Arguedas, José María.
1986. El sexto.
Lima. Editorial Horizonte. Primera Edición. Pp. 11-41; 71-91; 109-129 [Cap. Arbitrario I, II, III, VI,VII ,IX]
I
Nos trasladaron de noche. Pasamos directamente por una puerta, del pabellón de celdas de la intendencia al patio del Sexto. Desde lejos pudimos ver, a la luz de los focos eléctricos de la ciudad, la mole de la prisión cuyo fondo apenas iluminado mostraba puentes y muros negros. El patio era inmenso y no tenía luz. A medida que nos aproximábamos, el edificio del Sexto crecía. Ibamos en silencio. Ya a unos veinte pasos empezamos a sentir su fetidez.
Cargábamos nuestras cosas. Yo llevaba un delgado colchón de lana; era de los más
afortunados; otros sólo tenían frazadas y periódicos. Marchábamos en fila. Abrieron la reja con gran cuidado, pero la hicieron chirriar siempre, y cayó después un fuerte golpe sobre el acero. El ruido repercutió en el fondo del penal. Inmediatamente se oyó una voz grave que entonó las primeras notas de la Marsellesa aprista, y luego otra altísima que empezó la Internacional. Unos segundos después se levantó un coro de hombres que cantaban, compitiendo, ambos himnos. Ya podíamos ver las bocas de las celdas y la figura de los puentes. El Sexto, con su tétrico cuerpo estremeciéndose, cantaba, parecía moverse.
Nadie en nuestras filas cantó: permanecimos en silencio, escuchando. El hombre que estaba delante de mí, lloraba. Me tendió la mano, sosteniendo con dificultad su carga de
periódicos a la espalda. Me apretó la mano; vi su rostro embellecido, sin rastros de su dureza habitual. Era un preso aprista que me había odiado sin conocerme y sin haberme hablado nunca. Lo examiné detenidamente, extrañado, casi aturdido. Creí que al oír la Marsella, entonada por esos pestilentes muros, me rechazaría aún más. Sabía que era un hombre del Cuzco, de la misma lengua que yo.
-¡Adiós! -me dijo- ¡Adiós!
Yo me quedé aún más sorprendido.
¿De quién se despidió? Levantó la mano. Y desfilamos hacia el fondo de la prisión, uno a uno.
Recomenzaron el canto. Me acordé de los gallos de pelea de un famoso galpón limeño.
Cantaban toda la noche sin confundirse ni equivocarse jamás. ¿Cómo sabían en qué instante le tocaba su tumo a cada uno? Los presos del Sexto también, en sus distantes celdas, seguían las notas de los himnos sin retrasarse o adelantarse, al unísono, como por instinto. Los guardias y soplones que nos custodiaron aparentaban calma; nadie sonrió ni maldijo.
Me tocó de compañero de celda, aquella noche, Alejandro Cámac, un carpintero de las minas de Morococha y Cerro, ex campesino de Sapallanga.
Prendió una vela en cuanto me echaron a su celda. Tenía un ojo empequeñecido por la irritación de los párpados. Daba la impresión de ser tuerto. Su ojo izquierdo, que nadaba en lágrimas, parecía inerte.
-¿Quién es usted, señor? -me preguntó.
Le dije mi nombre.
-¡Te conozco! –exclamó-. Han hablado de ti acá. Suerte que haiga sido yo tu compañero para vivir en el Sexto. ¡Suerte mía!
-! Suerte mía! -le dije.
Era más de la medianoche.
-Nunca se me cura este ojo -dijo, cuando comprendió que lo observaba.
Se levantó de la cama, un colchón de paja reforzado con periódicos. Se puso de pie.
-Mataremos los chinches -dijo -aunque son sonsitos. Después tenderemos tu cama.
Con la vela empezó a quemar las chinches que estaban atracadas en los poros,celdillas y rajaduras del cemento. Se irguió luego y calentó el muro, para pegar allí la vela. Vi que era alto y flaco; de cabellos erizados y gruesos. Su cuello delgadísimo causaba preocupación, parecía de una paloma.
-¿Por qué no cantaron los que veníamos? -le pregunté.
-¿No sabes? Por lo del prefecto... Hace como un año mandó sacar a los presos que habían llegado al Sexto; a la noche siguiente los hizo escoger por lista, los hizo formar acá abajo, en el patio, junto a los excusados. Les amarraron las manos atrás. Y los soplones les
embarraron la boca con el excremento de los vagos. ¡Por Dios! ¡Es cierto! Él estaba parado cerca de la reja. ¿Usted le ha conocido? Era más flaco que yo, de anteojos, bien alto, medio jorobado. Miró desde lejos el castigo. “¡Que no se laven, carajo!" ordenó. "Métanlos amarrados a las celdas". Había creencia de que lo matarían después de eso. Pero dicen que está tranquilo ahora, de patrón de haciendas en el mero norte.
-Sí -le dije-. No se trata de él ¿no es cierto? ·
-¡Claro, y seguimos cantando! Y todo el mundo cantaremos, cuando el cadáver de ese flaco esté pudriéndose.
Su ojo sano tenía una expresión dulce y penetrante.
- Yo tiendo tu cama, compañero. Hay que saber tomar la dirección del aire que entra por la reja, y del andar de estos chinchecitos. Aunque ahora con el frío, están cojudados.
Tendimos la cama. Me preguntó por muchos de los presos que vinieron conmigo de la intendencia.
-Ahora sí, aquí nadie sabe cuándo saldrá. De la intendencia todavía está fácil -dijo, apagó la vela y se recostó.
-Hazte la idea, compañero. Todos tenernos aquí de 20 meses para arriba: ¡Buenas noches!
Al amanecer del día siguiente escuché una armoniosa voz de mujer; cantaba muy cerca de nuestra celda. Me puse de pie.
Cámac sonreía.
-Es Rosita-me dijo-, es un marica ladrón que vive sola en una celda, frente de nosotros. ¡Es un valiente! Ya la verás. Vive sola. Los asesinos que hay aquí la respetan. Ha cortado fuerte, a muchos. A uno casi lo destripa. Es decidido. Acepta en su cama a los que ella no más escoge. Nunca se mete con asesinos. Puñalada la ha enamorado, ha padecido. Ya verás a Puñalada. Es un negro grandote, con ojos de asno. Parece no siente ni rabia ni
remordimiento, ni dolor del cuerpo. ¡Verás! Es un amo ahí abajo. Su ojo no parece de gente, demasiado tranquilo. Cuando sufría por Rosita pateaba a los pobrecitos vagos; sacaba el látigo por cualquier cosa. Se paseaba como animal intranquilo frente a la reja grande. Él es llamador de los presos. Ya llamará a alguien dentro de un rato. Rosita lo tiene todavía en
condena, en ascuas. El negro no puede hacerle nada, porque el marica también tiene su banda.
-¿Es él quien canta?
-Él.
-Pero su voz es legítimamente de mujer.
-Ella es, pues, mujer. El mundo lo ha hecho así. Si hubiera nacido en uno de nuestros pueblos de la sierra, su madre le hubiera acogotado. ¡Eso es maldición allá! Ni uno de ellos crece. En Lima se pavonean. Tendrá, pues, las dos cosas, pero lo que tiene de hombre seguro es mentira; le estorbará. Y aquí canta bonito. ¿Qué dices?
·
Cantaba el valse "Anita ven"; lo entonaba con armoniosa y cálida voz.
-¿Es ladrón? -pregunté. .
-Famoso, como Maraví y Pate'Cabra. Es grande entre los ladrones. Por eso está aquí, y no lo sueltan.
En ese instante oímos ruidos de fierros, lejos.
-Están abriendo las celdas -dijo Cámac-. Mejor nos levantamos.
Rosita dejó de cantar; la llovizna que caía al angosto aire del Sexto, marcando cada gota pequeñísima de la garúa sobre el cemento manchado, casi mugriento del muro, se hizo más patente; la voz de mujer la había difuminado; ahora se agitaba; me recordaba la ciudad.
“¡En la cárcel también llueve!", dije, y Cámac se quedó mirándome.
Yo me crié en un pueblo nubloso, sobre una especie de inmenso andén de las cordilleras.
Allí iban a reposar las nubes. Oíamos cantar a las aves sin verlas ni ver los árboles donde solían dormir o descansar al mediodía. El canto animaba al mundo así escondido; nos lo aproximaba mejor que la luz, en la cual nuestras diferencias se aprecian tanto. Recuerdo que pasaba bajo el gran eucalipto de la plaza, cuando el campo estaba cubierto por las nubes densas. En el silencio y en esa especie de ceguedad feliz, escuchaba el altísimo ruido de las hojas y del tronco del inmenso árbol. Y entonces no había tierra ni cielo ni ser humano distintos. Si cantaban en ese instante los chihuacos y las palomas, de voces tan diferentes, el canto se destacaba, acompañaba al sonido profundo del árbol que iba del subsuelo al infinito e invisible cielo.
Lima bajo la llovizna, a pesar de su lobreguez, me aproximaba siempre, algo, a la plaza nublada de mi aldea nativa. Me sorprendió, por eso, que la garúa hubiera cambiado de naturaleza al canto de mujer oído allí, entre los nichos del Sexto. Y mientras Cárnac intentaba comprender el sentido de mi pregunta y de mi pensa- miento, un grito prolongado se oyó en el Sexto; la última vocal fue repetida con vez aguda.
-Es Puñalada -me dijo Cámac-. Está llamando a Osborno.
El grito se repitió:
-¡Ques d'ese Osborno o ó ó! ¡Ques d'ese Osborno o ó ó!
Me acostumbré después, en diez o veinte semanas, al grito; a la inexplicable tristeza con que el asesino repetía siempre la última sílaba.
-¡Ques d'ese Sotuar áárr!
-¡Ques d'ese Cortez ééss!
-¡Ques d'ese Casimiro iróóó!
Deformaba los apellidos, los gritaba casi en falsete, apoyando la voz en la nuca. Todo el Sexto parecía vibrar, con su inmundicia y su apariencia de cementerio, en ese grito agudo que era arrastrado por el aire como el llanto final de una bestia. A veces cantaban en coro los vagos o los ladrones, en sus celdas, acompañándose del ruido de cucharas con las que marcaban el ritmo. Se excitaban e iban apurando la voz, mientras la llovizna caía o el sol terrible del verano pudría los escupitajos, los excrementos, los trapos; no los desperdicios, porque apenas alguien echaba restos al botadero, los vagos más desvalidos se lanzaban al depósito de fierro y se quitaban los trocitos de zanahoria, las cáscaras de papa y de yuca.
Las cáscaras de naranja las masticaban con locura, y las engullían, sonriendo o sufriendo.
Sobre el coro de los vagos y el vocerío de los presos del primer piso, la voz de Puñalada hendía el aire, lo dominaba todo, repercutía en el pecho de los que estábamos secuestrados en la prisión. No recuerdo que nadie permaneciera indiferente al oír las primeras sílabas de la llamada; y no solamente porque todos aguardaban alguna visita o un encargo, aun quienes tenían a padres y camaradas a miles de kilómetros de Lima, como Mok'ontullo , y los presos que trajeron de la selva; sino porque el tono del grito, su monotonía, su última sílaba se hundía en nosotros, a la luz del sol o bajo la triste llovizna de los inviernos.
¡Puñalada! era su nombre; nadie sabia cuál era el que pusieron a ese negro gigante en su fe de bautismo.
Aquella mañana corrí hasta el extremo del balcón del tercer piso, para verlo: Estaba apoyado en la gran reja. Bajé las gradas. Cámac me siguió. El patio pululaba ya de vagos.
No me eran desconocidos; eran idénticos a los que había visto en la intendencia.
Me acerqué a la reja. El negro se fijó en mí. Debí llamarle la atención porque bajé a saltos las escaleras.
No miraba jamás directamente; hacía como los caballos que por la forma de la cabeza y la inmensidad de los ojos, nos miran por un extremo de ellos. Puñalada era muy alto; en algo influía su estatura, o lo ayudaba, a ciar naturalidad a esa manera como premeditada y despectiva de mirar a la gente. Y como era negro y la córnea de sus ojos estaba algo oscurecida por manchas negruzcas su mirada parecía adormecida e indiferente.
-¡Nadie es como él, asesino! -me dijo Cárnac, en voz baja.
Tenía la facha y la expresión del maleante típico.
Volvió a gritar.
-iQues d'ese Ascarbillo billo ó ó!
Pero su voz parecía tener más potencia en el fondo del penal que allí, a cielo abierto. . -Desde esta reja él controla el ingreso de la coca, del ron, de los naipes, de las yerbas y de los nuevos presos; los escoge. Son peor que los indios, estos ladrones de la costa. Usan yerbas para maleficios y chacchan coca, más que un brujo de la sierra -me dijo Cárnac, siempre en voz baja.
El negro seguía mirándonos.
-¡Vámonos! -dijo Cámac.
-Me quedaré -le dije.
Cámac se retiró un poco hacia la escalera. Yo me acerqué más a la reja. Vino desde el fondo del penal un individuo bajo, gordo, achinado; lo acompañaba un negro joven. El hombre bajo se echó a reir a mandíbula batiente.
-¡No digas, cabro ! -dijo-. ¡Vainetilla !
-¡Venga, compañero! -me llamó Cámac-. No se mezcle.
-El hombre gordo tenía expresión simpática; la risa sacudía su cuerpo. Se le veía feliz., como si no estuviera entre esos nichos y la pestilencia de los excrementos.
Cámac me llamó nuevamente; se acercó a mí y me llevó del brazo.
-¡Es Maraví! -dijo-. El otro amo del Sexto. Tiene tres queridas; ese negrito es uno de ellos.
¡Vámonos! '
El ojo sano del carpintero ardía, el otro nadaba en lágrimas espesas.
-¡Vamonos, amigo! -me rogó
Temblaba su ojo sano, parecía no poder resistir la sensación de asco que oprimía todo su rostro. Nos fuimos.
-En el segundo piso están los criminales no avezados -me dijo, al paso-. Son violadores, estafadores, ladrones no rematados. Hay también un ex sargento de Lambayeque, acusado de estupro. Estamos viviendo sobre el crimen, amigo estudiante; aquí está abajo y nosotros encima; en Morococha y Cerro es al revés; ellos encima, los chupa sangre, abajo los trabajadores; ya sea debajo de la tierra, en la mina; o en los barrios de lata. Porque en Morococha, los indios obreros duermen en barrios de lata. ¡Cómo aguantan el frío! Ya los comuneros de Jauja no quieren ir; las empresas están enganchando indios, pobrecitos indios de Huancavelica.
Hermano estudiante, ellos son en esas minas lo que estos vagos en el Sexto: lo último. Los gringos escupen sobre ellos. ¡Sobre nosotros no, no tanto! ¿Qué piensas tú, camarada; con qué pensamiento has venido? ¿Tú conoces Morococha y Cerro? ¿Sabes que en ningún sitio de nuestras cordilleras hace más frío que en Cerro y Morococha? ¿Para qué sirve allí un techo de lata? Para esconder a la gente, que no vean lo que tiemblan. La cuestión es tapar y chupar la sangre. Los gringos, pues, no son ni de aquí ni de allá; son del billete.
¡Esa es su patria!
En la escalera, al borde del segundo piso se detuvo para hablar, casi inopinadamente. Me asombré de que tuviera tanta libertad para hablar en voz alta de asunto tan peligroso. Aun en la cárcel me parecían temerarias esas palabras. Estábamos habituados a cuidarnos, a mirar a nuestro alrededor antes de decir algo en la ciudad. Cámac había perdido ya esa costumbre. Tenía 23 meses de secuestro en el penal; había recuperado allí el hábito de la libertad. Y como lo escuchaba, pendiente no sólo de sus pensamientos, sino de su ademán
y de la expresión tan desigual de sus ojos, que parecía dar más poder de evidencia a cuanto decía, él se detuvo, apoyándose en las barandas de fierro, y continuó explicándome. Su ojo sano era como una estrella, por la limpieza y la energía; el otro, apagado, nadando en lágrimas, hacia refulgir mejor, con su tristeza, al ojo sano.
-Sí, compañero. Creo en todo lo que dices; sigue -le dije-.¡Te escucho!
-¿No es cierto que el gringo de los trusts no tiene patria? ¿Dónde, dónde pone su corazón?
¿Sobre qué tierra, en qué pueblo? ¿Qué cerro o qué río recuerda en el corazón, como a su madre? ¿Qué hace un hombre que no ha sido cuidado, cuando era huahua, por la voz cariñosa de su madre? ¿Un gringo que no ha sido criado, propiamente? ¿Entiende usted?
¿Que no ha tenido crianza de una patria, sino del billete, que no huele ni a México ni a China, ni a Japón, ni a, New York, que ni siquiera tiene el olor de las lágrimas ni de la sangre que ha costado, ni del azufre del demonio? ¡Estamos jodidos, porque ellos mandan todavía en el mundo!
-¿No cree usted que aman a los Estados Unidos, o a su Inglaterra? ¿No cree usted que cada quien ama al país en que ha nacido? ¿No lo cree usted, compañero? -le pregunté.
-De esos gringos que he visto en Morococha no lo creo, compañero. Uno que tiene a su padre y a su madre y a su patria y va a otra nación para hacer millones con la sangre y la .tierra extranjera, acaso, si es hombre criado por padres y madres, ¿puede escupir al trabajador que le hace ganar millones? ¿Puede escupirlo? ¡Ahistá! Ese no tiene crianza.
Por eso, como maldición, no hay para él otro apoyo que las balas. ¡Balas y billetes, es la patria del gringo! Y entonces todo se lo quiere agarrar. No hay más remedio para él. ¡Están condenados! Y nosotros, amigo estamos bajo los zapatos de los condenados.
-Usted habla de los gringos que ha visto en Morococha y Cerro. Pero ellos son millones.
No confunda... ··
-¿Y por qué nos mandan a esos que miran al cholo no como a gente sino como a perro?
Así es, amigo estudiante. Tú te ves allá, en las minas y, clarito, no encuentras otro camino:
o ellos o nosotros. Así nos tratan, así nos miran. Por eso estamos aqui. ¿O usted no?
-Yo también estoy aquí. .
-Con Puñalada y Maraví que es hijo de ellos, hijo purito; más de lo que para mí es mi Javiercito, que a estas horas debe estar llorando de hambre en Morococha.
-Vámonos -le dije-. Estás cansado., ·
Sus facciones se habían afilado y su piel empalideció. Lo ayudé a subir.
-La rabia me hace tener esperanza -me dijo-. Pero creo me come la sangre. Lo saludaron muchos en el angosto corredor al que daban las celdas; pero ninguno se detuvo. Ya estaban levantados los presos y transitaban, al parecer, afanosa- mente, por los angostos pasadizos de las dos alas del edificio. Tuve la impresión exacta de caminar por las oficinas y
corredores de una gran empresa donde todos iban a sus ocupaciones urgentes. Nuestra celda estaba muy cerca del alto muro final del Sexto, que daba a la Avenida Bolivia.
Cruzamos todo el corredor. Vi en las celdas gente que discutía o trabajaba.
-¡Están ocupados! Ven más tarde -escuché decir en el interior de una celda
-Has hablado mucho, compañero -dijo un hombre viejo, al vemos pasar. Estaba enfrente, en la otra fila de celdas.
El hombre viejo apuró el paso, y nos alcanzó, por el último puente.
-¿Este es el compañero nuevo? -preguntó, -Sí -le dije.
-Has hablado mucho, Cámac; los he estado observando -dijo.
-Cierto -contesté-. Ha hablado mucho.
-No debiera quedarse con un nuevo. Procuramos tenerlo solo.
-Lo cuidare -le dije-. Hagamos la prueba.
. Me d! cuenta que Cámac estaba enfermo, que por eso le asaltaban las cosas y los pensamientos con exceso de hondura.
-Señor-le dije al viejo-. Que él se recueste sobre mi cama. Él tiene un colchón de paja con periódico; el mío es de lana, muy bueno.
Cámac me miró y aceptó de inmediato. Se echó sobre mi cama. Le puse la almohada a la espalda. El viejo me tendió la mano.
-Sólo por un rato -dijo. •
Comprendí que temía. Pasó una de sus manos sobre la frente de Cámac; lo examinó, sorprendido, mirándolo. .
-Este nuevo no es nuevo -dijo Cámac-. ¡Yo te digo que no es nuevo! Por eso acepto su cama. No te asustes, compañero.
Sonrió el hombre viejo, y salió.
-Ya hablaremos -dijo. · -Es Pedro -dijo Cámac, -¡Ah, el líder obrero!
-Ha estado en Rusia. Dicen los apristas que está vendido al oro de Moscú.
-Sí, lo he oído decir. Pero no charlemos. Ya vuelvo -le dije.
-¡Un momento, compañero estudiante! ¿tú eres de la sierra, no?
-Sí -le dije-. Soy de un pueblo chico, de quebrada. ·
-Se sabe. Pedro tiene miedo de que te contagie. No estoy para eso todavía. No tengo el bacilo. El médico del penal no examina a nadie.; nos mira solamente. Dice que tengo el hígado. Pero Pedro sospecha. Yo no. He visto enfermarse y padecer a los tísicos hasta que han muerto. Sé como es. No tengas miedo. .
- Tú sabes, compañero, que no tengo miedo -le dije-. Quedas bien en mi cama.
-¡Claro, amigo! Ahora anda; mira bien el Sexto de día. ¡Convéncete! Ve cómo comienza un día de trabajo en la cárcel. Porque la intendencia no es cárcel. Es alojamiento no más:
¡Anda afuera, compañero! El hombre es bien curioso.
Cerca de la puerta de nuestra celda me apoyé en las barandas de fierro y no pude examinar las cosas con la tranquilidad necesaria. De pie, miré el fondo del penal; y mientras la hirviente multitud de los vagos y criminales que deambulaban en el patio bajo
murmuraba en desorden, pensé en mi compañero de celda. Nadie me interrumpió; no se ocupaban de mi los presos políticos del tercer piso. Volví a sentirme nuevamente como en una pequeña y absurda ciudad desconocida, de gente atareada y cosmopolita. Así, toda mi razón y mis sentimientos volvieron hacia mi compañero de celda.
¿Qué era más impresionante en Cámac: la claridad de la imagen que tenía del mundo, o los pocos, los muy pocos medios de los que parecía haberse valido para llegar a
descubrimientos tan categóricos y crueles? Su facha, sus modales; su modo de tratarme, ya de tú, ya de usted; su cama de paja reforzada de periódicos; su saco y pantalón de hechura poblana, no guardaban relación- la que estamos acostumbrados a ver que se corresponden en Lima- con la claridad de sus reflexiones y la belleza de su lenguaje. No rebuscaba términos ni los aliñaba, como los políticos a los que había oído hasta entonces.
Era sin duda un agitador, pero sus palabras nombraban directamente hechos, e ideas que