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INFANCIA Y JUVENTUD DE SOFÍA CASANOVA.

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INFANCIA Y JUVENTUD DE SOFÍA CASANOVA.

AUTÓGRAFO INÉDITO

María del Carmen Simón Palmer

CSIC. Madrid

La vida de Sofía Pérez Casanova (Almeiras, La Coruña 1861-Poznan 1958) ofrece rasgos que la convierten en una de las personalidades más interesantes de su época. Casada con el filósofo polaco Vicente Lutos- lawski en 1887, pasó a vivir a Varsovia. Entre las dos guerras mundiales vino varias veces a España y en Madrid tuvo una tertulia a la que acu­

dían Segismundo Moret, Ramón y Cajal, Benavente, Manuel Machado, Ricardo León, etc.

Su obra literaria se inició con un libro de poesía, pero luego cultivó la novela, el relato de viajes, el teatro y el artículo periodístico. Fue la primera española cronista de guerra para el diario ABC desde Rusia, el año 1915, y continuó esa colaboración hasta la ocupación alemana de Polonia. Conocedora de varios idiomas: portugués, francés, italiano, in­

glés, polaco y ruso, tradujo al español a Sofía Kowalewska y Enrique Sienkiewicz. En 1923 la Real Academia Española, presidida por Antonio Maura, la presentó como candidata al premio Nobel de Literatura.

El relato de la infancia y juventud de Sofía Casanova que aquí ofre­

cemos forma parte de un conjunto de manuscritos suyos que se conservan en la biblioteca de la Real Academia Gallega de La Coruña. Cronológi­

camente éste es el primero aunque el sobre que lo contiene está datado en 1944, año de la ocupación de Polonia por las tropas rusas y que motivó otro interesante texto L El que no haga ni la más mínima alusión a unos sucesos que la afectaron profundamente nos lleva a respetar la fecha que figura casi al final del manuscrito, 1942. También se guardan los poemas que compuso hasta su fallecimiento, aunque lamentablemente algunos re­

sultan ilegibles 1 2.

1 «La ocupación de Polonia en 1944», en Compás de Letras, Madrid, Universi­

dad Complutense(en prensa).

2 «Poemasinéditos de SofíaCasanova», en Lucanor, Lucena (enprensa).

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Si del siglo de Oro se han conservado textos autobiográficos de auto­

ras, no sucede lo mismo en el siglo xix. Por eso tiene especial importancia este relato de Sofía Casanova escrito sin intención de que sea publicado, donde da detalles íntimos que hubiera maquillado en caso de salir del ámbito familiar. Dato importante es la edad de la autora, ochenta y un años que no le impiden recordar con claridad sucesos de su infancia que hoy nos ayudan a reconstruir su biografía. Sofía estaba ya casi total­

mente ciega y se ayudaba con una tablita para poder escribir, su letra es enorme y muy difícil de entender.

Si nos planteamos el motivo que la llevó a volver atrás en el tiempo, parece indudable que fue su nieto quien la animó a poner por escrito sus recuerdos. Se explica así el tono infantil de algunos pasajes donde parece volver a la niñez. Para evitar que se deprima, su familia procura animarla haciéndole recordar sucesos más agradables que los que vive en la Polo­

nia de los años 40.

Acostumbrada al éxito, a ser reconocida como una de nuestras prin­

cipales escritoras y muy popular gracias a las crónicas enviadas al ABC, Sofía no puede habituarse a ser silenciada. La situación empeorará poco después, tras 1944, con el aislamiento impuesto por el nuevo régimen, pero ella seguirá escribiendo sin perder la esperanza de que algún día al­

guien pueda enterarse de lo que padece y de lo que opina.

La narración autobiográfica permite comprobar algunas diferencias con la versión dada por los descendientes de los mismos hechos, más con­

vencional 3. Se observan paralelismos significativos con algunas autoras de su tiempo, que vamos a comentar brevemente, y también algunas pe­

culiaridades, ya en estos primeros años, que explican su brillante futuro.

Nos habla de un período comprendido desde su nacimiento en 1861 hasta su matrimonio en 1887. Una de las incógnitas que estaban sin des­

pejar en la vida de Sofía Casanova era la que se refiere a la figura del pa­

dre, ausente. Aquí nos cuenta ella cómo y cuándo se marchó de casa, abandonando a sus tres hijos, y el buen recuerdo que a pesar de todo guardó siempre de él. Esa comprensión la debió aplicar a su propia expe­

riencia conyugal, puesto que también su marido, Vicente Lutoslawski, la dejó con tres hijas, algo que ocultó siempre celosamente en sus viajes a España. Grandes escritoras, criadas sin la sombra paterna, no faltan en nuestra literatura y los casos más significativos en el pasado siglo son los de Rosalía de Castro o Concepción Arenal, por cierto gallegas igual que Sofía. Sería interesante examinar algún día el papel de las madres en la

3 Ver Ofelia Alayeto, Sofía Casanova (1861-1958): Spanish Poet, Journalist and Author, Potomac, Scripta Humanística, 1992, pp. 10-23. Existe una edición ante­ rior en español.

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carrera literria de algunas de nuestras autoras, impulsando su educación o estableciendo contactos, para lo que no dudaron en sacrificar su exis­

tencia y a veces se trasladaron a Madrid para que sus hijas estudiaran.

La figura del abuelo fue fundamental en su infancia y como home­

naje Sofía adoptó su apellido en su vida profesional. Reconoce que la mala relación entre suegro y yerno fue uno de los motivos de que su pa­

dre los abandonara, pero el abuelo recogió a la familia en su casona del Marquesado de Almeiras. Esa etapa es la más feliz de la vida de Sofía, que a sus ochenta y un años recuerda con nostalgia los juegos infantiles.

Interesante es el apartado en que nos habla de su educación, que em­

pieza a distinguirla de otras niñas. En primer lugar, al convivir con su abuela norteamericana, es indudable que conocía el inglés y nos dice que ese idioma permitió a su madre sacar la casa adelante dando clase en años de escasez. Esta mujer ya antes, en La Coruña, se había dedicado a la exportación de huevos a Inglaterra, adonde viajaba con frecuencia. El carácter independiente materno fue un rasgo que indudablemente marcó el destino de Sofía, que no tuvo ningún reparo, años después, en mar­

charse a vivir a Polonia, al contraer matrimonio.

Asiste en sus primeros años al «mejor colegio» de La Coruña, que tiene nombre francés: «Mon jardín», lo que indica que aprendería al me­

nos los rudimentos de este idioma como era habitual en esa época, dentro de las asignaturas llamadas «de adorno». Sorprende el que allí se impar­

tiera una educación mixta, algo tan sólo posible tras la revolución de 1868, y en él descubre su afición al teatro, gracias a las representaciones que organizaba el maestro, marido de la directora. Reconoce que algunas frases aprendidas entonces las utilizó después en sus obras.

Llega un momento en que los abuelos y la madre ven la necesidad de trasladarse a Madrid para educar mejor a los niños y en esta ciudad comienza el sufrimiento de Sofía, que pierde la libertad de movimientos del campo.

Opinan sus mayores que la formación escolar debe complementarse con el conocimiento de alguna de las Bellas Artes y desde el principio ha­

cen que su hermano Vicente, que también será escritor, estudie la flauta, y ella, arte dramático en el Conservatorio. Otras buenas escritoras de en­

tonces comenzaron su carrera del mismo modo y de la representación pa­

saron a la literatura, como fue el caso de Faustina Sáez de Melgar.

El traslado a la capital afectó de modo especial a Sofía y su abuelo, que sufrieron lo que ella llama el mal de los gallegos, la «morriña», con tal intensidad que este último falleció el mismo día que su nieta cumplía los quince años. La muerte del abuelo supone, además del trauma emo­

cional, un cambio radical en la situación económica. Aunque reciben al­

guna ayuda de un tío Almirante, deben cambiar de casa, ponerse la ma­

dre a dar clases de inglés y comer lo mínimo. Es interesante comprobar

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cómo las distintas situaciones de su vida pueden calibrarse a través de las descripciones que hace de lo que come en cada período: la abundancia de frutas de su infancia, la triste sardina de su adolescencia o el pan negro durante la ocupación rusa de Polonia.

A pesar de la penuria, la familia mantiene las relaciones sociales, de forma que Sofía, como aquí nos cuenta, frecuenta las sociedades de afi­

cionados y recibe lecciones y consejos de Blanco Asenjo, Campoamor o el marqués de Valmar. Toma parte en las representaciones de teatros priva­

dos y con su madre asiste, entre otras, a la casa del doctor Cortezo, donde se reúnen artistas y políticos importantes.

Poco a poco la situación económica familiar mejora, gracias a una herencia, y tras largos trámites legales de su madre, cuya situación civil es compleja, pueden mudarse a una casa mejor. Allí acuden los Valmar, los Andino, hombres de ciencia, escritores, etc.

Los dieciocho años de Sofía marcan el período más interesante de la narración. Tiene interés en destacar cómo proviene por parte de su abuelo materno de una familia republicana y de un padre de ideas libera­

les, por lo que ella va a mantener estrechos vínculos con políticos de to­

das las tendencias a lo largo de su vida, alternando con Castelar, Moret, Maura o Pablo Iglesias. Su vinculación a la política continuó más tarde en Polonia, puesto que estuvo relacionada con figuras de primer orden y convivió con Román Dmowski, firmante en nombre de Polonia del Tra­

tado de Versalles, en 1919.

Explica aquí el inicio de su carrera literaria y cómo eran las reuniones sociales en que se dio a conocer, primero como recitadora y muy pronto como poeta. La presentación en Palacio a Alfonso XII le sirvió para ser aceptada definitivamente en los círculos aristocráticos y en uno de ellos, la casa del marqués de Valmar, le presentaron a su futuro marido, el polaco Vicente Lutoslawski, que viajaba por Europa investigando sobre el pesi­

mismo para escribir su tesis doctoral. Este encuentro cambió su destino

Infancia. Mis padres y parientes. Almeiras, LaCoruña

Apunto algunos recuerdos de mi infancia

Recuerdo a mi abuela paterna creo que en Vigo en una casa obscura o de noche con luz develas. Doña Bernarda de Eguía, gallega,de origenvasco, no era alta pues no me lo pareció siendo yo muy niña, 5-6 años o menos. Tenía muy

4 Más datos sobre esta autora en M.Carmen SimónPalmer,Escritorasespaño­

lasdel siglo xix. Manual biobibliográfico, Madrid, Castalia, 1992.

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peinado el pelo blanco, ondulado con raya en medio de la frente. Los ojos azules dulces, vivos, grandes, la nariz fina y las manos pequeñas. Yo las recuerdo bien porque me daban azucarillos tostados que ellasabía hacer. Creo que era en casa cercana o en la suya donde mis padres vivieron en Vigo un tiempo, y estavamos con ellos mi hermanito Vicente, dos añosmenor que yo, muy pequeñínentonces, porque me enfadé con él y tiré por la ventana sujuguete, entró mi padre en el cuarto y me dió una azotaina. Recuerdo la cara no enfadada, sino seria. Tenia grandes ojos claros y mucho pelo obscuro, ondulado como su madre. Pormis re­ cuerdos y lo que evoco, oído, era mi padre fino, elegante, con pocos estudios y muy aficionado a la política. Cartas suyas a mi madre, referencias y muy espe­ cialmente por parientes que lo trataronyme hablaron mucho de él; y por sus ar­ tículos y versos conozco, más o menos, su tipo. Era unjoven de su época espa­

ñola turbulenta -1860 más o menos-, conversador, estudiante creo que de derecho en Compostela, inteligente, ameno en sociedad galante y rodeado de amigos creo que inferiores a él, menos uno, que luego tuvo influencia en su vida:

Elduayen 5 que fue político y personaje de primera, y marqués opulento el último tercio del xix. Aún queda su recuerdo en Bayona de Galicia donde restauró re­

giamente un castillo, coloso, dando en él fiestas al estilo medieval y siendo todo un portento de lujo y arte. Muerto Elduayen-creo que ya en el xx-un hijo suyo o un sobrino casado con una inglesa, lo heredó y yo la heconocido deluto -creo que por el marido-, en trance de venderel castillo. Ya entonces Pura Elduayen, mujer del político me parece que no vivía, pero poco antessin duda la visité en el castillo de Monte Rey enla hermosa Bayona. Era Pura Elduayenuna de las da­

masmásconocidas en Madrid.Bonita, lista,criticona era en lavejez también cri­ ticada. Ella yla inglesita o ésta después de ella, dejaban abandonado el castillo y cuando el año 1919 estuve en Bayona acogida con amor por el pueblo y lamari­ nería -en miálbum de recortes me veis con ella- yael hermosísimo y feudal cas­ tillo de Monte Rey lo modernizava un idiota nuevo millonario.

En las cartas de mi padre que con todos los papeles y libros de mi hermano Vicente destruyeron los rojos en Agosto de 1936 -habla de Elduayen-. Se ve que eran jóvenes los dos y gustavan la vida madrileña. ¿Por qué mi padre dejó Gali­

cia, su mujer y sus tres niños, Juanito, el menor, de dos meses? Mi pobre madre lo sabía pero no hablava más que con generalidades de ese periodo dolorosísimo de su vida. El periodismo político, el deseo de una posición y los disgustos con los suegros, sin duda le empujaron a la aventura de alejarse, de conspirar, y al cabo decidirse a ira América.

Mis abuelos -don Juan Bta. Casanova Pía Cancela... etc. y su mujer doña Isabel Haro Estompere- se opusieron atrozmenteal amor y al matrimonio de su hija doña Rosita. ¿Por qué tal oposición que dió origen a la desgracia de todos?

Nunca oí a los abuelos ni a mi madre o parientes hablar mal de mi padre. «No

5 JosédeElduayen (1823-1898) fue ingeniero de caminos, canalesy puertosy tra­

bajó enlos ferrocarriles de Langreoy Vigo. íntimo amigo de Cánovas del Castillo,se dedicó desde 1863 a la política y como diputado figuró en las Cortes hasta 1878.

Luegofueministro de Ultramar, de Estado y de Gobernación. En 1875 el rey Alfonso XII leconcedió el título de marqués del Pazo de la Merced.

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bebía, no era mujeriego, solo jugava mucho». ¿Lo dominó el juego? Acaso, pero además su ambición depoetay su afán de politiqueo liberal romántico y progre­

sista en aquella Españaroída por luchas isabelinas, carlistas y la masonería que organizava -con el judío Mendizabal-la matanza de frailes creo hacia el año 50.

Mi padre seembarcó paraAméricay sus cartasde despedida a sumujereran ro­ mánticas, sin fuerzaconvincente de su decisión, todo a la aventura yal aire, pero con un hondo despecho por la actitud de los suegros enemigos irreconciliables.

DonJuan y doña Isabel acogieron a su hijay susnietos en la casonadeAl- meiras donde nací. Yo he tenido siempre por mi padre un recuerdo tierno. Re­ zando desde mi niñez por él lo veo sonriente, acariciándome, no sé por qué cer­ cano, aunque casi no loconocí. Enunálbum con hojitas decolores, que teníami madre, he visto esta estrofa: «Nació una estrella pura yexplendenteenel risueño cielo de Galicia/ de sus amantespadres ladelicia...»

¡Esa estrella erayo, la hija!

Familiade mipadre casi no la recuerdo. Supongo que vivía en algún pueblo de Orense -don VicentePérez Salgado- notario oescribanomodesto-debió morir joven- y se que tuvo dos hijas, Ernestina y Claudina, que recuerdo vagamente.

Con los papelesdeVicente se han perdido dosfotografías deellas, yla del marido de Claudina don José López de la Vega a quien recuerdo perfectamente, porque ya enMadridnosotros, vino a vernos y conservo vivo sutipocasi igualal retrato.

Cabeza grande, ojos duros y bigote espeso de burgués francés y vulgar. Sin em­ bargo no era vulgar este doctor gallego, médico bueno -decían- y original per­

sona, algo chiflado. Le oí decir cuando mi madre preguntó o nombróa su mujer Claudina:-No me la nombres, una picara loca, como tu marido ytodos ellos...

Su ademán era de enojo. ¿Qué había pasado entre ellos? Creíamos que se havian separado. Erayo muy niña entonces y las conversaciones de ios mayores aunque me interesavan no se fijavan en mi memoria... Las fotografíasde las dos hermanas de mi padre eran características: Claudina, alta, fina, salía del gran mi­ riñaque, bonita la cabeza morena: su traje era de rayas y muy moderno. Ernes­ tina vestíahábito negro delos Dolores. Lacorrea caía sobrela falda tímidamente ancha enel borde, haciendo mínimaconcesióna la moda francesa del meriñaque, no obstante la religiosa vestidura. La mano de Ernestina apoyadaen un mueble, era pequeña, linda, aunque aparecía en la primera perspectiva del retrato, que agranda los objetos. Ernestina no se casó, su cara era parecida a lade mi padre, nariz y frente anchas. Claudina era unabelleza de distinción, morena, o castaño rubio el pelo. El pie y las manos muy bellos como queeran de familia. He oído que mipadre no desmentía sino al contrario esa fama.

Mis abuelos nos acogieron en la casona del Marquesado deAlmeiras que de un pariente suyo adquirió mi abuelo a título de pagarle «el foro», es decir, una propiedad obligada a pagar indeterminadamente el foro, una renta en especies -a veces risible- según la tradicional ymilenaria costumbre de Galicia. Residía en la Habana el Marques o su familia que debió ser de abolengo, y un resto, sin duda, de aquel mayorazgo, era la casona con jardines, huertas, prados-poca tierra a la sazón- sin duda parceladapor los antiguos propietarios que vivían y murieron le­

jos. Pero lacasona en su principio debió ser residencia de fuertes señores. Suca­

pilla amplia, los restos de sus muros -tengo la fotografía- acusanuna vejez por

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lomenos del siglo xvm,ylos retratosque miré años y años en un salón, eran ex­

presivos de la época y me impresionavan. Mi abuelo, pariente de los Almeiras (sic), que adoraba su tierra gallega -era del Ferrol- de casa opulenta ynoble, con un fraile en casacomo ayo de los cuatro hijos, se recogió en Almeirasdespués de su azarosa vida militar en América. Perteneció al cuerpo expedicionario español enviado a Nueva España para reprimir su levantamiento de independencia, y se retiró a descansar desus conspiraciones liberales muy desengañado de ellas. Pero cuando el 1872 ó73, la caída de la reina Isabel IItrajo una repúblicaefímera, mi abuelo se incorporó platónicamente a ella, y antes y después pagava su cuota mensual de asociado; pero no le satisfacían los republicanos de La Coruña entre los que bullía Pérez Costales muy conocido de mi abuelo, pero que no se inte­

resó por él. Miabuelotenía cuentas atrasadas con el Estado, reclamava no sequé quele negavan ylo mismo la República. Eracoronel miabuelo cuando se retiró, con cargo de brigadier, para conspirar, a los 47 años. Percivía su retiro de lo que vivía y de algunos ahorros que le quedavan de la fortunade mi abuela, malgas­ tada en las conspiraciones liberalesde mi abuelo. Se había casado con Isabel en Luisiana (Estados Unidos). De la familia de esta abuela no recuerdo mas que te­ nía y queria mucho a un hermano de nombre Jhon. Era familia ida a América desde Holanda, creo que de origen español, y acomodada en N.A. El idioma de mi abuela y su marido era el inglés. Mi abuela era alta, fuerte, enérgica, conmu­

cho pelo queno perdió en la extremavejez. Hablabamalel españoly amaba tier­

namentea su marido, a «Juanito» lo llamó siempre. He oído que trajo de Amé­ rica un collar de 12 perlasque valíanueve mil duros. No lo recuerdo.

Mi abuelo más blando que ella, la queria mucho y los recuerdo como una pareja inseparable. Mi abuelito me adorava y creo que mi abuela quería más a mis hermanitos. Era mi abuelo no alto, de límpidos ojos azules, con melena ro­ mántica con pocas canas y una dentadura perfecta, que conservó como la vista hasta su muerte ya ancianísismo. Le llamávamos «papá Juanito», a mi madre

«mamá Rosita» y a la abuela «mamá Isabel». Mamá Rosita era bonita, triste, y luego, andandoel tiempo creo que llorava menos que antes. Pasavamosen la al­ dea losveranosy el invierto en La Coruña, donde a los 7-8 añosme pusieron en el mejor colegio: la escuela de doña Concha. Era ésta una buena señora y cari ­ ñosa, casada con don Alfredo, maestro como ella, y que nos daba lecciones de lecturay geografía. Pero don Alfredo -alto, elegante, rubio- adorava la literatura y nos hacía conocer versos y trozos literarios de comedias y dramas antiguos y románticos. Sabía de memoria actos enteros, y organizó en la eran galería de la casa representaciones en la que éramos actores los escolares, chicas y chicos que no pasarían, en general de 10-12años. Hasta el niño de los maestros, Octaviano, muy pequeñito, feísimo y caprichoso, lo metió a actor su papá. No representába­ mos las obras enteras, sino en general, escenas o actos. Mis amiguitas eran dos, Rosarito y Paquita Ramos. Había unas niñas muy elegantes en la escuela de

6 Ramón Pérez Costales, médico y político, tomó parte en varias conspiraciones.

En 1866 tuvo que refugiarse en Portugal y desde allí escribió pasquines contra Isabel II.

A su regreso, tras 1868, defendió la existencia de una República Federal y llegó a mi­

nistro de Fomento con Pi y Margall.

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Mon jardín, perono nos gustavan. Deniños habíadosque recuerdo siempre: Ma­

nolita Pardoy Covarrubias. Este más alto y robusto que el otro, se enfadavafácil­ mente. Tenía pelo crespo, cejas marcadas y cara seria. Manolito por el contrario era palidito, con nariz aguileña y cuerpo delgado. Recuerdo que don Alfredo nos hizo representar en la galería -y con público depapas y mamás- una comedia dela que no he vuelto a oír ni saber nunca, «Flor de un día» y enunaescena en la que el galan, Manolito Pardo, dice a la damita -yo-que secasó o se enamoróde otra en América, la damita llora y el galán -con tono que don Alfredo hizo repetir en losensayos- dice galante: «No viertan llanto tus ojos, no teconocíaa tí».

Esta frase es unade lasqueno olvido y he aplicadoa diferentes situaciones mías o de conocidos.

No se creaqueestas representacionesinfantiles -una odos veces al año- nos aligeravan los estudios de la escuela: Historia, Geografía, cuentas, todo elemen­ tal, nos metían en lacabeza a diario, pero lo fuertede la enseñanza era la Histo­

riaSagrada, el catecismo, y ¡oh encanto!, la limpieza. Recuerdo haber conservado muchos años yperdido unasdiminutas estampitasque nos daban según los gra­

dos que teníamos de lo aprendido. Y recuerdo una con la bonita figura de una niña que con una tohallamás grande que ella, se laba el pescuezoycara. Con le­ tras mayúsculas se leía escrito: «por aseo».

Doña Conchacon sus visibles dientes postizos, su negro pelo en bandeaux, siempre sonriente, buena, paciente, es una dulce memoria de mi infancia. El des­ tino quiso que la encontrara en el año ¿1915? (sic)en La Coruña en lamisma ca­ lle en la que tuvo suescuela, y me acogió indeciblemente cariñosa «y orgullosa -decía emocionada- de su discipula». Enfrente de sus balcones miramosjuntas la iglesia delas Capuchinas, el convento que tanto frecuenté en la infancia y en el que viví con impresión perdurable dos momentos: elentierro de una novicia -no su entierro-, las exequias, con la caja y el cuerpo tras las rejas, y la profesión de una monja. ¿Por quéen el torbellino de la infancia, de la adolescencia, lajuven­ tud y la vida toda, esas dos emociones no se apagaron en mi memoria? Al con­

vento de las pobres capuchinas fui siempreal estaren La Coruña. En su torno oi sin ver a las monjitas consuelos y dulces palabras. Hoy más: me han dado desde noviembre del 193 (sic) que me hicieron «hermana espiritual» de la comunidad, yo y mi familia participamos de las indulgencias y gracias que Dios otorga a su vida penitente. Tengo por cierto que sus oraciones por nosotros son oídas y nos salvan de muchos males en esta guerra cruel, de peligros que nos acechan y nos cercan. Estoyen comunicación con esa santa comunidadde Franciscanas descal­ zas y que viven de limosna. Querría un día en su iglesia-del xviii donde se con­

serva el cadáver de la fundadora- hacer decir una misade gracias si quiere Dios que nos reunamostodoslosde mi familia hoy separados.

Mi madre y mis abuelos se cuidavan mucho de nuestra educación y particu­ larmente en lo quese relacionaba con las bellas artes. Así mi hermanoVicente, que gustava de la música ledieron un profesor célebre en La Coruña, Varela Silvari', y

7 José María Varela Silvari (1848-1926), fue músico, compositor y crítico.

Fundó «El Eco Musical», colaboró en muchas publicaciones especializadas y com­ pusonumerosas obras.

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el pequeño Vicentin a poco tocava la flauta con asombro de las gentes... Mis me­ morias de esos tiempos son de felicidad infantil. La casa con salones, donde po­

díamos corretear si llovía, la abundancia de todo y de frutas; recuerdo cestas de cerezas, rosado doradas, que ivan de regalo a parientes y amigos de La Coruña.

Los péchegos -melocotones enormes- y las tabardillas, manzanas ricas, las peras de agua, los melones, los higos chorreandomieles y las moras silvestres, dulces y grandes que cojiamos en las corredoiras -senderos campestres- cargados de ese fruto. El casero -hortelano yque arrendava algún terreno- nos traíalo que le pe­ díamospara jugary en sus burrillas ¡vamos al Burgo, casi inmediato a la casona, donde nos bañábamosy jugueteávamos en el mar. Venían a visitarnos y a pasar temporadas encasapersonas amigasy parientes. Recuerdo a una como si la viera hoy, amarilla la cara, seca, muy abiertos los ojos y escupiendo y tosiendo siem­

pre. Nosreñía, andava sola gruñendoo rezando con un rosario en la mano y yo me escapava deella, lo que le irritava. Se llamava Amalia yestava tísica comple­

tamente. Mi abuelitoque nos cuidava mucho, nos separava de ella lo que podía.

El cariño de mi abuelo por míeraadoración -hoylo comprendo-, hasta el punto de hacerme un corsetillo para sostendela ropa interior de lienzo fuerte pespunte­ ado por la costurerade aldea, y en la parte delantera en vez de ballenas una an­ chatirade suela flexible de quita y pon al lavar el corsetillo. Yo eratraviesa, me peleava con mi hermanillo y le inventava juegos como el de los avisperos. Con largas cañitas incitávamos a las nidadas de avispas metidas en un muro de tierra frente a la alameda, entrada al portalón de la casona. Juanito era el que más se reíaviendo que ivan saliendode una en una algunas avispas azuzadas por los pa­

los. De pronto no unenjambre, una nube de avispas cayó sobre nosotros contal furia que nos derrivó en el suelo y nos devorava. A los gritos vinieron de casa, nos llevaron, miabuelito y mi madre no podían desnudarnos porqueclavadas en la carne, bajo las ropas, teníamos muchísimas abispas. Llorávamos, nos dieron una azotaina mi madre y abuela «por meternos con las avispas», y lavados nos metieron en cama donde pasamos uno o dos días con un calenturón fuerte. No recuerdo en todanuestra niñezde Almeiras mas que esaenfermedad.

Otro de los juegos que tuvo malas consecuencias lo inició Vicentin. Pidió al hijo del casero que le cojiera un nido de golondrinas y el chico lo trajo pero no quería dárselo. Como insistíamos, el rapazfue torciendo las cabecitas delas crías y yo furiosa me eché sobre él rapaz y aunque era mayor que yo, le mordí, le arañé hasta sentir mis uñas llenas de piel y sangre. También esta vez hubo azo­

taina y no supe entonces, ni hoy, porqué nos castigaron así.

De mis amiguitas preferidas entonces supe años después. Rosarito se casó con un hidalgo sin gran fortuna. La visité en su casona, con jardín descuidado, tierras verdes y una sala «recibimiento» condamascos descoloridos, oliendo fuer­ temente a humedad. Su marido, un buen tipo de señor sin aspiraciones, un hi­ dalgo rural. Paquita Ramos la he visto hace años, el 1938?, tan pizpireta y alegre como de niña. Viuda, rica, egoísta, muy bien vestida con traje sastre y gorrito moderno, me dijo cuando le recordé que éramos muy viejas:

- Mira, déjate de edades, y cuentas, me siento joven, vivo y no pienso en otras cosas.

-Con quién vives?

-Con miscriadas, pero tengo muchos amigos.

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Pasamos porla calle Realde La Coruña y Paquita era en realidad jovenen pleno, menuda y graciosa y atractiva. De Covarrubias y Manolito, mi galán de

«Flor de un día», no supemás o lo he olvidado.

Oíamos que de mi padre no había noticias... que se había ido a América, que había naufragado... Mi madre con energía que los años nos hicieron com­ prender, emprendió una labor que debió ser extraordinaria en aquella época; la exportación de huevos a Inglaterra. Pasava temporadas en nuestra casa de La Coruñay hacía viajes aInglaterra de donde nos traía juguetes ycosas bonitasde vestir. Trabajava y tenía muchas relaciones enLondres y en La Coruña que nos visitavan.

Madrid

(Advierte enhojaaparte que salta todo lo máscaracterísticoseimportante, la velada con Zorrilla en casa deValmar, losAndinoen su hogar y sus hijos. Sus lec­ turas,estudios y versos. Sus hermanos compartiendocon ella los estudios, etc.etc.).

Un día nos dijeron mamá y los abuelitos que ivamos a marchar a Madrid donde querían educarnos. No nos disgustó el proyecto y hasta el día de la mar­

cha hicimos la alegre vida veraniega. Al fin marchamos, yo y losniños contentos de lo nuevo, y ya en Madrid el choque delcambio nos fue dolorosísimo. Del ho­

tel donde pasamos las primeras semanas nos trasladamos a un piso en el barrio antiguode la Morería, enel centro delhistórico, triste MadridViejo, frente a lla­ nadas y torres de iglesiasantiquísimas. El sufrimientoinfantil fue enormepara mí como para miabuelito. Todo me hacía llorar y él se pasava lashoras en el balcón mirando lejos y decía: «el árbol viejo es malo de transplantar». Organizaron nuestra vida. Yo a un colegio grande, de doña Julia Aznar, donde no había ni re­

presentaciones, ni estampitas con puntos de aplicación y aseo, ni la bondad de doña Concha. DoñaJuliaeraáspera, impaciente, enseñava mal humorada las lec­

cionesqueteníamos que aprender de memoria, y tenía dos hijas señoritas preciosas yelegantes Julia y Leonor -que metratavan cariñosamente. De cuando encuando venía una monja a darnos explicaciones de religion, muy aburridas. Al mismo tiempo nos pusieron en el Conservatorio de Música y declamación. Vicentito hacía progresos en el flautín, yo ni una nota aprendí de solfeo. En cambio las lecciones de literatura, de historia del arte, ylectura de poesías y dramas famosos me encan- tavan. Mi abuelitome llevava las 2 ó 3 veces a la semana que tenía yo clase y ve­

nía a buscarme. Las maestras, profesores y el personal de la casa nos demostra- van cariño y nos detenían hablándonos. Luego he comprendido que era conmovedorel grupo del pulcro viejecitollevando de la mano a la niña y a veces al pequeño Vicentito. El se hizo popular en el Conservatorio por sutalento infan­

til y yo por lo bien que recitava versos y poemas clásicos, pero esto no mitigava nuestras penas. La «morriña», el mal de los gallegos, nostalgia mortal, rendía a mi abuelo, y para nosotros los tres niños el cambio, la casa modesta, la comida, todo nos hacía sufrir indeciblemente. Mi abuelitoya el segundo año dela vida en Madrid no nos contava sus lances militares, susaventuras y peligros siendo cons­

pirador, que eran nuestra emocionantedistracción años enteros. Se fueresistiendo a salir, no quería comer, se le hincharon los pies y sin mas enfermedad que

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su «morriña» se durmió al darle mi abuelita y yo una copita de Málaga. Era el día que yo cumplí 15 años.Todavía hoyel dolor de aquella hora lo siento vivo.

Un amigo -recuerdo sutipoyno su nombre- hizo gestiones en el Ministerio de la Guerra y este se cuidó del entierro del veteranode lasguerras en Nueva Es­ paña al sublevarse lascolonias del imperio español.

La viudedad de mi abuelita que se retardava por tener que tramitar docu­ mentos en América -dondesecasaron mis abuelos-, inició laestrechez de nuestra vida. Mi madre empezó a dar lecciones de inglés; su primo, José Pía -luego Al­ mirante- señaló una pensión paralos estudiosnuestros. No debía ser cosa mayor pues recuerdo que alhajas y cosas de valor ivan al «pend broke», a la casa de préstamosqueen inglés nombravan mi madre y mi abuelita.

Vestiditosde luto riguroso¡vamos mucho ala iglesia con mamá. Era mi ma­ dre catequista en la parroquiahistórica de San Andrés, y de ese tiempo data mi gusto por la penumbra, la soledad yelsilencio en la iglesia. Alanochecer, antes o después del rosario, yo pasava horas en la iglesia, horas, probablemente de inicia­ ción espiritual y mística en las que se despertava el alma a lo divino y lo bello con la tristeza y el desamparo.

El tío Pepe Pía nos ayudava mucho, seguíamos en nuestro colegio. Mi ma­ dre esforzándosepor ganar consus leccionesy rodearnos de gentes cultas. De és­

tas hablaría si escribiera mis memorias, pero trazo solo líneas y quiero acabarde

«remover cenizas». Teníamos otros parientes y conocidos de grandes familias ga­ llegas, pero no los buscamos, por orgullo, de mi madre acaso.

Antes de dejar la Moreríaporun piso (bajo, interior tachado) en la calle del Barco-al otro extremo de Madrid-populoso y feo junto a la iglesia de San Ilde­ fonso, nos despedimos de queridos amigos, sobre todo de la familia Benítez, an­ daluza con parentela gallegay ¡oh fidelidad!, con los supervivienteshemos estado siempre en relación, y hoy Vicente frecuenta la acogedora casa de los hijos de don Juan Benítez, coronel retirado, y doña Teresita, muertos inesperadamente a poco de dejar nosotros la Morería. Y a poco también de que mi abuelita fuera operada de cataratas en casa, en la salita, por un bárbaro que la dejó ciega. La pobrecita fuerte, enérgica pero sin su Juanito no podía resistir la vida y casi sin enfermedad murió en mis brazos dos años después quemi abuelo.

Entonces y calladamente escondía yo mis primeros versos de dolor. Nos mu­

damos a la Travesía del Conde Duque. Habíamos dejado de ir al Conservatorio antes ya, el tío Pepeno estavaen Madrid, loschicos se preparavansinembargo a escuelas de Correos y de Marina auxiliar. Los recursos amenguaban y teníamos aquellaspobrescenasde sardinas ypan, o ubas y sopas. Aveces pany chocolate crudo y fruta. Mamá era como la mejor de las administradoras yla casita alegre, modesta, pero estética -con un resto de muebles viejos y el célebre escritorio de caova,una pieza que han destruido los rojos con toda la casa de Vicente- era en el gabinetito mío, mi confidente literario. Yo componía versos en secreto abso­ luto, y estudiava en cursos magníficos y gratuitos -la cultura en España se pro­ diga de balde- que me señalaban primero el escritor y crítico Blanco Asenjo, luego el Marqués de Valmar, Campoamor y otros hombres célebres interesados por nosotros. El amor del teatro en España como sabéis es un delirio. Había en­ tonces -como ahora y siempre- sociedades de aficionados que daban representa­ ciones en casade aristócratas o burgueses ricos. A veces algunade esas socieda­

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desrefinadas y acreditadas enel Madrid artístico, daba alguna representación en el teatro con objeto benéfico. En algunas tomé parte leyendo poesías con otros poetas,una vez con elcélebrey admirado poeta andaluzGrilo, -mediano y mu­

sicalcomo una balada de Rosini- y otras veces representando alguna comedia o drama del momento-no recuerdo ninguno- pero síhaber representado la doña Inésen el beneficio deuno de los aficionadosnuestros para librarlo del servicio militar -¡Oh! vergüenza de una costumbre antipatriótica!!- que(en) esas funcio­ nes las localidades se repartían entrelos socios, sus familias y amigos, pocas en elpúblico.

Yo adorava el teatro, el espectáculo, la fuerza de los dramas, decía losver­

sos maravillosamente pero no tenía temperamento de actriz. Me acobardava el público, no oía el apuntador. Los grandes actores y actrices que por amabilidad o conocimiento dirigían algunos de los ensayos, se encantavan con mi voz, con mi dicción y me animavan a dedicarme al teatro si perdiese mi timidez... Yo era tímida, melancólica, calladita y me entusiasmaba ir al teatro -nuestra asociación tenía localidades enel teatro Español-pero representar, salir a escena me repug- nava. Claro esta que, el contacto intelectual con el gran teatro clásico y román­

tico español me instruía y afinava mi gusto.

Iva yo a tener 18 años, mi aspecto muy infantil no los parecía; el largo luto ymedio luto que nos había retraído, ya menos severo con mamá frecuentávamos casas distinguidas entre ellas la del Dr. Cortezo, ya famoso, con una mujer bo­ nita y elegante que hacía del hogar un templo de sabios y jóvenes artistas. Allí tratamos mucho alhombre -luego político, ministro- ysiempre fiel amigo. Escri- vía versos, los decía bien, era alto, feo -un enemigo en el Congreso le llamó Me- nelik y nos reíamos denominándolo así bromeando. Era Francos Rodríguez que habéisconocido, que siendo Alcaldede Madrid nos mandó canastillas de flores a la casa de la Princesa y la de Urquijo, y curioso fue su final que os he contado.

Ibaa casarsecuando enviudó su amantedemuchos años -que tenía en un mani­

comio loco a su marido- y le dió una grave parálisis. Entonces, Asunción, que conozco mucho, hermosa, con su cabellera blanca y su tipo de gran distinción se negó a casarse con él. «No tengo fuerza de ser enfermera -me decía-, es otro hombre». Las amigas, la sociedad que conocíael largo secreto de sus relaciones con Francos Rodríguez, (con) una severidad de juicio moral, la obligarona ca­

sarse con el enfermo. He comido en su casa y he frecuentado la sociedad con ellos. El había mejorado, en las comidas le asistía su criado. Ella serena, triste, con perlas en el cuello y las orejas, vestida preciosamente de negro, me dijo un día: «Elpobre... ya ves como estácasi no puede hablar... se irritaportodo... su­ fro mucho».

Otra amiga de ella y mía, Beatriz, Condesa de MedinayTorres, inteligentí­ sima, millonada,con la dulce maníade obsequiara todo el mundo, y con elsno­ bismo de adorarel talento, me dijo oyéndola: «La pobrecita sufre... sufrió siem­

pre. No era cómodo tener 20 años, el marido loco y en secreto un gran y fiel amor, pero ¡que quieres! Hayuna ley de consecuencia moral y de reparación so­ cial acaso es expiación: las mujeres sufrimos siempre».

Pequeñita, fea, encantadora, Beatriz, viuda dosveces y... suegrairreconcilia­ ble -su hija se habíacasado con un catedráticovanidoso contrael gusto de ella.

Conservo de ella el mejor recuerdo. Krysia la conoció y recibió de ella un pa­

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ñuelo de Manila bonito. El último año que estuve en Madrid murió de cáncer.

Era buena, ambiciosa de gracias palatinas, dió mucho dinero al egércíto en Africa y a empresas benéficas. Antes de enfermar ó sintiéndose enferma se mandó haceruna mortaja blanca y ¡sela provó alespejo!

Se me olvidó anotar anteriormente que lo que nos ayudó al salir para la Travesía del Conde Duque, fue una herencia que mi madre recibió de lejanos pa­

rientes, de Orense provincia de mi padre.

Los miles de pesetas -no recuerdo cuantos, pero no muchos, administrados por mi madre prodigiosamente ensancharon nuestra vida. Enrelaciónconesahe­ rencia surge la situación legal de mi madre que ni era viuda ni podía acreditar que no lo era.

No podía manipular con un resto de valores en papel del Estado de mi abuela. Conlocual, segúnel Códigonopodíaactuar legalmente en diferentes ca­

sos, porejemplocomprar, arrendar, dar autorización a los hijospara casarse, etc.

Un abogado muyinteligente, Ignacio Pintado, se interesó por nuestra situación, comenzó un proceso largo de investigaciones, testigos, comprovantes y mil requi­ sitos al cabo deloscuales y de 13 años deausencia de mi padrey de trámites,se declaró a mi madre por los tribunales viuda civil, para los efectos civiles sola­ mente, pero no viuda para contraer matrimonio. No era vieja mimadre, tendría poco más o menos 40 años pero ni antes ni después pensó y vivió mas que para nosotros.

Vuelvo a mis 18 años... que fue cuando un poetita gallego vino a vernos de parte deamigosy parientes yal decirle mi madre que yo escribíaversos, cometie­ ron los dos laindiscreciónde cogérmelosen secreto. Y un día riendo y satisfecha mi podre madrecita me presentaron un periódico, el «Faro de Vigo» con versos míos y los ditirambos a una estrella que aparecía en el parnaso de la poesía ga­ llega. «La mar y sus ondas...»!Repercutió el descubrimiento astronómico poético en Galicia, en América llena de la emigración gallega; serompió el dulce incóg­ nito de mis ilusiones y nostalgias y salieron de todas partes parientes, admirado­

res, gentes sensibles y aristócratas con personalidad gloriosa: poetas políticos, hombres de ciencia, pintores y catedráticos. Mi gusto por la casita callada, mi afición a la costura -tan intensamente fomentada en las escuelas de doña Concha y doña Julia-, mis afanes por los trajes que yo mehacía y arreglava; el ritmo in ­ tenso de emociones y ocupaciones casero culturales en calma, cambió con mi re­

nombre de «prodigio» y fui canario de salón y discípula de los más célebres y eminentes hombres de esa época. No recuerdo en absoluto los primeros versos publicados en el «Faro de Vigo», no conservo los del estipendio real titulado el tomo «Poesías», recuerdo sólo algunos prematuramente amargos y los del tra­ bajo que tanto intrigaron al Rey Alfonso XII. En la casita modesta de la Trave­

sía. nos visitaban no solo los políticos, aristócratas, artistas y sabios de la época sino también curas, damas de alcurnia y personas de significación en la Corte y en la sociedad rica y burguesa de Madrid. Mi convivencia diaria con los Valmar, sus hijas y nietos; con los Andino -que fueron años después padrinos de mi boda-con los Dos Hermanas en cuya casa se hacían representaciones y en una tomé parte ya casada. El refinamiento en esas casas y en las de los políticos ma­ estros, como don Juan Valera; las visitas a los explendidos estudios de lospinto­

res, las conferenciasde arte en elPrado, las de cienciasenlasAcademias, todoen

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fin: el amviente, los estudios, el trato ameno y útilcon tantas representativasper­

sonalidadesespañolas, formaron migusto, mi riqueza de cultura estéticaysocial, honda y segura y persistente. Hoy, tomando el pulso a mi personalidad cara a caracon el pasado y la vida, he llegado a la concepción de que aprendí mucho -sin títulos universitarios- y que mi afición a lecturas, estudios y controversias con políticos de matices diferentes: Castelar, Moret, Maura, Pablo... me inicia­

ron aljuicio imparcial, amplio, que se ensanchó yseafirmó independiente másy más al contraste y lacomparación de gentes y paísesextraños.

Mis convicciones morales -he tratadopersonalidades eclesiásticas-, estéticas y sociales, no cambiaron de raíz ni de expresión desde esa primera época del ra­ ciocinio, la diferenciación, el aprecio de los valores ciertos que elegimos, y los ne­ gativos que no nos dan nada aparte la experiencia de la vida.

En esa casita de la Travesía mecasé a las ocho de la mañana, 19 marzo. Vi­ nierona buscarmelos Condes de Andino y con poco acompañamiento en coches fuimos a mi parroquia, San Marcos. La doncella de los Ferrari, lloraba mucho.

Mis hermanos muj'pálidos ymis amigos Ferrari, Valmar, muchos más me rode­ abany nos acompañaron ala estación del Norte. Vuestro padre sonreíay yo di­

cen, que estavapalidísima y serena. Mi madre no pudo ir, enel último momento ledió una congoja y ladejé rodeada de amigasyvecinascomoen un duelo. Más denueve meses que durómicorrespondencia con vuestro padre, ellame animava y me pedía que me casara con «el polaco simpático». Mi madre había conocido muchos extranjeros ingleses particularmente y les tenía simpatía.

Mi madrina, la condesa deAndino, volvió desde laiglesia y laestacióna dar cuenta a mi madre del acto religiosoya decirledulces palabras.

Esa familia como todas lasgentesque conocíaytraté hasta ese día, han sido mis fieles amistades hasta hoy. Los Bugallal, Magaz y personas modestas, sin contar losconocimientos de despuésy que conservosiempreafectuosos. Y acabo.

Ya veis que esto es interesante únicamente para vosotros. ¿Cómo era yo física y moralmente en esos tiempos juveniles? Si recojo lo que escrivieron y me dijeron poetas y celebridades, erayo... ¡un múltiple encantosin igual! Exageraciones líri­ cas. Lo que me hace pensar con gusto en mi personitade antes -y dedespués- es que políticos ypensadores como Castelar, Cánovas, Moret, Maura y Pablo Igle­ sias discurrían conmigo, me oían, me preguntavan misimpresiones de sus discur­

sos en el Congreso y de su actuación en ciertas circunstancias. Me tomavan en serio, teníanconfianza en mijuicio y mi intuición, lo que no puedo decir de los políticos polacos. Y esos políticos y parlamentarios desde los precursores -con­ servadores, republicanos, y liberales, Castelar, Cánovas, Sagasta y otros carlis­

tas- eran los precursores de mis amigos Maura, Canalejas, La Cierva, Romano- nes, Pablo Iglesias -padre del socialismo español- y Cambó, catalanista. Maura -mi ídolo como señor ypolítico-siendo presidentede la Academia Española pi­ dió el Nobel para mí, y con La Cierva colaboré en la lucha antituberculosa, siendo ministro de la Gobernación. Cánovas, que era el jefe de la oposición po­

líticomilitarera monárquico y jefe del partido conservador, que alternava conel liberal deSagasta 30 años. El 1910 o 12 fue asesinadoen lacalle Canalejas, libe­ ral, acasomasón... ya pocode la guerra europeafue asesinado Dato,conserva­

dor, por un rojo que volvió de Rusia a la España de su República. Esos demó­

cratas -Dato era conservador y presidente del Congreso al morir -no podían

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INFANCIA Y JUVENTUDDE SOFÍA CASANOVA RLit, LVIII, 115, 1996 193

contener la propaganda antiespañola de importación, hacían concesiones a las masas, pero como las democracias resbalan fatalmente por la pendiente izquier­ dista revolucionaria, España, llegó a ser la República roja de 193 (sic). Traté y admiré a Dato -granestadista, pero mi ídolo fue Maura, Pablo. También traté a Canalejas y su bonita mujer- la recuerda Belita mal vista por las «Grandes» en un baile debeneficenciaconla Familia Real. Me ayudó enelComité de Higiene Popular... Traté mucho a la familia de Dato, y la carta que conservo del Emba­

jador de Berlín, hace poco lo recuerda, pues estuvo casado con la hija de Dato.

La mayor, duquesa de Dato, intelectualista, amadora del arte que protegía: Le interesó un tiempo García Martí.

He salido de lasnotasimpulsada por recuerdosde los políticos que han tenido influencia en España, que son suhistoria y muchode la mía intelectual y juvenil.

Si me metiera a escribir memorias -¡jamás!-llenaría un archivo. Lo que sí me tienta pero no la haré es un libro de retratos «Mis amigas». Ellas, ellas y al fondo ellos: maridos, padres, novios, hermanos.

«Finita questa historia» verdadera. Noviembre el 18, 1942 y empezada en octubre.

(Continúa, sin embargo, con algunos recuerdos sobre un pretendiente con el que que­

ría casarla Flavia Valmar y con detalles intimos de esta familia que no consideramos opor­

tuno reproducir por no afectar al contenido. Sí ofrecemos el resto).

En mi cuarto y alcoba de mi gabinetito de la Travesía, oía yo de noche y por la mañana la sirena de los trenesde llegada a la estación del Norte. Yo tenía

«un ideal», aquel que me hacía mirar con desdén mi corte de admiradores y de­ cirles: «con 20 de vosotros apenas podría crear uno que me enamorara eterna­

mente». Y yo, oyendo las sirenas me decía añostras año: «por esa estación del Nortevendráél», y por ella vino vuestro padre.

Mi nombre literario

En cuanto mis versos empezaron a sonar y Sofitina era la poetisa celebrada en círculo reducido, empecé a firmarme «Sofía Casanova», pensando con el cora­

zón en que no desapareciera el apellido de mi abuelo. Si soy alguien algún día -me dije a los 18 años- por ese apellido me conocerán. Fue esa decisión un fiel cariño y gratitud a mi abuelo. Mi hermano Vicente tomó miejemplo.

Referencias

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