JESUCRISTO
ANATOMÍA DE UNA EJECUCIÓN
JOSÉ CABRERA
JESUCRISTO
ANATOMÍA DE UNA EJECUCIÓN
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DOCUMENTOS
© José Cabrera Forneiro, 2012 © Atanor Ediciones, S.L., 2012
Diseño e imagen de cubierta: más!grá ca Imágenes con licencia Creative Commons
Depósito legal: M-XXXXX-2012 I.S.B.N.: 978-84-939253-8-3 Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley,
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Impreso en España/Printed in Spain Impresión: EGRAF, S.A. Atanor Ediciones, S.L. c/ Columela, 6 28001 Madrid
www.atanorediciones.com Índice
Introducción. Las fuentes de la
investigación...11 Evangelios ...14 Sábana Santa...18 Capítulo 1. Escenario general...29 Introducción...29 Galilea...32
Samaria...35 Judea ...36 Perea ...38 Saduceos ...39 Fariseos ...41 Zelotes ...42 Esenios ...44
Capítulo 2. Per l de la víctima: Jesús, el
hombre...47 Diagnóstico
...56
Capítulo 3. Prisión y
condena...57
Los que juzgaron a Jesús
...58 Los jueces que sentenciaron a Jesús
Los actos jurídicos del
Sanedrín...65
Conclusión...69
Capítulo 4. Escenario criminal
...71 Huerto de Getsemaní ...72 Casa de Anás...74 Casa de Caifás...74 Sede del Sanedrín...76 Fortaleza Antonia ...78 Palacio de Herodes Antipas
...81 De vuelta a Pilato
...83 El recorrido desde la Fortaleza Antonia hasta el
Gólgota...84 Gólgota
Capítulo 5. Cronograma de los
hechos...87
Mes de Nisán (21 de marzo al 21 de abril de los meses actuales), primer mes del calendario hebreo...90
Capítulo 6. Jesús,
torturado...
La salud de Jesús antes del Viernes Santo...95 Getsemaní
...96 Casa de Caifás: empiezan los golpes y burlas
...97
En la Fortaleza Antonia por segunda vez ...97
Práctica de la
agelación...98 Aspectos médicos de la agelación
...99 La agelación de Jesús
... 100
espinas... 101
Lesiones sufridas en el Vía
Crucis... 104 Otras
lesiones... 106
Capítulo 7. Cruci xión
... 107
Tipos de cruz
... 110
La madera y los clavos
... 111 La cruci xión
... 112
Capítulo 8. La cruci xión de Jesús
... 119 Aspectos médicos de la cruci xión de Jesús ... 124
Capítulo 9. La muerte de Jesús
... 131
La lanzada y la llaga del
costado... 135 Controversia... 138 Conclusión... 140 Capítulo 10. Autopsia ... 141
La autopsia forense: objetivos, medios y técnicas... 141
Objetivos de la autopsia
judicial... 142 Medios necesarios para la práctica de una autopsia ... 145 Técnicas de autopsia ... 147 Fases de la autopsia ... 148 Capítulo 11. Informe de
autopsia... 151 Examen externo... 151 Examen interno ... 154
Explicación de los hallazgos
... 155 Epílogo... 158 Capítulo 12. Resurrección... 161
¿Pudo Jesús, como ser humano, sobrevivir tras los tormentos sufridos en la
Pasión?... 161 Bibliografía
... 167
Las fuentes de la
investigación
P
ara poder estudiar retrospectivamente la muerte de cualquier persona, y más si esta tuvo una gran relevancia social, solo podemos recurrir a dos fuentes principales: los textos de la época o cualquier objeto relacionado con el fallecimiento, la Sábana Santa o Sudario de Turín en
el caso de Jesús; y a una fuente
secundaria, los escritos o libros que han tratado este mismo terma sean de la época que sean a manera de contraste de
opiniones, y que luego deben constar naturalmente en la bibliografía de este trabajo.
Habrá quien diga que estas fuentes, dado el personaje, son insucientes o al menos no totalmente dedignas, y lo dirán a tenor de creencias o juicios a priori, así como distintos trabajos técnicos que ponen en duda dichos elementos. Y aunque todo el mundo tiene derecho a creer lo que quiera, sin embargo en nuestra opinión hay más datos cientí cos a favor de utilizar ambas fuentes
principales que en contra, y esta y solo esta es la razón de su utilización en la investigación criminal de la muerte de Jesús de Nazaret.
Lógicamente, todo investigador, y más desde el campo forense, se debe a los datos, y cuando faltan los datos solo se puede aproximar a ellos con
deducciones ajustadas a la lógica y la realidad, solo así puede construirse un escenario criminal y sacar conclusiones que valgan para detener al delincuente. Hoy no sería el caso: los delincuentes en la muerte de Jesús ya hace tiempo que murieron y sus delitos, agrantes en aquel entonces, han prescrito en todas las legislaciones, las de antaño y las de ahora.
En el caso que nos ocupa, el material de referencia relativo a esta muerte se compone de un conjunto de literatura,
básicamente los Evangelios Canónicos, y no de un cuerpo físico o sus restos. En esta línea de trabajo forense, el crédito de cualquier discusión sobre la muerte de Jesús será determinado
fundamentalmente por la credibilidad de estas fuentes.
Para este estudio, el material de
referencia incluye pues básicamente los escritos de antiguos cristianos y autores no cristianos, los escritos de autores modernos y el propio Sudario de Turín. Además, debemos tener muy en cuenta que a diferencia de lo que ocurre con otros personajes de la antigüedad, pero al igual que sucede con otros muchos, no hay evidencias arqueológicas
completamente seguras que permitan veri car la existencia de Jesús de Nazaret, ya que no alcanzó mientras vivía una relevancia su ciente como para dejar constancia en fuente alguna, y solo la posterioridad lo elevó a la máxima categoría.
Ahora bien, la arqueología sí ha demostrado lugares, hechos y circunstancias que están elmente re ejadas en los textos sagrados, de los que incluso tenemos trozos y copias de una antigüedad cercana a los hechos. Así, por ejemplo, el Papiro llamado P52
(foto página siguiente) es el manuscrito
conocido más antiguo del Nuevo Testamento, y contiene un breve
fragmento del Evangelio de Juan,
teniendo un origen de alrededor del año 125 d.C.
Por otra parte, Jesús, como otros muchos dirigentes religiosos y lósofos de la Antigüedad, no escribió nada o, al menos,
Fragmento del Papiro llamado P52, el más antiguo manuscrito conocido del Nuevo Testamento
no hay constancia alguna de que así fuera, por lo que todas las fuentes para la investigación histórica y médico-legal de Jesús de Nazaret, tanto para su vida como en este caso para su muerte, nacen de otros autores.
EVANGELIOS
Todos los investigadores están de acuerdo en que la principal fuente de información acerca de Jesús se
encuentra en los cuatro Evangelios, los tres llamados Sinópticos –por su
semejanza– Marcos, Mateo y Lucas, escritos probablemente entre los años
70 y 100 d.C.; en el Evangelio de Juan, escrito aproximadamente entre el 125 y el 150 d.C.; y las Cartas de Pablo.
Vamos pues a repasar estos documentos. Al conjunto de los cuatro Evangelios se le conoce desde el Concilio de Nicea (325 d.C.) como los Evangelios
Canónicos, es decir, los ortodoxos, y sobre los que no caben dudas. No obstante, la crítica actual dice que los Evangelios no fueron escritos por testigos personales de la actividad de Jesús, sino que se escribieron en griego por personas que no conocieron
directamente a Jesús, si bien otro conjunto de estudiosos opina lo contrario.
La similitud entre los tres primeros Evangelios, o Sinópticos, tiene hoy dos posibles explicaciones: una, según Weisse (1838) en la que se supone que el Evangelio de Marcos es el más antiguo y de él salieron posteriormente el de Mateo y Lucas; y otra teoría, que de ende la existencia de un texto
llamado Documento Q o
Protoevangelio, del que se copiaron los tres Evangelios Sinópticos, y que debía contener únicamente palabras de Jesús. Para conocer más o menos las fechas de los Evangelios se ha utilizado la fecha de la destrucción del Templo por los Romanos en el año 70 d.C. Según este momento, podríamos aventurar que solo
el Documento Q es anterior al 70 d.C., y los otros serían posteriores. Tendríamos pues los siguientes textos como fuentes documentadas:
Documento Q
La existencia de este Protoevangelio se ha inducido a partir de la investigación textual de las a nidades entre los
Evangelios Sinópticos. Se considera que fue escrito en lengua griega, que
contenía principalmente dichos de Jesús, y que fue redactado, probablemente en la región de Galilea, en algún momento antes de la guerra judía entre el 40 y el 60 a.C.
Fue escrito en griego, posiblemente en Siria o, más lejos aún, en Roma. Su fecha debe estar hacia el 70 d.C. y es una recopilación de hechos transmitidos por la tradición.
Evangelio de San Mateo
Fue escrito en griego, posiblemente en Siria, y es más tardío que Marcos, al que utiliza como fuente. Probablemente se redactó en los años ochenta del siglo I. Nace de unir el Documento Q con Marcos y otros escritos, y su intención principal es destacar la - gura de Jesús como máximo representante de la ley y los profetas del Antiguo Testamento, por lo cual utiliza muchas citas de las
Evangelio de San Lucas
Es la primera parte de una obra que forma una unidad muy compacta y cuya segunda parte es el texto conocido por todos como Los Hechos de los
Apóstoles. Se emplea en narrar los
orígenes del Cristianismo como verdadera religión y se nutre del Documento Q y del Evangelio de Marcos.
Evangelio de San Juan
Es un Evangelio mucho más tardío que los Sinópticos, en torno al año 100, y los estudiosos lo ven menos able en cuanto a historicidad, pero incluso
respecto a esto hay muchas discusiones. Tiene más profundidad teológica y las fuentes ya no son las mismas que para los anteriores, pero lo consideramos una fuente por su muy ordenada estructura. Las cartas de Pablo de Tarso
Llamados Las Cartas de San Pablo, son los documentos más antiguos conocidos relativos a Jesús, incluso más todavía que los propios Evangelios, por su texto y su conocimiento en profundidad de lo que había ocurrido. Pablo no conoció personalmente a Jesús. Su conocimiento de él, según sus propias a rmaciones, puede provenir de los muchos contactos que tuvo con miembros de varias
varios seguidores directos de Jesús. Conoció, según él mismo a rma en la
Epístola a los Gálatas, a Pedro
(Gálatas 2:11-14), Juan (Gálatas 2:9), y a Santiago, al que se re ere por cierto como «hermano del Señor» (Gálatas 1:18-19 y 1 Corintios 15:7).
En las cartas de Pablo se a rma, entre otras cosas, que Jesús nació «según la ley» y que era del linaje de David «según la carne» (Romanos 1:3), y que los destinatarios de su predicación eran los judíos circuncisos (Romanos 15:8). En segundo lugar, re ere ciertos detalles acerca de su muerte: indica que murió cruci cado (2 Corintios 13:4), que fue sepultado y que resucitó al tercer día (1 Corintios 15:3-8), y atribuye su muerte
a los judíos (1 Tesalonicenses 2:14) y también a los «poderosos de este
mundo» (1 Corintios 2:8). Las
descripciones más extensas y detalladas de la vida y muerte de Jesús se
encuentran en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, llamados Sinópticos por el paralelismo casi literal de sus descripciones, y en el de Juan, un siglo posterior y con otro estilo diferente. Estos Evangelios, que quedaron rmemente consolidados a partir del Concilio de Nicea, promovido por el emperador romano Constantino, no han sufrido modi cación alguna con el paso de los tiempos hasta nuestros días, tanto es así que incluso los increíbles
del Mar Muerto o de los Esenios de Qumran tienen trazos literalmente
exactos a los textos del Antiguo Testamento, base escrita total del
Judaísmo, y son un soporte able incluso para los mismos Evangelios.
Hay otros veintitrés libros del Nuevo Testamento, la base escrita total del Cristianismo, que ayudan, matizan y soportan, pero no amplían para nada los detallados y minuciosos registros de los Evangelios Canónicos, por lo que los usamos con cautela.
Y por n hay una enorme cantidad de textos que se engloban con los términos Evangelios Apócrifos, que hemos
que no son coherentes entre sí y ya fueron desechados en el año 325 por el Concilio de obispos cristianos reunidos en Nicea como poco ables.
Han resultado también muy interesantes como fuentes de ayuda algunos textos de autores cristianos, judíos y romanos de aquellos tiempos, ya que aportan una información adicional sobre los
sistemas legales judíos y romanos del siglo I, y por supuesto detalles sobre los castigos que entonces imperaban, entre los que esencialmente estaban la
agelación y la cruci xión.
Que además Jesús fue indudablemente un personaje auténtico e históricamente
importante queda escrito en distintos autores no cristianos.
Jesús, como personaje notable, es mencionado ya en aquellos tiempos por algunos historiadores romanos como Tácito, Plinio el Joven y Suetonio, y también por otros escritores no romanos como allos el Samaritano y Phlegon el Griego, por el sátiro Luciano de
Samosata –incluso se hace mención en el Talmud judío–, y por el conocido historiador romano-judío Flavio Josefo, del que extraeremos distintos textos. Otros autores no cristianos de los que nos han llegado escritos, como Séneca y Plutarco, por ejemplo, también estaban al corriente del tormento de la cruci xión
y sus consecuencias, y por ellos podemos sacar determinadas
conclusiones para la investigación.
De esta forma se envolvió el cadáver de Cristo, según la Sábana Santa de Turín
SÁBANA SANTA
Otra fuente, esta de un valor
forense, es el Sudario de Turín, o
Síndone, considerada por muchos como
la tela con la que envolvieron a Jesús
(foto superior), y son innumerables las
publicaciones, investigaciones y estudios sobre la misma y también, lo que a nosotros más nos importa, sobre los aspectos médicos de los tormentos y la muerte de Jesús. La Síndone apareció en Francia en el siglo XIV, pero se constatan descripciones de ella de los siglos X y hasta del VI, con lo que la antigüedad de la misma está fuera de toda duda.
De la Síndone se pueden apreciar, según la mayoría de las investigaciones, los siguientes rastros de interés forense:
Quemaduras
Fueron producidas por el calor del metal de la urna que contenía la Síndone durante un incendio ocurrido en la
capilla de Chambéry en la noche del 3 de diciembre de 1532. Se pueden apreciar los dieciséis triángulos de color blanquecino que presenta el lienzo con los agujeros producidos por la
fundición de una de las esquinas de la urna, ya que la plata empezó a derretirse por el intenso calor y este metal alcanzó el ángulo de aquel pliegue antes de que se sofocara el incendio con agua –el lienzo estaba doblado varias veces–. Agua
Este líquido fue el empleado para la extinción del incendio de 1532 y el necesario enfriamiento de la urna. Se sabe que el agua empapó casi toda la Síndone.
Cuerpo entero
Desdoblada la Síndone, se ve
perfectamente la doble imagen (frontal y dorsal) del cadáver de un varón, de alrededor de 1,80 metros de altura, y se permite constatar que la persona que fue envuelta con ella debió sufrir una muerte extraordinariamente similar a la que narran los Evangelios para el caso de Jesús, pues en el estudio realizado por simple observación visual se observan las siguientes características
médico-forenses: 8
Lesiones en la cara: pómulos
contusionados, mandíbula inferior hinchada y tumefacta, contusiones en la frente, línea de la nariz torcida y base de la misma aplastada (rotura del tabique nasal) (foto página 22).
Azotes: huellas dejadas por la
agelación, dispersas por todo el tronco en forma de dos círculos pequeños muy cercanos. Espinas: impresiones de sangre proveniente de heridas
ocasionadas por una corona o casco completo de diversas espinas de origen vegetal.
43 1 2 7 6 5
Clavos en las manos: sangre de una
herida en la muñeca izquierda –la derecha queda tapada por esta–.
Sangre en general: escurrimiento de
sangre de ambos antebrazos que
proceden de las muñecas, regueros de sangre que salen de ambas fosas nasales
y de las comisuras de la boca. Lanzada: mancha de sangre diluida que mana de una herida en el costado del cuerpo.
Descendimiento: rastros de sangre que
debieron salir pasivamente en el descendimiento de la cruz.
Clavo en los pies: impresiones de
sangre de las heridas de ambos pies, al ser atravesados por un clavo.
Marca del patibulum (madero transversal de la cruz), que al ser
cargado por el reo dejó improntas de magullado, aplastamiento y deformación de las anteriores lesiones. Rodillas: contusiones con heridas abiertas en las rodillas, principalmente en la derecha, que se debieron ocasionar al apoyarse bruscamente en ellas tras una caída en
un camino pedregoso de camino al Calvario.
10 9 1214 11
13
1. Regrueso de sangre por la coronación de
espinas.
2. Nariz rota y mejilla hundida. 3. Barba empapada en sangre. 4. Herida de lanza con
múltiples rastros de sangre.
5. Regruesos de sangre por los movimientos en la
cruz.
6. Manos perforadas por clavos.
7. Rodillas heridas por las caídas durante el Vía
Crucis.
8. Pies taladrados por un clavo. 9. Heridas por el casco de espinas.
10. Hombro magullado por el madero horizontal
de la cruz.
11. Heridas en la espalda
por la agelación.
12. Regrueso de sangre por el descendimiento de
la cruz.
13. Más heridas de la agelación. 14. Pies ensangrentados y
A la izquierda, imagen del rostro de Cristo en el Santo Sudario; a la derecha, recreación artística de la misma
Las anteriores lesiones se constataron por primera vez cuando el abogado italiano Secondo Pía realizó en 1898 la primera fotografía de la Síndone. Al
examinar la placa que contenía el
negativo fotográ co, este italiano quedó muy desconcertado, ya que la inversión del claroscuro, que normalmente se produce en la placa fotográ ca, servía en este caso para mostrar la verdadera gura –que aparecía borrosa cuando se contemplaba la Sábana al natural–. Para que pudiera verse la imagen que
aparecía en la placa que sostenía en las manos era necesario que en la tela se hubiera “estampado” la gura del cruci cado con el claroscuro al revés, pues en el negativo fotográ co aparecía el
positivo óptico de la impronta. Se podían así apreciar todos los detalles, las lesiones, las heridas, y
hasta la forma perfecta del cuerpo que había sido envuelto en la Síndone. Por n era una imagen comprensible, ya en pleno siglo XIX. Este fenómeno se repite una y otra vez cuando se
fotografía la Sábana, y aun hoy por hoy no hay una explicación su cientemente convincente, lo que echa por tierra muchos argumentos de que el lienzo fuera un fraude de origen medieval. No obstante, y más cerca ya de nuestros días, la mayor cantidad de datos sobre la Santa Síndone proceden de los trabajos que se realizaron a partir de 1977, cuando un grupo de cientí cos dirigidos por los doctores John Jackson y Eric J. Jumper (profesores de Física y
de Ciencias Aeronáuticas,
respectivamente, de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Denver, Colorado, y en el Centro de la NASA en Pasadena, California, ambos en Estados Unidos). Este equipo, compuesto inicialmente por cientí cos norteamericanos, se denominó S.T.U.R.P. (siglas en inglés de
“Proyecto de Investigación sobre la Síndone de Turín”).
Su primera aportación se hizo pública en 1977: Jackson y Jumper, al estudiar las fotografías de la Síndone en el laboratorio de las Fuerzas Aéreas de Alburquerque, Nuevo México (Estados Unidos), con la colaboración de su colega el doctor Bill Mottern,
descubrieron que la imagen de la Síndone contenía información
tridimensional. Pero las sorpresas de tan extensa investigación no acabaron ahí, y después de una observación directa de más de 120 horas ininterrumpidas, se sacaron las siguientes conclusiones cientí cas:
1. Había sangre humana,
indudablemente. Se han detectado componentes exclusivos de esta –con posterioridad, el doctor Baima Bollone pudo determinar que era del grupo sanguíneo AB, “casualmente” el más frecuente entre los hebreos, y muy poco habitual en los demás pueblos–.
características físicas (absoluta super cialidad, extrema pormenorización, estabilidad térmica y química plenas, comprobada ausencia de pigmentación de cualquier clase, estabilidad al agua, no direccionalidad, negatividad y tridimensionalidad) que obligan todas ellas a excluir cualquier técnica
conocida hasta la fecha para realizar una imagen semejante.
Estas características únicamente parecen corresponder con la huella que dejaría una radiación desconocida, y no
explicable desde el punto de vista físico, que hubiera emanado del cuerpo del cadáver con una intensidad altísima, pero prácticamente instantánea en el
tiempo, y que hubiera producido una especie de “quemadura” proporcional en cada punto con la distancia de este al lienzo.
Algunos investigadores cristianos creyentes piensan que tal fenómeno podría haberse producido solamente en el momento de la Resurrección, pero como es algo que no podemos
reproducir experimentalmente en el laboratorio, queda solo para el sentimiento religioso de cada uno.
Por parte de la medicina legal, el primer cirujano que comprobó la absoluta
exactitud anatómica de todas estas lesiones y heridas fue el profesor de la Universidad de la Sorbona (París,
Francia) Yves Delage –de la Academia de Ciencias de París–, por cierto un declarado agnóstico. Para él no existía la menor duda de que solo un hombre que hubiera padecido los tormentos físicos de Jesús podría haber dejado tales huellas.
Posteriormente, son ya multitud los médicos que, a lo largo de este siglo, han con rmado todas estas a rmaciones: desde los primeros como Pierre Barbet (cirujano del Hospital de San José de París), o Giovanni Judica Cordiglia (profesor de Medicina Legal de la Universidad de Milán), hasta los más próximos a nosotros –que han podido comprobar sobre la propia tela sus a
rmaciones– como el doctor Bucklin (médico forense, patólogo del Hospital de Los Ángeles, California, EE.UU.), el doctor Rudolf W. Hynek (de la
Academia de Medicina de Praga,
República Checa) o el doctor Pier Luigi Baima Bollone (profesor de Medicina Legal de la Universidad de Turín, Italia). Todos coinciden lesión por lesión.
Algunos aspectos de la imagen
describen al muerto con detalles que entrarían en clara contradicción con las representaciones de Cristo corrientes en la Edad Media, en las que las imágenes obedecían más a la imaginación y fervor religioso. La ciencia moderna reconoce
hoy que tales características son un signo de autenticidad porque muestran detalles –en los que no había reparado nadie– perfectamente ajustados a la realidad de la muerte del cruci cado. Vamos a citar algunos detalles en profundidad para dejar en evidencia hasta qué punto el estudio médico-forense de la Sábana Santa ha dejado constancia de las lesiones que
posteriormente volveremos a estudiar: El cartílago de la nariz aparece roto y desviado a la derecha. Esta lesión podría deberse a una caída, ya que se han encontrado restos microscópicos de tierra de las mismas características físicas que la de Jerusalén en este lugar,
en la rodilla izquierda y las plantas de los pies.
Bajo la región cigomática o malar
derecha aparece una gran contusión. Los especialistas lo consideran por
unanimidad el efecto que produciría un bastonazo dado por un palo corto y redondo de alrededor de 4-5 centímetros de diámetro.
En el resto de la cara aparecen diversas rozaduras, especialmente en la mejilla derecha y la región frontal. Encima de los ojos, sobre ambas cejas hay llagas y contusiones iguales a las que
producirían puñetazos o palos. La ceja derecha está completamente hinchada. Las marcas sangrantes de la corona de espinas muestran más de cincuenta ori
cios.
A lo largo de todo el cuerpo pueden verse marcas idénticas a las que dejaría el instrumento que utilizaban los
romanos para agelar a un reo: el llamado Flagrum Taxillatum, látigo utilizado como tormento y del cual se han encontrado restos en excavaciones arqueológicas. En este sentido, por ejemplo, el profesor Bollone ha podido contar más de seiscientas contusiones y heridas en todo el cuerpo del reo, y se cuentan las marcas de los azotes en unas ciento veinte. La herida del costado tiene una forma elíptica del mismo diámetro que una lanza romana o Pilum: 4,4 x 1,4 centímetros. Y estaría en el lado derecho del tórax, porque ese era
el lugar en que solían atacar los
soldados romanos al enemigo, que por norma general llevaba el escudo sujeto con el brazo izquierdo –protegiendo el corazón–.
Finalmente, estudiando la Sábana Santa, el doctor Cordiglia, uno de los
investigadores de más renombre en este campo, ha demostrado que todas las heridas fueron producidas en vida del sujeto excepto la del costado, que se originó después de morir.
Cuando se toman en conjunto ciertos datos –el testimonio extenso y
contemporáneo tanto de proponentes como oponentes del cristianismo, así como la aceptación universal de Jesús
como una auténtica y excepcional gura histórica; la ética severa y sólida de los escritores de los Evangelios y el corto intervalo de tiempo entre los eventos y los manuscritos; y la con rmación del recuento de los Evangelios por
historiadores y por descubrimientos arqueológicos– todo ello asegura sin duda un testimonio muy able para elaborar una interpretación médico-forense moderna de la muerte de Jesús, en la que vamos a entrar en las
siguientes páginaas, desde el escenario, los autores, el propio Jesús y las
La Sábana Santa, la
mayor reliquia de la historia de la Iglesia Católica
Capítulo 1
Escenario general
INTRODUCCIÓN H
ablar de la tierra que vio nacer, vivir y morir a Jesús es fácil y difícil al mismo tiempo. Fácil porque se trata de una franja estrecha y casi desértica de terreno junto al mar Mediterráneo con algunos pocos lugares verdes y un río, el Jordán, que le da la vida y que si
hablara
¡cuántas cosas nos contaría! Y difícil porque en ese trozo insigni cante de mundo, con miles de años de historia, han pasado los acontecimientos más extraordinarios que podemos recordar, y, por si fuera poco, tuvo el privilegio de acoger la increíble y al mismo tiempo sencilla vida de un hombre que marcó nuestra forma de entender el mundo para siempre.
Todos los que hemos podido pisar esa tierra, creyentes o no, hemos tenido la sensación especial de que en el aire, en la luz, en el viento y en ese paisaje terriblemente agreste hay un “algo” inde nible, pero palpable, que nos embriaga,
que en cierta manera nos absorbe. Es como si de todos los viajes que
pudiéramos hacer o que hemos hecho a lo largo de nuestras cortas vidas, este fuera el viaje con mayúsculas, en alguna forma un viaje al centro de nosotros mismos.
Hay quien dirá que estas expresiones son exageradas, que se deben a mis propios sentimientos, a los telediarios que sin pausa hablan del con icto
palestino, o simplemente al peso que el Cristianismo ha tenido en la cultura occidental en particular y en todo el mundo en general. Pero debe haber algo más, como muy bien saben los
permanentemente tienen que atender a turistas y peregrinos de todas las creencias porque en un momento dado padecen un estado de profunda ansiedad inexplicable con aires “místicos”, y que alguien llamó el Síndrome de Stendhal. Yo he llegado a escuchar de hecho en varias ocasiones a personas no
creyentes, que si Dios existiera estaría en Jerusalén.
Y la verdad, al menos la mía, es que la tierra donde vivió y murió Jesús, es especial y no se parece a ninguna otra, por esa razón es preciso entender qué signi ca hoy y que signi caba entonces ese pequeño lugar arrinconado en el extremo donde se tocan África y Asia.
Y qué mejor manera de entrar en este escenario que explicar lo que signi can sus mismos nombres.
La palabra más antigua que conocemos para de nir este escenario es Canaán, que ya la encontramos en escritura
jeroglí ca egipcia, y en cuneiforme como los textos más antiguos, luego aparece en fenicio y hebreo antiguo, y nalmente, por supuesto, en el resto de las lenguas más modernas, como griego y árabe. Aunque no hay acuerdo general, parece que la palabra tuvo muchos signi cados como mercader, comerciante, persona humilde, etc., y los más próximos a la Biblia verían en ella a los descendientes de Cam, uno de los tres hijos de Noé en los albores de los tiempos sagrados. Sea
cual sea el origen de la palabra, venía a de nir una región del Oriente Próximo situada aproximadamente entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte del terreno entre Siria y Fenicia, conocida también como el Creciente Fértil.
Hoy día estaríamos hablando del conjunto de los siguientes sitios: el estado de Israel, la Franja de Gaza, Cisjordania, la zona más occidental de Jordania y algún trozo de Siria y Líbano, todo lo que abarcarían unos ciento
cincuenta kilómetros desde el mar hasta unos pocos kilómetros pasado el río Jordán, ya en territorio actualmente jordano.
más de tres mil años que sepamos, justo hasta los años 132 a 135 d.C., fechas en las que los romanos, tras sofocar las ultimas revueltas hebreas, le pusieron el nombre de Palestina, que a su vez
procedía del griego, y más anteriormente casi con seguridad del propio hebreo, y que designaba a algunos pueblos de la zona denominados Pelestenes o
Filisteos.
Y por n el término Israel, con el que la mayoría de las personas identi can al estado actual del mismo nombre y que en hebreo signi ca “el que lucha contra Él”, cuando en Génesis 32:28 Abraham puso ese nombre a Jacob, quien había estado luchando sin descanso con un ángel del Señor, aunque además hay
quien opina que siendo Él o Dagan el dios antiguo de los primeros cananeos, fue contra el que los hebreos lucharon como pueblo para imponer a Yahvé. Nosotros utilizaremos indistintamente cualquiera de las denominaciones
explicadas para hablar del escenario en el que vivió Jesús, ya que en el fondo, aún con las diferencias ya explicadas, todos sabemos a qué lugares nos estamos re riendo.
Canaán es una de esas zonas de la Tierra con una larga historia, que se remonta a las fases neolíticas más tempranas, con importantes asentamientos que guran entre los más antiguos del mundo a lo largo del tiempo, como Jericó,
donde proviene la palabra Biblia–, etc., y donde vivieron desde los primitivos cananeos hasta amorreos, jebuseos, hicsos, listeos, fenicios, arameos... y por n los hebreos, los que inauguran la
historia sagrada occidental tal y como la conocemos desde niños.
Tenía pues la tierra de Canaán más tres mil años de historia escrita cuando Jesús llegó a ella por primera vez, sin que nadie haya aventurado una sola hipótesis de por qué en ella y no en otro lugar. Era una tierra seca y dura a la que salvaba el río Jordán, que estaba y está atravesada de norte a sur por un sistema montañoso de poca elevación,
discurriendo el río paralelo por la vertiente oriental con una longitud de
183 kilómetros en línea recta, pero con 320 kilómetros en realidad, porque serpentea en todo su recorrido,
determinando su presencia la existencia de una fértil llanura que contrasta con el resto del terreno.
Jordán etimológicamente signi ca “el que baja”, porque pasa de una altitud de 520 metros en su nacimiento, allá en el Monte Hermón, frontera entre Líbano, Israel y Siria, sigue hacia el sur y, tras atravesar el Mar de Galilea, acaba a una altura de 390 metros bajo el nivel del mar cuando desemboca en el Mar
Muerto. Es un río especial, ya que nace de agua dulce y antes de entrar en su nal ya es salino. El Jordán, fue testigo de gran parte de la vida de Jesús.
El escenario de la epopeya del Cristianismo estaba bajo el yugo del Imperio Romano desde
aproximadamente el año 70 antes de Cristo y, a su vez, se dividía en cuatro provincias: Galilea, Samaria, Judea y Perea.
GALILEA
Situada al norte, tiene en su parte más montañosa las ciudades de Naím y Caná, encontrándose entre ellas Nazaret, a unos 140 kilómetros de Jerusalén, en cuyo límite aun hoy puede contemplarse el precipicio por el que trataron de arrojar a Jesús sus propios paisanos, tal y como relatan los Evangelios. De
allí se crío Jesús, como dice el Evangelio de San Juan 1:46: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». La parte más llana de Galilea se situaba alrededor del lago o Mar de Tiberiades, también llamado Mar de Galilea o Lago
de Genesaret, tiene 21 kilómetros de
largo y 12 de ancho, está situado a 210 metros bajo el nivel del mar, de donde salieron “los pescadores de hombres” y en cuyas aguas Jesús tuvo algunos de los momentos más profundos de su
ministerio.
Jesús frecuenta las orillas del lago porque en él se desarrollaba una gran vida social y comercial, acumulándose
gran parte de la población de la región en ciudades que han quedado ya para la historia como Cafarnaúm, de donde eran naturales Pedro y Andrés.
Por esta llanura de Genesaret es por donde comenzó en realidad la vida pública de Jesús, y por ella pasaban las caravanas desde Damasco hacia la ciudad de Cesárea de Filipo, ya en la costa, lo que exigía siempre una guarnición militar en Cafarnaúm. Desde la altura y omnipresente esta el Monte Tabor, el lugar de la trans guración de Jesús, con una de las mayores alturas de toda la provincia, casi 600 metros, y que da un microclima a esa zona en particular. Las casas de
los campesinos de la zona de Galilea eran por lo general pequeñas y en la mayoría de las ocasiones están hechas en una sola pieza por dentro, lo que hoy modernamente llamamos loft, por lo que las condiciones de vida eran precarias y siempre de subsistencia. Los habitantes de Galilea, como en las otras tres
provincias, no poseían la tierra, pues solían pertenecer al rey, a sus familiares o a ricos comerciantes.
A los habitantes de Galilea se les llamaba galileos, por lo que Jesús era lógicamente un galileo, y a pesar de que eran judíos, vivían en medio de otros pueblos paganos. Los galileos eran en su mayor parte campesinos y pescadores,
de ahí que casi todas las parábolas de Jesús tuvieran como marco la pesca o el trabajo en el campo. Los galileos tenían cierta fama de brutos e ignorantes, aunque por el contrario también en aquellos tiempos se les consideraba leales y sinceros.
Galilea tenía un carácter muy especial dentro de Israel. Así, por ejemplo, no le daban tanta importancia al templo, tenían una menor presencia de sectas religiosas como los fariseos o los
saduceos, estaban muy in uenciados por la cultura griega y había grandes
diferencias entre el medio campesino y el urbano.
procedía Jesús, veía con mucha hostilidad a las ciudades, ya que los campesinos de Galilea soportaban importantes impuestos, tanto del poder político (Herodes Antipas), como del religioso (el Templo de Jerusalén), por lo que la situación económica de esta provincia debió ser bastante difícil. Galilea fue sin duda la región judía más con ictiva durante el siglo I, y los
principales movimientos
revolucionarios en contra de la
dominación romana desde la muerte de Herodes el Grande hasta la destrucción de Jerusalén se iniciaron en esta región. Era además una encrucijada por la que pasaban muchos caminos comerciales,
lo que producía una mezcla de razas y culturas que a la fuerza tenían que convivir. Esto último hacía de los galileos personas abiertos, tolerantes y moderados a la hora de practicar la religión, y esto no era demasiado bien visto por sus vecinos más ortodoxos, sobre todo los de la provincia de Judea, de ahí las palabras: «¿Es que también tú eres de Galilea? Estudia y verás que de Galilea no surge ningún profeta» (Juan 7:52).
SAMARIA
Samaria signi caba lo díscolo, lo raro, incluso lo extraño en la región. Era una provincia situada entre Galilea al norte
y Judea al sur, y estaba formada por una mezcla de personas y razas entre las que destacaban los emigrantes de otros lugares del mundo de entonces como Asiria, lo que para los más “puros” de entre los judíos los colocaba en la impureza.
No obstante, por su cuenta los
samaritanos creían ser en realidad los verdaderos descendientes de los hijos de Israel, y de hecho es sabido por todos que fueron quienes preservaron la
escritura hebrea arcaica que hoy
llamamos paleohebreo, existiendo aun en nuestros días pequeñas comunidades que utilizan aun esta antigua escritura y lengua, sobre todo en las ceremonias
religiosas.
Cuando la samaritana habla con Jesús, entre otras cosas le menciona
textualmente a «nuestro padre Jacob», ya que para ellos eran descendientes
directos de aquel.
Los samaritanos siempre negaron la importancia de Jerusalén, hasta tal punto que incluso tenían su propio templo, y a pesar de algunos tibios acercamientos como la boda de Herodes con una
samaritana, siempre hubo una enemistad y un odio ilimitados entre los judíos y ellos, de hecho cuando los samaritanos iban a Jerusalén, los judíos no les
permitían pasar del sitio reservado a los paganos.
El propio Evangelio de Juan dice: «¿Cómo tu, siendo judío, me pides de beber a mí que soy una mujer
samaritana?» (Juan 4:9), y en Lucas 10:37 vuelve a decir el evangelista: «el que practicó la misericordia con él», re riéndose a la parábola del buen
samaritano, pero cuidándose de no pronunciar la propia palabra
“samaritano”. Y a pesar de ello, Jesús no manifestó nunca desaprobación por los habitantes de esta provincia.
JUDEA
Judea es “otro cantar”. Siendo la región más meridional, alta y seca, y troquelada entre montañas que forman un conjunto
cerrado y abrupto, se limita al sur y al este por grandes desiertos, y en ella supuestamente vivían los “judíos más judíos” de todo el pueblo elegido. La región producía únicamente trigo y algún otro cereal, pero sí bastantes aceitunas, uvas, dátiles, higos y legumbres. Casi todo el ganado que poseían en la región estaba claramente destinado al sacri cio del Templo, y los habitantes por lo general eran bastante pobres, siendo por ejemplo el alimento más habitual pescado seco, pan y poca carne, lo que da idea de las condiciones de salud en aquellos remotos tiempos. Por contra, en Judea se levantaban las
ciudades más importantes por las que pasó Jesús, comenzando por la ciudad santa de los judíos, Jerusalén. Ciudad clave donde las haya, no puede
olvidarse una vez que se ha pisado. Situada a 750 metros sobre el nivel del mar, era el centro de formación religiosa de los judíos y la sede de la autoridad suprema tanto judía como romana. La ciudad en realidad estaba mal ubicada para el trá co y el comercio, pero la importancia residía en ser el lugar
elegido para construir el Templo, origen y nacimiento de toda la tradición
religiosa judía, a la que luego se añadió el cristianismo, y nalmente en el siglo VII la religión musulmana.
Todos los judíos debían peregrinar al menos una vez en la vida a Jerusalén, y todo en Judea giraba en torno a esta idea de centro religioso. El Templo de
Jerusalén, considerado como signo de la presencia de Dios entre los hombres, era como el centro de Israel. Estaba
construido en la parte más visible de la ciudad, sobresaliendo con una torre de cincuenta metros de altura en medio de una gran explanada de casi 500 metros de longitud por 300 de anchura, y toda ella rodeada por un alto muro. Era el templo que Herodes el Grande empezó a construir de nueva planta, ya que el de Salomón había sido destruido. Este es el Templo que debió conocer Jesús.
Dominando sobre el resto de la ciudad, el Templo estaba recubierto, según los textos de la época, por gruesas placas de oro y mármol puro, que brillaban al sol impresionando a cuantos se acercaban a Jerusalén, hasta tal punto que los
discípulos dicen a Jesús: «Cuando Jesús salía del Templo, uno de sus discípulos le dijo: “¡Maestro, mira qué piedras enormes y qué construcción!” Jesús le respondió: “¿Ves esa gran construcción? De todo esto no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”» (Marcos 13:1-2).
Cuentan las crónicas de aquellos tiempos y posteriores, que era tal la cantidad de oro que había en el Templo
que tras la conquista de nitiva de
Jerusalén por los romanos en el año 70 d.C., al poner en el mercado toda esa cantidad de oro, el valor del mismo cayó a la mitad en todo el Imperio, lo que da idea de que ya en aquellas épocas la economía tenía mucho que decir.
Todo ese esplendor costó en cálculos por lo bajo unos ochenta y cuatro años – desde aproximadamente el 20 a.C. al 63 d.C.–, y así dicen los judíos a Jesús: “Cuarenta y seis años ha costado construir este santuario, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?” (Juan 2:20). El culto era celebrado todos los días, en
horario de mañana y tarde, y además había un culto extraordinario en las grandes estas anuales: Pascua, Pentecostés y la esta de los
Tabernáculos, a las que todo judío varón, a partir de los trece años, tenía obligación de ir. El Templo de Jerusalén fue el lugar preferido por Jesús para hacer sus grandes denuncias, justo aquellas que le costaron la vida.
Otros pueblos fueron importantes para la vida de Jesús: Belén, donde nació, y donde la tradición señala el lugar en el que el Rey David recibió la unción en el año 1.000 a.C.; Betania, en la falda del Monte de los Olivos, donde vivían Lázaro, Marta y María, a donde Jesús
fue en varias ocasiones, y donde se señala por la tradición como lugar muy cercano al sitio de la Ascensión; Emaús, a unos diez kilómetros de Jerusalén, donde se apareció Jesús a dos de sus discípulos tras la resurrección; o Jericó, próspera ciudad en medio de un oasis por debajo del nivel del mar, con más de 10.000 años de historia y a donde llegaron por primera vez los israelitas al volver de Egipto tras el Éxodo.
PEREA
Perea era una provincia menos conocida porque estaba al otro lado del Jordán, lo que hoy es el Reino de Jordania, de aquí su nombre del griego, “más allá”, una zona menos desértica, más verde y
menos montañosa que Judea, que en los tiempos más remotos le tocó en suerte a la tribus de Rubén, Gad y Menashé. Tenemos constancia del paso de Jesús por Perea en Mateo 19:1: «Y Jesús partió de Galilea y fue a la región de Judea pero al otro lado del Jordán»; Marcos 10:1: «Y fue al otro lado del Jordán»; y así hasta el episodio de la unción de Jesús en Betania, en Mateo 26:6: «Y hallándose Jesús en Betania una mujer que traía un frasco de
alabastro con perfume muy caro lo derramó sobre su cabeza».
Estas eran pues las cuatro provincias que se encontró Jesús en su paso por la tierra de Canaán. El conjunto de tierras
en las que nació, vivió y murió Jesús fueron siempre en su época dominadas por el Imperio Romano, y desde tiempos de Augusto el poder político y militar en nombre del Emperador lo ejercía un Procurador, el único que podía dictar sentencias de muerte y ejecutarlas, lo que en derecho romano se conocía como el ius gladii. A las órdenes de este Procurador, que para el tiempo de la muerte de Jesús era Poncio Pilato,
estaban los recaudadores de impuestos y los soldados, y su poder incluso se
extendió al nombramiento de los Sumos Sacerdotes, una afrenta que los judíos llevaron mal, pero toleraron para evitar males mayores.
El Procurador vivía habitualmente en la costa, en Cesárea, pero con motivo de las estas de Jerusalén acudía a la ciudad y establecía su casa en la famosa Torre Antonia, desde cuya altura podía
controlar perfectamente los miles de peregrinos que acudían a la Ciudad Santa, y donde se encontraba la guarnición militar romana.
Pilato, según los textos, fue Procurador romano desde el 26 al 35, y ya Agripa I le describía como de personalidad rígida e intolerante, nada hábil en el conocimiento de la ley, arbitrario en sus decisiones y, sobre todo, muy
dubitativo, con actos salvajes que no tenían razón alguna. Fue en de nitiva un
Procurador frío y hostil a los judíos, poco comprensivo con sus tradiciones y que en de nitiva provocó una permanente resistencia no violenta que nalmente pasó a la acción.
Tras la muerte de Jesús ordenó
ajusticiar a unos samaritanos sin justi cación alguna, y ante las quejas de judíos y samaritanos el Legado de Siria a quien debía pleitesía, Vitelio, lo envía en el año 36 a Roma para dar cuenta de sus abusos ante el emperador. Sin saber muy bien cuáles fueron sus andanzas en la Ciudad Eterna, la tradición apunta que posiblemente se suicida en el año 37. Resulta fundamental para entender la muerte de Jesús, como luego veremos
desde el punto de vista médico-forense, la persona y personalidad de Poncio Pilato.
Otro asunto previo que es necesario explicar para acercarnos al proceso judicial de Jesús era la realidad
religiosa que se vivía en aquellos años, y que fue la instigadora de la sentencia de muerte, como es bien sabido por todos.
La religión mayoritaria era la judía, y esta a su vez tenía diversos grupos que peleaban entre sí y marcaban
importantes diferencias. A grandes rasgos podemos hablar de los saduceos, los fariseos y los esenios, si bien el
pueblo estaba lejos de esas disputas más de poder que puramente teológicas. SADUCEOS
Los saduceos deben su nombre a un Sumo Sacerdote llamado Sadoc, que sitúan los entendidos en tiempos de David o del propio Salomón. Estaba formada esta corriente religiosa por las clases más altas y por lo tanto los
dirigentes y la aristocracia o, lo que es lo mismo, los más ricos de Israel. Era tal su poder que incluso formaban parte del Sanedrín, máximo Tribunal Judío que en su momento condenó a Jesús y del que luego trataremos en profundidad por ser el origen de la cruci xión.
poco numerosos pero en la práctica tenían todo el poder real. El Procurador romano les concedió por supuesto la exclusividad del cobro de los
impuestos.
En asuntos religiosos solo admitían la
Torá o Ley de Moisés o, lo que es lo
mismo, los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico,
Números y Deuteronomio, y creían al
pie de la letra el texto ahí escrito sin posibilidades de interpretación humana. Era tal el celo de este grupo radical que incluso sospechaban de los escritos de los Profetas.
defensores del sabbat (el día sagrado de la semana judía) y para nada creían en la resurrección de los muertos por lo que para este grupo la muerte ponía punto y nal a cualquier pretensión espiritual posterior. Políticamente eran lo que hoy denominamos nacionalistas
convencidos, si bien procuraron llevarse bien con los romanos por intereses
económicos y a efectos prácticos. Siempre se les acusó de actuar de una forma pero pensar de otra, siendo acusados por los otros grupos y por el propio Jesús de inmorales en su vida personal.
El Sumo Sacerdote más signi cativo en el proceso de Jesús, Caifás, era por lo
tanto saduceo, como queda implícito en Juan 11:49 y Juan 18:13-14.
Ya lo dejó dicho Jesús a manera de profecía: «Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos« (Mateo 16:12), aduciendo directamente a que tuvieran cuidado con las erróneas doctrinas de ambos grupos religiosos. FARISEOS
Los fariseos, probablemente el grupo más conocido por todos, eran en realidad una corriente dentro del judaísmo y se caracterizaban
básicamente por la estricta observancia de la ley. Procedían, según todas las fuentes, de los Asideos (término griego
del hebreo hasidím, los “piadosos”), que en el siglo II a.C. resistieron el impacto griego y pagano sobre el pueblo judío impuesto por Antíoco IV y contra el que lucharon los conocidos
Macabeos,, convirtiéndose así en verdadera fuerza de choque y tropa en esta cruenta batalla (I Libro de los Macabeos 2:42).
Según el historiador judío-romano Flavio Josefo, durante el reinado de Jonatán hacia el año 150 a.C. se subdividieron los Asideos en dos grupos: los fariseos y los esenios. Aunque contaban también con
sacerdotes en sus las, los fariseos en realidad formaban un movimiento laico.
El término fariseo es la traducción de la forma griega perusim, que signi ca “los santos”, “los separados”, en esencia la verdadera comunidad de Israel, pues a pesar de la tradición cristiana eran personas muy religiosas y con mucha piedad. Se preocupaban los fariseos de cumplir todas y cada una de las leyes y tradiciones religiosas, y también
estimulaban su cumplimiento en el resto de la población. Para ellos lo más
importante en su relación con Dios era sin duda la ley religiosa, el verdadero tesoro de Israel, más importante aún que el propio Templo, por lo que estaban siempre en confrontación con los
Eran artesanos, pequeños comerciantes y campesinos, en general no tenían poder religioso ni civil, pero se sentían distintos y separados frente a los “que incumplían la ley”. Para los fariseos cualquier ignorante de la ley era «un maldito» (Juan 7:45-49).
Eran los fariseos personas muy
apegadas a la ley en todos los sentidos, e incluso habían añadido de su “propia cosecha” algunos preceptos, hasta casi unas seiscientas obligaciones más que las propias escrituras, que eran no solo complicadas de entender sino casi imposibles de llevar a la práctica. Este conjunto de ampliaciones se denominó con el paso del tiempo la “tradición
oral”, que llegó a tener más importancia que la propia ley. Todas las tradiciones se denominaron la Halajá, y hoy
comprenden varios textos judíos como la Mishna, la Gemara, y hasta los
Misdras y el Talmud.
Fueron los fariseos los que con más ahínco esperaron la venida de un Mesías o salvador del pueblo judío de la
presión de los romanos, y se preparaban con constancia por medio de la oración ante la llegada de ese día. El ayuno y el sábado (sabbat) eran dos piedras
básicas de la práctica farisea.
Su obsesión por los rituales nacía de la interpretación literal del Levítico, y tenían que lavarse hasta siete veces al
día, permanecer siempre puros, no tocar nada que pudiera mancharles y estar así siempre preparados para la venida del Mesías. Muchos de los reproches que les hace Jesús son precisamente por esta rigidez, que les hacía expulsar a los leprosos, personas enfermas, y además prostitutas, pastores y hasta médicos por su contacto con los enfermos.
ZELOTES
Mencionamos aquí los Zelotes no
porque fueran una secta religiosa dentro del judaísmo como los otros grupos, que no lo eran, sino por su papel como grupo radical de ideología guerrera que
Imperio Romano, y eran en el fondo el verdadero quebradero de cabeza de los invasores, y por supuesto debieron in uir en la decisión de Pilato con respecto a Jesús.
El Zelote era un miembro de un movimiento político nacionalista fundado por Judas el Galileo al poco tiempo de haber nacido Jesús, y su nombre procede del “celo” por Yahvé que guardaban sus miembros.
Los Zelotes fueron sin duda el grupo más violento del judaísmo de su época, enfrentándose constantemente a los fariseos y los saduceos, a quienes acusaban de tener «solo celo por el dinero». Incluso, algunos historiadores
han considerado a este grupo como uno de los primeros grupos terroristas organizados de la historia, ya que utilizaban el homicidio de civiles que colaboraban con el gobierno romano, para disuadir a otros de hacer lo mismo. El objetivo básico de este grupo era una Judea independiente del Imperio
mediante las armas y la lucha tal y como sucedió en la revuelta judía del año 66, en la que llegaron a controlar Jerusalén hasta que la ciudad fue reconquistada por los romanos con la destrucción del Templo; y tres años más tarde la defensa “numantina” de la fortaleza de Masada, por todos conocida.
Judas el Galileo es mencionado
repetidamente como uno de sus líderes más relevantes y recordado por sus actos guerrilleros en la época del primer censo en Judea, tal como gura en los
Hechos de los Apóstoles, y parece
cierto que la libertad de Barrabás, que era un líder zelote, demostraba la popularidad de este grupo dentro del pueblo llano.
Incluso uno de los discípulos de Jesús, escogido por él mismo como apóstol, provenía posiblemente de este
movimiento, pues es llamado Simón el Zelote en el Evangelio de San Lucas, y el mismo Judas debía su apellido Iscariote a “Sicario”, un tipo de zelote
particularmente violento –la palabra sicario procede del puñal curvo que utilizaban, o sica–.
Fuera como fuere, muchos estudiosos consideran la condena de Jesús por la comunidad judía como una actitud que responde al desengaño de los israelitas respecto a Él, que se reveló, no como un líder militar zelote que liberara a los judíos del yugo romano, sino como un líder espiritual que solo prometía una liberación más allá de este mundo. ESENIOS
Hasta que en los años cuarenta del pasado siglo no se encontraron unos manuscritos en pergamino con los textos sagrados más antiguos conocidos sobre
el pueblo de Israel, nadie apenas sabía nada de los esenios salvo algunos eruditos. Este descubrimiento de los denominados Manuscritos del Mar
Muerto fueron esenciales para entender
la historia judía de los tiempos de Jesús, y aun antes, y sobre ellos se han escrito cientos de libros y artículos.
Los esenios de Qumran (lugar donde se encontraron los restos de sus
asentamientos y cuevas más famosas) se reconocían a sí mismos como el “grupo” puro de Israel, como la Nueva Alianza. Sus miembros practicaban ritos
similares al bautismo de la primitiva comunidad cristiana y marcaban las frentes de sus iniciados con el signo de
la “X” (cruz de San Andrés) que se creyó que representaba la letra inicial de la palabra griega Xristos. No cabe ninguna duda hoy de que la Orden de los Esenios, o según ellos Hijos de la Luz, eran una orden monástica, y tenían un grado muy elevado de conocimientos teológicos, astronómicos e incluso de las ciencias básicas de aquel entonces, y quizás solo estaban preparándose para la venida del Mesías, formando un grupo de iniciados que “ayudaran a Jesús” en su misión.
Los historiadores no se ponen de
acuerdo sobre la relación de los esenios con Jesús mismo, su familia y los
coincidieron parcialmente en el tiempo en la forma de interpretar el Antiguo Testamento, no hay seguridad plena de esta hipótesis. Lo que sí parece
totalmente cierto por los textos de la época y los historiadores era el odio de los jefes judíos contra los esenios, y hoy sabemos que el Gran Sacerdote de
Jerusalén llevó a cabo un ataque militar contra el asentamiento de los esenios en Qumran, donde murió el mismísimo Maestro de Justicia de la orden esenia mientras asistía a una ceremonia
religiosa. Los esenios se tenían a sí mismos como los auténticos herederos de la Orden de Melquisedec, echaban en cara a los jefes judíos la usurpación del sacerdocio y la contaminación de los
santuarios, ya que rechazaban completamente los sacri cios de animales.
Dicen los expertos que los esenios se guiaban por el llamado calendario solar y no por el lunar como los judíos, y hasta en eso no estaban de acuerdo, por lo que al nal no coincidían las fechas de las estas religiosas ni la liturgia en aquella época.
Otra diferencia notable entre los esenios y el resto de los judíos era su
menosprecio al hecho de morir, por lo que creían en la inmortalidad del alma a diferencia de los saduceos, y
parcialmente de los fariseos, por lo que el gran historiador judío-romano Flavio
Josefo llegó a escribir: «Menosprecian los peligros, triunfan del dolor por la elevación de su alma y consideran la muerte, cuando se presenta con gloria, como preferible a una vida mortal. La guerra romana ha demostrado su fuerza de carácter en toda circunstancia: los miembros apaleados, torturados, quemados y sometidos a todos los instrumentos de martirio con el n de arrancarles alguna blasfemia contra el legislador o para hacerles comer alimentos prohibidos, no ha podido obligarles ni a lo uno ni a lo otro, ni siquiera sus torturadores han podido alardear de haberles hecho derramar una sola lágrima. Sonrientes durante los suplicios y burlándose de sus verdugos,
expiraban con alegría como si pronto volvieran a revivir» (Guerra de los
Judíos, Libro 2º, capítulo VII).
Eran sin duda los esenios los judíos más cercanos a la esencia de la doctrina que enseñó Jesús de Nazaret.
En estas condiciones reinterpretó pues Jesús las escrituras, sacó a la luz las contradicciones e hipocresías morales de las clases dirigentes, fue el azote de los injustos y siempre estuvo cerca del pueblo llano, es decir, se granjeó toda la enemistad del poder fáctico. Y,
naturalmente, lo pagó con su vida. Capítulo 2
Per l de la víctima: Jesús, el
hombre
P
ara los Cristianos Jesús fue la
reencarnación de Dios mismo, por lo tanto no hay duda desde la Fe que era el mismo Dios, pero para el resto de las personas, religiosas o no y de cualquier cultura, lo que es plenamente
cierto es que Jesús era un hombre, excepcional pero hombre, y por lo tanto una realidad histórica sin posibilidad de error tal y como se muestra en los
documentos de la época e
¿quién era Jesús? Y sobre todo, ¿cómo era Jesús a la luz de nuestros
conocimientos actuales? ¿Y por qué se convirtió en la víctima de un complot político-religioso que acabó con su vida?
El nombre “Jesús” es la forma en latín del griego Iesoús, con el que es
mencionado en el Nuevo Testamento, escrito en griego, si bien el nombre deriva en realidad del hebreo Ieshú –el hebreo es una lengua muy anterior al griego–, forma abreviada de Yehoshúa, que signi ca “Yahvé salva” (es decir, “Dios salva”), y que identi có al
principio a Josué, el sucesor de Moisés. Se sabe además que Jesús era un nombre
muy frecuente en aquella época, y ya en los textos del historiador Josefo se mencionan al menos alrededor de veinte personajes de igual denominación. La forma de este nombre en arameo, el idioma de Judea en aquel tiempo, es la que con toda probabilidad usó Jesús:
Ieshuá.
Debemos recordar aquí que Jesús debió usar el arameo para hablar en todos sus discursos, o al menos un dialecto de este, el siriaco, pero cabe la posibilidad de que entendiera tanto el latín como el griego por ser lenguas que se solapaban con la primera, al tiempo que también conocía el hebreo, ya que llegó a leer la Torá en alguna sinagoga con varios
testigos presentes.
Finalmente, sus últimas palabras antes de expirar, «Eloi Eloi lemma sabactaní» («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Marcos 16:34), fueron arameas, lo que indica a las claras la lengua más cercana a su entendimiento. Por otra parte, en los Evangelios de Marcos y Lucas Jesús es llamado Iesoús
ho Nazarenos, mientras en los de
Mateo, Juan y unas pocas veces en el de Lucas se utiliza la forma Iesoús ho
Nazoraios que también aparece en los Hechos de los Apóstoles. El apellido
Nazareno hacía referencia sin duda al lugar de origen de sus padres, y donde él
pasó su infancia y juventud.
La palabra Cristo, por su parte, procede del griego y signi ca “ungido”, el
“señalado” para ser especial ante el resto de los judíos.
Jesús de Nazaret nació con bastante probabilidad en torno al año 4 a.C., aunque la fecha no puede determinarse con seguridad. Solo por un acuerdo se adoptó como la fecha de nacimiento de Jesús la calculada en el siglo VI por Dionisio el Exiguo, basada en cálculos mal hechos, aunque ya antes, a partir del siglo IV con Constantino en el poder, se empezó a celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, y así hasta nuestros días. La mayor parte de los
autores y estudiosos dan como su lugar de nacimiento la aldea galilea de
Nazaret, aunque la tradición y el
sentimiento popular hablan también de Belén, Belén de Judá, muy cerca de la propia Jerusalén.
Es prácticamente seguro que sus padres se llamaron José y María, y que incluso tuvo varios hermanos, asunto sobre el que no hay acuerdo. Tampoco hay constancia de que estuviera casado; es más, lo más probable es que fuera célibe, y salvo novelas y ensayos poco ables que apuntan amores con el otro sexo, su condición vital debió ser muy cercana a la de un sacerdote.
Nosotros solo podemos atisbar su personalidad a partir del momento en
que su vida pasa del anonimato a ser pública cuando a la edad aproximada de treinta años se hace seguidor de Juan el Bautista, y detenido y preso este último por Herodes Antipas el propio Jesús forma un grupo propio de seguidores y renueva la losofía de Juan dándola un vuelco total.
Desarrolló Jesús su predicación durante un tiempo imposible de concretar, pero que en cualquier caso no debió
sobrepasar los tres años, y durante su predicación alcanzó una gran fama en toda la región como curador y exorcista. Según su punto de vista, su actividad se centró radicalmente en el anuncio de un reino nuevo, el Reino de Dios, lo que al nal le costó la vida.
En toda su vida fue acusado de casi todo: de que le gustaba el vino, que comía en exceso, que compartía mesa con prostitutas y cobradores de
impuestos (Mateo 11:19) y de hacer magia con la ayuda del propio demonio (Mateo 12:22-30). Hasta sus propios familiares directos le tuvieron como un enfermo mental, algo que ha sucedido con todos los grandes hombres
religiosos a lo largo de la historia (Marcos 3:21) Sin embargo a él, al parecer, nada de eso le importó nunca demasiado, pues no se justi có ni dio explicaciones en abundancia.
El pueblo llano y las masas en general siempre le inspiraron gran tristeza
(Mateo 14:14) y solo en una ocasión habló de su propia personalidad al decir: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29), pero lo cierto es que nunca se autoaplicó el apellido “bueno” (Marcos 10:18). Con motivo de la esta de la Pascua, acudió con sus más estrechos
colaboradores a Jerusalén hacia el año 783 romano, donde fue detenido por orden de las autoridades religiosas judías de la ciudad, quienes lo
entregaron al prefecto romano, Poncio Pilato, acusado de sedición. Fue
ejecutado posiblemente en torno al año 30, como más adelante detallaremos por orden de las autoridades romanas de
Judea.
De todo lo anterior han quedado textos dedignos en los Evangelios, que
tendremos que rescatar para conocer a Jesús, el hombre y la víctima.
Para poder acercarnos pues al per l de la personalidad de Jesús, per l que le convirtió en víctima, desde la
psiquiatría en general y la medicina forense en particular debemos utilizar la llamada Autopsia Psicológica, un
método de investigación retrospectivo de una persona que ya ha fallecido, y que idearon en los años cincuenta Schneidman y Farberow, del Centro de Prevención del Suicidio de Los Ángeles (California, EE. UU.), cuando al