El Secreto de los "diamantes de cuarzo"

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EL

SECRETO

DE LOS

“DIAMANTES DE CUARZO”

"

Un tesoro ignorado en territorio argentino

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Existe un tipo de cuarzo con apariencia de diamante, por su extraordinario brillo y pureza. Su rareza es tal, que sólo existen informes científicos sobre cuatro lugares de la Tierra donde se los ha encontrado: Carrara en Italia, el estado de Nueva York, México, y una zona volcánica del sur argentino. En el primer caso, se los conoce como "diamantes de Carrara", y en el segundo, como "diamantes Herkimer", por encontrarse en el condado neoyorquino que lleva ese nombre, donde se los extrae comercialmente con toda una

infraestructura minera y turística, favorecida por la fama de esos cristales entre coleccionistas y personas dedicadas al uso energético de las piedras.

Denominados por algunos como "cuarzo diamante", el de la Argentina viene siendo buscado desde hace muchas décadas por lugareños de la zona, casi despoblada, con el fin de regalarlos u ofrecerlos a bajo costo, ignorando el valor que tienen. Pero tan pocos son los que actualmente van al lugar o pasan por él, que es insignificante la cantidad de cristales que, desde allí, llega a circular en el mercado, a tal punto que hay muy pocos coleccionistas y gemoterapeutas argentinos que saben de su existencia.

Éste es el relato de cómo el autor los conoció, cómo pudo ubicar la zona aproximada al lugar donde están, las dificultades para dar con el sitio exacto y las circunstancias que lo condujeron al hallazgo. El mensaje final advierte algo al lector que desee llegar hasta el lugar: existe un sagrado secreto a mantener por parte de todo aquél que llegue hasta ese mágico sitio; un secreto que todo visitante habrá de percibir en el ambiente, y por el cual habrá de sentir la necesidad de pasar de "profanador" a guardián del gran tesoro. Con este libro, el autor pone el tesoro a su alcance. Pero confía en que se integre a las fuerzas que lo protegen, y cada pequeño cristal que se lleve, sea en sus manos un foco de luz para el planeta.

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El secreto de los diamantes de cuarzo

Claudio Omar Rodríguez 1996

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EL AUTOR

Nació en La Plata en 1962, en junio, bajo el signo de Cáncer, lo cual

influyó para que prestara especial atención a los cristales de cuarzo, pues sabía que se trataba de una de las piedras de su signo. Esto sucedió hacia 1990, año en el que lanzó el "Proyecto Quartz", de estudio y divulgación de información sobre aspectos científicos, estéticos y esotéricos del cuarzo. Realizó, a tal fin, exposiciones, conferencias, notas en medios gráficos, radiales y televisivos, colocación de cristales en lugares públicos con fines simbólicos y energéticos; clases para niños y jóvenes alumnos de escuela en Minas Gerais, sobre

cristales y energía, proponiendo y consiguiendo que en una localidad de ese estado brasileño se declarara de interés municipal, al estudio y divulgación de las propiedades energéticas del cristal, especialmente en el ámbito escolar.

Habiendo coleccionado piedras desde la infancia, se dedicó al comercio de gemas desde 1987, descubriendo poco después la parte esotérica y terapéutica de los minerales, lo cual fue estimulado por su interés en temas espirituales y cósmicos, que lo condujeron a lecturas y reuniones ya en la primera mitad de los años 80. De viajes a Brasil por reuniones vinculadas al tema

extraterrestres, surgió en 1985 el contacto con las típicas piedras

semipreciosas del tropical país, y de ahí los viajes que iniciaron su actividad comercial y cultural con piedras.

Charlas con gente de la actividad, lo llevarían a descubrir un tipo de cristal con apariencia de diamante, cuyas características, propiedades e historias, merecieron la realización de este libro.

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INDICE

Prólogo

¿Diamantes de uno a dos dólares?

Biterminados en Minas Gerais.

En Mendoza, la pista

Un dato bastante preciso

La chica clave, con el dato clave

El viaje en puerta Recuerdos Primera escala Segunda escala Inicio de la búsqueda Correción de derrotero

Ahora sí, directo a los cristales

La primera alegría

Quizá una advertencia

Lleno de cristales Recorrida final Lento retorno Segundo viaje. Poderes curativos Otras propiedades Tercer viaje Pausa Consideraciones finales

Cuatro años y medio después

Ocho años después

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A los que irían a agotar el tesoro si pudieran;

que volverían dejando mucho de lo que podrían traer de él si quisieran;

que desearían revelar el lugar del tesoro, pero guardarían el secreto;

que serían, así, guardianes si volvieran y permanecieran allí;

y que posibilitarían, con todo bajo protección, la divulgación y la llegada confiable, no amenazante, de amantes de bellezas minerales y de experiencias mágicas como la que brindan estos cristales.

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PRÓLOGO

Los únicos diamantes propiamente dichos, son los de carbono puro

cristalizado y 10 puntos de dureza en la escala de Mohs. Por lo tanto, hablar de "diamantes de cuarzo", encierra una evidente ilegitimidad mineralógica y gemológica. Porque no puede haber diamantes de silicio. Sin embargo, cierto tipo de cristal de cuarzo puede deslumbrar hasta a los más profesionales geólogos o piedreros que no lo hayan visto antes del inevitable asombro. Porque aunque el formato hexagonal y biterminado de estos cuarzos no deja la menor duda de qué tipo de mineral es, ni el conocimiento ni la imaginación parecen suficientes para evitar que surja el interrogante de cómo puede parecer tan brillante como las piedras de dureza mayor.

Buscándole un título a este libro, ante la dificultad terminológica para definir a una especie mineral que parece ser lo que no es, encontré en un libro de la famosa gemoterapeuta Katrina Raphaell el calificativo inverso a la denominación "cuarzo diamante" que en la Argentina le dio gente de un museo (Camín, de Cosquín) de la provincia de Córdoba, no sé si por vez primera, o si por haberlo escuchado de otra gente.

Sobre este tipo de "diamante" (o de cuarzo, más correctamente), se ha venido escribiendo en libros sobre las energías de los cristales, apenas capítulos o referencias a veces breves, desde no hace muchos años.

Porque en el milenario conocimiento de los poderes de las gemas, esta clase de cristal no tenía su lugar entre las enseñanzas transmitidas, pues se trata de una especie muy rara y escasa, hallada en pocos lugares del planeta, y ninguno de ellos situado en Oriente, de donde procede gran parte de la sabiduría de las piedras que hoy circula en Occidente. Sólo podría haberse tenido alguna transmisión de conocimiento por parte de los nativos de América, donde están los lugares en que se encuentran estos cristales, pero si los aborígenes los utilizaban y cómo, no quedó entre ellos quien pudiera decirlo. Hay

información sobre qué hacían con cristales de cuarzo en general, pero sobre este tipo tan especial, nada.

Por lo tanto, lo que poco a poco se va publicando sobre estos cristales procede, en buena medida, de experiencias que con ellos se han ido realizando recientemente, descubriéndose de esta manera las propiedades que los

distinguen de los cuarzos comunes.

A esta altura de la experimentación, del conocimiento sobre el tema, de la información publicada y de lo que cada vez más gente va sabiendo sobre los "diamantes" de cristal de roca, están dadas las condiciones para reunir lo más interesante y rescatable de lo publicado al respecto, en un libro que

retransmita lo que diversos estudiosos han manifestado sobre esta gema, porque el tema ya merece bastante más que una breve mención o un capítulo en un libro sobre cristales. Sumado a todo lo dicho por esos especialistas, lo que mi experiencia personal puede aportar sobre los brillantes cuarzos, finalizo este trabajo que empecé a escribir en abril de 1994 (cuando fue mi primera búsqueda de estas piedras en un silenciado lugar de la Patagonia) y

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me apresto a publicarlo, con vistas a que la existencia de dicho lugar pueda ser de público conocimiento, para los amantes de experiencias únicas como lo es observar el brillo singular de estos cristales sobre la tierra, y posibilitar que esa experiencia pueda ser vivida por ellos. Con las debidas protecciones que, previa o paralelamente, se efectúen en el lugar para que esa riqueza no se agote, y para lo cual este libro tiene la intención de servir.

La Plata, 22 de octubre de 1996.

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¿DIAMANTES DE A UNO A DOS DOLARES?

Eran los inicios de 1990 en Villa Gesell. Recientemente llegado de Brasil, realizaría una exposición de cristales de cuarzo en la Casa de la Cultura de la Municipalidad. Allí estuvo Mario Zárate, un artesano chileno que durante los veranos atendía su local de "piedras genuinas" -tal el slogan- cuyo cósmico nombre, "Orión", tendría el por qué en las connotaciones esotéricas del mundo mineral. A Mario lo había conocido un año atrás, cuando tenía su local en el "Paseo de los Artesanos", en Avenida 3 y Paseo 104. Le había comprado un par de esmeralditas en bruto y una turmalina rosa. En setiembre del 89 fui a Minas Gerais en busca de turmalinas, pues algo debo haber absorbido de aquella piedra rosada que me haya motivado. Cumplido el objetivo, me encontré con los cristales de cuarzo, traje una buena cantidad y he ahí la exposición en Gesell.

Mario no me recordaba, pues yo había sido sólo una de las tantas personas que apenas había intercambiado algunas palabras con él sobre piedras. Me invitó a pasar por su local, situado esta vez casi en la esquina Este de la Avenida 3 y Paseo 105. Fui y empecé a mirar sus piedras. De pronto, unos cristales muy brillantes me dejaron alucinado. Los miré bien, pensando que podría tratarse de diamantes, aunque no lo creía. Fue un doble juego mental de fantasía y realismo que se confundían en mi pensamiento, porque la lógica era que diamantes no podían ser, así, puestos en una cajita con divisiones al

alcance de cualquier mano, y a sólo uno o dos dólares cada uno. Pero eran diamantes para mis sentidos, sí, más allá de toda lógica; lo que yo estaba viendo eran verdaderamente diamantes, aunque no fueran los de Carbono puro cristalizado. Noté la forma hexagonal biterminada (dos puntas) y era evidente que se trataba de cristales de cuarzo. Pequeñitos, milimétricos, los mayores no alcanzaban el centímetro de largo. Las estrías en sus caras laterales me

indicaban que no se trataba de material pulido a máquina. Eran naturales; ¡existía algo así en la naturaleza!

¿Pero qué clase de cristales son estos? La respuesta de Mario: "Son unos cristales de cuarzo a los que les dicen "Diamantes Herkimer". Según me dijo, estos no provenían de Estados Unidos, donde los bautizaron con ese nombre, sino que eran de Neuquén. Algún lugar de Neuquén... ¡Teníamos estas joyitas en la Argentina y yo ni enterado estaba! Diamantes... ¿diamantes qué me dijo? ¿Hendrix me dijo?, trataba de recordar una vez regresado a mi ciudad, La Plata. Yo comentaba sobre los "Diamantes Hendrix", mostraba los que había seleccionado para mí cuando los vi por primera vez, y la gente quedaba asombrada. No recuerdo en qué momento leí o escuché otra vez el nombre "Herkimer", y pasé a recordarlo desde entonces. Pero lo cierto era que Hendrix, Herkimer o como fuera, nadie los conocía ni había visto nada semejante cuando se los mostraba. Yo me preguntaba si sería verdad aquello de que procedían de Neuquén, si Mario lo había inventado por alguna razón, o si lo habría inventado la persona de quien los obtuvo, o vaya a saber quién si la cadena venía de más atrás. No es raro que una piedra de Brasil sea vendida

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como autóctona en muchos lugares turísticos donde la gente compra piedras como recuerdos regionales. Podría ser que alguien de Neuquén a quien le llegara material de Norteamérica, hubiera querido darle valor regional haciéndolo pasar por autóctono. No sería raro.

La cuestión era que ni coleccionistas ni vendedores de piedras que conocía, habían conseguido algún cristal de estos. ¿Y por qué yo sí? Pero en esos momentos no iba tan lejos en mis razonamientos al respecto. Creía que sólo fue cuestión de suerte haber dado con los "diamantitos" mucho antes, años antes de que buscadores de piedras como yo, dieran con alguno en algún viaje, en algún comercio. Sin duda se trataba de un material escasísimo, cuya rareza era tanta como su belleza. Tan brillantes eran, que uno muy pequeño que se nos cayó en el local de Mario, fue fácilmente visible en un rincón sombrío donde cualquier otro cuarzo habría quedado imperceptible. La mínima luz, aun distante, es reflejada por un Herkimer.

Elegí para mí los mejores que había, y Mario me regaló ese cristalito que había caído, y que usé puesto en un engarce durante un tiempo, y luego guardé entre mis piedras más especiales. Lo coloqué a principios de 1992 en la base de una estatuilla de cuatro centímetros, que encontré. Aún está con el cristal; es un guerrero medieval con armadura y espada, como un guardián de estaño bañado en cobre. Una vez que descubriera el lugar de los cristales, yo iría a percibir que allí haría falta un guardián (alguna protección a la zona, a los cristales). Pero el simbolismo de la relación de aquel guardián metálico con el cristalito a sus pies, estaba muy lejos de significar para mí lo que terminaría descubriendo.

Por lo pronto, en aquellos días de verano de 1990, en el local de Mario Zárate, los cristalitos que elegí, y yo, nos habíamos conocido para

intercambiar direcciones: yo los llevaría a mi casa, en La Plata, y ellos me llevarían a la suya, en Neuquén, o donde fuera si no era allí. Alguna vez así sería, pasara el tiempo que pasara.

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Los cristales comprados en 1990 en Villa Gesell a Mario Zárate (aumento: X 2,5 aprox.)

BITERMINADOS EN MINAS GERAIS

En marzo del 90, poco después de mis dos meses en Villa Gesell, inicié un viaje a Minas Gerais, donde estuve dos meses y medio. En la localidad de Joaquim Felício, en el Centro Norte, donde había obtenido la mayor parte de los cristales que expusiera en la entidad cultural geselina, pasé casi todo el tiempo. Durante mis búsquedas de cristales, prestaba especial atención a los biterminados. Los había de muchos quilos y los había de apenas quilates. En un depósito, encontré uno muy puro y brillante que medía más o menos un centímetro y medio de largo. No era como los "diamantitos", pero estaba muy bueno. No sé cómo, desapareció del bolsillo donde lo guardé. Desapareció en cuestión de minutos sin explicación lógica. Recorrí los lugares por donde había pasado, pero no pude encontrarlo.

La frustración me indujo a tratar de compensar la pérdida con algún

hallazgo equivalente. Entonces acrecenté mi atención toda vez que, buscando en depósitos o en la tierra, algún cuarzo biterminado aparecía mezclado con los de una sola punta. Como los biterminados se dan cada decenas o cientos de cristales comunes, es difícil detectarlos entre el montón. Pero la

experiencia me llevó a distinguirlos con muchísima facilidad, a tal punto que llamaban mi atención instantáneamente, cuando un tiempo atrás ni siquiera estaba en condiciones de notar la diferencia con todos los cristales que los rodeaban.

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vista energético. Sólo me atraía por alguna razón, quizá por su geometría. Supongo que por la misma razón, gran parte de los cristales pulidos a máquina son hechos con dos puntas si naturalmente sólo presentan una. Quizá por simple estética, al ser más bonito que si tuviera una parte truncada y, por lo tanto, en esa parte se le talla una punta artificial.

En mayo de 1991 visité una feria esotérica en Buenos Aires, llamada "Futura". Había Herkimers en un stand de gemas. En otro, de bibliografía esotérica, conseguí un muy buen libro sobre cristales, basado en experiencias de regresión a vidas pasadas. En estas regresiones, personas desvinculadas entre sí y de distintos lugares, relataron vivencias en la Atlántida. Todas coincidían en que allí se utilizaban cristales para muy diversos fines

energéticos. El cuarzo biterminado tenía una utilidad muy especial. El libro, de Michael G. Smith, titulado "El poder del cristal" en su octavo capítulo lo denomina "Escudo Energético de Cristal de Cuarzo de Doble Terminación". Dice al respecto:

"Un hombre y una mujer caminan por una populosa avenida de una gran ciudad americana. Se sienten completamente seguros. Nadie les amenazará. En el bolsillo del hombre hay un cristal. En el bolso de la mujer hay otro muy parecido. No son unos cristales vulgares, sino diferentes, de doble terminación, sintonizados con sus cuerpos y sus campos biomagnéticos para generar campos de fuerza personales de protección. Les protegen tanto de daños físicos como mentales. Como el mejor de los escudos. No es de extrañar que se sientan a salvo. ¿Por qué no? Han aprendido a utilizar la más antigua y avanzada tecnología que existe sobre la Tierra.

El Escudo Biomagnético Incrementador de Campo de Fuerza Personal es un amplificador individual de nuestra propia energía mental, que lleva al nivel que se desee para utilizarla o proyectarla.

¿Cómo debe ser? Este tipo de cristal de cuarzo debe tener las puntas limpias, con las caras lisas y sin astillas. El tamaño puede oscilar entre una y varias pulgadas de largo. Cuanto más limpio y perfecto sea el cristal, mejor. Quizá tenga que adquirir varios hasta dar con el que le resulte más adecuado. Sea tenaz. Siga preguntando y buscando en las tiendas de minerales.

Cuando encuentre el cristal estará en disposición de empezar a crear su escudo. No se preocupe, si lo necesita lo encontrará, o atraerá uno, o se sentirá atraído por él. Lleve el cristal con usted a todas partes. Manténgalo siempre en el bolsillo, en el bolso o, al menos, en su casa. Cuando viaje, llévelo siempre cerca. El cristal de cuarzo es un transductor y condensador de energía. La almacenará en un tipo u otro. Al tenerlo cerca de usted durante un cierto período de tiempo se sincronizará con su consciencia y su campo biomagnético. El proceso se agilizará si piensa constantemente en el cristal y lo carga con su energía emocional. El cristal se activará en toda su capacidad y cumplirá su cometido como escudo incluso aunque usted no esté pensando en él.

En momentos o épocas de tensión puede incrementar o intensificar sus efectos mediante proyecciones mentales o visualizando el círculo de luz azul y blanca que se extiende a su alrededor en diámetros cada vez mayores.

Este mecanismo le será muy útil si se dedica a una actuación positiva en nuestro mundo. Le protegerá contra la mayoría de las detestables radiaciones psíquicas o electromagnéticas utilizadas por otras personas.

Los campos y escudos de fuerza tendrán el mismo grado de poder que autocontrol y capacidad tenga la persona que los utiliza. Hay muchas personas altamente evolucionadas en este campo hoy en día. Algunas de ellas lo recuerdan de otros tiempos y/o lugares. Si usted es una de estas personas, se sentirá atraído intuitivamente hacia estos instrumentos psiónicos subatómicos. Probablemente sea ésa la razón por la que está leyendo este libro.

Vivimos sumergidos en un vasto mar de radiaciones de todo tipo, que pueden molestar y ofender profundamente a personas muy sensibles. Es una herramienta muy útil, no sólo para los que quieran sobrevivir, sino también para cualquiera que quiera trabajar en paz sin ser molestado, para restablecer el equilibrio en nuestra Madre Tierra o sus habitantes."

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Todo eso me daba una respuesta más profunda que la simple atracción estética, al por qué de mi preferencia por los cristales de este tipo. Quizá una parte de mi mente percibía no la forma, sino la particularidad energética de estos cristales. Pero teniendo en cuenta el tamaño al que se refiere este autor, habría que ver por qué no se consideran los cristales menores de una pulgada (23,2 mm.), cifra que me parece arbitraria, y por lo cual creo, en lo personal, no excluye a los más pequeños y por eso el que llevo en el cuello desde hace meses, es un "Herkimer" de 13 mm.

Anteriormente, desde 1991 hasta este año 95, utilicé sucesivamente

biterminados pulidos primero, y naturales después, a medida que cada uno iba "cumpliendo su ciclo" (regalé dos, cayó y se partió uno, se perdió tres veces otro, la última de las cuales no volví a encontrarlo...). Hasta llegué a usar una más o menos gruesa cadena de plata, repleta de piedras (amatistas, citrino, turmalinas, aguamarina, esmeralda, topacios, piedra cruz, cuarzo fumé, rosado, lapislázuli, etc.) que perdí al desengancharse no sé cómo. A partir de lo cual, hace dos años que sólo uso cristal en el cuello, pues al desprenderse la cadena con las gemas, me quedó sólo la otra en la que tenía un cristal en

bruto, uno pulido, con fantasma, y una pirámide de cristal. ¿Sería que yo ya no debía estar para hacer ostentación de mi gusto por las piedras? ¿Debía ser más discreto y ponerme sólo algún cristal? Así lo hice, y me conformo con un simple cristalito en el cuello, aunque en ocasiones especiales uso sombreros con cristales, que no son precisamente para pasar inadvertido.

EN MENDOZA, LA PISTA

En los años 91 y 92, hice exposiciones y venta de piedras en las "Expo

Gema" del "Centro para el Hombre Nuevo" dirigido por Francisco Checchi,

del "Grupo Alfa", dedicado a mensajes cósmicos recibidos en contactos telepáticos con extraterrestres, y actividades relacionadas con la Nueva Era. Una mujer que concurrió a una de las exposiciones -creo que la segunda- llevaba en su cadena un inconfundible Herkimer, con manchitas negras, pero brillante y bastante grande, quizá de dos centímetros. Era el mayor que yo había visto y procedía, según su dueña, de los Estados Unidos.

Francisco me invitó al encuentro "Humanidad 2000" a realizarse en Mendoza, para que vaya con mis piedras. Fui, era febrero de 1993 y por primera vez visitaba la provincia. El encuentro fue realizado en la Escuela Hogar Eva Perón, inmenso lugar con dormitorios y comedores infantiles situado en el Parque San Martín. Mientras transcurrían las conferencias y talleres, yo atendía mi stand de piedras y conocía gente. Una de esas mañanas, una chica me trajo la letra escrita de una canción que acababa de componer, titulada "Muchacho de las piedras". Además de cantante, trabajaba en una librería y atendía el stand de libros del encuentro. Al conocer a los dueños de

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la librería, inicié con ellos una amistad y proyectamos algún negocio con piedras. Al mismo tiempo, conocí varias señoras de San Rafael dedicadas a temas místicos, esotéricos y terapias naturales. Con ellas tuve un par de reuniones durante las comidas en el encuentro, y quedamos en que alguna cosa podríamos planear para los próximos meses, cuando yo volviera a la provincia. A esas alturas, Mendoza ya había ejercido su fuerte magnetismo sobre mí. Todo en un fin de semana.

Al mes siguiente volví para ver la Fiesta de la Vendimia. Llevé racimos de uvas hechos de amatista y cristal de roca para las reinas departamentales, con una tarjeta alusiva al significado de tales piedras. Conocí allí a la Reina del Mar, de Mar del Plata, a la cual semanas atrás tenía deseos de localizar para ver su corona que, se decía, estaba hecha con cristal de roca. Se dio, al final, la posibilidad de constatar esta afirmación, y cuando vi que se trataba de cristal artificial, pobre reina, preferí no decírselo; ¡parecía tan orgullosa con su "joya"!...

Y así, me iba metiendo de a poco en las festividades, en las actividades y en el modo de vida de los mendocinos. Volví en abril para realizar una

exposición de "Gemas Energéticas" en un local vacío perteneciente a los dueños de la librería Oikía, Rosa y José Luis Quiroga. Otro coleccionista de piedras había enviado material para colocar en venta. Era jueves 15 de abril, cuando entre ese material volví a ver, después de mucho tiempo, diamantes Herkimer en venta. Éstos eran menos transparentes y brillantes que los anteriores, pero yo no tenía duda de que se trataba de una variedad de esos cristales. El domingo 18, José Luis me llevó a la casa del coleccionista.

Julio Lara, de Godoy Cruz, era dueño de un mini-museo en su domicilio, con variados ejemplares de la región y de otras partes, como Brasil. Le compré decenas de cristalitos, a un Peso (= un Dólar) cada uno. Me dijo que quien se los vendió los había traído de Río Negro. No lejos de Neuquén, podía ser que Mario Zárate no tuviera el dato exacto y le dieran mal la procedencia. O podía ser que hubiera cristales así en las dos provincias. Pero también podía ser que no fueran de Río Negro estos otros cristales, sino de Neuquén. Todo podía ser; después de todo, ni Lara ni Mario Zárate habían estado en el lugar de procedencia, ni disponían de información sobre el sitio exacto.

Habían pasado tres años y tres meses desde mi primer contacto con esos cristales, y por primera vez andaba sobre la pista del lugar de origen. Por lo menos ya podía confiar en que los de Mario no venían de Nueva York; la cosa estaba en algún lugar del norte de la Patagonia y era cuestión de esperar a que nuevas señales aparecieran en el camino.

UN DATO BASTANTE PRECISO

El sábado 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, yo tenía que estar en San Rafael. En la Biblioteca Mariano Moreno, varias mujeres conocidas

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del encuentro de febrero, habían organizado todo para que allí realizara una exposición y un par de charlas sobre minerales, la segunda al día siguiente. Al término de la charla del sábado, un coleccionista de la zona me invitó a ver sus piedras. Me ofreció llevarme en su auto en ese mismo momento y traerme en unos minutos. Pensé, le pregunté a otra gente que quería hablar conmigo, y me dijeron que sí, que fuera, que me esperarían. Ya hacía tiempo que había aprendido a aceptar invitaciones imprevistas y desviarme instantáneamente de curso toda vez que algo se presentara así. Hacer las cosas en el momento en que se presentan, porque cada momento reúne una serie de condiciones que después son irrepetibles.

Cuando Antonio Collado me empezó a mostrar sus ejemplares, me llamó la atención una ágata con vetas rojizas triangulares, con una línea de color

marrón y un triángulo gris claro con un triangulito rojo en el centro; toda la piedra era un triángulo de vetas concéntricamente triangulares. Era una de esas ágatas típicas de San Rafael, de la zona del Cañón del Atuel. Me la regaló.

Pero lo que más me llamó la atención fue lo que vi en un estante, brillando como diamantes: cristalitos como los de Mario Zárate, más brillantes y puros que los de Julio Lara. Y por fin supe el sitio más o menos exacto de

procedencia: según Collado, un matrimonio de Malargüe, ciudad al sur de San Rafael, se los había traído de Neuquén. ¡Neuquén, sí... era en Neuquén!. Pero, ¿de qué parte? Y me dijo: en la cadena del volcán Tromen. Como a diez metros, al costado del camino, habían visto algo que brillaba muchísimo. Se acercaron, y era un cristalito así de chiquito. Así fue la historia de los

cristalitos de Collado. Habían pasado tres años y cinco meses y ya tenía la información que necesitaba para ponerme en campaña. Años esperando un dato preciso, y acababa de obtener uno, sin buscar. Como muchas veces ocurre.

LA CHICA CON EL DATO CLAVE

El sábado siguiente, 12 de junio, debía estar en el local de Mendoza donde había hecho la exposición en abril. Realizaría una nueva exposición y una charla. Una estudiante de Geología estuvo allí. Estudiaba y vivía en San Juan. En esa noche fría, junto a una estufa, intercambiamos ideas y experiencias por las que supe que no era de línea cientificista escéptica, sino abierta a lo

esotérico. No volví a verla en posteriores viajes que hice en lo inmediato. Reapareció el jueves 14 de octubre en un stand donde yo tenía piedras en venta, en el XVII Congreso Geológico Argentino, que se realizaba en el

Centro de Congresos y Convenciones, de Mendoza. Estábamos muy contentos por este reencuentro tan sorpresivo. Esa noche se reuniría en su casa con sus compañeros, comerían pizzas, y me invitó.

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piedras, les pregunté a los muchachos si sabían algo sobre los cristalitos de Neuquén. Marita fue a buscar un libro, donde encontré lo siguiente:

"Cristales de roca brillante, perfectamente desarrollados, se hallan en el camino de Chos Malal a Mendoza, cerca del límite entre esta provincia y Neuquén, y, asimismo, en el Cerro Negro de Pum Mahuida. Su longitud es de 3 a 12 mm; son los únicos cristales de cuarzo que muestran las caras

trapezoédricas entre los hallados al presente en el país, y en cuanto a su apariencia y belleza son iguales a los famosos "diamantes de Carrara". Se los encuentra sueltos en arena tobácea y proceden de la

destrucción de lavas y tobas terciarias".

El libro, "Las especies minerales de la República Argentina", de V. Angelelli, M.K. de Brodtkorb, C.E. Gordillo y H.D. Gay, era un gran

incentivo para mí. No precisaba del todo en qué lugar del camino y del cerro que mencionaba, pero próximo a Chos Malal, los datos del libro confirmaban que la zona era aquélla que en San Rafael Antonio Collado me había dicho. Hice fotocopias de esa parte del libro, y parecía que de ahí en más la

indagación contaría con más posibilidades.

CON DESEOS DE VIAJAR

De regreso a Buenos Aires, estuve en la Casa de Neuquén, dependiente del gobierno de esa provincia, para buscar el Cerro Negro en el mapa. Un

muchacho que me atendió tenía conocimiento de la existencia de los brillantes cristalitos, pero no sabía de dónde eran. Localizado el cerro en el mapa, era cuestión de empezar por ahí. Las referencias de los mapas geológicos y mineros señalaban variados minerales, pero no cristal de roca en la zona en cuestión.

El camino Chos Malal-Mendoza era demasiado largo para enfocar bien una búsqueda con posibilidades. Era más concreto el dato del cerro, cuya vecindad al Volcán Tromen mantenía coherencia con aquel dato obtenido en junio.

Había tenido ganas de ir a Neuquén al término del Congreso en Mendoza, pero las ventas que hice allí no me aportaron lo suficiente para eso. Arturo, el dueño de "Arpisol", negocio de piedras en Buenos Aires (Suipacha entre Santa Fe y M.T. de Alvear), me aconsejó esperar el verano: las nieves aún estarían cubriendo el lugar. En diciembre estuve a punto de ir, pero una serie de postergaciones, viajes a Córdoba y a Brasil, cuestiones literarias y otras cosas, me fueron ocupando la temporada estival.

UN EXCELENTE LIBRO

En marzo podría ser el momento de hacer la expedición. Finalizada la Fiesta de la Vendimia, bajaría desde Mendoza a Neuquén, vía Malargüe y, al atravesar el límite interprovincial por la ruta 40 en dirección a Chos Malal, en

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vez de empezar por el Cerro Negro, empezaría por ahí, ya que el libro decía que en ese camino estaban los cristales. Pero tuve la suerte de no contar con dinero al terminar la fiesta, y regresé a La Plata. Suerte digo, porque en ese camino dudo mucho que las cosas me hubieran resultado favorables, a juzgar por lo que más tarde iría a saber.

Al mes siguiente, ya con las necesarias condiciones financieras, emprendería el viaje por otra ruta, a partir de la ciudad de Neuquén, con destino final al Cerro Negro. Pero un par de cosas sucederían poco antes, y que tendrían que ver con la proximidad del momento en el que, después de ya cuatro años y tres meses, iría a la tierra de los fantásticos cristales que siempre habían sido un enigma y un desafío para mí. Sucedió que el 28 de marzo debía presentarme en la Feria Internacional del Libro, en el stand de la S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores). Presentaría allí dos libros que había publicado. En cuanto me desocupé, pude recorrer otros stands, y me encontré con el mejor libro sobre cristales que he visto hasta el momento: "Los

cristales", editado por Milewski-Harford, con notas propias y de numerosas personas dedicadas a las gemas. Dos capítulos eran referidos a los Diamantes Herkimer. Veamos lo que dice John Vincent Milewski, Dr. en Filosofía, cuyo currículum en otras áreas se detalla al final.

Milewski califica a los diamantes Herkimer como "gemas naturales y singulares que parecen haber sido cortadas, talladas y pulidas", pero que "En realidad, salen del suelo con ese alto grado de brillantez y perfección que les ha dado la naturaleza". Los define como "relativamente caros", y señala al condado de Herkimer, en el Estado de Nueva York (cerca de Utica, sobre el río Mohawk) como el único lugar de la Tierra en que se extraen

comercialmente.

Afirma que la muy fuerte atracción que los humanos sentimos por los cristales de cuarzo, y especialmente por los diamantes Herkimer, es debida a que "el orden natural de la estructura del cristal de cuarzo representa un grado de coherencia, orden y perfección que buscamos en nuestras vidas". Y que hay una relación dada por el oxígeno y el silicio (el cuarzo es dióxido de silicio), pues siendo nuestros cuerpos agua en un 70%, gran parte corresponde a átomos de oxígeno. Y como nuestros cuerpos crecen y evolucionan en las vibraciones naturales asociadas con la corteza terrestre, que es casi en su totalidad oxígeno y silicio (79%), nuestro ciclo vital está asociado y

sintonizado con las vibraciones de los átomos de dichos elementos químicos que componen los diversos silicatos que se encuentran en la corteza terrestre. Dice Milewski que los átomos de oxígeno y silicio son altamente organizados en un cristal de cuarzo o un diamante Herkimer, y esta orquestación de los modos vibracionales de dichos átomos, toca en armonía y "nos conecta el interruptor". Están sintonizados con nuestro canal. Somos, por lo tanto, excelentes receptores para su mensaje. Y que como "su onda portadora está sintonizada con nuestra emisora", su modulación con formas de pensamiento puede ser dirigida a la conciencia interna que existe en las diversas partes de nuestro cuerpo (chakras, glándulas, órganos, etc.).

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Sobre la formación de los cristales comunes y de los Herkimers, explica las diferencias, a partir de un mismo tipo de "Licor Madre" (líquido que produce un cristal). Esta solución silícica asciende de las profundidades de la tierra hasta la superficie, llenando huecos y cavidades de la roca matriz, que en la mayoría de los casos contiene cristales de sílice o silicatos. Al enfriarse la solución, sobresaturarse y cristalizarse, encuentra muchos puntos

químicamente activos de sílice y silicatos en formas microcristalinas sobre las paredes de la cavidad en que está contenida y, a partir de estos puntos activos, los nuevos cristales crecen de las paredes hacia el centro de la solución.

Primero se forman numerosos pequeños cristales, y luego sólo un grupo de estos crecen hasta hacerse bastantes mayores, ocupando la mayor parte del espacio y bloqueando el crecimiento de la mayor parte de los cristales menores. Este crecimiento, desde las paredes, en forma de dedo o vela, se produce por apilamiento de los átomos en planos, uno encima de otro, a semejanza de un mazo de cartas o una pila de cucuruchos de helado vacíos, unidireccionalmente hacia la terminación del cristal.

Según Milewski, la roca matriz en que se forman los Herkimers, no es ni química ni cristalográficamente silícica, sino una dolomita, compuesta de carbonato cálcico-magnésico. Por eso, en el momento de la cristalización, no existe afinidad química entre la solución del Licor Madre y las paredes de la roca matriz, lo cual hace que los microcristales actuantes como puntos activos para el crecimiento de cristales no estén situados en las paredes, sino dentro de la solución, libremente suspendidos. Allí, los cristalitos crecen por deposición de nuevas capas de cuarzo sobre todas sus superficies y en todas las

direcciones a la vez, produciéndose la doble terminación, típica de los diamantes Herkimer. Unos crecen hacia adentro de otros, y esta asociación inhibe el crecimiento mutuo en esa dirección en que contactan entre sí, resultando Herkimers incompletos y parciales deformaciones. Los diferentes tamaños se deben a que los microcristales no comienzan al mismo tiempo, ni crecen a la misma velocidad. Y las distintas formas de los cristales se deben a las diferencias de temperatura y composición en el Licor Madre durante la cristalización.

Milewski supone que el apilamiento de los átomos uno sobre el otro afecta el modo en que fluyen las energías y son amplificadas dentro del cristal. La estructura hexagonal de los cristales de cuarzo es dada por el ordenamiento de la estructura retículo a la que se sueldan los átomos. Es común que existan átomos extraños o un átomo ausente en la estructura reticular, produciéndose huecos o imperfecciones en el cristal, que no son muy importantes para desequilibrar el flujo y amplificación de la energía. Pero las dislocaciones en los bordes, que afectan a toda una superficie del cristal (áspera y como escalonada, en las caras laterales), y las fallas de apilamiento, que van a lo largo de todo un plano del cristal, afectan a trillones y trillones de átomos. Lo que atenúa y altera significativamente el flujo energético y la capacidad de amplificación del cristal de roca.

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diamantes Herkimer, lo que se manifiesta en la superficie tipo espejo de sus caras laterales, y lo que, -según cree ese autor- les permite su extraordinario poder. Y esto podría explicar por qué un Herkimer diez veces más pequeño que un cristal de roca común, puede ser diez veces más poderoso.

Milewski establece una distinción entre la esencia espiritual del cristal de roca común y la de los diamantes Herkimer. Dice que "todas las formas u organizaciones de materia, u objetos materiales, trátese de una roca, una planta, un animal, o un conjunto de materia tal como una casa, un coche, o una montaña, tienen su propio espíritu. La esencia de este espíritu se forma y recibe su dirección cuando se crea el objeto, y es hecha para apoyar a ese objeto específico, teniendo conexión directa con el espíritu arquetípico universal de todos los objetos similares".

Cree que el cristal de roca y los Diamantes Herkimer tienen su espíritu distintivo, y que cada cristal individual tiene su espíritu individual. Su interpretación de la diferencia entre las esencias espirituales de estas dos formas de cristal de cuarzo, se basa en la manera en que crecen y se forman en la tierra:

"Como los cristales de roca comienzan su crecimiento a partir de simientes tipo silicato adheridas a la tierra, crecen generalmente de manera unidireccional, produciendo un cristal en dedo o vela, que crece en grupos o estructuras familiares firmemente adheridos a la matriz o tierra de la que brotaron. En contraste, los diamantes Herkimer comienzan su crecimiento en una suspensión de libre flotación, en un líquido, no adheridos a la tierra, y crecen más o menos desinhibidos en todas las direcciones al mismo tiempo. Del estudio y análisis de estos diferentes modos de crecimiento, deduzco que sus esencias serán

significativamente diferentes en función de la manera en que los cristales nacen y crecen.

La esencia espiritual de los cristales de roca será más apegada a la tierra y más orientada hacia el grupo en cuanto a sus características, y unidireccional o unipropósito en cuanto a su naturaleza. Los diamantes Herkimer son más bien de un espíritu de libre flotación (no apegado a la tierra), individualista, y representan una naturaleza y unas características de propósito multidireccional. Puedo compararlo con la diferencia entre las personalidades básicas romana y griega, o entre las personas de cerebro izquierdo y las de cerebro derecho. Los romanos eran personajes más bien unipropósito, en los que la ley y el orden, la organización, y la orientación hacia el grupo ocupaban su pensamiento, mientras que los griegos eran multipropósito, libres, individualistas, aventureros, y un pueblo de espíritu más creativo. Esto,

básicamente, es lo mismo que las mentalidades de cerebros izquierdo y derecho, siendo las del cerebro izquierdo unipropósito, detallistas, exigentes, y gente de ley y organización; mientras que las del cerebro derecho son personas más de multipropósito, individualistas, y de espíritu creativo.

A partir de estas afirmaciones y de un análisis de los diferentes modos de crecimiento del cristal de cuarzo, este escritor ha concluido que la esencia espiritual del cristal de roca es representada por la mentalidad romana o del cerebro izquierdo, mientras que el diamante Herkimer es representativo de la mentalidad de los griegos o del cerebro derecho. En mi opinión, éste es un importante factor que debería ser tomado en consideración en la selección y aplicación de los cristales de cuarzo.

Por ejemplo, si sois una persona de cerebro izquierdo y deseáis volveros más creativos e individuales en vuestro pensamiento y modo de vida, deberías llevar un diamante Herkimer con vosotros y/o meditar con uno. A la inversa, si sois una persona claramente orientada hacia el cerebro derecho, esto es, individualista y quizá un poco alocados, y queréis ser atraídos hacia la tierra (ser capaces de trabajar mejor con los demás y con las organizaciones), llevad un cristal de roca. Asimismo, alguien con dislexia, que necesita una mejor coordinación de los cerebros derecho e izquierdo, podría intentar la meditación con un diamante Herkimer en la mano derecha y un cristal de roca en la izquierda, lo que le ayudaría a conseguir un mejor equilibrio".

Para las ideas que acaba de expresar, este escritor dice carecer de datos clínicos, y sólo tener una buena especulación basada en más de veinte años de

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su vida que ha pasado haciendo crecer cristales y trabajando con ellos en múltiples e íntimos modos.

"Este es un último pensamiento de este escritor sobre este tema. Cree que el espíritu del diamante Herkimer representa verdaderamente el espíritu de los americanos - la "actitud de la libertad empresarial"- que hizo grande a este país. Desgraciadamente, nos estamos convirtiendo más en una sociedad de grupo, controlada por la ley, con menos libertades para que nuestro espíritu se exprese. Este escritor cree que si fueran más las personas que llevasen diamantes Herkimer, se asemejarían más a los antiguos americanos en espíritu y acción. Y, entonces, seríamos capaces de dirigir nuestro país hacia "su propósito original", una tierra para la libre expresión de los individuos.

Bien, los diamantes Herkimer hacen algo muy bueno por la persona que los tiene, especialmente si creéis en ellos. La creencia puede ser toda la razón por la que funcionan. Pero desde un punto de vista científico, sé que los cristales de cuarzo trabajan con las energías, especialmente las que afectan

directamente a los circuitos del cuerpo y de la mente. En conclusión, creo que los Herkimers son más poderosos en su acción que los cristales de roca de cuarzo. Irradian una vibración coherente que podría justificar una mayor coherencia en nuestros cuerpos, acelerando la curación natural y aclarando la mente para un mejor juicio".

El Dr. John Vincent Milewski es ingeniero profesional, inventor, empresario, editor, escritor, conferenciante, consultor, miembro oficial retirado del Laboratorio Nacional de Los Álamos y editor de El Libro de los Cristales.

Obtuvo su grado técnico de Ingeniería Química de la Universidad de Notre Dame, su grado de Master en Metalurgia del Instituto de Tecnología Stevens, y su grado de doctor en Ingeniería Cerámica de la Universidad Rutgers. Es ingeniero profesional con licencia, y una autoridad reconocida en los campos de los compuestos de fibra corta y el crecimiento de fibras de un solo cristal, las fibras conocidas como "bigotes".

Con 22 patentes concedidas, ha publicado más de 35 artículos técnicos. Es coeditor del Manual de Rellenos y Refuerzos para Plásticos. Numerosas son sus conferencias, y ha hecho sus presentaciones técnicas en la mayoría de los Laboratorios Nacionales de Investigación y de las principales compañías, tanto en los Estados Unidos como en Europa. En Reaction Motors y Curtis Wright Corporation, trabajó en materiales para el Espacio y las Cápsulas Espaciales. Fue además, Vicepresidente y Co-Fundador de Thermokinetic Fibers, Inc. Antes de unirse a Los Álamos como miembro oficial del personal, trabajó en Exxon Research Laboratory como Asociado Jefe de Investigación en el desarrollo de Materiales Avanzados.

A la fecha de edición de Los Cristales, era consultor activo de muchas de las principales corporaciones de investigación en las áreas de la Fibra Cerámica, el Crecimiento de Cristales y Materiales Avanzados para Sistemas de Conversión de Energía. Es también instructor/editor sobre el uso metafísico de los cristales, la superluz y el crecimiento de cristales.

Su dirección:

Mystic Crystal Publications, John Vincent Milewski, Post Office Box 8029 Santa Fe, New Mexico

87504 (505) 988-1819.

El otro capítulo del libro, referido a los Herkimers, pertenece a un coleccionista de piedras llamado Ken Silvy, dedicado a la minería y comercialización de estos cristales desde una década y media antes de la

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edición del libro. Entre todos los minerales que halló y que tiene en su casa, los más preciados por él son los Herkimers:

"Hay algo muy especial en ellos, de modo que excavarlos es como buscar tesoros. Nunca sabes lo que vas a encontrar, o cuántos. Lo más emocionante de todo es que eres la primera persona en ver dentro de la bolsa (depósito de cristales) que descubres. Y esto es sólo el comienzo, porque una vez que he empezado con la limpieza y clasificación, sigo estando asombrado por lo que he encontrado".

Describe las características de la zona y el movimiento turístico que la frecuenta:

"A varias millas de la autopista que atraviesa el estado de Nueva York (salida 30 a Herkimer, Ruta 28 Norte), existe una serie de minas y campamentos...Veta del Diamante, Arboleda del Cristal, Colina

Hickory, Corporación de Desarrollo del Diamante Herkimer y el As de Diamantes. Hoy en día, la

mayoría de los visitantes son turistas o coleccionistas de gemas que vienen a hacer excavaciones de un día. Hay autobuses cargados de niños de escuela, estudiantes de universidad, y clubs de geología. Pero algunos son buscadores de rocas, los que quieren arañar, hender, cavar, levantar y romper "toneladas" de piedra por la emoción de un descubrimiento centelleante."

En cuanto a la claridad y refracción, dice Silvy, que pueden competir con la brillantez de los diamantes reales, y que los especímenes más pequeños, generalmente son más brillantes y con menos fallas. Esas inclusiones negras que tenían los míos, se dan frecuentemente, y se trata, según Silvy, de un carbón llamado antroxolita.

Sobre los métodos de búsqueda, dice que se emplean dos: uno, encontrarlos en la matriz, y el otro, en grandes bolsas. El primero, consiste en extraer grandes trozos de roca y romperlos, pues si tienen huecos, pueden contener cristales adheridos, que son de los más brillantes y claros y no suelen requerir una posterior limpieza. Las bolsas que contienen mayor cantidad de cristales, están a unos cuatro metros de profundidad después de tener que atravesar roca, y se encuentran formando un estrato que corre a todo lo largo de la mina, bajo un lecho de fango de 3/4 de pulgada. Es un trabajo de varios días, que puede culminar con el hallazgo de bolsas del tamaño de la boca de un buzón, hasta otras de metro y medio de diámetro, en cuyo interior los cristales están impregnados de barro.

Silvy los clasifica según las siguientes características:

Clase A: son bastante raros, pequeños, claros y perfectos, sin fracturas, inclusiones, lechosidades,

burbujas o velos. Son permisibles pequeñas impresiones de maclas y adorables formas geométricas dejadas en una cara por una macla que se ha separado, lo que suele aumentar el centelleo de la piedra. Raramente exceden el centímetro de longitud. Se pagan precios excelentes por los mayores de esta clase.

Clase B: casi perfectos, pero tienen pequeñas inclusiones, burbujas, huecos o velos. Vistos de distintos

ángulos, pueden presentar variaciones ópticas por la reflexión o refracción de defectos internos. También pueden presentar impresiones de maclas, pero no astillados o fracturas por fuera, ni lechosidades o fracturas internas. Son también escasos, pero son los que más se comercializan. La mayoría va de medio centímetro al centímetro y medio, y rara vez exceden los dos centímetros.

Gema C: son casi B, aptos para joyería, de elevada claridad óptica, sin fracturas ni lechosidades,

pudiendo presentar diminutas astillas en los ángulos, en tanto no sean muy perceptibles, y también alguna pequeña inclusión, si no desarmoniza su belleza general. Las dos puntas deben estar sanas y completas.

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C Común: pueden carecer algo de claridad óptica, tener lechosidad, pero tienen áreas claras. Pueden

tener defectos de superficie, incluso borrando una cara o terminación, y son estupendos para los coleccionistas de vitrina.

Clase D: vulgares, con muchos defectos, como lechosidades y fracturas.

Maclas o Grupos Múltiples: pueden presentarse en pareja, valiendo una vez y media más que los

cristales individualmente; en tripletas, a 1,75 más, y múltiples, dos veces más caros. Los más apreciados son los grupos de cristales sin demasiada diferencia de tamaño. Si hay muy diminutos en comparación con los otros, sólo se los valora si se encuentran en una disposición muy estética.

Maclas por Penetración: muy raros, son cinco veces más valiosos que un cristal simple del mismo

tamaño y clase.

Hidros: contienen agua, visible por contener burbujas o partículas de carbón flotando o sumergidas.

Valen diez veces lo que un cristal de Clase B de su mismo tamaño.

Inclusiones: los que tienen impurezas o manchas, generalmente valen menos que los puros, pero hay

inclusiones negras de antroxolita en forma de hoja que si son atractivas e interesantes, y si el cristal es ópticamente claro, tienen el precio del doble de un cristal Gema C.

Cristales Tabulares: bastante raros, son planos, con un desarrollo desigual de sólo un par de caras

opuestas paralelas. Casi inexistentes en el comercio.

Velos de Colores: hay fracturas internas que producen un arco iris en el interior del cristal. Cuando la

fractura no es observable a simple vista, se pagan excelentes precios.

Cristales en la matriz: adheridos a la roca, son muy deseados por los coleccionistas y cotizados diez

veces más que un cristal comparable de clase B. Explicaba Silvy que al romper las rocas en la búsqueda en la matriz, los cristales suelen desprenderse, por lo que es difícil hallarlos adheridos. De ahí el valor.

Este autor recomienda como herramientas para excavar a fondo, tres mazas de cuatro a siete kilogramos, dos pequeños martillos de roca, cuñas, cinceles, anteojos de seguridad, guantes, y equipamiento para lluvia, que es muy frecuente en Mohawk Valley. La Herkimer Diamond Development, en Middleville, Nueva York, (315- 891-7355) ofrece por U$S 4,75 diarios un lugar para acampar y un martillo para rocas, que se puede utilizar durante el día en el área de excavación que se reclame para el tiempo en que se

permanezca. Ésta no podrá estar inactiva por más de 24 horas, pudiendo en tal caso ser otorgada a otro. El constante movimiento de gente, por eso, hace casi imposible que al retornar después de días se encuentre desocupada el área que se había reclamado.

EN VIAJE

La dinámica de ese paraíso descripto por Ken Silvy, en nada se parecería a la región de dos "Herkimer argentinos", tranquila y solitaria. En la sequía del desierto patagónico, también había otra de las diferencias con la húmeda

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región neoyorquina. Y sin llevar mazas ni pensar en excavaciones, imaginaba que mis posibilidades de encontrar estos cristales serían similares a las del matrimonio de Malargüe que encontró los cristales en superficie. Cosa que también parecía diferente de las posibilidades de búsqueda en el condado de Herkimer, donde sueltos en la tierra parece ser que no se los halla. Quizá por agotamiento.

Preparé, entonces y por fin, el viaje tan anhelado. Sin herramientas, sólo con ropa, carpa, alimento y esas cosas. El libro de Milewski había sido como una señal de que el momento de la búsqueda había llegado, y al día siguiente de comprarlo, debía viajar a Capilla del Monte, Córdoba, a vender piedras que dos días antes había traído de Brasil. De ahí iría a seguir vendiendo a Neuquén y, una vez descargado de ese equipaje, emprendería entonces la búsqueda.

El miércoles 30 de marzo llegué a Capilla y estuve vendiendo hasta el domingo 3 de abril, quedándome sin mercadería suficiente para ofrecer en Neuquén. Tuve que regresar, entonces, imprevistamente a La Plata en busca de más piedras, con una escala en Buenos Aires, donde dejé mi equipaje guardado en la Casa de Mendoza. Pasé a buscarlo horas después, habiendo estado sólo un rato en mi casa, y sin descanso, de Buenos Aires viajaría a Neuquén esa misma noche.

Antes de llegar a la terminal, pasé por el local de piedras "Arpisol", y le comenté a Arturo adónde me dirigía. Hablamos del tema, me mostró Herkimers estadounidenses, y le compré un par; uno de ellos de casi un centímetro y medio, a sólo cinco Pesos. Llevaba también en mi

portadocumentos uno de los cristales que le había comprado a Mario Zárate en Villa Gesell, y que utilizaría para conectarme con el lugar de procedencia. También llevaba un "Citizen Titanium" (¿o truchanium?) de fondo negro sobre el cual había un pequeño estrás de iridiscentes reflejos pegado sobre una forma como de brillante visto de perfil, sobre la posición horaria de las doce. Simbolismo: era "la hora de los diamantes". Y también llevaba fotocopias de los capítulos sobre Herkimers del libro de Milewski, y de la página del libro de minerales de la Argentina que hablaba de los cristales en Neuquén. No sólo material de lectura, sino "elementos de conexión" que yo utilizaría para ser orientado hacia el lugar buscado, por toda fuerza de atracción que pudiera generarse a partir de objetos relacionados con el asunto. Fantasía o

morfogenética o isomorfismo; superstición o sabiduría paracientífica, era válido apelar a todo recurso posible.

Así provisto, con optimismo y alegría por la inminente culminación de más de cuatro años de un deseo postergado por un enigma, partí en esa noche del lunes 4 de abril rumbo a la "tierra de promisión".

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Desde tiempos de la escuela primaria, con aquellos estudios de la región patagónica, esta mente fue forjando el deseo de recorrer alguna vez esos territorios áridos, desérticos y fríos. Bello, espectacular era el paisaje de las montañas nevadas y lagos. El mar, la playa, era siempre agradable a los ojos. El campo, la tranquilidad. Pero ese paisaje de mesetas, arenas, piedras, hierbas espinosas agitadas por los vientos, era un lugar interesante para recorrer. Me imaginaba en alguna aventura, caminando por allí, juntando piedras, tratando de descubrir alguna cosa, con el fantasma de la sed en la ausencia de algún curso de agua, lo cual acrecentaba el interés del desafío. La experiencia no debería ser riesgosa al extremo, pero tampoco con todas las seguridades.

Al haber pasado por una parte de esa región en viaje de fin de curso a Bariloche en 7º grado de la escuela primaria, con 12 años, alguna percepción del lugar pude tener. Pero nada muy profundo cuando sólo se transita por ruta y junto con decenas de compañeros y maestras. La aventura era otra cosa, y eso cambiaba las sensaciones del paisaje.

Desierto, soledad... ¿Qué podría encontrar en un lugar así? Deberían pasar casi dos décadas hasta obtener alguna respuesta. Iría a conocer, antes, mares tropicales, sierras, nieves, selvas, cascadas y ciudades. Pero el sueño de atravesar lugares desérticos de la Patagonia, quedaría pendiente desde la infancia, por esos veinte años.

Iría a saber que Antoine de Saint-Exupery amaba también el desierto, como decía en "El Principito". Los médanos de Ostende, entre Pinamar y Villa Gesell, deben haber sido para él como un microdesierto para disfrutar, cuando estuvo por allí, según supe cuando por allí estuve.

La búsqueda de los cristales en Neuquén iría a culminar en lo que parecía ser el lugar ideal para mis aspiraciones de viajero con recuerdos de la infancia: al Este, la desértica Patagonia que soñé recorrer a pie. Al Oeste, cúspides nevadas. Justo el lugar que reunía a un lado el suelo seco y al otro el agua. Y los cristales estaban del lado árido.

PRIMERA ESCALA

El bus de "Pehuenche" llegó a la ciudad de Neuquén como a las 10.00 del martes 5. Hacía casi veinte años que mis pies no pisaban ese suelo, en octubre de 1974. Desde entonces, no viajé a la Patagonia. Guardé el equipaje en la terminal, esperando el próximo horario de "La Unión del Sud" con destino a Chos Malal, recién a las 16.45, lo cual me parecía demasiado demorado para mis ansias de llegar lo antes posible. Pero todo ese margen de tiempo que en principio parecía destinado a ser rellenado con lo que fuere, resultaría

necesario para intentar algunas ventas de piedras y comprar comida y algunas cosas para acampar.

Después de haber sacado el pasaje para la tarde y de haber dejado guardado el equipaje, fui para el bar de la terminal y alguien me miró con expresión de

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sorpresa, quedando sorprendido yo también: se trataba de Sergio, un ex compañero de la escuela que, coincidentemente, había estado conmigo en Neuquén en aquel viaje, y también había sido vecino de puesto de ventas en la feria artesanal de La Plata, unos años atrás, hasta que emigró a San Martín de los Andes. Hablamos un rato, y seguimos nuestros respectivos rumbos.

Salí a vender, algo vendí en una casa de bijouterie y en una santería, y el mediodía me sorprendió con un cierre general de comercios céntricos, que me desvió hacia calles más apartadas de ese radio, en busca de plantillas que estaba necesitando para los zapatos. Así, después de almorzar, iba por una calle situada al otro lado de la estación del ferrocarril, unas cuadras para el... Norte más o menos; la calle Rivadavia . Y al llegar a la altura del 365 vi un local abierto que no vendería plantillas con toda seguridad, pero que me llamó la atención porque, siendo una casa de accesorios de moda, tenía en la vidriera un dibujo del cuerpo humano con los chakras, y empecé a ver algunas cosas relacionadas con energía, máquinas Kirlian, esoterismo, por lo que al

presentarme como vendedor de piedras, di con el lugar más interesante de todo lo que había visto en mi recorrida.

El dueño, Bernardo, me compró $ 200 de piedras, lo cual me venía de lo mejor, ya que me estaba moviendo con lo justo y eso me daba más oxígeno. "Te van a salir baratas las plantillas", me decía sonriendo mientras elegía lo que comprar. Yo le había comentado que era eso lo que estaba buscando por allí, y de la charla que tuvimos sobre extraterrestres y esas cosas, parecía ser que las plantillas habían funcionado como agente de conexión. Más allá de la venta, de lo comercial que hubo en primera instancia, se abría un principio de comunicación entre dos personas dedicadas a temas metafísicos, cósmicos, y eso era lo trascendente de tan "casual" encuentro. Me hizo escuchar una grabación registrada por el astronauta Neil Armstrong en la Estancia La Aurora (en Uruguay): sonidos extrañísimos, por momentos rítmicos, musicales, como cosa de otro mundo, que eran inaudibles al oído humano, pero que en la cinta quedaron registrados. Quedó en hacerme una copia.

SEGUNDA ESCALA

Saliendo de Neuquén, a quince minutos de las cinco de la tarde, pasaría por Zapala y llegaría de noche a Chos Malal. El final del viaje se produjo a la medianoche. La búsqueda de hotel me costó un rato, encontrando lugar por $15 en el Hospedaje Lemus.

A las 00.30 salí a matar el hambre en una pizzería cercana, donde compré una delicia que me llevé para la habitación. A las 10.00 de la mañana nublada del miércoles 6, visité el museo, vi fósiles, minerales y reliquias históricas, y al dejar mi firma en el libro de visitas, vi que las precedentes eran de tres personas de La Plata. Por ser una ciudad poco turística, se trataría de gente de trabajo. Minería, petróleo tal vez. Al mediodía fui de nuevo a la pizzería, y su

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dueño, Alberto Arias, me guardó un pesado y voluminoso bolso con piedras y otras cosas que de momento no utilizaría, y un portafolios con piedras

también, que llevaba a los negocios. En unos tres días volvería a buscar las cosas. Aprovechando que tenía que llevar a una maestra en su vehículo unos cuántos kilómetros en las afueras de Chos Malal, me acercó hasta donde había un camino a Caepe Malal, (13 km.) próximo al Cerro Negro, donde me

dirigía. No tardó en detenerse el conductor de un vehículo que iba justo para allá y que me llevó. Tenía en ese lugar una autoridad no recuerdo a qué nivel, pero venía a ser como una suerte de "intendente" del pequeño poblado. Tras una escala en su casa, me acercó un poco más, dejándome cerca de un río (Curi Leuvú) que pasaba al pie del Cerro Negro. Mientras había estado esperando durante ese ínterin en su casa, recorriendo el terreno encontré pequeños fragmentos de amonites y de cerámica indígena.

INICIO DE LA BUSQUEDA

Mi equipaje instalado en un carrito de esos de dos ruedas que aguantan 60 quilos, estaba nada cómodo de llevar para cruzar el río con el agua hasta arriba de la rodilla, pero lo cargué, pasé y avancé hacia el cerro. El ascenso y la recorrida se extendieron desde las 15.00 hasta las 18.00. Ni la mínima piedrita de cuarzo para suponer que estaba en el lugar correcto. ¿Alguna veta en algún rincón del cerro?. No me parecía; "algo" me decía que no estaba en el camino acertado. Y descendí; algún lugareño debería saber algo de los cristalitos y me orientaría.

Por lo pronto, sentía que debía alejarme hacia otro sitio, y sólo pensé en acampar. Corté unos duraznos junto a una casa (con permiso de la gente de allí) y seguí avanzando hasta más allá de otra casa, apartándome unos cientos de metros, luego de cruzarme con un muchacho a caballo y un perro negro que lo acompañaba. Acampé varios metros al costado del camino, estrenando la carpita iglú naranja, para dos personas supuestamente, aunque yo entraba en diagonal, para no tener que estar flexionado o encorvado.

Venía sacando fotos con mi reflex alemana "Exa-Ia" del año 1963, con sus 800 gramos metálicos, que había comprado tras un rastreo en el centro de Buenos Aires, un tiempo atrás, pues esa marca ya me era conocida y me había dado muy buenos resultados. También llevaba una de plástico de visor

directo, de esas que se venden en la calle por quince Pesos, marca "Quartz" (nombre justo para mí, yo con mis cuarzos). Con ellas registraría los super paisajes que tenía a la vista en ese atardecer. La Cordillera del Viento, del Norte al Oeste, era espectacular bajo un cielo celeste decorado de nubes. Las cúspides nevadas con el Volcán Domuyo destacándose, el río cercano, ¡un paraíso!.

Entré desnudo en la bolsa de dormir, en una noche fresca y bajo un cielo estrellado que invitaba a la observación. Pero el paso de las horas me encontró

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con la espalda al aire; un aire frío que iría a costarme una inmediata afección respiratoria. De la paz con que había abierto la noche, del silencio reinante, se había pasado a una madrugada de fuertes vientos que yo no sabía si iban a terminar por llevarse la carpa conmigo adentro. Sin estacas, siendo una carpa transportable una vez armada, con sólo levantarla agarrándola de las varillas cruzadas arriba, sólo podría mantenerse ante la sacudida de semejante viento si yo colocaba el equipaje contra el lado más castigado, y mantenerme

también allí, con mi peso sobre ese sector.

El amanecer del jueves 7 me saludó con la calma del viento, y un sol que prometía quedarse. Poco antes, había escuchado pasos alrededor de la carpa. Al abrir el cierre, cuando todavía no había salido de la bolsa, los pasos se escucharon otra vez y se asomó un señor de cincuenta o sesenta años. Era un guardaparques. Me indicó dónde quedaba su casa y me invitó a desayunar. Se fue, levanté campamento y fui a su casa. Era donde había pasado a la tarde, y allí estaba el muchacho (su hijo) y estaba también el perro negro, llamado Caepe (negro en Mapuche). Caepe Malal (nombre del lugar cercano), significaba entonces "corral negro", y el cerro de allí se llamaba "Negro" también. La noche que pasé se me había puesto muy negra también con esa tormenta eólica y con el resfrío que ya en la mañana me empezaba a invadir.

Cerros soleados entre las sombras del atardecer, y sombreados por nubes entre lo soleado de la mañana siguiente.

Un contraste que recién el revelado permitió descubrir. Fue acampando en la zona de Caepe Malal.

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La Cordillera del Viento, los árboles del guardaparques y la carpa.

CORRECCION DE DERROTERO

El guardaparques, de apellido Gessler, me contó historias de nazis y judíos, entre ellas, la supuesta relación de Mengele con Xuxa (Meneghel) a quien consideraba Gessler con algún parentesco. Pero lo más interesante, el "Plan Andinia", que propuesto hace décadas por sionistas deseosos de quedarse con la parte andina de la Patagonia, iban a planificar una ruptura de las provincias de la región con Buenos Aires, declarándose políticamente independientes, tras un conflicto económico que sería generado con este fin. Es que los estudios realizados por esta gente, habían determinado que esta región del mundo cuenta con lo mejor en minerales estratégicos y condiciones

climáticas, topográficas, etc. para considerarla una "tierra prometida" donde establecer una nación nueva, poderosa y autoabastecida de recursos naturales, que se llamaría "Andinia". Según Gessler, el plan no fue permitido, por la negativa de jerarcas judíos de la Argentina. Supe del asunto en una casita entre montañas. En medio de ciudades nunca lo había escuchado, y luego, al comentarle a judíos comprobé que ni siquiera ellos, en muchos casos, tienen idea de este asunto. Tiempo después, en un quiosco de revistas, vi un libro al respecto, y sobre "Los protocolos de los sabios del Sión". Pero como tantas cosas que han pasado en este país inadvertidas para casi todos, recuerdo aquella mañana en un paraje neuquino como la única vez que alguien me comentó algo tan increíblemente silenciado con efectividad. Cosas para recordar, y diversificar las alternativas de un viaje con un fin muy concreto y específico, que presentó derivaciones tan insólitas como ésta o la grabación de Neil Armstrong que ¡¿quién la tiene?!... Cosas que aportan enseñanzas que uno no va a buscar, pero que se presentan.

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El solo hecho de haber tenido en mis manos y leído el Plan Andinia, me hacía pensar que estar allí, aunque el lugar de los cristales no fuera ése, había tenido sentido. Pero el sentido de mi viaje era muy definido, y le mostré a Gessler el cristal que, desde Villa Gesell, debía llevarme a su casa y que yo mostraba para que la gente me dijera cómo llegar. Lo cual es, en sentido inverso, que el cristal me hablara a través de la gente. Al verlo, Gessler lo conoció, dijo tener varios y me los mostró. Me dijo de dónde provenían, y me mostró en un mapa el lugar, llamado Auquinco. Era una zona de minas de carbón, lo cual parecía lógico, pues los cristalitos solían tener contenidos carbonosos. Y estaba ubicado en el camino de Chos Malal para Mendoza (Ruta 40), lo cual coincidía con lo que decía el libro que me mostró Marita. Mi búsqueda estaba resuelta. La opción era o ese camino, o el Cerro Negro. Le dije a Gessler por qué yo estaba buscando en ese cerro, donde él me decía que no había nada. Pero en la charla salió el dato, textual del libro de

minerales, de "Cerro Negro de Pum Mahuida". Y ahí Gessler me dijo que este no es ese Cerro Negro; que el de Pum Mahuida es otro (!)... Y me lo mostró en el mapa.

Pum Mahuida significa algo así como "cerro ruidoso", pues el "pum", es una expresión onomatopéyica del ruido volcánico en erupción. Y Pum Mahuida, es la cadena del Volcán Tromen, cuyo Cerro Negro, es conocido como "Cerro Negro del Tromen", pues está al lado de él.

Después de almorzar con Gessler, partí con destino a Triacao Malal, una población distante a unos 17 km., desde donde podría encaminarme hacia Auquinco. Eran las 14.00 y la caminata se extendió hasta las 18.00, en que fui acercado en el tramo final en una camioneta con trabajadores que estaban colocando postes para línea eléctrica. La llegada al pueblo me permitió comprender que su nombre no podía haber sido más acertado, pues Tricao significa "loro", y cientos de estas verdes aves andaban volando y por las ramas de lo árboles gritando todo el día. Paré en una hostería donde la prioridad uno fue un té con limón que no sirvió de alivio; la garganta ya era presa de la irreversible enfermedad creciente. El paseo por el pueblito (700 habitantes) fue breve, por su reducida extensión, y la noche no tardó en mandarme a descansar. Lo mismo que a los loros, que por fin se callaron. Y reinó la paz del silencio...

AHORA SI, DIRECTO A LOS CRISTALES

Desde Tricao Malal, partiría al día siguiente, viernes 8, hacia Chos Malal (Ruta Provincial 2, unos 50 km.) gente que participaría, a modo de festejo, de la inauguración de un tramo asfaltado de la Ruta 40. Un micro saldría para allá a las 9.00, llevando personal con guitarra, tambor, trajes como para baile, y viajé con toda esa gente.

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