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CAPÍTULO 4. MUJERES Que hicieron historia

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aría, la hermana de Marta; María la mu-jer que lavó los pies de Jesús con el per-fume de alabastro y aquella mujer de quien no tenemos su nombre pero que fue conocida por atreverse a tocar el manto de Jesús, hicieron historia.

Cada una de ellas hizo lo que los demás nunca hasta ese momento se habían atrevido a hacer. Mujeres que no hicieron caso a ninguna

im-posición del afuera, mujeres que desafiaron la

cultura y a la sociedad de la época y recibieron la mejor parte. Mujeres libres que mejoraron su calidad de vida e hicieron historia.

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Mujeres que supieron elegir la mejor parte. Mujeres que tuvieron opciones y eligieron lo mejor.

Sólo una mujer es verdaderamente

libre, cuando tiene opciones y puede

elegir.

El problema aparece cuando no tenemos opcio-nes en la vida y tenemos que hacer lo que se nos obliga, o no tenemos recursos para elegir otra cosa y así vivimos, de acuerdo a lo que otros nos imponen.

Ahora bien, muchas mujeres a pesar de tener opciones, viven y deciden vivir bajo una liber-tad condicional.

Teniendo la posibilidad de elegir lo bueno, eli-gen lo malo. Mujeres que se sienten bajo cus-todia permanente, vigiladas; mujeres con un sistema rígido de pensamientos o normas, que viven controladas internamente.

Creen que no pueden salirse ni un milímetro de ese sistema, porque si lo hacen se sienten cul-pables. Saben que pueden elegir lo mejor, pero no se atreven a buscarlo porque sienten que eso

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“es para orgullosas”, “no es espiritual”, “no es de Dios”, y por lo tanto esa norma humana las termina encerrando otra vez en una cárcel. Por eso querida mujer, necesitamos aprender a distinguir qué es lo que está dirigiendo tu vida:

¿una regla humana o una regla divina?

Cada vez que te rija una regla humana vas a tener un código interno negativo; por ejem-plo cuando cumplís

años, alguien segu-ramente te pregun-tó:- “¿qué querés que te regale para tu cumpleaños?”

Y vos, ¿qué le dijiste?

...”Lo que quieras”, “lo que a vos te guste, me da lo mismo, mientras te acuerdes de mi cumplea-ños…”, “cualquier cosa, nada”.

Pero dijiste eso porque cada vez que tenés que elegir se activa dentro tuyo un código negativo que está metido en tu alma, “el código de la su-misión”.

Sólo una mujer es

verdaderamente libre,

cuando tiene opciones

y puede elegir.

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¿Por qué las mujeres aceptamos la

sumisión?

El miedo básico que las mujeres sentimos de que nadie nos quiera, hace que cada vez que tengamos que relacionarnos con los otros, nos pongamos por debajo de ellos y nos someta-mos. Pensamos que tenemos que ser buenas, sumisas, que no debemos ser exigentes, que no podemos enojarnos, y que tenemos que ser mu-jeres buenas, calladas y obedientes.

Y no nos damos cuenta que cuando vivimos bajo ese código negativo, empezamos a enfermarnos mental, física y espiritualmente. Y este mismo estado hace que nos determinemos a vivir en un bajo nivel de vida.

Te dijeronque te iban a querer mientras menos molestes, mientras menos ruido hagas; mien-tras más tranquila estés y menos problemas traigas. ¡¡No!! Quisieron anclarte en el

síndro-me de la perpetua insignificancia. Y así creas que nada bueno puede pasarte, que es mejor si pasás desapercibida para vos misma y para los demás.

Hoy se habla de “ninguneo”. Es un término

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te hablo, no existís; no te escucho porque estoy

ninguneándote.

Sin embargo, si esta es tu realidad mu-jer, ¡podés quebrarlo!

Hagamos un poco de historia y veamos cómo estas tres mujeres de las que te comencé a ha-blar cambiaron sus vidas.

1. María, la mujer del frasco

de perfume.

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.Cuando vio esto el fariseo que

le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces

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respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respon

-diendo Simón, dijo:

Pienso que aquel a

quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Si

-món: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha re

-gado mis pies con lágrimas, y los ha enju-gado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdona

-dos, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también per

-dona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

Sin embargo, si esta

es tu realidad mujer,

¡podés quebrarlo!

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Los primeros que reaccionan y que aplican el

ninguneo son los discípulos; creyendo que la mujer había hecho una tontería. Pensaban que ese frasco podría haberse vendido para dar de comer a los pobres. Los discípulos no la tuvie

-ron en cuenta.

Por eso, recordá: cada vez que te digan que hiciste una tontería están

ningu-neándote.

Pero Jesús sí te entiende. Lo mismo sucede hoy. No esperes que los demás te entiendan; no necesitás ser entendida. Sé sabia y elegí la me-jor parte y así como esta historia fue contada en memoria de lo que esta mujer se había animado a hacer, así será contada tu historia.

Aquí en esta historia, como en tu vida, Jesús no quiere ser el protagonista, sino que anhela que lo seas vos. Él será quien te exaltará aunque otros quieran negar lo que hacés o quieran ver como poco lo que hiciste. Serás vos la protago-nista de la historia.

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2. María y Marta: ¿vos con

cuál de las dos te identificás?

Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se lla

-maba María,la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocu

-paba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será qui -tada.

María no podía ni quería perderse la oportu-nidad de que el Maestro le enseñara, por eso es que dejó todo lo que estaba haciendo para aprender de Jesús.

Pero, por otro lado, Marta dijo: -“hay que aten-der a Jesús”.

Sin embargo, en ese instante, Marta tuvo dos opciones.

Ella pudo haber elegido estar con el Maestro, pero eligió estar en la cocina. Ella contaba con

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las mismas opciones que María; sin embargo no eligió la buena parte. Pudiendo elegir lo bueno, eligió lo mediocre.

Ella misma estaba ninguneándose, estaba boicoteándose para no elegir lo bueno.

Quiero decirte que mientras que vos si-gas ninguneándote,

negando el lugar y el reconocimiento que Dios te dio, te vas quedar en el lugar

privado y no en el lugar público.

Si no te reconocés como una mujer con dere-chos porque tu ley interna no te lo permite, vas a seguir actuando como Marta.

Jesús quiere que sepas que cada vez que te nie-gues, Él va a venir a tu vida para ubicarte y re-cordarte que hay una buena parte para vos que todavía no elegiste, que es tu derecho y te co-rresponde.

Hay un pensamiento mejor, hay una revelación de Dios mayor, hay una casa más grande, hay un auto más moderno, hay más amor para tu familia, hay una parte mejor; ¡atrevete a elegirla!

Dios te pondrá como

protagonista de tu

historia delante de

todos los demás.

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¡Hay algo mejor para tu vida, querida mujer!

3. La mujer que tocó el manto.

Una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque de

-cía: Si tocare tan solamente su manto, seré sal

-va. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblan

-do, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho sal

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Esta mujer, enferma por muchos años, se acer-có a Jesús que caminaba rodeado de una gran multitud, y tocó su manto.

Jesús preguntó quién lo había tocado; y los discípulos, que seguramente habían visto a la mujer, la ningunearon, pero Jesús les dijo que alguien lo había tocado y quien fuera todavía no se había dado cuenta del poder que tenía.

Jesús dijo que por su gran fe le había arrancado poder, y por eso quería verla cara a cara.

Mujer, ¿sabías que hay un poder dentro tuyo que todavía no te atreviste a reco-nocer?

Es un poder como el de esta mujer del relato. Y si vos te atrevés a reconocerlo, Jesús va a citar-te a una reunión para citar-tenercitar-te cara a cara, para mirarte de frente y decirte: “Querida mujer, tu fe te ha salvado, tenés fe para arrancarme todos los milagros que estés necesitando para vos y los tuyos”.

Hay algo dentro tuyo que puede

arrancarle milagros a Dios.

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No pases más desapercibida.

Dios tiene abundancia para darte, no tiene que sacarle a nadie para darte a vos. Si Dios dijo que todo es tuyo tenés que empezar a elegir lo me-jor y disfrutarlo.

El Señor quiere ver tu rostro, el rostro de una mujer valiente. El Señor reconoce las cosas que pasaste donde nadie te reconoció, no tengas temor.

María tenía miedo de sen-tarse a los pies del Señor, porque no sabía su reac-ción, sin embargo, igual lo hizo.

La mujer del manto tenía miedo por eso fue agachada a tocar el manto de Jesús en medio de la multitud. Sin embargo, igual lo hizo.

María, la mujer del perfume de alabastro tenía miedo de ser repudiada, pero nadie pudo dete-nerla ante la bendición que estaba delante de ella.

No pases más

desapercibida.

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Estas tres mujeres como vos y yo supieron que cada vez que somos capaces de accionar a pesar de nuestro miedo, un milagro está por llegar a nuestra vida.

Cada vez que te atrevés a decir: “no importa, sé que tengo miedo a esta situación, pero voy a decidir por lo que quiero, voy a decidir por lo mejor”; tu vida empezará a ser transformada, porque dejás de ser sumisa para empezar a ser una peleadora de aquello que comenzás a ac-cionar.

La sumisión no está en tu genética,

la sumisión está en la cultura.

Jesús reconoció las acciones de estas mujeres, salió a defenderlas. ¿Podés imaginarte la reac-ción de ellas...? Respiraron.

Vos también podés hacerlo. Comenzá a hablar, no te mantengas a un costado de la vida. Hablá de aquellas cosas que tengas ganas de hablar, de aquello que callaste por tantos años, compartí, hacete presente en el mundo de los demás, en

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Identidad:

Mujeres que saben elegir “La

me-jor parte” para sus vidas.

tu propia vida. Empezá a tener autoridad, que tu voz sea escuchada, que todo el mundo sepa que estás presente.

Para ser una mujer de diez, aprendé a respetarte a vos misma ante todo.

Referencias

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