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Mente, Ser y La Posibilidad

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Mente, Ser y la Posibilidad

Formación Profesional de Coaching

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Mente, Ser y Posibilidad

Esteban y Jorge Pinotti

¿Quién soy?

Si somos rigurosos con nuestra escucha vamos a notar, a darnos cuenta, de que hay una pregunta siempre acechando ¿Quién soy? La pregunta siempre está ahí, con nosotros. Resuena todo el tiempo. La pregunta requiere que estemos

presentes. No nuestra imagen, no nuestro libreto, no nuestros pensamientos ni nuestras emociones ni nuestras sensaciones físicas, sino nuestro verdadero “ser”. ¿Quién soy? Esta pregunta constituye una oportunidad de abrirnos a la

posibilidad que realmente somos como seres humanos; por eso cualquier respuesta que tengamos, si nos aferramos a ella, puede impedirnos llegar a nuevos niveles de conciencia. Esta pregunta es probablemente una de las más importantes y profundas que podamos hacernos; la pregunta no tiene que ver con conseguir una respuesta, sino con estar en la pregunta, estar actitud de

descubrimiento, nadando en el “no sé que no sé”.

Lo que creamos que somos ¿limita o expande nuestras posibilidades?

La relación que tenemos con nosotros mismos ocurre en una conversación interna en la que definimos nuestra identidad. Hay algo que cada persona se dice a sí mismo referente a quién es. En esta conversación incluimos lo que,

consciente o inconscientemente, creemos que somos: el cuerpo, las emociones, los pensamientos, los defectos, las virtudes, los principios, los valores, la historia personal y todo lo que creemos que nos constituye como ser humano. Todo lo que damos por sentado acerca de nosotros mismos se manifiesta en la manera de estar en el mundo, y así cuando nos presentamos con otras personas, para darnos a conocer nos instalamos en una conversación en la que hacemos referencia al nombre, la profesión, la edad, el estado civil, el domicilio, a alguna cosa que hayamos hecho, a algún aspecto de la personalidad, a alguna situación familiar, a los estudios que tenemos, y así nos presentamos diciendo quiénes somos. Si bien pueden ser ciertas las cosas que nos decimos a nosotros mismos o que decimos que somos cuando nos presentamos, ninguna de ellas es de una entidad

suficiente como para revelar quiénes somos como seres humanos; ninguna de ellas es suficiente para descubrirnos; son todas manifestaciones superficiales de quienes somos.

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en cualquier momento de toda la existencia, y todas estas cosas que decimos o a las que hacemos referencia cuando nos presentamos, en algún momento de nuestra vida no estuvieron o podrían no haber estado o ser distintas o no estar nunca.

Nuestra conducta, nuestra manera de actuar en el mundo es una manifestación de la conversación que tenemos sobre quiénes somos. Esta conversación empezó cuando dije “yo” y me separé de todo lo que percibía como ajeno a mí, y fui desarrollando esta conversación asumiendo este “yo” como el centro de

imputación de todo en mi vida. Todo lo que hacemos en nuestra vida es hecho por alguien y ese alguien, en mi vida, soy yo. Todo lo que generamos nos

involucra o nos compromete; es nuestra vida la que se llena de nuestros actos y cualquier cosa que hagamos, aunque nos parezca redundante, la hacemos

nosotros. Por esto es probable que en nuestras conversaciones la palabra “yo” sea la que se repita con más frecuencia. Cualquier oración en primera persona la incluye, y si prestamos atención a nuestra conversación vamos a descubrir que hablamos de nosotros mismos casi todo el tiempo; nosotros somos una referencia ineludible de nuestro propio discurso y si damos por sentado que sabemos qué significa este “yo”, del que tanto hablamos, omitimos la oportunidad de

detenernos a observar, a investigar, a preguntarnos qué significa este “mí mismo”. Y así evitamos encontrarnos con este “yo” de nuestro discurso, evitamos

encontrarnos con nosotros mismos.

Hay un montón de cosas con las que nos identificamos; puede ser nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestros pensamientos o las cosas que nos decimos respecto de nuestra historia o de nosotros mismos o que contamos regularmente como si fuéramos eso. Todas estas cosas son superficiales, no son quien somos. Con la pregunta, ¿quién soy?, estoy preguntando quiénes somos como seres humanos y no cómo nos presentamos en el mundo. Las cosas con las que nos identificamos revelan las creencias que tenemos respecto de nosotros mismos y todas estas manifestaciones no son quienes somos, sino meras ilusiones que exponen las creencias que tenemos de que lo que vemos es lo que es, de que lo que se manifiesta define el fenómeno, de que la superficie es lo que define la profundidad. Todas estas cosas con las que nosotros nos identificamos podemos observarlas como manifestaciones superficiales de quiénes somos, y propongo llamarlas ilusiones lingüísticas.

Existencia y manifestación

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coaching le damos a la expresión “ilusión o ficción lingüística” un significado preciso y determinado. Que algo sea lingüísticamente ilusorio no significa que no cause efectos o que no sea verificable. Estas ilusiones son trampas del lenguaje. Es ilusorio lo que no existe por sí mismo, sino como una mera manifestación de algo más profundo. Así, a una sonrisa podemos observarla como ilusión lingüística, porque existe sólo como una configuración de la cara, como una manifestación de algo más profundo. Es posible que alguna vez nos hayamos preguntado: ¿A dónde se va la sonrisa al relajar la cara? o, ¿de dónde viene la sonrisa que antes no estaba en el rostro? Si hicimos estas preguntas, tuvo que ser cierto para nosotros que la sonrisa existe por sí misma; tuvimos que haber observado la sonrisa como si existiera por sí, como un algo en sí. Sin embargo la sonrisa no es en sí misma, es una mera configuración de la cara; la cara es el sustrato del que depende para existir. La sonrisa no se va, ni viene a ningún lado, lo que ocurre en la cara es que están contraídos o relajados ciertos músculos, y si alguien insistiera en querer saber a dónde van o de dónde vienen las sonrisas estaría cautivo de un error del lenguaje, de una ilusión lingüística, porque no hay, ontológicamente, un ser sonrisa, no hay una sonrisa; lo que hay es una cara que se contrae y se relaja. Por eso podríamos entender que “la sonrisa” no-es otra cosa más que una ilusión lingüística. Ahora bien, el hecho que algo sea una ilusión lingüística no significa que no tenga efectos sobre el mundo; la sonrisa por sí misma es una ilusión lingüística que puede operar sobre la realidad y comunicar estados de ánimo, abrir espacios de conexión o lo que fuere.

Esta ficción lingüística ya fue denunciada por los filósofos presocráticos. Hace unos dos mil cuatrocientos años Diodoro Cronos negó que un muro pudiera ser demolido y afirmó que cuando los ladrillos están unidos el muro está en pie, y que cuando ya no lo están el muro no existe. Si observamos desde esta

perspectiva nos podemos dar cuenta de que la pregunta: “¿Adónde se va la sonrisa cuando se relaja la cara?”, está basada en una confusión. Sería lo mismo que preguntar, ¿adónde va mi peinado cuando me despeino? El peinado no se fue a ningún lado, porque nunca existió un ser que se vaya a algún lado nunca fue en sí, la sonrisa nunca existió, nunca fue. Si observamos la sonrisa como una cosa en sí misma caemos en un truco del lenguaje que nos hace creer que hay un ser que existe por sí mismo en la sonrisa. Estaríamos operando sobre la creencia de que hay un algo cuando no hay tal cosa; lo que hay es una configuración de algo que es más profundo.

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si observamos el fenómeno físico llamado “ola” descubrimos que no hay agua que vaya para adelante. Sólo hay agua que va para arriba y para abajo, como cuando sacudimos una cadena que está atada en un extremo. La onda en la cadena es sólo una manifestación, un efecto; hay una onda que va por la cadena, pero no hay ningún eslabón que vaya hacia delante. Lo que ocurre en la cadena es que cada eslabón sube y baja en cierto orden y con un cierto ritmo creando así la ilusión de la onda. Del mismo modo que la onda es una ilusión, una

manifestación de la cadena, la ola es una configuración del mar. El mar sube y baja y hay viento y otro sinfín de cosas ocurren, y nosotros desde nuestra observación llamamos a esas manifestaciones “olas”, pero la existencia de la ola tiene la misma entidad que la existencia de la sonrisa; las olas son ilusiones lingüísticas, manifestaciones del mar que está por debajo y es siempre el mismo.

De igual manera lo que conversamos, interna o externamente, sobre quiénes somos los seres humanos es en general lingüísticamente ilusorio; lo que aparece en la superficie es una ilusión y no lo que somos; lo que aparece en la superficie son manifestaciones de quiénes somos, pero no quiénes somos. Es como si yo dijera que soy abogado y creyera que mi ser es la abogacía y que si perdiera la matrícula ya no sería yo. Es obvio que esto no es así; yo seguiría siendo la misma persona, pero sin matrícula. En el nivel donde se manifiestan los fenómenos, al nivel de la superficie, la sonrisa existe, la ola existe; en este nivel no tendría sentido negarlo, pero si observamos con atención nos damos cuenta de que la existencia de la sonrisa es relativa, no es absoluta. La sonrisa depende para su existencia de un sustrato que es la cara que se configura de distintas formas; por eso si observamos la sonrisa como un ser, en vez de una ilusión lingüística

estamos atrapados en la conversación que genera todos los conflictos que hay en el mundo. Si no nos damos cuenta de que la sonrisa es una ilusión lingüística es porque estamos experimentando la confusión entre la superficie, que es una manifestación cambiante, con la profundidad, que se mantiene inmutable.

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la ola cuando rompe? No puede volver al mar porque nunca lo dejó, nunca hubo ola; ontológicamente no hay un ser llamado “ola que rompe”. La única solución lógicamente posible es que la ola que rompe sea una ilusión lingüística. Si la ola cuando rompe no se va a ningún lado porque nunca hubo ola, y si el cuerpo del ser humano es como la ola que rompe, queda la pregunta: ¿Adónde va el ser humano cuando se muere? Puede ser que a ningún lado, porque nunca haya habido tal cosa.

Buceando en la materia

Si las cosas superficiales con las que nos identificamos son como la ola, ¿qué es el mar?, ¿qué es lo que está por debajo de todas esas ilusiones lingüísticas con las que nos identificamos? Así como el agua del mar se configura en las olas, la materia básica del universo aparece en la diversidad de todo lo que se manifiesta. Arturo Schopenhauer decía que todo lo que existe es una manifestación, una representación de la voluntad, esencia única que asume todas las formas del universo; por eso escribió: “Uno son el torturador y el torturado. El torturador se equivoca, porque cree no participar en el sufrimiento; el torturado se equivoca, porque cree no participar en la culpa”. Un poeta persa del siglo XIII, Jalal-Uddin Rumi, parece haber anticipado este pensamiento al escribir: “Soy el que tiene la red, soy el pájaro, soy la imagen, el espejo, el grito y el eco...”.

La física moderna insatisfecha con la especulación filosófica y con la poesía oriental decidió investigar de qué estaban hechas las cosas. Para eso se puso a estudiar los objetos y empezó a profundizar en la materia, y observó que los materiales están hechos de moléculas, y las moléculas están hechas de átomos y los átomos están hechos de protones y electrones, y éstos a su vez están formados por partículas más pequeñas llamadas quarks. Y así los científicos siguieron buceando en la materia hasta llegar a preguntarse de qué están hechas estas partículas últimas que constituyen toda la materia del universo y descubrieron que las partículas son muy escurridizas, y que existen por cierta condición estadística.

Las partículas están hechas de probabilidades de existencia que interactúan, interfieren o interceptan con otras probabilidades de existencia; están hechas de ninguna cosa, más que de posibilidad.

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apariencias que tienen y no se caen unas a través de otras, el motivo por el que persisten es que los patrones de probabilidades están más o menos ordenados. Este es el campo de estudio de la mecánica cuántica que es una ciencia estadística que está basaba en el principio de incertidumbre. Stephen Hawking dice que la comprensión del fenómeno de interferencia entre partículas ha sido crucial para explicar la constitución de las unidades básicas a partir de las cuales nosotros y todas las cosas del universo están hechas.

La mecánica cuántica representa una descripción nueva del universo que ya no explica el mundo en términos de partículas y ondas. Ahora se dice que hay una dualidad entre ondas y partículas que permite, según la finalidad perseguida, pensar en las partículas como ondas o en las ondas como partículas, porque no son ni lo uno ni lo otro. No son ninguna de las dos cosas y su existencia es

misteriosa. Werner Heisenberg, autor del famoso principio de incertidumbre, en su libro La imagen de la naturaleza en la física actual (pág. 20) dijo: “…ha

resultado que a los constituyentes elementales de la materia, a los entes que un día se concibieron como la última realidad objetiva, no podemos de ningún modo considerarlos ‘en sí’: se escabullen de toda determinación objetiva de espacio y tiempo; de modo que en último término nos vemos forzados a tomar por único objeto de la ciencia a nuestro propio conocimiento de aquellas partículas”. La ciencia no puede explicar esta oquedad, esta “nada” de la que están hechas las cosas y deja así expuesto este misterio insondable. En consecuencia, todas las manifestaciones del universo, incluyendo nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y sentimientos son manifestaciones de esa nada de la que están hechas las cosas. Desde esta perspectiva podemos abrir una interpretación y empezar a vernos como nada, y las cosas con las que nos identificamos son manifestaciones de esa nada que es el “ser”. El mundo y nosotros somos lo mismo; insondables,

indefinibles e infinitamente misteriosos.

Desidentificación

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vivenciando que somos algo de estas tres cosas. Seguimos operando como si fuéramos esas cosas.

La inercia tiende a que nos identifiquemos con cosas: con el cuerpo, los pensamientos, y las emociones. Nos definimos ante nosotros mismos como nuestro cuerpo, sentimientos o ideas, o una combinación de todas estas cosas, y al operar en el mundo como si eso fuera cierto aniquilamos la posibilidad del “ser” y nos presentamos ante nosotros mismos y los demás como si fuéramos objetos, como si fuéramos la ilusión que se manifiesta. Si omitimos la distinción entre existencia y manifestación validamos algunas conversaciones internas respecto de quiénes somos y respecto de quiénes son los demás. Una de las distinciones más poderosas que puede ofrecer el coaching, una de las

transformaciones más profundas a las que apunto en los talleres es trascender la idea: “Yo soy mis pensamientos”, “yo soy mis ideas”, “yo soy mi cuerpo”, “yo soy mis emociones”, y tomar conciencia de que: “Yo soy el “ente” que sostiene provisionalmente esta postura”, “este sentimiento”, “esta idea” y “este cuerpo”. Lograr la conciencia suficiente como para desidentificarme del contenido para pasar a ser aquel que sostiene el contenido, porque quien yo soy no es el

contenido. Esta toma de conciencia sobre esta distinción abre infinitos espacios de posibilidades, siendo unas de las claves del proceso de Coaching que

proponemos con nuestra escuela.

En distintos dominios y en diferentes medidas operamos identificándonos con el cuerpo, los pensamientos o las emociones. ¿Soy mi cuerpo?, ¿soy mis emociones?, ¿soy mis pensamientos? Desde un nivel vivencial hay algo que es verdadero en la respuesta afirmativa para cada persona; no desde un punto de vista intelectual, sino qué está siendo cierto en la propia conversación interna. Sin embargo si observamos detenidamente las preguntas podemos ver que la respuesta está en las preguntas mismas.

Hay una palabra en cada frase que nos da la clave. Si puedo preguntar si soy mi cuerpo estoy revelando que no soy mi cuerpo, porque hay un “mi” posesivo. Para que algo sea poseído es necesario que exista la distinción entre el que posee y lo poseído; en este caso entre mí y mi cuerpo, mis emociones y pensamientos. ¿Hay una distinción entre mí y mi cuerpo? ¿Hay una distinción entre mí y mis

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¿Cómo vivenciamos las cosas? Muchas veces operamos en el mundo como si fuéramos nuestro cuerpo u operamos desde un lugar donde somos nuestras emociones u operamos como si fuéramos nuestros pensamientos, y entonces estamos siempre en reacción. En la medida en que vivenciemos que somos alguna cosa, nos vamos a adherir, a identificar con eso y eso nos va a controlar

reduciéndonos y limitándonos a “ser” solo eso.

Ontología corporal: ¿Soy yo mi cuerpo

A pesar de la lógica sintáctica de la respuesta negativa a la pregunta, operar en el mundo como si yo fuera mi cuerpo es lo habitual. Nuestro lenguaje es

psicosomático. Casi todas las frases y palabras con las que expresamos estados de ánimo o pensamientos están extraídas de experiencias corporales. El individuo sólo puede comprender lo que le resulta aprehensible. El ser humano, para cada experiencia y cada paso de su conciencia, utiliza el camino del cuerpo. Al ser humano le es imposible asumir conscientemente lo que no haya pasado por lo corporal. Sin vivencia, sin experiencia, no es experimentado como “verdadero”. El dominio biológico, lo corporal nos impone una tremenda vinculación con el “ser”. Las distintas experiencias pueden causar miedo o algún otro estado de ánimo, pero sin esta vinculación no podemos establecer contacto con algo que para nosotros sea “verdadero”. Sin el cuerpo no es posible tener experiencias. Si algo no es incorporado a nivel físico, si no vive en la memoria de mi cuerpo, o si no vive en mi ser biológico, entonces, no vive como distinción y no puede persistir a través del tiempo. Cuando vivencio una distinción puedo tomar acción en el dominio del “ser” o en el dominio del lenguaje, y así cambiar la forma en la que el mundo ocurre para mí.

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cuerpo, cuando el cuerpo diga que algo es muy difícil, o que está de mal humor, va a ser el cuerpo el que va a manejar todo para evitar el compromiso de acción, como lo hizo en el pasado, y vamos a seguir siendo como fuimos hasta ahora.

Así como somos biológicamente diferentes como hombres y mujeres, lo que es una mujer y lo que es un hombre no es sólo biológico. El género es una distinción lingüística. Lo que significa ser una mujer, lo que significa ser un hombre pueden presentar diferencias entre diferentes culturas y diferentes momentos del tiempo. Pero incorporamos todo eso en nuestro ser físico, en nuestras prácticas y

aparecen las emociones, los estados de ánimo, los sentimientos, y después decimos así es como somos, y creemos que es algo que está fijo.

Es habitual operar en el mundo como si fuéramos nuestros cuerpos, y de hecho así funcionamos en sociedad y al hacerlo vamos reforzando la creencia de que somos nuestros cuerpos y eso se refuerza a lo largo de la vida. Jurídica y socialmente la identificación con el cuerpo es absoluta; hasta tenemos unos cartelitos para nuestros cuerpos que llamamos documentos de identidad y así el cuerpo de una persona es quien esa persona es. Al identificarnos como nuestros cuerpos, el cuerpo es el “yo” de nuestro discurso. Si nos vemos a nosotros mismos como nuestro cuerpo, nos vamos a preocupar por la imagen que proyectamos al mundo, nos vamos a preocupar por como lucimos. Al operar desde esa creencia nuestra imagen va a ser muy importante. Una persona que opera como si fuera su cuerpo, al experimentar algún síntoma de alguna enfermedad es muy probable que diga: “Estoy enfermo”, no diría: “Estoy vivenciando enfermedad”; porque cuando nuestro cuerpo está enfermo nosotros estamos enfermos y esto lo aprendimos desde niños. Lo que sucede cuando operamos desde “yo soy mi cuerpo” es que nos convertimos en prisioneros de nuestro cuerpo, por ejemplo: “Soy flaco” o “gordo”, o “débil”, o “feo”, y al identificarnos con el cuerpo éste nos controla.

En distintas medidas nos vemos a nosotros mismos como si fuéramos el cuerpo que tenemos. Cuando operamos en el mundo dando por sentada la creencia de que somos nuestros cuerpos hay consecuencias que son el resultado de esa

creencia, que son manifestaciones de esa creencia. Si creemos ser nuestro cuerpo, lo que le pasa al cuerpo nos pasa a nosotros. ¿Si nos cortan un brazo somos

menos persona, somos deformes, no estamos completos? Cuando soy mi cuerpo y me muero no existo más. Si tengo miedo a morir es posible que me esté

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suficiente vamos a ser observadores diferentes y empezaremos a tener ciertas distinciones entre quiénes somos y nuestro cuerpo, y así adquirir cierta maestría. Tenemos un cuerpo, pero somos el espacio, el contexto en donde el cuerpo ocurre.

Yo no soy mi cuerpo, pero tengo un cuerpo que no soy yo.

Ontología emocional: ¿Soy yo mis emociones

Si creo qué cómo me siento sobre mí mismo o sobre los demás o sobre algo tiene algo que ver con mis compromisos, acciones y resultados estoy identificándome con mis emociones, y esto sólo es más de lo mismo, más de vivir en la misma conversación interna como una justificación para no ser responsable por mi vida. Entonces aquello que produce una “carga emocional” sobre nosotros es lo que usamos para definir quiénes somos. Esta conversación interna está diseñada para que nos mantengamos como ya somos. No estoy diciendo que no tengamos que tener sentimientos; si somos seres humanos tenemos sentimientos. No estoy sugiriendo que no deberíamos ser emocionales; la pregunta es: “¿Tengo sentimientos o los sentimientos me tienen a mí?”.

Nuestros sentimientos, emociones y estados de ánimo están localizados en el pasado. Los sentimientos que tenemos están relacionados con algo del pasado que dispara los estados de ánimo; siempre estamos teniendo estados de ánimo basándonos en experiencias del pasado. Cuando nuestras emociones y estados de ánimo son más grandes que nosotros estamos limitados. Si les damos mucho poder a nuestros estados de ánimo, ellos nos controlan. No hay nada de “malo” con ello mientras tengamos en claro que eso es el compromiso para el no cambio. Podemos ver muchos ejemplos de eso cuando la gente hace compromisos en la vida y no los mantiene por cómo se siente. Si es aceptable no hacer lo que dijimos que íbamos a hacer por cómo nos sentimos, es que nuestro compromiso estaba condicionado a nuestras emociones. En este contexto compromiso no significa nada, porque la excusa universal es “me sentí mal”, y podemos ver cómo todo nuestro futuro se cae en pedazos. Nos podemos sentir mal sobre eso y tampoco hace la más mínima diferencia. Cuando hacemos compromisos de esta manera nos transformamos en una víctima de nuestros sentimientos y de las personas y circunstancias que los producen. Actuar el drama es distinto de tener la pena.

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sentimiento que una persona está experimentando, sino que sea consciente de su escucha, que escuche sus sentimientos. Esto no significa no atender o respetar a los sentimientos, sólo que el proceso no está focalizado en ellos, sino en la persona que los experimenta. Cuando una persona se siente mal, o está enojada, reconozco su enojo y le pregunto cuáles son sus compromisos. Al tomar

conciencia de nuestros estados emocionales aparece una elección en el dominio de las relaciones: ¿Quiero que las personas se relacionen conmigo de acuerdo a como me siento o de acuerdo con mis compromisos? Si nos desidentificamos de nuestras emociones, si tomamos conciencia de que no somos nuestros

sentimientos, podemos elegir las bases sobre las que vamos a relacionarnos. Entonces va a estar disponible la elección de la manera en que las personas se van a relacionar con nosotros. La mayoría de las relaciones están basadas en las

emociones; la gente se relaciona sobre la base de lo que siente. Si la gente se relaciona con nosotros así, es porque los entrenamos para eso. Según las personas hagan o no lo que queremos que hagan vamos a hacerlas sentir de una

determinada manera, y así establecemos relaciones sobre la base del control, del premio o el castigo emocional.

Si las emociones son la fuente de la acción, sea lo que fuere lo que hagamos lo vamos a hacer en reacción a lo que las provocó. Los sentimientos generalmente son el motivo por el que hacemos muchas de las cosas que hacemos, pero no tienen por qué serlo. La maestría está relacionada con aprender a lograr que las emociones estén a nuestros servicio, nos sirvan a nosotros y no que seamos esclavos de ellas.

En determinadas culturas, mucho de ser un “hombre” está relacionado con no tener emociones o no mostrarlas. Esta falta de autenticidad tiene consecuencias. Dado que somos emocionales, a veces perdemos el control y nos emocionamos de todas maneras, generalmente en forma de enojo o de algo que usamos cuando queremos controlar las emociones y resistirlas. La resistencia les confiere más y más poder sobre nosotros, hasta que llegan al nivel de hacernos “explotar”; y eso ocurre cada vez con más frecuencia y hacemos y decimos cosas que después lamentamos haber hecho o dicho. Hasta que no aceptemos nuestra falta de expresividad emocional, nunca vamos a tener la libertad para la completa

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Intelectualmente sabemos que nuestra identidad no podría ser una función de nuestras emociones, porque cambian todo el tiempo. A veces nos sentimos contentos, otras, tristes, pero seguimos siendo los mismos. Sin embargo, si operamos en el mundo identificándonos con nuestros sentimientos diríamos: “Estoy feliz”, “triste”, “enojado”, “con miedo”, “con dolor”, “estoy solo”. Si yo soy mis sentimientos ellos me manejan. En vez de decir: “Estoy vivenciando angustia o miedo” digo: “Tengo miedo”. La distinción es que si estoy vivenciando el

sentimiento, yo no soy el sentimiento. Si estoy vivenciando el dolor, yo no soy el dolor. Sólo si soy distinto que el dolor, entonces lo puedo vivenciar. Mientras vengamos desde un lugar en el que operemos como si fuera verdad que somos nuestros sentimientos, mientras nos confundamos con ellos no podremos vivenciarlos, no podremos experimentarlos, porque no podremos distinguirnos de nuestros sentimientos. Si pensamos que somos algo, no podemos vivenciarlo porque no nos distinguimos de eso.

Si incorporamos la distinción “estados de ánimos” tenemos una cierta libertad con respecto a nuestros sentimientos. Esto no quiere decir que no vaya a ser llevado o poseído por mis estados de ánimo, pero al ser consciente de esta distinción tengo una elección. Si no incorporamos la distinción “sentimientos” como distinción o no hace mucha diferencia cuando un estado de ánimo se apodera de nosotros, el conocimiento, la información y el concepto de estado de ánimo no hacen una diferencia en la vida. Si operamos como si fuéramos nuestras emociones hay una serie de consecuencias. Si nos identificamos con nuestras emociones, operamos desde un lugar donde como nos sentimos es lo que somos y eso nos maneja. ¿Cuántos en nuestra vida operamos como si fuéramos nuestras emociones? ¿Qué posibilidades se abrirían si fuera posible vivenciar que yo no soy mis emociones, pero que tengo emociones?

Yo no soy mis emociones, pero tengo emociones que no son yo.

Ontología del pensamiento: ¿Soy yo mis Pensamientos?

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razón y en cómo los demás aprecien mis puntos de vista; si me identifico con mis pensamientos, mi supervivencia depende de que los demás no rechacen la validez de lo que yo digo. Si rechazan mis juicios y opiniones, me están rechazando a mí. De ahí la tendencia a querer tener razón. Si me identifico con mis pensamientos voy a querer tener razón, y cuando alguien me amenace con separarme de mi razón voy a empezar a pelear, no sólo por tener razón, sino por estar vivo, porque si me identifico con mis pensamientos estar vivo como ser humano implica tener un espacio de permiso lingüístico para manifestarme, y si me lo niegan lo

vivencio como una negación de mi ser. Si alguien me dice: “No sabés nada”, “no servís para nada”, “no entendés nada”, que todo lo que digo está mal, en ese momento, si no me desidentifico voy a pelear para tener razón, voy a pelear para vivir y voy a estar en supervivencia usando todas las armas que tenga contra el otro, porque lo que estaría haciendo sería pelear por lo que creo que soy queriendo tener razón a cualquier precio.

Si operamos como si nuestras opiniones fueran importantes es posible que estemos identificándonos con nuestros pensamientos. ¿Qué impacto tiene mi necesidad de tener razón en mis relaciones interpersonales? Hay veces que somos tan adictos a tener razón que se convierte en el principal motivo de toda

conversación, incluso a costa de resultados y objetivos que consideramos valiosos para nuestra vida. Si la necesidad de tener razón nos maneja es que nos

identificamos con nuestros pensamientos, y por eso cuando nos equivocamos lo vivimos como una pequeña muerte. ¿Por qué queremos tener razón? Porque creemos que somos nuestros pensamientos. Entonces si alguien piensa que mi idea no es buena o que está equivocada, yo estoy equivocado.

Cuando nos identificamos a nosotros mismos con nuestros pensamientos no podemos vivenciarlos, desaparece el “ser” que los piensa y sólo se muestra la idea o el concepto ¿Cuáles son las consecuencias de operar como si fuéramos nuestros pensamientos? ¿Es posible vivenciar que yo no soy mis pensamientos, pero que tengo pensamientos?

Yo no soy mis pensamientos, pero tengo pensamientos que no son yo.

Respondiendo según el nivel de consciencia

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para encontrar una respuesta, sino que es una invitación a estar con esta

pregunta e ir descubriendo respuestas según los distintos niveles de conciencia que vayamos alcanzando. Voy a ir respondiendo a las preguntas si soy mi cuerpo, emociones o pensamientos, no con un “no” rotundo, sino con una respuesta acorde al nivel de conciencia que tenga en cada momento de mi vida. Es posible que a medida que tome conciencia, que crezca, vaya dándome cuenta de que no soy mi cuerpo, de que no soy mis emociones y de que no soy mis pensamientos. Voy a ir vivenciando que los “mis” de las preguntas son posesivos, que implican poseedor, que hay un cuerpo y alguien que lo posee, que hay emociones y alguien que las experimenta y que hay pensamientos y que hay alguien que los tiene; ese alguien soy yo. Es el “ser”. En el proceso de coaching proponemos la experiencia de descubrir que no somos nuestro cuerpo, nuestras emociones o pensamientos, que tenemos un cuerpo, tenemos emociones y tenemos pensamientos como tenemos un nombre, un domicilio y un patrimonio. El ser que soy tiene

pensamientos, emociones y un cuerpo. Yo no soy mi experiencia, soy el que tiene la experiencia. Soy contexto y todo lo demás, contenido.

Ahora bien, si no soy ni mi cuerpo ni mis emociones ni mis pensamientos, entonces la pregunta es: ¿Quién soy?, ¿quién es ese “ser” que vivencia todo esto? Si nos quedamos en la pregunta vamos a poder observar lo que está detrás, lo que se abre con la pregunta. Si logramos elevar el nivel de conciencia para

desidentificarnos de las ilusiones lingüísticas a las que nos adherimos vamos a abrir posibilidades que no existen desde la manifestación, de manera tal que cuando experimentemos enfermedad o dolor en nuestro cuerpo o tengamos emociones y pensamientos ellos no nos controlen, sino que seamos capaces de crear nuestra propia experiencia. Esto implica darse cuenta de que somos el que vivencia el cuerpo las emociones y los pensamientos y así nos des identifiquemos de ese contenido, de las ilusiones lingüísticas y pasemos a ser aquel que sostiene el contenido. En este nivel de conciencia nos vamos a dar cuenta de que somos el mar que tiene olas y que quienes somos no es el contenido, sino el contexto.

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invulnerables; no somos dioses. En el juego de la vida el ser humano tiene la doble condición de ser ola y océano, y vivimos con esta dualidad. En la superficie hay felicidad y tristeza, personas con quienes compartir el tiempo y el espacio, cosas que encontrar y que perder.

Creo que hay formas de vivir que hacen más posible encontrar la felicidad entre las olas, pero no importa cuán felices seamos, todos sabemos cómo termina el juego. Vamos a envejecer, enfermar y morir, y eso si las cosas van bien; éstas son las buenas noticias, porque cualquier otra alternativa es peor que esto. Apostar en el juego de la vida al nivel de la manifestación es apostar sabiendo que vamos a perder. Podemos vivir en la dualidad de la superficie y la profundidad, y jugar este juego de la vida de otra manera; jugarlo yendo más más allá de los límites de la vida y la muerte. Si tomamos conciencia de nuestra humanidad vamos a

integrar en un mismo contexto la superficie de nuestra vida en la que hay lo que fuere, con la profundidad donde no hay nada que conseguir, porque eso es lo que somos. Creo que el sufrimiento que existe en el mundo está relacionado con la ausencia de la distinción entre contexto y contenido, entre existencia y

manifestación, y tiene que ver con las ilusiones lingüísticas y la confusión sobre quiénes somos los seres humanos. Creo que si tomáramos conciencia respecto de quienes somos, los conflictos desaparecerían, o quizá nos diéramos cuenta de que nunca existieron, que los problemas siempre fueron una ilusión lingüística, de la misma forma que la identidad que fuimos creando también es lingüísticamente ilusoria.

Mente

La mente es una ilusión lingüística que se constituye en las conversaciones del cuerpo, las emociones y los pensamientos. La mente y la inercia están

organizadas para impedir al “ser” y proponer que los seres humanos nos

relacionemos como objetos. La mente quiere explicar todo y entender todo. La mente compara, la mente califica, la mente explica. La mente quiere encontrar un justificativo, un porqué para todo en la vida.

La mayoría de nuestra vida creemos que somos nuestra mente, pensamos que somos ella; la mente tiene esa increíble habilidad para adherirse a cualquier cosa. La mente dice “yo soy mi cuerpo”, “yo soy mis emociones”, “yo soy mis

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somos. Si no somos capaces de desidentificarnos con nuestra mente, si pensamos que quien somos es lo mismo que nuestra mente, si nos confundimos con nuestra mente, estamos limitando quien somos a una conversación autorreferencial, y así lo que somos está dentro de la Caja y todo lo que hacemos para salir nos

mantiene adentro.

El propósito de la mente es sobrevivir. La mente combina los pensamientos, el cuerpo y las emociones para garantizar la supervivencia, y así durante toda la vida creemos que somos nuestra mente. Hemos estado operando como si fuéramos nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestro cuerpo. Si estoy jugando mi vida según mi mente y estoy echándole la culpa a algo o a alguien de cómo soy, me estoy encegueciendo a mí mismo y me estoy cerrando a cualquier

posibilidad que no esté ya en esa conversación autorreferencial. El rigor que todo proceso de coaching propone es que escuchemos esa conversación y que nos despertemos a lo que está diciendo.

El propósito de la mente es sobrevivir en los diferentes niveles de supervivencia. El primer nivel es el físico; quiero sobrevivir, no me quiero morir. Si yo creo que soy mi cuerpo, mi cuerpo hace todo lo posible para no morirse; por eso nos movemos si viene un coche en la calle en dirección a nosotros. El propósito de nuestra mente es sobrevivir y sabemos que si nos quedamos parados nuestra integridad corporal está en riesgo y hasta posiblemente no vayamos a sobrevivir. Si el propósito de nuestra mente es sobrevivir y sobrevivir físicamente significa no morimos, vivimos todos los días para no morir físicamente.

Pero tampoco nos queremos morir emocionalmente; así como no nos queremos morir físicamente tampoco nos queremos morir emocionalmente; entonces hay un montón de emociones que resistimos porque vivenciarlas es como morirnos ¿Cuáles son las emociones que vivenciadas serían como la muerte? ¿Cuáles son las muertes emocionales? ¿Qué emociones tenemos cuando la vivencia es como si nos muriéramos? Las emociones tales como el abandono, el rechazo, el vacío, el miedo, la vergüenza, la soledad, la indiferencia son como muertes, y como no queremos morir, no queremos sentir soledad, miedo, rechazo, vergüenza o lo que sea. Entonces hacemos en la vida todo tipo de cosas para evitar sentir esas

emociones. Porque no queremos tener vergüenza dejamos de tomar riesgos, porque para nuestra mente la vergüenza, es el equivalente emocional de la muerte física en el dominio corporal. Como no nos queremos morir físicamente hacemos cualquier cosa para evitarlo. Nuestra mente, que está compuesta por el cuerpo, las emociones y los pensamientos, tampoco quiere morir

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miedo, la soledad, la vergüenza, o lo que sea; entonces hacemos también cualquier cosa para evitarlas. La mente quiere saber dónde estamos porque la supervivencia depende de eso. Estamos llegando al punto en que la mente se aferra al pensamiento y busca la supervivencia en un nivel mental;

intelectualmente morirnos es sentirnos perdidos, no saber dónde estamos, estar equivocados, fracasar, no estar en control, estar equivocados, locura, o lo que fuere. Cada persona, según el lugar desde el que esté operando, vivencia la muerte intelectual de una manera distinta.

Mi mente funciona igual que la de los demás, y si yo no me recuerdo a mí mismo que yo no soy mi mente, si no me desidentifico, muy pronto mi mente me va a poseer a mí y me voy a volver ciego a esta distinción. Mi mente se cree que ella es quien yo soy; mi mente se cree que ella es la que produce los resultados, mi mente se cree que sus juicios son la verdad, mi mente es una conversación

autorreferencial en la cual la realidad está interpretada sólo para validar su propio punto de vista, para tener razón. Entonces, si pierdo esta distinción me adhiero a mi mente, y si yo soy mi mente sólo puedo lograr lo que mi mente quiere que yo logre, pero nada más porque es un sistema cerrado. En esta estructura puedo aprender lo que sea que me permita la mente, que por definición sólo puede ser más, mejor o diferente de lo que ya está siendo. La mente se autojustifica, se auto organiza, e interpreta todo relacionándolo con ella misma con el único propósito de sobrevivir; no le interesa descubrir la “verdad”, sino la supervivencia de su punto de vista, quiere tener razón. La mente no está comprometida con la búsqueda de la “verdad”, está comprometida con la búsqueda de explicaciones.

Mientras no haga la distinción entre quién soy y mi mente voy a seguir operando como si fuera mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos, y mi propósito en la vida va a ser sobrevivir. Y voy a hacer todo lo posible para evitar morir

físicamente, para evitar sentirme herido, sentirme rechazado, para evitar sentir vergüenza, y voy a seguir haciendo todo lo posible para seguir teniendo razón; eso es lo que hacemos cuando operamos desde nuestra mente.

El propósito de la inercia, de la mente, es hacernos operar fuera de nuestra

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La mente activa suele ser una máquina de reaccionar. La mente no distingue entre la realidad y lo que yo pienso o creo que es la realidad. Mi mente no distingue entre la verdad y lo que yo creo que es verdadero. Mi mente tiene la habilidad de apegarse, adherirse a cualquier “algo”. Mi mente es una conversación interna que está básicamente organizada alrededor de una autorreferencialidad en la que todo está en relación conmigo o mis juicios o mis puntos de vista.

La mente es una manera de observar el mundo; es un punto de vista desde el cual el ser humano aparece como un ente que piensa; es un ente pensante y esto separa el pensar del observar, y un observador del mundo desde esta perspectiva empieza a organizar el discurso de la historia y de la humanidad y el propio de una manera autorreferencial.

En tanto somos seres humanos, vamos a tener mente y vamos a tener una relación con esa mente. No estamos diciendo que tengamos que resistir nuestra conversación interna, no estamos diciendo que la tengamos que negar, ni siquiera estamos diciendo que tengamos que reemplazarla. Proponemos aceptarla, y así abrir un espacio de posibilidad. La aceptación de la conversación que es la mente, de la conversación que estoy siendo, incluyendo todos mis estados de ánimo, mis pensamientos y sensaciones, es el primer paso para la creación de algo nuevo; si no lo único que tengo disponible es resistencia en las diferentes formas que puede adoptar. Sin la aceptación no aparece la posibilidad, ya que estoy en una realidad autorreferencial en la que no hay un “afuera”. Para la mente no hay afuera; todo está adentro. Todo es relativo. Todo primero pasa por mi filtro. Esto es un modelo de un círculo vicioso. Este es un modelo en el que la historia y la acción no se pueden distinguir y donde no hay espacio para nada más. La mente es este círculo vicioso; por eso al aceptar esta conversación aparece la posibilidad de una relación con algo que no encaja en ese modelo y es el compromiso de crear algo que no existe, ya que sólo hay dos posibles fuentes de la acción: Una es la reacción; la otra es el compromiso.

La capacidad para crear empieza con la aceptación. Es por eso que la aceptación es poderosa, ya que abre un dominio de libertad, un dominio de creación en el cual experimentamos plenitud. El amor es poder. El arte es poder. El compromiso es poder. El compromiso es la capacidad humana de crear en vez de reaccionar. El compromiso es una distinción que abre la posibilidad de elegir en una

estructura en donde no hay otras opciones disponibles. Es la posibilidad de crear y de manifestar el “ser” en el mundo. Es la base sobre la que las personas

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Ser

Todos los filósofos que hablan del ser lo hacen en un lenguaje técnico que puede resultar difícil de entender. Sin embargo, si bien en un proceso de coaching no interesa la argumentación filosófica por sí misma; sí es necesario proponer una experiencia personal para descubrir la clave que permita experimentar quiénes somos y así empezar a entender de qué están hablando los filósofos y comenzar a participar de la conversación ontológica; no desde el dominio intelectual, sino desde la experiencia para explorar qué es aquello de lo que el ser humano es una manera de ser en el mundo. Esta es para mí una de las preguntas más profundas de la existencia: ¿Qué es aquello sobre lo cual el ser humano es la manifestación, es la sonrisa, es la ola?

La interpretación histórica de lo que es el “ser” está basada en concebirlo como un algo que existe en algún lugar, como si fuera un objeto. Hemos ido cosificando nuestro universo, de forma tal que cualquier cosa existe como un objeto, aun cuando hablamos de cosas como el amor o el espacio o abstracciones como contexto, conversamos sobre ellas como si fueran cosas; usamos el lenguaje para objetivar estos fenómenos y cuando lo hacemos, es para lograr algo. Así es que según las cosas que queramos que se hagan pueden concebirse distintas

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“Ser” es una distinción lingüística que ocurre en el lenguaje y emerge de una conversación que está basada en la capacidad de escucha, de observación. Lo que sea que fuera el “ser” para mí o cualquier interpretación que tenga, está

ocurriendo en conversaciones; “ser” ocurre en el lenguaje. Estas distinciones están ocurriendo como un fenómeno del lenguaje. No hay un “ser” en el mundo como roca, árbol o hierro, sino que el “ser” se constituye como un fenómeno del lenguaje. Es por esto que podemos tomar acciones en ese dominio y así resulta accionable. El “ser” emerge al hacer la distinción “ser”; el “ser” es creado en la distinción. No existe una cosa llamada “ser” en el universo, ocurre en la distinción ser. Pero a menos que haya una distinción o a menos que “ser” ocurra como una distinción en el mundo es sólo otra abstracción, es sólo otra cosa. Tenemos objetos: la naturaleza, un automóvil, lo que fuera, pero éstas no son más que otras cosas en la categoría y no nos da “ser”. Los filósofos han estado hablando del ser por miles de años, pero no han hecho la distinción “ser”.

Quien soy es más poderoso que cualquier cosa que haga

El “ser” no es un objeto, por eso no puede ser un contenido; es por definición contexto. Si el “ser” es el contexto, entonces mi cuerpo físico, emociones y pensamientos son el contenido, son la manifestación de mi existencia. Hay un “ser” que tiene una mente. Con esta interpretación la posibilidad se empieza a abrir. Yo no soy mi cuerpo; yo miro mi cuerpo, y me puedo preguntar de quién es el ojo que está mirando el cuerpo. Y yo experimento sentimientos y puedo

preguntarme quién es el que experimenta los sentimientos. Y si también puedo notar cuando estoy pensando es porque estoy consciente de que hay un “ser” que está pensando. Entonces, ¿quién es ése que vivencia todo eso? Ese es el “ser”; este punto de observación permite hacer la distinción entre “ser” y mente, entre existencia y manifestación.

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En inglés nada se dice nothing, “no-thing” significa “no-cosa”. El punto es captar que somos esa nada. Que somos no-cosa; la mente sólo entiende “algo”. La mente sólo puede captar cosas; entonces si hago la pregunta, ¿quién soy?, la mente tiene un montón de respuestas porque la mente me ve como algo. Entonces la mente me dice: soy un hombre, o soy amor o soy lo que soy. La mente siempre me ve como que soy algo. Si me identifico a mí mismo como siendo algo, toda mi vida la pasaré defendiendo ese algo; eso es lo que constituye la gran superviviencia. Si me veo como algo, viviré mi vida para proteger ese algo, o para tener razón respecto de ese algo, o para probarlo, o para convencer a los demás de que yo soy eso. Entonces mi vida es acerca de algo y en ese algo no hay ninguna posibilidad, no hay ninguna posibilidad si soy algo.

Un automóvil es algo, y no tiene ninguna posibilidad. Un automóvil puede ser usado para algo, pero no tiene ninguna posibilidad. Quiero presentar una

distinción entre posibilidad y opción. Cuando tengo opciones, hay algunas cosas que puedo hacer con este automóvil; puedo usarlo para algo, tengo algunas opciones, pero son muy limitadas. Posibilidad es algo completamente distinto. Si voy por mi vida y me veo como algo, tengo algunas opciones; voy a poder hacer algunas cosas, pero voy a estar muy limitado y no hay posibilidad ahí. La

posibilidad existe cuando capto que no soy nada. Cuando entiendo que no soy nada todo es posible. Mi mente está resistiendo esto, porque mi mente sólo entiende “algo”; solamente entiende opciones. Cada vez que digo posibilidad, la mayoría de las veces quiero decir opción; por ejemplo, cuando decimos, ¿cuáles son las posibilidades? La cuestión acá es, ¿quién está haciendo esta pregunta? Si vengo desde mi mente, lo que realmente quiero decir es: dado donde estoy y quién soy y las circunstancias que tengo, cuáles son mis opciones; pero el “ser” opera desde un lugar dónde la pregunta es: ¿qué es posible? No se está peleando con las circunstancias y las limitaciones; realmente; “ser” es toda posibilidad. La mayoría de nosotros venimos de un lugar en el que no tenemos posibilidades; tenemos algunas opciones, según lo que pensemos nosotros que somos. Es por eso que seguimos creando lo mismo una y otra vez, porque no hay ninguna posibilidad. La llave para abrir el abanico de las todas posibilidades radica en nuestra capacidad de des identificarnos con algo y aceptar que somos nada, no-cosa; la posibilidad sólo es posible cuando captamos y aceptamos que somos nada.

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algo; no hay posibilidad en ese algo, hay sólo unas pocas opciones. Hay maneras de “ser” que funcionan en ciertas circunstancias. Una manera de “ser” puede funcionar para unas cosas y para otras no. No hay una forma de “ser” que

funcione para todos y para todo; así es como somos nosotros. Mientras me trate a mí mismo como algo, no quiere decir que no vaya a ser exitoso, mientras ese algo que estoy siendo sea lo que se necesita, lo que se requiere. Por eso hay un

montón de gente en la vida para la que de pronto todo empieza a funcionar, y no entiende por qué; y de golpe deja de funcionar y sigue sin entender por qué, y vuelven a funcionar y aún sigue sin comprender.

En los momentos de la vida en que todo funciona, es que mi manera de ser era la que se requería. Pero lo que se requiere en la vida va cambiando. Por ejemplo, cómo tengo que ser con un hijo es distinto según la edad; pero si yo creo que soy algo, me escucho a mí mismo de cierta manera; no voy a estar de la manera que se me requiere. Por eso un montón de padres que tienen problemas se preguntan cómo puede ser, si educaron a sus hijos bien hasta cierta edad y ahora no

funciona. Cuando algo dejó de funcionar es porque como me estaba escuchando a mi mismo encajó con lo que se requirió en el momento en el que funcionaba, en el pasado, pero ahora no estoy siendo el que tengo que ser. Esto es verme como algo y entonces tengo algunas opciones. Ahora asumamos que entendemos que somos nada y de la nada aparece lo que quiero crear; entonces me puedo

amoldar, puedo cambiar, puedo ser de la manera que tengo que ser para lograr lo que quiero; porque soy nada, que significa que soy todo; porque la nada es el único espacio que puede contener el todo.

Soy nada, estoy en mi centro y desde allí la posibilidad del todo.

Estas definiciones no pueden ser escuchadas en un plano mental, porque la mente lo resistiría. “Soy nada, soy vacío”, ahora mi mente lo está resistiendo. La mente va a resistir esto porque la mente quiere verme como algo, la mente está diciendo yo soy esto o lo otro, porque su supervivencia esta ligada a su adhesión con ese “algo”. Esto es lo que trata de hacer la mente y cuanto más seamos algo, más tenemos que defenderlo. Supongamos que creo que soy amor, que me identifico con una persona que es amor. ¿Cómo me sentiría si la gente de mi vida me dijera que no es así, que no sienten que sea amor?, ¿Cómo me sentiría?

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Un proceso de coaching está enfocado en la acción, y esta interpretación del “ser” lo hace accionable. Podemos empezar a tomar acciones en el dominio del “ser” cuando lo observamos como el contexto que permite el contenido. Esta

interpretación posibilita tomar acción para producir una forma de ser diseñada y así lograr un resultado que no era predecible con una interpretación más

restrictiva.

Cuando nos vemos a nosotros mismos como algo, nos adherimos a eso y

empezamos a operar en un contexto de supervivencia; entonces quiero ser más, mejor y diferente; más cariñoso, de una manera diferente, opero desde la escasez. Esto es lo que empieza a suceder y desde ahí hemos estado operando. Nos

pasamos la vida tratando de ser algo, y si ese algo que somos hoy no funciona tratamos de ser algo diferente mañana, pero todos sabemos que no va a

funcionar. El proceso de coaching da un acceso al “ser” que no lo puede dar una interpretación que lo da por sentado; propone una interpretación comprometida con la posibilidad que cada ser humano es y con sus compromisos. Esta

interpretación permite trabajar para inventar un futuro no predecible que, por definición, es algo que no está ya arrastrado por la inercia. Esta interpretación es útil para lograr transformaciones en las vidas de las personas y pararse por la posibilidad que otro ser humano “es”. Esta concepción permite desarrollar una disciplina para salirse de la inercia y corregir el rumbo; y es desde ahí que podemos ser responsables por la inercia, incluso en la inercia.

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A pesar de haber dedicado muchos años de mi vida a meditar, reflexionar y especular sobre quién soy, nunca había logrado entenderlo hasta que en un momento dejé de necesitar una respuesta, y al quedarme en la pregunta tuve como respuesta una experiencia que para mí fue reveladora. La pregunta pasó a ser, ¿cómo vivo como un ser humano cada momento de mi vida? Descubrir quién soy como ser humano, es instantáneo. No como ser algo determinado o un

concepto acerca de quien soy, sino como un lugar desde el cual operar. En el momento en que me di cuenta, me di cuenta. La cuestión está en cómo vivir mi humanidad, manteniendo la conciencia de quien soy en las variantes

circunstancias de mi vida. Eligiendo desde mí centro la posible identificación y no la mente por el apego. Creo que este podría ser el gran desafío.

Sólo “ser” puede ser un destello un momento de luz, que podremos utilizar como un punto de partida, un lugar desde el cual centrarnos para luego si elegir un “siendo”. No como una abstracción; sino como un estado de conciencia, un estar presente, eligiendo vivir según las propias declaraciones, en función de lo que es realmente importante para nosotros. Eso constituye la posibilidad que somos. El “ser” es un contexto, un espacio, no como una cosa fija sino como un claro. La distinción entre contexto y contenido es todo lo que hay dentro del paradigma en el que trabajamos en un proceso de coaching; ése es el espacio del paradigma, el contexto es aquello para el cual creamos nuestra escucha. Podríamos entonces consignar al “ser” como el espacio de la posibilidad o el espacio en el cual todo “siendo” puede manifestarse.

Con ese espacio de “nada”- “todo” es posible.

El nivel más alto en el que somos es la posibilidad de “ser”. La distinción entre contexto y contenido permite que la relación que yo tengo conmigo mismo cambie si yo paso a tener experiencias en lugar de ser mi experiencia (mi cuerpo, mis pensamientos y mis emociones).

Fuimos arrojados a este proceso que llamamos la vida. Como “ser” puro fuimos arrojados al mundo como un hombre o una mujer, en determinado contexto temporal, cultural, étnico o religioso y esa persona es cada uno de nosotros. Fuimos arrojados a este mundo; ése es el tipo de ser que somos, y ese tipo de ser está mayormente constituido con actividades, distracciones, acciones,

pensamientos, sentimientos, sensaciones y todas las cosas que llamamos

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es la vida; eso es quien creemos que somos, como pensamos que somos o como sentimos que somos.

Los seres humanos vivimos nuestras vidas siendo una partícula de reclamos egoístas y enfermedades, pensando que toda esta cosa a la que le damos tanta importancia es mi “yo”, que todo eso con lo que sufrimos, todo ese drama, toda esa conversación que llamamos “yo” tal vez sea solo una identificación mental, una creación lingüística, y que no sea lo que “somos”. La única vez que

empezamos a ver eso claramente es cuando llegamos al lugar donde sólo somos y tenemos esos momentos en los que ese tipo de conversación desaparece; y lo que nos queda es sólo “ser”. En ese momento está bastante claro, pero después, ¿qué pasa?. La misma conversación se mete: “Esto es raro”, tenemos un “darnos cuenta” y quizás usemos nuestros “darnos cuenta” para pensar algo o para analizar o para sentir algo, y esto porque no podemos tolerar sólo puramente “ser”. Si estamos en ese momento exquisito de “ser”, ¿cuánto tiempo podemos tolerar eso sin hablar? Nuestras sensaciones físicas son una estrategia para salirnos de sólo “ser”.

La maestría tiene que ver con llegar a un lugar que no es algo, sino que es nada. Ese lugar utilizarlo como punto de partida. Como plataforma de salida. La mente se resiste a ubicarse en la nada. La supervivencia está basada en la postura de verme a mí mismo como algo. Mi mente “necesita” adherirse a algo. No existe posibilidad alguna en ese algo que se me impone, en ese algo que creo que soy. La supervivencia me indica que la vida sólo existe si defiendo ese “algo” que soy. Y operando desde esa postura estoy condenado, porque mi vida está limitada a querer tener razón acerca de ese algo que creo que soy. ¿Qué pasaría si llegara a tener la experiencia de que no soy algo, sino que soy nada? ¿Qué pasaría? Habría posibilidad. Existiría cualquier posibilidad. Sería el génesis mismo de la TODA POSIBILIDAD DEL SER HUMANO.

La posibilidad existe solamente en escuchar mi “ser” no como algo sino como “nada”. Al escuchar mi “ser” como nada, puedo comenzar a comprender que todos los “siendos” pueden comenzar a estar disponibles.. Un proceso de

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identificados con nuestro sistema de creencias y nos aleja de este centro o “ser”; el querer entender todo puede ser otra estrategia de nuestra mente.

La nada es el único espacio que puede implicar el todo. El ser está ahí todo el tiempo. Somos seres que entramos a un mundo en el cual no hay espacio para el “ser” y desarrollamos todo tipo de prácticas, de distracciones, técnicas y hábitos que nos mantienen desconectados de la gran pregunta sobre “quiénes somos”. Si no, nos despertamos. Si seguimos yendo por la vida de la misma manera que vamos siempre existirán las limitadas opciones que la mente nos pueda brindar dentro de una identificación o varias, pero no hay posibilidades desde ese

espacio. Si venimos desde nuestra mente, esta querrá ser algo, entonces no habrá opciones pero no posibilidades.

Para la mente se trata de la supervivencia; si soy nada, la mente lo vivencia como la muerte. No puedo ser nada, y todo el tiempo me desafía para que sea algo, y en el momento en que soy algo cierro todas las posibilidades. Entonces me siento deprimido, frustrado, sin posibilidades. Creo que a esta nada se refirió Walt Whitman cuando dijo: “Soy grande, contengo multitudes”. Creo que todos en algún momento hemos sentido esto de ser nada, pero después lo negamos, lo resistimos. ¿Qué pasaría si nos permitiéramos vivenciar la nada que somos? Si asumiéramos que somos nada, ¿necesitaríamos pelear o pensar para saber quiénes somos? Somos nada. ¿Qué es nada? Nada. La misma nada que había antes de la aparición del universo; una nada tal que permite el todo. La mente interpreta nada como algo, la mente no puede manejar nada, no puede captar la nada, entonces interpreta la nada como algo; así es como opera la mente.

La conversación interna es una oportunidad de aprendizaje en el dominio del “ser”. Si explico es otra interpretación, otro juicio, otro punto de vista. Cuando soy nada, cuando capto que soy nada, soy pura posibilidad. La mente busca la supervivencia; el “ser” no necesita ser protegido. Es sólo la conversación interna lo que nos hace proteger algo que no necesita protección porque no puede ser dañado. El “ser” no es una cosa. Si yo le tiro una roca a alguien se va a proteger; va a proteger su cuerpo. Si insulto a una persona tal vez dispare una defensa. En el “ser” no hay nada que defender. Sin embargo, estamos manteniéndonos en una estructura de supervivencia y el “ser” no necesita que lo protejan. Somos

absolutamente magníficos como somos, y no importa lo que diga nuestra

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Costo de oportunidad

Yo pienso en mi mente como si fuera un chancho. Mi mente es mi cuerpo físico, mis emociones y mis pensamientos. Los chanchos siempre comen los restos; para los chanchos es riquísimo; ellos no saben que son restos. Yo veo mi mente como un chancho; no importa lo que mi mente haga por mí, y para cada persona su mente ha hecho muchas cosas. No estoy diciendo que la mente no sea valiosa. Si el chancho me tiene agarrado, lo que obtengo siguen siendo restos comparado con lo que puedo crear desde el “ser”, desde la nada. El costo de oportunidad es el costo invisible, es un costo que no se ve y es el costo de lo que nunca fui, es el costo de la oportunidad que me perdí de ser, el que pude ser por ser el que estoy siendo. Hay un costo de oportunidad del que empiezo a ser consciente una vez que hago esta distinción del “ser” y la mente.

La interpretación del “ser” que proponemos en un proceso de coaching abre un abanico de infinitas posibilidades. Sin embargo, nosotros seguimos viviendo cotidianamente como si no supiéramos que en el fondo somos nada, que en el fondo de la materia hay nada. Y seguimos generando guerra y hambre y discriminación, seguimos generando violencia, ansiedad, angustia y estrés, seguimos sobreviviendo de una manera inaceptable en vez de vivir lo que podría ser. Al no ver esta distinción, no estábamos siendo conscientes de la increíble posibilidad que nos estábamos perdiendo. Tener esta conversación del “ser” nos abre a la conciencia de lo que es posible y genera la excitación emocional de descubrir el costo de oportunidad que pagamos por no despertarnos al hecho de que estamos viviendo como chanchos, cuando no lo somos.

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