L A VERSIÓN D E L I M A N T O U R
J o r g e F e r n a n d o ITURRIBARRÍA
E N S U S A p u n t e s s o b r e m i v i d a pública, tanto tiempo diferi-dos y recientemente publicadiferi-dos, don José Ivés L i m a n t o u r recha-za los cargos que "científicos" y políticos del régimen caído le formularon —entre ellos M a c e d o , Pineda, Bulnes, Calero y D e hesa— sobre su responsabilidad en los acontecimientos que c u l -minaron en los cambios ministeriales y en l a renuncia del gene-ral Díaz.
Se h a asegurado que l a razón primordial que inclinó a L i -mantour a imponer esa línea de conducta, desde que se hizo prácticamente cargo de l a situación política al llegar a México el 20 de marzo de 1911 procedente de N u e v a Y o r k , fue su a n -helo inconfesado de asumir l a presidencia de l a República, ya fuere mediante u n a elección directa, si contaba con el apoyo de M a d e r o (lo que resultaba improbable), ya figurando como vicepresidente, merced a alguna transacción con el maderismo (lo que ya no parecía tan difícil a l inicio de las pláticas del H o -tel Plaza). L i m a n t o u r , al tratar de desvirtuar esos cargos, se cuida de dejar establecido que, a despecho de las reiteradas instancias que dice haber recibido del general Díaz para prepa-rarlo como su sucesor en las elecciones de 1910, sistemática-mente se rehusó; y que siguió firme en su negativa cuando l a situación del país le franqueó l a oportunidad de ser el presidente provisional en 1911: por eso habría continuado como t i -tular de l a Secretaría de Hacienda, negándose a aceptar l a car-tera de Relaciones que (afirma él) le propuso el caudillo oaxa-queño.1 E n efecto, dice que
cierta mañana del mes de agosto de 1899, y hallándose conmigo el presidente en el Castillo de Chapultepec acor-dando asuntos de Hacienda, interrumpió bruscamente
esta labor para decirme que quería hablarme de las próxi-mas elecciones presidenciales Después de una larga ex-posición de las razones que le inducían a no desear su re-elección para el período de 1900 a 1904, razones que son bien conocidas de todo el m u n d o por haberlas hedió p ú blicas él mismo en diversas ocasiones de su vida, me m a -nifestó que había adquirido l a convicción, en vista de las cualidades y aptitudes que había yo demostrado tener y del resultado de m i gestión hacendaría que tan buena aco-gida mereció del público, de que yo era l a persona más a propósito para sucederle en l a presidencia de la República y que, en tod virtud, había concebido la idea de presentar y apoyar m i candidatura.*
D i c e L i m a n t o u r que objetó al general Díaz que "se creía e n -teramente incapacitado para desempeñar de u n a manera satis-factoria tan alto cargo", pero que pasado algún tiempo volvió a insistir el presidente diciéndole que
no era u n desconocido en el campo de la política, según lo-demostraban las diversas publicaciones que se habían he-cho ya en varios periódicos y en algunos otros órganos de l a opinión pública, presentándome como hombre capaz de s¿rvir a l a patria no sólo en el ramo de Hacienda, sino también en cargos elevados de carácter político; que en cuanto a m i falta de relaciones y, sobre todo, a l a hosti-lidad que pudiera presentarse por parte de algunos jefes del ejército! él se encargaría de subsanarlas; que en lo relativo a m i nombre y el origen de familia, creía que sólo entre cierta clase de rente, por su falta de cultura podía encontrar eco algunaprevención, cosa que transcu-rrido u n poco de tiempo desaparecería por sí sola- y que por lo que tocaba a lo? temores de m i familia p o r ' e m a l estado de m i salud eran ciertamente exagerado? pues en opinión del doctor Liceaga esa delicadeza de m salud X d e d a a u n estado de b e r n i a fácil de c o m b a t i d
C u a n d o en 1898 el presidente, a instancias del general Ber-nardo Reyes, visitó Monterrey, asegura L i m a n t o u r que aquél tuvo u n a larga conferencia con éste, en l a que, según Reyes le declaró, "Díaz le pidió que lo hiciera popular en el ejército e influyera cerca de "los fronterizos prominentes, de tal manera que hallara u n terreno bien abonado para su fácil exaltación a l
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gobierno del país cuando fuere oportuno"; que el general Díaz a continuación interrogó a su interlocutor sobre su disposición de ir a México, caso de necesitar sus servicios, y que l a respuesta fue afirmativa; pero que cuando se presentó l a oportunidad, con gran decepción de don Bernardo sólo se le confió entonces el puesto, bien modesto para un gobernador de Nuevo León y comandante militar de l a frontera, de O f i c i a l M a y o r de G u e -rra, en lugar de l a Secretaría que esperaba. N o fue sino hasta enero de 1900, por l a muerte del titular de esta cartera, general Berriozábal, que pasó el general Reyes a ser ministro del ramo. Asegura L i m a n t o u r que, como corriera l a versión de su posi-ble candidatura presidencial entre políticos y algunos sectores de l a opinión pública, se vio obligado a desmentirla en "decla-raciones terminantes y repetidas".
Por este tiempo el Secretario de Hacienda salió para Europa, con el doble objetivo de atender a su salud y gestionar el viejo proyecto de la conversión de l a deuda exterior. Inserta en sus A p u n t e s u n a carta fechada el 13 de julio de 1899, suscrita por el general Díaz, en l a que el procer se preocupa por su salud y hace votos optimistas por su pronta recuperación, porque, perseverando el presidente en el mismo propósito de hacerlo figurar como su sucesor, le dice:
Y o esperaré en actitud expectante hasta septiembre u octubre que será lo más que pueda entretener a los i m p a -cientes. Tengo mucha confianza en que para entonces la salud y el ánimo de usted se hayan galvanizado con el reposo, en términos que si no le permiten volver al tra¬ pero, no tuviéramos datos para fundar u n juicio sobre el porvenir, o no p u d i é r a n J aventurar aclaración, dejaré obrar a los que tengo en expectativa y daré contraorden a los iniciados- y como entonces a nadie llamaría la aten-ción u n trueque con don Ignacio [ M a r i s c a l ] , sacándole ventajosa y decorosamente, semejante situación a más de dejarnos tiempo aplicable a u n a curación radical o
des-d o í o íres años que l a r sí sola haríl lo des-demás y m e per¬ mitiría h a c e r l o q u e u s t e d h a c e a c t u a l m e n t e .1 1
Pasando a otro importante aspecto de l a v i d a política de L i -mantour, éste no inculpa a l general Díaz de l a maniobra que se le atribuye para imposibilitarlo como candidato a l a presi-dencia, sino a los enemigos de los "científicos" o sea al grupo jefaturado por el licenciado Joaquín Baranda, secretario de Jus-ticia, y por don Teodoro Dehesa, a l a sazón gobernador de Veracruz, "de donde partió l a activa campaña emprendida para sostener l a inhabilidad de los hijos de extranjeros nacidos en el territorio nacional para ocupar los altos cargos públicos en que es necesario llenar el requisito de ser mexicano por nacimiento".3 L i m a n t o u r declara en sus aludidos A p u n t e s que nació en l a ca-pital del país, en donde hizo sus estudios hasta titularse abo-gado; que, con excepción de cuatro meses que se ausentó de México para atender su salud, vivió siempre dentro del territorio nacional, y que, aun siendo legalmente innecesaterritorio, a l c u m -plir l a mayoría de edad tuvo el cuidado de comparecer ante la Secretaría de Relaciones para hacer una declaración sobre su nacionalidad mexicana, por lo que considera una gratuita
intri-ga de Baranda el contenido del dictamen de l a Secretaría de Justicia, que lo declaró francés.
E s digna de acotarse también l a referencia sobre una insi-nuación suficientemente clara de u n escondido intento de des-lealtad para con el general Díaz, que atribuye L i m a n t o u r a l ge-neral Reyes, en quien — d i c e — notaba cierta inquietud, ya siendo éste Secretario de Guerra, para que ambos compulsaran a l presidente por distintos medios a f i n de decidirlo a empren-der el viaje que proyectaba a E u r o p a , maniobra que dejaría a L i m a n t o u r en el interinato:
. . .se ponía a hablar de las muchas cosas que haríamos los dos estando yo en l a presidencia. M i s observaciones nega-tivas o dilatorias lo contrariaban a tal grado que alguna vez me pasó por l a mente l a sospecha de que tenía algún loco propósito que no se atrevía a llevar al cabo, hallán-dose el general Díaz en pleno ejercicio de sus funciones, pero que no vacilaría en ejecutar si, ausente el presidente, io estuviera sustituyendo u n hombre, como yo, que care-cía de elementos militares y del prestigio necesario para contrarrestar u n golpe de audacia.0
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Poco después, a fines de 1902, se produjeron los ataques con-tra L i m a n t o u r en una campaña de prensa sostenida con recur-sos proporcionados por barandistas y dehesistas, campaña que concluyó con las pruebas evidentes de que el hijo de don Ber-nardo, el licenciado Rodolfo Reyes, había sido el autor de varios artículos inspirados en el afán de hacerlo impopular y presen-tarlo como jefe del g r u p o científico. C o m o se sabe, l a denuncia del ofendido ante el presidente determinó l a salida de Reyes de la Secretaría. L i m a n t o u r , sereno como era y aun calculador y frío, pudo disimular su resentimiento, pero, contra su costum-bre, castiga en su libro al general Reyes con duras frases, en las que se advierte el empeño de hacer pública su deslealtad:
Si l a conducta del general Reyes para conmigo fue nada menos que incorrecta, como autoriza a creerlo, desenten-diéndose de todas las demás circunstancias, el sólo hecho de haber tolerado, sin dar paso alguno para poner en claro su actitud, que su hijo de veinte años lo pusiese en una de las situaciones más crueles en que puede verse u n hombre de honor, l a que observó con el presidente merece calificarse de una manera aún más dura, porque estaba obligado hacia él no sólo por los antecedentes de amistad y a m p l i a protección con que lo había distinguido siempre, sino íambién, como se h a dicho, por el compromiso ex^ preso que con él contrajo de procurar por todos los me-dios que estuviesen a su alcance rodearme del prestigio y de las simpatías del ejército y de sus amigos personales, compromiso que en r i l i d a d no lo ligó conmigo puesto que jamás acepté sus ofrecimientos para el objeto que per-seguía el presidente.'
Con finísima retórica, L i m a n t o u r atribuye el desistimiento del general Díaz, en relación con sus planes de heredarle el poder, a l a decepción que en su ánimo le causó l a conducta del general Reyes; en efecto, consideraba l a colaboración de éste en l a Se-cretaría de G u e r r a como el pivote para que en México — e n aquellos tiempos— se pudiera sostener u n presidente c i v i l :
E n lugar de preocuparse por llevar a cabo su determina-ción de prepararse u n sucesor, el general Díaz hablaba menos que nunca de su proyecto de separarse del poder,
y es que tenía muy fresco el recuerdo de l a conducta del general Reyes, fenómeno psicológico m u y humano des-pués de l a grave decepción que le causó el hombre en cuyo concurso descansaba por completo l a realización de
boración, y habiendo en su lugar surgido graves motivos de inquietud para el porvenir, no era de extrañarse que el presidente se desanimase v aplazara por algún tiempo la ejecución de su proyecto.8'
C o n estas palabras L i m a n t o u r señala a Reyes como único culpable de haber echado a perder l a combinación política de los dos predestinados, y absuelve a l general Díaz de toda res-ponsabilidad.
A l tocar el tópico tan espinoso de l a vicepresidencia, consi-dera L i m a n t o u r el difícil paso de su institución como u n triunfo personal suyo, por l a reiterada renuencia del general Díaz a admitirla. Entre u n a de las muchas notas (a manera de diario) intercaladas en los A p u n t e s , que dejó su autor como guía de memoria para desarrollar después el tema — l o que no h i z o — , dice:
Éxito feliz que alcancé a m i regreso [de E u r p p a ] conven-ciendo a l presidente de l a necesidad de presentar sin pér-dida de tiempo la iniciativa de reforma constitucional re-lativa a l a vicepresidencia. Rapidez en l a 'tramitación y fecha en que fue promulgada l a reforma.
Reconoce que esta idea de establecer l a vicepresidencia l a trajo él de E u r o p a , por los "temores de los hombres de estado de l a América del Norte, Inglaterra, Francia, A l e m a n i a , etc., y de los banqueros y hombres de negocios de esos y otros países con quienes tenemos ya ligas estrechas de interés, tocante a las consecuencias de l a acefalía del gobierno, en que los hizo pensar la reciente enfermedad del general Díaz, y a l a falta de u n fuer-te partido gobiernista capaz de asegurar l a transmisión tranquila del poder a u n a persona que tuviese l a experiencia y popularidad necesaria, ya conocida de antemano para librar a l país de u n a
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grave conmoción política".9 Refutando a quienes interpretaron su interés por establecer l a vicepresidencia con fines egoístas, hace u n panegírico de l a institución cuando el elegido lo es por el mismo partido elector del presidente, porque corresponde a l "sistema de sustitución que presta mejores garantías, siempre que el vicepresidente sepa conservar su prestigio y l a confianza del propio partido". L a teoría de L i m a n t o u r falló en México, si no con l a primera elección de C o r r a l , sí con su reelección, sin mengua de su mucho o poco prestigio y tampoco sin hostilidad hacia l a maquinaria electoral del porfiriato — y a que en M é -xico propiamente no había partidos y sólo entonces surgió el Antireeleccionista—; dicha reelección derramó el vaso y des-encadenó l a Revolución de 1910, sin que se niegue, como es obvio, l a concurrencia de otras múltiples causas.
Asegura L i m a n t o u r que al instituirse l a vicepresidencia, el general Díaz le habló varias veces, ahora, sobre l a conveniencia
de que aspirara a ella, y asegura que, igual que antes, rechazó la sugerencia, no sin mostrarle su gratitud por tamaña distin-ción. Agrega que, entonces, el general Díaz l a respondió en tono molesto: " N o es materia de gratitud sino de un deber que el patriotismo le impone a u s t e d " .1 0
Esta negativa, según L i m a n t o u r , dio pábulo a l a versión de que estaba distanciado del presidente y que aun proyectaba se-pararse del régimen; se decía que el verdadero motivo de l a si-tuación era que él se había opuesto a la creación de l a vicepresi-dencia. Añade que, como l a noticia, así deformada, cundió por los estados en ocasión de requerirse el voto de la mayoría de las legislaturas locales para que esta reforma quedara legalmente sancionada, el general Díaz se vio obligado a dirigirse por carta a los gobernadores, haciéndoles l a aclaración de que, contraria-mente a lo que se pensaba, L i m a n t o u r , había sido uno de los más entusiastas patrocinadores de l a idea. E n esa misma carta, fechada el 8 de febrero de 1904, dice L i m a n t o u r que agregó su suscribente l a frase ya conocida en que, según algunos comen-taristas, estaba l a maniobra para invalidar a Limantour como probable candidato a l a vicepresidencia, y que dice: " . . . y en cuanto a su propósito [de L i m a n t o u r ] de no figurar en l a
elec-ción para el delicado cargo de l a iniciativa, obedece a u n a reso-lución tomada por él desde hace varios años, de no desempeñar más cargos públicos que los que le permitan hacer u n a labor meramente administrativa",1 1 aclaración que se h a considerado como sospechosa por su acusada oficiosidad. Meses después L i -mantour hizo declaraciones extensas en E l I m p a r c i a l del 4 de j u n i o de 1904, sobre su "firme propósito de no aceptar encargo alguno político de carácter militante".
No niega que cuando el general Díaz le pidió su opinión, visto su rechazo del cargo, sobre l a persona o personas con aptitudes y méritos relevantes para ocupar l a vicepresidencia, L i m a n t o u r le propuso sin reticencias " a l candidato de su prefe-rencia", don Ramón C o r r a l ; pero que para que el presidente n o pensara que su opinión estaba más influida por los vínculos de su amistad c o n Corral, que por "los méritos intrínsecos del can-didato", le habló también con calor y admiración del licenciado Olegario M o l i n a , ex gobernador de Yucatán y, a l a sazón, secre-tario de Fomento. Es decir, que L i m a n t o u r mezcló en l a pro-posición a d o n Olegario sólo para despistar.
De las m u y comentadas reticencias y titubeos de última hora que durante l a Convención política sufrió l a precandidatura de C o r r a l , nada dice Limantour. Y a C o r r a l en funciones, el autor
de los A p u n t e s se duele de que el general Díaz no haya querido dar a l vicepresidente " l a participación debida en l a dirección de l a política", lo que consideraba muy extraño, porque " C o r r a l fue, a l propio tiempo, su ministro de Gobernación. E n los asun-tos de elecciones m u y pocas veces lo consultó, y lo peor del caso fue que, excepto para las de diputados y senadores de 1910, si-guió llamándome a mí y no a C o r r a l , p a r a formar l a lista de los candidatos gobiernistas, o mejor dicho para imponerme de los nombres de aquéllos c[ue merecían sus preferencias, pues
aunque escuchaba con atención las observaciones, acababa por hacer en esa materia lo cjue le parecía más c o n v e n i e n t e " . - Así reconoce L i m a n t o u r cjue el general Díaz siguió con C o r r a l u n a política de absoluto aislamiento, vedándole todo acceso a los asuntos políticos y dejando en l a sombra a su sucesor legal, pese a cjue C o r r a l seguía desempeñando l a cartera de Gobernación.
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Con sobra de razones considera L i m a n t o u r esta actitud como contraria a l a conveniencia nacional de recibir públicamente el espaldarazo, para que, en el caso, ya previsto, de fallecimiento o incapacidad física del general Díaz, C o r r a l , empapado en las cuestiones de gobierno, tomara fácilmente las riendas del régimen sin contratiempos n i transiciones, lo que demuestra — c o -mentamos nosotros— que el caudillo oaxaqueño jamás simpatizó con la idea de la vicepresidencia y que sólo la aceptó como u n mal necesario, por su avanzada edad. L i m a n t o u r conjetura que el general Díaz temió que, si daba militancia política a C o r r a l , los "científicos" hubieran podido influir en él para tratar de i m p r i m i r al régimen rumbo diferente:
L a desconfianza fue, pues, en m i opinión, la que cegó al general Díaz haciéndole perder de vista la necesidad de construir u n partido gobiernista, grande y homogéneo, que bajo su alia dirección sostuviera a su presunto sucesor v permitiera a la nación ir poco a poco reformando y h a -ciendo prácticas sus instituciones.1 3
Y después, tratando de hallar una explicación a l a conducta del presidente, incluso por lo que se refiere a la incongruencia entre sus promesas de l a entrevista Díaz-Creelman y el
exabrup-to reeleccionista de 1910, se hace L i m a n t o u r la siguiente con-jetura:
Es posible que, a pesar de su gran energía, se apoderarán de él u n profundo desaliento y mayores inquietudes que nunca, ante el aspecto que fueron tomando las cosas en los últimos años1; a l menos esa es la impresión que me quedó después de varias de nuestras conversaciones ínti-mas. E l i m i n a d o yo del campo electoral por propia convic-ción y de modo definitivo; profundamente decepcionado el presidente del general Reyes por los acontecimientos de 1902; conocedor a fondo de la insuficiencia irremedia-ble de otros candidatos posiirremedia-bles, y receloso de que C o r r a l se tornara en instrumento de los "científicos" militantes, nada más natural que el general Díaz se haya desconcer-tado a l palpar los obstáculos casi insuperables que presen-taba el problema de la sucesión presidencial que tanto le preocupaba, y cuya resolución era cada día más apre-m i a n t e .1 4
N o deja de ser arrogantemente exclusivista l a opinión que L i m a n t o u r se formó de los intelectuales mexicanos no adictos a l g r u p o científico, que considera de "insuficiencia irremedia-ble". E l tiempo demostró que había valores desconocidos para los hombres d e l régimen, que el cambio de situación hizo surgir. Luego ensaya Limantour otra hipótesis para tratar de expli-carse l a actitud del presidente como resultado de l a entrevista Díaz-Creelman:
su deseo fue el de provocar u n movimiento en l a opinión pública con l a esperanza de que brotaran nombres pres¬ tigiados apoyados por grupos serios y numerosos, y así po-der él escoger y favorecer l a candidatura que en su con-cepto ofreciera mayores garantías, confiando siempre en que a l f i n y a l cabo su voz seria « c u c h a d a , y sus indica-ciones atendidas por las agrupaindica-ciones contendientes. D e este modo debe haber creído atenuar cuando menos su responsabilidad, l a que por el contrario aumentaría con-siderablemente si continuara designando, sin más criterio que el suyo, l a persona a quien prestaría el gobierno todo su apoyo en las siguientes elecciones. F u e probablemente u n ensayo de consulta a l pueblo el que quiso hacer pero reservándose para sí mismo l a interpretación de l a voíun° tad p o p u l a r .1 3
Es posible, sin conceder, que esta fuera l a explicación más viable del complejo histórico de l a conferencia de Chapultepec; pero no resultaba probable que en u n país sin l a práctica demo-crática de los partidos políticos, sin iniciativa electoral, se pro-dujera de l a noche a l a mañana el milagro de improvisarnos pue-blo con militancia política, sin el antecedente de l a tradición democrática. L a auscultación popular en esas condiciones no encontraría respuesta.
Y como esa auscultación no dio ningún fruto, porque sólo apareció en el Norte u n movimiento de simpatía favorable a l a candidatura presidencial del general Reyes — c o n t r a quien el caudillo estaba terriblemente predispuesto—, asegura L i m a n -tour que él influyó activamente en el ánimo del general Díaz p a r a que aceptara l a séptima reelección de 1910, porque "este era el mejor medio de asegurar l a tranquila transmisión del
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der al vicepresidente", y que en l a reunión que con este motivo hubo en Chapultepec — a l a que asistieron únicamente L i m a n -tour, C o r r a l y don Olegario M o l i n a — opinó que no debía el general Díaz renunciar a continuar en el mando sino hasta que se formara u n partido gobiernista unido y disciplinado, con u n programa en que se incluyeran las aspiraciones de l a opinión pública:
E l programa que esbocé consistía principalmente en refor-mas a l a administración de justicia y del sistema y prác-ticas electorales, y en l a renovación del personal político de l a Federación v de los estados. Insistí de u n modo espe-cial en este último punto, porque así se quitaría a los agi-tadores que h a c í a n ' e n t o n c e s ' p r o p a g a n ! revolucionará en l a frontera norte, el pretexto que reconocía como causa la prolongada dominación de algunos grupos de personas en ciertos estados; e hice valer también l a conveniencia de dar entrada a l a vida y a los puestos políticos, a los que trajeran consigo ideas, métodos distintos y hasta elementos sociales nuevos que, agregados a los existentes, robuste-cieran y ensancharan los cimientos del gobierno. Llegué a decir a l presidente, en apoyo de m i tesis, que debía co-menzarse la renovación por los que formábamos parte del gabinete desde ya muchos años, para encontrar menos re-sistencia con los demás altos funcionarios de l a Federa-ción. D e este modo los hombres de mérito que tuviesen ambiciones legítimas se tranquilizarían con la esperanza de que pronto se les presentaría u n a oportunidad de rea-lizarlas.1»
De primera intención parece extraño que L i m a n t o u r propu-siera l a formación de u n partido gobiernista, porque precisa-mente esta condición guardaba el único que existía. Empero, aclara u n a situación poco conocida cuando revela que los ele-mentos que rodeaban al general Díaz se hacían ostensiblemente "una guerra a muerte", pese a que todos juraban y perjuraban ser gobiernistas recalcitrantes, y que " e l único vínculo que los unía era l a adhesión personal al presidente, pero en manera alguna constituían algo que n i de lejos se pareciese a u n a organi-zación política", situación que explica, en parte, l a rápida diso-lución que sufrió el principio de autoridad y l a violenta crisis
política que antecedió a l derrumbe del régimen, cuando l a o p i nión pública se percató de que éste era incapaz de dominar m i -litarmente la insurrección.
Que había grandes aspiraciones de constituir a la ciudadanía en partidos políticos, lo demuestra l a formación del partido re-vista en el Norte y l a aparición, por ese mismo tiempo, del libro de M a d e r o : L a sucesión p r e s i d e n c i a l e n 1 9 1 0 , libro que proyectó-entonces una inquietante interrogación en el horizonte político de México. L a reacción oficial fue desorganizar el incipiente partido reyista y el disimulado destierro, disfrazado de misión militar, del general Reyes en Europa. Pero, en cambio, el régi-men no pudo evitar l a organización del Partido Antirreeleccio-nista.
P o c o D E S P U É S de celebradas las elecciones sale Limantour r u m -bo a París en misión financiera, para proponer l a conversión de los títulos de crédito mexicanos del 4 % a los del 5 % emiti-dos en 1899; pero encuentra que los primeros no habían sido adquiridos en su totalidad y que u n a fuerte cantidad de ellos estaba en poder del Sindicato de Banqueros, lo que impide a esta organización bursátil comprar a México l a otra mitad del último empréstito.
Esta situación y el quebranto en l a salud de su esposa, hicie-ron que L i m a n t o u r —así lo a f i r m a — no pudiera cumplir con los deseos del general Díaz de acompañarlo durante las cere-monias de su toma de posesión el primero de diciembre de 1910. C u m p l i e n d o con u n a formalidad de rutina en esos casos, L i -mantour le envía su renuncia como secretario de Hacienda, pero el presidente, en carta de 14 de noviembre, al hacer votos por la rápida curación de l a esposa de Limantour, le confía q u e espera que esa mejoría "nos permita l a continuación de usted en el gabinete, aunque no sea por todo el p e r í o d o " . "
Pero el ausente ministro no quiere o no puede estar en M é -xico para el primero de diciembre; a l saberlo el general Díazr se molesta mucho. Roberto Núñez, el subsecretario de H a c i e n da encargado del despacho, a l a vez amigo y confidente de L i -mantour, le escribe a París:
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Presidente profundamente disgustado al conocer telegra-ma de usted. M e dijo que si usted no viene también él
vamente del gobierno, sus amigos lo abandonen. N o pue-de conformarse con que usted no esté aquí el 1* pue-de diciembre y espera que acatando sus deseos se embarque usted noviembre 12 o antes si es posible, aunque vuelva usted a ésa pocos días después de l a inauguración del nue-vo gobierno.1 8
Por f i n , el presidente se conforma con l a demora y manda decir a L i m a n t o u r que no le admitirá l a renuncia y que quedará en el gabinete como ministro con licencia.
M I E N T R A S T A N T O , llega noviembre y los sangrientos sucesos de Puebla del 19 de ese mes, el asalto de l a casa de Aquiles Serdán y su muerte, y poco más tarde acaecen los disturbios de C h i -huahua y Yucatán. Se había roto l a larga paz porfiriana con pasmo de quienes no creían que se recurriera a l a insurrección armada. Limantour, desde E u r o p a , observa con atención los efectos que estas novedades provocan en las instituciones finan-cieras quebrantando el crédito nacional, de cuya incolumidad él había hecho u n a mística. Escribe u n a larga carta a Núñez, que rebosa amargura, no sólo porque l a batalla del crédito f i -nanciero en México fue obra suya — l a b r a d a en dieciocho años de tenaces esfuerzos—, sino porque no considera sinceras las l a -mentaciones del general Díaz por su prolongada ausencia. Dice que a l salir para E u r o p a se había llevado ya l a impresión de que no era factor importante en las decisiones del presidente, por-que sus opiniones fueron desoídas:
N o olvide usted [—dice cuidadamente a Núñez—] lo que h a estado pasando constantemente en estos dos últimos años, y menos todavía, las circunstancias que precedieron y acompañaron l a candidatura de Dehesa, las elecciones d e diputados y de magistrados, así como las locales de los estados. De haberse querido contar con m i opinión se me habría consultado, como era l a costumbre antes, no obs-tante m i actitud reservada, y en lugar de eso se h a estado haciendo todo lo contrario de lo que yo he preconizado y
sostenido hasta con calor. ; A qué responde, pues, el deseo de que me encuentre yo en México el 1« de diciembre? ¿ A un cambio de conducta? Evidentemente que no, pues-to que hasta los hechos de última hora nos revelan lo contrario. H a v que buscar entonces otra explicación, y n i n -guna de las que hallo me satisfacen, padeciéndome unas fútiles y otras poco justificadas.
sabido que la conversión no está terminada y que en todos mis viajes anteriores m i ausencia ha durado siete meses, cuando ahora apenas llevo cuatro de estar fuera de m i país. Q u e l a elección de nuevos ministros y de algunos a l -tos funcionarios recaiga sobre personas que no sean de nuestro círculo, es también un temor que m i presencia no
Mientras tanto, el régimen había tomado injustas represa-lias contra los intereses de l a familia Madero. D o n Evaristo — e l fundador de la industria vitivinícola de Parras— y el licenciado Rafael Hernández, primo del jefe de la Revolución, recurrie-ron en carta a L i m a n t o u r quejándose de estos daños, conside-rándose víctimas inocentes de la complicidad que se les atribuye y denunciando "las locuras de Francisco I . " . Estas represalias, que deben haber sido comprobadas por L i m a n t o u r a l regresar al país, son duramente reprobadas en sus A p u n t e s . Eso equivale — d i c e — " a precipitar a esas personas en la catarata de odios y rencores políticos que pronto los conduce a las filas revolucio-narias".2 0
P O R F I N , L i m a n t o u r se embarca en Cherburgo, de regreso a México, vía N u e v a Y o r k . A l llegar a este puerto se encuentra con una carta confidencial de don Roberto Núñez, en l a que
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le confirma la evidencia de sus preocupaciones y temores y le pinta la situación del país con colores realistas y veraces, que superan, con mucho, a lo que L i m a n t o u r suponía:
He llegado a creer que al insistir en que usted venga se trata de que soporte usted toda la labor, toda la respon-s a b i l i d a d ' y t o d o ' e l derespon-sprerespon-stigio que actualmente perespon-sa'respon-so- pesa'so-bre el gobierno, en vez de que esté usted en E u r o p a , como ellos creen, paseándose y divirtiéndose; y que no es sin-cera la razón que dan de que regresa usted para cambiar el programa del gobierno, modificar todos los males exis-tentes, substituir al desprestigiadísimo personal elevado del
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mido actualmente en los horrores de una revolución, en aquella nación próspera y feliz que antes era México, en que la política se dejaba a u n lado y todo el m u n d o se o V b a ' d e t r a b a j a r ^ de buscar sus'comodidades, y que todo esto lo realizará usted mediante el apoyo resuel-to e incondicional del jefe del estado.2 1
Anticipándose deliberadamente a los hechos, L i m a n t o u r pasa ahora a referirse a las versiones sostenidas por varios de sus malquerientes o enemigos, que lo hicieron aparecer como aliado político o socio del general Reyes en París, para la instauración de u n a liga política futurista. E n su rechazo inserta la carta que Reyes le dirigió, escrita en tono humilde y contrito por los desmanes periodísticos de 1902, y refiere las visitas que le hizo para sincerarse y sincerar a su hijo Rodolfo.
Cuando desembarca en N u e v a Y o r k lo pone a l tanto de l a situación general del país —aunque paliando en mucho su gra-v e d a d — el licenciado Francisco León de la Barra, a la sazón embajador de México en Washington. L o que no quiso
disimu-lar su informante fue el deterioro que habían sufrido nuestras relaciones diplomáticas con el país vecino, a pretexto de los i n c i -dentes de frontera, y l a sorpresiva movilización del ejército y flota norteamericanos, puestos en estado de alerta.
Comentando L i m a n t o u r esta situación en sus A p u n t e s sos-tiene la versión, discordante de otras opiniones, de que la actitud de los Estados U n i d o s contra el régimen del general Díaz era
u n a abierta represalia debida a que, durante l a entrevista Díaz-T a f t , se negó el presidente mexicano a prorrogar el permiso para que l a flota norteamericana siguiera ocupando l a Bahía M a g -dalena; por las negociaciones de l a presa del Río Colorado, las activas gestiones del régimen para l a devolución de E l C h a m i z a l ; l a protección que México dio al presidente Zelaya de N i c a -ragua, ayudándolo a salir de su país cuando había consigna de Washington p a r a juzgarlo por u n tribunal y a n q u i ; l a negativa de nuestro gobierno a l a interesada proposición de celebrar tratados especiales unilaterales de comercio con los Estratados U n i -dos, cuyos productos habrían invadido nuestros mercados con-virtiéndonos en sus tributarios económicos; el rechazo de l a exi-gente y aun insolente demanda norteamericana de modificar nuestra legislación bancaria en forma exclusivamente ventajosa p a r a los intereses yanquis; l a negativa de México a impedir l a inmigración japonesa; la construcción del sistema interoceánico de Tehuantepec, con sus puertos de Salina C r u z y Coatzacoal-cos, sin tomar en cuenta los intereses norteamericanos que, de antaño, pretendían reservarse el Istmo, y el rescate logrado en favor de l a nación, de las líneas férreas que se hallaban bajo el dominio de empresas yanquis, líneas que integraron l a C o m -pañía de los Ferrocarriles de México.
Debe decirse que l a literatura en favor de l a tesis de L i m a n -tour es abundante y no exenta de argumentos parcialmente con-vincentes.
L i m a n t o u r demuestra sorpresa e indignación —que no parecen fingidas— por l a repetida movilización con u n aparato i m -presionante, lo que, en su concepto iba enderezado a apresurar la renuncia del general Díaz, hiriéndolo en uno de sus puntos más vulnerables: su sensibilidad patria. E l pretexto de W a s h -ington era m u y conocido, y aún hoy, medio siglo después, si-gue siendo aplicado por l a diplomacia yanqui (el caso de Santo D o m i n g o en mayo de 1965) : l a protección de los ciudadanos v de los intereses norteamericanos. Por otra parte, lo que hipó-critamente se ostentaba como colaboración amistosa con el régi-m e n corégi-mbatido, o sea evitar l a penetración de rebeldes y arrégi-ma- arma-mento al territorio nacional por l a frontera norte, valía más
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como guerra de nervios que como efectiva ayuda. También se habló, en ese mism tono, de diplomacia del dólar, de
supues-tas maniobras militares para poner de relieve el adelanto del ejército norteamericano.
E l envío de buques a los puertos mexicanos [opina L i -m a n t o u r ] . l a distribución de las fuerzas en unos cuantos puntos de l a frontera, el gran acopio de armamento y proyectiles, el enorme material de la Cruz R o j a concen-trado en Texas y otros muchos hechos que todos pudimos observar, demuestran l a futilidad de estas últimas expli-caciones. Pero tras del gobierno, o mejor dicho, del pre-sidente y del secretario de Estado, quienes es posible que no hayan tenido intenciones muy belicosas, estaba l a o p i -nión general, tan poderosa de los Estados U n i d o s , y que notoriamente empujaba al gobierno en el sentido de u n a política exigente, reducida para unos a usar de medios pacíficos, y que según los más, debía apoyarse en l a
co-L i m a n t o u r asegura, fundado en informes que estima de bue-na fuente, que el embajador de los Estados Unidos, Lañe W i l ¬ son, fue el promotor ante Washington de l a movilización "como advertencia a nuestro gobierno". Reitera su convicción del des-afecto yanqui y lo sitúa cronológicamente desde la conferencia Díaz-Taft en E l Paso y C i u d a d Juárez. Recuerda l a oposición al paso de tropas federales por territorio yanqui y l a autoriza-ción que, en cambio, sí concedieron después los Estados U n i d o s , en igual sentido, al régimen revolucionario, y, sobre todo, las
revelaciones hechas por l a prensa, especialmente las del N e w Y o r k H e r a l d , de 1914 sobre las escandalosas
inter-venciones y complicidades favorables a los trastornadores del orden público, de parte de funcionarios americanos, magnates de ferrocarriles y de petróleo, hombres influyen-tes en todos los ramos de actividad, que fueron una de las causas más eficientes de la violencia y de la prolonga-ción de nuestras luchas intestinas.
E n suma, puede decirse que el gingoísmo general, el imperialismo razonado de muchos, el idealismo y sentimien-talismo de algunos, el apetito de lucro de los más, fueron los factores que en los Estados U n i d o s contribuyeron p r i n cipalmente a que se alterara la buena opinión que de M é -xico se tenía, y a que se redujera considerablemente l a simpatía de que disfrutaba en aquel país la administración del general Díaz.2 3
Estas revelaciones y la indignación que le produce la acti-tud del gobierno norteamericano parecen ser pruebas suficien-tes para exhonerar a L i m a n t o u r siquiera de la sospecha de haber promovido l a movilización para presionar la renuncia del gene-ral Díaz, como sus parciales han afirmado.
C O M O A L G U N O S "científicos" han acusado a L i m a n t o u r de con-fabulación con los M a d e r o para forzar la situación política en favor del resultado final de los Tratados de C i u d a d Juárez, y d o n Teodoro Dehesa, en carta dirigida a L i m a n t o u r (enero 2 5 de 9 1 2 ) , lo considera "autor del origen principal de la R e v o l u ción (imposición de Corral) y como causante del súbito h u n d i -miento de la situación pasada", el aludido afirma que sólo con don Francisco M a d e r o padre "llevó siempre buenas relaciones personales" derivadas de los negocios que éste iba a tratarle, en representación de su padre, don Evaristo —abuelo del jefe de la Revolución—, a la Secretaría de H a c i e n d a ; aunque estas re-laciones — a c l a r a — "por amistosas que fueran, nunca llegaron a ser íntimas". Agrega que "en el colegio sólo conoció de vista a don Francisco I., [sic] el futuro héroe de la revolución". A l tío de M a d e r o , don Ernesto, dice que lo trató oficialmente por cuestiones de negocios en l a propia Secretaría.
E n demérito de M a d e r o y de su causa, refiere que estando en París, en enero de 1 9 1 1 , en la carta que le escribió don E v a -risto quejándose de las represalias que sufría en sus negocios,
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culpaba de sus desventuras a su nieto, a quien llamaba "visio-nario" y de quien decía que "se h a metido a querernos redimir d e nuestros pecados, como dice el Catecismo del Padre R i p a l d a ; y todo ello dizque por revelaciones de los espíritus de Juárez o de no sé quién. . . " . . . L o que sí puedo asegurarle bajo m i pala-bra de honor [proseguía el abuelo] es que nosotros no hemos dado n i u n solo centavo, como dije antes, y que lejos de sim-patizar con tal movimiento, lo reprobamos enérgicamente..." L i m a n t o u r le contestó cortésmente, pero sin dejar de aludir a
"las locuras de su nieto", y lamentando los problemas de don Evaristo, pero sin comprometerse a nada.
A esta evasiva de L i m a n t o u r , bien explicable, se debió q u i -zá que don Francisco padre considerara necesario ir a buscarlo
a N u e v a Y o r k tan pronto como tuvo informes de su arribo. Después de reiterarle l a situación descrita epistolarmente por su p a -dre, entró en el tema de l a revolución lamentando "ver a sus hijos Francisco y Gustavo cometiendo tantos desmanes", de
cuyo m a l camino él trataba de apartarlos, y después de pedirle su intercesión ante el general Díaz para que cesaran los procedimientos fiscales confiscatorios, concluyó por sugerirle que i n -fluyese p a r a acabar con l a insurrección, pero de tal manera que los arreglos resultaran decorosos para sus hijos. Dice L i m a n t o u r que le respondió que ninguno de los dos estaba autorizado para entrar en pláticas, a lo que replicó su interlocutor que él, L i -mantour podía pedir instrucciones a México para cuvo fin va
estaba previsto que el doctor Francisco Vázquez Gómez repre¬ sentara a su hijo y que con tal carácter se trasladara N u e v a Y o r k debidamente autorizado.
Es evidente que L i m a n t o u r aceptó en principio iniciar plá-ticas informales, supuesto que no tardó en presentarse en N u e v a Y o r k el doctor Vázquez Gómez, quien por el conducto de don Francisco M a d e r o padre envió recado a don José Ivés, rogán-dole que, por explicables escrúpulos, l a cita no tuviera lugar en el H o t e l Plaza, en donde paraba L i m a n t o u r , sino en sitio dife-rente. Entonces L i m a n t o u r , interesado en l a entrevista, consiguió del embajador D e la Barra —recién llegado de Washington— que ésta se efectuase en el H o t e l Astor, en u n a de las salas de la s u i t e reservada a l diplomático mexicano.
L a reunión se efectuó el 12 de marzo. Se presentaron con Vázquez Gómez don Francisco M a d e r o y su hijo Gustavo, intro-misión no prevista, según Limantour, que dice que lo contra-rió y que, si l a aceptó, fue bajo l a condición de que éste último no intervendría en las pláticas y guardaría reserva sobre los asuntos tratados en ellas, exigencia difícil de cumplir como es obvio suponerlo. Así debió entenderlo Limantour, que era h o m -bre discreto y de larga experiencia política. E n este punto parece dudosa la veracidad de su relato.
Por l a reseña que de l a entrevista nos hace L i m a n t o u r en sus A p u n t e s , se advierte que sus visitantes no fueron a propo-ner u n a transacción decorosa para Madero, como lo anunciaba su padre. T o d o hace suponer que el objetivo de Vázquez G ó -mez, de acuerdo con sus acompañantes, fue dejar establecido en el ánimo de L i m a n t o u r que l a única condición posible para lle-gar a u n arreglo eran las renuncias de Díaz y Corral, aunque haciendo aparecer que esa condición "era exigencia de los jefes del movimiento armado, sostenida por l a opinión general", en vista de que l a política impuesta por el general Díaz " e r a l a que, en el fondo, había dado lugar a todos los males de que ellos se l a m e n t a b a n " .2 4 Asegura L i m a n t o u r que al escuchar tamaña exi-gencia interrumpió a su interlocutor
. . . p a r a manifestarle que si había consentido en l a entre-vista era exclusivamente, como a él le constaba, con l a esperanza de darle a conocer al presidente las pretensio-nes de los revolucionarios reducidas al mínimum posible, y procurar encontrar u n terreno en el que pudiera solucio¬ narse en México el conflicto; pero que sería absurdo, y además indecoroso y contrario a mis deberes y sentimien-tos personales, admitir u n solo instante la idea de que yo llevase o transmitiese al general Díaz semejante pretensión como l a de l a renuncia; y que, por consiguiente, si ellos, los revolucionarios, mantenían esa condición, yo por m i parte daba en el acto por terminada l a conferencia. D o n Francisco M a d e r o , que no había dicho hasta entonces
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Por lo antes referido parece que Vázquez Gómez tuvo que condescender con la aclaración de M a d e r o , porque había u n abismo entre el tema originalmente propuesto para l a entrevista y el desconcertante, pero deliberado anuncio del doctor, lo que dejaba a M a d e r o en u n serio predicamento con Limantour, a quien recientemente le había solicitado su intervención para salvar sus intereses. Empero, queda l a posibilidad de que tam-bién en este caso Limantour no haya sido suficientemente veraz en esta parte de su relato. N i u n a palabra dice de l a interpela-ción que, según afirma Vázquez Gómez en sus M e m o r i a s , hizo a L i m a n t o u r casi agresivamente, acusándolo de haber impuesto a C o r r a l en l a vicepresidencia, como dijo que el propio general Díaz se lo había revelado en Chapultepec, cuando Vázquez G ó -mez era médico de cabecera del presidente.
Finalmente, dice L i m a n t o u r que, como insistió ante sus i n -terlocutores en la inutilidad de tratar de imponerle condiciones al gobierno, y como Vázquez Gómez se empecinó en sostener sus puntos de vista, concluyó por pedirle que le enviara u n m e -morándum en que se consignaran las pretensiones de los insurgentes, con l a promesa de transcribirlo telegráficamente a M é -xico. E n ese memorándum, que se reproduce en los A p u n t e s ? * no figura ya l a condición de l a renuncia del general Díaz, sólo la de C o r r a l , l a de los gobernadores de Sonora, Chihuahua, C o a -huila, Zacatecas, Yucatán, Puebla, Guerrero, Hidalgo, México y Guanajuato, y la dimisión de los secretarios de Gobernación, Justicia, Instrucción Pública, Fomento y Comunicaciones, que debían ser sustituidos por "personas ajenas a l a política activa". Se exigía también u n a reforma a fondo de l a ley electoral, que garantizara el voto popular, y l a de l a Constitución General de la República, estableciendo en ella el principio de l a no reelec-ción absoluta del presidente y vicepresidente, de los goberna-dores y de los presidentes municipales. E l memorándum iba acompañado de una carta, en l a que Vázquez Gómez separa-damente encarecía a L i m a n t o u r l a necesidad de l a dimisión del general Díaz, porque, de lo contrario "quedará la preocupación, la intranquilidad de que a su muerte puedan volver las revo-luciones". Curándose en salud, su autor advierte en esta carta,
destinada a ser leída por el presidente, que "como para los revolucionarios el gobierno es el general Díaz" teme que si no accede a renunciar habrá u n a "negativa redonda" para lograr una transacción.
C o m o posteriormente al derrumbe del régimen, Dehesa y varios "científicos" lanzaron a Limantour el cargo de que " a l llegar a México de regreso a Europa traía los fermentos de u n a paz iniciada en N u e v a Y o r k " , y el de "las humillaciones que el gobierno del general Díaz sufrió con los convenios de C i u d a d Juárez", L i m a n t o u r se cuida de aclarar que hizo que Vázquez Gómez rectificara las palabras "arreglo" o "convenio", cuando en el curso de las conversaciones hacía uso de estos términos, objetándole siempre "que no había n i podía haber ningún con-venio o arreglo".
Salta a l a vista, desde luego [—dice L i m a n t o u r — 1 , el vivísi-mo deseo de poder anunciar a toda voz que el gobierno de México entraba en arreglos de paz con los revolucionarios, y esto se pedía seguramente, más que por otros motivos, con el de obtener del gobierno de Washington que los conside¬ rara como "beligerantes". L l a m a también l a atención el desembarazo con que se habla en ellas de la renuncia de los gobernadores de algunos estados, y del nombramiento de los gobernadores interinos que las Legislaturas deberían escogerlos entre los candidatos que propusiera el partido antireeleccionista- 4 P P P
Algo de lo que mayores tropiezos causó posteriormente, cuando el gobierno ya había designacuando al licenciacuando Francisco C a r -vajal su representante oficial en las conferencias de C i u d a d Juá-re, fue l a exigencia de l a remosión de los gobernadores y l a designación de los sustitutos por las legislaturas correspondientes. Esta exigencia, dentro de l a situación de u n régimen que, a u n -que negocie l a paz, conserva aún el orden jurídico de l a nación, debía considerarse como u n golpe de Estado que el propio régimen se asestaba a sí mismo. U n a violenta sustitución de auto-ridades puede explicarse y hasta justificarse en u n país donde h a desaparecido el orden legal: y no habiendo gobierno, l a fac-ción triunfante necesita dárselo como primer paso para volver
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a l a normalidad. M u y en lo justo está L i m a n t o u r a l reprobar tal exigencia del doctor Vázquez Gómez, dada la flagrante con-tradicción que existe entre el clamor revolucionario por soste-ner el imperio de l a legalidad y establecer como condición de la paz u n atentado contra los principios constitucionales; n i si-quiera podía servirles de exculpante l a convicción de que el régimen hubiera sido poco escrupuloso con l a ley.
Dice L i m a n t o u r que, fiel a su promesa, transcribió telegrá-ficamente el memorándum del doctor Vázquez Gómez a l general Díaz. Considerando inadmisibles las condiciones propuestas, el presidente le contestó que "dejara las cosas en ese estado" y regresara a México. Salió de N u e v a Y o r k el 15 de marzo. C u a n -do llegó se interesó porque se echaran a andar las reformas solicitadas, las que resultaron de efectos tardíos, principalmente la constitucional, porque para que tuviera valor legal se reque-ría l a ratificación de cuando menos l a mitad más una de las legislaturas locales.
Logrado esto y estando ya preocupado el general Díaz e i n -quieto y nervioso por el progresivo avance de l a Revolución en el Norte y en los estados de Guerrero y Morelos, comisionó a don Oscar Braniff y al licenciado T o r i b i o Esquivel Obregón para que "por su cuenta y riesgo" fueran a l Norte a conferenciar con l a Junta Revolucionaria llevando el argumento de que el régimen ya había iniciado las reformas sugeridas por l a R e v o -lución, con lo que se tuvo el falso miraje de neutralizarla.
Síntoma de que el presidente continuaba desasosegado fue su empeño en tener una entrevista con don Ernesto M a d e r o , tío del caudillo, lo que resultaba una imprudente festinación, cuando todavía no llegaban a C i u d a d Juárez Braniff y Esquivel y se estaban expidiendo al doctor Vázquez Gómez algunas sugestio-nes por conducto de nuestro embajador en Washington. E l ge-neral Díaz deseaba que don Ernesto, informado de cuanto hacía y seguiría haciendo el régimen por complacer a los insurgentes —incluso en el caso de l a sustitución de gobernadores— se con-virtiera en su ardiente adalid ante l a Junta Revolucionaria. Dice
Deseo que usted lleve a su sobrino las seguridades que le doy de que entregaré el poder tan pronto como logre yo l a pacificación del país, que es l a obra a que los más sagrados deberes y m i dignidad personal me obligan a consagrarme, y que espero para evitar el cataclismo nacional que nos amenaza del Norte, me facilite l a tarea, no poniéndome en el compromiso de sofocar por l a fuerza l a insurrección, sino, al contrario, sometiéndose él y los demás jefes cuanto antes a l gobierno, en el que no tardarán en tomar toda l a participación que la voluntad del pueblo quiera darles.2 8
Esta fue l a primera promesa que el presidente Díaz hizo de entregar el poder, pero bajo l a condición de l a previa pacifica-ción del país, lo que se podría intentar de dos maneras: some-tiéndose M a d e r o — l o que a esas alturas resultaba ya utópico— o mediante el arreglo de u n armisticio. E l general Díaz todavía confiaba en l a primera solución, y a u n se atrevía a amenazar, si su propuesta no era aceptada, con "sofocar por l a fuerza l a insu-rrección". E r a n los últimos vestigios, ya ineficaces, en l a psico-logía del caudillo, de l a política de " p a n y palo".
Pinta L i m a n t o u r con realismo l a impresión que al llegar a México le causaron los dos grandes sectores en que podía d i v i -dirse el país, considerados como fuentes de opinión pública: por u n lado observó que entre los grupos todavía adictos al general Díaz, tolerantes o conformes con su política, había cundido el desaliento, y esto pudo comprobarlo desde el Norte al hablar confidencialmente con los generales Gerónimo Treviño y José María M i e r ; y entre los grupos francamente hostiles al régimen o que anhelaban u n cambio radical en l a situación — s i n impor-tarles m u c h o cuál fuere—, advirtió el deseo ardiente de que l a Revolución triunfara. Dice que las personas que fueron a alcan-zarlo cerca de l a estación de San L u i s Potosí le confiaron que al general Díaz le preocupaba, más que defender la situación con las armas, justificarse ante M a d e r o para lograr su desisti-miento como rebelde y que por eso se había hecho " e l propósito de i r aleiando de los puestos y negocios públicos a los hombres más caracterizados del g r u p o científico". C o n este testimonio L i m a n t o u r parece querer dejar establecido que, en esa línea de conducta, el general Díaz obró independientemente a toda i n
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fluencia; en consecuencia — a f i r m a — l a resolución de separarse de la política y quedar en libertad de acción, fue tomada por to-dos en el mismo tren que de San Luis los condujo a México. ¿Quiso de este modo explicar Limantour por qué procedió a l a remoción de los ministros del gabinete sin haberles siquiera pre-venido?
Añade que a l entrevistarse en México con el presidente Díaz obtuvo de sus labios l a confirmación de sus temores, y que a él le fue confiada l a triste comisión de pedirles a los secretarios de Estado, excepto al general González Cosío, ministro de l a G u e
-rra, la renuncia de sus puestos. E n su propia defensa — p o r haber él permanecido en H a c i e n d a — dice que al comunicarle a l gene-ral Díaz su resolución de dimitir, le contestó el presidente con una negativa cortante, que l a situación personal suya l a discutió con él "durante tres días, por l a mañana, por l a tarde y por l a noche" y que tuvo que aceptar su decisión cuando en u n tono en el que era difícil saber si lo dominaba " e l resentimiento, l a inquietud o el enojo", le dijo que el hecho de dejar en esos momentos l a cartera debía considerarlo "como u n a puñalada por l a espalda"; y que L i m a n t o u r había palpado que se le es-peró en México con los brazos abiertos, como el hombre capaz de influir poderosamente en resolver l a crisis; entonces — d i c e — le pidió a l general Díaz aplazar su resolución por unas horas para informar, entretanto, a sus amigos y pedirles consejo, empresa en l a que asegura que no tuvo éxito, porque unos opinaron que rechazara l a oferta y otros simplemente se abstuvieron de darle consejo.
L a ilusión de que podía hacer algo de provecho [—dice—], valiéndome de los informes que había recogido, así como del apoyo de u n a parte de l a opinión pública ilustrada que me era favorable, y aprovechando l a oportunidad única que se presentaba de realizar algunas reformas que desde años atrás me parecían indispensables y a l a vez sus-ceptibles de contribuí? a l a pacificación del país, en mucho influyó, de consuno con otras reflexiones de interés gene-ral, para que a l f i n accediera yo a lo que se me pedía; pe oP„ o podría yo asegurar, escudriñando bien m conl ciencia que los sentimientos de afecto, gratitud y
leal-tad hacia el general Díaz, no fueran los factores predomi-nantes en m i ánimo para resolverme a asumir l a más terrible responsabilidad de toda m i vida. ¡ Q u e los que estimen en poco estos sentimientos me condenen sin pie-d a pie-d ! D e los pie-demás espero que cuanpie-do menos me conce-dan circunstancias atenuantes.'2 9
Objeta tesoneramente l a imputación de haber sido el jefe del "partido científico", reseña cómo y por qué se fundó ese grupo, explica que siempre que hubo oportunidad negó pública-mente l a versión, y concluye con que, siendo falsa tal asevera-ción — e n ciertos casos sostenida de m a l a fe—, en consecuencia, la inculpación que se le hace carece de valor.
M i participación en lo que pudiera llamarse política del grupo fue muy secundaria y casi siempre acciodental. Se manifestaba en simples conversaciones con unos cuantos a m i -gos que no siempre erran los mismos, y en las cuales lo que se decía o convenía, todo sin formalidad alguna, no tuvo ni la menor apariencia de discusiones o resoluciones de u n grupo que se propusiera seguir su propia línea deconducta.3 0
Luego entra L i m a n t o u r a aclarar uno de los casos más de-batidos: dice que la designación del licenciado D e l a Barra como Secretario de Relaciones y, por ende, como sustituto legal del general Díaz en el caso de l a ya prometida dimisión, era u n compromiso arreglado por el presidente desde antes de que él llegara a N u e v a Y o r k a su regreso de E u r o p a . Y como varios comentaristas —entre ellos insistentemente el licenciado M a n u e l C a l e r o — aseguran que por ambiciones de suceder a Díaz intrigó p a r a que éste cambiara su decisión, colocando a L i m a n t o u r en Relaciones y dejando a D e l a Barra en Washington o dándole otra cartera, afirma L i m a n t o u r que, muy lejos de suceder así las cosas, cuando el general Díaz insistentemente le propuso este movimiento ministerial " p a r a marcar mejor el cambio de polí-tica que i b a a inaugurarse", se negó también a darle su asenti-m i e n t o ; añade que para encarecerle a l presidente l a conveniencia de ese cambio, fueron a verlo los ya futuros dimitentes, E n -rique C . Creel — a l a sazón, titular de Relaciones— y el secre-tario de Fomento, don Olegario M o l i n a .
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L a afirmación de Limantour está respaldada por u n a a m -plia carta de Creel a l escritor don Victoriano Salado Álvarez, en la que Creel le recuerda l a polémica habida con Calero, m o -tivada por l a publicación de U n d e c e n i o d e política m e x i c a n a , y por los conceptos categóricos de Salado desmintiendo a Calero, en carta que dirigió a éste y que hizo pública, sobre l a supuesta intriga de L i m a n t o u r para asegurarse l a presidencia provisional. E n l a propia misiva de Salado Álvarez a Calero interpela a Creel y a M o l i n a para que digan si hubo o no l a consabida intriga. Creel contesta l a interpelación, dirigiéndose a Salado en los términos siguientes:
. . .tengo el deber de contestarla diciendo l a verdad de lo que yo sé de u n a manera clara y terminante, aceptando de lleno la responsabilidad que de mis actos me corres-p o n d a . . .
P a r a el Ministerio de Relaciones se necesitaba u n h o m -bre superior, a mí me pareció que l a persona indicada era el señor Limantour. Así se lo propuse a m i excelente a m i -go el señor licenciado don Joaquín Casasús y lo invité para que procuráramos l a importante cooperación del señor l i -cenciado don Olegario M o l i n a para intentar aquella com-binación, llevando el convencimiento al señor presidente v al mismo señor Limantour. Así lo hicimos. E l señor don Olegario M o l i n a fue quien apoyó el proyecto cerca del señor general Díaz, quien estuvo conforme y de allí sur-gió l a orden de suspender el viaje del señor D e l a Barra.
T a n pronto como el señor L i m a n t o u r supo de lo que se trataba, se opuso enérgicamente, fue a hablar con el presidente, y consiguió que se ordenara al señor D e l a B a -rra que continuara su viaje a México, y a nosotros nos dio sus razones y nos repitió lo que muchas veces nos había
pero que no era político, y que no quería llegar a la pre-sidencia de l a República.3 1
E n otro aspecto muy importante, como fue el de las refor-mas políticas del régimen, anunciadas por el general Díaz en el Informe rendido al Congreso el primero de abril, confiesa L i -mantour que él fue quien las sugirió a l presidente,
contraria-mente a quienes opinaban y aconsejaban que reprimiera con dureza la insurgencia, desechando todo propósito de hacer con-cesiones a l a Revolución.
A esta actitud de L i m a n t u o r —que él asegura inspirada en la mayor buena fe— se debió que los mismos amigos del general Díaz, entre ellos Dehesa, lo consideraran "autor del origen p r i n -cipal de l a Revolución y como causante del súbito hundimiento de l a situación pasada".
Puede haber sido sincera la conducta de L i m a n t o u r , nacida de sus investigaciones sobre la verdadera situación militar del país: dice que los batallones estaban incompletos, a veces r e d u -cidos a la m i t a d de su efectivo en pie de paz, carecían de la dota-ción normal de parque, había falta de unidad de mando, por-que mientras el general Díaz dirigía las operaciones militares desde Chapultepec, el general González Cosío daba órdenes des-de l a Secretaría des-de Guerra, ignorando muchas veces las des-del pre-sidente, de manera que a veces se dictaban providencias contra-dictorias; que como a los jefes de columna se les impedía l a iniciativa y estaban sujetos a las órdenes que expedía México "con pocas excepciones daban pruebas de incapacidad o falta de experiencia" y que, en f i n , "las órdenes y contraórdenes d a -ban motivo a u n a serie de marchas y contramarchas" que cau-saban trastornos a los soldados y los desalentaban.
Observó que el gobierno se veía obligado a desguarnecer a l -gunas plazas importantes y a vigilar las líneas férreas, lo que le impedía disponer de los efectivos suficientes para contener el avance de la insurrección. Entonces propuso l a creación de nue-vos batallones y regimientos; la organización de hasta diez cuer-pos de policía rural destinados a la vigilancia de las comunica-ciones ferroviarias, de tal manera que las tropas en número suficiente pudieran destinarse a las necesidades primordiales de la campaña, y finalmente, que con urgencia se excitara a los gobernadores de los estados para el inmediato levantamiento de fuerzas auxiliares, cuyos haberes cubriría l a federación, pero dice que, a despecho de que se le prometió tomar urgentemente las medidas propuestas, su ejecución se demoró inexplicable-mente, y que cuando se dispuso el gobierno a proceder ya era demasiado tarde.
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Esta situación coincidió con los visibles síntomas de decre-p i t u d del general Díaz, que se manifestaba decre-princidecre-palmente en sus lagunas amnésicas, resultado del exceso de trabajo, de sus preocupaciones y de sus insomnios. N o obstante, dice L i m a n t o u r •que no perdió su gran perspicacia y que "algunas más de sus dotes excepcionales se conservaban todavía casi intactas".
Los que vivimos en su derredor en esa época angustiosa p u -dimos observar muy de cerca, y día a día, el tristísimo fenó-meno de una brillante inteligencia que seguía luchando, por momentos con buen éxito, pero casi siempre vencida a la postre, contra espesos nubarrones que sin cesar se aglome-raban sobre ella para oscurecerla. M a s no me di bien cuenta en los primeros días de m i regreso, de lo mucho que había progresado el m a l , hasta que, agravándose a pasos rápidos p o r k creciente actividad y mayor tensión nervíosa que mo-tivaban los acontecimientos, se presentó en toda su magnitud e intensidad la amenaza del cataclismo que ya pendía sobre la nación.3 2
Las fallas de la memoria eran frecuentes y resultaban pe-ligrosas, porque, olvidándose el presidente de una orden exped i exped a por él, al expedía siguiente o antes expedaba otra en sentiexpedo exped i -verso o contrario. H u b o casos en la remoción de gobernadores e n que ofreciera su apoyo en el mismo día a candidatos polí-ticamente enemistados. Asegura L i m a n t o u r que en el caso de Guerrero llamó al gobernador de esa entidad para confe-renciar sobre la política local, y en las mismas veinticuatro horas alentó a u n abogado guerrerense radicado en México, ajeno a la política de su entidad, para que se trasladara a C h i l p a n c i n g o a preparar su acceso al poder, al mismo tiempo que autorizaba a u n viejo y desacreditado político para que fuera a conferenciar con la Legislatura local y gestionara su exaltación a la primera magistratura de aquel Estado.
P U N T O D E VISTA discutible, pero sobre el que pueden hacerse exploraciones parcialmente reivindicadoras, es el que sostiene d o n José Ivés a l negar que el levantamiento de M a d e r o t u -viese conexiones o vínculos con el latifundismo, con el aban-dono del indio, la explotación inconsiderada del trabajo del
c a m p o o del taller, l a situación de privilegio de los extranjeros ricos y de los mexicanos influyentes, argumentos que llama "cantinelas por el estilo", con los que se forjó l a leyenda negra del porfiriato. Sí reconoce que hubo desigualdades sociales, pero dice que como las hubo y las hay en todas partes, y ase-gura que los males que más se han explotado por los panegi-ristas de l a Revolución nos fueron heredados de antaño. Por supuesto que el caso, considerado en bloque es muy discutible, pero no puede negarse que las raíces del latifundismo vienen desde la C o l o n i a y proliferaron en l a época de l a Reforma a merced de l a desamortización de los bienes de duración per-petua (propiedades rurales del clero y tierras comunales), bie-nes que fueron absorbidos por las clases económicamente capa-citadas, con lo que se exacerbó el viejo problema de l a m a l a distribución del agro, convirtiéndose en un signo de malestar más angustioso que durante el régimen colonial; es cierto t a m -bién que las t l a p i x q u e r a s y tiendas de raya fueron corruptela de las generaciones anteriores al advenimiento del régimen tuxtepecano; igualmente las desconsideradamente largas jorna-das de los trabajadores, l a obligación de obreros y empleados particulares de laborar sin recompensa durante los domingos y días inhábiles del calendario cívico; indiscutible que l a huel-ga estaba jurídicamente equiparada a cualquier acto punible de rebeldía, y sancionada como delito; irrebatible que antes del general Díaz hubo privilegios, y aunque no consagrados por l a ley, sí de hecho efectivos, y que en l a política mexicana los funcionarios han tenido y tienen una influencia que gene-ralmente rebasa l a órbita de sus actividades oficiales, frente al ignaro, al económicamente desvalido, imposibilitado de h a -cerse oir en las altas esferas políticas o administrativas por la sola voz de su ciudadanía.
Pero no puede negarse que las demandas de tierra y l a semi-esclavitud en que se encontraban el trabajador del campo y del taller, en beneficio de hacendados y empresarios industria-les, contribuyeron notablemente a engrosar las filas de los des-contentos a la hora de l a insurgencia e hicieron atractiva l a Revolución, simplemente porque prometía — a u n q u e no h u
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biera ofrecido algo más— u n nuevo orden, después de más de treinta años de estar administrado el país por los mismos h o m -bres y sistemas.
D E S P U É S D E F I N T A S , tanteos y escaramuzas verbales, dice L i -mantour que las primeras bases serias para un armisticio tem-poral de 15 días fueron las que el doctor Vásquez Gómez envió al licenciado D e la Barra a Washington, el 27 de abril, con
sú-plica de que nuestro embajador las despachara a México para su consideración, bases que se aceptó discutir, en vista de que en ellas no aparecía aún l a exigencia de la renuncia previa del general Díaz, y porque era necesario "calmar l a efervescencia norteamericana, que se traducía cada día en una actitud más desfavorable para nosotros". Aceptadas las bases, el gobierno de México ordenó al general Navarro l a suspensión de hosti-lidades, cuando sus fuerzas estaban sitiadas por los revolucionarios en C i u d a d Juárez. Desde allí en adelante dice L i m a n -tour que "comenzaron las verdaderas negociaciones de paz". A d m i t e que comienza también su intervención en las negocia-ciones como representante del presidente, para lo que le fue necesario dar forma legal a esa representación gestionando de las dependencias respectivas los acuerdos pertinentes.
Igualmente admite que, en vista de que las medidas de re-clutamiento y aumento de los efectivos del ejército y de los cuerpos rurales, su reorganización, dotación de parque, etc., que él había propuesto, serían frutos que, en todo caso, se recoge-rían después de largo tiempo, aceptó que "se entrara franca-mente por el camino de las negociaciones directas y oficiales con M a d e r o " , para lo que dice que influyó mucho el que, en lugar de remediarse los males y enmendarse los errores, unos y otros se agravaban, sin que ya hubiese l a menor posibilidad de dominar l a insurrección. D e tal manera, pues, que con l a más absoluta y a m p l i a delegación de sus facultades, L i m a n t o u r entró al terreno de las negociaciones del armisticio, negociacio-ríes que, de hecho, sólo vinieron a confirmar la beligerancia re-conocida por el régimen a l a Revolución, porque, según él afir-ma, estaban condenadas al fracaso desde el punto de vista de