DERECHO INTERNACIONAL
DE LOS DERECHOS HUMANOS
TEXTOS BÁSICOS
Miguel Carbonell
Sandra Moguel
Karla Pérez Portilla
(Compiladores)
E D I T O R I A L PORRÚA, S. A.
Miguel Carbonell y Gerardo Pisarello por el prólogo. Miguel Carbonell, Sandra Moguel y Karla Pérez Portilla
por la compilación y la edición. Av. de la Libertad 100 21-3, Col. Pedregal
de Carrasco. C. P. 04020, México, D. F.
Las características de esta edición son propiedad de EDITORIAL PORRÚA, S. A. DE C. V. 8 Av. República Argentina, 15, 06020 México, D. F.
Queda hecho el depósito que marca la ley
ISBN 970-07-3445-5
IMPRESO EN MÉXICO PRINTED IN MEXICO
[5]
LAAPLICACIÓNDELOSTRATADOSINTERNACIONALESDEDERECHOSHUMANOS ENELDERECHOINTERNO: MODELOPARAARMAR
Gerardo Pisarello y Miguel Carbonell ... 13
PRIMERA PARTE Instrumentos Internacionales
I. DECLARACIÓN UNIVERSALDE DERECHOS HUMANOS... 29 II. PACTO INTERNACIONALDE DERECHOS CIVILESY POLÍTICOS... 37
01. Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos
Civiles y Políticos... 59
02. Segundo Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Destinado
a Abolir la Pena de Muerte ... 63 III. PACTO INTERNACIONALDE DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALES
Y CULTURALES... 67 IV. DECLARACIÓNSOBRELOS DERECHOSDELAS PERSONAS
PERTENECIENTESA MINORÍAS NACIONALESO ÉTNICAS,
RELIGIOSASY LINGÜÍSTICAS... 81 V. CONVENIO (NÚM. 169) DELA OIT SOBRE PUEBLOS INDÍGENAS
Y TRIBALESEN PAÍSES INDEPENDIENTES... 87 VI. CONVENCIÓNSOBRELA ELIMINACIÓNDE TODASLAS FORMAS
DE DISCRIMINACIÓNCONTRALA MUJER... 105
01. Protocolo Facultativo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas
de Discriminación contra la Mujer ... 120 VII. CONVENCIÓN INTERAMERICANAPARA PREVENIR, SANCIONAR
Y ERRADICARLA VIOLENCIACONTRALA MUJER CONVENCIÓN
VIII. CONVENCIÓNSOBRELOS DERECHOSDEL NIÑO... 137
01. Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño, Relativo a la Participación de Niños
en los Conflictos Armados ... 161
02. Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño, Relativo a la Venta de Niños, la Prostitución Infantil y la Utilización de Niños
en la Pornografía ... 168 IX. CONVENIO (NÚM. 182) DELA OIT SOBRELA PROHIBICIÓN
DELAS PEORES FORMASDE TRABAJO INFANTILYLA ACCIÓN
INMEDIATAPARASU ELIMINACIÓN... 179 X. CONVENCIÓNCONTRALA TORTURAY OTROS TRATOSO PENAS
CRUELES, INHUMANOSO DEGRADANTES... 185 XI. CONVENIO (NÚM. 143) DELA OIT SOBRELAS MIGRACIONES
EN CONDICIONES ABUSIVASYLA PROMOCIÓNDELA IGUALDAD
DE OPORTUNIDADESYDE TRATODELOS TRABAJADORES MIGRANTES.... 201 XII. CONVENCIÓN AMERICANASOBRE DERECHOS HUMANOS.
PACTODE SAN JOSÉDE COSTA RICA... 209
01. Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos Humanos en Materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
Protocolo de San Salvador ... 238
02. Protocolo a la Convención Americana sobre Derechos
Humanos, Relativo a la Abolición de la Pena de Muerte ... 250
SEGUNDA PARTE Observaciones Generales I. OBSERVACIONES GENERALES ADOPTADASPOREL COMITÉ
DE DERECHOS CIVILESY POLÍTICOS... 255
01. Observación general núm. 1. Obligación de presentar informes (13o. periodo de sesiones, 1981) ... 256
02. Observación general núm. 2. Orientaciones para presentar
informes (13o. periodo de sesiones, 1981) ... 257
03. Observación general núm. 3. Artículo 2. Aplicación del Pacto a nivel nacional (13o. periodo de sesiones, 1981) ... 258
04. Observación general núm. 4. Artículo 3 (13o. periodo
05. Observación general núm. 5. Artículo 4 (13o. periodo
de sesiones, 1981)... 260
06. Observación general núm. 6. Artículo 6 (16o. periodo
de sesiones, 1982)... 261
07. Observación general núm. 7. Artículo 7 (16o. periodo
de sesiones (1982) ... 263
08. Observación general núm. 8. Artículo 9 (16o. periodo
de sesiones, 1982)... 265
09. Observación general núm. 9. Artículo 10 (16o. periodo
de sesiones, 1982)... 266 10. Observación general núm. 10. Artículo 19 (19o. periodo
de sesiones, 1983 ... 268 11. Observación general núm. 11. Artículo 20 (19o. periodo
de sesiones, 1983)... 269 12. Observación general núm. 12. Artículo 1 (21o. periodo
de sesiones, 1984)... 270 13. Observación general núm. 13. Artículo 14 (21o. periodo
de sesiones, 1984)... 272 14. Observación general núm. 14. Artículo 6 (23o. periodo
de sesiones, 1984)... 277 15. Observación general núm. 15. La situación de los extranjeros
con arreglo al Pacto (27o. periodo de sesiones, 1986) ... 278 16. Observación general núm. 16. Artículo 17 (32o. periodo
de sesiones, 1988)... 282 17. Observación general núm. 17. Artículo 24 (35o. periodo
de sesiones, 1989)... 285 18. Observación general núm. 18. No discriminación
(37o. periodo de sesiones, 1989) ... 288 19. Observación general núm. 19. Artículo 23 (39o. periodo
de sesiones, 1990)... 292 20. Observación general núm. 20. Artículo 7 (44o. periodo
de sesiones, 1992)... 295 21. Observación general núm. 21. Artículo 10 (44o. periodo
de sesiones, 1992)... 298 22. Observación general núm. 22. Artículo 18 (48o. periodo
de sesiones, 1993)... 301 23. Observación general núm. 23. Artículo 27 (50o. periodo
24. Observación general núm. 24. Observación general sobre cuestiones relacionadas con las reservas formuladas con ocasión de la ratificación del Pacto
o de sus Protocolos Facultativos, o de la adhesión a ellos, o en relación con las declaraciones hechas de conformidad con el artículo 41 del Pacto
(52o. periodo de sesiones, 1994) ... 310 25. Observación general núm. 25. Artículo 25 (57o. periodo
de sesiones, 1996)... 319 26. Observación general núm. 26. Continuidad
de las obligaciones (66o. periodo de sesiones, 1997) ... 326 27. Observación general núm. 27. Artículo 12 (Libertad
de circulación) (67o. periodo de sesiones, 1999) ... 328 28. Observación general núm. 28. Artículo 3 (Igualdad de derechos
entre hombres y mujeres) (68o. periodo de sesiones, 2000) .... 334 II. OBSERVACIONES GENERALES ADOPTADASPOREL COMITÉ
DE DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALESY CULTURALES... 345 Introducción: finalidad de las observaciones generales ... 345
01. Observación general núm. 1. Presentación de informes
por los Estados Partes (Tercer periodo de sesiones, 1989)... 346
02. Observación general núm. 2. Medidas internacionales de asistencia técnica (artículo 22 del Pacto)
(Cuarto periodo de sesiones, 1990) ... 349
03. Observación general núm. 3. La índole de las obligaciones de los Estados Partes (párrafo 1 del artículo 2 del Pacto)
(Quinto periodo de sesiones, 1990) ... 353
04. Observación general núm. 4. El derecho a una vivienda adecuada (párrafo 1 del artículo 11 del Pacto)
(Sexto periodo de sesiones, 1991) ... 359
05. Observación general núm. 5. Personas con discapacidad
(11o. periodo de sesiones, 1994) ... 367
06. Observación general núm. 6. Los derechos económicos, sociales y culturales de las personas mayores
(13o. periodo de sesiones, 1995) ... 381
07. Observación general núm. 7. El derecho a una vivienda adecuada (párrafo 1 del artículo 11 del Pacto): los desalojos forzosos (16o. periodo de sesiones, 1997)... 394
08. Observación general núm. 8. Relación entre las sanciones económicas y el respeto de los derechos económicos,
09. Observación general núm. 9. La aplicación interna del Pacto (19o. periodo de sesiones, 1998) ... 406 10. Observación general núm. 10. La función de las instituciones
nacionales de derechos humanos en la protección de los derechos económicos, sociales y culturales
(19o. periodo de sesiones, 1998) ... 412 11. Observación general núm. 11. Planes de acción para
la enseñanza primaria (artículo 14)
(20o. periodo de sesiones, 1999) ... 414 12. Observación general núm. 12. El derecho a una alimentación
adecuada (artículo 11) (20o. periodo de sesiones, 1999) ... 418 13. Observación general núm. 13. El derecho a la educación
(artículo 13) (21o. periodo de sesiones, 1999) ... 429 14. Observación general núm. 14. El derecho al disfrute
del más alto nivel posible de salud (artículo 12)
(22o. periodo de sesiones, 2000) ... 450 III. OBSERVACIÓN GENERAL ADOPTADAPOREL COMITÉ
CONTRALA TORTURA... 479
01. Observación general núm. 1. Aplicación del artículo 3 en relación con el artículo 22 de la Convención
(16o. periodo de sesiones, 1996) ... 479 IV. OBSERVACIÓN GENERAL ADOPTADAPOREL COMITÉDELOS DERECHOS
DEL NIÑO... 483
01. Observación general núm. 1. Propósitos de la educación
(26o. periodo de sesiones, 2001) ... 483 V. RECOMENDACIONES GENERALES ADOPTADASPOREL COMITÉ
PARALA ELIMINACIÓNDELA DISCRIMINACIÓNCONTRALA MUJER... 495
01. Recomendación general núm. 1. Presentación de informes
por los Estados Partes (Quinto periodo de sesiones, 1986) ... 495
02. Recomendación general núm. 2. Presentación de informes
por los Estados Partes (Sexto periodo de sesiones, 1987) ... 495
03. Recomendación general núm. 3. Campañas de educación
y divulgación (Sexto periodo de sesiones, 1987) ... 496
04. Recomendación general núm. 4. Reservas (Sexto periodo
de sesiones, 1987)... 497
0 05. Recomendación general núm. 5. Medidas especiales
temporales (Séptimo periodo de sesiones, 1988) ... 497
06. Recomendación general núm. 6. Mecanismo nacional efectivo y publicidad (Séptimo periodo de sesiones, 1988) ... 498
07. Recomendación general núm. 7. Recursos (Séptimo periodo de sesiones, 1988)... 499
08. Recomendación general núm. 8. Aplicación del artículo 8
de la Convención (Séptimo periodo de sesiones, 1988) ... 500
09. Recomendación general núm. 9. Estadísticas relativas a la
condición de la mujer (Octavo periodo de sesiones, 1989) ... 500 10. Recomendación general núm. 10. Décimo aniversario
de la aprobación de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer
(Octavo periodo de sesiones, 1989)... 501 11. Recomendación general núm. 11. Servicios de asesoramiento
técnico sobre las obligaciones en materia de presentación
de informes (Octavo periodo de sesiones, 1989) ... 502 12. Recomendación general núm. 12 Violencia contra la mujer
(Octavo periodo de sesiones, 1989)... 503 13. Recomendación general núm. 13. Igual remuneración
por trabajo de igual valor (Octavo periodo
de sesiones, 1989)... 503 14. Recomendación general núm. 14. Circuncisión femenina
(Noveno periodo de sesiones, 1990) ... 504 15. Recomendación general núm. 15. Necesidad de evitar
la discriminación contra la mujer en las estrategias nacionales de acción preventiva y lucha contra el Síndrome de
Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA)
(Noveno periodo de sesiones, 1990) ... 506 16. Recomendación general núm. 16. Mujeres que trabajan
sin remuneración en empresas familiares rurales
y urbanas (Décimo periodo de sesiones, 1991) ... 507 17. Recomendación general núm. 17. Medición
y cuantificación del trabajo doméstico no remunerado de la mujer y su reconocimiento en el producto nacional bruto (Décimo periodo
de sesiones, 1991)... 508 18. Recomendación general núm. 18. Mujeres discapacitadas
(Décimo periodo de sesiones, 1991) ... 509 19. Recomendación general núm. 19. La violencia contra la mujer
(11o. periodo de sesiones, 1992) ... 510 20. Recomendación general núm. 20. Reservas formuladas
en relación con la Convención (11o. periodo
21. Recomendación general Núm. 21. La igualdad en el matrimonio y en las relaciones familiares
(13o. periodo de sesiones, 1994) ... 517 22. Recomendación general núm. 22. Enmienda del artículo 20
de la Convención (14o. periodo de sesiones, 1995) ... 530 23. Recomendación general núm. 23. Vida política y pública
(16o. periodo de sesiones, 1997) ... 531 24. Recomendación general núm. 24. Artículo 12 de la
Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer - La mujer y la salud
(20o. periodo de sesiones, 1999) ... 545
TERCERA PARTE
Opiniones Consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos
I. OPINIÓN CONSULTIVA 2/82. El Efecto de las Reservas sobre la Entrada en Vigencia de la Convención Americana
sobre Derechos Humanos (Artículos 74 y 75) ... 559 II. OPINIÓN CONSULTIVA 7/86. Exigibilidad del Derecho
de Rectificación o Respuesta (Artículos 14.1, 1.1 y 2 de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos) ... 573 III. OPINION CONSULTIVA 11/90. Excepciones al Agotamiento
de los Recursos Internos (Artículo 46.1, 46.2.a y 46.2.b de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos) ... 617 IV. OPINION CONSULTIVA 13/93. Ciertas Atribuciones de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (Artículos 41, 42, 44, 46, 47, 50 y 51 de la Convención Americana
sobre Derechos Humanos) ... 629 V. OPINION CONSULTIVA 14/94. Responsabilidad Internacional por
Expedición y Aplicación de Leyes Violatorias de la Convención (Artículos 1 y 2 Convención Americana sobre Derechos
Humanos) ... 645 VI. OPINIÓN CONSULTIVA 15/97. Sobre el tratamiento, por la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, respecto de los informes a que se refieren los artículos 50 y 51 de la Convención
VII. OPINIÓN CONSULTIVA 16/99. El derecho a la información sobre la asistencia consular en el marco de las garantías
del debido proceso legal... 701
ANEXOS
I. CARTADELOS DERECHOS FUNDAMENTALESDELA UNIÓN EUROPEA... 799 II. ESTATUTODE ROMADELA CORTE PENAL INTERNACIONAL... 813 III. DECLARACIÓNDELOS DERECHOSDEL HOMBRE
[13]
INTERNACIONALES DE DERECHOS
HUMANOS EN EL DERECHO INTERNO:
MODELO PARA ARMAR
Gerardo Pisarello, Universidad de Barcelona Miguel Carbonell, IIJ-UNAM La presentación de una compilación de textos internacionales sobre derechos humanos exige, de modo especial en América Latina, un obligado ejercicio de advertencias y prevenciones. A diferencia de los grandes relatos ideológicos que dominaron la modernidad (y de los que hoy huyen, como si de apestados se tratara, antiguos y no tan antiguos valedores) el lenguaje de los derechos hu-manos parece haber sobrevivido a las tempestades políticas y económicas del siglo XX y ha hecho su entrada al nuevo milenio con sólidas credenciales nor-mativas bajo el brazo. ¿Quién se atrevería, de manera abierta, a proclamar su oposición a unos derechos que se consideran, como nunca, de todos? ¿Quién osaría negar hoy al derecho de asociación, a la asistencia sanitaria básica, a la libertad ideológica o a la tutela judicial efectiva, el carácter de auténticas con-quistas no sólo jurídicas sino éticas, resultantes de un arduo pero tangible pro-ceso de aprendizaje colectivo realizado por la humanidad en su conjunto?
El problema, sin embargo, reside en que en ese aparente ecumenismo, tan al uso en cumbres y declaraciones gubernamentales, es donde el ciudadano advertido identifica, no sin razón, los riesgos de plantear de manera ingenua un enésimo rescate del lenguaje de los derechos humanos. Precisamente por-que su carga emotiva favorable es hoy casi indiscutible, los derechos son un instrumento fácilmente distorsionable en manos del poder. Presentarse al me-nos de manera simbólica como defensor o propagador de los derechos humame-nos constituye, a no dudarlo, una de las más eficaces coartadas para distraer la aten-ción de los ciudadanos y disimular así las vulneraciones públicas o privadas de esos derechos. Y no se trata de simples sospechas teóricas. Inaugurar placas de homenaje y estatuas públicas, promover publicaciones conmemorativas,
aprobar pomposas pero estériles declaraciones legislativas, multiplicar comi-siones y subcomicomi-siones de protección que deambulan, como diría Hegel, de la nada a la nada, a través de la nada, ha sido una práctica demasiado soco-rrida en la historia institucional latinoamericana como para afrontar con can-didez una cuestión de esta índole. No faltan razones, por tanto, a quienes piensan que una reunión de textos de derechos humanos bien corre el peligro de aca-bar en una nueva frustración, en una simple adición de ruido a un coro de vo-ces de antemano confuso y poco fiable en sus intenciones reales.
En cualquier caso, si invocar en vano el nombre de los derechos humanos puede ser el camino más seguro para desactivar toda crítica ciudadana y tor-nar natural su vulneración, negarles de raíz todo potencial garantista y trans-formador sería desconocer la diferencia que hay, para quien ha sido encarce-lado, entre poder plantear o no a un hábeas corpus, o para quien está a punto de sufrir un desalojo arbitrario, entre disponer o no de acciones que le permi-tan proteger su derecho a una vivienda.
Entendidos también como prácticas discursivas, el alcance de los derechos humanos va más allá de la intención de sus redactores e incluso de la de quie-nes ocupan posicioquie-nes de poder, sea éste público o privado. La concreción y desarrollo de los derechos pertenece a las generaciones vivas y como tales, desencadenan comportamientos, símbolos, conocimientos, en cuya conflicti-va elaboración y circulación participan abogados, legisladores, jueces, teó-ricos e incluso los propios ciudadanos. Su suerte, por tanto, depende de los sujetos que sean capaces de apropiarse de ellos en tutela de sus intereses y ne-cesidades.
Es desde estas premisas como debe accederse a los textos que aquí se pre-sentan. Ellos configuran, al menos en lo que a América Latina se refiere, el núcleo central de lo que se ha dado en llamar Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH). Forjado a partir de la posguerra, con la aproba-ción por Naciones Unidas de la Declaraaproba-ción Universal de Derechos Humanos, el 10 de diciembre de 1948, esta nueva rama del Derecho ha ido creciendo a partir de la incorporación de nuevos tratados, declaraciones y una nutrida y abarcadora jurisprudencia desarrollada tanto por órganos regionales como inter-nacionales de protección. Incluso en América Latina tuvo temprana concreción ese proceso con el reconocimiento, al menos desde un punto de vista formal, de la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre, aprobada ocho meses antes que la propia Declaración Universal.
A poco más de medio siglo del surgimiento de algunos de los textos aquí incluidos, se ha afirmado que es posible ver en ellos el embrión de una autén-tica Constitución cosmopolita capaz de extender el reino de los derechos
hu-manos más allá de las hoy evanescentes fronteras estatales. Un balance más prudente, sin embargo, arroja razones tanto para la esperanza como para el pesimismo.
Durante mucho tiempo, en efecto, el desarrollo del DIDH permaneció pri-sionero del maniqueo clima ideológico propio de la guerra fría. A resultas del mismo, los derechos humanos operaban antes como arma arrojadiza entre los bloques contendientes que como genuinos instrumentos jurídicos dirigidos a tutelar intereses y necesidades vitales de las personas y los grupos, sobre todo de los más desaventajados. La identificación de una acción u omisión, estatal o privada, como vulneración de derechos humanos, así como los eventuales ademanes de reparación se veían supeditados, en gran medida, a que los inte-reses afectados pertenecieran al bando propio y no al de los otros. Ese do-ble rasero, por ejemplo, fue el que autorizó intervenciones liberadoras que, en casos similares, eran denunciadas como inadmisibles ofensas imperialistas. O el que permitió establecer una distinción tajante, tan arbitraria desde el punto de vista ideológico como endeble desde el punto de vista teórico, entre los derechos recogidos en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, de 1966, y los tutelados por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, aprobado el mismo año.
En el ámbito latinoamericano, no fue mejor la suerte del DIDH a lo largo de la guerra fría. La férrea vigilancia del Departamento de Estado norteameri-cano, sumada a la desinhibida propensión de los gobiernos locales a la ilegali-dad, relegaron la mayor parte de sus disposiciones a simple papel mojado. El propio nombre de la Declaración de Bogotá, que propiciaba una confusa su-perposición entre derechos y deberes y que los presentaba, haciendo uso de un lenguaje excluyente, como derechos del Hombre, constituía acaso un indi-cio de su alcance selectivo y un preanunindi-cio de su fácil neutralización, cuando no simple desprecio, a manos de dictaduras y gobiernos autoritarios de distin-ta laya.
Al hilo de ese contexto, en realidad, el Derecho interno de los Estados y el DIDH siguieron caminos prácticamente paralelos, la mayor parte de las veces desconociéndose o sencillamente aceptando la existencia entre ambos del muro infranqueable que suponía el principio de soberanía externa. Dicho principio, invocado con celo en las soflamas patrioteras de los gobiernos de turno, ga-rantizaba la impunidad de poderes públicos y privados en la violación interna de los derechos humanos. Sin embargo, cedía mansamente cuando se trataba de facilitar vías de acceso al nuevo derecho internacional mercantil alentado pri-mero por la crisis de los setentas y luego por la radical alteración de la geogra-fía internacional producida por el desplome del Muro de Berlín. El llamado
Consenso de Washington,1 a partir de los años ochenta, así como los
posterio-res ensayos de integración económica auspiciados por diversos Tratados de Libre Comercio, revelaron, contra la retórica de la democratización, un retro-ceso de décadas en todo el continente y una creciente subordinación de los derechos elementales de millones de personas a los derechos patrimoniales de unos pocos poderes públicos y sobre todo privados, nacionales y transna-cionales, desprovistos prácticamente de todo límite y control.
Este sombrío panorama, una vez más, bastaría para descartar todo intento de presentar al DIDH como posible guión de un programa garantista de tute-la de los intereses y necesidades elementales de los ciudadanos en general, y de los colectivos más vulnerables en particular, en América Latina. Sin embar-go, a despecho de las adversas condiciones de su irrupción y posterior evolu-ción histórica, es posible identificar intersticios en los que el DIDH ha resul-tado un prometedor instrumento garantista y una frágil aunque concreta vía de protección para los derechos fundamentales de las personas, sobre todo de los más débiles.
En efecto, la ola de democratización que, al menos desde un punto de vista discursivo, ha venido recorriendo el planeta en las últimas décadas, ha traído consigo una cierta recuperación de la idea del Derecho, y sobre todo, del Es-tado de derecho, entendido como una técnica de regulación social basada en ciertos principios indisponibles: división del poder, imperio de la ley y de la Constitución, garantías institucionales básicas para los derechos fundamenta-les, civifundamenta-les, políticos y sociales. A pesar de su modestia, comparado con los regímenes dictatoriales, populistas o simplemente autoritarios, de viejo y nuevo cuño, el programa del Estado de derecho ha introducido en América Latina una aspiración casi revolucionaria. Ello explica, en buena parte, que conscientes de
1 Articulado a partir de la aportación de reputados autores liberal-conservadores como F.
Hayek, el monetarista M. Friedmann y los teóricos de la escuela de elección pública J. Buchanan y M. Olson, y condimentado con el pragmatismo propio de los economistas que trabajan en las grandes organizaciones burocráticas, el Consenso de Washington refleja la opinión del Depar-tamento del Tesoro, la Reserva Federal y el DeparDepar-tamento de Estado de los Estados Unidos, ade-más de los ministros de finanzas de los deade-más países del Grupo de los Siete y de los presidentes de los mayores bancos internacionales. El Consenso se integra con 10 mandatos básicos: 1) disciplina fiscal para la eliminación del déficit público; 2) cambio de las prioridades del gasto público, con superación de los subsidios; 3) reforma tributaria mediante la universalización de la contribución y el aumento de los impuestos; 4) adopción de tipos de interés positivos en términos reales; 5) determinación de las tasas de cambio por los mercados; 6) liberalización del comercio exterior; 7) extinción de las restricciones a la inversión directa; 8) privatización de las empresas públicas; 9) desregulación de las actividades productivas, y 10) aumento de la segu-ridad patrimonial mediante el fortalecimiento del derecho de propiedad.
su fuerte carga positiva en términos de legitimidad, muchos Estados latinoa-mericanos hayan aceptado, a veces a regañadientes, a veces por simple cálcu-lo oportunista, la incorporación progresiva del DIDH como fuente de produc-ción interna de Derecho (en ocasiones con un valor jerárquico superior al de las propias leyes dictadas en el orden nacional e incluso a la propia Constitu-ción, como llegó a declarar la célebre Sala VI costarricense). Al consentir esta transformación normativa, los poderes públicos han desatado, como el apren-diz de brujo, fuerzas que no siempre han sido capaces de controlar. Tras lar-gas décadas de desencuentro, las confluencias entre el Derecho constitucional y el DIDH se han vuelto obligadas desde el punto de vista normativo, auspician-do así creativas vías de retroalimentación, insuflanauspician-do nuevos aires interpre-tativos en textos anquilosados y abriendo paso, en definitiva, a toda una nueva gama de estrategias de tutela de los derechos humanos. De ese modo, si los fracasos experimentados tras la segunda posguerra dejaron pronto en eviden-cia los límites políticos y económicos de los intentos de impulsar la internacio-nalización de los derechos humanos en un mundo repartido entre las grandes potencias, el fin de siglo ha permitido atisbar, no sin cautelas, intersticios para una renovada actuación garantista: aquélla consistente en la progresiva nacio-nalización del DIDH, es decir, en su incorporación y aplicación, no ya sólo por los órganos regionales o internacionales de protección, sino por los propios tribunales y poderes públicos estatales.
Desde un punto de vista formal, la penetración del DIDH en los ordenamien-tos locales arroja nueva luz sobre derechos cuyos contornos han permanecido tradicionalmente sumergidos en un ámbito de penumbras. Ante todo, sobre los derechos invisibles de destinatarios también invisibles para los mecanismos de protección tradicional: los niños, las mujeres, los indígenas, los disidentes ideo-lógicos, religiosos o sexuales, las personas con discapacidad, los inmigrantes pobres; objetos todos, pero nunca sujetos, de las políticas públicas; ciudada-nos de segunda y tercera clase, parias, receptores, si acaso, de concesiones paternalistas, revocables según el humor institucional, pero nunca de auténti-cos derechos, de expectativas estables de tutela de sus intereses y necesidades, de expectativas legítimas sustraídas al capricho discrecional de las burocracias o del mercado.
Y no se trata de una luz simplemente artificial o de retórica evanescente. Lo que el DIDH estipula respecto de los ordenamientos locales son mandatos efec-tivos, normas jurídicas que obligan a los Estados a cumplir con aquello a lo que ellos mismos se han comprometido, no en relación con otros Estados sino ha-cia los individuos y grupos que se encuentran bajo su jurisdicción. Lo que el DIDH ordena, en otras palabras, y no simplemente sugiere, es la eliminación
de todas las formas de discriminación contra la mujer;2 es la consideración
pri-mordial de los intereses superiores del niño en todas las disposiciones que les afecten adoptadas por instituciones públicas o privadas;3 es la adopción por
parte del Estado de todas las medidas, hasta el máximo de los recursos de que disponga, encaminadas a lograr progresivamente, y por todos los medios apro-piados, la plena efectividad de los derechos sociales;4 es la aplicación, en caso
de conflictos entre bienes jurídicos, del principio pro homine, esto es, de la in-terpretación más favorable a la vigencia de los derechos y nunca de la más res-trictiva.
Leídas bajo el prisma del DIDH, nada en las relaciones sociales permanece en su sitio y todo se trastoca. Los fuertes resultan controlados, limitados, y los débiles, compensados, protegidos, promovidos. De poderes impunes, potencial-mente arbitrarios, los poderes públicos y privados devienen poderes responsa-bles. Quedan, por consiguiente, obligados a responder, a dar cuentas por lo que hacen y por lo que no hacen cuando de esas actuaciones o de esas omisiones resulten vulneraciones a derechos ajenos. Queda obligado a responder el po-der administrativo del Estado cuando presta un servicio sanitario defectuoso, cuando por mora desvirtúa y menoscaba el derecho de las personas a un proceso justo. Quedan obligados, legisladores y gobierno, a enfundar las pistolas, a minimizar las intervenciones punitivas y a garantizar a los ciudadanos una coraza de libertad que repela toda tentación del Estado de convertirse él mis-mo, con la excusa de combatir la delincuencia, en un Estado delincuente. Queda obligado el poder judicial a garantizar, frente a los abusos del legislador o del gobierno, que siempre habrá un juez en Berlín, como le gustaba recordar a Radbruch, a motivar sus sentencias, a decir qué es el derecho conforme a las reglas de un discurso racional, razonable y, por lo tanto, también él controla-ble. Quedan obligados por fin, los poderes privados, las empresas, los pres-tadores privados de asistencia sanitaria o de educación, de luz o agua potable, los arrendatarios de vivienda, los propietarios de tierras, a no discriminar a las personas o a los grupos en el acceso a dichos recursos, por razones económi-cas, o de raza, o de religión, o de género, o de origen étnico. Privado o públi-co, amparado en el mercado o en la burocracia, todo poder queda puesto bajo sospecha. La consigna no es caprichosa. De la minimización del poder, de todo poder, depende bien conoce de ello la cosecha de éxitos y fracasos del
Es-2 Vid. Infra artículo 2 de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de
Dis-criminación contra la Mujer
3 Vid. Infra artículo 3 de la Convención sobre los Derechos del Niño.
4 Vid. Infra artículo 2.1. del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y
tado de derecho la expansión de la libertad. De la libertad real, una libertad para todos.
La fundamentación suena convincente. Pero ¿cómo garantizar que llegue, en efecto, a oídos de los poderosos? ¿Cómo conseguir que atraviese su cora-zón de hielo, acostumbrado a años de sordera, a décadas de impunidad y arbi-trariedad? ¿A qué legisladores, a qué funcionarios administrativos, a qué jueces dirigir estos textos? ¿Cómo hacer de estos documentos instrumentos operativos, de uso cotidiano? ¿Cómo salvarlos de una anticipada jubilación en los anaque-les de una biblioteca inservible, en el rincón de los trastos viejos?
Los derechos humanos, como se ha apuntado antes, son estrategias jurídi-cas dirigidas a proteger intereses y necesidades de las personas que se reputan relevantes, cuando no vitales. La necesidad de alimentarse, de expresarse con libertad, de disponer de intimidad, de tener una creencia religiosa determina-da o ninguna. Dicha protección, básicamente, consiste en que esos intereses puedan invocarse de modo que alguien, de algún modo, resulte obligado a no interferir o a actuar positivamente en preservación de los mismos. No hay de-rechos, desde ese punto de vista, sin deberes correlativos, sin sujetos obliga-dos a respetarlos y asegurarlos. Pero no hay sujetos obligaobliga-dos sin sujetos ca-paces de obligar.
Esta última cuestión es clave. ¿Quiénes han de ser los custodios de la apli-cación del DIDH en el derecho interno? ¿Quiénes han de hacer de los textos que aquí se presentan auténticas normas vinculantes? Los poderes públicos, naturalmente. El gobierno, los legisladores y la administración. ¿Y si ellos, como una dilatada experiencia histórica revela, incumplieran esa tarea, o la realiza-ran de manera defectuosa, o subordinándola a intereses mezquinos, o favore-ciendo a su clientela tradicional? Para eso están los jueces. Jueces independien-tes, imparciales aunque no neutrales, empuñando la Constitución en una mano y los tratados internacionales en la otra. ¿Pero si ese juez garantista sólo por casualidad faltara a la cita? ¿Si a la confrontación con otros poderes optara por la complicidad y por las relajadas condiciones de vida aunque no siem-pre de conciencia que depara una actitud displicente frente a los derechos constitucionales, que no son sino los derechos de los sin derechos, de quienes carecen de ellos? Todavía quedarían las defensorías del pueblo, o las comisio-nes de derechos humanos. Pero los interrogantes serían los mismos. Todo sis-tema institucional de garantía, en la medida de su vinculación más o menos directa con el poder, podría ser interpelado en términos semejantes. Llegados a este punto, los ciudadanos y los potenciales afectados parecen quedarse sólo consigo mismos. Pero contemplada con detenimiento no es una mala alterna-tiva. Más aun, es la única realista frente a las ilusiones politicistas y juridicistas
de todo tipo. Centrada en los ciudadanos, la garantía de los derechos humanos no se supedita ya, ni tanto ni tan sólo a las respectivas previsiones técnico cons-titucionales o de la voluntad de los operadores jurídicos como a la existencia de una sociedad alerta, conflictiva y movilizada, capaz de hacerlos valer en, fuera e incluso contra los órganos estatales en su conjunto. Ese, y no otro, es el eficaz legado del artículo 23 de la Constitución francesa del año I: la ga-rantía social consiste en la acción de todos para asegurar a cada uno el disfrute y la conservación de sus derechos.
Sólo la participación y el compromiso de los propios ciudadanos, en efec-to, puede rescatar a los derechos humanos de la inevitable degeneración buro-crática y paternalista que significaría dejarlos al albur de un poder estatal bue-no, dispuesto a autolimitarse de modo desinteresado en tutela de los intereses de los más vulnerables. Del mismo modo, sólo la existencia de un soporte so-cial sólido podría forzar a la jurisdicción a hacer de los derechos mecanismos de contrapeso y de presión sobre legisladores y administraciones de otro modo inertes. En último término, determinadas conquistas en materia de derechos sólo son posibles merced a la interacción entre un apoyo jurisdiccional sostenido y la existencia de una red amplia de colectivos que litiguen en favor de esos de-rechos. Es cierto que desde posiciones escépticas la protección jurisdiccional ha sido concebida, a menudo, bien como un simple parche, es decir, como una barrera ineficaz contra el poder político, bien como una amenaza para las ma-yorías democráticas. Sin embargo, el problema de estas posturas es que se tra-ta de críticas incondicionadas.
Bajo ciertas condiciones, en efecto, la actuación de los jueces puede ser antidemocrática, o un simple parche. Por ejemplo, si sólo los grandes grupos económicos, o los más pudientes, tienen la capacidad financiera y de organiza-ción para movilizar en su favor los derechos constitucionales. En ese caso, sólo los derechos que les interesan serán aplicados y desarrollados en sede jurisdic-cional. Los derechos del resto de la población, en cambio, quedarían reduci-dos a simples aspiraciones sobre el papel. Sin embargo, si existe una ciudada-nía activa y movilizada en favor de los derechos, y esa movilización cuenta con un soporte legal de base amplia, esto es, con abogados y organizaciones cívi-cas capaces de articular sus demandas, no como vagas consignas morales sino como concretos reclamos al poder como consecuencia de derechos que han sido vulnerados, el desarrollo de una conciencia jurisdiccional en materia de dere-chos sociales puede surgir. Provocada por una movilización legal profunda y sostenida, la atención jurisdiccional a los derechos puede ser intensa. En con-diciones en las que las estructuras de soporte de los derechos sean superficia-les y débisuperficia-les, las posibilidades de atención jurisdiccional tenderán a ser
inter-mitentes e inefectivas. Ni una Constitución escrita, por lo tanto, ni la simple existencia de jueces sensibles a los intereses de los más débiles, son suficien-tes. Sólo la democratización del acceso a la agenda judicial y el apoyo de una sociedad civil activa y movilizada pueden corregir e invertir la natural debili-dad de los derechos sociales.
Por eso, una democracia constitucional debería centrar sus esfuerzos no sólo en reformar o introducir las garantías constitucionales existentes, o en selec-cionar a los jueces encargados de interpretarlas y aplicarlas, sino también en incentivar una estructura social litigante, capaz de defender y desarrollar esos derechos en la práctica. En todos estos casos, así como en aquellos que suponen demandas hechas por asociaciones civiles, por comunidades, por defensorías del pueblo o por comisiones de derechos humanos, no basta con descargar a los individuos y a los grupos de su tarea mediante una representación adecua-da, sino que además es preciso implicarlos en la percepción y defensa de sus propios intereses. En otras palabras, si se quiere evitar que se refuerce el tradi-cional paternalismo estatal latinoamericano, los ciudadanos afectados han de poder considerar y experimentar la organización de su protección jurídica como un proceso político. Son ellos mismos quienes deben participar en la construc-ción de contrapoderes y en la articulaconstruc-ción de sus intereses sociales.
Ése es precisamente, el objetivo de los documentos aquí compilados y, en medida mucho más modesta, de esta introducción. Ponerlos al servicio, no ya de quienes a pesar de su alborotado parloteo garantista han labrado un inequí-voco currículo de desprecio frente a los derechos humanos y sus mecanismos de tutela, sino de aquellos que, en último término, son los únicos que pueden hacer, de los derechos humanos, derechos que sean tomados en serio. En oca-siones, es verdad, los grupos más vulnerables que han ganado las reglas jurí-dicas pueden ser cooptados por los más poderosos. Pero también los fuertes que las han concedido para poder cooptar están expuestos a verse socavados por su potencial de radicalismo. Así, cuando la Constitución o el DIDH prometen libertad de expresión, educación, asistencia sanitaria o vivienda digna para todos, no sólo escamotean a las personas la percepción de sus carencias, de su falta de libertad y de su desigualdad real frente a otros. También legitiman su re-clamo por la igualdad. El carácter ideológico del derecho adquiere por tanto un doble papel: por una parte, reconduce las relaciones de poder y las afianza; por la otra, al legitimar el reclamo, posibilita la reformulación y la transforma-ción garantista de las mismas.
Con acerada ironía, el poeta Roque Dalton solía recordar que todos los paí-ses de América Latina tienen una de las Constituciones más avanzadas de América Latina. De quedar en mero reconocimiento formal, un juicio similar
podría llegar a extenderse al propio DIDH. Ese temor, desafortunadamente respaldado por las duras lecciones de la historia, es el que inspira las palabras de advertencia con las que se abrían estas líneas. Y es también el que condi-ciona la utilidad de estos textos a su apropiación, no ya por parte de los exper-tos, sino de los propios ciudadanos en general, y de los grupos más vulnera-bles en particular. De esa tarea de apropiación, precisamente, han dependido las victorias, escasas pero relevantes, que el DIDH ha deparado a las luchas contra la impunidad y la arbitrariedad del poder llevadas adelante en Argenti-na, Guatemala, Brasil o Perú. Pues más allá del irrenunciable y hoy con fre-cuencia abdicado papel de crítica y difusión que pueda caberle a intelectua-les, profesores, estudiantes, juristas, y operadores del Derecho en general, son los propios afectados por el atropello de los derechos humanos: mujeres, indíge-nas, trabajadores, campesinos, personas con discapacidad, quienes, en último término, han de acometer la tarea de defensa de los mismos, participando de manera activa tanto en la tarea de su interpretación como en la de su aplicación concreta. Es posible, ciertamente, que nada de eso ocurra. Pero si no lo hacen, si no se convierten en actores y sí en simples espectadores de su propia histo-ria, nadie lo hará por ellos.
Antes de terminar este prólogo quizá sea oportuno explicar el contenido concreto que se encuentra en las páginas que siguen y el eventual interés que pueda tener para los sujetos de los derechos y para todos los actores que se encuentran involucrados en su aplicación práctica en México.
En la primera parte se contienen diversos textos (declaraciones, tratados y convenciones) de DIDH. Son normas ampliamente difundidas, aunque no del todo conocidas ni comprendidas en México; todas ellas conforman el tronco fundamental del DIDH contemporáneo. En términos del artículo 133 de la Constitución de 1917 su contenido es obligatorio para las autoridades mexi-canas, tanto para las federales como para las locales. Son superiores incluso, como ha afirmado una reciente tesis jurisprudencial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (tesis LXXVII/99), a todo el derecho federal y a todo el derecho local.
En la práctica, por desgracia, el conocimiento que los juristas tienen de los tratados es más bien escaso; y su utilización en las demandas y, lo que es más importante, en las sentencias de los diversos órganos jurisdiccionales no es fre-cuente. Hay jueces y magistrados, sobre todo en el ámbito de las entidades federativas, que incluso se niegan a aplicar los tratados internacionales, pese a que son invocados en ocasiones por las partes en un juicio y a que sin duda al-guna son derecho vigente en México. Tampoco en las actuaciones cotidianas de las comisiones de derechos humanos el DIDH tiene la importancia que merece.
Por eso consideramos de la mayor relevancia volver a publicitar los textos de la primera parte de este libro. El objetivo no es otro más que el darlos a conocer, difundirlos lo más posible a fin de que sus destinatarios los puedan hacer valer, convirtiendo en realidad el anhelo de la ya mencionada garantía social de los derechos.
En ese nivel primario nos seguimos moviendo en América Latina: el de hacer que los textos jurídicos puedan ser simplemente conocidos. Pero no es poco, pese a lo que podría parecer. Frente a ordenamientos jurídicos como lo es el mexicano completamente opacos y por años conocidos e instrumen-talizados solamente por ciertas elites ilustradas, la tarea de difusión jurídica es quizá la más útil que podemos emprender en el corto plazo y puede suponer, bien utilizada, el comienzo de un cambio de importantes dimensiones.
La segunda parte del libro comprende una serie de observaciones genera-les dictadas por diversos comités de la ONU, instituidos todos ellos en el mar-co de los propios tratados y declaraciones mar-contenidos en la primera parte. Las observaciones generales constituyen, toda proporción guardada, una especie de jurisprudencia de los órganos internacionales. Su contenido permite explorar las consecuencias normativas que se desprenden de disposiciones concretas del DIDH, desmenuzando las obligaciones específicas que corresponden a los Estados parte, haciendo sugerencias para la presentación de los informes que exigen diversos tratados, explicando estrategias maximizadoras de los derechos, delineando posibilidades de actuación en lo inmediato, etcétera.
Si los tratados y declaraciones son, como hemos apuntado, poco conocidos en México, las observaciones generales lo son del todo. Hasta donde tenemos noticia no se han sistematizado en una publicación destinada al público abier-to. La lectura conjunta de los pactos y convenciones y de su correspondiente interpretación a través de las observaciones generales puede ser de enorme utilidad, pues permitirá introducir pautas argumentativas bien construidas tanto por parte de los abogados y jueces que conozcan de problemas jurisdicciona-les, como por las comisiones de derechos humanos en sus recomendaciones. La tercera parte incluye una selección de las Opiniones Consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que depende de la OEA y tiene su sede en San José de Costa Rica. México había reconocido desde años la competencia consultiva de la Corte (que es de la que emanan, precisamente, las Opiniones Consultivas) y hace poco depositó el instrumento de reconoci-miento de la competencia contenciosa. Dicho reconocireconoci-miento supone un paso adelante de la mayor importancia para México, que por años se había negado a darlo a pesar de que importantes juristas mexicanos han tenido y siguen te-niendo un papel de primer orden en los trabajos de la Corte. Los criterios que
se contienen en las Opiniones Consultivas no solamente sirven para conocer la interpretación que la Corte ha hecho de algunos preceptos de la Convención Americana de Derechos Humanos (el llamado Pacto de San José de 1969), sino también para ir comprendiendo la forma en que razonan sus jueces. Es probable que en el futuro inmediato México sea llevado en repetidas ocasio-nes ante la jurisdicción de la Corte. No hay nada de malo en ello. Al contrario, el participar plenamente en el sistema interamericano de derechos humanos es algo que siempre será positivo y que muestra la intención de caminar, más allá de la simple retórica, hacia la universalización efectiva de los derechos funda-mentales. Para ser utilizado en los casos en que México sea parte es importan-te ir conociendo el trabajo que por años ha desarrollado la Corimportan-te, de tal forma que se aprovechen sus propios razonamientos para poder exigir responsabili-dades con mayor contundencia.
Finalmente, en forma de anexos se incluyen tres textos que, sin ser hasta el momento de escribir estas líneas derecho vigente en México (solamente uno de ellos lo podrá ser en el futuro cercano), suponen marcos de referencia im-portantes para el DIDH. La Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea ha venido a cubrir, al menos en parte y pese a la indefinición acerca de su plena exigibilidad jurídica, un antiguo reclamo de las sociedades que conforman la Unión Europea: el de tener una especie de parte dogmática dentro del incipiente constitucionalismo europeo que había atendido fundamen-talmente cuestiones de carácter organizativo.5 El Estatuto de Roma por el que
se crea el Tribunal Penal Internacional, que es el segundo de los tres documen-tos contenidos como anexos, marca un momento sin duda importante en la evolución del DIDH. La posibilidad de contar con una jurisdicción penal supra-nacional, con todas las limitaciones que se quiera y que en efecto tiene el Es-tatuto como consecuencia de la actitud mezquina de algunos países que acu-dieron a la conferencia que le dio vida con la encomienda de boicotearla, supone de entrada una amenaza importante para dictadores y tiranuelos de todo tipo. El tercer documento que conforma los anexos es quizá, junto con la Constitu-ción norteamericana de 1787, el primer cimiento del moderno constituciona-lismo: la Declaración francesa de 1789. En ella se encuentran las definiciones básicas que por siglos han orientado la tarea de los juristas comprometidos con los valores de la libertad y la igualdad: desde los límites a la ley hasta los
5 Para una visión introductoria ver Rubio Llorente, Francisco, El constitucionalismo de los
Estados integrados en Europa en Rubio Llorente, Francisco y Daranas Peláez, Mariano (edi-tores), Constituciones de los Estados de la Unión Europea, Barcelona, Ariel, 1997.
componentes mínimos que debe tener un Estado constitucional para poder ser considerado como tal.
Queremos hacer constar, a nombre de los presentadores y de los compila-dores, nuestro agradecimiento a la Comisión Nacional de los Derechos Huma-nos por haber apoyado este proyecto editorial. La tarea de la Comisión es muy importante para México y en ella debemos participar todos los que considera-mos a los derechos humanos como una causa y no como una simple ocupación. Ojalá que los textos que se encuentran en las páginas que siguen logren sumar adeptos para dicha causa.
Por último, debemos mencionar que para la compilación de los documen-tos aquí presentados, se utilizaron las siguientes direcciones electrónicas: Tra-tados, http://www.unhch.ch/spnish/html/intlinst_sp.htm; Convenio 182, http:/ /ilolex.ilo.ch:1567/scripts/convds.pl?query=C182&query1=182&submit =Visualizar; Convenio 143, http://www.ilo.org/public/spanish/standards/norm/ sources/reprforms/pdf/22s143.pdf; Carta Europea de Derechos Humanos, http:/ /www.europarl.es/derechos/texto_carta.html; Convención Americana de De-rechos, Protocolo de San Salvador, Protocolo relativo a la Abolición de la Pena de Muerte, y Convención de Belém do Pará, http://www.oas.org/defaultsp.htm; Estatuto de la Corte Penal Internacional, http://www.derechos.net/doc/tpi.html; Comentarios, http://www.unhchr.ch/tbs/doc.nsf/(Symbol)/c7bec49d7156955 ac1256a8b00557852?Opendocument, y Opiniones Consultivas, http://www. corteidh.or.cf/info_general/info_8.html.
PREÁMBULO
Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana,
Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad; y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hom-bre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del te-mor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creen-cias,
Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión,
Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amis-tosas entre las naciones,
Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el va-lor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres; y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad,
Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y
Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso,
[29]
* Adoptada y proclamada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidasen su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948.
La Asamblea General
Proclama la presente Declaración Universal de Derechos Humanos como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacio-nal e internacionacio-nal, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territo-rios colocados bajo su jurisdicción.
Artículo 1
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, do-tados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
Artículo 2
Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, naci-miento o cualquier otra condición.
Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, ju-rídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.
Artículo 3
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
Artículo 4
Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.
Artículo 5
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degra-dantes.
Artículo 6
Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su per-sonalidad jurídica.
Artículo 7
Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protec-ción de la ley. Todos tienen derecho a igual protecprotec-ción contra toda discri-minación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discrimi-nación.
Artículo 8
Toda persona tiene derecho a un recurso efectivo, ante los tribunales naciona-les competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamen-tales reconocidos por la constitución o por la ley.
Artículo 9
Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado. Artículo 10
Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída pú-blicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal.
Artículo 11
1. Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en juicio público en el que se le hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa.
2. Nadie será condenado por actos u omisiones que en el momento de cometerse no fueron delictivos según el Derecho nacional o internacional. Tampoco se impondrá pena más grave que la aplicable en el momento de la comisión del delito.
Artículo 12
Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ata-ques.
Artículo 13
1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país.
Artículo 14
1. En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a dis-frutar de él, en cualquier país.
2. Este derecho no podrá ser invocado contra una acción judicial realmente originada por delitos comunes o por actos opuestos a los propósitos y princi-pios de las Naciones Unidas.
Artículo 15 1. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad.
2. A nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad.
Artículo 16
1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.
2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.
3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.
Artículo 17
1. Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. 2. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad.
Artículo 18
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colec-tivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.
Artículo 19
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este de-recho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fron-teras, por cualquier medio de expresión.
Artículo 20
1. Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas. 2. Nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación.
Artículo 21
1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directa-mente o por medio de representantes libredirecta-mente escogidos.
2. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país.
3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrar-se periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto celebrar-secreto u otro pro-cedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.
Artículo 22
Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacio-nal, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satis-facción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.
Artículo 23
1. Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.
2. Toda personal tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual.
3. Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquie-ra otros medios de protección social.
4. Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses.
Artículo 24
Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una li-mitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas.
Artículo 25
1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, in-validez, viudez, vejez y otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.
2. La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia espe-ciales. Todos los niños, nacidos de matrimonio o fuera de matrimonio, tienen derecho a igual protección social.
Artículo 26
1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La ins-trucción elemental será obligatoria. La insins-trucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.
2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad hu-mana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.
3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.
Artículo 27
1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.
2. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, lite-rarias o artísticas de que sea autora.
Artículo 28
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacio-nal en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
Artículo 29
1. Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad.
2. En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y liber-tades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática.
3. Estos derechos y libertades no podrán en ningún caso ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas.
Artículo 30
Nada en la presente Declaración podrá interpretarse en el sentido de que con-fiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.
CIVILES Y POLÍTICOS*
PREÁMBULO
Los Estados Partes en el presente Pacto,
Considerando que, conforme a los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas, la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables,
Reconociendo que estos derechos se derivan de la dignidad inherente a la persona humana,
Reconociendo que, con arreglo a la Declaración Universal de Derechos Humanos, no puede realizarse el ideal del ser humano libre en el disfrute de las libertades civiles y políticas y liberado del temor y de la miseria, a menos que se creen condiciones que permitan a cada persona gozar de sus derechos civi-les y políticos, tanto como de sus derechos económicos, sociacivi-les y culturacivi-les, Considerando que la Carta de las Naciones Unidas impone a los Estados la obligación de promover el respeto universal y efectivo de los derechos y liber-tades humanos,
Comprendiendo que el individuo, por tener deberes respecto de otros indi-viduos y de la comunidad a que pertenece, tiene la obligación de esforzarse por la consecución y la observancia de los derechos reconocidos en este Pacto,
Convienen en los artículos siguientes:
[37]
* Adoptado y abierto a la firma, ratificación y adhesión por la Asamblea General de la Or-ganización de las Naciones Unidas en su resolución 2200 A (XXI), de 16 de diciembre de 1966. Entrada en vigor: 3 de enero de 1976, de conformidad con el artículo 27. Vinculación de Méxi-co: 23 de marzo de 1981. Adhesión. Aprobación del Senado: 18 de diciembre de 1980, según decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 9 de enero de 1981. Publicación Diario Oficial de la Federación: 12 de mayo de 1981.
PARTE I
Artículo 1
1. Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural.
2. Para el logro de sus fines, todos los pueblos pueden disponer libremente de sus riquezas y recursos naturales, sin perjuicio de las obligaciones que de-rivan de la cooperación económica internacional basada en el principio del beneficio recíproco, así como del derecho internacional. En ningún caso po-drá privarse a un pueblo de sus propios medios de subsistencia.
3. Los Estados Partes en el presente Pacto, incluso los que tienen la responsa-bilidad de administrar territorios no autónomos y territorios en fideicomiso, pro-moverán el ejercicio del derecho de libre determinación, y respetarán este derecho de conformidad con las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas.
PARTE II
Artículo 2
1. Cada uno de los Estados Partes en el presente Pacto se compromete a respe-tar y a garantizar a todos los individuos que se encuentren en su territorio y estén sujetos a su jurisdicción los derechos reconocidos en el presente Pacto, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cual-quier otra condición social.
2. Cada Estado Parte se compromete a adoptar, con arreglo a sus procedimien-tos constitucionales y a las disposiciones del presente Pacto, las medidas opor-tunas para dictar las disposiciones legislativas o de otro carácter que fueren ne-cesarias para hacer efectivos los derechos reconocidos en el presente Pacto y que no estuviesen ya garantizados por disposiciones legislativas o de otro carácter. 3. Cada uno de los Estados Partes en el presente Pacto se compromete a garantizar que:
a) Toda persona cuyos derechos o libertades reconocidos en el presente Pacto hayan sido violados podrá interponer un recurso efectivo, aun cuan-do tal violación hubiera sicuan-do cometida por personas que actuaban en ejer-cicio de sus funciones oficiales;
b) La autoridad competente, judicial, administrativa o legislativa, o cualquie-ra otcualquie-ra autoridad competente prevista por el sistema legal del Estado, de-cidirá sobre los derechos de toda persona que interponga tal recurso, y desarrollará las posibilidades de recurso judicial;
c) Las autoridades competentes cumplirán toda decisión en que se haya es-timado procedente el recurso.
Artículo 3
Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a garantizar a hom-bres y mujeres la igualdad en el goce de todos los derechos civiles y políticos enunciados en el presente Pacto.
Artículo 4
1. En situaciones excepcionales que pongan en peligro la vida de la nación y cuya existencia haya sido proclamada oficialmente, los Estados Partes en el presente Pacto podrán adoptar disposiciones que, en la medida estrictamente limitada a las exigencias de la situación, suspendan las obligaciones contraí-das en virtud de este Pacto, siempre que tales disposiciones no sean incompa-tibles con las demás obligaciones que les impone el derecho internacional y no entrañen discriminación alguna fundada únicamente en motivos de raza, co-lor, sexo, idioma, religión u origen social.
2. La disposición precedente no autoriza suspensión alguna de los artículos 6, 7, 8 (párrafos 1 y 2), 11, 15, 16 y 18.
3. Todo Estado Parte en el presente Pacto que haga uso del derecho de sus-pensión deberá informar inmediatamente a los demás Estados Partes en el pre-sente Pacto, por conducto del Secretario General de las Naciones Unidas, de las disposiciones cuya aplicación haya suspendido y de los motivos que hayan suscitado la suspensión. Se hará una nueva comunicación por el mismo con-ducto en la fecha en que se haya dado por terminada tal suspensión.
Artículo 5
1. Ninguna disposición del presente Pacto podrá ser interpretada en el sentido de conceder derecho alguno a un Estado, grupo o individuo para emprender actividades o realizar actos encaminados a la destrucción de cualquiera de los derechos y libertades reconocidos en el Pacto o a su limitación en mayor me-dida que la prevista en él.
2. No podrá admitirse restricción o menoscabo de ninguno de los derechos humanos fundamentales reconocidos o vigentes en un Estado Parte en virtud de leyes, convenciones, reglamentos o costumbres, so pretexto de que el pre-sente Pacto no los reconoce o los reconoce en menor grado.
PARTE III Artículo 6
1. El derecho a la vida es inherente a la persona humana. Este derecho estará protegido por la ley. Nadie podrá ser privado de la vida arbitrariamente.
2. En los países en que no hayan abolido la pena capital sólo podrá impo-nerse la pena de muerte por los más graves delitos y de conformidad con leyes que estén en vigor en el momento de cometerse el delito y que no sean contra-rias a las disposiciones del presente Pacto ni a la Convención para la Preven-ción y SanPreven-ción del Delito de Genocidio. Esta pena sólo podrá imponerse en cumplimiento de sentencia definitiva de un tribunal competente.
3. Cuando la privación de la vida constituya delito de genocidio se tendrá entendido que nada de lo dispuesto en este artículo excusará en modo alguno a los Estados Partes del cumplimiento de ninguna de las obligaciones asumi-das en virtud de las disposiciones de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.
4. Toda persona condenada a muerte tendrá derecho a solicitar el indulto o la conmutación de la pena de muerte. La amnistía, el indulto o la conmutación de la pena capital podrán ser concedidos en todos los casos.
5. No se impondrá la pena de muerte por delitos cometidos por personas de menos de 18 años de edad, ni se la aplicará a las mujeres en estado de gravidez. 6. Ninguna disposición de este artículo podrá ser invocada por un Estado Parte en el presente Pacto para demorar o impedir la abolición de la pena capital.
Artículo 7
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degra-dantes. En particular, nadie será sometido sin su libre consentimiento a expe-rimentos médicos o científicos.
Artículo 8
1. Nadie estará sometido a esclavitud. La esclavitud y la trata de esclavos es-tarán prohibidas en todas sus formas.
2. Nadie estará sometido a servidumbre.
3. a) Nadie será constreñido a ejecutar un trabajo forzoso u obligatorio; b) El inciso precedente no podrá ser interpretado en el sentido de que
pro-hibe, en los países en los cuales ciertos delitos pueden ser castigados con la pena de prisión acompañada de trabajos forzados, el cumplimiento de una pena de trabajos forzados impuesta por un tribunal competente; c) No se considerarán como trabajo forzoso u obligatorio, a los efectos de
este párrafo:
i) Los trabajos o servicios que, aparte de los mencionados en el inciso b), se exijan normalmente de una persona presa en virtud de una de-cisión judicial legalmente dictada, o de una persona que habiendo sido presa en virtud de tal decisión se encuentre en libertad condicional; ii) El servicio de carácter militar y, en los países donde se admite la exen-ción por razones de conciencia, el servicio nacional que deben prestar conforme a la ley quienes se opongan al servicio militar por razones de conciencia.
iii) El servicio impuesto en casos de peligro o calamidad que amenace la vida o el bienestar de la comunidad;
iv) El trabajo o servicio que forme parte de las obligaciones cívicas nor-males.
Artículo 9
1. Todo individuo tiene derecho a la libertad y a la seguridad personales. Na-die podrá ser sometido a detención o prisión arbitrarias. NaNa-die podrá ser pri-vado de su libertad, salvo por las causas fijadas por ley y con arreglo al proce-dimiento establecido en ésta.
2. Toda persona detenida será informada, en el momento de su detención, de las razones de la misma, y notificada, sin demora, de la acusación formula-da contra ella.
3. Toda persona detenida o presa a causa de una infracción penal será lle-vada sin demora ante un juez u otro funcionario autorizado por la ley para ejer-cer funciones judiciales, y tendrá derecho a ser juzgada dentro de un plazo razonable o a ser puesta en libertad. La prisión preventiva de las personas que hayan de ser juzgadas no debe ser la regla general, pero su libertad podrá estar subordinada a garantías que aseguren la comparecencia del acusado en el acto del juicio, o en cualquier momento de las diligencias procesales y, en su caso, para la ejecución del fallo.