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Los Dioses Ocultos Circulo Eranos II Anthropos (1) (1)

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AUTORES, TEXTOS Y TEMAS

HERMENEUSIS

Colección dirigida por Andrés Orti/.-Osés y Patxi Lanceros

15

E. Neumann, M. Eliade, G. Durand,

H. Kawai, V. Zuckerkandl

LOS DIOSES

OCULTOS

CÍRCULO ERANOS II

Proemio de Cari G. Jung

Presentación de A. Ortiz-Osés

(4)

LOS DIOSES ocultos : Círculo Eranos, II: y [selección de textos de] «Eranos- Jahrbüchei» / E. Neumann, M. Eliade, G. Durand, II. Kawai, V. Zuckerkandl; proemio de Cari G. Jung ; presentación de A. Ortiz-Osés. — Rubí (Barcelona) : Anthropos ; Santafé de Bogotá : Uniandes, 1997

221 p. ilust.; 20 cm. — (Autores, Textos y Temas. Ilcrmeneusis ; 15) Tít. orig. de Cuadernos Eranos: Eranos-.lahrbücher (1933-1988) ISBN 84-7658-508-X

I. «Eranos, Círculo de» 2. Simbolismo - Dioses (Mitología) 3. Hermenéutica I. liliade, Mircea II. Durand, Gilbert III. Kawai, Hayao IV. Zuckerkandl, Víctor V. «Eranos, Círculo de» VI. Jung, Cari G, pro. VII. Ortiz-Osés. Andrés, pr. VHI. Título IX. Colección

130.2

Primera edición: 1997

© Fondation Eranos (Ascona, Suiza), 1956 (para E. Neumann), 1961

(para M. Eliade), 1980 (para G. Durand), 1985 (para H. Kawai), 1961

¿ara V. Zuckerkandl)

© del Proemio: Herederos C.G. Jung y Spring, 1984

© de la presentación: A. Orliz-Oscs, 1997

© Anthropos Editorial, 1997

© Ediciones Uniandes, 1997

Edita: Anthropos Editorial. Rubí (Barcelona)

En coedición con Ediciones Uniandes (lax 284 18 90)

Santafé de Bogotá, D.C., Colombia

ISBN: 84-7658-508-X

Diseño, realización y coordinación: Plural, Servicios Editoriales

(Nariño, S.L.). Rubí. Tel y fax (93) 697 22 96

Impreso en Colombia - Printed in Colombia

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

God is ihe one and íhe other:

that everything is everything.

Dios es el/lo uno y el/lo otro:

ya que cada cosa es parte del todo.

CARL G. JUNG, Nietzsche’s Zamthuslru, I

(Princeton, 1988, pp. 128 y 154)

El arquetipo siempre es autoexistente —exis­

tente por sí mismo—, pero uno es víctima de la

ilusión de haberlo creado. Así, Dios no ha sido

hecho sino que siempre ha sido, mientras que

pensamos erróneamente —con Nietzsche— que

el hombre ha inventado a Dios.

(5)

P

resentación

ERANOS Y EL «ENCAJE» DE LA REALIDAD

Andrés Ortiz-Osés

Encaje: Ajuste de piezas que se adaptan entre sí

y, así unidas, se asientan y enlazan.

Diccionario Real Academia Española da la Lengua

Tras la edición de la primera entrega del Circulo Eranos en

esta misma colección editorial bajo el título Arquetipos y símbo­

los colectivos} ofrecemos ahora al público hispano la segunda

entrega bajo el rótulo Los

DIOSES OCULTOS,

en la que —tras el

proemio de C.G. Jung— se incluyen los trabajos significativos

de E. Neumann, M. Eliade, G. Durand, II. Kawai y V. Zuclcer-

kandl.

El Círculo Eranos, fundado en 1933 por Olga Frobe-Kap-

teyn bajo los auspicios de C.G. Jung, ha reunido un amplio

número de investigadores que han celebrado sus Conferencias

hasta 1988 —recogidas en sus Anuarios o Jahrbücher— en

Moscia, cerca de Ascona, en la Suiza italiana. El nombre de

Eranos, inspirado por el fenomenólogo de la religión Rudolf

Otto, significa asociación, cofradía o coligación en la que cada

miembro o «eranista» paga su contribución a la liga o reunión

frecuentemente gastronómica; así que, mientras que el Simpo­

sio platónico que llamamos Banquete, era una sobremesa,

1. Círculo Eranos I (K. Kerényi, E. Neumann, G. Scholem, J. Ilillman), Arqueti­

pos y símbolos colectivos (epílogo de F.K. Mayr, R. Panikkar y A. Ortiz-Oscs), Barce­

(6)

Eranos mienta la sociedad (gastronómica) misma a modo de

Txoko vasco.

2

El carácter interdisciplinar ha presidido las reuniones vera­

niegas del Grupo Eranos junto al Lago Mayor, al sur de Suiza.

El Grupo ha centrado su interés filosófico-científico en la bús­

queda de una sabiduría holística y unitaria, capaz de auscultar

y sonsacar fenomenológicamente urdimbres de sentido, es­

tructuras simbólicas, arquetipos y pattem de conducción o

conducta de la realidad que arriba al hombre. Para Eranos se

trata de buscar sentidos en medio de lantos sin-sentidos, para

lo que se realiza una ingente labor de desescombro tanto de

las culturas clásicas como de los ritos arcaicos iniciáticos. Es­

pecial énfasis ha puesto Eranos en correlacionar nuestra men­

talidad occidental y su lógica racionalista con la mentalidad

oriental y su lógica cotradictorial.

3

En todos los casos, se trata

de rastrear el sentido interpretado como «encaje» de la reali­

dad, incluida la más estridente, en su configuración o disposi­

ción de fondo capaz de conferir articulación a lo desarticulado

—como la muerte, el mal y la negatividad. De esta guisa, los

«dioses ocultos» comparecen en esta búsqueda eranista como

los arquetipos o encajes ocultos, los cuales se constelan a través

de una visión fenomenológica de las correspondencias, corre­

laciones y coimplicaciones de los diversos estratos y estructu­

ras del ser.

C. Lovering ha podido llamar a Eranos «una isla fuera del

tiempo» (Cahiers jungiennes, 76 [1993]), olvidando que el tiem­

po eranosiano no está fuera del mundo sino que es otro tiempo

—marítimo, cíclico, arquetípico—, el cual atraviesa el mundano

lineal transversalmente. Pues los símbolos arquetipales no nie­

gan ni detienen el tiempo sino que lo contienen, implican o

configuran —dicho sea esto desde una posición más radical­

mente eranosiana que la propia de algún eranista.

4

Pues el últi­

2. A partir de 1988 el Círculo Eranos enü-a en transición, especializándose en Temas monográficos (actualmente el I Ching) bajo la coordinación de R. Rirscma.

3. Sobre la lógica oriental (budista) de la «autodidentidad del absoluto contradic­ torio», en la que la espacialidad difercnciadora es aunada por el tiempo coímplice, véase ahora la obra del japonés K. Nishida, fundador de la escuela de Kyoto, La

culture japonaise, París, 1991.

4. Me refiero al amigo G. Durand (entre otros), el cual fuera influenciado por la dialéctica del no de G. Bachelard, y que interpreta los símbolos como de-negaciones

10

mo interés de Eranos está en asumir la temporalidad, el vacío y

Ja muerte tratando de «encajarlos» arquetípal o configuradora-

mente. Por ello los «dioses ocultos» son los démones ocultos, ya

que los propios dioses arquetípicos sufren la demonía de lo lí­

mite, destinal e implicativo: de donde su carácter no lleno o

pleno (perfecto) sino vacío o exigitivo (complejo), ya que el ar­

quetipo encaja la realidad típica desde su concavidad abierta y

no cerrada, implicativa más que explicativa. La corresponden­

cia, correlación o complicidad de Dios y demonio, vida y muer­

te, bien y mal parece así abocarnos a una visión complementa­

ria o equilibradora de los desequilibrios y excesos de lo real en

lo que el eranista H. Corbin ha denominado la «balanza» de las

realidades.

5

El interés de Eranos está pues en coaligar texturas y textos,

temas y autores en una visión interdisciplinar que intenta co­

rrelacionar Oriente y Occidente, lo racional y lo paranacional

o mitológico, el hombre y el cosmos, el espíritu y la materia.

Por una parte, la magna obra del enarca C.G. Jung encontrará

en Eranos su proyección, verificación crítica y continuación en

las contribuciones eranosianas de A. Portmann, E. Neumann,

M.L. von Franz, A. Jaffé; por otra parte, obras de autores que

conocemos en solitario —como K. Kerényi, G. Scholem, M.

Eliade, G. Durand y J. Hillman— obtienen en Eranos su con­

texto cultural. Además de los citados, cabe destacar en Eranos

a W.F. Otto, G. van der Leeuw, H. Corbin, II. Plessner, M.

Buber, K. Lówith, R. Pettazzoni, H. Wilhelm, H. Zimmer, D.T.

Suzuki, T. von Uexküll, J. Campbell, P. Tillich, H. Rahner,

H.C. Puech, E. Schródinger... Psicólogos, mitólogos, orientalis­

tas, filósofos, antropobiólogos, teólogos y científicos naturales

han urdido en Eranos un tejido simbólico de amplio alcance.

6

Eranos o el encajamiento de las realidades en sus nichos,

del tiempo, el vacío y la muerte; ft'ente a la dialéctica del no, aquí defendemos una dialéctica del no sólo (sino también).

5. En este aspecto destaca la aportación eranosiana de G. Scholem, el cual descu­ bre la lógica cabalística del bien y el mal como aspectos de una misma realidad (divina). Una tal lógica dialéctica parece también presente en la correlación entre la «Sierpe emplumada» y el «Espejo humeante» en las mitologías rnesoamericanas.

6. Para un estudio de los 57 volúmenes de Eranos (1933-1988), véase mi contri­ bución «El simbolismo y la Escuela de Eranos», Suplementos Anthropos (marzo 1994).

(7)

arquetipos o configuraciones de sentido. A ello aluden los

«dioses ocultos» tras los fenómenos mundanos (y a su través)

cual númenes latentes. Desenterrar los «dioses ocultos» (ocul­

tados) significa reavivar la experiencia arquetípica tras la típica,

así como la implicación (ecopática) tras toda explicación (abs­

tracta). Encajar, en efecto, dice dos cosas: asumir las reali­

dades y articularlas. Ahora bien, la articulación de lo real re­

sulta posible porque la realidad tiene junturas de sentido. Era­

nos ha de interpretarse como ese intento por encajar las dife­

rencias reales en un diseño o designio común: los antropobió-

logos A. Portmann y T. von Uexküll han podido estudiar el

encaje entre el hombre y su medio, mientras que M. Buber

habla de la dialogía yo-tú y J. Hillman de la coimplicidad de la

psicología normal con la anormal. Todo Eranos está bajo la

visión de Walter F. Otlo sobre los dioses como númenes que

expresan esferas y modos del ser en correlación (Seinsweisen).

7

En esta misma visión eranosiana del encaje de las diferen­

cias reales en un sentido más profundo que el habitual, hay

que situar la aportación de nuestros cinco invitados en el pre­

sente volumen. El gran discípulo de Jung, Erich Neumann

(Tel-Aviv), abre el discurso con un precioso estudio psicológico

sobre la creatividad como ámbito de emergencia de los gran­

des arquetipos matriales y patríales, cuya síntesis se produce

en la proyección de todo gran creador. A continuación, el mi­

tólogo rumano Mircea Eliade (París-Chicago) estudia el aspec­

to-límite de toda creación: el aspecto demónico que comparece

empero en toda gran creación como «contrapunto» indispen­

sable, a modo de mater-materia o londo oscuro de la forma

informante. Sera el antropólogo bretón Gilbert Durand (Gre-

noble) el encargado de investigar los límites sociosimbólicos de

nuestro mundo cultural, presentándolos como «ángeles» (me­

diadores) de nuestras distintas perspectivas de la unidad dife­

renciada que es Europa. Ahora bien, los límites o delimitacio­

nes sólo pueden funcionar bien —democrática o

íluidamen-7. Es la visión corrclacional de la realidad con-vivida aparece asimismo en la tipo­ logía jungiana, reinterpretada por G. Jackson como una con-jugacion cromática de colores en interacción: el hombre verde o sensacionista, el rojo o sentimental, el ama­

rillo o intuitivo y el azul o racional; véase G. Jackson, The secret lore of garilering,

Toionto, 1991.

12

te— si se entrecruzan en un centro no «ocupado» por el poder

(patriarcal, diría yo) sino habitado por una potencia vacía

(matricial, diría yo): aquí se inscribe el intrigante trabajo del

simbólogo japonés H. Kawai (Kyoto) sobre el «centro vacío»

que posibilita la circulación de los diversos dioses y númenes

en la mitología nipona. Finalmente, cierra el elenco un estudio

sintomático del musicólogo V. Zuckerkandl (Viena) en el que

se presenta la lógica musical como lógica relacional del ser: en

ella parecen encajar y ajustarse realidades y tonalidades dife­

rentes en una engramática diatónica y cromática en la que se

enarmonizan a modo de mysterium coniunctionis (C.G. Jung).

La compresencia de C.G. Jung al frente de este volumen de

Eranos no es gratuita. Se trata de un escrito que Jung proyec­

tó para presentar los primeros volúmenes de Eranos en el ám­

bito americano. En su breve introducción, el psicólogo suizo

inspirador del Grupo de Ascona habla de la búsqueda por par­

te de Eranos de lo central, común y trascendental, es decir, lo

«arquetípico». En el propio texto se hace hincapié en la ver­

tiente espiritual de lo arquetípico o arquetipal, así como en su

universalidad —connotada como «internacionalidad» frente a

los nacionalismos emergentes tumultuosamente (lo que es

bien significativo del escrito, fechado en mayo de 1939).

8

En la intención profunda de su fundadora Olga Fróbe, la

inspiración jungiana de Eranos debía conducir al Círculo ha­

cia una «ciencia del alma» capaz de investigar al homo interior

(hombre interior). Las conferencias seleccionadas a continua­

ción son una buena muestra de la larga fenomenología del

alma humana a que Eranos se dedicó, año tras año, desde

1933 hasta nuestros días: Anuarios que constituyen la mayor

reserva simbólica del hombre torturado del siglo xx. En este

momento de cambio de siglo y de milenio, su presentación y

estudio entre nosotros puede ayudarnos a las nuevas confron­

8. Sobre los arquetipos jungianos como ocurrencias universales y actitudes habi­ tuales, véase la obra de Miguel Serrano, El círculo hermético, Madrid, 1992, pp. 145 ss.

Los arquetipos comparecen como imágenes numiñosas en las mitologizaciones que llevamos a cabo e.g. de nuestros padres; véase al respecto Th. Seifeit, Lebempers-

pektiven der Psychologie, Olten, 1981.

Quizá podríamos decir que la primera paite de la vida es mitologizadora, mien­ tras que la segunda paite sería desn i i lologizadora y, por tanto, complementaria o compensatoria.

(8)

taciones culturales que se avecinan. Pues nadie como Eranos

ha sabido captar mejor ese «tiempo afectivo» en el que, como

en la novela Niebla de Unamuno, no pasa nada y pasa todo:

porque aquí la trama del acontecer exterior o historia se ex­

presa en la urdimbre del acontecer interior o intrahistoria.

Nota bibliográfica

He aquí las procedencias de los textos de los autores de

Eranos:

Erich Neumann: Eranos-Jahrbuch, 25 (1956).

Mircea Eliade: Eranos-Jahrbuch, 30 (1961).

Gilbert Durand: Eranos-Jahrbuch, 49 (1980).

Hayao Kavvai: Eranos-Jahrbuch, 54 (1985).

Victor Zuckerkandl: Eranos-Jahrbuch 30 (1961).

14

P

roemio

INTRODUCCIÓN A ERANOS*

Carl-Gustciv Jung

Inspirador de Eranos

El volumen de textos que presentamos es una composición

aparentemente heterogénea, e imagino que al lector puede no

resultarle muy íácil comprender sus relaciones en este extenso

laberinto de problemas filosóficos, religiosos, psicológicos y

mitológicos. Siendo una selección de conferencias pronuncia­

das en los Encuentros de Eranos, el libro no reclama ser una

representación completa de materia alguna. Por el contrario,

ha sido recopilado para referirse a varias esferas del conoci­

miento, que casi nunca encontrarían un lugar común entre las

cubiertas de un mismo volumen. La especialización de nuestro

tiempo tiende a producir acumulaciones de investigaciones es­

pecíficas en libros y revistas, extensamente separadas de otras

secciones que guardan su tesoro de conocimiento con igual

* Ofrecemos a continuación la introducción que realizó C.G. Jung, el gran psicó­ logo inspirador del Círculo Eranos, para la primera edición americana de los En­ cuentros Eranos: se trataba, como refiere el propio texto, de una selección de confe­ rencias escritas tenidas entre 1933 y 1938. En realidad, el texto no llegó a ptulogar el susodicho volumen americano de Eranos, habiendo sido editado posteriormente por W. McGuire en la revista jungiana Spring (1984), fundada por el Analytical Psycholo- gical Club of New York, transferida en 1970 a Spring Publications, bajo la dirección de J. llillman. Agradecemos aquí esta transcripción inédita, tanto a los herederos de Jung como a la propia revista Spriiig. La traducción del original inglés se debe a Roberto Ortega.

(9)

celo. El peligro de tal especialización, necesaria por otro lado,

consiste en el estrechamiento del horizonte y en la endogamia

que inevitablemente sigue al aislamiento mental. Ningún tra­

bajo de investigación serio puede ser hecho en nuestros días

sin una especialización igualmente seria. La enorme extensión

del conocimiento excede la capacidad de un único cerebro,

que solo (no) podría ser capaz de formar una síntesis de las

innumerables partes aportadas por cada departamento. Inclu­

so el genio más grande, equipado con un fabuloso poder me-

morístico, estaría obligado a permanecer como un diletante

incompetente en no pocas materias Se debiera, sin embargo,

reunir todos los resultados e informaciones de cada rama del

conocimiento para crear una completa descripción de nuestro

mundo. Tal deseo ha sido expresado hace mucho tiempo. Pero

como es poco menos que imposible establecer una compara­

ción cuidada de todos los detalles y conocimientos, se debería

buscar una plataforma o un concepto que sea común a varias

formas de conocimiento. Sería posible entonces reunir las va­

rias contribuciones en tomo a un problema central.

Los Encuentros de Eranos son tal tentativa: un número de

eruditos se reúnen juntos anualmente, y ciertas ideas, que ex­

presan el interés filosófico, religioso y psicológico de la huma­

nidad de hoy en día, son seleccionadas. Estas ideas forman el

núcleo de un simposio de doctos colaboradores. Como el lec­

tor verá por los títulos de los ensayos, es una relación de apor­

taciones acerca de la perspectiva espiritual de nuestro tiempo.

El propósito de los encuentros es dar a cada idea o problema

un extenso tratamiento desde diferentes aspectos. Las ideas de

búsqueda e iniciación, de redención, de desarrollo espiritual,

etc., son tratadas desde el punto de vista de las religiones com­

paradas, mitología, historia, filosofía y psicología. Es una nue­

va y única tentativa, que surgió a través de la iniciativa perso­

nal de la señora Froebe-Kapteyn. Cada encuentro tiene un

tema, y los ensayos de este volumen (escogidos entre un nú­

mero mucho mayor) representan algunas de estas materias.

Rousselle se ocupa del problema del primer encuentro en

1933, cuando tuvo lugar un simposio acerca de «Yoga y medi­

tación en Oriente y Occidente», desde el punto de vista de va­

rias civilizaciones y tiempos. Siendo un sinólogo, nos muestra

cómo procede el Taoísmo a este respecto. Tres ensayos (Mas-

son-Oursel, Puech y Speiser) tienen que ver con los varios as­

pectos de la redención en la religión y filosofía hindú, el mani-

queísmo y Plotino. Otros aspectos de la religión y filosofía hin­

dú están representados por tres colaboradores, el señor Rhys-

Davids, presidente de la Sociedad Pali, y los profesores Ilauer

y Zimmer. El pensamiento cristiano encuentr a una apropiada

interpretación en el ensayo de Buonaiuti sobre la Ecclesia spi-

ritualis. Tres ensayos más (Zimmer, Jung y Przyluski) se ocu­

pan de las cuestiones psicológicas relativas a los mitos hin­

dúes, a las visiones del alquimista griego Zósimo, y al arqueti­

po de la Gran Madre que fue el tema del último Encuentro de

Eranos.

Las colaboraciones de Eranos tienen que ver no sólo con

las ideas de Occidente, sino también con los tesoros de la

mente oriental, de modo que se hacen patentes muchos pun­

tos de contacto entre el pensamiento oriental y occidental.

A pesar de la enorme variedad de estas contribuciones en

forma y contenido material, todas ellas son relativas a ideas

centrales y trascendentes —a la ideología y fenomenología del

camino de la salvación o redención. El estudio de estas mate­

rias exige ineludiblemente una investigación detallada y exacta

sobre los factores arquetípicos que gobiernan este campo.

Una gran parle de las conferencias tenidas en los últimos

años tienen que ver con los arquetipos: el tema central de la

conferencia Eranos de 1938 fue el arquetipo conocido como la

Gran Madre.

Un archivo de material iconográfico, recogido por la señora

Fróbe-Kapteyn, está disponible durante las conferencias, ilus­

trando los materiales tratados.

Desde 1933 las conferencias han estado principalmente in­

teresadas en las religiones precristianas. La conferencia de

1940 y las siguientes ensayarán un concienzudo estudio de la

Era Cristiana, comenzando en 1940 con el tema «Orígenes y

comienzos de la Cristiandad».

En un tiempo en el que la conflictividad política y el reca­

lentado nacionalismo están destruyendo las relaciones

(10)

intema-dónales, los Encuentros de Eranos son un refugio de paz,

donde aquellos que están intentando mantener e incrementar

los tesoros de la mente y el espíritu, pueden encontrarse y co­

operar. Los colaboradores de este volumen pertenecen al me­

nos a cinco naciones diferentes.

Küsnacht-Zürich

15 de mayo de 1939

EL HOMBRE CREADOR

Y LA TRANSFORMACIÓN*

Erich Neumann

i

El tema que se nos propone esta vez en Eranos es tan in­

menso que todavía ahora me resulta difícil librarme del senti­

miento de insuficiencia que me ha suscitado. «Transformación

creadora» es una combinación de dos palabras que, ya por se­

parado, implican todo un mundo misterioso y desconocido. La

palabra «transformación» por sí sola resulta terriblemente rica,

pues ¿qué es todo el trabajo de C.G. Jung desde su obra inicial,

Transformaciones y símbolos de la libido, hasta los estudios so­

bre la alquimia y los últimos trabajos, como el del simbolismo

de la transubstanciación en la Misa, sino un incansable intento

de comprender lo que significa la «transformación»?

¿Como evitar que al atender al adjetivo «creador» a uno le

asalte un sentimiento de fracaso total? Aquí aparece la imagen

del Dios creador y de la creación, allí el signo del I-Ging llama­

do «lo creador», ese símbolo que con sus seis rasgos masculi­

nos se encuentra en el inicio del Libro de las transformaciones,

poniendo de relieve la relación primordial que vincula «trans­

formación» con «creación». Entre estas grandes imágenes, la

(11)

del Dios creador, por un lado, y la del mundo divino en trans­

formación, por el otro lado, surge el mundo creador humano,

el mundo de la cultura y de la creatividad, que es precisamen­

te lo que hace que la relación entre los hombres y, en general,

su vida en el mundo sea algo digno de ser vivido.

Todo cambio, todo fortalecimiento y todo debilitamiento,

toda ampliación y toda reducción, todo desarrollo, todo cam­

bio de situación y toda conversión pertenecen al ámbito que se

circunscribe con la palabra «transformación». Tanto la cura­

ción como el enfermar están vinculados con el término trans­

formación; tanto la reorientación de la conciencia como su

desaparición en el éxtasis místico tienen el carácter de «trans­

formación». La normalización y la adaptación de un neurótico

a un determinado medio cultural puede ser vista por alguien

como una transformación de la personalidad, mientras que

otro puede diagnosticar una vivencia que reorganiza toda la

personalidad como una enfermedad y un derrumbamiento de

la personalidad. Además, ¿no se considera también que las

múltiples orientaciones religiosas, psicológicas y políticas im­

plican transformaciones? Ahora bien, si se reconoce la limita­

ción y la relatividad de cada punto de vista, ¿cómo vamos a

pensar que la psicología dispone de criterios para poder afir­

mar algo sobre la transformación y, más aún, sobre la trans­

formación creadora?

Los cambios parciales de la personalidad, y en especial los

cambios en la conciencia, son las transformaciones más nor­

males y frecuentes, sin que ello implique que hayan de ser

olvidadas o considerados como irrelevantes. Los procesos del

desarrollo normal de la persona (como son el desarrollo del Yo

y de la conciencia, el centramiento de la conciencia en torno

al complejo del Yo, la especialización y diferenciación de la

conciencia, su orientación en el mundo y su adaptación a él,

su ampliación por la adopción de nuevos contenidos, etc.) son

ciertamente procesos de transformación de gran importancia.

Tanto el tránsito de la infancia a la madurez, o de la ignoran­

cia a la cultura, como la apertura a las diferentes culturas y a

las diversas épocas están vinculados a transformaciones decisi­

vas de la conciencia.

Hemos de tener presente que hace relativamente poco

tiempo que el hombre moderno ha llegado a la conclusión de

que, en la práctica, las únicas transformaciones decisivas son

las transformaciones de la conciencia, es decir, las que afectan

sólo a una parte de la personalidad. Todavía hoy en día, cuan­

do la psicología profunda ya ha comenzado a impregnar, de

un modo hasta hace poco insospechado, la concepción del

mundo propia del hombre moderno, la educación se preocupa

casi exclusivamente por las transformaciones de la conciencia

y de la actitud consciente (y ello cuando no se limita a con­

templar lo establecido como algo que no precisa de transfor­

mación). La psicología profunda ha enseñado a este respecto

que los cambios de conciencia que no se dan conjuntamente

con cambios de la parte inconsciente de la personalidad resul­

tan poco eficaces. Si bien es cierto que la orientación intelec­

tual puede provocar cambios importantes, la mayoría de las

veces esos cambios se limitan a un ámbito parcial de la con­

ciencia. Por el contrario, los cambios parciales en el incons­

ciente personal, es decir, en los «complejos», repercuten tam­

bién sobre la conciencia, y los cambios que se dan mediante

los arquetipos del inconsciente colectivo afectan casi siempre a

toda la personalidad.

Las transformaciones más impresionantes son aquéllas en

las que una conciencia centrada por el Yo, y aparentemente

encerrada en sí, resulta violentamente conmocionada, es decir,

las que se caracterizan por la «irrupción» más o menos repen­

tina de lo inconsciente en la conciencia, por la obsesión. Este

carácter irruptivo se manifiesta con mayor intensidad en el

contexto de una cultura basada en la fortaleza del Yo y en la

sistematización de la conciencia. Por el contrario, las culturas

primitivas, que se encuentran abiertas al inconsciente, y las

culturas vinculadas a las potencias por medio de rituales están

más predispuestas a acoger lo que irrumpe. En este último

caso las irrupciones no tiene un carácter tan violento, pues

aquí la separación entre la conciencia y el inconsciente no es

tan grande como en el primer caso.

En una cultura cimentada sobre la separación de los siste­

mas psíquicos las irrupciones de este tipo son experimentadas

por el Yo como algo «extraño» y «violador» (y, en parte, hay

buenos motivos para ello). Si la personalidad está socavada o

(12)

permeabilizada a consecuencia de un desarrollo patológico o

si el Yo y la conciencia no se encuentran suficientemente

afianzados y sistematizados, entonces la capa caótica de los

contenidos reprimidos y emocionalmente cargados, que la co­

lectividad suele mantener bien frenada, se infiltra imparable

hacia arriba por los lugares más débiles provocando una au­

téntica invasión de la personalidad.

Pertenecen también a este ámbito de disturbios psíquicos

las irrupciones provocadas por alguna perturbación del funda­

mento biológico de la personalidad, es decir, por enfermeda­

des orgánicas, por infecciones, por hambre, por sed, por ago­

tamiento, por venenos o por medicamentos.

También caen dentro del ámbito de estos fenómenos las

transformaciones que conocemos como conversiones repenti­

nas o iluminaciones, en las cuales la irrupción sólo atañe al Yo

y a la conciencia. Aquí la irrupción en la conciencia no es vista

como algo «extraño» a la personalidad total, pues sólo repre­

senta la declaración de un desarrollo que se había preparado y

madurado durante largo tiempo en el inconsciente de la pei-so-

nalidad, el desencadenamiento de un proceso de transforma­

ción que existía ya hace tiempo, pero que hasta ese momento

no había sido perceptible para el Yo.

1

También pueden apare­

cer como «irrupciones» psíquicas las obsesiones que acompa­

ñan a una «producción» o a un proceso creador.

La transformación psíquica y la normalidad no se oponen,

sin embargo, en lo fundamental. Así, por ejemplo, las fases del

desarrollo biopsíquico normal (la infancia, la pubertad, la ma­

durez y el climaterio) son, al mismo tiempo, periodos de trans­

formación, subjetivamente críticos, de la personalidad.

En todo desarrollo normal tienen lugar una serie de trans­

formaciones que están regidas por las dominantes arquetípicas.

Resulta muy difícil, sin embargo, separar lo personal-indivi­

dual de lo arquetípico, pues la cristalización de lo arquetípico

en la ontogénesis es algo que acontece en lo personal-indivi­

dual. En este sentido podemos y tenemos que considerar la

sucesión de las distintas fases como si constituyera una

bio-1. W. James, Varieties of Religious Experience (traducción española: íms varieda­ des de la exi>erieiicia religiosa, Península, Barcelona, 1986).

grafía individual. Cada infancia es tanto «la Infancia» como

mi infancia. Aun siendo dichas fases comunes para toda la

especie, representan al mismo tiempo un destino único, pecu­

liar e individual. Son transformaciones naturales que afectan

totalmente al individuo, tanto en lo biológico como en lo psi­

cológico, tanto a la conciencia como al inconsciente, tanto a la

relación entre éstos dos últimos como a la relación de la per­

sonalidad con el mundo y con los otros hombres. La intensi­

dad con que se dan estas fases de transformación y el alcance

que tienen varía mucho con cada persona, pero la infancia, el

amor, la maduración, la vejez y la espera de la muerte se vi-

vencian y se interpretan casi siempre como crisis marcadas

por el destino, como irrupciones, como hundimientos y renaci­

mientos. Por eso la cultura ha emplazado en esos lugares de

tránsito rituales a través de los cuales lo que el desaíro! lo tiene

de puramente natural es elevado hacia la conciencia de las

vivencias de la transformación anímica.

2

Esto quiere decir que

todas las culturas saben que el hombre es algo que se transfor­

ma y que el mundo es algo que se transforma con él y para él.

La religión y el ritual, la fiesta y la costumbre, las iniciacio­

nes comunitarias y la experiencia del destino influyen al mis­

mo tiempo sobre el individuo y sobre la colectividad; vinculan,

por un lado, al individuo con la cultura de su grupo y, por el

otro lado, conectan a la colectividad con la experiencia profun­

da del individuo. El hecho de que los ritos y las fiestas de

transformación se celebren casi siempre coincidiendo con las

divisiones del año viene a mostrar que el carácter transforma­

dor del desarrollo humano es vivido como si estuviera unido

de alguna manera con el carácter transformador del mundo

natural. Es decir, el simbolismo natural de los fenómenos de

transformación psíquica no se concibe como algo meramente

natural, sino que se realiza en su auténtica identidad de lo

exterior y lo interior: así entre la nueva conciencia, el naci­

miento de la luz y el solsticio de invierno se descubre una

correspondencia similar a la que se da entre la resurrección, el

renacimiento y la primavera, entre la introversión, el descenso

2. Cfr. E. Neumann, «Zur psychologischen Bedeutung des Ritus», en Kulturent-

(13)

a la cueva, el viaje al Hades y el otoño, entre el ocaso, el oeste

y la noche o entre la victoria, el este y la mañana.

La cultura vuelve consciente y realza la transformación na­

tural de las fases del desarrollo, cosa que puede suceder bien

al unísono para todos los integrantes del grupo, bien de un

modo individualizado, como ocurre en los Misterios y en las

sociedades iniciáticas. Esto quiere decir que el hombre no sólo

sabe que es algo que se transforma y qué se ha de transfor­

mar, sino que también comprende que esta transformación es­

pecíficamente humana no es algo exclusivamente natural.

Como es bien sabido, el hombre de las culturas primitivas

«tiene» que ser iniciado. Aquí lo que cuenta no es la edad, es

decir, la transformación impuesta por la naturaleza, sino la

transformación iniciática establecida por la colectividad, esto

es, un proceso de transformación específicamente humano,

transmitido, superior, que excede a la naturaleza. En dicho

proceso se confirma el lado espiritual de la colectividad, el

mundo arquetípico vinculado al correspondiente canon cultu­

ral, vivenciándolo y celebrándolo como la fuente creadora de

la existencia individual y colectiva. Lo decisivo a este respecto

no radica en cómo se realizan esos Misterios, si con la ayuda

de sacramentos o por otros medios, sino en el hecho funda­

mental, que probablemente une a toda la humanidad, de que

en ellos tiene lugar una transformación inducida culturalmen­

te por la colectividad que socializa al individuo. Resulta indu­

dable que estos ritos de transformación que realzan lo natural

tienen una intención y una eficacia regeneradora.

En la actualidad este realzamiento cultural de las fases na­

turales de transformación no se da apenas y, sin embargo, to­

davía sigue actuando la fuerza curativa natural del inconscien­

te (al menos por lo que concierne al hombre sano, cuya vida

se encuentra, en todas sus fases, bajo la influencia compensa­

dora de la psique con su tendencia hacia la totalidad).

Ya hemos señalado cómo la transformación biopsíquica

afecta siempre a la personalidad total, mientras que, por el

contrario, la obsesión provocada por un complejo personal,

por un contenido emocionalmente acentuado, sólo conduce a

una transformación parcial, avasallando además a la concien­

cia y a su centro, el Yo. Esto podría inclinarnos a pensar que

Jos

complejos del inconsciente personal se contraponen, como

algo negativo, a los contenidos arquetípicos del inconsciente

colectivo.

Pero tanto en la consideración del hombre sano

como

en la del creativo y hasta en la del enfermo, suele ser

imposible aislar completamente los complejos personales de

los

contenidos arquetípicos que tras ellos subyacen.

Por más que el fenómeno de la obsesión pueda ser referido

a un complejo del inconsciente personal, y éste pueda a su vez

ser reducido, por ejemplo, a un sentimiento de inferioridad, a

una fijación materna, o a una constelación de angustia, un tal

planteamiento reduccionista es totalmente insuficiente en los

casos en que el complejo resulta ser productivo. El hecho de

que un complejo del «inconsciente personal» en lugar de des­

embocar en una neurosis resulte productivo implica que, es­

pontánea o reactivamente, ha resultado beneficioso para la

personalidad: que, traspasando lo «exclusivamente personal-fa­

miliar» del complejo, la ha impulsado hacia una significación

colectiva; que la ha vuelto creadora. En realidad, este complejo

personal (un sentimiento de inferioridad o un complejo mater­

no, por ejemplo) ha de ser visto como un arranque inicial que

impulsa hacia una producción ya sea de tipo religioso, artísti­

co, científico, político, o de otro tipo.

En este contexto el término «sobrecompensación» viene a

indicar que el complejo personal del individuo, que es en prin­

cipio indiferente para la humanidad, no ha degenerado en una

enfermedad (igualmente indiferente para la humanidad), sino

que ha provocado algo que —en tanto que producción— sí

concierne en alguna medida a la humanidad. Es decir, que el

arranque inicial, representado, por ejemplo, por un complejo

de inferioridad, no se queda estancado en fantasías patológi­

cas, sino que, por el contrario, este complejo-herida viene a

«abrir» en la personalidad algo auténtico y significativo para la

colectividad. Que esta apertura lo sea a un contenido del in­

consciente colectivo, a un contenido del canon cultural de la

conciencia colectiva, o bien a su alteración, es algo que sólo

tiene una importancia secundaria. Mas, habida cuenta de que

todos los hombres tienen «complejos»,

3

lo mismo el hombre

(14)

normal que el enfermo y el creador, lo que nos importa ahora

es la cuestión de la diferencia entre sus respectivos modos de

reaccionar ante los complejos del inconsciente personal que

están inevitablemente presentes en todo desarrollo individual.

La psicología profunda ha mostrado que la vida psíquica

del individuo posee una fuerte tendencia a realizar la persona­

lidad total. Ya desde el comienzo de la vida se manifiesta una

tendencia a establecer un equilibrio interno en la personalidad

y a compensar las perturbaciones del desarrollo, contrarres­

tando cualquier exceso o unilateralidad mediante movimientos

que suelen ser inconscientes. El principio de la autorregula­

ción del individuo, que rige tanto en el ámbito de lo orgánico

como en el de lo psíquico, se manifiesta como la tendencia a

que la «situación psíquica lábil» que es el núcleo del complejo

personal quede reintegrada en la totalidad, y en esta dirección

apuntan las fantasías que se desarrollan en torno al complejo.

Estas fantasías resultan de la combinación, promovida por el

propio inconsciente, de los complejos exclusivamente persona­

les con las representaciones inconscientes, y aunque se las sue­

le considerar como meras imágenes del deseo o como repre­

sentaciones de omnipotencia, al interpretarlas así se olvida que

tienen un efecto constructivo. Como están enlazadas con con­

tenidos arquetípicos, esas fantasías imprimen una nueva

orientación a la personalidad estancada y regresiva, guían a la

vida psíquica hacia una progresión y permiten que el indivi­

duo llegue a ser productivo. Pues cuando se consigue conectar

con una imagen originaria, con una realidad arquetípica, se

suscita una transformación que se caracteriza por su produc­

tividad.

En el caso del desarrollo normal el Yo logra fortalecerse lo

suficiente como para poder vencer el complejo personal con la

ayuda, por ejemplo, de las fantasías de salvación o de grande­

za que lo ponen en conexión con el mito del Héroe y permiten

que el Yo se identifique con el Héroe, símbolo arquetípico de

la conciencia. En estas fantasías que surgen bajo el control de

la realidad se desarrolla también una ambición natural que

und das Weseit der Trüumc (trad. esp.: «Generalidades sobre la teoría de los comple­

jos», en Energética psíquica y esencia del sueño, Paidós, Buenos Aires, 1976).

viene a estimular la producción cultural. Este control de la

realidad implica la aceptación del canon cultural y de sus valo­

res, sobre los que ahora se extiende la ambición. El contenido

Je esta ambición puede ser muy variado; puede manifestarse

como deseo de ser «masculino», o «femenina», sensato, pode­

roso, hábil, valiente, etc. Se trata pues, de una ambición que

está referida a aquella parle del canon cultural que está direc­

tamente relacionada con el complejo personal. Generalmente

este tipo de «transformación» tiene el mismo significado que

el concepto, nada claro por cierto, de «sublimación». En este

contexto «sublimación» significaría aquella culturización y so­

cialización del individuo que viene posibilitada por la puesta

en conexión del complejo con lo arquetípico. En el caso del

neurótico lo que ocurre es que no se logra realizar el proceso

de transformación del complejo personal o que éste se realiza

sólo de un modo incompleto,

4

quedando así el individuo regre­

sivamente estancado en su propio mundo de fantasías. En el

caso del hombre creativo, por su parte, dicho proceso transcu-

rre de un modo bien distinto, del que nos ocuparemos más

abajo con detenimiento.

En el transcurso del desarrollo se va instaurando una sepa­

ración de los sistemas psíquicos que impulsa a la conciencia a

adoptar una actitud defensiva frente al inconsciente y promue­

ve también la formación de un canon cultural, que suele estar

más orientado hacia la estabilidad de la conciencia que hacia

los fenómenos transformativos de la conmoción. De este modo

el ritual va perdiendo su carácter regenerador, que es precisa­

mente lo que, en nuestra opinión, constituye el núcleo de los

fenómenos de transformación psíquica. La disolución del gru­

po originario y el individualismo que acarrea la dominancia

del Yo consciente hacen que el ritual llegue a tener tan poca

eficacia como el arte: nos aproximamos así a la crisis del hom­

bre moderno que se caracteriza por la nítida separación entre

los sistemas, por la escisión entre la conciencia y el incons­

ciente, por su neurosis y por su incapacidad para la auténtica

transformación creadora y totalizante.

4. No podemos ocupamos aquí de las causas de este fracaso, que la mayoría de las veces se ha de buscar en alguna perturbación del desanclo del yo.

(15)

En esta situación de crisis el proceso de individuación (con

su mitología individual, con sus ritos individuales y con el plan­

teamiento de la problemática de la transformación individual)

adquiere una carácter marcadamente compensatorio. No nos

ocuparemos aquí, sin embargo, del problema de los procesos

de transformación en la individuación ni de su relación con el

principio creador universal, pues estas cuestiones ya han sido

exhaustivamente considerada en la obra de C.G. Jung.

La unilateralidad de nuestra conciencia cultural hace que

el individuo se consolide hasta tal punto que corre el riesgo de

que se le esclerotice totalmente la conciencia, perdiendo así su

capacidad de transformación psíquica. En este contexto el Yo

se reduce a ser un «Yo solo», a ser algo «egoísta» que está

cerrado tanto a la otredad del Sí-mismo, de la totalidad pro­

pia, como a la otredad de lo exterior, del mundo y de las de­

más personas.

Pues bien, esta «egotÍ7.ación» de la conciencia bloqueada y

rigidifícada se complementa con la lormación del «ideal del

Yo». A diferencia del Sí-mismo, entendido como el centro de

la totalidad viva y real que se transforma y que mueve a la

transformación, el ideal del Yo es tan sólo una ficción y una

construcción artificial y reactiva que se constituye bajo la pre­

sión de la consciencia* colectiva, del Super-Yo ligado a la tra­

dición y viene a imprimir en el individuo los valores de la

colectividad, colaborando así en la represión de los rasgos in­

dividuales que se desvaan del canon cultural. En este ideal del

Yo reside la pretensión, culturalmente condicionada, de ser

distinto a como realmente se es, pretensión que se basa en un

auto-rechazo y una auto-represión, consciente e inconsciente

al mismo tiempo, que promueve tanto la formación de esa

personalidad aparente que llamamos «Persona» como al des­

doblamiento de la Sombra.

El proceso de formación del ideal del Yo por la necesidad

de adaptación al canon cultural puede ser algo en sí mismo

* Traducimos con el término «consciencia» (a diferencia de la «conciencia» psi­ cológica: Bewusstsein) la palabra alemana Gewissen que en este marco se refiere a la instancia moral que representa en el individuo los valores vigentes en la sociedad

(N. del T.).

28

normal,

siempre que, y esto es lo decisivo, se mantenga viva la

experiencia del Sí-mismo individual y la vinculación con las

fuerzas transformadoras y creadoras del inconsciente. Pero en

una situación de esclerotización como la que caracteriza a

nuestra conciencia

el

Yo y el ideal del Yo se radicalizan hasta

tal punto que se corre el riesgo de que el Yo quede aislado

respecto del inconsciente y de que pierda la relación con el

Sí-mismo.

La represión que suele acompañar a la rigidez de conciencia

potencia la creación de un submundo dotado con una peligrosa

carga emocional y que pugna por irrumpir destructivamente en

el mundo dominante. En este submundo se constela todo aque­

llo que se opone al dominio de los vencedores: los dioses derro­

tados y reprimidos, los daimones y titanes, etc. Mas, como el

propio mito afirma, con esta represión no se consigue que esas

potencias se transformen; lo único que se logra es mantenerlas

encadenadas durante cierto tiempo. Un buen día, cuando los

dioses de la conciencia dominante lleguen a su ocaso, el viejo

Satán, el viejo Loki, los viejos titanes irrumpirán de nuevo sin

haber experimentado la más ligera tansformación y tan podero­

sos como el día de su sometimiento. Cuando se contempla el

transcurrir de la historia desde la perspectiva de este final, en el

que sólo una nueva intervención de la divinidad creadora po­

dría proporcionar la victoria y un nuevo comienzo, no queda

otro remedio que aceptar que esa historia es algo que carece de

sentido. Persiste al final la misma oposición entre los poderes

que inicialmentc habían desencadenado la lucha y la exclusión,

y las potencias que no han sido transformadas tendrán que se­

guir siendo excluidas —como afirma simplificadamente un pa­

radójico dogma— por toda la eternidad. El surgimiento de lo

nuevo, de ese «tercero» hacia el que apunta la originaria desa­

venencia entre los opuestos, sólo será posible si retorna la figu­

ra del Salvador, y no precisamente como un juez, según afirma

el viejo mito, sino como un transformador, según parece querer

decir el nuevo mito.

Mientras tanto, es decir, mientras nuestra realidad siga do­

minada por la separación de los opuestos en el interior de la

propia realidad así como por la peligrosa escisión entre el

mundo de la conciencia y el mundo del inconsciente, el mal

(16)

aparecerá preferentemente, cuando no definitivamente, en dos

figuras totalmente distintas, pero que se corresponden estre­

chamente. Lo que se opone al mundo originariamente anima­

do de la transformación. Satán, es, por un lado, la rigidez —esa

rigidez que atenaza, por ejemplo, a nuestra cultura, impidien­

do que se transforme—, pero es también, por otro lado, su

opuesto, es decir, el caos.

Al Diablo le corresponde todo lo rígido, lo sólido, lo inmu­

table, lo evidente, lo que se sabe seguro en sí mismo y lo que

con su autocerteza (según la cual siempre hemos de poner el

Yo allí donde antes estaba el Sí-mismo) impide que se dé la

transformación, que surga lo creativo, es decir, lodo lo que

obstruye la revelación. Cuando se adopta esta actitud se ignora

profundamente la situación del hombre, del Yo y de la con­

ciencia, y se devalúa el fenómeno fundamental de la existen­

cia, que consiste en el hecho de que toda criatura ha sido crea­

da por la vida que está en eterna transformación y que en su

doble aspecto de muerte y hundimiento, por un lado, y de vida

y transición por el otro, lo envuelve todo. La rigidez e inmuta­

bilidad diabólica es el peligro latente en todo aferrarse a algo y

en toda obstinación, que son símbolos de que no se está abier­

to a lo que se revela. Tener ojos y no ver, tener orejas y no oír

son los síntomas típicos y evidentes del estar cerrado a la lla­

mada de lo creadoramente vivo.

La otra cara de este Diablo es el caos, que consiste en la

inversión exacta de la rigidez. Conocemos por nosotros mis­

mos, y de sobra, cómo aparece este «otro lado» de nuestra

rigidez de conciencia. Siempre que la rigidez del Diablo domi­

na nuestra conciencia y nuestra vida producimos en nosotros

mismos lo amorfo; esa deformidad impura, opaca y carente de

estructura que somos nosotros mismos en tanto que rnassa

confusa; eso que no sólo carece de figura, sino que es enemigo

de cualquier figura. El caos de la indistinción es, pues, la con­

trapartida de la distinción inmutable.

Estas dos formas de lo negativo, la rigidez y el caos, se

oponen directamente al principio creador, que incluye la

transformación, es decir, no sólo la vida, sino también la

muerte. El eje diabólico de la rigidez y el caos se cruza, pues,

con el eje de la vida y la muerte, con el eje de la transforma­

ción. En la vida inconsciente de la naturaleza no se da, sin

embargo, ese cxuce y ambos ejes parecen coincidir, de tal

modo que por lo general hay en ella una cierta inmutabilidad

que, si bien llevada a su extremo sería rigidez, estaría ahora

aliada a la vida y, correlativamente, hay también un cierto de­

sorden que, aunque no llega a manifestarse como caos, va uni­

do con el principio de muerte. La diferenciación y el cruce de

estos dos ejes sólo comienza a darse en el ámbito de lo huma­

no, y en virtud del desarrollo de la conciencia y de la separa­

ción de los sistemas. Tanto el caos total como el orden inque­

brantable son fenómenos que sólo se dan en el ámbito de lo

humano, mientras que la naturaleza no humana desconoce al

Diablo en su doble faceta de rigidez y de caos.

Por ello, cuando se concibe el oiigen mítico como una si­

tuación de caos, afirmando, contra toda verosimilitud, que el

orden se habría desarrollado a partir de ese caos, lo que en

realidad se está haciendo es dejarse seducir por la experiencia

de la confusión reinante en la propia psique. Tiene lugar así

una proyección de la experiencia parcial del surgimiento de la

conciencia instauradora del orden. Esta conciencia, que presu­

me de poder comprenderse a sí misma, sigue aún en la actua­

lidad sin darse cuenta de que el surgimiento de su orden y de

su luz es un proceso que se encuentra regido por un orden

previo y por una proto-luz.

Este mundo anterior a la conciencia y al inconsciente —que

representa, por ejemplo en el caso del instinto, un orden espi­

ritual que ya indica el desarrollo de la vida orgánica desde

mucho antes del surgimiento de la conciencia— sólo puede ser

captado en un nivel al que nuestra experiencia cotidiana basa­

da en la conciencia polarizante no consigue llegar. El hombre

vive en la experiencia cotidiana con la relativa estabilidad y

seguridad que le proporciona el mundo fundado sobre el ca­

non cultural, y sólo de vez en cuando hay algún terremoto,

algún movimiento subterráneo de las potencias reprimidas del

caos, de los Titanes o de la serpiente del Midgard, que inquieta

y perturba la tranquilidad de la colectividad.

Tanto la capa de caos como el mundo del orden precaóli-

co, que aún sigue vivo muy por debajo de aquélla, se encuen­

tran separados del mundo de la superficie por un cinturón

(17)

ígneo de emociones en el que el individuo medio, por buenos

motivos, no suele decidirse a penetrar. En los tiempos tardíos

de la cultura, y siempre que el propio canon cultural se siga

encargando de acotar los lugares de acercamiento a las poten­

cias, al individuo medio le basta con aproximarse al ámbito

volcánico y numinoso del luego subterráneo respetuosamente

y con la debida distancia. Mas cuando el camino colectivo ha­

cia ese ámbito ya no resulta viable (cosa que ocurre, por ejem­

plo, en la actualidad), entonces se siente su presencia especial­

mente en las zonas de irrupción, entre las que se encuentran

tanto las enfermedades psíquicas como esc fenómeno humano

fundamental que es el proceso creador, el cual, si bien está en

relación con aquéllas, es por su propia naturaleza algo total­

mente distinto

Es cosa bien sabida que también entre los hombres creado­

res se dan fenómenos de obsesión. Ahora bien, a la hora de

evaluar la relación entre la personalidad creadora y la trasfor-

mación, el individuo que queda fijado por la obsesión y cuya

productividad descansa sobre una monomanía, es decir, sobre

«una» idea fija, sólo ocuparía un rango inferior dentro de la

jerarquía del hombre creador. Esto no quiere decir, empero,

que su producción no pueda ser significativa, y hasta de gran

importancia para la colectividad.

La transformación creadora constituye un proceso total, en

el que lo creador no comparece como una obsesión irruptiva

sino como una potencia unida al Sí-mismo, al centro de la

totalidad. Para poder librarse de la obsesión por un contenido

particular es preciso que la centroversión, que es la principal

fuerza productora de la personalidad, conserve su posición

rectora, con lo cual la ley de la compensación psíquica hace

que se instaure una relación dialéctica y constantemente reno­

vada entre los contenidos elaborados por la conciencia y los

contenidos inconscientes que vuelven a constelarse. Se entra

así en un proceso creador continuado que sería lo característi­

co de la transformación creadora. Lo creador, independiente­

mente de la modalidad de su aparición, es decir, independien­

temente de que se dé como una irrupción, como un proceso

paulatino de crecimiento, o de ambos modos a la vez, afecta y

transforma tanto a la conciencia como al inconsciente, tanto a

32

la relación entre el Yo y el Sí-mismo como a la relación entre

el Yo y el tú. La transformación creadora total apunta siempre

hacia un cambio tanto en el modo de referirse al tú y al mun­

do como en la relación con el inconsciente y con el Sí-mismo.

El síntoma más evidente, aunque no el único, de que realmen­

te se está dando en el interior de la psique una transformación

consiste en que se dé también un cambio en el modo de rela­

cionarse con la realidad exterior.

La objetividad del proceso de transformación propio del

hombre creador no se reduce a las «repercusiones personales»

que éste pueda tener. Con bastante frecuencia ese proceso se

basa en obsesiones y proyecciones, es decir, en influencias de

muy dudosa procedencia, como puede comprobarse en el caso

de alguien que se siente «guiado». Aunque en su forma más

elevada es siempre una consecuencia del proceso creador, lo

que resulta más evidente es su carácter de «obra» que sintetiza

lo interno y lo externo, lo psíquico-subjetivo y lo objetivo. En

todos los ámbito de la cultura, la obra, en tanto que «hijo» de

su creador, es al mismo tiempo el nacimiento de la transfor­

mación anímica individual del autor (y de su totalidad) y algo

objetivo que hace una aportación a la humanidad, es decir,

que constituye una revelación creadora.

El hecho de que en la actualidad el aspecto creador del

arte se haya puesto de un modo tan peculiar en el primer

plano se debe precisamente a que las fuerzas colectivas crea­

dora de símbolos, propias tanto del mito y de la religión como

de los ritos y de las fiestas (entendidos todos ellos como fenó­

menos culturales vinculantes para la colectividad), han perdi­

do la mayor parte de su eficacia. El arte, que hasla el Renaci­

miento fuera la «ancilla», la criada, de la religión, de la cultura

o del Estado, ha ido adquiriendo una influencia creciente so­

bre la conciencia, cosa que viene corroborada, de un modo

impresionante, por el gran número de estudios que se dedican

al arte de todos los tiempos y a los propios artistas. El alcance

del cambio que se ha introducido con ello en nuestra concien­

cia es algo que se hace patente cuando se recuerda la posición

social ocupada en su tiempo por un genio como Mozart, así

como cuando se piensa que, también hoy en día, los músicos,

pintores y poetas importantes pertenecen al grupo de los

Referencias

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