Más de uno pensará que no hay razón para plantearse en una revista de pensamiento cristiano la pregunta “¿Dónde está Dios?”. La pregunta está ya planteada y contestada de manera precisa y definitiva en el Catecismo Católico, cuyo Compendio, redactado en forma de preguntas y respuestas bajo la dirección muy directa del actual papa, está a punto de salir en castellano para constituirse en un best-seller. Supon-go que la respuesta no será muy distinta de la que nos en-señaban de pequeños, acompañada con un gesto de la mano: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Ésa es la verdad absoluta. Y todo lo demás es hacer planteamientos que oscurecen, relativizan y hacen dudar.
Más bien, nos dirán, la pregunta que hay que hacerse es ésta: ¿Por qué esta proscrito Dios de la vida pública, sobre todo en las sociedades occidentales? Si no hubiera políticos que conducen sectariamente a la sociedad hacia posiciones laicistas, que se olvidan de Dios al redactar constituciones y al votar leyes permisivas que se alejan de los mandatos divinos; si se retribuyera mejor el culto y se normalizara la enseñanza del catecismo católico como asignatura curricular incluso en las escuelas públicas; si se respetara la autoridad moral del papado y de los obispos como supremos guardianes de los va-lores que inspiran la civilización occidental –que no habría que dejar de llamar “cristiana”, pues es una referencia histórica compatible con la tolerancia–, Dios estaría más presente en el mundo y más al alcance de las personas, incluso de los “po-bres de espíritu”, de aquellos que no son capaces de pensar por sí mismos en la árida sociedad secularizada y plural.
Pero, sin entrar en estrategias de renovada presencia pública del nombre de Dios, del misterio eucarístico o de la institución eclesiástica –que más que resolver tienden a agrandar la dificultad del hombre moderno para acceder a lo verdaderamente divino–, lo que a nosotros nos ha preocupa-do al confeccionar este número es la sensación de que nos
ha-¿Dios proscrito o eclipsado?
llamos ante el eclipse de Dios en una cultura que, al margen de cualquier ideología, está marcada por el empirismo, por la exaltación de la tecnociencia y por el realismo audio-visual. Los mismos que quieren utilizar las técnicas modernas para hacer visibles los signos religiosos, están fomentando la cultu-ra del espectáculo que hace más difícil el encuentro con Dios. Quienes más utilizan el nombre de Dios para promover cruza-das de regeneración moral –el famoso caso de las iglesias cris-tianas estadounidenses de talante tan neoconservador, que el arzobispo Lavada quisiera ver extendido en las iglesias del mundo entero–, más camellos tienen que tragarse y más escándalo producen en tantos que buscan sentido con cohe-rencia.
Para contestar a la pregunta que da título al número –¿Dónde se encuentra Dios?–, empezamos por hacernos una previa y fundamental: ¿Por qué las personas de hoy no
pue-den encontrar a Dios? Contesta, en el primer artículo, Emilio
MARTÍNEZ NAVARRO, de una forma sencilla y profunda, emplean-do –según su peculiar estilo pedagógico– múltiples parábolas y ejemplos concretos.
Andrés TORRESQUEIRUGA, que ha profundizado mucho en la fenomenología y la teología de la revelación, se plantea la pregunta “¿Dónde está Dios en el mundo actual?”. Es ilumina-dor su razonamiento. De alguna manera vuelve del revés mu-chos análisis que se hacen hoy. Quien se queja de que Dios sea tan poco visible y añora tiempos de cristiandad, debería entender que esa opacidad de lo divino a la mente humana es característica esencial del encuentro entre Dios y el hombre. Ciertas claridades especulativas y pretendidas evidencias mi-lagrosas de su presencia, con frecuencia, más que desvelar su rostro lo desfiguran.
Y finalmente otro teólogo, Javier VITORIA CORMENZANA, despojándose de su condición de teólogo académico y revis-tiéndose de la humilde condición de un hombre como otro cualquiera, rodeado de tinieblas pero “tocado” por Alguien, va tanteando caminos sólidos para encontrarse con Él. Es un tex-to que tex-todos los lectex-tores agradeceremos a Javier, por lo que representa de entrega sincera de sus experiencias y reflexio-nes más profundas a los cojitrancos y ciegos que vamos tan-teando en la vida real el verdadero camino hacia Dios.
Esta vez la CONVERSACIÓN CON Raimon PANNIKAR comple-ta magníficamente el tema central del número. Tenemos que agradecer a Victorino PÉREZ una síntesis tan completa y clara del pensamiento del insigne pensador
cristiano-hindú-budhis-ta-secular, como él mismo se define. Sólo tras muchas horas de encuentro personal y de lectura de sus obras se puede con-seguir una entrevista como la que ha realizado a uno de los teólogos españoles más universalmente conocido, más original y más actual en el mundo global en el que nos toca creer y anunciar a Cristo. ¡Gracias a Raimon y a Victorino por comu-nicar el espíritu de sus encuentros con los lectores de IGLESIA
VIVA!.
Si hay que llevar el anuncio de Cristo al mundo de hoy, lo tendrán que hacer principalmente los laicos. Pero, ¿qué tipo de laicos y con qué mentalidad? Josep MIRÓ IARDEVOL y Carlos GARCÍA DE ANDOIN presentan, en DEBATE, la diversidad de plan-teamientos que se han hecho bien patentes en las asambleas de apostolado seglar celebradas últimamente.
En SIGNOS DE LOS TIEMPOS sólo uno, pero muy significa-tivo: la entrevista que una periodista italiana hace al profesor Giuseppe ALBERIGO con motivo del ataque frontal que se está dirigiendo desde la cúspide eclesiástica de Roma –protagoni-zada por el poderoso cardenal Ruini, presidente de la Confe-rencia Episcopal Italiana– contra lo que se consideraba como la mejor “Historia del Concilio Vaticano II”, la que dirigió el propio profesor. No se puede borrar de la historia el concilio pero se intenta ocular su verdadera historia y cambiar su sen-tido.
Recordando unas palabras de Karl RAHNER sobre la in-vernada en la Iglesia, en PÁGINA ABIERTA, completa el número una serie de recensiones de libros importantes que animan a la profundización: Ives CONGAR habla de sus experiencias del Concilio, Theodor ADORNO de cómo resistir a la barbarie, Juan Nepomuceno GARCÍA-NIETO de cómo vivió su compromiso cris-tiano con los pobres y oprimidos, y Carlos GARCÍA DEANDOIN so-bre la misión de los laicos como Iglesia en el mundo.
¿Por qué las personas de hoy
no pueden encontrar a Dios?
1. Aclarando la pregunta
Para empezar, conviene aclarar que la pregunta que da título a este artículo es una de esas preguntas que presuponen muchas cosas. Tal como está formulada, la pregunta está presuponiendo, de entrada, que todas las personas de nuestra época, o al menos muchas, no pueden encontrar a Dios. Y esta afirmación implícita presupone, a su vez, otra: que las personas de nuestra época lo buscan, buscan a Dios, y por la razón que sea —esa razón o con-junto de razones es lo que tendría que sugerir este estudio— no consiguen encontrarlo. Alguien podría replicar que este segundo supuesto no está implícito en la pregunta que encabeza este escri-to, puesto que una de las razones, incluso la principal razón, de que las personas de hoy no encuentren a Dios, quizá sea el hecho de que no le buscan. Y entonces hay que plantearse las razones de esa renuncia a la búsqueda. Por otra parte, hay un segundo implícito en la pregunta que nos ocupa: el que sugiere la expresión “las per-sonas de hoy”, por contraposición a las de otras épocas. En este sentido, la sugerencia de que en otros tiempos hubo más personas (en términos porcentuales) que encontraban a Dios, nos pone ante
Emilio Martínez Navarro *
la cuestión más difícil de abordar: ¿Cómo es posible saber quién Le encuentra y quién no? ¿Cómo podemos establecer un número, siquiera aproximado, de personas que en un momento histórico buscan y encuentran a Dios? ¿Cuáles son los criterios por los cua-les podríamos considerar que tal o cual persona encontró a Dios?
Por tanto, parece oportuno estructurar este trabajo reflexio-nando sobre los implícitos mencionados. Haré una primera explo-ración de la cuestión que acabo de señalar como clave: ¿Cómo es posible saber quién encuentra a Dios y quién, a pesar de lo que diga o piense, en realidad no le encuentra? A continuación, con el resul-tado de esa reflexión en nuestras manos, podemos plantearnos con sentido la pregunta que he señalado al principio: ¿Quién busca y quién no busca hoy a Dios? ¿Qué dificultades encuentran quienes buscan hoy a Dios para poder encontrarle de veras?
En este punto muchos lectores pensarán que sólo puede atre-verse a escribir sobre estas cuestiones alguien que tenga la osadía de verse a sí mismo como alguien que pertenece al grupo de quie-nes han encontrado a Dios. Sin embargo, quiero aclarar que, en realidad, el autor de estas líneas se percibe a sí mismo más modes-tamente: como alguien que le busca, pero que no tiene garantía alguna de haberle encontrado. Pero no creo que sea imprescindible haber tenido éxito en la búsqueda para poder elaborar algunas reflexiones en torno a la cuestión de porqué las personas de hoy no pueden encontrar a Dios. Porque la reflexión sobre estas cuestio-nes puede hacerse desde distintas perspectivas, y sin duda el pun-to de vista del que busca sin estar seguro de haber encontrado es un enfoque legítimo, probablemente más ajustado a la condición humana —limitada, frágil, insegura, ignorante— que el de quien se crea totalmente seguro de haber encontrado a Dios. Esta última puede ser también, en principio, una perspectiva legítima, pero estaría mucho más expuesta a la sospecha de autoengaño y de fal-ta de prudencia intelectual. El lector juzgará si el recorrido que vamos a hacer consigue, o no, sortear esos riesgos que me pro-pongo evitar.
2. ¿Qué significa encontrar a Dios?
A lo largo de los siglos se han acumulado diversos testimonios de personas que supuestamente “han encontrado a Dios” o “se han encontrado con Dios”, y ese Encuentro ha marcado sus vidas de un modo radical, hasta la raíz de su ser, hasta empapar todos los aspectos de su proyecto vital. No me refiero únicamente a quienes
consideramos como figuras clave de las grandes religiones, como Abraham, o Moisés, o Jesús de Nazaret, o Pablo de Tarso, o Maho-ma, o los santos más destacables, sino que también me refiero a millones de personas creyentes que pasaron por la vida sin dejar más huella que el recuerdo de quienes les conocieron. A menudo es el testimonio de estos creyentes anónimos1el que cuenta de una manera decisiva para que cada nueva generación se plantee la pre-gunta por Dios y se atreva a buscarle respuesta. Sin el testimonio de este padre o de esta madre, o de esa amiga, o de aquel párro-co, o de aquella religiosa que conocimos, probablemente no se hubiera abierto en cada uno de nosotros el interrogante de la fe, o al menos no se hubiera mantenido abierto con la fuerza suficiente como para dar lugar a una búsqueda personal.
Es un hecho que ha habido millones de testimonios de Encuen-tro con Dios, aunque no todos hayan sido recogidos en relatos escritos. Pero no es seguro que todos esos relatos sean fidedignos, ni que recojan de veras un
Encuen-tro con Dios. Es muy legítimo y pru-dente desconfiar de muchos de esos relatos, puesto que también han sido abundantes en la historia los fraudes, las confusiones y toda
cla-se de manipulaciones. Es muy probable que algunos, e incluso muchos de tales relatos de supuestos encuentros con Dios, conten-gan exageraciones, distorsiones y falsedades más o menos incons-cientes, o más o menos interesadas, que seguramente se fueron sedimentando con el paso del tiempo hasta ocultar la verdadera dimensión de los hechos2. Pero, en todo caso, tras efectuar una cri-ba cuidadosa con los testimonios de quienes dicen haber encontra-do a Dios, nos encontramos con una importante porción de casos en los que cabe lo que podríamos llamar “una duda razonable”: no todos los testimonios de Encuentro con Dios pueden ser descarta-dos como autoengaño o como fraude, aunque no podamos dispo-ner de todas las garantías de su veracidad.
¿Por qué no desconfiar de todos los testimonios en bloque? ¿Por qué no pensar que todo relato de Encuentro con Dios es una
fan-El testimonio de creyentes anónimos muy cercanos (padres, amigos...) obliga a plantearnos la pregunta sobre Dios y a buscar la respuesta
1 Una buena recopilación de relatos acerca de estos creyentes anónimos, elabo-rada con buen estilo por un periodista no creyente, se encuentra en V. Rome-ro: Donde anidan los ángeles. Historias de la lucha contra la injusticia, Barce-lona, Destino, 2004.
2 Cfr. J. M. Mardones: “El lugar de Dios en tiempos de incredulidad” en J. M. Mar-dones (coord.): ¿Hay lugar para Dios hoy?, Madrid, PPC, 2005, pp. 9-41.
tasía más o menos interesada, como sostienen las diversas filo-sofías ateas3 que han ido apareciendo a lo largo de la historia?
Podemos rastrear algunos criterios razonables para no meter en el mismo saco a todos los testimonios de Encuentro con la divi-nidad. Por ejemplo, al analizar cada uno de ellos es fácil ver en qué medida el supuesto Encuentro tuvo consecuencias en la vida pos-terior de la persona involucrada. Si el supuesto Encuentro dio lugar a una vida acomodaticia y egocéntrica, lo más probable es que se trate de un fraude. Porque lo que muestra la vida de los persona-jes más respetados de las diversas tradiciones religiosas es que el Encuentro con Dios les complica la vida y les hace volcarse de algún modo al servicio de los demás: les compromete con un pro-yecto vital de generosidad y apertura a los otros, especialmente en favor de los débiles y de las víctimas de la injusticia, hasta el punto de que la fidelidad a ese nuevo compromiso vital, derivado del Encuentro con Dios, les convierte en mártires en la mayoría de los casos.
Pero mártires felices de serlo, no deprimidos ni frustrados. El Encuentro con Dios confiere, a juzgar por la mayor parte de los tes-timonios, una experiencia duradera de plenitud vital, de felicidad completa, de esa clase de gozo íntimo que aparece en el curso del encuentro entre las personas. Muchos de los testimonios del Encuentro del que hablamos describen a Dios como una Persona, un Tú misterioso y sobrecogedor, un Otro que sobrepasa todas las expectativas, un Alguien a quien puedes dirigirte en diálogo asimé-trico, pero nunca desprovisto de un exquisito respeto por Su par-te, un Interlocutor que acoge a su modo la súplica y la acción de gracias, aunque, como ocurre también con las personas de carne y hueso, no siempre Su respuesta a nuestros requerimientos y agra-decimientos se produce como uno desea.
Este asumir con fidelidad un compromiso personal nuevo, a par-tir del supuesto Encuentro con Dios, no es un cambio momentáneo de vida, sino un cambio duradero que se adopta sin ruptura de la personalidad: la persona que se encuentra con Dios sigue siendo El Encuentro con Dios les complica
la vida y les hace volcarse de algún modo al servicio de los demás
3 Seguramente es el ateísmo nietzscheano de “la muerte de Dios” el que más peso tie-ne todavía en nuestra época. Sin embargo, convietie-ne releer los textos de Nietzsche, a la luz de las últimas investigaciones sobre ellos, para tener una cabal comprensión de las impugnaciones de Nietzsche a la figura de Dios. Véase J. Conill: “Muerte de Dios e instinto religioso. Repensar la provocación nietzscheana” en J. M. Mardones (coord.): ob. cit., pp. 151-174.
esencialmente la misma, pero cambia su visión del mundo y de su lugar en él, hasta el punto de que cambia radicalmente su idea de la misión que quiere llevar a cabo en la vida. En cada testimonio concreto de Encuentro con Dios se dan unas circunstancias pecu-liares, pero el efecto de un giro en la vida de la persona es tan habitual como esperable, porque difícilmente podría presentarse como Encuentro con Él un acontecimiento que no tuviera un pro-fundo impacto en la vida de la persona que lo experimenta. De modo que el supuesto Encuentro con Dios sólo es creíble a la luz de la biografía completa de la persona que parece haberlo tenido: hemos de ver cómo vive y cómo muere esa persona para valorar en su justa medida la credibilidad de su testimonio. Porque la muerte no es sólo el punto final de la biografía personal, sino tam-bién “el momento de la verdad” para poder evaluar la seriedad del compromiso que mantuvo esa persona con sus propias conviccio-nes y compromisos vitales. Sólo tras la muerte de una persona podemos decir, si disponemos de datos suficientes para ello, que tal persona fue, o no fue, consecuente con su propia fe. El “responso” que generalmente reza la comunidad creyente reunida en torno al cadáver simboliza que dicha comunidad “responde”, ante Dios, de la persona fallecida4.
Otro criterio para conceder credibilidad —nunca certeza absolu-ta, que en estas cuestiones resulta imposible por razones que abor-daremos después— a los testimonios de Encuentro con Dios es que la imagen de Dios, que se deriva del testimonio en cuestión, sea en gran medida coherente con la imagen de Dios que presentan otros testimonios anteriores, considerados respetables en virtud de cri-terios como los anteriores. Por ejemplo, no sería creíble un supues-to testimonio de Encuentro con Dios del que se derive una imagen de Dios como Alguien dispuesto a suprimir la libertad de los seres humanos: Alguien dispuesto a convertirnos a todos en marionetas o robots carentes de libre albedrío. Por el contrario, la larga histo-ria de los testimonios de Encuentro con Él permite concluir que Dios es un ser inmensamente cuidadoso con la libertad humana, incluida la libertad de aquellas personas a las que sale al encuen-tro: no les impone Su Voluntad, ni Su Presencia, sino que les deja elegir por sí mismas el camino que quieran seguir. Si hay Dios,
des-4 Lo que resulta sorprendente del caso de Jesús de Nazaret es que, según el relato de sus seguidores, es Dios mismo quien “responde” de él tras su muerte: le devuelve a la vida para siempre en una forma de resurrección que constituye, según J.I. Gonzá-lez Faus, una completa novedad histórica; véase su libro Al tercer día resucitó de entre los muertos, Madrid, PPC, 2001.
de luego es Alguien que sabe que su plena manifestación anularía nuestra capacidad de elección, puesto que quedaríamos fascinados por completo, totalmente “colgados” como si se tratara de una dro-ga infinitamente potente, de la que fuese imposible “desendro-gan- “desengan-charse”. Por eso no cabe esperar que el Encuentro con Dios signi-fique, en ningún caso, una plena manifestación de Su Ser ante una persona, ni siquiera una manifestación de tal magnitud que tuvie-se como efecto la anulación de etuvie-se escaso margen de libertad que nos constituye como personas.
Siguiendo el mismo argumento, no tendría credibilidad alguna un supuesto testimonio de Encuentro con Dios que se pronunciase en sentido contrario a lo que contiene la mayor parte de los testi-monios anteriores. A lo largo de la historia de la humanidad se suceden los testimonios de Encuentro con un Dios que promueve la diversidad de las criaturas, la pre-dilección por la criatura humana, la paciencia con nuestros desmanes, la cercanía con los que sufren, la opción por las víctimas frente a los victimarios, el ofrecimiento de rela-ción amorosa como clave de la felici-dad, etcétera. Por ello, quien presentase una imagen de Dios como valedor de la uniformidad, o como enemigo de la creatividad, o como defensor de los abusos, o como cómplice de las injusticias, no sería creíble. Aunque semejante imagen se disfrace, como ocu-rre a menudo, con ropajes de “ortodoxia” y de “autoridad basada en la tradición”.
En síntesis, para retomar el título de este apartado, encontrar a Dios significa, en líneas generales, dar testimonio ante los demás seres humanos de que uno ha experimentado personalmente la Presencia de un Ser que le desborda por todas partes, pero que no anula tu libertad ni te sugiere que abraces valores contrarios a los que otros muchos testimonios creíbles han puesto de manifiesto hasta el presente. Encontrar a Dios significa, dicho en bruto, mos-trar con tu vida entera que has vivido una de las innumerables experiencias posibles que se pueden tener de la Presencia del Omnipresente: porque no hay un único y preferente modo de manifestación de Dios a las personas, sino que cada Encuentro es único y diferente, como diferente y única es cada persona. Y lo que indica que el Encuentro es creíble es que la imagen de Dios que se muestra a través de esa experiencia no es contradictoria con la imagen de Dios que hemos obtenido históricamente a través de los mejores testimonios recogidos en las principales tradiciones reli-El Encuentro con Dios deja siempre
a salvo la libertad de la persona, y para que eso sea posible es necesario que las señales no sean del todo evidentes
giosas. En su conjunto, el proceso de “revelación” de Dios a los seres humanos abarcaría todos aquellos testimonios de Encuentro con Él que tenemos buenas razones para considerar veraces.
¿Cómo suele producirse habitualmente esa experiencia impac-tante, que te cambia la vida, y que puede ser interpretada a pos-teriori como encontrar a Dios? ¿Es una experiencia reservada para una minoría “selecta” o, por el contrario, está al alcance de cual-quier persona que disponga de un mínimo de condiciones vitales?
En principio, si nos atenemos a la imagen de Dios que aparece en las principales tradiciones religiosas, parece que es Él quien lle-va la iniciatille-va para propiciar el Encuentro: es Él quien sale al encuentro con cada persona, a lo largo de la vida. No suele ser un acontecimiento puntual, con fecha y hora determinadas, sino más bien un proceso, una sucesión de acontecimientos que la persona puede interpretar de distinto modo: por ejemplo, puede interpre-tarlos como coincidencias curiosas, o bien como señales de Él. Como hemos dicho, la historia de los testimonios de Encuentro con Dios deja siempre a salvo la libertad de la persona, y para que eso sea posible es necesario que las señales no sean del todo eviden-tes: siempre cabe interpretarlas como no-señales, como simples azares y curiosidades, como acontecimientos que no determinan forzosamente un compromiso personal. Dios invita, pero no impo-ne. Dios se muestra, pero ocultando mucho más de lo que mues-tra. Dios juega al escondite con nosotros, porque de lo contrario perderíamos esa libertad que hemos de administrar a lo largo de la vida. Siguiendo este último símil, encontrar a Dios significa acep-tar Su juego y dejarse encontrar por Él de alguna de las múltiples maneras en que esa experiencia parece posible. Y son tantas y tan variadas esas maneras, que la experiencia del Encuentro con Dios parece estar al alcance de todas las personas, o al menos, de casi todas. Lo que ocurre es que la vivencia de esa experiencia se hace difícil en determinadas circunstancias. Veamos algunas de ellas. 3. Dificultades para encontrar a Dios
en el mundo de la opulencia
En nuestra época vivimos sobre el planeta varios miles de millo-nes de personas en situaciomillo-nes muy diferentes. El principal proble-ma para una buena parte de esta generación de seres huproble-manos es la mera supervivencia física. Hemos dado lugar a un sistema económico mundial que condena al hambre y la miseria a millones de personas, además de reducir la diversidad biológica provocando
la extinción acelerada de miles de especies. En este contexto, ¿cómo y dónde buscar el Encuentro con Dios? La imagen de Dios que nos transmiten los testimonios más relevantes del pasado, y de quienes hoy en día comparten el sufrimiento de las víctimas, es la de un Dios que no permanece neutral ante la suerte de éstas, sino que está abiertamente de su lado.
Las señales de nuestro tiempo, a mi modo de ver, indican que sólo puede haber Encuentro con Dios en el acompañamiento de quienes sufren y en el compromiso firme de rectificación de ese inhumano sistema. Las posibilidades de vivir experiencias de Encuentro con Dios son muy reducidas, o nulas, para quienes vivi-mos bien y cerravivi-mos los ojos al escándalo de la injusticia global. Entretanto, las personas que nuestro siste-ma socio-económico mundial ha condenado a una vida miserable, violenta, brutal y cor-ta, pueden encontrar vías privilegiadas de Encuentro que no están a nuestro alcance. Las circunstancias extremas pueden agudi-zar el sentido de la solidaridad y de la aper-tura al otro, y desde ahí puede ser más fácil abrirse a ese Otro que nos sale al Encuentro.
Por otro lado, para quienes disponemos de un desarrollo mate-rial caracterizado por el derroche de energía y de recursos, las difi-cultades para acceder al Encuentro con Dios se han hecho mayo-res: se ha abierto paso desde los inicios de la Modernidad una mentalidad cada vez más escéptica en estas cuestiones, una men-talidad que acaba por considerar los testimonios de Encuentro con Dios como meras leyendas de interés artístico y museístico, pero irrelevantes desde el punto de vista de su posible contribución al desarrollo de la humanidad. Este último se considera que está úni-camente en manos de la ciencia y la técnica, incluyendo en ellas los desarrollos de las Ciencias Sociales. No es que esta mentalidad dominante en el mundo rico niegue la existencia de Dios de un modo beligerante y hostil a todo lo religioso, como hicieron los ateísmos clásicos de siglos anteriores, sino que ahora lo hace en forma de indiferencia y de sarcasmo respecto a las manifestacio-nes de fe: algo así como la sonrisa condescendiente que un adulto dirige a los niños, a la vista de la ingenuidad de éstos. El no-cre-yente mira por encima del hombro al creno-cre-yente y “le perdona la vida” desde una actitud un tanto altanera que suele resultar “car-gante” para el creyente. A su vez, un buen número de creyentes, cuando están en un ambiente favorable, adoptan una actitud simi-lar ante los no creyentes. Sin embargo, hay que dejar csimi-laro que la Muchas personas se inclinan
por las propuestas de sentido que parecen más asequibles y menos arriesgadas
fe no autoriza al creyente a adoptar semejante actitud, ni tampo-co la moral cívica tampo-compartida autoriza al no-creyente a tampo- comporta-se de ecomporta-se modo. Mucho mejor le iría a nuestra convivencia en sociedades abiertas y pluralistas si el respeto sincero, basado en el diálogo y en el conocimiento mutuo, borrara las actitudes de des-precio que todavía se observan en unos y otros5.
Como sugeríamos al principio de estas reflexiones, la dificultad principal para encontrar a Dios, o para dejarse encontrar por Él, en las sociedades ricas, es que las gentes ya no Le buscan. “¿Para qué
he de buscar a Dios, si ya encontré la salvación en el consumo adaptado a mi poder adquisitivo?” —se pregunta el hombre
con-temporáneo si llega el caso—. “¿Para qué tendría que buscar a
Dios, si encontré la felicidad en el seguimiento a mi equipo favori-to? ¿Para qué debiera buscar a Dios, si el sentido de la vida me vie-ne del éxito en mi empleo o en la política? ¿Para qué buscar a Dios, si cuando me falle la plenitud que encuentro en el sexo, la ciencia me proporciona el Viagra?”. En semejante contexto, pareciera que
Dios se ha vuelto irrelevante: “¿Qué tipo de salvación es la que
ofreces, Dios? ¿Acaso puedes competir con la amenidad de los con-cursos de la TV y con las facilidades que dan las tarjetas de crédi-to? ¡Estás pasado de moda, Dios, ya no sirves para salvar a nadie! ¡Apenas eres un consuelo para viejos y para niños! ¿Quién va a seguirte de adulto si tu salvación sale perdiendo frente a la com-petencia?”.
En efecto, a mi modo de ver éste es el meollo del asunto: la experiencia del Encuentro con Dios se ofrece a los seres humanos como una posibilidad de sentido y como promesa de salvación. Una salvación que anuncia la más completa plenitud y felicidad a la que pueda aspirar el ser humano. Pero esta propuesta de Encuentro felicitante entra en competencia feroz, en el Primer Mundo, con otras muchas ofertas que prometen un resultado más confortable y menos exigente. De ahí que muchas personas, al menos en una parte de su biografía, se inclinen por las propuestas de sentido que parecen más asequibles y menos arriesgadas que la del Encuentro con Dios. ¿Por qué ocurre tal cosa? ¿Por qué las personas de nues-tra época no buscan a Dios?
5 Conviene avanzar en lo que Adela Cortina ha llamado “la normalización del hecho religioso en las sociedades de Occidente”: Cfr. A. Cortina: Alianza y con-trato. Política, ética y religión, Madrid, Trotta, 2001, pp. 174ss.
4. Creyentes sin experiencia del Encuentro con Dios
En primer lugar, parte de la responsabilidad por el hecho de que muchas personas de nuestro entorno ya no buscan a Dios, nos corresponde a los que nos decimos creyentes: porque los promoto-res de esa propuesta de Encuentro felicitante “nos hemos dormido en los laureles”. Tanto los pastores de las iglesias6, como los cre-yentes en general, que durante siglos han preservado los mejores testimonios de Encuentro con Dios y han sabido promover con entu-siasmo la posibilidad de que cada generación hiciera su propia expe-riencia de Encuentro, parece que llevamos largo tiempo sin encon-trar fórmulas adecuadas para que la Buena Noticia del Encuentro con Dios llegue al corazón de la gente de hoy. Un párroco reconocía este hecho y lo explicaba con una metáfora a sus feligreses:
“En una ocasión, un viajero llegó al portal de un edificio de viviendas en donde había portero, y le preguntó a éste que si podía subir a visitar a la familia López; el portero le dijo que antes de subir al domicilio de los López le convenía pasar un rato en la portería y limpiarse los zapatos, porque los López eran muy observadores de esos detalles y no les iba a gustar que el viajero subiera a su casa con los zapatos tan sucios que llevaba; una vez instalado en la portería, el viajero se vio envuelto en conversaciones con el portero y con otras gentes que allí se reunían con él; le preguntaron por su viaje, le comentaron un montón de chismes de los vecinos del edificio y le entretuvieron durante horas; en un momento dado, el portero le dijo que ya era tarde para subir de visita a casa de los López, y que era mejor que volviera otro día. El viajero se marchó y regresó al día siguiente, pero de nuevo el portero encontró una excusa para que se quedara en la portería, o incluso para visitar la azotea y la casa de otros vecinos, pero nunca le acompañaba a la casa de los López. Pasaban los días, y cada vez era más evidente que el portero y su gente querían tener al viajero como miembro de la tertulia de la portería, en donde a menudo se hablaba de lo buena gente que eran los López, pero no le indicaban el modo de acceder a la casa de éstos. Finalmente, el viajero desistió de su objetivo y se marchó de la finca con la impresión de que, después de todo, tal vez el encuentro con los López no merecía la pena, pues las personas encargadas de conducirle a la casa no habían tenido el menor interés en mostrarle el camino. Esta situación
6 Véase, por ejemplo, la lúcida autocrítica de la pastoral contemporánea que lleva a cabo J. Garrido: El conflicto con Dios hoy. Reflexiones pastorales, Santander, Sal Terrae, 2000.
se repetía una y otra vez con otros muchos viajeros y viaje-ras, que en ocasiones habían peregrinado durante meses para llegar hasta allí. Algunos de ellos optaban por quedarse largas temporadas en la portería, entretenidos en sus actividades, e incluso aceptaban colaborar con el portero en distraer a nue-vos recién llegados. Pero muy pocos viajeros, y casi siempre en secreto, conseguían acceder finalmente a la casa que venían buscando y conocer personalmente a los López. Cuan-do esto ocurría, los viajeros que habían teniCuan-do esa experien-cia se marchaban de nuevo a recorrer el mundo, pero esta vez ya no buscaban la casa de los López, sino un modo de com-partir con las gentes del camino su alegría profunda por el encuentro mantenido con ellos”.
Es significativo que algunos de estos “porteros de la casa de Dios” reconozcan su parte de responsabilidad de la manera que sugiere el relato: ¿No habrá demasiadas “distracciones” y “entre-tenimientos” por parte de los mediadores en la fe, que en lugar de facilitar el Encuentro con Dios a las personas, tienden a dificultarlo e incluso a impedirlo? ¿No habría que poner al día los modos de mediación para hacer posible que las personas que hoy buscan a Dios lleguen a encontrarse con Él? ¿No habrá demasiados intereses creados en torno a los mediadores, que les hacen olvidar el senti-do mismo de su tarea de mediación? ¿No habrá, en muchos casos aunque no en todos, un interés oculto de manipulación de las per-sonas que buscan a Dios, que impulsa a proporcionarles una ima-gen distorsionada de Él y a no dejarles experimentar por si mismas el Encuentro que buscan? ¿No se habrán anquilosado en exceso las estructuras y los rituales que originariamente estaban destinados a facilitar el acceso al Encuentro personal con Dios, hasta el punto de que ya no sirven para ese cometido, sino que lo impiden? (Por ejemplo: ¿Qué queda en la misa católica de parecido con una cena en memoria del Señor? ¿Alguien desde fuera podría reconocer que se trata de una cena de hermandad entre gentes que han tenido un Encuentro con Jesucristo? ¿No habría, quizá, que ponerse un poco en la piel de esa persona que se asoma “desde fuera” y ofre-cerle una experiencia de Eucaristía más acorde con la intención ori-ginal? Algo parecido sucede, en general, con los otros sacramentos cristianos).
El teólogo Antonio Andrés7 ha sugerido que no basta con la orto-doxia —la aclaración teológica de la fe— y la ortopraxis —el
com-7 A. Andrés: Escuchar a Dios, entender a los hombres y acercarme a los pobres, Madrid, Acción Cultural Cristiana, 1990, pp. 8-9.
promiso consecuente con la causa de la justicia y del amor, con prioridad hacia los más pobres—, sino que es necesaria sobre todo una ortomística: “una experiencia de Dios como éxtasis […] El éxtasis no es un fenómeno equívoco destinado a unos pocos, san-tos o neuróticos: es lo más hondo de la Salvación y de la misión, es salir de sí, encontrar al radicalmente otro, al Dios viviente. Sólo el encuentro con el Otro es capaz de destruir la tendencia a la dominación y la tendencia a la esclavitud. Únicamente la adoración del Padre, como definitivo absoluto, libera plenamente; toda otra absolutización se convierte, a la larga, en idolatría esclavizadora, desde la cultura a la revolución y hasta el mismo Evangelio, cuan-do se utiliza como un valor y no se vive como un encuentro”.
Seguramente se viene arrastrando en las iglesias contemporá-neas el déficit de ortomística que señala Antonio Andrés, porque las tareas pastorales han tenido mucho de escuela doctrinal y militan-te, pero mucho menos de escuela de Oración y de experiencia de Encuentro.
5. Una cultura de la diversión perpetua
En segundo lugar, puede que muchas personas de las socieda-des opulentas no busquen ni encuentren a Dios porque la educación recibida nos ha embotado la sensibilidad para ciertas cuestiones y la capacidad para plantearnos las preguntas más radicales. Hace tiempo que los padres, los profesores y los educadores en general, andamos desconcertados y perplejos ante el reto de educar a unas generaciones de jóvenes que lo tienen todo antes de pedirlo, que crecen rodeados de artefactos electrónicos y que reciben, igual que los adultos, un alud de información diaria que es muy difícil proce-sar y aprovechar para un verdadero deproce-sarrollo personal.
En este sentido, muchos jóvenes no buscan a Dios porque no han tenido la oportunidad de hacerse la pregunta por el sentido. Entretenidos en mil ofertas de ocio, y acostumbrados a disponer de casi todo sin gran esfuerzo, las cuestiones existenciales más pro-fundas sólo llegan como anécdotas. Enfrascados en seguir las modas y en consumir novedades, la propuesta del Encuentro feli-citante apenas llega a ser comprendida más que como una curiosi-dad similar a la oferta de cursos de aerobic o a los grupos de auto-ayuda para dejar el alcohol. Como han sugerido relevantes analistas de nuestra época, la cultura de la diversión ha sustituido a la cultura de la formación y de la autoconstrucción personal: el único sentido de la vida que se promueve es el que radica en
evi-tar la pregunta por el sentido mediante el entretenimiento y la diversión.
Sin embargo, antes o después se presentan ocasiones de cri-sis existencial en que las nuevas generaciones, como ocurrió antes con todas las anteriores, se enfrentan a las cuestiones del sentido y del compromiso vital personal. Preguntas como: ¿Qué estoy
haciendo con mi vida? ¿Cómo quiero vivir los años que me queden por delante? ¿No estaré malgastando la oportunidad de llevar a cabo un proyecto de vida que realmente merezca la pena? ¿No estoy ya saturado del tener y
has-tiado de consumir8, y podría explo-rar otros estilos de vida en donde la prioridad la tenga el ser, el encontrarme conmigo mismo y con los demás? ¿No estoy ya
har-to de sentirme tratado como un objehar-to de producción y de consu-mo, como un engranaje del gran sistema mercantil, y aspiro a sen-tirme un sujeto libre, que toma las riendas de la propia vida? ¿Acaso no estoy de vuelta de que me tomen por una marioneta?
Cuando este tipo de preguntas surgen en la trayectoria vital de las personas de hoy, los creyentes deberíamos estar dispuestos a ofrecer con sencillez la propuesta del Encuentro felicitante con el Dios del Amor. Y esto, obviamente, no consiste en “sermonear” a quienes se plantean preguntas existenciales, sino en contagiar de mil maneras el entusiasmo vivido.
En otro lugar9 he expresado esto mismo con una parábola que aquí voy a retocar ligeramente:
El ofrecimiento de la fe cristiana se parece a lo ocurrido en un bar de barrio lleno de gente al que un buen día entró un desconocido. Los habituales del bar le miraron con curiosidad. El desconocido se acercó a la barra y comentó a algunos de los clientes que él era un nuevo vecino, que llegaba con mucha ilusión a vivir allí, y que por eso estaba muy contento y les invitaba a una ronda. Entre los clientes hubo entonces tres tipos de reacciones.
Un pequeño grupo se alegró de la invitación. Le dieron las gracias y se interesaron por conocer al desconocido, pidién-dole que contase más detalles sobre los motivos que le habían llevado a instalarse en aquel barrio y por qué esa mudanza le ponía contento.
Domina la cultura de la diversión: el único sentido de la vida que se promueve es evitar la pregunta por el sentido con el entretenimiento y la diversión
8 Sobre la contraposición entre el consumismo y una posible cultura del consumo justo y feli-citante véase A. Cortina: Por una ética del consumo, Madrid, Taurus, 2002.
En cambio, algunos otros clientes pidieron la consumición a la que invitaba el recién llegado, pero no tuvieron el menor interés en escuchar las explicaciones de éste. Como eran los típicos gorrones, que siempre consumían a costa de otros y que nunca invitaban a nadie, se limitaron a seguir su costumbre sin dar las gracias siquiera.
Finalmente, otros clientes que habían escuchado la invita-ción, la rechazaron airadamente. Dijeron que ellos se pagaban lo suyo y que no consentían que nadie les viniera con histo-rias, puesto que ese tipo de invitaciones a desconocidos les parecía sospechoso y humillante. Lanzaron al desconocido una mirada de recelo y de desprecio y se apartaron hacia otra zona del bar. El desconocido les sostuvo la mirada con sere-nidad y no dijo nada.
Al cabo de un rato, los miembros del primer grupo estaban entusiasmados por el encuentro con el desconocido. Hasta tal punto estaban felices de haberse encontrado con él, que sus vidas ya no serían las mismas en adelante. El desconocido les hablaba con enorme sabiduría sobre las cuestiones que a ellos les preocupaban, y ellos sentían que aquel hombre les com-prendía y les estimaba muy de veras, a pesar de que acaba-ban de conocerse. Se sentían tan intensamente amados por él, que al salir del bar y volver a sus respectivos hogares y lugares de trabajo empezaron a comportarse de un modo más atento y cuidadoso con las demás personas. Por ejemplo, empezaron a ocuparse mucho más de los niños y de los ancia-nos, a quienes anteriormente apenas prestaban atención. Y en adelante tenían más cuidado con las injusticias en el tra-bajo y en la sociedad, y se mostraban abiertamente críticos ante los responsables de las mismas.
Siguieron reuniéndose a menudo en el bar con el descono-cido, y cada vez que lo hacían y compartían unos vinos y unas tapas en aquella barra, salían con el ánimo renovado y con la alegría en la cara, dispuestos a amar a la gente con la que se encontrasen, pero especialmente a los más desfavorecidos, humillados y excluidos. Al cabo de unos meses, cada uno de ellos acabó marchándose a vivir a otros barrios y entrando en otros bares en los que ahora eran ellos los desconocidos que invitaban a los residentes, y algunos de éstos sentían también el contagio de una actitud amorosa que en adelante les cam-biaría radicalmente la vida.
Afortunadamente, el tipo de actitudes y testimonios de fe a los que me refiero con esta parábola están presentes en muchos cre-yentes activos que todos conocemos. No suelen ser los que salen en la televisión, ni en los periódicos, porque su anuncio del Encuen-tro felicitante es vivido en los márgenes del sistema mercantil y
mediático. Pero su siembra puede dar mucho fruto. Ésa es la pro-mesa, y de ella se fían quienes se dejan la vida en esos márgenes, acompañando a quienes Dios no olvida nunca.
6. Una cultura de la inmediatez
En tercer lugar, en una sociedad acostumbrada a los automatis-mos, como abrir el grifo y disponer de agua, o presionar el inte-rruptor y tener luz, o teclear en el teléfono y poder hablar con alguien que está a miles de kilómetros de distancia, etcétera, es cada vez más difícil que tengamos la paciencia de permanecer en un proceso de exploración y aprendizaje más o menos largo, sobre todo si los resultados no se vislumbran desde el principio como seguros y muy atrayentes. Una actitud muy generalizada en nues-tra época parece ser, más bien, la de “quiero resultados
garantiza-dos, y los quiero ya: ¿dice usted que eso del Encuentro con Dios es una experiencia turbadora, que produce un cambio vital profundo y todo lo demás? Pues dígame cómo me encuentro con Dios en una o dos tardes; porque si hay que
dedicar-le más tiempo… seguro que me aburro y lo voy a dejar”. En un ambiente cultural
volcado al entretenimiento, a la inme-diatez de resultados y a la sucesión de las modas, la oferta de comenzar una
larga travesía del desierto para propiciar la experiencia del Encuen-tro no puede atraer de entrada a la mayoría de la gente. Y es que el Encuentro con Dios no es cuestión de apretar un botón. Como puede suponerse, es el resultado de un proceso de “despertar” que puede llevar tanto tiempo como profundo sea nuestro letargo.
No estoy diciendo que las personas de nuestra época no sean capaces de plantearse objetivos a largo plazo, pero una cosa es obtener un título universitario, o alcanzar el puesto de trabajo anhelado, que ya se sabe que son metas cuyo logro necesita un dilatado período de tiempo, y otra cosa muy distinta es iniciar un camino de búsqueda personal con vistas a una meta cuyo éxito y potencial beneficio para la persona aparecen en una gran penum-bra. En este segundo caso, se supone que habrá que hacer un esfuerzo y dedicar un tiempo que para muchos va a resultar exce-sivo. Porque otras metas felicitantes parecen mucho más seguras con mucho menos esfuerzo: seguir a un equipo de fútbol, comer y beber con la peña, ir de compras, viajar, practicar el sexo en diver-sas variantes, jugar con videoconsolas… Hay un sinnúmero de
ofer-Hay un sinnúmero de ofertas en el mercado de “la felicidad” que no exigen esfuerzo personal, y los resultados son inmediatos
tas en el mercado de “la felicidad” que no exigen paciencia ni gran esfuerzo personal, y los resultados son mucho más inmediatos. Y aunque el tipo de felicidad que se encuentra en esas actividades no pueda compararse, ni de lejos, con la que promete un Encuentro personal con la divinidad, son tantas y tan variadas las ofertas que hay “en el mercado de propuestas de sentido”, que ese posible Encuentro no logra atraer la atención de los potenciales “clientes”. Una anécdota vivida recientemente puede ilustrar lo que estoy diciendo. Me encontraba entre el público en una mesa redonda que yo mismo había organizado en la Universidad, como parte de la programación de actividades culturales de la Facultad de Filosofía. Los ponentes invitados tenían que exponer sus respectivos puntos de vista en torno a la cuestión “Religión y libertad”. Hacia el final del acto, en el turno de preguntas del público a los componentes de la mesa, uno de los asistentes tomó la palabra y dijo que podía mostrar la experiencia del Encuentro con la divinidad a cualquiera que tuviera un poco de interés en el asunto. Al preguntarle uno de los ponentes, con toda la sala expectante, de qué método disponía para lograr tal experiencia, el interpelado comentó que era nece-sario practicar ciertas enseñanzas durante unos… treinta o cuaren-ta años. Aunque en ese momento no lo explicó, por mi conoci-miento de esa persona imagino que se refería a una escuela de oración en la que él participa desde hace años y que promueve el uso del Zen como medio para desarrollar la espiritualidad y propi-ciar el Encuentro con Dios.
Sin duda hay cosas que necesitan su tiempo. A veces, toda una vida. Y para muchas personas que honestamente buscan, es muy posible que la búsqueda no acabe nunca. Pero la cuestión de fondo es si se dan las condiciones para empezar, para apostar, para fiarse, para iniciar el entrenamiento y comenzar un camino que se sabe que será largo. Porque la impresión que ofrece nuestra época es que no se dan tales condiciones. No sólo por los hechos ante-riormente comentados del déficit educativo y del contexto de atur-dimiento mediático, sino también por el descrédito que a menudo se cierne sobre las propuestas de Encuentro con Dios, que es la cuarta razón que yo veo de dificultad para que las personas encuentren a Dios.
7. El descrédito social de Dios
En efecto, en cuarto lugar, existe un gran descrédito del discur-so discur-sobre Dios que, en mi opinión, tiene su raíz en las falsas imá-genes que presentan de Él muchos supuestos creyentes a través de
actitudes y comportamientos cotidianos. “¿Cómo voy a querer
encontrarme con tu Dios tiránico, que pretende restaurar un mun-do monocolor e inquisitorial en el que tomun-dos sean obligamun-dos a obe-decer a una élite político-religiosa tradicionalista?” —se preguntan
atónitas muchas personas de hoy ante la imagen fundamentalista de Dios que promueven algunos grupos religiosos—. “¿Cómo voy a
desear el encuentro con ese Dios que, según tu grupo, considera pecaminoso casi cualquier placer? —se preguntan muchas
perso-nas de buena fe—. ¿Qué clase de Dios machista es ése que
bendi-ce el sometimiento de la mujer al varón y encasilla a las mujeres en unas tareas determinadas, mientras reserva las responsabilida-des para los varones en exclusiva?” —se preguntan, con razón,
algunas gentes que encuentran idolátrica esa tendencia de muchos grupos religiosos a consagrar la tradicional división de roles en fun-ción del género—. “¿Cómo voy a
querer encontrarme con un Dios que por lo visto condena a los homose-xuales a abstenerse de todo compor-tamiento acorde con sus impulsos naturales, mientras sus creyentes
afirman que todo lo natural ha salido de sus manos? —se
pregun-tan algunas personas perplejas ante semejante inconsistencia—.
“¿Qué deseo puedo tener de encontrarme con un Dios que ha per-mitido el Holocausto judío10, el Holocausto de El Salvador, el Holo-causto de Rwanda, y otros muchos holoHolo-caustos en el pasado, y per-mite hoy el Holocausto de la Hambruna y del Sida, y que con todo ello muestra su escasa sensibilidad ante las víctimas inocentes?” —
se pregunta un sector culto de las sociedades opulentas, mientras se aparta de la fe y dedica una parte de sus esfuerzos a colaborar con organizaciones laicas de promoción de los Derechos Humanos. La lista de interrogantes molestos ante la imagen de Dios que destilan algunos grupos religiosos podría proseguir con otras muchas preguntas. Por ejemplo, habría que preguntarse por la excesiva facilidad con que muchos creyentes, en especial muchos pastores, recurren a mostrar como “Voluntad de Dios” lo que en realidad son sus preferencias particulares o las directrices políticas de algunos dirigentes religiosos. Es lamentable que se vulnere tan
Existe un gran descrédito del discurso sobre Dios, que tiene su raíz
en las falsas imágenes que presentan de Él muchos supuestos creyentes a través de comportamientos cotidianos
10 La confrontación de la fe y de la teología con el horror del Holocausto está sien-do un importante enfoque de renovación de las mismas. Véanse, por ejemplo, los trabajos de J. A. Zamora: “Religión y crisis de Dios, hoy” en M. Mellado Carri-llo (dir.): El fenómeno religioso ante el siglo XXI, Murcia, Universidad de Murcia, 1997, pp. 109-123.
a menudo ese segundo mandamiento que ordena “No tomar el nombre de Dios en vano”, puesto que de ese modo se está falsifi-cando la imagen de Dios que se transmite a los demás, con el con-siguiente perjuicio a la credibilidad de aquellos otros testimonios de Encuentro que manifiestan honestamente la experiencia vivida.
Ciertamente, cualquier imagen de Dios que se proponga como válida ante los demás, en cualquier iglesia o grupo religioso, lleva consigo necesariamente unas opciones de valor: si Dios no es un dictador, ni un machista, ni un pusilánime enemigo de todo placer, ni un sádico con los homosexuales, ni mucho menos un garante del horror que resulta de nuestros sistemas socio-económicos y políti-cos, entonces hemos de concluir que juega en el campo contrario, a pesar de las apariencias de éxito histórico de las opciones riva-les. Pero sería absurdo pretender que Dios permanece neutral. Parece que Su juego, como ya hemos señalado, no es arbitrar, pero tampoco sustituirnos en el juego: lo suyo es animar, consolar, sugerir, orientar, pero nunca imponer. Y por eso nos desconcierta tanto. Pero que no intervenga directamente en nuestra cancha no significa que no tenga criterios ni principios: al contrario, precisa-mente porque se toma en serio Sus principios, Dios nos ofrece su Encuentro sin avasallar. Y es a través de ese Encuentro como se le conoce y se descubre su verdadera Voluntad.
“Pero entonces —se podría replicar en este punto de mi
argu-mentación—, ¿cómo podemos saber si los verdaderos criterios de
Dios son los que defiende el bando contrario, y no los del funda-mentalista, machista, etcétera?”. Mi respuesta es que conviene
estudiar detenidamente las aportaciones de los teólogos serios y los documentos más fiables elaborados por las iglesias. La Teología, la Historia de las religiones, la Exégesis de los textos y otras disci-plinas que estudian la dimensión religiosa de la vida humana, han avanzado mucho en los dos últimos siglos. Sin embargo, la cultura contemporánea prescinde en gran medida de estos conocimientos. El analfabetismo religioso contemporáneo es oceánico. Como si en este campo no fuese necesario ir más allá de lo aprendido en la infancia. Como si las cuestiones religiosas no tuviesen la compleji-dad que se reconoce en otros ámbitos del saber, y por tanto pudie-ra opinarse de cualquier tema religioso sin necesidad de prepapudie-ra- prepara-ción académica alguna. De ahí que se puedan escuchar algunos disparates acerca de los criterios de Dios sobre un buen número de cuestiones, y que haya mucha gente que no sepa discernir con cla-ridad si son disparates o no.
En gran parte, el descrédito social de Dios en el mundo contem-poráneo rico tiene su origen en ese analfabetismo religioso
cre-ciente. Pero éste, a su vez, se basa en una actitud, muy generali-zada también en el mundo moderno, de considerar mera supersti-ción y ficsupersti-ción cuanto no pueda ser sometido a un estudio semejan-te al de las Ciencias de la Naturaleza. Llegamos de essemejan-te modo a una nueva dificultad con que tropiezan las personas de hoy para encon-trar a Dios: la actitud cientificista.
8. Una cultura cientificista
Es seguramente muy abundante el número de personas de nuestra sociedad que se sienten inclinadas a rechazar cualquier posibilidad de Encuentro con Dios sobre la base de que es muy poco probable que Dios exista. Y la duda sobre la existencia de Dios no suele venir detrás de un detenido análisis del asunto, sino que más bien procede de una idea muy extendida, pero falsa, según la cual sólo es real lo que puede constatarse con los instrumentos de que dispone la ciencia y la técnica. Por ejemplo, si la ciencia cons-tata que una piedra es radiactiva, y que la radiactividad es peligro-sa para la peligro-salud, lo prudente en protegerse de epeligro-sa piedra, no sea que vayamos a enfermar, aunque aparentemente la piedra puede ser igual que cualquier otra. No hay que fiarse de las apariencias externas, pero sí hay que fiarse de los dictámenes de la ciencia. Y en principio, no hay nada que objetar a semejante modo de proce-der en la vida cotidiana. Lo que ya resulta más discutible es la pre-sunción, que parece estar en la mente de muchos, de que si algo no ha sido constatado por la ciencia, entonces no existe. Algo pare-cido sucede a menudo con los medios de comunicación, y en par-ticular con la televisión: si el suceso “X” no ha sido noticia en la TV, entonces no ha ocurrido. Si no sales en los medios, no existes. En realidad, si pensamos en estas cuestiones con un poco de calma, notamos que ese modo de razonar es falaz.
En efecto, la ciencia misma lleva mucho tiempo reconociendo los límites de su capacidad de conocimiento. Los científicos serios y razonables reconocen que la ciencia no puede constatar todo lo que contiene la realidad: ésta es mucho más amplia, compleja y opaca de lo que parece. En la realidad puede haber otras dimen-siones y otros mundos, otros seres y otras relaciones que, de momento, no podemos conocer. Es razonable creer que existe, jun-to al mundo físico al que accede la ciencia, otro tipo de mundo, igualmente real, al que podemos llamar mundo meta-físico o trans-físico, y puede que exista algún tipo de conexión entre nuestro mundo cotidiano (físico) y el mundo de los seres espirituales
(trans-físico). Los estudiosos de la religión suelen llamar a toda esa dimensión de la realidad que se nos escapa, a la que no tenemos acceso fácil y directo, como el ámbito del misterio11. En él tiene su sede la posibilidad del Encuentro con Dios. Si atendemos al testi-monio de Jesús de Nazaret, únicamente quienes adoptan determi-nada actitud estarán en condiciones de encontrarse con Dios y comprender, siquiera sea parcialmente, sus verdaderos designios:
“En esa misma hora exultó de alegría por el Espíritu Santo y dijo: Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste esto a los sabios y entendidos y lo revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así ocurrió a gusto tuyo” (Lc 10, 21)12. Al parecer, Dios se revela preferentemente a las gentes sencillas, carentes de la prepotencia y el orgullo que a menudo caracterizan a tantos “sabios y entendidos”. Por eso sería razonable adoptar la actitud de escucha y de apertura al misterio —esa actitud que Jesús afirma encontrar en las gentes aparentemente menos expertas— si se quiere estar en disposición favorable a un posible Encuentro con Dios.
¿Por qué las personas de hoy, en las sociedades opulentas, no pueden encontrar a Dios? Básicamente porque ya no se les trans-miten a estas personas las narraciones de quienes han vivido el Encuentro con Dios en una forma atrayente y vigorosa, que pueda entroncar con esa necesidad humana de interioridad y de apertura al misterio. La necesidad existe, pero ante la falta de imaginación de tantos creyentes que no acabamos de creer, esa necesidad se está cubriendo con otros contenidos y mensajes, con ídolos pasa-jeros que a la larga mostrarán su incapacidad para calmar la sed de Dios.
11 Cfr. J. Martín Velasco: Introducción a la fenomenología de la religión, Madrid, Cristiandad, 1993.
12 Véase también Mt 11, 25-26. La traducción citada aquí es de J. Cervantes Gabarrón: Sinopsis bilingüe de los tres primeros evangelios con los paralelos del evangelio de Juan, Estella, Verbo Divino, 1999, p. 239.
¿Dónde está Dios?
La pregunta en el mundo actual
Desde que hay humanidad, bajo diversos nombres y con resul-tados dispares, el hombre y la mujer se preguntan por Dios. Y, aun-que ciertos ambientes actuales parezcan negarlo, la pregunta sigue ahí existente e insistente. Lo que sucede es que oscila y se meta-morfosea, cambia de rostro con claridades deslumbrantes y oscu-recimientos abisales.
1. De “Dios a la vista” al “eclipse de Dios”
Ortega, allá por 1926, comparando a Dios con el sol y a la huma-nidad con la tierra, habló de afelios y perihelios, es decir, de tiem-pos de máxima lejanía y de máxima cercanía. Buscaba la razón en la existencia de distintos “regímenes atencionales”, pues la con-ciencia humana no puede abarcarlo todo a la vez1. De ordinario, la lucidez para un aspecto tiende a escotomizar, a hacer ciego, para otro. Cuando, por la fascinación de los descubrimientos o la rique-za de lo descubierto, el interés por lo concreto e inmediato acapa-ra la atención, se oscurece la evidencia de lo tacapa-rascendente. Y, al revés, cuando, como pudo suceder en cierto medioevo, lo terreno pierde relevancia y densidad, lo Divino brilla con evidencia
priori-Andrés Torres Queiruga *
1 Dios a la vista, en Obras Completas II, Madrid 1961, 494.
taria. Nuestro filósofo concluía: “Hay épocas de odium Dei, de gran fuga lejos de lo divino” y “sazones en que súbitamente, con la gra-cia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad”2.
Curiosamente, el agnóstico Ortega pensaba que nuestro tiempo entraba en una fase de este segundo tipo, que “la hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!”3. En cambio, el creyente Martin Buber, en 1951, hablaba del “eclipse de Dios”4. Contraste que, aparte de poner una vez más al descubierto la dificultad de todo diagnóstico histórico, apunta a una tensión real: más que de posturas exclusivas, se trata siempre de polari-dades y acentuaciones. Esto apunta a algo decisivo: la oscilación en la mente humana responde al modo mismo de hacerse presen-te la presencia de lo Divino en ella, siempre tironeada entre los dos extremos, según los tiempos, las culturas, los grupos humanos y aún las etapas biográficas. Lo cual llama simultáneamente a la
cau-tela contra dogmatismos de uno u otro lado, al respeto frente a las
diversas posturas y a la esperanza para aquellas personas que, siendo creyentes, se angustian por miedo a que el eclipse se haga permanente.
2. La máxima presencia en la máxima diferencia
Desde una postura de fe, que, como es el caso de este trabajo, vive en la convicción —humilde pero confiada— del descubrimien-to, el contraste merece ser esclarecido. Porque la convicción, si quiere ser humana, es decir, fundada y comunicable, no puede ser ciega, debe “dar razón de la esperanza” que la habita (1 Pe, 3,15)5.
Sería, por ejemplo, mal comienzo un camino por desgracia demasiado frecuentado en la tradición espiritual y teológica: el de pensar que eso es así porque Dios, pudiendo manifestarse con toda evidencia, se oculta voluntariamente. Las razones aducidas son 2 Ibid., 493.
3 Ibid.
4 Conferencias en distintas universidades USA, recogidas luego en el libro Eclipse de Dios: estudios sobre las relaciones entre religión y filosofía, Salamanca 2003.
5 Detrás de este artículo, que quiere ser lo más simple y claro posible, hay principalmente tres trabajos míos: el capítulo final de Creo en Dios Padre: el Dios de Jesús, como afirma-ción plena del hombre, Ed. Sal Terrae, Santander 1998: “La evidencia de Dios y su alegría”; el cap. 5 de La revelación de Dios en la realización del hombre, ed. Cristiandad, Madrid 1987: “La revelación en su acontecer originario”; y el artículo “La experiencia de Dios: posibilidad, etructura, verificabilidad”, en Pensamiento, 55 (1999), páginas 35-69.
diversas: desde la “prueba” ascética para ejercitar la fe —muy usa-da en la literatura espiritual—, hasta el “respeto a la libertad huma-na”, pues una manifestación evidente de Dios la haría innecesaria además de imposible. Por fortuna, la primera razón tiene hoy poca acogida: nos es más fácil comprender que las pruebas vienen de la vida con su ineludible dureza, y que Dios es, por el contrario, aquél que nos apoya frente a ellas6.
En cambio, la segunda goza de amplio prestigio tanto filosófico como teológico. Prestigio inmerecido, a pesar de que sus valedores pueden remontarse al mismo Kant7. Filosóficamente, una com-prensión integral —no puramente intelectualista— y positiva —no de capricho o Willkür— de la libertad como capacidad de realizar el propio ser personal, indica que la evidencia del conocimiento no sólo no la merma, sino que la
potencia: conocer bien a alguien facilita y potencia la libertad de la entrega; y, desde luego, ningún padre o madre sensato se escon-de escon-de sus hijos para escon-dejarlos “libres” en su relación. Teológica-mente, aparece todavía más
cla-ro: la fe implica ante todo confianza y entrega, y toda la Biblia está traspasada por el esfuerzo de un Dios que sale a la busca del hom-bre, llamándolo con amor incansable. Por otra parte, los bienaven-turados, gracias a que viven en la claridad definitiva de la gloria, lejos de perder la libertad, la alcanzan por fin en su plenitud ver-dadera. Ignacio de Antioquia lo expresó en síntesis magnífica: “lle-gado allí, seré verdaderamente persona”8.
La razón de esa tensión polar es más profunda. Radica en la mis-ma estructura de la experiencia religiosa, que pone en contacto lo finito con lo/el Infinito: no puede ser de otra manera. Es cierto que existen constelaciones históricas y aun responsabilidades humanas que contribuyen a oscurecer la presencia divina en el mundo. El
La razón por la que Dios en algunas épocas de la biografía o de la historia se eclipsa, radica en la misma estructura de la experiencia religiosa, que pone en contacto lo finito con el Infinito
6 Es curioso, con todo, ver cómo, a pesar de muchos textos en sentido contrario, la geniali-dad de san Juan de la Cruz lo lleva a superar esta mentaligeniali-dad, hasta el punto de que J. Martín Velasco –La experiencia cristiana de Dios, Madrid 1995, 150-154–, establece un contraste entre su postura y la de muchos pensadores actuales. Cita, por ejemplo, este precioso texto del Autógrafo de Andújar, p. 1: “¡Señor Dios mío! no eres tú extraño a quien no se extraña contigo, ¿cómo dicen que te ausentas tú?”.
7 Cf., por ej., Crítica de la razón práctica A 263-266 (trad. de R.Rodrígez Aramayo, Alianza Editorial, Madrid 2000, 272-274).
8 Ignacio de Antioquía, Ad Romanos VI, 2 (Padres Apostólicos, ed. de D. Ruiz Bueno, Madrid 1965, 478; traduzo ánthropos por “persona”, para remediar mínimamente la inevitable connotación sexista de la gramática, incluida, por desgracia, la de este artículo).
mismo Vaticano II ha reconocido que una “parte no pequeña” corresponde a los propios creyentes por su mala presentación de la fe9. Pero, aún en el mejor de los casos y con una iglesia ideal, el problema sólo se aliviaría, no se resolvería: el mismo Jesús fue radicalmente incomprendido y convenció a pocos…
La idea de creación nos sitúa en la verdadera pista. Descubrir desde la precariedad de la contingencia creatural la existencia de Dios, implica abrirse a un abismo dual que desborda todos los parámetros del funcionamiento normal —mundano— de nuestro espíritu. Dios puede crear y fundar el mundo, justamente porque es lo “otro” del mundo, más allá de todos sus límites y capacida-des: misterio inabarcable. Pero, al mismo tiempo, porque lo está creando y sosteniendo, es lo más íntimo y cercano, más hondo que las mismas entrañas. Dicho así, puede parecer metafísica alambi-cada. En realidad, lo ha percibido desde los comienzos la experien-cia religiosa de la humanidad y san Agustín le dio palabra exacta:
interior intimo meo et summior summo meo10.
Eso explica la sorprendente dualidad del hablar religioso sobre Dios, siempre —incluso en la misma persona— oscilante entre la evidencia del ignaciano “ver a Dios en todas las cosas” y el san-juanista “¿a dónde te escondiste, amado?”. La cercanía ontológica, la presencia real del Creador a su creatura, resulta innegable a la reflexión. Pero para la vivencia inmediata resulta igualmente inne-gable la dificultad de su percepción cognoscitiva, debido a la den-sidad y consistencia de la creatura: tan entregada a sí misma, que puede percibirse como independiente y autoconsistente. Schelling y Kierkegaard —y desde la negación el propio Sartre comprendió su coherencia— vieron muy bien que esta consistencia sólo era posible gracias a la generosidad infinita del acto creador11. Una con-sistencia tal, que Emmanuel Levinas acaba hablando de un
“ateís-9 Gaudium et Spes, n. 1“ateís-9.
10 “Más íntimo que mi mayor intimidad y más elevado que mi máxima altura” (Confessio-nes III, 6, 11 (CSEL 33, 53). Recuérdese que Heidegger decía algo parecido a propó-sito del Ser: “El Ser es esencialmente más amplio y al mismo tiempo está más cerca del hombre que todo ente, sea éste una piedra, un animal, una obra de arte, una máquina, sea un ángel o Dios. Sin embargo, la cercanía es lo que más alejado le que-da al hombre” (“Wegmarken”, en Gesamtausgabe 9, Frankfurt a. Main 1976, 331). 11 Kierkegaard, igual que antes de él Schelling, sabía muy bien que “solamente la
omni-potencia puede retomarse a sí misma mientras se da, y esta relación constituye jus-tamente la independencia de aquél que recibe” (Diario, a cura di C. Fabro, Brescia 1962, 272). Sartre se refiere a este texto en su conferencia de la Unesco, en 1966: “El universal singular”, en Sartre, Heidegger..., Kierkegaard vivo, Madrid 1968, 37-38. Acerca de este aspecto en Schelling, cf. W. Kasper, Das Absolute in der Geschichte, Mainz 1965, 237 (alude también al texto de Kierkegaard).
mo de la creatura”12 por el mero hecho de ser: en cuanto distinta de Dios —ésa es la maravilla inconmensurable de la creación—, tiende a afirmarse en sí misma, a asegurar su autonomía, hasta el punto de que puede incluso perder de vista la presencia fundante de su Creador o incluso rebelarse contra Él.
El problema es, pues, difícil y nunca superable, porque obedece a una forzosidad estructural y no a una decisión divina. Es decir, no se trata de un “dios” que, de manera incomprensible y contradic-toria con su amor, hubiera decidido no manifestarse o no hacerlo con claridad. Pero por eso mismo, por derivar de la estructura mis-ma de lo real, el problemis-ma está alimentado por la esperanza. Obe-deciendo al límite inevitable de la finitud, no sólo no es querido por Dios, sino que lo implica a Él mismo, como aquello que dificulta su propósito sobre nosotros:
creándo-nos por amor, creándo-nos apoya en el
esfuerzo por superar nuestros lími-tes, tratando por todos los medios de dársenos y manifestársenos en la generosidad irrestricta de su gra-cia y en la paciengra-cia incansable de
su perdón. Éste es el verdadero dinamismo de toda historia de revelación. Por eso la fe cristiana sabe que no está ante un dios tacaño, que se oculta, sino ante el Abbá de Jesús, que ansía reve-larse a todos y a todas, empezando por los más pequeños (Mt 11, 25) y sin excluir siquiera a malos e injustos (Mt 5, 43-48; Lc 6, 35-36).
Tenerlo presente resulta indispensable, porque de otro modo la reflexión acaba prendida en una inextricable red de equívocos que la orientan hacia falsas salidas, con detrimento tanto para la com-prensión como para la vida. La experiencia religiosa constituye algo único y peculiar, sin parangón creatural que pueda serle estricta-metne paralelo, puesto que en ella es esencial y determinante la referencia al Único. Por eso debe volver continuamente, como a su fuente nutricia, a su fundamento último y definitivo: al Dios que, por amor y únicamente por amor, nos está creando, sosteniendo e impulsando hacia la más auténtica y plena realización posible. Cualquier desviación de este principio lleva a una imagen idolátri-ca de Dios y a una deformación, cuando no a una perversión, de nuestra relación con Él.
Vale la pena intentar mostrarlo desde algunas aplicaciones.
La experiencia religiosa constituye algo único y peculiar,
puesto que en ella es esencial y determinante la referencia al Único.