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“El gobierno castrista no nacionalizó nada, sino que se robó lo que no le pertenecía”

William Navarrete | domingo, 24 de julio, 2022 8:00 am

MADRID, España. – Me recibe en su domicilio del centro de Madrid, a escasa distancia de la sede del Partido Popular, e inmediatamente evocamos durante nuestra conversación temas de la Cuba de otros tiempos. Nació en La Habana en 1951 y aunque salió de la Isla con apenas nueve años, recuerda perfectamente a sus profesores y compañeros de estudios en el Colegio del Sagrado Corazón, en el Country.

Su padre, Alejandro Larrinaga, y su tío Severiano eran accionistas principales de la empresa Antillana de Acero, un imperio económico floreciente que despuntaba ya a fines de la década de 1950 y que fue inmediatamente confiscado por el gobierno castrista. Un buen día ambos llegaron a sus oficinas y se encontraron a dos milicianos armados en la puerta que les impedían entrar. “Esto ya no les pertenece”, les dijeron amenazadoramente.

A Margarita Larrinaga se le conoce por su labor en el gabinete de Esperanza Aguirre, durante el tiempo en que fue presidenta de la Comunidad de Madrid.

Hoy en día, ya retirada, preside la Archicofradía de la Virgen de la Caridad del

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Cobre, una asociación centenaria que mantiene vivo el culto a la Virgen cubana y que ha representado para muchos exiliados cubanos en España un sitio de acogida, como lo fue, durante décadas, el Centro Cubano de Madrid, del que Alejandro Larrinaga Verano-Aguirre, el padre de Margarita, era el último socio fundador vivo en 2021.

Alejandro Larrinaga Verano-Aguirre (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―Desciendes de españoles del norte de España que se habían

“aplatanado” en la Isla, como decimos en Cuba. ¿Qué sabe de los orígenes familiares y por qué esos vínculos con la Isla?

―Mi padre, Alejandro Larrinaga, nació en Basauri, cerca de Bilbao, en 1920. Era hijo de los vascos Antolín Larrinaga Barrenechea y Cándida Verano-Aguirre Arróspide. Pero de niño viajó a Cuba con su hermano Severiano. En La Habana cursó estudios en el Colegio La Salle y estudió también Ingeniería Eléctrica en la Universidad de La Habana. Su tío materno Camilo había sido el primero de la familia en instalarse en la Isla en donde tenía negocios de fundición y exportación de metales.

Mi madre, Manuela de Luis Sánchez, nació en Cuba, pero su padre era asturiano y su madre catalana. No conocí a mis abuelos maternos pues ya habían fallecido cuando nací. Teófilo de Luis de la Vega, mi abuelo, nacido en Biedes, se había

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establecido en Cuba, en donde vivían sus hermanos mayores, exactamente en Cienfuegos. Al poco tiempo de llegar fundó, en la avenida del Cobre, la perfumería Astra y la fábrica de perfumes Luis y Compañía, sita en la avenida de Carlos III. Ambas producían jabones, cosméticos y perfumes, convirtiéndose en poco tiempo en una de las marcas más exclusivas del país.

En mi familia, dos hermanos Larrinaga se casaron con dos hermanas Luis. Es decir, mi tío Severiano Larrinaga (hermano de mi padre Alejandro) se casó con Isabel Luis (hermana de mi madre Manuela). Mis siete primos nacidos de esta unión son doblemente primos maternos y paternos.

Perfumes Astra, avenida Carlos III, propiedad de Teófilo de Luis de la Vega (Foto:

Cortesía de la entrevistada)

―¿Qué recuerdos tiene de sus primeros años de vida en Cuba?

―Nuestra casa familiar estaba en el reparto Kohly, en La Habana, y la de mis abuelos en el Vedado. Teníamos una casa en la playa de Tarará y casi todos mis recuerdos de fiestas, celebraciones de cumpleaños y reuniones de familia están

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relacionados con ese sitio de veraneo al este de La Habana. Allí pasábamos los fines de semana y también los meses de julio y agosto. De hecho, la última gran fiesta antes de nuestra salida de Cuba en 1960 fue allí.

Yo estudié en el Sagrado Corazón que era un colegio excelente en el que estudiaban, en general, niñas de hogares con buena situación financiera, pero que tenía un sistema de becas gratuitas para niñas pobres que se pagaba con la matrícula de quienes tenían mejor situación financiera. Entre mis compañeras de clase recuerdo a Ani Mestre (la hija de Goar Mestre), Cristina y Mequi Santeiro, Evelyn Mendoza, Margarita Ledo, Lilian Pedroso, Beatriz Lacret, Gabriela Puyol, Celia Averoff, Maggie Abril, las hermanas Cagiga, Rosi Bacallao, Teresita de Cárdenas, las Arenalde, entre otras.

Recuerdo en particular a dos de las religiosas que nos educaban, la Madre Comellas y la Madre Fernández de Mesa. También, entre las profesoras laicas del claustro educativo, a Miss Alicia Hopgood, nuestra profesora de Inglés.

Curiosamente, la novicia que me preparó en este colegio para la Primera Comunión, sor Pilar López-Saavedra, dejó la orden en Cuba, se exilió en España y años después también preparó a mis hijos para la Primera Comunión, en Madrid.

No olvido tampoco cuando entre 1959 y 1960 comenzaron a desaparecer, poco a poco, las alumnas del colegio. Cuando preguntaba por ellas la respuesta era invariable: “Ya se fueron”.

En 1959, Fidel Castro pidió ayuda para su Reforma Agraria y las monjas pidieron a las familias que donaran aperos de labranza o instrumentos relacionados con la agricultura. Entonces mi padre y mi tío Severiano donaron un tractor. Hubo un acto en el patio del colegio en que las alumnas, alineadas en filas y con el Himno Nacional de fondo, posábamos como campesinas, exhibiendo rastrillos, palas y azadones. Había un silencio sepulcral que solo rompía las notas del himno. Con aquella experiencia desapareció en pocos días la cuarta parte del alumnado.

Todo aquel mundo fue definitivamente borrado del mapa e incluso de los libros que hablan de Cuba. Y creo que no quedaría ninguna prueba in situ de mi paso por ese país si no fuera porque en la iglesia de San Francisco, en La Habana Vieja, hay un fresco con la imagen de la Virgen de Begoña, encargado a la Asociación Vasco-Navarra de La Habana, en el que aparecemos una prima mía y yo que servimos de modelo junto a otro niño. Por supuesto, sobreviven nuestras casas y el esqueleto de las fábricas e industrias que nos robaron y que con el

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tiempo se han ido desbaratando debido a la inepcia y la incapacidad de ese tipo de régimen de generar riqueza y bienestar en todos los ámbitos, tanto en lo personal como en lo colectivo.

Detalle del mural, en la iglesia de San Francisco de La Habana, con Margarita Larrinaga de verde y su prima Maribel, de rosa, a su lado (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―Antillana de Acero formaba parte de ese patrimonio familiar que el castrismo se ocupó de nacionalizar pocos meses después de la toma de poder…

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―El gobierno castrista no nacionalizó nada, sino que se robó lo que no le pertenecía. Incluso le dejaron el mismo nombre hasta que en 1974 fusionaron la fábrica con otras empresas y le pusieron José Martí. De todas formas, en el imaginario cubano, siguió llamándose Antillana de Acero. La fábrica estaba en el Cotorro, en las afueras de La Habana, y daba trabajo a unas 500 personas, entre obreros y empleados. Se trataba de un grupo mayoritario integrado por varios cubanos. Su vicepresidente era mi tío Severiano Larrinaga, que era el apoderado de su tío Camilo Verano-Aguirre Arróspide. Mi tío-abuelo era propietario de una fundición de artículos de bronce y latón, cuya sede se encontraba en la calle Merced, en La Habana Vieja. Era un exportador mayorista de metales y también propietario de una fundición en San Felipe y Ensenada. Formaba parte de los grupos ferreteros y fundidores de acero que, unidos, constituyeron Antillana de Acero.

Antillana de Acero (Foto: Cortesía de la entrevistada)

La empresa se constituyó en 1955 y en 1957 se puso la primera piedra. Fue en 1959, exactamente, cuando se dio por terminada del todo. Esto quiere decir que aquel esfuerzo de años entre su fundación y el montaje definitivo solo sirvió para ofrecérsela en bandeja al régimen que se la robó íntegramente.

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Después de que a mi padre y a mi tío les impidieron acceder a sus oficinas, alguien les dijo que Fidel Castro estaba desayunando en la cafetería Kasalta en Miramar. Para allá fueron ellos a verlo y cuando le hablaron del tema Castro los tranquilizó diciéndoles que no se preocuparan que les devolverían la fábrica. Eso era puro cuento, todos conocemos la historia y sabemos lo que sucedió después.

El caso fue que salimos al exilio en 1960 y solo mis tíos Sevariano e Isabel regresaron a Cuba varias veces, por corto periodo, durante ese mismo año, pues intentaron, en vano, defender las propiedades y pertenencias de la familia.

―Me parece que siempre estudiaste en el Sagrado Corazón, no solo en Cuba, sino también en el exilio en Washington y en Francia…

―En efecto. La congregación religiosa del Sagrado Corazón fue fundada en Francia a principios del siglo XIX y en 1858 se estableció en Cuba con el objetivo de construir escuelas para educar a las niñas con una formación cristiana. Las primeras escuelas vieron la luz en Sancti Spíritus y La Habana. Más tarde se fundó el Apostolado de La Habana, en 1891, y muchas más en diferentes lugares, incluso en Santiago de Cuba. No fue hasta 1945 que compraron una finca en lo que entonces se conocía como la Playa de Marianao, para construir un gran edificio, a cargo de los arquitectos Francisco Martín y Ricardo Moreira. Era el colegio más lujoso de Cuba y desapareció cuando el castrismo se lo robó en 1961 para convertirlo en escuela de becas o algo así, y luego en albergues para la Escuela de Medicina. El edificio se conserva y me asombró que en la capilla donde rezaban y cantaban las monjas solo había pomos con fetos en formol.

En Washington, cuando llegamos al exilio, volví a estudiar en el Sagrado Corazón, que allí se llama Stone Ridge. En mi clase estaba Kathleen, la hija mayor de Bob Kennedy y sobrina del entonces presidente estadounidense. En esa época también conocí al vicepresidente Lyndon B. Johnson porque mi mejor amiga de entonces era la hija del embajador de México y se daban recepciones a las que asistía el propio presidente.

Cuando en 1963 nos mudamos a Europa, mi hermana y yo estuvimos como internas en La Perverie, que era el colegio del Sagrado Corazón en Nantes (Francia). Y, por último, estuve en el de Madrid hasta que entré a la Universidad.

―¿Por qué se fueron a vivir a España y cómo fueron los primeros años en ese país?

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―Mis padres fueron los que decidieron que viviríamos todos en España. Ya su hermano había venido para Madrid, de modo que él no quería que las dos familias quedaran separadas.

Viajamos en un barco italiano llamado Vulcania, desde Nueva York hasta Barcelona. Íbamos todos los de la familia, mis padres, una tía, mis primos y sobrinos. Como dije antes, estudié primero en Nantes y luego en Madrid, en donde comencé los estudios de Filología en la Complutense, pero los interrumpí porque me casé a los 21 años con Diego Rosillo Colón de Carvajal, descendiente de Cristóbal Colón, con quien tuve a mis tres hijos. Hasta el día de hoy tengo ya ocho nietos. Mantuve la ciudadanía cubana y un pasaporte que por fuera era español y por dentro tenía un sello que decía “apátrida” hasta que, tras mi boda, me hice ciudadana española.

Margarita Larrinaga, su esposo Diego Rosillo Colón de Carvajal y sus hijos en España (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―Me comentaste que regresaste a Cuba en una ocasión. ¿En qué contexto? ¿Qué impresiones tuviste de ese viaje?

―Esto sucedió en 1995 y fui con mi marido, mi hermana Ana y su esposo. Lo

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primero que sucedió es que a mi hermana y a mí nos dieron un papel amarillo porque, aunque viajábamos como ciudadanas españolas, ellos dijeron que no reconocían otra nacionalidad para los nacidos en Cuba que la cubana. Como es lógico, hice el viaje que suele hacer todo aquel que salió del país de niño y tiene ganas de ver si fue un sueño esa etapa de la vida, en mi caso hasta los nueve años.

La primera impresión que tuve fue que todo estaba destrozado, y que solo los sitios turísticos se mantenían más o menos arreglados. Había música por todas partes, desde que entramos al aeropuerto y en cada sitio a donde íbamos.

Fuimos a ver mi casa en el reparto Kohly pero no nos dejaron entrar ni hacer fotos porque la habían cogido para hotel de rusos. Luego fuimos a la de Tarará, que era una casa especial porque tenía una planta circular y recuerdo que el dormitorio de la segunda planta (el de los menores) tenía un enorme ventanal circular desde donde se veía el mar y se oían las palmeras con la brisa. Pues bien, mi casa la convirtieron años después en un restaurante. Pero cuando fuimos estaba destartalada y los ventanales de cristal de la segunda planta rotos.

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La casa de los Larrinaga en Tarará, antes y después (Collage: Cortesía de la entrevistada)

Luego fuimos a la casa de mis abuelos en el Vedado y ahí sí nos dejaron entrar pues era una casa particular. La nueva propietaria insistió en que ella era la dueña desde no sé qué año, pero dijo algo muy curioso: “Aquí han seguido llegando cartas a nombre de su padre, Alejandro, provenientes de la Universidad y otras instituciones internacionales”. De hecho, me mostró algunas.

En Cuba solo me quedaba un pariente lejano, que no recuerdo cómo dimos con él.

Me asombró ver que su hijo jugaba con uno de esos juegos de video que mis hijos manipulaban también, pero lo hacía en un televisor en blanco y negro. Entonces el pariente nos explicó que si jugaba con la imagen en colores entonces se les gastaba un tubo interno y el aparato les duraba menos. También me asombró ver que alguien como él, que tenía un puesto en algo del gobierno, tuviera que

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ducharse con un sistema extraño en que desde un tanque colocado encima de la ducha salía el agua. Nunca entendí cómo era ese sistema, pero me parecía que era algo arcaico.

La verdad es que todo lo que comí me pareció caro, a pesar de ser comidas sencillas. Incluso en la casa de Dupont de Nemours, que supuestamente, era de lo más sofisticado, no me pareció nada del otro mundo. Y al salir de Cuba el oficial se enredó con mis papeles y yo estaba ya un poco asustada porque me decía que si me retenían en aquella Isla me daba algo allí mismo. Al final, cuando me dejó pasar me dijo que para ellos era un placer que fuera cubana.

―Tanto tú como tu familia han apoyado siempre a los cubanos que salen al exilio y han militado siempre por la democracia en Cuba. ¿Pudieras hablarnos de esto?

―Siempre hemos ayudado a los cubanos. El primero fue mi padre, que como ya dije fue uno de los que mantuvo vivo al famoso Centro Cubano de Madrid y estuvo entre sus fundadores cuando el 17 de junio de 1966 se creó la Asamblea Constituyente de esa institución, junto a otros veteranos como Julio Lobo Olavarría (su primer presidente), Oscar Gómez Hernández, José Ignacio de la Cámara, Jesús Manzarbeitía, Guillermo Arruza, Adolfo Arenas, Guillermo García Tuñón, Carlos F. de Armenteros, Alfredo Llorente, Helena Lobo de Montoro, Enrique Tous, Gastón Baquero, Carmen Gómez-Mena, Isabel Falla de Suero, Manuel F. Goudie, Felipe Salcines, Teresa Regueira, y tantos más. El local estuvo casi desde los inicios en la calle Claudio Coello y era una especie de epicentro de toda la actividad contra la dictadura y donde más apoyo se daba a los recién exiliados. Mi padre falleció con más de 100 años de edad, en enero de 2021.

Mi prima Elena Larrinaga de Luis ha sido y continúa siendo una de las voces más activas en España en el ámbito de las denuncias contra la dictadura cubana y el apoyo a la disidencia tanto exterior como interior. Y mi primo Teófilo de Luis Rodríguez fue diputado del Partido Popular español en 1995; nació en Cuba y también ha sido también un defensor de la democracia en su país de origen.

Publicó incluso un libro, Cuba en el Congreso, en 2019.

En mi caso, tuve la oportunidad de trabajar desde 2003 en el gabinete de Esperanza Aguirre, durante los nueve años en que fue presidenta de la Comunidad de Madrid. Muchos de los dosieres de tema cubano me los encargaba

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a mí, de modo que estuve en primera línea cuando comenzaron a llegar los prisioneros de la Primavera Negra de 2003, y entre ellos el periodista y escritor Raúl Rivero, su esposa, Blanca Reyes, y muchos más. Trabajábamos en estrecha colaboración con la Fundación Hispano Cubana de Madrid.

―Ahora también, desde hace unos meses, ocupas la presidencia de la Archicofradía de la Caridad del Cobre en Madrid, la asociación cubana más antigua de España. ¿Qué puedes contarnos sobre esto?

―En efecto, en octubre de 2021 fui elegida presidenta de la Archicofradía, reemplazando a su última presidenta, Emma García-Menocal de Calvo, quien es nieta del presidente de la República de Cuba Mario García-Menocal Deop y estuvo 15 años al frente de esta asociación. La vicepresidenta actual es Almudena Carballosa, nuera de Ana María Solís (los propietarios de la tienda El Encanto).

La asociación fue fundada en 1923 y desde entonces ha tenido seis presidentas, de las cuales, Dora Vidal de Rosillo ―quien por cierto era la esposa de un tío de mi marido―, cubana también, fue la más longeva en el puesto pues permaneció 35 años como presidenta. Remontando la historia, hay que decir que en 1871 la reina María Cristina autorizó a que se depositara en la iglesia del monasterio de las Descalzas Reales la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre que había sido traída de la Isla un año antes por Andrea Avelina Valdés de Montoro.

Fue en 1923 cuando el obispo Prudencio Melo del Real, obispo de Alcalá-Madrid, aprobó los reglamentos de la Asociación y poco después fundaron en Ciudad Lineal una primera escuela en donde se daban clases de alfabetización y cultura básica, catecismo, costura, etc. La labor educativa fue muy importante hasta que, en 1951, habiendo fallecido Caridad Duany de Ros, la presidenta hasta entonces, y ante la imposibilidad de cubrir los gastos, se hizo cesión de la escuela, aunque se mantuvo el nombre de la que existe aún.

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William Navarrete, Margarita Larrinaga y fray Rafael Fernández Rodríguez del Rey, en Madrid (Foto: Cortesía)

En 1956 se creó una nueva junta de la Asociación con Caridad Meana de Oyarzábal como presidenta y desde entonces, hasta hoy, se ha mantenido el culto a la Virgen todos los días 8 de cada mes. A esto se añadían los donativos de Navidad que se entregaban al capellán de la asociación y se repartían entre los cubanos necesitados. En cuanto comenzaron a llegar los primeros exiliados de la década de 1960 se ocupaba de ellos el padre Ignacio Camillas, franciscano de la villa cubana de Remedios. En 1986 fue nombrada Presidenta Honoraria la Duquesa de Veragua, cuyo marido, Cristóbal Colón de Carvajal, era primo de mi marido. Fueron luego presidentas, la mencionada Dora Vidal y Carmen Rivas de Cabezón, todas cubanas, hasta que en 2006 comenzó Emma García-Menocal, con Margarita Mendoza como vicepresidenta, Dagmar Salcines de secretaria, Lydia Cifuentes de tesorera y Paulette Pérez de Cisneros como camarera de la Virgen.

La Archicofradía ha continuado con las misas de todos los días 8 (excepto en julio y agosto por las vacaciones de verano), las meriendas benéficas en los salones de La Milagrosa (desde que en 2005 cerrara el Centro Cubano de Madrid que era donde siempre se realizaban) y los donativos. Además, ha sido hermanada con la Real Hermandad de Infanzones de Yllescas, que es donde se piensa tiene orígenes

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el culto a la Virgen del Cobre. También se dio ayuda a la Catedral de Santiago de Cuba en 2012 para la reparación de los vitrales afectados por el paso del ciclón Sandy.

Desde que comencé en mis funciones hemos realizado todas las misas y la de mayo la hemos desplazado para el día 20 de ese mes, por ser la Fiesta Nacional cubana y fundación de la República. Participan siempre los fieles, las miembros de la Archicofradía y oficia desde hace unos años fray Rafael Fernández Rodríguez del Rey, quien es nuestro capellán cubano actual, desde que por razones de edad cesó el padre Pedro Capdevila.

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