El reto del VIH y el sida
En la presente edición del Informe Mundial sobre Desastres se analiza por qué los
efectos del VIH y el sida en determinados países y los principales grupos de alto riesgo justifican que la pandemia se califique de desastre. Otro de los planteamientos fundamentales del informe reside en el reto que esta pandemia plantea a la comunidad humanitaria puesto que añade una dimensión sumamente complicada a su labor, ya se trate de reducir la pobreza, prestar a diario servicios básicos de salud y bienestar o intervenir frente a desastres naturales y provocados por el ser humano, tales como sequías, terremotos, hambrunas y conflictos armados.
Las consecuencias de los desastres (ya sean graves, a largo plazo, naturales o provocados por el ser humano) forman parte de los factores que propi-cian la pandemia: dislocación e interrupción de la vida; explotación sexual, violencia e interrup-ción de servicios de salud, incluidos el tratamien-to antirretroviral, el apoyo psicológico y los aná-lisis de sangre.
En los primeros años de la pandemia del sida, la comunidad humanitaria no dio gran prioridad a este nuevo síndrome incurable e inevitablemente fatal. En 1988, Halfdan Mahler, por entonces direc-tor general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), reconoció que esa fue una de las causas principales que retrasó la intervención de dicha organización frente al sida, diciendo que sabía que al principio, muchos se negaban a creer que
acecha-ba una crisis y que lo sabía por haber sido uno de ellos (Intervención ante el último plenario de la IV Conferencia Internacional sobre SIDA, Estocolmo, Suecia, 1988). En un informe de Oxfam de 2006 se señalaba: “Hasta ahora, el VIH/SIDA no ha ocupado un lugar destacado en la programación de Oxfam por varios motivos: es difícil medirlo; es difícil prevenirlo; se consideraba una cuestión médica y no una emergencia.”
La experiencia de la Cruz Roja y la Media Luna Roja es un poco distinta. La Cruz Roja Noruega fue la primera en participar en tareas de divulgación de información y prevención del sida a escala internacional, a partir de 1985. Tal vez haya sido también la primera organización no gubernamental a iniciar la labor en el plano internacional a título bilateral respecto a cuestiones relacionadas con el sida (Gnaedinger, 2007). ©Chris
de
Bode/P
Los voluntarios de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, que en muchos casos prestan servicios en las propias comunidades afectadas, se encontraban en buena posición de impartir educación y prestar apoyo y asistencia a personas que habían contraído el VIH o que estaban muriendo de sida. Luego, muchas Sociedades Nacionales y otras organizaciones humanitarias tendrían que abocarse a la enorme tarea de vencer el estigma contra quienes viven con el VIH.
La Cruz Roja Noruega colaboró con Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de África, inicialmente sólo con las de Kenya y Ruanda, para producir materiales de información sobre la salud y distribuirlos en todo el país. Los mensajes sobre el VIH también se difundían por la radio. Asimismo, mediante la colaboración con la Cruz Roja Ruandesa, se estableció en África la primer agrupación de personas que viven con el VIH. Actualmente, la importancia de esas organizaciones es reconocida por todos aquellos que luchan contra el sida pero, aun así, en muchos países, la participación de las mismas en la formulación de políticas y la elaboración de programas no se pro-mueve con tanto empeño como debería hacerse. En 1990, más de 100 Sociedades Nacionales se ocupaban activamente de prevención y asistencia.
También se realizaba una labor de colaboración sobre el VIH entre algunas Sociedades Nacionales y la Federación Internacional de Planificación de la Familia, el Consejo Mundial de Iglesias y, en el marco del programa de trabajo de la juventud, la Organización Mundial del Movimiento Scouts. En 1987, la OMS inició el Programa Especial sobre el Sida que un año después pasaría a llamarse Programa Mundial sobre el Sida.
De principios a mediados de la década de 1990 también hubo un período en el cual los recursos mundiales para combatir el VIH y el sida empezaron a disminuir (nunca fueron enormes) lo que en parte obedeció a la reducción de la Asistencia Oficial para el Desarrollo y al fin de la Guerra Fría. A medida que el VIH iba cobrando proporciones de desastre en muchos países africanos, África perdía relevancia política en los países industrializados.
Se decidió desmantelar el Programa Mundial sobre el Sida de la OMS y crear un nuevo organismo, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) para coordinar la labor de diversos organismos especializados de la ONU. Cuando éste comenzó a funcionar, se estimaba que en el mundo había casi 20 millones de personas que vivían con el VIH (la mayoría en países en desarrollo) y que la pandemia ya se había cobrado casi 4.000.000 de vidas.
En el plano mundial, la cuestión del sida se planteó en enero de 2000, cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas abordó la pandemia en África como preocupación de talla para la seguridad humana y obstáculo al desarrollo (era la primera vez que dicho consejo trataba un problema de salud). Posteriormente, en el
Período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de la ONU sobre del VIH/SIDA, en junio de 2001, los jefes de Estado firmaron la Declaración de compromiso en la lucha contra el VIH/SIDA que contiene metas con plazos fijos en términos de prevención del VIH, movilización de recursos y otros aspectos de la intervención mundial frente al sida (ONU, 2001).
La combinación de un compromiso político mucho mayor y un aumento significativo de los fondos (que pasaron de 300 millones, en 1996, a 10.000 millones de dólares en 2007) a todas luces reforzó la lucha contra el VIH en los países más afectados. Los últimos datos (ONUSIDA, 2007) dan algunas señales optimistas pues muestran una estabilización en el número de nuevas infecciones e incluso una disminución en países como Camerún, Haití, Kenya, Malawi, Ruanda, Tanzania, Togo, Zambia y Zimbabwe. Aun así, persisten muchos retos, entre ellos, suplir las necesidades de prevención y tratamiento, así como prestar apoyo y asistencia a grupos que con demasiada frecuencia se dejan de lado.
El anuncio del primer tratamiento antirretroviral (TAR), altamente eficaz, en la XI Conferencia Internacional sobre el Sida (Vancouver, Canadá, 1996) fue signo de esperanza para muchas personas que vivían con el VIH. Ahora bien, ese tratamiento que retrasa la aparición del sida por muchos años pero no es una cura, en aquel entonces salía muy caro (20.000 dólares por año y por persona en EE.UU.) y, por lo tanto, estaba fuera del alcance de la mayoría de quienes lo necesitaban. Pero en 2007, gracias a los esfuerzos concertados de militantes y organismos humanitarios de países desarrollados y países en desarrollo, el precio del TAR disminuyó drásticamente y, lo que es más importante, se demostró que también podía recetarse efectivamente en facilidades con recursos muy limitados. De los 6,5 millones de personas que según estimaciones lo necesitaban en junio de 2006, 1,65 millones tenían acceso al TAR en países de bajos y medianos ingresos (OMS, 2006).
Ahora bien, mientras no se encuentre una cura, el tratamiento ha de ser sostenido. Cuando se suspende –y desastres como los conflictos armados o las catástrofes naturales suelen causar la interrupción del suministro de medicamentos– los pacientes pueden desarrollar una resistencia a los medicamentos que venían tomando. En ese caso, los medicamentos de “segunda línea” que necesitan siguen siendo demasiado onerosos para muchos países (ONUSIDA, 2006). También preocupa que no se pueda disponer indefinidamente de la financiación necesaria para prestar TAR en países de bajos ingresos.
La prevención era y sigue siendo crucial para combatir el virus. Por lo que atañe a los medios de prevenir la transmisión del VIH, hoy en día se sabe prácticamente lo mismo que a finales de la década de 1980 porque en la mayor parte de la década de 1990 no se pensaba que invertir en prevención, a falta de una vacuna contra el VIH, fuera demasiado eficaz en función de los costos (Behrman, 2004).
Incluso los gobiernos que se ocuparon debidamente de la prevención, más de una vez cometieron errores en las metas. Persiste una renuencia considerable a levantar un reto de talla visto que se considera que en numerosas regiones, en particular de Asia y América Latina, la propagación de la epidemia obedece al comportamiento de consumidores de droga por vía intravenosa, a los hombres que mantienen relaciones con hombres y a los trabajadores del sexo y sus clientes. Dichos grupos –en los cuales las tasas de prevalencia del VIH son más altas que en el resto de la población– son objeto de estigma, exclusión y, en muchos casos, penalización. Cabe señalar que si no se llevan a cabo programas de prevención, atención y tratamiento del VIH y si los políticos no se empeñan en combatir el estigma, esas tasas seguirán aumentando en los grupos de riesgo.
En 2005, a escala mundial, tenían acceso a servicios de prevención del VIH un escaso ocho por ciento de los consumidores de drogas por vía intravenosa (OMS, ONUSIDA y UNICEF, 2007) y menos del 20 por ciento de los trabajadores del sexo (Secretario General de la ONU, 2007). Actualmente, tan solo el nueve por ciento de hombres que mantienen relaciones sexuales con hombres tiene acceso a dichos servicios (ONUSIDA, 2006).
En las intervenciones frente a desastres naturales o provocados por el ser humano, las organizaciones humanitarias han de tener en cuenta las peculiaridades de la epidemia del VIH en el país de que se trate, incluidos los parámetros de prevalencia. Incluir la epidemia en esas intervenciones es crucial para una prevención eficaz.
Otro factor significativo del fracaso de los programas de prevención reside en que con frecuencia son impuestos por “forasteros” sin contactos significativos con la gente del lugar. Es esencial que los expertos locales –personas que viven con el VIH o afectadas por éste, líderes comunitarios, médicos y demás especialistas– participen en la formulación de políticas y la elaboración de programas sobre el VIH y el sida. La participación, el liderazgo y la movilización locales son elementos fundamentales de la dinámica de capacitación que propicia el resultado de las consiguientes intervenciones cimentando la resiliencia de personas y comunidades.
La pobreza puede acrecentar la vulnerabilidad frente al VIH pero la infección no es privativa de la pobreza. Decir que la pobreza es la fuerza motriz de las epidemias es demasiado simplista. Si bien es cierto que los países más afectados figuran entre los más pobres del mundo, el VIH afecta a todas las clases sociales de esos países. Pruebas recientes indican claramente que el sida obedece más bien a la desigualdad, en muchos casos asociada a las economías en transición, que a la pobreza en sí (Piot, et al, 2007). Además, en algunos países como Zimbabwe, la prevalencia del VIH disminuyó sin que haya habido grandes logros en términos de reducción de la pobreza y la discriminación (Shelton, 2007).
La lucha contra el VIH y el sida tal vez sea uno de los mayores retos que afrontan los círculos humanitarios, religiosos y políticos. Si nos proponemos que los programas de prevención lleguen a ser plenamente eficaces habrá que operar cambios sociales y jurídicos, así como focalizarse en los grupos pertinentes y dotarles de los medios necesarios. Esos cambios contribuirán a acabar con el estigma y la discriminación que vienen socavando las intervenciones en todas partes del mundo. Salta a la vista que la prevención y el tratamiento bien orientados no bastan, también hace falta un mayor liderazgo político que asuma el compromiso de garantizar una intervención sostenida para controlar la epidemia y erradicar el estigma.
El presente informe recoge muchas enseñanzas extraídas por la comunidad humanitaria pero una de las más significativas reside en entender primero que la intervención frente al VIH durará mucho más tiempo que las habituales intervenciones frente a otras emergencias para luego actuar en consecuencia. No hay soluciones a corto plazo para causas subyacentes de la vulnerabilidad como la discriminación de grupos marginados y las desigualdades entre hombres y mujeres por consideraciones de genero y en estos 25 años, tras la aparición de los primeros casos de sida, se hubiera podido hacer mucho más. Desde una óptica más positiva, la intervención frente al VIH ofrece la oportunidad de reforzar aquellos aspectos de la labor humanitaria que cimientan la resiliencia y dotan de medios a las comunidades en lugar de limitarse a prestar asistencia cuando un desastre superó con creces su capacidad de resistencia
Texto del capítulo: Lindsay Knight, Redactora del Informe Mundial sobre Desastres 2008 y autora de artículos sobre VIH, salud y asuntos sociales.
América del Norte 1,3 millones (480.000–1,9 millones)
Total: 33,2 (30,6 – 36,1) millones
Caribe 230.000 (210.000–270.000) América Latina 1,6 millones (1,4–1,9 millones) África subsahariana 22,5 millones (20,9–24,3 millones)Europa oriental y Asia central 1,6 millones
(1,2–2,1 millones)Asia oriental
800.000
(620.000–960.000)
Asia meridional y sudoriental 4,0 millones (3,3–5,1 millones) Oceanía 75.000 (53.000–120.000) Europa occidental y central 760.000 (600.000–1,1 millones)
Oriente Medio y África del Norte 380.000
(270.000–500.000)
Fuente: ONUSIDA, 2007
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