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Políticas Mediterráneas | oriente Próximo
Las elecciones de 2009 en Israel
Mario Sznajder
Departamento de Ciencias Políticas - Truman Institute for the Advancement of Peace
Universidad Hebrea de Jerusalén, Jerusalén
La fragmentación del sistema político israelí, basa-do técnicamente en una estructura parlamentaria proporcional altamente representativa, con un um-bral de sólo el 2%, ha vuelto a generar un punto muerto. El problema radica en la estructura institu-cional de dicho sistema, así como en el tipo de cam-bios a los que se enfrenta todo gobierno de coali-ción del país.
La estructura institucional de Israel, con su sistema representativo altamente proporcional, fue produc-to de la necesidad preestatal de integrar a varios grupos de inmigrantes en el proceso de construc-ción de la naconstruc-ción y construcconstruc-ción del Estado. Desde que Israel obtuvo la independencia, David Ben Gu-rion, el padre fundador del Estado, y la mayoría de sus seguidores, trataron en vano de transformar el sistema en uno más basado en la mayoría, mediante la subdivisión del país en distritos electorales, el au-mento de los umbrales y el uso de distintas fórmu-las. El último y más destacado intento, en los noven-ta, consistente en separar la elección del primer ministro de la de los miembros del Parlamento, fra-casó rotundamente: Israel regresó al antiguo siste-ma con un umbral ligeramente más elevado, que contribuye a disminuir el número de partidos de la Knesset (Parlamento israelí) y facilita el proceso de construcción de la coalición gubernamental. El verdadero dilema del sistema político israelí es que, al ser una estructura representativa altamente proporcional que genera coaliciones multipartidis-tas, es incapaz de tomar la decisión necesaria para promover el proceso de paz, en especial con los palestinos: decisiones sobre desmantelar asenta-mientos en Cisjordania, compartir Jerusalén como
capital de dos estados y facilitar el retorno de refu-giados palestinos. Entretanto, la intensidad del con-flicto árabe-israelí genera tantas tensiones e inesta-bilidad que impiden las condiciones precisas para reformar el sistema político y que sea capaz de to-mar las decisiones necesarias para la pacificación. Este círculo vicioso debe romperse en ambas direc-ciones. A raíz del intento fallido de crear un sistema más basado en la mayoría, eligiendo directamente al primer ministro en los noventa, la tendencia a la personalización del sistema político ha aumentado hasta el punto de que muchos votan a los líderes —y no a los partidos—, en un sistema en que los partidos lo controlan todo, incluyendo la elección de los líderes. Esto ha generado una especie de populismo negativo, cuya principal característica es que cada líder (o candidato principal), como en el caso de Livni, Netanyahu y Barak en los últimos co-micios, debe poner mucho más ahínco en defen-derse de los ataques que en proponer planes de acción sobre cómo resolver los problemas principa-les del país.
los antecedentes políticos
La pauta histórica muestra que la participación en las elecciones israelíes ha descendido constante-mente, de un 80% hace dos décadas a porcentajes ligeramente por encima del 60% en la primera dé-cada del siglo xxi.
La corrupción y los escándalos personales que afectan a personalidades políticas centrales, como el primer ministro Ehud Olmert, han contribuido a acrecentar la falta de prestigio de los representan-tes públicos y a reducir el número de votanrepresentan-tes. A raíz de la dimisión de Ehud Olmert, se convoca-ron elecciones primarias en su partido, Kadima, que ganó su ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni.
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Benjamín Netanyahu, líder del Likud, estaba consi-derado el ganador más probable de los comicios israelíes. Ehud Barak, como ministro de Defensa, luchaba por mantener el liderazgo del Partido Labo-rista, que en 2008 perdía atractivo electoral, según los sondeos. De hecho, los comicios fueron fruto de la presión ejercida por Barak para que Olmert dimi-tiera, así como la amenaza del primero de que, si Olmert no se iba, el Partido Laborista abandonaría la coalición gobernante y provocaría igualmente la celebración de elecciones.
Los miembros del gobierno
de coalición sabían que ninguno
de ellos podía enfrentarse a los
comicios sin haber abordado en
serio el problema del bombardeo
continuo de cohetes y mortero
de Gaza
La crisis económica internacional que afectó a Is-rael con una intensidad relativa en los meses pre-vios a los comicios se consideraba uno de los prin-cipales problemas políticos. El titular del Ministerio de Economía, Roni Bar-On, de Kadima, fue objeto de muchas críticas —sobre todo por parte de Ne-tanyahu, que tenía fama de ser un genio de las fi-nanzas neoliberales— por no haber tomado las me-didas necesarias para impedir que la crisis afectara a Israel y por haber reaccionado demasiado tarde frente al problema de los fondos de pensiones. Las relaciones entre Israel y Hamás, que ostenta el poder en Gaza, nunca habían sido buenas, pero no tardaron en deteriorarse tras el fin del alto el fuego entre ambos bandos, el 19 de diciembre de 2008. Ya antes de esa fecha, grupos armados de Hamás y otras organizaciones palestinas extremistas hos-tigaban a la población israelí de las zonas de Ne gev que limitan con Gaza, lanzando constantemente pequeños cohetes kassam y granadas de mortero. En 2008, los palestinos empezaron a disparar co-hetes de mayor alcance y poder destructivo, y al-canzaron la ciudad de Ashqelon en varias ocasio-nes. Israel reaccionó a estas agresiones intentando llegar a los lanzacohetes y atacando los lugares considerados depósitos de munición o centros mi-litares. La escalada de violencia alcanzó nuevas cotas durante la campaña electoral. Los miembros
del gobierno de coalición sabían que ninguno de ellos podía enfrentarse a los comicios sin haber abordado en serio el problema del bombardeo con-tinuo de cohetes y mortero de Gaza. Todos los in-tentos de resolverlo bloqueando Gaza fracasaron, al haber cavado los palestinos centenares de túne-les bajo su frontera con Egipto, por los que recibían suministros regularmente, incluyendo armas y ex-plosivos.
Los intentos de alcanzar un nuevo alto el fuego en-tre Hamás e Israel, por mediación egipcia, fueron infructuosos.
El líder del Likud se sirvió de la situación en la fron-tera de Gaza para atacar al gobierno de Olmert, Li-vni y Barak, denunciando la impotencia e incapaci-dad de éstos para resolver la crisis.
En Israel, aprendidas las lecciones de la segunda guerra del Líbano en 2006, el ejército estaba listo para actuar en Gaza. Todos estos factores consti-tuyen los antecedentes de la Operación Plomo Fundido lanzada por Israel contra Gaza a finales de diciembre de 2008. No puede decirse que la operación militar contra Hamás en Gaza fuera de-cidida instrumentalmente por el gobierno en ejer-cicio, que incluía a dos de los principales candida-tos a gobernar el país: Livni y Barak, para obtener beneficios electorales. Aun así, puede concluirse que, para estos líderes y sus formaciones políticas, era prácticamente imposible acometer unos comi-cios mientras Hamás incrementaba sus ataques contra la población civil del sur de Israel. El Likud podía fácilmente afirmar que su líder, Benjamín Netanyahu, era el único candidato capaz de en-frentarse firmemente a Hamás y acabar con la cri-sis, al tiempo que tachaba al Gobierno de indeciso y débil.
Todo ello nos lleva a una conclusión de lo más pa-radójica: de hecho, uno de los principales factores que intervinieron en las elecciones israelíes fue Ha-más. Al aumentar la presión sobre el gobierno is-raelí, provocaron una reacción militar del Estado hebreo, con todos los cambios en el resultado elec-toral que ello podía generar. Además, tanto si re-sistían con firmeza el ataque israelí como si no, al exponer a la población civil palestina al enfrenta-miento militar, con todas las terribles consecuen-cias que esta actitud conllevaba, Hamás y el resto de grupos extremistas de Gaza estaban haciendo el juego a la derecha radical israelí, personificada en este caso por Avigdor Lieberman y su partido político, Israel Beyteinu (Israel nuestro hogar),
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dado y constituido por los inmigrantes de la anti-gua Unión Soviética, pero que atraía a todos aque-llos que, ante la crisis de seguridad, se volvían hacia la derecha radical.
la campaña electoral
Las palabras que mejor describen este proceso son aburrimiento y falta de interés. La crisis econó-mica no permitía mayores gastos por dos motivos. Primero, en tiempos de crisis y creciente desem-pleo era casi imposible reunir en privado los fondos necesarios y gastarlos. La austeridad se impuso de forma natural en la campaña de los 33 partidos que participaban en las elecciones. Segundo, los escán-dalos de corrupción que afectaban a Olmert y a otros políticos generaban la demanda de un nuevo estilo de política de manos limpias centrada no sólo en la honradez personal, sino también en la modestia pública. Tzipi Livni supo aprovechar bien este punto, pues todavía no había ejercido de pri-mera ministra y podía mostrar al público una tra-yectoria sin mácula, así como un estilo de vida re-lativamente modesto. Todo ello lo conjugó en su mensaje del «nuevo estilo de política» que propo-nía, siguiendo de algún modo la línea de Obama en su campaña presidencial.
La campaña se interrumpió por espacio de tres se-manas, durante la acometida militar israelí sobre Gaza.
La reanudación de la campaña a mediados de ene-ro de 2009, con muy pocas semanas por delante, no reavivó el interés del público. La ecuación pare-cía ser otra, dado el apoyo que Ehud Barak y el Par-tido Laborista recibían en los sondeos. Sin embar-go, aquello era ilusorio. Barak, considerado por el público el mejor ministro de Defensa posible en aquellas circunstancias, no podía desprenderse de las secuelas de su etapa anterior como primer mi-nistro —1999-2001— que perjudicaron enorme-mente su reputación como líder político del país, aunque reafirmara su buen hacer y capacidad mili-tar. Paradójicamente, la caracterización de Barak como ministro de Defensa eficaz y entendido situó al Partido Laborista en cuarto lugar, fuera de la troika al frente del país, y lo sumergió en una crisis profunda.
Una vez más, se acusaba a Tzipi Livni de falta de conocimientos sobre seguridad y capacidad de de-cisión. Tanto el Likud como el Partido Laborista
ju-garon esta baza, haciendo al electorado una sola pregunta: «Si se produjera una crisis de seguridad importante —por ejemplo, un ataque iraní a Israel a las tres de la madrugada—, ¿quién le gustaría que respondiera a la llamada telefónica del ejército como primer ministro?».
La respuesta de Livni en los últimos meses consis-tió en adoptar una actitud proactiva contra Hamás en Gaza, y no sólo requerir una acción militar, aun-que sin aun-querer detenerla a pesar de la presión inter-nacional. Al mismo tiempo, Livni hacía hincapié en la opción de paz desarrollada durante las negociacio-nes con el mando palestino moderado —Mahmoud Abbas-Abu Mazen—, que ella misma encabezó desde la cumbre EE UU-Israel-Palestina en An-napolis en noviembre de 2007. Para Livni y la cúpu-la de Kadima esta postura, que promovía un acuer-do negociaacuer-do con los moderaacuer-dos palestinos y a la vez una actitud militar severa para con los extremis-tas palestinos, era la fórmula para conquistar los votos del centro político israelí, constituido princi-palmente por una clase media harta de la guerra y del terror. Los otros elementos de propaganda es-grimidos por Livni se basaban en consolidar su «imagen de seguridad», destacando sus servicios prestados en el pasado a la inteligencia israelí —el Mossad— y en pedir a la población que votara a una mujer.
La respuesta de Livni en los
últimos meses consistió en
adoptar una actitud proactiva
contra Hamás en Gaza, y no sólo
requerir una acción militar,
aunque sin querer detenerla a
pesar de la presión internacional
Las estrellas ascendentes en el horizonte político israelí eran Avigdor Lieberman e Israel Beyteinu. Lieberman destacaba cuatro puntos: el primero era el eslogan de su campaña: «No hay ciudadanía sin igualdad», y se refería a la lealtad a Israel como Es-tado judío, afirmando que la población árabe de Is-rael —ciudadanos isIs-raelíes de nacionalidad palesti-na— constituía una quinta columna y habría que privarla del derecho al voto, a menos que se decla-rara leal a Israel y lo demostdecla-rara; el segundo punto subrayaba la seguridad y atacaba la postura de los
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partidos ultraortodoxos israelíes, además de exigir la ampliación de los criterios sobre quién es judío. Se trata de un tema muy atractivo para los inmigran-tes —y también para los israelíes laicos— que de-searían que los asuntos civiles se resolvieran fuera de los tribunales rabínicos, así como el matrimonio civil; el tercer punto es un plan de paz con los pa-lestinos basado en un intercambio territorial-demo-gráfico en que Israel mantendría las principales concentraciones de asentamientos en Cisjordania, recibiendo en contrapartida dos grandes concen-traciones de árabes israelíes; el cuarto punto es la reforma del sistema de gobierno electoral, que pa-saría de parlamentario a presidencial. El objetivo es generar la capacidad resolutiva gubernamental para solucionar los principales problemas del país, pero también eliminar la influencia de los partidos judíos ortodoxos y marginar a las formaciones políticas árabes.
Los resultados no concluyentes de la operación mi-litar en Gaza, sumados al criticismo internacional, un estallido de manifestaciones antiisraelíes —algu-nas de las cuales incluían claras proclamas antise-mitas— y el presunto apoyo de Irán a Hamás en Gaza, hicieron renacer otro rasgo de la política is-raelí que jugaba a favor de Lieberman: la amenaza existencial. Las encuestas mostraban un incremen-to espectacular del apoyo a las ideas de derechas radicales, y la personificación de éstas en el «hom-bre fuerte», Avigdor Lieberman. Desde otro ángulo, los mismos resultados de las encuestas infundieron temor entre varios sectores del electorado israelí, y hay quien afirma que ésos fueron los votos que
per-mitieron a Tzipi Livni y Kadima lograr la primera ma-yoría en la Knesset.
En el seno de los partidos árabes y su electorado en Israel se produjo una reacción interesante. En general, las últimas tendencias electorales mostra-ban una apatía creciente y una participación cada vez menor de los árabes israelíes en los procesos electorales del país. La operación militar en Gaza contribuyó a la sensación de alienación política de grandes grupos de la población árabe de Israel, pues el país del que eran ciudadanos atacaba a sus conciudadanos palestinos —y puede que a familias e incluso a hermanos— en Gaza. Aun así, en el últi-mo últi-momento, los distintos dirigentes políticos ára-bes de Israel llamaron a sus electores potenciales a votar y éstos lo hicieron, contrarrestando las ten-dencias históricas mencionadas, pero sin crear un bloque árabe coordinado en la Knesset.
los resultados
La cuestión de quién ganó las elecciones israelíes es una pregunta muy difícil de responder.
Sabemos que hay un giro a la derecha relacionado con el conflicto prolongado entre Israel y Gaza, y una conexión iraní que refuerza la sensación de amenaza existencial. Las actitudes ambivalentes de los partidos de izquierda y centro-izquierda (Meretz y Laborista) con respecto a la operación militar en Gaza —primero, apoyo total, y luego un criticismo moral cada vez mayor, junto con exigencias de que se detuviera la operación— proyectaron una
ima-TABLA 14 resultados finales (por número de miembros de la Knesset elegidos, por partido político: escaños)1
Partido Votos Sobres dobles2 Escaños Cambio3
Kadima 758.032 39.003 28 −1
Likud 729.054 46.405 27 +15
Israel Beiteinu 394.577 24.524 15 +4
Partido Laborista 334.900 20.709 13 −6
Shas 286.300 13.786 11 −1
Judaísmo Unificado de la Torá 147.954 5.399 5 −1
Lista árabe -Taal 113.954 1.391 4 0
Unión Nacional 112.570 7.942 4 S/A
Hadash 112.130 1.739 4 +1
Nuevo Movimiento - Meretz 99.611 5.980 3 −2
Hogar Judío 96.765 6.479 3 S/A
Balad 83.739 984 3 0
1 Umbral electoral: 67.470 votos. 13 de los 33 partidos participantes en las elecciones alcanzaron el umbral y están representados en la Knesset. Los votos son votos normales a día de los comicios, 10 de febrero de 2009. 2 Los sobres dobles son los votos de diplomáticos israelíes en el extranjero, marineros que se encuentran faenando y soldados (ejército regular y reservistas) que votaron el día de las elecciones o los anteriores (por
encontrarse en territorio extranjero) en las bases del ejército. S/A significa «sin antecedentes», pues tanto Unión Nacional como Hogar Judío son grupos escindidos del antiguo Partido Religioso Nacional, que represen-taba al nacionalismo religioso y a los colonos de Cisjordania, Gaza y el Golán.
3 El cambio refleja el aumento o descenso en el número de representantes de cada partido, en relación con el último período de la Knesset. La fuente consultada es la junta electoral de la Knesset. Los resultados son
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gen confusa que costó muchos votos a estas for-maciones.
En un sistema de elevada representación propor-cional, nadie gana realmente unas elecciones parla-mentarias, y las posibles coaliciones políticas son tan importantes como el número total de votos que obtiene cada partido. Esto volvió a demostrarse cuando Tzipi Livni, tras concluir brillantemente su campaña electoral y la de Kadima, logró la primera mayoría en la Knesset, con 28 diputados; Netan-yahu y el Likud quedaron segundos, con 27 parla-mentarios; Lieberman e Israel Beyteinu terceros, con 15 escaños; por su parte, Barak y el Partido Laborista tan sólo pudieron enviar a 13 represen-tantes a la Knesset (con lo que perdieron un tercio de su peso electoral).
En un sistema de elevada
representación proporcional,
nadie gana realmente unas
elecciones parlamentarias,
y las posibles coaliciones políticas
son tan importantes como el
número total de votos que
obtiene cada partido
El proceso de formación de coaliciones está en marcha. El presidente israelí, Shimon Peres, celebra consultas con los líderes políticos para decidir a quién invitar a formar parte del próximo gobierno de coalición. En este caso, el bloque de la derecha, encabezado por el Likud y Netanyahu, tenía más posibilidades que Livni y Kadima, pues contaba con el apoyo de al menos 65 de los 120 miembros de la Knesset.
Lieberman e Israel Beyteinu se convirtieron en el partido político central, con una enorme influencia en la formación de la coalición, a menos que Netan-yahu, Livni y Barak decidieran formar una coalición de unidad nacional que excluyera a Lieberman e Is-rael Beyteinu del poder. Esta posibilidad no era tan utópica como parece, dependía de los mensajes de Washington y del resto del mundo. La incorpora-ción de Avigdor Lieberman al gobierno de Israel tenía un coste político en Washington, donde el presidente Obama ha inaugurado una nueva era, proclamando el proceso de paz en Oriente Medio como un punto importante en la agenda de política exterior de EE UU, sin ninguna simpatía por los ra-dicales, ya sea dentro o fuera de las fronteras. Finalmente, Netanyahu formó el 32º gobierno israe-lí, convirtiéndose en primer ministro por segunda vez. Se trataba de un gobierno de coalición de 30 ministros, con el apoyo de 69 miembros de la Knes-set, tras el voto de aprobación el 31 de marzo de 2009. La coalición dirigente estaba constituida por el Likud, encabezado por Netanyahu; Israel Beitei-nu, con Lieberman al frente como ministro de Asun-tos Exteriores; el Partido Laborista, capitaneado por Barak, ministro de Defensa; el partido sefardí-orto-doxo Shas, comandado por Eli Yishai, ministro de Interior, y formaciones más pequeñas, como la reli-giosa nacionalista Hogar Judío-HaBayit Hayehudi y el partido ortodoxo asquenazí Judaísmo Unificado de la Torá.
Todos estos elementos contribuyeron a la madura-ción del conflicto árabe-oisraelí y la intervenmadura-ción iraní en el mismo. Son indicios de que se aproxima la hora del cambio para Israel, y que puede produ-cirse antes de lo que parece, fruto de una combina-ción de presión internacional e interna. Dejar las cosas como están implicaría indecisión e intensifi-caría unas crisis que nadie desea.