EL PLAN DE DIOS
EN
EL
ANTIGUO
TESTAMENTO
Jack B. Scott
C
Publicado y distribuido por Editorial Unilit
EL PLAN DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
© 2002 Logoi. Inc.
14540 S. W. 136 St. Suite 200 Miami, FL. 33186
Título srcinal en inglés: God’s Plan Unfolded © 1976 by Jack B. Scott Diseño textual: Logoi, Inc. Portada: Meredith Bozek
Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, ni procesada, ni transmitida en alguna forma o por algún medio —electrónico o mecánico— sin permiso previo de los editores, excepto breves citas en reseñas y debidamente identificada la fuente.
CONTENIDO
PREFACIO ...
71. VISIÓN DE CONJUNTO (DESDE GÉNESIS HASTA
MALAQUÍAS)...
92. LOS ORÍGENES DEL PUEBLO DE DIOS (GÉNESIS)
21 I. La creación del mundo (caps. 1 y 2) ... 21 II. El reto de Satanás al propósito divino (cap. 3) ... 31 III. Siguiendo las dos descendencias hasta el diluvio (caps.4—8) ... 39 IV. El nuevo comienzo y el viejo problema del hombre
(caps. 9—11) ... 47 V. El desarrollo de la fe en Abraham (caps. 12—22) ... 53 VI. El período de transición: la muerte de Abraham y la
vida de Isaac (23—28.9) ... 67 VII. Jacob, de pecador a santo (25.19—33.20) ... 69 VIII. Los hijos de Jacob, la familla de Dios (34—50) ... 74
3. LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS (ÉXODO
-DEUTERONOMIO) ...
81 I. Rescate de Egipto (Éx 1—19) ... 81 II. La entrega de la Ley al pueblo de Dios (Éx 20 - Dt.) 92 4.EL PUEBLO HEREDA LA TIERRA (JOSUÉ)...
135I. El libro de los Jueces ... 146
II. La otra cara de los hechos: Elimelec y Elcana y sus familias (Rut, 1 S caps. 1 y 2) ... 157
6.
EL REAVIVAMIENTO ESPIRITUAL Y LA
PROSPERI-DAD DEL PUEBLO DE DIOS (1 Samuel 2.12- 1
Reyes 11) ...
... 161I. Comienza a amanecer: Samuel (1 S 2.12 - cap. 7) 161 II. La elección de un rey: Saúl (1 S 8-15) ... 166
III. El surgimiento de David (1 S 16—31)... 172
IV. El reinado de David (2 S 1—24) ... 176
V. El reinado de Salomón (1 R 1—11) ... 187
7. LA ÉPOCA DE LOS PROFETAS (1 REYES 12—2
REYES 25) ...
195I. El período de estabilización (950 a 850 A.C. aprox.) ... ... 199
II. El período de infidelidad (850-800 A.C. aprox.; 2 R 1—11) ... 207
III. El último período de grandeza de Israel (800 - 750 A.C.; 2 R 12—15.7) ... 214
IV. Los últimos días de Israel (750-722 A.C.; 2 R 15.8— 16.41) ... 217
V. Los últimos días de Judá (725-586 A.C.; 2 R 18.1— 25.30) ... 220
9.
LOS ESCRITOS PARA CONTRARRESTAR LOS
DESATINOS DE SALOMÓN (ECLESIASTÉS Y EL
CANTAR DE LOS CANTARES)...
253I. Eclesiastés ... 254
II. El Cantar de los Cantares ... 261
10
LOS PROFETAS DEL SIGLO OCTAVO ...
271I. Amós ... 271
II. Oseas ... 281
III. Isaías ... 293
IV. Miqueas ... 342
11. LOS PROFETAS DEL SIGLO SÉPTIMO ...
351I. Jeremías ... 351
II. Las lamentaciones de Jeremías ... 384
III. Sofonías ... 392
IV. Nahum ... 396
V. Abdías ... 397
VI. Habacuc ... 401
12.
EL TIEMPO DE EXPIACIÓN (586-400 A.C.)...
407I. La historia del período ... 407
II. Ezequiel ... 412
III. Daniel ... 435
IV. Ester ... 455
13.LA RESTAURACIÓN Y LA ESPERANZA FUTURA DEL
PUEBLO DE DIOS ...
461IV. Hageo ... 483
V. Zacarías ... 486
VI. Malaquías ... 496
14.
LOS LIBROS DE DEVOCIÓN Y CONDUCTA DEL
PUEBLO DE DIOS ...
503I. Job ... 503
II. Salmos ... 515
PREFACIO
Este trabajo es una introducción al contenido del Antiguo Tes-tamento, concebido para introducir al estudioso de la Palabra de Dios a un conocimiento más profundo del mensaje de esa parte de la Biblia. Es sólo un instrumento y nada más. Si el resultado del uso de este libro no es un amor más profundo por la Palabra Escrita de Dios y un mayor deseo de estudiar el contenido de dicha Palabra, el autor habrá fallado en su intento.
El orden en que están los libros del Antiguo Testamento en este libro es básico pero no totalmente cronológico. El propósito, hasta donde ha sido posible, es presentar el fondo histórico contenido en la Escritura, seguido por los escritos de los profetas en orden cronológico contrastados con dicho fondo. El orden cronológico puede que difiera de otros; es hecho por mí mismo, y basado en mi comprensión del contenido de los diversos libros de la Biblia y el fondo histórico general del antiguo Oriente Medio.
No hay notas de pie de página, ni citas de otros autores, no porque no tengan nada qué decir, sino porque mi deseo es que el lector permanezca en la Palabra de Dios y aprenda a estudiarla por sí mismo. He tratado de que tanto el libro como los comentarios sean breves, porque, en último análisis, a donde se debe apelar únicamente es a la Palabra de Dios.
El libro no tiene ninguna intención de ser un comentario. Ha habido necesidad de pasar por encima de muchos pasajes muy importantes sin hacer otra cosa que una breve mención de ellos.
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
Insisto en que no estaba dentro de las miras de la obra el dar co-mentarios detallados de ningún pasaje.
Que el Señor bendiga el uso de este libro concediéndoles una com-prensión mayor de las Escrituras del Antiguo Testamento a sus hijos.
CAPÍTULO 1
VISIÓN DE CONJUNTO
(DESDE GÉNESIS HASTA
MALAQUÍAS)
El desarrollo histórico del trato de Dios con su pueblo del Anti-guo Testamento es en sí mismo una verdad emocionante. Especial-mente cuando nos damos cuenta de que la historia del pueblo de Dios que se desarrolla en la Palabra de Dios es también nuestra propia historia, si hemos creído en el Señor. Nosotros somos tam-bién pueblo de Dios. Lo que él le dijo a su pueblo hace miles de años tiene ciertamente una gran significación para nosotros hoy en día, porque Dios nunca cambia, y la necesidad que de Él tiene su pueblo tampoco cambiará jamás. Ni cambiará tampoco la naturale-za humana, a no ser por la gracia de Dios. En realidad, la revela-ción del Antiguo Testamento es la narrarevela-ción de cómo Dios ha cam-biado a una muchedumbre de pecadores, transformándolos en pro-piedad suya, escogida entre los pueblos de la tierra. Puesto que esa labor comenzada en el Edén continúa hoy en día, la nube de testi-gos de los milenios pasados tiene mucho que decirnos a los de hoy.
El libro del Génesis nos habla sobre los orígenes del pueblo de Dios sobre la tierra. Nos cuenta sobre el propósito creador de Dios, y cómo creó ordenadamente todas las cosas, buenas y para su gloria. En Él se recoge la entrada del pecado en la vida del hombre, junto con la consiguiente pérdida de su amistad con Dios, que a su
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
del hombre que trajo como consecuencia el juicio terrible del diluvio da testimonio de la necesidad que el hombre tiene de Dios y de su gracia y salvación. Así, la idea de Dios como Salvador, que propor-ciona esperanza a través de su gracia, se convierte en una de las grandes doctrinas del Génesis y de toda la Palabra de Dios.
A través de todo el Antiguo Testamento podemos seguir una de las señales distintivas de los hijos de Dios, a saber, aquella sensa-ción de necesidad de él. Vemos así cómo Jacob, Moisés, David, y Ezequías, entre muchos otros fieles, aprenden a confiar en Dios por encima de todo, y a buscar en él las respuestas a todas las perplejidades y pruebas de la vida.
Este es el pueblo de Dios, cuyos miembros son llamados uno a uno a pertenecer a la familia de Dios, y señalados por su fe en él. Así es como Dios llama a los que han de ser suyos, y este llamado aparece por vez primera en el Génesis.
Abraham, Isaac, Jacob, Judá, y sus hermanos, son todos llama-dos a la fe en Dios. También vemos cómo la fe que ha entrado por la gracia de Dios en los corazones de los miembros de su pueblo crece en cada uno de ellos. En ninguna otra parte del Antiguo o del Nuevo Testamento ofrece la Escritura una visión más clara del crecimiento de la fe en un hombre que cuando presenta el creci-miento de la fe de Abraham.
Al mismo tiempo vemos cómo se va desarrollando otra cuali-dad esencial del pueblo de Dios. El amor nace y crece en los que por naturaleza eran pecadores hostiles luego que la gracia de Dios efectúa su obra en sus corazones. Y así vemos a la familia de Jacob, egoísta y beligerante, unirse más profundamente con lazos de amor a través de las dificultades y las pruebas. Lo notamos de manera especial en dos hombres del Génesis, Judá y José.
Además de la fe y el amor, otra marcada característica de los hijos de Dios que se ve con frecuencia cada vez mayor en la Escri-tura es la esperanza. Esta esperanza le llega al pueblo de Dios,
Visión de conjunto
especialmente a Abraham y a sus hijos, a través de las promesas de Dios. Dichas promesas abarcan principalmente dos grandes esperanzas: la esperanza de una simiente (una multitud de descen-dientes), y la esperanza de una herencia (un lugar permanente don-de vivir en la presencia don-de Dios).
En el Antiguo Testamento; vemos cómo se desarrollan ambos conceptos. La promesa de una simiente, dada por primera vez en Génesis 3.15, donde es llamada «la simiente de la mujer», es reno-vada posteriormente a Abraham. Se le da un hijo, Isaac, a través del cual se canalizan todas las promesas de Dios. Se le asegura que esa descendencia terminará convirtiéndose en una multitud. Y, como señala el Nuevo Testamento, la simiente prometida a Abraham cul-mina en una persona: el Cristo (Gá 3.16) .
De igual manera, la herencia prometida primeramente a Abraham es la tierra de Canaán, tierra de promisión donde habrá de habitar su descendencia. En la época de Josué la posesión se convierte en una realidad, y en la de David, mil años después de Abraham, crece hasta alcanzar desde el río de Egipto hasta el Eufrates. Sin embargo, Israel a causa de su pecado, no es capaz de retener su posesión, y el imperio se va hundiendo, hasta que la misma Jerusalén cae en manos del enemigo.
En los días de la decadencia en particular el Señor comienza a mostrarles un nuevo concepto, la esperanza de un nuevo cielo y una nueva tierra, de una nueva Jerusalén. Ahora los ojos del pueblo de Dios se levantan para esperar una herencia que no se desvane-cerá, y hacia esa misma esperanza sigue señalando el Nuevo Tes-tamento (1 P 1.3,4; Ap 21 y 22). Aunque la llamamos «esperanza nueva», el escritor de la Epístola a los Hebreos aclara bien que aun Abraham llevó consigo esta elevada esperanza hasta su muerte, y lo mismo sucedió con los demás creyentes del Antiguo Testamento (Heb 11.9,10,13-16).
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
Es necesario añadir una última observación con respecto al pueblo de Dios cuando, en los días de Abraham, comenzó a estar consciente de su llamamiento. El propósito de Dios no era sola-mente derramar sus bendiciones sobre ellos sino también que se convirtieran en un pueblo santo. Debían honrarlo y glorificarlo con sus vidas, en medio de los hombres de la tierra. Para que pudieran hacer esto, Dios los llamó a vivir una vida que lo honrara a través de la obediencia a su Palabra.
Una de las expresiones más claras de este continuo deseo de Dios para su pueblo se encuentra en Génesis 18.19, donde el Señor habla del principal propósito por el cual había llamado a Abraham. Dice el Señor: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado
acerca de él». Aquí vemos expresado llanamente que Dios, al e sco-ger primero a Abraham y llamarlo, tenía la intención de que tanto él como su descendencia vivieran con una fidelidad tal que reflejaran la voluntad de Dios en sus vidas. La realización misma de las bendicio-nes que Dios había prometido a su pueblo dependía de si resultaba evidente en sus vidas que eran verdaderos hijos suyos. Los términos «justicia» y «juicio» usados aquí describen a través de toda la Escri-tura las altas esperanzas que Dios tenía puestas en su pueblo. Nunca suavizó sus exigencias, y a través de todo el período de la revelación del Antiguo Testamento reclamó continuamente de sus hijos esta vida y estos niveles de exigencia. Profeta tras profeta midió Israel a través de esas exigencias de justicia y juicio.
Hay un momento en el que el Señor le dice a Abraham: «Anda delante de mí y sé perfecto» (Gn 17. 1). Dios nunca altera ni suavi-za estas exigencias. Así vemos a Jesús decir mucho más tarde a sus discípulos: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt 5.48). No puede haber exigencia mayor para el pueblo de Dios.
Visión de conjunto
Más tarde, el Señor les dijo en el monte Sinaí a los que habían salido de Egipto que ellos eran su pueblo santo. Inmediatamente después de esta declaración, que está en el capítulo 19 del Éxodo, en el siguiente capítulo, el 20, les dio a conocer su voluntad bajo la forma de los Diez Mandamientos. Estos fueron, por tanto, dados al pueblo de Dios como expresión de la clase de vida que él quería que manifestaran al mundo.
A continuación de estas reglas específicas de conducta, que abarcan la totalidad de la voluntad revelada de Dios y que exponen más a fondo la voluntad de Dios con respecto a su pueblo, es decir, el «hacer justicia y juicio», Dios les dio un gran número de ejemplos o «juicios» que afectan a todos los aspectos de la vida. Así, siguien-do el Éxosiguien-do, en el capítulo 21 les da numerosos ejemplos tomasiguien-dos de la vida diaria y les enseña cómo toda faceta de su vida debe reflejar un esfuerzo conscientes por hacer la voluntad de Dios (los Diez Mandamientos).
Es aquí también donde Dios describe al pueblo los sacrificios o los medios de hacer que se dé cuenta de sus pecados y de su consiguiente necesidad del perdón divino. El pueblo no daría la talla de las altas normas establecidas por Dios. Por lo tanto, Dios les dio los sacrificios para impresionarlos con esta realidad y, al mismo tiempo, con la seriedad misma del pecado. Este debería romper el corazón de los hijos de Dios y hacerlo contrito ante él; así aprende-rían a confiar en él. La totalidad del sistema sacrificial fue el medio que usó el Antiguo Testamento para humillar al pueblo de Dios y enseñarle a confiar en él. Además de todo eso, el sistema señalaba la necesidad de un salvador que pudiera rescatarlos del pecado.
El tabernáculo, introducido también en este período de la revela-ción, fue diseñado para mostrar al pueblo de Dios su necesidad espi-ritual y para llevarlo a confiar en el Salvador que Dios habría de en-viarle. En sí mismo era un esquema de la obra de Cristo, como testifi-ca posteriormente el autor de la Epístola a los Hebreos (Heb 9 y 10).
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
El libro del Génesis recoge también el inicio de la obra de Sata-nás, el gran enemigo de Dios y de su pueblo. A medida que se revelan el plan y el propósito de Dios para con su pueblo, se ve a Satanás en total oposición a los mismos y teniendo éxito cuando provoca al hombre, creado por Dios, a adoptar el mismo corazón rebelde y la misma naturaleza que él poseía. El Génesis recoge la tentación y la caída del hombre y el srcen de los hijos de Satanás, los cuales continúan oponiéndose, a través de toda la historia de la redención, a Dios y a su familia, los hijos de Dios.
Satanás comienza en el Edén, pero no se detiene allí. Después de la caída, vemos a Caín, descendencia de Satanás, oponerse a Abel, quien, no obstante ser su hermano según la carne, era alguien total-mente ajeno a él en asuntos espirituales. Caín, como su padre el dia-blo, intenta destruir al hijo de Dios y logra matar al justo Abel, pero no puede frustrar el plan divino. Tan pronto como muere Abel, Dios hace surgir de Adán y Eva otro hijo, Set, en cuyos días, los hijos de Dios comenzaron a buscar al Señor. Es así como aparecen y se desarrollan las dos sucesiones de seres humanos en la superficie de la tierra.
Desde el punto de vista de Dios, nunca ha habido más que dos clases de hombres: los hijos de Dios y los hijos de Satanás. La trayectoria de ambos grupos puede seguirse a través de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, y sus respectivas categorías per-manecen en realidad hasta nuestros días. Gran parte de las rique-zas de la Palabra de Dios la vemos en la revelación bíblica con respecto a la naturaleza de los hijos de Dios y los hijos de Satanás, y el trato que Dios da a cada uno de ellos.
La oposición de Satanás continúa incluso después del diluvio. Así encontramos, por ejemplo, que Abraham y sus hijos se enfren-tan con la continua hostilidad de la descendencia de Saenfren-tanás que vive en Canaán. Más tarde, en Egipto, la malvada oposición de la simiente de Satanás en la persona del faraón y los egipcios es bien evidente. Cuando Israel sale de Egipto y se dirige de nuevo hacia
Visión de conjunto
Canaán, esta hostilidad de los enemigos de Dios aumenta. Toda la historia de Israel está repleta de enemigos.
Trágicamente vemos cómo los hijos de Satanás se van infil-trando gradualmente en la familia del pueblo de Dios, la iglesia del Antiguo Testamento. Pronto habrá tantos incrédulos como creyen-tes, o quizá aun más, en la iglesia, el cuerpo visible del pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento las hostilidades culminan con la caída de Jerusalén y la consiguiente cautividad en Babilonia. Pero la enemistad no termina ahí. Después del regreso, encontramos a Jerusalén y a Judea llenas de enemigos del pueblo de Dios.
En los tiempos del Nuevo Testamento la iglesia se ve penetra-da de nuevo por los no creyentes. Los agentes de Satanás en la iglesia, la mayoría de los judíos de la época de Jesús, se alían final-mente con el poder secular de Roma para expresar el máximo de su hostilidad con la crucifixión del mismo Jesucristo, Hijo de Dios.
El Nuevo Testamento abunda aun más con respecto a la conti-nua hostilidad entre el pueblo de Dios y los hijos de Satanás. Esto lo vemos vivamente descrito en el capítulo doce del Apocalipsis.
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
Al señalar estos importantes temas en el Génesis, hemos mostra-do también cómo están presentes a tomostra-do lo largo del Antiguo T esta-mento: la necesidad que tiene el hombre de Dios; el llamado del pue-blo de Dios; la labor opositora de Satanás. La Escritura traza después la historia del trato de Dios con su pueblo en la historia de Israel. Dicha historia ha sido escrita teniendo como fondo la del mundo secu-lar. El surgimiento y la caída de las naciones y de los grandes imperios están entretejidos en el plano posterior de la historia bíblica. La obra de Dios para redimir a su pueblo no fue algo aislado de la realidad cotidiana de la historia que se desarrollaba alrededor de Israel.
La historia del pueblo de Dios resulta ser la compilación de los éxitos y fracasos de Israel, que dependen de su mayor o menor obediencia a su Señor.
Cuando Israel heredó la tierra de Canaán, tuvo éxito y prospe-ró en ella solo mientras se mantuvo sujeto a la Palabra y a la volun-tad de Dios. Cuando los padres comenzaron a dejar de preocupar-se por instruir a sus hijos de acuerdo con el depreocupar-seo expreso de Dios manifestado en Deuteronomio 6.4ss, toda la nación sufrió. Así lo leemos en el recuento de los trágicos días de los jueces.
Cuando el pueblo era quebrantado por sus enemigos, y alcan-zaba el punto extremo de la desesperación, Dios hacía surgir hom-bres del estilo de Samuel y David, quienes le hablaban de volverse a él. Los ejemplos de caudillaje de Saúl y de David muestran el marcado contraste que existe entre un pastor del rebaño de Dios que es infiel y otro que es fiel, confrontación que es típica de toda la historia del Antiguo Testamento.
Cuando fallan los dirigentes, como sucedió en los tiempos de Salomón y sus sucesores, los trágicos resultados afectan a toda la iglesia, y todos sufren, tanto los pecadores como los santos. Tanto la descendencia de Satanás en Israel como los creyentes verdade-ros sufren las consecuencias de las infidelidades de Israel.
Visión de conjunto
Para contrarrestar la mala influencia de Salomón y de otros como él, que llevaron a Israel por caminos de perdición, ciertos escritores anónimos de la Palabra de Dios les hicieron resistencia escribiendo obras como el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés. El estudio de dichos libros muestra lo devastadora que puede ser la infidelidad de los líderes para toda la iglesia.
También para contrarrestar la mala influencia de Salomón y sus malvados sucesores al trono de Israel, Dios hizo surgir una continua oleada de profetas. Estos profetas se enfrentaron valientemente a la hostilidad de la falta de fe que existía en Israel para exhortar a aque-llos que confiaban en Dios a continuar siéndole fieles.
Desde Joel en el siglo noveno antes de Cristo, quien previene contra la decadencia espiritual, mientras el gozo de servir a Dios desaparece de los corazones del pueblo; a través de todo el siglo octavo, con el gran número de profetas que denuncian los pecados sociales y las injusticias de sus días; y hasta los siglos séptimo y sexto, con su deterioro espiritual, Dios envía profeta tras profeta para que llamen al pueblo al arrepentimiento y al regreso a su Señor.
Amós reprende su falta de amor mutuo, mientras que Oseas describe su falta de amor a Dios. Jonás representa la aversión de algunos de los verdaderos hijos de Dios a obedecerle y someterse a sus designios redentores para con los hombres. Jeremías enfoca la condición pecadora de los corazones en el pueblo, y señala con esperanza una solución definitiva que vendrá de parte de Dios: el cambio de corazón.
En la cautividad, profetas como Ezequiel y Daniel dan testimo-nio de la gracia continua de Dios y de cómo él sostiene a quienes ponen en él toda su confianza.
La doctrina del remanente, que fue presentada en el siglo octa-vo por los profetas Amós e Isaías, y desarrollada posteriormente por los profetas Jeremías y Ezequiel, muestra que aunque el pueblo
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
de Dios deberá pasar por grandes pruebas y terribles juicios, Dios preservará a todos aquellos que pongan su confianza en él. En ningún otro lugar tenemos una expresión mejor y más ferviente de esta esperanza que en el profeta Habacuc, cuyo ministerio se de-sarrolla en la época de la caída de Jerusalén.
El remanente del pueblo de Dios regresó de veras a su tierra. De la cautividad de Babilonia salió el gran contingente de todos aquellos que querían hacer la voluntad de Dios. Este remanente regresó a Jerusalén y reconstruyó su templo y sus muros. Esta época está marcada por un gran amor por la Palabra de Dios, y en especial por la Ley de Moisés. Es un período de reavivamiento y de regreso, o al menos, de un gran deseo de regresar a los altos nive-les de exigencia que Dios había fijado para su pueblo en la Ley de Moisés.
Durante todo este tiempo, de avivamiento o decadencia espiri-tual del pueblo de Dios según se narra en el Antiguo Testamento, hay continuamente salmos, cantos, y proverbios que expresan la fe de los hijos de Dios que vivieron a través de todas esas épocas. Los autores de la mayoría de esos escritos nos son desconocidos. Pero puesto que han sido conservados en la Palabra de Dios, sabemos que lo que expresan, como cualquiera otra porción de las Escritu-ras, es Palabra de Dios.
Job manifiesta la fe de un hijo de Dios, probada en la confronta-ción con pruebas sumamente difíciles, pérdidas y sufrimientos. Es un testimonio de la longanimidad de Dios, comunicada a su vez a un hijo suyo, dándole fuerzas para mantenerse en su fe, aun en los momen-tos en que las personas más cercanas a él estaban en duda.
Los Salmos recogen en forma bella la fe de muchos de los hijos de Dios, además de David, el gran salmista. Quizá el Salmo prime-ro es el que mejor ejemplifica el contenido de todo el libro. Presenta la justicia del pueblo de Dios, en contraste con la maldad de los que no tienen fe. Aquí, como en muchos otros lugares, el hijo de Dios se
Visión de conjunto
describe como un árbol trasplantado junto a corrientes de aguas de gracia y de la Palabra de Dios. Da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. Ilustra maravillosamente la dependencia absoluta de los hijos de Dios en la Palabra y el poder sustentador de ese Dios. La pone también en fuerte contraste con la estéril vida del malvado, y su inevitable final sin esperanza y sin herencia.
Hemos esquematizado aquí solo brevemente el desarrollo del contenido del mensaje que Dios presentó a su pueblo en el Antiguo Testamento. Ello basta para demostrar la gran importancia que tie-ne este antiguo mensaje de Dios para su pueblo de hoy en día. La validez siempre actual de la Palabra de Dios fue elocuentemente expresada por el mismo Jesús cuando le hablaba a su propia gene-ración. En cierta ocasión les replicó a los fariseos: «Abraham vues-tro padre se gozó de que había de ver mi día, y lo vio, y se gozó.... Antes que Abraham fuese, yo soy» (Jn 8.56,58). Como afirma tam-bién el autor de la Epístola a los Hebreos: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Heb 13.8). El Cristo eterno hace que la Palabra de Dios sea siempre para el pueblo de Dios algo impor-tante y de sabor contemporáneo.
En los capítulos siguientes, pues, haremos algo más que estudiar la vida de un pueblo antiguo y aprender cosas sobre el mismo. Vamos a estudiar la revelación que hace Dios mismo sobre su verdad y su voluntad con respecto a su pueblo, no solo el pueblo de las épocas antiguas sino el de todos los tiempos. En este estudio tenemos mucho que aprender para nuestros días y para nuestra vida cotidiana.
CAPÍTULO 2
LOS ORÍGENES DEL PUEBLO DE
DIOS
(GÉNESIS)
I. La creación del mundo (caps. 1 y 2)
Las palabras con que comienza el Antiguo Testamento hablan de orígenes. Los orígenes de que se habla son los de la creación del cielo y de la tierra. Se presupone que Dios es alguien que ya existía antes de este principio. Las Escrituras dicen poco sobre lo que precedió a la creación del mundo y, por tanto, lo que la precedió no es esencial para el conocimiento humano.
Las Escrituras tienen dos respuestas para nuestra curiosidad sobre estas cosas: una en el Antiguo Testamento y la otra en el Nuevo. Primeramente, en el Antiguo Testamento, en Deuteronomio 29.29, Dios nos dice que las cosas secretas pertenecen al Señor, pero lo que ha sido revelado nos pertenece a nosotros y a nuestra descendencia para siempre. Esto es lo mismo que decirnos que debiéramos preocuparnos de lo que Diosha revelado, y no ser demasiado curiosos con respecto a lo demás. Lo revelado basta para atraer toda nuestra preocupación y nuestra atención.
Sin embargo, las Escrituras sí nos revelan de manera parcial algunos aspectos concernientes al propósito creador que estaba en la mente de Dios. Este concepto del propósito de Dios en la crea-ción es algo sumamente importante para nuestro conocimiento. Aunque a través de todas las Escrituras, este propósito divino
apa-El plan de Dios en el Antiguo Testamento
rece implícito, se nos enseña explícitamente en Efesios 1.4. Aquí se nos dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, esto es, antes de la creación. Por tanto, se nos muestra cuál era el propósito de Dios: que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor.
Sé que algunas traducciones ponen la frase «en amor» con la oración siguiente (el srcinal griego permite ambas construcciones). Pero dicha frase es necesaria para completar el concepto prece-dente, y en realidad así lo hace, por lo cual es preferible traducir así, no solo desde el punto de vista gramatical sino también porque está más de acuerdo con la verdad divina, tal como ha sido revelada a través de las Escrituras.
La enseñanza es la siguiente: Dios, antes de la creación, se hizo el propósito de llegar a tener un pueblo que pasara la eternidad con él y con el que pudiera compartir las bendiciones de toda esa eternidad. El solo pensamiento de esta realidad nos maravilla, por-que se halla más allá de toda nuestra comprensión. Nos habla de un Dios de amor que por amor nos incluye en sus designios eternos. Un Dios que nos escoge específicamente a nosotros para que le acompañemos para siempre. Y se propuso realizar nuestra entrada en su familla por medio de su Hijo Jesucristo. Aquí queda implícito todo el plan de salvación, tal y como las Escrituras lo desarrollan. La cuestión realmente importante es que Dios nos escogió en Cris-toantesde crear el cielo y la tierra. Así vemos cómo los propósitos fundamentales de ese Dios, afectan a todo lo que comienza a hacer cuando crea al mundo y al hombre.
A continuación sigue una explicación sobre la clase de pueblo que Dios se proponía llegar a tener. Sus individuos deberían ser
santos y sin mancha. Las dos ideas no son sinónimas. «Santo» es la palabra usada para todo lo que es apartado para Dios. Este pue-blo debería ser un puepue-blo santo, es decir, un puepue-blo que fuera pro-piedad exclusiva de Dios. «Sin mancha» nos enseña que debería
Los orígenes del pueblo de Dios
ser un pueblo sin pecado y sin defecto, ya que solo un pueblo así podría permanecer para siempre en la presencia de Dios.
Además, debería estar delante de Dios, en su presencia, en una relación deamor . Dios nos habla aquí del amor, relación esen-cial que debe ser el lazo que una a los miembros del pueblo de Dios, y que lo una a él con dicho pueblo. En las Escrituras se presenta frecuentemente el amor como el lazo de unión entre las Personas de la Trinidad (Jn 3.35; 15.9; 17.23,26), lo que hace que el hombre, que ha de ser creado a imagen de Dios, deba poseer también esta característica.
Efesios 1.4 nos ayuda por tanto a ver qué es lo que tenía Dios en su mente cuando comenzó a crear el cielo y la tierra y cuando puso al hombre en ella. Necesitamos este concepto para poder ver la mara-villosa unidad de la Palabra de Dios cuando intentamos discernir cuáles son las motivaciones de Dios en todas sus relaciones con el hombre. El propósito inicial de Dios nunca quedará frustrado; él se mantiene firme en sus intenciones, y va llevando gradualmente sus propósitos iniciales a su perfecto cumplimiento. Esta es la maravillo-sa historia que se va demaravillo-sarrollando en la revelación de Dios, es decir, en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento.
El primer párrafo de las Escrituras (Gn 1.1-5) presenta la labor creadora de Dios. El verbo usado aquí para la acción de «crear» es una palabra que únicamente aparece en las Escrituras teniendo a Dios por sujeto. Por tanto, quiere significar únicamente la labor divina que trae a la existencia aquello que antes no existía.
Para revelarnos aun más sobre el poder creador de Dios, se nos dice que él sacó el orden del caos, y la luz de las tinieblas (v. 2). El versículo segundo es un comentario del primero, y no una adi-ción. Para su propia gloria, Dios creó primeramente el cielo y la tierra, pero en un estado caótico y tenebroso, y posteriormente puso el orden y la luz en lo que ya había hecho.
El plan de Dios en el Antiguo Testamento
La palabra usada aquí para nombrar a Dios es un término gené-rico que en el idioma hebreo es una palabra en plural. Es correcto traducirla como un singular, puesto que el verbo hebreo «creó» está en singular. La razón por la cual el nombre de Dios está en plural es que se desea expresar la majestad de Dios, siendo además muy po-sible que haya sido para indicar la pluralidad de personas existente en la Divinidad. El mismo versículo presenta al Espíritu de Dios como una persona, indicando así la existencia de una pluralidad de perso-nas en la divinidad única. Aquí se encuentra implícita la doctrina trini-taria, aunque debamos esperar al Nuevo Testamento para verla ex-presada en forma explícita. En otras palabras, el uso de una forma plural para mencionar a Dios, y la presentación del Espíritu de Dios como persona, tiene en cuenta, aunque no lo enseñe de manera ex-plícita, la personalidad trinitaria de Dios.
Debemos notar que los conceptos presentados aquí, de un or-den sacado del caos y de una luz sacada de las tinieblas, son usados en el Nuevo Testamento para presentarnos la obra redentora reali-zada por Dios en nuestras vidas. En 2 Corintios 5.17 se nos dice que si alguno está en Cristo nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron y él es hecho nuevo. Pablo se refiere de nuevo a Génesis 1.2 en 2 Corintios 5: 17, cuando dice que Dios, que ordenó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nues-tros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Aquí se nos está hablando de la obra de nuevo nacimiento o regeneración que ocurre en el corazón de todo creyente, haciéndole posible conocer a Dios y tener salvación. Así como el Espíritu estaba activo en la primera creación y en su iluminación, así también lo está en nuestra nueva creación espiri-tual, que nos incorpora como miembros a la familia de Dios. Juan 1.4,5 hace alusión en forma similar a la luz de Dios que estaba en los hombres, y que supera a las tinieblas.
Los orígenes del pueblo de Dios
Algo que también necesitamos dejar señalado aquí es que la secuencia de tarde y mañana (Gn 1.5) que constituye el orden bíbli-co del período de 24 horas, refleja una y otra vez este triunfo de la luz sobre las tinieblas. Aquí se nos muestra cómo Dios ha puesto dentro de la creación misma, y dentro del orden de noche y día, una enseñanza que nos habla de que él creó la luz para derrotar las tinieblas, y del inevitable triunfo de la luz espiritual sobre las tinie-blas espirituales. La revelación natural de Dios comienza desde el mismo día primero de la creación.
Los versículos 6 y 8 hablan de la forma primitiva de la tierra en el momento de ser creada por Dios. Es importante fijarse aquí cuál es la enseñanza que se presenta. La palabra «firmamento» estaría mejor traducida si se dijera «expansión».* Hace referencia al área
vital que Dios hizo para el hombre en la tierra. Había agua almace-nada por encima y por debajo de esa expansión. Nos damos cuenta de que las cosas no son así en el mundo de hoy. No conocemos la existencia de tales acumulaciones de agua por encima y por debajo del área vital del hombre sobre la tierra. No existen en la actuali-dad. Esa es la cuestión: el mundo que Dios hizo al principio, parece haber sido diferente del que hoy conocemos. Durante el diluvio, este mundo sufrió cambios catastróficos en su totalidad, que lo hi-cieron convertirse en el mundo que hoy conocemos. Este era pre-cisamente el argumento de Pedro cuando escribía a la iglesia, al final de su vida.
En 2 Pedro 3.3-7 se hace referencia a unos tiempos faltos de fe, en los cuales los hombres, desconociendo voluntariamente lo que Dios había hecho para juzgar al mundo antiguo con el diluvio, dejarían de creer en la segunda venida de Cristo. Afirmarían que, de acuerdo con sus observaciones, el mundo permanece el mismo desde el principio. Pedro insiste en el versículo 5 en que
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cerán voluntariamente la doctrina de la creación tal como aparece en el capítulo primero del Génesis. El mundo anterior al diluvio, nos dice Pedro, era muy diferente del actual. Provenía del agua. Y en el diluvio, por medio de los grandes depósitos de agua que se hallaban por encima y por debajo de la tierra, el mundo que existía entonces fue destruido. De esta forma, Pedro presenta el contraste entre aquel mundo y el cielo y la tierra actuales (v. 7).
Es importante notar que el mundo como Dios lo creó al princi-pio era bastante diferente de como es hoy en día. Los grandes depósitos de agua que estaban por encima y por debajo de la tierra habitable fueron abiertos en el momento del diluvio, y en conse-cuencia produjeron en la tierra unos cambios tan catastróficos que alteraron radicalmente toda su estructura y su aspecto mismo. Más tarde veremos cómo el diluvio significó mucho más que una lluvia que duró cuarenta días con sus noches. Fue también la ruptura de las fuentes de los abismos y la apertura de las cataratas del cielo (Gn 7.11). La lluvia fue solamente el tercer elemento del diluvio, y probablemente resultó ser el más insignificante en cuanto a los da-ños producidos (Gn 7.12. Ver también Gn 8.2) .
Esta es la consistencia interna de las Escrituras. No tenemos aquí alusión a ningún concepto mitológico antiguo sobre la estructu-ra de la tierestructu-ra, sino la Palabestructu-ra de Dios, claestructu-ramente revelada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y dando testimonio de la misma realidad. Los que en el día de hoy dejan de lado la revela-ción bíblica en su búsqueda de la verdad sobre el mundo y sus orígenes, y que por tanto calculan la evolución de la tierra hasta su forma presente en millones o miles de millones de años, simple-mente están desconociendo la obra creadora de Dios y su poder de juicio para cambiar en un momento lo que él mismo ha creado.
Pasan por alto los efectos catastróficos que tuvo el diluvio sobre el mundo, en su insistencia sobre la necesidad de miles de millones de años para que en la tierra se lleguen a producir grandes cambios. Y
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aunque ellos puedan llegar a descubrir muchas grandes verdades sobre el universo, por las que les debemos estar agradecidos, en la interpretación de dichas realidades debemos guiarnos por la Pala-bra de Dios. No puedo ver cómo podría un cristiano actuar en forma diferente.
El resto del capítulo primero, dando el orden de la creación, primero la luz, después un lugar donde habitar, y posteriormente la tierra firme y las aguas para que las distintas formas de la creación viviesen en ellas, nos presenta una evidencia aun mayor del trabajo ordenado que realiza la mente de Dios. Después de esto, son he-chas las lumbreras que han de iluminar al hombre. A continuación, las aguas y la tierra se llenan de toda clase de criaturas.
El versículo 26 presenta la creación del hombre, obra cumbre del Creador, en el sexto día. En todo esto vemos el orden y el plan de Dios a medida que va desarrollando su obra creadora. Esto en sí mismo presenta a Dios como un ser ordenado y lleva implícita la idea de que aun antes de comenzar la creación, ya había un propó-sito fijo en la mente divina, que fue el que tuvo como consecuencia la creación del hombre, para el cual había preparado ya un mundo en todo adecuado. Se describe aquí al hombre como creado a ima-gen de Dios. No se nos dice qué implica esta afirmación, pero posteriormente una revelación más amplia de la Palabra de Dios, nos enseña que el hombre fue creado para Dios para tener compa-ñerismo con él. Como ya hicimos notar, en Efesios 1.4 se afirma que el hombre fue hecho para vivir ante Dios, en su presencia en amor. Esto sugiere la existencia en el hombre de capacidades simi-lares a las que se hallan presentes en Dios mismo. Ser a la imagen de Dios, por tanto, es ser capaz de tener amistad con Dios, y de experimentar amor recíproco por él, reflejando así el amor que él nos tiene. El hombre es, pues, un ser único, puesto que reúne cua-lidades que no se encuentran en ninguna otra criatura conocida.
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Vemos también cómo las frases «hagamos al hombre» y «nuestra imagen» implican, aunque tampoco expongan en forma explícita, una referencia a la personalidad plural de Dios.
Por otra parte, Dios le da al hombre un quehacer y una respon-sabilidad ante él. El hombre habría de llenar y someter la tierra, ejerciendo dominio sobre todo lo que Dios había creado (1.28). Luego que Dios hubo terminado su obra creadora se sintió compla-cido, y declaró que todo era bueno en gran manera. Esto cierta-mente lleva implícito que la creación no tenía defectos, y que el hombre, tal como fue hecho por Dios, era también bueno en gran manera (sin pecado).
Hagamos una pausa en este momento para notar que todos los factores señalados en Efesios 1.4 están presentes en el momento de la creación. Dios creó al hombre santo (es decir, para él) y sin mancha (bueno en gran manera) para vivir delante de él (en su presencia e imagen) en una relación de amor. Esto último se mani-fiesta en el hecho de que Dios le había dado ya al primer hombre mandamientos por los cuales este podría, a través de la obediencia, demostrarle su amor. Jesús mismo lo dijo más tarde: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn 14.15; cf. Jn 15.14). La obedien-cia, por tanto, ha sido siempre una manifestación del amor que le tienen sus hijos a Dios. La situación que habría de permitir el cum-plimiento del propósito de Dios al crear al hombre fue establecida desde el principio. Todos los elementos esenciales para el cumpli-miento de este propósito estaban presentes y habían sido constitui-dos desde el momento mismo de la creación.
En el capítulo 2, versículos 1 al 3, se nos presenta la idea del Sabbath, el tiempo en que Dios descansó de su labor creadora. Esto sugiere también la intención divina de traer a su culminación todas las cosas que Dios había comenzado. Para inculcar esta ver-dad en el hombre se afirma expresamente aquí que Dios descansó en el séptimo día, y santificó (hizo santo) ese día.
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Más tarde el escritor de la Epístola a los Hebreos nos mostrará cómo este séptimo día fue establecido de forma simbólica para indicar la entrada definitiva del pueblo de Dios en el descanso y la amistad con Dios (Heb 4.3-11). Por lo tanto, desde los tiempos de la creación cada séptimo día se nos presenta como un recordatorio del gran propósito de Dios de tener un pueblo ante él para siempre. Cada Sabbath a partir de entonces habría de recordar esta espe-ranza al pueblo de Dios, y era en realidad como un pequeño antici-po de eternidad en un ensayo de lo que sería el cielo mismo, ya que en dicho día, el pueblo de Dios debía dejar a un lado las labores profanas de este mundo y entregarse por completo a gozar de Dios. Más adelante veremos cómo esta doctrina se desarrolla.
En el capítulo 2, versículo 4, Dios se nos presenta en una forma personal. Su nombre propio, Yahweh, o Jehová, o el Señor, como dicen algunas traducciones, aparece aquí por vez primera. Es signi-ficativo que sea aquí, porque en los versículos siguientes se hace énfasis en que Dios cuida personalmente del hombre, satisfaciendo todas sus necesidades: físicas, emocionales, y espirituales. Mien-tras que el capítulo 1 ha señalado el orden de la creación, el tema principal del capítulo 2 es el hombre como obra cumbre de la crea-ción, mostrándonos cómo en el propósito de Dios todo fue hecho para el hombre y para su bien. Es por eso que en este capítulo se hace énfasis sobre todo en el orden lógico, más que en el cronológico. El capítulo 2 nos demuestra el amor que Dios le tiene al hombre, que es hechura suya.
El versículo 5 sugiere la idea de que hace falta el hombre para completar la creación. El versículo 7 explica en detalle la creación del hombre, tanto para mostrar su humilde srcen del polvo de la tierra, como su otro srcen, tan encumbrado, que procede del alien-to mismo de Dios.
Los versículos 8 al 14 hablan de la abundancia con que Dios satisfizo las necesidades físicas del hombre, dándole un lugar
espe-El plan de Dios en el Antiguo Testamento
cial que pudiera considerar suyo en esta hermosa tierra, y proveyéndole de toda clase de buenos frutos para nutrir su cuerpo.
En el versículo 9 se nos dice que había dos árboles en medio del jardín. Se los presenta en forma misteriosa, sin explicar su natu-raleza; solo se dice que uno es el Árbol de la Vida y el otro el Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal.
Fuera del contexto de los capítulos 2 y 3, el segundo de los árboles no vuelve a ser mencionado. Puesto que recibe el nombre de Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal, sin duda fue colocado allí para probar a través de la obediencia el amor que Adán le tenía a Dios. La alternativa sería: «¿Deberá el hombre conocer el bien y el mal a través de la revelación de Dios, o mediante su propia expe-riencia independientemente de esa revelación divina?» Su sola pre-sencia allí en consecuencia, ponía a Adán en la obligación de esco-ger entre depender de la voluntad revelada de Dios o buscar la manera de existir sin depender de él. Lo primero pondría de mani-fiesto su amor a Dios; lo segundo, su odio.
Dios satisfizo también las necesidades emocionales del hom-bre. Puesto que era imagen de Dios, es obvio que el hombre había sido creado para cargar con grandes responsabilidades. Debido a ello Dios le dio una tarea que debía realizar (vv. 15-17). Asimismo Adán recibió órdenes específicas, con cuyo cumplimiento mani-fiesta su amor a Dios.
Por último, Dios satisfizo la necesidad del hombre en un área especial. El hombre había sido creado para tener amistad con Dios, pero en un contexto de convivencia con hombres similares a él. Se nos dice que Dios creó al hombre varón y hembra (1.27). Aquí, en el capítulo 2, tenemos una ampliación de esta creación de la mujer, lo que nos muestra una vez más que toda la obra de Dios fue hecha pensando en el hombre y en su bien, nacida del amor de Dios para con el hombre.
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Se describe aquí a la mujer como una ayuda idónea para el hombre, una respuesta a sus necesidades. Fue hecha para el hom-bre, y para completar al hombre. El hombre solo estaba incomple-to; así es como la necesidad mutua del hombre y la mujer está hondamente marcada en la fibra misma de la humanidad.
Dios sacó a la mujer del cuerpo del hombre y ordenó que a
partir de entonces, los hombres nacieran de mujer, poniendo el acento de nuevo en una dependencia del uno respecto al otro, y en la
necesidad mutua que solo el otro puede satisfacer. Sin embargo, el hombre era la obra cumbre, y en este sentido, la mujer estaba suje-ta a él; no que fuera inferior, sino que le essuje-taba sujesuje-ta.
Dios dispuso en la creación el concepto de la familla como la forma en la que llamaría a su pueblo y lo redimiría. La relación entre esposo y esposa habría de reflejar la relación eterna entre Cristo y su iglesia (Ef 5.22-33).
Concluimos esta sección, pues, haciendo de nuevo la observa-ción de que el propósito divino, tal como se expresa en Efesios 1.4, está plenamente manifestado en el momento de la creación del hombre a imagen de Dios: tenemos aquí unos seres humanos que son santos y sin defecto ante Dios, en un estado de amor. Pero la carencia de pecado y el amor deben ser probados. Por encima de todo, debía someterse a prueba el sentido de la necesidad de Dios en Adán, si habría de haber aquel compañerismo eterno que Dios mismo había propuesto y deseado.
II. El reto de Satanás al propósito divino (cap. 3)
El capítulo tercero presenta la figura de la serpiente, que se describe como astuta y a la vez como una de las criaturas de Dios. No había, pues, nada inherentemente malo en la naturaleza de la serpiente. Como todas las demás criaturas de Dios, había sido creada buena. Cuando comienza a hablarle a la mujer, nos damos cuenta inmediatamente de que aquí hay algo más que una simple criatura
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sujeta al hombre. Se está revelando una personalidad que ya era anteriormente hostil a Dios y perjudicial para el hombre. Aunque no se declara en forma específica en este capítulo, se demuestra cla-ramente en muchos otros lugares que esta serpiente fue usada por Satanás al hacer su entrada en el mundo del hombre para tentarlo y hacerlo pecar. En Apocalipsis 12.9, cuando se describe a Satanás, se lo llama «el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero». Satanás se describe, aquí y dondequiera que aparece en las Escrituras, como alguien que hace oposición a Dios y al bien del hombre basándose en men-tiras y con las motivaciones de un asesino (Jn 8.44). No hay duda de que es este Satanás el que es presentado como carácter domi-nante en la narración del pecado y la caída del hombre.
Sus intenciones son claras. Quiere echar a perder el buen plan y el propósito que Dios tenía para el hombre, y hacer de este uno como él, un rebelde ante Dios. No hay duda de que el diablo esc o-gió la serpiente por ser la criatura que más se adecuaba a sus propósitos, puesto que era más astuta que las demás.
Fijémonos cómo comienza a hablar Satanás: «¿Con que Dios os ha dicho... ?» Desafía abiertamente la Palabra de Dios, regla y autoridad por medio de la cual el hombre ha de vivir y prosperar.
La sutileza de la insinuación de Satanás está en la forma en que siembra la semilla de la duda acerca de la Palabra de Dios en el corazón de Eva. Incluso cita en forma equivocada o plantea exageradamente lo dicho por Dios a fin de que pareciera irracional el que Dios le hubiera ordenado algo al hombre. Vemos cómo añade astutamente a la Palabra de Dios las palabras «todo árbol». Satanás sabía qué era lo que Dios había dicho, pero exagera la Palabra divina con el fin de hacer pensar a Eva que Dios había sido cruel.
Es importante que nos fijemos en que Eva también hace lo mismo. Cuando le responde a Satanás, al principio cita a Dios con exactitud, pero después añade las palabras «ni le tocaréis» (v. 3) a
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la orden dada por Dios. Ella también, siguiendo el ejemplo de Sata-nás, añadió algo al mandato divino, manifestando así que estaba resentida por la severidad de Dios.
No es de extrañar que posteriormente Dios nos advierta a tra-vés de Moisés, y más tarde a tratra-vés del apóstol Juan, que no debe-mos nunca añadirle ni quitarle nada a su Palabra (Dt 4.2; 12.32; Ap 22. 18,19). Tanto al principio como al final de la revelación dada por Dios a su pueblo, nos advierte severamente que no debemos usar su Palabra en forma descuidada. El hecho mismo de que Eva la usara tan a la ligera, es ya una demostración de que había rebelión en su corazón.
Habiendo echado ya a un lado la autoridad de la Palabra de Dios, se hallaba indefensa y no podría vencer a Satanás. Así fue como él pudo inculcarle las mentiras que aparecen en el versículo 4. Cuando se rechaza la Palabra de Dios como medida de la verdad, el hombre se vuelve incapaz de distinguir entre la verdad y la mentira.
En los versículos 6ss, las acciones y los pensamientos de la mujer nos dan un excelente retrato del pecado operando en el cora-zón. Eva vio que el árbol era bueno para comer, aunque Dios no había dicho eso. En Génesis 2.9 Dios había distinguido cuidadosa-mente entre los frutos que eran buenos para comer, y los que no lo eran. Ahora el juicio de la mujer, que ya no estaba guiado por la Palabra de Dios, era susceptible de error pecaminoso. Ahora fue su propio deseo el que tomó las riendas. Después de esto, ya no fue la verdad de Dios sino el placer carnal lo que guió sus acciones. Vio que el árbol y sus frutos eran agradables a sus ojos, y esta sensa-ción se convirtió en la motivasensa-ción de sus actos. Por último, aunque su mente le decía todavía que estaba prohibido, ella sometió su mente a sus carnales deseos a base de razonar una mentira: que el árbol les haría alcanzar sabiduría.
El acto manifestado de comer del fruto fue el siguiente paso como culminación del pecado que había comenzado en su corazón
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cuando decidió que no se dejaría guiar más por la Palabra de Dios. Es provechoso comparar esta situación con dos retratos similares del pecado que aparecen en el Nuevo Testamento, el primero en 1 Juan 2.16 y el segundo en Santiago 1.14,15.
Nos quedamos asombrados cuando nos damos cuenta de que su esposo había estado junto a ella durante todo este tiempo y, aparentemente, no protestó nunca ni ocupó el lugar que por dere-cho le correspondía como jefe espiritual de su hogar. Simplemente se limitó a seguirla, cometiendo el mismo pecado que ella.
El pecado de Adán puede, por lo tanto, ser resumido de esta manera: no ejerció sobre las demás criaturas el dominio que Dios le había ordenado ejercer (1.26). Ciertamente, la serpiente estaba bajo la autoridad de Adán, y por tanto sujeta a él. No había excusa posible. En segundo lugar, él, en la acción de su esposa, pasó por alto las palabras terminantes y el deseo revelado de Dios con res-pecto al fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y por último, permitió que su esposa lo gobernara espiritualmente, lo cual es lo contrario del plan bien definido que Dios había señalado en el capítulo 2 del Génesis.
Mucho más tarde, cuando Pablo trató el asunto de la dirección espiritual en la iglesia, explicó cómo Dios había destinado desde el principio al hombre para este oficio, y no a la mujer (1 Tim 2.11-15).
Las consecuencias de este primer pecado cometido por nues-tros primeros padres están detalladas con claridad en el texto que se halla a continuación (vv. 7-24) . Fueron abiertos los ojos de am-bos, y conocieron que estaban desnudos. Ahora que ya habían co-nocido el pecado por experiencia propia, se había afectado drásticamente su concepto de la vida. La inocencia srcinal había desaparecido. La culpa había tomado control de la situación.
Ahora, al oír la voz de Dios, ellos, que habían sido hechos para tener amistad con él, huyeron de su presencia y se escondieron (v. 8).
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La penetrante pregunta de Dios, «¿Dónde estás tú?», está más relacionada con el estado espiritual de la pareja que con su situa-ción física. La respuesta a dicha pregunta no dice donde estaban dentro del jardín, sino que señala el hecho de que estaban escon-diéndose de Dios. Con esto, queda dicho todo (v. 10).
A través de sus sentimientos de culpa ante Dios, se evidencia la naturaleza pecadora que acaban de adquirir. Su prisa por escon-derse de su presencia y echarles la culpa de su pecado a otros, incluso a Dios mismo, son adicionales manifestaciones de su culpa-bilidad (vv. 12,13).
Después de esto, Dios se dirige ahora a las tres personalidades implicadas en la tentación y la caída. Primeramente le habla a la serpiente (Satanás). La criatura-serpiente es maldecida en forma visible, y más que ninguna otra bestia. De ahora en adelante, será un recordatorio visible de las consecuencias de la maldición de Dios para el hombre (v. 14).
Sin embargo, en el versículo 15, mientras se dirige a Satanás, Dios hace la primera gran promesa y da la primera gran esperanza de redención al hombre. El versículo 15 del capítulo 3 del Génesis ha sido llamado con razón «el primer evangelio». En realidad, todo el resto de las Escrituras no es otra cosa que un desarrollo de la verdad expresada allí.
El primer concepto que encontramos en Génesis 3.15 es el de las dos simientes. «Tu simiente y la simiente suya» es una expre-sión que sugiere la existencia en sentido espiritual de dos líneas de descendencia entre los hombres. A través de todas las Escrituras nunca se hace otra distinción que esta: la simiente de la mujer (los hijos de Dios) y la simiente de la serpiente (la descendencia de Satanás). Se podría y se debería seguir tanto a través del Antiguo como del Nuevo Testamento este concepto de dos famillas de hom-bres en sentido espiritual: los de Dios y los de Satanás. Esta es una distinción y un concepto de máxima importancia.
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En el Nuevo Testamento se ve con claridad que nuestro Señor sigue haciendo esta misma distinción. La vemos bien definida en Juan 8.42-44. En este pasaje Jesús habla de Dios como el Padre de los que aman a su Cristo (v. 42), y del diablo como el padre de los que ahora se le oponen (v. 44). En forma similar, Juan habla en 1 Juan 3.8-10 de los hijos de Dios y los hijos del diablo. Las Escrituras no conocen de otra distinción entre los hombres que sea más importante que esta. En Cristo, todas las diferencias quedan borradas, pero en-tre los hombres siguen existiendo estas dos categorías de humanidad:
la simiente de la mujer (los hijos de Dios), y la simiente de la serpiente (los hijos de Satanás). Gran parte de la revelación posterior de Dios
tendrá que ver con las características de cada una de las dos famillas entre los hombres, y con la enemistad que existe entre ambas. En las Escrituras, las dos simientes se distinguen generalmente a base de los términos «justos» y «pecadores».
En segundo lugar, notamos que el versículo habla de una mistad entre ambos grupos. Fue Dios mismo quien puso esa ene-mistad entre ellos con el objeto de mantener la distinción. Cada vez que las dos simientes hacen las paces, los hijos de Dios salen per-diendo, como nos demostrarán posteriormente las Escrituras. Ve-remos desarrollarse esta enemistad muy temprano, en el cuarto capítulo de Génesis, y nos es posible seguirla a través de toda la Escritura. Por ejemplo, todavía en el capítulo 12 del Apocalipsis se manifiesta con mucha claridad.
Finalmente, el versículo nos dice que la serpiente herirá (aplas-tará) el calcañar de la simiente de la mujer, y dicha simiente herirá (aplastará) su cabeza. Esto hace alusión tanto al sufrimiento de la simiente de la mujer, como a su triunfo final sobre la serpiente (la cabeza aplastada sugiere la idea de un golpe fatal). Así también, a través de toda la Escritura, leemos del sufrimiento de los hijos de Dios a manos de Satanás y su descendencia, pero siempre aparece la promesa del triunfo final de los hijos de Dios.
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Al llegar a este punto es necesario que enfaticemos el resulta-do final de las cosas, tal como lo predice el versículo. La simiente de la mujer, como ya hemos visto, se refiere a los hijos de Dios. Pero por encima de todo es una sugerencia de Cristo. En Isaías 7.14 se nos habla de uno que nacerá de una mujer virgen, que es «Dios con nosotros». En Mateo 1.18,22,23 esta profecía de Isaías es aplicada a Jesucristo. En Gálatas 4.4,5 se nos dice que en el cumplimiento de los tiempos Dios envió a su Hijo para que naciera de una mujer. Y finalmente, en Romanos 16.20 tenemos la promesa de que el Dios de paz aplastará a Satanás bajo nuestros pies. Todos estos pasajes forman parte del evangelio de Génesis 3.15. Señalan hacia el triunfo final de la simiente de la mujer, Cristo, sobre Sata-nás. Aquí deberíamos comparar con Hebreos 2.14,15, donde ve-mos que Cristo actúa en nombre de nosotros, como la semilla to-mada de entre mucha otra simiente, en su triunfo por nosotros so-bre el diablo.
En la vida de Cristo sobre la tierra vemos la resistencia de Satanás y sus intentos de destruirlo. En la cruz vemos a un tiempo al Cristo herido y a Satanás con la cabeza aplastada, ya que Cristo murió y resucitó para triunfar sobre todos sus enemigos, que son también nuestros.
Es por eso que con toda razón se llama a Génesis 3.15 «el primer evangelio» o protoevangelio. Trae seguridad y esperanza para todos aquellos que confían en que el Señor dará el triunfo sobre Satanás y la liberación de su poder.
Habiéndose dirigido así a Satanás en forma directa, y en forma indirecta a todos los que ponen su confianza en Dios, el Señor se dirige ahora a la mujer. El inevitable juicio divino sobre ella tiene dos aspectos: solo podrá dar a luz a su simiente en medio de mucho dolor, y estará ahora sometida al hombre pecador, el que la domina-rá arbitrariamente, y en ocasiones pecaminosamente.
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Tengamos en cuenta que no es el dar a luz el castigo o conse-cuencia del pecado, sino el dar a luz con dolor. Era plan de Dios que el libertador vendría por el nacimiento de una simiente. Estimo que este es el significado de la expresión de Pablo en 1 Timoteo 2.15. Dar a luz es el oficio de la mujer por el cual, como en el nacimiento de Cristo, ella y todos serán salvos si creen. Es un oficio nobilísimo que comparten todas las mujeres fieles, pero por causa del pecado es una experiencia dolorosa.
Notemos también que la sujeción al esposo no es consecuencia del pecado. Como ya hemos indicado, cuando Dios creó a la mujer y fundó el hogar estableció esta relación. Ahora sin embargo, el esposo del que se habla es un pecador, y por consiguiente su domi-nio será con frecuencia cruel, injusto, duro, y, por supuesto, poco juicioso. Y sin embargo, la sujeción de la esposa sigue siendo
volun-tad de Dios. Pablo nos muestra cómo esto sigue siendo verdad, incluso después de que la salvación ha entrado en el hogar (Ef 5.22,23).
Finalmente, el Señor se dirigió al esposo, a Adán. Ahora las consecuencias de su pecado serán que cuando intente someter la tierra esta se le resistirá. Solo con el sudor de su rostro podrá sacar de ella su sustento. Al final, la tierra que él debía someter lo some-terá a él, y regresará a su seno. Aquí se presenta la muerte, castigo por el pecado, como una realidad cierta para Adán (v. 19) de acuerdo con la advertencia que Dios había hecho en 2.17.
El versículo 21 establece que el Señor hizo túnicas de pieles para Adán y Eva. Esto significa sin duda, que fueron matados ani-males ante sus propios ojos para cubrir su desnudez. Quizá esto era una preparación para el sistema sacrificial que sería practicado más tarde por los hombres. Sin embargo, deberíamos ser cautelo-sos en darle demasiada importancia. Básicamente, es un acto de la misericordia de Dios y de su amorosa preocupación por estos pe-cadores necesitados. No se está enseñando aquí la doctrina del
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sacrificio expiatorio de forma específica. Trataremos de este asun-to en el momenasun-to en que se presente, en el capítulo 22 del Génesis.
El tercer capítulo termina diciéndonos que Dios bloqueó el ca-mino de acceso al Árbol de la Vida para que el hombre nunca pudiera alcanzarlo por su propio esfuerzo. Esto sugiere que Dios le estaba mostrando al hombre que con su propio esfuerzo nunca po-dría recuperar la vida con Dios que había perdido. Solo popo-dría ha-cerlo por la gracia de Dios, como veremos.
El Árbol de la Vida es símbolo de vida eterna en otros lugares de la Escritura (ver especialmente Ap 2.7 y 22.2,14). El acceso al Árbol de la Vida se concede solo a los que han lavado sus ropas, esto es, han sido limpiados de sus pecados por la sangre de Cristo (cf. Ap 7.14) .
Los querubines que guardan el camino de acceso aparecen después en Éxodo 25.18ss, donde son tallas que extienden sus alas sobre el asiento de la misericordia en el santo de los santos del tabernáculo. Posteriormente veremos su significado, cuando lle-guemos a dicho pasaje.
Ahora vemos al hombre, no como Dios lo había creado sino como su propio pecado lo ha desfigurado. Ha caído del estado de bondad en que Dios lo había creado, y ya no puede ser lo que Dios quería que fuera. Ya no es santo ni ama a Dios su hacedor ni a los demás hombres, y no puede vivir en la presencia de Dios.
III. Siguiendo las dos descendencias hasta el
diluvio (caps. 4—8)
A pesar del estado de pecado y muerte del hombre caído, ve-mos en las palabras de Eva al principio del capítulo 4 una verdadera expresión de fe, puesto que espera en las promesas de Dios. Eva pensó que Caín era el cumplimiento de la promesa divina de darle a la mujer una simiente que triunfaría sobre la simiente de la se rpien-te. Estaba equivocada con respecto a Caín, pero sí estaba en lo
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cierto al mirar a Dios como el que le proporcionaría la simiente de esperanza.
En el nacimiento de estos dos hijos, Caín y Abel, tenemos los comienzos de las dos líneas de descendencia de Adán: la una, la línea de descendencia de la simiente de la serpiente, los malvados; y la otra, la línea de descendencia de la simiente de la mujer, los justos. Aquí tienen su comienzo las dos famillas de hombres que
pueden distinguirse en una línea espiritual a través de toda la histo-ria de la humanidad hasta nuestros días. Todos los hombres perte-necen en un momento dado, al grupo de los hijos de Dios, o a la descendencia de Satanás.
El Nuevo Testamento, como hemos señalado, nos habla de las dos famillas, y sitúa con precisión a Abel y a Caín respectivamente en la familia de Dios y en la de Satanás (Heb 11.4; 1 Jn 3.12).
En cuanto al hecho de las ofrendas presentadas a Dios, se nos dice que Caín traía de los frutos de la tierra y Abel de los ganados. No hay ninguna indicación aquí de que el material de la ofrenda de Caín no agradara a Dios. Sería demasiado suponer que Dios había ordenado que solo se hicieran sacrificios sangrientos. Las Escritu-ras no establecen esto en ningún lugar en conexión con Adán y su generación. Lo que es importante no es el tipo de sacrificios sino el corazón del sacrificador. En muchos otros lugares las Escrituras nos hablan con frecuencia de las ofrendas de granos.
El contexto muestra aquí llanamente que el corazón de Caín era malvado, como también lo testifica 1 Juan 3.12. El corazón de Abel en cambio era un corazón recto para con Dios y un corazón lleno de fe. En consecuencia, lo que él hacía (la ofrenda que pre-sentaba) era aceptable ante Dios.
Posteriormente, Dios rechazaría los sacrificios de Israel, no porque no estuviera ofreciendo sacrificios correctos en términos de los materiales presentados ante él, sino porque sus corazones estaban lejos de Dios (ver Is 1.11-20) .
Los orígenes del pueblo de Dios
Aquí aparece claramente el corazón de Caín como malvado, y se lo presenta incluso en su actitud con respecto a Dios y su aspec-to externo (4.5). Dios le había informado a Caín de su responsa bi-lidad de no pecar ante Dios. Así, cuando pecara, tendría que darle cuenta plena de sus actos a Dios (4.7). Su acción posterior cierta-mente lo presenta como hijo de Satanás y simiente de la serpiente. Primeramente, es seguro que engañó a su hermano con palabras, aunque no se nos dice qué fue exactamente lo que le dijo. Después, mató al justo Abel, reflejando plenamente con sus mentiras y con el asesinato la naturaleza de su padre el diablo (4.8).
Con la pregunta que le dirigió a Caín, Dios demostró que este era totalmente responsable y debería darle cuenta de todos sus actos.Somosresponsables de nuestro hermano. Todos los pecado-res, aunque estén en rebeldía contra Dios, tienen, sin embargo, que darle a Dios cuenta final de sus hechos.
Aquí vemos, por tanto, el principio de la enemistad y la hostili-dad entre las dos simientes, algo que puede seguirse tanto a través del Antiguo como del Nuevo Testamento, y a través de toda la historia humana hasta nuestros días.
La señal que Dios le dio a Caín parece haber sido única (4.15). Es inútil tratar de identificarla con ninguna clase de marca visible o distinción en ningún pueblo del mundo actual. Sin embargo, la des-cripción de Caín como fugitivo y vagabundo sí identifica plenamen-te la situación de cada pecador con respecto a Dios.
Los versículos 16-24 siguen la línea de descendientes de Caín, la simiente de la serpiente, por siete generaciones. La referencia a la esposa de Caín ha preocupado a algunos, pero la única explica-ción posible es que se trataba de su hermana (v. 17). El Génesis recoge solo los nombres de tres de los hijos de Adán y Eva, a pesar de que nos dice que Adán tuvo numerosos hijos e hijas y vivió más de 900 años (Gn 5.5). Es importante tener en cuenta que entre los descendientes de Caín hubo muchos hombres de talento: