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Duele ser médico en Cuba

Ernesto Pérez Chang | martes, 25 de noviembre, 2014 8:30 am

L A H A B A N A , C u b a . - ¿ Q u é realidades pueden esconderse detrás de las “deserciones” de los médicos cubanos que cumplen

“misiones” en el extranjero?

¿Cuánto de manipulación de las aspiraciones personales y las necesidades básicas de un ser humano se oculta tras el disfraz de un gesto solidario?

En conversación con Marisel Martínez, esposa de Jesús Eduardo Peña, un médico cubano con cerca de veinte años de servicio, pudimos conocer algunos pormenores del ejercicio de la medicina en Cuba desde la perspectiva de las experiencias personales, del entorno cotidiano.

Especialista en cirugía cardiovascular, Jesús abandonó hace dos años la misión médica en Ecuador y, después de muchas vicisitudes, logró llegar a República Dominicana donde intenta rehacer su vida profesional. Marisel, que fue

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enfermera intensivista hasta hace muy poco, ha accedido a conversar con nosotros:

“Es bueno que se conozca que nada es color de rosa y que, hasta cierto punto, los médicos y enfermeras somos como propiedades del Estado, sobre todo los que hemos hecho una especialidad, como mi esposo y yo. (…) Desde que me casé con Jesús he vivido en este apartamento, que era de los padres de él, aquí nació. (…) Antes de Ecuador, él estuvo en dos misiones más, una en Venezuela y otra en Haití, y lo que ganó en esos años no nos alcanzó para salir de este edificio que un día de estos se derrumba de lo viejo que está (…). Nadie en el Ministerio (de Salud) nos ofreció ayuda para salir de este lugar, y como Jesús y yo hay miles de profesionales en nuestra situación. (…) Con el dinero que ganó en Venezuela hicimos un par de cambios. Compramos, a un vecino, un cuarto colindante para ampliar la cocina, el baño y hacer el cuarto de la niña y, lo más importante, instalamos los tanques para el agua y pusimos el motor porque aquí el agua llega hasta la planta baja solo un par de horas en días alternos. (…) Pasamos años en que Jesús tenía que llegar por las tardes directo a cargar agua desde la cisterna del edificio de al lado hasta aquí. Todos los días. La niña era chiquita y yo soy asmática. Así que él tenía que dar como diez o doce viajes con un par de cubos en cada brazo. Al otro día se levantaba muerto de cansancio, con dolor en todo el cuerpo y así mismo entraba al salón, daba consulta en el policlínico, impartía docencia. (…) Si no hacía todo eso, entonces no podía aspirar a salir de misión, que es la única oportunidad de ganar dinero de verdad.”

Marisel Martínez (foto del autor)

“Yo trabajé en hospitales hasta el otro día y sé que siempre está el que te saca un sable y entonces porque no hiciste una guardia o te negaste a ir a un trabajo voluntario te dejan fuera. (…) Jesús no quería ir a Venezuela porque Zusel (la hija)

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era muy chiquita y él quería estar con nosotras. Pero el salario no nos alcanzaba.

Incluso a veces comíamos gracias a lo que nos regalaban algunos pacientes (…).

Llegan a la consulta y, como eres buen médico, te regalan un pollo o una pierna de puerco, un tallo de plátano, malanga, cualquier cosa, como agradecimiento.

(…) Entre Jesús y yo, lo que ganamos al mes nunca llegó a los 80 dólares. (…) Él ya no aguantaba más. La cosa aquí está al revés. Todo es muy absurdo. En mi hospital solo había tres médicos que tenían carro. Ninguno era moderno.

Moskovichs y Ladas de los años 80 y cosas así, sin embargo, hay una enfermera que tiene un carro moderno, nuevecito (…) porque estuvo en un equipo médico que atendió a no sé qué presidente de África, solo por eso. (…) Jesús y yo teníamos que salir todos los días caminando hasta el hospital. Llegábamos hechos una sopa. (…) Fue el mejor graduado de su año y hay gente que estudió con él, que se hicieron médicos a puñetazos, como se dice, y como eran dirigentes de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria) o de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas), unos comecandelas, después se la pasaban de misión en misión.

Jesús no se metía en política, por eso nunca quiso estar en el Partido. Si lo hacía, iba a reuniones y gritaba “Viva Fidel”, como hay quienes lo hacen, enseguida lo iban a mandar a Brasil o a Sudáfrica, que es donde van los más “destacados” y donde pagan más. (…) Por eso es que cuando algunos logran irse, se quedan y, los que regresan, rápidamente empiezan a buscar otra misión para volver a salir.

Jesús regresaba a Cuba por nosotras, por Zusel, pero se cansó. Bueno, mejor dicho, lo cansaron”.

Edificio donde vive Marisel (foto del autor)

Anisia González, residente en un barrio marginal de Arroyo Naranjo, de esos que llaman “llega y pon”, es madre de Fernando Rivero, un profesional joven que hace solo ocho meses decidió abandonar la misión médica que cumplía en Sudáfrica.

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Aunque conversa regularmente con su hijo por vía telefónica, lo extraña y teme que habrán de pasar muchos años para un reencuentro. Anisia, con visibles marcas de sufrimiento en su rostro a pesar de la alegría que sin dudas finge para no preocuparlo, no le reprocha al hijo una decisión que ella misma califica como

“lo mejor que pudo hacer”.

“Quisiera tenerlo aquí conmigo pero sé que está bien. Yo sabía que se iba a quedar porque siempre me decía que estaba cansado de verme pasar tanto trabajo. (…) Esto se quedó a medias y tal vez no aguante un ciclón. Mi difunto esposo y yo levantamos este bajareque a pulmón. Tabla por tabla. Cuando el papá de Fernandito murió, él estaba en segundo año de la carrera y nos la vimos bien negra, sin un quilo. (…) Yo siempre he trabajado limpiando casas y lavando para la calle, entonces el niño me dijo que iba a dejar la carrera para empezar a trabajar. Me tuve que poner dura y casi amenazarlo con un palo para que estudiara. Fernandito lo decía porque veía que la casa se nos venía encima y él no tenía ni un par de zapatos, no tenía ni novia, pobrecito. Para colmo se iba la luz todos los días y le daba la madrugada estudiando con una vela o haciendo artesanías con otro amigo para venderlas a los turistas en el malecón. También vendió maní. Me daba todo el dinero que ganaba por ahí (…). Él pensaba que al graduarse iba a cambiar, pero nada. Lo ubicaron en un consultorio en Las Guásimas, allí estuvo dos años, y después lo trajeron para el policlínico, pero con un salario malísimo, así que tuvo que continuar haciendo artesanías y vendiéndolas por la calle. Después encontró una gente que se las compraba todas para revenderlas. Pero yo, lavando para la calle, ganaba más que él.”

Anisia González (foto del autor)

“Un día me dijo que no había director en el policlínico, porque se había ido de misión, y que, como a él le estaban haciendo el proceso para el Partido (Comunista) lo habían propuesto para el cargo. Le dije que lo pensara pero él

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aceptó porque le subían el salario y también podía salir del país mucho más rápido. (…) como al año lo mandaron a Haití, eso fue como en el 2009, y estuvo allá hasta principios del 2011. (…) Cuando vino trajo cantidad de ropa y un poco de dinero y con eso levantamos la parte de alante de la casa, el baño y echamos el piso. También me compró la lavadora porque yo lavaba a mano. El refrigerador (…). En menos de un año se acabó el dinero. Habíamos pasado tanta hambre y tanto trabajo que todo se fue en comida y en levantar lo poco que pudimos, porque el cuarto y la mitad de la sala se quedó como estaban, con las mismas tablas de antes. (…) Volvimos a estar arrancados, con una mano alante y la otra atrás. Como a los meses tuvo que vender la computadora que había traído y estaba como loco. Hasta que cogió la subdirección del policlínico para salir otra vez de misión pero tuvo que meterse en eso hasta enero de este año que lo mandaron para Sudáfrica. Ahí fue que supe que no iba a regresar. Cuando me llamó para decirme que no venía, ya lo esperaba. (…) Tengo ganas de verlo pero no quiero que regrese para quedarse aquí. Él tiene que lograr salir alante, hacer lo que su padre y yo no pudimos. Ninguna madre se alegra cuando se va un hijo.

(…) Pero yo me siento en paz sabiendo que está bien, mucho mejor que aquí, así que si me vas a tirar una foto, que me vea contenta, riendo”.

En Cuba, a pesar de los recientes aumentos salariales en el sector de la salud y de las millonarias ganancias del Estado con la exportación de los servicios médicos a otras naciones, numerosos profesionales de la medicina viven en condiciones muy cercanas a la miseria y, lo que resulta aún mucho más grave, desempeñan sus oficios en instalaciones hospitalarias que no reúnen las condiciones mínimas para ofrecer un servicio de calidad a los pacientes.

Consultorio médico en Cuba (foto del autor)

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El salario promedio de cualquier especialista ―que además está obligado a impartir docencia y estar dispuesto a cumplir misiones riesgosas en otros países―, promedia los 60 dólares mensuales, sin contar que las esperanzas de obtener una vivienda decorosa se tornan prácticamente nulas si antes no demuestra, con años de sometimiento, su fidelidad a ese mismo gobierno que manipula sus penurias y que, bajo la máscara de la “solidaridad”, comercia con su talento científico como si se tratara de mercancías baratas.

Las prohibiciones de viaje al exterior por razones personales, el carácter de rehén que adquieren las familias de aquellos que logran viajar, las amenazas de suspensión del derecho a ejercer la medicina por razones políticas e ideológicas, las retenciones de una parte de los salarios en divisas que pagan las naciones donde prestan servicios, los tortuosos procesos para ganar el derecho a “cumplir”

estas “misiones”, son algunos de los métodos muy cercanos al chantaje y la extorsión que emplea el gobierno cubano para retener a los médicos en la isla y para manipularlos a su antojo.

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