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LA CARIDAD PASTORAL DEL SACERDOTE EN LA ENCÍCLICA DEUS CARITAS EST *

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En la encíclica Deus caritas est, Be-nedicto XVI sólo menciona a los sacer-dotes al indicar en el título los destina-tarios de la carta y al recordar que el emperador Juliano el Apóstata, con el fin de restaurar el paganismo, inspirán-dose ampliamente en el cristianismo, «estableció una jerarquía de metropoli-tas y sacerdotes. Los sacerdotes debían promover el amor a Dios y al prójimo» (n. 24). Como la encíclica subraya la misión que compete a los obispos entre los responsables de la acción caritativa de la Iglesia (cf. n. 32), implícitamente también están presentes los presbíteros, cuyo ministerio es «comunión y co-laboración responsable y necesaria con el ministerio del obispo» (Pastores dabo vobis, 17).

En calidad de destinatario, el presbí-tero puede hacer una lectura y

aplica-ción «sacerdotal» de esta encíclica, la primera que trata de manera directa, ex-plícita y orgánica el tema del amor. Con este fin, señalamos algunas pistas.

La espiritualidad sacerdotal, como la de todo cristiano, tiene su centro en el «corazón de la fe cristiana» -«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16)- y en la formulación sintética de la experiencia cristiana: «Nosotros he-mos conocido el amor que Dios nos tie-ne y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). La existencia sacerdotal, como la cris-tiana, nace del encuentro con Cristo y de una vocación de seguimiento. «No se comienza a ser cristiano por una de-cisión ética. O una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento con una Persona, que da un nuevo horizon-te y, con ello, una orientación decisiva»

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LA CARIDAD PASTORAL DEL SACERDOTE

EN LA ENCÍCLICA “DEUS CARITAS EST”*

P. Jesús Villagrasa, l.c.

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(Deus caritas est, 1). Sobre el fondo de la común vocación cristiana se delinea, para el sacerdote, la especial vocación a ser pastor y un amor especifico: la cari-dad pastoral.

Ser pastor

Mediante la consagración sacramen-tal, el sacerdote es configurado con Je-sucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y participa de su autoridad. Esta, en obediencia perfecta al Padre, coincide «con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amoro-sa a la Iglesia» (Pastores dabo vobis, 21). Con la Encarnación, Dios va tras la «oveja perdida», la humanidad doliente y extraviada. Jesucristo, el buen pastor, da la vida por las ovejas; sacerdote y víctima, se pone a favor de los hombres y contra sí mismo. «En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» (Deus caritas est, 12). Este amor pastoral, que sirve a la Iglesia y da la vida por ella, debe ani-mar y vivificar al sacerdote, precisa-mente como exigencia de su configura-ción con Jesucristo, cabeza y pastor de la Iglesia.

Si, contemplando el costado traspa-sado de Cristo crucificado, cada cristia-no puede comprender que Dios es amor y que este amor ha de orientar toda su vida y acción, cuánto más el sacerdote. Si el amor-donación es el sentido fun-damental de toda vida y vocación, cuánto más lo será en el caso del sacer-dote, que es «llamado a revivir, en la forma más radical posible, la caridad

pastoral de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor, que “da su vida por las ovejas”» (Pastores dabo vobis, 40).

Caridad pastoral

La caridad pastoral constituye el alma del ministerio sacerdotal, la virtud que anima y guía la vida espiritual del pres-bítero y «el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diver-sas actividades del sacerdote». La cari-dad pastoral, participación de la misma caridad de Jesucristo es «don gratuito del Espíritu. Santo y al mismo tiempo deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero. El contenido esencial de la caridad pastoral es la do-nación de sí, la total dodo-nación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen» (ib., 23). Por ello, Jesu-cristo en la cruz «lleva a perfección su caridad pastoral con un total despojo ex-terior e inex-terior» (ib., 30).

La fuente específica de la caridad pastoral es el sacramento del Orden, pero encuentra su expresión plena y su alimento supremo en la Eucaristía. El sacrificio eucarístico es centro y raíz de toda la vida del presbítero, porque en él se hace de nuevo presente el sacrifícío de la cruz, el don total de Cristo, cabeza y pastor, a su Iglesia, y porque de esa ce-lebración recibe «la gracia y la respon-sabilidad de impregnar de manera “sa-crificial” toda su existencia» (ib., 23).

Desde este centro eucarístico, el sacerdote anuncia la verdad del amor de Dios, don gratuito y misericordioso que llega al colmo con la llamada a la co-munión. El amor de Dios, tal como se revela en la sagrada Escritura, es

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ción total y gratuita, sin ningún mérito anterior del hombre. La superabundan-cia y eminensuperabundan-cia del amor divino se ma-nifiesta como misericordia que perdo-na: Dios, que tras la ruptura de la alian-za por parte del hombre pecador habría debido juzgarle y repudiarle, se pone, en la cruz, a favor del hombre y contra sí mismo, pone «su amor contra su jus-ticia» (Deus caritas est, 10). Allí, en la cruz, puede contemplarse el amor más grande y que Dios es amor; y «a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor» (ib., 12).

El amor de Dios por el hombre llega al colmo cuando, no satisfecho con per-donarlo, lo llama a la comunión con él. Lo atrae hacía sí y lo une consigo sin anularlo o diluirlo, para poder amarlo eternamente como a un tú. Esta comu-nión «es una unidad que crea amor, en la que ambos –Dios y el hombre– siguen siendo ellos mismos y, sin embargo, se convierten en una sola cosa» (ib., 10). Con la institución de la Eucaristía, Jesu-cristo ha perpetuado su acto de entrega en la cruz y se ofrece a los cristianos como verdadera comida, para que pue-dan entrar en comunión con él y partici-par en su amor. El camino del verdadero amor, abierto por Cristo, llega a nosotros, porque la Eucaristía es presencia actual y perenne de la Pascua-sacrificio del Señor. Además, al unirnos a Cristo en la comunión sacramental, nos implicamos «en la dinámica de su entrega» (ib., 13) y quedamos unidos a quienes comulgan. El amor a Dios y al prójimo están, en Cristo, real e íntimamente unidos. La co-munión eucarística hace la coco-munión eclesial: Ecclesia de Eucharistia.

De esta «existencia» eucarística del sacerdote y de su caridad pastoral se de-rivan algunas consecuencias para la es-piritualidad y ministerio sacerdotales, que podríamos resumir en tres términos estrechamente relacionados: contempla-ción, pastoral y comunión.

Contemplación y pastoral

El buen pastor que vive anclado en la contemplación puede captar en profundidad las necesidades de los demás, para hacerlas suyas y para ha-cerse él mismo todo a todos. El buen pastor, como Moisés, entra en el taber-náculo y permanece en diálogo con Dios para, a partir de ahí, salir y estar a disposición del pueblo que le ha sido confiado (cf. Deus caritas est, 7).

La contemplación de Dios libra al sacerdote de un moralismo estrecho. El cristianismo no es sólo moral, ni el amor es un sentimiento o un mandato meramente externo e «impuesto», que no nazca en nosotros mismos. El cris-tianismo y su estilo de vida moral son una respuesta al amor de Dios. «El nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este “antes” de Dios puede nacer también en nosotros el amor co-mo respuesta» (ib., 17).

La contemplación de Dios forja sacerdotes más pastorales y humanos. En la primera parte de la encíclica, el Papa Benedicto XVI muestra «algunos puntos esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor con la realidad del amor humano» (ib., 1). El sacerdote contemplativo, con afinada

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dad, detecta las aspiraciones más pro-fundas y vivas del corazón humano y reconoce en Cristo el camino, la verdad y la vida que puede satisfacer plena-mente su anhelo más hondo de amar y ser amado. El cristianismo “no constru-ye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, inter-viniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (ib., 8). Esta cari-dad pastoral y esta humanicari-dad sacerdo-tal, que se nutren en la contemplación de las insondables riquezas del amor de Dios, empujan al sacerdote a conocer cada vez mejor «las esperanzas, necesidades, problemas sensibilidad de los destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser contemplados en sus situaciones personales concretas, fami-liares y sociales» (Pastores dabo vobis, 70). Esa misma caridad lo impulsa «a discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar los métodos más adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su ministerio» (ib., 72). De este modo, la caridad pastoral del sacer-dote contemplativo anima y sostiene sus esfuerzos humanos por alcanzar una actividad pastoral actual y eficaz.

Pastoral y comunión

Una actividad sacerdotal animada por la caridad crea comunión. El sacerdote es, de diversas formas, el hombre de la comunión: orienta toda su actividad –y educa a los fieles para que hagan lo mismo– a la Eucaristiíta, que es «fuente y cima de toda evangelización», a la que

se ordenan «los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiás-ticos y las obras del apostolado» (Pres-byterorum ordinis, 5). Consciente de que «una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmen-taria en sí misma» (Deus caritas est, 14), enseña a los fieles a participar plena-mente en la celebración eucarística; ade-más, anima la caridad organizada, pues el acto totalmente personal del amor al prójimo no puede ser algo solamente in-dividual, sino que debe ser un acto de la Iglesia como comunidad, y el actuar co-munitario de la Iglesia se expresa tam-bién en formas institucionales. Así pues, el amor cristiano es tarea de cada fiel y de la comunidad eclesial en todas sus dimensiones: «desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. Tam-bién la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En conse-cuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado» (ib., 20). En el multiforme servicio caritativo de la iglesia; desplegado a diversos ni-veles y por variadas organizaciones, el sacerdote es servidor de la Iglesia co-munión cuando, unido al obispo y en es-trecha relación con el presbiterio, «cons-truye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocacio-nes, carismas y servicios»” (Pastores dabo vobis, 16).

La unión vital de contemplación, pastoral y comunión está garantizada por la santidad del sacerdote. Los san-tos, dice Benedicto XVI, «han adquiri-do su capacidad de amar al prójimo de

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manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás» (Deus cari-tas est, 18). Los santos han experimen-tado que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, y que son un único mandamiento. Ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero, Quien ha

experimenta-do el amor de Dios es impulsaexperimenta-do interiormente a comunicarlo ulterior-mente a otros. «El amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unifica-dor, nos transforma en un nosotros que supera nuestras divisiones y nos con-vierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos”» (ib.). El sacerdote contemplativo es pastor, ministro y testigo de esta comunión.

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