A MIGUEL ÁNGEL, QUE QUIERE CONOCER LAS RELACIONES EXISTENTES ENTRE EL BAUTISMO Y LA CONFIRMACIÓN

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A MIGUEL ÁNGEL, QUE QUIERE CONOCER LAS RELACIONES EXISTENTES ENTRE EL BAUTISMO Y LA CONFIRMACIÓN

Querido Miguel Ángel:

En no pocas ocasiones hemos hablado de las diferencias existentes entre el bautismo y la confirmación. No parece un asunto fácil.

Actualmente se está planteando de nuevo la edad en que se puede, o se debe, confirmar a un niño o un joven ya bautizado. Hay quienes piensan que debe rebajarse la edad de la confirmación para celebrarla antes de la Eucaristía. Otros opinan que la confirmación requiere una edad superior.

Ambas opiniones dan por supuesto que la edad no es lo más importante. Lo que cuenta verdaderamente es la preparación del candidato. Más aún, todo esto dependerá de la noción que se tenga sobre el Bautismo y la Confirmación y sus mutuas relaciones. Fuera de toda duda está que en todos los sacramentos el Espíritu Santo se hace presente y nos concede su gracia. No es que en cada sacramento se nos ofrezca una cantidad mayor o menor de gracia, sino que el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda para enviarnos a una misión determinada. La clave, por tanto, para conocer lo propio de cada sacramento, su naturaleza y su eficacia, es conocer la gracia que se nos regala y saber la misión que en cada caso se nos encomienda.

De la mano de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia nos podemos detener ante los dos sacramentos que ahora nos interesan.

1 – LO QUE TIENEN EN COMÚN

Los dos son sacramentos de la Iniciación cristiana juntamente con la Eucaristía. Con esto está dicho todo pero podemos concretar más en dos puntos concretos:

1-1 – Estos tres sacramentos son el fundamento de toda la vida cristiana El Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1212, lo enseña claramente:

“Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae; cf. Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, Prenotandos 1-2)”.

1-2 – Estos sacramentos se necesitan y se complementan mutuamente Volvemos a tomar el Catecismo, esta vez en el nº 1285:

“Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los "sacramentos de la iniciación cristiana", cuya unidad debe

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ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este sacramento (la Confirmación) es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal”.

2 – LA GRACIA Y LOS EFECTOS DEL BAUTISMO

Con la Palabra de Dios en la mano y con la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica, y como síntesis inicial, podemos decir que el Bautismo pone el acento de su gracia en la vida interior, primero de la persona misma que recibe el agua bautismal, y luego en la vida interior de la comunidad de la que comienza a tener una participación activa. Efectivamente, se nos ha enseñado que por el Bautismo comenzamos a ser Hijos de Dios y miembros de la Iglesia.

Veámoslo atentamente. Enseña el Catecismo en el número 1262:

“Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo”.

2-1 – Primer efecto: se perdonan los pecados

Es doctrina tradicional de la Iglesia afirmar que por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado. Solamente por eso ya merecería la pena el bautismo desde la edad más temprana. Los padres deberían ser conscientes. El Catecismo, nº 1263, lo expresa así:

“En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios”. En el número siguiente, el Catecismo continúa indicando que, a pesar de todo, el pecado deja una huella que, en el tiempo, debemos ir borrando. La complementariedad de los otros sacramentos es necesaria y beneficiosa.

“No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: «La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien "el que legítimamente luchare, será coronado" (2 Tm 2,5)» (Concilio de Trento: DS 1515)”.

2-2 – Segundo efecto: se nace a una vida nueva

Escuchemos la Palabra de Dios. En la Carta a los Romanos, a los que en el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo se nos invita a andar en una nueva vida:

“Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (6, 4-5).

En el diálogo de Jesús con Nicodemo, que nos relata el evangelista san Juan, Jesús nos hace entender que esa vida nueva es la del Espíritu:

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“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu” (3,5).

Esta vida nueva, según el Catecismo en el nº 1265, significa que el Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, sino que hace también del neófito "una nueva creatura" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).

¿Qué significa todo este manantial de gracia que recibe el bautizado con relación a su vida concreta y diaria? En el número 1266 se muestra el programa de vida nueva que la Trinidad regala al bautizado:

“La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:

— le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;

— le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;

— le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.

Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo”.

La Palabra de Dios avala esta doctrina que el hombre no podía ni haber soñado y que solamente por pura gracia puede disfrutar.

La carta a los Romanos habla sin tapujos de la vida nueva que, no solamente nos ha hecho salir de la esclavitud, sino que nos ha colocado en la misma familia de Dios como hijos adoptivos.

“No habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba; Padre!” (8, 5).

Esta misma idea la trasmite San Pablo cuando escribe a los Gálatas.

“Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (4, 6-7).

2-3 – Tercer efecto: se participa en la comunidad cristiana Podemos hablar de un tercer efecto que es consecuencia del anterior.

Efectivamente, ser hijos de Dios conlleva la gracia de ser miembros de la Iglesia. Nunca podíamos haber imaginado la concesión de tan alta gracia siendo como somos pecadores.

Escuchemos a San pablo en su primera carta a los Corintios:

“Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Ya todos hemos bebido de un solo Espíritu” (12, 13).

Ser miembros de la Iglesia, según el Catecismo, comprende cuatro modos de ser y servir:

A – Somos CUERPO:

“El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por tanto [...] somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones,

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las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,13)” (nº 1267).

B – Somos TEMPLO:

“Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles” (nº 1268).

C – Somos SERVIDORES

“Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef 5,21), a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia” (nº 1269).

D – Somos TESTIGOS

“Los bautizados "renacidos [por el bautismo] como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios” (Nº 1270).

Una conclusión al fin debemos sacar:

“Si vivimos por el Espíritu, marcharemos tras el Espíritu” (Gal 15, 25). 3 – LA GRACIA Y LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACIÓN

Si al hablar del Bautismo, recordando su gracia y sus efecto, decíamos que el acento había que ponerlo en la vida interior de la persona y de la comunidad cristiana, al referirnos ahora a la Confirmación, igualmente teniendo en mente y en corazón la Palabra de Dios y el Catecismo de la Iglesia Católica, hemos de decir que aquí el acento está en la vida y misión exterior. Jesús nos dijo que teníamos que salir al mundo y allí, con valentía, debíamos anunciar el Evangelio a toda criatura. Parece, por lo que vamos a ver, que esta misión exterior, hacia las periferias de la fe como diría el Papa Francisco, es propio y original del sacramento de la Confirmación.

Así lo ratifica el Código de Derecho Canónico:

“El sacramento de la confirmación, que imprime carácter y por el que los bautizados, avanzando por el camino de la iniciación cristiana, quedan enriquecidos con el don del Espíritu Santo y vinculados más perfectamente a la Iglesia, los fortalece y obliga con mayor fuerza a que, de palabra y obra, sean testigos de Cristo y propaguen y defiendan la fe” (c. 879).

De donde se desprende su mandato:

“Los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno; los padres y los pastores de almas, sobre todo los párrocos, procuren que los fieles sean bien preparados para recibirlo y que lo reciban en el tiempo oportuno” (c. 890).

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3-1 – Fortalece el Bautismo

El Catecismo resume la eficacia de la Confirmación de esta manera:

“Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

— nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm 8,15).;

— nos une más firmemente a Cristo;

— aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo; — hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia;

— nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz: «Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu» (San Ambrosio). (nº 1303) 3-2 – Renueva el acontecimiento de Pentecostés

Dice el Catecismo:

“De la celebración se deduce que el efecto del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés” (nº 1302).

Si el efecto más original de la Confirmación es renovar el acontecimiento de Pentecostés, hagamos nuestra reflexión a partir de la Escritura:

¿Qué trasformación aconteció en los Apóstoles tras la venida del Espíritu en Pentecostés?:

- Hablaron lenguas nuevas: “Se pusieron a hablar lenguas nuevas” (Hch 2, 4). - Iniciaron un nuevo mensaje, central y definitivo para su predicación, el

Kerigma: “Jesucristo vive, ha resucitado” (Hch 2, 22…).

- Se convirtieron en testigos del Resucitado: “Nosotros somos testigos” (Hch 2, 32).

- Curaban a los enfermos: “En nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hch 3, 6).

- Hablaban con claridad: “Permitidme que os diga con toda claridad…” (Hch 2, 29). “Sepa con certeza la casa de Israel…” (Hch 2, 36).

- Promovían la conversión de los pecadores: “Con otras muchas palabras les conjuraban y les exhortaban” (Hch 2, 40).

- Estaban llenos de valor: “Viendo la valentía con que hablaban… estaban admirados” (Hch 4, 13).

- Se enfrentaron a las autoridades: “Juzgar si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios” (Hch 4, 19). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29).

- Se ganaban la simpatía de la gente: “Gozaban todos de gran simpatía” (Hch 4,33).

El Concilio Vaticano II lo resume enseñando que un fruto que debemos esperar de los confirmandos es el ser testigos auténticos de Jesucristo:

En efecto, a los bautizados "el sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu

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Santo. De esta forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras". (Lumen gentium, 11).

Santo Tomás pone el acento del testimonio del confirmado en hacerlo públicamente: “El confirmando recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo” (Summa theologiae, 3).

No es lo mismo, Miguel Ángel, el Bautismo que la Confirmación. No son equiparables los compromisos que adquirimos por el Bautismo a los que adquirimos por la Confirmación. En uno y en otro caso la preparación debe ser seria y profunda. La edad para recibir estos sacramentos no es intrascendente. Sabemos que el Espíritu Santo en todos los sacramentos actúa con eficacia (“ex opere operato”). Lo que está en juego es la eficacia que ha dejado en nuestra mano (“ex opere operantis”).

Aquí tienes materia para tu reflexión y para que saques consecuencias.

“Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes. Haced todo con amor” (1 Co 16, 13).

Florentino Gutiérrez. Sacerdote www.semillacristiana.com Salamanca, 15 de agosto de 2013

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