282679531 Geovanna Galera Por Primera Vez

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ÍNDICE

Unas palabras previas Gewürztraminer Sauvigon blanc Merlot Chardonnay Pinot noir Muscat Syrah Garnacha blanca Mourvèdre Pinot blanc Petit verdot Monastrell Pinotage Colombard francesa Grenache noir Verdejo Sémillon Chianti Parellada ¿Blanco o tinto? Créditos

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UNAS PALABRAS PREVIAS...

Esta obra vuelve a ser el resultado de un cúmulo de emociones, sentimientos y acontecimientos que durante largo tiempo ha colmado nuestras vidas. El inicio de la misma se gestó con un acontecimiento familiar muy doloroso que afloró en un sentido irónico del humor que no hacía más que canalizar el verdadero sentimiento.

No dejo de leer y releer a Pura y de amarla y odiarla a la vez. Este personaje reúne tantos matices tan diferentes entre sí, tan contradictorios y a la vez tan tiernos que resulta casi imposible no identificarse con alguno de ellos.

Ha sido un trabajo largo, envuelto en una época personal muy dulce pero no por ello menos dura. Por ello y porque en realidad las palabras se me quedan cortas, quisiera dedicar esta novela a la mujer que cada día evita que me pierda en las profundidades de este pensamiento loco. A la mujer que me mantiene en equilibrio y cuyos besos me alientan cada mañana a despertarme para seguir luchando.

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Esconder tras los gemidos los susurros de la gente,

ocultando tras los ojos encendidos los deseos indebidos,

y hoy te beso para mañana huir de lo confuso de mi cuerpo, y hoy te busco para encontrarme de lo que mañana renegaré, y revivir con tus suspiros palpitando sobre mi pecho,

para después morirme de a poquito tras arrancarlos de mis sueños. Hoy te poseo para sentirme,

porque sé que ya nunca más puedo. CRISTINA COELLO

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GEWURZTRAMINER

¿Han estado ustedes alguna vez en un entierro? Claro que sí, menuda pregunta más tonta. ¿Quién no se ha encontrado en una situación así en algún momento de su vida? Pues una servidora hasta hoy mismo. Es como si les hubiese preguntado si alguna vez se han introducido el dedo en la nariz para sacarse aquel moco que les está incordiando en mitad de una reunión formal. Y ya no les cuento si nos encontramos en mitad de un funeral de un ser que apenas conocemos y a cuyo entierro asistimos porque nuestra madre nos obliga a que haya una representación de la familia más cercana. Pues en aquella absurda situación me encontraba yo, sin saber qué hace un familiar que vio una o dos veces en la vida al de cuerpo presente en su aburridísimo funeral, sentada en las primeras filas de la iglesia, cosa que por otra parte no hacía casi desde la primera comunión, escuchando a un señor con un más que evidente amaneramiento de las extremidades superiores que de vez en cuando, y causándonos un injustificado sobresalto, nos apuntaban inquisidoras animándonos a limpiarnos de nuestros pecados. Y tú piensas: «¡Ay, padre, como empiece a limpiarme, no termino!»

Así que, entre los quejidos de la viuda o quizá las viudas que entre sí no han llegado a conocerse nunca pero que siempre han sabido de su existencia, los murmullos que se van apagando según finalizan las oraciones por el alma que Dios se lleva y el aparente caos catártico que no comprendes y que te hace sentir incómoda, notas un punzante dolor al limpiarte las lágrimas que no sientes pero que mimetizas de los demás en el mayor apéndice de tu cuerpo. Ese que ni el más caro de los maquillajes disimula, aquel que se ve desde lejos y siempre choca entre besos..., en el fondo de tu abrupta nariz, porra, napia, tocha, en aquel rincón inalcanzable para el más ávido de los dedos... Allí, en aquel lugar en el que sabes que no debes pensar, se encuentra de forma latente el moco, ¡el gran moco!, que te está incordiando entre las oratorias por el alma del ser perdido que subirá al cielo divino. En serio, ¿alguna vez se han encontrado en una situación parecida? Yo sí, y no vayan a pensar ustedes que resulta fácil dar la paz al de al lado con semejante masa obstaculizándote la respiración. Mi nombre es Pura, al menos así me llama mi madre. La pobre todavía sigue creyendo en mi pureza...

Mis amantes me llaman Puri, claro, cuando no tienen nada en la boca que les obstaculice el habla. En el trabajo, mi gran jefe, no mi jefecillo directo, que es tema aparte, me llama: «Señorita Gallego» y en el banco: «¡Chist, usté, pase por aquí!», así que yo respondo a lo que me digan. Me dedico a reprogramar ordenadores de grandes empresas y a soportar los comentarios machistas de mis compañeros de proyecto, mejor dicho, de aquellos que creen estar por encima de mí. Vivo en un piso asfixiantemente pequeño y alquilado en la periferia del centro, aunque teniendo en cuenta que cada vez más la gente migra buscando hogares dignos a las afueras de la ciudad, se podía considerar que casi vivía en el centro mismísimo de Madrid. Llego justa a fin de mes, qué digo a fin, a principios del mes, muy justa, pero cualquier cosa antes que compartir mi único cuchitril y lugar en el mundo donde caerme muerta. Afortunadamente «una madre siempre es una madre» y la mía, que vive dos calles más abajo, suele traerme algún pucherito o guiso de esos con sabor a casero que me recuerda que todavía sigo dependiendo de ella en ese sentido aunque no me guste reconocerlo, y la odio por eso. También odio cocinar, a mis 34 años todavía soy incapaz de freír un huevo y lo más cerca

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que estoy de la cocina es cuando caliento en el microondas la lasaña de los miércoles. Me gusta justificarlo diciendo que no tengo mucho tiempo.

No estoy segura de haber hecho una correcta presentación. Tal vez en lugar de darle tanto misterio a mi aburridísima vida y contarle mi affaire platónico entre el cura amanerado y mi gran moco, hubiera sido más fácil comenzar así: Purificación, amargada solterona casi en el ecuador de la treintena, pechugona, bajita, entradita en carnes, media melena lacia y castaña, resultona de cara. Demasiado preocupada en mantener su intimidad y demasiado descuidada en quererse a sí misma como para no odiarse en determinados momentos. Obviamente, ahora, que todavía no hemos intimado lo suficiente, omitiré mis características más personales e intransferibles que no pueden adivinarse a simple vista. Lo entienden, ¿verdad? Me sentiría en desventaja, como casi siempre en la vida.

Cuando era pequeña, mi papá me dejó olvidada en la panadería de al lado de casa y, aunque al principio pensé que estábamos jugando a un juego muy divertido, tipo el escondite o algo así, casi entrada la noche me di cuenta de que aquello iba en serio. Recuerdo que estuve toda la tarde entre hornos grandísimos oliendo a azúcar, chocolate, leche, vainilla y comiendo pan y bollos, que tal vez pudieron condicionarme más tarde. La panadera, que conocía a mi madre de toda la vida, me llevó a casa cuando echó el cierre. Mamá abrió la puerta con los ojos muy hinchados y enrojecidos, como si hubiese llorado mucho, y me abrazó tan fuerte que creí que me iba a hacer vomitar todos los dulces que había comido durante la tarde. En aquel momento no comprendí por qué me apretaba tanto que podía sentir el latido de su corazón en mi pecho y con los ojos llenos de lágrimas, ¡si me había visto por la mañana antes de ir al colegio! Aquella noche no cené, mi madre me dejó ver la tele más tiempo del que acostumbraba e incluso me preguntó si me apetecía ir a pasear al día siguiente y comprar una enorme pelota de esas que tanto me gustaban con olor a cereza en lugar de ir a clase.

Creo que en aquel mismo instante terminó mi infancia. A partir de aquella noche aprendí a desconfiar de las personas y más concretamente de las cercanas. Comprendí que aquellos que podían amarme, podían ser los que más dolor me causasen y, en un extraño discernimiento inverso, que si yo amaba podía hacer mucho daño. Entendí que debía herir antes de que me hirieran, por lo que me convertí en una desconfiada que miraba por encima del hombro antes de que la mirasen y en una estúpida que evitaba el contacto íntimo con cualquiera para no sentirse traicionada. Una persona en su sano juicio podría pensar: «¡Pobrecilla!», y tal vez yo pensaría lo mismo si pudiera escucharme fuera de mi pellejo, pero lo cierto es que no me ha ido mal. Tengo lo que he querido encontrar sin perder el tiempo en buscar cosas que tal vez no existan. Aunque, ¿saben?, en el fondo soy una tía sensible; se me saltan las lágrimas cuando veo a un animal atropellado en mitad de la carretera, me rasco los bolsillos cuando me piden limosna en un semáforo, tal vez para gastarlo en un litro de vino, leo novelas de amor pomposo donde los protagonistas se aman hasta la muerte y más allá... Así soy yo. Purificación. Esa a la que tanto me cuesta comprender algunas veces.

Desde aquella tarde no volví a ver a mi padre. Al menos puedo decir que desapareció de mi vida de una manera muy dulce. Vomité tanto durante la noche, tanta cantidad de harina y azúcar, que creo que por el váter se fueron la rabia y el dolor que se suponía que debía sentir por el abandono de un padre; ese que no tuvo lo que debía tener para mirarme a los ojos y explicarme que las cosas no podían seguir así. Creo que nunca más volví a acordarme de él, excepto cada maldito diecinueve de marzo en que siempre me tocaba hacer el regalito de San José que terminaba en alguna papelera de camino a casa.

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Así que allí estaba yo, en un vagón de tren de largo recorrido, recuperando vivencias pasadas por culpa del entierro de un tío materno del pueblo al que fui por obligación, ya que, si mi madre se enfadaba conmigo, durante varios meses no comería comida casera. Tampoco tenía mucho que perder, ella me pagaba el viaje, por no poder cambiar el turno en el trabajo. Y encima ligué, no podía quejarme. Con un tío que afortunadamente se subió casi llegando a mi destino y que así, sin más, me soltó un rollo. Se me puso mala hostia cuando antes de que se subiera aquel charlatán se me acabaron las pilas del MP3 y aunque después intenté cortarle haciendo el amago de ponerme los cascos, el tío seguía y seguía. De modo que entre escuchar a un plasta sus problemas del curro y escucharle igualmente con un pingajillo que se me clavaba en la oreja destrozándomela, me rendí ante la insistencia de su voz profunda sin interferencias y al subir y bajar de su prominente nuez. Se llamaba Pedro o Víctor o algo así y venía de un viaje de negocios; al final se puso interesante la cosa, tanto que terminó tirándome los tejos y lo llamé cabrón. Me bajé en la siguiente parada a pesar de no ser la mía y me cambié de vagón hasta que llegué a la cafetería del tren. Allí pasé el resto del viaje que no llegaba a media hora, de pie, apoyada en una barra estrecha y pringosa, soportando las miradas de los camareros.

Si algo no me gusta, pillo y me largo. Punto. No puedo soportar que un tío intente ganarse mi confianza con un burdo truco de penas laborales para llevarme a la cama. A lo mejor me vio necesitada de macho y lo cierto es que no estaba nada mal; más o menos de mi edad, con algunos reflejos plateados en las sienes que le daban un aspecto interesante y maduro y un cuello robusto dentro de su corbata medio anudada. Vamos, que no me hubiese importado echar un polvo con él si se lo hubiese currado un poco más, pero me sentí traicionada por aquel desconocido que pretendió animarme el trayecto de regreso a casa y consiguió joderme lo que quedaba de tarde.

Cuando alguna de esas que se consideran amigas mías consigue tomarse una o dos copas de más, intenta decirme la gran verdad de mi vida: «Puri, estás echa un asco», «Puri, cielo, eres una amargada», y en ese momento le digo que me importa una mierda lo que me diga, que no le he pedido su opinión y que yo sin copas de más puedo decirle exactamente lo mismo a ella; me saca de quicio la facilidad que tiene la gente para pensar que es importante para una cuando simplemente compartimos el trabajo y alguna que otra caña a la salida del curro. Tal vez cualquier profesional de la psicología, la psique, la psiquiatría encontrase la respuesta en mi infancia a mi comportamiento patológico y quisiera hacerme una de esas regresiones a la primera de cambio; seguro que si alguno me conociese en aparente profundidad pensaría: «¡Ah, claro, es que fue abandonada por su padre cuando era pequeña y su madre estaba todo el día trabajando fuera de casa!» Es muy posible que si tuviésemos que buscar la explicación a mi gran dificultad para confiar en las personas, deberíamos ir años atrás, pero lo que ocurría era que no consideraba necesario el gasto de energía y tiempo en remover una mierda enterrada que podía oler con cierta facilidad si se rascaba la costra ligeramente con el dedo.

Soy yo la que sabe qué ocurrió y cómo. Quien sufrió una infancia demasiado adulta que la hizo madurar repentina y rápidamente sin que lo hubiera deseado. Antes de lo que llegué a pensar, dejé de echar en falta a mi padre. Aprendí a no recordar nuestros paseos al salir del colegio y me obligué a redimir los deseos de hablar con él para contarle cómo me encontraba. Me convertí en una mujer encerrada en un cuerpo de niña, asumí responsabilidades que se suponía que no me correspondían y aprendí a interpretar las cosas no según lo que parecían, sino lo que realmente eran. Sin embargo, no vayan a confundirse, no recuerdo mi infancia

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como algo horrible, simplemente me socialicé de manera diferente. Los problemas de mis amigas no eran tan tremendos como ellas los veían; lo que parecía tan malo no lo era tanto; lo irremediable podía tener remedio si se sabía buscar. Purita, hábil como una mujer, inocente como una niña.

***

¡Joder, cómo me dolían los pies aquella tarde! Me había pasado la mitad del día presentando un proyecto a la comitiva. Se trataba de la reprogramación de un código alfanumérico para un programa de seguridad de una empresa que cotizaba en bolsa. Vamos, un lío de números, palabrejas y símbolos que conseguían que me doliese la cabeza. Yo era la responsable de mi equipo, aunque por encima de mí estaba el jefecillo que se apuntaba todos los tantos. Si las cosas salían bien, era gracias a una buena coordinación del grupo y, si salían mal, mi incompetencia femenina al frente de un equipo con posibilidades era la culpable. El trabajo en una empresa mayoritariamente masculina, jerarquizada y contaminada de poderes, que a veces parecían sobrenaturales, era algo con lo que tenía que lidiar cada día y que me ponía de mala hostia.

Lo cierto es que me costaba saber cómo me sentía. Cualquiera diría que resulta fácil saber cuándo una está mal y cuándo está bien, pero la verdad es que es algo más complejo que se escapa del alcance de las dos palabras moralistas y totalitarias. Odio tener que ponerle nombre a una de esas emociones que se sienten y se dejan de sentir sin que una tenga el control sobre ellas. Ojalá fuera tan sencillo como pensar: «Hoy quiero sentirme feliz» y hacerlo. Algo así como un genio, el yo interno, y la lámpara, el yo externo, donde frotar y pedir los deseos. Así que estaba harta de no saber si me encontraba triste o feliz porque durante esa tristeza permanente existían pequeños fogonazos de alegría; en esa tristeza constante sentía abatimiento, desilusión, rabia y, al mismo tiempo, en instantes tal vez imaginarios, esperanza, conmiseración y alivio. No dudaba que fueran sentimientos inducidos por mi balanza vital para equilibrar el caos que podía existir dentro de mí, pero me resultaba imposible identificar una emoción que nunca era pura. Cómo llamar a un perro por su nombre si tenía cuerpo de gato o llamar a la alegría felicidad si estaba salpicada de preocupaciones.

«¡Así te va!», suele decirme una buena amiga que no necesita un par de copas para hablarme. Laura. Nos conocimos en un curso que impartió en mi empresa sobre nuevos codificadores de datos y, de alguna manera, que todavía no me explico, terminamos intimando. Y quizá tenga razón. Nunca me he planteado que el fallo pueda estar en mí; me resulta más cómodo y menos doloroso justificar mi comportamiento en las actitudes de los demás. Jamás he dicho «te quiero», bueno, hace tiempo, en una época que no me gusta recordar porque todavía sigue quemándome muy adentro, se lo decía a alguien, pero lo usé tanto que aquel sentimiento se agotó en mi alma. Sí, estoy segura de que nunca he dicho «lo siento», y ese puede ser mi problema, las dos palabras que no contempla mi vocabulario. Mi imposibilidad, tal vez buscada y desgraciadamente encontrada, a la hora de expresar lo que siento en el momento en que lo siento. A veces me pregunto si realmente no sé o no quiero aprender porque me resulta más sencillo vivir al margen del dolor provocado por un sentimiento sabido y no correspondido.

Mis días estaban contaminados de rutina, una monotonía austera que cada hora me vaciaba más y más hasta dejarme hueca. Se suponía que a mi edad era cuando me correspondía llevar una vida activa y satisfactoria, pero, como siempre, iba contra corriente, del mismo modo

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en que cuando era pequeña me empeñaba en vestir con pantalones de primavera en pleno diciembre y con orejeras en pleno verano. Me crie en contra de lo que se esperaba de mí, al menos esa sensación se hizo un hueco dentro, muy hondo, cada vez que mi madre me decía que era una rarita. Creo que fue lo único que se empeñó en destacar de mí con las vecinas de entonces; a ver, no es que quisiera que hablase maravillas de mí cuando no era así, pero decir: «¡Pura, ay, mi Pura! ¡Muy inteligente, muy estudiosa pero qué esaboría es! ¡Si algún día se echa novio, no sé qué será de él, pobrecillo, lo que le tocará aguantar!» Joder con mi madre, ¡y eso que se quedará sin saber!, porque antes de echarme un novio formal me meto a monja y mira que, con lo viciosa que soy, eso sí que sería un milagro, ¡MI-LA-GRO! Siempre las mismas cualidades: lista, aplicada y arisca, ¿así cómo iba a encontrar a mi aristócrata azul? Mi madre era capaz de venderle peines a un calvo, sin embargo, nunca consiguió que un apuesto hombre cruzara el umbral de mi casa, me cogiera en brazos y me llevara trotando hacia el altar para convertirme en una aburrida madre, conservadora esposa e insípida mujer. Ni siquiera... ¡qué triste!, casi me había convertido en todo aquello sin ayuda de nadie, y, claro, como diría cualquier psicoanalista ar-gen-tíííí-no: «Contáme qué ocurrió aqueshlla tarde en que vuestro papi os abandonó.»

Por mucho que me avergonzase reconocerlo, esa era yo: Purificación, Pura, Puri, Señorita Gallego, ¡Chist, usté, pase por aquí! No se trataba de esconder la cabeza en un agujero cada vez que alguien intentase conocerme, no era un problema de autoestima, o al menos me negaba a que lo fuese, ni se trataba de falta de orgullo, simplemente no me había sentido admirada en ningún momento por mis logros y sí vapuleada por mis fracasos; la falta de reconocimiento del triunfo logrado y casi desgastado y las palmaditas en el hombro de «buen trabajo» que siempre iban a parar a la espalda de otro.

Allí estaba yo, mal tumbada en el comodísimo sofá de mi casa con una tremenda tarrina de helado de litro sabor vainilla con trozos de galleta a la más tradicional imagen americana de una populoide película costumbrista, aunque estaba segura de que cualquiera de aquellos directores «typicalespanish» me hubiera colocado un vestido de faralaes y una peineta para ponerme el sello de «española en estado transitorio de distimia». Viernes noche, oyendo un programa de TV que se encargaba de llenar el vacío de aquellas cuatro paredes solitarias que formaban mi hogar, ¿dulce hogar? En realidad, lo único que conseguían aquellas voces chistosas y forzadas era recordarme que estaba sola, tan sola que hablaba en voz alta para que el vacío me devolviera el eco de mis palabras llenando la habitación de una soledad compartida conmigo misma.

Siempre me negué a convertirme en una más de aquellas mujeres que se conformaban con lo que tenían. Siempre me empeñé en tener más, en no depender de nadie, en ser autosuficiente. Lo que realmente deseaba tener era a una persona que me escuchase y comprendiera, alguien a quien poder explicarle lo que me ocurría y cómo me sentía. La persona que no juzga y que sosiega, con los conocimientos adecuados o la calidad humana suficiente como para saber y sentir de la manera en que tú lo haces. Una amistad en pro de tu relato que te dice que no eres la única en la inmensa faz de la tierra que se preocupa, que habla, que piensa, que siente. La calidez de una sonrisa condescendiente de «sé de lo que me hablas»; la tibieza de unas palabras comedidas que no te hieren. Tal vez lo único que quisiera fuese sentirme importante para alguien y cualquiera que fuese ese alguien bastaría para hacerme sentir menos rara entre tanta aparente normalidad. Incluso el quiosquero de gafas minúsculas al que cada mañana compraba el periódico. Bastaría con que cualquiera me

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dedicara una sonrisa más allá del puro formalismo y que me preguntase en algún momento: «Hola, Puri, ¿cómo estás?» Ya casi no recuerdo quién se interesó por mí la última vez.

Debí de quedarme dormida en el sofá cuando el timbre de la puerta me sobresaltó. ¿Quién sería a aquellas horas intempestivas en las que las buenas esposas y madres están terminando de recoger la cocina tras la cena y acostando a sus hijos, y los buenos maridos están despidiéndose de sus trabajadoras secretarias a las que les gusta hacer horas extra du-ra-men-te trabajadas? El timbre seguía sonando escandalosamente mientras salía de mi aturdimiento.

—¡¡¡Vaaaaaaa, ya vaaaaaa!!! —grité levantándome torpemente del sofá—. ¿Quién coñ...? —pregunté molesta mientras giraba la llave para abrir y encontraba a Laura al otro lado con los ojos enrojecidos y moqueando tras lo que intuía un pañuelo de papel empapado de lágrimas—. ¡Laura! ¿Qué pasa?

***

—¡Pu... Puri..., ay, Puri! ¿Qué hago? ¿Qué hago yo ahora?

Traduje sus balbuceos mientras se me echaba encima empapándome la camiseta del pijama de mocos y otros fluidos corporales que, de haber sido en otra situación, no hubiera permitido. Una cosa era que fuésemos amigas y otra muy distinta que me confundiera con un pañuelo.

Entramos en casa, lo último que me faltaba era que la vecina, que en breve se asomaría a la mirilla, me viera en aquellas circunstancias: desaliñada y con una tía entre mis brazos echa un mar de lágrimas. A saber lo que su retorcida mirada interpretaba de una situación clara de «Amiga las 24 horas. Para cualquier emergencia». Lo cierto es que me molestó que Laura apareciera sin avisar rompiendo la inquietante tranquilidad que invadía mi casa un día de diario a las diez y cuarto de la noche. Debería existir un código moral que se inculcara desde las escuelas para evitar casos similares. Tal vez un «Decálogo de Emergencias Personales» que se aprendiese de la misma forma que las tablas de multiplicar: l) Espere usted a morirse un día de diario, a ser posible un laboral. Si se encuentra mal y siente que le llega su hora en domingo o festivo, ni se le ocurra dar el último suspiro, intente posponerlo lo máximo posible. 2) Cualquier desgracia personal nunca es lo suficientemente urgente como para molestar a una desdichada amiga en mitad de una crisis existencial en plena noche...

—Toma un poco de agua, anda, que tienes todos los mocos en la garganta y no hay quien te entienda— bebió con cierta dificultad del vaso que le ofrecí y pareció tragarse las lágrimas con el agua—. A ver, empieza por el principio —le pedí.

Podía tirarse así, lloriqueando, toda la vida sin soltar palabra.

—Nicolás... nnnnnííííííícolás —comenzó atropellando cada sílaba—. Nicolás me está engañando.

¡Vaya! ¡Qué sorpresa! Aquel panoli que parecía incapaz de mirar más allá de la punta de su nariz, donde generalmente se apoyaban sus gafas de montura al aire, había despertado de su letargo. ¡Cuánta rotundidad en sus palabras! Suponía que si hablaba así era porque creía firmemente en lo que me estaba diciendo.

—¿A qué te refieres exactamente? —ni siquiera en ciertas situaciones podía imprimir delicadeza en mis palabras.

—¡Ay, Puri! ¡Hija, cómo eres!... Hay otra, estoy segura.

Hablaba con vehemencia y en cierto modo me estremecí. Los ojos hinchados y enrojecidos, nariz similar a la de Fofito, voz temblorosa y ahogada... claros síntomas de mujer con

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cornamenta. No imaginaba que Laura quisiese tanto a su marido. —¿Cómo que estás segura? ¿La has visto?

Joder, hablaba como aquellas personas a las que tanto había criticado. Con silencios que culpabilizaban y palabras absurdas que se decían para rellenar huecos incómodos inundados de desesperación e incomprensión. Seguro. Laura no hablaba por hablar, no podían ser solo sospechas infundadas.

—No, no la he visto, ¡claro que no! —joder Laura te me has caído con todo el equipo—. Si lo hubiera hecho, ahora mismo estaría de camino a la comisaría, me la hubiera cargado.

Solté una carcajada. Sabía que no era lo más apropiado, dada la circunstancia, pero me hacía gracia ver a la invulnerable e independiente Laura llorando a moco tendido por un mequetrefe que nunca le había ofrecido lo que se merecía.

—¡Eres una cabrona! —chilló lanzándome un puñetazo que apenas llegó a rozarme el brazo. Rompió a reír a carcajadas, supongo que presa de los nervios y de la tensión que soportaba.

A partir de ahí, me resultaría imposible reproducir la conversación, que, resumiendo, consistió en hablar de ella, su marido, ella, ELLA, su marido, «la Otra», su marido, ella, ella y ELLA. ¡Joder! No hubiese imaginado que Laura pudiera llegar a ser tan egocéntrica. Todo se basaba en su dolor, en su decepción, en su orgullo arañado, en su sorpresa, en su falta de omnipotencia. Después de tantas horas escuchándola, no estaba segura de si estaba tan destrozada como aparentaba por ser una cornuda o porque el insignificante de Nicolás, a todas luces inferior a ella, se hubiese atrevido a colarle semejante gol.

—No sé, Puri..., supongo que estoy enamorada de él, pero, joder, esto me está doliendo demasiado.

—¿Supones? Laura, se le tiene cariño al panadero de toda la vida, a la vecina del quinto que es casi como tu abuela, a un perro..., pero en cualquier caso se sabe, los sentimientos no se suponen. Se sienten desde muy adentro y una está siempre segura de si son de verdad o no. No hay reglas ni límites, no hay normas, simplemente se sienten y, cuando lo haces, sabes qué nombre darles a no ser que pretendas engañarte.

Ojalá pudiera creerme con la misma firmeza lo que estaba diciendo.

—Claro, desde tu posición es muy fácil. Puri, la nunca amada, la nunca amante, siempre sabe qué es lo que siente. Siempre tan lógica, tan racional. Esto no es una cuenta de matemáticas, ¿sabes? Si fuera tan sencillo como lo pintas...

Si no hubiesen sido más de las cuatro de la mañana, si no fuera algo más que una simple amiga, si no hubiesen tenido tanta razón sus palabras... le hubiera arreado una hostia en toda la boca. ¿Quién se creía ella para hablarme así? ¿Qué derecho tenía a resumir mi dolor, mi sufrimiento más íntimo en tres simples frases? Tal vez mi vida se resumiese en aquellas palabras y en 34 años no me había atrevido a mirarme al espejo y ver a esa Pura corrompida dentro de mí; nunca podría engañarme a mí misma.

—¡Tú no tienes ni puta idea de lo que he pasado en mi vida! No conoces de mí ni una mínima parte de lo que soy y no tienes ningún derecho a hablarme como lo has hecho.

Ni siquiera la dureza de aquellas palabras incomodó a Laura. Noté cómo apretaba los labios con fuerza tal vez para no contestarme, y del mismo modo percibí el brillo en sus ojos de un orgullo rancio y mediocre que no entendía del dolor ajeno. Me resultaba imposible mantener su mirada de ojos vacíos y lejanos, así que me levanté del sofá y me fui a la habitación que cada noche se convertía en mi confidente. Necesitaba la calidez gratuita de la almohada que

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ahogaba mis amargas lágrimas día tras día.

Admito que en algún momento de aquella noche, en las pocas horas que quedaban antes de levantarse para ir a trabajar, esperaba que Laura apareciese por el marco de la puerta como príncipe al galope y me rescatase de la desgracia, se sentase a mi lado en la cama y se disculpara por lo que había dicho. Y Laura no era de aquella clase de mujeres que sentían más allá del dolor propio, así que la noche se deslizó entre mis pensamientos y el repiquetear de sus palabras mientras escuchaba su dificultosa respiración en el sofá del salón.

Por alguna extraña razón dibujaba su imagen una y otra vez en mi cabeza: ojos grises inaccesibles tras sus gafas de pasta negra y corte posmoderno. Su melena ondulada en las puntas, cobriza con la luz del sol y castaña en la penumbra del cielo nublado. Su cuerpo moldeado por el esfuerzo físico que algún día hizo y cuyas secuelas se observan en las piernas bien formadas, brazos claramente delineados y vientre ahora ligeramente abultado con el abandono del ejercicio a sus treinta y siete años. Su sonrisa marfil algo imperfecta, pero radiante tras sus labios finos de comisuras suavemente caídas que le proporcionaban un semblante serio. Así, en algún momento de la noche, sucumbí al sueño débil pero dulce que me mecía por las entrañas de mis pensamientos. Un estado frágil que me sosegó en mitad de las oscuras imágenes que se abrían paso en mi mente y cuyo fondo estaba marcado por la presencia onírica de Laura.

***

—¡Será hijo puta! —le grité a mi compañera a pesar de que ella no tuviese nada que ver. —Puri, no te pongas así, sabíamos que esto podía ocurrir —me contestó desde su metro setenta y ocho para intentar tranquilizarme.

—Tienes razón, Carla. Supongo que últimamente estoy un poco susceptible.

—Por lo menos desde hace una semana estás rara, te noto triste, irritada... —esperó a que yo me defendiera, supongo, con cualquier excusa, pero no dije nada—. Ya sabes que si necesitas hablar..., bueno, o cualquier cosa, no tienes más que decírmelo, ¿vale?

Me dio un apretón en el brazo, enfatizando su ofrecimiento, y se fue.

Carla era una buena chica. Había sido trasladada a mi equipo hacía ya casi un año. Tenía veintipocos y su única preocupación era que el chico que le gustaba no se olvidase de mirarla ni un instante. En fin, no sé si me gustaría que alguien, en una etapa tan insustancial de la vida, fuera mi único consuelo. Por supuesto agradecí su preocupación con la sonrisa más sincera que pude encontrar en aquel instante, haciendo un gran esfuerzo porque no notara mi consolidado, y tal vez equivocado, pensamiento de que alguien que se ofrece para cualquier cosa miente vilmente en su aparente buena intención.

¿Qué significa «Para lo que quieras»? ¿Eso implica cualquier, CUALQUIER cosa? ¿En serio? Me entran ganas de echarme a reír cada vez que escucho a alguien decir algo semejante. Simplemente es una expresión que se utiliza cuando el otro está jodido y tú no sabes qué decir. Tal vez lo que me apeteciera en aquel momento fuese echar un polvo para deshacerme del amargor que me había dejado en la boca la discusión con Laura. ¿Estaría Carla dispuesta a prestarme su cuerpo durante media hora? O, mejor dicho, ¿estaría Carla dispuesta a ofrecerme el cuerpo de su novio durante mínimo diez minutos? Oh, perdón, había entendido que cualquier cosa que necesitara podía pedírtela. Encima corres el riesgo de que la otra persona se sienta atacada. Tengo claro que soy demasiado extremista en mis decisiones, por supuesto no se me ocurriría jamás pedirle algo así a nadie, pero la extrema educación de

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ofrecerse para cualquier cosa en situaciones difíciles me tienta hasta límites insospechados. ¿Qué puedes hacer por mí si no tienes ni idea de lo que me ocurre? ¿Y si resulta que me ha salido un grano en el culo y me duele que te cagas? ¿También estás dispuesta a limpiarme lo que supure?

Carla era una tía maja, aunque demasiado condescendiente y desprendida de su propia integridad como para ofrecer su ayuda a diestro y siniestro, su tiempo y su intimidad. Quizá en algún momento de mi vida yo hubiese sido así. No lo recuerdo. Tal vez ella tuviera la necesidad de sentirse importante para alguien que la superase en edad y que, por lo tanto, se suponía más experimentada aunque viera la vida con los ojos cargados de prejuicios. La importancia de ser necesaria, saber que sienten mi presencia, que conocen mi capacidad de dar más allá de las sonrisas correctas. Y del mismo modo, supongo, que si no hubiese impuesto distancia con aquella mirada desde los hombros, Carla hubiese sido una gran confidente.

Estaba indignada porque Carla me había traído el mensaje de mi superior más inmediato, ¿el que era caso aparte?, pues ese, que consistía básicamente en jodernos un poco más el día. Horas extra al margen de las ya estipuladas en la letra pequeña del contrato. Y el caso era que no es que tuviese inconveniente en echar más horas en el curro, entre otras cosas porque mi vida, tras la jornada laboral, estaba tan hueca como un huevo Kinder al que le quitan la sorpresa, sino que había que complacer a aquel capullo, que me caía fatal, porque sí, ya que seguro que ni siquiera había gastado ni una gota de saliva en defender el trabajo y el derecho al descanso de su equipo. Tenía demasiados aires de grandeza que los mal disimulaba aparentando delante de los jefazos, y detrás se encargaba de dejar bien claras las diferencias entre hombre y mujer. Eran de ese tipo de cosas que me costaban aceptar, y la lógica y la razón dieron paso a una ira que se agrandaba en mi bajo vientre y me subía por la garganta hasta convertirse en una flema que necesitaba escupir antes de que me ahogara.

Fui al baño y allí, contra la imagen reflejada en el espejo, descargué mi rabia. ***

Resultaba difícil de explicar, pero sentía un malestar que, sin motivo aparente, se enmarañaba con el sentimiento de culpa y confusión. Se trataba de una presión semejante a la angustia que se me anclaba en el pecho bloqueando cualquier paso de aire que me asustaba tanto que, a veces, llegaba a pensar que ya nunca volvería a respirar. Las últimas semanas estaban siendo demasiado duras, más de lo que había pensado. ¡Purificación puede con todo, nada puede superarla!, pero, en realidad, Purita se arrugaba hasta hacerse pequeña en mitad de todo aquel caos.

A los pocos días de que Laura se hubiese instalado temporalmente en mi casa con la excusa de que tenía que hacer un viaje de negocios, nos enteramos de que Nicolás había roto la promesa inquebrantable de la fidelidad hasta que la muerte los separase y, efectivamente, tal y como pensaba Laura, la estaba engañando. Al principio, ella lo negó, por supuesto, aquello no podía estarle pasando, pero las insistentes persecuciones de la esposa herida en mitad de la noche, que nunca alcanzaban el objetivo, dieron su fruto rápidamente. Nicolás era bastante torpe y su mujer tuvo que descubrir que estaba siendo una cornuda, o al menos pretendía convencerse de ello.

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Cuando llegaba de trabajar, Laura, normalmente, no estaba en casa. Volvía a veces bien entrada la noche o incluso de madrugada y me explicaba, envuelta en lágrimas, que lo había seguido y que no había ocurrido nada, pero que, sin embargo, Nicolás hacía cosas que ella no conocía como, por ejemplo, ir a comprar ropa a tiendas caras, salir de la oficina antes de lo que solía decirle, etc., etc., hasta que una noche ocurrió lo que ella tanto miedo tenía a comprobar. Un día llegué a casa y Laura estaba en el sofá envuelta en una nube de humo. De haber sido otra situación más cómica, habría atribuido dicho estado a que el vehemente pensamiento de mi amiga había acabado chamuscándole los pelillos, pero, a pesar de no ir muy desencaminada, Laura aún no había entrado en el estado de inflamación espontánea. Sobre la mesa había un gran cenicero que algún impresentable me había regalado hacía años, cuando me empeñaba en fumar compulsivamente buscando algún tipo de placer que nunca encontré. Se trataba de un objeto grande y contundente de cristal pintado. Mi amiga lo tenía apoyado en la pierna mientras encendía y apagaba un cigarro tras otro; en realidad, aplastaba las colillas que apuraba hasta el filtro con la mirada vuelta hacia sí, perdida en algún lugar inaccesible para mí.

Antes de que Laura se trasladase a mi casa, en alguna ocasión me había planteado cómo sería compartir piso con una buena amiga, y siempre había llegado a la conclusión de que no sería una mala experiencia, pero lo cierto era que Laura llevaba casi dos semanas instalada y cada vez me resultaba más difícil comprender sus desaires y malos gestos. Así no me extrañaba en absoluto que hubiera tantos divorcios. Nunca pensé que pudiera llegar a incomodarme su presencia. Parecíamos un matrimonio, pero sin sexo. Una pareja aburrida inmersa en una rutina insulsa que cada vez almacenaba más momentos de reproches que algún día cobrarían entidad.

Aquella noche me dijo: «Lo he hecho». Sus palabras me recordaron aquellas primeras fiestas del pijama que mis amigas se empeñaban en celebrar en los primeros años de instituto para fumar, hablar de sexo y de a cómo estaba el kilo de carne masculina. Eran una tontería, pero no había manera de integrarse en ningún grupo a menos que fueses como ellas; a la más mínima diferencia, estabas fuera. Quizá hubiera pasado por alto que, además de hablar de sexo, teníamos nuestros primeros escarceos con el mismo, a base del roce de nuestros camisones aliñado con cierto nivel de alcohol en sangre que nos desinhibía hasta el punto de experimentar las prohibiciones divinas del cuerpo ajeno. Posiblemente en aquel momento descubriese la diferencia que tenía con mis amigas, el verdadero motivo por el que asistía a aquellas reuniones. Los padres se empeñaban en la NO PRESENCIA de chicos, pero de haberse atrevido a abrir la puerta de aquella enorme habitación de la niña rica de clase, hubiesen llevado ellos mismos a los proyectos de hombres a los que empezaban a punteárseles los primeros indicios de virilidad en el bigote.

Así, aquel amargor de las palabras de Laura, cuyo origen por el momento desconocía, me inundó de una nostalgia almibarada que dejaba en mi boca un cierto sabor agridulce.

—¿Que has hecho qué, Laura? —comenzaba a irritarme su comportamiento. —He seguido a Nicolás.

—¿¿Cómo?? —no había calculado que mi pregunta se convirtiera en un grito. Respiré hondo —, quiero decir, ¿por qué?

—Porque necesitaba ver su cara. —¿La cara de quién? No te entiendo.

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—No se trata de aceptar sin más, Laura. Quieras o no, él podría estar engañándote y ojalá fuese una decisión que tú pudieras tomar. Además, si lo está haciendo, no parecen importarle las consecuencias. ¿Por qué te castigas tú entonces de esta manera?

—No me crees —rio amargamente echando el humo de su cigarrillo por la nariz—, piensas que me lo estoy inventando.

—Yo no he dicho eso, solo creo que deberías tener más pruebas de las que manejas, simplemente podría ser un malentendido.

—¿Malentendido? ¡No me jodas, Puri! ¿Recuerdas lo que me dijiste la última vez cuando discutimos? Eso de que los sentimientos se sienten y ya está; que una sabe cuándo y cómo siente porque lo hace desde muy adentro... —asentí—. Pues no preguntes tanto porque ahí está la respuesta que estás buscando. No sabría explicarte por qué me castigo de esta manera, según tú, y tampoco por qué tenía la imperiosa necesidad de ver cómo era la o-tra que le da a mi ma-ri-do lo que, evidentemente, yo no puedo darle. No podría hacerte entender esta culpabilidad que me subyuga cada noche en la oscuridad de esa habitación junto a la tuya. Supongo que me muevo por impulsos, deseos latentes que entran en erupción en el momento en que menos lo espero y que, de alguna manera, intento calmar. Me siento traicionada y engañada.

—Cualquiera que te escuche no diría que es simple cariño lo que sientes hacia él.

—Es tan difícil... No sabes cuánto envidio tu independencia. Estando sola, las cosas son mucho más sencillas.

No estaba segura de que Laura supiese exactamente el verdadero significado de sus palabras. Aquella independencia amorosa de la cual disfrutaba no se trataba de una elección, sino de un simple mecanismo de defensa, término que, por supuesto, había aprendido leyendo alguna ridícula revista femenina en la sala de espera del dentista. No amaba para no sentir dolor; no permitía que me quisieran para no causar dolor. Seguro que cualquier psicólogo se frotaría las manos escuchándome; me vería como «carne de cañón para terapia», ingresos fijos a fin de mes. «Mecanismo de defensa, interesante término, señorita Puri, ¿defensa de qué o de quién?»

—Un día te casas intentando convencerte de que lo haces enamoradísima —me rescató Laura con sus soporíferos monólogos— del hombre a quien pretendes convertir en el más maravilloso del mundo, y de la noche a la mañana te das cuenta de que han pasado ya siete años y de que lo más arriesgado que has hecho en tu vida ha sido cruzar un semáforo en rojo con una minifalda ajustada a las caderas y unos tacones de vértigo corriendo entre los coches que te esquivan. Y ese príncipe azul que se ha ido trabajando tu confianza pacientemente te traiciona, quizá sea lo que más me duela. No pensé que esto pudiera ocurrirme a mí y ¡mírame!, soy una mujer cualquiera cornuda al borde de un ataque de nervios al más puro estilo Almodóvar.

—Bueno, él te pondría una buena polla entre la piernas —pensé en alto sin poder evitar que mi boca pronunciara aquellas palabras.

Nos echamos a reír escandalosamente, pero mientras yo continuaba riéndome de mi basta ocurrencia, Laura llevaba un rato en silencio.

—Todavía no te lo he contado todo...

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Cuando Laura me resumió los resultados de sus pesquisas no supe qué hacer, si echarme a reír o romper a carcajadas. No sabía bien por qué, pero me la imaginaba en un coche de cristales ahumados, con gabardina y gafas de sol, en plan detective privado, y me parecía tan extraña la situación que fue como una sorpresa que se retuerce en el estómago hasta hacerte cosquillas. No sé cuánto tiempo estuve teniendo convulsiones, pero recuerdo que en algún momento llegué a temer que se me agotaran las carcajadas para siempre. Entonces comprendí que era más serio de lo que parecía. El gesto de turbación de Laura me devolvió a la realidad.

Volvió a encenderse otro cigarrillo y pude percibir cómo en aquella larga bocanada sus pulmones se llenaron de humo para golpearme la cara después, violenta y cálidamente. No tosí. Ese humo era tan suyo como mío y, por primera vez, atravesando aquella niebla espesa y fugaz que se había acomodado entre nosotras, descubrí en Laura una belleza marchita que se apagaba lentamente.

—¿Pero el sitio donde lo viste pasar...? —le pregunté intentando romper aquel vacío huidizo — ¿Era un club de...?

—No, era un club nocturno, un pub. —¿Y viste algo más?

—¡No sé si podría soportarlo! Me entró miedo, como si algo me impidiese entrar, como si alguien tirase de mí hacia atrás.

—¿Entonces, cómo puedes estar tan segura? —¿Acaso tú no lo estás?

El interrogante de su mirada me hizo comprender que era la explicación más coherente a todos los acontecimientos. Supuse que no había ninguna duda. De nuevo nuestra conversación se convirtió en un diálogo de silencios. Sí, era la explicación más sencilla: «Mi marido es un putero, un cabrón que se está follando a otra.» Entonces respiré con cierta sensación de alivio; por alguna extraña razón, nuestras penas se alivian cuando las de la gente que nos rodea son más dolorosas. Sé que decir algo así me hace parecer una desalmada, ¿pero quién no lo ha pensado alguna vez? No hago más que ponerle palabras a los pensamientos de todos; no es más grave que el que te sonríe y al darse la vuelta desea que te pudras o el que se alegra de tus alegrías y al mismo tiempo te maldice para que se conviertan en tristezas.

Tal vez ese sea motivo suficiente para que muchos no deseen pasar demasiado tiempo a mi lado. Lo entiendo. Si yo pudiese encontrarme conmigo misma en alguna reunión de viejas alumnas, me tomaría un par de copas del tirón para aguantar mis sarcasmos. Laura, sin embargo, era una de esas a las que les iba la marcha; parecía que no le influían mis ironías e incluso, a veces, llegaba a pensar que le gustaban. Algo así como un rollo sado-maso. No solemos rodearnos de la gente que nos dice lo que queremos escuchar, por eso a menudo huimos de las reuniones familiares, pasada ya cierta edad, para evitar que aquellos que más te quieren rompan, con frialdad y decisión, el fino hilo de autoestima y determinación que une cada sentimiento con cada uno de los acontecimientos que le dan sentido a tu vida.

Nadie está preparado para que le digan que su trabajo, su esfuerzo, es una mierda, que podría conseguir algo mejor como el hijo de Fulanita o como la prima Menganita. ¿Y qué te queda? Morderte la lengua para no decirle a tu querida madre, la que te parió, que te tiene hasta el coño y que aunque no seas feliz y te ganes la vida, según ella, de mala manera, no conoces forma mejor de sobrevivir. Entonces te salta con lo del novio, el marido y los hijos, otra vez, como las hijas de Fulana y las de Mengana, comentarios que te hacen montar en

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cólera diciéndole, o más bien chillándole, que no se meta en tus asuntos y que ya eres mayorcita para saber lo que haces y lo que quieres. Ella te mira con esa cara de lástima que tanto te molesta y te hace llegar su pensamiento sin pronunciar palabra: «¡Ay, hija, vives en el País de las Maravillas!», y tú, que bastante aguantas ya, dejas de comer porque se te ha cerrado el estómago y llevas el plato a la cocina pensando que tal vez tenga razón, que a menudo no sabes lo que quieres, incluso, a veces, ni lo que haces.

En aquella situación me encontraba yo, sentada en un pequeño taburete de terciopelo granate lleno de mierda, esperando a que Laura trajera las copas que había ido a pedir a la barra. Sin saber qué hacía allí. Una vez más. El local tenía cierto misterio y un cierto toque repugnante, aunque no sabría muy bien explicar por qué. La oscuridad estaba enturbiada por el humo de cigarrillos que aquellos hombres peludos, delgados, depilados, gordos, musculados, encremados se fumaban a ritmo de una música pasada de moda hacía décadas y a golpe de vaquero ajustado en la entrepierna y el culo. En principio no era más que un pub de hombres para hombres que se encontraba en una calle colindante al Paseo de la Castellana madrileño, pero si eras capaz de atravesar aquella atmósfera de humo, testosterona y perfumes caros, podías reconocer los rostros que se daban cita noche a noche. Algún jugador de fútbol, tal vez algún posible presidente del Gobierno que se había quitado sus gafas de montura al aire y su corbata para ponerse unas de pasta gruesa y unos vaqueros... En fin, gente «importante» junto a gente anónima de cierto estatus social.

Lógicamente, allí no podía entrar cualquiera. Había que atravesar una puerta de hierro negro y llamar a un timbre. Laura me contó algo de un viejo amigo que le debía un favor, y mover algunos hilos para que pudiéramos entrar fue la manera de pagárselo. En la sala seríamos unas cinco o seis mujeres: una camarera, un par o tres en una mesa al final en un grupo de hombres y nosotras dos. Las únicas féminas, que no únicas femeninas del local. Al entrar, cierto sector se giró con curiosidad para mirarnos, estaba claro que no encajábamos allí, pero afortunadamente tras nosotras irrumpió una cara conocida de la televisión con su cuerpo de escándalo y se formó cierto revuelo en torno a él.

Teníamos un plan y nos sentamos en una esquina intentando abarcar la entrada y el máximo de la sala con la mirada, lo más discretamente posible, para ver quién entraba y quién salía. Laura estaba nerviosa, no dejaba de hablar y de contarme una y otra vez lo que pensaba hacer si lo veía, lo que había visto, lo que le haría a la otra... y a medida que ella hablaba, yo iba dándome cuenta de que en aquella historia las piezas no encajaban exactamente. Sus ojos me mostraban a una Laura asustada y no podía más que sentir lástima por ella, a pesar de maldecir nuestra amistad por llevarme a una situación tan incómoda en contra de mi voluntad. Querer significaba sacrificarse por uno mismo en ocasiones y sacrificarse por el otro siempre. Prefería no querer.

Lo peor de todo aquello es que me quedaba tan ancha diciendo algo así. ¡Qué barbaridad! Cualquier periodista sensacionalista escribiría en grandes titulares: «La mujer que siente que huye de los sentimientos», y posiblemente tuviera razón, pero, desde luego, no era la única. Comenzábamos a reproducirnos a gran velocidad y atentábamos contra aquellos que se empeñaban en sentir y, por lo tanto, en sufrir. Los filósofos clandestinos de los barrios periféricos decían que el vertiginoso crecimiento de aquella nueva especie se urdía en los comités laborales impartidos por los humanoides en aras de la robotización... Era muy romántica toda aquella fantasía.

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mientras le daba un trago a mi ron con limón.

—Ya lo sé, Purita —por supuesto omitió un «yo también» para sustituirlo por «aguanta un poco, seguro que está al llegar».

Y así, de nuevo como un matrimonio aburrido, esperábamos sin conversación al susodicho. Durante la interminable espera, observé en un rincón del local una puerta que parecía la de unos aseos y por la que no hacía más que entrar gente, pero apenas salía. No sabía bien de qué se trataba aunque podía intuirlo. Pensé que si nuestro espiado tardaba, iría a echar un vistazo.

Cada vez que se abría la puerta de entrada, veía cómo a Laura se le tensaban las facciones de la cara y podía percibir cómo apretaba las mandíbulas con fuerza. Para aquel entonces no sabía bien cuántas copas llevaba, pero eran las suficientes como para levantarme con cierta debilidad de piernas y dirigirme hacia aquella puerta misteriosa. Seguramente diera a algún tipo de reservado, pero necesitaba saciar mi curiosidad. Por supuesto, Laura se quejó y, mientras me giraba para pedirle silencio, ya casi a la altura de la pista de baile, tropecé con una de aquellas mujeres mezclada en el grupo de hombres. Debo decir que, con mi transitoria pérdida de coordinación, estuve a punto de caer de morros contra el suelo. Por suerte pude agarrarme a una de las muchas columnas que atravesaban el local, y aquella mujer que me sonrió divertida. Tenía un suave olor a coco que me provocó náuseas y por poco no le vomité encima. Tuve que esperar contra la columna fría para reponerme.

Laura se me acercó con una mezcla de enfado y preocupación. —¿Adónde vas?

—Add... adonde me dé la gana —respondí con cierta turbación. —Joder, Puri, ten un poco de paciencia.

—Laura, llevvvvv... vamos aquí más de dos horas y ¡hostia, tú eres la alegría de la huerta! No haces más que estar callada o hablar de lo mmmm... mimmmiishhhhmo, así que voy a ver qué hay por ahí, en seguida vuelvo —la retiré con un ligero empujón y seguí andando hacia aquella puerta.

Dentro, parpadeé dos veces intentando aclararme la vista, pero fue inútil. Aquella oscuridad era tan densa que, al margen de pequeñas luces rectangulares que parecían pantallas de móviles que se movían por toda la sala, no pude ver nada más. Tengo un recuerdo borroso de lo que ocurrió, lo que sí sé es que alguien me empujó al entrar y me caí contra un cuerpo que me repelió como gato al agua, así que fui a parar a lo que consideraba el centro del cuarto, y allí estuve sentada un rato hasta que alguien se me acercó. Debí de quedarme dormida durante no sé exactamente cuánto tiempo y desperté con brusquedad cuando noté cierta humedad en mi cuello. Me quedé paralizada. Reconocer su procedencia, que identifiqué como una boca que ávidamente me retiraba el pelo de los hombros para llegar hasta mi piel, me llevó algunos segundos. Con cierta torpeza, una serie de ideas pasaron por mi cabeza como si de un negativo de fotogramas se tratase. ¿Cuánto tiempo llevaba sin echar un polvo? Aunque solo fuera por eso, merecía la pena intentarlo. Estaba borracha, ¿qué más podía hacer?

Al principio me puse tensa. Tuve la sensación de ser una estatua de sal a la que cuando van a tocar se deshace. Así actué, retirándome hacia atrás para huir de aquellos labios desconocidos que querían conocer cada rincón de mi cuerpo, hasta chocar con la pared. Tal vez necesitara tiempo. Tiempo para saber qué hacer. Tiempo para que se me pasara la confusión de la borrachera. Tiempo para pensar rápidamente en las consecuencias de aquel «polvo oscuro»: enfermedades, dolor, goma, embarazo, mal olor, goma, sabor, goma,

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maricón, goma... Mientras los contras se sucedían en mi cabeza, aquel extraño buscó de nuevo mi piel; esta vez sus manos presurosas siguieron el contorno de mi cuerpo. Y antes de que pudiera apartárselas, me las quitó de encima. Me pareció brusco, tal vez solo al principio, porque impaciente introdujo sus manos en mi entrepierna buscando bajo mis pantalones algo que obviamente no encontró. Se cercioró del sexo de su amante ciego y no pareció sorprenderle como yo esperaba. Mis manos, en un arrebato, actuaron del mismo modo; si él quería saber, yo también. Solo que no me detuve a seguir su contorno, directamente agarré su bragueta. Estaba tan caliente que no iba a permitir que se largase, ya no, aquella situación me hacía sentir muy mojada. Era todo tan prohibido, tan desconocido, tan perverso...

El pensamiento de Laura se difuminó en mi cabeza para dejar paso a la silueta de aquel hombre que me ceñía con fuerza por la cintura y paseaba su lengua por el escote de mi camisa hábilmente desabrochada. Quería tocarle, morderle, pegarle, pero me tenía de tal forma agarrada que, sin hacerme daño, me inmovilizaba y no me daba opción a moverme, aunque tampoco lo intenté demasiado, al margen de forcejear un poco, porque me sentía tan puta con su cuerpo contra el mío y con la fuerza de sus manos rodeándome las muñecas que creí que me daba algo. Solo podía recibir su contacto viniera por donde viniese. Sus manos eran suaves y fuertes y se movían certeras bajo mi tanga. No recordaba haber experimentado tanto placer desde hacía mucho tiempo. Estaba medio sentado a horcajadas sobre mí, manoseándome con una suave brusquedad que me intrigaba, ¿qué clase de hombre era capaz de acariciar así? Estaba claro. ¡Me estaba tirando a un maricón! El sabor de sus labios era salado y sus jadeos húmedos y entrecortados. Ni siquiera se había desabrochado el pantalón para follarme y allí estaba, gimiendo en mi oído, lamiendo mis tetas y enloqueciéndome. No fue necesario decirle que se pusiera goma, habría sido una pérdida de tiempo pensar en las consecuencias, solo utilizaba sus manos para darme placer y sus labios para mantener mis pechos entretenidos.

En el momento en que sentí que podía moverme, cuando estuve segura de poder controlar mis impulsos y supe que podría rozar su piel de nuevo sin quemarme... Justo en aquel momento en que quise acariciar su rostro, dibujar su silueta, sentir el ritmo de su pecho contra el mío, noté que me vibraba el móvil en el pantalón. Joder, entonces recordé a Laura y la causa por la que había ido a parar a un cuarto oscuro de un bar selecto de maricones, o, en vista de lo ocurrido, de medio maricones. Debía de llevar mucho tiempo en aquella sala, supuse que estaba preocupada.

—¡Mierda! —mascullé mientras veía su número reflejado en la pantalla.

Me levanté tan rápido que sentí un ligero mareo. Me abroché la camisa y la metí por debajo del pantalón. Me retiré el pelo sudado y ensalivado de la cara y me dispuse a salir cuando me acordé de aquel maravilloso confidente sexual. Me arrodillé tal y donde había estado recostada hacía un momento:

—Ha sido maravilloso, rey —le susurré al oído mientras le cogía de la barbilla y le plantaba un beso en la boca.

Solo entonces pude darme cuenta de cuál era su olor, ligeramente disimulado por un leve sudor salado. Su piel tenía un suave aroma a coco.

***

—¿Se puede saber qué coño has estado haciendo ahí adentro? —me preguntó Laura con la venilla de la frente hinchada—. ¡He entrado en esa sala y no se veía una mierda!

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Esperó a que le diera una respuesta, pero no podía hablar. Todavía llevaba aquel olor a coco impregnado en la piel.

—¡¡Hostia, Puri, dime algo!!

Lo único que recuerdo es que me zarandeó y ni siquiera así consiguió que se escapara una palabra de mi boca. Sentía que se me habían agotado, como si ya nunca pudiese volver a pronunciar ninguna más. Tal vez entrase en un estado de shock o algo parecido, porque, según Laura, durante dos días estuve actuando de una manera muy extraña. Yo apenas recuerdo nada de todo aquello, era como si nunca hubiese ocurrido, excepto aquel olor, aquellas caricias y aquellos besos que me acechaban a cada momento y en cualquier lugar.

Intente cerrar los ojos e imagine una habitación oscura, muy oscura, tanto que tiene que apretar las pestañas con fuerza porque esa oscuridad tan densa le hace daño. Está solo, más de lo que nunca haya podido estarlo, y no me refiero a la falta de compañía, porque sabe que el más mínimo movimiento puede llevar consigo una consecuencia que podría hacerle gozar o podría aterrarle. Sin embargo, en el fondo, en lo más profundo de su ser, desea tocar y ser tocado. En ese cuarto no tiene identidad, nadie le conoce, usted como persona deja de existir en ese mismo momento para pasar a ser un cuerpo. Única y exclusivamente. Y ese morbo, que le produce un cosquilleo en los confines de su conciencia, es el que le mueve a dejarse llevar por manos, bocas y miembros desconocidos. Siente un atractivo peligro en lo que no puede controlar, quizá cierto miedo que le paraliza, pero tanta excitación que le obliga a dar y a recibir. Entonces, en esa soledad profunda, sin identidad ni género, un golpe de aliento caliente choca contra su mejilla erizándole el vello de la nuca. Unos labios entreabiertos se aproximan a los suyos y comienzan a besarle de una manera que le parece imparable. Un cuerpo se aprieta contra el suyo de tal manera que siente una respiración extraña dentro de sí, unas manos habilidosas acarician cada curva de su silueta para dar paso a una fusión de dos desconocidos que se conocen a través de cuatro sentidos.

Me resultaba muy difícil explicar cómo me sentí después de identificar aquel olor. Después de ponerle cara a aquellos besos y comprender aquellas caricias suavemente bruscas. No solo había entrado en el cuarto oscuro de un club gay de alto standing, sino que me había dejado follar por quien supuse un maricón desviado para terminar descubriendo, después de haber gemido como una puta en manos extrañas, que mi amante era una mujer con la que había tropezado minutos antes de entrar y cuya piel olía empalagosamente a coco. ¿Empalagosamente? Juraría que, en algún momento, la suavidad de aquel perfume había sido como un dulce veneno que se apoderó de mi conciencia para convertirse, una semana después, en un aroma repulsivo y cargante.

Tal vez aquella repulsión no fuese más que el resultado del odio que sentía hacia mí misma por haberme dejado embaucar por una mujer y no haberme dado cuenta. Me sentía sucia, traicionada en lo más profundo de mi ser, y lo peor de todo era que no podría contárselo a nadie. En primer lugar, porque no podría soportar la vergüenza, ¿qué pensarían de mí?, y, en segundo lugar, porque no sabría encontrar las palabras adecuadas para dicha confesión.

Ni que decir tiene que aquella noche no pudimos llevar a cabo la «Operación Nicolás» ya que, según me dijo Laura, el local empezó a llenarse de gente y resultaba imposible ver más allá de uno mismo. Así que, abortado el plan, Laura decidió atajar directamente el problema. Se vino a vivir a mi casa definitivamente.

(21)

Necesitaba unas vacaciones. Eran las nueve y media de la mañana y en la sala de café tomé, de repente, aquella decisión. Demasiados años trabajando en la empresa sin derecho a un descanso digno en igualdad al resto de españolitos. De acuerdo, yo no tenía suegra, ni parienta, ni hijos a los que soportar y cuidar, pero no era motivo suficiente para que siempre pensaran en mí como única trabajadora para hacer horas extra medianamente bien remuneradas. Cargaría mi coche con cosas inútiles e iría allí donde encontrase un lugar en el que cupiésemos mis neuras y yo.

—¡Oye, pues mis padres tienen una casa preciosa en Francia! —me dijo Carla en unos de sus ataques verborreicos.

Simplemente había contestado a su pregunta por educación.

—¿Puri, qué te pasa, tienes mala cara? Si lo que necesitas es cambiar de aires, desde luego aquel es un sitio precioso. ¿Sabes? A mí me gustaría ir más a menudo, pero a mi novio no le gustan los franceses; bueno, él dice gabachos, pero para el caso es lo mismo. Es de un cabezón...

Otro compañero que tomaba café con nosotras y que era mi viva imagen en masculino, Raúl, comenzó a bromear mientras Carla pasaba olímpicamente de su lengua sin pelos. Fui tras ellos. Tal vez no estuviese tan mal viajar a Francia, pero ¿qué hacía yo allí sola? A tantos kilómetros de casa, en un lugar extraño que a saber cómo era, porque poco me fiaba yo de Carla, sin tener ni idea de francés aparte de oui, mademoiselle, poisson, croissant y baguette. En fin, siempre había tenido pendiente aprender un idioma nuevo. Y la verdad, me daba igual estar en cualquier rincón de la España más profunda que en el país vecino, la soledad era igual en todas partes.

—Oye..., Carla, lo que me dijiste antes de la casa de tus padres en Francia... exactamente a qué te...

Carla esbozó una sonrisa y se sentó en su silla dando por hecho que aceptaría aquella loca proposición.

—Era de mis bisabuelos. Es un antiguo molino rodeado por un riachuelo y está en un pueblecito de la campiña francesa que se llama Chateneuf de Gadagne. Poco a poco mis padres han ido rehabilitándolo y es un lugar increíble, en serio, perfecto si te apetece estar tranquila sin que nadie te moleste. Este año le han ofrecido a mi padre impartir unos cursos y no van a poder ir, así que intenté convencer a mi chico para que fuésemos, pero no hubo manera. Dice que está muy lejos...

Justo en aquel momento desconecté. Carla empezaba a darme explicaciones que no le había pedido y me aburría. Siempre que le preguntaba algo acababa hablándome de su novio y sus tonterías. Intentaba recrearme en aquel viaje que prometía en la distancia de la suposición todo cuanto necesitaba. ¿De cuántos kilómetros exactamente estaríamos hablando? Tendría que ir a hablar con «el Superior», aguantar sus sarcasmos y su desesperación porque la encargada de equipo se marchara en mitad de un proyecto... me tocaría discutir con él. Y en caso de que consiguiese adelantar mis vacaciones, iría a casa a hacer las maletas, a tramitar el alquiler de un coche, porque mi Renault del 95 no aguantaría un viaje semejante, y a explicarle a Laura que me marchaba. Lo mejor sería que le dejase escrita una nota. Teniendo en cuenta la situación en la que estaba, era capaz de convencerme para que no me fuera o de venirse conmigo. Se la dejaría pegada en la puerta del frigorífico. Con la ansiedad que tenía encima, se pasaba las horas muertas comiendo. Nada sentimental,

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con un post-it sería suficiente. Después, hablar con Carla para que me explicara y me diera las llaves y comprar un mapa de carreteras. Dejé a Carla con la palabra en la boca y me fui al despacho de «el Superior».

—Enrique, tengo que hablar contigo —le dije mientras entraba sin llamar.

—Te he dicho mil veces que llames antes de entrar —respondió mosqueado. Mal comienzo —. ¿Habéis terminado con el bloque siete de codificación? Vamos fatal de tiempo.

—Es un asunto personal —insistí ante su descarada arrogancia. ¿Cómo que «vamos»? Si él no hacía más que tocarse los huevos.

—Ahora no es momento de charlas. Termínalo y, cuando lo tengas, vienes y hablamos. Apreté con fuerza los puños intentando controlar el desagrado que me provocaba. —No.

Solo cuando contradije su orden tuvo la deferencia de mirarme a la cara, pasando primero por mis tetas.

—¿Cómo dices? —arqueó las cejas.

—Que no, te he dicho que tengo que hablar contigo.

—Mira, Purificación, no me toques los huevos —¡no, si eso ya lo haces tú bien sofito!—, que no estoy para tonterías... Vuelve ahora mismo a tu mesa y tráeme ese puto bloque terminado, ¿está claro?

—Debe de ser muy difícil, ¿no? —esperé una respuesta que por supuesto no pensaba escuchar—. Me refiero a estar todo el día lamiéndoles el culo a los jefes para ocupar un puesto como este y que no se den cuenta de que no tienes ni idea y de que estás aquí por méritos ajenos...

—Purificación... —masticó mi nombre mientras las venas de su cuello se ingurgitaban de mala hostia.

—Nos tienes todo el día trabajando a destajo para después colgarte las medallas tú solo y luego ni siquiera eres capaz de mirar a un compañero a la cara y escucharle un momento.

—¡No tengo tiempo para gilipolleces! —se dirigió a la puerta para invitarme a que lo dejara tranquilo.

—No esperaba menos de ti, Enrique, aunque la verdad es que no tengo ningún problema en que se enteren los demás de lo que tengo que decirte.

Respiró hondo y se aflojó el nudo de la corbata. —¿Qué coño quieres?

—Necesito coger ahora las vacaciones.

—Imposible, al menos hasta verano —se sentó en su silla.

—De sobra sabes que no es imposible si las cosas se hacen bien. —Tienes que estar hasta que terminéis el proyecto.

—Nadie es imprescindible, en cierta ocasión te molestaste en dejármelo muy claro, ¿recuerdas?

—Purificación, no vas a cogerte las vacaciones ahora —insistió. —Entonces iré a por una baja médica...

—En ese caso, vete olvidando de tu puesto —apretó los dientes.

—Seguro que si le digo al doctor que soporto mucho estrés en el trabajo y que me gustaría ver al psicólogo porque últimamente estoy perdiendo la ilusión por todo, que no tengo ganas de hacer nada... Piénsalo: dos, tres meses de baja por depresión...

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