LA BELLA Y EL MONSTRUO
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ABÍA una vez un mercader muy rico, el cual tenía seis hijos, tres varones y tres hembras; y como era hombre de buen entendimiento, no omitió gasto ninguno para darles buena crianza.Sus hijas eran muy hermosas, pero la menor sobre todo se hacía admirar por su belleza, de tal manera, que la llamaban, cuando era pequeña, la Niña bella, conser- vando este nombre aún siendo grande, lo cual causaba muchos celos á sus hermanas.
Esta joven, que era más hermosa que ellas, era también más bondadosa; las dos mayores tenían mucho orgullo porque eran ricas; se daban tono de damas y no querían recibir las visitas de las otras hijas de merca- deres. Gustando de gente de calidad para su trato, iban todos los días al baile, al teatro, al paseo y se mofaban de su hermana menor, que pasaba la mayor parte del tiempo leyendo buenos libros.
Como se sabía que estas jóvenes eran muy ricas, muchos comerciantes, acaudalados también, las pretendían en matrimonio; pero las dos mayores se excusaban diciendo que no se casarían nunca á ménos que no las pretendiera un duque ó á lo ménos un conde: la Bella (que ya os he dicho que era el nombre de la menor) dio las gracias bondadosamente á los que la pretendían; pero
les dijo que era aún demasiado joven y deseaba estar al lado de su padre algunos años más.
Sucedió que de repente perdió el mercader toda su hacienda sin que le quedara más que una casita de campo bien lejos de la ciudad. En su desgracia dijo llorando á sus hijos que era preciso irse á vivir á esta casita y trabajar allí como campesinos para ver de librar la subsistencia.
Sus dos hijas mayores contestaron que no querían salir de la ciudad, donde tenían muchos pretendientes que tendrían á dicha casarse con ellas aun que fueran pobres.
Las desgraciadas se engañaban, pues sus amantes no quisieron ya ni mirarlas luego que dejaron de ser ricas.
Como nadie las quería por causa de su orgullo, nadie las compadecía tampoco, y todos decían á una:
—No merecen compasión y aun nos alegramos de ver abatido en ellas el orgullo: vayan allá las vanidosas á darse tono de damas guardando ovejas.
Pero al mismo tiempo añadían:
—En cuanto á la Bella, sentimos mucho su desgra- cia: es una buena muchacha, hablaba con pobres y ricos de igual manera, siempre tan modesta, tan bonda- dosa y tan afable.
Hasta hubo algún caballero que solicitó su mano de esposa, habiendo venido ya á ménos; mas ella le contestó que no podía resolverse á abandonar á su pobre padre en su desgracia, debiendo seguirlo al campo para consolarlo y ayudarle.
La pobre niña había sentido mucho al principio la pér- dida de la hacienda paterna; pero al fin dijo para sí misma:
Por más que llore no he de rescatar con lágrimas lo perdido: seamos felices en medio de la pobreza.
Llegado que hubieron á la casa de campo, el merca- der y sus hijos se ocuparon en cultivar la tierra. La Bella se levantaba de madrugada y se afanaba en limpiar la casa y disponer la comida de la familia, lo que le costó mucho al principio, porque no estaba hecha á trabajar como una criada; pero al cabo de dos meses el mismo trabajo le dió más fuerza y salud.
Cuando había hecho su tarea se ponía á leer, siguiendo su buena costumbre, ó bien tocaba, cantaba ó hilaba.
Sus dos hermanas mayores, al contrario, se aburrían mortalmente; levantábanse á las diez de la mañana, se paseaban por aquí y por allá matando el tiempo y se recreaban con el recuerdo de sus ricos vestidos, sus bailes y reuniones.
—Nuestra hermana menor, decían entre sí, tiene un alma tan vulgar y una inteligencia tan estúpida, que está contenta en esta miserable situación.
El bueno del mercader no pensaba á fé como sus hijas. Sabía que la Bella era más apta que sus herma- nas; admiraba su virtud y sobre todo su paciencia, porque las mayores, no contentas con cargar sobre ella todo el trabajo de la casa, todavía la insultaban á cada momento.
Hacía un año que vivía esta familia en la soledad del campo, cuando el mercader recibió una carta en que se le avisaba que un buque con cargamento suyo aca- baba de llegar felizmente al puerto. Esta noticia tras- tornó la cabeza de las dos hijas mayores, que creyeron que al cabo podrían abandonar el campo donde tan aburridas estaban; y cuando vieron á su padre á punto de partir, le encargaron les comprara vestidos, tocados y toda clase de zarandajas.
La Bella no le encargó nada, porque creyó buena- mente que todo el dinero que importaran las mercade- rías del cargamento no bastaría acaso para comprar lo que sus hermanas deseaban.
—¿No quieres que te traiga á tí nada? le preguntó su padre.
—Pues tiene V. la bondad de pensar en mí, tráigame una rosa, ya que aquí no hay.
No se cuidaba la Bella, ni mucho ménos, de rosas;
pero no quería condenar con su ejemplo la conducta de sus hermanas, que habrían murmurado de ella creyen- do que quería distinguirse.
El mercader se puso, pues, en camino; pero cuando llegó, le secuestraron las mercancías por resultas de su pérdida y tuvo de volverse tan pobre como antes.
No le faltaban ya más que unas diez leguas para llegar á su casa y se gozaba ya, á pesar de todo, en el placer de abrazar de nuevo á sus hijas, cuando al pasar por un solitario bosque hubo de extraviarse. Nevaba á la
sazón copiosamente; el viento era tan recio que lo tiró dos veces del caballo, y habiendo cerrado la noche, creyó el pobre que se moriría de hambre ó de frío, si no le devoraban los lobos que aullaban en las cercanías.
De pronto mirando ó lo largo de una gran calle de árboles vislumbró una luz allá muy lejos. Enderezó hácia ella y vió que salía este resplandor de un gran palacio: el pobre viajero dió gracias á Dios por el soco- rro que le enviaba y se dió prisa en llegar á aquel es- pléndido asilo; pero quedó muy sorprendido de no encontrar alma viviente en los patios. Su caballo, que lo seguía, viendo abierta una gran cuadra entró en ella, y habiendo encontrado pienso en los pesebres, el pobre animal, que iba hambriento, se puso á comer como en su propia casa. El viajero lo ató á la anilla del pesebre y volvió al interior del palacio, donde no encontró con quien hablar.
Pero del mal el ménos, pues habiendo entrado en una estancia, halló en ella encendido un confortante fuego y muy bien puesta una mesa cargada de toda clase de manjares, sin que hubiera más que un solo cubierto.
Como la lluvia y la nieve lo habían calado hasta los huesos, se acercó ante todo al fuego para calentarse, diciendo para sí:
—El amo de esta casa ó sus criados han de perdo- narme la libertad que me tomo, y sin duda vendrán pronto, pues todo está preparado.
Estuvo esperando mucho tiempo; pero no viniendo nadie y siendo ya media noche, no pudo resistir á la tentación, ó mejor dicho, al hambre que lo devoraba, y acercándose á la mesa tomó un pollo y lo despachó en dos bocados, bebió también algunos tragos de vino, y ya más audaz con esto, salió de la estancia y recorrió otras muchas lujosamente adornadas todas ellas. Al fin halló un aposento donde encontró la cama hecha, y como era tarde y estaba muy fatigado, tomó el partido de cerrar la puerta y acostarse á descansar. Cuando se levantó el día siguiente eran ya las diez de la mañana, y quedó igualmente sorprendido encontrando un vestido nuevo en lugar del suyo viejo y no muy limpio.
—Sin duda ninguna pertenece este palacio á alguna hada benéfica que ha tenido compasión de mí.
Miró por la ventana y no vió ya cosa de nieve, sinó mantos de flores que encantaban la vista. Entró luego en la sala donde había cenado la víspera y vió una mesita en que estaba preparado el chocolate.
—Te doy las gracias, señora hada, por haber tenido la bondad de pensar en mi desayuno, dijo en voz alta.
El bueno del hombre, después de haber tomado su chocolate salió para ir á buscar su caballo, y pasando por un emparrado de rosas se acordó del encargo de su hija menor y cogió una rama en que había muchas;
pero al mismo tiempo oyó un gran ruido y vió venir hácia él un mónstruo tan horrible que estuvo á punto de desmayarse de espanto.
—Eres un ingrato, le dijo el mónstruo con tremenda voz; te he salvado la vida dándote hospitalidad en mi palacio, y en pago me robas las rosas que tengo en más que todo lo del mundo. Para reparar esta falta es preciso que mueras ahora mismo: sólo te doy un cuarto de hora para que te pongas bien con tu conciencia.
El mercader se postró á sus plantas y con las manos juntas le suplicó diciendo:
—Perdonadme, caballero: yo no creía agraviaros cogiendo una rosa que una de mis hijas me había encargado.
—Yo no me llamo caballero, sinó mónstruo; ni gusto de cumplimientos, sinó que se diga lo que se piensa.
Así, pues, no creeas que vas á ablandarme con tus zalamerías y lisonjas.
Me has dicho que tienes hijas: pues bien, consiento en perdonarte, á condición de que una de ellas venga voluntariamente á sacrificarse muriendo en tu lugar. No me hables; no quiero oirte; vete; pero por si tus hijas se niegan á hacer este sacrificio, júrame que volverás dentro de tres meses.
El pobre hombre no tenía, ni mucho ménos, el designio de sacrificar á ninguna de sus hijas en las garras de tan horrible mónstruo; pero se dijo:
Á lo ménos tendré el placer de abrazarlas otra vez.
Juró pues volver según el deseo del mónstruo, el cual, satisfecho, le dijo que podía partir cuando quisiera.
—Pero no quiero, añadió, que te vayas con las manos en los bolsillos: vuelve al aposento en que has dormido y allí encontrarás un cofre vacío: puedes meter en él todo lo que te agrade y yo cuidaré de que lo lleven á tu casa. Dicho esto se retiró el mónstruo, y el pobre mercader dijo para sí:
—Si ál fin es preciso que muera, tendré á lo ménos el consuelo de dejar pan á mis pobres hijos.
Con este pensamiento fué á la habitación en que había dormido y habiendo encontrado allí una inmensa cantidad de monedas de oro, llenó el cofre de que el mónstruo le había hablado, lo cerró, y habiendo tomado su caballo, salió del palacio con una tristeza igual á la alegría con que en él entrara. Su caballo tomó de suyo uno de los caminos del bosque y en pocas horas el mercader llegó á su casa.
Rodeáronlo sus hijas con la mayor solicitud; pero en lugar de ser sensible á sus caricias, el pobre padre echó á llorar mirándolas. Tenía en la mano la rama de rosas que traía á la Bella y se la dió diciendo:
—Hija mía, toma estas rosas que cuestan muy caras á tu desgraciado padre. Y desde luego contó á su familia la funesta aventura que le había ocurrido.
Al oirla, sus dos hijas mayores comenzaron á dar gritos vomitando injurias contra la menor, que no lloraba.
—Ved lo que produce el orgullo de esta criatura, decían, ¿por qué no pidió vestidos y adornos como nosotras? pero nó, la señorita quería distinguirse. Y después de todo, es causa de la muerte de nuestro padre y no derrama una lágrima.
—Sería inútil, contestó la Bella. ¿Por qué he de llorar la muerte de mi padre? nó, no morirá. Puesto que el mónstruo quiere aceptar una de sus hijas, yo me entrego á toda su furia, y me daré por contenta, pues muriendo, tendré la satisfacción de salvar á mi padre, probándole con mi muerte todo el amor que le tengo.
—No, hermana mía, le dijeron sus tres hermanos, no morirás; nosotros iremos á buscar ese monstruo y pereceremos entre sus garras si no podemos matarlo.
—No lo espereis, hijos míos, les dijo el padre: el poder de ese monstruo es tan grande que no tengo esperanza ninguna de sustraerme á su voluntad. Admiro el buen corazón de vuestra hermana menor; pero no quiero exponerla á la muerte. Soy viejo, no me quedan sino muy pocos años que vivir, y así sólo perderé algunos años de vida que no sentiré sinó por vosotros.
—Le aseguro, padre mío, que no irá V. sin mí á ese palacio, dijo la Bella: aunque soy joven, no tengo mucho apego á la vida y prefiero ser devorada por ese mónstruo á morir del pesar que me causaría la muerte de mi padre.
Por más que se dijo, la Bella quiso absolutamente partir al palacio del mónstruo, y sus hermanas se holgaron
mucho de ello porque las virtudes de la niña les causaban muchos celos. El mercader estaba tan preocupado del dolor de perder á su hija, que no pensaba en el cofre que había llenado de oro; pero luego que se encerró en su aposento para acostarse, quedó sorprendido viéndolo al pié de su cama. Resol- vió no decir nada á sus hijos sobre su riqueza, porque sus dos hijas mayores habrían querido volver á la ciudad y él estaba resuelto á morir en aquel campo;
pero confió este secreto á la Bella, la cual le dijo que durante su ausencia habían venido algunos caballeros á visitarlas y dos de ellos pretendían á sus hermanas.
Rogó á su padre que las casara desde luego; porque era tan bondadosa, que aun las amaba perdonándoles el mal que le habían hecho.
Cuando la Bella partió con su padre, las dos perver- sas hermanas se frotaron los ojos con zumo de cebolla para llorar á lágrima viva; pero los hermanos lloraban de verdad como el bueno de su padre: solamente la Bella no lloraba, porque no quería aumentar el dolor de la familia.
El caballo tomó el camino del palacio encantado, y al oscurecer lo descubrieron iluminado como la primera vez. Solo se fué el animal á la caballeriza, y el merca- der y su hija entraron en el salón donde encontraron ya la mesa puesta opíparamente servida y ahora con dos cubiertos. El pobre padre no tenía la menor gana de comer pero la Bella, esforzándose para parecer tranquila,
se puso á la mesa y lo sirvió con gran desenfado.
Después, sirviéndose ella también, decía para sus adentros:
—El mónstruo quiere engordarme para comerme cuando tan buena comida me da. Después de la cena oyeron un gran ruido y el pobre padre se despidió de su hija llorando, creyendo que venía ya el mónstruo, como en efecto era así.
La Bella no pudo ménos de estremecerse al ver aquella horrible figura; pero se tranquilizó, ó afectó tranquilizarse, de la mejor manera que supo; y habién- dole preguntado el mónstruo si había ido de buena voluntad, le contestó ella temblando que sí.
—Eres muy buena, le dijo el mónstruo, y te quedo muy agradecido. Buen hombre, parte mañana temprano y no vuelvas más por aquí. Adiós, Bella.
—Adiós, monstruo, contestó la joven.
Y enseguida se retiró el mónstruo.
—¡Ah! hija mía, dijo el mercader abrazando á la Bella, estoy medio muerto de espanto. Créeme, déjame aquí.
—No, padre mío, repuso la Bella con firmeza;
partirá V. mañana y entonces me abandonará á volun- tad del cielo, que acaso tenga compasión de mí.
Fuéronse á acostar aunque en la creencia de no poder dormir en toda la noche; pero apenas cayeron en la cama se les cerraron los ojos tranquilamente.
Durante su sueño vió la Bella una dama que le dijo:
—Estoy satisfecha de tu buen corazón, hermosa niña: la buena acción que acabas de hacer, dando tu vida por salvar la de tu padre, no quedará sin recom- pensa.
Al despertarse la Bella refirió á su padre el sueño que había tenido; y bien que lo consolara un tanto, no evitó que diera lamentosos gritos cuando fué preciso que se alejara de su hija.
Cuando el padre partió, sentóse la hija en el salón y se puso á llorar también; pero como estaba alentada por un gran corazón, se encomendó á Dios y resolvió no apenarse para el poco tiempo que le quedaba de vida, puesto que esperaba que el mónstruo la devorara aque- lla noche. Entre tanto se determinó á pasear visitando aquel palacio encantado, y no pudo ménos de admirar su belleza. Pero quedó muy sorprendida al encontrar una puerta en cuyo dintel había un rótulo que decía:
Aposento de la Bella. Abrió con presteza la puerta y quedó deslumbrada ante la magnificencia que vió dentro; pero lo que más llamó su atención fué una biblioteca, un clavicordio y muchos cuadernos de música.
—No quieren sin duda que yo me aburra aquí, dijo la Bella en voz baja. Si no tuviera que permanecer aquí más que un día, añadió, no se habría hecho semejante provisión.
Este pensamiento reanimó su valor. Abrió la biblio- teca y vió un libro donde en letras de oro había escrito:
Desea, manda; tú sola eres aquí la dueña y señora.
—¡Ah! dijo suspirando, no deseo nada sinó ver á mi pobre padre y saber qué hace ahora.
Había dicho esto dentro de sí misma; y cuál no fué su sorpresa cuando, echando una ojeada á un gran espejo, vió en él su misma casa á donde su padre llegaba con triste semblante. Sus hermanas salían á recibirlo, y á pesar de los gestos y visajes que hacían para afectar sentimiento, la alegría que tenían por la pérdida de su hermana rebosaba en su semblante. Un momento des- pués desapareció todo esto, y la Bella no pudo ménos de pensar que el mónstruo era muy obsequioso y no tenía que temer nada de él.
Al medio día encontró la mesa puesta, y durante la comida recreó sus oídos un concierto, sin saber ella de dónde venía. Por la noche, al sentarse otra vez á la mesa, oyó el gran estrépito que hacía el mónstruo, é involuntariamente se estremeció.
—Bella, le dijo el mónstruo ¿me permites que te vea cenar?
El dueño eres tú aquí, contestó la joven temblando.
—Nó, repuso el mónstruo, aquí no manda nadie más que tú; y si te molesto, no tienes más que mandar- me que me vaya y al punto te obedeceré.
Nó.
—Bella ¿no es verdad que me encuentras horro- roso?
—Es verdad, contestó la Bella; yo no sé mentir;
pero creo que en el fondo eres bueno.
—Tienes razón. Pero además de horroroso, no tengo entendimiento: soy verdaderamente una bestia.
—No es una bestia quien cree que lo es: los necios no han sabido esto nunca.
Come, come, hermosa, le dijo el mónstruo, y procura estar contenta en tu casa; porque todo esto es tuyo y sentiría profundamente que estuvieras triste.
—Eres muy bueno. Te confieso que estoy satisfecha de tu buen corazón: cuando pienso en ello no me pareces ya tan feo.
—¡Oh! sí, hermosa, sí tengo buen corazón; pero soy un mónstruo.
—Hay muchos hombres que son más mónstruos que tú, dijo la Bella, y te prefiero á tí en tu deformidad á los que en forma de hombres ocultan un corazón falso, corrompido é ingrato.
—Si yo tuviera entendimiento humano, te haría un gran cumplimiento para darte las gracias; pero soy un estúpido y todo lo que te puedo decir es que te estoy muy obligado.
La Bella cenó con buen apetito: casi no tenía ya miedo del mónstruo; pero se horrorizó cuando de pronto le dijo éste:
—Hermosa ¿quieres ser mi mujer?
La estuvo algún tiempo sin contestar: temía excitar la cólera del mónstruo con una negativa; pero temblan- do y todo le contestó rotundamente:
—Nó.
El monstruo quiso suspirar y dio un silbido tan espantable que se estremeció todo el palacio. Pero la Bella se tranquilizó un tanto, porque habiéndose despe- dido tristemente el mónstruo, salió de la estancia, aun- que volviendo la cabeza más de una vez para mirarla.
Viéndose ya la Bella sola, sintió gran compasión hacia el mónstruo.
—¡Ah! exclamó, es lástima que sea tan feo: ¡es tan bueno!..
La Bella pasó tres meses en este palacio con bastante tranquilidad. Todas las noches la visitaba el mónstruo, hablándole, durante la cena, con bastante buen sentido, aunque nunca con lo que se llama talento en el mundo. Y todos los días descubría la Bella en él buenas cualidades. La costumbre de verlo había modi- ficado á sus ojos la fealdad del mónstruo, y lejos de temer el momento de su visita, solía mirar impaciente el reloj para ver si eran las nueve, hora en que el mónstruo iba á visitarla infaliblemente. Sólo una cosa apenaba á la Bella y era que antes de despedirse le preguntaba el mónstruo si quería ser su esposa, demos- trando el mayor despecho cuando ella le contestaba que nó.
—Me aflijes, mónstruo: quisiera poder ser tu esposa, pero soy demasiado sincera para hacerte creer que esto llegará un día. Siempre seré tu amiga: procura conten- tarte con esto.
—Preciso será, contestó el mónstruo: me hago á mí mismo justicia. Sé que soy horroroso pero te amo mucho; sin embargo, celebro que quieras permanecer aquí: prométeme á lo ménos que no me abandonarás nunca.
La bella se sonrojó á estas palabras. Había visto en su espejo que su padre estaba enfermo por el pesar de haberla perdido, y deseaba verlo otra vez.
—Con gusto te prometería no abandonarte, dijo al monstruo; pero tengo tanto deseo de ver á mi padre, que moriría de dolor si me negaras esta gracia.
—Antes moriría yo, contestó el mónstruo, que darte ningún motivo de pesar. Te enviaré á casa de tu padre, donde permanecerás mientras el pobre mónstruo se morirá de despecho.
—No, repuso la Bella suspirando: te amo demasia- do para querer causar tu muerte. Te prometo volver dentro de ocho días. Me has hecho ver que mis herma- nas se han casado, y partido para la guerra mis herma- nos. Mi padre está solo: permíteme que permanezca á su lado una semana.
—Estarás allí mañana á primera hora; pero acuér- date de tu promesa. Cuando quieras volver, no tienes
más que poner tu sortija sobre una mesa al acostarte.
Adiós, Bella.
El mónstruo suspiró, según su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acostó tristemente por haberlo afligido. Cuando se despertó por la mañana, se halló en la casa de su padre; y habiendo tocado una campanilla que había al lado de su cama, vió venir á su criada, que al verla dió un grito de sorpresa. El padre acudió á este grito, y es indecible la alegría que sintió al ver á su querida hija, permaneciendo abrazados los dos espacio de un cuarto de hora. Después de las pri- meras expansiones de cariño, se acordó la Bella de que no tenía ropa para ponerse; pero la criada le dijo que había encontrado en la sala inmediata un gran cofre lleno de ropas guarnecidas de oro y diamantes.
La Bella se acordó con gratitud del monstruo por estas atenciones, y tomando el ménos precioso de los vestidos enviados, mandó á la criada que encerrara los otros para regalarlos á sus hermanas; pero apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando desapareció el cofre. Su padre le dijo que el mónstruo quería, al pare- cer, que ella guardara para sí estos vestidos; y al punto volvió á aparecer el cofre. La Bella se vistió, y entre tanto se dió aviso de su venida á sus hermanas, las cuales acudieron con sus maridos. Eran ambas muy desgraciadas. La mayor se había casado con un caba- llero hermoso como el amor; pero estaba tan prendado de su hermosura, que no se ocupaba en otra cosa desde
por la mañana hasta la noche, menospreciando así la belleza de su mujer.
La segunda había dado su mano de esposa á un hombre que tenía mucho ingenio, y sólo se servía de él para incomodar á todo el mundo, y á su mujer la primera.
Las hermanas de la Bella concibieron gran despe- cho cuando la vieron vestida como una princesa y más hermosa que el sol; y así es que por más que las lison- jeara, no pudo sofocar sus celos, los cuales aumentaron mucho cuando les contó cuán feliz era. Las dos celosas bajaron al jardín á llorar á sus anchas. Y decían entre sí:
—¿Por qué esta criatura ha de ser más feliz que nosotras? No somos nosotras más amables que ella.
—Hermana, dijo la mayor, me ocurre una idea.
—A ver.
—Ese horrible mónstruo que la protege, se encen- derá de cólera si ella le falta á la palabra que de volver le dió, y acaso la devore en su enojo.
—Tienes razón, contestó la otra. Para eso será me- nester hacerle grandes caricias.
Y habiendo tomado esta resolución, compitieron las dos en darle tales muestras de amistad, que la Bella lloraba de alegría. Cuando pasaron los ocho días, las dos hermanas mayores fingieron tal y tanta aflicción, que la menor prometió quedarse otros ocho días más.
Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que iba á dar á su pobre mónstruo, á quien, mónstruo y todo, amaba con todo su corazón y deseaba ya ver. La décima noche que pasó en la casa, paterna, soñó que estaba en el jardín del palacio y que veía al mónstruo echado en la yerba y próximo á morir, echándole en cara su ingratitud.
La Bella se despertó sobresaltada y se puso á llorar.
—¿No soy, en verdad, cruel, decía, dando que sentir á un mónstruo que me tiene tanto cariño y tanto hace por mí? ¿Es culpa suya ser tan feo y tan estúpido? Si es un mónstruo, no puede ser más bondadoso y esto vale por lo demás. ¿Por qué no consentí en ser su esposa? A buen seguro que sería yo más feliz con él que mis hermanas con sus maridos. No es la hermosura ni el talento de un marido lo que hace feliz á una mujer, sinó la bondad de caracter, la virtud, la condescendencia, y el mónstruo tiene todas estas cualidades. No le tengo amor, pero sí estimación, amistad y gratitud. No, no debo hacerle sufrir: me pesaría toda la vida haberle sido ingrata.
Dichas estas palabras, se levantó la Bella, puso la sortija sobre la mesa y volvió á acostarse. Apenas estuvo en la cama, cuando se durmió tranquilamente, y cuando se despertó por la mañana, vió con alegría que estaba en el palacio del mónstruo.
Vistióse magníficamente para agradarle, y estuvo aburrida todo el día esperando las nueve de la noche;
pero por más que las diera el reloj, el mónstruo no pareció.
La Bella temió entonces haber causado su muerte y recorrió todo el palacio dando gritos de desesperación.
Después de haberlo buscado inútilmente por todas partes, se acordó de su sueño y corrió por el jardín hacia el sitio donde lo había visto durmiendo. Allí, en efecto, encontró al pobre mónstruo, tendido sin conocimiento;
y creyendo que estaba muerto, se arrojó sobré su cuerpo, sin horror de su monstruosa figura, y sintiendo que todavía palpitaba su corazón, tomó agua del canal y le roció la cabeza.
El mónstruo abrió los ojos y dijo á la Bella
—Olvidaste tu promesa, y el pesar de haberte perdido me hizo tomar la resolución de dejarme morir de hambre;
pero moriré contento si al fin tengo el placer de verte otra vez.
—No, no morirás, contestó la Bella, vivirás para ser mi esposo, pues desde este momento te doy mi mano y juro que no seré de nadie sinó tuya. ¡Ah! Creía no sentir más que el afecto de la amistad hácia tí, y el dolor que experimento me hace comprender que no podría vivir sinó á tu lado.
Apenas hubo dicho estas palabras, cuando vió iluminarse con gran esplandor el palacio; y los fuegos artificiales, la música, todo le anunciaba una fiesta.
Pero estas bellezas no cautivaron su atención, y volviéndose al mónstruo, cuyo peligro la estremecía, vió con la mayor sorpresa que había desaparecido, viendo en su lugar y á sus piés un príncipe más hermoso que el Amor, que le daba las gracias por haber puesto feliz término á su encantamiento.
Aunque este príncipe merecía toda su atención, no pudo ménos de preguntarle dónde estaba la bestia.
—Mírala á tus piés, le contestó el príncipe. Una vengativa hada me condenó á vivir bajo esa mons- truosa figura hasta que una hermosa doncella me desencantara dándome su mano de esposa. Así no ha habido en el mundo quien se haya compadecido de mí, comprendiendo la bondad de mi carácter, sinó tú; y por eso, ofreciéndote yo ahora mi corona, no hago sinó pagarte las obligaciones que te debo.
Gratamente sorprendida la Bella, dió la mano al príncipe para levantarlo, y fueron juntos al palacio, donde la sorpresa de la bellísima doncella subió de punto, hallando en el salón principal á su padre y toda su familia, á quien la benéfica hada que se le había aparecido en sueños, había trasportado al palacio.
—Bella, le dijo el hada, ven á recibir la recompensa de tu buena elección. Has preferido siempre la virtud á la belleza y al talento, y mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas á ser una gran reina, y espero que el trono no destruirá tus virtudes. En cuanto á vosotras, señoras mías, añadió el hada dirigiéndose á las dos hermanas de la Bella, conozco vuestro corazón y toda la malicia que encierra.
Convertios, pues, en dos estatuas; pero conservad toda vuestra razón bajo la piedra que os envuelva. Así permaneceréis á la puerta del palacio de vuestra hermana, y no os impongo más castigo que ser testigos de su dicha. No podréis volver á vuestro primer estado hasta que reconozcáis vuestras faltas; pero temo que no permanezcáis siempre siendo estatuas. Puede corregir- se el orgullo, la cólera, la gula, la pereza; pero es una especie de milagro la conversión de un corazón envidioso.
En esto dió el hada un golpe con su prodigiosa vari- ta y todos los que estaban presentes fueron instantá- neamente trasportados al reino del príncipe. Sus súb- ditos lo recibieron con alegría, y él se casó con la Bella, viviendo mucho tiempo y en una felicidad completa, porque estaba fundada en la virtud.
FIN