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ios 2008
Vivencias de las mujeres en
sus relaciones de pareja
¿La media
naranja?
Auspiciadores
Publicación Auspiciada por:
Evangelischer Entwicklungsdienst (EED) Alemana; Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU),
Centro de Comunicación Voces Nuestras Compilación y Edición:
Lilliana León Zúñiga,
Centro de comunicación Voces Nuestras Revisión Filológica: Rosario Alonso Diseño Gráfi co e Impresión: Roxana Marín S. Tel.: 8392-6650 / 2273-7517 [email protected]
Se permite la reproducción total o parcial de este documento siempre y cuando se mencione la fuente y la autoría de los testimonios y fotogra-fías. Agradecemos si nos envían una copia de lo realizado con ellos al Centro de Comunicación Voces Nuestras.
San José, Costa Rica, mayo 2009. 305.4
C7449m Concurso Voces, Imágenes y Testimonios (4˚ : 2009 : San José) ¿La media naranja?: vivencias de las mujeres en sus relaciones de pareja.
-1 ed.- San José, CR.: Voces Nuestras, 2009. 190 p: 22 x 28 cm.
ISBN: 978-9968-787-06-2
1. Mujeres Biografías Costa Rica. 2. Mujeres -Concursos. 3. Mujeres - Relatos Personales. I. Título.
Créditos
Presentación... Introducción... Ganadoras testimonios:
Escritos y derecho a grabación para radio...
Título: Completa y feliz
Autora: Ani Brenes Herrera... Título: Después de ella
Autora: Susana Aguilar Zumbado... Título: En el vaivén de la vida: mi media naranja
Autora: Gladys Trigueros Umaña... Título: Yo soy una naranja completa
Autora: Maria José Díaz... Título: Y me echaron macuá
Autora: Marjorie Segura Rodríguez... Título: El ángel
Autora: Elba Iris Ulate Rojas... Título: También sola puedo tomar el poder
Autora: Juana Bautista Huete...
Contenido
Contenido
Contenido
Contenido
Contenido
7 11 17 19 23 29 40 49 54 59 ContenidoTítulo: Mi gran esfuerzo
Autora: Martha Elizondo Sáenz... Título: Señorita: para que vea que la tengo
siempre presente
Autora: Patricia González... Título: Del odio al amor sólo hay un paso
Autora: Maritza Ruiz Espinoza...
Ganadoras testimonios:
Fotografía...
Título: Desde muy pequeños debemos aprender a compartir
Autora: Denia Azucena... Título: Atardecer juntas
Autora: Paulina Torres... Título: Nunca es tarde para compartir nuestro quehacer Autora: Raquel Marín... Título: El símbolo de mi otra mitad
Autora: Maritza Ruiz Espinoza...
Ganadoras testimonios:
Escritos derecho a publicación...
Título: It eez love ma petite chatte
Autora: Patricia Urrutia Pérez... Título: En busca de mi media naranja
Autora: Karina Castro Varela... 65 71 81 87 89 90 91 92 95 97 102 Contenido
Título: Las mujeres también podemos salir adelante Autora: Reyna Jirón... Título: Un amor imposible
Autora: Bárbara Mónica Porras Quesada... Título: El patio de los naranjos
Autora: Ana Rocío González Urrutia... Título: Las emes de mi vida
Autora: Haydeé Alvarado Campos... Título: Los sufrimientos de una joven madre soltera Autora: Brígida Díaz...
Ganadoras testimonios:
Pintura...
Título: Volcán Pareja
Autora: María Angélica Sittler Stuck... Título: Transe: Sueño y realidad
Autora: Ana Isabel Navarro Hernández...
Ganadoras testimonios:
Poesía...
Título: Una montaña sin nombre
Autora: Norma Ramos López... Título: La puerta
Autora: Carla Ramírez Brunetti... Título: Cotejo de sirena
Autora: Orieta María Fuentes Vargas... 106 112 118 123 131 135 137 138 141 143 144 146 Contenido
Título: Despacio
Autora: Ani Brenes Herrera... Título: Con la ausencia de mi mitad
Autora: Marianella Castro Cortés... Título: Más allá de Venus
Autora: Susana Aguilar Zumbado... Título: Mi pescador
Autora: Marjorie Segura Rodríguez... Título: El tran del Pont d” Arve
Autora: Gloria Carrión...
Ganadora testimonio:
Dibujo...
Título: Esperanza
Autora: Migdalia Maradiaga... Título: Libertad
Autora: Carla Ramos...
Reseña de los auspiciadores...
Perfi l del concurso... Jurado califi cador... Agradecimientos y coordinadoras... Auspiciadores: EED SIMAS INAMU Voces Nuestras 147 149 150 151 153 155 157 158 159 161 172 175 177 179 181 185 Contenido
Mujeres guardianas de las familias
VECO MA (VREDESEILANDEN) como organización no gu-bernamental internacional (belga) siempre ha creído en el valor agregado y la gran fortaleza del Concurso de Mujeres: Voces, Imágenes y Testimonios, a benefi cio de la emancipa-ción de las mujeres y grupos marginados en Centroamérica. No porque creemos que es un fi n en sí mismo, sino porque es una valiosa herramienta de empoderamiento donde las y los participantes aprenden a creer en sus fuerzas internas y se animan a expresarse en voz alta.
El tema del 2008 es sumamente interesante inclusive a nivel mundial. Desde el enfoque intercultural podemos afi rmar que este tema es importante en todas partes del mundo porque, mujeres y en menor medida hombres tienen difi -cultades para exigir, aun para sí mismas, al menos la mitad de los derechos, privilegios, ventajas, placeres… de la hu-manidad entera.
Siendo “chela” o “blanca” en Centroamérica aprendí la ex-presión “media naranja” como la mitad de una pareja, con el chiste incluido de que muchas veces la naranja se convierte en un limón amargo, refi riéndose a las relaciones de pare-jas quebradas, divorcios, adulterios, etc. O sea, no siempre la “media naranja” genera dulzuras merecidas, sino cargas amargas extras. Pensemos no más en la doble o triple carga
Presentación
Presentación
Presentaciónde trabajo que tienen las mujeres en sus hogares, sus traba-jos y en su entorno social.
En abril de este año, la periodista belga Liesbeth Walckiers escribió en una revista llamada “El Reportero” sobre la vio-lencia domestica, se refería a ella como una verdadera ca-nasta de limones: “… es una plaga nacional, no solamente en Nicaragua, sino en toda Centroamérica. Existe una amplia red de más de setenta organizaciones locales que trabajan en el tema y se está intentando llevar el asunto a la opinión pública, entre otros, con una campaña televisiva…” .
En sociedades machistas como aún existen en Centroaméri-ca, se debe también trabajar con los hombres para lograr un cambio de mentalidad. De hecho, para ellos es casi evidente, cierto, que el maltrato físico a las mujeres forma parte de una relación, 55 de cada 100 mujeres en el ámbito familiar son víctimas de violencia. Es prioritario refl exionar y hacer entender que una unión conyugal no otorga al hombre el derecho exclusivo sobre su compañera de vida. “… así que comienzo a pensar en otra característica de la vida de las mujeres en Nicaragua, desde donde escribo este prólogo. Nicaragua, es el país con la mayor tasa de natalidad del con-tinente: 3.4 nacidos por cada mujer en la ciudad y 4.5 en el campo. El índice de embarazos juveniles es altísimo. El vein-te por ciento de las mujeres embarazadas no ha cumplido los diecisiete años. Una familia relativamente joven, no es ninguna excepción: los padres, cuatro niños, un nieto, y otra hija, de un matrimonio anterior, también embarazadas. La abuela cuida el más pequeño, mientras la joven mamá a du-ras penas asiste a clases.
Existen otros índices que aún faltan por mejorar, como es el índice de mortalidad materna: en Nicaragua, por ejemplo, es muy alto, mueren 130 mujeres por cada 100 mil nacidos,
mientras que en Costa Rica el índice de mortalidad mater-na es el más bajo de Centroamérica, mueren 25 mujeres por cada 100 mil nacidos” ( 1 ).
Lo positivo es que existe un gran número de pequeñas y grandes organizaciones de mujeres que están trabajando, agrupadas alrededor de temas específi cos: los derechos so-ciales de las mujeres, trabajadoras de la maquila, la violencia doméstica, la autodeterminación sexual, la problemática so-cioeconómica de las mujeres del campo, para nombrar sólo algunos.
“Somos mujeres completas, no naranjas a medias, somos seres capaces de ver en el sol y en el mar nuestro futuro“. Con estas palabras termina el testimonio de Isabela. Todos los testi-monios ganadores están llenos de mucho optimismo y de esperanza en el futuro. En ellos, las mujeres jóvenes, adultas, de distinta escolaridad nos cuentan que han logrado supe-rar los traumas, obstáculos de todo tipo y baja autoestima, que marcaron las vidas de muchas de ellas. ¿Cuál ha sido la clave de este gran logro? No ha sido una sola clave, han sido muchos aspectos que parecen sencillos, pero son determi-nantes en sus vidas. Ellas mismas mencionan el estar orga-nizadas, haber recibido capacitación, información, conocer sus derechos como mujeres y defenderlos, sentirse capaces de su desempeño, sentirse valoradas por su comunidad, fa-milia y sobre todo el valorarse ellas mismas. Luego, haber entendido que la sociedad machista es injusta, inequitativa, excluyente y cruel, que no podemos resignarnos a solo ser parte de ella, sino que tenemos que luchar por cambiarla. El testimonio de Ana termina diciendo: “A través de mi vida hoy soy capaz de entender que es necesario que muchas
jóve-1 Nicaragua, Revista el Reportero, reportaje de Liesbeth Walckiers.
nes se capaciten, asistan a los diferentes espacios donde sien-tan que pueden desarrollarse. Si no se les permite eso, siempre los varones creerán que nosotras somos de su propiedad, siem-pre nos van hacer creer que ellos son nuestra otra mitad y eso no es así, las mujeres tenemos que luchar por nosotras mismas, decir no a la violencia, apoyar a otras mujeres, entender a las jóvenes y unirnos, solas no podemos...” .
Qué más decir… ¡Excelente aprendizaje!
Esperamos desde VECO MA que estos hechos y estos testi-monios nos hagan refl exionar, sensibilizarnos, y sobre todo, actuar de forma que cambiemos algo de manera estructural para que mejore la vida y la situación de las mujeres margi-nadas. El simple hecho de haber participado en el concurso sabemos que ya libera algo de la carga sentimental de las mujeres en cuestión.
Les apoyamos con todo nuestro corazón para que sigan en este camino largo, pero seguro, de emancipación de la hu-manidad.
Sandra Galbusera
Representante Regional VECO MA (VREDESEILADEN MIDDEN AMERIKA)
Introducción
Introducción
IntroducciónEn esta IV edición ustedes encontrarán diversas historias de cómo viven o han vivido sus relaciones de pareja las mu-jeres. El tema llevaba una pregunta muy sutil con un fi rme propósito de cuestionar. ¿La media naranja?. ¿Somos las mujeres la otra mitad?.
Algunas de las historias refl exionaron al respecto y llegan a conclusiones muy interesantes de empoderamiento y es-tima. Otras mujeres contaron sus historias desde la perspec-tiva de sus vivencias aún marcadas profundamente por el esquema patriarcal.
El jurado califi cador quiso tomar en cuenta estas historias que refl ejan como aún continuamos las mujeres asumiendo roles de discriminación y sumisión a pesar de tener claro en nuestros discursos que eso no puede ser. Esta realidad no la podemos negar y es por esto que en este libro se visibilizan. Todas las mujeres nos podemos identifi car un poquito con todas las historias porque en algún momento de nuestras vidas hemos pasado por alguna de las situaciones que nos comparten las mujeres en sus historias.
Es importante que nos podamos ver en este espejo también, para reafi rmar y confi rmar lo que quisiéramos Ser o no Ser.
“Poder escribir y contar mi historia me ayudó a valo-rar más mi vida, a mi esposo, a mi familia, acercarme más a mi pareja” .
Marjorie Segura.
“Me sirvió de catarsis pues ese episodio aún dolía” .
Maritza Rojas.
“Para mí fue parte de mi proceso de sanación y como dice mi psicóloga, yo misma utilizo mis propias téc-nicas de manejo de las emociones y el escribir o dia-logar es una que me ayuda mucho. Cuando terminé mi testimonio me sentí realmente aliviada a pesar de lo duro que fue reconocer paso a paso lo que había ocurrido” .
Patricia González.
Con el Concurso de Mujeres: Voces, Imágenes y Testimonios las mujeres reconocen que han ganado más de lo que pu-dieron imaginar. No sólo se trata de ganar el derecho a la publicación o a la grabación, es ganar un derecho casi dor-mido o casi perdido, como bien lo dice Marta Elizondo de Pérez Zeledón:
“Me di cuenta que si podía expresarme” .
En el 2008 participaron 85 mujeres de Centroamérica, 28 tra-bajos llegaron de Nicaragua. Poco a poco vemos con alegría
Introducción
Derechos, poder y sanación: ganancia asegurada
Reconocimiento y valoración de la sociedad es lo más apreciado •
•
cómo se suman al Concurso organizaciones de mujeres y de comunicación del resto de los países de Centroamérica. Este año, además del Concurso hemos realizado una eva-luación con mujeres que han participado en los concursos realizados desde el año 2000.
En esta evaluación hemos confi rmado que las mujeres tie-nen pocos espacios para participar y muchas de ellas están deseando aprovechar las oportunidades que se les presen-tan porque…
“En la medida en que más decimos las cosas menos duelen, más fácil es vernos como humanas sin repro-charnos tanto” .
Patricia González.
“Me eleva el concepto de mi autoestima, porque a pesar de mi edad, puedo escribir y concursar” .
Gladys Trigueros.
“Puedo apoyar a otras personas tanto mujeres como hombres en sus propios procesos de sanación y de re-laciones de pareja. El aprendizaje que adquirí con mi experiencia, espero pueda ser tomado en cuenta por algunas personas, sobretodo como medida de pre-vención para no cometer mis errores ni los del hom-bre al que me refi ero en el testimonio” .
Patricia González.
Participar en el Concurso ha signifi cado para las mujeres sa-ber que tienen muchas historias que contar, corazones que aliviar y capacidades que valorar; participar en cualquiera de las modalidades es ir más allá de las prohibiciones…
“Escribo bien y me ayuda a pulir mi redacción y orto-grafía, ha aliviado mi alma; he sido valiente, a pesar de siempre creerme débil” .
Ana Patricia Urrutia.
“Pude hacer un balance de las cosas o circunstancias que viví… pude decir situaciones que tenía como “prohibidas” ante los ojos de la sociedad” .
Gladys Trigueros.
“Me desahogué, realmente necesitaba contarlo a alguien más. Espero sea una herramienta preventi-va para que otras mujeres no caigan en situaciones como la mía. El no hablar con otras personas, el de-jarnos llevar por la ansiedad puede llevarnos a come-ter grandes errores” .
Patricia González.
En el Concurso el poder de la expresión y la palabra tiene un gran sentido en tanto y cuanto las mujeres a través de sus testimonios han logrado ejercer su derecho a la expresión plena y conciente del poder de la palabra.
“Poder contar, exponer y dejar huella de la historia de las mujeres que son un ejemplo para nuestro país” . (La Partera del Pueblo y Eva la Zapatera).
Olinda Guillen.
“La libertad, el crecimiento personal y social” .
Patricia González.
“Realizarme, hoy me siento importante dentro del núcleo familiar” .
Olinda Guillen.
Y nos preguntamos si las mujeres experimentaron cambios importantes en sus vidas y sus familias después de partici-par, hayan ganado o no.
“Claro que sí hubo cambios, aumentó la confi anza en mí misma. Y en muchas mujeres más que se atrevie-ron a expresar sus miedos, angustias, y sobre todo a creer que nosotras valemos, solo hay que buscar in-cansablemente los medios para aportar al desarrollo de pueblos y naciones” .
Xinia Ma Bolaños. “Con el simple hecho de saber que será publicado, me siento orgullosa. Me siento más conciente de mis ca-pacidades, valores y potencialidades” .
Patricia González.
“El concurso de Voces Nuestras, ya en sí provoca cam-bios. Nos anima, a perder el miedo a la escritura, a expresarnos dibujando nuestro propio mundo con palabras. Ya ha provocado cambios positivos en mi vida. Perder los miedos, sentirme segura de mí misma y seguir adelante con optimismo, para enfrentar nue-vos retos y adquirir experiencia para lograr mi sueño. Escribir mi propio libro” .
Marianela Castro.
El Concurso también ha facilitado la oportunidad del en-cuentro con otras mujeres tanto en las promociones que se hacen en las comunidades del Concurso, como en los Fes-tivales donde grupos de mujeres artesanas, artistas, se re-lacionan con las ganadoras del Concurso, promoviendo la identifi cación con las diversas experiencias que tenemos las mujeres.
Lilliana León Zúñiga
Coordinadora Ejecutiva
Concurso de Mujeres: Voces, Imágenes y Testimonios
“Que todas tenemos lindas historias, que somos fuer-tes, que hay mucha capacidad creadora en nosotras, que no estamos solas y que hay muchas mujeres va-lientes con una vida difícil” .
Patricia Urrutia.
”me siento que formo parte de una gran familia y que muchas personas forman parte de mi” .
Marlene Mora.
“Que mis males no son nada que mi sexo es “el fuerte” y más orgullosa me siento de ser mujer” .
Patricia Urrutia.
Para Voces Nuestras conocer su impresión sobre este libro y los cambios que pueda que provoque en su vida, después de leerlo, es de mucha importancia, le agradecemos si nos escribe contándonos de qué manera estas historias de vida se identifi can con la suya.
Ganadoras
Testimonios:
Escritos y derecho a
grabación para radio
¿A quién se le ocurrió la idea de decir que somos la media naranja de alguien? Las mujeres que hemos tenido expe-riencias de pareja, sin importar que fueran placenteras o desastrosas, sabemos lo difícil que resulta asumir, por más poético y metafórico que se nos presente, el papel de media naranja cuando a lo mejor, en el camino, nuestro par resulta ser la mitad de un limón ácido, media mandarina o un peda-zo de naranja agria, de esas tan buenas para abrir el apetito. Y aunque nos resultara un limón dulce, jamás podríamos empatarnos con él, ni siquiera en el plano científi co. Seguiría siendo un acoplamiento desigual, una mala “conjugación”. Y es que en ocasiones somos exprimidas totalmente mientras nuestra “media naranja” rueda hacia otro árbol en su bús-queda sin sentido.
Pero no crean que siempre he pensado así. Yo también caí en la trampa de creerme incompleta y esperar ilusionada a
Completa y feliz
Ani Brenes Herrera
San Ramón de Tres Ríos, Costa Rica
“Naranja dulce limón partido dame un besito que yo te pido. Si fueran falsos mis juramentos en poco tiempo me olvidarás…”
(Canción popular de la infancia)
aquel caballero andante, al príncipe azul que llenaría todos mis vacíos y sin el cual mi vida no tendría ningún sentido. Y en mis juegos de niña, además de la canción de la naran-ja dulce cantaba el “arroz con leche”, pensando que si sabía coser, si sabía bordar, si sabía abrir la puerta para ir a jugar, (entre otras cosas) sería la escogida y viviríamos felices para siempre. Y ni qué decir de la “pájara pinta”, que me hacía arrodillarme a los pies de mi amante, levantarme constante, darle una mano, darle la otra y darle un besito sobre la boca, aunque me diera vergüenza.
De esta manera creí cumplir mi sueño, al conocer a aquel hombre atractivo, galante y elocuente que también había cantado las canciones de la infancia, solo que con otra letra que yo no conocía. Y se acabaron los juegos y las canciones. También se acabó la ilusión, la ternura, el respeto, por lo que pasamos a ser los protagonistas de una historia de horror que estuvo a punto de terminar con mi vida y no precisa-mente en el sentido literal.
-Pero ¿por qué se separaron? -Preguntaba la gente. Era una pareja tan linda, ¡parecían quererse tanto!
-Esta semana hay un Retiro Espiritual para matrimonios- anunciaba aquella amiga tan cercana a la iglesia. Si querés les busco un campito.
-Yo te puedo recomendar una sicóloga muy entendida en esas cosas- decía otra, tratando de mantener las apariencias, a sabiendas de que su media naranja, desde hacía mucho tiempo, andaba buscando otras frutas.
Pero todos los intentos por empatar mitades totalmente dis-tintas, con buena o mala intención, fueron en vano. Ahí no cabía la paciencia, la tolerancia y las buenas costumbres de
una sociedad mentirosa que insistía en que “el matrimonio es la base de la sociedad” y que las mujeres éramos las en-cargadas de no permitir que se nos derrumbara. Y mucho menos los conceptos religiosos absurdos y ridículos que me hacían sentir culpable de todo lo que me sucedía. O aquella otra idea tan entronizada en mi corazón de que entre más sufriera, más agradable iba a ser a los ojos de Dios, más cerca estaba de alcanzar el Reino de los Cielos. Y para cerrar con broche de oro, en mis pesadillas resonaban las palabras que a alguien se le ocurrió incluir al fi nal de las ceremonias ma-trimoniales, cuando en medio de la emoción, las lágrimas y los aplausos se escuchaba un “hasta que la muerte los sepa-re”, que para algunos no es más que una clara incitación al asesinato y no aclara la muerte de quién.
Creí inocentemente que entre más les ocultara a mis hijos lo que sucedía, menos problemas iban a tener en el futuro. Quería mantenerles la falsa imagen del papá perfecto, aun-que eso me costara la dignidad y la vida.
¡Qué equivocada estaba! Los niños sabían la verdad sobre la procedencia de los moretones y las fracturas aun cuando tratara de disimularlos con maquillaje y mentiras piadosas. Estaban convencidos de que no eran producto de un abra-zo, ni de un juego, ni de un pequeño accidente, de esos que me ocurrían con tanta frecuencia por ser tan distraída, se-gún aseguraba su papá. Pero estaban acostumbrados a ca-llar y a llorar a escondidas, siguiendo el ejemplo de mamá. Ellos sabían por qué él llegaba tan tarde, de las falsas giras de trabajo y de las llamadas equivocadas.
Y me visitó la enfermedad, la depresión, los intentos de sui-cidio, la desesperanza, el abandono. Y Dios estuvo allí, pero no para juzgarme ni condenarme, ni siquiera para confi rmar aquellas creencias equivocadas que arrastraba acerca de su
Amor. Se presentó en formas diferentes para llenarme de fuerza y esperanza, para decirme que me amaba y para sa-carme adelante en medio de la más absoluta oscuridad. Me habló al oído y al corazón para convencerme de que de sus manos creadoras nunca salió nada incompleto, no hizo nun-ca medio animal, ni media persona, ni media naranja. Que se había tomado el tiempo necesario para compartir su per-fección con cada uno de nosotros, conmigo, con su amada criatura.
Lo escuché, le creí, me dejé llenar de su sabiduría infi nita y tomé una decisión que cambió mi vida para siempre. Reco-bré la salud, la paz, la alegría, la libertad, mi otra parte. Y de nuevo volví a ser yo, la mujer perfecta y maravillosa que un día salió de las manos de Dios.
Y como una muestra más de que mis decisiones habían sido acertadas, se cruzó en mi camino el de otra de sus creacio-nes, un ser completo y maravilloso con el que hoy comparto mi vida y cuyo color favorito, es curiosamente el naranja. Soy una fruta entera, fresca y jugosa, a pesar de los años y las experiencias. Disfruto de la magia de un amor verdadero que me hidrata continuamente y participo en el mismo pro-ceso, sin agotarme.
También jugamos como niños y nos reímos al cantar las vie-jas canciones de la infancia. En nuestro patio fl orecen los limones dulces, las mandarinas, los limones ácidos y las na-ranjas agrias. De vez en cuando enredan sus ramas y se abra-zan, pero cada uno permanece tal y como fue creado. ¿Ahora entienden por qué digo que no creo en el mito de la media naranja?
A mis 11 años vivía en Ciudad Colón, una zona rural al oes-te de San José. Estaba en sexto grado de la escuela cuando por primera vez me visitaron las cosquillas del amor. Tenía una compañerita llamada Yennifer; cada vez que la veía la adrenalina viajaba por mi cuerpo, una felicidad me seducía cuando jugábamos, cuando trabajábamos juntas en clase o cuando compartíamos galletas. Nunca había sentido esa sensación, me encontraba eufórica cuando estaba con ella, cómo me gustaba. Todo surgía a partir de esta niña, la felici-dad, las risas, la emoción… pero también la confusión. Hasta aquí todo tiene un matiz bello, pero pequeño detalle… yo era niña y Yennifer también. Mi familia era católica practi-cante y conservadora, por tanto me pintaron la imagen de que el único amor válido y permitido era entre un hombre y una mujer, entonces he ahí mi confusión, ¿que me sucedía? ¿por qué me gustaba Yennifer? Eso no era posible, porque estaba mal y era pecado.
A fi nal de año a Yennifer se le ocurrió tener novio, David. Co-mencé a sentirme triste, molesta, yo quería el lugar de David, yo quería ser su novia, pero dos niñas no podían ser novias,
Después de ella
Susana Aguilar Zumbado
San José, Costa Rica
así que el año terminó. Al salir de la escuela no volví a ver a Yennifer, solo conservo en mi memoria las emociones de mi primer enamoramiento.
Mi adolescencia fue una etapa traumática. Había un enfren-tamiento dentro de mí, me gustaban las mujeres y no me provocaba ningún malestar esa sensación, pero lo que tra-taba de trasmitirme mi familia en la fe católica decía todo lo contrario, la homosexualidad es antinatural y pecado, pase directo al infi erno. Entonces surgió la culpa, el miedo y la ne-gación. Todo me hizo pensar que estaba en pecado y tenía que cambiar, porque si no me iría al infi erno… con todo y mis muñecas porque con ellas practiqué mis primeros be-sos.
En el colegio, me enamoré un par de veces, pero claro… se-cretamente, porque el miedo de un “castigo divino” era terri-ble. Además, la discriminación por orientación sexual obser-vada y las posturas católicas incrementaron mis miedos. Mi colegio era urbano, ahí empecé a tener una mayor apertura, sin embargo fue un contexto bastante violento y con gran discriminación, allí escuché por primera vez la palabra torti-llera, todos y todas murmuraban de una compañera que era lesbiana y le gritaban tortillera. Con los años fui agregando muchas otras palabras despectivas a mi léxico, torta, tortilla, machona, machorra, tractor… pero hoy reivindiqué su sig-nifi cado y me apropié de ellas, dándoles un sigsig-nifi cado dife-rente y las uso con mis amigas sin connotaciones negativas. Cuando entré a la Universidad tenía 17 años, allí empecé a ver otra realidad, me deshice por completo del catolicismo patriarcal, salvaje y controlador. Me fui sintiendo más clara, más libre, más dueña de mí, pero con muchas interrogan-tes aún. Me sentía la única lesbiana en el mundo, entonces me decidí a buscar información y me encontré con un
po lésbico bisexual llamado Tertulia entre Mujeres, empecé a ir; durante algún tiempo no me atrevía a hablar, al inicio de cada reunión, todas nos presentábamos, y mientras al-gunas decían: buenas noches soy Karen, lesbiana… yo sentía un pánico de la palabra lesbiana, no lograba ni pronunciarla, y solo alcanzaba a decir: hola… (tartamudeo y respiración intensa) soy Susana.
A los 22 años me fui de la casa, tenía un trabajo de medio tiempo en una biblioteca y me alcanzaba para los gastos básicos. Con mi familia me sentía presa, aun no les había contado que era lesbiana, pero me encontraba a las órdenes familiares y eso no me gustaba.
En este grupo de mujeres diversas aprendí que el lesbianis-mo no es pecado, ni enfermedad, ni ningún otro mal, sino una expresión más de amor. Crecí como humana. Amplié mi cajón de conocimientos con respecto a la diversidad sexual y tuve más herramientas para enfrentar la discriminación por orientación sexual.
Pero claro, esto es sólo la antesala a un amor lésbico, ahora viene la “mejor parte” vivir el erotismo y el enamorarse en carne propia, coquetear y de pronto encontrarse cara a cara con una mujer que te gusta, es un fl ujo de tonos rojos y pal-pitaciones. Con tu nulo conocimiento de cómo se vive un amor lésbico, no queda más que comenzar a experimentar, dejarse sentir, dejar fl uir las sensaciones. Recuerdo la prime-ra vez que me encontré con una mujer entre pasiones y des-nudas, no tenía la más mínima idea de qué hacer, solo fue dejarme fl uir por mi erotismo lésbico, recuerdo que ella te-nía un poco más de experiencia, entre mi temor y su intenso deseo el amanecer se hizo presente.
A mis casi 28 años, soy una lesbiana pública, con matices diversos, activista, feminista; pero no piensen que pública es como decir los teléfonos públicos, pública signifi ca que manifi esto mi amor o mis muestras afectivas donde sea que esté, en el parque, en el restaurante, en la biblioteca, en el bus, en la calle, y si quiero decir que soy lesbiana lo digo sin negarme, ya no digo que tengo novio sabiendo que es no-via, ya no utilizo la vieja estrategia de protección de decir que mi novia se llama de acuerdo a su inicial, pero en mas-culino, ejemplo: si mi novia se llama Diana, ya no digo que se llama David, digo que se llama Diana y punto.
No he tenido una media naranja, he tenido 3 naranjas, 3 compañeras de vida y probablemente vendrán otras na-ranjas más. A estas tres mujeres las he amado, en colores diferentes y he llegado a sentir esa intensidad de no poder negar un te amo cuando está en la punta de la lengua, he sentido el detalle o la particularidad de un te amo mañane-ro, donde ya no es sólo deseo, sino que predice la construc-ción, el acompañamiento en las diferencias y en los queridos cansancios cotidianos, y ahí es para mi donde inicia la expre-sión del amor… en la búsqueda por modifi car lo cotidiano y darle a los días la creatividad urgente para vivir.
En mi última relación, viví una experiencia maravillosa con mi ex novia, una construcción que tuvimos que abortar por razones muy personales e íntimas, pero siempre pensé que de vivir una ruptura, quería que fuera así, como sucedió, una ruptura sana, dialogada, comprendida y aceptada. Con esta chica tuvimos una relación pública, lo que nos llevó a vernos expuestas a discriminación, miradas feas y otras de admiración; que nos gritaran ofensas en la calle si íbamos de la mano o besándonos, y en más de una ocasión tuvimos que defendernos cuando nos pretendieron sacar de algún lugar.
No puedo desligar la represión que he vivido en mis amores lésbicos a causa de la discriminación. De los actos más vio-lentos a los que me he visto expuesta por ser lesbiana está el que trataran de echarme de un apartamento que alqui-laba, primero hubo una advertencia de parte de la dueña: “quiero pedirle un favor, no se bese enfrente de la casa con esa muchacha, yo tengo un hijo y esta en un colegio religioso, yo la respeto, pero no quiero que mi hijo vea estas cosas”, yo alegué que no estaba haciendo nada dañino para su hijo, que no me metía en la educación de él, pero que mis muestras afec-tivas con mi novia no le hacen ningún mal, todo lo contrario, lo que está viendo son muestras de amor y afecto, que lo que ella me solicitaba atentaba contra mi derecho a expre-sarme libremente, y que era discriminatorio. A los pocos días vino la amenaza directa del dueño, afi rmando que yo vivía con alguien y que ese apartamento era para una persona, le expliqué que nadie vivía conmigo y que sólo era visita; el tipo se puso altanero y alzó su voz, insistió en que vivía con alguien. En el fondo, evidentemente lo que le molesta-ba eran las muestras de cariño con mi novia en frente de su casa. Me dijo que me fuera y que si llevaba a alguien al apar-tamento me sacaría con la policía, yo le dije que no podía hacer eso, que podría ser la propiedad de él pero yo estaba pagando un alquiler y por tanto se volvía mi casa, y que te-nía derecho de recibir las visitas que quisiera y que el resto lo arreglaría mi abogada. Después de este hecho seguí mi vida como siempre, mi novia entraba y salía, y de malas caras no pasó a más, pero si se convirtió en un ambiente muy hostil para vivir en paz. Recuerdo que esa noche de discusión lloré mucho ¡qué molesto es que no te dejen vivir en paz! ¿qué derecho se dan las personas para atropellar la libertad de otras? me preguntaba.
Es completamente represivo estar expuesta a este tipo de discriminación por orientación sexual, da enojo y frustra-ción, atenta contra la salud mental y física, exijo mi derecho a expresarme libremente, a amar sin ser juzgada, sin ser se-ñalada. Exijo poder amar abiertamente y no sentir a veces como si con cada beso dado estuviera cometiendo un cri-men. Mi libertad no la pongo en juego y a pesar de lo violen-to que se violen-tornan los días al elegir vivir una vida visiblemente lésbica, estoy dispuesta a reclamar y defender mi libertad de expresión.
En el vaivén de la vida:
Gladys Trigueros Umaña
San Jerónimo de Moravia, Costa Rica
¿La media naranja? ¿Será posible, a mi edad, hallar una me-dia naranja? Los caminos son inescrutables y sólo el dedo indicador de los destinos, puede confi rmar esta conjetura. La vida, en su vaivén, nos brinda en bandeja de plata, alter-nativas de éxito o fracaso.
Aquellos pasos, hincados en mi juventud, con el deseo, enor-me como el tamaño del universo, de hallar el tan afamado príncipe azul que me condujese por las rutas del amor en un solo matrimonio para toda la vida, pertenecerle íntegrmente, hasta las fi bras más íntimas de mi ser y sin que el fl a-gelo del divorcio empañase mi horizonte, no fue una verdad suprema.
Tomada de la mano, con una sortija en el dedo anular, ini-cié con mi ¿media naranja? un sendero que, por primera vez recorrería, llena de todas aquellas ilusiones, forjadas por mi mente joven: un sólo hombre, un hogar lleno de amor y pe-queñines, rodeado de árboles frutales y una chimenea ar-diente de pasión. Pero, ¡qué pronto todo aquello se derrum-bó como dos columnas de arena entre mis dedos y aquel
mi media naranja
juramento “de para toda la vida” en la nada quedó! Sus no-ches y mis nono-ches ya no coincidían, la angustia de tiempos vacíos sin el calor de un pecho amante, de su irresponsabi-lidad que me desconcertaba, con y sin la compañía de una media naranja que no sabía si realmente era mía.
Y, con el dolor en el alma, después de sufrir esa casi eterna soledad, de palpar en mis venas el calor de mi juventud que estallaba en el deseo de sentir el amor del que era mi esposo y tan sólo poder abrazar al aterrador frío que me rodeaba, amar a mis tres hermosos diamantes, fruto de esta unión, contemplar las despensas vacías y mi salario que no se es-tiraba, decidí enfrentar al mundo: un mundo religioso que me sofocaba y me condenaba por no continuar con el peso enorme de una cruz matrimonial, y mis antecesoras femeni-nas que me impulsaban a llevar a mis espaldas, la carga de un juramento hecho ante un altar y soportar todo lo que el hombre quisiera, con sus frases “el matrimonio es para toda la vida”, “el hombre es de la calle y la mujer de la casa” y “¿qué va a decir la gente?”. Pues sí, me separé y quebranté el sueño de mi juventud: me divorcié. Si continuaba, convertiría a mis hijas en mártires con la enseñanza de aguantar a maridos irresponsables y a mi hijo, a ser el espejo de su padre. Tuve que luchar contra todos los preceptos religiosos, prejuicios de mis familiares y las críticas acerbas de los demás.
En la ruta a seguir, me enfrentaría con otro mito de la socie-dad, hombres que esperan de la mujer sola un rato de espar-cimiento. Sin embargo, para mí no fue de esa manera. En mi cosmos, apareció ¿mi media naranja? No puedo quejarme. A diferencia del primero, fue más hogareño y cumplidor, se hizo cargo de mis otros hijos. Y he aquí, que yo luchaba con-tra la creencia general de violación de las niñas por parte de padrastros, más, esto no fue así, él las respetó y crió como si fuesen sus propios retoños.
Él llegó en el momento en que mi tierra estaba seca y vino a renovar mis ansias de vivir y me enfrenté a la lucha interna de: ser sólo madre o sólo mujer y me negué a dicha disyun-tiva y quise ser las dos cosas. Nos enfrentamos, con nuestro matrimonio civil, al mundo devoto y a la sociedad que nos condenaba al infi erno porque estábamos cometiendo peca-do de adulterio, pues, aunque él fuese soltero, mi ex espo-so aún vivía. Por esta razón, yo podía asistir a la Iglesia pero no comulgar y…sí, por esta circunstancia, yo sufría porque, desde pequeña, tenía la costumbre de hacerlo. Mi cónyuge me decía: “No estamos haciendo nada malo, ya tu matrimo-nio estaba deshecho”. Al correr de los años, hubo un cambio de actitud en lo religioso hacia ese aspecto, y mi consorte me insistía: ”Negrita, ya puede comulgar, la Iglesia lo permi-te ahora”, pero, yo no me atrevía.
Mi relación con mi segundo marido fue muy linda, sin em-bargo, él era de corte machista, todo tenía que estar al pun-to. Llegaba de su trabajo y sólo esperaba que yo le sirviera la comida, no se molestaba en pedírmelo. Tampoco en ayu-darme a lavar los trastos y mucho menos a cocinar. Profe-ría que, mientras hubiese una mujer en la casa, cualquiera que fuera, no haría nada de lo que consideraba ofi cios fe-meninos. Para eso estábamos nosotras, él realizaría lo que le concerniera como hombre: arreglar patios, goteras, con martillo y demás. Todo lo educativo me correspondía a mí. Se iniciaron así, las desavenencias porque con la mensuali-dad de mi trabajo fuera del hogar, metía el hombro pues ya había dos perlas más y su paga no daba abasto y yo llegaba a realizar lo que la empleada, cuando la tuve, dejaba de ha-cer y entre estudios y carreras, mi forma de pensar cambió y decidí que el hombre, también debía colaborar en las tareas domésticas aunque fuera en algo, como lavar los platos, tan siquiera, para poder descansar un poquito yo. Y, como es de imaginarse, se armó la de San Quintín: ”Te cogió tarde, decía
mi madre, para educarlo”. Y, en efecto, así fue. No hubo ma-nera de que me acompañase en esta nueva forma que yo pretendía.
A pesar de todo su amor, cuando yo enfermé debía prepa-rar mis alimentos en forma diferente a los demás, me cansé de hacer dobles comidas e intenté hacer una sola, no me apoyó, exclamaba: “la enferma es usted y no yo” y prefería dejar en la mesa la comida y se iba. Yo lloraba de la angustia y me sentía sola. No entendía que me amase y no me diese su sostén.
En lo sexual, no tuvimos problemas, el amor nos unía en eso, tanto que, tuvimos un hijo a una edad en la cual ya más bien se espera la menopausia pero contra los designios del Señor no se juega y a la edad de cuarenta y ocho años él, y yo de cuarenta y seis y medio, vimos llegar una nueva luz a nuestra familia. A pesar de ser objetos de crítica y tratar de llenarnos de infundados temores de que podría nacer deforme o con alguna defi ciencia, ambos nos aferramos como garrapatas de nuestra fe en Jehová y exclamábamos que sería como Él dispusiera.
Hubo de todo, felicidades, desavenencias, risas, disgustos. Pero, un día llegó lo infalible: ¡la muerte!, quien sin miramien-tos se lo llevó. Yo no podía creerlo, él ¡tan sano, la enferma era yo! Fueron meses y años de enorme dolor, de soledad, noches sin consuelo, dando vueltas en la cama como las manecillas del reloj, acostumbrada a pedirle sus consejos, a sentir su amor y, por mis venas, aún galopaban los anhelos de mujer. Más de un consejo me llegaba: la masturbación, decían muchas, eso es lo que necesitas y ¡horror! Pecado es, exclamaba para mí. La angustia me mataba, me aferraba a su recuerdo como clavo ardiente al madero y lloraba, amar-gamente, como si el mundo se hubiese hundido a mis pies.
Un día, mi madre me abrió los ojos y me dijo:”Hija, déjalo ir, no lo detengas, que descanse en paz; con tu desesperación haces sufrir a los demás, mira a tu hijo menor, le estás ha-ciendo daño, él se afl ige al verte así, y a los otros, también. Si los amas, cambia, eres la mujer de tu casa, y eres luchadora, el mundo no se ha acabado, hay que seguir”. Miré al frente y vi lo que me rodeaba: mi hogar, mis hijos. Volví a enfrascar-me en las luchas de cada día, en los ideales de la sociedad y me afi lié a una agrupación de maestros.
En el ir y venir de esa institución, conocí a ¿mi media naranja? ¿Sería posible esto? ¿A mi edad? ¡Vaya! ¿a mi edad: sesenta y dos años? Él: ¡sesenta y seis! Me costó aceptarlo. Al inicio, ni siquiera me había percatado de su presencia, recién regresa-ba yo, de los Estados Unidos, de recibir un lindo homenaje. Ambos formamos parte de una junta directiva que busca el benefi cio de educadores, como decimos, en vacaciones per-manentes y en la cual, no se percibe ingresos remunerados. En el vaivén de mociones y actividades, se abrió un crisol de esperanzas para mí. Se acercaba majestuoso el día de la madre, fecha muy apreciada por el ser costarricense y como tal, se organizó brindar el tributo merecido a tantas mujeres representantes y trabajadoras de la entidad. Para iniciar el homenaje, el maestro de ceremonias solicitó a los caballeros escogieran a una dama y desfi laran. Rápidamente, mi com-pañero me tomó del brazo, eso me llamó la atención porque ni siquiera imaginé quién se atrevería a marchar conmigo. En otra ocasión, me pidió le escuchase, acepté y nos senta-mos en el jardín del edifi cio gremial. Me contó parte de su vida, su soledad de años, su vicio fatal de vaciar su existen-cia en una botella de licor. Asimismo, le relaté parte de mi historia, mi viudez y mi dolor. De pronto, deslizó una broma y me dijo: ¡Cásate conmigo y unimos nuestras soledades! y yo, con ese tipo de risa juguetona con intención de no creer
que lo haría, le contesté: ¡Tendrías que dejar de tomar!. Y su respuesta, llena de brío, no se hizo esperar: Pues ¡lo dejo! Fue su contestación.
Desde ese momento, iniciamos, se puede decir una relación de noviazgo aunque yo no estaba segura de mis sentimien-tos. Además, lo veía más bajito que yo y la verdad, siempre me habían gustado los hombres altos. Tuve que luchar con-tra este reconcomio. Sus frases atentas, su cortesía y ese don de gentes que posee, me cautivaron. No obstante, había un encuentro de dudas en mí porque mi primera ¿media naran-ja? aún vivía y al quedar viuda, era, quizá el momento de vol-ver a amarrar los hilos que habían quedado sueltos y estar bien con todo aquello del pasado: retornar a ganar el cielo y a mi familia, revivir el sueño estropeado de mi juventud. Pero… nunca pensé que fuesen sus propios hijos quienes más se opusieran a este nuevo renacer. Así, me vi sumergida en un mar de incertidumbres: si continuaba con esta nave-gación del imposible regreso y proseguir con una guerra de reproches velados que sumergían a mi familia en el desaso-siego y el temor de renovarse lo ya olvidado, sólo tenía un camino: pedir al Creador extenderme la mano para guiarme en este laberinto. Y, la señal no tardó en aparecer como un arco iris en medio de la lluvia incesante de raíces de amar-gura que, a veces, brotaban de nuevo, al recordar mi frus-tración matrimonial pero que yo quería negar su existencia. Así, presté mayor atención al hombre que se acercaba a mi vida para darle un nuevo viraje, que yo vislumbraba como una fuente de riqueza espiritual.
Entre poesías y relatos, decidimos casarnos. No me angus-tiaba el hecho de su anterior vicio, sabía que lo superaría, aún en contra de los vaticinios de alguno de sus familiares.
Se había ganado el cariño de mi familia. Mis cinco hijos, los primeros en aplaudir la idea, nos dieron su bendición y mi madre, ¡ni se diga!, reconoció era lo mejor para mí y nos de-seó lo mejor.
Fue todo un acontecimiento. Rodeados del cariño de nues-tros compañeros, amigos, familiares y aun hasta de aque-llos que se enteraban de nuestra boda, mejor dicho, doble, porque fue: civil y religiosa y ésta última como quien dice, respuesta enviada por Dios a mis antiguas tribulaciones de credo que, aún me embargaban, porque hubo un Pastor que deseó bendecirnos también, aún sin haberlo nosotros decidido pues ambos somos de diferentes doctrinas pero esto no nos impedía enlazar nuestros destinos.
Iniciamos este nuevo amanecer de un amor en la época do-rada de nuestras vidas como dos locos chiquillos, en plena efervescencia de su vida matrimonial. El mito de que los adultos mayores ya han perdido sus capacidades sexuales y sólo sirven para convivir como dos hermanos fue eso, sólo un mito y entre bromas de los amigos y amigas y familiares de “compren la viagra”, etcétera, etcétera, las horas y los días se han ido deslizando con fuertes vínculos y nosotros conti-nuamos viviendo la magia de un lazo primaveral con tintes canosos en el ondular del tiempo.
La dulzura de su carácter y la tranquilidad con que toma las cosas y su razonamiento sobre las vicisitudes que se nos han presentado han sido mi fortaleza porque no todo ha sido co-lor de rosa. La sombra funesta de un artículo de un estatuto de la agrupación a la cual ambos pertenecemos, que es, a todas luces, contrario a la libertad de participación, al prohi-bir a los cónyuges o familiares formar parte de una junta di-rectiva de más de cincuenta personas, cuya labor individual no tiene nada que ver la una con la otra, ya que cada quien
es de diferente provincia, no ha opacado todo el resplandor risueño con la que comenzamos nuestra vida marital aun-que sí hemos tenido nuestros ratillos de desconcierto al comprobar que no todas las caras de alegría y felicitaciones eran el espejo de la verdad.
Al conocer la existencia de ese mandato asociativo, mucho antes de casarnos, empezamos la escalada por su elimina-ción o reforma. Todo parecía refl ejar que el mismo era ob-soleto, y máxime, al publicarse en un periódico nacional un reportaje sobre un pronunciamiento dado por uno de los Poderes de la Justicia (el mismo permite que dos empleados de una misma institución puedan casarse y no se obligue a uno de ellos a dejar su trabajo). Con este papel en la mano, nos dijimos, ”lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa” y decidimos defender nuestra causa que es, quizás, la de muchos otros.
A pesar de llevar al referido azote a diferentes instancias, al-gunos y algunas no tuvieron la amplia visión de reconocer que el mismo entorpece el camino de la igualdad y la liber-tad de una pareja o de familiares para ocupar cargos en una misma institución por lo que rechazaron nuestra propuesta y se nos aplicó lo indicado en el Estatuto y Reglamento de la institución, tres meses después de habernos casado. El “cas-tigo” fue destinado a mi marido, cuyo nombramiento era el más reciente. Para él, en cierto modo, fue nostálgico salir de la Sala de Sesiones cuando el jerarca pidió la abandonase, una vez leído y aprobado el informe de Fiscalía que pedía la inmediata ejecución de la ordenanza. La expresión de él, fue: ” Tranquila, lo único que siento es que es la primera vez que hago algo bueno y se me castiga. Lo malo de este esta-tuto, si nos casamos se nos pena y si hubiésemos tenido re-laciones no legales, también nos hubiesen sancionado por conducta indecorosa”. Con el beso dado en ese recinto,
llamos una vez más, el fuerte lazo que nos une. Él salió pero yo le dije: “No renuncio a mi puesto porque seguiremos en la preservación de nuestros valores” y él asintió.
Todo un panorama de lucha en defensa de nuestros dere-chos nos ha llevado a fortalecer nuestra unión. Un abanico de leyes se extendió a nuestros pies. Noches enteras redac-tando un Recurso de Amparo que nos permitiese continuar siendo los representantes de nuestras respectivas fi liales, con el sano orgullo de luchar por ideales y no por ningún bien material y por la solidaridad con muchos de nuestros compañeros y compañeras de Junta Directiva. Día con día, de la mano, esperando resultados. Uno de ellos fue la resti-tución de mi esposo en su puesto, por orden superior. Aún, nos falta más, el paso fi nal, el pronunciamiento constitucio-nal para que dicho artículo perezca en el anonimato o conti-núe siendo estorbo para que otros puedan realizar sus sue-ños. Mientras tanto, mi media naranja y yo, continuamos en la zozobra de cuál será el futuro de este infeliz asunto. Pero, a su lado, todo parece sencillo. Enlazados, hemos bajado y subido las gradas de la Constitución.
Él es mi bastión en las luchas comunales, cuando me siento débil y deseo abandonar el puesto que, actualmente ocupo en la Asociación de Desarrollo, al sentir el poco interés de algunos de sus miembros, me anima: ”No puedes abando-nar lo que bien comenzaste, continúa, el pueblo te necesi-ta, sigue adelante“. Me impulsa a escribir, a ocupar cargos en alguna agrupación en la cual puedo desempeñarme, me acompaña al curso de Técnicas Manuales y se echa una risilla y expresa: “¿Quién me iba a decir que a estas alturas yo esté haciendo este tipo de faenas?”Pero, ¡hay que verlo cómo se afana en decorar una vasija! ¡Y, que nadie piense mal de él, ja, ja, por hacer eso!
Y, en las mañanas, cuando asistimos al grupo de adulto ma-yor ,el cual yo fundé, se apresura a alistarse para ir a atender a las ”chiquillas” como cariñosamente las llamamos y a en-tablar coloquio con don Julio, el guitarrista, que, entre con-versaciones se deja tocar sus piecitas y alegra el ánimo de la muchachada. Ese espíritu de colaboración de mi media naranjita es el imán de atracción de las personas que nos rodean, no en balde ha servido por años en áreas de Salud de su provincia cartaginesa.
Pero, lo mejor de todo: no deja de levantarse cuando aún no ha despertado el día, y la alborada, apenas comienza a asomar su cara por la ventana del cielo. Recibe la frescura del agua fría en su cálido cuerpo y luego, sin tardanza, pone el recipiente para el café y mientras el líquido calienta, se va a la pulpería a conseguir el pan. Pero, antes de marchar, ya ha llegado al cuarto a darme el tierno beso del buen día. Es este mi relojito matutino para indicarme que ya el cafecito está casi listo y debo dejar las sabrosas cobijitas porque, eso sí, a él le gusta que desayunemos juntos. ¿La lavada de platos? Mmm, ni me molesto, le encanta hacerlo y no por eso deja de ser hombre.
Claro, algunos defectillos posee o ¿será que soy celosa? Pues si su mirada se detiene aunque sea por un instante, en las cumbres borrascosas de esas chicas exhibicionistas, ¡uy!, ¡me da un coraje! Pero, trata de suavizarme y me explica: ”No es lo que tú piensas, ¡si es a ti a quien quiero!, ¡no dudes nunca de la sinceridad de mi amor por ti! ¡Tú eres mi ángel, mi cria-tura alada!, ¡mi bebita! Y, entre beso y beso, me convence de estar equivocada.
¿Almas gemelas? Muchas cosas nos unen: el gusto por el campo, el collar de cristales en el río, la melodía del verso y el relato, la profesión ejercida, el servicio en busca del bien de
los demás, la pasada soledad, el tinte plateado del tiempo en nuestros cabellos, el amor a nuestros hijos y por si fuera poco, cada uno tiene, una nieta llamada Tamar. Y, en lo de-más, no sufro por las comidas, me cuida trayendo especia-lidades y se esmera en protegerme, tanto en la casa como en la calle y por ésta, vamos como dos jovencitos, tomados de la mano. Más de uno nos dice: ”¿Ya están esperando un hijo?” “¿Ya estás embarazada?” “¡Qué lindo, seremos tíos o tías!” exclaman los compañeros. ¿Se imaginan? ¿A nuestra edad, tener un hijo? ¡No sean locos! exclamamos. Y ¿qué?, expresan, ¿acaso Sara, la esposa de Abraham, no tuvo un hijo a los noventa? ¡Ay, Dios! , ¡qué chocheras dicen!
El compromiso, el propósito y la promesa, fundamentados en cuatro pilares: comprensión, tolerancia, fi delidad, amor, constituyen el baluarte que un día pronunció, para demos-trarme su afecto y su hombría, de no volver a caer en el mal-hadado vicio de una botella de licor. Lo ha levantado como bandera y ha sido el reto mayor por lo cual yo admiro su gran valor, su fuerza de voluntad para lograr traspasar las fronteras de esa debilidad arraigada por varios años y me sumerge a mí, en el océano de la correspondencia a esos sentimientos, afl orados en medio de la adversidad y de la lu-cha por los derechos de igualdad, que nos ha querido coar-tar la felicidad de marchar juntos en busca del bien por los demás.
Y, en el centro de la poesía y del relato, porque a ambos nos gusta la literatura pero, tímidos ante esta apoteósica aven-tura de publicar nuestros escritos, hemos hallado un mundo de musicalidad para anidar nuestros sentimientos y excla-mar ¿a mi edad?, encontrar la ¿media naranja? ¡Toda una novela!, expresó un amigo, ¡escríbela! Sí, la hallé ¡mi media naranja!, doradita por el tiempo y fraguada en el dolor, pero con el jugo de la experiencia, resultado de tanto sinsabor.
Yo soy una
naranja completa
María José Díaz
Nicaragua
Soy Isabela, tengo 23 años de edad, soy estudiante del 5to año de Trabajo Social en la UNAN León, mi historia se inicia en 1990 cuando mi mamá tenia una barriga como de sandía, y así fue cuando un hombre mediano de estatura, delgado, con un bigote y con una sonrisa que iluminaba mi espacio se apareció con un chocolate, ¡todavía recuerdo su sabor!, y con ese chocolate se ganó mi confi anza. El se llamaba Rigo, y era gracioso, y a mí me miraba con una ternura que llenaba mi corazón de gozo y a pesar de tener cinco años entendí que su presencia estaría presente el resto de mi vida.
En marzo de 1990, la panza de mamá había traído al mundo a una bebé, mi hermanita menor, para ese mismo tiempo, nuestra pequeñísima familia (mamá y yo) se había conver-tido en un cuarteto: mamá, Rigo, mi bebé hermana y yo. A pesar de que Rigo, no era el papá biológico de mi bebé her-mana, él la amó desde que nació como si él mismo fuese su progenitor o algo así.
Yo miraba en él al hombre que me arroparía, me inspiraba, al que con sólo una sonrisa me cambiaba el día y mi mamá
ya no sufría soledad. Al momento de nacer la bebé, mamá y Rigo se casaron y yo me sentí muy alegre; recuerdo ese bello momento. A pesar de que mamá tenía 2 hijas mayores y un hijo mayor, ellas y él no vivían con mamá y esa es otra histo-ria de la cual escribiré en otra ocasión. Y entre cumpleaños, trabajos, navidad, risas, pasó no sé cuanto tiempo. Cuando se es niña no sabes que es el tiempo, mucho menos lo cuen-tas, pues esa es una tarea de adulta.
Una noche mientras mi pequeña hermana y yo dormíamos, escuche gritos, lo que me hizo despertar, vi en la sala a Rigo y a mamá que se gritaban, ofendían, yo me puse a llorar tan-to que llamé la atención de ambos, Rigo me abrazo y me dijo que todo estaba bien, que me fuera a dormir, aunque él olía a guaro confi é en él y me acosté y seguí escuchando voces ahora más bajo.
Ese fue mi primer desvelo, el primero que yo recuerdo, el primero del cual tuve conciencia.
Después de esa noche, ya de día escuché a mi mamá hablar con mi abuelita sobre la supuesta infi delidad de Rigo.
Una noche la escena del pleito se repitió, sólo que esta vez hubo un nuevo ingrediente más, los golpes, Rigo agarraba a mi mamá y la empujaba, y la guiñaba y le daba contra la pared y los “y” no terminaban, mi mamá se defendía y lo aga-rraba de la camisa y lo agaaga-rraba del pelo y lo tiraba y los “y” no cesaban. Otra vez era de madrugada, sólo que esta vez se despertó en mí un instinto y me dispuse a “ayudar” a mi mamá y meterme en medio de ambos y sólo así Rigo se cal-mó, cuando me vió a mí llorar. En la mañana Rigo ya no esta-ba en casa, mi mama lo maldecía y yo me sentía triste, sola y la pequeña hermana sin tener conciencia todavía.
Pasó tal vez una semana o quizás menos, cuando mi mamá me llamó y me dijo que Rigo quería hablar conmigo, yo sin saber qué pasaba lo escuché, él me dijo que lo disculpara, que quería volver a la casa con mamá y que mamá solo lo aceptaría si “yo lo disculpaba” y nuevamente me dio un cho-colate –como la primera vez– yo no tenía objeción alguna, sobre todo si estaba en juego mi mamá y el chocolate. Como a los dos años de haber empezado esta historia, mamá nue-vamente sospechó de la infi delidad de Rigo.
Un día, mientras mamá trabajaba (lo hacía casi 10 horas al día) Rigo como leñador que era, solo tenía medio día de tra-bajo, el otro medio día lo pasaba un rato aquí, otra allá y el otro por allá. Como les decía, un día mientras mamá trabaja-ba yo vine de la escuela y en la casa no había nadie; bueno, solo estaba mi tía Mariela, que cuando llegué me dijo que estaba bañándose y era cierto; escuché el agua caer y el rui-do que normalmente se escucha cuanrui-do rui-dos personas se bañan…¿dije dos? así es, escuché a dos personas bañándo-se, muy silenciosamente. Como quien quiere descubrir algo, me agaché para ver por debajo de la cortina y efectivamen-te era los pies de mi tía pero…. había un par de pies más, para mí fácil de reconocerlos, pues eran los pies de Rigo. Me asusté tanto que me paralice, quedé muy triste, impotente, pero clara de que debía de guardar silencio para que mamá no sufriera, no llorara, no corriera a Rigo. Meses después ex-plotó la bomba, mi mamá encontró a Rigo en la cama con mi tía. Esa pelea de gritos, golpes, amenazas, fue muy triste, yo llena de rabia, rencor, pero sobre todo más llena de tris-teza que otra cosa, nunca más ví igual a mi tía y desde ese momento entendí la palabra “desleal” y a mi tía desde en-tonces le cambié el nombre; pasó de llamarse “tía” a llamarse simplemente “Mariela”. En la familia siempre existió la duda sobre quién era el padre de la hija de la Mariela, ¿habría sido Rigo?
La escena del chocolate, de la disculpa, del “Rigo quiero ha-blar con vos”, del irse, del regresar, se repitió gracias a Cla-ra, Juana, Haydee, Francisca, Mariela, Dulce, Azucena, Lupe, Chica, etcétera, etcétera. La escena de pelearse-disculparse y volver, fueron por lo menos cuatro veces al año.
Cuando en 1994, mis dos hermanas mayores vinieron a vivir con nosotras (ya éramos 6), las escenas se hicieron más vio-lentas, pues mi hermana Concepción se metía a defender con uñas y dientes a mi mamá. Rigo no se llevaba bien con mi hermana mayor, porque ésta además de defender a mi mamá era no sólo su hija, sino también su mejor amiga, le daba consejos como “agarra valor y déjalo”, “no dejés que te humille”, “no volvás con él”, “decile que no”, “él te pega y eso no es amor”.
Era 1995, yo tenía ya 10 años, la pequeña hermana 5, mi her-mano mayor 18 –seguía sin vivir con nosotras- mi hermana mayor tenía 15, mi hermana Magdiel tenía 13.
Una madrugada desperté y volví a ver la escena de violen-cia, mi mamá exigiéndole una respuesta, él diciendo que no tenía porqué dar respuesta. Esta pelea CAMBIÓ mi vida, mi conciencia, mi humanidad. El juraba que se iba y no volvería, ella le pedía que no se fuera, el pleito de ambos se extendió hasta la calle y Rigo se fue…y mamá detrás de él llorando, implorando que no se fuera y llorando detrás, mientras ella hacía esto cayó al suelo y las piedras de la calle le chimaron sus rodillas, sus codos, sus manos. Para mamá no había dolor más grande que verlo partir, para mí verla caer y arrastrarse por esas piedras era el dolor más grande que hasta ese mo-mento había experimentado. En ese momo-mento decidí odiar-lo, no quererlo más, no protegerlo ya, corrí hacia mamá, la recogí a como pude, intentaba limpiarla, lo único que le pe-día era que no llorara más, era de madrugada y yo sólo tenía
10 años y recoger a mi mamá del suelo signifi có el cambio, cuando levanté el rostro, vi a los vecinos viéndonos. A partir de esa escena, a partir de esa madrugada, decidí que eso no me pasaría a mí, decidí que sería yo la que forjaría mi propia historia, en donde podría dormir en paz todas las madruga-das, de no lastimarme, de vivir sin violencia.
A los 10 años, me integré al movimiento infantil Luis Alfonso Velásquez Flores (MILAVF) y ese espacio me sirvió para respi-rar al futuro, escribir mi vida y decidir cómo vivir.
A pesar de que no fui capaz de odiar a Rigo pues lo quería como un padre, fui capaz de ver que antes de amar a otras personas uno se debe amar a sí misma.
Así que las siguientes peleas entre Rigo y mi mamá, les pedía que no me involucraran, que yo no sería juez de ellos, que disculpar a Rigo, era responsabilidad de mi mamá, no mía y que ya no quería más chocolates.
El MILAVF me hizo mucho bien, pues cuando alcancé los 12 años fui a las calles a defender el Código de la Niñez y la Adolescencia, lucha que me llevó a conocer varios países de América Latina, incluida toda Centro América. A esta edad logré conocer mis principales derechos como niña, como ciudadana y logré capacitar a cientos de jóvenes sobre dere-chos, autoestima, sobre sexualidad, entre otros temas. Cuando cumplí mis 14 años, era una adolescente queriendo cambiar al mundo y quise empezar por mi casa, quise empe-zar por cambiar lo que estaba mal en mi hogar, me aprove-ché del orgullo y admiración que mamá sentía por mí para intentar cambiar la actitud nociva de mamá, en el MILAVF yo era una pequeña gran líder, hacía teatro, baile, caravanas, capacitaciones, radio, cabildos infantiles, etc.
Cuando en la casa o en el barrio algún niño o niña era vio-lentado, era a mí a quien llamaban para ayudarlo; yo por mi parte me tiraba una retahíla en defensa de los y las niñas, solía amenazar a los adultos con denunciarlos y con exage-rar para que fueran severamente castigados, increíblemente enfrentar la violencia con el reclamo y uso de mis derechos desde siempre me ha funcionado, mis primos, amigos y yo, ya no éramos violentados, pues ahí estaba yo para defen-derlos con mi palabra.
Para cuando estaba en 2do año de secundaria, había alcan-zado un récord, pues en mi familia la mayoría había llegado al 5to grado de primaria.
Mi mamá seguía en esa relación, Rigo seguía siendo un hom-bre importante en mi vida, pero un homhom-bre que todavía a mí y a mi mamá nos hacía llorar. Creo que fue en esa edad cuan-do entendí a mi mamá; ambas amábamos a Rigo, claro ella como su esposa y yo como su hija. Ambas empezamos la misma relación al mismo tiempo. Ella con un beso y yo con un chocolate. Ambas nos peleábamos con él, pero también ambas lo disculpábamos al menos 8 veces al año.
Rigo era como mi padre, aunque yo sabía que tenía un pa-dre biológico, Rigo me conocía, me mimaba, me regañaba y me protegía, en esa edad entendía el sentimiento de mamá, pero lo que no entendía era ¿Cómo se puede amar a alguien que te lastima una y otra vez?.
A pesar de que adoraba a Rigo, decidí promover en mi mamá la valentía de dejar esa relación enfermiza, tomé la decisión porque antes de ser leal con Rigo, debía ser leal con mi mamá y eso signifi caba ayudarla a que terminara esa re-lación ya enfermiza.
Mi hermana mayor se fue a Guatemala con su novio, en la familia se rumoraba que ella se había ido por culpa de Rigo, pues días antes habían discutido tanto a niveles de ofensas fuertes, también yo había sido testigo de eso y también pen-sé que Rigo era el culpable de que mi hermana se haya ido. Creo que con la partida de mi hermana, mamá cambió de actitud, pues no sólo se le había ido su hija, sino su mejor amiga.
Cada vez que ellos peleaban yo luego hablaba con mi mamá y le decía que ella era tan bonita, tan hermosa, tan buena y tan trabajadora que merecía a alguien que no sólo la amara sino también se lo demostrara. Cada vez que se peleaban ella juraba que esa relación ya se iba a acabar.
Cuando cumplí mis 16 años ya había trasmitido en mis com-pañeros, el mensaje de una cultura de paz, pero sólo yo sa-bía mi mayor reto: mi mamá.
A veces ella solía preguntarme: ¿cómo yo sabía tanto? mi respuesta era la misma, el mejor espejo de lucha lo tengo en casa con vos. La gente me preguntaba a quien yo admi-raba y yo siempre he contestado “a mi mamá porque es tan valiente y tan buena que todos los días la redescubro”. Trataba de aprovechar cada momento, cada espacio para decirle a ella que en el fondo de su alma tenía la fuerza sufi ciente para cambiar el resto de su historia. Mi mamá me oía y me decía que parecía una mujer adulta al expresarme de la vida. Cuando mi mamá llegó a los 40 años, entendí que tenía mie-dos: de quedar sola a los 40, de tener otra relación que ter-minara en fracaso, de no volver a querer y que no la volvie-ran a querer. Ya habían pasado 14 años desde que mi mamá y Rigo se casaron y en todos esos años la mayoría de mis recuerdos eran golpes, heridas, ojos morados y gritos.
Yo había logrado ver mi futuro de otra forma, me veía gra-duada, viajando, luchando por mis derechos y los de otros, había logrado salir de la situación de riesgo que signifi ca vivir en un barrio en donde en cada esquina había un alco-hólico, un transgresor de la ley, una piedra y un grito, pero sobre todo había decidido ser una mujer que no repetiría la historia de su madre, había decidido escribir con mi mano mi historia, había decidido ser responsable de cada decisión, había decidido ser padre y madre de mi futuro.
Un día mí madre le dijo a Rigo que ella se había divorciado de él unilateralmente y que se fuera de la casa, yo ya tenía 19 años y Rigo desde entonces jamás volvió a casa. Mi mamá encontró la libertad más apreciada; ser libre de ella misma, ser libre de sus propios miedos y sus propias inseguridades, amarse primero para poder amar sin patologías.
Yo pronto cumpliré 23 años y sigo viendo en ella mi inspi-ración y sigo redescubriéndola día a día. En cuanto a Rigo, lo veo de vez en cuando y sigo teniéndole el mismo amor, pero ahora veo a un hombre que fue víctima de un sistema, víctima de lo que a él le enseñaron que era correcto, estaba siendo víctima y estaba pagando un alto costo: la soledad. En cuanto a mis hermanas todas tenemos como referente a mi mamá y cuando nos pasa algo en nuestras respectivas vi-das, partimos de la experiencia de ella y la retomamos como nuestra, sobre todo yo que vi a un hombre y una mujer ena-morarse mutuamente, vi a un hombre siendo infi el y gol-peando a una mujer durante 16 largos años, vi a una mujer disculpándolo siempre, vi a una mujer renunciando a si mis-ma por un hombre, vi a una mujer mis-mantener sola a un hogar de seis personas, vi a una mujer amando a un hombre más que a sí misma, vi a una mujer llorando y siendo golpeada por un hombre, vi a un hombre impotente y recriminándose
a sí mismo, vi a una mujer valiente y decidiendo por no más violencia, vi a una mujer decidiendo a amarse a sí misma y también vi a una niña aprendiendo lo bueno, lo malo y lo feo y retomando los aprendizajes de cada recuerdo, vi a una niña viendo todo esto.
Hoy en día mamá se volvió a enamorar, pero ahora, en todo lo que le pasa trata de aprender para no cometer los mismos errores, se volvió a casar, confi ada de nuevo, pero esta vez muy alerta con los ojos bien abiertos.
Y yo…sigo luchando por tener una Nicaragua más justa, más libre, pero sobre todo más humana. Yo sigo creyendo que es posible tener una relación con alguien que sea capaz de entender que la media naranja no existe, que cada indi-viduo es un ser único y completo, con distintas experiencias, saberes y expectativas con la que nos unimos en el marco de las diferencias que nos hace redescubrirnos cada día. Somos mujeres completas, no naranjas a medias, somos se-res capaces de ver en el sol y en el mar nuestro futuro, un fu-turo que se escribe a como queramos escribirlo, somos hijas de nuestro pasado y madres de nuestro futuro.