forquí-m ado por partículas quí-más pequeñ as, es decir por cargas eléctricas positivas ("p ro-t o n e s") , por cargas n egaro-tivas (elecro-t ron es"), ambas envuel-t as en parenvuel-t ículas desprovisenvuel-tas de envuel-toda carga elécenvuel-trica

( "n e u t r o n e s") .

La lejan a utopía de otros siglos continuaba haciéndo-se cada vez m ás tangible. Pierre y Maric Curie lograron ais-lar el radium y comprobaron que, con1 el uran io y otros ele-m entos, se descoele-mpone cuando se eele-miten los ravos radioac-t ivos. El áradioac-tomo ya no era indivisible. Había conradioac-tra- contra-dich o su propio nombre. H abía dejado de ser átomo. Po-día, an t es bien, descomponerse y producir energía. En el ca-m ino cíe la en ergía, la ciencia hizo progresos sorprendentes.

El alem án Plañek, también en la segunda mitad del pasado siglo, a fir m ó que la en ergía de la radiación no era continua sin o que exist ía en pequeñas y exact as unidades, cuya me-dida se llam ó "q u an t a". Marcelino Berthelot estudió los prin cipios de la termodinámica e hizo los prim eros en-sayos de sín t esis química. Albert o Ein stein , autor de la teoría de la relat ivid ad , dedujo en sus ext raordin arias investigacio-nes, que la m asa puede convertirse en en ergía, en form a tan com pleta que no deja el menor rast ro t ras de sí, teoría ésta que debía ser r at ificad a m ás tarde por la bomba atómica.

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A principios de nuestro siglozyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA H. Gcigcr inventó los

a-parat os electrónicos —sa lva vid a s— que anuncian la pre-sencia y el peligro de la rad ioact ivid ad y sin los cuales no hubieran podido efect u arse ni los t rab ajos prelim in ares necesarios para la desin tegración del átom o, ni los experim en -tos previos que hicieron posible la bomba atóm ica.

En trascendentales experim en t os, al someter el átom o a los rayos X, el inglés Moseley ( 18 8 7- 19 15) , dem ostró que cada elemento tenía un n úm ero atóm ico d efin id o v que en-contraba su ubicación en la Tab la Periód ica form u lad a por

el ruso Mendelyecv ( 18 34 - 19 0 7) e in t egrada por 92 elemen-tos conocidos, colocados de acuerdo con sus pesos atóm icos.

El uran io debía prot agon izar los nuevos avan ces. Ma-dame Iren e Joliot , h ija de los Cu rie, jun t o con la rad ioact i-vida ar t ificial, descubrió teóricamente la fisión del uran io

o sea la división del átom o. Est a s experien cias las aprove-ch aría el italian o Pcrm i quien bombardeó el u ran io con elec-tron es, haciendo nuevos átomos art ificiales rad ioact ivos. En adm irable concatenación, estudiando sobre los experi-mento^ de Ferm i, el alemán Hahn encontró que uno de los elementos m ás ligeros, resultante de esos experim en tos, era el "b ar iu m ". Sin darse cuenta de ello h abía logrado la fi-sión o sea la divifi-sión del átomo. Fu é su colaboradora la doc-t ora Lise Meitner. au st ríaca de nacimiento y actualm ente ciudadana estadounidense, quien se percató de la incalcula-ble trascendencia de la fisión y realizó por prim era vez el

his-tórico experim ento de la desintegración del átomo, poniendo en libertad, de esta suerte, la en ergía que se contenía dentro de él. Ju n t o con esta m u jer eminente completan la unidad y continuidad cultural dos sabios am ericanos que aún no han llegado a los 50 años de ed ad : Lawren ce, n acido en 19 0 1, inventor del "ciclot rón " o sea el "superbom bardeador

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del át o m o "; y Oppenheimer, nacido en 1904, co-director —en com pañ ía de los dos últimos y de otros m ás— de los experim en t os epónimos que culminaron con la fabricación de la bomba atóm ica.

La últim a gu erra mundial se libró en todos los fren t es de la act ivid ad h um an a: en las líneas de fu ego, en la van-gu ar d ia y en la ret avan-guardia, en los campos y en las ciuda-des, sobre los surcos ávidos y entre el clamor de las usinas, en las escuelas y en los cuarteles, en la diplomacia y en el periodism o, en la vida m ilitar y en la vida civil; en el aire, en la t ierra, en el subsuelo, en el m ar, en el submar. En los labo-rat orios cien t íficos estuvo la última palabra. Norteam eri-can os, alem an es y rusos, en la febril actividad de sus gabi-netes físico-quím icos, procurando abrir nuevas perspecti-vas p ara la ciencia, buscaron el instrumento decisivo de la

vict or ia.—De allí salieron , por no citar sino los más impor-tan tes avan ces, los aviones sin piloto, las bombas cohetes, las su p erfort alezas volantes, el radar.

En agost o de 1942 el presidente Roosevelt, después de con su lt ar con el Secret ario de Gu erra Stimson y con el gene-ral Mar sh all, Je fe del Est ad o Mayor del Ejércit o, impartió una orden t rascen den t al: ejecutar el "proj'ecto del Distrito de Ma n h a t a m ". El Mayor General Leslie Groves fu é el encar-gad o de su realización . Mu y pocos sabían lo que sign ificaba esa denom inación "cam ou flad a". Inmediatamente se inició la con strucción de establecimientos especiales en armonía con el plan a d esarrollar. Y, tal cual se había calculado, con una a-proxim ación de seis días, se vencieron tres años de trabajos in t en sísim os, llevados a cabo con el. m ayor secreto posible. Má s de 900 con t rat ist as y algunos millares de sub-contratistas

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part iciparon en el empeño. Fu é gigan t esca, como es de supo-n erse, la labor de coordisupo-naciósupo-n de los t rabajos tasupo-n múltiples realizados con una sola fé, y en la que estaba, precisamente, ki ciencia y la m agnitud del secreto.

El 16 de ju lio de 1945 una tremenda explosión sacudió los desiertos de Alam ogord o, Nu evo México, en t ierras nor-team erican as. Ba jo los sign os del m ás rigu roso secreto mi-lit ar, n acía una nueva era p ara la h um an idad. Poco tiempo después, el 6 y 9 de agost o respectivam en te, explosiones an á-logas borraron del mapa las ciudades japon esas de H irosh im a y Nagasaki y dieron muerte a m ás de ciento veinte mil perso-n as ( 1 ). Así aperso-nuperso-nció su t rágico alum bram ieperso-nto la bomba ató-m ica. Br eves días ató-m ás t arde, el 14 de ese ató-misató-mo ató-mes, derrota-do por ella, el Mikad o pedía la paz y se rendía incondicional-mente a las arm as aliad as.

Alem an ia estaba ya muv cerca del descubrim iento de la bomba atóm ica cuando sobrevin o el derrum be n azi. Eos aliados en con traron en Kiel una instalación completa des-tin ada a producir la terrible arm a. No eran solo fr ases de pro-pagan d a las constantes am en azas de H it ler sobre sus "ar m as secret as". Lo s líderes m ilitares aliados —y nos referim os a la revelación contenida en la Revist a de las Fu erzas Aéreas del Ejér cit o Nort eam erican o, en su número correspondiente al mes

de ju lio últ im o— están acordes en a fir m a r que las Nacion es zyvutsrqponmlkjihgfedcbaXVUTSRPNMLJIHGFEDCBA

(1) La Asociación Médica Norteamericana de San Francisco ( U . S . A . ) fué informada oficialmente que las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki dieron muerte a ciento veinte mil personas. El Dr. Georgiev Lerov, miembro de la misión médica que investigó los efectos de la bomba atómica, informó a la Convención Médica, reunida en San Francisco, que en Hiroshima murieron 80 mil residentes, euarenticinco mil resultaron he-ridos y oclienticinco mil más necesitaron asistencia médica inmediata; y que en Nagasaki murieron cuarenta mil personas, resultando heridos veinticinco mil y cincuenta mil más con necesidad inmediata de asistencia médica.

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Un id as gan ar on la gu er r a en Eu rop a por un m argen ext r aor -di n an am en t e est rech o y que muy poco fa lt ó para que Alem an ia ga n a r a la com petencia cien t ífica y p rod u jera, an t es que nadie, la bom ba at óm ica, con la que hubieran hecho desaparecer todos los puert os de in vasión y hubieran reducido a In glat erra a lo que es ah ora Xa ga sa k i e H irosh im a. Afir m a n los expert os mi-lit ares que los n azis habían dispuesto ar m ar sus proyect iles V- 2 con bom bas at óm icas; que los hechos ad versos se precipit aron an tes que lograran fab r icar la prim era de ellas; y que, por eso, tuvieron que recu rrir, ya desesperada-m en te, al uso antieconódesesperada-m ico de las bodesesperada-m bas V-2 con explovos ord in arios, en su fr u st r ad o empeño de contener la ofen si-va aliad a a cualquier costo. Lo s bom bardeos aliados en las plan t as n azis de agu a-fu er t e en Noru ega y el sabot aje con-t in uo de los cien con-t íficos n oruegos recon-t ardaron los planes ger-m an os del d esarrollo atóger-mico. Ese ret ardo fu é decisivo para la vict oria aliad a, para la cult ura y para la hum anidad. Dijé-rase, de est a suert e, que una carrera cien t ífica, una porten-t osa com peporten-tencia en porten-tre la capacidad cread ora de los sabios aceleró el fin de la segun da contienda m undial. En esa t rascen den tal rivalid ad entre Kiel y O akbrid ge se estaba gest an -do el cu rso de la h ist oria y se ju garon los destinos de la ci-vilización y de la hum an idad. Mu y ot ra, para d esgracia su-ya , h u biera sido su suert e si los experim en tos de los labora-t orios de Kie l h ubieran culm inado anlabora-tes que los de O akbridge.

Cin co son las bom bas at óm icas que se han ar r ojad o h ast a h oy. La p rim era fu é, en vía de en sayo, en el desierto de Alam o go r d o ( U . S. A. ) . La segun da y la t ercera, en H i-rosh im a y Na ga sa k i, aplast aron d efin it ivam en t e el pode-río del Jap ó n . A d iferen cia de las tres p rim eras, que habían caíd o en t ier r a, la cu art a fu é lan zada sobre el m ar, en la

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la-gim a de Bikin i, Pacífico O cciden tal, el i9. de ju lio de 1946, ya term in ada la gu erra, p ara est u diar sus efect os dest ruc-t ores en una floruc-t a ruc-tripulada por an im ales —cu aruc-t ro mil raruc-t as blancas, doscientos carn eros en ferm os, doscientos cincuenta cerdos y ciento veinte raton es con predisposición al cán cer— colocada allí con ese objet o; e in vest igar sus con secuen cias radioact ivas en los organ ism os vivien t es.

Diez mil in strum en tos cien t íficos de observación y com-probación, abundando entre ellos los que se relacion aban con la distribución de la presión del calor y de las rad iacio-nes rad ioact ivas en la explosión at óm ica, se ut ilizaron en tan trascen den tal experim en t o. La últim a bomba, que fu é subm arin a, se hizo est allar el 25 de ese m ism o mes con el ob-jet o de est u d iar sus efect os en las un idades su bm arin as de gu er r a y sus con secuen cias rad ioact ivas en las m asas de agu a.

P a r a este experim en to la bomba atóm ica, sim ilar a la u-tilizada en la prueba an t erior, se en cerró en un cajón herm é-tico de horm igón arm ado, pendiente de un barco y su m ergi-do a nueve m etros de la su p erficie del agu a. Mecan ism os es-peciales de relojería impidieron que se prod u jera la explo-sión prem at uram en t e. A la h ora convenida, al producirse la explosión —al decir de los t est igos presen ciales— pareció que la bomba lan zara todo el m ar h acia el cielo. Su fan t ás-tico poder y calor con virt ió la lagun a de Bikin i en un calde-ro de llam as, humo y vapor. Millon es de toneladas de agu a, en im presionante ascensión alcanzó tres mil metros de altu-ra, en medio de un cielo resplandeciente y salpicado de peque-ñ as nubes blancas. Lu ego tal vez duran te veinte segundos, se m an t uvo aparentem ente in erte, dando la impresión de que estaba inmóvil en el aire. Después en un atron ador descenso, como si un techo ciclópeo se hubiese desplomado, cayó

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pesa-— Ó I pesa-— zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYXWVUTSRQPONMLKJIHGFEDCBA

clámente sobre la laguna, rebalsando completamente una pe-queña isla cercana a Bikin i. Las conmociones supersónicas subm arin as, avanzando tal vez a cinco mil piés por segundo, golpearon los buques blancos e hicieron temblar a los buques observadores, a dieciseis kilómetros distantes de la explo-sión. Un a gigan t esca nube de rocío radioactivo, de niebla y de espuma se extendió lentamente sobre la laguna de Bi-kini y se hizo impenetrable. Olas de siete a diez piés de altu-ra se desplazaron hacia afu ealtu-ra, desde el lugar de la explosión y fu eron a m orir sobre los arrecifes del borde interior de la gar gan t a coralina del atolón de Bikin i, a seis kilómetros de dist an cia. Los barcos blanco quedaron saturados con una m or t ífer a radioactividad, suficien te para hacerlos peligro-sos para cualquier tripulación durante un año, a menos que fu er an descontaminados art ificialm en t e.

La en ergía atómica no sólo interesa a los técnicos. La h um an idad entera vive ahora pendiente de ella. La desin-t egración del uran io, una de las susdesin-tan cias que condesin-tiene la bomba at óm ica, consiste en la ruptura de los átomos de es-ta su st an cia, provocada por el choque de los neutrones libres. Al rom perse el prim er átomo de uranio, bombardeado por un n eutrón , se desin tegra dejando en libertad a los neutro-nes que contenía, los que, a su vez, chocan contra los áto-m os vecin os, produciéndose así una desintegración en ca-den a, en fo r m a instantánea y violenta.

Se calcula que cada bomba atómica tiene una capaci-dad de destrucción equivalente a seis mil bombas explosi-vas corrien t es. Más destructiva que la explosión misma es la acción de los rayos X y de los invisibles Alph a Bet a, ra-yos n eutron es, provenientes de la bomba atóm ica, que solo

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aparecen durante el estallido atóm ico, pero son absorbidos por la m at eria sólida y provocan toda ot ra clase de rayos, for

-mándose así una zona de irradiación —m ort al para los or-gan ism os vivos— que el coronel St r a fo r d W arren , je fe del

personal de radiación en Bikin i, calculó h ast a en dos m illas de distan cia de la bomba con un espesor de dos mil pies de alt ura. Los seres vivos dentro de esa zona —h om bres y a-n im ales— que a-no perezcaa-n de ia-nm ediato por accióa-n de los rayos, mueren al cabo de algu n as sem anas por efect o de los mismos o quedan lesionados permanentemente por las quem aduras rad ioact ivas. Así se comprobó en H irosh im a y en Nagasaki.

En estas condiciones la en ergía atóm ica es solo aplica-ble a la destrucción . Pero la in teligen cia cread ora del hom-bre está ya en el camino de obtener la liberación de esa

ener-gía no con el caráct er instantáneo y violento que hoy tiene, sino en fo r m a lenta, grad u al y progresiva, para ut ilizarla en ben eficio de la hum anidad.

Desde el día en que la en ergía atómica paralizó la ma-qu in aria bélica y cesó los fu egos de la segunda gu erra mun-dial, se in iciaron los en sayos para la aplicación de esa en ei-gía en lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA producción pacífica de la post-guerra. Su objet ivo

supremo consiste en con vert ir el uran io o el torio en m at eria prim a y en ut ilizar como fu er za m otriz para fi-nes in dustriales la en ergía liberada en form a de calor. De es-ta suerte la fisión nuclear no será solo la terrible am enaza, suspendida a m anera de la espada de Dam ocles sobre la civi-lización sino también la dócil t rabajad ora al servicio de la hum anidad. Joh n A. W h eeler, p rofesor de física en la Un i-versid ad de Prin ceton ( Ne w Yo r k ) in form a del éxit o ini-cial de los experim entos cien t íficos encaminados a ellos y que culm in arán con la instalación de la prim era planta

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pro-chictoni de en ergía nuclear. Cuando ello se logre adven drá el equilibrio con structivo de la era atóm ica que ha hecho su aparición en la h ist oria, trayendo la paz y con ella la consoli-dación de la dem ocracia, pero planteándole también una dis-yu n t iva tremenda entre la an gustia y la esperan za.

La en ergía atóm ica abre, en efect o, dos posibilidades d ecisivas: o la destrucción iconoclasta, espiritual y m at erial, de t odas las fo r m as de la con viven cia humana o el progreso que acrecien t e, en dimensiones incalculables, el bien estar h um an o. El dilema es fat al. En uno u otro caso se

t r a n sfigu r a r á , en un Tab or laico, la fison om ía del orbe, en est a car r er a dram át ica entre la técnica y la vida. ¿La pri-m era va a an iqu ilar a la segu n d a? ¿Va , por el con trario, a p erfeccion arla, dándole n uevos bríos y n uevas floracion es? ¿ Po d r á con t rolar el gen io del hombre la fu er za inaudita que su sab id u ría ha lograd o desen caden ar? ¿Se r á arrollado por ella o ella le servirá p ara abrir n uevos y portentosos hori-zon tes en el presente y en el fu t u r o de la h ist oria h um an a? La oport un idad del descubrim iento cien t ífico de la de-sin t egración del átomo y del violento aprovecham iento de la en ergía que contiene ha m arcado su sign o indeleble en el proceso social de n uest ros días. Si el éxit o de los prim eros en sayos no h ubiera sido, como lo fu é, un t r iu n fo de la cien-cia n ort eam erican a, sino una nueva calidad de la ciencien-cia ger-m án ica; si los aleger-m anes antes que los ager-m erican os hubie-ran logr ad o poseer y dom in ar el secreto atóm ico ; si las . p r im er as bom bas at óm icas hubieran estrellado el

apocalip-sis de su m aravilla cósm ica, no en las islas japon esas sino en las b rit án icas, evidentem ente el mundo de hoy no est aría vivien d o b ajo la égida prom isora de las cu at ro libertades, que d efin ier a el verbo apostólico de Fran klin Délan o Roose-v-elt sin o b ajo el sign o t rágico de la swást ica, símbolo del

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"n u evo orden " que H it ler, en no pocos años de locura co-lectiva, trató de imponer en el orbe.

Y si el primer en sayo, en vez de realizarse en el desier-to de Alam ogordo, hubiera in terrum pido el silencio milena-rio de las estepas siberian as; si las bombas atóm icas en vez de tener alas n orteam erican as hubieran tenido alas sovié-t icas; si la segunda bomba no h ubiera caído sobre H irosh i-ma sino sobre Berlín ; y si el secreto de la en ergía atóm ica fu era el privilegio de la ciencia ru sa, ;l a paz hubiera sido la m ism a? ; La est ruct ura social de la post -gu erra hubiera sido la que se proyect a? ; N o h ubiéram os presen ciado tal vez la sovietización in tegral de la cult ura, de la con viven cia so-cial y de las múltiples expresion es de la vida h u m an a?.

El presente y el fu t u r o de la hum anidad se ha fo r jad o , pues, en esa t rayect oria de los experim en tos cien t íficos que descubrieron el aprovech am ien to de la en ergía atóm ica. Esa en ergía está ah ora al servicio de las dem ocracias. Es el se-creto m agn ífico que una de ellas posee actualmente.

Pe-ro en el orden cien t ífico no hay secreto duradePe-ro porque la cien cia no es ni puede ser el privilegio de un gru po o de un pueblo sino el patrim on io común de la hum anidad. Y no h ay, por lo mismo, t rat ad o internacional o convención di-plomática que sea eficaz para mantener un secreto cien t

ífi-co porque el genio creador del hombre, que se m an ifiest a en todas las latitudes, ha de con vert ir en letra m uerta tales dis-posiciones y ha de rom per los diques que traten de impedir la expan sión de su potencialidad. Así lo acredita la expe-riencia h ist órica de todos los tiempos. Ni la invención de la pólvora, ni la creación de las arm as de fu ego pudieron man-tenerse como el secreto privilegiad o de determ inados pue-blos. No hay claves eficaces p ara la acción múltiple de la cien-cia. Por eso los gran des descubrimientos cien t íficos

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perte-nocen a la h um an idad entera. El avión , las bombas cohetes, el r ad ar son de todos los países que puedan con st ruirlos. Con la en ergía atóm ica ocu rrirá lo propio. El secreto que hoy la en vu elve no podrá ser duradero. Los sabios soviéticos están em peñ ados en descubrirlo. Y lo con seguirán seguram en te en un plazo que tal vez podrá ser largo en relación con la da de un in dividuo, pero que no lo será en relación con la vi-da de un pueblo.

Con scien tes de su responsabilidad h istórica, los hombres de cien cia que t rabajaron empeñosamente en los laboratorios n ort eam erican os en la desintegración del átomo y que cono-cían su s terribles efect os destructores, le dirigieron un msaje al Presiden t e Tru m an , por intermedio del Departam en-to de Gu er r a, pidiéndole que no utilizara la bomba atómica con t ra el Jap ón sino después de haber demostrado al mundo su poder de ext erm in io en cualquiera de las lejan as islas del P a cífico y de haberle mandado un ultimátum al Mikado exi-gién dole la rendición incondicional y previniéndole las desas-t rosas consecuencias de prolon gar la gu erra. De esdesas-ta suerdesas-te la respon sabilidad hubiera caído por entero sobre el Im perio del Sol Nacien t e. Seten ta hombres de ciencia firm aban , en n om bre de la hum anidad, esa petición en tregada en el De-part am en t o de Gu erra de U .S.A. y sobre la que se puso el sello de "est rict o secreto m ilit ar". H ast a boy ignoran sus au-t ores si llegó a poder del m andaau-tario norau-team ericano. Lo ciert o es que no fu é escuchada.

El Ma yo r Gen eral Leslie Groves, que tuvo a su cargo la dirección de los t rabajos de la fabricación de la bomba ató-m ica, iató-m pugn ó el punto de vist a de los hoató-mbres de ciencia, en un rep ort aje aéreo form u lado por la Nat ion al Broad cas-t in gzyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA CQ. de New Yo r k , declarando que fu é inevitable

arro-ja r las dos bom bas atóm icas sobre el Jap ón que ya antes

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bía hecho caso omiso del Ultimátum de Postdam que le en-viaron las Naciones Aliad as; que seguramente hubiera menos-preciado el nuevo ultimátum norteamericano que pechan los cien t íficos; y que no se hubiera rendido tan fácilmente por-que se trataba de un pueblo por-que luchaba por su propia exis-tencia. Más aún. Agr ega el General que, a tenor de las de-claraciones vertidas por los oficiales japoneses capturados después de la rendición, el Mikado no tenía el propósito de deponer las arm as después de la cat ást rofe de Hirosh im a. Fu é indispensable, por eso, arrojar la segunda bomba en Na-gasaki para demostrarle al Imperio del Sol Naciente que los norteamericanos estaban resueltos a seguir utilizando la te-rrible arm a hasta obtener el objetivo supremo de la victoria.

No pocos hombres de ciencia, y con ellos apreciables sec-tores de la opinión pública estadounidense, creen que no debe subestim arse la responsabilidad asumida ante la historia por ios som bríos episodios de Hirosh im a y Nagasaki. El camino ha quedado abierto. Y se erizará de peligros para el mundo cuando el secreto de la desintegración atómica no sea, como lo es hasta ahora, el patrimonio exclusivo de la sabiduría nor-teamericana.

Un veterano de la última guerra mundial, reporteado por Th e National Broadcastin g C\ de New Yo r k, en la audi-ción radial nocturna del 13 de agosto del año en curso, decla-ró enfáticam ente que interpretaba el sentir efe los combatien-tes al expresar su rotunda disconform idad con las declara-ciones del general Leslie Groves y al apoyar el punto de vist a de los cien tíficos norteamericanos. Afir m ó que si hace más de un año, en el fr a go r de la contienda, se les hubiera preguntado a los veteranos sobre la conveniencia de lanzar la bomba atómica sobre el Japón , sin ultimátum previo, to-dos seguramente hubieran dado una respuesta afirm at iva.

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Per o agr egó que ah ora las cosas han cam biado al en terarse ellos de hechos que entonces ignoraban y que, por tanto, po-cos serían los que continuaban pensando lo mismo. Condenó ese vet eran o que los E. E. U. U. hubieran fab r icad o la bom-ba at óm ica sin conocimiento previo de su aliado soviético, al que solo se le in form ó sobre su exist en cia y su inmediata ut ilización en la Con feren cia de Postdam , días antes de que fu e r a lan zada sobre H irosh im a; y agregó que tal actitud ex-plicaba las suspicacias y los recelos de los Soviet s fren t e a los E. E. U. U. a part ir de entonces. Condenó igualmente ese vet eran o la ostentación de la bomba atóm ica, hecha por los E. E. U. U. en los precisos momentos en que se celebraba en P a r ís la Con feren cia de la P a z ; agregó que las pruebas de P>ikini con stituían un alarde bélico y una adverten cia que t ard e o tem pran o obtendría respu est a; pidió que se detuvie-ra la car r er a arm am en t ist a atómica y que no se fab r icar a una sola bomba m ás de esa n aturaleza. "¡ Que no baya m ás Biki-n is !" t erm iBiki-n ó dicieBiki-ndo ese veteraBiki-n o cuya voz difuBiki-n dieroBiki-n eBiki-n

todo el continente las radioem isoras n orteam erican as. zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA

La sociología del átom o es de incalculables proyeccio-n es. Com probad a está la iproyeccio-n flueproyeccio-n cia decisiva de la eproyeccio-ner- ener-gía at óm ica en la gu er r a. Esa en ergia precipitó el fin de la últ im a con tien da m undial. Su acción en la paz no será menos

t rascen d en t al.

Ea d esin t egración del átomo ha producido una revolu-ción científica. H a sido a m anera de un cataclism o para el an t igu o orden en las ciencias. H an caído por t ierra no pocas "ver d ad es a xio m á t ica s" que lo fun dam en t aban . Dijérase que la rad ioact ivid ad ha pulverizado los fun dam en t os del an t igu o ed ificio cien t ífico. El principio de la conservación

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de la m ateria, consagrado por Lavoisier desde el siglo XVI I I . ya no es un hecho incontrovertible. La realidad a-tómíca ha rectificado la hipótesis del padre de la Química, según la cual la suma de los pesos de los cuerpos que inter-vienen en una reacción es igual a la suma de los pesos de los cuerpos que resultan de la misma. Ya no existe, como antes se creyó, una barrera infranqueable entre la materia y el éter, vale decir entre la materia ponderable y la imponderable, o-posición que, con carácter irreductible, con sagrara la cien-cia hasta fin es del siglo pasado. El desquicien-ciamiento del átomo con el estallido de sus componentes electrónicos y la subsi-guiente tran sform ación de unos elementos en otros, han comprobado que más allá de la escala atómica la diferen cia-ción entre m ateria y la energía carece de fundam ento cien-t ífico. Los problemas cien-trascendencien-tales relacien-tivos a los concepcien-tos de materia y fu erza se desarrollarán en el porvenir de manera profundam ente distinta de lo ocurrido hasta hoy. Ni las más audaces concepciones cien t íficas de otros siglos hubieran po-dido sospechar la acción atómica de ah ora: la masa se con-vierte en energía en form a tan completa que no deja la me-nor huella tras de sí. He ahí uno de los m ilagros atómicos.

De incalculable trascendencia es el aprovechamiento de

la energía atómica en lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA Medicina. Con ella se proyecta dar

temporal radioactividad a las células sanguíneas del organ is-mo para combatir la acción de los microbios infecciosos. Así lo in form aron a la Asociación Norteam ericana para el Ad

e-lanto de la Ciencia, con sede en Wash in gton , los Dres. M. Blau , H . Sinason y O. Baudisch , éste último actual Direc-tor de Investigaciones de Sarat oga Sprin gs (julio, 19 46 ). La nueva medicina atómica am pliará el campo de la radiolo-gía. La s partículas radioactivas aportarán soluciones en el intrincado complejo del metabolismo humano. En los An

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ge-les ( U . S. A. ) se está ensayando el tratam iento de la en ergía atóm ica para com batir la enferm edad mortal de la leucemia. El Dist rit o Técn ico de Manhattan, que tan importante papel ju gó en el descubrimiento de la bomba atóm ica, ha empeza-do a dist ribu ir en los distintos Est aempeza-dos de la Unión Nort e Am erican a, los isotopos radioactivos obtenidos en los labora-t orios de O akbridge (Ten n esse) que eslabora-tán siendo ya em-pleados en t rabajos de investigación cien t ífica. Acaso allí se encuentre el principio de una nueva era para la terapéuti-ca. Est o s radiostopos podrán ser utilizados contra la diabe-tes, leucem ia, anem ia, caries dentales y ot ras en ferm edades.

Lo s isotopos son corrientes que al ser fision adas en hor-nos atóm icos se convierten en elementos radioactivos. Com-bin ados con otros elementos, inyectados en los cuerpos hu-m an os o vegetales y hu-medidos por los electrónicos "geiger " p ara gr ad u ar su intensidad, ellos pueden descubrir los pro-cesos vit ales y estudiarlos con una exactitud sin precedentes.

No es aven t urado afir m ar que tal vez en la medicina ató-m ica esté taató-mbién la clave de uno de los ató-m ás terribles enig-m as de la enig-medicina de todos los tieenig-m pos: la solución del pro-blema del cán cer.

Opinión gen eral de los peritos m ilitares, navales y aé-reos es que la bomba atómica ha alterado todos los concep-tos act uales de lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA ciencia de la guerra y que, por ende, las

gu er r as del fu t u r o —si las h ay— nada de común van a.t e-ner con las que, hasta ahora, han llenado no pocos capítulos en la h ist oria del mundo. No comparte, empero, de esta creen-cia casi un án im e, el m ayor Alexan der Seversky, testigo pre-sen cial de la prueba m arítim a de Bikin i. Adm it e él que "la

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bomba atóm ica es incuestionablemente el explosivo m ás eíiciente h asta ah ora in ven t ad o"; pero agrega que "sim plem en -te hace m ás complicada la gu er r a desde el punto de vist a - tec-nológico y, por lo tanto, m ayorm en te cost osa". O t ros conside-ran que el m ayor valor de la bomba atóm ica aérea está en su poder de am enaza. En Bikin i hundió 314,000 toneladas na-vales, cinco barcos de gu erra e inm ovilizó a siete, de los se-tenta buques —cu ya tripulación, en caso de ten erla, h ubiera perecido irrem isiblem ente— que fu eron anclados rela-tivam en te cerca, a 70 metros de distan cia el uno del ot ro, para experim en t ar el poder de la bomba en ellos. Ciert o es que nunca gu ard an tan corta distancia las unidades n avales de una flot a de gu erra, las que generalm ente se encuentran des-plazadas a dos m illas aproxim adas la una de la ot ra. Con sid era-ciones an álogas pueden plantearse en las pruebas at óm icas

subm arin as que atacan a los barcos en su punto m ás vuln era-ble, por debajo de su línea de flot ación .

Afr on t an d o las posibilidades bélicas del fu t u r o, las pruebas m arít im as de Bikin i no preocupan m ayorm ente a la Un ión Soviét ica que no es —com o los E. E. U . U . y Gran Br e-t añ a— una poe-tencia m aríe-t im a, ni ha con se-truido una gr an arm ad a. Bikin i podría in teresar a los rusos cuando ellos dispongan de la bomba atóm ica para ar r ojar la sobre las flo-tas de gu erra brit án ica o estadounidense.

Tam poco podría u sarse con eficacia la bomba atóm i-ca contra la in fan t ería sobre todo en aquellas zonas

ocupa-das por bandos beligeran tes con t rarios, ya que los efect os atóm icos serían los m ism os para unos y otros. ¿Com o sal-var entonces las vid as de los soldados com patriotas si están en la misma región que los ad versarios y es en esta región en la que estalla la destrucción at óm ica?

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-tos crít icos empalidecen ante el recuerdo dantesco de las ciu-dades niponas de Hirosh im a y Nagasaki. No hay ciudad en el mundo que resista el estallido de una sola bomba atómi-ca.

La gu er r a no solo es de la incumbencia de los estrate-gas. Con st it uye también un amplio dominio social. Ah ora la hace, la sostiene, la gana o la pierde la nación entera por-que, en los años de gu erra, todos los esfu erzos nacionales se coordin an hacia la consecución del objetivo suprem o: la vic-t oria. Tod a la vic-tácvic-tica de la gu erra se revoluciona con la e-n crgía atóm ica. Así como la pólvora revolucioe-nó ee-n otros

si-o

<dos la est rat egia bélica, desvalorizando totalmente a los cas-tillos feu d ales y a las arm as eficaces hasta entonces, así tam-bién la en ergía atómica, con su poder de destrucción, (explo-sión , calor, rad ioact ivid ad ), ha comprobado la absoluta ine-ficacia de los actuales métodos de gu erra y ha planteado, con los m ás som bríos caract eres, la necesidad ineludible de un reaju st e decisivo que for je nuevos diseños en los barcos, en las arm as, en la táctica, en la dispersión de las unidades na-vales de combate, en la protección de los combatientes y de las ciudades contra los efectos radioactivos, en el estudio de las corrien t es m arít im as por los que pueden difun dirse rápi-damente las radiaciones hasta contaminar las aguas de todo un puerto, en la est rat egia del fu t u ro y que utilice la energía at óm ica en la propulsión de los acorazados, en los aviones de gu er r a, y en la multiplicación de las arm as mucho más m o r t ífer as aun que las que hasta boy se conocen. Porque en el fu t u r o, las gu er r as atómicas —si las h ay— no se librarán en las líneas de fu ego, en las trincheras o en los campos de bat alla. Su escen ario serán todos los territorios de los pue-blos beligeran t es, los continentes enteros. Y se planteará a

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los países combatientes la misma disyun tiva que afr on t ar on , en los albores de la humanidad, las tribus en lu ch a: t riu n -fa r o desaparecer. Así concibieron la gu erra los prim eros grupos humanos en las épocas troglodíticas. No había ven-cidos sobrevivien tes. El grupo vencedor exterm in aba total-mente al grupo vencido, en la etapa inicial de la evolución co-lectiva, antes que la humanidad conociera la esclavitud, prove-niente también de la gu erra, en una segunda etapa preh ist órica, cuando los vencedores, no temiendo ya la reacción de los ven -cidos sobrevivien tes, les respetaron la vida, pero los esclavi-zaron para que t rabajaran en provecho de sus amos.

No h abrá tampoco vencidos sobrevivien tes en las fu t u -ras gu er r as atóm icas que, donde se produzcan , m ultiplica-rán las vision es del apocalipsis, uniendo así, a t ravés de las edades, en un origin al ricorsi, y bajo los sign os del odio y de la destrucción, el principio y el fin de la h u m an id ad ; y acre-ditando con ello que el hombre super-civilizado del siglo X X con serva, en el fon do de sí mismo, iguales instintos que alen-taron al hombre salvaje de la m ás remota preh ist oria, en la era m ítica en que, bajo el soplo del m isterio creador de la n at uraleza, su rgió en el mundo la especie hum an a.

Y la bomba atómica no es aún , apesar de tocto, el pi-náculo de la sabiduría destructora del hombre. Tod avía se puede ir muchísimo m ás allá. Por eso el General H en ry Ar -nold, del ejército estadounidense, afir m a que es posible la fabricación de una n ueva bomba atóm ica ante la que resulten in sign ifican t es las que se arrojaron en H irosh im a, Na ga -saki y Bikin i; que es fact ible la construcción de fort alezas vo-lantes sin piloto, capaces de car gar var ias bombas at óm icas; y que nada podrá entonces contener una "b lit z" atóm ica. La fabricación de arm as atóm icas m arch a aceleradam ente. Y

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el peligro se acentúa porque no m archan con igual celeridad' los empeños para someter a control internacional la en ergía proven ien te de la fisión nuclear. De esa pavorosa visión del fu t u r o debe su rgir sinembargo la afirm ación civilizadora de la conciencia internacional que elimine todas las posibilida-des de la gu erra. La t ercefa gu erra mundial no debe posibilida- desen-caden arse jam ás. Si ella estalla escribiría, con los m ás som-bríos caract eres, el último capítulo de la historia del hombre sobre la t ierra.

Ta l vez intuyó la era atómica An a tole Tran ce cuan-do, a prin cipios de este siglo y en una de sus visiones del fu t u r o , a fir m ó que después de muerto el último hombre "n u est r o planeta con tin uaría rodando, llevando a t ravés de los espacios silenciosos las cenizas de la humanidad, los poem as de Hom ero y los augustos restos de los m ár-moles griegos prendidos a sus flan cos h elados".

Creen algun os optim istas que la humanidad se deten-d rá al bordeten-de deten-del abism o, h orrorizadeten-da ante la posibilideten-dadeten-d deten-de un a cat ást r o fe de tal m agn it u d; y que, por ende, el arm a ató-m ica, lejos de estiató-m ularlas, evit ará las gu erras en el fu t u ro. Difícil de predecirlo. Ya el filósofo Spéncer, sin embargo,

al est u d iar las perspectivas idealistas de una paz perdura-ble. a fir m ó que ese anhelo no sería el resultado de la supe-ración m oral del hombre sino mas bien de "los inventos bé-licos que llegarían a ser tan terribles y destructores que la h um an idad, am en azada, renunciaría a las gu erras para no d esaparecer en una cat ást rofe m un dial". Tal vez la bomba at óm ica cum pla la previsión spenceriana. Y tal vez sea un in dicio de ello el empeño del organism o in tern acion al, repre-sen t an t e de las Nacion es Un idas, para resolver la grave cuestión que plantea la elaboración y la custodia de tan

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rrible arm a, a fin de mantener y consolidar, de esta suerte, la paz del mundo. Tod avía, empero, la en ergía atóm ica no ha pronunciado su última palabra. En esa palabra decisiva —paz o gu erra— está escrita la suerte de la civilización y de la humanidad.

En ju ician d o esta tremenda disyun t iva, el Presiden t e Tru m an , al recibir en julio de 1946 el título de Doctor en Derecho Hon oris-Causa en la Un iversid ad de Eord h am

(New Yo r k ) , subrayó las "n u evas y terribles respon sabi-lidades docentes que la desintegración del átomo ha impues-to a la cu lt u ra". "La civilización —d ijo enimpues-tonces el m an da-t ario— no podrá sobrevivir a una gu erra ada-tóm ica. Nad a si-no escombros quedaría en el mundo después de ella. Se h a-bría perdido defin itivam en te la esperanza de conocer la m ás importante época en la historia de la humanidad, una época en que se pueda dirigir la energía del átomo para el

progre-so de la misma y no para su destrucción. La ign oran cia y sus satélites —el prejuicio, la intolerancia y la descon fian

-za— son las que engendran las dictaduras y provocan las gu erras. No debemos olvidarlo. Por lo mismo esperemos que lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA educación llegue a obliterar la ignorancia que- amenaza

con producir la cat ást rofe. Corresponde, pues, a los plante-les de enseñanza facilit ar la comprensión entre los pueblos,

lo que es de especial importancia para la p az". Evocó Tr u -man, en esta oportunidad, la concepción del Presiden te Roo-sevelt, en el sentido de que la existencia de la civilización dependía del cultivo de la ciencia de las relaciones hum anas que capacita a los pueblos para vivir en arm onía. "Mien -t ras los hombres no aprendan a dominar esa ciencia —d i-jo Tru m an — la bomba atómica seguirá siendo el arm a ate-rrad ora que amenaza aniquilarnos a todos. Pero existe una

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d efen sa con tra esa bomba. Es la d efen sa de la tolerancia, de la com pren sión , de la inteligencia y de la reflexión . Cuan -do lleguem os a aprender estas cosas, nos será posible de-m ost rar que H irosh ide-m a no fu é el fin de la civilización , si-no m as bien el principio de un nuevo m un do: un mundo más p erfect o que el de an t es".

NozyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA hay .defensa posible contra el ataque atóm ico. La

inteli-gen cia creadora del hombre no siempre ha logrado in ven tar de inm ediato las defen sas contra las nuevas arm as m ort ífe-ras. Lo s sabios con fiesan su perplejidad y su impotencia pa-r a fo pa-r ja pa-r los elementos defen sivos ante una agpa-resión atómi-ca. Est a puede ven ir en dos fo r m a s: o el sabotaje o el ata-que aéreo. No es d ifícil ocultar los elementos atómicos en las ciudades, en las fáb r icas o en los centros de producción para h acerlos est allar en cumplimiento de un plan de sabotaje que podría in m ovilizar rápidam ente la viefa civil de un pueblo. ¿ Cóm o preven ir esa acción ? Un vigorosísim o control policial sobre las act ividades individuales y colectivas, una labor in-qu isit orial en la m arch a de los mercados y de las in dustrias, una in fat igab le pesquisa —que tendría seguram ente mucho de común con la Gest apo— no podría, apesar de todo, garan -t izar a la sociedad con-tra el sabo-taje a-tómico. No hay de-fen sa adecuada para ello.

Lo s hom bres de ciencia, aún los más optim istas y espe-ran zad os, tampoco vislum bespe-ran la posibilidad de una defen sa con t ra los ataques aéreos atóm icos. No exist e ningún siste-m a de alarsiste-m a para preven irlos. Es isiste-mposible detener, desviar o d est ru ir un avión o un tran sporte atómico an tes de que lle-gu e a su destino. No hay ningún medio para hacer estallar el proyect il atóm ico antes de que choque en el blanco. Todas las ven t ajas serían para el agresor. En el momento de la

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agresión el dilema no puede ser más t rágico para los at aca-d os: si se ocultan en los r efu gios antiaéreos serán acorrala-dos por la radioactividad; si salen afu er a los despedazará la explosión . En ambos casos, la muerte es segu ra. La d evast

a-ción no sería el episodio fin al del ataque atómico. A ella si-gue lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA radioactividad —asesin o in visible— que im pediría el

intento de las labores de salvamento y del socorro de la Cru z Ro ja. Aven t u rarse hacia la zona at acada, después de reali-zada la agresión , sería un acto suicida, por la superviven cia de la radioact ividad.

No cabe, pues, defen sa m aterial posible contra el ataque atóm ico. Por eso, desesperanzada de en con trarla, la civiliza-ción vuelve los ojos hacia otras form as de d efen sa, in spira-das en los sentimientos humanos. La única d efen sa que el mundo de hoy puede utilizar, en previsión de tales ataques, es la del control de la energía atóm ica. Todos los empeños de las gran des potencias se concentran en la consecución de esta fin alid ad suprem a, no exen ta, a su vez, de graves d ificu l-tades en el campo de las relaciones internacionales.

El problem a internacional de la en ergía atómica se plan-tea y debate en torno a dos principios fu n d am en t ales: el control internacional y la soberanía nacional. La diploma-cia estadounidense sostiene el prim er prin cipio; los Soviet s, el segundo. Es este uno de los asuntos de la post -guerra y que ha producido la m ás enorme griet a entre los Soviet s y las dem ocracias occidentales. Ru sia no acepta de buen grad o que los Est ad os Un idos de Nort e Am érica m antengan in-defin idam en te el monopolio del secreto atómico. Con si-deran que ese monopolio con sagra una superioridad

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indiscutibie de la gr an potencia que lo detenta sobre las dem ás gr a n -des potencias y en trega, en consecuencia, a un solo país el rum bo de la h ist oria. La s discusiones sobre el con trol in t er-nacional de la en ergía atómica en la Sociedad de las Nacion es Un id as han dem ostrado las posiciones discrepan t es e

irre-ductibles de Ru sia y de los E. E. U.U. zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA El plan norteam ericano para el control de la en ergía

at óm ica, presen tado ante el Con sejo de Segu rid ad de las Nacion es Un id as, consiste fun dam en talm en te en un sist e-m a de fiscalización eficaz sobre todas las exist en cias de u ran io, torio y sus derivados fusion ables, sin los cuales no puede producirse en la actualidad la en ergía atóm ica. Un organ ism o especial —"Au t o r id a d para el Desarrollo At ó-m ico" ( AD A) — con un personal in tegrado por expert os de m uch as naciones tendría derecho para continuar explo-ran d o el subsuelo, en busca de los citados m inerales y se con vert iría en propiet aria o con troladora de todos los de-pósit os en donde fu er an encontrados, en cargán dose también de la ext racción y refin ación de los mismos y de su entre-ga a las fá b r ica s para usos p acíficos e in dustriales (m ate-riales p ara m edicina, producción de fu erza m otriz, et c). EE. U U . a fir m a n la necesidad de lim itar la producción de los ex-plosivos atóm icos en las fáb r icas especiales de la AD A, las que, al igu al de las reservas de las "m at erias fision ables", serían d ist ribu id as en distin tas partes del mundo, p ara evi-t ar el peligro de que se encuenevi-tren en una zona cen evi-t ralizada.

Lo s esfu er zos n ecesarios para llevar al uran io y al torio des-de la m in a a la bomba requieren tal tiempo y exigen tal n a-t u raleza de plan a-t as y aca-tividades especiales que se descara-ta la posibilidad de que se conspire para fa b r ica r bom bas ató-m icas, con fin es bélicos en forató-m a oculta.

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En el Consejo de Segu rid ad de las Nacion es Un id as existe elzyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA veto por el cual, si lo form u la, cualquiera de las

cinco gran des potencias puede an ular cualquier acuer do aunque fu ere tomado por todas las demás restantes. Los Est ados Unidos plantean la necesidad de suprim ir el veto en el control de la energía atóm ica, a fin de que ese in st ru-mento jurídico no pueda encubrir a la nación que proyecte, con fin es destructivos, el uso de tal en ergía. El delegado norteamericano Bern ard M. Baru ch , fu n dam en t an -do esta ponencia, expresó elocuentemente: "La bomba no espera los debates. Dem orar puede sign ificar m or ir ". San -ciones efect ivas e inmediatas recaerían sobre cualquier na-ción que sea descubierta en posesión ilegal de una bomba atómica, del m aterial que pudiera usarse para su fab r ica-ción y cualquier fáb rica o proyecto con trario al plan de con-trol mundial de la energía atómica. Finalm ente el plan es-tadounidense contempla la form a como este país daría a co-nocer los datos que posee para la fabricación de la bomba atómica en etapas graduales y lentas, con form e vaya ase-gurándose que funcionan eficazm ente los distintos sistem as de controles que se establezcan.

Cinco peritos del Departamento de Est ado fueron los encargados de elaborar el plan norteamericano y ellos lo hi-cieron después de afron t ar la realidad y sus posibilidades. Dos minerales —el uranio y el t orio— form an las m aterias primas para la producción de la energía atómica, tanto la que se aplica a fin es pacíficos como la que se (festina a la fa -bricación de la bomba. Cabía entonces la posibilidad y el pe-ligro de que, en un momento dado, cualquier nación que es-tuviese autorizada para manipular esas m aterias prim as con fin es pacíficos, lo hiciera, a espaldas de toda autorización y sin que nadie pudiera evitarlo, con propósitos bélicos. Nin gún

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pacto in tern acion al podría controlar o evit ar, de esta su er-te, la fabricación de bombas atóm icas. La s n acion es, dentro de este sist em a, vivirían en un ambiente in tern acion al de pe-renne acech an za, recelos, sospechas recíprocas, temores y peligros.

Tam poco sería posible lim itarse a cast igar severam en -te al culpable después cíe haber arrojad o una bomba atóm ica porque ello equivaldría a en tregarle todas las ven t ajas al a-gr eso r y a no hacer nada para evit ar las gu erras atóm icas. Ta l estado con stituiría un permanente fact or de pert

urba-ción in tern acion al. Lo propio ocu rriría con laszyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA inspecciones internacionales. Ella no daría en la práctica ningún

resul-t ado posiresul-t ivo no solo por la in eficacia de resul-tales inspecciones an t e una nación dispuesta a eludirlas, sino también porque los inspectores difícilm en te poseerían todos los conocimien-tos p ara dom inar la técnica y correrían el riesgo de ser bur-lados con un simple cambio de los diseños para ocultar la verd ad era fin alid ad de los mismos. Er a necesario entonces que ese control estuviera ejercitado por los organ ism os cien-t ífico s in cien-tern acion ales, cien-tal como se concien-templa en el plan nor-t eam erican o, surgido así de la realidad viviennor-te. H a y quie-nes lo objetan afirm an d o que ese plan no garan t iza d efin it i-vam en t e la paz ni pone fin a las gu erras. Podem os replicar a fir m a n d o que es posible que la gu erra su bsist a; pero que, en cam bio, si el mundo adopta ese plan no volverán a haber m ás gu er r as atóm icas.

El plan soviético d ifiere del n orteam erican o. Ru sia no acept a la creación de un nuevo organ ism o o aut oridad in-t ern acion al para el conin-trol de la en ergía ain-t óm ica, conside-ran d o que esa respon sabilidad debe rad icarse en la actual Com isión de Con trol de esa energía, que fu n cion a como una Su b-Com isión del Con sejo de Segu rid ad de la O N U

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Es-te Con sejo está inEs-tegrado por once naciones. En la Sub-Co-misión participa, además, el Can adá. El plan ruso pone fu

e-ra de la ley del derecho internacional la fabricación y uso del proyectil atómico y declara que, en el plazo de tres me-ses, a part ir de la fir m a del tratado, deben destruirse to-das las reservas existentes de bombas atóm icas, lo que

con-t rascon-t a con el desarme gradual propuescon-to por los Escon-t ad os Unidos de Nort e Am érica. Asim ism o, impugnando las re-comendaciones estadounidenses sobre el part icular, los so-viéticos proclaman la necesidad de mantener irrevocables

las disposiciones sobre el veto en el Con sejo de Segu rid ad de las Naciones Un idas lo que equivaldría a impedir que se impongan sanciones a la nación que violara el régimen in-ternacional del control atómico, si una sola de las gran des potencias las vet ara. Si se m an tuviera el veto, en las deci-siones relacionadas con ese control, como ocurre con las de-más resoluciones del Consejo de Seguridad, se con vertirían en letra muerta todos los sistem as y todas las sanciones que pudieran adoptarse en el control de la en ergía atómica. Los Soviet s podrían tener cart a blanca el día en que sus sa-bios descubrieran el secreto de la desintegración de átomo.

La s discrepancias entre los Est ad os Un idos y los So-viets sobre la diplomacia atómica son fun dam en tales e irre-ductibles. La nueva griet a entre ambos países es, con este motivo, mucho más honda que las que produjeron el caso del régimen de Fran co en Españ a, el destino de Triest e que los Soviets querían vin cular defin itivam en te a Yu goeslavia, el reparto de las colonias italian as conquistadas por los an-glo-sajon es en el nor-oriente african o o las indemnizaciones de

gu erra que debe pagarle a Ru sia la exh austa It alia.

El General Charles De Gaulle, héroe y símbolo de la resistencia fran cesa en los días terribles de la invasión nazi,

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ap oya, con el prest igio de su nombre, el proyecto estadouni-dense sobre el control de la en ergía atóm ica. Así lo ha declarad o recientemente desde su retiro efe Bar LeDu c. Afi r -ma que n ada es ah ora tan importante para el mundo como la organ ización de la in vestigación , producción y control de esa en ergía, en for m a tal que jam ás sea utilizada para la des-t rucción y que, por el con des-trario, esdes-té al servicio permanendes-te del desarrollo económico-social. "N o olvidemos —agr egó el h eroico soldado— que tenemos con la humanidad deberes que est án por encima de los intereses de cualquier gobierno o n ación . Si no cumplimos con ese deber, un peligro de muerte se cern irá constantemente sobre todo ser vivo".

I-a voz con ciliadora de Fr an cia la ha llevado, oficial-m ente, el sabio Federico Joliot Curie, cuyo nooficial-mbre, cuyo

pres-t igio cien pres-t ífico y cuyas acpres-tuales acpres-tividades se vinculan ínpres-ti- ínti-m aínti-m en te a la en ergía atóínti-m ica. Solicit a el gobierno fran cés el est ablecim ien t o de una aut oridad internacional cuyos pode-res de con trol emanen y sean estipulados por la Asam blea Gen eral de la O N U . El Con sejo de Segu rid ad sería el ase-sor técnico de ese organ ism o internacional que resultaría respon sable ante el Con sejo de todas las violaciones a las re-gla s in t ern acion ales y de las actividades adm in ist rat ivas,

in h eren t es a su m isión con troladora de la en ergía atómica. "U n a de las d ificu lt ad es principales del problema —d i-jo con seren a clarid ad Joliot Curie, en un report aje publi-cado en "Le Mon d e" (24 de julio de 19 4 6 ) — reside en que act ualm en t e h ay una sola nación que posee el arm a atómica y con t in úa fab ricán d ola. Más esta nación sabe que de aquí a algu n os añ os, h abrá ot ras que probablemente serán capa-ces de llegar a fab r icar la. La delegación fr an capa-cesa desearía ver in t erru m pid a la fab ricación de las bombas atóm icas lo m ás rápidam en t e posible; y considera que la fir m a de un

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convenio para elim inarlas es fun dam en tal, pero ello debe es-t ar asociado al eses-tablecimienes-to de un organism o de cones-trol y de adm inistración, destinado a asegu rar la aplicación del convenio y a favorecer en el mundo el empleo pacífico de la energía at óm ica".

La intervención conciliadora de Fran cia logró que la Unión Soviét ica aceptara la fórm ula para resolver el pro-blema de Triest e, internacionalizándolo. Algun os observa-dores creen que el cambio de fren t e de la diplomacia sovié-tica fu é, m as bien, uno de los efect os internacionales de la bomba atómica, como lo fu é, según ellos, la aceptación ru-sa a post ergar por un año el debate sobre el asunto de las an t iguas colonias italian as y el haber aceptado la indemni-zación teórica de cien millones de dólares que deberá abo-narle, sabe Dios cuando, la nueva República de It alia. D ifí-cil será, empero, que en esta oportunidad las buenas intencio-nes de Fran cia logren con jugar, en el problema del átomo, las mentalidades y sobre todo los intereses tan opuestos de los rusos y de los norteamericanos.

No ocultan su desagrado ni la prensa ni los demás ins-trumentos de difu sión del pensamiento soviético y ello tie-ne especial importancia en un país "d irigid o" en el que nin-gun a expresión se hace pública, sin la previa aprobación, ex-presa o tácita, de los elementos gubernamentales. El perió-dico "P r a vd a ", órgan o del Part id o Com unista, ataca enér-gicamente la política atómica estadounidense, afirm an d o, entre otros conceptos, que las pruebas de Bikin i han m ina-do la con fian za en la seriedad y sinceridad del desarme ató-mico norteamericano porque ellas, antes bien, demuestran que no se t rat a de preparat ivos para destruir el arm a sino, por el contrario, perfeccion arla. La rad iod ifu sora de Moscú, haciendo ju ego a esta crít ica, consideró que "el experim en to

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de Bikin i es un acicate para la carrera arm am en t ist a con toda clase de arm am en t os" (ju lio, 19 46 ). Y su comentarist a de asu n t os internacionales I. Lem in a fir m ó textualm en -t e: "La niebla de la descon fian za y la sospecha cread a por la diplom acia atóm ica, todavía está obscureciendo los cielos p olít icos". "Lo s Est ad os Un idos están esforzán d ose por p r eser var el secreto de la en ergía atóm ica para u sarla como ar m a política. Desde aquel punto de vist a, no h ay equívo-co al decir que la prueba de Bikin i ha sido un paso h acia a-t r á s en el cam ino del ena-tendimiena-to y aquel desarrollo cien-t ífico escien-t á lejos de emplear la en ergía acien-tóm ica para fin es p a cífico s".

Est e estado de desarm on ia internacional entre las pro-p ias n acion es que con tribuyeron a gan ar la gu erra ha sido uno de los efect os inm ediatos de la en ergía atóm ica. No ol-vid em os también que las consecuencias de la radioact iol-vidad son de orden m ediato y que, no por eso, dejan de ser me-nos m ort ales. Recién , pues, ha empezado a escribirse —y no por ciert o bajo buenos au gu rios— el capítulo atómico del derech o in tern acion al.

El Con greso Fed eral de los E. E. U . U . aprobó una ley, p rom u lgad a por el Presiden te Tru m an , entregando el control del d esarrollo de la en ergía atómica —que hasta entonces cons-t icons-t uían un dom in io m ilicons-t ar— a una comisión civil.

El con trol de la en ergía atómica es un problema que es-capa a la jurisdicción nacional y adquiere dimensiones mun-diales. La cien cia, como la religión y el arte, no puede cons-t icons-t u ir el pacons-t rim on io de una sola nación. Tien e, ancons-tes bien, un caráct er in tern acion al. Cada avan ce cien t ífico es el re-su lt ad o de la con jugación de no pocas generaciones y, dentro de cada una de ellas, de sabios pertenecientes a muy varia-d as n acion alivaria-davaria-des. La t rayect oria que culminó con la varia-

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desin-t egración del ádesin-tomo ha r eafir m ad o esdesin-ta ley social sobre el in t ern acion alism o de la ciencia. Y así como los hom bres de ciencia de no pocos países aun aron sus esfu erzos en la libe-ración de la en ergía atóm ica, así también los est adist as de los

pueblos que tienen en sus manos los rumbos de la h ist oria deben colaborar ah ora para que esa en ergía, ya liberada por acción de los sabios, lejos de ser un instrum ento de ext er-minio, sea. antes bien, la realización m esiánica del bien est ar, del progreso y de la prosperidad humanos.

Si los Est ad os Un idos de Nort e Am érica gu ard aran , ava-ram ente, el secreto de la desin tegración atóm ica, estim ularían la rivalid ad cien t ífica de otros países igualmente adelan tados que, a plazo m ás o menos largo, llegarían también al descu-brim iento de esa t errible verdad. Fácil es predecir lo que ocur ocur iocur ía entonces en caso de un con flict o in teocurn acion al. Com -prendiéndolo así los E. E. U . U . han declarado que en t rega-rán , gradualm en t e, ese secreto a la hum anidad, en la medida en que se establezcan y garan ticen los sistem as del control atóm ico. La bomba atómica debe ponerse al m argen de las leyes internacionales. Pero eso no basta. El problema es m ás profu n d o y u rge afr on t ar lo en toda su dimensión. Y ello se obtendrá cuando, jun to con la bomba atómica y siguiendo la misma suerte que ella, se pongan también fu er a de la ley los prin cipios m aquiavélicos en el m anejo de los asuntos in ter-nacionales, la in t ran sigen cia de los egoísm os n acion alistas y en un ambiente de fr an ca cooperación internacional, sobre

las bases de la moral crist ian a, se afir m e y consolide la paz del mundo. Cuando adven ga ese estado espiritual en la humani •

dad, no h abrá ya peligro algun o en el uso de la en ergía ató-mica.

La en ergía atóm ica, al m argen de la polémica doctrin

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el Nuevo Mundo.zyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYXWVUTSRQPONMLKJIHGFEDCBA La previsión de los E. E. U . U . está

conside-ran do ya la necesidad de la defen sa efect iva del Canal de Pan am á con tra posibles ataques atómicos y admite que, pa-ra ello, se requiere el control estricto de una zona de mil seis-cientos kilóm etros a la redonda, desde el can al. Geogr áfica-mente esa zona comprende desde la Florid a h asta la isla Tr i-n idad ei-n el Ma r de las Ai-n t illas y desde Guatem ala hasta las Islas Galáp agos. Los peritos m ilit ares estadounidenses —n os r efer im os concretamente a las opiniones de los gen e-rales W illis D. Crit t em berg y Hubert R. H arm on y al Al-m iran t e Joh n F. Sh afr o t s, je fe s de la d efen sa del Can al de Pan am á, en la zona del Caribe, Sext a Fu erza Aérea y Sép-tim o Dist rit o Na va l— afir m an que la única defen sa contra las n u evas arm as es in terceptarlas antes de que lleguen a su destin o. Filo necesita de bases m ilit ares convenientemente apert rech ad as y precisará "la estrecha colaboración de Co-lom bia, Ecu ad or , el Per ú , Ven ezuela y todas las repúblicas cen t ro-am erican as y an t illan as". Ya sabemos lo que sign ifi-ca esa "colab oración ". Los países latin o-am eriifi-can os la brin-daron du ran t e la gu er r a, con evidente sacrificio de su pro-pia soberan ía y teniendo en cuenta que solo se t rat aba de un esfu er zo even tual en ar as de la vict oria común. Term in ada la gu e r r a , no ha desaparecido el peligro de un ataque al Ca-nal de Pan am á, por lo menos en hipótesis. Y en nombre de esa h ipótesis lo t ran sit orio va a con vertirse en permanente, qu iéran lo o no los países afect ad os.

Un o de los m otores de la evolución social es la econo-m ía. Si el m at erialism o h istórico no se h ubiera en castilla-do en el exclu sivism o de su tesis absorbente y se h ubiera li-m it ado a proclali-m ar la in flu en cia de los fact ores econóli-mi-

económi-cos en los procesos colectivos, su actitud sería inobjetable. Por q u e esa in flu en cia es evidente. En el en gran aje del

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acón-tecer h ist órico las t ran sform acion es económ icas provocan t ran sform acion es sociales y, a su vez, cada nuevo momen-to de la vid a colectiva en gen dra su propio régim en econó-mico. Pu es bien, la en ergía atóm ica, aplicada a las fu en t es

de la producción y a las act ividades de la in dust ria, va a pro-ducir seguram en te una de las revoluciones económ icas m ás trascen den tales en la h ist oria del mundo. Mucho m ás radi-cal que la provocada en la economía por la aplicación de la

fu er za m otriz autom otora, origen de la cult ura m ecánica. LazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA aplicación pacífica de la energía atóm ica tiene

pers-pectivas insospechadas. En la aviación puede obtener velo-cidades superiores a la del sonido, en un avan ce de cinco mil kilóm etros por hora y en aviones sin piloto, idénticos a los que, con m atem ática precisión, fun cion aron en el experim en -to de Bikin i. Fácil es colegir la trascendencia que ello ten drá en el com ercio internacional del fu t u ro. La en ergía atóm ica

revolucion ará los fun dam en tos técnicos de las operaciones en las t urbin as de gas y podrá utilizarse como fu en t e pro-pulsora para las unidades n avales, para m ovilizar m aquina-rias pesadas, para producir en gran des cantidades en ergía eléctrica, para t r an sfor m ar los terren os, el suelo y el subsue-lo subm arin os y acaso si las propias condiciones at m osféri-cas de determ in adas region es. Es innegable que la en ergía atóm ica tiene incalculables posibilidades como fu en t e de po-tencialidad in d u st rial; pero no es menos cierto que las previ-siones no deben ser, de inmediato, tan optim istas o ilusorias. Los técnicos calculan que la desintegración de un gram o de m ateria puede su m in ist rar una en ergía igual a la que desa-rrolla la combustión completa de trescientos mil kilos de car-bón. Pero no pensemos tan solo en los rendimientos. Pen se-mos en el costo. Y n uestro entusiasm o no est ará ya al rojo vivo cuando comprobemos que la desintegración de una libra

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de uran io cuesta aproximadamente cien mil dólares. Gran -des capitales se han de necesitar, por tanto, para el aprove-chamiento p acífico de la energía atómica, que, en consecuen-cia, por lo menos en la primera etapa del mismo, ha de estar ayu n t ad a a la acción de las empresas poderosas, al monopo-lio de los gran des trusts. Solo en una etapa posterior, que ojalá no esté muy lejan a, podrá obtenerse tal vez, si el pro-greso de la ciencia lo permite, el descenso en el precio de cos-to, con lo que se habrá liberado a la energía atómica del mo-nopolio capitalista. Solo entonces ella conseguirá el abara-tam iento en la producción industrial, lo que implica, a sn vez, la disminución de horas de t rabajo humano.

Sobre estas dos bases —abaratam iento en la pro-ducción y disminución de horas de t rabajo— puede organ i-zarse una sociedad m ejor que la de hoy. Aún dentro de la dialéctica m arxist a esta conclusión resulta aceptable. Sos-tiene el m arxism o que la just icia social será el producto de una t ran sform ación radical en la estructura económica de la sociedad. Ni las im aginaciones más at revidas concibie-ron , ni remotamente, la posibilidad de una tran sform ación tan p rofu n d a en la economía del mundo como la que se en-cuen t ra en cerrada en la en ergía atómica. Ella ha de aca-r aca-r eaaca-r , poaca-r tanto, junto con la aca-revolución económica, un cam-bio in sospechado antes en la con figuración de la vida in-dividual y colectiva.

La s experien cias atóm icas arrojan datos elocuentes que inciden en lazyxwvutsrqponmlkjihgfedcbaZYWVUTSRQPONMLJIHGFEDCBA dem ografía. In form es técnicos que obran

en poder del Departam en to de Est ado en W ash in gt on , ela-borados por los peritos que estudiaron las ruin as de H iro-shim a y Nagasaki, revelan que, a consecuencia de la radia-ción, se comprobó el aumento del índice de esterilidad en-tre los hom bres y m ujeres, así como numerosos casos de

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