1 I ENCUENTRO INTERNACIONAL DE EDUCACION
Espacios de investigación y divulgación 29, 30 Y 31 de octubre de 2014
NEES – Facultad de Ciencias Humanas – UNCPBA Tandil – Argentina
II.3.Teoría crítica de educación: democracia y formación de la ciudadanía.
Caminando los senderos de la democracia hacia una educación transformadora: emergencias ciudadanas críticas.
SELVA ANDRADE, Melisa Institución de procedencia: UNPSJB – UNLP/CONICET Email: [email protected]
El objetivo de este trabajo es ofrecer algunas líneas para el análisis de la relación que se establece entre: educación, democracia y ciudadanía bajo la lente de la teoría contemporánea posfundacional. Retomando el aporte de algunos autores y erguidos sobre la confianza de que este trabajo sirva como un acercamiento teórico, se espera contribuir a la profundización de esta temática.
Partimos de la premisa de la importancia de pensar la Educación en clave política. Al preguntarnos sobre ella y las lógicas de su constitución, nos remitimos directamente a los problemas en el orden socio-político de cada sociedad en la que se inscribe. En este sentido, la pregunta por el orden social nos invita a pensar en su contracara: el conflicto, lo que implica poner en tensión los distintos niveles que operan en el intento de articulación de lo hegemónico y universal con la Educación, en tanto herramienta eficaz de control del conflicto social y mantenimiento del orden.
2 I
En esta primera parte intentaremos abocarnos al debate de la constitución política en torno a las lógicas de disputa por la conformación hegemónica del orden social, cómo este se reproduce y su posibilidades de subversión, de tal manera que se puedan identificar los procesos y prácticas educativas actuales en el seno de relaciones sociales complejas. Para ello revisaremos: la constitución de la sociedad y el conflicto social, la hegemonía y lo político en torno a la disputa por el orden social.
Varios autores contemporáneos aportan a la comprensión de aquello que constituye lo político y la política. Uno de ellos es Claude Lefort (1991) que, en vías de comprender el funcionamiento del orden social y la manera en que este produce y reproduce a la sociedad, nos invita a indagar y distinguir el concepto de lo político y la política, sobre todo para poder diferenciar las características y funciones de cada esfera. Lo político, propone, se circunscribe al carácter de lo instituyente y lo simbólico dentro de la sociedad, mientras que la política lo hace en la esfera de lo instituido, en torno a actividades, relaciones e instituciones con una lógica claramente instrumental y de administración de lo instituido, dentro de las cuales podemos encontrar a la institución educativa como una de ellas.
Otro autor referente para este trabajo es Chantal Mouffe (2007) quien hace una distinción conceptual entre “la política”, referida al campo empírico y al ejercicio institucional de las prácticas políticas (es un nivel óntico) y “lo político” como aquello que ancla su mirada en la esencia filosófica y las maneras en que esta perspectiva permite comprender cómo se constituye en la sociedad (nivel ontológico). Interesada particularmente en este último nivel, analiza de manera crítica las prácticas democráticas actuales desde dos conceptos estructurales a saber: hegemonía y antagonismo, tomando como punto de partida que lo político es un espacio de poder, de conflictos, de disputa por la hegemonía y caracterizado por una amplia gama de antagonismos.
3 autor “Lo social es una dimensión indefinida […]. Es lo que no puede presentarse más que en y por la institución pero que siempre es infinitamente más que esa institución”1. En este sentido, encontramos que no todo lo social puede ser representando, ya que excede a la sociedad, y por ende, pensar en la sociedad como un todo es pensar en una totalidad fallida, por su imposibilidad de regularla, por su condición indefinida e indeterminada. A esto se debe que no se pueda pensar en lógicas predeterminadas (Castoriadis utiliza el término pre-social para referirse a esto). Entonces ¿de qué manera se adquieren las significaciones que posibilitan modos de instituir el orden social, como una instancia de lo político? Aquí debemos incorporar una categoría de análisis que nos proporcionará luz para comprender las lógicas políticas en el marco de un ordenamiento particular, es decir, nos permitirá comprender las relaciones sociales y su reproducción: hegemonía.
El concepto de hegemonía es central en el planteo de lo político, ya que son las instituciones hegemónicas las que logran con eficacia dar por sentadas prácticas, discursos y categorías sin posibilidad de que sean cuestionadas. Así, las instituciones se instalan en el lugar del “sentido común” de forma auto-fundamentadas e incapaces de ser puestas en cuestión. Al respecto, Ernesto Laclau (2003) hace alusión a prácticas históricas y relacionales sedimentadas, como una forma de explicar la “naturalización” de relaciones sociales hegemónicas producidas por y dentro de un ordenamiento particular.
En este punto es donde radica la intrínseca relación entre sociedad, orden social y educación, ya que desde nuestro punto de vista, la educación puede ser herramienta eficaz de producción, mantención y reproducción de un ordenamiento hegemónico, pero a la vez es posibilidad de deconstruir prácticas e imaginarios sociales sedimentados. En este aspecto, el interés por la educación y su función transformadora, nos permitirá ver en ella su potencia des-sedimentadora.
II
En este punto del trabajo es menester detenernos en la relación entre la política, lo político y el vínculo con el Estado y la ciudadanía, siempre para poner estas categorías en diálogo con la educación.
4 Para retomar lo expuesto, el despliegue de lo político tiene por condición ser instituyente. El desarrollo teórico sobre este tema, la mas de las veces, circunscribe la política a las prácticas estatales. Sin embargo, no hay que dejar de prestar atención al vínculo de la política y lo político para preguntarnos: ¿Cuáles son los nuevos espacios de intervención de la política? ¿Puede la institución escolar ser espacio de emergencia de nuevas subjetividades que exijan una ciudadanía crítica capaz de poner en marcha verdaderos procesos emancipatorios?
El concepto de ciudadanía2 se halla asociado a la vinculación política, por la cual se
establece una conexión institucional jurídico-ética entre los habitantes de un territorio y el Estado, conexión que establece para cada uno de los habitantes derechos y responsabilidades, de los cuales el Estado es garante.
Cuando nos referimos a este concepto debemos tener en cuenta toda su dimensión política en tanto principio de individuación propio de la modernidad occidental, que hace referencia a las personas como sujetos de derechos.
Pero no debemos pasar por alto que el disfrute efectivo de dichos derechos tiene que darse a partir de la posesión de determinados rasgos identitarios. Recordemos que el el concepto de ciudadanía en su versión moderna nace acompañado con el reclamo jacobino de “libertad, fraternidad, igualdad”. En este sentido, los “iguales” de fines del siglo XVIII y principios del XIX fueron los que pudieron asimilar el modelo “humano” impuesto por la burguesía liberal triunfante. La idea liberal de igualdad abre así la lucha por el lugar que ocupan en la sociedad aquellos que son diferentes y desiguales en la disputa por la institución del orden.
El escenario moderno se va a caracterizar por la disputa en la institución del orden. La ampliación del escenario de participación va a configurar la nueva vida social y política. Y en ella estarán expresados disímiles intereses, pero siempre hegemonizando principios instituyentes, como los que nombrábamos en el párrafo anterior; rasgos no negociados que
2 Seguiremos la lógica del planteo presentado en: SELVA ANDRADE, M, ULLOA, N: “¡Calma pueblo que aquí
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no sólo establecen la configuración del orden social, sino además aquello que es considerado legítimo, configurando así subjetividades al interior de dicho ordenamiento.
Tocqueville señala que la igualdad es la naturaleza de la democracia, precisamente porque es aquello que la define y distingue de otros regímenes. Si lo que caracterizaba a las sociedades aristocráticas era la diferencia de derechos, los privilegios y las jerarquías, el primer movimiento de la democracia para constituirse como tal es justamente barrer con esas diferencias. Por eso la democracia –en términos históricos- fue revolucionaria: trastocó un orden social y fundó uno nuevo. Y lo que diferencia a este nuevo orden del anterior es la igualdad de los individuos ante la ley. De ahí que la igualdad es la condición de la democracia, su naturaleza, para decirlo en otras palabras.
El voto universal como producto de la lucha por la participación en asuntos públicos llevó a una ampliación de la ciudadanía, un intento de ampliación de los derechos políticos, económicos y sociales. Ahora bien, y en relación con lo que venimos sosteniendo, el reclamo de igualdad trae con el una gran dificultad en el marco de las sociedades contemporáneas, que es el poder desarrollar plenamente las libertades políticas, entendida como la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, ni garantiza procesos emancipatorios.
El siglo XIX será el escenario temporo-espacial donde la ciudadanía política tendrá su mayor protagonismo, al ingresar diversos sectores proletarios a la arena de la representación política. Los estados decimonónicos se vieron obligados a incluir a estos sectores ante la necesaria obtención de mano de obra para la consolidación de un capitalismo en vías de construcción. Por tanto, las democracias liberales debieron realizar concesiones en materia de derechos laborales a los trabajadores que comenzaban a reclamar dignas condiciones de trabajo y movilidad. Asimismo, organizaciones políticas vieron la luz al conformarse partidos de trabajadores que luchaban por estos reclamos (anarquistas, socialistas, comunistas y laboristas).
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La ciudadanía se yergue entonces como un espacio de lucha y de anclaje de tensiones, que trascienden la mera participación en la política o el acceso a derechos. Guillermo O´Donnell (1978) piensa, además, que la ciudadanía a la vez que efectiva (en el plano de los derechos individuales liberales) es ilusoria (desde una crítica a esos mismos derechos individuales). En el marco de un Estado Capitalista tardío y global advirtiendo que la ciudadanía y el capitalismo nacen y se constituyen en paralelo), la ciudadanía implica una igualdad abstracta de los sujetos en el plano político, y se constituye como el fundamento de un poder sesgado, reproduciendo la dominación de clases que la articula, en tanto se expresa como mediación entre el Estado y la sociedad.
Por eso no podemos dejar de resaltar la doble inscripción de la ciudadanía, en tanto una ciudadanía formal que intenta invisibilizar la desigualdad material a partir de una ciudadanía de igualdad abstracta, pero también el anclaje de la ciudadanía como un espacio de lucha que permite cuestionar, incluso, esa desigualdad. Ser consciente de este momento de cuestionamiento, nos permite ver con claridad que la ciudadanía hace referencia a relaciones de poder, articuladas de tal manera que pueden facilitar o entorpecer la participación en asuntos públicos. Si esto no sucede, la ciudadanía queda reducida a una estrategia retórica.
7 La escuela, como proyecto cultural de la modernidad y como institución del Estado, es un anclaje estatal para producir, mantener y reproducir determinadas condiciones de vida. Puede entonces servir como instrumento reforzador (en términos de O´Donnell) de las posibilidades de subjetivación de las personas, en tanto hace parte de los dispositivos con los que Occidente instauró su maquinaria de producción de la subjetividad. Todos estos factores generan grandes obstáculos en el proceso de construcción de la propia identidad.
III
Para reordenar lo expuesto hasta ahora, nos hemos dado a la tarea de aproximarnos a la comprensión de planteamientos conceptuales que distinguen lo político de la política, de manera que nos permita observar las lógicas que estructuran el orden social. Ahora nos gustaría dedicarnos a revisar críticamente los fundamentos de la educación proponiendo una re-discusión sobre el vínculo entre ésta y los procesos de configuración de identidades políticas, y así contribuir a la re-formulación de los desafíos de de la interculturalidad educativa. Podemos decir que la formación política no es neutral y mucho menos la educación, en esto parece haber cierto consenso académico. La educación es, en términos de O´Donnell, un tercer espacio social, en tanto es una de las instituciones estatales más importante en la producción de ciudadanos desde su muy temprana infancia, la reproducción de las particulares lógicas capitalistas actuales, en pos de la configuración y mantenimiento del ordenamiento social. Desde este punto de vista, toda educación debe entenderse en términos de sumisión dentro de un orden político histórico y contingente.
La educación escolarizada se presentó como una vía liberal hacia la participación ciudadana y la democratización. Sin embargo, hoy podemos dar cuenta de su carácter productivo de procesos de homogeneización, exclusión, subordinación y reproductor de formas más o menos sutiles de dominación.
8 Los estudios críticos sobre educación han hecho grandes aportes para un conocimiento histórico y conceptual de los distintos problemas y debates que se suceden en el marco de la sociedad actual y su incidencia en el ámbito educativo, centrando su mirada en la inequidad social, las estructuras jerárquicas que promueven intercambios desiguales.
Retomar estos aportes teóricos nos resulta pertinente metodológicamente para llevar adelante procesos que permitan comprender a las instituciones escolares como herramientas de reproducción de sistemas simbólicos y relacionales hegemónicos. En este sentido, vincular a la educación con la ciudadanía nos ayuda a comprenderla como praxis política que, a la vez que sedimenta relaciones desiguales de clase, género, etnia, religión, etc., genera condiciones necesarias desde donde erguir la lucha por la autonomía, las posibilidades de transformación del orden social y por ende, de emancipación. Por este motivo es que urge generar espacios que propicien actitudes de discernimiento de las complejas articulaciones de los discursos hegemónicos para poder poner en cuestión, a la vez, la manera en que se construye el ordenamiento de la sociedad.
El capitalismo liberal desarrolló procesos sociales, políticos, económicos y culturales que han influenciado a la educación en múltiples formas. Estos se han caracterizado por políticas públicas que subestiman la función transformadora de la praxis educativa y que no promueven ni contemplan procesos de participación crítica en el marco de este sistema.
La educación, entendida como acción política fuertemente transformadora e intencional sobre los procesos de subjetivación de todos los actores implicados, debe ser comprendida en su capacidad de imponer significados hegemónicos sobre la realidad y sobre la cotidianeidad a partir de las distintas formas que asumen las relaciones pedagógicas; cómo se organizan y se ponen en acto para asentar distintos tipos de ordenamiento históricos-sociales.
Es claro que el poder y el control no son producidos en la escuela, sin embargo la escuela y la educación están profundamente ligadas a las relaciones de dominación propias del capitalismo en su fase actual y, por lo tanto, son espacios sociales privilegiados para la socialización y la naturalización de dominaciones.
9 subordinación en las instituciones educativas, lo cual implica a su vez reconocer la historia de nuestras sociedades en el marco de lógicas coloniales aun vigentes y sus correlatos de opresión, jerarquización y discriminación entre géneros, etnias, clases y generaciones.
El desafío actual de la educación nos coloca en el centro del problema como protagonistas a la hora de pensar la manera en que podemos visibilizar identidades individuales y colectivas que se opongan al sistema de relaciones hegemónicas.
En palabras de Alonso y Morgade “las y los docentes son sujetos claves, tanto en la producción pedagógica global que estos/as lleguen a construir en forma colectiva sobre la subjetividad y las relaciones sociales”3.
Por todo lo dicho hasta aquí, es necesario pensar en un verdadero compromiso con la educación. No un compromiso meramente teórico, sino también y apoyados desde el piso de la investigación, inscribir la educación en nuestros cuerpos, anclándonos en el centro mismo de las instituciones educativas.
Abrir paso a la urgencia que requiere pensarnos como ciudadanos críticos es comprender la obligatoriedad de pisar las instituciones educativas, de habitar sus aulas, de compartir con estudiantes. La escuela tanto como espacio físico como institución del estado, se constituye entonces en un lugar esencial para cuestionar los términos de lo histórico-social y pensar en nuevos procesos de subjetivación, desdoblar discursos hegemónicos y generar procesos de traducción de lo político en la política.
Sin praxis pedagógicas, sin encarnar procesos educativos institucionales, todo lo que podamos pensar sobre nuevas ciudadanías queda inhabilitado. La acción constituye nuestra labor teórica, y la labor teórica se sustenta en la acción pedagógica. Escribir y pensar desde nosotros mismos en el seno de las escuelas donde ejercemos nuestra tarea, es condición necesaria. Es desde la actividad escolar y los diseños curriculares desde donde es posible subvertir el orden de lo instituido y eso sólo es posible comprenderlo dentro de las estructuras de la política escolar.
“Situar la acción y el discurso en el ámbito de la alteridad puede sonar irremediablemente abstracto, pero se trata de un espacio crucial de reconocimiento ético e igualitario porque aspira al “derecho de la igualdad en la diferencia”4
10 Bibliografía
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www.preac.unicamp.br/arquivo/materiais/txt_apoio_odonnell.pdf
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