ORAR COMO
RESPIRAR
! Miguel Díez
Título: Orar como Respirar. Colección: Discípulos Depósito legal nº GU- !!"#$% ISBN 978-84-95014-35-1 Impreso y encuadernado en: ! EDITORIAL REMAR Avda. Guadalajara, 7 Iriepal- España
Orar como Respirar
Índice
Índice ... 5
Dedicatoria ... 7
Prólogo ... 9
Capítulo 1º: ¿Qué es orar? ... 15
Capítulo 2º: ¿Por qué debemos orar? ... 33
Capítulo 3º: ¿Cómo oraremos? ... 45
Capítulo 4º: Orando sólo a Dios, con amor y gratitud ... 63
Capítulo 5º: ¿Dónde, cómo y por quién hemos de orar? ... 77
Capítulo 6º: Oración de contrición y confesión ... 95
Capítulo 7º: Oración humilde, paciente y gozosa ... 111
Capítulo 8º: Intercesión con lágrimas y gemidos ... 125
Capítulo 9º: Oración de lamentación, queja y desahogo ... 135
Capítulo 10º: La oración de peticiones ... 149
Capítulo 11º: Oración de clamor e invocación ... 183
Capítulo 12º: Orando en las alturas: Oración de guerra ... 205
DEDICATORIA
Sabiendo que todos los actos de mi vida, por ser un hijo de Dios, debo hacerlos para Él, lo cual deseo siempre, con verdadero gozo, dedico este libro, reverentemente y en sincera devoción, al Maestro Jesús, Rabí perfecto, por haberme dado un banquete continuo, alimentándome con su carne y sangre, haciéndome crístico, verbal mensajero suyo, aportando, así, todas las fibras y células, santas y sabias, que han llenado estas humildes hojas, haciéndolas parte de su árbol de la vida.
Dedicar además, estos frutos espirituales, repartidos generosamente, entre las frases y oraciones, de los estudios bíblicos aquí retratados, al Espíritu Santo, es indispensable, porque solamente, gracias a su inspiración, he podido conectarme y discernir el Cuerpo de Cristo, correspondién- dole a Él, todo protagonismo, de los buenos olores y sabores que se gusten al comerlos.
Aunque siempre me gustaría, dedicar también mis libros a todos los seres humanos, deseando sinceramente que les aprovechen santamente, quiero hacer una dedicatoria, de amor y servicio, a todos los consiervos de Remar y la Iglesia Cuerpo de Cristo, especialmente a los pastores, por
acompañarme, fielmente, en las muchísimas tribulaciones y alegrías, que hemos vivido hasta hoy, para la gloria del Señor, deseando vernos juntos en las bodas del Cordero, formando parte de su novia, para lo cual seguiré orando hasta el final de mis días terrenales, contando siempre con el insustituible Divino y la muy estimable ayuda de vuestras oraciones.
Con mucha gratitud, hago mención especial, dedicándoles estas páginas de incienso, a mi esposa, por esforzarse tanto en trascribirlas, al pastor Ramón Ubillos, mi fiel editor, por sacrificar su tiempo maquetándolas, así como a los impresores Pedro y Joao, que han sido forzados, por la escasez de tiempo, a realizar la impresión aceleradamente, pidiendo al Señor que les inunde de los aromas suyos, emanados de los sacrificios aquí mencionados.
¿Cómo olvidarme, de las muchas personas que me han fortalecido, al orar por mí, para lograr terminar este trabajo?
Para todos ellos, mi sincera gratitud y bocanadas del humo de mis plegarias.
PRÓLOGO
Debería ser fácil descubrir que Jesucristo no enseñó a sus discípulos a predicar, ni a fundar iglesias o muchas otras cosas, a pesar de ser santas e importantes, pero sí les dio repetidas enseñanzas sobre la oración, además de hacerlo dando testimonio personal, orando delante de ellos, en muchas circunstancias, y quedándose solo, apartado, pasando noches enteras en los montes, para tener intimidad con el Padre, en ferviente amor y devoción, en total obediencia, además de librar las batallas espirituales contra Satanás y los ejércitos malignos que le sirven, venciéndoles siempre, usando la autoridad de la unción manifestada por sus divinas palabras y oraciones, al mismo tiempo que intercedía por todos los discípulos, reconocidos como suyos, en favor de Israel y de toda la Humanidad.
En esta prioridad, del magisterio de Cristo, vemos la relevancia tan grande que le concede a la oración, lo cual se refleja en todas las escrituras bíblicas, pues siempre antecede, a cualquier manifestación de gracia y bendición de Dios, el clamor de los reyes, jueces, profetas o del mismo pueblo, pidiéndole auxilio, después de sufrir las consecuencias de su rebelión y haber abandonado el abrigo del Omnipotente, al ir en pos de sus necias concupiscen-
cias, cosechando los tormentos del diablo y del mundo. También, es indispensable la oración para exaltar y aclamar a nuestro Padre Dios, por la grandeza de su santidad y poder, además de agradecerle su infinita misericordia y bondad, obteniendo, en todos los casos, su pronta respuesta, derramando su Shekiná, con abundante lluvia de aguas vivas que, brotando por su boca, riegan a sus hijos y a su nación escogida.
Si de verdad amáramos al Señor y fuéramos más inteligentes y humildes, tendríamos levantado un altar permanente, para quemarnos en él diariamente, con oraciones ardientes, llegando, de continuo, nuestro humo, como olor grato, al corazón del Padre, hablándole y oyendo su dulce silbo, en santo coloquio, alabándole con alborozo y adorándole en éxtasis glorioso, maravillados por su hermosura y henchidos del inmenso amor que nos tiene, respirando su aliento vivificante, volando en sus alas, comiendo junto a Él, en la misma mesa y de su propia mano, reposando en sus brazos, sin ningún temor, en completa paz, además de participar, constantemente, en algunas de las infinitas obras milagrosas que hace, codo a codo con Él, como miembros de su Cuerpo glorioso e instrumentos santificados y obedientes a su voluntad, colaborando en liberaciones, sanidades, milagros y, muy especialmente, en muchos nuevos alumbramientos, al punto de experimentar, juntos, su gozosa maternidad, como si salieran de nuestras entrañas, los preciosos bebés espirituales, las nuevas criaturas que Cristo engendra cada día, para añadirlas a la familia eterna de Dios.
Es un dolor terrible, comprobar que Satanás tiene seducidos a multitud de prosélitos, para que le recen frecuentemente, cumpliendo los ritos de sus múltiples religiones babilónicas, abundando entre ellos los fanáticos y perseverantes, quienes, al invocarle y adorarle se sacrifican en holocausto horrendo, llegando, en muchos casos, hasta sangrarse o inmolarse, matando, indiscrimina- damente, a todos los seres humanos que puedan, al considerarles infieles a su terrorífico dios.
Mientras tanto, qué pocos son los verdaderos intercesores y adoradores, del Único y Verdadero Dios, cumpliéndose, en esta triste realidad, la afirmación de Cristo, cuando predicó la parábola de la fiesta de bodas, denunciando cómo los invitados rechazaron la invitación, excusándose todos con sus asuntos mundanos, según leemos en Mateo 22:14:
Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.
Que tú, querido lector, te dejes escoger por el Señor, para ser apartado del mundo y pertenecerle por completo, permitiendo ser llenado de su amor y creciendo en amarle, hasta hacerlo con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas, siendo su lugar santísimo, porque solo así experimentarás la verdadera comunión con Él y aprenderás a orar, disfrutando grandemente haciéndolo, en lugar de considerarlo como un pesado y aburrido sacrificio religioso.
El ejemplo que nos dejó Jesús, al comparar las actitudes de Marta y María, escrito en Lucas 10:41-42, mostrándonos a
la primera muy afanada y turbada, por quedar bien delante del Señor, esperando satisfacer su ego, con méritos propios, como les sucede a los religiosos orgullosos, que pretenden, a través de los cumplimientos legales, por otra parte nunca suficientes, engordar su dignidad, renombre y vanagloria, mientras que la segunda se rindió a sus pies, para embelesarse al tocarle y oírle, en un idilio de romántica pureza, dejándonos, muy claro, que fue ésta quien escogió la buena parte, haciéndonos reflexionar profundamente, al comprobar nuestra tendencia constante, por lo menos a mí me sucede insistentemente, a ser más Marta que María, porque lo hecho por nosotros parece más tangible, valioso y satisfactorio, pues nos da protagonismo, aunque banal y engañoso, que la obra directa del Señor, cuando la triste realidad es ver cómo, todas nuestras obras humanas, hechas así, son quemadas después, al ser consideradas, por Dios, iguales a la hojarasca o basura, dejando sólo pérdidas, mientras que la edificación construida por el Espíritu Santo, siempre para ejecutar la voluntad de Cristo, es gloriosa e indestructible, dejándolo Jesús bien sentenciado, cuando dijo, en Juan 15:5: Yo soy
la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
Sin duda, no es aconsejable, salvo que el Señor lo produzca, radicalizarnos en una vida solamente mística y dejar las obras del amor, pues mataríamos la fe, por lo cual, hemos de vivir siempre en el equilibrio espiritual de ser Marías-Martas, dando clara prioridad a la comunión con el
Señor, mediante la oración. Asumiendo este principio, como fundamental, para todas las diferentes áreas del servicio que prestamos al Señor y a favor de los seres humanos, hemos recuperado, y colocado en primer orden, uno de los lemas más usados por los primeros seguidores de Cristo, que dice: “Ora et labora”. Teniendo esta res- ponsabilidad, proclamamos, en todos nuestros discipula- dos, que la oración es la asignatura principal, para crecer espiritualmente y ser de máxima bendición a los prójimos que Dios pone en nuestro camino, además de producir el máximo agrado a nuestro Señor, estando completamente seguros que, si los obreros del evangelio aprenden a orar y perseverar en la oración, el Señor dará todo lo demás, por muy imposible que parezca.
De todas las obras de fe y amor, que hemos de hacer unos por otros, constantemente, la mejor es orar, para que el Omnipotente y Misericordioso Dios, nos auxilie, fortalezca ilumine, establezca y prospere, con protección y bendición continuas, logrando vivir en perfecta libertad y gozo, siendo siempre benefactores de nuestro prójimo y agradables al Señor.
Ruego a nuestro Padre celestial que me esfuerce en la oración y también lo haga contigo, estimado lector, pidiéndole además, que esté siempre a tu lado, haciéndote notar su dulce presencia y puedas sentir el olor de santidad que desprende, al guiarte en la verdadera comunión con Él, mediante las oraciones convenientes, según el mover de su Espíritu Santo, quien te suma, en esta manera, al número
de los incensarios de oro que, nuestro Único y Sumo Sacerdote, Jesucristo, coloca, estratégicamente, en este mundo de dolor y perdición, pudiendo, así, participar en llenar, de grato incienso, el trono de Dios y seguir añadiendo justo juicio a las copas de su ira, hasta que rebosen por completo, colaborando también, con ello, en las victorias espirituales, contra los reyes del mundo y principados del maligno, desbaratando sus maquinaciones y argumentos, libertando a multitud de los esclavos y oprimidos, que tiene atrapados en sus horrendas prisiones, rompiendo sus diferentes ataduras diabólicas, para llevarles al redil del Buen Pastor, arruinando reinos de oscuridad y engaño, estableciendo por toda la tierra, en maravillosa sustitución, el reino de Dios y su justicia. Efesios 3:14-19:
Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
Tomemos la oración muy en serio, si deseamos que Dios haga lo mismo con ella.
Capítulo 1
¿QUÉ ES ORAR?
El único Dios verdadero es personal, al punto de identificarse con nosotros haciéndose humano y asumiendo, sobre sí mismo, toda nuestra desgracia y culpabilidad, como asunto suyo, para liberarnos de las terribles consecuencias que nos correspondía sufrir, ejecutados, con muerte eterna, en merecido castigo, por tantas maldades que hemos cometido y en pago a la justicia santa y divina.
Los dioses imaginarios del Olimpo, pugnaron entre ellos, según la mitología griega, por mezclarse, para personali- zarse, con los seres humanos, llegando incluso a engendrar hijos en algunas mujeres escogidas, que recibían la híbrida naturaleza de semidioses, pero nunca consiguieron estable- cer una benigna relación con los mismos, originando, por el contrario, todo tipo de tragedias, que han pasado a formar parte de las fantasías y leyendas clásicas, untadas de rancios tintes de filosofías y teologías absurdas. Es, de esta manera y de muchas otras, cómo el maligno manifiesta lo inalcanzables, impersonales y caprichosos que son todos los dioses, para intentar robar a los hombres toda esperanza de identificación o comunicación libre con ellos, con el fin de no dejarles alcanzar los beneficios de sus omnímodos
poderes, con los cuales puedan lograr salir de sus miserias terrenales y humanas, salvo que se rindan a sus encanta- mientos religiosos y falsas promesas.
Nuestro Dios, es tan personal que desea manifestarse a nuestras vidas, como Padre, Madre, Hermano y Amigo perfectos, anhelando siempre establecer una comunión íntima con nosotros, en la unidad entrañable de su puro amor, para lo cual nos enseña el medio más completo, sincero y directo, que hemos de utilizar para poder cumplir nuestra parte, estrechando, fortaleciendo y madurando esta relación familiar, forjando una intimidad inquebrantable, que culmine en hacernos uno con Él, para toda la eternidad, que es la oración activa, la Verbalidad en acción, pues nos unimos con Cristo en las oraciones, como resultado de tener los mismos latidos de su corazón en nuestros pechos, sus santos deseos, porque así mantenemos un romance puro y continuo, de enamorados apasionados, formando, todos sus seguidores amados, la novia que ha escogido, la iglesia edificada y santificada por Él, para ser familia suya, inseparable y eterna, concediéndola ser la reina que compartirá el gobierno de su reino. Por tanto, ¿Podríamos agradar a nuestro amado sin orar? Leamos el dicho divino de Proverbios 15:8: El sacrificio de los impíos es
abominación a Jehová; Mas la oración de los rectos es su gozo.
Es, pues, la oración, una santa comunicación con Dios, un diálogo constante, hablándole y escuchándole, abriéndole nuestra alma y recibiendo los pensamientos puros y sabios
de su mente, confiándonos plenamente a su cuidado, sin tener ningún secreto, considerándole nuestro perfecto confidente, siendo totalmente sinceros, transparentes, delante de Él, no solamente por ser absurdo e imposible engañarle u ocultarle algo, sino porque hemos rendido, sin reserva alguna, nuestro corazón, toda nuestra voluntad, tal como somos, ante su amor perfecto y eterno.
De la misma forma que desean, ardientemente, oírse y hablarse todos los amantes, así debe suceder en nuestro noviazgo con el Señor, como también Él quiere oírnos y hablarnos, pues siempre tenemos muchas cosas que contarle y, sobre todo, muchísimas para oírle, porque su sabiduría es inagotable, pero debemos considerar, como propósito fundamental de la oración, el cortejo de los enamorados, con declaraciones amorosas de admiración, gratitud y entrega, buscando los abrazos, besos y caricias espirituales, según el ejemplo que nos da Cantares 1:4:
Atráeme; en pos de ti correremos. El rey me ha metido en sus cámaras; Nos gozaremos y alegraremos en ti; Nos acordaremos de tus amores más que del vino; Con razón te aman.
Así, la novia pregunta, en Cantares 1:7: Hazme saber, oh
tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía; Pues ¿por qué había de estar yo como errante junto a los rebaños de tus compañeros?
En nuestra escuela de discipulado de Madrid, consideramos la oración como la más importante asignatura y, en todos
los cursos, comparto que tenemos un teléfono directo con Dios, gratuito y abierto las 24 horas al día, con infinidad de líneas, por lo cual nunca responde comunicando o fuera de cobertura, teniendo la revelación de su número personal, dada directamente por Jesús, pues lo forman los números correspondientes a las letras de su nombre, que son, en hebreo se escribiría al revés, Yshvah-Jeshua, y tienen los valores numéricos siguientes: 10-300-6-70; si los sumamos al estilo cuántico rabínico, dan 386, y éstos 17, los cuales, a su vez, forman el 8, marcando el octavo día, correspon- diente al inicio del nuevo y eterno mundo, donde ya estare- mos junto a Él y las oraciones se convertirán en maravillo- sas conversaciones, paterno filiales y de amigos perfectos. Debemos marcar este número cada vez que oramos, porque solo unidos a Jesús, podemos llegar al Padre, como afirma Juan 14:6: Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y
la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
También, así obedecemos a su declaración, en Juan 14:13:
Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Por supuesto, que no se trata de usar su nombre como si fuera una fórmula mágica o ritual, pues entonces no habríamos entendido el espíritu del mensaje, consistente en unirnos al Señor en su intercesión y, por tanto, a su voluntad, que es la única digna de ser honrada por el Padre, dándole siempre positivo cumplimiento, según lo confirma Juan 15:7: Si permanecéis en mí, y mis palabras
permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.
Orar, es lanzar, por nuestra boca, cataratas de agua viva, que nos vivifican a nosotros mismos, sacian la sed de nuestros semejantes y riegan el rostro de Dios, pues tenemos a Cristo como manantial de nuestra vida, quien produce, por medio del Espíritu Santo, esos chorros inagotables de frutos y dones divinos, como Él mismo promete, en Juan 7:38: El que cree en mí, como dice la
Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.
La oración es el incienso puro de los santos, que sube imparable, hasta bañar el trono de Dios y entrar en su corazón, conmoviéndole y motivándole a manifestar, constantemente, su misericordia y poder, su gracia multiforme e infinita, produciendo cambios sobrenaturales, resolviendo imposibles, revolucionando sabia y justamente los cielos y la tierra, individuos o naciones, gobiernos o economías, para seguir ejecutando el plan perfecto, que ya tiene totalmente diseñado, de establecer, definitivamente, su reino justo y eterno. Para esto nos ha elegido, por el infinito amor y completa generosidad que ha demostrado tener por nosotros, como sus colaboradores activos, encar- gándonos, entre otras responsabilidades divinas delegadas, este trabajo sacerdotal, de quemarnos, continuamente, en el altar de nuestra vida, pues la intercesión es la actividad espiritual que más agota y consume, lanzando abundante incienso, como perfume agradable al Señor y eficaz
colaboración, para acompañarle en el ejercicio de su voluntad perfecta.
Éxodo 30:34-38: Dijo además Jehová a Moisés: Toma
especias aromáticas, estacté y uña aromática y gálbano aromático e incienso puro; de todo en igual peso,y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo.Y molerás parte de él en polvo fino, y lo pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti. Os será cosa santísima.Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para Jehová.Cualquiera que hiciere otro como este para olerlo, será cortado de entre su pueblo.
Nuestras oraciones han de llevar estos componentes, que representan valores espirituales, del incienso sagrado, con el cual los sacerdotes ministraban a Dios en el templo natural: El Estacté, Nataph, que se traduce por gota, pizca, simboliza a la fe, pues no hace falta mucha, para lograr las maravillas de Dios, pero sí es absolutamente indispensable para orar. La Uña aromática, Sh´helet, que significa espolón, garra, dando claro testimonio de la valentía que hemos de tener para ponernos delante de Dios, pues podemos caer fulminados, al hacerlo, como los 3.000 que murieron a los pies del monte Sinaí, cuando se mostró el Eterno con su gloria, en el primer Pentecostés, y quisieron acercarse, imitando a Moisés. El Gálbano aromático, Helb´nach, que se traduce por medicina balsámica para el alma, pues nadie encontrará mejor cura, que desahogarse
delante del Misericordioso, y es como una gomina resinosa, en forma de lágrimas, mostrándonos el dolor del amor, que siempre es sufrido y debe empapar el incienso, formando la santa pomada. A estos anteriores ingredientes, se le añadía, en la misma proporción, el incienso puro, Lebonah, sustancia blanca, extraída de árboles de Arabia y África, que simboliza la santidad de Dios, manifestada en nuestras oraciones limpias, dichas después de estar comple- tamente purificados por el arrepentimiento verdadero, demostrado con el odio al pecado y la limpieza total de nuestro corazón, recibida por lavarnos en la sangre de Jesucristo, por lo cual, era preceptivo, para los sacerdotes que tenían el oficio de quemar incienso en el templo, hacerlo después de haberse sacrificado el cordero, de la mañana o la tarde, rociando el altar con su sangre, según sus turnos sacerdotales. Toda la mezcla junta formaba el incienso, llamado Thumiama, que significa sacrificio de labios puros, para ser quemado en el altar o dentro del incensario de oro, llamado Tumaterion, siendo, ambos instrumentos, símbolos de todos los sacrificadores, que cumplimos con el santo sacerdocio, en obediencia a la palabra de 1ª de Pedro 2:4-5: Acercándoos a él, piedra
viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa,vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
¡Qué hermosa comparación! Somos altares, completamente cubiertos de oro puro, de la santidad de Dios, nuevos
propiciatorios, donde se manifiesta, en respuesta amorosa, la Shekina divina, quien recibe, como grata comida, nuestros frutos de labios, según dice Éxodo 30:1, 3 y 6:
Harás asimismo un altar para quemar el incienso; de madera de acacia lo harás. (...) Y lo cubrirás de oro puro, su cubierta, sus paredes en derredor y sus cuernos; y le harás en derredor una cornisa de oro. (...) Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo.
Sin embargo, el incensario es de oro macizo, simbolizando la exclusividad divina de su naturaleza, representando a Cristo, como único intercesor perfecto, que es recibido, en todas sus peticiones, por el Padre, pues solo en Él tiene toda su complacencia, mostrándonos que, si estamos completamente unidos al Señor, siendo parte de su cuerpo y habiendo rendido totalmente nuestra voluntad a la suya, seremos también incensario santo con Jesucristo, participando de sus oraciones, en el lugar Santísimo del cielo, espiritualizando la figura de Hebreos 9:3-4: Tras el
segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto.
En todo lo que digamos o hagamos, si es para el Señor, hemos de poner incienso, porque es completamente indispensable, para que lleguen, nuestras acciones o dichos,
delante del Padre y las acepte como buenas, practicando, espiritualmente, la enseñanza de la palabra logos, dada en Levítico 24:5-7: Y tomarás flor de harina, y cocerás de
ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa.Y las pondrás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa limpia delante de Jehová. Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová.
Jesús siempre subía a los montes, para enviar su santo incienso al Padre, pasando noches enteras orando, según lo cuenta, en una manera muy candorosa, al hablarnos de cómo ora por su novia, es decir, en nuestro favor, en Cantares 4:6: Hasta que apunte el día y huyan las
sombras, me iré al monte de la mirra, y al collado del incienso.
De hecho, la iglesia de Cristo, cuando sea arrebatada, además de estar vestida de blanco, sin mancha ni arruga, en santidad, por haberse dedicado, durante la larga espera, como virgen sensata, con exclusividad casi total, a la oración, la alabanza y la adoración al Señor, estará completamente empapada de perfume, producido por el incienso y la mirra, (lea mi libro de poemas que lleva este nombre, para abundar en el tema) pues así nos lo profetiza Cantares 3:6: ¿Quién es ésta que sube del desierto como
columna de humo, sahumada de mirra y de incienso y de todo polvo aromático?
ministrando al Señor en el templo, ofreciendo incienso, según leemos en Lucas 1:15-16, recibió la sorprendente visita de un ángel, que se puso de pie, a la derecha del altar, para darle la maravillosa noticia, en respuesta divina a sus oraciones, con las cuales pedía descendencia, de su próxima paternidad, concediéndole un hijo de transcenden- tal ministerio, como precursor de Jesús, que fue Juan Bautista. Así, nosotros concebiremos muchas promesas y tendremos gloriosas experiencias, cuando incensemos, unidos a Cristo en sus oraciones.
Sin embargo, hemos de tener siempre presente que esta fórmula, del incienso, es única y exclusiva del Espíritu Santo, por lo cual no admite imitaciones o componendas humanas, intelectuales o sentimentales, ni diabólicas, pues nos exponemos a una fulminante maldición, como hemos leído anteriormente, porque se trata de algo muy santo para Dios. No tuvieron ese respeto los hijos de Aarón y fueron calcinados, por el fuego divino, según lo recuerda Levítico 10:1-2: Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno
su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó.Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová.
¡Cuidado con pronunciar el nombre del Señor en vano! ¡Cuidado con mentir, usando el nombre de Dios, diciendo que Él ha dicho, cuando no habló tal cosa! ¡Cuidado con intentar acercarnos al lugar Santísimo, estando contamina- dos con maldades, pues podemos cosechar juicio, en lugar
de gracia! Esto mismo le sucedió al rey Uzías, por envanecerse hasta la ceguera, después de haber recibido de Dios todas las bendiciones que podamos imaginar, mientras fue humilde y temeroso del Señor, lo cual se relata, trágicamente, en 2ª Crónicas 26: 3-5 y 16-19: De
dieciséis años era Uzías cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Jecolías, de Jerusalén.E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre.Y persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él le prosperó. (...) Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso.Y entró tras él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones valientes. Y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios.
Antes de ver al Cordero de Dios abriendo el libro, que solo Él podía abrir, para desatar los sellos apocalípticos, descubriendo sus juicios y marcando la victoria final del Señor, los cuatro seres vivientes, probablemente querubi- nes, y los 24 ancianos del consejo supremo, tomaron copas de oro, llenas de incienso, que corresponde a nuestras
oraciones y a las suyas, para presentarlas a Dios, con el propósito de recibir, como respuesta, la apertura del testamento, con juicio, escrito en el libro sellado, iniciando la mayor hecatombe de la historia, que producirá la total derrota del reino de Satanás y de sus ejércitos, claramente profetizado en Apocalipsis 5:8-10: Y cuando hubo tomado
el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.
El acto final, del incensario de oro, en el cielo, será después de ver al Señor abrir el séptimo sello, para completar el juicio de Dios sobre el mundo y los demonios, con los toques de las siete trompetas y el derramamiento de las siete copas de ira divina, como colofón a las oraciones de los santos y del mismo Cristo, pues así lo profetiza en Apocalipsis 8:1-5: Cuando abrió el séptimo sello, se hizo
silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas. Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó
el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto.
Si la fe sin obras está muerta, porque lo afirma, tajantemente, la palabra de Dios, en la epístola del apóstol Santiago, hemos de aceptar y cumplir que orar es la acción más importante, como obra de amor, a Dios y a nuestros semejantes, debiendo, por tanto, practicarla con santa responsabilidad, a lo largo de toda nuestra vida terrenal, en un constante ejercicio sacerdotal de humildad, paciencia y poder de Dios, de la misma forma que hizo David, persistentemente, según nos dejó escrito en el Salmo 141:1-2: Jehová, a ti he clamado; apresúrate a mí;
escucha mi voz cuando te invocare. Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde.
La oración es el aliento de la fe, como respuesta a las palabras divinas que la han producido, pues bien dice Romanos 10:17: Así que la fe es por el oír, y el oír, por la
palabra de Dios.
Por eso, la oración es la vitalidad de la fe, su viva respiración, porque solamente con ella podemos exhalar suspiros y alegrías, lamentos y glorias, perdones y besos, e inhalar el aliento del Señor, para recibir la substancia santa, sabia y amorosa de su naturaleza divina, llenándonos por completo, pues, sin duda, nos da su bendita y pronta respuesta, como nos promete en el Salmo 81:10: Yo soy
Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré.
Ciertamente, la verdadera oración es el suspiro divino de la fe y el amor, que sale de nuestro interior, donde anida el Ruah Hakodesh, como viento imparable, arrasando los aires y sus gobernantes maléficos, derribando sus tronos y murallas, abriendo calzada al Rey, por la cual avanza soberanamente su Cuerpo, pisando y tomando el territorio humano que le pertenece.
Por eso, estoy convencido que la oración es la victoria de la fe y el amor, incluso podemos comprobar cómo, al orar, luchamos a veces con Dios y le vencemos, según nos dejó de testimonio Jacob, en Peniel, logrando ser bendecido, al recibir un cambio de identidad y ser bautizado con el glorioso nombre de Israel, en lugar del mezquino que tenía, después de luchar, en violenta oración, durante toda la noche, con el Ángel de Javeh, quien es Jesucristo.
Esto mismo hacía Moisés e hicieron todos los profetas y jueces, además de muchos reyes de Israel, encarando a Dios, para pedir su misericordia por el pueblo, a costa de presentarle sus vidas como expiación sustitutoria, si así lo decidiera el Señor, con tal de recibir su gracia perdonadora y salvadora. Por tanto, orar es también ponerse en la brecha, entre Dios y su pueblo, dispuesto a recibir los palos justos de la vara divina, antes de permitir la caída de sus golpes sobre las almas que cobijamos, como una madre rodea a sus hijos, protegiéndoles de la severidad del padre,
pues el Altísimo se conmueve ante tales amorosos, nobles y valientes protectores, buscándoles con celo, en medio de las multitudes humanas, pues así lo dice en Ezequiel 22:30-31: Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que
se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé. Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor.
Orar es bañarse en la gloria de Dios, como manifestó Jesús en el monte, delante de sus discípulos preferidos, cuando estaba orando, según lo leemos en Lucas 9:28-31:
Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente. Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías; quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.
Esto mismo experimentó Moisés, en el monte Sinaí, cuando recibió la Thorá, la ley divina, transfigurándose su rostro y teniendo que cubrirse con un velo, ocultándose de los israelitas, pues si no lo hubiera hecho le adorarían al verle, como nos dejó escrito en Éxodo 34:28-29 y 35: Y él
estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos. Y aconteció
que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. (...) Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios.
En realidad, esto es el resultado de los deseos del Señor para con nosotros, pues oró al Padre pidiéndole que así nos suceda, ya hace casi dos mil años, como se ha comprobado en muchos ministros ungidos por Cristo, quienes han sido vistos por los ministrados, en algunas ocasiones, rodeados de una luz fulgurante, con el santo propósito de ser candeleros que unifican al pueblo, al atraerlo tan poderosa- mente, juntándolo todo a su alrededor, para alumbrarse santamente, lo cual leemos en Juan 17:22-24: La gloria
que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.
¿Puedes orar conmigo esta oración?
Bendito Padre, dirígeme con tu Espíritu en mis oraciones y escúchalas misericordiosamente, porque anhelo que todas
mis palabras te agraden y necesito tu auxilio, en cada instante de mi vida, pues, si me falta tu aliento, me asfixio y perezco. Fidelísimo Señor, te suplico que no dejes de hablarme, pues si Tú callas mi fe mengua. ¡Háblame cada día y tendré fe! ¡Habla, que tu siervo escucha, y vivirá mi alma! Recibe mi amor y respeto, pues quiero hacer tu voluntad, porque sé que tus mandatos son justos y sabios, con los cuales buscas siempre mi bien y puedo confiar completamente en tu bondad, porque es infinita. ¡Oh, cómo anhelo amarte más cada día, pues reconozco que aún hay un abismo, entre la dimensión de tu amor por mí y el mío por ti! ¡Enamórame ardientemente, porque de verdad deseo pertenecerte por completo! ¡Hazme incensario de oro con Cristo! ¡Sea yo un altar tuyo, donde queme constantemente el incienso de mis oraciones, hechas en tu Espíritu! ¡Úsame, Santo Dios, para desbaratar ejércitos malignos y derramar tu gracia sobre mis semejantes! ¡Hermoso Jesús, báñame en tu gloria y lléname del Espíritu Santo! Amén.
Amadísimo Padre, hazme como el templo que te construyó Salomón, después de inaugurarlo con invocación de tu nombre y pidiéndote la bendición, según nos maravillamos al leerlo en 2ª Crónicas 7:1-2: Cuando Salomón acabó de
orar, descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Jehová llenó la casa. Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová.
Capítulo 2
¿POR QUÉ DEBEMOS ORAR?
Uno de los ataques más persistentes, que hace el diablo en nuestra mente, es decirnos: ¿Si Dios es Omnipotente, para qué necesita tus oraciones? Si Él es amor, ¿Por qué no hace Él mismo las buenas obras? Si solo su voluntad es perfecta, ¿De qué sirve pedirle nada, pues cumplirá solamente lo que quiere? Y, así, una letanía de razonamientos malévolos, sofismas y mezclas de verdades con mentiras, que son sus brebajes más eficaces y mortíferos, con los cuales consiguió seducir a Eva y, a través de ella, a toda su descendencia, además de trastornar y destronar a su marido Adán, quien perdió el señorío, que Dios le había concedido, sobre toda la creación. Especialmente, cuando oramos mal y no recibimos la respuesta que deseamos o perdemos la paciencia y desistimos, dejando de perseverar en la oración, es cuando más se agigantan estos dardos envenenados del maligno, hiriendo nuestra mente y emponzoñándonos el corazón, que se distancia de la comunión con el Señor y, en muchos casos, se refugia en la religión muerta, por ser más manejable y no requerir la constante humillación de vivir sujeto a una dependencia completa de Dios, de su divino auxilio, como niños impotentes que somos, sucediéndonos lo denunciado por la carta del apóstol, en Santiago 4:2-3: Codiciáis, y no tenéis;
matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
Necesitamos orar, principalmente, porque Dios no es un ente abstracto, una extraña energía o fuerza gigante, sino la conjunción de tres personalidades, en perfecta unidad, al ser su naturaleza puro amor, por lo cual, desea y espera tener relaciones personales, con sus hijos, sus súbditos y verdaderos amigos, siendo la oración el medio de comunicación que Él escogió, para aceptar nuestra comunión y poder mantener una relación íntima, de verdadero afecto, paterno filial, con el Padre, de sincera fraternidad, auténtica amistad y maravilloso noviazgo con el Hijo, además de estar siempre llenos y rodeados, de la gloria del Espíritu Santo, recibiendo, constantemente, su dirección, protección, consuelo y gozo, que suman la completa felicidad y plenitud de nuestras vidas, cumpliéndose, así, las palabras divinas de Efesios 3:17-19:
Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
Oramos, porque sabemos, con abundantes experiencias previas, que Dios no está sordo, como bien dice la
escritura, en el Salmo 94:9: El que hizo el oído, ¿no oirá?
El que formó el ojo, ¿no verá?
Al haber experimentado su amor, de muchísimas maneras, cuando oramos tenemos el convencimiento, por la fe y las extraordinarias e íntimas vivencias de nuestra relación con Él, que nos oye muy atentamente, con inmenso interés por nosotros, porque es nuestro Padre perfecto y está siempre anhelando bendecirnos, revelarnos su infinita compasión, acudiendo, con santa y rápida solicitud, en auxilio de todos los que le buscan, según afirma, de manera escueta, pero contundente, el Salmo 65:2: Tú oyes la oración; A ti
vendrá toda carne.
Me maravilla, cómo Dios manifiesta su Omnipotencia y absoluto control de todo, cuando nos asegura lo dicho en Isaías 65:24: Y antes que clamen, responderé yo; mientras
aún hablan, yo habré oído.
Hablemos con nuestro Dios, lo cual es orar, porque Él desea oírnos, muchísimo más fervientemente que los deseos nuestros por oír a los seres más queridos, de la familia o amigos, sintiéndonos muy a disgusto si dejan de hablarnos, pues en esto consiste, fundamentalmente, la parte más importante de vivir con ellos una hermosa y feliz relación, como bien nos lo dice el Amado, en Cantares 2:14: Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña,
en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz.
Es triste ver cómo muchos creyentes limitan su relación personal con Dios, buscando que los pastores hagan de intermediarios, ignorando la victoria y liberación obtenida por Jesucristo, al rasgar, completamente, el velo que cerraba el lugar Santísimo, dándonos acceso a todos, para llegar, incluso, a hablar cara a cara con Él, como hacía Moisés.
Una vez que hemos comprendido y aceptado nuestra impotencia, ante el diablo, el mundo y la carne concupis- cente, común a todos los hombres, después de habernos humillado delante del Señor, vamos adquiriendo de Él más humildad y sabiduría, entendiendo que necesitamos constantemente de su ayuda y dirección, para caminar en medio de la oscuridad terrenal, sin tropezar, venciendo toda tentación y prueba, evitando cada día sufrir las torturas del diablo, las consecuencias de nuestros errores y de los ajenos, que siempre se pagan caro, si no nos libra de ellas nuestro Rescatador, superando continuamente nuestra incapacidad y torpeza, porque, al vivir en comunión con Cristo, por medio de la santa conversación de la oración, Él nos lleva siempre agarrados de su mano e incluso nos pone sobre sus hombros, como nuestro Buen Pastor que es, para confortarnos y llevarnos a su redil, su santa casa. Jesús ya nos lo advirtió bien claramente, cuando tuvo que enfrentar la noche más dolorosa de su vida, como hombre, lo cual hizo, con profunda congoja, orando al Padre, a la vez que nos dejaba el trascendental aviso, para ser victoriosos en todas las pruebas, de vivir vigilantes y orando, según afirma, rotundamente, a sus apóstoles, y a todos los que
quieran ser vencedores del mal, en Mateo 26:41: Velad y
orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
Allí, en el Getsemaní, que significa prensa de aceite, los apóstoles se durmieron y no acompañaron al Señor en su aflicción, a pesar de pedirles Él que lo hicieran, (versículo 38) no extrayendo ellos la unción divina, pues orar es prensar las olivas de Dios, para recibir el aceite omnipotente de su Espíritu, sufriendo luego las consecuen- cias, al ser derrotados ante la prueba de confesar a Cristo, no estando dispuestos a participar en su martirio, abandonándole todos, en la cobardía carnal, común a la totalidad de los seres humanos y diabólicos, por su instinto ególatra de supervivencia, junto con todas las criaturas animales y vegetales, atrapadas en su maldición, privadas de la libertad y del amor divino, del Creador, que echa fuera todo temor, como leemos en el versículo 56.
Qué desparramo se produjo, después de partir el Señor pues, de 500 personas que le vieron resucitado, todas a la vez, en una de sus apariciones, antes de su ascensión, según nos lo cuenta 1ª Corintios 15:6, pasados unos pocos días, solo quedaban 120, como leemos en Hechos 1:15, quienes permanecían perseverando, fielmente, en la oración, sin salir del aposento alto, esperando el cumplimiento de la promesa del Padre, que les había trasmitido Cristo, de recibir otro Consolador y experimentar su llenura, para ser revestidos de poder de lo alto, es decir, ser bautizados por el Espíritu Santo, con
fuego, como así se cumplió en el día de Pentecostés. ¿Qué hace falta para convencer, definitivamente, a los hombres, de la realidad de Dios, del respeto que merece y de la ineludible necesidad de su amor, perdón, protección y auxilio, que todos tenemos? ¿Habrá algo más efectivo, para hacerles reaccionar, con gratitud, reverencia, admiración y sabiduría, que haberle visto morir y verle triunfante, resucitado? Sin embargo, las escrituras nos confirman de la insensatez y maldad de la mayoría de aquellos que lo vieron, pues retrocedieron como el perro a su vómito y en la misma forma que la cerda lavada, a revolcarse de nuevo en el fango.
Hoy, trágicamente, por no orar, ha aumentado el número de las vírgenes insensatas, que viven en la indolencia, tibias, sin la vehemencia del primer amor y no mantienen viva la relación de noviazgo con el Amado, secas, sin aceite en sus lámparas, pecando constantemente por omisión, pues han dejado de hacer el bien, al Señor y al prójimo, como nos advierte Santiago 4:17: y al que sabe hacer lo bueno, y no
lo hace, le es pecado.
Aristóteles dijo: “La esperanza es el sueño del hombre despierto”. Así, nos transmite la diferencia entre fantasías imaginarias y los ideales que se harán palpables, por tener fe inquebrantable en ellos, la cual nos da la fuerza para esperar a verlos cumplirse. Con esta firmeza, podemos orar usando las palabras del Salmo 62:5-8: Alma mía, en Dios
solamente reposa, Porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no
resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón.
Oramos, porque hacerlo nos llena de esperanzas, las cuales no son vanas ilusiones, sabiendo, con certeza, que serán hechas realidad, pues así nos lo asegura nuestra confianza puesta en Él, estando siempre seguros, al lanzar por nuestras bocas, cuando oramos, todo lo puesto por Dios en nuestro corazón, que lo veremos cumplido, porque no albergamos ninguna duda, sobre la perfecta fidelidad de nuestro Benefactor.
Estando nosotros embarazados de fe, por sus promesas, en estado de buenísima esperanza, sabemos que tendremos buen parto, como nos asegura su santa palabra, en el Salmo 40:1-3: Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí,
y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová.
Cuando vamos experimentando la realidad, de las respuestas del Señor a nuestras súplicas, crecemos espiritualmente y aumentamos nuestro diálogo con el Amado, en gratitud y expectación amorosa, de recibir nuevos regalos y mayores revelaciones, entrando en diferentes desafíos con Dios, contra el reino del maligno y
a favor de nuestros semejantes, esforzándonos más en interceder y luchar orando, cumpliendo la palabra que nos exhorta a ello, escrita en Salmos 31:24: Esforzaos todos
vosotros los que esperáis en Jehová, Y tome aliento vuestro corazón.
Al enseñar Jesús, a sus discípulos, la parábola de la viuda y el juez injusto, el inspirado escritor del evangelio la encabezó diciendo lo narrado en Lucas 18:1: También les
refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.
Es pues, la oración, una suprema y continua necesidad, común a todos los mortales, para vivir amparados, alimentados y dirigidos por Aquél que vive para siempre, en bendita dependencia, pues en ello se encuentra nuestro bien y el buen uso de la vida que nos ha sido regalada por Él, teniendo la tranquilidad diaria de saber que siempre se cumplen sus promesas y viviendo, por tanto, descansando en su regazo, como magníficamente nos asegura en el Salmo 91:1-6 y 9-16: El que habita al abrigo del Altísimo,
Morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, De la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, Y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, Ni saeta que vuele de día, Ni pestilencia que ande en oscuridad, Ni mortandad que en medio del día destruya. (...) Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, Al Altísimo por tu habitación, No te
sobrevendrá mal, Ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, Que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el áspid pisarás; Hollarás al cachorro del león y al dragón. Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.
Oremos cada vez más, porque los tiempos empeoran y las presiones demoníacas aumentan, comprendiendo que ésta es la principal obra de nuestra vida terrenal, con la cual podemos edificar a los hermanos y salvar a los perdidos, pues orar es como labrar la tierra, dejándola preparada, para lanzarle la santa semilla del evangelio, teniendo siempre la esperanza de recibir una buena cosecha, con abundantes frutos divinos. Por tanto, no dejemos de exhortarnos a intensificar estos sacrificios de labios, cumpliendo así la santa orden de hacerlo, mandada en 1ª Timoteo 2:1-4: Exhorto ante todo, a que se hagan
rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.
Si comprendemos la trascendencia de la oración y aprendemos a orar en el espíritu, con intensa devoción, veremos cada vez más la gloria de Dios, experimentaremos su omnipotencia y viviremos bañados constantemente en su amor, completamente enriquecidos por su sobreabun- dante gracia, con todos sus atributos adornándonos y operando a través nuestro, asumiendo, al fin, con avidez, que nuestra respiración espiritual y supervivencia es inseparable del aliento verbal, boca a boca, de la oración. Con este dogma bien arraigado en nuestra alma, decidiremos, de manera irrevocable, cumplir con la responsabilidad de consagrarnos, como máxima prioridad de nuestra vida diaria, en ser continuos incensarios del Señor.
¿Puedes orar conmigo de esta manera?
Amado Padre, suplico tu perdón, por tanta negligencia que he tenido, al no orar abundantemente, como deseas y enseñas. Te ruego que restaures mi vida, como altar de tu incienso y pongas, dentro de mí, cada día, espíritu de oración, que me esfuerce a buscar tu rostro y unirme a Cristo, en su constante intercesión, para serte agradecido y útil, en tus justos propósitos, sintiéndome inmensamente honrado, al concederme el santo privilegio de ser colaborador tuyo, a pesar de mis torpezas y debilidades, como siervo inútil que soy. Tómame, Espíritu Santo, con total señorío sobre mi vida, pues no quiero ser estorbo en tu camino y sí deseo servirte. Úsame en tus intercesiones, aunque sean con gemidos indecibles, o de la manera que
desees, pues te confío mi vida por completo, pero nunca dejes de hacerme arder, en tu celo santo por las almas y, sobre todo, de amor a ti, a tus gloriosos nombres.
Colosenses 1:9-14: Por lo cual también nosotros, desde el
día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.
Si la oración no acaba con el pecado, éste sí acabará con ella.
Oremos, porque un alma sin oración es como un huerto sin agua, igual que la fragua sin fuego y la nave sin timón. Teresa de Jesús dijo: “Dadme un cuarto de hora de oración y os daré el cielo”
Capítulo 3
¿CÓMO ORAREMOS?
Si nos referimos a la postura física que hemos de adoptar, para hacer nuestras oraciones, estoy seguro que tenemos plena libertad y podemos orar tumbados, boca abajo o boca arriba, sentados, de pie o de rodillas, con las manos levantadas, bajadas o cruzadas, en voz baja, alta, dando gritos o simplemente susurrando, e incluso en total silencio, orando mentalmente, aunque también he podido comprobar cómo el Espíritu Santo nos guía, impulsándonos a utilizar una forma u otra, según el tipo de oración que produzca en nosotros. Es triste ver los rituales que practican muchos creyentes, fijando una manera de orar, la cual repiten siempre, como cumpliendo una ley religiosa humana, estableciendo una clase de gimnasia física en sus cultos, aunque casi siempre he buscado adaptarme a ellos, al visitarles, para no crear confrontaciones, pero buscando, después, si he podido ministrar, compartirles sobre la vida de la libertad del Espíritu y la muerte de la letra. Sin duda, que sería del todo improcedente ver cómo alguien pide perdón a Dios sentado y con las manos en los bolsillos, cuando el verdadero arrepentimiento nos quebranta y pone de rodillas. De igual manera, sería estrafalario y completamente discordante, ver que una persona se pone a dar saltos y gritos estridentes, de aclamación al Señor, en
medio de la adoración de la grey. Todo tiene su tiempo y forma, en el buen orden del Espíritu Santo, como dice 1ª Corintios 14:40: Pero hágase todo decentemente y con
orden.
Jesús enseñó a sus discípulos, en distintas ocasiones, cómo debían orar y su enseñanza permanece válida y actual siempre, para todos los hombres, usando, principalmente, el ejemplo del Padre Nuestro, pero no con el propósito de hacernos caer en la mecánica religiosa y tener la obligación de repetirlo de memoria, como loros, pensando que es una fórmula mágica, pues así se manifiestan las reminiscencias de los rezos y hechizos de la brujería y el animismo, que han penetrado en el genoma humano, a través de Babilonia, la madre de todas las rameras religiosas, sino como un ejemplo modélico, de cuál ha de ser nuestra disposición, cuando nos dirigimos al Todopoderoso, según está escrito en Mateo 6:7-8: Y orando, no uséis vanas repeticiones,
como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
(Aconsejo leer el libro de mi esposa, titulado “Padre Nuestro”)
El Maestro llama palabrería a las vanas repeticiones, refiriéndose a esas letanías, rosarios, penitencias, jaculatorias o réquiems, tradiciones religiosas o teatrales, solemnidades, que no son oídas por Dios y más bien le
repugnan, considerándolas carnales y diabólicas, huecas, insípidas y fatuas, como lo sentencia en su palabra, para mostrar la verdadera actitud de oración, que hemos de tener los creyentes y no el fariseísmo religioso, eternizado en Isaías 1:14-17: Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas
solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.
Muchas oraciones de los cristianos, a semejanza de las hechas por los seguidores de todas las religiones del mundo, son meramente intelectuales, o de puro trámite y compromiso social o familiar, pero la mayoría de ellas nacen, exclusivamente, de sus necesidades carnales o terrenales, para buscar satisfacerlas, egoístamente, con sentimentalismos, siendo únicamente emocionales y religiosas, pronunciadas en una manera pegajosa, aburrida y vulgar, que rememoran las súplicas supersticiosas, hechas a ídolos, santos o brujos, con velas o donativos, para pagar de antemano sus favores, que generalmente no reciben o, si los obtienen, son acompañados de pérdidas mayores, como sí fueran sanguijuelas que solo dicen: ¡Dame, Dame!
Cuando Jesús se encuentra con la mujer samaritana, en el pozo que había excavado Jacob, símbolo del agua religiosa, transmitida por el Logos y sus ministradores, ella le pregunta dónde se debe adorar, si en el monte, como mandaban en Samaria o en el templo, según declaraban los judíos, contestándola el Señor con las palabras de Juan 4: 21-24: Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene
cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
La adoración es el nivel máximo de la oración y la alabanza, pero los religiosos no saben orar, alabar y adorar, como Dios quiere, que es solamente por medio de su Ruah Hacodesh y con nuestra total entrega y absoluta sinceridad, en completa devoción a Él, porque así lo merece y es la única manera que podemos concordar con su naturaleza, de santidad y gloria, para lo cual es indispensable haber nacido de nuevo, experimentando la santa metamorfosis, de gusano humano a paloma divina, como milagro creacional de salvación y regeneración, que solo Cristo da, según lo explica claramente, al responder a las preguntas de un buen creyente religioso, Nicodemo, en Juan 3:5-8:
Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el
reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento (La
misma palabra griega, usada en el texto original, significa tanto viento como espíritu.) sopla de dónde quiere, y oyes
su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Es entonces cuando vemos, en nosotros, el milagro de la transustanciación del agua en vino, maravillándonos de vivir la palabra de Dios, en lugar de leerla y entenderla solamente, como letra intelectual y ley que condena, limita y mata, al punto de estar encarnada en nosotros, haciéndo- nos crísticos, verbos vivientes, comprobando la gran diferencia que hay de ir al templo a ser lugar santísimo de Dios, una morada suya, de tener intermediarios sacerdota- les a mantener una comunión íntima con el Señor y depender totalmente de Él, pues ha llenado por completo nuestro corazón.
En el antiguo pacto, de la ley, el templo de piedra se llenó de la gloria de Javeh, pero en el nuevo pacto, del Espíritu, que nos pone un corazón nuevo, somos nosotros, los llenos del Ruah Hacodesh, convirtiéndonos en templos suyos, para poder decir, constantemente, lo dicho por Jesús en Lucas 4:18-19: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por
cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los