CONFERENCIA DE LA DRA. SILVIA BLEICHMAR EN LA PRESENTACIÓN DE LA REVISTA DOCTA 2:
Han pasado cien años de la publicación de Tres Ensayos, en 1905, y si bien cabe preguntarnos qué ha pasado en el psicoanálisis a lo largo de un siglo, la cuestión principal es qué ha pasado en la sociedad con a los cambios que se han operado respecto a la sexualidad. Y es desde esta perspectiva que hace tiempo intento distinguir, en función de la organización del pensamiento psicoanalítico y de ir ubicando los problemas del futuro del psicoanálisis, cómo separar aquellos núcleos de verdad que permanecen a través del tiempo y que remiten a cuestiones invariables de la constitución psíquica de los modos de la subjetividad que han cambiado a lo largo de tiempo. Lo que se llama producción de subjetividad es del orden político e histórico. Tiene que ver con el modo con el cual cada sociedad define aquellos criterios que hacen a la posibilidad de construcción de sujetos capaces de ser integrados a su cultura de pertenencia. Hay proyecto de producción de subjetividad en cada sociedad y estos proyectos de producción de subjetividad, tiene ciertas características: el modo de funcionamiento de la familia del siglo XX en Occidente, con funciones bien diferencias, es del orden de la constitución de la subjetividad. Mientras que la diferenciación tópica en sistemas regidos por legalidades y tipos de representación es del orden de la constitución psíquica. De ahí que lo constitutivo del psiquismo, da cuenta de aspectos científicos del psicoanálisis y que se sostienen con cierta trascendencia por relación a los distintos períodos históricos .
Se trata también de una batalla por sostener nuestros enunciados científicos en el marco de la época que nos toca vivir, pero también por lograr su trascendencia. Cuando a veces me pregunto qué espero de lo que hago, me respondo, de manera espontánea, que espero que en el futuro al menos no se considere como absurdo aquello que guió mi pensamiento y mi acción. Si alguien, por casualidad, leyera dentro de cincuenta, o cien años, nuestros escritos, supongamos, que alguien encuentre en una biblioteca algo de nuestro tiempo – un tataranieto, por ejemplo – que piense que fui digna para la época que viví, que no fui una payasa, que lo que dije, aún errado en muchos aspectos, fue honesto y avanzado para la época que me tocó y que estuvo cerca de lo más avanzado de esa etapa histórica.
Es en razón de esto que voy a someter algunos de los paradigmas del psicoanálisis a este clivaje, si ustedes quieren, entre constitución del psiquismo y producción de subjetividad.
Tomemos como ejemplo la tópica tripartita propuesta por Freud; tanto su primera formulación, a la que recién aludí, como en la segunda, con el ello, el yo y el superyó, para poner de relieve que más allá de que las inscripciones que constituyen las instancias secundarias puedan sufrir variaciones culturales, habrá elementos insoslayables de la pautación que imponen sus regulaciones para que los seres humanos puedan vivir en común y sostenerse en el marco de los riesgos que los acechan.
Sabemos que es muy discutible que las formas de la moral tengan carácter universal. Y una ilusión que hemos debido abandonar, y que tuvo mucha preeminencia en el ejercicio del psicoanálisis de la segunda mitad del siglo XX fue la convicción de que alguien que aparentemente era un inmoral, en realidad tenía reprimida la culpa o se defendía de una angustia extrema, cuando el tiempo nos ha demostrado que esto bien puede no ser así – al menos, ni culpa ni vergüenza parecen existir en estar reprimido ni producir síntomas en tantos sujetos que hemos visto desfilar por la historia argentina de los últimos treinta años.
Por otra parte, estos mismos sujetos se pueden melancolizar si pierden el dinero o el poder,
dando cuenta que su escala de valores está regida por otros enunciadeos que aquellos que
nos constituyen. Sin embargo, más allá de esto, es indudable que las condiciones de existencia de una sociedad no se proyectan hacia el futuro sin una cierta universalización ética, que opera como imperativo categórico para el universo de sujetos que engloba.
1La segunda cuestión que puede ilustrar la diferencia entre producción de subjetividad y constitución del psiquismo tiene que ver con la causalidad de la patología psíquica. Si bien hay cambios en la psicopatología actual, con dominancia de síntomas y trastornos que no son los mismos que clásicamente conocimos, la cuestión es si esto implica relevar el paradigma de la causalidad psíquica psicoanalítica, vale decir el de la determinación libidinal del sufrimiento psíquico. No se trata de desconocer los cambios operados, pero tampoco de ceder en el debate por la defensa de los paradigmas ante la neurociencia, con su pretensión de anular toda causalidad representacional de la patología mental. Aceptar, por ejemplo, la denominación de “fenotipo TOC” – trastorno obsesivo compulsivo -, implica, de hecho, convalidar que hay un genotipo determinante de este modo de funcionamiento psíquico, tirando por la borda años de trabajo fecundo tanto en la investigación como en la transformación de esta patología.
Nuestro trabajo debe centrarse en el trabajo de revisión intrateórico que permita afrontar las nuevas cuestiones atinentes a la sexualidad, luego de más de un siglo de psicoanálisis. Por eso el curso de postgrado que dicto este año en la Universidad Nacional de Córdoba se llama Que permanece de nuestras teorías sexuales infantiles, título que remite a un enunciado provocativo de Laplanche cuando aludiendo a la teoría de la castración femenina como constructo infantil para dar cuenta de la diferencia sexual anatómica la consideró “la teoría sexual de Freud y de Hans”.
Vayamos en primer lugar al aporte capital que propone Freud en Tres ensayos al esbozar, por primera vez en la historia del pensamiento, el concepto de sexualidad ampliada. No se trata sólo de reconocer que los niños tiene sexualidad, sino que la sexualidad tiene un carácter polimorfo, invasivo de las funciones básicas, que no se reduce a la función genital.
Se trata de definir lo sexual como un plus de placer no reductible a la autoconservación, donde el chupeteo cumple una función autoerótica, desprendida de la función alimenticia, y cuya finalidad se ve desgajada de lo autoconservativo. El chupeteo posterior a la ingesta pone de relieve que está destinado al reequilibramiento de la energía psíquica, más allá de lo somático, ya que se rige por una economía libidinal puesta en marcha a partir de procesos de excitación, y cuyas vías de resolución son irreductibles ya al plano autoconservativo, en virtud de que se rige por el placer-displacer y no por la saciedad o carencia somáticas.
Lo central del descubrimiento freudiano radica en la no subordinación de la sexualidad al instinto, su carácter irreductiblemente ligado a las series placer-displacer. Y esto nuestra época lo ha llevado hasta el límite, poniendo en el centro de la vida sexual su disociación de
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