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On the Island

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Academic year: 2021

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(1)

(2) 2. On the Island. Tracey Garvis Graves.

(3) Staff Moderadora: Panchys. Traductoras: DaniO Mery Juli_Arg Majo_Smile ♥ Deeydra Ann' ♥...Luisa...♥ munieca Madeleyn. Annabelle Marie.Ang Christensen vane-1095 Carlota Nina_ariella ro0. Andreani. Mel Cipriano Jo Amy pokprincssbooo Priscila(page92) Panchys. Correctoras: Melii Vero Tamis11 Panchys vane-1095. Escritora Solitaria Nats ladypandora Vericity Juli_Arg Chio Verito. Lectura Final: Vericity. Diseño: Francatemartu. Deeydra Ann' Mel Cipriano LuciiTamy Mery. 3.

(4) C. Sinopsis. uando a la profesora de Inglés Anna Emerson, de treinta años de edad, se le ofrece un trabajo de tutorías para T.J. Callahan en la casa alquilada de verano de la familia en las Maldivas, ella acepta sin dudar; una vacaciones de trabajo en una isla tropical supera a la biblioteca cualquier día. T.J. Callahan no tiene ningún deseo de salir de la cuidad, no es como si alguien le haya preguntado. Tiene casi diecisiete años y si el tener cáncer no fuera suficiente, ahora tiene que pasar su primer verano en remisión con su familia—y un montón de tareas pendientes—en lugar de sus amigos. Anna y T.J. están en camino de unirse a la familia de T.J. en las Maldivas cuando el piloto de su hidroavión sufre un ataque al corazón y choca en el Océano índico. A la deriva en aguas infestadas de tiburones, sus chalecos salvavidas los mantienen a flote hasta que llegan a la orilla de una isla deshabitada. Ahora Anna y T.J. sólo quieren sobrevivir y deben trabajar juntos para conseguir agua, comida, fuego y vivienda. Sus necesidades básicas pueden satisfacerse pero cuando los días se convierten en semanas y después meses, los náufragos se enfrentan a más obstáculos, incluyendo tormentas tropicales, los peligros que acechan en el océano, y la posibilidad que el cáncer de T.J. pueda regresar. Mientras que T.J. celebra otro cumpleaños en la isla, Anna comienza a preguntarse si el mayor de los obstáculos será vivir con un chico que se está convirtiendo en un hombre.. 4.

(5) 1 Anna Traducido por Panchys & Mel Cipriano Corregido por Melii. Junio 2001. T. enía treinta años cuando el hidroavión en el que T.J. Callahan y yo íbamos viajando, hizo un aterrizaje forzoso en el Océano Índico.. T.J. tenía 16 años, y tres meses habían pasado de la remisión del linfoma de Hodgkin. El nombre del piloto era Mick pero murió antes de que golpeáramos el agua. Mi novio, John, me llevó al aeropuerto aún cuando era el tercero en mi lista, por debajo de mi mamá y mi hermana Sarah, de la gente que quería que me llevara. Luchamos contra la multitud, cada uno tirando una gran maleta con ruedas y me pregunté si todos en Chicago habían decidido volar a algún lugar ese día. Cuando finalmente alcanzamos el mostrador de las vías aéreas de Estados Unidos, el agente de viajes sonrió, marcando mi equipaje y entregándome la tarjeta de embarque. —Gracias, señorita Emerson. He revisado todo su camino hasta Malé. Que tenga un viaje seguro. Deslicé la tarjeta en mi bolsa y me volví para despedirme de John. —Gracias por traerme. —Caminaré contigo, Anna. —No tienes que hacerlo —dije, sacudiendo la cabeza. Se estremeció. —Quiero hacerlo. Nos arrastramos en silencio, siguiendo la multitud de lentos pasajeros. En las puertas John preguntó—: ¿Qué aspecto tiene? —Delgado y calvo.. 5.

(6) Escaneé la multitud y sonreí cuando divisé a T.J. porque un corto cabello café cubría ahora su cabeza. Saludé con la mano y él me saludó con un asentimiento de cabeza mientras el chico sentado a su lado le daba un codazo en las costillas.. —¿Quién es el otro chico? —preguntó John. —Creo que es su amigo, Ben. —Acomodados en sus asientos, estaban vestidos con el estilo preferido por la mayoría de los chicos de dieciséis años: pantalones deportivos largos y anchos, camisetas, y zapatillas desatadas. Una mochila de color azul marino descansaba en el suelo a los pies de T.J. —¿Estás segura de que esto es lo que quieres hacer? —preguntó John. Se metió las manos en los bolsillos traseros y se quedó mirando la desgastada alfombra del aeropuerto. Bueno, uno de nosotros tiene que hacer algo. —Sí. —Por favor, no tomes ninguna decisión final hasta que regreses. No señalé la ironía en su solicitud. —Te dije que no lo haría. Había realmente una sola opción, sin embargo. Sólo elegí posponerla hasta el final del verano. John puso sus brazos alrededor de mi cintura y me besó, varios segundos más de lo que debería hacer en un lugar público. Avergonzada, me alejé. Por el rabillo de mi ojo, noté a T.J. y Ben mirando todo. —Te amo —dijo. Asentí con la cabeza. —Lo sé. Resignado, recogió mi equipaje de mano y colocó la correa en mi hombro. —Que tengas un vuelo seguro. Llámame cuando llegues allí. —Está bien. John se fue y lo miré hasta que la multitud lo envolvió, luego alisé la parte delantera de mi falda y caminé hacia los chicos. Ellos miraron hacia abajo mientras me aproximaba. —Hola T.J. Te ves genial. ¿Estás listo para irnos? Sus ojos marrones apenas se encontraron con los míos. —Sí, claro. —Había aumentado de peso y su rostro no estaba tan pálido. Tenía frenillos en sus dientes, los cuales no había notado antes, y una pequeña cicatriz en la barbilla. —Hola. Soy Anna —le dije al chico que estaba sentado junto a T.J.— . Tú debes ser Ben. ¿Cómo estuvo la fiesta? Echó un vistazo a T.J., confundido. —Ah, estuvo bien.. 6.

(7) Saqué mi celular y miré la hora. —Regresaré enseguida, T.J. quiero comprobar nuestro vuelo. Mientras me alejaba escuché a Ben diciendo—: Amigo, tu niñera está caliente. —Es mi tutora, idiota. Las palabras me pasaron. Enseñaba en una escuela secundaria y consideraba los comentarios ocasionales de los chicos plagados de hormonas, riesgos laborales bastante benignos. Después de confirmar que todavía estábamos a tiempo, volví y me senté en la silla vacía junto a T.J. —¿Se fue Ben? —Sí. Su madre se cansó de dar vueltas al aeropuerto. Él no la dejó venir con nosotros. —¿Quieres comer algo? Sacudió la cabeza. —No tengo hambre. Nos sentamos en un incómodo silencio hasta la hora de abordar el avión. T.J. me siguió por el estrecho pasillo a nuestros asientos de primera clase. —¿Quieres el de la ventana? —pregunté. T.J. se encogió de hombros. —Seguro. Gracias. Di un paso al lado y esperé hasta que se sentó, y luego me senté junto a él. Sacó un reproductor de CD portátil de la mochila y se puso los auriculares, su sutil manera de hacerme saber que no estaba interesado en tener una conversación. Saqué un libro de mi bolsa, el piloto despegó, y dejamos atrás Chicago. *** Las cosas empezaron a ir mal en Alemania. Debería habernos tomado un poco más de dieciocho horas volar desde Chicago a Malé —la capital de las Maldivas— pero nos habíamos retrasado después de pasar todo el día y la mitad de la noche en el Aeropuerto Internacional de Frankfurt esperando que la aerolínea nos diera una nueva ruta después de que los problemas mecánicos y demoras por malas condiciones climáticas desviaran nuestro itinerario original. T.J. y yo nos sentamos en duras sillas de plástico a las 3:00 am, después de finalmente ser confirmados en el próximo vuelo. Él frotó sus ojos. Señalé una fila de asientos vacíos. —Acuéstate si quieres. —Estoy bien —dijo, ahogando un bostezo.. 7.

(8) —No nos estaremos yendo por varias horas más. Deberías tratar de conciliar el sueño. —¿No estás cansada? Estaba agotada, pero T.J. probablemente necesitaba el descanso más que yo. —Estoy bien. Sigue adelante. —¿Está segura? —Absolutamente. —Está bien. —Sonrió débilmente—. Gracias. —Se extendió en las sillas y se quedó dormido de inmediato. Me quedé mirando por la ventana y observé a los aviones aterrizar y despegar de nuevo, sus luces rojas parpadeando en el cielo nocturno. El frío aire acondicionado puso la piel de gallina en mis brazos, y me estremecí en mi falda y la blusa sin mangas. En un baño cercano, me puse los pantalones vaqueros y una camiseta de manga larga que había embalado en mi bolsa, luego compré una taza de café. Cuando me senté al lado de T.J., abrí el libro y leí, despertándolo tres horas más tarde cuando llamaron nuestro vuelo. Hubo más retrasos después de que llegamos a Sri Lanka —en esta ocasión debido a la escasez de tripulación de vuelo— y para el momento en que aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Malé en las Maldivas, el Alquiler de verano de los Callahan, todavía a dos horas de distancia en hidroavión. Había estado despierta durante treinta horas. Temblaba y mis ojos quemaban, y dolían, arenosos. Cuando me dijeron que no tenían reservas para nosotros, parpadeé para alejar las lágrimas. —Pero tengo el número de confirmación —le dije al agente de viajes, deslizando el trozo de papel sobre el mostrador—. Actualicé nuestra reserva antes de salir de Sri Lanka. Dos asientos. T.J. Callahan y Anna Emerson. ¿Podría por favor mirar de nuevo? El agente revisó la computadora. —Lo siento —dijo—. Sus nombres no están en la lista. El hidroavión está lleno. —¿Qué pasa con el próximo vuelo? —Pronto va a estar oscuro. Los hidroaviones no vuelan después del anochecer. —Al darse cuenta de mi expresión afectada, me dio una mirada comprensiva, tecleando y levantando el teléfono—. Veré qué puedo hacer. —Gracias. T.J. y yo fuimos a una pequeña tienda de regalos, y compré dos botellas de agua. —¿Quieres una? —No, gracias.. 8.

(9) —¿Por qué no la pones en tu mochila? —le dije, entregándosela—. Es posible que la desees más tarde. Saqué una botella de Tylenol de mi bolso, puse dos en mi mano, y me los tragué con un poco de agua. Nos sentamos en un banco, y llamé a la mamá de T.J., Jane, y le dije que no nos esperasen hasta la mañana. —Hay una posibilidad de que nos consigan un vuelo, pero no creo que salgamos esta noche. Los hidroaviones no vuelan después del anochecer así que quizás pasemos la noche en el aeropuerto. —Lo siento, Anna. Debes estar agotada —dijo. —Está bien, de verdad. De seguro vamos a estar allí mañana. — Cubrí el teléfono con la mano—. ¿Quieres hablar con tu mamá? —T.J. hizo una mueca y sacudió la cabeza. Noté al agente haciéndome señas. Estaba sonriendo. —Jane, escucha, creo que podría… —Y luego mi celular cortó la llamada. Puse el teléfono en mi bolsa y me acerqué al mostrador, conteniendo la respiración. —Uno de los pilotos de alquiler puede volar a la isla —dijo el agente de viajes—. Los pasajeros que iba a llevar se retrasaron en Sri Lanka y no llegaran hasta mañana por la mañana. Exhalé y sonreí. —Eso es maravilloso. Gracias por encontrarnos un vuelo. Realmente lo aprecio. —Traté de llamar a los padres T.J. de nuevo, pero mi celular no se conectaba. Esperaba conseguir señal cuando llegáramos a la isla—. ¿Listo, T.J.? —Sí —dijo, agarrando su mochila. Un mini-bus nos dejó en la terminal de taxi aéreo. El agente nos registró en el mostrador, y salimos a la calle. El clima de las Maldivas me recordaba a la sala de vapor en mi gimnasio. Inmediatamente, las gotas de sudor estallaron en mi frente y la parte de atrás de mi cuello. Mis pantalones vaqueros y la camiseta de manga larga atrapaban el aire caliente y húmedo contra mi piel, y me habría gustado haberme cambiado a algo más fresco. —¿Esto es así de sofocante todo el tiempo? Un empleado del aeropuerto estaba en el muelle junto a un hidroavión que se balanceaba suavemente sobre la superficie del agua. Nos hizo una seña. Cuando T.J. y yo nos acercamos, abrió la puerta y nos agachamos nuestras cabezas para subir al avión. El piloto estaba sentado en su asiento, y nos sonrió con la boca llena de hamburguesa con queso. —Hola, soy Mick. —Terminó de masticar y tragar—. Espero que no les importe si termino mi cena. —Parecía ser de cincuenta años y era tan gordo que apenas cabía en el asiento del piloto. Llevaba pantalones cortos. 9.

(10) y la camiseta desteñida más grande que jamás hubiera visto. Sus pies estaban desnudos. El sudor salpicaba su labio superior y la frente. Se comió el último bocado de su hamburguesa con queso y se limpió la cara con una servilleta. —Soy Anna y éste es T.J. —le dije, sonriendo y llegando a estrechar su mano—. Por supuesto que no nos importa. El Twin Otter DHC-6 tenía diez asientos y olía a combustible de avión y moho. T.J. se abrochó el cinturón de seguridad y miró por la ventana. Me senté cruzando el pasillo, empujé mi bolso y lo coloqué debajo del asiento, antes de frotarme los ojos. Mick puso en marcha los motores. Su voz quedó ahogada por el ruido, pero cuando volvió la cabeza hacia un lado, pude ver que sus labios se movían como comunicándose con alguien a través del radio. Navegó fuera del muelle, aceleró, y pronto estuvimos en el aire. Maldije mi incapacidad para dormir en los aviones. Siempre he envidiado a los que se desmayan al momento en que el avión despega y no se despiertan hasta que las ruedas aterrizan en la pista. Traté de dormitar, pero la luz del sol entrando a raudales por las ventanas del hidroavión, y mi reloj biológico confuso, hicieron que me fuera imposible. Cuando me di por vencida y abrí los ojos, vi a T.J. observándome. Si la expresión de su rostro y el calor en el mío eran una indicación, los dos estábamos avergonzados. Se dio la vuelta, empujó su mochila debajo de la cabeza y se quedó dormido unos minutos más tarde. Inquieta, me desabroché el cinturón de seguridad y fui a preguntarle a Mick cuánto tiempo tardaríamos en aterrizar. —Tal vez una hora o más. —Hizo un gesto hacia el asiento del copiloto—. Siéntese, si quiere. Me senté y abroché el cinturón de seguridad. Protegiéndome los ojos del sol, observé la impresionante vista. El cielo era azul y sin nubes por encima de nosotros. Por debajo, el Océano Índico se veía como un remolino de menta verde, azul y turquesa. Mick se frotó el centro de su pecho con el puño y alcanzó un rollo de antiácidos. Se puso uno en la boca. —Ardor estomacal. Eso es lo que me pasa por comer hamburguesas con queso. Sin embargo, su sabor es mucho mejor que una ensalada de mierda, ¿sabe? — se rió, y yo asentí, completamente de acuerdo—. Así que, ¿de dónde vienen? —Chicago. —¿Qué hace usted allí, en Chicago? —Se puso otro antiácido en la boca. —Enseño inglés en décimo grado. —Ah, vacaciones de verano.. 10.

(11) —Bueno, no para mí. Suelo ser tutora de estudiantes durante el verano. —Hice un gesto hacia T.J.—. Sus padres me contrataron para ayudarlo a ponerse al día con su clase. Tuvo linfoma de Hodgkin y se perdió una gran parte de la escuela. —Me pareció que era demasiado joven para ser su madre. Sonreí. —Sus padres y hermanas volaron hace unos días. No me había sido posible salir tan temprano como los Callahan porque la escuela secundaria pública donde enseñaba había comenzado sus vacaciones de verano unos días más tarde que la escuela privada a la que T.J. asistía. Cuando T.J. se enteró, convenció a sus padres para que lo dejaran quedarse en Chicago durante el fin de semana y volar conmigo en vez de con ellos. Jane Callahan había llamado para ver si todo estaba bien. —Su amigo Ben dará una fiesta. Él realmente quiere ir. ¿Seguro que no le importa? —preguntó. —No, en absoluto —le dije—. Nos dará la oportunidad de conocernos. Yo sólo había visto a T.J. una vez, cuando me entrevisté con sus padres. Se necesitaría un tiempo para que se acostumbrara a mí; siempre hacía falta cuando trabajaba con estudiantes nuevos, especialmente si eran adolescentes. La voz de Mick interrumpió mis pensamientos. —¿Cuánto tiempo se quedarán? —Por el verano. Alquilaron una casa en la isla. —Así que, ¿él está bien ahora? —Sí. Sus padres dijeron que estuvo muy enfermo por un tiempo, pero ha estado en remisión durante algunos meses. —Lindo lugar para un trabajo de verano. Sonreí. —Es mejor que la biblioteca. Volamos en silencio durante un rato. —¿Realmente hay 1.200 islas por aquí? —le pregunté. Sólo había contado tres o cuatro, repartidas por toda el agua como piezas de un rompecabezas gigante. Esperé su respuesta—. ¿Mick? —¿Qué? Oh, sí, más o menos. Sólo alrededor de 200 están habitadas, pero espero que eso cambie con todo esto del desarrollo. Hay un nuevo hotel o resort abriéndose todos los meses. —Rió entre dientes—. Todo el mundo quiere un pedazo de paraíso. Mick se frotó el pecho de nuevo y quitó su brazo izquierdo de la palanca de mando que se extendía hacia fuera delante de él. Me di cuenta. 11.

(12) de su expresión de dolor y de la ligera capa de sudor en su frente. —¿Está bien? —Estoy bien. Es sólo que nunca he tenido ardores tan fuertes. —Se puso dos antiácidos más en la boca y arrugó el envoltorio vacío. Un sentimiento de inquietud se apoderó de mí. —¿Quiere llamar a alguien? Si me muestra cómo utilizar el radio, podría llamar por usted. —No, voy a estar bien una vez que estos antiácidos empiecen a trabajar. —Tomó una respiración profunda y me sonrió—. Gracias, de todos modos. Pareció estar bien durante un tiempo, pero diez minutos más tarde quitó su mano derecha del volante y se frotó el hombro izquierdo. El sudor corría por el costado de su rostro. Su respiración sonaba poco profunda, y se movió en su asiento como si no pudiera encontrar una posición cómoda. Mi sentimiento de inquietud se transformó en puro pánico. T.J. despertó. —Anna —dijo, lo suficientemente alto como para que lo oyese a través de los motores. Me di la vuelta—. ¿Estamos casi allí? Desabroché el cinturón y volví a sentarme al lado de T.J. No queriendo gritar, me acerqué y le dije—: Oye, estoy bastante segura de que Mick va a tener un ataque al corazón. Tiene dolores en el pecho y se ve horrible, pero está culpando a los ardores de estómago. —¡¿Qué?! ¿Hablas en serio? Asentí con la cabeza. —Mi padre sobrevivió a un ataque al corazón el año pasado, así que sé que esperar. Creo que tiene miedo de admitir que hay algo mal. —¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Todavía puede volar el avión? —No lo sé. T.J. y yo nos acercamos a la cabina del piloto. Mick tenía los puños apretados contra su pecho y sus ojos estaban cerrados. Su casco estaba torcido y su rostro había adquirido un tono grisáceo. Me agaché junto a su asiento, el miedo ondulaba a través de mí. —Mick. —Mi tono era urgente—. Tenemos que llamar para pedir ayuda. Él asintió con la cabeza. —Voy a ponernos sobre el agua, primero, y luego uno de ustedes tendrá que conseguir alcanzar el radio —jadeó, tratando de sacar las palabras—. Pónganse los chalecos salvavidas. Están en el compartimiento de almacenamiento, junto a la puerta. Luego siéntense y abróchense el cinturón. —Hizo una mueca de dolor—. ¡Vamos!. 12.

(13) El corazón me retumbó en el pecho y la adrenalina inundó mi cuerpo. Nos precipitamos al compartimiento de almacenamiento y lo saqueamos. —¿Por qué tenemos que ponernos el chaleco salvavidas, Anna? El avión cuenta con flotadores, ¿cierto? Porque tiene miedo de no poder sacarnos del aire a tiempo. —No sé, tal vez es un procedimiento operativo estándar. Estamos aterrizando en el medio del océano. —Encontré los chalecos salvavidas apretujados entre un recipiente de forma cilíndrica que decía “BALSA”, y varias mantas. —Aquí —dije, entregándole uno a T.J. y poniéndome el mío. Nos sentamos y sujetamos los cinturones de seguridad, mis manos temblaban tanto que me llevó dos intentos poder lograrlo—. Si pierde el conocimiento, vamos a necesitar inmediatamente comenzar la Reanimación Cardiopulmonar. Vas a tener que averiguar cómo funciona el radio, T.J., ¿de acuerdo? Asintió con la cabeza y los ojos muy abiertos. —Puedo hacer eso. Me agarré a los brazos de mi asiento y miré por la ventana, la superficie del Océano cada vez estaba más cerca. Pero entonces, en lugar de disminuir, la velocidad aumentó, descendiendo en un ángulo pronunciado. Miré hacia la parte delantera del avión. Mick estaba desplomado sobre el volante, no se movía. Me desabroché el cinturón de seguridad y me abalancé hacia el pasillo. —Anna —gritó T.J. El dobladillo de mi camiseta se deslizó de su agarre. Antes de que pudiera llegar a la cabina del piloto, Mick se echó hacia atrás en su asiento, con las manos todavía en el volante, como un espasmo masivo acumulado en su pecho. La nariz del avión se detuvo bruscamente y cayó al agua de cola en primer lugar, saltando sobre las olas de forma errática. La punta de un ala dio de lleno en la superficie y el avión dio vueltas fuera de control. El impacto me volteó, como si alguien hubiera atado una cuerda alrededor de mis tobillos y hubiera tirado de ella con fuerza. El sonido de cristales rotos llenó mis oídos, y tuve la sensación de estar volando, seguida de un dolor ardiente mientras el avión se desintegraba. Me sumergí en el océano, el agua de mar corría por mi garganta. Completamente desorientada, el dinamismo de mi chaleco salvavidas me levantó lentamente hacia arriba. Mi cabeza rompió la superficie, y tosí sin control, tratando de obtener aire y expulsar el agua hacia fuera. ¡T.J.! ¿Oh, Dios mío, ¿dónde está T.J.?. 13.

(14) Me lo imaginé atrapado en su asiento, incapaz de conseguir que el cinturón de seguridad se desabrochara y escaneé el agua frenéticamente, entornando los ojos bajo el sol y gritando su nombre. Justo cuando pensaba que se había ahogado, salió a la superficie, asfixiado y mascullando. Nadé hacia él, saboreando sangre, mi cabeza palpitaba tan fuerte que pensé que podría explotar. Cuando alcancé a T.J., le agarré la mano y traté de decirle lo feliz que estaba de que lo lograra, pero mis palabras no salieron, mientras entraba y salía de una niebla brumosa. T.J. me gritó para despertarme. Me acordé de las altas olas, tragué más agua, y luego no recordé nada más.. 14.

(15) 2 T.J. Traducido por Deeydra Ann’ Corregido por Vero. E. l agua de mar se agitaba a mí alrededor, en mi nariz, por mi garganta, en mis ojos. No podía respirar sin ahogarme. Anna nadó hacia mí, llorando, sangrando y gritando. Me tomó de la mano y trató de hablar, pero sus palabras salieron todas rotas, y no pude entender nada de lo que decía. Su cabeza se tambaleó, y su cara salpicó hacia abajo en el agua. La levanté de su cabello. —Despierta, Anna, ¡despierta! —Las olas eran muy altas y temía que nos separáramos, así que metí mi brazo derecho por debajo de la correa de su chaleco salvavidas y me aferré a ella. Levanté su cara—. Anna, ¡Anna! Oh, Dios. Sus ojos permanecían cerrados y no respondía, así que metí mi brazo izquierdo debajo de la otra correa de su chaleco y me eché hacía atrás, con ella acostada sobre mi pecho. La corriente nos alejó de los escombros. Las piezas del hidroavión desaparecieron bajo la superficie y no pasó mucho tiempo antes de que no quedara nada. Traté de no pensar sobre Mick atado en su asiento. Flotaba, aturdido, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Rodeado por nada más que olas, traté de mantener nuestras cabezas por encima del agua y me obligué a no entrar en pánico. ¿Sabrán que nos estrellamos? ¿Nos estarán rastreando en el radar? Tal vez no, porque nadie vino. El cielo se oscureció y el sol se puso. Anna murmuraba. Pensé que podría estar despertando, pero su cuerpo se estremeció y vomitó sobre mí. Las olas lo lavaron, pero ella temblaba y la acerqué más, tratando de compartir calor corporal. Tenía frío, también, a pesar de que el agua se había sentido ligeramente caliente después del accidente. No había ninguna luz de luna y apenas podía ver la superficie del agua que nos rodeaba, ahora negra, no azul. Estaba preocupado por los tiburones. Liberé uno de mis brazos y puse mi mano bajo la barbilla de Anna, levantando su cabeza de mi pecho. Sentí algo caliente justo debajo de mi cuello, donde su cabeza descansaba.. 15.

(16) ¿Seguía sangrando? Traté de hacer que se despertara, pero sólo respondía si sacudía su rostro. No hablaba, pero gemía. No quería lastimarla, pero quería saber si estaba viva. No se había movido por mucho tiempo, lo que me asustó, pero luego vomitó de nuevo y se estremeció en mis brazos. Traté de mantener la calma, respirando lentamente dentro y fuera. Manejar las olas era fácil flotando sobre mi espalda, y viajábamos mientras la corriente nos llevaba. Los hidroaviones no volaban en la oscuridad, pero estaba seguro de que enviarían uno en cuanto saliera el sol. Para entonces, alguien tendría que saber que nos habíamos estrellado. Mis padres ni siquiera sabían que estábamos en ese avión. Pasaron las horas y no vi ningún tiburón. Tal vez estaban allí y no lo sabía. Agotado, me quedé dormido por un rato, dejando mis piernas colgando en lugar de luchar para mantenerlas cerca de la superficie. Traté de no pensar en los tiburones que podrían estar dando vueltas por debajo. Cuando sacudí a Anna de nuevo, no respondió. Pensé que podía sentir su pecho subiendo y bajando, pero no estaba seguro. Hubo un fuerte chapoteo y me erguí. La cabeza de Anna se ladeó un poco a un lado y la jalé de nuevo hacia mi. El chapoteo continuo, casi como un ritmo. Imaginándome no solo un tiburón, sino cinco, diez, tal vez más, me di la vuelta. Algo sobresalía del agua, y me tomó un segundo averiguar de qué se trataba. El chapoteo eran las olas golpeando el arrecife alrededor de una isla. Nunca me había sentido tan enormemente aliviado en toda mi vida, ni siquiera cuando el médico nos dijo que mi cáncer se había ido y que el tratamiento finalmente había funcionado. La corriente nos empujó más cerca de la isla, pero no nos dirigíamos directamente hacía ella. Si no hacía algo, la pasaríamos de largo. No podía usar mis brazos porque todavía estaban debajo de los tirantes del chaleco salvavidas de Anna, así que me quedé sobre mi espalda y pateé con mis pies. Mis zapatos se cayeron, pero no me importaba, debí habérmelos quitado hace horas. La tierra aún estaba a unos cincuenta metros de distancia. Un poco más lejos, por supuesto, que antes, no tenía más remedio que utilizar mis brazos, nadé de costado, arrastrando la cara de Anna a través del agua. Levanté la cabeza. Estábamos cerca. Pateando frenéticamente, mis pulmones en llamas, nadé lo más fuerte que pude. Alcanzamos las tranquilas aguas de la laguna dentro del arrecife, pero no dejé de nadar hasta que mis pies tocaron la arena del fondo del océano. Tenía sólo la energía suficiente para arrastrar a Anna fuera del agua y hacia la costa antes de que me desplomara a su lado y me desmayara.. 16.

(17) *** El ardiente sol me despertó. Rígido y adolorido, sólo podía ver a través de uno de mis ojos. Me senté y me quité el chaleco salvavidas, luego miré a Anna. Su cara estaba hinchada y con moretones, cortes atravesando sus mejillas y su frente. Permanecía quieta. Mi corazón golpeaba en mi pecho, pero me obligué a acercarme y tocar su cuello. Su piel estaba caliente y el alivio se apoderó de mí por segunda vez cuando sentí su pulso latiendo bajo mis dedos. Estaba viva, pero lo único que sabía acerca de lesiones en la cabeza era que probablemente tenía una. ¿Y si nunca despertaba? La sacudí con cuidado. —Anna, ¿puedes oírme? —No respondió, así que la sacudí de nuevo. Esperé a que abriera los ojos. Eran increíbles, grandes y de un oscuro gris azulado. Fue la primera cosa que noté cuando la conocí. Había venido a nuestra casa para entrevistarse con mis padres, y estaba avergonzado porque era hermosa y yo estaba muy delgado, calvo y parecía una mierda. Vamos, Anna, déjame ver tus ojos. La sacudí más fuerte y no fue hasta que por fin los abrió lentamente, que dejé escapar el aliento que había estado conteniendo.. 17.

(18) 3 Anna Traducido por Juli_Arg Corregido por tamis11. D. os imágenes borrosas de T.J. se cernían sobre mí, y parpadeé hasta que se fusionaron en uno solo. Él tenía cortes en la cara y el ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón.. —¿Dónde estamos? —pregunté. Mi voz sonó áspera y mi boca sabía a sal. —No lo sé. Alguna isla. —¿Qué pasó con Mick? —pregunté. T.J. sacudió la cabeza. —Lo que quedó del avión se hundió rápidamente. —No puedo recordar nada. —Te desmayaste en el agua, y cuando no pude despertarte pensé que habías muerto. La cabeza me dolía. Me toqué la frente e hice una mueca cuando mis dedos rozaron una gran protuberancia. Algo pegajoso recubría el lado de mi cara. —¿Estoy sangrando? T.J. se inclinó hacia mí y peinó mi cabello hacia atrás con sus dedos, buscando la fuente de la sangre. Lloré cuando la encontró. —Lo siento —dijo—. Es un corte profundo. No está sangrando tanto ahora. Sangraba mucho más cuando estábamos en el agua. El miedo se apoderó de mí, viajando a través de mi cuerpo como una ola. —¿Había tiburones? —No sé. No vi ninguno, pero estuve preocupado sobre ello. Tomé una respiración profunda y me senté. La playa giraraba. Colocando las manos planas sobre la arena, me tranquilicé a mi misma hasta que lo peor de los mareos pasó.. 18.

(19) —¿Cómo llegamos aquí? —pregunté. —Enganché mis brazos por las correas de tu chaleco salvavidas, y nos dejé llevar por la corriente hasta que vi la orilla. Luego te arrastré sobre la arena. La realización de lo que había hecho se hundió en mí. Miré hacia el agua y no dije nada durante un minuto. Pensé en lo que podría haber pasado si me hubiera dejado ir o si los tiburones hubieran venido o si no hubiera una isla. —Gracias, T.J. —Seguro —dijo, encontrando mi mirada sólo durante unos segundos antes de mirar lejos. —¿Estás herido? —pregunté. —Estoy bien. Creo que me golpeé la cara en el asiento que se encontraba delante de mí. Intenté ponerme de pie y fallé, vencida por el mareo. T.J. me ayudó a sostenerme y esta vez me quedé sobre mis pies. Desabroché mi chaleco salvavidas y lo dejé caer en la arena. Me alejé de la orilla y miré hacia la isla. Se parecía a las fotos que había visto en Internet, excepto que no tenía un hotel de lujo o casas de vacaciones en las que permanecer. Con los pies desnudos, la arena primitiva blanca parecía azúcar bajo mis pies; no tenía ni idea de que le había pasado a mis zapatos. La playa dio paso a los arbustos con flores y vegetación tropical y, finalmente, una zona boscosa donde los árboles crecían muy juntos, sus hojas formando un toldo verde. El sol, alto en el cielo, la quemaba con un calor intenso. La brisa del océano no bajaba mi aumento de la temperatura corporal, y el sudor corría por mi cara. Mi ropa se pegaba a mi piel húmeda. —Tengo que volver a sentarme. —Mi estómago estaba revuelto, y pensé que podría vomitar. T.J. se sentó junto a mí y cuando las náuseas finalmente pasaron, le dije—: No te preocupes. Tienen que saber que se estrelló y van a enviar un avión de búsqueda. —¿Tienes alguna idea de dónde estamos? —preguntó. —En realidad, no. Usé mi dedo para dibujar en la arena. —Las islas se agrupan en una cadena de veintiséis arrecifes que corren de norte a sur. Aquí es donde nos dirigíamos. —Señalé una de las marcas que hice. Llevé mi dedo a través de la arena y señalé a otro—. Este es Malé, el punto de partida. Estamos en algún lugar intermedio, creo, a menos que la corriente nos haya llevado al este o al oeste. No sé si Mick se quedó en el camino, y no sé si los hidroaviones archivan un plan de vuelo o si son rastreados sobre el radar. —Mi mamá y mi papá deben estar volviéndose locos.. 19.

(20) —Sí. —Los padres T.J. habían, sin duda, intentado llamar a mi celular, pero era probable que se encontrase en el fondo del océano ahora. ¿Habría que construir una señal de fuego? ¿No es eso lo que se supone que debes hacer cuando estás perdido? ¿Crear fuego para que sepan dónde estás? No tenía idea de cómo crearlo. Mis habilidades de supervivencia se limitaban a lo que había visto en la televisión o leído en los libros. Ninguno de nosotros usaba gafas, así que no podíamos colocar las lentillas en ángulos hacia el sol. No teníamos ningún espejo o roca. Pero nos quedaba la fricción, ¿Si frotábamos dos varitas juntas, realmente funcionaba? Tal vez no teníamos que preocuparnos por un incendio, al menos no todavía. Nos verían si volaban bajo y nos quedabamos cerca de la playa. Tratamos de deletrear SOS. En primer lugar utilizamos nuestros pies para aplanar la arena, pero no creía que fuera visible desde el aire. A continuación, tratamos de utilizar hojas, pero la brisa las dispersó antes de que pudiéramos formar letras. No había ninguna roca grande para sostener las hojas, sólo guijarros y los fragmentos de lo que pensé eran el coral. Movernos por alrededor nos hizo sentirnos más calurosos y el dolor en mi cabeza empeoró. Nos dimos por vencidos y nos sentamos. Mi cara se quemó por el sol y los brazos y las piernas de T.J. se pusieron rojos. Pronto no tuvimos más remedio que alejarnos de la orilla y refugiarnos bajo un árbol de coco. Los cocos cubrían el suelo, y sabía que contenían agua. Los golpeamos contra el tronco del árbol, pero no pudimos abrirlos. El sudor corría por mi cara. Recogí mi pelo y lo sostuve en la parte superior de mi cabeza. Con mi lengua hinchada y la sequedad en la boca se me hacía difícil tragar. —Voy a echar un vistazo alrededor —dijo T.J—. Tal vez hay agua en alguna parte. —No se había ido por mucho tiempo, cuando llegó de nuevo al árbol de coco sosteniendo algo en la mano. —No vi nada de agua, pero he encontrado esto. Era del tamaño de un pomelo y verde, espinosas cubrían su superficie. —¿Qué es? —pregunté. —No sé, pero tal vez tiene agua en su interior, al igual que los cocos. T.J. la peló, usando sus uñas. Fuera lo que fuese, los insectos habían llegado allí primero, así que lo dejó caer al suelo, golpeándolo con el pie. —Lo encontré debajo de un árbol —dijo—. Había un montón de ellos colgando, pero estaban demasiado altos para alcanzarlos. Si consigues. 20.

(21) subir en mis hombros, podríamos ser capaces de derribar una. ¿Crees que puedes caminar? Asentí con la cabeza. —Si vamos despacio. Cuando llegamos al árbol, T.J. estrechó mi mano y me ayudó a subir a sus hombros. Yo era alto un metro y ochenta y y pesaba cincuenta y cuatro chilos. T.J. tenía por lo menos catorce centimetros y probablemente catorce libras más que yo, pero se tambaleó un poco tratando de mantener mi equilibrio. Llegué tan alto como pude, mis dedos se extendieron hacia la fruta. No podía agarrarla, así que la golpeé con mi puño en su lugar. Las primeras dos veces no se movió, pero la golpeé un poco más y salió volando. T.J. me bajó al suelo y la agarré. —Todavía no sé lo que es esto —dijo, después de que se la entregué. —Puede que sean frutos del árbol de pan. —¿Qué es eso? —Es una fruta que se supone que sabe a pan. T.J. la peló, y el olor fragante me recordó de la guayaba1. La dividimos por la mitad y chupamos la fruta, el jugo inunda nuestras bocas secas. La masticamos y la tragamos en pedazos. La textura gomosa probablemente significaba que la fruta necesitaba más tiempo para madurar, pero de todas maneras la comimos. —Esto no sabe a pan, para mí —dijo T.J. —Tal vez lo es si se cocina. Después de que terminé, me volví a subir en los hombros de T.J. y derribé dos más que comimos inmediatamente. Luego regresamos al árbol de coco, nos sentamos y esperamos otra vez. A última hora de la tarde, sin previo aviso, el cielo se abrió y una lluvia torrencial cayó sobre nosotros. Salimos de debajo del árbol, se volvimos el rostro hacia el cielo, y abrimos la boca, pero la lluvia terminó diez minutos más tarde. —Es la temporada de lluvias —dije—. Debería llover todos los días, probablemente más de una vez. —No teníamos nada donde retener el agua y las gotas que logré conseguir con mi lengua, me hicieron querer más. —¿Dónde están? —preguntó T.J. cuando el sol se puso. La desesperación en su voz acompañaba mi propio estado emocional. —No lo sé. —Por razones que no podía entender, el avión no había llegado—. Nos van a encontrar mañana. Guayaba: Es una fruta tropical nativa del Caribe, América Central, América del Norte y el norte de Sudamérica. Es comestible, redondo y en forma de pera. 1. 21.

(22) Volvimos a la playa y nos tendimos en la arena, descansando la cabeza en los chalecos salvavidas. El aire se enfríó y el viento que soplaba desde el agua me hizo temblar. Envolví mis brazos mí alrededor y me hice un ovillo, escuchando el rítmico golpeteo de las olas chocando con el arrecife. Los escuchamos antes de entender lo que eran. Un sonido de aleteo llenó el aire seguido por las siluetas de cientos, quizá miles, de murciélagos. Obstruyeron la luz de la luna, y me pregunté si habían estado colgando por encima de nosotros en algún lugar cuando fuimos hacia el árbol del pan. T.J. se sentó. —Nunca he visto tantos murciélagos. Los observamos durante un rato y, finalmente, se dispersaron, a la caza de otros lugares. Unos minutos más tarde, T.J. se quedó dormido. Me quedé mirando al cielo, sabiendo que nadie nos estaría buscando en la oscuridad. Cualquier misión de rescate llevado a cabo durante el día no se reanudaría hasta mañana. Me imaginé a los padres de T.J. angustiados, esperando a que saliera el sol. La posibilidad de que mi familia recibiese una llamada trajo lágrimas a mis ojos. Pensé en mi hermana, Sarah, y una conversación que tuve con ella hace un par de meses. Nos habíamos reunido para cenar en un restaurante de comida mexicana y cuando el camarero trajo las bebidas, tomé un sorbo de mi margarita y dije—: Acepté ese trabajo de tutoría del que te hablé. Con el chico que tenía cáncer. Puse mi copa hacia abajo, recogí un poco de salsa en un chip de tortilla, y me lo metí en la boca. —¿Ese con el que tienes que ir de vacaciones? —preguntó. —Sí. —Te irás por tanto tiempo. ¿Qué piensa John de esto? —John y yo tuvimos la charla del matrimonio de nuevo. Pero esta vez le dije que también quería un bebé. —Me encogí de hombros—. Pensé, ¿por qué no ir a por todas? —Oh, Anna —dijo Sarah. Hasta hace poco, no le había dado realmente mucha importancia a tener un bebé. Me sentía perfectamente contenta de ser tía de los niños de Sarah, Chloe de dos años y Joe de cinco años. Pero luego, todos empezaron a darme mantas envueltas para que los sostuviera, y me di cuenta de que quería la mía propia. La intensidad de mi fiebre de bebé, y el tictac subsecuente de mi reloj biológico, me sorprendió. Siempre he pensado que el deseo de tener un hijo era algo que sucedía poco a poco, pero un día sólo estaba allí.. 22.

(23) —No puedo seguir con esto, Sarah —continué—. ¿Cómo podría él manejar un bebé cuando ni siquiera se puede comprometer con el matrimonio? —Negué con la cabeza—. Otras mujeres hacen que parezca tan fácil. Encuentran a alguien, se enamoran y se casan. Tal vez en un año o dos forman una familia. Sencillo ¿verdad? Cuando John y yo hablamos de nuestro futuro, es tan romántico como una transacción inmobiliaria, con casi tanta contestación. —Agarré la servilleta y limpié mis ojos. —Lo siento, Anna. Francamente, no sé cómo has esperado tanto tiempo. Siete años parece tiempo suficiente para que John averigüe lo que quiere. —Ocho, Sarah. Han sido ocho. —Tomé mi copa y la terminé en dos grandes tragos. —Oh. Perdí un año en alguna parte. —Nuestro camarero se detuvo y preguntó si queríamos otra ronda. —Probablemente debería traerlos —le dijo Sarah—. Entonces, ¿cómo terminó la conversación? —Le dije que me iba para el verano, que necesitaba alejarme por un tiempo para pensar acerca de lo que quería. —¿Qué dijo? —Lo mismo que dice siempre. Que me ama, pero que simplemente no esta listo. Siempre ha sido honesto, pero creo que por primera vez se dio cuenta de que tal vez no se trata sólo de su decisión. —¿Hablaste con mamá al respecto? —preguntó Sarah. —Sí. Me dijo que me pregunte a mí misma si mi vida es mejor con o sin él. Sarah y yo tuvimos suerte. Nuestra madre había perfeccionado el arte de dar sencillos, pero prácticos, consejos. Se mantuvo neutral y nunca juzgó. Una anomalía de los padres, de acuerdo con muchas de nuestras amigas. —Bueno, ¿cuál es tu respuesta? —No estoy segura, Sarah. Lo amo, pero no creo que vaya a ser suficiente para mí. —Necesitaba tiempo para pensar, para estar segura, y Tom y Jane Callahan me habían dado la oportunidad perfecta para adquirir una cierta distancia. Espacio literal para tomar mi decisión. —Verá esto como un ultimátum —dijo Sarah. —Por supuesto que lo hará. —Tomé otro trago de mi margarita. —Estás manejándolo muy bien. —Eso es porque en realidad no he roto con él todavía.. 23.

(24) —Tal vez sea una buena idea para que ti poder estar a solas por un tiempo, Anna. Arreglar las cosas y decidir lo que quieres para el resto de tu vida. —No tengo que sentarme y esperar por él, Sarah. Tengo un montón de tiempo para encontrar a alguien que quiera las mismas cosas que yo. —Lo tienes. —Terminó su margarita y me sonrió—. Y mírate, volarás a lugares exóticos sólo porque puedes. —Suspiró—. Me gustaría poder ir contigo. Lo más parecido que he tenido a unas vacaciones en el último año fue cuando David y yo llevamos a los niños a ver los peces tropicales en el Acuario Shedd. Sarah hacía malabares con el matrimonio, la paternidad, y un trabajo de tiempo completo. Volar en solitario a un paraíso tropical, probablemente sonaba como nirvana para ella. Pagamos nuestra cuenta y cuando entramos en el tren pensé que tal vez, sólo tal vez, mi hierba estaba un poco más verde. Que si mi situación tenía un lado positivo, era la libertad de pasar el verano en una isla preciosa, si me daba la gana. Hasta el momento, ese plan no había funcionado muy bien. Me dolía la cabeza, mi estómago gruñía, y nunca había estado tan sedienta en mi vida. Temblando, con la cabeza apoyada en mi chaleco salvavidas, traté de no pensar en cuánto tiempo podría llevarles encontrarnos.. 24.

(25) 4 T.J. Traducido por Mel Cipriano. Corregido por tamis11. Día 2. M. e desperté tan pronto como aclaró. Anna ya estaba despierta, sentada en la arena junto a mí, mirando el cielo. Mi estómago gruñía, y no tenía saliva.. Me senté. —Hola. ¿Cómo está tu cabeza? —Aún bastante dolorida —dijo. Su rostro era un pequeño lío, también. Moretones púrpuras cubrían sus mejillas hinchadas y había sangre seca cerca de su cuero cabelludo. Caminamos hasta el árbol del pan, Anna subió sobre mis hombros y derribó dos frutas. Me sentía débil, inestable, y era difícil sostenerla. Se bajó y mientras estábamos allí, una fruta del árbol del pan se desprendió de su rama y cayó a nuestros pies. Nos miramos el uno al otro. —Eso hará las cosas más fáciles —dijo. Quitamos la fruta podrida de debajo del árbol, de modo que si regresábamos y encontrábamos alguna en la tierra, sabríamos que podríamos comerla. Tomé la que se había caído y la pelé. Su jugo era dulce y la fruta no fue tan difícil de masticar. Necesitábamos desesperadamente algo para recoger el agua, y caminamos a lo largo de la costa en busca de latas vacías, botellas, recipientes, cualquier cosa que fuese impermeable y mantuviera la lluvia. Encontramos escombros, lo que pensé que podrían ser los restos del avión, pero nada más. La falta de cualquier tipo de basura humana me hizo preguntarme dónde diablos estábamos. Fuimos hacia el interior. Los árboles bloqueaban la luz del sol y los mosquitos nos invadieron. Les di una palmada y me limpié el sudor de la frente con mi brazo. Vimos un estanque cuando llegamos a un pequeño claro. Más bien como un gran charco, que estaba lleno de agua turbia, y la sed me sobrepasó.. 25.

(26) —¿Podemos beber eso? —pregunté. Anna se arrodilló y metió su mano. Hizo girar el agua a su alrededor y arrugó la nariz ante el olor. —No, está estancada. Probablemente no sea segura para beber. Seguimos caminando, pero no pudimos encontrar nada que pudiera contener el agua, así que volvimos a la palma de coco. Cogí uno de los cocos del suelo y lo estrellé contra el tronco del árbol, y luego lo tiré cuando no pude lograr que se agrietara. Le di una patada al árbol, que me hizo doler el pie. —¡Maldita sea! Si podía conseguir abrir un coco, podríamos beber el agua que había dentro, comer la fruta, y recoger la lluvia en la cáscara vacía. Anna no pareció darse cuenta de mi rabieta. Negó con la cabeza hacia atrás y hacia delante y dijo—: No entiendo por qué no hemos visto un avión todavía. ¿Dónde están? Me senté a su lado, respirando con dificultad y sudando. —No lo sé. —No dijimos nada durante un tiempo, perdidos en nuestros propios pensamientos. Finalmente, dije—: ¿Crees que debamos encender una fogata? —¿Sabes cómo hacerlo? —preguntó. —No. —Había vivido en la ciudad toda mi vida, podía contar con una mano el número de veces que había acampado, y aún así me sobrarían dedos. Además, siempre utilizamos un encendedor—. ¿Y tú? —No. —Podríamos intentarlo —le dije—. Parece que tenemos tiempo. Sonrió ante mi pobre intento de una broma. —Está bien. Frotamos dos palillos durante la siguiente hora. Anna consiguió que los suyos estuvieran lo suficientemente calientes como para quemar sus dedos antes de que decidiera dejarlo. Yo lo hice un poco mejor, hasta creí ver algo de humo, pero nada de fuego. Mis brazos dolían. —Me doy por vencido —le dije, dejando caer mis palillos y limpiándome el sudor con el borde de mi camiseta, antes de que algunas gotas me salpicaran los ojos. Empezó a llover. Me concentré en tratar de atrapar las gotas sobre la lengua, agradecido por la pequeña cantidad de agua que pude ingerir. La lluvia terminó después de unos pocos minutos. Todavía sudando, me acerqué a la orilla, me quité la camiseta, y me metí al agua, usando sólo mis pantalones cortos. La temperatura de la laguna me recordó a la de un baño, pero metí la cabeza debajo y la sentí un poco más fresca. Anna me siguió, deteniéndose antes de llegar al agua.. 26.

(27) Se sentó en la arena, sosteniendo su largo cabello con una mano. Tenía que estar quemándose dentro de su camisa de mangas largas y sus pantalones vaqueros. Unos minutos más tarde, se puso de pie, vaciló, y luego se sacó la camiseta por sobre su cabeza. Se desabrochó los vaqueros, salió de ellos, y se dirigió hacia mí, vestida sólo con un sujetador negro y ropa interior a juego. —Sólo imagina que estoy en mi traje de baño, ¿de acuerdo? —dijo cuando se unió a mí en el agua. Tenía la cara roja, y apenas podía mirarme. —Claro. —Estaba tan aturdido que apenas podía hablar. Tenía un cuerpo impresionante. Piernas largas, abdomen plano. Una muy linda estantería. Observarla debería haber sido la última cosa en mi mente, pero no lo era. Cualquiera pensaría que sería incapaz de tener una erección, considerando la sed y el hambre que tenía, y cuán seriamente jodida era nuestra situación, pero se equivocaban. Me alejé de ella hasta que estuve bajo control. Estuvimos en el agua durante mucho tiempo y cuando salimos, me dio la espalda y se puso sus ropas. Registramos el árbol del pan pero no había ninguna fruta en el suelo. Anna subió a mis hombros y cuando logré estabilizarla, presionando sobre sus muslos, la imagen de sus piernas desnudas apareció mi mente. Bajó dos frutas de pan. Yo no tenía mucha hambre, lo cual era raro ya que había estado muriendo de hambre. Anna no debió estar hambrienta, tampoco, ya que no se comió la fruta después de haber chupado todo su jugo. Cuando el sol se puso, nos tendimos cerca de la orilla y vimos los murciélagos llenando el cielo. —Mi corazón está latiendo muy rápido —le dije. —Es un signo de deshidratación —explicó Anna. —¿Cuáles son los otros signos? —Pérdida del apetito. No tener que hacer pis. Sequedad en la boca. —Tengo todo eso. —Yo también. —¿Cuánto tiempo podemos estar sin agua? —Tres días. Tal vez menos. Traté de recordar la última vez que había bebido algo. ¿Tal vez en el aeropuerto de Sri Lanka? Lográbamos conseguir un poco en nuestras bocas cuando llovía, pero no sería suficiente para mantenernos vivos. La comprensión de que se nos estaba acabando el tiempo me asustó.. 27.

(28) —¿Qué pasa con el estanque? —Es una mala idea —aseguró. Ninguno de nosotros dijo que lo que estábamos pensando. Si todo se decidía entre el agua del estanque o nada de agua, íbamos a tener que beberla de todos modos. —Van a venir mañana —dijo ella, pero no sonaba como si realmente se lo creyera. —Espero que sí. —Tengo miedo —susurró. —Yo también. —Me di la vuelta sobre mi lado, pero pasó mucho tiempo antes de que me quedara dormido.. 28.

(29) 5 Anna Traducido por Mery St. Clair Corregido por tamis11. Día 3. C. uando T.J. y yo despertamos, ambos teníamos dolor de cabeza y náuseas. Comimos algo de pan de fruta, y pensé que podría vomitarlo, pero no lo hice. A pesar de que teníamos muy poca energía, volvimos a la playa y decidimos intentar hacer otra fogata de nuevo. Estaba convencida de que un avión aparecería ese día, y sabía que la fogata era nuestra mejor oportunidad para asegurarnos de ser vistos. —Todo lo que hicimos ayer estuvo mal —dijo T.J.—. Pensé en eso anoche, antes de quedarme dormido, y recuerdo ver un programa de televisión donde el tipo hacía una fogata. Hizo girar dos palillos en lugar de frotarlos. Tengo una idea. Voy a ver si puedo encontrar lo que necesito. Durante su ausencia, reuní todo lo que se podía quemar y que consideré que produciría fuego. El aire era tan húmedo, que la única cosa en la isla que estaba seca era el interior de mi boca. Todo lo que recogía se sentía húmedo, pero finalmente encontré algunas hojas secas debajo de una planta robusta. También saqué los bolsillos de mis pantalones al revés y encontré un poco de pelusa que añadí a la pila en mi mano. T.J. regresó con un palillo y un trozo de madera. —¿Tienes algo de pelusa en tus bolsillos? —le pregunté. Él sacó sus bolsillos de adentro hacia afuera, encontró un poco, y me lo entregó. —Gracias. —Formé la pelusa y las hojas en un pequeño nido. También recogí un poco de leña y junté un montón de hojas húmedas y verdes que podríamos usar para hacer mucho humo. T.J. se sentó y mantuvo el palillo en posición vertical, perpendicular al trozo de madera sobre el cual estaba. —¿Qué estás haciendo? —le pregunté.. 29.

(30) —Trato de encontrar una manera de hacer girar el palo. —Lo estudió durante un minuto—. Creo que el tipo usó una cuerda. Desearía no haberme quitado mis zapatos; habría podido utilizar los cordones. Giró el palo hacia atrás y hacia adelante con una mano, pero no pudo girar lo suficientemente rápido como para obtener algún tipo de fricción. El sudor corría por su rostro. —Esto es jodidamente imposible —dijo, descansando durante unos segundo. Con renovada determinación, usó las dos manos y las frotó juntas, con el palillo en medio de ellas. Giró más rápido, e inmediatamente encontró un ritmo. Después de veinte minutos, el palo giraba y produjo un pequeño montón de humo negro en la base de madera. —Mira eso —dijo T.J., cuando el humo comenzó a subir. Poco después de eso, hubo mucho más humo. El sudor corría hasta sus ojos, pero T.J. no dejó de girar el palo. —Necesito el nido. Me senté a su lado y contuve la respiración, observando mientras él soplaba suavemente en el nido de madera. Usó el palo para excavar cuidadosamente entre la rojilla brasa brillante y transferirla a la pila de hojas secas y pelusa. Tomó el nido y lo sostuvo frente a su boca, soplando suavemente, y las llamas crecieron en sus manos. La dejó caer en el suelo. —Oh, Dios mío —dije—. Lo hiciste. Apilamos pequeños trozos de yesca sobre ella. Creció rápido y de inmediato agotamos toda la leña que había recogido. Nos apresuramos a buscar más, y los dos regresábamos corriendo hacia la fogata cuando un aguacero cayó. En cuestión de segundos, el fuego se convirtió en una pila húmeda de madera carbonizada. Miramos lo que quedó de la fogata. Quería llorar. T.J. se arrodilló en la arena. Me senté junto a él, y levantamos nuestras cabezas para atrapar las gotas de lluvia en la boca. Llovió durante mucho tiempo y por lo menos algo de lluvia bajo por mi garganta, pero todo lo que podía pensar era en agua humedeciendo la arena que nos rodeaba. No sabía que decirle. Cuando dejó de llover, nos acostamos bajo la palmera, sin hablar. No podíamos hacer otra fogata de inmediato, porque todo estaba muy mojado, así que dormimos, letárgicos y deprimidos. Cuando nos despertamos por la tarde, ninguno de los dos quiso pan de fruta. T.J. no tenía la energía suficiente para hacer otro fuego, y sin algún tipo de refugio, no seríamos capaz de mantenerla llama viva, de todas formas. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, y mis miembros estaban entumecidos. Había dejado de sudar.. 30.

(31) Cuando T.J. se levantó y se marchó, lo seguí. Sabía a dónde iba, pero no pudo detenerlo. Quería ir allí, también. Cuando llegamos a la laguna, me arrodillé a la orilla del agua, recogí un poco en mi mano y la llevé a mi boca. Tenía un sabor horrible, caliente y ligeramente salobre, pero inmediatamente quise más. T.J. se arrodilló a mi lado y bebió directamente de la laguna. Una vez que empezamos, ninguno pudo parar. Después de beber todo lo que pudimos, colapsamos en el suelo, y pensé que podría vomitar, pero me contuve. Los moscos me invadieron, y los aparté de mi rostro. Regresamos a la playa. Era casi de noche cuando nos recostamos uno cerca del otro en la arena, con nuestras cabezas sobre los chalecos salvavidas. Pensé que todo estaría bien. Habíamos comprado algo de tiempo. Vendrían a buscarnos seguramente mañana. —Lamento lo del fuego, T.J. lo intentaste mucho, e hiciste un gran trabajo. Yo nunca podría ser capaz de hacerlo. —Gracias, Anna. Nos quedamos dormidos, pero me desperté un poco más tarde. El cielo estaba negro, y pensé que probablemente era media noche. Me estómago gruñó. Lo ignoré y rodé sobre un costado. Otro calambre me golpeó, esta vez más intenso. Me senté y gemí. El sudor cubría mi frente. T.J. despertó. —¿Qué pasa? —Me duele el estómago. —Recé para que los calambres se detuvieran, pero sólo empeoraron, y sabía lo que iba a suceder—. No me sigas —dije. Me adentré en el bosque, y apenas logré bajar mis vaqueros y ropa interior antes de que mi cuerpo purgara todo lo que contenía. Cuando ya no quedó nada, me retorcí en el suelo, los calambres continuaron viniendo en olas, una tras otra. Empapada de sudor, el dolor bajaba desde mi estómago hasta cada pierna. Por mucho tiempo, me quedé quieta, con miedo de que el más mínimo movimiento pudiera causarme más miseria. Los mosquitos zumbaban alrededor de mi rostro. Entonces, vinieron las ratas. Dondequiera que miraba, pares de brillantes ojos se escondían en la oscuridad. Uno pasó por encima de mi pie, y grité. Me tambaleé sobre mis pies y tiré de mis vaqueros y ropa interior, pero el movimiento provocó un intenso dolor, y me dejé caer de nuevo. Pensé que podría estar muriéndome, que toda esa agua contaminada de la laguna que bebí no me haría sobrevivir. Permanecí allí después de eso. Exhausta y débil, sin idea de dónde se encontraba T.J., me dormí. Un zumbido me despertó. Mosquitos. Pero el sol estaba arriba y la mayoría de los insectos, y de las ratas se habían ido. Me esforcé por. 31.

(32) levantar mi cabeza mientras me recostaba de costado con mis rodillas levantadas contra mi pecho. Eso parecía ser el sonido de un avión. Solté mis rodillas para levantarme y arrastrarme hacia la playa, gritándole a T.J. mientras mis pies caminaban más rápido, tratando con cada gramo de mis fuerzas levantar los brazos por encima de mi cabeza y moverlos de un lado a otro. No podía ver el avión, pero podía escucharlo, el sonido desvaneciéndose cada vez más. Están buscándonos. Darán la vuelta en cualquier momento. El sonido del avión se hizo más débil hasta que no puedo escucharlo más. Mis piernas se doblaron, y caí sobre la arena y lloré hasta que hiperventilée. Me recosté de lado, mis sollozos disminuyendo, la mirada fija en las nubes. No tenía idea de cuánto tiempo pasó, pero cuando aparté la mirada, T.J. estaba recostado a mi lado. —Era un avión —dije. —Lo escuché. Pero no podía moverme. —Regresarán. Pero no lo hicieron. Lloré mucho ese día. T.J. estuvo en silencio. Mantuvo sus ojos cerrados, y no estaba segura de sí dormía o simplemente estaba muy débil como para hablar. No hicimos otra fogata o un intento de comer más pan de fruta. Ninguno de los dos se movió debajo de la palmera, excepto cuando llovió. No quería estar cerca del bosque cuando la oscuridad cayera, así que nos movimos de regreso a la playa. Mientras me recostaba junto a T.J. hubo solo una cosa de la que estuve segura. Si otro avión no venía, o si no encontrábamos una manera de recoger agua, T.J. y yo moriríamos. Dormí a ratos durante toda la noche, y cuando por fin caí en un sueño profundo, me desperté gritando porque soñé que una rata se comía mi pie.. 32.

(33) 6 T.J. Traducido por Panchys Corregido por tamis11. Día 4. C. uando salió el sol, apenas podía levantar la cabeza de la arena. Dos cojines de los asientos del avión habían flotado durante la noche y algo azul junto a ellos llamó mi atención. Rodeé hacia Anna y la sacudí para despertarla. Me miró con los ojos hundidos, sus labios resecos y sangrando. —¿Qué es eso? —Señalé la cosa azul, pero el esfuerzo requerido para mantener mi mano alzada era demasiado, y dejé caer mi brazo de vuelta a la arena. —¿Dónde? —Allá. Por los cojines de los asientos. —No lo sé —dijo. Levanté mi cabeza y protegí mis ojos del sol. Lucía familiar y de repente me di cuenta de lo que era. —Esa es mi mochila. Anna esa es mi mochila. Me puse de pie con las piernas temblorosas, caminé hacia la orilla y la agarré. Cuando regresé, me arrodillé junto a Anna, abrí mi mochila y saque la botella de agua que ella me había dado en el Aeropuerto de Malé. Se sentó. —Oh Dios mio. Torcí la tapa para abrirla y nos pasamos la botella de ida y vuelta, siendo cuidadosos de no beber muy rápido. Contenía casi un litro, y lo bebimos todo, pero apenas tomó el borde de mi sed. Anna alzó la botella vacía. —Si usamos una hoja como embudo podemos colectar el agua de la lluvia en esto. Temblorosos y débiles, caminamos al árbol del pan y arrancamos una gran hoja de una de las ramas más bajas. Anna la rasgó hasta que fue del tamaño adecuado y la metió en la boca de la botella vacía, haciendo la abertura tan ancha como era posible. Había cuatro panas en el suelo, y las. 33.

(34) llevamos de vuelta a la orilla y las comimos todas. Saqué todo de mi mochila. La gorra de beisbol de Los Cachorros de Chicago estaba empapada, pero me la puse de todas formas. Había también una sudadera gris con capucha, dos camisetas, dos pares de pantalones deportivos, vaqueros, ropa interior y calcetines, un cepillo de dientes y pasta dental, y mi reproductor de CD. Agarré el cepillo y la pasta. El interior de mi boca sabía a algo que ni siquiera podía comenzar a describir. Removí la tapa de la pasta, derramé un poco sobre mi cepillo, y se lo tendí a Anna. —Puedes compartir mi cepillo si no te importa. Ella sonrió. —No me importa, T.J. Pero ve tú primero. Es tuyo. Cepillé mis dientes y luego enjuagué el cepillo en el océano y se lo entregué a ella. Derramó más pasta en él, y cepilló sus dientes. Cuando hubo terminado, lo enjuagó y me lo devolvió. —Gracias. Esperamos a que lloviera y cuando lo hizo en horas de la tarde, vimos la botella llenarse de agua. Se la tendí a Anna y bebió la mitad y me la devolvió. Después de que terminamos pusimos la hoja de regreso y la lluvia la llenó de nuevo. Anna y yo bebimos eso también. Necesitábamos más, mucho más probablemente, pero comencé a pensar que quizás no moriríamos después de todo. Teníamos una forma de recolectar agua, teníamos las panas, y sabíamos que podíamos hacer fuego. Ahora necesitábamos un refugio, porque sin uno, nuestro fuego nunca se quedaría encendido. Anna quería construir el refugio en la playa porque las ratas la enloquecían. Rompimos dos ramas con forma de Y y las llevamos a la arena, poniendo el palo más largo que encontramos entre ellas. Hicimos una mierda de cobertizo al apoyar más ramas a cada lado. Las panas dejaron alineado el suelo excepto por un pequeño círculo donde construíamos nuestro fuego. Anna recogió piedras para ponerlas en forma de anillo alrededor. Estaría lleno de humo adentro, pero eso quizás mantendría alejado a los mosquitos. Decidimos esperar hasta la mañana para hacer otro fuego. Ahora que teníamos refugio, podríamos recolectar leña y almacenarla adentro del cobertizo, para que pudiera secarse. Llovió de nuevo y llenamos nuestra botella tres veces; nunca había probado algo tan bueno en toda mi vida. Cuando el sol se levantó, llevamos los cojines, los chalecos salvavidas y mi mochila dentro del cobertizo. —Buenas noches T.J. —dijo Anna, descansando la cabeza en uno de los cojines, la pila de fuego entre nosotros. —Buenas noches Anna.. 34.

(35) 7 Anna Traducido por munieca Corregido por Escritora Solitaria. Día 5. A. brí los ojos. La luz del sol se filtraba entre las rendijas de la choza. La presión sobre mi vejiga —algo que no había sentido en mucho tiempo— me confundió por un segundo, y luego. sonreí.. Tenía que ir al baño. Salí de la choza sin despertar a T.J. y entré en el bosque. Me puse en cuclillas detrás de un árbol, arrugando la nariz ante el olor a amoníaco proveniente de mi pis. Cuando me subí mis pantalones, me encogí ante la humedad entre las piernas. T.J. estaba despierto y de pie junto a la choza, cuando volví. —¿Dónde estabas? —preguntó. Sonreí y dije—: Haciendo pis. Me chocó los cinco. —Tengo que ir, también. Cuando volvió, fuimos al árbol del pan y recogimos tres tendidos en el suelo. Nos sentamos y tomamos nuestro desayuno. —Déjame ver tu cabeza. —dijo T.J. Me incliné y T.J. peinó a través de mi cabello con sus dedos hasta que encontró el corte. —Está mejor. Probablemente debería haber tenido puntos de sutura, sin embargo. No puedo ver nada de sangre seca, pero tu pelo es tan oscuro que es difícil de decir. —Señaló mi mejilla—. Los moretones se van desvaneciendo. Ese se está volviendo amarillo. La apariencia de T.J. había mejorado, también. Sus ojos ya no estaban cerrados por la hinchazón, y sus cortes fueron sanando bien. Le había ido mejor que mí gracias a su cinturón de seguridad. Su rostro —. 35.

(36) muy guapo, aunque aún muy juvenil— no tendría cicatrices permanentes del accidente de avión. No sé si podría decir lo mismo, pero no preocuparía por eso hasta el momento. Después del desayuno, T.J. hizo otro fuego. —Bastante impresionante, chico de ciudad —le dije, apretando su hombro. Sonrió, agregando pequeños trozos de leña y persuadiendo a las llamas más altas, claramente orgulloso de sí mismo. Se secó el sudor de los ojos y dijo—: Gracias. —Déjame ver tus manos. Me las ofreció, las palmas hacia arriba. Ampollas cubrían la piel en carne viva, callosa, y dio un respingo cuando las toqué. —Eso tiene que doler. —Lo hace —admitió. El fuego llenó de humo el refugio, pero no se apagaría cuando llovía. Si escuchabámos un avión, podríamos liquidarlo y tirar hojas verdes en el fuego para crear humo. Nunca había pasado tanto tiempo sin una ducha, y olía fatal. —Voy a tratar de limpiarme —le dije—. Tienes que quedarte aquí, ¿de acuerdo? Asintió con la cabeza y me dio una camiseta de manga corta de su mochila. —¿Quieres usar esto en lugar de tu camiseta manga larga? —Sí. Gracias. —La camiseta me quedaría como un vestido, pero no me importaba. —Te daría unos pantalones cortos, pero sé que son demasiado grandes. —Está bien —le dije—. La camiseta realmente ayudará. Caminé a lo largo de la costa, parando para quitarme la ropa sólo cuando ya no podía ver a T.J. o la choza. Escruté el cielo azul, sin nubes. Ahora sería un momento excelente para que un avión volase por encima. Seguramente, alguien se daría cuenta de una mujer desnuda en la playa. Me metí en la laguna, y los peces se dispersaron. La quemadura de sol en mis manos y pies se había desvanecido en un bronceado oscuro, que contrastaba con los brazos y las piernas blancas. Mi cabello colgaba de mis omóplatos, en un nido de ratas de enredos.. 36.

Referencias

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