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Sofocles - Edipo Rey (Intro de Jimena Schere para Colihue).pdf

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Sófocles

Edipo rey, Edipo en Colono, A ntígona.- Ia ed. - Buenos Aires : Colihue, 2008.

328 p. ; 18x12 cm.- (ColihueClásica) Traducción de:Jim ena Schere ISBN 978-950-563-028-8

1. Literatura griega clásica y en varias lenguas helénicas. I. Título

CDD 880

Título original: OIAinOYZ TYPANNOX / OIAinOYZ EFII KOAQNQI / ANTirONH.

Coordinador de colección: Lic. Mariano Sverdloff Equipo de producción editorial: Juan Pablo Lavagnino,

Leandro Avalos Blacha, Pablo Gauna y Vanesa Gamarra. Diseño de tapa: Estudio Lima+Roca

LA FOTOCOPIA MATA AL LIBRO Y ES UN DELITO

I.S.B.N. 978-950-563-028-8 © Ediciones Colihue S.R.L. Av. Díaz Vélez 5125

(C1405DCG) Buenos Aires - Argentina www.colihue.com.ar

[email protected]

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

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VII

INTRODUCCIÓN

Mit o y v e r s ió n e n la o b r a d e Só f o c l e s

L

a obra de Sófocles tuvo el reconocimiento de sus con­ temporáneos y se sigue leyendo hoy con interés. Sófo­ cles (497-406 a. C.) participó en treinta concursos trágicos y dieciocho veces ganó el primer premio. Al morir, Atenas lo canonizó y le rindió culto religioso. Un siglo después, Aris­ tóteles, en su Poética, catalogó Edipo rey como la composición más perfecta del género. ¿Por qué desde el comienzo sus obras han despertado tanta admiración y se han seguido leyendo y representando a lo largo de los siglos? ¿Por qué Sófocles es un clásico?1 Si bien la lectura de sus tragedias responde por sí misma, un recorrido por su obra y sus principales caracte­ rísticas puede aportar a la respuesta.

Los autores trágicos basaron el argumento de sus piezas

teatrales en las tradicionales historias de la m itología griega.

Los protagonistas de la tragedia fueron fundamentalmente los héroes de las guerras de Troya y de Tebas, seres extraordi­ narios, superiores en fuerza o inteligencia, pero que siempre tienen algún rasgo desmesurado y monstruoso.2

La leyenda tebana, de donde Sófocles tomó el argumento de sus obras, consiste en una larga saga familiar que abarca varias generaciones. Cadmo, el antepasado más lejano de

7. Cf. Lida, M. R., Introducción al teatro de Sófocles, Buenos Aires, Lo­ sada, 1944, pp. 19 y ss.

2. Cf. García Gual, C., Introducción a la mitología griega, Madrid, Alian­ za Editorial, 1995.

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via JIMENA SCHERE

Edipo, es el fundador mítico de Tebas; todos los hombres de su linaje serán reyes de la ciudad. Su nieto Lábdaco, abuelo de Edipo, aparece en Antígona como el origen del destino desgra­ ciado de la familia (v. 594). Su falta fue oponerse al culto del dios Dioniso, y como castigo Lábdaco murió descuartizado. La religión griega creía en la culpa hereditaria: la «mancha» de un delito (en griego, miasma) pasaba de generación en generación y contaminaba a toda la descendencia.

También Layo, hijo de Lábdaco y padre de Edipo, fue

responsable de un delito que iba a pesar sobre su estirpe.

Se enamoró de Crísipo y lo raptó; pero Crísipo se suicidó y, entonces, su padre, Pélope, maldijo a Layo y a toda su des­ cendencia. Edipo, por su parte, agravó las culpas ancestrales cometiendo parricidio e incesto involuntarios y les dejó a sus hijos la carga de esta herencia.

Tanto Antígona (443) como Edipo rey (429) y Edipo en Colono (406) abrevan en la leyenda tebana. Pero estas obras no fueron escritas como una trilogía conjunta de la saga familiar, a la ma­ nera de Esquilo,3 sino que son piezas unitarias e independien­ tes, compuestas con años de distancia. Se atribuye a Sófocles la innovación de haber desechado la trilogía. En sus tragedias, la acción dramática no desarrolla la historia de la estirpe, sino que se concentra en un solo individuo: el héroe.

Si bien los trágicos se basaron en la materia mítica, no se circunscribieron al legado de la tradición, sino que compu­ sieron sus propias versiones con un tratamiento y una mirada particular. En el caso de Sófocles, hay diferencias significativas entre su obra y otras versiones de la leyenda. En Edipo rey, por ejemplo, cuando el protagonista descubre sus crímenes

3. Esquilo ya había escrito una trilogía sobre la saga de Edipo, de la cual solo se conserva Los siete contra Tebas. Las otras piezas eran Layo y Edipo; estaban acompañadas por el drama satírico La Esfinge. Esquilo daba importancia central al tema de la culpabilidad de Layo. En Edi­ po rey, en cambio, esa culpa ancestral no se menciona.

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INTRODUCCIÓN IX

involuntarios, se perfora los ojos con un broche de oro de su madre. En cambio, según el relato de la Odisea (v. 271 ss.), Edipo sigue reinando en Tebas y no se infiere ningún autocastigo. El episodio del autocastigo probablemente haya sido incluido en la versión sofoclea por el valor simbólico que tiene la temática de la visión y la ceguera en toda la obra. El exilio en Atenas tampoco se menciona en la Odisea. En Edipo en Colono, en cambio, Atenas brinda generoso asilo a Edipo, que ha sido desterrado. Sófocles realiza así un homenaje a su tierra patria.

Los hijos del incesto entre Edipo y Yocasta -Eteocles, Po­ linices, Antígona e Ismene- marcados por su desafortunado origen, no tendrán una suerte mejor que la de su padre y prolongarán la cadena de destinos trágicos. Pero según otras tradiciones, los hijos de Edipo no eran fruto de la unión in­ cestuosa con su madre, sino de un segundo matrimonio con Eurigania.4 Sófocles eligió la versión más descarnada del mito, que convertía a Edipo en padre y hermano de sus hijos, y que condenaba a estos a un destino desgraciado. El autor desarrolló especialmente este último tema en su obra Antígona. Es evidente que Sófocles ha seleccionado cuidadosamente las versiones y ha reescrito el mito según los sentidos que

intentaba destacar en cada caso.

En cada obra realiza, además, un recorte particular de la materia mítica. Edipo rey, por ejemplo, se centra exclusiva­ mente en el proceso de descubrimiento del personaje que lo llevará a conocer sus delitos, y deja a un lado todas las demás circunstancias de su vida. Esta concentración del argumento en un solo episodio de la saga tiene la funcionalidad de apor­ tarle máxima unidad a la pieza.

Por otra parte, si bien Sófocles construye sus personajes a partir del legado de la tradición, también en este aspecto

4. Grimal, P., Diccionario de mitología griega y romana, Buenos Aires, Paidós, 2004, p. 148.

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X JIMENA SCHERE

introduce ligeras variantes. La personalidad de los personajes estaba establecida de antemano en la leyenda, pero el trágico reformula los caracteres, acentuando o aligerando ciertos rasgos según las necesidades dramáticas. Por ejemplo, la Antígona de Edipo en Colono es una tierna y abnegada hija que hace de lazarillo de su padre ciego; no tiene la fuerza de carácter de la desafiante muchacha de Antígona, que entierra a su hermano contra las órdenes del rey. Tampoco el cuñado de Edipo, Creonte, es exactamente el mismo en Edipo rey y en Antígona. En esta última obra, el sensato y generoso Creonte de Edipo rey se ha convertido al llegar al poder en un tiránico gobernante.

Sófocles, en síntesis, reescribe el legado de la tradición realizando una cuidadosa selección de las versiones, un recor­ te particular de la historia y una funcional construcción de los personajes, para alcanzar la máxima eficacia dramática.

La Aten a s d e Só fo c l e s

Si bien las tragedias de Sófocles se ocupan del remoto mundo mítico, situado en un pasado lejano y prestigioso, en sus obras encontramos referencias indirectas a la Atenas del siglo V a. C. El teatro trágico, como subraya Vernant, cruza el tiempo legendario y el presente ciudadano.5

Sófocles compuso sus obras durante el siglo de Pericles y de la democracia ateniense. En este período, el teatro era una actividad central para la ciudad de Atenas. Las obras se presen­ taban en las fiestas religiosas que se celebraban anualmente en la polis. El teatro se consideraba una actividad educadora y el Estado se hacía cargo de su organización y financiación, me­ diante un impuesto que pagaban los ciudadanos más ricos.

5. Vernant, J. P. y Vidal-Naquet, P., Mito y tragedia en la Grecia antigua, Madrid, Taurus, 1987, pp. 15 y ss.

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INTRODUCCIÓN X I

El siglo V es también el período en el que se imponen las ideas de la sofística. Los sofistas desacreditaron el saber mítico y religioso, y exaltaron el poder de la razón y de la inteligencia humana. El hombre, dirá Protágoras, «es la medida de todas las cosas». El hombre, con su sola inteligencia, puede gober­ nar y administrar correctamente la ciudad, sin preocuparse por fuerzas trascendentes. La democracia de Pericles fue la expresión política de las ideas de la sofística.

Sófocles vivió el período de esplendor de la ciudad duran­ te la democracia de Pericles y luego su decadencia. Murió un poco antes de la derrota definitiva de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso. Como hombre de su tiempo, participó activamente en la vida pública: fue estratega junto con Pericles en los años 441-4396 y administrador del tesoro ateniense. Frecuentó el círculo de Pericles y compartió con este el ideal de la moderación (sophrosyne) y de la grandeza nacional.7 Sin embargo, sus obras dejan traslucir su preocu­ pación por los avances del racionalismo, que dejaba a un lado las creencias religiosas. Según la visión tradicional, los dioses fijaban la justa medida de lo humano; por lo tanto,

6. Pericles fue estratega de Atenas desde el año 443 a 429 con breves interrupciones. Los estrategas griegos se convirtieron en los verdade­ ros magistrados superiores de la Atenas democrática.

7. Para la relación entre tragedia, democracia y sofística cf. Rodríguez Adrados, R., La democracia ateniense, Madrid, Alianza, 1975; Knox, B. M. W., Oedipus at Thebes, New Haven, Yale University Press, 1998. So­ bre el pensamiento de los sofistas cf.Jaeger, W., Paideia, México, Fondo de Cultura Económica, 1971; Guthrie, W. K. C., Historia de la filosofía griega III. Siglo V Ilustración, Madrid, Gredos, 1994. Se pueden trazar innumerables relaciones entre la obra del trágico y su contexto, incluso a nivel lingüístico. Long (Language and Thought in Sophocles, Londres, 1968), por ejemplo, sostiene que la presencia de numerosos sustantivos abstractos en las tragedias de Sófocles se debe, en parte, a la influencia de la obra de filósofos y sofistas que hacían un uso prolífico de este tipo de palabras.

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XU JIMENA SCHERE

el hombre que no creía en un poder superior podía perder su medida y caer en el exceso (hybris).

Sin duda, la obra del trágico pone en escena las fusiones y contradicciones entre la ideología tradicional y la nueva cosmovisión democrática. Los debates contemporáneos y las tensiones entre pensamiento mítico y racionalismo resue­ nan, por ejemplo, en Edipo rey, durante la discusión entre el adivino Tiresias y Edipo. Edipo, paradigma del gobernante ilustrado que solo confía en su inteligencia, pone en duda el valor de la sabiduría divina del augur. También el personaje de Yocasta evidencia su escepticismo y desacredita la creencia en los oráculos.

Del mismo modo, en Antígona la ley humana del gober­ nante entra en colisión con las normas religiosas. El conflicto se desencadena cuando el rey Creonte prohíbe enterrar a su sobrino Polinices por considerarlo un traidor a la patria. En Antígona está presente, de modo indirecto, la controversia entre sofistas y tradicionalistas sobre la naturaleza de las leyes. Según la visión tradicional, la sepultura de los muertos constituía un deber religioso exigido por las leyes divinas. Los sofistas, en cambio, consideraban que las leyes eran una institución humana y, por lo tanto, podían ser modificadas.

Las obras de Sófocles, sin embargo, no suelen presentar ideas políticas, morales o religiosas explícitas, como ocurre en Esquilo o Eurípides. Por lo tanto, sus tragedias no pueden reducirse fácilmente a principios abstractos. Por esta razón, la crítica ha debatido incesantemente sobre la naturaleza de las ideas del poeta. Según la opinión de Rodríguez Adrados, Sófocles fue partidario de una «democracia religiosa» con amplios puntos en común con la «democracia laica» que propugnaron Pericles y los sofistas, como el ideal de igualdad y moderación. La diferencia fundamental entre una y otra consistió en que Sófocles mantuvo una visión teocéntrica del

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INTRODUCCIÓN X III

mundo.8 Los sofistas, en cambio, no fundaban la organización social y política en el orden cósmico divino, sino en la natu­ raleza humana. Consideraban que todo individuo, salvo raras excepciones, estaba naturalmente dotado de «virtud política», es decir, respeto por los demás y por las normas que rigen la comunidad.9 La ideología sofística de la primera ilustración sostuvo la igualdad de la naturaleza humana y negó la con­ cepción aristocrática que propugnaba la superioridad de la nobleza y justificaba sus privilegios.10 Estas ideas de igualdad sirvieron de fundamento a la «democracia laica».

La obra del trágico refleja las tensiones entre estas ideas democráticas vigentes y aquellos viejos valores aristocráticos que preconizaban los privilegios de la nobleza.11 La tragedia pone en escena de un modo indirecto la crítica al ideal aris­ tocrático del héroe, conforme al nuevo ideal de igualdad.

8. Op. cit., pp. 270-271.

9. La naturaleza humana común de carácter cooperativo fue la justi­ ficación de la democracia ateniense. Esta virtud era de origen y finali­ dad pragmática, ya que permitía la vida en comunidad. Sin embargo, los sofistas no consideraban que la igualdad entre los hombres fuera

absoluta; la naturaleza podía presentar m atices en el grado de racio­

nalidad e inteligencia, y la educación acentuaba las diferencias entre los individuos. La «virtud política» podía ser enseñada, y esta era la tarea paga de los sofistas.

10. La nobleza también había tenido un ideal de igualdad, pero este derecho se restringía a la clase aristocrática. Según el pensamiento aristocrático, el exceso de poder en un solo individuo (hybris) engen­ draba la tiranía. La tiranía implicaba un sacrilegio y desataba el cas­ tigo de los dioses. La democracia partió de los mismos principios aristocráticos -ideal de igualdad y moderación- pero los extendió a todo el pueblo.

77. Vemant y Vidal-Naquet [op. ciL, p. 16) analizan algunos de los elementos mixtos que conviven en la tragedia. Sostienen que la pro­ pia estructura de la tragedia representa la fusión entre pensamiento democrático y aristocrático. El coro, personaje anónimo y colectivo, representa al pueblo; los héroes, en cambio, a la nobleza.

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XIV JIMENA SCHERE

La poesía heroica, a diferencia de la tragedia, resaltaba las virtudes de sus protagonistas más que sus limitaciones. El héroe representaba al noble y encarnaba un tipo humano superior.12 En el caso de Odiseo, por ejemplo, su inteligencia y astucia extraordinaria le permiten sobrevivir y burlar a las fuerzas superiores, como el Cíclope o las sirenas. En cambio, en Edipo rey, la inteligencia superior del héroe lo llevará al trono de Tebas y a la ruina: Edipo es un Odiseo al revés. La tragedia se concentra más bien en la insuficiencia del héroe; muestra su grandeza y su pequeñez, sus momentos de gloria y su caída, y, sobre todo, la inestabilidad de la vida humana. Resulta significativo que en la versión mítica de la Odisea Edi­ po siga reinando en Tebas luego de descubrir sus crímenes. En Sófocles, en cambio, la ruina del héroe es completa. El héroe sofocleo siempre encuentra su límite, siente su debilidad frente a los dioses y revela finalmente un costado antiheroico. En Sófocles, el héroe se transforma en hombre.

Edipor e y

1. La tragedia del reconocimiento

Una peste azota a la ciudad Tebas como castigo de los dioses por el asesinato impune de Layo. Este es el punto de partida de la acción dramática en Edipo rey. Edipo, entonces, pone en marcha la investigación para atrapar al asesino y así salvar a Tebas. La obra avanza sobre el gradual proceso de descubrimiento, que conlleva la revelación de la identidad perdida del personaje: Edipo descubrirá que es el asesino del rey y también su hijo.

A raíz de su pesquisa, saldrá a la luz todo su pasado oculto. Antes de su nacimiento, el oráculo de Delfos le había anun­ ciado a Layo que sería asesinado por su hijo. Por esta razón,

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INTRODUCCIÓN XV

Layo había decidido abandonar al niño en el monte Citerón. Con esa orden se lo entregó a un servidor y le atravesó los pies con una fíbula para inmovilizarlo; de allí derivó el nombre del personaje, que en griego significa Pies hinchados. Pero el servidor de Layo desobedeció por piedad las órdenes del rey y se lo entregó a un pastor para que lo criara como hijo suyo. El pastor a su vez entregó al niño a un matrimonio sin hijos, los reyes de Corinto.

Edipo se crió en su palacio, creyendo que aquellos eran sus verdaderos padres. Pero durante una fiesta, un hombre ebrio le reveló que él no era hijo de los reyes. Estos negaron rotundamente estas afirmaciones, pero Edipo, intranquilo, fue a consultar al oráculo de Delfos. Este no le dijo nada sobre su verdadero origen, pero le vaticinó que mataría a su padre y se casaría con su madre. Edipo escapó de la ciudad para evitar esos crímenes.

En el camino, Edipo mató a Layo en una pelea casual. Luego llegó a Tebas y se encontró con la Esfinge, un monstruo mitad mujer, mitad león, que planteaba enigmas y devoraba a los viajeros que no podían resolverlos. Edipo venció a la Esfinge y, en agradecimiento, Tebas lo coronó y le dio la mano de la viuda Yocasta.

Todos estos episodios de la leyenda aparecen en la versión

sofoclea solo de modo indirecto, a través de los testimonios de los distintos personajes. Sófocles parte de un episodio posterior, la peste, y centra su historia en la investigación de Edipo, que lo conducirá a la revelación de su identidad. El autor basa la construcción de su obra en un recurso caracte­ rístico de la tragedia griega: el reconocimiento (anagnórisis). Este recurso dramático consiste precisamente en representar en escena el acceso de un personaje a una verdad oculta, que le permite salir de su anterior estado de ignorancia.13 Mientras

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XVI JIMENA SCHERE

que en otras tragedias el reconocimiento se limita a un episodio puntual de la pieza, en Edipo rey este recurso se ha convertido en el eje central de la trama.

En las obras del género trágico, es habitual que un per­ sonaje reconozca la verdadera identidad de otro a partir de algún rasgo específico. Por cierto, en algunas versiones del mito de Edipo, Yocasta descubría a su hijo por la marca de sus pies hinchados.14 Sófocles, en cambio, eligió la variante del autorreconocimiento: el personaje se descubre a sí mismo.

Pero si Edipo rey es la tragedia del reconocimiento, el acceso de

Edipo a la verdad no elimina el misterio definitivo que envuelve al orden divino, inescrutable para el hombre. La verdad deve­ lada se transforma a su vez en un nuevo enigma incomprensi­ ble, que vuelve a escapar al entendimiento humano. La obra plantea la relación del hombre con una verdad que siempre se le escapa. Del mismo modo, también la palabra oracular de los dioses está destinada a no ser aprensible para los mortales. El destino de la equívoca palabra del oráculo es ser malentendida por los hombres y convertirse, entonces, en una verdad falsa. Edipo, por ejemplo, interpreta erróneamente que matará a Pólibo y se casará con Mérope. En su traducción racional y humana del mensaje divino, la verdad desaparece.

El dios del oráculo de Delfos, Febo Apolo, cumple un rol central en la obra. Apolo impulsa la investigación del crimen y pone la acción en movimiento cuando15 anuncia a través de sus oráculos que no habrá salvación para Tebas si no se expía el asesinato impune de Layo. Apolo era el dios de la verdad, en cuyo templo estaba inscripta la famosa sentencia «conócete a ti mismo»; era asimismo dios de la poesía y expresaba sus oráculos en fórmulas versificadas; también recibía el nombre de Febo, «el resplandeciente de luz». El

14. Grimal, P., op. cit., p. 148.

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INTRODUCCIÓN XVII

dios Apolo y el problema de la verdad y de los límites del conocimiento humano, está claramente presente en toda la obra. La Atenas de siglo V a. C., como sostiene Budelmann, tuvo un especial interés por el problema de la ignorancia y del conocimiento, y particularmente, por las zonas grises entre el saber y el no saber.16

Según la caracterización aristotélica, el héroe trágico comete siempre algún error o falta (hamartía). En el caso de Edipo, su falta será su ignorancia, que desencadenará la tragedia. No hay en él una falla moral, ya que Edipo realiza todos sus crímenes sin intención: comete parricidio, pero sin saber que está matando a su padre; también incesto, pero ignorando que se ha casado con su madre. En Sófocles, el destino desgraciado del héroe es producto de su condición humana, aparte de cualquier culpa o responsabilidad.17 Frente a la sabiduría divina, la ignorancia es para el pensamiento griego un rasgo propio de los seres humanos. Y por la ig­ norancia de su identidad, Edipo cometerá sus crímenes y sufrirá los peores males; todas sus desgracias le vienen de ser hombre. En Sófocles el poder de los dioses se ejerce, a veces, de un modo despiadado e incomprensible para los mortales. Sin embargo, ese poder no aparece cuestionado en la obra del trágico; el orden divino, aunque oscuro e ininteligible, es siempre legítimo y sagrado.

Edipo representa la figura del gobernante ilustrado que confía demasiado en su sabiduría mortal y que no reconoce las limitaciones de la inteligencia humana. Esto se evidencia, por ejemplo, cuando desacredita la palabra de los dioses y se enfrenta con el adivino Tiresias. Edipo desconfía de la revelación del adivino, que lo acusa del asesinato de Layo,

76. Budelmann, F., The language of Sophocles, Cambridge, 2000, p. 12. 77. Cf. Rodríguez Adrados, (Introducción) Sófocles, Edipo rey, Ma­ drid, Aguilar, 1973, pp. 19 y ss.

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XVIII J1MENA SCHERE

y con su lógica de gobernante celoso del poder sospecha una confabulación. Edipo intentará descubrir la verdad por medios más mundanos que la palabra del augur: necesita pruebas, necesita testigos; él mismo tendrá que buscarla por sus propias vías racionales. Los testimonios del mensajero y del pastor serán la prueba objetiva e irrefutable de su origen y de sus crímenes. Mediante su razón, Edipo llega al mito y se reencuentra con la oscura verdad de los dioses.

Los personajes de Sófocles no son ni esquemáticos ni mani-

queos ni carecen de refinam iento psicológico, com o se ha sos­

tenido muchas veces. A pesar de su arrogancia (hybris), propia del héroe trágico, Edipo es un personaje bien intencionado, un gobernante preocupado por su ciudad, que no se detiene hasta descubrir al culpable, aunque eso signifique su ruina. El mismo interés de autoconocimiento que lo había llevado en Corinto a consultar el oráculo por su origen, lo llevará también después a seguir investigando hasta las últimas consecuencias.

Al final de la pieza, Edipo descubre quién es y esta visión lo lleva al autocastigo de cegarse a sí mismo. Edipo descubrirá que es otro y quebrará la ilusión del yo. Así como Tiresias, el viejo adivino no vidente que ve más que el hombre ordinario, Edipo quedará ciego al acceder al conocimiento.18 Edipo, el develador de enigmas, el rey sabio, ha descifrado también el enigma del asesinato de Layo; y esta nueva revelación lo lle­ vará a descubrir, finalmente, el enigma de su propia identidad. La obra avanza así sobre el planteamiento y la resolución par­ cial de enigmas, que nunca agotan el misterio, porque detrás de una incógnita resuelta siempre aparece otra: la verdad en Edipo rey no es otra cosa que una cadena de enigmas. El propio

18. Como bien ha señalado María Rosa Lida (op. cit., p. 195), el epi­ sodio de la ceguera está en consonancia con la teoría platónica de las ideas, que sostiene que el verdadero conocimiento se encuentra más allá de la realidad sensible.

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INTRODUCCIÓN X IX

Edipo constituye un misterio para sí mismo y un paradigma de la condición enigmática del hombre.19

2. La peripecia de Edipo

El acceso de Edipo a la verdad tendrá como consecuencia su caída. Edipo, el más sabio, el más inteligente, el salvador de la ciudad, se revelará como el peor mal de Tebas, la causa de la peste, el más ignorante y desgraciado de los hombres. El personaje cambia completamente de signo. Pasa al mismo tiempo de la ignorancia al conocimiento y de la grandeza a la ruina. La obra tiene en este sentido una estructura de perfecta simetría antitética, en la cual cada elemento se transforma en su contrario. Podríamos decir que en Edipo rey la paradoja se convierte en sistema. El personaje de Edipo es una paradoja en sí mismo: salvador y destructor, sabio e ignorante, hijo y esposo, padre y hermano, investigador y asesino, inocente y culpable. Edipo representa la unión de los contrarios: al final de la pieza los contrarios confluyen y se unen en este héroe ambiguo e inclasificable. La verdad sobre Edipo, que se oculta detrás de las apariencias, resulta más ininteligible que la realidad ilusoria; porque en la obra del trágico la verdad es

el misterio. Finalm ente, cuando la ilusión se quiebra, Edipo se verá a sí mismo en toda su irreductible complejidad.

Aristóteles ha llamado peripéteia a este proceso de inversión de los acontecimientos y de la suerte del personaje. La peripecia es un recurso característico del género trágico. En Edipo rey la peripecia es el pasaje de la prosperidad a la desgracia, la caída definitiva de Edipo desde su lugar de máximo poder y privilegio. Aristóteles señala que en esta obra la peripecia alcanza su máxima eficacia porque coincide perfectamente con el proceso de reconocimiento.

Por otra parte, es importante recalcar que la peripecia im­

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X X JIMENA SCHERE

plica la concepción tópica griega de que la vida humana es por completo inestable. El coro, al cierre de la obra, realiza un comentario final que involucra esta visión del hombre:

M iren: este es Edipo, el que resolvió los famosos enigmas y fue el hombre más poderoso; aquel al que todos los ciudada­ nos envidiaban por su buena fortuna. ¡A qué terrible ola de desgracia ha llegado! Por eso, antes ver su último día, no se debe considerar feliz a ningún mortal, hasta que no llegue al final de su vida sin padecer dolor.

El héroe caído solo conoce su verdad en el sufrimiento.20 El acceso de Edipo al conocimiento tiene como contrapartida su completa destrucción. El héroe pierde su estatura heroica, reconoce finalmente las limitaciones de su inteligencia y admite la superioridad de la sabiduría divina, inescrutable para el hombre.

3. Las lecturas de Edipo rey

Las lecturas sobre Edipo rey son tan diversas como, a ve­ ces, contradictorias. La lista de caracterizaciones es extensa: drama de caracteres, tragedia del destino, tragedia de la existencia humana, drama de revelación, drama policiaco, tragedia del reconocimiento, tragedia de las apariencias, drama de culpa y castigo, tragedia del poder. Y podríamos seguir enumerando.

Una de las interpretaciones más difundidas y criticadas ha sido la lectura romántica. Los románticos caracterizaron Edipo rey como una tragedia del destino inquebrantable.21 Según esta concepción, el poeta quiso poner en escena la infructuosa

20. Cf. Bowra, C. M., Sophoclean Tragedy, Oxford, 1944, pp. 365 y ss. 27. Cf. Dodds, E. R., The Ancient Concept of Progress and other Essays on Greek literature and belief Oxford, 1973, pp. 64-67; Schlesinger, E., op. cit., pp. 29-30.

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INTRODUCCIÓN XXI

lucha del hombre por escapar a las determinaciones del hado. Esta postura ha sido desestimada por la crítica del siglo XX, porque convertiría a Sófocles en una suerte de determinista. Por cierto, la noción de destino en sentido estricto es tardía y aparece solo con los estoicos. La concepción griega del destino que encontramos tanto en Homero como en Sófocles no implica que todas las acciones humanas estén predetermi­ nadas. Por el contrario, la acción del hombre no llega siempre a resultados previamente decididos, sino que, simplemente, no puede ir más allá de ciertos límites que le imponen los dioses. Dodds, en su artículo «On misanderstanding the (Edipus Rex», argumenta en este sentido:

Ciertas acciones del pasado de Edipo fueron sentenciadas por el hado, pero todo lo que él hace en escena desde el principio hasta el final, lo realiza como libre agente [...]. La causa inm ediata de la ruina de Edipo no es el destino o los dioses -ningún oráculo dijo que él debía descubrir la ver­ d ad - [...] lo que causa su ruina es su propia fuerza y coraje, su lealtad a Tebas.22

Otros autores han recalcado la temática de la culpa y el castigo. Esta lectura, como señala Dodds, fue la preferida de la crítica moralizante del período Victoriano, pero ha sido abandonada por la mayor parte de la crítica contemporánea. Dicha interpretación se basa en el concepto aristotélico de hamartía. Este término se puede interpretar como falta moral o simple error de la inteligencia. Según el filósofo, la hamartía es propia de todo héroe trágico. A partir de esta noción, en­ tendida como falta moral, algunos críticos se han empeñado en resaltar los rasgos negativos del personaje de Edipo, que justificarían el cruel castigo de los dioses.

En la trilogía de Esquilo sobre el mismo tema, el oráculo advertía a Layo que si tenía un hijo este lo mataría, pero en

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XXII JIMENA SCHERE

Sófocles el oráculo es incondicional. La trilogía de Esquilo ponía en escena una historia de crimen y castigo. La culpa de Edipo era la culpa heredada de Layo. En Edipo rey, en cambio, no se hace ninguna referencia a la maldición hereditaria. El destino doloroso del héroe es independiente de cualquier falta moral.

Otros autores, como Wilamowitz, se resisten a ver en Sófocles un autor de teatro de ideas y lo conciben como un artista puro.23 Waldock, siguiendo esta misma línea de aná­ lisis, afirma que no hay ningún mensaje teológico o moral en la obra.24

Bowra, entre otros, ha reaccionado contra esta lectura y sostiene, en cambio, que no se puede comprender la obra del trágico sin hacer una aproximación histórica y tratar de interpretar sus ideas morales y religiosas. Desde su punto de vista, la lección de Edipo rey sería la omnipotencia de los dioses, la inestabilidad de la vida humana y lo ilusorio de su conocimiento.25

Gran parte de la crítica contemporánea se ha centrado en el problema de la verdad y la apariencia. Dentro de esta pers­ pectiva de análisis, se ha caracterizado la obra como drama de revelación, tragedia de las apariencias, tragedia de la verdad, tragedia del reconocimiento.26 Lasso de la Vega, por ejemplo, interpreta la obra como drama de revelación y puntualiza que su temática central es el problema del conocimiento: «Destino,

23. Die dramatische Technik des Sophokles, Philologische Untersu­ chungen, XXII, Berlin, 1917.

24. Waldock, A. J. A., Sophocles the Dramatist, Cambridge, 1966. 25. Bowra, C. M., Sophoclean Tragedy, Oxford, 1944.

26. Errandonea, en Sófocles y su teatro (Madrid, 1942), caracteriza la obra como una tragedia del reconocimiento; Reinhardt en Sophokles (Francfort, 1947), como el drama de la apariencia humana; Paul Ricoeur la ha denominado la tragedia de la verdad (Hermenéutica y psicoanálisis, Buenos Aires, 1975). Cf. Segal, Ch., Sophocles Tragic World,

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INTRODUCCIÓN XXIII

carácter, culpa son nociones que pueden, de alguna manera, entrar aquí en juego. Pero esto no es lo esencial».27

En esta misma línea, Schlesinger interpreta Edipo rey como una tragedia de la existencia humana, que pone en escena las limitaciones del hombre en cuanto hombre, especialmente las 1 de su inteligencia. Los actos libres de los hombres se realizan , dentro de un plan trazado por los dioses, por lo que cobran una significación y tienen consecuencias insospechadas que ! vuelven trágica la existencia.28

Foucault, por el contrario, niega que la temática central en Edipo rey sea el problema del conocimiento. Según el autor, Edipo rey es la tragedia del poder y del control político: «A Edipo no le asusta la idea de haber matado a su padre o al rey, teme solamente perder su propio poder».29 Foucault relaciona la figura de Edipo con el personaje del tirano, bien caracterizado por el pensamiento del siglo V:

El tirano era aquel que después de haber pasado por muchas aventuras y llegado a la cúspide del poder estaba siempre am enazado de perderlo. La irregularidad del destino es ca­ racterística del personaje.30

Edipo representaría el saber autocràtico del tirano que no quiere escuchar la palabra de los dioses ni de los demás hombres.

Hegel, por su parte, ha hecho una breve referencia a la obra en su Estética.31 La victoria de Edipo contra la esfinge

27. Lasso de la Vega, J. S., (Introducción general) Sófocles, Tragedias, Madrid, Gredos, 1981, p. 83.

28. Op. cit., pp. 128 y ss.

29. Foucault, M., La verdad y las formas jurídicas, México, Gedisa, 1986, p. 50.

30. Ibid., p. 52.

31. Hegel, G. W. F., Estética II. La forma del arte simbólico, Buenos Ai­ res, Ediciones Siglo Veinte, 1983, pp. 114-115.

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XXIV J1MENA SCHERE

representaría el dominio de la pura racionalidad sobre los as­ pectos irracionales humanos; el hombre domina al monstruo, a lo inhumano, a lo inconsciente. Por eso, Goux ha subrayado que, en el pensamiento de Hegel, Edipo representa la figura del filósofo, que niega el aspecto irracional del hombre:

Edipo se manifiesta como el único ser que ha pasado a la vez por la experiencia triunfante de la razón y por la ence- guecedora prueba de sus límites. [...] Edipo constituye la figura del pensador libre que ha tomado sobre sus espaldas un riesgo insólito, el de la afirmación de la dignidad suprema de la razón humana con la presunción que comporta tal afirmación. Pero fue aniquilado por aquellas fuerzas que sobrepasan lo humano.32

Goux sostiene que esa irracionalidad que el rey filósofo cree superada vuelve bajo la forma de parricidio e incesto.

Nietzsche también se ha referido al problema del saber en Edipo rey.

El mismo que soluciona el enigma de la naturaleza-de aquella esfinge biforme- tiene que transgredir también, como asesino de su padre y esposo de su madre, los órdenes más sagrados de la naturaleza. Más aún, el mito parece querer susurrarnos que la sabiduría, y precisamente la sabiduría dionisíaca, es una atrocidad contra la naturaleza, que quien con su saber precipita a la naturaleza en el abismo de la aniquilación, ese tiene que experimentar en sí mismo la disolución de la naturaleza.33 La cadena de lecturas y contra-lecturas es interminable y sigue su curso. Hay que tener en cuenta que la obra del trágico ha sido motivo de análisis no solo para filólogos y críticos, sino también para la filosofía, la antropología y el

32. Goux, J. J., Edipo filósofo, Buenos Aires, Biblos, 1999, p. 188. 33. Nietzsche, F., El nacimiento de la tragedia, Madrid, Alianza, 1997, cap. IX, pp. 90-91.

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INTRODUCCIÓN XXV

psicoanálisis. Según la concepción de Sigmund Freud, podría­ mos decir que Edipo rey es la tragedia de los deseos humanos inconscientes, deseos hostiles y amorosos hacia los padres. La huella de esta lectura es imborrable para el lector moderno; sería difícil disociar ya el personaje de Sófocles del mentado «complejo de Edipo».

Lo cierto es que la obra, por su parquedad en materia de explicaciones y por su riqueza temática y formal, ha sido objeto de un ejercicio hermenéutico incansable. ¿Qué quiso decir Sófocles? ¿Cuál es el eje temático de la pieza? ¿Por qué Edipo sufre un destino tan desafortunado? ¿Por qué el «pri­ mero entre los hombres» se convierte en el más desgraciado? ¿Porque los dioses son crueles? ¿Porque la existencia humana es trágica? ¿Porque Edipo es culpable? ¿Por su maldición ancestral? ¿Porque Edipo había llegado demasiado lejos en su poder y saber? Las respuestas, como hemos visto, son in­ numerables. El texto nos interroga pero no responde. Resulta más sencillo realizar abstracciones a partir de las obras de Esquilo o Eurípides. Los coros de Esquilo realizan comenta­ rios líricos sobre las verdades abstractas que se representan en escena. Eurípides suele poner estas ideas y reflexiones en boca de sus personajes. El coro en Sófocles, en cambio, es un personaje más.

Esta ausencia de claves internas de lectura contribuye a transmitir la sensación de que el hombre vive en medio del misterio y que la inteligencia y la razón humana no alcanzan para comprender la realidad.

Cuando Walter Benjamín analiza la naturaleza del arte de la narración, afirma: «Si se puede reproducir una historia preservándola de las explicaciones ya se logró la mitad del arte de narrar».34 Desde este punto de vista, Sófocles ha sido

34. Benjamin, W., Cuadernos de un pensamiento, Buenos Aires, 1992, p. 151.

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XXVI JIMENA SCHERE

el más astuto de los trágicos: sugiere pero no explica; a esto, en parte, se debe su universalidad y pervivencia a lo largo de los siglos. Con su Edipo rey, Sófocles construyó un perfecto enigma, cargado de inquietantes significaciones. Su obra es una Esfinge, un ser inclasificable y, por eso, más inquietante; como la Esfinge, es de índole monstruosa e indefinible -m i­ tad mujer, mitad bestia-, y plantea equívocos enigmas que siglo tras siglo críticos y filólogos, émulos de Edipo, intentan descifrar; pero la Esfinge, por su naturaleza paradójica, in­

clasificable y m onstruosa, los devora a uno por uno y sigue

planteando el interrogante una y otra vez.

4. La estructura

Sófocles fue un maestro de la forma. La estructura de Edipo reyes, sin duda, uno de los aspectos más sobresalientes de la pieza. Desde Aristóteles en adelante, su composición unitaria, cerrada y de máxima economía ha despertado la admiración de los lectores de todos los tiempos y de los artistas que lo tomaron como modelo, hasta el punto de convertirlo en un estereotipo.

La construcción sofoclea podría sintetizarse en el simple esquema de las tres unidades: unidad de acción, unidad de tiempo y unidad de lugar. La larga saga legendaria del mito de Edipo se ha condensado en un solo punto en el tiempo y en el espacio y en una sola línea argumental: los hechos se centran en la ciudad de Tebas, y la línea argumental y temporal se limita al paulatino proceso de reconocimiento. Todos los demás episodios míticos anteriores a la peste quedan excluidos.

La figura de Edipo está presente en toda la obra, con excepción de las partes corales, y esto refuerza su máxima unidad. Edipo, por cierto, termina concentrando en su figura una multiplicidad de roles: hijo y esposo de Yocasta, padre y hermano de sus hijos. Tres generaciones se reúnen en él. La

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INTRODUCCIÓN XXVI!

estructura formal de la obra resulta funcional y reproduce su contenido argumental.

Todos los testimonios de los testigos confluirán al final de la pieza en una sola historia unitaria: la historia del pasado de Edipo, que él desconoce. La multiplicidad inicial alcanza de este modo perfecta unidad. La verdad se reconstruye a partir de las declaraciones sucesivas de los distintos personajes, que en un principio parecen no tener conexión entre sí, pero que finalmente se revelan como fragmentos de una misma saga. Cada personaje conoce una parte de la verdad oculta: Yocasta conoce la historia de Edipo recién nacido, a quien mandó matar y entregó a un servidor de Layo; el servidor de Layo lo sabe prácticamente todo; el mensajero corintio, que recibió al niño del siervo de Layo y se lo entregó a su vez a los reyes de su país, conoce otro fragmento más del pasado velado de Edipo.

En otras versiones del mito, la esposa del rey corintio encontraba al pequeño Edipo abandonado.35 Sófocles, en cambio, les asigna un importante papel a los dos servidores intermediarios. Estos dos personajes permiten multiplicar la sucesión de interrogatorios mediante los cuales Edipo llega­ rá a la verdad: primero Edipo interroga a Yocasta, luego al

m ensajero corintio y, por últim o, al viejo servidor de Layo.

De este modo, la verdad está dividida en más personajes y el momento de revelación final se mantiene en suspenso por más tiempo dándole mayor tensión dramática a la pieza. Solo Tiresias y el servidor de Layo conocen el pasado completo de Edipo, y, por eso mismo, ambos viven aislados del mundo de los hombres: Tiresias es ciego, y el servidor de Layo vive desterrado de Tebas por su propia voluntad.

La acción se gradúa de manera tal que la verdad se va conociendo de a poco y a partir de una sucesión de aconteci­

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XXVU1 JIMENA SCHERE

mientos encadenados. En este sentido, la construcción formal de la obra revela una notable maestría. En primer lugar, Edipo descubre que aquel desconocido que había matado en el camino no era otro que Layo; esa es la primera etapa del doloroso reconocimiento: Edipo advierte que las maldiciones que él mismo lanzó sobre el asesino recaerán ahora sobre su propia persona. En este sentido, la estructura de la obra es circular y cerrada; el que maldice resulta maldito; el sabio resulta el ignorante; el detective, el asesino. El círculo se cierra sobre sí mismo y sugiere la existencia de un orden superior y divino detrás del azar aparente.36

La segunda etapa del reconocimiento será el descubrimiento final de su origen: Edipo no solo descubre que es el asesino de Layo, sino también su hijo. La tensión dramática se intensifica a medida que el personaje se acerca a la revelación final de la verdad. Cada fase de la acción se produce directamente de la que la precede; cada hecho está íntimamente relacionado con el que sigue, de modo tal que la eliminación de cualquiera de ellos distorsionaría o dislocaría el conjunto.37

Edipo rey, en síntesis, es la historia de la reconstrucción progresiva de una historia; con los múltiples fragmentos de los relatos de los otros personajes, Edipo construirá un relato unitario: el de su biografía velada, el pasado que desconoce, todo aquello que ha quedado fuera de la versión sofoclea.

5. El lenguaje poético

La misma agudeza en la composición de la estructura de la obra se verifica también en el uso del lenguaje. El Edipo engañado, el que se ve a sí mismo como detective y vengador de Layo, ignora el verdadero sentido de sus palabras hasta el final de la pieza. Edipo no sabe, por ejemplo, que las maldi­

36. Lida, M. R., op. cit., p. 149. 37. Aristóteles, Poética, VIII.

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INTRODUCCIÓN XXIX

ciones que lanza contra el asesino son maldiciones contra sí mismo: ruego que el infame criminal [...] consuma su vida de modo tan infame como él (v. 246 ss.). Edipo no se da cuenta de que todo lo que dice es irónico y tiene un segundo sentido que solo el público, conocedor del mito, es capaz de interpretar. El público tiene la mirada de los dioses y sabe más que el propio personaje; no ignora que el investigador es también el culpable, y, desde esa mirada privilegiada, puede ver al héroe trágico en toda su ceguera. Este recurso, conocido con el nombre de ironía trágica, sugiere que detrás del sentido aparente de las palabras se esconden otros sentidos insospe­ chados para quien las pronuncia.

La ironía trágica no solo recae sobre Edipo, sino también sobre todos los personajes que tienen una visión distorsionada de la realidad: Yocasta, el mensajero corintio, el coro de an­ cianos tebanos. A la luz de la verdad, todos sus parlamentos resultan dolorosamente cómicos y absurdos.

En Edipo rey las frases suelen ser ambiguas y se pueden leer de dos maneras diferentes. Esta ambigüedad se pierde a veces en la traducción al castellano. Por ejemplo, cuando el mensajero corintio viene anunciar la muerte de Pólibo, el supuesto padre de Edipo, Yocasta dice: «viene a anunciar que tu padre Pólibo ya no existe, está muerto». El final de la frase, que parece redundante, encierra en realidad un segundo sentido que podría traducirse de la siguiente ma­ nera: «viene a anunciar que tu padre no es Pólibo, sino un muerto» (v. 955). De este modo, el lenguaje cobra fuerza y densidad: la polivalencia de las palabras convierte al texto en un extraordinario mecanismo verbal, en el que cada expresión moviliza múltiples significados posibles.

El lenguaje poético de Sófocles se asemeja a la enigmática palabra del oráculo.38 Los oráculos de Apolo -dios de la ver­

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JIMENA SCHERE

dad y la poesía- también se enunciaban en verso y se valían de expresiones cifradas que debían ser reveladas. Según la religión griega, los dioses comunicaban la verdad de modo oscuro. El lenguaje poético era precisamente el lenguaje de los dioses.

Son frecuentes también en el texto las repeticiones insisten­ tes de ciertos términos, que mediante la reiteración se alejan de su sentido ordinario y adquieren un valor simbólico. Por ejemplo, las reiteraciones de palabras que pertenecen al cam­ po semántico de la luz y la oscuridad. Edipo intentará durante toda la pieza «sacar a la luz» la verdad sobre el asesinato de Layo. En griego, como en castellano, luz significa luz de día, luz de vida y se asocia metafóricamente al concepto de verdad. Por su parte, los verbos de percepción sensible tienen en griego el sentido metafórico de percepción intelectual: «ver» es «saber». Sófocles explota al máximo todos estos sentidos metafóricos persistentes en la lengua griega. Asimismo, Apolo, «el resplandeciente», dios asociado con la luz y la verdad, está presente en toda la pieza por las continuas apariciones en el texto de términos alusivos.

También resuenan una y otra vez en la obra los términos relativos al nacimiento, la procreación y la crianza, que se relacionan con la problemática del personaje.

Se reiteran, asimismo, los usos en expresiones figuradas de la palabra pie, que hacen alusión al nombre de Edipo. Las leyes divinas, por ejemplo, son las leyes «de alto pie», que en griego significa «leyes sublimes» (v. 865). El defecto del pie sin duda tiene un valor simbólico en la obra y en el mito. Por cierto, tanto el nombre del padre como del abuelo de Edipo aluden a defectos en los pies.39 Todos estos seres extraordinarios, semidivinos y algo monstruosos, tienen una marca corporal que los caracteriza.

39. Cf. Lévi-Strauss, C., Antropología estructural, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2004.

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INTRODUCCIÓN XXXI

Del mismo modo, el enigma de la Esfinge, descifrado por Edipo, también hacía referencia a los pies: ¿Cuál es el ser que tiene dos, tres y cuatro pies? La respuesta era el hombre, porque primero camina a gatas, luego erguido y en la vejez se ayuda con un bastón. Solo Edipo, el héroe de los pies hinchados, pudo resolver este acertijo que lo llevó al trono de Tebas y a la ruina. En toda la obra el término pies se repite como una resonancia fatídica e irónica de la marca distintiva del personaje.

El lenguaje de Edipo rey, sin perder naturalidad, se aleja así de la lengua ordinaria y del discurso plano mediante el juego permanente, la repetición y la polivalencia irónica de los términos, que le aportan al sentido una movilidad y una densidad semántica inusitadas.

L a s a n tif ic a c ió n d e l h é r o e e n Edipoe n Colono

Edipo en Colono es la última de las tragedias del autor y fue puesta en escena después de su muerte. Se centra en la vejez de Edipo y relata su vida como mendigo desterrado y su fallecimiento en el exilio, en la aldea ateniense de Colono.

Luego de vagar sin tierra, Edipo encuentra asilo en Ate­

nas. M ientras tanto, en la ciudad de Tebas, los dos hijos del

héroe, Eteocles y Polinices, se enfrentan por el trono. Según un oráculo de los dioses, el destino de la ciudad depende de la repatriación de Edipo. El héroe, que había liberado a los tebanos de la Esfinge y que luego fue la causa de su ruina, es elevado nuevamente a la condición de salvador. Los dioses han anunciado que el cuerpo de Edipo protegerá la tierra en donde se encuentre su tumba. Por ese motivo, una comitiva tebana viene a buscarlo, pero Edipo se niega a regresar y pide ayuda a Teseo, el rey ateniense. Teseo interviene en el conflicto y vence a los tebanos. Finalmente, el anciano Edipo muere en Atenas: los beneficios de su tumba serán para la patria de Sófocles.

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XXXII J1MENA SCHERE

Después de todos los penosos sufrimientos de su vida, el hombre más odiado por los dioses, el incestuoso parricida, tiene una vejez de semidiós; Edipo es elevado a la santidad por los mismos dioses que lo habían destruido, y se convierte en un daimon, un espíritu tutelar de Atenas. Si Edipo rey es la historia de la caída del héroe desde su apogeo, Edipo en Colono es la historia inversa de la apoteosis del mendigo. La nueva peripecia será el paso de la miseria a la grandeza.

Pierre Vernant ha relacionado las peripecias del personaje

con algunas prácticas atenienses. La caída y el destierro de

Edipo se vinculan con el ostracismo.40 El ostracismo consistía en desterrar al ciudadano que se había elevado demasiado y que por eso mismo corría el riesgo de convertirse en tirano. Esta costumbre evoca el concepto religioso de que los dio­ ses envidian y desconfían de los hombres que se destacan en exceso [phthonos). Edipo, al comienzo de Edipo rey, ha llegado demasiado lejos y es casi semejante a un dios; ha sobrepasado la justa medida humana y, por lo tanto, sufri­ rá el embate de los dioses y descenderá a la condición de mendigo expatriado y salvaje.

El episodio del destierro se vincula, por otra parte, con el ritual anual ateniense del chivo expiatorio [pharmakós).41 Esta práctica consistía en pasear por las calles a un individuo, arrojándole toda clase de elementos y, luego, desterrarlo. La expulsión de la víctima expiatoria servía para purificar la ciu­ dad y eliminar las faltas acumuladas durante el año. Edipo, en definitiva, será el chivo expiatorio y el purificador de Tebas.

Pero la apoteosis final en el momento de su muerte vuelve a elevarlo a la condición de semidiós. Edipo resulta entonces el santo y el impío al mismo tiempo. Por cierto, el rey divini­ zado y el chivo expiatorio son las dos caras opuestas de una

40. Vernant, J. P., y Vidal-Naquet, op. cit., pp. 126 y ss. 41. Ibíd.

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INTRODUCCIÓN XXXIII

misma moneda: el héroe siempre se encuentra por fuera de la justa medida, sea por exceso o por defecto; siempre será un superhombre o un infrahumano.42

Por eso, el destino final del héroe trágico es la soledad y el aislamiento. Al llegar a Colono, los aldeanos le temen e intentan expulsarlo por impío. Pero Edipo defiende su inocencia. Ha sufrido un castigo divino brutal sin haber cometido ningún crimen voluntario. Para la ley humana es inocente. Actuó contra Layo en legítima defensa, argumenta, y sin saber que él era su padre. Su falta contra el código social y el orden sagrado fue involuntaria. Sin embargo, desde el punto de vista religioso, Edipo es impío y culpable, porque lleva el miasma, la mancha religiosa de haber cometido un crimen de sangre.

Finalmente, por intervención de Teseo, Edipo es aceptado en Colono para convertirse en su daimon Pero antes de alcan­ zar su gloriosa muerte, Edipo deberá enfrentarse todavía con una serie de obstáculos. Edipo en Colono se estructura sobre la progresiva superación de estos obstáculos que culminará con la muerte milagrosa del personaje: Edipo desaparece ante la mirada atónita del rey ateniense. La muerte del viejo Edipo será tan enigmática como su vida.

La acción divina en Edipo en Colono, así como en Edipo rey, resulta inescrutable para el hombre: ¿cómo el hombre más odiado por los dioses resulta ahora un elegido? Según Bowra, el héroe alcanza la máxima dignidad humana porque con su dolor se conoce a sí mismo, conoce sus limitaciones y su lugar en el plan divino.43 Pero Sófocles no despliega argumentos teológicos, simplemente expone los hechos y pone en escena la ley del cambio que rige las vidas humanas. El hombre está rodeado por fuerzas extrañas, desconocidas y trascendentes que condicionan su vida, pero que él no alcanza a comprender.44

42. Ibid., pp. 128 y ss. 43. Op. cit., pp. 365 y ss. 44. Cf. Lida, M. R., op. cit.

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La glorificación de Edipo será también la glorificación de Atenas, la ciudad del poeta. El hombre sin patria, destinado a errar de Corinto a Tebas y de Tebas al exilio, tendrá finalmente su descanso definitivo en la aldea ateniense de Colono, pueblo natal del poeta. Atenas aparece en esta obra como modelo de ciudad hospitalaria y refugio para los exiliados políticos.

La ciudad de Atenas se consideraba a sí misma la civiliza­ dora de la Hélade. Teseo fue su figura mítica preferida. Los atenienses le atribuyeron toda una serie de heroicas proezas,

com o la destrucción del m inotauro, y la tragedia ática lo convirtió en una figura representativa del humanitarismo ateniense.45 Teseo, rey humanitario, pío, moderado y justo se opone al modelo del gobernante tiránico o demasiado con­ fiado en su propia inteligencia. Se contrapone a la violencia de Creonte, que quiere llevarse a Edipo por la fuerza, y a la propia violencia del anciano, que se niega a recibir a su hijo suplicante. Edipo en esta obra aparece envuelto en un halo divino, pero no pierde por eso su carga de humanidad; se encuentra fuertemente definido como un carácter pasional que oscila entre dos sentimientos extremos:4ti la devoción por sus hijas y el odio por sus hijos y Creonte, que lo des­ terraron. Teseo, en cambio, representa el ideal de sophrosyne y funciona en la obra como principio de justicia. Teseo, en síntesis, encarna todas las virtudes que el pueblo ateniense se atribuía a sí mismo.

Pero la ciudad de Atenas, que en el pasado reciente había sido una gran metrópoli, estaba ahora en su ocaso. Faltaban pocos años para su derrota final en el 404 frente a Esparta en la guerra del Peloponeso, que se había iniciado en el 431. Edipo en Colono es también el homenaje nostálgico y final de Sófocles a su patria en decadencia.

XXXIV JIMENA SCHERE

I

45. García Gual, C., op. cit., p. 179. 46. Cf. Bowra, op. cit., p. 311.

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INTRODUCCIÓN XXXV

Antígona

1. Ley humana y ley divina

Los dos hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, se enfrentan por el trono de Tebas y mueren uno a manos del otro. Creonte, hermano de Yocasta, queda entonces al mando de la ciudad. Entierra con todas las honras fúnebres a Eteocles, pero le niega la sepultura a Polinices, por haber atacado a su propia ciudad al mando de un ejército extranjero; Creonte lo consi­ dera un traidor a la patria. En Antígona las leyes sagradas de los dioses entran en colisión con las leyes convencionales de los hombres. El decreto de Creonte desencadena el conflicto central de la obra: Antígona, hija de Edipo y hermana de Polinices, sepulta el cadáver contra las órdenes del flamante rey. Por ese motivo, Creonte condena a Antígona a muerte y la encierra viva en una caverna.

Hemón, prometido de la muchacha e hijo de Creonte, in­ tenta sin éxito torcer la decisión de su padre; pero finalmente Hemón se suicida. La muerte del hijo desencadena el suicidio de su madre y provoca la ruina del padre. El enfrentamiento entre los dos hijos de Edipo, que es el antecedente inmediato de la acción dramática, se reproduce en el conflicto entre Creonte y sus sucesores: Antígona y Hemón. Antígona es la his­ toria de la destrucción definitiva de la familia real tebana.

Gran parte de la crítica ha interpretado la obra como un drama de condenación del culpable, en este caso Creonte. Pero Antígona, como Edipo rey, ha sido motivo de profundas controversias hermeneúticas. La interpretación sobre la actua­ ción de Creonte y de Antígona se podría sintetizar a grandes rasgos en tres posturas divergentes: algunos han subrayado la culpa de Creonte, otros recalcan la actitud equivocada y la desmesura de los dos personajes centrales, y una tercera línea de lectura señala la igualdad de derechos entre ambos protagonistas.

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XXXVI JIMENA SCHERE

Bowra, por ejemplo, afirma que Antígona es el drama de la insensatez humana, la insensatez de Creonte que confía ciegamente en su propio criterio y transgrede las normas religiosas.47

Unas de las interpretaciones más difundidas y criticadas ha sido la lectura de Hegel en su Estética (112. 1). Hegel interpretó la pieza de acuerdo con su visión del curso de la historia como un conflicto entre tesis y antítesis. Creonte representa el dere­ cho del Estado y Antígona el de la familia. Los dos dominios, según la perspectiva hegeliana, tienen igual validez y, por lo tanto, sus dos representantes deben necesariamente morir en el conflicto. El decreto de Creonte es esencialmente legítimo porque vela por el bien de toda la ciudad. Asimismo, Antígona también está animada por una fuerza ética, el sagrado amor por el hermano, a quien ella no puede dejar insepulto. En la obra se oponen fuerzas universales y eternas que constituyen las necesidades esenciales del alma y que el hombre, porque es hombre, tiene que reconocer y dejar imperar y actuar. Estas fuerzas, como la familia, la patria, el estado, la gloria, el amor, son los motivos centrales del arte.48

La lectura hegeliana ha sido motivo de profunda con­ troversia. Lesky, por ejemplo, en su Historia de la literatura griega, sostiene que Creonte no representa de ningún modo el derecho del Estado porque sus decretos transgreden los propios conceptos del derecho griego, que permitía enterrar al

47. Op. cit., p. 114. Muchos autores han visto en Antígona la oposi­ ción entre dos formas de religión. Por ejemplo, Pierre Vernant {op. cit., p. 36) sostiene que Antígona no plantea un conflicto entre la reli­ gión, simbolizada por la protagonista, y el estado, representado por el rey, sino entre dos tipos de religiosidad: por un lado, la religión familiar, centrada en el hogar doméstico y el culto a los muertos; por otro, la religión pública en la cual los dioses tutelares de la ciudad tienden a confundirse con los valores supremos del Estado. Entre estos dos tipos de religiosidad se produce un conflicto insoluble. 48. Op. cit., pp. 188 y ss.

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INTRODUCCIÓN XXXVII

traidor más allá de los límites de la patria. Lesky ha interpre­ tado la obra como un drama de condenación de Creonte. El personaje de Creonte, según el autor, no representa de ningún modo la legítima voz del Estado que conoce sus derechos y también sus limitaciones.49

Sin duda, la obra condena la omnipotencia de Creonte como gobernante. Pero no se puede decir que realice una exaltación heroica del complejo personaje de Antígona. Como bien ha señalado Rodríguez Adrados, Antígona es po­ siblemente el drama de Sófocles que con más claridad trata el tema del castigo al culpable;50 sin embargo, los personajes que actúan en consonancia con las leyes divinas tampoco están exentos del dolor. No hay una relación mecánica entre el destino doloroso del héroe y la culpa, ni se puede hacer una lectura simplista y moralizante.51

Se puede discutir la mayor o menor validez que la obra adjudica a la actuación de uno y otro personaje, pero, más allá de esta polémica, es evidente que Antígona pone en escena el conflicto entre dos concepciones diferentes de la ley: por un lado, la superioridad de las normas sagradas no escritas, propugnada por Antígona, y por otro, el predominio de la ley humana del gobernante. En Antígona resuenan de modo indirecto los debates contemporáneos entre racionalistas y

tradicionalistas sobre la naturaleza de las leyes.

49. Lesky, A., Historia de la literatura griega, Madrid, Cátedra, 1988, p. 307.

50. Rodríguez Adrados, (Introducción) Sófocles, Edipo rey, Madrid, Aguilar, 1973, p. 27.

57. Rodríguez Adrados, La democracia ateniense, Madrid, 1975, p. 292. Blundell [Helping Friends and Harming Enemies, Cambridge, 1991) ana­ liza la complejidad de los ideales morales en la obra de Sófocles. Según la autora, en el teatro sofocleo está presente la moral tradicio­ nal (ayudar a los amigos y dañar a los enemigos) y también la crítica implícita a estos postulados. Blundell afirma que Sófocles pone en escena las consecuencias trágicas de dicha moral.

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XXXVIII JIMENA SCHERE

Los sofistas creían que las leyes eran una institución puramente humana y que, por lo tanto, podían sufrir modi­ ficaciones. En cambio, según el pensamiento tradicional, las leyes no escritas eran inmutables, eternas, de origen divino, y su violación acarreaba un castigo de los dioses. Estas leyes no escritas obligaban a respetar a los familiares, a los extranjeros y los huéspedes, no incurrir en hybris abusando del débil, enterrar a los muertos de la familia y respetar la religión. Si un difunto quedaba insepulto, su alma no tenía descanso y se

atentaba contra los dioses infernales de los m uertos.

En el léxico griego, la ley humana se designaba con el término de nomos (costumbre, ley) y se llamaba Dike a la ley divina y universal, que representaba el orden del cosmos. Desde Hesíodo en adelante, Dike {Justicia) constituía una figura divina que personificaba el orden del universo y regu­ laba la alternancia del día y la noche. Dike era hija de Zeus y se sentaba junto a su trono.52 Heráclito afirmaba que las leyes humanas se nutrían de Dike, la ley divina.53 Esta visión seguía vigente en los tradicionalistas del siglo V. Desde esta perspectiva, las leyes humanas debían estar en armonía con las trascendentes, que eran de orden superior. En cuanto al cumplimiento de los ritos fúnebres, este involucraba a las dos legalidades. El descenso de los muertos al reino subterráneo se relacionaba por un lado con el orden del cosmos [Dike] y, al mismo tiempo, era un deber humano exigido por la costumbre (nomos).

Sin embargo, lo cierto es que en la Atenas democrática el pueblo se vuelve autónomos (establece sus propias leyes) y autodikos (posee su propia jurisprudencia); las leyes ya no son heredadas de los antepasados ni se considera que provengan de Dios, sino que son creadas por los hombres al

52. Cf. Jaeger, W., op. cit., 1971, pp. 76 y ss.; cf. Guthrie, W. K. C., op. cit., pp. 64 y ss.

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INTRODUCCIÓN XXXIX

cabo de una discusión colectiva. La sociedad, por lo tanto, se reconoce como fuente de sus normas, con excepción de los sectores tradicionalistas. Como ha subrayado Castoriadis, la democracia autónoma es un régimen de autolimitación y, por lo tanto, ello implica un riesgo histórico y trágico. Según Castoriadis, la tragedia griega funcionó precisamente como una institución que favorecía dicha autolimitación. Desde su punto de vista, la catástrofe en Antígona se produce porque Antígona y Creonte se aferran a sus propias convicciones sin escuchar las razones del otro. La obra plantea la necesidad de que el hombre democrático se autolimite en sus pretensiones de saber y formula la máxima fundamental de la democracia, la denuncia del monos phronei, es decir, la insensatez de que un individuo pretenda «ser el único sabio».54

A pesar de la autonomía, en la Atenas del siglo V las leyes humanas nunca entraron en colisión con las leyes no escritas, como ocurre en Antígona. La legislación ateniense permitía negarle sepultura al traidor en su tierra natal, pero este podía ser enterrado fuera de sus límites.55 Aunque los hombres del círculo de Pericles negaban el origen divino de las leyes no escritas y las consideraban una institución puramente huma­ na, no pusieron en crisis la validez de tales normas. Pericles nunca trató de enfrentarse con la religión. En la práctica, las leyes no escritas fueron las mismas para los tradicionalistas y para el círculo del estratega; la única diferencia consistía en que para unos constituían una simple convención humana y para los otros tenían carácter sagrado. Por este motivo, según Rodríguez Adrados, la política racional de Pericles pudo ser compartida por hombres como Sófocles, que mantenían su

54. Castoriadis, C., «La polis griega y la creación de la democracia», en Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto, Barcelona, Gedisa, 1994.

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XL JIMENA SCHERE

fe teocéntrica.56 Sin embargo, la posibilidad de conflicto, que

Antígona pone en escena, se encontraba latente.

2. Estructura y lenguaje

Antígona tiene una estructura doble, es un drama de dos personajes y la caída de dos destinos entrelazados.57 Hay una

tragedia de Antígona y otra de Creonte.58 El conflicto entre las

dos legalidades se reproduce a nivel formal en la estructura de la pieza. Mientras que en Edipo rey encontramos una es­ tructura unitaria, centrada en un único personaje, en Antígona, en cambio, la acción se moviliza por el enfrentamiento entre los dos personajes centrales.

En toda la obra predominan los largos discursos, piezas magistrales del arte oratorio griego. Si en Edipo rey prevalece la acción ininterrumpida, que avanza linealmente hasta el final, en Antígona domina la palabra discursiva. La pieza se estructura como una cadena de enfrentamientos verbales (agones), una sucesión de discursos contrapuestos, que movi­ lizan la acción y le aportan fuerte tensión dramática. En este sentido, la obra es un paradigma de debate ciudadano. Hay que recordar que los griegos le daban una importancia funda­ mental a la retórica, el arte de convencer con el discurso. La retórica formaba parte central en la educación del ciudadano ateniense, que debía luego demostrar su habilidad discursiva en la asamblea de la Atenas democrática.

Antígona es un debate continuo de discusiones encadenadas, en las cuales nadie convence a nadie. El arte de la retórica, tan exaltado por los griegos, fracasa por completo. Antígona

56. Cf. Rodríguez Adrados, La democracia ateniense, pp. 253-254. 57. Reinhardt, K., Sophokles, Fráncfort, 1947, p. 73 ss. Cf. Kirkwood, A study of sophoclean drama, Nueva York, Cornell University Press, 1958 p. 43.

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INTRODUCCIÓN X LI

no logra persuadir ni a su hermana Ismene ni a Creonte; por su parte, Hemón y Creonte tampoco se ponen de acuerdo. Cada personaje, como ha señalado Castoriadis, permanece encerrado en su discurso. Incluso, no hay acuerdo siquiera sobre el significado de ciertas palabras fundamentales. La Ley °s para Creonte el edicto que él mismo ha pronunciado, pero para Antígona es la sagrada Ley de los dioses.59 Las posiciones

resultan irreconciliables. Es un diálogo de sordos, una guerra de lenguajes, en la cual cada personaje niega la palabra del otro.

En Edipo rey el héroe utiliza las palabras de un modo que resulta equívoco para sí mismo: sus palabras tienen un sentido aparente y otro oculto. Edipo es un incomunicado consigo mismo porque ignora el verdadero valor de sus palabras hasta el final de la obra. En Antígona, en cambio, la incomunicación se da entre personajes diversos; cada uno se escucha solo a sí mismo, y esa incomunicación terminará en tragedia.

3. Personajes

La construcción de los personajes sofocleos es un rasgo central de la pieza. Sin embargo, la mayor parte de la crítica ha negado el refinamiento psicológico de los personajes de Sófocles. Bowra, por ejemplo, sostiene que la tragedia se

centra en la descripción de los destinos hum anos:

La tragedia habla, como vio Aristóteles, de asuntos universa­ les, y a estos les son ajenas las personalidades acusadas y las características menores de las idiosincrasias individuales. [...] No significa esto que los personajes de la tragedia sean meras abstracciones, pero sí, que están muy esquematizados.60

Desde nuestro punto de vista, el carácter universal de los

59. Vemant,J. P. y Vidal-Naquet, P, op. cit., p. 18.

60. Bowra, C. M., Introducción a la literatura griega, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1968, pp. 179-180.

Referencias

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