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LIBROS. Tres Madrides literarios

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LETRAS LIBRES MARZO 2017

LIBROS

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LETRAS LIBRES MARZO 2021

LIBROS

Andrés Trapiello l MADRID Emilio Carrère

l RUTA EMOCIONAL DE MADRID

Sergio C. Fanjul

l LA CIUDAD INFINITA. CRÓNICAS DE EXPLORACIÓN URBANA

Esther García Llovet

l GORDO DE FERIA

Camille Kouchner

l LA FAMILIA GRANDE

Luis Chitarroni

l LA NOCHE POLITEÍSTA

Robert Adam y Louis Hellman (ilustrador)

l LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE LOS ARQUITECTOS

Ross Douthat

l LA SOCIEDAD DECADENTE

MERCEDES CEBRIÁN

Escribir el elogio literario de una ciudad no es tarea sencilla, y más si la homenajeada es una capital como Madrid, a la que muchos y

muy buenos escritores han dedica-do palabras durante siglos. Uno de los riesgos es caer en la cursilería y el sentimentalismo, pues cualquier elemento de la ciudad –calles, bares, esquinas, parques– puede funcionar como espejo que refleje la trayecto-ria vital del escritor: “En tal esqui-na di mi primer beso”, “en este café me enteré del atentado a las Torres Gemelas”. Todo esto que menciono puede convertir un texto dedicado a una ciudad en un paseo incómo-do, y con esos miedos en mente me enfrenté a la lectura del Madrid de Andrés Trapiello. Pero ya desde el prólogo, y gracias a su tono desenfa-dado y sugerente, mis temores desa-parecieron. El libro es, además, muy atractivo estéticamente –no hay que desdeñar el poder del diseño gráfico para estropear un texto digno–, pues las muy variopintas ilustraciones en papel mate que acompañan la cró-nica han sido elegidas con acierto: encontramos desde vistas panorá-micas de la ciudad hasta fotografías de sus rincones menos conocidos, pasando por tarjetas de visita de locales insólitos o portadas de revis-tas. Sumado a todo lo anterior, su aspecto de volumen de enciclope-dia algo anticuada convierte a este libro de más de quinientas páginas en un objeto deseable.

El libro es una historia de amor por la ciudad que combina una pri-mera parte más autobiográfica –la obra comienza cuando el autor deci-de marcharse a vivir a la capital con su hermano– con historias y obser-vaciones acerca de Madrid que apa-recen en la segunda sección, titulada “Retales madrileños”. En esta obra se cumple la máxima pedagógica del “enseñar deleitando”, pues si bien el texto es altamente autoficcional, gra-cias a sus muchas capas de lectura logra fácilmente trascender lo per-sonal y reconvertirse cíclicamente en

ENSAYO

Tres Madrides

literarios

Andrés Trapiello MADRID Barcelona, Destino, 2020, 560 pp. Emilio Carrère RUTA EMOCIONAL DE MADRID Madrid, La Felguera, 2020, 268 pp. Sergio C. Fanjul LA CIUDAD INFINITA. CRÓNICAS DE EXPLORACIÓN URBANA Barcelona, Reservoir Books, 2019, 192 pp.

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una historia de la ciudad que conec-ta con diversos tipos de lector. Un ejemplo lo tenemos en la mención al juego de mesa llamado Palé, que hoy conocemos como Monopoly. Trapiello jugó de niño a la versión madrileña de este “juego de socie-dad” (así se anunciaba), y al pasear por la calle Leganitos el día que llega a Madrid, establece un paralelismo entre el tablero y la realidad: “Aquel día, al ver lo estrecha y sombría que era y cómo ascendían los transeúntes penosamente hacia la plaza de Santo Domingo, comprendí que en el Palé valiera sesenta pesetas.”

Como contraste, en los “Retales madrileños”, Trapiello se propone compartir gran parte de los apun-tes personales sobre la ciudad que ha ido recopilando a lo largo de la escritura de su libro. En ellos caben observaciones sobre gastronomía, arquitectura contemporánea, par-ques y jardines, fotografía, así como una selección de películas en las que Madrid es la urbe protagonista.

Yendo hacia atrás en el tiempo nos encontramos con la recupera-ción de un título de Emilio Carrère, el autor de la célebre novela poli-ciaco-fantástica La torre de los siete jorobados, llevada al cine por Edgar Neville en 1944. Carrère fue ante todo uno de los principales cronis-tas del Madrid bohemio, y en esta Ruta emocional de Madrid, publica-da por primera vez en 1935, nos sor-prende como poeta en una colección de rimas dedicadas a los ambientes y personajes del Madrid más bohe-mio y popular. La edición actual de La Felguera, que se especializa en cultura underground y en rescatar del olvido textos literarios del pasa-do, incluye los grabados originales de Fernando Marco y una colección de fotografías.

Servando Rocha, periodista y escritor especializado en vanguardia

y contracultura, firma el extenso pró-logo y las notas al pie de cada poema, en las que aprendemos que el gilé era un juego de cartas, que la calle de la Fe siempre tuvo mala fama por sus “pensiones de mal vivir” y otros tan-tos datan-tos curiosos que nos trasladan de inmediato a las primeras décadas del siglo xx. La colección de versos, en su mayoría octosílabos y con rima consonante, funcionan como estam-pas o aguafuertes madrileños y no son solamente un canto al Madrid de entonces, sino que destilan ya cierta nostalgia por las costumbres perdidas. Un ejemplo lo tenemos en el poema titulado “El acordeón callejero”, cuya última estrofa evoca las verbenas y el ambiente zarzuele-ro “de un Madrid que vive ya/solo en la/caja del acordeón”, en palabras de Carrère.

Por último, la voz más joven de las tres es la del periodista y poeta Sergio C. Fanjul en su libro La ciudad infinita. Crónicas de exploración urbana (Reservoir Books, 2019). Su pro-yecto, de vocación menos exhaus-tiva que el de Andrés Trapiello, es el de narrar las caminatas veranie-gas que emprendió en 2018 desde el céntrico distrito de Lavapiés, donde vive, hasta el resto de los dis-tritos de la ciudad, en total veintiu-no. En sus crónicas, Fanjul no centra su atención en los principales ico-nos turísticos de la ciudad, sino que se detiene ante todo en lo infraordi-nario y en barrios periféricos como Moratalaz, San Blas o Aluche. En primer plano destacan sus experien-cias como caminante (“Yo, entre la fauna y la flora del rizo de la auto-pista, camino de Moratalaz, sigo sin encontrar modo de escape y empie-zo a sentir miedo”, algo que lo her-mana con activistas del paseo como Rebecca Solnit o el cineasta Werner Herzog, quien en su crónica titulada Del caminar sobre el hielo (Gallo Nero,

2015) cuenta su peregrinación a pie desde Múnich a París para visitar a su amiga la crítica de cine Lotte Eisner, gravemente enferma en aquel momento.

La mirada y el oído de Fanjul se especializan en detectar la pre-sencia de los protagonistas anóni-mos del Madrid actual, y por sus páginas pasan los repartidores de Glovo, un enterrador o “El Artista”, un tipo cuyo arte es robar carteras. En muchos pasajes Fanjul se mues-tra crítico con las políticas urbanas aplicadas en Madrid en las últimas décadas, y de algún modo su texto añora otras épocas mejores de la ciudad, algo que lo vincula a los de Carrère y Trapiello.

Como lectores, habitantes y visi-tantes de Madrid, quizás nunca lle-guemos a un acuerdo acerca de cuáles fueron esos momentos y nos seguiremos preguntando si no habrá algo de idealización en la añoran-za por las salas de cine de la Gran Vía, la época de la Movida o, para Carrère, los ambientes del Madrid que retrata Chapí en la zarzuela La Revoltosa.

Por último, otro aspecto que los tres autores tienen en común, a pesar de pertenecer a épocas muy distin-tas, es su visión de Madrid como universo en el que no solamente son relevantes los hitos de su patrimonio histórico-artístico, sino también lo

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Un cómico misántropo, un humo-rista que por casualidad encuentra una solución a sus problemas, en caso de tenerlos: el azar –y un tipo que se le presenta como “la espe-ranza” en un bar y que lo confunde con otra persona– le pone delan-te una cardelan-tera creyendo que se la devuelve a su dueño. Pero es un error, solo lo confunde. Esa confu-sión le hace creer al cómico que el dueño de la cartera puede liberarle de la pesada carga de la vida social, las fiestas, etc. a las que se ve obli-gado haciéndose pasar por él. Este es el comienzo de Gordo de feria, la novela de Esther García Llovet (Málaga, 1963) que cierra la trilo-gía madrileña que inició con Cómo dejar de escribir y siguió con Sánchez, todas en Anagrama. La novela se abre con este humorista borracho en un paseo de la vergüenza por la Plaza Mayor en domingo de Resurrección, luego hay un peque-ño flashback al episodio de la entre-ga de la cartera. Ese cómico que

NOVELA

El cómico y la ciudad

Esther García Llovet GORDO DE FERIA Barcelona, Anagrama, 2021, 152 pp.

tiene un pasado y es el que llama a la puerta para trastocar los planes de Castor.

Castor huye de sí mismo, así que acabar su historia en un cru-cero en el Danubio huyendo de Madrid es coherente a su mane-ra. Antes hay una boda, porque lo que Castor necesita, como todos, es amor. Queda otra trama por cerrar, la de Julio Céspedes y la misterio-sa china de pelo lacio y negro que persigue a Castor creyendo que es Céspedes. Esa trama se cierra en el espacio, pero antes pasa por la Gran Vía de Madrid, y con guiños a todo: al Casino de Torrelodones y al Edificio España, que compra un chino. En un giro de guion, los chi-nos se pasan a las series y ruedan una que se llama Un fantasma iba a recorrer Europa.

Dice Esther García Llovet que para construir este personaje pensó en el humorista Ignatius Farray, en esa especie de doble vida de los cómicos, que tienen un lado públi-co, un personaje, que no necesaria-mente se corresponde con quienes son en su vida privada. También que la chispa para escribir esta nove-la surgió viendo un espectáculo de teatro en el que dos actores, com-pletamente diferentes, creen que se parecen. Aparece también cita-do el cómico estacita-dounidense Louis C.K. (“De Louis le gustaba esa cara de haber recibido todas las pedra-das, todos los balonazos, todas las calabazas, es decir, le gustaba todo lo que le recordaba a él, Castor”), o el programa de Jerry Seinfeld, que sirve de inspiración para el que idea Castor en el que él aparece como fantasma.

En Gordo de feria se usan los estereotipos, el de la mafia china o el del humorista triste, la mujer que se pone en jarras, pero se juega con ellos, se los destroza un poco y perceptible con el resto de sentidos:

olores, paisaje sonoro, atmósferas y, especialmente, sus habitantes, que en sus textos adquieren de inmedia-to la categoría de personajes. ~

MERCEDES CEBRIÁN es escritora. En 2019 publicó Muchacha de

Castilla (La Bella Varsovia).

arranca la novela borracho habla solo (“se trata de usted”) hasta que se pone a su lado “un chaval de pue-blo de la sierra; ha venido a Madrid a ver si encuentra novia, que no la va a encontrar”. Poco a poco se va descubriendo en este personaje a un humorista, Luis Castor, que está harto de la vida social (y un poco de la vida en general). Una parte importante de la novela está dedi-cada a contar a Castor, pero con-tar a Castor es concon-tar Madrid, que es parte del plan de García Llovet: “Madrid es el anuncio pero nunca el producto, la oferta pero no la demanda. En Madrid parece que hay de todo, que te regala mil y una cosas, pero la verdad es que Madrid no te da nada de nada, no da ni las gracias por venir, de eso te das cuenta demasiado tarde, cuan-do quien lo ha dacuan-do tocuan-do eres tú”; y “Madrid está en el centro pero siempre lejos. Madrid es un hori-zonte virtual en realidad, sus cuatro rascacielos medievales son virtua-les, la polución, virtual”. Castor vive en General Martínez Campos, Chamberí, zona noble, en un piso de trescientos metros cuadrados que se compró cuando le tocó la lotería (“Cuando Castro le preguntó a la de la inmobiliaria que para qué servía ese espacio, la de la inmobiliaria le dijo que para nada. Que ese era un piso de lujo y lujo es lo que no usas. Castor lo compró sin pensárselo dos veces”), y una parte del libro trans-curre ahí; pero salen otras zonas de Madrid, la Casa de Campo, Usera o Pozuelo (“Por qué hay tan pocas tiendas en sitios donde la gente tiene pasta y tantas tiendas en calles como Bravo Murillo, por ejemplo, es algo que no alcanza a entender”). Hay también una salida a Almería, en el flashback que explica el pasa-do del pasa-doble accidental de Castor, Julio Céspedes, un camarero, que

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García Llovet se los lleva hacia luga-res impredecibles. La novela tiene cambios de ritmo, da un acelerón hacia el final y entonces todo se cuenta rápido, se van recogiendo los cabos y más o menos quedan todos atados. El uso del diálogo es tam-bién muy hábil –quizá un recuerdo de que esta idea iba a ser primero un guion–. Pero donde más se deja ver el tono entre cáustico, un poco de- cadente pero lúcido, es en la capa-cidad de García Llovet para encon-trar siempre la frase que remate el chiste: “De los cien montaditos de la franquicia, Julio se ha comido vein-tisiete en media hora”; “Castor es apolítico, y ahora, desde que ganó la lotería mucho más”; “Miró su ima-gen en la tele, esa barba tan españo-la, tan poco producida”; “a Castor se le pasa toda su vida por delante y por detrás, como cuando te pilla un coche, una gran elipsis que a él le parece plagada de malentendi-dos y aburrimiento y gente que no se acuerda ni de cómo se llama”; “Nada apunta mejor hacia el fraca-so que una mierda forrada de charol blanco”; “Hay que ser muy guapo o muy joven para decir eso tan desca-radamente en público”; “Son trein-tañeros, claro. Barba y gafas de pasta. El único que va en camisa es un cuarentón que quiere pasar por moderno o que ha ido a ligar y que le parece gilipollas”.

Gordo de feria está lleno de humor, una narración potente que pone en juego un montón de personajes que tienen algo de abandono en ellos pero a los que se mira con cariño. Sus aventuras son una indagación en algunos de los asuntos claves del momento, solo que son tan diverti-dos que no lo parecen. ~

ALOMA RODRÍGUEZ es escritora y miembro de la redacción de Letras

Libres. En 2016 publicó Los idiotas prefieren la montaña (Xordica).

ANDREA

MARTÍNEZ BARACS

Camille Kouchner (París, 1975) es hija de Bernard Kouchner, médi-co en zonas de guerra durante su juventud y cofundador de Médicos Sin Fronteras. Kouchner ha sido varias veces ministro y pertenece a la alta esfera política francesa. Tras su divorcio, la madre de Camille se volvió a casar con otro conocido per-sonaje, Olivier Duhamel, un aboga-do rico e izquierdista que representó el gran poder en la universidad de ciencias políticas de París, la presti-giadísima Sciences Po, entre muchos otros cargos, y obtuvo renombre como uno de los grandes abogados a la cabeza del Estado francés.

Junto con el carismático Duha- mel, la gran fuerza en esa familia eran tres mujeres: la abuela Paula y sus dos hijas, Marie-France y Évelyne Pisier, la madre de Camille. Muy hermosas las tres. Marie-France era una famosa actriz de Truffaut y la Nouvelle Vague de los años sesen-ta, y Évelyne, una politóloga bri-llante. Los cuatro presidían la vida en una gran mansión propiedad de Duhamel en Sanary, en la costa del Mediterráneo, durante las largas vacaciones francesas de verano (Marie-France se casó con un primo de Duhamel). Decenas de perso-nas habitaban las dos y luego tres casas de la amplia propiedad, con el sello de Saint-Germain-des-Prés,

MEMORIAS

¡Prohibido prohibir!

Camille Kouchner LA FAMILIA GRANDE

París, Éditions du Seuil, 2021, 192 pp.

un barrio tan elegante como izquier-dista, en la ribera izquierda del Sena, sede de muchas universidades y de la vida más “bohemia”. Desde mili-tantes hasta ministros –y también sus hijos– frecuentaban el lugar, de la “gauche divine” a la “gauche caviar”. De ahí el nombre de “la familia grande”.

¿Por qué en español? Porque el izquierdismo de las mujeres Pisier se anclaba en Cuba y Chile. Todavía en el funeral de Évelyne, en 2017, se cantaron las canciones chilenas de protesta. Marie-France fue novia de Daniel Cohn-Bendit, líder alemán del 68 francés, a quien ayudó a pasar la frontera cuando poco después se le prohibió regresar al país. Évelyne fue amante de Fidel Castro por unos cuatro años. La abuela les enseñó a sus hijas y nietos el feminismo radi-cal de esa hora, que no es el actual: deshacerse de los maridos machos y fachos, ensalzar la infidelidad y la sexualidad libre y muy tempra-na, defender el derecho al aborto (y la eutanasia), negar el papel de la mujer en su casa y, por lo tanto, ocu-parse lo menos posible de la crian-za de los hijos, no cocinar –incluso en ese país tan amante de la buena comida–, y negar, con dureza impla-cable, todo sentimiento que vaya en contra de este credo.

Así, los tres hermanos Kouchner, dos de ellos gemelos, apenas si se enteran del divorcio de sus padres –solo se mudan tras unas oportunas vacaciones–, de que su abuelo vili-pendiado sigue vivo y de la muerte de este (no están autorizados a tener curiosidad o compasión por él). En eso también las cosas han cambia-do: uno imaginaría que la prime-ra rebeldía de los hijos no ha de ser contra el patriarcado social, sino con-tra los propios padres que ejercen en temas tan sensibles un autoritarismo castrante.

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Mientras tanto, la contracultura y la liberación sexual están en pleno vuelo en Sanary. En la mesa se dis-cute de ideas y política, todas las edades tienen derecho a defender sus puntos de vista. Niños, jóvenes y adultos están desnudos casi todo el día, bailan, hay “fajes” entre per-sonajes diversos. La madre intenta, frente a todos, enseñarle a su hija “de siete u ocho años” a besar: “Abre la boca, ¿quieres probar?” Escribe Kouchner: “A los once años me es- forzaba en seducir a todos los niños del colegio, mi madre y mi tía como modelo.” Las tres mujeres quie-ren convencer a Camille de perder la virginidad a los doce años: “a tu edad yo ya ‘conocía al lobo’, ¿y tú qué esperas?”.

Una noche, en Sanary, a una chi-ca de veinte años se le mete una per-sona en su cama. Huye y junto con sus padres levanta un reporte legal. Lo que deben aprender los jóvenes Kouchner de este episodio es que la chica era una exagerada, una repri-mida. “Algunos padres e hijos se besan en la boca. Mi padrastro ca- lienta a las mujeres de sus amigos. Los amigos se ligan a las nanas. Los jóvenes son ofrecidos a las mujeres mayores.” A propósito de los acos-tones de su marido dice Évelyne: “Coger es nuestra libertad.” Respecto a Duhamel, mentor adorado por Kouchner, quien, bajo su guía, estu-dió derecho, cuenta: “él me enseñaba que ‘autorizado’ y ‘prohibido’ se defi-nen de modo personal (relèvent d’une affaire personnelle)”. Cuando Camille tiene quince años, Duhamel “se vuelve fotógrafo” y cubre las paredes de la casa donde dormían los niños en Sanary de fotos ampliadas de piel, pechos y traseros de las niñas de su familia.

Los hijos aceptan los valores de sus padres y, con semejante hegemo-nía en sus vidas –y con la distancia

de su padre, quien fundó una nueva familia–, no les queda otra que acep-tar esa vida en comuna, y por supues-to que se divierten entre tansupues-tos jóvenes de todas edades (los padres los mandan solos a discotecas, sin ningún control). A la fecha Camille sigue diciendo que Sanary fue el paraíso, la felicidad.

Hasta que la historia familiar dio un triple vuelco: el abuelo igno-rado se suicida y, dos años después, la abuela –que lo había renegado todo el tiempo– se suicida ella tam-bién. Évelyne pierde para siempre su alegría y se entrega al alcohol. Los gemelos tienen trece años y han perdido sus dos principales apoyos. Entonces, en el departamento fami-liar de París, Duhamel comienza a abusar sexualmente del gemelo de Camille. Ella lo sabe, su hermano le ruega no decir nada, el padrastro los hace cómplices, les recuerda lo mal que está su madre, por lo que no hay que decir nada... El asunto dura-rá unos años, hasta que el hermano parta lejos, cumplidos los diecisiete.

El patrón se conoce: silencio, culpa, infelicidad. Cuando Camille tiene hijos, casi veinte años des-pués, decide que no cargará más ese silencio envenenado y convence a su renuente hermano a revelarlo a su madre. ¡Sorpresa! La madre los rechaza con crueldad, culpa a los dos hijos de echar todo a perder, de ha- berla traicionado y de querer “qui-tarle a su galán”. Dice que no fue tan grave y que el adolescente no se negó, por tanto, hubo consenti-miento. Marie-France se indigna de la respuesta de Évelyne y rompe con su hermana. Tres años des-pués, en 2011, Marie-France apa-rece muerta al fondo de su alberca. Las averiguaciones judiciales reve-lan públicamente el motivo de la pelea con Évelyne. Salvo muy con-tadas excepciones, sobre todo por

parte de los jóvenes, “la familia grande” les retira el habla a los her-manos Kouchner. Es una omertà, dice Camille, culpada incluso por sus más cercanos. Finalmente, en 2017, Évelyne muere sin haberse reconciliado con sus hijos. Camille le cuenta la historia a su padre, que quiere romperle la cara a Duhamel. Pero la víctima principal sigue pre-firiendo el silencio y nada cambia. Duhamel acumula honores y cele-bridad; los hermanos, rechazo y condena por parte de los amigos de la familia, del propio Duhamel y de su vasta red de conocidos en el poder. Es así como Camille deci-de escribir este libro, deci-desgarrada por no lograr odiar a quienes daña-ron su vida para siempre, su padras-tro en primer lugar. En una carta póstuma a su madre, se define a sí misma: “pervertida, pero no perver-sa, mamá”.

Aunque a raíz de denuncias co- mo esta los criterios legales están cambiando ahora mismo, en Francia para probar la violación a un menor de edad tienes que demostrar que hubo coerción, violencia, amenaza o sorpresa. De modo que se puede considerar que un niño de once años puede haber consentido el sexo con un adulto (hoy en día la posición prevaleciente en Occidente sostiene que no puede existir consentimien-to de parte de un menor de determi-nada edad puesto que la diferencia con el adulto en sí crea una relación desigual, de dominación, agrava-da si el adulto, como suele ocurrir, tiene autoridad sobre el menor). Por esta razón el caso de Duhamel, que como delito ya prescribió, está siendo tratado como incesto y no como vio-lación. La denuncia hecha por este libro, aparecido el pasado 5 de enero, provocó que Duhamel renunciara a to- dos sus trabajos, honores y cargos. Los vientos están cambiando.

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La liberación sexual sesentera quiso incluir a los niños y adoles- centes. Buena parte de los inte- lectuales de su tiempo –Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault, Roland Barthes, el propio Bernard Kouchner y tantos otros– firmaron en 1977 una carta abierta en apoyo a tres hombres encarcela-dos por haber abusado sexualmen-te de jóvenes menores de quince años: “tres años de cárcel por cari-cias y besos, ¡basta!”, escribían. En 1982, en la televisión francesa, el ya citado Cohn-Bendit ensalza-ba los juegos sexuales con niños de cuatro y seis años. Poco antes que Camille Kouchner, en 2020 Vanessa Springora publicó en París El con-sentimiento, en el que relata la rela-ción que el laureado escritor Gabriel Matzneff estableció con ella cuan-do tenía catorce años y él, treinta años más. Matzneff era un pedófi-lo abierto, escribía libros en pedófi-los que contaba sus historias y en los que in- cluía cartas y escritos verdaderos de sus pequeños amantes (lo que Springora denunció como una segunda violación a la intimidad). En los años setenta y ochenta era invitado a la televisión para pre-sentar sus libros, uno de ellos titu-lado Les moins de seize ans (Los menores de dieciséis años). Hasta que en 1990 la periodista canadiense Denise Bombardier, tras presenciar en uno de esos programas televisivos la complacencia con que se trataba a Matzneff, lo declaró un criminal. Recibió el repudio por parte de los literatos parisinos, que la acusaron de frustrada y neopuritana reaccio-naria. Pero ella fue quien sembró la semilla de esta toma de concien-cia nacional, que de la mano de Springora y Kouchner ha estallado ahora con el #metooinceste.

Memoria-denuncia, La familia grande es la historia de una francesa

orgullosa de su mejor herencia y dispuesta, por necesidad biográfica y por responsabilidad social, a mar-tillar un clavo bien colocado sobre una superficie que por sí misma no se alteraría. Dos de esas herencias se presentan como antagónicas: un radicalismo, izquierdista y femi-nista, trasnochado y autoindulgen-te hasta extremos graves, contra la defensa más austera y seria de los principios y valores encarna-dos en el derecho, que es la profe-sión que ella eligió. Después de las risas locas que poblaron toda una infancia y adolescencia regidas por la primera herencia, el muy francés autocontrol. Ese autocontrol duró treinta años, y era más bien una au- sencia, un bloqueo. Ahora añade la fuerza y la paz de una necesaria rec-tificación. ~

ANDREA MARTÍNEZ BARACS es historiadora y autora, entre otros libros, de Don Guillén de Lampart,

hijo de sus hazañas (fce, 2012).

NOVELA

Lo que piensa

un cuerpo

Luis Chitarroni LA NOCHE POLITEÍSTA

Buenos Aires, Interzona, 2020, 136 pp.

PATRICIO PRON

Una noche, en la ciudad de Buenos Aires, uno o dos espectáculos musi-cales breves, un puñado de cigarri-llos y un escritor borracho leyendo permiten vislumbrar a alguien la posibilidad (el engaño habitual) de que, puesto que no pasa nada, todo pueda suceder; un traductor obsesio-nado con sus vecinos se sorprende

cenando con ellos y siendo incapaz de diferenciar entre los hechos que tienen lugar en su vida y los que está traduciendo; una boda en el campo termina mal, como todas las bodas; un narcoléptico es asaltado por sus antiguos compañeros de colegio para que les rinda cuentas por haber escrito una novela que los tiene como personajes, “una composición esco-lar en disidencia, en disonancia con el curso de la memoria compartida”. La novela es El carapálida (1997), pero eso es todo lo que vamos a saber del fondo del que surgen estos rela-tos de Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958); y su título ni siquiera es men-cionado. Se trata de una falta de transparencia habitual en la obra de este escritor argentino, y que se pre-senta aún en mayor medida en su novela Peripecias del no (2007); en ella la narrativa avanza (en la medida en que lo hace) mediante la alternan-cia de los impulsos contradictorios de sustraer y de agregar; incluso, de repetir: hay omisiones, anagra-mas y nombres en clave, anécdotas emancipadas de sus protagonistas e inconclusiones; pero también redun-dancias, correcciones, resúmenes de textos que no podremos leer comple-tos nunca, “una cantidad innecesaria, acaso superflua, de signos de puntua-ción que reflejan la indecisión o la alarma de quien escribe”. Peripecias del no puede no parecer una novela (aunque los personajes se repiten de pasaje en pasaje y hay algo parecido a un relato sin anécdota acerca de una revista llamada Ágrafa que regresa periódicamente) sino una colección de prosas, algunas poéticas, otras más deliberadamente narrativas, de for-mas diversas: índices, diálogos, bos-quejos, resúmenes, citas, comienzos de cuentos y ensayos, una imita-ción de Henry James, descripimita-ción de cuadros, listas, un soneto, un dia-rio de viaje, epigramas, parodias,

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BÁRBARA MINGO COSTALES Ediciones Asimétricas se ha especia-lizado en la publicación de libros de arquitectura. Ese es el eje, apoyado

ENSAYO

¿A quién quieres más,

a papá o a Louis Kahn?

Robert Adam y Louis Hellman (ilustrador) LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE LOS ARQUITECTOS Traducción de Isabel Suárez-Llanos Madrid, Ediciones Asimétricas, 2021, 80 pp. ventriloquías literarias, una sextina,

una biobibliografía; lo que impor-ta es que todo está presidido por la dispersión y por la constatación de que no son la proverbial imposibi-lidad beckettiana de decir, o el ago-tamiento del tema, los que otorgan su forma al relato, sino la prolifera-ción excesiva de acontecimientos a narrar, que impide hacerlo “hasta el final” y, de hecho, comenzar siquie-ra, así como un desdoblamiento entre las funciones de “autor” y “lec-tor”, que en la obra de Chitarroni se solapan: al igual que en su colec-ción de biografías breves de escrito-res imaginarios y reales Siluetas (1992), en Peripecias del no y en El carapálida, así como en los relatos de La noche politeísta, leemos a Luis Chitarroni leyendo a Luis Chitarroni, y nues-tra suspensión de la incredulidad, si se produce, es el resultado para-dójico de que el autor no la suspen-de nunca ante lo que está leyendo, a lo que se acerca, o más bien, de lo que se aleja, mediante la digresión, el emborronamiento, la criptografía, la socarronería.

“Ágrafa” es, por supuesto, Babel, la revista que Chitarroni creó en la década de 1990 junto a Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Alan Pauls, Sergio Chejfec y Martín Caparrós, una “farándula sin crédito en la novela contemporánea” a la que el autor otorga nombres imposibles como “Hilarión Curtis”, “Nicasio Uhrlihrt”, “Elena Siesta”, “Federico Prosan”, “Lalo Sabatani” y “Delfín Heredia”. El carapálida es la historia de un puñado de niños que com-parte el último año de la educación primaria en una escuela pública argentina en 1971; el relato se arti-cula en torno a la fotografía de fin de curso, en la que falta un niño, el del título, que amaba el rock y era algo distante y fue atropellado un día cuando iba camino de la escuela.

Algunos de los relatos de La noche politeísta fueron publicados en otros sitios antes de ser reunidos en este volumen, al que preside, según el autor, “la noción de error, el concep-to de continuo”. No hay más claves, o, si las hay, ya han sido sustraídas por el autor mucho antes de que el lector comience a leer, pero es preci-samente esa oscuridad (que resulta de la referencialidad de una literatu-ra a la que se le ha sustliteratu-raído el refe-rente) la que convierte su lectura en una experiencia inusual, más rele-vante cuanto más se aleja de la prosa periodística que constituye el míni-mo común denominador de la lite-ratura contemporánea, incluso de la que, por una razón o por otra, es lla-mada “de calidad”.

Al menos desde finales de la década de 1980, el nombre de Luis Chitarroni ha estado vinculado con algunas de las noticias más estimu-lantes que provienen de la literatu-ra argentina, desde sus ensayos Los escritores de los escritores (1997), Mil tazas de té (2008), Breve historia argen-tina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges) (2019) y Pasado maña-na (2020) hasta su trabajo como edi-tor en Sudamericana y La Bestia Equilátera; pero Chitarroni siempre ha conseguido aparecer al margen de la fotografía, ligeramente borro-so, como un fantasma o como la sombra terrible que preside la lite-ratura de ese país, la explica y le da sentido. Las lecturas fragmentarias, las teorías inconclusas, la inscrip-ción del doblez que subyace a todos los acontecimientos y a su interpre-tación, el entrecomillado que los personajes hacen con frecuencia, en ocasiones con un gesto penoso, y que se extiende a toda la narrati-va son juegos frecuentes en la obra de Chitarroni, cuyo origen más evi-dente se encuentra en la de Jorge Luis Borges, pero puede hallarse,

también, de forma implícita, en las derivas de Stephen Dedalus y de Leopold Bloom en Ulises, en las acumulaciones irónicas de David Markson y en las iconoclastias de Juan Rodolfo Wilcock, Vladimir Nabokov, William Gerhardie, Carlo Emilio Gadda, Arno Schmidt y Flann O’Brien, todos autores sobre los que Chitarroni ha escrito y/o ha publicado. Visitar países lejanos es una experiencia melancólica, se dice en dos de los cuentos de La noche poli-teísta. Pero visitar el de Chitarroni es extraordinariamente estimulan-te porque devuelve la convicción de que, como el carapálida de la nove-la homónima que, por no encon-trarse en la fotografía escolar, por ser un fantasma, está en todas partes en ella, una literatura fantasmal puede recuperar el terreno perdido ante las fuerzas de la industria del entrete-nimiento; la certeza de que, dada la situación de alarma que vivimos, y pese a los esfuerzos ingentes de tan-tos editores, la literatura no termina-rá antes que el mundo que le sirve de referente. ~

PATRICIO PRON es escritor. En 2018 publicó Mañana tendremos

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LETRAS LIBRES ABRIL 2017 49 49 LETRAS LIBRES MARZO 2021 de ahí proceda la asociación del

gre-mio de los arquitectos a unas cos-tumbres, un aspecto y unos dejes de la que otras profesiones se escapan.

Basándose en esta idea gene-ralizada, casi cliché, Robert Adam achaca a los arquitectos los siguientes pecados capitales: el elitismo (“una de las mejores cosas de ser miem-bro de un club es que se es especial y, si se es especial, se es diferente”), la soberbia (“da igual si a nadie le gusta ni lo desea; como arquitecto, tú sabes lo que les conviene y eres el mejor ya que se lo sabes dar”), el egocentris-mo (“una vez que te crees que eres un sabio te lo puedes pasar genial. Lo único que importa es tu voz inte-rior”), el dogmatismo (“en el bando de los del movimiento moderno hay a su vez facciones inconformistas, aunque todas ellas están de acuer-do en el aspecto más crucial: no ser confundido con un tradicionalista. Y los tradicionalistas tienen a su vez su máxima: nunca ser confundido con un moderno”), la ignorancia (“[los arquitectos] están tan orgullosos de no saber lo que el público opina como de no saber nada de historia”), la incompetencia (“pensemos por ejemplo en edificios públicos con recovecos ocultos que a nadie gusta frecuentar más que a los vándalos. […] Pensemos en edificios tan poco prácticos que tienen que cerrarse recién inaugurados”) y el derroche (“si [un edificio] no es estridente la

gente no se fijará en él. Desde luego, no se cría fama con ahorro y modes-tia”). Y todos ellos emanan del sen-timiento de ser una criatura especial en virtud de su profesión.

En cierto modo, al denunciar todos esos defectos, Adam se está comportando como un auténtico arquitecto de manual. Hay un sen-tido gremial muy fuerte, de grado casi tribal, en el hecho de seña-lar a tus colegas como grupo, algo que si se da en otros ámbitos pro-fesionales no trasciende fuera de los mismos hasta alcanzar el chiste. Que los suyos son la peor gentuza del mundo te lo dirá un arquitec-to, pero no un encuadernador ni un maestro cervecero. ¿De dónde viene esta percepción distintiva y de dónde nace ese sentido gremial tan acusado? Esa pregunta sobre-vuela todos los artículos, que por supuesto a quien más interesarán será a los de la profesión.

En todo caso, esta es una colec-ción de artículos amables, nada amargos, que buscan hacer sonreír por mucho que Robert Adam con-sidere que los atropellos y hasta los trastornos que denuncia son rea-les, frecuentes, y deben detenerse, para lo cual recurre a la caricatura que todo el mundo puede enten-der. Por supuesto, en el bando de los tradicionalistas hay arquitectos que podrían incurrir en los pecados descritos. Lo que se denuncia es un en los libros de fotografía y de

dise-ño gráfico. A lo largo de los adise-ños ha formado un catálogo muy atractivo y muy variado organizado en varias colecciones. Inmersiones, compues-ta por volúmenes breves y por la que la editorial ha recibido una dis-tinción del Colegio de Arquitectos de Madrid por su labor de divul-gación, es una de ellas. La novedad más reciente en Inmersiones es Los siete pecados capitales de los arquitectos, de Robert Adam, con ilustraciones de Louis Hellman.

El librito, de apenas ochen-ta páginas y de superficie como dos paquetes de tabaco puestos uno al lado del otro, está compues-to por una serie de artículos que Adam publicó en la revista britá-nica Building a lo largo de los años 2009 y 2010. Doy la escala con los paquetes de tabaco para dar tam-bién una idea de la portabilidad del libro, que es de verdadero bolsillo porque lo he llevado en el trasero de los vaqueros con la intención de sentarme debajo de un árbol a leer-lo, como me sugirió al hojearlo su aire ligero y simpático.

Robert Adam es profesor invitado de diseño urbano en la Universidad de Strathclyde, en Glasgow, miem-bro de la Royal Society of Arts y pre-sidente del College of Chapters de la intbau (Internacional Network for Traditional Building, Architecture & Urbanism). Es célebre por su defensa de la arquitectura tradicional en con-traposición a los desmanes derivados de una utilización egotista del movi-miento moderno. ¿Qué es mejor, el racionalismo o la tradición? Creo que está claro que la discusión es absurda, y por eso tiene interés y ha durado tanto. No se resolverá nunca. Y en realidad es una discusión que tras-ciende los límites de la arquitectura, solo que la presencia de la arquitec-tura es evidente todo el rato, y quizá

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Susto o muerte

Ross Douthat LA SOCIEDAD DECADENTE Traducción de Beatriz Ruiz Jara Barcelona, Ariel, 2021, 332 pp. DANIEL GASCÓN

“He visto el futuro y es un cri-men”, cantaba Leonard Cohen en su apocalíptica “The Future”, del mismo año en que se publicó El fin de la historia y el último hombre de

LIBROS

mal uso y un abuso del modelo que ha triunfado y más de moda y que, como le sucede a todo lo que triunfa, se ha visto traicionado, desvirtuado y utilizado. Tanto en el neorruralis-mo megamix coneorruralis-mo en el minimalis-mo de pacotilla de los que podeminimalis-mos ver ejemplos en todas partes hay una impostura donde es habitual que se coja el rábano por las hojas. Como mensaje, creo que Adam apela a un acercamiento humilde al oficio de proyectar edificios y levantarlos en un lugar determinado, para el que tienen que estar pensados.

El librito acaba con dos artículos de propina: “Postureo ecologista” y “Pastiche”. Es entretenido y breve y lo que denuncia, que son males extensibles a toda la sociedad, mere-ce una reflexión. Acompaña a cada artículo la viñeta original en blanco y negro de Louis Hellman, que es también arquitecto y muy conocido por sus ilustraciones y sus caricatu-ras de arquitectos famosos. ~

BÁRBARA MINGO COSTALES es escritora. Ha publicado los libros de poesía De

ansia de goznes mi alma está llena

(Ediciones del 4 de agosto, 2011) y Al acecho (Ediciones Vitruvio, 2013)

otro autor mencionado a menu-do en el libro. En los últimos tiem-pos ha habido avances en internet y los teléfonos móviles, en muchas otras cosas menos; también ha habi-do una cierta renuncia incluso física (ejemplificada en las expediciones espaciales). El estancamiento eco-nómico tiene una contraparte en el bloqueo de los sistemas democrá-ticos, con choques entre los pode-res, polarización y agotamiento. Socialmente la desigualdad con-duce casi a una segregación, donde las universidades son institucio-nes clientelares de reproducción de élites, con estrictos shibboleths y blin-dajes de clase. El nacionalpopulis-mo degrada nuestro sistema pero no ofrece un verdadero modelo alter-nativo, sería otro síntoma de la deca-dencia. (China es el país que ofrece un modelo más claro, pero tampoco resulta por el momento atractivo.) Douthat aborda también la caída de la fecundidad en Occidente. Como ocurre muchas veces a lo largo del libro, ese hecho con algunas conse-cuencias negativas puede partir de conquistas beneficiosas. Al revés, otras cosas que criticamos pueden ser ventajosas: la abulia y la satisfac-ción sedentaria de internet, que nos muestran que la vida está en otra parte, pueden contribuir a que no aumenten las expresiones violen-tas del descontento por la desigual-dad y la frustración de expectativas.

El autor busca los matices y su explicación es razonable y a menu-do atractiva: no hace falta compartir el diagnóstico general para aceptar numerosas observaciones. A veces la búsqueda de la coherencia y la amplitud produce una paradójica sensación de fragilidad; un nuevo elemento podría desequilibrar el diagnóstico. Quizá lo más brillante es la parte dedicada al análisis cultu-ral, donde detecta una tendencia a la Francis Fukuyama. Quizá el mundo

actual se parece más a los veinte años de aburrimiento de otra de sus canciones, o al menos eso pare-ce pensar Ross Douthat en su ensa-yo La sociedad decadente. Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito.

Si hay una literatura del apo-calipsis, también hay una tradición sobre la decadencia. Y, como con el fin del mundo, el hecho de que la parálisis se haya diagnosticado otras veces no significa que deba-mos desdeñar las advertencias: en parte porque hablan de una pro-funda inquietud humana; en parte porque a veces han desaparecido formas de vida o se han estancado. Douthat es un ensayista conserva-dor moderado, católico, y una de las pocas voces discordantes en el cada vez más woke y dogmático New York Times. Una idea importante del libro es que la decadencia se aplica a casi todos porque vivimos en una civilización universal como ha ocu-rrido pocas veces, y aunque se cen-tra en Estado Unidos su análisis sirve casi mejor a Europa y Japón. Uno de los pensadores que guía su análisis es el historiador francoes-tadounidense Jacques Barzum. La decadencia, dice el pensador, es “un tiempo muy activo, colmado de profundas preocupaciones, pero particularmente intranquilo, puesto que no ve con claridad las líneas de avance. Las formas de arte así como las de la vida parecen agotadas; las fases de desarrollo se han consumi-do. Las instituciones funcionan a duras penas. La repetición y la frus-tración son el intolerable resulta-do. El aburrimiento y la fatiga son grandes fuerzas históricas”. La sen-sación de aceleración es ilusoria: la era de los grandes inventos y del crecimiento de la productividad ha pasado, como explica Tyler Cowen,

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que hemos pasado de la idea de un tiempo cíclico a una era del recicla-je. Hay mucho espacio para matizar, pero el autor describe bien una cul-tura industrial reiterativa donde hay cada vez menos sitio para los autores y artistas de gama media.

Más convincente en la descrip-ción que en la prescripdescrip-ción, Douthat muestra cierto pudor cuando alude a una inquietud espiritual y formas de religiosidad que a veces tienen que ver con iglesias establecidas, pero en otras ocasiones adoptan la forma de nuevos “paganismos” y fe en algún tipo de magia. La argumentación de Douthat es laica, racional, aun-que también muestra su visión cató-lica y cree que puede haber formas de renovación de esa fe, por ejemplo en África. Reconoce el peligro del

cambio climático y sus efectos sobre la calidad de vida de miles de millo-nes de personas, así como su relación con la migración, pero se muestra menos atemorizado por él que otros autores. La decadencia, con su tedio y unas insatisfacciones que según Douthat Michel Houellebecq des-cribe mejor que nadie, puede pro-longarse. Una larga tarde, pesada y melancólica, donde los bárbaros, que producen una mezcla de espe-ranza y miedo, nunca terminan de llegar, no es el panorama más exci-tante, pero tampoco resulta la peor de las alternativas. ~

DANIEL GASCÓN es editor de Letras

Libres y columnista de El País. En

2020 publicó Un hipster en la España

vacía (Literatura Random House).

repetición: grandes estrellas del pop actuales como Lady Gaga parecen repeticiones más que cortes o evolu-ción con respecto a anteriores como Madonna. La novela ha perdido buena parte de su función y poten-cia. Y Hollywood es básicamente una industria de franquicias. Un rasgo de la guerra cultural, dice Douthat, es el bloqueo. Muchas de las luchas de las que hablamos son repeticio-nes de luchas anteriores, vueltas a un tiempo previo (con la excepción de los derechos gays). La genera-ción del baby-boom se reveló con energía contra una cultura conser-vadora sólida, unos valores se enfren-taban a otros claramente. Ahora, para Douthat, ese enfrentamiento no se produce, en parte por incomparecen-cia. Cita a Baudrillard para señalar

Referencias

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