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Achard Diego Se Llamaba Wilson Doc

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Academic year: 2021

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Exilio, regreso y muerte

de Wilson Ferreira Aldunate

DIEGO ACHARD

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© 2008, Diego Achard, Andrés Achard, Paula Achard, Magdalena Achard, Federico Achard De esta edición: © 2008, Ediciones Santillana, SA Constitución 1889. 11800 Montevideo Teléfono 4027342 [email protected]

• Santillana Ediciones Generales, SL Torrelaguna, 60. 28043 Madrid, España. • Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, SA

Leandro N. Alem 720, Buenos Aires, Argentina. • Santillana de Ediciones SA

Av. Arce 2333, La Paz, Bolivia. • Aguilar Chilena de Ediciones, Ltda. Dr. Ariztía 1444,

Providencia, Santiago de Chile, Chile. • Santillana, SA

Av. Venezuela 276, Asunción, Paraguay. • Santillana, SA

Av. Primavera 2160, Lima, Perú.

Foto de tapa: Diego Abal

ISBN: 978-9974-95-230-0

Hecho el depósito que indica la ley. Impreso en Uruguay. Printed in Uruguay Primera edición: marzo de 2008.

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Créditos

Investigación

Alina Dieste Anabel Cruz Andrés Achard Aníbal Steffen

Carlos López Matteo Claudia Pivel Eduardo Balcárcel Leticia Linn Pablo Alegre

Redacción

Andrés Achard Claudia Pivel Jimena Fernández Lincoln Maiztegui Martha López Gatti Pilar Urraburu

Editora

Claudia Pivel

Desgrabaciones

María Carmen Puig y María Lila Ltaif

Colaboradores con materiales

Alcira Legaspi Antonio Mercader

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Carlos Arrosa Carlos Di Lorenzo

Carmen G. de Martínez Moreno Claudio Paolillo y Daniel Gianelli (semanario Búsqueda)

Diego Abal Enrique Fischer Federico Fasano Gonzalo Aguirre

Horacio Terra Gallinal Ignacio de Posadas Ignacio Risso Abadie

Iliana Ogara (actas del Directorio del Partido Nacional)

Juan Raúl Ferreira Julio María Sanguinetti Luis Ituño

Luis Mosca (archivo de Canal 10)

Manuel Flores Silva (colección de Jaque) Marisa Ruiz

Miguel Aguirre Bayley Omar Prego Gadea

Ope Pasquet (colección de Opinar) Romeo Pérez (colección de Aquí)

Secretaría del diputado Pablo Iturralde Silvia Dutrénit

Susana Sienra de Ferreira Virginia Arlington

Asistentes

Agustina Berro, Laura Pagua, Rosina Di Bello y Valeria Prieto

Agradecimientos

Alejandro Artuccio Álvaro Rico

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Daniel Barrios Diego Silva Algorta Edy Kaufman Federico Martínez

Fernando González Guyer Gerardo Caetano

Gerónimo Cardozo

Gonzalo Pérez del Castillo Hipólito Solari Irigoyen José Díaz

Joseph Eldridge Juan Miguel Petit Luis Eduardo González Manuel Flores Silva Miguel Manzi

Pablo da Silveira Serrana Sienra Vania Markarian

Y a los más de cuarenta entrevistados y colaboradores que contribuyeron con su testimonio y sus aportes a la concreción de este libro.

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A mis hijos: Diego, Andrés, Paula, Magdalena y Federico

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Índice

Prólogo ... 14

Introducción ... 17

La renovación de un partido histórico como puente para entender……. y servir al país ... 17

El saravismo y la intransigencia como valor ... 18

La pureza del ser oriental ... 20

Los contenidos del mito y del legado de Wilson ... 21

Capítulo I ... 25

El comienzo del fin ... 26

El pacto chico de los blancos baratos ... 27

La tregua ... 28

La autonomización de las Fuerzas Armadas ... 29

Todo va peor ... 30

Patria y ley en la calle ... 32

Amargo febrero ... 35

Las reacciones ante los comunicados ... 39

Quijano en Marcha ... 42

«Ninguna salida que no fuera constitucional valía» ... 43

Los Tenientes de Artigas ... 45

Dos golpes en un día ... 46

Capítulo II ... 48 El vengador de la República ... 48 El primer exilio ... 54 Ir y venir ... 57 Crece el prontuario ... 60 Peligro inminente ... 61 Año bisagra ... 63

Cerca pero lejos ... 64

Fuera de Buenos Aires ... 66

Las ocurrencias de Végh ... 68

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Capítulo III ... 80

Wilson y Amnistía Internacional ... 83

Ante el Congreso de los Estados Unidos ... 84

El mito ... 88

Carter y los derechos humanos ... 90

Álvarez, el hombre de la Embajada ... 91

La interna blanca ... 92

«Reproduzca esta carta y difúndala» ... 94

Entre pujas y rumores ... 95

La misa y el vino ... 96

Dame paciencia, Señor, pero apúrate ... 98

Un año trascendente ... 101

La Convergencia ... 101

Pautas constitucionales ... 103

Los generales se creyeron su propio cuento ... 105

El no, que no ni no ... 106 En Playa de Aro ... 110 Patrón de segunda ... 110 Los visitantes ... 111 Amistad singular ... 111 Testimonio inesperado ... 111 Capítulo IV ... 114 El golpe no se grita ... 115

El nuevo plan político ... 117

Wilson en Brasil, el Goyo en la presidencia ... 119

Marchas y contramarchas... 122

Visita periódica de un millón de blancos ... 124

Vuelve la política ... 125

La dirigencia ... 128

Los jóvenes blancos ... 129

Las listas ... 131

La campaña ... 131

El triunfo ... 133

Capítulo V ... 136

Porto Alegre complica ... 138

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El Parque Hotel ... 140

Marcar la cancha ... 143

La fractura de la mayoría nacionalista ... 144

Una carta muy importante ... 150

Las estrategias ... 155

La estrategia wilsonista ... 155

La estrategia colorada ... 156

La estrategia de Seregni ... 157

Multitud en el Obelisco ... 158

De nuevo en Buenos Aires ... 160

Se proclama la fórmula ... 162

Capítulo VI ... 164

Comienzan a esbozarse dos estrategias. ¿O tres? ... 167

Colorados al ataque. ... 169

Libertad para Seregni ... 172

El planteo de Pivel: ¿tropezón o zancadilla? ... 173

Blancos a la defensa ... 176

El plebiscito frustrado... 177

Volver I. El regreso de Wilson a Buenos Aires ... 179

Ferreira Aldunate, ¡presente! ... 181

Mayo rioplatense ... 184

La Multipartidaria ... 187

Volver II. El fin del exilio ... 188

Ciudad de Mar del Plata II, a casa... 192

Desembarco en Montevideo ... 194

A la cárcel ... 196

El paro cívico del 27: en serio, pero no tanto ... 197

Capítulo VII ... 200

Cargando los dados I: Sanguinetti se preparaba ... 200

Cargando los dados II: y el Frente también ... 201

Las negociaciones ... 202

Cargando los dados III: y los militares ... 204

La visión de Jorge Batlle ... 206

Seregni insistía ... 207

Wilson preso ... 208

Susana detenida ... 209

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Carta de Wilson a Pivel ... 212

El Club Naval, la estrategia y la carta de Carlos Julio ... 213

Divergencias en el Frente ... 214

Derechos humanos: garantías a militares ... 215

Los colorados y el acuerdo del Club Naval ... 216

Provisoriato y otro candidato ... 217

Nace el acto institucional n.° 19 ... 218

El pacto previsto ... 219

Susana en las calles ... 220

Wilson renuncia ... 220

Elecciones y candidatura alternativa ... 221

El no a Carlos Julio ... 223

Días agitados ... 224

Liberación de Juan Raúl ... 225

La fórmula Zumarán-Aguirre ... 225

Con los dados cargados: el capricho de las Fuerzas Armadas ... 227

Arrancó la campaña electoral ... 229

Los abanderados y la bandera ... 230

Libertad y gloria ... 231 Mis rivales y yo ... 233 La amnistía y la memoria ... 235 Nobleza obliga ... 237 Capítulo VIII ... 238 El nuevo gobierno ... 240

Los primeros problemas ... 243

La amnistía ... 244

La evolución política ... 245

Wilson y los blancos ... 246

Wilson y los militares ... 248

Final de año ... 251

El acuerdo nacional ... 253

Los derechos humanos ... 256

La Ley de Caducidad ... 263

Capítulo IX ... 266

Verano de combate ... 266

Otoño de malos augurios ... 269

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Primavera de esperanza y desengaño ... 279

El último verano ... 281 La estancia ... 282 La despedida ... 283 Epílogo ... 287 Anexos ... 298 Bibliografía ... 380

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Prólogo

La idea de escribir este libro surgió en mayo de 2004, cuando me encontraba en Washington. Ya decidido a emprender lo que implicaba un compromiso muy serio, mi primer paso fue llamar por teléfono a Montevideo. La destinataria de aquel llamado fue Susana Sienra de Ferreira Aldunate, quien desde siempre me ha hecho el honor de tratarme de un modo casi familiar. De ella solicité y obtuve de inmediato no solo su aquiescencia, sino el acceso a un material de enorme valor que me iría entregando, el cual se sumaría al acumulado por mí a lo largo de años y al que me fue llegando con posterioridad.

Fue así que empecé a trazar las bases de una investigación que se fue ampliando progresivamente al tener acceso a un material que se tornaba más y más vasto al ir penetrando en él.

Dieciséis meses antes de encarar esta obra, es decir, en enero de 2003, se me había diagnosticado una esclerosis lateral amiotrófica, la que, me constaba, iba a ir acotando mis capacidades ambulatorias hasta anularlas.

Ese hecho me llevó a encarar la investigación de forma por demás organizada y apoyándome en colaboradores cuyo aporte se me fue volviendo más necesario a medida que la dolencia avanzaba.

Cuando escribo esto, febrero del 2007, mi investigación está terminada y las conclusiones consolidadas. Me resta tan solo el trabajo de corrección, que, dadas mis condiciones físicas actuales, resulta más complejo de lo que de ordinario debiera ser.

El trabajo, ya resuelto y ejecutado metodológicamente, está en un último proceso de redacción que corrijo una y otra vez. Dicho proceso culminará en estos días y está unido a las notas, que se incluyen según un riguroso ordenamiento cronológico y cuya reproducción completa llevaría un par de miles de páginas, por lo cual queda pospuesta.

Por otra parte, la etapa final del trabajo se ha visto enlentecida, ya que a la pérdida de movilidad de mis extremidades se suma la fatiga que

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me permite trabajar tan solo unas horas por día, lo que también hace más difícil la labor de quienes colaboran conmigo.

No obstante, encaro este desafío con alegría y entusiasmo, ya que creo que a través de él estoy cumpliendo con el deber de prestar el testimonio al que me siento obligado moralmente, por haber tenido el privilegio de permanecer, durante años y en circunstancias especialísimas, junto a una figura central para la vida de la sociedad a la que pertenezco.

Empecé a tratar a Wilson en octubre del 77 en Washington. Por entonces yo vivía en México y tenía 26 años, en tanto que Wilson, que tenía 58, desde el año anterior vivía en Londres, ciudad a la que había llegado proveniente de Buenos Aires, empujado por acontecimientos violentos. En mayo del 76, la recién instalada dictadura en la Argentina, en el marco del plan Cóndor, había hecho asesinar a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz (el Toba), legisladores uruguayos y amigos cercanos de Wilson, en una operación homicida de la que el propio Wilson escapó gracias a que no vivía en la capital sino en una localidad algo distante dentro de la provincia de Buenos Aires. Por esa época, en el hospitalario y generoso México, yo dirigía la sección Internacionales del informativo del canal estatal.

Del mismo canal Juan Raúl Ferreira era corresponsal en Washington y por su invitación viajé a la capital norteamericana para conocer a Wilson. Mi acceso a las comunicaciones y a la información internacional determinó que empezara desde entonces a conversar con Wilson telefónicamente con cierta regularidad. En diciembre de 1979 hicimos la primera gira (Costa Rica, Panamá y Nicaragua) en que Juan Raúl y yo acompañamos a Wilson, quien fue recibido por las más altas personalidades de esos países.

Debo decir que las ideas de Wilson y su personalidad me deslumbraron desde el primer momento, me fueron impactando crecientemente mientras lo acompañé en su vida —los diez años siguientes— y no han cesado de impresionarme hasta el ocaso de la mía. Lo acompañé en todos sus trabajos internacionales mientras estuvo en Londres y en España, me trasladé por su indicación a Porto Alegre en 1983, para estar más cerca de Uruguay y poder interactuar mejor entre el exilio y el país, y me instalé luego en Buenos Aires en abril de 1984 para preparar la vuelta de Wilson desde allí a Montevideo (el 16 de junio). Por su disposición (sabía que iba a ir preso) no volví a Uruguay en el barco que lo trajo, sino que entré después, clandestinamente, para colaborar con la organización de las luchas finales del partido en la reconquista de la democracia, según sus instrucciones.

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Por último, deseo exponer al lector la metodología de trabajo que he empleado. Para desarrollarla he contado con numerosas colaboraciones (me remito a la lista de agradecimientos). Dicho desarrollo estuvo coordinado por Claudia Pivel en su condición de editora.

En una etapa inicial se armó una primera cronología basada en las cartas (o grabaciones) enviadas y recibidas por Wilson y en un trabajo de referencias bibliográficas muy estricto.

Una segunda etapa fue el vaciamiento en esa cronología de una revisión documental más amplia, que incluía aportes de la prensa (los diarios El Día y El País, los semanarios La Democracia, Jaque, Opinar y

Búsqueda), de las actas del Directorio del Partido Nacional, de documentos

desclasificados del Departamento de Estado de los Estados Unidos, de la Cancillería uruguaya, de la Inteligencia policial uruguaya y de unas ochenta entrevistas a actores políticos y sociales uruguayos.

Las cronologías de cada año así enriquecidas fueron marcadas por mí según el orden de importancia del material. Yo trabajé con los textos en un atril y quien a su turno colaboraba conmigo iba dando vuelta las páginas y marcando las prioridades de los textos que yo indicaba. Por ejemplo, se marcó en verde todo texto que debía estar incluido en el libro, en rojo toda información que se considerara de primera relevancia…

Con las cronologías así marcadas, diferentes redactores le dieron forma al texto. Revisé, corregí, puse y saqué material en cada capítulo así redactado, de modo que se expresaran los hechos de la forma más exacta según mis vivencias y se le diese a cada uno el cariz y la significación que según recuerdo tuvieron en Wilson. A la vez, busqué una unidad de estilo, ayudado siempre por la paciencia de los colaboradores, quienes toleraban el máximo de horas diarias en que pude dedicarme a este trabajo.

En fin, he hecho el mejor esfuerzo y soy responsable de todos los errores. Me siento feliz de poder contribuir en algo a que no se extinga la llama de lo que representa Wilson, sensibilidad e ideario que la República precisa cada día más.

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Introducción

Cuando conocí a Wilson, Uruguay estaba empantanado en la profunda crisis de la dictadura militar, a la que se había llegado por los errores de muchos actores sociales y políticos. Solo dos años antes de que se instaurara la dictadura, sin embargo, Wilson Ferreira Aldunate como candidato presidencial protagonizó un fenómeno de profunda renovación en el Partido Nacional. El entusiasmo que despertó ese fenómeno —que resultó trascendente para los blancos y para el país— se apoyaba en la fuerza de las ideas y de la personalidad del propio Wilson. Si ellas fueron importantes en los tiempos democráticos previos, en la desolación posterior que significó la crisis de identidad acarreada por la dictadura militar resultaron un potente faro para quienes estábamos buscando, en medio de la bruma, un camino para sacar al país del pantano. Wilson generaba entusiasmo hacia lo que llamó «la ola de esperanza compartida», pero, antes, él mismo era entusiasmo vivo.

La renovación de un partido histórico como puente para entender y servir al país

Para muchos uruguayos jóvenes entonces, Wilson fue el camino para entender la esencia del país, con la paradoja de que la explicaba desde fuera. Un partido cabalmente entendido, se sabe, es una interpretación del país —de su pasado, de su presente, de su futuro— y, en la confusión de la democracia derrotada. Wilson brindaba la herramienta para saber de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos.

A muchos de nosotros, pues, Wilson nos brindó la clave para revelar, para descubrir, para hilvanar al país. La renovación es, en cierta forma, el milagro de poner a hablar a los viejos actores fundacionales ya muertos sobre los problemas del presente y del futuro. El lector debe saber que, treinta años después de conocer a Wilson, este libro ha sido escrito, todavía, bajo el impacto de esa operación intelectual mediante la que él enseñaba nacionalidad cada día.

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Wilson había renovado un viejo partido político —o, mejor, un partido histórico— que había nacido en setiembre de 1836 y había estado, después de las alternancias primeras en el poder, durante 94 años en la oposición (1865-1959). Luego de gobernar durante ocho años, entre 1959 y 1967, el Partido Nacional perdió los comicios nuevamente y una respuesta histórica a esa derrota fue el surgimiento de la renovación wilsonista, cuando el Partido Nacional volvió a la oposición, en 1967.

Se advertirá lo extraordinariamente difícil que es sobrevivir como partido político durante 94 años en la oposición. No lo han logrado en el mundo la mayoría de los partidos incluso en el gobierno durante tan prolongado lapso, aun manejando las más brutales concentraciones de poder. Durante la inmensa mayoría de esos años el Partido Nacional alcanzó, sin embargo, acuerdos de coparticipación —siempre minoritaria y democráticamente fiscalizadora, pero coparticipación al fin— en diversas áreas de gobierno. La convivencia en el alma del partido de los espíritus de la oposición y de la coparticipación generó una tensión dentro de la colectividad, entre algunos más intransigentes en la carga principista y otros más preocupados por evitar el aislamiento del partido. La renovación de Wilson significó poner a su partido nuevamente en la intransigencia. Hizo ganar a la intransigencia dentro del partido después de décadas. Tal vez, dirán algunos, ello haya sido posible porque, antes, el partido había ganado dos elecciones y vadeado así el cerco ya secular que lo alejaba del poder, pero en cualquier caso esa opción por la renovación intransigente tendría luego repercusiones mayores.

El saravismo y la intransigencia como valor

América Latina conoce los partidos llamados radicales (que en la ola democrática de principios del siglo XX promovieron el republicanismo, el cual, entre otras cosas, tornó laicos y seculares al Estado y a la sociedad) y conoce a los partidos llamados intransigentes (que concebían su acción como el cuidado extremo del acervo de valores de la nación —comunidad

espiritual, la llamaba Wilson). Incorporando a esos actores, radicales e

intransigentes, en la lectura del escenario nacional esencial, Wilson sentía que superaba la historiografía tradicional, implantada entre otros por Pivel Devoto, que veía en los colorados de los primeros 130 años del país a los liberales y en los blancos del mismo lapso a los conservadores.

A partir de ese nuevo escenario Wilson podía posicionar al Partido Nacional en la centroizquierda —esto es, por ejemplo, el programa de

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gobierno con el que concurrió a las elecciones de 1971, Nuestro compromiso

con usted—, en un momento en que la polarización política

guerrilla-gobierno dejaba huérfana a la racionalidad de centro. El fuerte impulso antipolarización que supuso el wilsonismo debe entenderse enmarcado en esa racionalidad. En la elección de 1971 Wilson estuvo a solo trece mil votos de desviar al país de la polarización —que nos llevó al desastre— y lograr, probablemente, lo que Uruguay había conseguido durante buena parte del siglo XX: excepcionarse de la trágica realidad latinoamericana.

Fue primero el estilo parlamentario de Wilson como senador implacable (1967-1973), como interpelante que logró la censura parlamentaria de numerosos ministros de Estado —episodios sin par en la historia parlamentaria y política del país—, lo que resaltó el vínculo entre la gestión partidaria y los principios partidarios concebidos intransigentemente. Ello tomó una dimensión mayor en la oposición a la dictadura militar a partir de 1973, y aun se profundizó al colocar al partido como el único que no aceptó una salida negociada con los militares. Cuando Wilson asumió el monopolio de la intransigencia absoluta con los militares en el poder —y quedó fuera del Club Naval y eligió la prisión como destino en esa fase de salida negociada—, en realidad estaba actualizando y revalorizando la vertiente saravista e intransigente que habitaba, algo adormecida, dentro del Partido Nacional.

Wilson se crió en los pagos de Aparicio Saravia, Cerro Largo, y eligió como nombre de su agrupación política la divisa que llevaban sus combatientes: Por la Patria. Al igual que Aparicio, Wilson concebía el liderazgo como sacrificio en pro de la intransigencia. De esa concepción se dispara de inmediato el carácter épico y mítico de ambas figuras. Ahora bien, intransigencia en los valores no equivale a inflexibilidad con el adversario.

Cuando volví a ver a Wilson después de su liberación, tras casi seis meses de prisión, apareció aquel impresionante baño de multitud que fue la noche en que la gente lo esperó en la Explanada Municipal de Montevideo, después de saludarlo al costado del camino en los casi doscientos kilómetros que recorrió desde la prisión. Me dijo entonces al oído, ante el espectáculo de la gente que se repetía indefinidamente, al reencontrarse con su pueblo: «esto vale todo mi exilio». Y el memorable discurso de esa noche no fue el de alguien a quien habían mantenido preso hasta que se realizaran las elecciones nacionales, alguien que legítimamente podía lanzar la multitud contra un orden político que lo había estafado cívicamente, a él y a su partido, sino el de alguien que —

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proclamando que daría gobernabilidad a los elegidos y que el país podía contar con el pilar del Partido Nacional, en lo que estuviera de acuerdo y en lo que no, para la reconstrucción democrática— expresaba que lo que sigue a la intransigencia en los principios es, en la dialéctica de la construcción de la patria, la tolerancia con los adversarios. Severidad en los principios y generosidad en las conductas son dos caras del mismo liberal que habitaba en Wilson. Cualquier retrato que acentúe una sola de las dos caras es incompleto.

La pureza del ser oriental

Cuando Wilson hablaba de los valores del país solía apoyarse en los valores de los hombres de campo; aquellos valores que, por lo demás, están en el origen del país. Él, en realidad, se imaginaba un país de pequeños propietarios de tierras, al modo europeo o más precisamente francés. Esa idea fue muy elaborada por Wilson cuando preparó, como ministro de Agricultura, el régimen fiscal para la reforma agraria, que no llegó a aplicar, pero cuyos necesarios insumos tecnológicos sí desarrolló durante su gestión. La relación del hombre con la tierra que lo vio nacer estaba en la plataforma de su pensamiento. Incluso en los meses en que se aprestaba a recibir la muerte, le gustaba pasar el tiempo en la soledad del campo. Era el paisaje en que mejor reconocía su alma.

Wilson hacía una particular lectura de la migración del campo a la ciudad. Los emigrantes llevaban a la ciudad sus valores. Es más: la ciudad potenciaba esos valores. Esa era su lectura sobre la gran victoria electoral de 1958 —que terminó con casi un siglo de derrotas—, puesto que fueron, a su juicio, esos inmigrantes en los cinturones de las ciudades los que le dieron la rotunda victoria al Partido Nacional. Debe decirse también que buena parte de la sociología agraria en la reflexión de Wilson —y del proyecto de modernidad nacional en general— se había enriquecido con la experiencia de la Comisión Interministerial de Desarrollo Económico (CIDE), en la que participó muy intensamente como ministro de Agricultura. Ese esfuerzo intelectual supuso la creación de un colectivo de estudios —coordinado por el joven Enrique Iglesias, amigo de siempre de Wilson— con el mayor grado de multidisciplinariedad, de cooperación técnica internacional y de cooperación universidad-gobierno que conoció el país, lo que resultó en un proyecto nacional que nadie podría soslayar en el futuro.

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Los contenidos del mito y del legado de Wilson

La renovación del Partido Nacional como armazón de propuesta de país, la intransigencia en la defensa de valores, la pureza del ser oriental son, pues, activos esenciales a la doctrina wilsonista. A partir de esos valores catapultados por un demócrata y republicano pertinaz es que se construye un destino político que convoca, en los perfiles épicos de su propia trayectoria, a la construcción del mito. En efecto, el liderazgo de Wilson se va afirmando hasta convertirse en un mito en la gente a partir del año 1976 —exilio en Londres— y luego las elecciones de 1984 solo ratifican ese liderazgo. En esas elecciones el wilsonismo, sin poder llevar a Wilson como candidato, obtuvo el 85% del partido, porcentaje jamás alcanzado por líder nacionalista alguno mientras existió el doble voto simultáneo.

Para el Partido Nacional era una experiencia desconocida tener un líder a tanta distancia. Aunque judicialmente requerido y procesado en ausencia, nada importaba lo que dijeran en el país contra él. Nada importaba que estuviera prohibido hablar de él. Las consignas que Wilson bajaba a través de un casete grabado, en cada oportunidad que creía conveniente, se difundían de inmediato en la sociedad uruguaya. Es más, en cierto sentido su gente no necesitaba que llegara su voz para saber lo que iba a decidir. Ocurre que, si bien Wilson era un prolijo y paciente creador de hechos políticos, ante asuntos de envergadura superior no medía las consecuencias de su convicción y asumía todos los riesgos. Esa condición de previsibilidad ética de su liderazgo completa la configuración del mito.

El libro que el lector tiene en sus manos está dividido en nueve capítulos que respetan el orden cronológico de los sucesos que atañen a la vida de Wilson y del país en el período definido. Comienza al mes y medio de asumir el presidente Bordaberry, cuando el MLN resuelve profundizar la guerra interna y genera los hechos del 14 de abril de 1972. El primer capítulo, la antesala del golpe, se ocupa desde entonces hasta el golpe de Estado del 27 de junio de 1973, en que para Wilson empieza, luego de unos días de clandestinidad, el exilio.

El segundo capítulo, el primer exilio, llega hasta la segunda salida de Wilson de Buenos Aires (antes, las amenazas lo habían obligado a refugiarse un tiempo en Lima, desde donde había vuelto a Buenos Aires), inmediatamente después del asesinato de Zelmar, el Toba, Rosario Barredo y William Whitelaw, dos meses luego de la instauración de la dictadura de Videla el 24 de marzo de 1976. Incluye, entre otros sucesos, la partida de

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Montevideo, la vuelta clandestina al país, los contactos políticos secretos de la época, los primeros intentos de negociación para la salida de la dictadura.

El tercer capítulo, el segundo exilio, recorre el tiempo desde que Wilson llegó a Londres, en 1976, hasta el plebiscito de 1980, y narra vicisitudes como la nueva modalidad de comunicación desde Londres, la acción internacional, el triunvirato en Uruguay, la visita de Todman al país, la nueva política exterior estadounidense, el ascenso de Gregorio Álvarez a la comandancia y la ruptura de la hegemonía de los Tenientes de Artigas y sus consecuencias políticas.

El cuarto capítulo aborda el par de años transcurridos entre el plebiscito de 1980 y las elecciones internas de 1982, estas con feliz resultado para el Partido Nacional y para Por la Patria. Wilson pasó a vivir en España y visitó varias veces Río de Janeiro y Porto Alegre, donde se reunía con sus correligionarios.

El quinto capítulo versa sobre lo ocurrido en 1983: la ruptura de la mayoría blanca a propósito de la negociación del Parque Hotel, las diferencias intrapartidarias y la asunción de la estrategia de Wilson por todo el partido.

El sexto capítulo, el regreso de Wilson, aborda la primera mitad del año 1984 con Wilson en Buenos Aires, la organización del regreso y la evidencia de estrategias diversas dentro de la oposición a la dictadura.

El séptimo capítulo trata de la segunda mitad de 1984, con la prisión de Wilson, el sistema de comunicaciones durante esa etapa, el acuerdo del Club Naval, las elecciones nacionales y la liberación.

El octavo capítulo aborda los años 1985 y 1986, y se cierra con la aprobación de la Ley de Caducidad, etapa toda de gobernabilidad brindada por el Partido Nacional a la democracia en vías de consolidación.

El noveno y último capítulo está dedicado al año 1987 y los dos meses y medio de 1988 que Wilson vivió. Trata sobre el complemento de su estrategia para la futura victoria del Partido Nacional, su enfermedad y su muerte.

En suma, esta obra aborda los hechos sucedidos entre el 14 de abril de 1972 y el 15 de marzo de 1988, dieciséis años, desde la vida de un personaje central para el país en esa época y para su futuro, aunque once de esos años los haya pasado en el exilio y casi medio año en prisión. Es decir, la mayor parte de ese tiempo proscrito en su relación con los conciudadanos.

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Así como el liderazgo de Aparicio Saravia le aseguró un siglo de presencia al Partido Nacional en la sensibilidad de los uruguayos, el liderazgo de Wilson Ferreira Aldunate está llamado a tener un efecto similar.

Para mí sencillamente era una obligación escribir este libro, puesto que al lado de Wilson tuve el honor de ser testigo de buena parte del tiempo que esta obra narra. Y ello no solo fue un privilegio que la vida me dio, sino que también supuso el compromiso de brindar testimonio.

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Hay una cosa sobre la cual yo vengo insistiendo hace no menos de veinte años; ustedes me lo habrán oído decir, por lo menos algunos de ustedes, no los que eran demasiado jóvenes cuando yo tuve que abandonar mi país, pero la mayor parte de ustedes me lo deben haber oído repetidas veces y me importa volvérselo a decir una vez más. El Uruguay es y

solamente es una comunidad espiritual. Hay otros países que pueden ser

definidos por otros factores, o de raza, o de geografía, o de lengua, o de riqueza; nosotros no. Los Andes hacen a Chile, los indiecitos hacen a Bolivia, el idioma portugués hace al Brasil, el mero tamaño o su riqueza bastan para asegurar la continuidad histórica de otros. Pero el Uruguay es geográficamente el más pequeño de todos los países de América del Sur y puede ser definido exclusivamente como una comunidad espiritual.

Hay una serie de cosas esenciales que definen la república y que la definen bien (pocos países son más países que el nuestro), pero que resultan indispensables para la persistencia de esa noción de nacionalidad: la voluntad soberana del pueblo como única fuente legítima de poder, la afirmación de la libertad individual, la existencia y vigencia de garantías para la defensa de esa libertad, el deber del Estado de regular las relaciones entre los individuos y la de los individuos con la comunidad, con el objeto de asegurar la justicia tanto económica como social. Bueno, podría decir simplemente la justicia, porque con eso bastaría, o más sencillamente aún, bastaría decir asegurar la libertad.

Wilson Ferreira Aldunate Convocatoria a votar por no Londres, 1980

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Capítulo I

No hay causa alguna, ni la de la implantación de un Estado ideal, ni la del logro de la justicia social, ni la de la defensa de la autoridad constituida, ni la de la vigencia del sistema democrático, no hay ninguna causa, repito, que no se destruya, que no pierda validez moral, que no se transforme en una porquería, si para defenderla hay que hacer estas cosas...

WILSON FERREIRA ALDUNATE CÁMARA DE SENADORES, 15 Y 16 DE JUNIO DE 1972.

Un helicóptero militar sobrevolaba el cortejo que marchaba a pie por la principal avenida de Montevideo, desde la Casa de Gobierno al Cementerio Central. Varias carrozas fúnebres cubiertas de flores trasladaban los ataúdes que —envueltos por la bandera nacional— albergaban los restos de cuatro personas asesinadas por integrantes del Movimiento de Liberación Nacional (MLN-Tupamaros). Al mismo tiempo, en ceremonias íntimas eran velados los cuerpos de otras ocho personas, muertas en operativos de las Fuerzas Conjuntas llevados a cabo para reprimir los anteriores atentados. +++

El día antes, el 14 de abril de 1972, la capital había amanecido a los balazos. El saldo final fue de doce muertos y ocho heridos. El MLN llevó a cabo lo anunciado en un comunicado ese mismo día: comandos tupamaros ultimaron a Armando Acosta y Lara, ex interventor de la Enseñanza Secundaria y ex subsecretario del Ministerio del Interior, a Óscar Delega, subjefe del Departamento 5 de Policía, a su chofer y al capitán de corbeta Ernesto Motto. En el correr del mismo día, ocho tupamaros fueron abatidos por las Fuerzas Conjuntas y otros tres, detenidos; entre ellos, Eleuterio Fernández Huidobro.

Montevideo era una ciudad asustada y lúgubre. Ese viernes de doce muertos aceleró el proceso que terminaría derribando la democracia.

Cometimos un grave error de apreciación. Si bien los escuadrones y la tortura estaban generalizados y podría corresponder una respuesta de

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parte nuestra, nunca imaginamos la contraofensiva de las Fuerzas Conjuntas, tan poderosa. Como supimos años después, las Fuerzas Conjuntas golpearon desesperadamente porque pensaban que era cuestión de meses nuestro triunfo. En realidad, ellos también se equivocaron. Creían que éramos muy fuertes cuando en realidad, como después comprobaron, no era así. Pero la jugada les salió bien.1

El comienzo del fin

Nada, en realidad, salió bien. Por un lado, los tupamaros temían «la guatemalización» del país.2 Por otro, los militares iniciaron un proceso de autonomización que llevaría al golpe de Estado y que demoraría 13 años en dar marcha atrás.

Wilson y Gutiérrez Ruiz se entrevistaron ese mismo 14 de abril con integrantes del MLN, no para hacerles concesiones, sino para saber en qué condiciones estaban dispuestos a deponer las armas.

El hombre más votado del país todavía tenía en el pecho —aunque intentaba olvidarlo— la herida de unas elecciones recientes que creía haber ganado. Podía consolarse pensando que sería el favorito en los comicios venideros, cuatro años más adelante, pero en ese momento en estaba el epicentro de un terremoto político como nunca había vivido el país. En medio del fuego cruzado, izquierda y derecha lo tironeaban, pero el mantenimiento del régimen democrático era su preocupación central.

Aquel era un país polarizado en el que, mientras unos simpatizaban con los actos del MLN, otros miraban para el costado cuando la violencia venía de la derecha. Wilson, demócrata y liberal, creía que el Estado necesitaba instrumentos para defenderse, pero siempre dentro de la legalidad. Por eso votó, esa misma noche, en la sesión de la Asamblea General reunida a pedido del presidente de la República, la declaración del

estado de guerra interno, que otorgaba facultades extraordinarias al

gobierno y suspendía las garantías individuales, lo que provocaría el fin de la vía armada del Movimiento de Liberación Nacional. Pero ese paso no le era suficiente. Estaba dispuesto a darle al gobierno las herramientas necesarias para combatir a la guerrilla, siempre y cuando, a cambio, se emprendieran también acciones contra el Escuadrón de la Muerte, un anónimo grupo de ultra-derecha responsable de varios asesinatos.

1 Entrevista del autor con Julio Marenales.

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Sus planteos públicos en esos dos sentidos fueron recogidos incluso en un informe de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), conocido años después, que señalaba que el presidente Juan María Bordaberry podría estar perdiendo la iniciativa legislativa en favor de Wilson, quien, «si bien había apoyado el Estado de guerra, no mantendría dicho apoyo si el gobierno no contrarrestaba a los grupos violentos de la derecha».3

El MNL había pedido la creación de una comisión investigadora sobre los grupos paramilitares. A partir de las denuncias de varios legisladores, a las que Wilson sumó su voz, esa comisión fue creada en el Senado e inició una discusión sobre los procedimientos que seguían las Fuerzas Conjuntas y el tratamiento que daban a los detenidos.

Pero nada contenía la violencia. A los tres días fueron asesinados siete militantes —otro moriría días después— en la seccional 20.a del Partido Comunista. «No creo que la historia del país registre tragedia mayor. No creo que episodio alguno comprometa cosas tan importantes y que, además, siembre semilla tan pródiga en horizontes cerrados»,4 dijo Wilson, y en la Asamblea General se lamentó de haber votado facultades extraordinarias que permitieran combatir la violencia en el país, para enfrentar, apenas unos días más tarde, otra matanza, y esta vez en un club político.

El pacto chico de los blancos baratos

Sobre fines de mayo, Wilson y Carlos Julio Pereyra respondieron a los planteos de Bordaberry para lograr un acuerdo nacional, proponiendo bases mínimas:5 «En verdad el señor presidente ha insistido siempre en su propuesta para designar ministros y directores nacionalistas [...] es evidente que no sería el medio más eficaz para la consecución del anhelado acuerdo nacional». Formularon entonces las bases mínimas para un acuerdo:

1. Pacificación nacional, sustitución del Estado de Guerra por medios legales que supriman la discrecionalidad hoy existente.

3 National Archives and Record Administration (NARA), archivos desclasificados por la Freedom of

Information Act (FOIA).

4 Nelson Caula y Alberto Silva: Alto el fuego, 3.a ed., Montevideo: Monte Sexto, 1986, p. 38 (1.a

ed., 1986).

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2. Desmantelamiento de los organismos estatales paralelos de represión, devolviendo a las Fuerzas Armadas y Policía la plenitud de sus funciones.

3. Reforma Agraria como Ley y como efectiva realización por parte de los distintos organismos oficiales.

4. Nacionalización de la banca.

5. Ley Orgánica de Enseñanza Media que afirme el principio de la laicidad y de la continuidad de sus servicios.

6. Recursos para el desenvolvimiento municipal y regional.

El gobierno se negó a aceptar estas bases mínimas y a comienzos de junio se firmó el acuerdo nacional entre colorados y la minoría blanca. A cambio del apoyo parlamentario, los nacionalistas recibieron tres cargos ministeriales y representación en entes públicos. Wilson denominó blancos

baratos a los que «se habían vendido» por cargos y el Directorio del Partido

Nacional declaró estar ajeno a dicho acuerdo, conocido como el pacto chico. En junio, tras la muerte por tortura del militante democristiano Luis Batalla, se produjo la caída del ministro de Defensa Nacional, general Enrique Olegario Magnani. Lo sustituyó Augusto Legnani. Entretanto, en el Senado se consideraba la Ley de Seguridad del Estado. Un grupo de trabajo integrado por legisladores del gobierno y otros designados por Wilson, entre ellos Dardo Ortiz, elaboró una nueva propuesta para ser sometida a las Cámaras.

[...] esto que importa un precio, una concesión y un sacrificio, es un precio que podemos pagar por la eliminación del sistema que, a través del Estado de Guerra Interno, conduce al reinado de la arbitrariedad y a la desaparición de todo posible contralor de la actuación estatal.6

Fue un invierno duro. Los militares acusaban a los legisladores de ser cómplices de la subversión y hablaban de combatir a los especuladores y a los estafadores del erario público, y el MNL proponía una pacificación del país sin rendición incondicional, pero en apoyo a la intención de diálogo de las Fuerzas Armadas.

Wilson, preocupado, se hacía oír en todos los temas.

La tregua

6 Wilson el 27 de febrero de 1972 en el Senado. Cronología de Opinión Nacionalista, Montevideo,

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Aunque desmentida por la Junta de Comandantes en Jefe, existió una tregua entre los militares y la guerrilla desde el 30 de junio al 23 de julio.7 Negociada por Eleuterio Fernández Huidobro por los tupamaros y el Batallón Florida —representando por los generales Esteban Cristi y Gregorio Álvarez—, no fue apoyada por el gobierno de Bordaberry, que asesorado por algunos civiles8 la rechazó. De haberse logrado un pacto, este hubiera consistido, para los guerrilleros, en el cese de los atentados y todas las acciones que no fueran en defensa propia, y, para las Fuerzas Armadas, en la suspensión de las torturas y los procedimientos que no fueran in fraganti. También Trabal estuvo involucrado en las negociaciones informales que se frustraron definitivamente en la reunión que el gobierno autorizó en el Batallón Florida, pero esa vez con participación de los comandantes en jefe, que no habían estado en las negociaciones previas y que —sorprendidos— se inclinaron por la posición de Bordaberry y sus asesores.9

Wilson, que había tomado conocimiento de estas gestiones, envió a Bordaberry documentos que probaban la existencia de reuniones y de un nivel de acuerdo inicial por el cual se suspendían las torturas mientras se estudiaba la fórmula presentada.

La autonomización de las Fuerzas Armadas

El fenómeno por el cual el Batallón Florida aceptaba el asesoramiento de la guerrilla en materia de supuestos ilícitos económicos de los políticos fue parte del proceso de autonomización de las Fuerzas Armadas que conduciría a los militares a la toma del poder.

En julio se aprobó la Ley de Seguridad del Estado, que terminó con el estado de guerra interno. Entre agosto y setiembre se sucedieron las detenciones y los interrogatorios en dependencias militares a empresarios y asesores económicos, en el marco de las conversaciones de la guerrilla y algunos sectores de las Fuerzas Armadas. Fue también el tiempo en que comenzaron los desafueros parlamentarios. A partir de agosto, con el desafuero del diputado frentista Leonel Ferrer, acusado de pertenecer al MLN, apareció el fantasma del enfrentamiento del Legislativo y las Fuerzas Armadas. Wilson se plantó con firmeza:

7 Cuando el 25 de julio de 1972 muere asesinado el coronel Artigas Álvarez, la tregua queda sin

efecto.

8 Entre ellos, Julio María Sanguinetti.

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¡Qué mentira es esto que hace aparecer la actuación de los órganos legislativos como obstáculo al progreso de la República desde otros campos! Estoy seguro de que si desde algún lugar del país se ha ayudado de corazón, ha sido desde este lugar. Han ayudado, naturalmente —en su deber—, los que estaban a favor; pero hemos ayudado los que estábamos en contra; [...] Somos, quizás, los que más hemos puesto para ayudar, para defender las instituciones, para permitir que esto camine, y no camina.10

Y respecto a la función de las Fuerzas Armadas también fue claro:

Las Fuerzas Armadas, custodias de la defensa de la independencia, de la autonomía, de la soberanía nacionales; las Fuerzas Armadas, depositarias del honor, defensoras de la honradez frente a la corrupción del ámbito político. Es un camino peligroso el que hace aparecer a las Fuerzas Armadas en actitud deliberativa. Vamos a no ocultarlo, porque es verdad. Es un camino peligroso. No es bueno y no está dentro de las tradiciones nacionales.11

Todo va peor

En medio de entresijos políticos incesantes y de fricciones en aumento, todos los días ominosos rumores ganaban la calle.

En setiembre, el fiscal del Crimen recomendó el procesamiento de los jerarcas del Banco Mercantil, a consecuencia de las denuncias formuladas un año antes por Wilson.

Por otra parte, este mocionó desde el Senado para que se llamara a sala al ministro de Relaciones Exteriores, José A. Mora Otero, «a efectos de informar sobre responsabilidad directa de dicho ministerio en actos lesivos para la soberanía y la dignidad nacional en el Río de la Plata».12 El ministro partió para las Naciones Unidas, impidiendo que se realizara la interpelación.

El 30 de setiembre, Wilson mantuvo una reunión con el comandante en jefe del Ejército, general César Martínez, para hacerle entrega de un documento con datos suministrados por el periodista Federico Fasano sobre las actividades de Héctor Amodio Pérez, dirigente del MLN que había

10 Sesión del Senado del 8 de agosto de 1972.

11Wilson Ferreira Aldunate. Estadista y parlamentario, tomo 2, 1.a ed., Montevideo: Cámara de

Senadores, 1995, pp. 709 ss., sesión del 8 de agosto de 1972.

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sido detenido en febrero del 72, la misma semana en que el MLN había secuestrado al fotógrafo policial Nelson Bardesio. Contó Wilson después:

[...] determinado sector de las Fuerzas Armadas había hecho un pacto con Amodio Pérez, para destruir el sistema político. [Fasano] Hizo hincapié en la existencia una organización que funcionaba dentro de una Unidad Militar, destinada a crear las condiciones necesarias para realizar un golpe militar y que comenzaría por la disolución del Parlamento. Él estaba vinculado además, al célebre intento de publicación de un libro por parte del tupamaro o ex tupamaro Amodio Pérez, que contenía una muy curiosa historia del movimiento con el que aparecían vinculados dirigentes de la mayor parte de los partidos políticos del país.13

En los días siguientes Fasano fue detenido por orden directa de Trabal y liberado el mismo día.

Las reuniones políticas se sucedían, muchas con una angustiosa sensación de que se avecinaban tiempos aún más complicados. También eran frecuentes las reuniones entre oficiales del Ejército y Bordaberry. En medio de los rumores de golpe de Estado y desafueros parlamentarios, el presidente solicitó una reunión con Wilson. Este accedió, pero el intercambio fue breve.

Como una máquina fuera de control, la autonomización de las Fuerzas Armadas aumentaba. Un nuevo suceso, en octubre, lo evidenció patéticamente. El Poder Ejecutivo, a partir de lo decidido por la justicia militar, ordenó la libertad de cuatro médicos14 detenidos por las Fuerzas Conjuntas, pero la liberación no se produjo, lo que motivó la renuncia, el 19 de octubre, del ministro de Defensa Nacional, Augusto Legnani. Asumió el doctor Armando Malet.

En cadena de radio y televisión, el 25 de octubre, Jorge Batlle se defendió de las acusaciones en su contra vinculadas a temas económicos y atacó duramente al Ejército acusándolo de preparar un golpe de Estado. Denunció la colaboración entre miembros de las Fuerzas Armadas y la guerrilla, así como el intento de violar el sistema de justicia en aras de combatir los ilícitos económicos. Habían hecho una sociedad implícita con la sedición»,15 diría luego. El general Cristi, jefe de la Región Militar n.° 1, vio la alocución del dirigente colorado en el informativo y le ordenó de

13 Caula y Silva: o. cit., p. 237.

14 Francisco Isern, Washington Zapata, Carlos Benavides y Luis Felipe Días.

15 Entrevista a Jorge Batlle realizada por Silvia Dutrénit para El maremoto militar y el

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inmediato al general Luis Queirolo, con quien observaba las noticias: «Métalo preso».

Jorge Batlle fue detenido, conducido a la Región n.° 1 y procesado: una pista más de hasta dónde había llegado el poder de los militares y hasta dónde estaban dispuestos a ir.

Quizás discretamente guardados en alguna carpeta, ya en setiembre de 1972, el coronel Ramón Trabal tenía los borradores de los documentos que, luego de ser revisados por el general Gregorio Álvarez, serían la base de lo que se conocería como los comunicados 4 y 7. La explicación posterior de Trabal, quien paralelamente a los conciliábulos entre sus colegas mantuvo innumerables reuniones con diversos políticos, fue que los había preparado «porque en este país algo va a pasar».

Patria y ley en la calle

Wilson sentía que ya no alcanzaba con hablar y sacó a su gente a la calle. El 27 de octubre convocó a una marcha bajo el lema «Patria y ley», que se manifestó en defensa de las instituciones democráticas, enarbolando banderas uruguayas y cantando el himno nacional. Fue apoyada por los sindicatos pero no así por los otros partidos políticos.

[...] una inmensa multitud que por primera vez en la historia del país no es dispersada por un diluvio, que siguió avanzando firmemente, yo hasta diría emocionada pero con alegría, entonando consignas nacionales [...] Yo soy blanco viejo y le digo que me emocionó oír la sirena de «El Día» cuando pasamos frente a la casa donde se edita ese diario, una sirena que todos sabemos en la historia de este país ha resonado solamente para señalar fundamentalmente fastos de su partido [...] lo sentí muy intensamente porque vi allí un poco un símbolo, un claro símbolo de que lo que se está jugando no es de blancos, de colorados, ni de frentistas; es de orientales.16

La prisión de Jorge Batlle motivó la renuncia de los ministros de su sector político, Unidad y Reforma, que dejó acéfalos tres ministerios: Economía, Obras Públicas y Educación y Cultura.17

A fines de octubre fue aprobada la Ley de Ilícitos Económicos, luego de una insistente presión de los militares, quienes esperaban que ese

16Wilson, en entrevista para Sábados Uruguayos que reprodujo Opinión Nacionalista,

Montevideo, 3 de noviembre de 1972, n.° 20, p. 8.

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instrumento jurídico sirviese para encarcelar a los políticos corruptos; pero el Poder Ejecutivo la vetó.

Julio María Sanguinetti interpeló en la Cámara de Diputados al nuevo ministro de Defensa, Armando Malet, por la prisión de Batlle, de la que responsabilizaba al general Esteban Cristi, jefe de la Región Militar n.° 1.

La justicia, que había decretado el procesamiento de los jerarcas del Banco Mercantil basándose en denuncias efectuadas por Wilson un año antes, denegó el pedido de excarcelación y pidió el procesamiento de Jorge Peirano Facio, quien fue enviado a prisión.

Mientras se radicalizaban las posiciones entre el sector político y el militar, la guerrilla tupamara era derrotada militarmente. La CIA18 reportaba el 15 de noviembre:

[...] el éxito contra los tupamaros marcó una espectacular victoria para las fuerzas armadas —quizás el primer paso positivo llevado adelante por cualquier sector en Uruguay en dos décadas— [...] los líderes militares, observando el deplorable estado de la economía, la gran emigración de cerebros de Uruguay, el deterioro de la ciudad capital, razonaron que esa victoria sobre la guerrilla podría ser trasladada hacia una campaña para corregir las enfermedades que afectan a la sociedad. Les basta mirar alrededor para ver otras fuerzas militares que comenzaron a transitar ese camino —en Perú, Brasil y Argentina—, pero a diferencia de esos países, sin embargo, Uruguay tiene una larga y fuerte tradición de no envolvimiento de los militares en política y una población sofisticada y politizada que apoya el proceso democrático.

Un día tras otro, muchos repetían: «Se viene el golpe de Estado». Aunque no quería creer en esta posibilidad, Wilson temía por las instituciones y hacía hincapié en lo que era esencial defender.

El Sr. Bordaberry, gústeme a mí o no me guste, acéptelo yo o no lo acepte, es el Presidente de la República. Creo que tenemos que defenderlo. Tenemos que defenderle su Magistratura, su investidura. Por todo lo que significa [...]. Pido a Dios que ilumine al Primer Magistrado de la Nación y se decida de una vez por todas a aceptar las colaboraciones que le están ofreciendo los uruguayos todos [...] Y las cosas importantes, las cosas que duran, las cosas que pueden suprimir la violencia que un día irrumpió en la República y todavía no se ha ido y algunas tentaciones

18 National Archives and Record Administration (NARA), archivos desclasificados por la Freedom

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que por ahí andan flotando [...] Esta tarea [...] estamos dispuestos a hacerla juntos, simplemente como orientales.19

En ese clima y siguiendo su prédica a favor de la soberanía nacional con relación a la jurisdicción marítima, Wilson exhibió en conferencia de prensa del 15 de noviembre la orden secreta n.° 14/972 del Ministerio de Defensa Nacional, de febrero de ese año, por la que se ordenaba a los comandos de la Armada abstenerse de detener a barcos argentinos, o extranjeros de otras banderas con autoridad argentina a bordo, que se encontraran realizando actividades prohibidas por la ley uruguaya en aguas jurisdiccionales nacionales. Este episodio originó que los mandos militares lo acusaran públicamente de violar un secreto militar y a través de los diarios trascendió la intención de presentar un pedido de desafuero contra él, lo que llevó a cientos de nacionalistas a expresar su apoyo a Wilson frente al Palacio Legislativo.

Los antecedentes pasaron a la Justicia Militar y Wilson recibió un exhorto del juez militar de instrucción con una serie de preguntas, mientras se desarrollaba una manifestación de apoyo frente a su domicilio.

En tanto, la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas libró un comunicado en el que exigía la investigación de los «hechos que presumen afectar la soberanía nacional». El episodio concluyó con una interpelación en el Senado al nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Juan Carlos Blanco, quien no pudo ser sometido a censura por la mayoría de votos de los grupos que conformaban el acuerdo nacional, colorados y

blancos baratos.

Sobre fin de año, entre otros rumores, corrió el de un acuerdo interpartidario para reformar la Constitución y llamar a elecciones generales en noviembre de 1973. Nadie se reconocía autor de la iniciativa, pero nadie la desmentía.

La situación política del país nos muestra un sinfín de dificultades que harían prácticamente imposibles de llevar adelante una iniciativa de esa naturaleza […] en principio no es de desear que se acelere el ritmo de los procesos electorales o constitucionales […] lo deseable es que desaparezcan las causas que las han hecho aparecer.20

19 Opinión Nacionalista, Montevideo, 3 de noviembre de 1972, n.° 20, p. 9, transcripción de una

entrevista de Sábados Uruguayos.

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La causa era, en realidad, el vacío de poder, y este estaba lejos de desaparecer.

Amargo febrero

El año 1973 comenzó con la aprobación de la Ley de Educación General, con las continuas denuncias de torturas y con el convencimiento cabal, tanto del Frente Amplio (FA) como del Partido Nacional y algunos batllistas, de que Bordaberry no controlaba la situación y la Fuerzas Armadas aspiraban al poder. «Que nadie se haga ilusiones: Latorre llegó y nadie se ha olvidado de cómo se tuvo que ir; los “latorritos” que tratan de llegar —aunque puedan lograrlo mediante la ayuda de cobardes y traidores—, que no olviden la lección histórica»,21 advertía Vasconcellos. Pero el presidente negaba: «No puedo aceptar, por tanto, bajo ningún concepto, su afirmación en cuanto a la existencia de un movimiento que quisiera desplazar la legalidad y que contara para ello con la pasividad y complicidad de las Fuerzas Armadas o del Presidente de la República».22

Sin embargo, eran ya inocultables las pulseadas en la interna militar. Había comenzado a hacerse visible una creciente autonomía de la oficialidad media, que sentía que la lucha contra la corrupción política y económica podría llevarse adelante aun sin el apoyo de los generales. Ese grupo comenzó a nuclearse en torno al coronel Ramón Trabal, una de las cabezas más visibles de la línea «progresista» dentro del Ejército, quien, apoyado por su superior Gregorio Álvarez, negoció con los tupamaros para tener información y estudiar los casos de ilícitos económicos. Derrotada la guerrilla, mantuvo múltiples contactos con los guerrilleros y con otras fuerzas políticas de izquierda en los partidos Comunista y Socialista y la Lista 99 de Zelmar Michelini. Cuenta un oficial retirado del Ejército,23 infiltrado en el Partido Comunista:

Trabal cumplió en febrero de 1973 un papel de inteligencia al convencer a Jaime Pérez, y mediante él a toda la dirección del PCU, de que la corriente progresista o peruanista en las Fuerzas Armadas podía resultar vencedora.

21 Amílcar Vasconcellos: Febrero amargo, 1.a ed., Montevideo, 1973 (3.a ed., 1973), p. 14. 22 Ibídem, p. 16.

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Este comenzó a recibir «vía libre» de su jerarca más cercano, Gregorio Álvarez, para negociar con la guerrilla y establecer con ella una cooperación mutua en torno a los eventuales ilícitos económicos. Luego de derrotada la guerrilla, Trabal agrupó a parte de la oficialidad joven para emprender un decidido proceso de combate a estos delitos. En principio tuvo el apoyo de Cristi, con la condición de que lo mantuviera informado al instante respecto de las detenciones que se produjeran. Sin embargo, Trabal no siempre respetó estas directivas y a menudo intentó independizarse de los mandos. Por otra parte, la dupla Álvarez-Trabal podría no haber sido tal. Gregorio Álvarez «tenía su estrategia particular y por lo tanto se puede decir que “amparaba”, entre comillas, a Trabal. [...] en el fondo buscaba un “populismo” de derecha, lo sigue amparando en base a su proyecto personal».24

El Comando General de la Armada había propuesto diferentes alternativas de protección ante la posibilidad de sustitución del presidente,25 las que no fueron aceptadas por Bordaberry porque no pensaba abandonar su cargo. En la madrugada del miércoles 7 de febrero se anunció la renuncia del Malet, ministro de Defensa Nacional y, su sustitución por el general Antonio Francese. A la mañana siguiente el propio Francese llamó a los comandantes del Ejército para que asistiesen a la ceremonia de su asunción, pero los comandantes no quisieron ir. El general César Martínez, comandante del Ejército, le expresó que, si no se encontraban salidas, correría sangre. En horas de la tarde, Martínez anunció su retiro y los comandos del Ejército y la Fuerza Aérea difundieron un comunicado que calificaba los dichos de Vasconcellos como «tendenciosos y gratuitos agravios [...] se inscribe dentro de una concertada maniobra política que persigue, entre otros objetivos, desprestigiar a las FF. AA. ante la opinión pública y sustituir al actual Ministro de Defensa Nacional, Armando Malet».

Al día siguiente se acuartelaron el Ejército y la Fuerza Aérea, los militares cortaron el tránsito frente a la Región Militar n.° 1 y tomaron el control del Canal 5 para emitir un comunicado de las Fuerzas Conjuntas que desconocía las órdenes de Francese y sugería su relevo. Ante esto, Francese presentó renuncia, la que no fue aceptada por Bordaberry, quien en cadena de radio y televisión hizo un llamado a la defensa de las

24 Opinión del coronel Montañez en Caula y Silva: o. cit., p. 279.

25 Miguel Ángel Campodónico: Antes del silencio, 1.a ed., Montevideo: Linardi y Risso, 2003.

Documento secreto del Comando General de la Armada: «Substitución del Presidente de la República por vía de la fuerza. Quebrantamiento del orden institucional. Posición contraria de la Armada»

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instituciones. Su convocatoria pública solo logró reunir esa noche a unas pocas personas frente a la Casa de Gobierno,26 mientras el Ejército ocupaba numerosas emisoras.

En esos días Bordaberry mantuvo reuniones con distintos dirigentes políticos para analizar las posibles negociaciones con los militares sublevados, y rechazó al respecto una eventual ayuda de los partidos políticos.

Durante la madrugada del viernes 9, la Armada clausuró con barricadas el ingreso a la Ciudad Vieja y emitió un comunicado por el que se declaraba leal a las instituciones. En la mañana, el Ejército hacía demostraciones de fuerza con desfiles de columnas motorizadas y acuartelamientos. El Consejo de Ministros presentó su renuncia en pleno para dejarle las manos libres al presidente. Este aceptó la sugerencia de las Fuerzas Conjuntas, relevó al general Francese y lo sustituyó por el doctor Walter Ravena.

En casa de Wilson se reunieron Gutiérrez Ruiz e Ituño, entre otros, para analizar la crisis institucional. El Toba le sugirió a Wilson que se fuera a Rocha para evitar presiones de Bordaberry.27

Esa noche se dio a conocer el comunicado n.° 4. Sus principales puntos eran: incentivar la exportación, reorganizar el servicio exterior con personas de moral acrisolada, eliminar la deuda externa opresiva, erradicar la desocupación con planes de desarrollo, atacar los ilícitos económicos y la corrupción, reorganizar la administración pública y el sistema impositivo, redistribuir la tierra y darla a quienes la trabajan, desarrollar la industria, extirpar la subversión con legislación adecuada, designar cargos en entes autónomos sin cuota política, asegurar la intervención de las Fuerzas Armadas en todo organismo relacionado con la soberanía o la seguridad, aumentar la capacidad productiva y el ahorro, combatir los monopolios, apoyar con créditos a pequeños empresarios y cooperativas, repartir equitativamente entre la población los gastos del Estado, aceptar una inflación controlada hasta que se realizaran cambios estructurales y profundos.

Al día siguiente apareció el comunicado n.° 7, que marcaba el traspaso del poder a las Fuerzas Armadas. A los objetivos del comunicado anterior agregaba: desarrollo energético, desarrollo de vías de comunicación, modernización de la enseñanza, mantenimiento del poder adquisitivo, asistencia médica para todos y fomento de la

26 «Cinco damas de organdí», diría Wilson. 27 Entrevista del autor con Luis Ituño.

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descentralización. Establecía que las Fuerzas Armadas «pretenden adecuar su pensamiento y orientar sus acciones según la concepción propia y original de un Uruguay ideal, meta inalcanzable pero intensamente deseada, ya que ofrecería el mayor bienestar y felicidad para todos sus hijos».

Los comandantes visitaron al vicepresidente para plantearle la posibilidad de «una solución política». Sapelli les respondió que sería leal a Bordaberry, pero que, si este renunciaba voluntariamente, él trataría de ocupar la Presidencia.28

En una reunión con dirigentes políticos se le habló al presidente sobre la posibilidad de su renuncia. Él descartó de plano la idea.

Ese domingo, poco después de la medianoche, los mandos del Ejército, la Fuerza Aérea y la Policía emitieron un nuevo comunicado dando aviso del restablecimiento de la calma en el país. Luego de su fracaso en defensa de la institucionalidad renunció Juan José Zorrilla, comandante en jefe de la Armada, quien fue sustituido por el capitán de navío Conrado Olazábal, lo que fortaleció la línea dura dentro de las Fuerzas Armadas. Al día siguiente, dirigentes colorados, entre ellos Julio María Sanguinetti, se reunieron con Bordaberry para sugerirle su renuncia. El presidente manifestó que contaba con el apoyo de Jorge Pacheco y que se sentía «el único capaz de lograr el compromiso militar de no romper la tradición electoral del país y de respetar al Parlamento».29 De allí partió a la base Boiso Lanza para reunirse con los mandos militares.

El martes 13 se firmó el Acuerdo de Boiso Lanza, entre el presidente y las Fuerzas Armadas, que institucionalizaba la presencia militar en el Ejecutivo con la creación del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA). Según el memorando elaborado por los militares, se habría llegado a un entendimiento en cuanto a la reestructuración del servicio exterior, la reducción del gasto público, los planes de desarrollo, la subversión, la gestión de los servicios públicos, la seguridad social, la seguridad con relación a las Fuerzas Armadas y su organización interna, la situación carcelaria y los desafueros. No obstante, según Bordaberry:

[...] de nada de eso se habló. [...] El documento es falso por afirmaciones y por omisiones. [...] Evidentemente, no estaba dirigido a mí. La finalidad era hacerlo circular hacia abajo, para que los cuadros de

28 Julio María Sanguinetti: «Crónica íntima del golpe uruguayo», en Excelsior, México, 27 de

julio de 1973.

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oficiales lo recibieran como una orden. El texto es típico del estilo del general Gregorio Álvarez.30

Las reacciones ante los comunicados

Los principales partidos del Frente Amplio se manifestaron claramente a favor de los comunicados. Algunos medios de prensa vinculados a ellos eran aún más entusiastas.

Nosotros hemos dicho que el problema no es el dilema entre el poder civil y el poder militar; que la divisoria es entre oligarquía y pueblo, y que dentro de este caben indudablemente todos los militares patriotas que estén con la causa del pueblo, para terminar con el dominio de la rosca oligárquica.31

Líber Seregni mantuvo una posición de equilibrio, mostrando en un principio una leve inclinación hacia la postura manifestada en los comunicados:

La posición de él era la de promediar las posiciones o quizá con un poquito más de inclinación hacia el cuatrosietismo que hacia la oposición total. En febrero, marzo, abril, es decir, ya después, Seregni empieza cada vez a asumir una posición más dura, si se quiere.32

Los discursos de Seregni muestran que creía ver en los textos de los comunicados posibilidades de sintonía ideológica.

La presencia del señor Bordaberry entorpece las posibilidades de diálogo. La renuncia del señor Bordaberry abriría una perspectiva de diálogo. [...]

Y solamente a partir de ese diálogo restablecido es viable la interacción fecunda entre pueblo, gobierno y fuerzas armadas, para comenzar la reconstrucción de la patria en decadencia. [...]

Nada de falsos dilemas, de opciones falsas. Nada de dogmatismos ni de los prejuicios y falsas oposiciones con que intentan defenderse los oligarcas y políticos corrompidos. Una vez más, la cuestión es solo entre

30 Campodónico: o. cit., p. 87.

31 El Popular, Montevideo, 11 de febrero de 1972. 32 Entrevista del autor con Óscar Botinelli.

Referencias

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