EL CONFLICTO EN EL MEDIO ORIENTE
LA GUERRA DE IRAK DE 2003
Antonio Gomariz Pastor *
El largo conflicto que se desarrolla en el Medio Oriente y la zona del Golfo Pérsico ha traspasado las fronteras entre siglos y es hoy el conflicto regional más largo que se mantiene abierto, sobre todo si nos remontamos al origen de la creación de los distintos Estados de la zona y a la sucesión de importantes enfrentamientos en todos los ámbitos habidos.
El elevado número de actores nacionales y no nacionales, alianzas, grupos e intereses participantes en este conflicto se corresponde con la importancia de los componentes políticos, económicos (energéticos) y de seguridad presentes en el mismo, confiriéndole la categoría de estratégico, por cuanto los enfrentamientos así lo confirman. Tanto es así que las consecuencias de cada acción, por pequeña que sea, militar o no, condiciona la seguridad, estabilidad y economía regional e internacional.
Similar concentración y participación de los diferentes intereses de las potencias estadounidense, europeas y Estados árabes ha obligado desde hace décadas a una especie de diplomacia del Golfo, que se traduce en una intensa y permanente actividad diplomática internacional, desplazada y establecida normalmente en el seno de distintas organizaciones internacionales e intergubernamentales (Naciones Unidas, OPEP).
La duración del conflicto y el número de actores, pues, ha terminado por requerir el desarrollo de operaciones militares de diverso tipo y en ocasiones ha conducido a la guerra. La Guerra de Irak de 2003, último enfrentamiento concebido como guerra entre una potencia, Estados Unidos, formalmente bajo una pequeña coalición y el Estado de Irak, no ha tenido lugar según los modos clásicos, como lo fueron las guerras de Irán-Irak de hace 25 años o la Guerra del Golfo de 1991.
La duración de la guerra fue de 21 días y el primero de mayo se dieron por finalizadas las operaciones militares convencionales por parte del Presidente de Estados Unidos. En ese tiempo, el régimen del Presidente iraquí, Sadam Hussein, se desmoronó y quedó derrocado. Una guerra corta, si por tal tomamos el enfrentamiento entre la coalición e Irak y esperada, si se tiene en cuenta la diferencia abismal de potencial militar existente entre ambos bandos, aunque, la guerra continúa en otros frentes diferentes al militar convencional.
Al objeto de nuestro análisis, a saber, profundizar en los aspectos estratégicos y en los objetivos políticos y militares de esta guerra, una triple aproximación al contexto en el que tiene lugar equivale a reconocer los tres objetivos perseguidos por el país, Estados Unidos, que decide tomar la iniciativa en 2003 en este conflicto. Por un lado, amparándose en una formulación doctrinal estratégica diferente a la existente y caduca de la posguerra fría en donde se contiene y justifica la posibilidad de realizar acciones anticipatorias (con el uso común extendido de ataque preventivo) y, por otro, después de agotar una actividad diplomática en el ámbito de la cooperación internacional y multilateral. Es decir, la decisión estadounidense de atacar Irak se concibe como una acción anticipatoria unilateral en coalición con un grupo de Estados.
Los objetivos políticos perseguidos por Estados Unidos y la coalición se encuadran en el conflicto expuesto al principio y se corresponden con tres ámbitos territoriales, desde luego, en un contexto mundial de seguridad totalmente transformado desde la Caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991. Un objetivo local (estatal), continuación de otra guerra, emprendida por Estados Unidos y una amplia coalición de Estados avalada por Naciones Unidas, en el Golfo Pérsico, la Primera Guerra del Golfo de 1991, para derrocar el régimen de Sadam Hussein que, después de más de una década de medidas de control, económicas y comerciales (embargos, sanciones, restricciones, inspecciones) compromete la estabilidad de la zona.
Un segundo objetivo regional, consustancial al anterior de democratización de Oriente Medio, para garantizar una presencia hegemónica que le permita tener una influencia política suficiente para contener y eliminar las amenazas de radicalización del
nacionalismo árabe, la influencia de Irán y el terrorismo derivado del fanatismo religioso, así como poder responder y plantear soluciones definitivas al largo conflicto de Oriente Medio.
Y un tercero, internacional, consistente en asegurar el dominio en la zona, convertida en una de las tres claves de la seguridad mundial actual, junto con la centroasiática y la asiática chino-norcoreana.
En su conjunto, estos objetivos responden a una lógica de equilibrio de poder y con su consecución, Estados Unidos pretende dotarse de capacidad para gestionar con garantía éxito dos crisis simultáneas en dos escenarios diferentes que los responsables militares estadounidenses sitúan en las zonas antedichas. Esta suficiencia se contiene en la doctrina militar “Joint Vision 2010”, elaborada a final del siglo XX, donde se establecen las prioridades, pautas y líneas de acción en el mundo para la presente década y supone el soporte de la estrategia política estadounidense en esta Guerra. Detrás de este esquema está la concepción global de Estados Unidos de inaugurar una nueva era, sustituyendo la estrategia de contención y disuasión del último medio siglo por la antedicha y la doctrina de acciones anticipatorias.
Si consideramos que esta guerra se inició en 1991, la convierte no sólo en la más larga de la etapa posterior a la caída del conglomerado soviético sino en una referencia conceptual o modelo sobre las futuras guerras en el contexto mundial actual, no tanto en su inicio como en la fase actual. Desde luego, esta guerra de 2003 es muy diferente de la de 1991, tanto por los motivos, ya que la agresión de Irak a Kuwait suponía una amenaza muy grave a la estabilidad y seguridad en el Golfo Pérsico y Oriente Medio, como por la amplitud y extensión los objetivos políticos, menos reactivos y mucho más amplios. Sin embargo, para esta acción de tipo anticipatorio de alcance mayor y global, la determinación de Estados Unidos no ha contado con el apoyo de la de 1991.
El hecho de que 12 años después haya tenido lugar esta segunda acción militar no permite calificar este intervalo como período de paz. El enfrentamiento ha continuado, si bien ha sido desplazado a las organizaciones internacionales, específicamente las Naciones Unidas, y no ha estado exento de operaciones militares,
que han incluido bombardeos, como en 1993, 1998 y 2001, además de otras de reconocimiento, vigilancia, control aéreo, etc. La actividad diplomática y de establecimiento de acuerdos internacionales presenta dos etapas, una de baja intensidad, que tiene lugar desde la retirada (no total, puesto que la disposición de tropas es permanente en la zona, incluyendo varios países desde entonces) del grueso principal de efectivos de la Primera Guerra hasta el acceso a la Casa Blanca del actual presidente; y otra, político-militar de alta intensidad, desarrollada entre el 11 de Septiembre y la adopción de la decisión y momento de atacar Irak, finales de 2002 y primer trimestre de 2003.
El objetivo de esta segunda es doble, por un lado, seguir tratando el conflicto en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, para asegurar una resolución que propiciara una respuesta en el marco de la cooperación internacional, más satisfactoria que las anteriores resoluciones de la etapa de 12 años. Por otro lado, intensificar los contactos bilaterales para conformar una coalición que garantizase la acción anticipatoria tras la supuesta y esperada negativa del Consejo de Seguridad a dar cobertura mediante una resolución que específicamente autorizase una intervención militar.
El objetivo político de Estados Unidos aglutinador de la situación previa al enfrentamiento militar era intervenir a partir de la combinación de su doctrina de ataque anticipatorio y de la cooperación internacional, pretendiendo hacerlo para dar cumplimiento a las diversas resoluciones emanadas del Consejo de Seguridad que obligaban a Irak a destruir todo su armamento químico y de destrucción masiva, de forma que realmente se intervenía en nombre de los Estados para lograr que Irak cumpliera con las obligaciones impuestas a favor de la seguridad en la zona.
Entretanto, el objetivo político de Irak en esta fase era presentarse como un Estado víctima del imperialismo estadounidense y ganarse la confianza del Consejo de Seguridad y de la opinión pública mundial, en cada debate que tenía lugar en Naciones Unidas sobre las inspecciones y el resultado de los informes referidos a la posible existencia de infraestructuras y material de posible fabricación y uso de armas químicas. Con esto, Irak pretendía que el debate se convirtiera en un enfrentamiento diplomático e
internacional que presionara a Estados Unidos y a Naciones Unidas, alargando un ataque previsto y concebido militarmente desde la segunda mitad de 2002, y ganar tiempo para preparar una estrategia defensiva.
Al ataque reactivo de la coalición de 1991 y el desplazamiento del conflicto hacia un protagonismo diplomático en el seno de las organizaciones internacionales, le sigue un tercer momento, la Guerra de 2003 (en la que nos centraremos a continuación). En esta se pueden diferenciar también dos fases. Por un lado, la acción anticipatoria o ataque militar, que transcurre desde la invasión de marzo hasta el 1 de mayo de 2003. Por otro, el control militar del país que ha permitido celebrar las elecciones en 2005. Durante este tiempo, se han sucedido de forma simultánea enfrentamientos y de cambios tácticos lógicos de ajuste a la situación por parte de ambos bandos, la coalición y quienes combaten enfrentándose a la misma, junto con el establecimiento de la administración civil-militar que permitiera un mínimo control de la situación del país para preparar el final de la guerra, momento a partir del cual comenzaría un cuarto momento, la reconstrucción, que el Estado Mayor estadounidense incluye también como parte de la victoria.
Dado que la reconstrucción forma parte también de la victoria y la paz en las guerras actuales, exigía una determinación previa de quiénes reemplazarían al Presidente y autoridades iraquíes. Las dificultades en este sentido hacen que la percepción de victoria no sea absoluta, aunque nunca ha estado en duda, sólo el tiempo que requeriría. De ahí que pese a que Estados Unidos ha ganado la guerra, tenga pendiente ganar la paz. Algunos expertos han señalado que el empantamiento de la guerra obedece a la insuficiencia del número de tropas y al manejo erróneo de la ocupación después del ataque preventivo.
Parece claro, pues, que los objetivos políticos de Estados Unidos han estado en todo momento por encima de cualquier otro aspecto en esta guerra, cuyo punto de partida fue el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y al cual pretende regresarse después de finalizada la misma. Desde luego, el nivel de enfrentamiento, la sucesión continuada de ataques contra las tropas ocupantes de la coalición y las dificultades estratégicas derivadas del nivel de resistencia, las características de la reconstrucción y
la reorganización de las relaciones internacionales (cuya ruptura en las Naciones Unidas y la OTAN no encuentra precedentes desde la Segunda Guerra Mundial) marcan en la actualidad el final de esta guerra.
Lo esperable es que, durante un tiempo largo se mantengan abiertos los frentes diplomático, el retorno a los foros multilaterales y de Naciones Unidas, como fue el de la Conferencia de Donantes para la reconstrucción y el modo en que participarán los actores estatales e internacionales, y el militar, con la activación inicial de una especie de régimen de ocupación de facto.
Vemos, por tanto, como el objetivo de Estados Unidos en la Guerra de Irak ha estado dominado por una doble idea: no cometer los errores de Irak I y establecerse en la región de forma dominante para no tener que inventar un Irak III.
Por último, cabe detenerse en la estrategia militar de ambos bandos en la Guerra de Irak de 2003, cuyo desarrollo quedó pronto definido por la superioridad militar y tecnológica de Estados Unidos y por la incapacidad casi total del ejército iraquí, después de 12 años de inactividad y de embargos y constricciones económicas que han afectado claramente a su falta modernización y adaptación tecnológica. Si a esto se añade que el ejército terrestre regular lo componían militares relegados y sin motivación, el armamento era antiguo y la mayoría de efectivos y maquinaria hace años que no están operativos, se explica porqué, en términos generales, fracasó y se mostró tan débil y frágil la defensa de Irak. Por tanto, el enfrentamiento militar no sería determinante para el desarrollo de esta guerra. La estrategia se da cuando existen dos voluntades que se enfrentan, por eso lo que ocurre en Irak es incluido por algunos en el ámbito de la táctica.
Además, está el fracaso estratégico iraquí en esta guerra, que ya se repitió en la guerra con Irán, pese al apoyo estadounidense y europeo y en la del Golfo de 1991, con una estrategia más propia de las grandes batallas con movimientos de tanques. Ahora, salvo la resistencia de unidades paramilitares aisladas en el sur, en ningún momento ni punto Irak se mostró capaz de poder hacer frente a la intervención. A esto hay que añadir la inesperada “entrega” de Bagdad, errores tácticos de magnitud, la cesión de los
pozos petroleros intactos (aunque se amenazó con su destrucción), la renuncia al minado de puentes y el escaso obstáculo que han supuesto francotiradores y minas para la defensa del territorio.
El déficit principal estuvo, sin duda, en la dirección estratégica de la guerra, que entregó todo su tiempo y esperanza al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, confiando que frenaría el ataque preventivo, junto a la negativa turca comentada de no asistencia. Pero, mientras, las unidades del ejército iraquí continuaron establecidas igual que hacía una década. Y, como se insiste después, una guerra irregular urbana y popular no tenía la consistencia ni firmeza que presenta entre otros grupos de carácter terrorista islamista de otros países. Tampoco el presidente iraquí tenía el reconocimiento ni el carisma sobre las autoridades religiosas para liderar una resistencia eficaz. Con estos elementos, plantear una guerra sin el respaldo de la unidad de la población, en un estado fragmentado, sin un ejército motivado, consciente ni preparado para defender sus valores e intereses, equivale directamente a someterse a los designios de la ausencia de estrategia y la improvisación táctica, desvirtuándose incluso el concepto miso de guerra en semejantes condiciones.
El único recurso de Irak era acudir a las tropas especiales, unidades irregulares y la “guerrilla urbana”, cuya acción es totalmente irregular y pretende aprovechar la “topografía” de las ciudades. Es decir, convertir una guerra corta en una guerra prolongada, donde se evidenciara un cierto fracaso de la potencia estadounidense e incluso mostrando cómo su fin último era la destrucción total no sólo de la capacidad política, militar y económica, sino incluso de la cultura iraquí y universal de la antigüedad.
Los fines y el perfil de la estrategia estadounidense eran claros: una guerra corta, asimétrica, con objetivos ilimitados (derrocar el régimen y cambiarlo), una especie de estrategia de doble envolvimiento o de “tenaza” (por el norte y el sur, frustrada por la negativa turca a autorizar el paso por su territorio) de forma que la capacidad de la aceptada superioridad militar y tecnológica funcionara en sí misma como una amenaza insalvable y desmoralizadora entre las tropas iraquíes. Esto concedería al ejército de la coalición el estatus de “salvador”, reduciéndose la resistencia al mínimo entre la
población. El despliegue consistió en fueres columnas de tanques acompañadas por infantería mecanizada protegidas por artillería más los helicópteros de reconocimiento, de ataque y bombarderos tácticos y estratégicos avances nocturnos. Se inician los ataques terrestres con el bombardeo desde los buques, lo que supone una novedad en esta guerra.
Es importante hacer notar la actitud general de la población iraquí, de la que no puede decirse que constituyó un centro de gravedad ni una vulnerabilidad crítica, dado que ni recibieron mayoritariamente a las tropas estadounidenses y británicas como libertadoras ni se implicaron ciegamente en la defensa de un territorio, un estado o unos valores nacionales iraquíes, lo que, por otro lado, conocían perfectamente los estrategas de la coalición cuando decidieron atacar un estado de composición multiétnica, diferenciación religiosa y división en tribus. De ahí que sólo ciudades se convirtieran en objetivos militares principales de defensa a vencer por la coalición. Esto fue crucial en las operaciones sobre Mosul y Kirkuk, el “frente norte”, por la consideración estratégica especial que le confieren los yacimientos petrolíferos. Debe destacarse en este punto que la decisión de Turquía de no prestar apoyo al despliegue de 62.000 soldados en ese frente (paralelo a la ofensiva angloamericana por el sur, donde fue reconocida la respuesta notable de unidades militares y paramilitares) estuvo condicionada, entre otros aspectos, por la tensión que podía generarse entre las distintas poblaciones kurda, turca e iraquí que conviven en la zona norte.
Según avanzó la guerra, el recurso de la resistencia y la táctica de parte de la población implicada se desvió, desde los saqueos y vandalismo inicial, hacia los secuestros de extranjeros, fueran diplomáticos, periodistas, empresarios, los ataques terroristas y los atentados suicidas con explosivos, de los que se detectan más de 25 diarios. Las tropas angloamericanas se vieron, y se ven, obligadas a responder a esta suma irregular de guerra urbana y “efecto chiíta” (rebelión social generalizada basada en pequeñas intifadas), con represiones que suponen un alto coste en vidas humanas.
Por ello, la táctica de la coalición también varió para combatir la dura resistencia en ciudades como Nasiriyah y Basora, demostrando que la previsión inicial de casi nula resistencia era un error, como que la superioridad tecnológica y armamentística
disuadiría a la población de enfrentarse a las tropas de la coalición, de lo que el primer fracaso de la ofensiva terrestre en el asalto a Faluya es un claro ejemplo. Esto obligó en un momento al envío adicional de 100.000 soldados estadounidenses para un control estricto de todos los civiles y grupos.
Concluyendo, la Guerra de Irak de 2003 forma parte de la estrategia política estadounidense para aumentar su influencia y capacidad de actuación en una región y, por extensión, en el mundo y garantizar la defensa de sus intereses (más en el exterior que en el interior). El objetivo concreto de la guerra era derrocar un régimen y sustituirlo por otro de carácter democrático. La situación actual no permite hablar de victoria en el sentido más moderno y último del término (dadas las dificultades de la reconstrucción) pero sí permite afirmar que la guerra está finalizada.
El desarrollo de la guerra era un guión ya escrito y concebido sólo por uno de los bandos. El Estado de Irak no sólo no reaccionó ni ejerció el derecho a su defensa como tal, sino que sucumbió de forma súbita y sólo una pequeña parte de la población y pequeños grupos, pocos, pero algunos llegados hasta Irak expresamente, fueron progresivamente derivando hacia tácticas terroristas que obligaron a la coalición a reforzarse para un control del territorio en función de estos acontecimientos. Una visión más general dos años después del inicio de la guerra nos permite constatar que la concepción estratégica global de la misma ha sido la adecuada para los objetivos que perseguía Estados Unidos y la coalición y, no ha debido ser modificada en función de los términos inicialmente conceptuados porque su desarrollo se ha ajustado a lo previsto por uno de los bandos.
Bibliografía
- Fojón, E: Cuatro documentos sobre estrategia. Documentación del curso “El conflicto
en el mundo actual”, del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado.
- Lobo, A: Comentarios sobre la Guerra en Irak. Instituto Universitario General
- Mansilla, R: “Geopolítica, poder y petróleo: Irak y el nuevo orden de EEUU”, en
Tempos Novos, abril de 2003.
- Sánchez, C: “EEUU-Irak o el juego del ratón y el gato: ¿peligro nuclear o derrocar a
Sadam Hussein?”, en Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas, nº 7, 2004
- Speckhard, D: “Una contribución a la estabilidad de Irak”, Revista de la OTAN,
invierno de 2004.
Otras fuentes
Los datos referidos al curso de los acontecimientos día a día, el número de efectivos que se cita, así como otros datos sobre las características de la invasión han sido obtenidas de las principales versiones electrónicas de los principales diarios nacionales e internacionales, así como de los “especiales” que sobre esta guerra en Irak contienen las webs oficiales de estos diarios (NYT, La Jornada, El Periódico, La Vanguardia, Estrella Digital, El País, El Mundo, Le Monde, El Comercio, Brecha).