S SUUMMAARRIIOO Introducción ... 3 1. La enfermedad y el alma ... 5 2. La tierra se abre bajo nuestros pies ... 12 3. El heraldo de la verdad ... 25 4. Como carne podrida en un gancho ... 35 5. El desmembramiento de Procusto ... 43 6. La enfermedad como punto de inflexión ... 53 7. A veces necesitamos historias ... 64 8. Conexiones espirituales ... 79 9. Invocar a los ángeles: la oración ... 93 10. Recetar imaginación ... 104 11. Rituales: la representación del mito ... 115 12. Ayudar al prójimo ... 132 13. Meditaciones ... 144 Agradecimientos ... 156 Bibliografía ... 157 Contraportada ... 158
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El pictograma chino para la “crisis” está formado por los ideogramas de “peligro” y “oportunidad”. Para aquellos a quienes afecta, una enfermedad moral supone una profunda crisis que sacude los cimientos de las concepciones previas. Una crisis de esta naturaleza no atañe sólo a la persona enferma, ni afecta tan sólo al organismo. La condición de postración hace que todos los aspectos de la vida del paciente y todas sus relaciones significativas se precipiten en un período de transición e incertidumbre. Una enfermedad mortal constituye una crisis para el espíritu. Cuando la muerte y la invalidez están próximas, en realidad nos sumergimos en un período de peligro y azares que plantea interrogantes acerca del sentido de la vida y pone a prueba los vínculos interpersonales. Este libro es fruto de una serie de conferencias y seminarios sobre la enfermedad como un descenso del alma al inframundo y la curación que pueda resultar de ello. El mensaje central, que la enfermedad es una experiencia espiritual, fue uno de los motivos que inspiraron una serie de conferencias acerca de mujeres que luchaban contra el cáncer, titulada «Viajes curativos: el cáncer como punto de inflexión», junto al revolucionario libro de Lawrence LeShan, cuyo título sugirió la segunda parte del epígrafe de la conferencia. El cáncer como punto de inflexión era la perspectiva de las cuatro organizadoras; a tres de ellas se les había diagnosticado y tratado el cáncer de mama.
He acompañado a familiares, amigos y pacientes a lo largo de enfermedades y hospitalizaciones que constituyen descensos al inframundo. Es un terreno muy conocido, aunque la entrada de la enfermedad física no es tan familiar como los puntos de acceso psicológico que conducen a personas inmersas en un camino espiritual a un análisis junguiano bajo mi supervisión.
Tanto si la enfermedad mortal es física o psicológica, cuando la depresión ensombrece e influye en el pensamiento y en los actos a menudo la gente se da por vencida y renuncia al futuro. En ese momento no basta con tratar la depresión con medicamentos ni prestar atención únicamente a los aspectos físicos y los síntomas de la enfermedad, cuando el asunto a vida o muerte que subyace a esta cuestión supone renunciar al sentido de la propia vida, en el presente o en el porvenir.
Al haber tenido puentes entre ambos mundos, me resulta fácil advertir las semejanzas físicas y psiquiátricas graves. Antes de ser psiquiatra e incluso ahora, como analista, aún soy, esencialmente, médico. La facultad de medicina y una estancia rotativa en un gran hospital comarcal no fueron un mero proceso educativo: fueron una iniciación. Ser médico del cuerpo o del alma significa habitar los pasajes fronterizos entre la vida cotidiana y el más allá. Una enfermedad mortal concluye una fase de la vida, cuando no la vida misma. El médico del cuerpo o del alma es testigo y partícipe del desenlace.
El impacto de una enfermedad mortal es semejante al de una piedra al caer en la superficie remansada de un lago, la conmoción se proyecta en anillos concéntricos conforme las emociones, los pensamientos y las reacciones irradian desde ese centro. Afecta a las relaciones entre personas, conmueve profundamente a los demás, implica potencialmente al paciente y a cuantos se ven afectados en lo más profundo de sí mismo, en el alma. Cuando el cuerpo o la mente padecen o caen presa de la enfermedad, afloran preguntas espirituales acerca del sentido de la vida. La curación y recuperación puede depender tanto o más de una profundización de las relaciones y de la implicación con la propia vida espiritual que de la pericia médica o psiquiátrica.
En reiteradas ocasiones he aprendido que una enfermedad mortal resulta traumática para todos aquellos a los que concierne, que nos ofrenda la oportunidad de obtener indicios e intuiciones acerca de por qué estamos aquí, y qué y quién nos importa realmente. Esta experiencia, y el fundamento arquetípico que proporciona la mitología, conforman el alma de este libro.
Espero que este volumen sea un compañero interior en tiempos de penuria o dificultad. Puede que llegue a tus manos gracias a la sincronicidad, para afirmar lo que ya conoces intuitivamente y estimularte a emprender aquello que pueda curarte. Me lo imagino leído en voz alta, un capítulo o un fragmento. Espero que abra el camino para una conversación fructífera con los demás y un provechoso diálogo con uno mismo.
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En estancias ruidosas y salas de espera atestadas de clínicas y hospitales comarcales, en silenciosas habitaciones individuales en pabellones hospitalarios o en salas de espera claramente designadas, salas de auscultación u oficinas, dondequiera que haya pacientes, hay dilatados momentos de silencio, pausas, a veces precedidas por un suspiro, una calma pasajera cuando la atmósfera se vuelve pesada. Cuando los ojos del paciente o de los demás miran hacia adentro. Cuando alguien se ensimisma mientras otros conversan o parece encontrarse en otro lugar aun cuando el doctor explica algo importante. A veces he advertido esa misma mirada, con su correspondiente silencio, en el rostro de un doctor o una enfermera. En algunas ocasiones, de pronto toda una habitación se ve anegada por ese mismo silencio profundo; cuando esto ocurría, los antiguos griegos comentaban: «Ha entrado Hermes». Hermes era el mensajero de los dioses y el guía de las almas en su camino al inframundo; los sueños y la adivinación eran invocados bajo sus auspicios. Hoy, cuando esta quietud se aposenta, alguien puede verse tentado a romper el silencio y decir: «Ha pasado un ángel». Inexplicablemente, se produce un sensible y tenue cambio en el aire que tanto los hombres de la antigüedad como los del presente han atribuido a la presencia de mensajeros alados invisibles procedentes de la eternidad. En esos momentos, la imagen o apariencia que vestimos ante el mundo se desvanece y la mente se vacía de sus preocupaciones y responsabilidades, y nos reunimos con nuestra alma.
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La posibilidad y el hecho de una enfermedad seria invoca el alma desde el primer estadio de su desarrollo: puede ocurrir tras recibir la noticia de que los rayos X, los escáneres más sofisticados o muestras enviadas al laboratorio han revelado un trastorno grave, o después de que la propia enfermedad se manifieste con la brusca irrupción de un dolor agudo, desmayos o hemorragias, o tras el descubrimiento de un bulto o mancha sospechosos, o tras haber sobrevivido a un intento de suicidio o a una lesión que provoca una minusvalía. Cuando quiera y como quiera que atravesemos ese umbral entre la enfermedad y la salud, advenimos al reino del espíritu. La enfermedad conmocionan el alma y la hace presente tanto para el paciente como para aquellos a quienes les importa. Perdemos la inocencia, no sabemos vulnerables, dejamos de ser quienes éramos antes de este acontecimiento y nunca volveremos a nuestro estado anterior. Estamos en un territorio inexplorado yno hay vuelta atrás. La enfermedad es un acontecimiento profundamente espiritual, y sin embargo esta realidad se ignora y prácticamente no se aborda. En cambio, todo parece concentrarse en la parte del cuerpo que ha enfermado, ha sido herida, sufre una disfunción o permanece fuera de control. Un hospital tiene mucho en común con un taller de reparación de automóviles. Tiene un personal de especialistas para diagnosticar, reparar o reemplazar lo que sea necesario en el cuerpo físico para dejarlo a punto de nuevo. Se considera que el paciente y quines lo acompañan en la crisis se comportan bien si no interfieren en aquello que los doctores decidan hacer con el cuerpo enfermo. Los pacientes problemáticos (o sus importunos allegados) hacen preguntas, quieren saber lo que está mal y por qué se ha escogido un tratamiento determinado y no otro, incordian al médico con demandas y no se portan de forma adecuada. En el escenario médico la autoridad está claramente definida, con un doctor al mando y otros encargados de cumplir sus órdenes. Un buen paciente, como un buen soldado, es el que coopera y obedece las órdenes. Especialmente si el diagnóstico es cáncer, pero también en otros muchos casos, a menudo la perspectiva del médico es semejante a la de un general ante una guerra: la enfermedad es el enemigo que ha de ser combatido, y el cuerpo del paciente es el campo de batalla.
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Si algo funciona mal en nuestro cuerpo, queremos que lo arreglen. Si algo destructivo avanza en nuestro organismo, queremos detener la enfermedad. Acudimos a médicos y hospitales con la expectativa de que cuidarán de nuestro cuerpo. No esperamos que el alma también se vea involucrada. Sin embargo, una enfermedad mortal apela al alma, requiere recursos espirituales y puede ser una iniciación al reino espiritual que atañe al paciente y a quienquiera que se vea inmerso en el misterio que acompaña la posibilidad de morir. Cuando se vive en el límite –en el reino fronterizo entre la vida y la muerte‐‐, se vive en un tiempo y lugar liminal. Este vocablo proviene de la palabra latina que significa “umbral”. No es una palabra de uso cotidiano; la traigo a colación porque su sentido evoca la experiencia personal del lector y la memoria colectiva de la humanidad, a la que todos tenemos acceso. Cuando participamos en algo que nos cambiará y alterará el modo en que los demás se relacionan con nosotros –como cuando nos casamos, nos alistamos en las fuerzas armadas o nos ordenamos sacerdotes, nos convertimos en médicos o superamos una experiencia traumática‐‐, ésta es una experiencia liminal. Cuando en el nivel físico nos iniciamos en el conocimiento de algo que nos era ajeno –por ejemplo, a través del acto sexual o el embarazo‐‐, cruzamos el umbral. Sin embargo, en ese momento, la toma de conciencia física, mística o espiritual de lo que esta ocurriendo determina su significado como una experiencia del alma. Esto es lo que sucede con una enfermedad mortal, que de un modo semejante atañe al organismo y sin embargo puede afectarnos espiritualmente.La enfermedad, sobre todo cuando existe la posibilidad de morir, nos hace dolorosamente conscientes de lo valiosa que es la propia vida y la vida en general. Se produce un cambio en las prioridades. Advertimos la verdad de lo que importa, quién importa y qué hemos hecho con nuestras vidas, y hemos de decidir qué hacemos ahora que lo sabemos. Las relaciones importantes se ponen a prueba y se fortalecen o se destruyen. Nos cuestionamos nuestras creencias espirituales y religiosas o la ausencia de las mismas. La enfermedad constituye una ordalía tanto para el cuerpo como para la mente, y un período que ha de concluir con su curación.
Hubo un tiempo, o eso parecía, en el que las enfermedades potencialmente fatales eran acontecimientos trágicos inesperados que les sobrevenían a los niños pequeños, y las enfermedades terminales eran fundamentalmente estados crónicos que afectaban a los mayores. Los exámenes médicos y las biopsias han hecho posible diagnosticar enfermedades mortales en una fase temprana y tratarlas agresivamente, de tal modo que los propios tratamientos invasivos suponen un riesgo para la salud y la vida. Ahora muchas personas corren el peligro de morir o quedar impedidas en su madurez. El sida y el cáncer reclaman a tantos en los primeros años de su vida adulta que muchos consideramos que la madurez es un campo de batalla en el que un gran número de individuos caen abatidos a nuestro alrededor; para los que trabajamos en profesiones relacionadas con la salud, el impacto de las cifras es aún más demoledor. Las enfermedades mortales nos golpean de cerca. Una de ellas puede amenazar a nuestra mujer, a nuestro amante, a nuestro hijo o hija, a uno de nuestros padres, a un amigo o a uno mismo.
Ser un paciente obediente y pasivo o el campo de batalla en el que los médicos combaten la contra el reducido grupo de personas que cuestionan la autoridad, ven la vida desde un punto de vista alternativo y comprenden que hay un vínculo entre el cuerpo y la mente. Tanto como paciente o como individuo que asume una responsabilidad y se encuentra emocionalmente ligado a éste, las decisiones que adoptemos o permitamos que otros adopten tendrán consecuencias a vida o muerte. Actuar con miedo o sin confianza, siguiendo los dictados de la intuición o ignorándola, hacer lo que sabemos que es adecuado aun cuando moleste a alguien; estas cuestiones vitales adquieren una inusitada relevancia cuando la muerte y la convalecencia dependen de nuestras decisiones. Además, si la medicina pierde la batalla por la curación, a menudo los doctores abandonan el terreno desahuciando al paciente, que en lo sucesivo es un recuerdo de la derrota.
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Los esfuerzos que implica ser un paciente y padecer una enfermedad física suponen una ordalía que puede tener un efecto transfigurador a un nivel espiritual. Es estrés psicológico es un aspecto esencial de la prueba que ha de atravesar el alma. Cuando en un chequeo rutinario aparece
inesperadamente la posibilidad de una enfermedad seria, se manifiesta una serie de síntomas o es imperativo el ingreso en un hospital, nos pueden asediar los temores y una sensación de vulnerabilidad. Tenemos –justificadamente o no—que nunca volveremos a nuestro anterior estado de salud. Asimismo, los allegados del paciente pueden abrigar éstas o semejantes preocupaciones, o elaborarlas en ausencia del paciente. El modo en que percibimos lo que nos ocurre a nosotros o a un ser querido modela nuestros pensamientos mucho más que la información objetiva. En función de nuestro carácter psicológico, en semejantes circunstancias tenemos tendencia a vivir en el presente o en el futuro, si tratamos de preverlo. Si existe la posibilidad potencial de que una biopsia o un examen médico revelen una enfermedad grave, alguien que vive en el presente a menudo descarta las contingencias aciagas: la actitud de “¿por qué preocuparse?” se instala de un modo natural. Por el otro lado, una persona que proyecte su vida en el futuro, sobre todo si es alguien que se preocupa o es consciente de las probabilidades y de la dimensión de la situación, prácticamente puede asumir que el paciente está muerto y enterrado antes de tener los resultados. Cuando algunas personas caen presa de la angustia del dolor, los impedimentos, la debilidad o las náuseas, esa experiencia desagradable no será sólo momentánea sino que la supondrán interminable, mientras que otras que afrontan los mismos síntomas los vivirán como parte de una etapa difícil que tendrá su fin. Si no se alivia el dolor, o la mente se ve asaltada por pensamientos negativos y obsesivos, hay poco espacio para ocuparse de asuntos espirituales.
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Para atender al alma, la mente ha de aquietarse. Entonces como de una fuente profunda en nuestro interior, podrán emerger los pensamientos, que a menudo no compartimos con nadie. Cuando lo hacemos, el alma se asoma un momento al mundo exterior, y ansiamos compartir sinceramente la profundidad a que nos aboca la enfermedad. Si vamos a morir, nos preguntamos: ¿habrá tenido sentido nuestra vida? ¿Lamentamos algo de lo que hemos hecho o dejado de hacer? ¿Qué queremos hacer con el tiempo que nos resta? ¿Importamos algo? ¿Nos importan algo los seres que han compartido nuestra vida? ¿Existe Dios? ¿Hay un más allá? ¿Qué asuntos pendientes nos reconcomen? ¿Qué pensamientos y recuerdos caídos en el olvido se nos hacen presentes? ¿Qué nos dicen nuestros sueños?
Al expresar cuitas y asuntos de esta naturaleza, desnudamos nuestra alma. En esos momentos nos mostramos desguarnecidos, y muy a menudo, al referirnos a estos demás, los demás tienden a silenciar apresuradamente nuestras palabras con una delgada capa de tranquilidad, a la que respondemos retrayéndonos. Mostrar el aspecto espiritual de uno mismo perturba a aquellos que habitan en aguas más calmas. Las preguntas de naturaleza espiritual son aquellas que las personas
adictas al trabajo, al alcohol o a actividades frívolas conjuran mediante sus adicciones. No se atreven a ahondar en esas dudas, tal como nosotros las expresamos.
En ocasiones nos sorprenden ensimismados, absortos en lo más recóndito de nosotros mismos –en un recuerdo o pensamiento, una emoción, una intuición o un razonamiento‐‐, y alguien nos pregunta: «¿Qué estás pensando?». Entonces nos retraemos tímidamente, o bien expresamos nuestros temores en voz alta, y nos es grato encontrar un alma afín. Un amigo del alma es un santuario, alguien a quien podemos decir la verdad de lo que sentimos, sabemos o percibimos. Cuando expresamos algo de profundidad espiritual, los demás no pueden desdeñarlo. Minimizarlo, negarlo o tomárselo personalmente; lo que decimos ha se ser acogido, escuchado, aceptado y sostenido, como en una matriz que pueda desarrollar y traer enteramente a la conciencia cuanto nos importa y la imagen que tenemos de nosotros mismos
Esos momentos de calma, cuando la mirada parece interiorizarse, se manifiestan en silencios elocuentes, momentos en los que entramos en comunión con nuestras percepciones y pensamientos más recónditos o albergamos una sensación o imagen que puede ser efímera; el ánimo oscila y, al tratar de apresarlo, lo que hemos aprehendido por un instante puede desvanecerse como un retazo de sueño.
La premisa de este libro es que la enfermedad puede invocar al alma y que el reino espiritual es semejante al sueño o la ensoñación, una fuente de sabiduría y significación personal que puede transformar la vida y curarnos. Esto no quiere decir que la enfermedad sea bienvenida. Sólo puede ser valorada retrospectivamente por aquellos para los que supuso una experiencia espiritual, pero asumir esta perspectiva hará que su potencial resulte más prometedor.
El restablecimiento de la salud del alma y del cuerpo puede darse o no simultáneamente; puede advenir la curación y que el cuerpo no sobreviva. Después de todo, la vida es una situación Terminal. La cuestión es cómo y cuándo moriremos, no si hemos de morir. La enfermedad nos priva de nuestra vida y asuntos cotidianos y nos enfrenta a grandes interrogantes y a la oportunidad de acceder a un conocimiento espiritual que puede transformar la situación y a nosotros mismos. Las oraciones y los ritos que cumplimos ayudan a concentrarnos y acceder a energías espirituales.
En un nivel espiritual podemos advertir claramente lo que importa y reconocer la realidad de nuestra situación personal. Nos hacemos conscientes de que somos seres espirituales abocados a una senda humana antes que seres humanos que pueden seguir un camino espiritual. Reconocemos lo que es sagrado y eterno. Desde una perspectiva espiritual, una enfermedad, aun terminal, es un indicio, una tapa liminal en la que nos encontramos entre el mundo cotidiano y el mundo invisible.
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Creo que en cada enfermedad concreta, así como en cada vida individual, las preguntas espirituales son idénticas: ¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué hemos de curar? ¿Qué y a quién hemos amado? ¿Para qué estamos aquí? Preguntas que tienen que ver con la esencia de lo que somos. Estoy convencida de que la enfermedad es una llamada a la conciencia (algunos dirán que es una llamada al despertar), que implica un descenso a las profundidades y una exposición a cuento tememos. He visto cómo la enfermedad desenterraba los afectos y revelaba fortaleza de carácter, y soy consciente de que constituye una oportunidad para el crecimiento espiritual. O no. Creo que los cuentos y los mitos, los sueños y las experiencias místicas pueden tornarse más vívidos durante las enfermedades, y que incorporar el conocimiento espiritual emanado de esas fuentes a la vida cotidiana hace que tanto la vida como la muerte adquieran sentido.
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La primera vez que fui consciente de que la enfermedad era una experiencia tanto corporal como espiritual fue cuando tenía poco menos de treinta años. Acababa de empezar mis prácticas psiquiátricas, y solicité una excedencia de seis meses para estar con mis padres cuando mi padre volvió a casa para morir. Había perdido una larga y heroica lucha para superar el cáncer que había extenuado su organismo, e incluso cuando la medicina ya había agotado todos sus recursos, su deseo de vivir le hizo seguir adelante durante muchos meses más. Con todo, cuando murió abrió desmesuradamente los ojos y su rostro se iluminó de alegría. Estoy segura de que vio algo que yo no podía ver; confío en mi percepción y agradezco profundamente el don de haber visto aquello. Él estaba allí y al momento siguiente se había ido. Sólo quedó un cuerpo vacío; su alma lo había abandonado. El cadáver estaba templado, y probablemente muchas células continuaban trabajando unos segundos más tarde, pero él –su alma—ya no estaba allí. Su sufrimiento había concluido, y el cuerpo que quedaba era como ropa vieja, usada y raída, conocida poro ya inútil para la persona que otrora la vistiera. Su rostro me dijo que había algo hermoso que contemplar a la hora de la muerte, y la etapa previa de la agonía me hizo pensar que este momento también era relevante. Con sólo una vía respiratoria, hablar le era difícil, y en los últimos meses pareció que su mundo interior lo absorbía. Seguramente murió tras permanecer con vida el tiempo necesario para hacer lo que tuviera que hacer en el umbral entre este mundo y el siguiente. Los moribundos se pasan los días como los recién nacidos, durmiendo y soñando, con sus necesidades básicas al cuidado de los demás; el sueño, el ensimismamiento y los momentos de lucidez y conversación no sólo han de suavizar la transición sino que han de servir para sanar el espíritu.
En los años posteriores a su defunción, mi hijo, mi madre y amigos muy cercanos han vivido crisis médicas y quirúrgicas. Descubrí que cuando se somete a un niño a una operación seria, la madre siente su propia vulnerabilidad y la de su hijo, quizá como en ninguna otra relación; esto también ocurrió en el caso de mi hijo, que frisaba la edad adulta, una ordalía que revistió los elementos de una iniciación a la virilidad y fue claramente un viaje espiritual. La perspectiva de la que le hice consciente facilitó que su experiencia adoptara un cariz diferente. Cuando mi madre, a sus ochenta y cinco caños, enfermó de gravedad, dio la impresión de que era el principio del fin, que era lo que ambas pensábamos hasta que se recuperó completamente y se reincorporó a su vida independiente en el terreno profesional y personal. Creo que cuando hice y dije inclinó la balanza y marcó la diferencia, aunque fue ella quien, en un nivel espiritual, decidió vivir, y su organismo fue capaz de recuperarse. Las crisis médicas y quirúrgicas que atravesaron mis amigos más cercanos me afectaron como sólo pueden afectarnos aquellos a los que amamos; nos trajeron el conocimiento de cuán efímera puede ser nuestra propia vida.
Todos los que acudieron a mi consulta para analizarse me hablaron de los temas que más les afectaban. Contemplar la profundidad y envergadura de esta experiencia me convenció de que a lo largo de toda la vida es imposible no verse directa o indirectamente afectado por enfermedades potencialmente fatales o incapacitadotas: nos puede pasar y nos pasará a nosotros o a quienes nos rodean. Tanto si somos el paciente o un testigo, cuando la dolencia invade nuestro círculo íntimo provoca una tremenda conmoción. Las enfermedades mortales condicen a los pacientes, a quienes los aman y a quienes lo tratan al reino del espíritu.
Esas enfermedades a menudo nos toman por sorpresa. El cambio entre la salud y la enfermedad puede suceder tan repentinamente que nos deja anonadados y sin palabras ante la gravedad de aquello en lo que nos hundimos. El consejo de alguien familiarizado con el tema quizá proporcione alguna orientación: imágenes y metáforas que reflejan lo que concibo como un punto de partida para la reflexión o la base para un diálogo con el otro en un nivel espiritual. Ya sea repentina o gradualmente, una enfermedad mortal tiene el poder de destruir toda ilusión y mostrarnos lo que realmente importa, quizá por vez primera en nuestras vidas.
Que la adversidad de la enfermedad, la proximidad de la muerte y el conocimiento de que no controlamos la situación nos lleven a la esencia de las cosas significa acercarnos al fundamente de lo que somos como individuos únicos y como seres humanos. Como en los rayos X, donde los huesos son la parte más visible debido a que son los elementos más duros e indestructibles del organismo, del mismo modo la adversidad revela las eternas y por ello inalterables cualidades del espíritu.
I II.I. LLAA TTIIEERRRRAA SSEE AABBRREE BBAAJJOO NNUUEESSTTRROOSS PPIIEESS Cuando hay un antes y un después, cuando se da un acontecimiento que marca el momento en el que la vida cotidiana se precipita a su fin, lo que a menudo ocurre con los asuntos médicos, el cambio acontecido tienen la fuerza de un desastre natural, un terremoto personal que sacude el suelo que nos sostiene. Antes del diagnóstico, antes de la operación o el accidente, antes del descubrimiento de que algo no marcha bien, vivimos en la inocencia o la desidia. Entonces todo sufre una mudanza, y creemos que ya nada volverá a ser igual. A este respecto acaso sintamos lo que Perséfone1, la doncella de la mitología griega que estaba recogiendo flores en el prado cuando la tierra se abrió ante ella, y de la brecha más profunda y oscura emergió Hades, el señor del inframundo, con su carro arrastrado por caballos zainos, presto a secuestrarla. Tomó a Perséfone consigo, y ella gritó de pavor cuando circundaron el prado, y a continuación los caballos y el carro, transportando a Hades y a la aterrada Perséfone, se hundieron por donde habían venido, y la tierra volvió a cerrarse como si nada hubiera pasado.
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En un principio, Perséfone se preocupaba por recoger hermosas flores; el cielo era azul, el sol cálido, y todo estaba en orden. Al poco se encontraba en el inframundo y todo había cambiado. Le arrebataron su inocencia y su seguridad: se encontraba desvalida y a merced de fuerzas más allá de su conocimiento. Este mito se aplica a todos nosotros. Perséfones es el lado inocente de mujeres y hombres y ancianos, que se encuentra en Hades al responsable del incesto, la violación, el rapto, la traición, de todo acto imprevisible e inesperadamente que nos sacude y nos hace conscientes de nuestra fragilidad física o emocional. Hades es también el acontecimiento simbólico que nos expone a un conocimiento específico del bien y del mal. Antes de la aparición de Hades, nos sentimos a salvo; una vez que ha llegado, dejamos de estarlo. Cuando la prueba del sida da positivo o una biopsia revela la existencia de una cáncer, sea cual sea el medio a través del que nos enteramos de la enfermedad mortal, el efecto 1Para una versión más amplia acerca del mito, véase Jean Shinoda Bolen, Demeter and Persephone: The Abductión into the Underworld. Boulder, Colorado: Trae Recordings, 1992, casete.
es el mismo: Perséfone –ala asunción de la juventud y la salud, la seguridad y la inmunidad ante la enfermedad y la muerte—ha sido violada y conducida al inframundo.
Para muchos de nosotros, la metáfora poética refleja nuestros sentimientos y es un medio gracias al cual expresamos percibimos y comprendemos el sentido de una experiencia. La enfermedad como un descenso del alma al inframundo es una metáfora que lega a la mente intuitiva y al corazón una comprensión profunda que de otro modo no alcanzaríamos conscientemente. También se da en el lenguaje del alma.
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Cuando una enfermedad grave se manifiesta o es posible, cuando alguien a quien amamos o nosotros mismos ha de ser hospitalizado para la observación, el diagnóstico o el tratamiento, este hecho puede asimilarse metafóricamente a un secuestro en el inframundo –ese reino subconsciente o inconsciente‐‐, donde nos asaltan temores y debilidades que normalmente dominamos y mantenemos a raya: acaso estemos expuestos al temor a la muerte o al dolor, a la amputación, la dependencia, la deformación, la locura y la depresión. La posibilidad de encontrarnos gravemente enfermos o impedidos nos expone a temores y realidades que tienen que ver con la pérdida de las relaciones, el trabajo, la virilidad o feminidad, las oportunidades vitales y los sueños; tenemos ser un lastre, económicamente o de otro modo; tememos por nuestros hijos u otros seres que dependan de nosotros; nos aterra no volver a ser quienes éramos, y en ocasiones estos temores se agravan en función del trato que nos brindan los demás o por nuestra reacción cuando los miedos de la infancia se suman a las ansiedades de la vida adulta. Podemos hundirnos en el pozo de la autocompasión o encenagarnos obsesivamente con la pregunta «¿Por qué a mí?»A menudo se trata a las personas enfermas o potencialmente enfermas como si fueran niños, sobre todo a las mujeres. Los médicos frecuentemente hablan de nosotros como si no estuviéramos ahí. Si alborotamos, no somos buenos pacientes. Todos se vuelcan en el problema médico, no en la psique: el mensaje que se transmite al paciente es que oculte sus temores y ponga buena cara; «Sé buena chica» o «Compórtate como un hombre», y haz cuento el médico te diga. No se espera que te muestres irritado o cuestiones la autoridad. Te encuentras en el inframundo de tus temores, pero has de evitar hablar de ellos. Si te enfadas o muestras autocompasión, si te dejas arrastrar por las emociones, si quieres que los médicos y enfermeras presten atención a tus sentimientos, te estás convirtiendo en un problema. Atender a las emociones lleva tiempo, y cuando apenas hay tiempo para hacer las revisiones y si hay muy poco tiempo asignado a cada paciente, a menudo se considera que un enfermo o allegado que requiere o precisa explicaciones detalladas o que lo tranquilicen lo que necesita es atención psiquiátrica.
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El inframundo también puede ser un estado mental que se asemeja al reino de Hades, en el que la secuestrada Perséfone permanece cautiva. Es un mundo lóbrego habitado por las sombras de los muertos, que son reconocibles pero carecen de sustancia, espectros desvaídos como hologramas o recuerdos desprovistos de emoción. Cuando nos exiliamos de nuestras emociones, ingresamos en el reino de la depresión, al que puede abocarnos la enfermedad y el esfuerzo por reprimir todo sentimiento y temor. Entonces actuamos como si fuéramos objetos pasivos, inanimados y sumisos. El diagnóstico de una enfermedad mortal y la urgencia de responder de inmediato a las opiniones médicas acerca de lo que conviene hacer nos incita a separarnos de nuestras emociones. Ya lo origine una depresión o una dislocación, el resultado suele ser el mismo. Exiliado de sus emociones, el individuo asume la imagen del buen paciente que ingresa en el hospital como si fuera un taller de reparación de automóviles.
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El inframundo es también un reino del espíritu, un lugar de una gran riqueza, es el reino de Plutón –el nombre latino de Hades–‐, que alude a riquezas o tesoros subterráneos. Es el estrado psicológico que contiene las capacidades potenciales que no hemos desarrollado, los talentos e inclinaciones que nos fueron caros, las emociones que ocultamos a los demás y luego olvidamos. Más allá de este nivel personal se encuentra la riqueza del estrato simbólico o arquetípico del inconsciente colectivo donde residen los patrones e instintos y todo cuanto atañe al hombre, un profundo núcleo de significados del que emergen los sueños e impulsos creativos. Aquí están las fuentes del alma, el instinto espiritual que nos conduce a la divinidad del mismo modo inconsciente en que las flores encaran el sol. Aquí comienza la búsqueda psicológica del sentido y la totalidad. Aquí, en el reino arquetípico, la muerte y la resurrección son metáforas, y la realidad de la muerte física, que siembra de pavor el yo, es negada por los sueños, que atesoran una perspectiva completamente diferente. Podemos entrar en este reino espiritual meditando acerca de los símbolos, los temas y el posible significado de los sueños que anotamos o recordamos; siguiendo el impulso de tocar un instrumento, cantar o escuchar música; mediante la danza, la pintura o el dibujo; honrando y expresando lo que surge cuando nos abrimos al flujo de nuestras emociones; redactando un diario; escribiendo poesía; mediante la oración y la meditación; permaneciendo en silencio o manteniendo un diálogo espiritual. Cuando estas puertas al reino espiritual resultan conocidas, el acceso se vuelve fácil.
Para muchos, este mundo espiritual interior es un país extraño. La persona extrovertida que se jacta de ser lógica y práctica, los abnegados que se ocupan de las necesidades ajenas, los obsesionados
con el trabajo para quienes ser productivos es un rasero de su valía, a menudo no se han internado en su propio mundo interior. En estos casos, los recursos que éste puede poner a nuestra disposición para sanar el cuerpo y el alma han de ser aprendidos (de ello nos ocuparemos en otros capítulos). Aprender la riqueza potencial de este aspecto del inframundo, anhelar un conocimiento directo y desear invertir tiempo y energía para llegar a él constituyen la primera etapa; llevar un registro, en papel o de memoria, es el siguiente paso, a partir del cual aflora el valor de atender a las imágenes, frases, emociones y pensamientos que emergen de nuestros abismos. Hay que prestar atención a un sueño lúcido escribiéndolo; de otro modo no lo recordaremos, y aun si lo recordamos perderemos detalles. Detenernos en los detalles de un sueño acaso nos haga meditar acerca de algunos de sus elementos, lo cual nos abocará a nuevos recuerdos y asociaciones. Ello puede redundar en que una persona que de otro modo se mostraría desconcentrada o concentrada en su malestar o en sus obsesiones se vea absorbida en una comunión con si psique onírica. La reflexión induce a una actitud meditativa, lo que implica una mente abierta y receptiva. Esto es lo que a algunos nos aporta la soledad, la meditación y un estado receptivo. Otros precisarían de la pesca, la jardinería, el footing o en senderismo para alcanzar este estado. Aquello que nos permita escuchar la muda voz que nos habita o alcanzar el punto inmóvil en el centro constituye un medio para acceder al mundo espiritual interior. Si este reino es tierra incógnita, o si la enfermedad invalida los caminos que antaño recorrimos, podemos probar métodos que sirvieron a otros o aprender de los demás. Al igual que buscamos referencias acerca de un doctor, y comprobamos sus credenciales, experiencia y afiliaciones, también es posible dejarnos aconsejar o tomar clases de meditación o crecimiento espiritual, trabajar con los sueños y con nuestro diario, e involucrarnos en terapias grupales.
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Las enfermedades graves producen el efecto de adelgazar el velo que separa este mundo del mundo de los espíritus. La gente me ha contado experiencias semejantes, como haber mantenido conversaciones vívidas y minuciosamente evocadas con figuras a las que veían nítidamente y que sin embargo no formaban parte de su realidad cotidiana, o advertir la reconfortante presencia de muertos que ni siquiera habían conocido o visto jamás, o la comunicación telepática con una figura del más allá cuando estaban gravemente enfermos. Más extrañas y espectaculares son las historias de personas que se encontraban en el umbral de la muerte cuando entraron en contacto con instancias de otro mundo que les informaron de que aún no había llegado su hora. Dos mujeres me han contado cómo una anciana de aspecto indio se les apareció cuando dejaron de responder a la terapia médica y entraron en la agonía; su aparición supuso una intervención que alteró el desarrollo de la enfermedad. Una de ellas presentaba una fiebre de origen desconocido que remitió en ese momento. La otra supo, ainstancias de esa aparición o visión, que le habían hecho un diagnóstico erróneo, y solicitó nuevas pruebas que revelaron la enfermedad de Lyme, con lo que se dispuso el tratamiento adecuado. Ambas mujeres se restablecieron y, cada una a su modo, se comprometieron a difundir públicamente la medicina alternativa. La enfermedad les condujo al umbral de la muerte y a una realidad poco convencional, que para ambas resultó un punto de inflexión en su dolencia y el estímulo para ayudar a los demás una vez se recuperaron.
En una misa en su recuerdo, Gary Walsh, un médico de San Francisco convertido en activista, que organizó la primera marcha del sida y debatió sobre la enfermedad con Jesse Helms, estaba de cuerpo presente en un vídeo. En una entrevista grabada pocos días antes de su muerte por sida, nos contó que en dos ocasiones había recibido la visita de un hombre que había fallecido hacía poco y que parte de los presentes conocía. A pesar de que Gary estaba físicamente muy deteriorado, se mostraba abierto, franco y muy convincente. Afirmó que no estaba dormido y no sufría alucinaciones cuando aquel hombre apareció en su habitación y le dijo que no se preocupara, que él estaría allí cuando muriera. Gary le pidió, en in tono incrédulo, que volviera a aparecérsele. Dos días más tarde, cuando se encontraba despierto y mentalmente lúcido, aquel hombre volvió a aparecer por un breve espacio de tiempo; se mostró impaciente y reiteró que estaría allí cuando Gary muriera, obviamente enfadado por tener que hacer esa visita extra, ya que tenía “otras cosas de que ocuparse”.
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El descenso del alma al inframundo que puede desencadenar la enfermedad no siempre presenta el impacto de un secuestro inesperado, repentino, o la devastación inmediata que supone encontrarse en el epicentro de un gran terremoto. Cuanto esto es así podemos aplicar el mito de Perséfone, pero hay un segundo mito que refleja la experiencia de los individuos cuya enfermedad y descenso se desarrolla en etapas mediante una progresiva pérdida del anclaje en el mundo cotidiano de la buena salud: tanto si se presenta una dolencia que tiende a empeorar gradualmente como si se obcecan en la ilusión de controlar la situación y minimizar el impacto emocional que implica un problema médico grave. El mito que se asemeja al viaje que emprenden se remonta cinco mil años en el tiempo, a la diosa sumeria Inanna2
Inanna era la reina del Cielo y de la Tierra. Atendiendo a las noticias de que su hermana, la diosa Ereshkigal, reina del Inframundo, sufría grandes dolores, decidió visitarla. Inanna suponía erróneamente que bajar a su mundo era una fácil empresa. Sin embargo, descubrió que el poder y la
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Véase Diane Wolkstein y Samuel Noah Kramer, Inanna: Queen of Heaven and Earth. Nueva York: Harper and Row, 1983, pp. 52-71
autoridad que detentaba en la superficie de la tierra no ejercía influencia alguna en el trato que recibiría en el inframundo.
Inanna llamó imperiosamente a la puerta de los infiernos, pidiendo que le abrieran. El cancerbero le preguntó quién era, y a continuación le dijo que para pasar debía pagar un precio. Siete eran las puertas, no una sola. En cada una de ellas, el cancerbero le pidió que, si quería atravesarlas, tendría que desprenderse de una prenda de vestir. En cada ocasión, Inanna, sorprendida por semejante procedimiento, replicó indignada: «¿Qué significa esto?». En cada ocasión, recibió la siguiente respuesta: «Silencio, Inanna, pues los designios del inframundo son perfectos. No han de ponerse en duda»
Tuvo que despojarse de su magnífico tocado, la corona que representaba su autoridad, en la primera puerta. El collar de lapislázuli le fue arrebatado en la segunda puerta, y hubo de desprenderse de la doble hilera de ricas perlas que orlaba su busto en la tercera. Quedó desnuda de su peto en la cuarta, y de su brazalete de oro en la quinta. En la séptima puerta, se desprendió de su túnica regia. Desnuda y humillada, entró en el inframundo. Una y otra vez, en cada puerta, la despojaban de los símbolos de poder, prestigio, riqueza y abolengo. Una y otra vez, en cada puerta, el abandono de uno de sus elementos de su vestuario era acogido con sorpresa. Una y otra vez decía: «¿Qué significa esto?», y recibía como respuesta: «Silencio, Inanna, pues los designios del inframundo son perfectos. No han de ponerse en duda». Cuando un individuo entra como paciente en un hospital, la experiencia es semejante a la de Inanna. Metafóricamente, hay que atravesar una serie de puertas, y en cada una de ellas nos privan de algo. Al llegar al hospital, el paciente franquea inadvertidamente, la primera puerta. Después de eso, el enfermo es despojado de forma progresiva de su dignidad, su libre albedrío y su autoridad. La posición del paciente en el mundo y el ascendiente que ejerza sobre otros carece de importancia. La segunda puerta es el mostrador de admisiones, donde cada individuo ha de firmar una serie de documentos para formalizar su ingreso, recibe un número identificador y una banda de plástico para que se coloque en la muñeca, y le pueden dar un recibo a cambio de la entrega de objetos personales. La tercera puerta suele ser la de la habitación del hospital. En este momento el paciente ha de desprenderse de su ropa habitual, que refleja su personalidad y su posición social, y ponerse la bata de hospital, que a menudo no es de su talla, demasiado corta y abierta por la espalda. A continuación se suceden las otras puertas, a través de las cuales se conduce al paciente, en camilla o silla de ruedas de rayos X u otras pruebas más complejas a otros departamentos especializados en la extracción de sondas para que el médico pueda examinar el organismo.
Cuando hay que recurrir a la cirugía, el paciente aún ha de atravesar más puertas, el preoperatorio, el quirófano y luego el postoperatorio o los cuidados intensivos, y al franquearlas pierde la conciencia y a menudo también una parte de su cuerpo.
Al abordar una enfermedad mortal, frecuentemente el individuo se ve privado de sus defensas emocionales. El rechazo, los filtros intelectuales y la racionalización pueden desaparecer, exponiendo a la persona a la dolorosa realidad de su enfermedad. Se prohíben las adicciones que mantenían embotados los sentimientos. Quienes se servían del trabajo y la hiperactividad o las drogas para anular sus emociones ya no podrá hacerlo (aunque la televisión, que acaso es la adicción más frecuente, enseguida se conecta en muchas habitaciones de hospital).
Cuando las defensas psicológicas se desvanecen en el contexto de una enfermedad mortal, puede acontecer un descenso al inframundo del temor y la depresión. La desaparición de las defensas que se oponen al conocimiento de la verdad tal vez revelen una vida espiritual y emocionantemente estéril, un matrimonio vacío o un trabajo sin sentido, junto a la realidad de la gravedad de la dolencia y la ansiedad subsiguiente. Tanto de hecho como metafóricamente, la enfermedad y el ingreso en el hospital nos despojan de cuanto nos resguardaba y protegía. Podemos enfadarnos, y la protesta amonedada en la pregunta «¿Qué significa esto?» puede tener como respuesta una serie de fórmulas y actitudes por parte del personal del hospital que recuerdan las que brindaron a Inanna: «Silencio, paciente. Las órdenes del doctor son perfectas. No han de ponerse en duda». Aun cuando confiemos en nuestros médicos, éstos nos informen de las sucesivas fases del tratamiento cada vez que lo solicitemos y estemos completamente de acuerdo con las decisiones adoptadas, el viaje sigue asemejándose al de Inanna. Aún hay que franquear umbrales que nos privan de nuestra imagen y nuestras defensas: nos sentimos vulnerables y desamparados.
Esta privación hace posible que alcancemos abismos interiores que de otro modo no contemplaríamos, en lo que cuando hemos olvidado y abandonado de nosotros mismos sufre porque no lo recordamos ni lo integramos en nuestra personalidad consciente ni en el cauce de nuestra expresión. Al recordar, nos descubrimos en comunión con nuestra alma. Lo que buscamos activamente en un análisis en profundidad puede ser revelado de forma inconsciente como resultado de parecer una enfermedad física incapacitadota o al ingresar en un hospital en unas condiciones de incertidumbre que harán que el paciente descienda al inframundo. El abismo psicológico es el reino de Ereshkigal, al igual que la muerte. Cuando la muerte se convierte en una realidad que nos acecha, las dudas espirituales no tardan en aparecer.
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Así como Inanna puede simbolizar nuestra personalidad mundana, superior o externa, la parte de nuestro ser desempeña un rol en el mundo, del mismo modo Ereshkigal acaso represente nuestros rincones y recuerdos ignorados, que mantenemos ocultos en la sombra o en el mundo interior; Ereshkigal puede ser un símbolo de la causa de nuestro padecimiento que hemos ignorado o despreciado y a la que sólo podemos acercarnos abatidos y debilitados por la adversidad. No prestamos atención a Ereshkigal al rechazar lo que nos resulta personalmente significativo y verídico en relación con nosotros mismos y nos atrincheremos contra esa gnosis o autoconocimiento. Franquear los umbrales que nos conducen a nuestros temores y emociones acontece cuando progresivamente atravesamos estratos de resistencia a la hora de aceptar la realidad de la enfermedad. Los pacientes sometidos a radioterapia y quimioterapia realizan el descenso de Inanna. Cada sesión es un nuevo umbral. Tras la segunda o tercera sesión de quimioterapia, el cabello a menudo se cae a mechones. En el descenso, al atravesar esta puerta, has de entregar el cabello de tu cabeza, y aun esperándolo no deja de ser traumático. Sobre todo para las mujeres, constituye una pérdida que atenta contra la identidad femenina. Con frecuencia es una etapa depresiva. El rostro que nos devuelve el espejo nos es ajeno. «¿Quién es ésa?».
Inanna estaba desnuda y cabizbaja cuando penetró en el inframundo; en su descenso había sido humillada y desprovista de sus atributos, pero la ordalía aún no había concluido. Cuando se presento ante Ereshkigal, la reina del inframundo no se mostró complacida con la visita. Llena de ira y condena, Ereshkigal contempló a Inanna con los lúgubres ojos de la muerte y ésta cayó fulminada. Entonces colgaron el cuerpo de Inanna de un gancho, y tres días más tarde empezó a descomponerse y ser convirtió en un montón de carne putrefacta.
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El destino de Inanna me recuerda de Jesús y la serie de traiciones, humillaciones y oprobios que hubo de padecer en su ascenso al calvario y su crucifixión el Viernes Santo; su cuerpo fue depositado en una tumba; el de ella colgado de un gancho durante tres días. Cuando la enfermedad nos asalta, nos sentimos traicionados y vejados por nuestro cuerpo, y el dolor es dolor tanto si proviene de un látigo y de que nos claven a una cruz como si tiene su origen en algún foco interno. En medio del sufrimiento, muchos se sienten como Jesús, solos y dolientes, gritando en la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».Así como la crucifixión no fue el final de la historia de Jesús, permanecer colgada de un gancho no fue el final de Inanna y su mito. Ella también volvió a la vida profundamente transformada. En el lenguaje del alma, la muerte es una gran metáfora recurrente. En el viaje
espiritual, se requiere la muerte de la vieja personalidad para una iniciación, transformación o resurrección. En el viaje de la enfermedad, los pacientes se sienten a menudo como Inanna: el hospital semeja un inframundo en el que han sido humillados y degradados, y más tarde les han privado de la conciencia mediante la anestesia: literalmente han pasado a ser un trozo de carne en una mesa de operaciones. O bien, tras una serie de pruebas y terapias, cada una de las cuales les arrastra a un mundo más desconocido y aterrador, los pacientes se sienten metafóricamente colgados de un gancho aguardando la noticia de que pueden volver a la vida.
En las entrañas del hospital, en el mundo difuminado que engendra la enfermedad, en el temor crepuscular del inframundo psicológico, los pacientes penetran en el reino de Ereshkigal, donde llegan a comprender que su identidad y su vida anterior han muerto, al menos por un tiempo, acaso para siempre. Esto puede suponer un punto de inflexión para el alma: enfrentarse a la posibilidad de quedar impedido o morir puede operar un cambio de rumbo, modificar completamente las prioridades y traer a primer plano cuestiones acerca del sentido o sinsentido del modo en que vivimos nuestra vida, acerca de lo que realmente nos importa, y si nosotros mismos importamos algo. Para el yo, que había mantenido la ilusión de controlar el destino, a menudo es un momento depresivo. Si la persona delega en su alma la dirección de sus pasos en el inframundo, se producirán hallazgos inesperados. Porque lo que en definitiva importa no es lo que nos ocurre, sino cómo reaccionamos a ello; esa reacción puede cambiar drásticamente nuestra vida.
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Desde que leí el libro de Viktor Frankl, Man’s Search for Meaning3, me he abierto a una
realidad espiritual y psicológica: he aprendido que, al margen del poco poder que tengamos sobre las circunstancias, aun en la situación más terrible, siempre podemos elegir como reaccionar. Este conocimiento nos atribuye un poder. Frankl y todos sus allegados fueron internados en campos de concentración alemanes, donde toda su familia pereció. En esta situación se daba una ausencia de libertad, no había posibilidad de elegir el menú ni el tipo de trabajo que habría de realizar, ni de saber si al día siguiente te mandarían a la cámara de gas. Se golpeaba y se mataba de hambre a los prisioneros, sus piernas se hinchaban con edemas; se los privaba de su identidad y se los reducía a un número; se les negaba toda dignidad humana. Y sin embargo, incluso bajo estas circunstancias, cabía tomar decisiones de carácter espiritual. Algunos se rendían; otros actuaban del mismo modo inhumano que sus captores respecto a sus compañeros más débiles; otros aún compartían sus posesiones, mantenían sus lealtades e incluso se sacrificaban para que los otros prisioneros pudieran sobrevivir más tiempo. En esta existencia aparentemente inhumana y sin sentido, Frankl advirtió que
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