UNIVERSIDAD DE CANTABRIA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
GRADO EN HISTORIA
TRABAJO DE FIN DE GRADO. Directora: Carolina Cortés Bárcena.
Curso 2017/2018
Las élites hispanas durante los gobiernos de
Trajano y Adriano.
Hispanic elites during Trajano and Andriano´s government.
ANDREA ROCA BLANCO.
2
Resumen.
La finalidad de este trabajo es hacer un recorrido por la historia de las élites hispano-romanas a comienzos del siglo II, concretamente con los gobiernos de los primeros emperadores hispanos Trajano y Adriano. Para llevar acabó esta tarea comenzamos con una presentación y contextualización historia tanto del siglo II, como de Trajano y Adriano, haciendo un breve repaso por la hechos fundamentales de su gobierno, así como de sus ideologías política y la personalidad de ambos. Acto seguido pasaremos a hablar del carácter de la aristocracia imperial y la importancia de esta para el buen funcionamiento de la administración del enorme territorio que ocupaba el Imperio romano y el mantenimiento de la paz. Así podremos llegar a la tarea que nos ocupa e indagar en las élites hispanorromanas con su respectiva llegada a los niveles más alto de la sociedad y el mantenimiento de su poder. Estas élites se distribuyeron entorno a tres ordines superiores dependiendo de su nivel de influencia, fortuna y grado de romanización, por lo que las expondremos conforme a su división en: ordo decurionum, ordo ecuester y ordo senatorius. Finalmente, hablaremos de una de las familias más sobresalientes dentro de las élites hispanorromanas, Los Minicii Natales, y su trascendencia histórica.
Palabras clave.
3
Abstract.
The main purpose of this essay is to go through the hispano-roman elites stories at the beginning of the second century, specifically regarding the governments of the first Roman emperor from Hispanic, Trajano and Adriano. To carry out this task, we will start with a historical presentation and contextualization of both, the second century and a review through the main facts of Trajano and Adriano’s governments, mentioning also their political ideologies and personalities. Later on, we will move on to discuss the character of the Imperial aristocracy and its importance for the proper functioning and the peace keeping of the big territory occupied by the Roman Empire. This way we will get to the assignment of exploring into the hispano-roman elites reaching the highest levels of society and the maintenance of the power. These elites were distributed according to three superior ordines depending on the level of influence, fortune and romanization. Therefore, we will expose them according to their division in: ordo decurionum, ordo ecuester and ordo senatorius. Finally, we will talk about one of the most outstanding families among the hispano-roman elites, The Minicii Natales, and its historical transcendence.
Keywords.
4
Índice.
1. Introducción. ... 5
2. El siglo II en el Imperio romano. ... 7
3. La dinastía Ulpio-Aelia y la influencia del clan-hispano... 9
3.1. Contextualización de los gobiernos de Trajano y Adriano. ... 12
3.1.1. Marcus Ulpius Traianus (57-117 d.C.) ... 12
3.1.2. Publius Aelius Hadrianus (76-138 d.C.) ... 14
4. La importancia de los ordines superiores en la época imperial. ... 16
5. Las élites hispanas en el Imperio romano. ... 21
5.1. El evergetismo en Hispania. ... 25
5.2. Las élites municipales hispanas. El ordo decurionum. ... 27
5.3. Los hispanos en el ordo equestre. ... 30
5.4. Los senadores hispanos. El ordo senatorius. ... 32
6. Los Minicii Natales. ... 35
7. Conclusiones. ... 38
8. Índice de figuras. ... 41
5
1. Introducción.
La instauración del Imperio trajo consigo una renovación de las antiguas formas de administración republicanas, lo cual desencadenó una profunda transformación de la vida política y de la administración, y en consecuencia, del orden social existente hasta ese momento. En concreto, la reformulación social más importante se dio dentro de los estamentos privilegiados, unos grupos sociales jurídicamente definidos que fueron los garantes de la estabilidad social del Imperio. Estas élites ostentarían un gran poder y serían las encargadas de difundir la ideología de Roma. A consecuencia de esto, conforme el territorio se iba expandiendo y la romanización llegaba a las comunidades que adquirían el derecho romano, las élites romanas absorberían y se fusionarían con las de las provincias.
Como resultado de la fusión entre las élites romanas y los hispanos tuvo lugar la aparición de nuevos hombres deseosos de promocionarse y formar parte de las élites imperiales. De tal modo, que después del asesinato de Domiciano, último emperador de la dinastía Flavia, a consecuencia de las intrigas palaciegas, cuando la situación entre los emperadores y el Senado pasaba por un momento de extrema delicadeza, algunos hombres pertenecientes a las élites aristocráticas de procedencia hispana supieron hacer frente a estos conflictos y alejarse de las confrontaciones. Todo esto, en el marco de una nueva opción política y la idea de mantener en el Imperio una estrecha colaboración entre las élites senatoriales y el emperador.
Así pues tras el breve reinado del sucesor de Domiciano, Nerva, las facciones hispanas del Senado junto con los senadores narbonenses, se posicionaron a favor de la reconciliación política y desde ese momento su ascenso a las cotas más altas de poder es imparable. Tanto fue así, que un miembro de una familia senatorial hispana reunió todas las características y alianzas oportunas para hacerse con el trono de Roma. Desde ese momento, el conjunto de las élites hispanas su nivel de prestigio, riqueza e influencia política y social aumentaron exponencialmente hasta alcanzar su punto álgido1.
Precisamente es a partir de este contexto donde el presente trabajo va a desarrollarse. Para ello, haremos una valoración del conjunto de las élites hispanorromanas durante los gobiernos de los emperadores hispanos en el siglo II. Con lo que tendremos que
1 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
fundación pastor. Fundación pastor de estudios. Madrid, 1991, 2, pp. 141, 149.; CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial: senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
6
analizar el auge, desarrollo y transcendencia de las élites hispanorromanas en todas sus vertientes, desde aquellas élites que permanecieron en las capas rectoras de las provincias y municipios hispanos, hasta las que pasaron a formar parte de las élites imperiales distribuidas dentro de los ordines superiores, como equites y miembros del Senado romano.
Con el objetivo de comprender mejor el período estudiado y el porqué de la transcendencia que tuvo en las élites hispanas, comenzaremos por contextualizar el período trabajado y sus características principales, haciendo un breve recorrido por el siglo II y el peso que tuvo la llegada de la dinastía Ulpio-Aelia, así como los gobiernos de Trajano y Adriano a grandes rasgos.
Introduciéndonos de lleno en la materia, procederemos a desarrollar la ideología y la importancia de las élites imperiales en la administración del Imperio romano en general, para seguidamente profundizar en la temática con las élites hispanorromanas del siglo II en particular, dividiéndolas según los estamentos de poder: ordo decurionum, ordo equester y ordo senatorius.
Para concluir, hablaremos de los Minicii Natales, una familia perteneciente a las élites imperiales de la cual conocemos la trayectoria política del padre, Lucius Minicus Natalis y del hijo, Lucius Minicius Natalis Quadronius Verus, gracias al rastro que han dejado en la epigrafía. Ambos representan el prototipo de élites hispanas que abandonan sus ciudades de origen para ser miembros del Senado y ocupar distintos puestos de importancia dentro de la administración imperial.
7
2. El siglo II en el Imperio romano.
Durante siglos los romanos dominaron el mundo occidental y en ellos, podríamos destacar una gran cantidad de fechas, etapas y momentos que marcaron el curso de la historia de la antigüedad, pero sin duda Roma llegó a su máxima expansión y poder con el inicio del Imperio Romano en el 27 a.C. de la mano de Octavio Augusto hasta la desaparición del Imperio Romano de Occidente en 476 d.C. Desde Augusto en adelante, Roma se rigió por el sistema imperial, en el que poder político real se depositaba totalmente en la figura del emperador. Los hombres que ostentaron el título de emperador representaba el poder supremo del Imperio y bajo su figuraba se erigía todo el Estado.
Existe una larga lista de emperadores romanos, algunos mejores y otros peores, pero se podría decir que durante el siglo II de nuestra era se sucede una de las mejores centurias del mundo antiguo por su esplendor y desarrollo. En este siglo el Imperio romano llegó a su máxima extensión territorial y consiguió alcanzar la madurez política, después de casi dos siglos de establecimiento del poder imperial. Con todo esto, podríamos decir que el siglo II se caracterizó como un período de libertad, estabilidad, unidad territorial, poder, abundancia y paz, todo ello bajo la idea del Imperio y el emperador2.
Esta centuria estuvo marcada por la llegada al poder de una nueva dinastía, conocida popularmente como la dinastía antonina, aunque en el último tiempo se ha extendido la denominación Ulpio-Aelia. Los primeros emperadores de esta dinastía se encargaron de culminar las reformas administrativas iniciadas durante la dinastía Flavia. Estas reformas tuvieron un carácter político-administrativo y social, en aras de intentar controlar el vasto territorio por el que se extendía el Imperio3. Por esto mismo, las provincias romanas comenzaron a tener un protagonismo hasta entonces desconocido y las élites de poder provincial se situaron en una posición de gran influencia política y social en la que divulgaronn la idea imperial para sostenerse en las capas rectoras del Imperio romano4.
2 CANTO, A. “Saeculum aelium, saeculum hispanu: poder y promoción de los hispanos en Roma.” En:
BARRACA DE RAMOS P. (coord.) Hispania. El legado de Roma. En el año de Trajano, España, 1999, pp. 209-224.
3 ESPINOSA RUIZ, U. “Recuerda, romano, regirás a los pueblos bajo tu mando” (Virg. Eneida VI 850853).
Cohesión y gobierno del mundo. En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 92-113.
4 CANTO, A. “Saeculum aelium, saeculum hispanu: poder y promoción de los hispanos en Roma.” En:
BARRACA DE RAMOS P. (coord.) Hispania. El legado de Roma. En el año de Trajano, España, 1999, pp. 209-224.
8
Un ejemplo evidente de este cambio tiene lugar con la llegada al trono de Trajano, el primer provincial de origen hispano que accede al gobierno del Imperio romano. A pesar de haber sido considerado por la historiografía como uno de los mejores emperadores de la historia, no es hasta después de su muerte cuando llega el máximo esplendor del Imperio, gracias a su sucesor, otro emperador hispano, Adriano. A partir de ellos durante todo el siglo II, se irán sucediendo en el trono una serie de emperadores con raíces hispanas, bien por origen directo o por adopción. En conjunto todos estos emperadores, Nerva, Trajano, Adriano, Marco Aurelio junto a Lucio Vero, Antonino y Cómodo, gobernaron el ciclo más próspero de Roma, y seis de ellos fueron venerados posteriormente como dioses, entre ellos Trajano y Adriano. Sin duda estos dos últimos fueron los más sobresalientes de los emperadores y ambos consolidaron la magnificencia del siglo II5.
La plenitud del siglo II terminará a la par de la dinastía Ulpio-Aelia con el asesinato del emperador Cómodo en el año 191, convirtiéndose en la dinastía más longeva del Imperio. Desde ese momento en adelante los años de mayor gloria y madurez imperial darán paso a un paulatino declive del Imperio romano6.
5
CANTO, A. “Saeculum aelium, saeculum hispanu: poder y promoción de los hispanos en Roma.” En: BARRACA DE RAMOS P. (coord.) Hispania. El legado de Roma. En el año de Trajano, España, 1999, pp. 209-224.
6 Ibídem, pp. 209-224.
Figura 2.1 . Árbol genealógico de la dinastía Ulpio-aelia desde Trajano en adelante con sus líneas de parentesco
9
3. La dinastía Ulpio-Aelia y la influencia del clan-hispano.
En este momento y antes de destacar las principales características de los gobiernos de Trajano y Adriano y su importancia en el desarrollo de las élites imperiales, es menester analizar brevemente la designación Ulpio-Aelia, la cual parece que desde que la propusiese Alicia Canto en un trabajo7 que publicó sobre los césares del siglo II, se ha impuesto en la historiografía actual para denominar a los siete emperadores que reinaron durante todo el siglo II, concretamente desde Nerva en el 96 hasta Cómodo en el año 192.
Esta lista de emperadores romanos ha sido siempre objeto de debate para los historiadores, puesto que no lograban llegar a un consenso sobre como denominar y agrupar dichos hombres y sus años de gobierno. Dicha discusión generó distintas definiciones con el paso del tiempo, entre las que podemos destacar: “los buenos emperadores”, “los emperadores adoptivos”, “los Antoninos” y “la dinastía antonina”, estas dos últimas nomenclaturas las más conocidas universalmente. Por toda esta confusión denominativa y apoyándose en una serie de fuentes de la antigüedad, en el año 2003 la arqueóloga y epigrafista, Alicia Canto argumentó que estos emperadores deberían ser conocidos como la dinastía Ulpio-Aelia, de los gentilicios de Trajano y Adriano. Canto aportó una serie de datos contundentes y desde entonces siempre se ha mostrado tajante en su afirmación8.
Pero, ¿por qué dinastía Ulpio-Aelia?, ¿eran realmente una dinastía?, ¿podemos hablar de una dinastía hispana en Roma? Es ineludible que desde finales del siglo I d.C. las provincias hispanas empiezaron a participar activamente en la vida romana y juegaron un papel decisivo en un período de crisis imperial, por ello fueron recompensadas por el emperador Vespasiano con la concesión del ius latii que los convirtió en ciudadanos romanos de plenos derechos. Desde ese momento, algunas élites, en especial las que procedían de la Baetica, alcanzaron un gran poder y comenzaron una andadura política en ascenso que culminó con la subida al poder del primer emperador provincial hispano, Trajano9.
Concretamente dentro de la Baetica, en la población de Itálica se ubicó la familia de Trajano y donde el mismo nació, como confirman las fuentes epigráficas. Gracias a la
7 CANTO, A. “La dinastía Ulpio-Aelia (98-192 d.C.) Ni tan “buenos”, ni tan “adoptivos”, ni tan
“Antoninos”.” En: Gerión. Universidad complutense de Madrid, Vol. 21, 1, 2003, pp. 305-347.
8
FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
10
epigrafía también podemos saber que la gens a la que perteneció se conocía como gens Ulpia, oriundos de la provincia y posteriormente romanizados, pasando a pertenecer a las más altas esferas de la provincia por la acumulación de tierra y capital y más tarde a las élites imperiales. De hecho el padre de Trajano fue un excelente militar y posteriormente cónsul, lo que procuró al futuro emperador la posición social necesaria para situarse en el carrera hacía el gobierno10. La familia Ulpia junto con otras familias originarias de Hispania unieron fuerzas e influencias y configuraron el clan hispano, del que se empezarían a rodear los emperadores de la dinastía Flavia. Entre esas familias se encontraba la gens Aelia, también originaria de la Baetica11.
Una vez fallecido Domiciano en el 96 d.C., Nerva, un hombre de avanzada edad, llegó al poder y continuó con la línea política impuesta por los Flavios, apoyándose en el clan hispano durante sus dos escasos años de reinado. Rodeado y asesorado por estos, tomó una decisión que marcó el curso de la historia de Roma, en una ceremonia en el Capitolio adoptó a Trajano, hasta ese momento senador, como su legítimo heredero12. Todo esto fue un plan perfectamente diseñado por los hispanos aprovechando el vacío de poder que había dejado Domiciano y su mala relación con el Senado. Una vez que vieron las señas de debilidad que había dado el gobierno de Nerva, entre otras cuando un prefecto del pretorio, Casperius Aelianus, encabezó un levantamiento para instar al emperador a perseguir a los asesinos de Domiciano, un grupo senatorial capitaneado por los hispanos presionó a Nerva para que eligiese un sucesor. Entre los posibles candidatos destacaba la figura de un hispano, Trajano, el cual representaba a las élites renovadas que abogaban por la conciliación entre emperador y Senado. Finalmente, Nerva elige a Trajano como su sucesor y los hispanos se consagran en el poder13.
Recapitulando los hechos y para poder avanzar en el porqué de la denominación Ulpio-Aelia como la verdaderamente válida para designar al conjunto de emperadores del siglo II, hay que continuar indagando en la influencia de los hispanos en el Imperio desde el siglo I de nuestra era. La máxima autoridad dentro del clan, y por tanto, el mayor cumulo de poder, estaba bajo la figura de un personaje clave en la llegada al trono de los
10 Ibídem, pp. 251-264. 11
CANTO, A. “Saeculum aelium, saeculum hispanu: poder y promoción de los hispanos en Roma.” En: BARRACA DE RAMOS P. (coord.) Hispania. El legado de Roma. En el año de Trajano, España, 1999, pp. 209-224.
12 FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
13 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
11
hispanos, L. Licinius Sura. Este hombre desarrolló una serie de operaciones político-militares de gran habilidad y previsión para situar a sus compañeros en las esferas más altas. Estas operaciones crearon una red de poder en la cual los hispanos, principalmente béticos y tarraconenses, ocupaban cargos en los consulados y el Senado, proporcionándoles dinero e influencia. La construcción de esta red acabó de configurarse en época Flavia y fue el puente necesario para que en el año 97 Nerva señalase a Trajano como su sucesor. Así el clan hispano terminó por hacerse con el máximo poder y este, se extendió durante todo el siglo II gracias unos emperadores descendientes del clan y asesorados por sus integrantes, destacando sus acciones de poder sobre todo con el gobierno de Trajano14.
Con todo ello desde Adriano en adelante, el resto de emperadores, Antonino Pío, Lucio Vero y Marco Aurelio, y Cómodo, adoptaron el nomen Aelius de Adriano y estuvieron vinculados con Hispania, teniendo entre ellos relaciones de parentesco. Lo curioso es que de esta lista el único que no tiene vínculo sanguíneo con la Península Ibérica fue Antonino Pío, quien dio nombre durante siglos a toda la dinastía15. Aun sin la consanguinidad, Antonino, de origen galo, estaba estrechamente vinculado al clan hispano, por su casamiento con la hija de M. Annius Verus. No obstante, el único Antonino propiamente dicho que se hizo con el poder en el año 138 sucediendo a Adriano, tuvo que aceptar las condiciones de este para acceder al cargo. Estas fueron integrarse dentro de la gens Aelia de la que procedía Adriano, la imposición de su heredero por parte de Adriano y con ello, la prohibición de realizar sus propias adopciones. Al aceptar las condiciones de Adriano, Antonino Pio se convertía de forma legal en un Aelius. Por lo tanto, no parece lo más lógico otorgar el nombre de Antoninos a toda una dinastía cuando tan solo uno de ellos lo fue y perdió sus gens al aceptar la de su predecesor16.
Como veníamos argumentando, desde de Nerva, entre los emperadores que se suceden durante todo el siglo II existen vínculos de sangre y parentesco por lo que parece que crean una estirpe propia, donde destacan los Ulpius y Aelius, y por ellos se puede dar nombre a toda la dinastía. De ahí que la profesora A. Canto proponga el nombre de los
14 Ibídem, pp. 209-224. 15
Ibídem, pp. 209-224.
16 BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. “El nombre de Hispania en la Historia. Los hispanos en el Imperio
Romano.” En: PALACIO ATARD, V. De Hispania a España: el nombre y el concepto a través de los siglos. España, TEMAS DE HOY, 2005, pp. 1-33.
12
ulpio-aelios o dinastía Ulpio-Aelia para hacer referencia a estos emperadores con orígenes hispanos17.
3.1. Contextualización de los gobiernos de Trajano y Adriano.
“Después de mucho oír y mucho leer, puedo afirmar que el mayor crecimiento de Roma fue debido al esfuerzo y valía de los extraños… ¿Quién más divino que Trajano?, ¿quién más excelente que Adriano?”(Aur. Vict. Caes. 14,2).
Es la configuración de las élites hispanas y su poder en los distintos escalafones del imperio romano lo que nos ocupa en este trabajo, pero más concretamente las élites durante los reinados de Trajano y Adriano, por ello, para contextualizar resumiremos los aspectos más relevantes de ambos emperadores, cuya fama ha perdurado a lo largo de la Historia.
3.1.1. Marcus Ulpius Traianus (57-117 d.C.)
Trajano fue emperador de Roma durante 19 años, concretamente desde el año 98 hasta su muerte en el 117. Fue el primer hispano que llegó al gobierno imperial, es decir, su procedencia era provincial, sin raíces en la Península Itálica. Su familia, originaria de Hispania, procedía de la provincia Baetica, parece ser que la mayor parte de la misma emanaba de la urbs Italica aunque también había ramificaciones de la familia por el resto de dicha provincia. El nombre de la familia originario fue Traius y de ahí derivó en Traianus, nombre en latín del emperador,
aunque más adelante pasaron a ser reconocidos como la gens Ulpia18. En cualquier caso, esta familia fue uno de los ejemplos de las élites indígenas que pasaron a formar parte de la vida romana, gracias a su riqueza, prestigio y posición social.
17 FERNÁNDEZ URIEL, P. Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano. En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
18 FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
Figura 4.2. Busto del emperador Trajano.
13
En efecto, las fuentes clásicas ya nos hablan de que las familias pertenecientes a las élites hispanas pasaron a formar parte del círculo de confianza de los emperadores flavios y a la muerte del último príncipe de esta dinastía, su sucesor Nerva continuó apoyándose en ellas y permitiendo que estas ejerciesen su influencia. De ahí que Trajano fuese la elección de Nerva para sucederle, lo cual se legitimó a través de la adoptio y gracias al apoyo que recibió del grupo senatorial constituido fundamentalmente por hispanos mayoritariamente y narbonenses19.
Una vez que Trajano estuvo en posición de poder se transformó en la figura idónea de emperador, tal y como había sido Augusto en su cargo, tradicional y de carácter helenístico. Sus mayores empeños como Princeps fueron la conquista de Dacia y el Oriente, Trajano era ante todo un militar, y sin duda lo consiguió pues durante su reinado el Imperio llegó a su máxima expansión territorial. Además de esto su imagen era impecable porque ya desde sus primeros años de gobierno, tuvo detrás hubo una estudiada propaganda imperial, encabezada por Plinio el Joven, que presentó en su obra, el Panegírico, al emperador Trajano como Optimus Princeps20, además de defender su adoptio. En general la totalidad de la obra de Plinio pretende legitimar toda la línea política de Trajano, el cual mantendría siempre una buena relación con el Senado, y un gran respeto por las leyes y la tradición romana21.
Su carisma helenístico le permitió asumir el rol que siglos atrás tuvo Alejandro Magno, como señor del mundo y conquistador, de tal modo que continuaba legitimando su gobierno. En general podemos afirmar que fue un emperador con un perfil expansionista, guerrero, teocrático, paternalista y humanitario. Con todo esto, Trajano actuó siempre en sintonía con la ley romana y con el Senado, fundando ciudades y transmitiendo la cultura romana allá donde llegaba su poder.
Durante toda su vida como emperador, Trajano contó con la lealtad de su pueblo y, a pesar de las guerras a las que arrastró al Imperio en Oriente y Dacia, supo encontrar el equilibrio económico y social, pues se caracterizó por ser un hombre cauto, a pesar de su
19 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
fundación pastor. Fundación pastor de estudios. Madrid, 1991, 2, ISSN 0532-8551, pp. 154-163.
20 Título que lo acreditaba como el mejor de los ciudadanos, colocándole por encima del resto y en relación
con la divinidad.
21 FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
14
afán de conquista, y canalizó a la perfección los recursos del Imperio para mejor las infraestructuras con una buena política edilicia que agradase a sus ciudadanos.
En líneas generales podríamos afirmar que Trajano ha pasado a la historia como uno de los mejores emperadores de Roma, tanto entre sus contemporáneos como generaciones posteriores, junto con otros nombres como su sucesor Adriano, Augusto o Constantino22.
3.1.2. Publius Aelius Hadrianus (76-138 d.C.)
Al igual que ocurrió con su predecesor, Adriano llegó a la cumbre del Imperio por adoptio y con la ayuda del clan hispano. Pues fueron precisamente estos quien dirigidos por su máxima autoridad en el momento, Licinio Sura, propusieron al emperador Trajano la elección de Adriano como sustituto imperial. La elección de Trajano se legitimó gracias al grado de parentesco que les unía, sobrino
por parte de madre, y al matrimonio de Adriano con una sobrina de su predecesor. De tal modo que Adriano se convirtió en el segundo emperador de origen hispano, perteneciente a de una las familias mejor posicionadas de Hispania, la gens Aelia. No obstante, aun hoy se discute si nació en Italica o en Roma, , subió al trono en el año 117 y permaneció en el hasta el año de su muerte23.
Al contrario que con Trajano, no disponemos de una completa fuente directa sobre la biografía Adriano, tan solo se han conservado fragmentos sueltos de su autobiografía y algunas citas de senadores del siglo III sobre el emperador. Lo que se sabe con mayor exactitud acerca de su vida imperial es gracias a la Historia Augusta del siglo IV donde se encuentra el texto de Vita Hadriani24.
22 Ibídem, pp. 251-264.
23 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
fundación pastor. Fundación pastor de estudios. Madrid, 1991, 2, ISSN 0532-8551, pp. 154-163.
24 FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
15
De acuerdo a las distintas fuentes directas e indirectas se puede hablar de un emperador que a grandes rasgos mantuvo la doctrina teocrática de poder impuesta por Trajano, además continuó con la adoptio, se sometió a las leyes principales del Imperio y práctico una política paternalista y humanitaria. Sin embargo, su figura es un tanto más compleja, aun apoyándose en el Senado sus relaciones con este fueron más difíciles y distantes, y los apoyos senatoriales que obtuvo fueron de los sectores más moderados que estaban en contra de la política exterior llevada a cabo por Trajano en las diferentes guerras en las que tomó partido. Frente a Trajano, Adriano recibió una educación más griega que helenística, lo que marcó su línea ideológica y representó un modelo de Princeps moderado, alejado de la actitud bélica y expansionista de su predecesor. Según las fuentes, no se distinguió por ser una persona afable, pero si fue equilibrado en cuanto a sus decisiones, prudente y generoso.25
Su línea política administrativa fue muy ambiciosa y decidió ampliar y reformar las leyes provinciales para colocar a las provincias en condiciones de igualdad respecto a la capital. Además, reformuló las bases del derecho romano, dando lugar a un tipo de legislación un tanto más moderna que la anterior26.
En materia militar, desdeñó las prácticas llevadas a cabo por Trajano y se alejó de los grandes gastos militares pero manteniendo un buen ejército que permitiese la defensa del Imperio en caso de ser necesario. En parte gracias a este tipo de decisiones, la economía mejoró sensiblemente y aumentó el patrimonio imperial con una serie de reformas fiscales.
En cuanto a la edilicia, un hombre tan culto y amante de la Grecia Antigua como Adriano, dio paso a un período clasicista y financió importantes reformas y construcciones, sobre todo en su ciudad de origen, Italica, aparte de ser un firme precursor del arte y la literatura.
25 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
fundación pastor. Fundación pastor de estudios. Madrid, 1991, 2, ISSN 0532-8551, pp. 154-163.
26 FERNÁNDEZ URIEL, P. “Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano.” En:
ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 251-264.
16
En definitiva, si con Trajano se alcanzó la mayor expansión territorial del Imperio, con Adriano se alcanzó la mayor expansión cultural de la época imperial. Recayendo en ambos mandatarios la consolidación del Imperio y la llegada al poder de los hispanos27.
4. La importancia de los ordines superiores en la época imperial.
Después de que Augusto saliese victorioso de la batalla de Accio en el 31 a.C. contra Marco Aurelio, la propaganda imperial hizo especial hincapié en presentar al emperador como el garante de la paz y de la estabilidad política, social y económica de toda Roma. En teoría, ser la cúspide de un territorio tan grande como Roma era un trabajo inabarcable, por ello, en la práctica, para realizar sus obligaciones como cabeza de Estado se apoyó en unos estamentos conocidos como los ordines superiores28.
Los ordines superiores formaban parte de los engranajes de los órganos de gobierno, auxiliados por una compleja burocracia. Estos ordines, también conocidos como élite imperial, participaban activamente en el Estado y su poder se nutría del mismo, por ello, sabían perfectamente que su altísima situación política, con todos los privilegios que ella acarreaba, eran fruto del sistema imperial y de ahí, la necesidad que tenían de preservar el mismo. Para el mantenimiento y supervivencia de este orden social de carácter piramidal, en el cual el emperador se situaba en la cumbre y las élites directamente debajo de él, era necesario que la gente sintiese arraigo al sistema y para esto las referencias ideológicas eran esenciales. De tal modo, que en época imperial las élites de poder no solo se preocuparon por ocupar cargos políticos, sino que procuraron convertirse en modelos de conducta para el resto del pueblo romano y de esa manera, continuar en la cúspide social de Roma29.
Todo el poder que aglutinó la aristocracia imperial se debió a la alta posición que ocuparon dentro de la jerarquizada y desigual sociedad romana, fundamentada en la diferenciación de derechos y obligaciones y en su particular concepción del término persona. El sustantivo persona solo hacía referencia a los ciudadanos romanos que poseían
27 Ibídem, pp. 251-264.
28 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
29 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
17
plenos derechos civiles, excluyendo a un gran número de habitantes del Imperio. Este reparto de derechos y obligaciones lo que buscaba era el equilibro social y por ello, se acabó convirtiendo en una sociedad de grupos de derechos, controlados por el census. Dentro de este censo, existían distintas categorías, controladas en función del reparto de obligaciones fiscales, políticas y militares. Así, las clases que se situasen en las posiciones más altas del census tendrían una posición social privilegiada y podrían gozar de la participación en vida pública y las magistraturas del Estado30.
La mayor aspiración pública de las élites romanas era ingresar en el Senado, pues ocupando dicho puesto no solo se llegaba a la cumbre política, sino que aumentaba el nivel económico y la consideración social del individuo como un ciudadano honroso y ejemplar. Con el inicio del Imperio, el Senado y el sistema de nombramiento de senadores, tuvieron una serie de modificaciones para dejar de lado las reminiscencias republicanas. Entre otras reformas, destacó la reducción del número de integrantes senatoriales y la manera de elección de los mismos, donde se exigía entre otras particularidades: unos altos requisitos económicos, requerimientos formativos y experiencia en la milicia y estar en posesión de la dignitas, un don intangible que reunía una serie criterios morales y sociales, los cuales debían de ser propios de un ciudadano romano. Además también se transformó la definición del ordo senatorius, puesto que se convirtió un órgano consultivo a expensas del emperador. Aparte de todo esto, Augusto introdujo una medida legal impactante, extendiendo la designación de miembros del ordo senatorius a la familia31.
No obstante, estas medidas de reformulación del órgano senatorial iniciadas por Augusto y que años después completaría el emperador Calígula, no pretendían crear un orden social inamovible y estático, ya que el progresivo aumento de las tareas de gestión hacía necesario que el Senado estuviera en continua renovación. Además de las tareas de gestión, estaba el carácter propio de los romanos, muy abierto a la movilidad. Todo esto propició la incorporación de nuevos rostros al ordo, bien por concesión imperial, bien por incorporación a una familia senatorial. El resultado de esta permeabilidad senatorial fomentó la ambición de los hombres a escalar posiciones y esto los hizo luchar por convertirse en individuos cada vez más válidos y ambiciosos para beneficio del Imperio32.
30 Ibídem, pp. 265-280. 31
CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial: senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
18
Además de la transformación del ordo senatorius, Augusto también se encargó de convertir el estamento ecuestre en una alta instancia imperial complementaria al Senado. La reformulación del ordo equester permitió la incorporación de sus miembros en la élite de la administración romana. Las reformas se irían desarrollando a lo largo del Imperio en un entramado de distintas prefecturas ecuestres y procúratelas. De tal manera que el ordo equester obtuvo su propio cursus honorum paralelo al de los senadores33.
Para formar parte del estamento ecuestre, se necesitaba en primera instancia la recomendación de un alto funcionario, un senador, un gobernador o alguien influyente del entorno del elegido, pero sin duda la última palabra recaía en el emperador. El hecho de que la recomendación y la voluntad imperial fuesen elementos inexorables para entrar en el ordo equester, denota el cambio de rumbo que había tomada el estamento desde el inicio del Imperio, dejando de lado el elitismo que lo caracterizó durante la República y pasando a ser un estamento abierto y permeable. El objetivo de este aperturismo era la incorporación de nuevos candidatos cualificados, con buena preparación y capacitación técnica, para que ocupasen cargos en ámbitos judiciales, militares, económicos y burocráticos quedase de lleno en manos de los equites, alejándose de la temática puramente política propia del Senado y convirtiéndose en un estamento muy competente y especializado34.
No obstante, el ordo equester, no fue un estamento de servicio imperial exclusivo, sino que la mayoría de los equites formaron parte de las oligarquías locales. El no alejarse del ambiente provinciano dio lugar a que muy pocos caballeros ocupasen cargos en las procúratelas y por lo tanto, su núcleo de actuación se redujo al ámbito urbano. Esto dio lugar a falta de cohesión en el grupo y a la creación de dos vertientes, una formada únicamente por los equites que desempeñaron cargos en la aristocracia imperial y otra, los caballeros que estaban dentro de las élites urbanas
Lo indudable es que ambos estamentos pertenecieron a los ordines superiores y por lo tanto, formaban parte de la exclusiva y necesario aristocracia imperial, resistiendo
33 OZCÁRIZ GIL, P. “El personal administrativo en las provincias.” En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y
OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 77-88.
34 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
19
transformaciones conforme evolucionaba el imperio y llegando a su pleno auge durante la etapa de los emperadores hispanos35.
Pero para controlar y administrar un régimen imperial con un territorio tan descomunal, no bastaba con la reformulación del estamento senatorial y del ecuestre, sino que hacía falta establecer un control provincial de los territorios. Este control se basó en la creación de un perfil geográfico, que preservase el territorio imperial de propios y extraños, y en el establecimiento de una buena administración provincial. Así consiguieron que la pluralidad culturar de los integrantes del imperio no fuera causa de división del mismo36.
Por lo tanto, el régimen imperial definió unas bases de control y administración en aras de preservar un territorio descomunal, que superaba los 5 millones de km². Una vez planteada esta problemática, lo primero que se hizo fue fijar unos límites geográficos para que la administración, preservación y defensa de sus dominios fuese admisible. Los romanos no solo lograron este propósito en un Estado en que el que sus territorios eran extremadamente plurales, sino que los sistemas de control implantados en la época imperial se mantuvieron, con escasas variaciones durante casi quinientos años37.
35 Ibídem, pp. 265-280. 36
ESPINOSA RUIZ, U. “Recuerda, romano, regirás a los pueblos bajo tu mando” (Virg. Eneida VI 850853). Cohesión y gobierno del mundo. En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 92-113.
37 Ibídem, pp. 92-113.
Figura 5.4. El Imperio romano en su mayor extensión en los años 117 d.C. durante la época de Trajano.
20
Estos sistemas de control y administración propiciaron una cohesión entre los distintos territorios que fortalecieron la unidad política de todo el Imperio, dando lugar a una de gestión del poder único en la historia de la humanidad. Los complejos mecanismos del sistema imperial se fueron desarrollando y perfeccionando durante todo el Imperio y alcanzaron su madurez con los gobiernos de los emperadores de la dinastía ulpio-aelia38.
Aparte del control de todos sus territorios conquistados para el buen funcionamiento de la administración imperial, la duración del orden imperial perduró en el tiempo gracias a la paulatina integración de los habitantes de los distintos territorios conquistados. Esta integración pasaba por la aculturación de las distintas provincias al estilo de vida romano, así como de hacerles parte activa del territorio, introduciéndoles en la vida política y social.
Dentro de estas medidas de integración, la incorporación de las élites provinciales a formar parte de la aristocracia romana y su administración fue un punto clave para el correcto funcionamiento del Imperio. Pero para que estos pudiesen acceder a la promoción social y política, había que pasar por concederles el derecho de ciudadanía romana, que comenzó a extenderse por los territorios itálicos periféricos a Roma, para paulatinamente ir llegando al resto de provincias. Una vez convertidos en ciudadanos de pleno derecho era necesario integrarse en la alta burocracia y para ello, debían de tener una asimilación total de la cultura y formas de vida romanas, es decir, haberse romanizado. La romanización era la asimilación de las formas de vida romana, dentro de la cual podemos destacar: un profundo fervor al sistema imperial y compartir la ideología política y religiosa de Roma. Además de todo esto, las nuevas élites provinciales debían de haber sido individuos políticamente activos en sus lugares de origen y reunir una serie de requisitos económicos. Unidos estos requisitos podían comenzar a ocupar cargos en las magistraturas locales y ocupar un sitio en el consejo municipal, ordo decurionum. Una vez que se incorporaban plenamente dentro de las oligarquías locales, el ascenso a las élites imperiales era cuestión de disponer de los recursos necesarios y abandonar sus ciudades de origen39.
38 ESPINOSA RUIZ, U. “Recuerda, romano, regirás a los pueblos bajo tu mando” (Virg. Eneida VI
850853). Cohesión y gobierno del mundo. En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 92-113.
39 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
21
La posibilidad que ofreció el Imperio romano a las élites provinciales de incorporarse en los puestos más altos de la administración consolidó el dominio imperial, ya que las élites convirtieron la misión de Roma en la suya propia. Para ello, propiciando el mantenimiento de un Estado fuerte, unitario y pacífico. Paralelamente a este fenómeno, los oriundos ciudadanos romanos aceptaron a los provinciales desde el principio y se mostraron conformes con la paulatina incorporación porque sabían las ventajas que aportaba al régimen, entre ellas, mejora de la economía, mantenimiento de la paz y aglutinamiento de todos sus territorios bajo un solo denominador común, el ideal imperial. En suma, la incorporación jurídica de las provincias era equivalente a estabilidad40.
Con lo que la recién renovada aristocracia imperial hizo un trabajo doble en el mantenimiento de la cohesión del Estado, puesto que se implicaban en la gestión del mismo y actuaban como modelo de comportamiento para el resto de la sociedad romana. Una sociedad que legitimaba su poder debido al buen funcionamiento y eficiencia general del Imperio. El poder de la aristocracia imperial pasaba de generación en generación, y aún con la pluralidad territorial que tuvieron, siempre estuvieron unidas por unos valores e intereses comunes para con el estado imperial, ya que su base económica y su fuerza política eran causa del privilegió que les otorgó Augusto al crear los ordines superiores.
En definitiva, los sucesivos emperadores junto con la aristocracia imperial se situaban en el vértice más alto de la sociedad y sabiendo aprovechar su situación de liderazgo actuaban conjuntamente para mantener el buen hacer del Imperio de Roma y su permanencia en el tiempo41.
5. Las élites hispanas en el Imperio romano.
La recién estrenada élite hispana gobernó los territorios hispanos y formó parte de las élites imperiales durante todo el Alto Imperio, alcanzando su punto álgido de poder con el primer emperador hispano, Trajano y con su sucesor, Adriano. Efectivamente, la imposición de Trajano al mando de Roma supuso un punto de inflexión para las élites hispanas, ya que el emperador recompensó los apoyos de su círculo más cercano y los
40 ESPINOSA RUIZ, U. “Recuerda, romano, regirás a los pueblos bajo tu mando” (Virg. Eneida VI
850853). Cohesión y gobierno del mundo. En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 92-113.
41 ESPINOSA RUIZ, U. “Recuerda, romano, regirás a los pueblos bajo tu mando” (Virg. Eneida VI
850853). Cohesión y gobierno del mundo. En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 92-113.
22
encomendó puestos de responsabilidad civil y militar. Aunque, con Adriano esta tónica predominó en menor medida, continuó habiendo determinados individuos de las élites hispanas en puesto de influencia42.
Sin embargo, como indicábamos en el apartado anterior era esencial para formar parte de las élites que controlaban la vida política, social y cultural del imperio romano ser ciudadano de pleno derecho. Los hispanos obtuvieron este privilegio gracias a que Vespasiano otorgó el ius latii a la totalidad de las provincias hispanas, lo que permitió a las élites indígenas que ocupaban cargos en la administración de las recién estrenas civitates romanas alcanzar la ciudadanía romana. El edicto de latinidad en Hispania completó un proceso de romanización e integración jurídica de la provincia que se había iniciado a finales de la República con Julio César en determinados territorios y que había continuado en el Imperio de la mano de Augusto y sus futuros sucesores43.
Efectivamente, fue Vespasiano quien marcó el punto de inflexión en las élites con la concesión del ius latii a Hispania, ya que esto aceleró la total configuración de las élites hispanorromanas durante el siglo 1 d.C. Este proceso de ampliación de las élites imperiales estuvo marcado en Hispania por la fusión de los descendientes itálico-romanos con los indígenas romanizados44. En la forja y ascenso de las élites hispanas tuvieron una importancia vital las ciudades, ya que estas habían adoptado totalmente los modelos sociales, políticos y culturales de Roma. Así, una vez que se hubo instaurado por completo la romanización en las antiguas civitates stipendiariae, las élites comenzaron a hacerse cargo de las magistraturas locales y, como ocurría en el resto del imperio para estos hombres era esencial entrar a formar parte de la política imperial para así poder promocionarse en los ordines superiores45.
Para ascender en la promoción social, como ocurría en toda Roma, había que gozar de fortuna, prestigio social y buenas relaciones con el conjunto de las familias privilegiadas. Tanto es así, que muchas de las familias estuvieron emparentadas, como
42 BRAVO CASTAÑEDA, G. “Nuevas aportaciones al debate sobre las élites provinciales en la Hispania
romana.” En: Gerión. 2006, vol. 24, no. 2, pp. 21-30.
43
MELCHOR GIL, E. “Las élites municipales hispanorromanas a fines de la república y en el alto imperio: ideología y conductas sociopolíticas.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 391-408.
44 GONZÁLEZ-CONDE PUENTE, M.P. “Las élites políticas en la guerra y en la paz.” En: Cuadernos de la
fundación pastor. Fundación pastor de estudios. Madrid, 1991, 2, ISSN 0532-8551, pp. 141, 149.
45 MELCHOR GIL, E. “Las élites municipales hispanorromanas a fines de la república y en el alto imperio:
ideología y conductas sociopolíticas.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 391-408.
23
adelantamos con la relación entre la gens Ulpia y la Aelia, o los vínculos parentales entre la gens Aelia y la Licinia (gens de Licinio Sura) también pertenecientes al clan hispano. Estas familias, en buena medida también, debían sus privilegios sociales a la riqueza que ostentaban y su buena fama entre el pueblo, aumentado este último con la ayuda del primero, puesto que gastaban parte de sus riquezas en prácticas evergéticas que favorecían su situación social frente a la plebe46.
Una vez que las familias formaban parte de las élites provinciales ir escalando posiciones sociales era la dinámica a seguir conforme pasaba el tiempo. Así podemos hablar de tres niveles estamentales dentro de las élites provinciales. Los dos primeros niveles serían los de mayor rango y corresponderían a los senadores y caballeros, mientras la tercera agruparía al resto de las élites locales, las cuales tenían su vida y oficio en su ciudad de origen. La participación de las élites locales en los gobiernos de sus ciudades permitió que muchas de ellas se promocionasen dentro del ordo equester y así, entrasen a formar parte de la aristocracia imperial47. Con el paso del tiempo y el aumento del número de privilegiados se complicó la diferenciación entre las élites provinciales y locales, como había ocurrido con anterioridad entre las élites imperiales y las provinciales48.
En este punto es reseñable tratar brevemente la división provincial de Hispania, puesto que según el territorio la promoción de las élites locales fue diferente, viéndose más favorecidos para escalar en los estamentos sociales individuos de determinados territorios frente a otros49. Según la reorganización provincial establecida por Augusto, Hispania se subdividió en tres provincias, la Baetica, la Lusitania, antiguas provincias conocidas como la Hispania Ulterior, y, Hispania Citerior, posteriormente conocida como la Tarraconensis. Con la nueva administración, la Baetica se convirtió en una provincia senatorial, ya que era un territorio pacífica y podía adscribirse al modelo de división provincial antiguo que existía durante la República, donde el mando del gobierno de la provincia quedaba en manos del Senado. Sin embargo, la Lusitania y la Tarraconensis se organizaron como provincias pertenecientes al emperador, para así poder ejercer un control
46 ZACCARIA DEFFERRIRE, L. “El evergetismo como mecanismo de legitimación del poder en la dinastía
de los Antoninos.” En: Revista de Historia. 2005, vol. 22, no, 2, pp. 31-40.
47
MELCHOR GIL, E. “Las élites municipales hispanorromanas a fines de la república y en el alto imperio: ideología y conductas sociopolíticas.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 391-408.
48 BRAVO CASTAÑEDA, G. “Nuevas aportaciones al debate sobre las élites provinciales en la Hispania
romana.” En: Gerión. 2006, vol. 24, no. 2, pp. 21-30.
49 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
24 Figura 6.5.División conventual de la Península Ibérica durante el
Alto Imperio.
directo, dado que eran territorios con presencia militar, dirigidas por un gobernador de rango consular la primera y la segunda por un gobernador de rango propretor, un cargo un tanto más prestigioso. A su vez cada provincia estaba repartida en distintos conventus, el cual comprendía distintas ciudades, una de ellas la capital del mismo y otros territorios50.
Cada una de estas subdivisiones de Hispania reflejó diferencias administrativas, políticas y económicas, entre unas localidades y otras, empujándolas a tener dinámicas distintas respecto a la promoción social. Por ejemplo, que la Baetica fuese una provincia senatorial y la de mayor grado de romanización fomentó la expansión y promoción social de las élites locales dentro del ordo senatorius, por encima de las otras provincias. Con lo que en dicho territorio destacan varias ciudades como cuna de senadores, entre las que sobresale Italica por ser la ciudad de origen de Trajano y Adriano. Por otro lado, la Tarraconensis se pudo jactar de tener el mayor número de integrantes del ordo equester y ser la segunda en número de senadores. Por último, la Lusitania siempre se mantuvo a la cola respecto a la integración y la promoción de las élites locales51.
50 OZCÁRIZ GIL, P. “El personal administrativo en las provincias.” En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y
OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 77-88.
51 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
25
Finalmente, la relación entre la promoción social del individuo y el desarrollo de su ciudad de origen es un hecho. Ya que aquellas urbs que primero alcanzaron la completa romanización, antes permitieron a sus individuos aunar los requisitos propios para pertenecer a las élites provinciales y desarrollar su propio cursus. De manera que su integración en las élites les consiguió prestigio, fortuna y reconocimiento social y así, sus descendientes pudieron a formar parte de la aristocracia imperial52.
5.1. El evergetismo en Hispania.
El Evergetismo fue una práctica llevaba a cabo por la aristocracia imperial que donaba o entregaba una parte de su riqueza a una comunidad concreta para destinarla a un fin que mejorase la comunidad. Esta práctica ejercía una importante función social al realizar una acción desinteresada en beneficio de los ciudadanos sin esperar nada a cambio. Pero esta última afirmación no es del todo cierta, puesto que lo que obtenían era un beneficio propagandístico que les ayudaba a legitimar su poder y situación privilegiada. Su imagen pública quedaba del todo reforzada al ser reconocidos como personas bondadosas y magnánimas con aquellos estratos sociales más desfavorecidos. En los actos evergéticos participaron tanto los emperadores como el resto de ordines superiores, estos últimos sobre manera pues eran los más interesados en legitimar su posición social 53.
Dentro de las prácticas evergéticas hay diferentes categorías. Una de ellas era actuar en nombre de algún ciudadano frente al emperador para gozar de favores del tipo administrativo. También podíamos hablar de evergetismo dentro de las fiestas y concursos, donde se hacía entrega de dinero, se ofrecían banquetes o se repartían alimentos entre la población. Otra práctica evergética muy popular consistió en la urbanización de las ciudades, con lo que se hicieron diversas donaciones para embellecer y restructurar las urbes de forma que sus habitantes disfrutasen de las comodidades propias de una ciudad imperial54.
52 CABALLOS RUFINO, A. “La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial:
senadores y caballeros.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 265-280.
53
ZACCARIA DEFFERRIRE, L. “El evergetismo como mecanismo de legitimación del poder en la dinastía de los Antoninos.” En: Revista de Historia. 2005, vol. 22, no, 2, pp. 31-40.
54 ZACCARIA DEFFERRIRE, L. “El evergetismo como mecanismo de legitimación del poder en la dinastía
26
Los cambios jurídico administrativos que vivieron las ciudades hispanas al incorporarse al modelo de ciudad de derecho romano trajeron consiguió un importante proceso de municipalización, acompañado de un gran desarrollo urbanístico. Este proceso de urbanización en Hispania fue iniciado por César durante la República pero se continuó desarrollando con Augusto y culminó en la época altoimperial. Esta clase de obras pudieron ser llevadas a cabo gracias a tres vías de financiación: por iniciativa imperial, iniciativa municipal e iniciativa privada55.
En la iniciativa imperial, tanto Trajano como Adriano financiaron distintas obras de construcción. En concreto destaca la financiación de Adriano, con varios proyectos del emperador en Italica, entre los que destacan la red de abastecimiento de aguas y una serie de construcciones monumentales.
La iniciativa municipal se ajustaba al presupuesto del que dispusiese cada ciudad y este solía ser bastante limitado, además las obras públicas eran muy costosas con lo que apenas hay documentos acerca de financiación municipal. Sin embargo, si se dispone de los nombres de aquellos magistrados municipales que participaron en la dirección de algunas construcciones. Esto no es de extrañar puesto que las obras debían de ser aprobadas por el ordo decurionum y ellos decidían quien iba a ejecutar la construcción, bien una empresa privada por subasta pública o bien los magistrados municipales. Estos últimos normalmente se encargaban de obras de gran envergadura que necesitaban movilizar los recursos de las ciudades. Cuando tenían lugar obras de gran calibre y no había fondos suficientes se recurría a recaudar la cantidad a través de impuestos, donaciones, multas, imposición de tasas o por suma honoraria. Aunque estos sistemas podían generar malestar social al aumentar la presión fiscal por lo que no era la vía más utilizada56.
La iniciativa privada fue quién cubrió buena parte de los gastos en urbanización a través de actos de evergetismo. Estos solían estar hechos por más de una persona, puesto que eran construcciones muy costosas. Los actos de evergetismo en materia edilicia aparecieron mucho antes que otras donaciones, aunque en el caso de Hispania el total de evergetismo aumentó en la época del Alto Imperio con Trajano y Adriano. Los actos evergeticos fueron llevados a cabo por las élites locales, como forma de ganarse el respeto
55 MELCHOR GIL, E. “La construcción pública en Hispania romana: iniciativa imperial, municipal y
privada.” En: Memorias de la historia antigua. 1993, no. 13-14, pp. 129-17
27
de los habitantes de las ciudades, y en menor medida miembros de la administración imperial oriundos de la zona, que querían engrandecer sus lugares de procedencia.
Gracias a las inscripciones también hemos podido conocer más casos de evergetismo en Hispania. Si bien estos no son muy abundantes si hay algunos destacables, como es el caso de las dos inscripciones recogidas en Barcino, que hablan de las donaciones hechas por dos oriundos de la zona. Ambos personajes son, Lucius Caecilius y Lucius Minicius Natalis. El primero, Caecilius57 edil de Barcino, hace una donación en época de Antonino de 7500 denarios y establece como repartirlos y gastarlos. El segundo, Natalis58, también en época de Antonino hace una importante donación de 100000 denarios y deja claro cómo repartirlos59.
Ejemplos aparte, la realidad fue que el evergetismo hizo posible que llegase a las ciudades provinciales el modelo de vida urbana del que hablaba Roma, un sistema urbano que hacía gala de un confortable nivel de vida que contentaba a la población y hacía posible el mantenimiento de la paz imperial60.
5.2. Las élites municipales hispanas. El ordo decurionum.
Conforme las ciudades de las provincias iban adquiriendo los derechos y privilegios del Imperio romano, obtuvieron la posibilidad de organizar su vida pública según los estatutos municipales creados por Roma. Con la obtención de estos estatutos, se les permitía contar a las ciudades con un conjunto de instituciones a imitación del imperio pero a nivel local. Estas instituciones fueron las siguientes: un senado local de toma de decisiones de carácter legislativo, un aparato encargado de la ejecución de las decisiones tomadas en el consejo, unos jueces encargados de los litigios y faltas y por último, los colegios sacerdotales. Los magistrados que ocuparon dicho puestos formaban parte de las
57 CIL II. 4514. 58 CIL II. 4511.
59 BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. “El evergetismo en la Hispania romana.” En: Homenaje Académico a D.
Emilio García Gómez. Madrid, 1993, pp. 371-382.
60 MELCHOG GIL, E. “Las élites municipales de Hispania en el alto imperio: un intento de aproximación a
sus fuentes de riqueza.” En: Florentia iliberritana: Revista de estudios de antigüedad clásica. 1993-1994, no. 4-5, pp. 335-349.
28
élites locales y se convirtieron en los auténticos pilares de la administración provincial, además de ser agentes constantemente activos de la romanización de las urbes61.
Por tanto en el caso de Hispania, como en el del resto de las provincias del Imperio, la mayor parte de las élites hispanas estaban dentro del grupo de las oligarquías locales, superando notablemente el número de individuos provinciales pertenecientes a los ordines equester y senatorius, encargándose del gobierno de las ciudades y ocupando distintos puestos de poder62. El trabajo de estas élites dentro de las ciudades no debió de ser sencillo, pues su finalidad última era descargar de trabajo burocrático al Imperio y conseguir alcanzar un autogobierno local óptimo conforme a unos límites previamente establecidos63.
Dentro las provincias, el grupo más destacado de hombres perteneció al ordo decurionum. Este estamento funcionó como un organismo de control de la administración de las ciudades a través de las curias municipales. Los miembros de las oligarquías locales que se integraron en el ordo decurionum accedían después de haber ejercido una magistratura local o por votación entre sus miembros, y obtenían la condición de decurión de por vida, aunque en circunstancias excepcionales podría llegar a perderse. Para ello, debían de ser varones, superar los 25 años, vivir en el municipio y alcanzaban una serie de requisitos sociales y económicos. Como ocurría con los miembros de otros estamentos destacados, los decuriones gozaban de privilegios sociales, fiscales y judiciales64.
El ordo decurionum actuó como el órgano de máxima decisión municipal, de manera autónoma e independiente respecto a cada ciudad y sus características. Cada uno de estos órganos contó aproximadamente con cien miembros, pero podía variar según el tamaño de la urbe, los cuales se reunían en asambleas, curias, con cierta periodicidad, para llegar a los acuerdos pertinentes o decreta decurionum. El papel fundamental de los
61
ANDREU PINTADO, J. “La administración de las ciudades durante el Imperio.” En: BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 133-176.
62 MELCHOR GIL, E. Y RODRÍGUEZ NEILA. J.F. “Los ordines decurionum: procedimientos jurídicos de
integración y de vinculación honorífica (con especial referencia a Hispania).” En: CABALLOS RUFINO, A. (Ed.) Del municipio a la corte. La renovación de las élites romanas. Sevilla, 2012, pp. 243-270.
63 ANDREU PINTADO, J. “La administración de las ciudades durante el Imperio.” En: BLÁZQUEZ
MARTÍNEZ, J.M. Y OZCARÍZ GIL, P (coord.) La administración de las provincias en el imperio romano. Madrid, DYKINSON, 2013, pp. 133-176.
64 MELCHOR GIL, E. “Las élites municipales hispanorromanas a fines de la república y en el alto imperio:
ideología y conductas sociopolíticas.” En: ANDREU PINTADO, J., CABRERO PIQUERO, J. Y RODÀ LLANZA, I. Hispanae: las provincias hispanas en el mundo romano. Tarragona, ICAC, 2009, pp. 391-408.