La travesía de los sueños

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Virginia López-Peñalver

La travesía de los

sueños

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La travesía de los sueños Septem Littera

Primera edición: junio, 2015 © 2015 Virginia López-Peñalver

©de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2015 e-mail: info@septemediciones.com

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ISBN: 978-84-16053-40-7 D. L.: AS-2122-2015 Impreso en España—Printed in Spain

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«Y, no obstante, mi vida no era exactamente eso. Uno tiene la impresión de que todavía no puede vivir su vida de verdad y de que es un pasajero clandestino...».

Un pedigrí

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Se dice que viajar por mar resulta una experiencia muy placentera. Y yo no lo dudaba hasta que embarqué en este imponente trasatlántico, recién llegado del otro lado del mundo, de Australia, concretamente, para hacer escala en Gibraltar y arribar, finalmente, en Inglaterra. Esta magnífica y enorme estructura flotante lleva todas mis esperanzas de un futuro mejor… Sin embargo, en estos precisos momentos, me encuentro atrapada en el peor mareo de mi vida.

Aquella mañana —corría el año 1957— embarcaba llena de vida e ilusión. Paseé por estrechos corredores y sinuosos pasillos, subí a cubierta y, como hacía frío, decidí bajar a mi camarote —un cuartucho tan grande como un ropero empotrado— para coger un abrigo. Pero, para mi desgracia, ya no pude salir de él: las náuseas y los mareos se tornaron en mis fieles compañeros. Me encuentro en una especie de duermevela maléfico y lo único que consigo es quedarme en el camastro, deseando que toda esta pesadilla acabe cuanto antes.

Entre el duermevela, los mareos, los vómitos y las nauseas, puedo percibir, no sin cierta dificultad, que la puerta del camarote se abre para dar paso a un hombretón alto, fornido, de tez oscura, quizá de origen africano —imaginé—, hablando inglés y ofreciéndome un tazón de caldo. Trabaja como camarero y se ha compadecido de mí. De rato en rato, entra, deposita un cuenco con caldo en la mesita de noche y, si es necesario, me ayuda a tomarlo. Después, me hace señas de que volverá más tarde.

Durante estos tres días de travesía hasta Inglaterra puedo decir con total sinceridad que no he disfrutado en momento alguno del viaje. En absoluto. Sólo me siento agradecida al camarero de tez oscura, un buen hombre compasivo y amable. Sin él, quizá, no hubiera podido llegar a este país, tierra de mis más grandes anhelos.

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Debemos estar a punto de tocar puerto. Los ruidos del barco se manifiestan distintos, de un modo que no sé cómo explicar. Quizá se deba a la mejoría de mi estado, quizá al hecho de que los vaivenes del trasatlántico ya resultan menos violentos… Tengo que preparar la documentación para cuando desembarque. Me gustaría despedirme de mi salvador, por así decirlo, pero no creo que lo logre. Tiene que estar más que atareado, me imagino.

Voy a prepararme. En estos documentos oficiales que debo presentar en la aduana y, quizá, en otras oficinas llevo también volcados todos mis deseos y todas mis esperanzas. Es una sensación similar a la de tener un as en la manga.

Cuando comencé a arreglar los papeles para conseguir el pasaporte —cosa difícil en aquellos tiempos— tuve que sacar una partida de nacimiento que me dio la primera sorpresa: mi padre, al registrarme, me puso «Rosa» de nombre. De aquí en adelante —pensé— voy a ser, por fin, yo misma. Adiós «Mercedes», nombre de infortunios. Adiós «Violeta», nombre que me puso mi madre. «Rosa» era yo cuando nací y también era el nombre de una mujer que todo el pueblo conocía como «Rosita, la tonta». Al parecer, padecía cierto retraso y para mi madre fue razón suficiente para borrar mi verdadero nombre, Rosa —el nombre elegido por mi padre Rosa—, el eje sobre cual, ahora, todo mi futuro va a girar. Mi nuevo nombre representa mi verdadera identidad, recién estrenada en esta nueva singladura. Pero, ¿será suficiente para dejar atrás lo que fui bajo esos otros nombres?

Me repito sin cesar, como en un acto personal de reafirmación, que tengo nueva vida, muchas ilusiones y… por fin, mi propia identidad: Rosa.

Estamos en Dover. Vamos a desembarcar. Me encuentro algo mejor. El puerto es inmenso comparado con el de Gibraltar y comparado con todos los puertos que conozco —que son muy pocos—. La verdad, nunca he visto un puerto, digamos, grande. Todo lo más, el de La Línea, un puerto pesquero de una pequeña ciudad.

Me han pedido la documentación en la aduana. Y, tras una concienzuda verificación de mi equipaje, mis papeles y de mi propia persona, ¡por fin!, me dejan los flemáticos aduaneros entrar en territorio ingles. Ahora, el siguiente paso es encontrar el lugar de donde salen los trenes y con mis carencias y limitaciones para comunicarme en inglés, me temo que va a

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