La existencia de Dios

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La existencia de Dios

29 de julio de 2019

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Introducción

Para algunos, el tema de la existencia de Dios es un callejón sin salida; no hay solución clara para la cuestión, por lo que optan por el agnosticismo. Declararse agnóstico puede ser una sincera admisión o un intento de “parecer inteligente admitiendo ignorancia”.

Para otros, el tema perdió toda relevancia. Piensan que tras los pronunciamientos de Immanuel Kant y de Friedrich Nietzsche, el concepto de Dios y de la posibilidad de demostrar su existencia pasaron a mejor vida. Otros afirman que los adelantos científicos hacen innecesaria la existencia de Dios, como comentamos en un capítulo anterior.

Nada más lejos de la verdad. El tema sigue vivo. En círculos

filosóficos, el tema de la existencia de Dios ha cobrado nueva vida en décadas recientes. La revista Time (7 de abril de 1980) decía:

En una silenciosa revolución en pensamiento y argumento que apenas nadie hubiera previsto hace dos décadas, Dios está escenificando un retorno. Más curioso aún, esto está

sucediendo no entre los teólogos o en los creyentes de a pie, sino en los círculos intelectuales de los filósofos, donde hace tiempo el consenso había hecho desaparecer al Todopoderoso del discurso cotidiano. (Traducción del autor).

Por otro lado, en círculos científicos continúa el debate sobre las implicaciones no científicas del Big Bang y sobre las suposiciones metafísicas que algunos han hecho de la teoría evolucionista. (Para una breve exposición sobre esto, vea el siguiente capítulo).

¿Creer o no creer?

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¿Cómo acercarnos al tema de la existencia de Dios? Sabemos que esta no puede demostrarse fuera de toda duda. No podemos someter a Dios a pruebas de laboratorio, al escáner, ni al espectrofotómetro, como tampoco podemos demostrar su presencia invisible

bombardeándolo con electrones en un acelerador de partículas.

Esta tensión nos dejaría en el terreno del agnóstico. ¿Hay algo más? Creo que sí. Es posible argüir en favor de la razonabilidad de la existencia de Dios. Estas son palabras mayores. De modo que, comencemos.

Argumentos de la existencia de Dios

Argumento cosmológico

Este es uno de los razonamientos más antiguos. Lo usaron Platón, Aristóteles y Tomás de Aquino. En esencia, dice lo siguiente: “Dios existe porque el universo existe”. También se puede expresar así: la existencia de un universo presupone la existencia de una Primera Causa (Dios) que le diera su existencia.

¿Y qué si el universo (y no Dios) es eterno? Esto no elimina la dificultad intelectual de un Dios eterno, pues un universo que ha existido siempre presenta las mismas dificultades conceptuales que la existencia eterna de Dios. Tanto creyentes como ateos creemos que hubo algo “en el principio”; le llamemos Dios, materia o

(últimamente) una singularidad.

Otra posible explicación para la existencia del universo sin que mediara un acto creador, es que este surgiera de la nada. Pero la realidad es que afirmar que el universo viene “de la nada” es otra imposibilidad filosófica. Para un objeto surgir “de la nada” tiene que,

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en efecto, crearse a sí mismo, o “ser” y “no ser” a la vez, lo que es imposible de acuerdo con la ley de la no contradicción de la lógica.

En tercer lugar tenemos el Big Bang que, contrario a lo pensado por la mayoría, favorece la posición cristiana, ya que plantea de forma contundente un principio para el universo y desmiente la posibilidad de que este haya existido siempre. (Más sobre esto en el siguiente capítulo).

Argumento teleológico

Este acercamiento, antiguo también, dice que el universo, tanto en sus más pequeñas unidades estructurales (átomos, células) como en la inmensidad del cosmos, parece reflejar la existencia de un

diseñador inteligente. La analogía más común es la del relojero. Al inspeccionar un reloj, a nadie se le ocurriría pensar que este es el producto de la mezcla de sus piezas en una caja agitada por unos minutos (o por billones de años). Aducir esta complejidad y “diseño”

a un proceso impersonal y mecánico no es la solución.

El tema del diseño ha cobrado un interés especial en años recientes.

La Tierra posee características específicas que permiten la vida humana. Existe una cantidad considerable de variables físicas y

químicas que, de alterarse ligeramente, harían imposible la vida en el planeta. Por ejemplo, la distancia del Sol. Esta es la adecuada para la vida. La variación de esta distancia es de un tres por ciento a lo largo del curso de la travesía de la Tierra alrededor del Sol. Si fuera de diez por ciento, no podría haber vida por los cambios de temperatura y por los efectos de la luz ultravioleta.

Del mismo modo podemos mencionar la atmósfera terrestre que deja pasar la luz, pero protege de la radiación. También el centro

semilíquido de la Tierra que ayuda en la creación del campo

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magnético, lo que a su vez protege de las radiaciones cósmicas.

Otros ejemplos son: la fuerza de gravedad, la velocidad de expansión del universo, la velocidad de rotación de la Tierra, la inclinación del eje del planeta, y un larguísimo etcétera. Pequeñas variaciones a esas constantes significarían la desaparición de la vida. Nuestro mundo está perfectamente diseñado para la vida.

Podemos observar el mismo fenómeno a nivel molecular. La célula no es una masa protoplásmica indefinida, como se creía en los tiempos de Darwin, sino una colección de aparatos complejísimos que actúan entre sí a la perfección de manera coordinada.

En la actualidad, el movimiento del Diseño Inteligente aboga por el reconocimiento de que la cantidad de información existente y su arreglo que permite la vida (en particular el caso del ADN), son evidencia de un “diseñador” e imposibles de explicar por una evolución impersonal y materialista.

Fue este testimonio el que ayudó a convencer al conocido ateo

británico Antony Flew. Durante décadas, el doctor Flew fue un activo defensor del ateísmo en debates. Comprometido a “seguir la verdad a donde me dirija”, anunció su cambio a una posición teísta

(específicamente deísta) en el año 2004.

Argumento moral

Dicho de forma sencilla, este argumento establece que la

universalidad de un carácter moral en el ser humano sugiere la existencia de Dios. Aun cuando se reconocen variaciones en los conceptos morales, estas son mínimas al compararlas con sus elementos en común. La existencia misma del hecho moral, de que hay “bueno” y “malo”, es indicio del reflejo de un Ente Moral superior,

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cuyo carácter (imagen) nosotros reflejamos. Una evolución

materialista no puede explicar el hecho moral del ser humano, como tampoco una conciencia humana definida a base de neuronas y de conexiones sinápticas.

Aunque algunos ateos lo niegan, un mundo sin Dios nos deja sin una base sólida para los planteamientos éticos. No que el ateísmo en sí mismo sea inmoral. Es a-moral. Simplemente, sus postulados excluyen una base absoluta para la moralidad, por lo que los ateos que viven de forma moral lo hacen a pesar de las consecuencias filosóficas de sus creencias y no basados en ellas.

Conjunto de los argumentos

A los argumentos anteriores podemos añadir (ya en favor de un teísmo específicamente cristiano) la persona de Jesús y su

resurrección de entre los muertos. Estos temas son considerados en otros capítulos.

Vistos uno por uno, los planteamientos anteriores tienen un peso considerable. Examinados en conjunto, son evidencia contundente para que, al menos, el no creyente “dude de su duda” y abra su mente a la hermosa posibilidad de la existencia de Dios; un Dios personal e interesado en nosotros.

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VII. Ciencia y fe

Premeditadamente o no, la ciencia de los pasados 200 años ha pretendido sacar a Dios de la ecuación humana al hacerlo

“innecesario”.

La idea detrás de este fallido intento es aquella de que la figura de Dios, solo se hace necesaria para explicar lo inexplicable. A esto se le conoce como “el Dios de las brechas”. Una vez que la ciencia explica lo que antes era considerado sin explicación, Dios deja de ser

necesario.

Este tipo de pensamiento es el que sin duda movió a Richard Dawkins, famoso científico ateo inglés, a decir que “la teoría de la evolución me ha permitido ser un ateo intelectualmente satisfecho”.

Con esto daba a entender que una vez se hace posible la explicación del origen de las especies sin la intervención sobrenatural divina, Dios deja de ser necesario. Algo semejante ha sido presumido erróneamente por muchos con la teoría del Big Bang y el comienzo del universo.

Por eso tomaremos en este capítulo ambas teorías (evolución y Big Bang) como ejemplo de la manera en que las teorías y los hallazgos científicos son extrapolados a conclusiones que ellas mismas no justifican. En este capítulo no se entrará en el detalle de las teorías en cuestión ni en una refutación de ellas, sino solo en ver cómo, aun si fuesen ciertas, no descartan la existencia de Dios.

“Y dijo Dios: —Big Bang”.

Para aquellos no muy familiarizados con el concepto del Big Bang, les recuerdo lo siguiente: esta teoría dice que el universo tal y como lo conocemos hoy comenzó hace unos 13,700 millones de años, en una

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gigantesca (Big) explosión (Bang). De este evento, y como resultado de las leyes de la física, surgieron a lo largo de miles de millones de años los elementos químicos, las galaxias, los planetas y, más

adelante, la vida. En décadas recientes han abundado las

comprobaciones científicas de un universo en expansión, de acuerdo con lo previsto por el modelo que esta idea presenta.

Pero, claro está, este modelo no explica lo que sucedió antes. ¿Qué fue “eso” que explotó? ¿No presupone esta idea la existencia de

“algo” antes del Big Bang? ¿No es esa idea, entonces, una simple posposición de la pregunta final sobre el comienzo de todo? La

contestación de los físicos a este dilema es que antes del Big Bang se dio una “singularidad”; esto es, unas condiciones únicas, donde ni la materia ni el espacio ni el tiempo existían. Por supuesto, esta idea es una teoría. Y la definición de singularidad no es tan diferente de cómo algunos describirían a Dios.

De modo que el Big Bang no excluye la existencia de un Creador. Al contrario, pues demuestra el origen del universo en un momento en el tiempo; concepto no aceptado por científicos en siglos pasados por sus connotaciones metafísicas. Como un caricaturista presentó hace años en un periódico español: “A fin de cuentas pudiera ser que esta gran explosión fuera tan solo el chasquido de los dedos de Dios...”.

La teoría del Big Bang no excluye la existencia de un Dios-Creador, sino que demuestra que el universo tuvo un comienzo, cosa que las Escrituras hebreas han afirmado por miles de años:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de

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las aguas. 3Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. (Génesis 1:1-3).

Esto, por supuesto, no explica la existencia eterna de Dios. Pero sí hace claro que, a la hora de hablar del principio de todas las cosas, el teísmo y el materialismo están en igualdad de condiciones.

La evolución de la evolución

La llamada teoría de la evolución, presentada oficialmente por

Charles Darwin en 1859 con la publicación de su libro El origen de las especies, sin lugar a dudas marcó un hito importantísimo en la

ciencia moderna. Tal y como presentada por Darwin, es un excelente ejemplo del poder de observación y deducción aplicados a las

ciencias naturales.

La teoría de Darwin puede simplificarse de la siguiente manera. Los cambios en los organismos vivos ocurren espontánea y

constantemente (mutaciones). Cuando estos cambios representan una ventaja para la supervivencia de dicho organismo, se conservan de manera natural (la sobrevivencia del más fuerte). Cambios

graduales de este tipo a lo largo de millones de años dieron lugar al surgimiento de nuevas especies.

Tomemos como ilustración de lo presentado en el párrafo anterior, los cambios en el pico de las aves que Darwin estudió en las Islas

Galápagos. Alteraciones que surgían de manera espontánea en la forma del pico de dichas aves, daban una cierta ventaja en la alimentación a uno de los tipos de ave (A) en algunas de las islas (X), mientras que otro tipo de alteración (B) favorecía la alimentación

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en unas islas diferentes (Z). Con el paso del tiempo solo se encontrarían aves A en las islas X y aves B en las islas Z.

El genio detrás de estas observaciones es fascinante. Aunque no es nuestra intención dar contestación a todo lo que hoy en día se asocia con la evolución (eso ameritaría un libro en sí mismo), sí deseamos presentar ideas que nos permitan entender que, aun si la teoría fuese cierta, esto no necesariamente excluiría la necesidad de un Dios-Creador.

© Jose R. Martinez-Villamil MD. MDiv.

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