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Roland Barthes: El Grado Cero y claves teóricas de su obra crítica

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Academic year: 2020

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MARIA

 

ÁNGELES

  

CERVILLA

 

GUALDA

 

           

ROLAND BARTHES: EL GRADO CERO Y CLAVES TEÓRICAS DE SU 

OBRA CRÍTICA   

               

Directores de tesis:  Don Enrique Baena Peña  

      Doña Rosa Romojaro Montero        

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AUTOR: María Ángeles Cervilla Gualda

EDITA: Publicaciones y Divulgación Científica. Universidad de Málaga

Esta obra está sujeta a una licencia Creative Commons:

Reconocimiento - No comercial - SinObraDerivada (cc-by-nc-nd): Http://creativecommons.org/licences/by-nc-nd/3.0/es

Cualquier parte de esta obra se puede reproducir sin autorización pero con el reconocimiento y atribución de los autores.

No se puede hacer uso comercial de la obra y no se puede alterar, transformar o hacer obras derivadas.

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INDICE

PRÓLOGO... 4 

INTRODUCCIÓN Y ESTADO DE LA CUESTIÓN... 8 

NADEAU Y BARTHES HABLAN SOBRE LA LITERATURA... 62 

PARTE I... 66 

ESCRITURA CRÍTICA Y PENSAMIENTO LITERARIO... 66 

CAPÍTULO I: EL GRADO CERO... 67 

La crítica de Jean Piel... 67 

EL CUESTIONAMIENTO DE THIBAUDEAU... 69 

COMENTARIOS DE KELLY, KEK Y POZUELO... 74 

RECEPCIÓN SEGÚN CALVET Y COMPOSICIÓN SEGÚN GIL, ROGER, WISEMAN Y ROBBE- GRILLET ET ALII... 78 

LA BÚSQUEDA SEGÚN BLANCHOT, KEK, BIDENT, MARTY, SAMOYAULT ET ALII. ... 90 

SARTRE Y BARTHES: ENFOQUES DE LAVERS, JAMESON, CULLER, MORIARTY, SONTAG ET ALII... 104 

COMPROMISO Y LIBERTAD EN “EL GRADO CERO”. LA CRÍTICA DE GIORDANO, DUBOIS ET ALII... 124 

MITOS LITERARIOS Y SUEÑOS... 133 

LA SOMBRA DE SAUSSURE... 141 

ESTILO... 150 

ESCRITURA. LA POESIA NO ESCRITURA... 160 

BARTHES Y CAMUS El extranjero... 189 

POLÉMICA CON CAMUS... 196 

CAPITULO II: EL ESTILO... 204 

CAPITULO III LA MUERTE DEL AUTOR... 232 

INTRODUCCIÓN A LA LECTURA Y A LA MUERTE DEL AUTOR... 234 

LA MUERTE DEL AUTOR... 256 

LA LECTURA Y EL SUJETO EN S/Z  Y EN SADE, FOURIER, LOYOLA ET ALIA... 275 

LA LECTURA Y EL SUJETO EN EL PLACER DEL TEXTO ... 292 

HACIA UNA TEORÍA DE LA LECTURA ... 301 

UN RECORRIDO POR LA DESAPARICIÓN DEL SUJETO. POSIBLES INFLUENCIAS SOBRE BARTHES... 310 

LA MUERTE DEL YO... 322 

(5)

CAPÍTULO IV: SUR RACINE Y ANÁLISIS DE CRÍTICA Y VERDAD... 336 

El HOMBRE RACINIANO... 375 

LE SUR RACINE DE ROLAND BARTHES. RENÉ POMMIER... 386 

REACCIONES ANTE SUR RACINE... 397 

CRÍTICA Y VERDAD... 416 

CAPÍTULO V: FUNCIÓN DE LA CRÍTICA LITERARIA... 484 

CAPÍTULO VI: AUTORES Y CLAVES TEÓRICAS: “MICHELET”, “MYTHOLOGIES”, BRECHT y ROBBE- GRILLET... 500 

MICHELET PAR LUI MÊME (1954)... 500 

MYTHOLOGIES... 526 

El TEATRO. BRECHT... 554 

LA NOVELA... 586 

LA NOVELA: ROBBE-GRILLET... 591 

PHILIPPE SOLLERS... 606 

CAPÍTULO VII SOBRE LOS ELEMENTOS DE ANÁLISIS (EL RELATO Y EL DISCURSO) ... 616 

CAPÍTULO VIII: “S/Z”, “SADE, FOURIER, LOYOLA”, “EL PLACER DEL TEXTO”... 632 

S/Z... 632 

“SADE, FOURIER, LOYOLA”... 701 

El PLACER DEL TEXTO... 723 

CONCLUSIONES... 772 

IBLIOGRAFÍA CITADA:... 792 

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PRÓLOGO

Roland Barthes pretendió recabar para la crítica, más o menos inconscientemente,

el mismo prestigio que la obra literaria recibe y, en el mejor de los sueños, hermanarla con

ella. Los medios a su alcance para lograr este objetivo fueron numerosos: desde presentar

en crisis al escritor y a la literatura, pasando en un principio por alto su potencialidad

transformadora de lo social, hasta derrocar la figura del autor y entronizar la figura del

lector de un solo golpe. Pero no hay lugar para un dictamen único en el caso de Barthes,

que incurre en paradojas que exasperan a sus comentaristas, los divierten o escandalizan.

Algunos se esfuerzan en recalcar las aparentes antinomias de Barthes a lo largo de su

trayectoria intelectual para demostrar su impredecibilidad, otros en explicarlas para

desarmar lo que consideran una disfunción para la comprensión de su discurso, pero lo

cierto es que no puede atribuirse al transcurso del tiempo los virajes de su pensamiento. En

contigüidad temporal y material dentro de un ensayo podemos hallar esas paradojas sin

voluntad de refutarse unas a otras. Si, por ejemplo, en una obra de Platón la ficción de la

estructura dialogada y la pluralidad de voces hacen admisible la coexistencia de opiniones

dispares, lo singular aquí es que un solo portavoz represente posturas o proposiciones

enfrentadas en apariencia. No se trata de elegir una opción de la disyuntiva, sino de

aceptarla en su globalidad. Y, a veces, ni siquiera esto último es bastante, como se infiere

de sus palabras en El imperio de los signos: “Todo el Zen sostiene una guerra contra la

prevaricación del sentido. Sabido es que el budismo frustra la vía fatal de cualquier

aserción (o de cualquier negación) al recomendar no ser cogido jamás en las cuatro

proposiciones siguientes: Esto es A-esto no es A-esto es a la vez A y no A- esto no es ni A

ni no-A. Ahora bien, esta cuádruple posibilidad corresponde al paradigma perfecto, tal

como lo ha construido la lingüística estructural: A-no-A-ni A ni no –A (grado cero)- A y

no – A (grado complejo)” (Roland Barthes, 2007, pág. 89)

La Tesis nació del deseo de estudiar principalmente El grado cero y la concepción

barthesiana de la crítica literaria y su objeto: la literatura. También “La muerte del Autor”

se presentaba ante nuestros ojos como un desalambrar la propiedad privada, un atentado

contra la jerarquía que buscaba la hegemonía del régimen asambleístico. No obstante,

cierta crítica coetánea dudó de la fe y autenticidad del marxismo de Barthes, habida cuenta

que en aquél momento declararse marxista era situarse en la entrada de selectos círculos

(8)

Al profundizar en el estudio de la obra de Barthes, se hizo evidente que por lejanos que

pudieran parecer a primera vista unos postulados de otros, existía un mundo subterráneo

que los conectaba a todos y de ahí la necesidad de ampliar el número de estaciones o

capítulos de nuestro trabajo. El devenir del pensamiento barthesiano parece a veces

desubicarse hasta el punto de hacer que nos preguntemos el porqué de sus sucesivas

afiliaciones y desafiliaciones filosóficas, críticas e ideológicas, máxime en un autor que

piensa que todo fue ya escrito, y para lo que solo creemos encontrar respuesta en su

permeabilidad y flexibilidad intelectual. Nuestro crítico frecuentemente olvida que las

etapas de emergencia, esplendor y decadencia de una institución revisten, la mayoría de las

veces, un carácter cíclico, y, así, también las fases de una idea recorren un camino paralelo.

La cultura junto con una de sus representaciones más nobles la literatura ya había

sufrido la puesta en duda de las vanguardias. La sublevación contra el lenguaje, el juicio, al

que se le somete, podría tomarse por uno de los momentos más virulentos en tiempos

culturales de revolución. Barthes lo vivirá más tarde intensamente, al sentir que estaba

constituido precisa y esencialmente de palabras.

Carácter de rebeldía asume su consideración del silencio, heredada de grandes poetas

predecesores, de la que su anhelado grado cero parece en cierto grado partícipe, sin

acompañarla siquiera de una explicación argumentada como si nos hallásemos ante un

acontecimiento y no ante una idea. En El imperio de los signos al explicar la naturaleza del

haikú explicita su pensamiento de manera inteligible, aunque su aclaración de que la

brevedad del haikú no es formal no nos permite considerar que ahora ofrezca la “llave

maestra” para abrir los pasajes que quedaron oscuros en El grado cero: “La brevedad del

haikú no es formal; el haikú no es un pensamiento rico reducido a una forma breve, sino un

acontecimiento breve que encuentra de golpe su forma justa. La medida del lenguaje es lo

más impropio para Occidente; no es cuestión de que se haga demasiado largo o demasiado

corto, sino que toda su retórica le obliga a desproporcionar el significante y el significado,

ya sea “diluyendo” al segundo bajo las olas habladoras del primero, ya sea

“profundizando” la forma hacia las regiones implícitas del contenido.” (Barthes, 2007, pág.

92)

Hemos intentado ofrecer el estado de la cuestión desde la óptica más objetiva posible,

registrar el mayor número de voces, tanto anteriores como recientes, que se han

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nuestra traducción propia, pues lamentablemente libros señeros en el estudio de Barthes no

han sido traducidos ni al español ni al francés. Si bien encontramos obras colectivas

dedicadas a Barthes en varios países, constatamos que críticos excelentes no se han hecho

eco de aportaciones interesantes, tal vez, a consecuencia de la falta de reconocimiento

mutuo debida a cierta endogamia en las críticas nacionales y al silencio nacido del recelo

entre los seguidores de Barthes, a veces incondicionales, y los no seguidores que, por

supuesto, han estudiado a Barthes tan concienzudamente como los primeros. Así la obra de

René Pommier, a nuestro juicio, ha sido injustamente objeto de desprecio por críticos más

barthesianos que el propio Barthes.

Por nuestra parte, aunque desarrollamos cómo la crítica española ha analizado la figura

de Barthes de manera bastante precisa y brillante, también hemos prestado especial

atención a la crítica internacional que no estaba traducida al español procurando no obviar

a críticos, como Sirvent, que han consagrado varias monografías a Barthes.

En cuanto a la estructura hemos vertebrado la Tesis en dos partes. La parte primera

titulada “Escritura crítica y pensamiento literario” que englobaría los capítulos: I: “El

grado cero”, II: “El estilo de Barthes”, III: “La muerte del autor” y IV: Sur Racine y

Crítica y verdad. Una segunda parte titulada “Claves teóricas y elementos de análisis”, que

comprendería los capítulos: V: “Teoría y función de la crítica literaria”, VI: “Autores y

claves teóricas”: Michelet, Mythologies, Brecht y la novela: Robbe-Grillet, VII: “Sobre los

elementos de análisis (el relato y el discurso)”, VIII: S/Z, Sade, Fourier, Loyola y El placer

del texto. Entre todas estas obras se pueden trazar flechas conectoras por disímiles que

parezcan los temas. Es más, los temas que más nos interesan afloran, de vez en cuando,

inesperadamente en ellas.

Importa añadir que Roland Barthes, espejo reflector de una época, dio forma a una

ferviente originalidad, pero es evidente que tuvo sus fuentes y esas mismas fuentes se

beneficiaron con su actividad propagandística y el prestigio crítico que asumió el autor en

los círculos intelectuales de aquel momento. Barthes también, y en este sentido, trabajó a

modo de un galerista o “marchand” extraordinario que ensalza de manera inigualable el

valor de las obras que exhibía, cumpliendo en ello fielmente la función de crítico literario.

Por último, queremos manifestar nuestro agradecimiento al apoyo y maestría con que los

profesores Rosa Romojaro y Enrique Baena han dirigido esta Tesis Doctoral, brindándome

(10)

de Teoría de la literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Málaga, y a través

(11)

INTRODUCCIÓN Y ESTADO DE LA CUESTIÓN

Es manifiesto que el radio de la crítica barthesiana apunta mucho más lejos que a la

evaluación de una obra concreta, género o corriente literaria y que arrastra el lastre de que

Barthes, a veces, se dejaba dominar por su oratoria de preciosismo exagerado en lugar de

dominar a ésta. Entendemos que se presenta como una reflexión del fenómeno de la

literatura, planteado en algunas ocasiones por medio del análisis de obras concretas y en

otras de modo directo con planteamientos más formales. Aunque prestó respaldo a

determinadas corrientes innovadoras (a las que prestaremos cierta atención) gracias a su

posición señera en el panorama intelectual, su discurso indagó más en aspectos como la

génesis de la obra (autoría, papel del lector), la interacción de ésta con la sociedad y el

individuo, al tiempo que constituyó una pugna de victoria variable con la tradición

literaria. Por ello nos detendremos en aspectos tan diversos como la polémica que le

enfrentó a un sector de la crítica, sus principales aportaciones teóricas, su concepción

metodológica, la consideración del autor y de la lectura, su relación huidiza con

determinadas corrientes críticas a lo largo del tiempo. En primer lugar comenzaremos por

exponer en términos generales su concepción de la literatura y la de su temido y amado

lenguaje. Aunque son muchas las obras que se han publicado de Barthes y la mayoría hace

alusión a su concepción de la literatura, trataremos de dar cuenta de las más reconocidas y

de aquellas que sin estar avaladas por la publicación o por una amplia difusión nos han

parecido enriquecedoras. Incluso aquellas obras que han sido menospreciadas por

parafrasear a Barthes, a veces, nos han parecido preciosas, cada una en diverso grado,

porque nos han hecho recapacitar con la reiteración en un hecho que atrajo ya la atención

de Barthes y que en nuestras palabras expresaríamos así: lo que se presenta como obvio

corre el riesgo de no ser analizado y pasar desapercibido. También acotamos el campo de

investigación a las obras que consideramos capitales en este sentido o que, al menos, dejan

más patente su pensamiento crítico.

A Thody le parece interesante especular por qué es tan agresivo hacia libros y

escritores que no aprecia. Se cuestiona si tal vez sea parte de la búsqueda un Layo

identificable al que poder matar, cuestión que todos los huérfanos Edipos deben

sobrellevar. También especula si se trata de otro síntoma de la sed de poder que inspira a

los intelectuales de izquierdas y que encuentra su satisfacción imponiendo normas

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o si es meramente una obra de exageración retórica, algo dicho para atraer la atención, pero

no para tomar en serio. Thody, que considera que la sociedad francesa es especialmente

opresiva con sus intelectuales, alude a un artículo de Barthes, publicado en el Times

Literary Supplement, consagrado en 1971 al problema y naturaleza de la crítica literaria, en

el que Barthes alegaba que la burguesía tal como Marx la definió, la clase de terratenientes,

patronos, ejecutivos había sido desalojada del poder no por el proletariado o por la baja

clase media sino por el Estado. (Thody, 1977, págs. 35 y 36)

Según Thody, la propia réplica de Barthes a cualquiera que atrajese su atención

hacia la intolerante naturaleza de algunos de sus pronunciamientos literarios podría sin

duda correr paralela a la apología sartreana de la violencia revolucionaria. Sartre mantiene

que toda violencia procedente de los oprimidos es solamente una contra-violencia

provocada por la violencia constantemente ejercida contra ellos por la verdadera estructura

de la sociedad burguesa imperialista, y Barthes podría argumentar que su intolerancia hacia

el teatro comercial es solamente una legítima respuesta a la intolerancia que el teatro

comercial puede mostrar respecto a la vanguardia. (Thody, 1977, pág. 36)

La idea de la literatura como mímesis recorre un largo camino en el pensamiento

estético europeo y fue central en el concepto de la novela en el siglo XIX francés. Uno de

los méritos de Barthes como pensador literario, a juicio de Thody, reside en su

cuestionamiento de este axioma. Barthes sugiere, escribe el crítico, que nosotros no

deberíamos pensar en la literatura como mímesis sino como semiosis, para verla no como

la imitación de la realidad sino como la invención de nuevos modelos por medio de signos.

Thody constata que Barthes no es el único en cuestionarse por qué un cambio en nuestra

manera tradicional de pensar es necesario, si queremos comprender el aspecto central de la

condición humana como la narración de historias o la comprensión de historias y cita a

escritores como Malcolm Bradbury que formuló las preocupaciones de Barthes mejor que

éste mismo al escribir que las novelas cuentan o relatan algo; algo que ellas inventan y que

ésta sería la mayor paradoja de la novela. En el teatro Thody distingue escritores como

Anouilh y Genet que han insistido en que sus obras no deben ser vistas sino como

artefactos existiendo por derecho propio. Añade que novelistas como Robbe-Grillet y

Philippe Sollers han explicado en teoría y mostrado en la práctica que la ficción puede ser

tan poco representacional como la más abstracta de las artes visuales. Barthes, a su parecer,

destaca de esos otros escritores en dos sentidos: es un pensador más sistemático, un

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marxismo y el existencialismo y un crítico que contribuyó al crecimiento de la semiología

como una disciplina intelectual. (Thody, 1977, p. 98)

Encuadraremos nuestras observaciones con una exposición del análisis de la evolución

de la noción de literatura de la mano de críticos tan destacados como Vincent Jouve,

Annette Lavers, Bittner Wiseman, Ángeles Sirvent, Philippe Roger, Jean-Louis Calvet,

Jameson y Thody, entre otros, y nos detendremos en aquellos artículos dedicados

específicamente a la noción de la literatura.

Las especulaciones de Barthes forman parte del continuo proceso de intentar definir lo

que la literatura es. Barthes repara que esta cuestión ha sido una preocupación central de

los escritores franceses desde la segunda mitad del siglo XIX. Los simbolistas, ejemplifica

Thody, preferían distinguir entre poesía y prosa. La última, según mantenían, era

funcional. No tenía existencia autónoma y perecía en el momento en el que el mensaje

transmitido había sido comunicado al lector. La poesía, por el contraste, existía como una

entidad independiente que sobrevivía y transcendía cualquier idea o información que

pudiera comunicar, y la distinción pareció a Jean- Paul Sartre suficientemente válida,

afirma Thody, para formar la base de gran parte de su razonamiento en Qu´est-ce que la

littérature? en 1947. Barthes conduce la visión de la literatura como una actividad

autosuficiente incluso más lejos. Para aquél, escribe Thody, libros o artículos con un

contenido informativo cesan de ser literatura. Ella, en contraste, es paradójicamente

definida como lo que no es. Barthes expresa la distinción lingüísticamente usando el

nombre “écrivant” para designar alguien que usa palabras para comunicar información o

ideas, mientras intenta reservar el término “écrivain” para aquellos que persiguen lo que él

considera como la genuina y específica actividad de la literatura: usar palabras por su

propio bien. (Thody, 1977, pág. 95)

Nos parece muy digno de interés el trabajo de Vincent Jouve sobre la concepción de la

literatura en Barthes, ya que aborda todas las modificaciones que fue sufriendo la noción y

no descuida la relación de la valoración de la literatura con el ejercicio de la labor crítica.

La obra de Vincent Jouve La littérature selon Barthes es breve pero conceptualmente muy

densa y nos acerca también a las principales obras de Barthes a través del hilo conductor de

la noción de literatura. Exposición que completaremos con las reflexiones de los críticos

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Jouve primero constata en el capítulo “La formulation du problème: sociologie ou

anthropologie?” que en los primeros escritos Barthes opta resueltamente por un ser

histórico de la literatura; denuncia en Mitologías el “mito de la intemporalidad”, que yace

en todo recurso a una “cultura eterna”. A su juicio, la esfera de lo literario en El grado cero

de la escritura muestra un estricto determinismo cultural: los signos de la literatura, por

una parte y las modalidades de la recepción de la obra, por otra, están en relación directa

con la Historia. El escritor no tiene elección: está obligado a significar el arte en su manera

de escribir. La forma literaria, obligada a someterse al gusto de un público, está siempre

marcada socialmente. La literatura, en este sentido, no existe fuera de la relación que

enlaza al escritor con la sociedad. Es porque esa relación evoluciona, por lo que el lenguaje

literario evoluciona. (Vincent Jouve, pág. 16, 1986). Esta concepción surgiría en cierta

medida de la influencia conjugada de Sartre y de Brecht. La idea de que, a diferencia de

Sartre, la literatura no es comunicación sino lenguaje y que la literatura es ante todo una

actividad formal es la idea faro, sostiene Jouve, de la reflexión barthesiana que ya está

presente en El grado cero, y permanecerá hasta los últimos escritos del crítico- ensayista.

(Vincent Jouve, 1986, p. 17)

Lavers observa que el primer instinto de Barthes ante la problemática de escribir y de la

sociedad es acentuar la ruptura más que la continuidad o posibles articulaciones, a

diferencia de poetas como Mallarmé, cuya apreciación de la pluralidad refleja más

optimismo sobre una posible armonía. Mientras que para Barthes solo existe la política de

la tierra quemada. No obstante, reconoce Lavers, Barthes, a pesar de su pesimismo social,

es un explorador. La primera parte de su carrera muestra su talento en explicar lo mejor de

la investigación moderna en las ciencias humanas y en la práctica literaria. Lavers extrae

de El grado Cero algunas soluciones que forman una jerarquía que Barthes nunca alteró

realmente, a pesar de que su drástico examen en Ensayos Críticos relegara algunos de sus

componentes a la clandestinidad, de las cuales dos son definitivamente malas. El modo

tradicional del clasicismo no puede ser usado porque no está ajustado a las modernas

realidades. Incluso peor, el populista es un insincero compromiso, inclinado hacia la

tradición, pero haciendo gestos hacia el habla coloquial. Los otros dos modos de escritura,

el grado cero y la poesía, son, por decirlo así, nobles pero equivocados, “recuperados sin

dificultad por una sociedad alienada”. La apuesta por la inocencia representada por el

grado cero era lo suficientemente importante en el primer libro de Barthes para darle su

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escritura sin color era demasiado querido para Barthes como para abandonarlo

completamente y de ahí su permanencia en el horizonte de su obra como una clase de

utopía del lenguaje. (Lavers, 1982, págs. 84 y 85) En cuanto a la poesía, que, en El grado

cero, podía escapar a consideraciones éticas, porque nace de la violencia hecha al lenguaje

social, se torna en “El mito de hoy” tan ineficaz como el grado cero. Intentando alcanzar lo

natural, no el significado social de las cosas, el lenguaje poético es una presa ideal para el

mito que lo usa para significar “poesía misma”. No obstante, Lavers advierte que en esta

obra de nuevo la poesía concebida como un realismo ontológico, esto es, como un medio

de alcanzar la realidad por sí misma, es una solución tan tentadora para Barthes que es solo

sumergida, y hace un triunfante regreso en sus últimas obras.

La autora subraya la vía mencionada por Barthes en la introducción a El grado cero

donde Barthes identificando la significancia de la escritura sin color la empareja con el

modo conversacional y, al final, es una de las dos soluciones que resultan viables. Remarca

también que el primer autor en dar con esta solución fue Céline, que impresionó a Sartre

profundamente y probablemente le sugirió el estilo de las conversaciones en Los caminos

hacia la libertad, obra que Barthes tenía en mente en el capítulo de El grado cero y cuyo

mejor exponente moderno es Raymond Queneau.

Considera que esta opción se vio determinada por la oportunidad de encontrar un apoyo

en el nuevo humanismo del existencialismo, que había al final integrado la historia en

lugar del ser basado en esencialismo de clase. Al mismo tiempo el escritor podría llegar a

ser el deseado miembro del movimiento humanista que, en los tempranos artículos de

Sartre en Les Temps modernes, había explícitamente solicitado la cooperación de la

literatura. De ahí la solución del habla. El habla expresa libertad por su forma y unión con

la comunidad por su contenido (Lavers, Annette, 1982, pág. 86)

Este habla, continúa Lavers, desaparece rápidamente de los textos de Barthes sobre

literatura y es reemplazada por la última solución, que podría ser llamada la de la máscara.

Éste es el modo de escritura descrito principalmente en términos de la práctica de Flaubert

y está totalmente desconectado de los dos oficialmente favoritos, el habla o el grado cero.

La autora considera esto muy importante porque mostraría que, desde el comienzo, Barthes

tenía en mente, además del grado cero utópico, dos serias soluciones rivales al problema de

la escritura. El contrapunto entre ellas es, a menudo, responsable de lo que aparece como

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que, a juicio de Lavers, no es adoptada por Barthes en un futuro, por ser insatisfactoria en

tanto que garantiza una ética- salvación solo a un especializado tipo de trabajo, limitado

por su verdadero proyecto, que es el de transcender los límites de una literatura

inconsciente. (Lavers,1982, pág. 87)

Lavers piensa que, aunque las soluciones al problema de escritura e historia preocupan

al escritor en general, Barthes está claramente hablando en su propio nombre. También

señala cómo en la galería de tipos literarios descritos en El grado cero hay uno que ocupa

una verdadera posición deprimida: el intelectual, que aparece simplemente como el

practicante de un subtipo de escritura política. Además, está dirigido a la historia y

aterrorizado por lo que él cree ser la mejor adecuada respuesta a ello: la acción o, al menos,

la clase de escritura política axiológica que esclarezca y juzgue de un golpe. (Lavers, 1982,

pág. 87)

Jouve indica que es precisamente en la época en la que compone El grado cero cuando

Barthes lee los Escritos sobre el teatro. Lo que le seduciría en la apología brechtiana del

“teatro épico” sería la correlación establecida entre la transformación de la sociedad y la

evolución del arte. La idea principal, a juicio del autor, que Barthes retiene de la obra de

Brecht es que no hay esencia del arte eterna como hace constar en Ensayos críticos (Jouve,

1986, Paris, pág. 17)

Jameson observa que Barthes había desarrollado una teoría en El grado cero para

explicar el fenómeno de la doble funcionalidad. La literatura, como actividad

convencionalizada- como lo que posteriormente iba llamar “institucionalización de la

subjetividad”- es el prototipo mismo de esas ambiguas sustancias con función doble que

tienen un significado y al mismo tiempo llevan una etiqueta. La literatura-explica

Jameson-por la complejidad de su estructura es una construcción elevada a una potencia mayor que

la transparencia del objeto normal del estudio lingüístico: en ella la relación ordinaria

significante/significado se complica mediante otro tipo más de significación que se refiere

a la naturaleza del propio código. De modo, que cada obra literaria, independientemente de

su contenido determinado, significa también la literatura en general. En la novela del siglo

XIX, el passé simple y la tercera persona narrativa son los dos signos cuya función es

avisarnos de que estamos ante la narración literaria oficial; y esas marcas peculiares o

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lingüísticas en un periodo dado de la historia del lenguaje (que de algún modo están “a este

lado de la literatura”), así como del estilo. (Jameson, 1980, pág. 156)

Así que la historia de esos “signos” literarios-prosigue Jameson- permitiría la

posibilidad de un modo histórico de examinar la literatura radicalmente diferente de la

historia del lenguaje, por un lado, o de la evolución de los estilos, por otro. Antes bien,

constituiría una especie de historia de la propia institución literaria, en la medida en que el

“signo” literario revela la distancia obligatoria que se da en un período determinado entre

el lector y el producto literario y también entre el escritor y el producto. (Jameson, 1980,

p. 157)

Jouve aprecia una modulación de la idea de que no hay esencia eterna de la literatura en

el transcurso de los años sesenta en los que comienza a postular la idea de que es posible

desvelar ciertas características ontológicas de la literatura independientemente de su

realidad histórica (Jouve, 1986, pág. 17). No obstante, matiza el autor, desde El grado

cero, aunque estuviera centrado sobre el análisis histórico de la literatura, también

aparecía la tentación de extraer una forma atemporal de lo literario, si bien bajo la forma de

un ideal a conseguir: el de la escritura blanca” (Jouve, 1986, pág. 20). Sin llegar a asumir

plenamente su búsqueda de un modelo atemporal por estar la obra demasiado marcada por

el análisis sartreano, es decir marxista, del hecho literario. (Jouve, 1986, pág. 21).

En “History or literatura?” Lavers arguye que la nueva aproximación de Barthes a la

escritura sobre literatura suprime lo individual, al autor, precisamente como la historia

moderna reemplazó las crónicas reales. Pero, excluido desde el punto de vista de la

institución del lenguaje, lo individual regresa desde otro ángulo. Aserto que refrenda con

una cita de Barthes: “Es virtualmente imposible abordar la creación literaria sin postular la

existencia de una relación entre la obra y algo además de la obra”. Durante largo tiempo,

apostilla Lavers, esta relación fue considerada causal: de ahí la expresión de fuentes,

génesis, reflexión, etc. Esta representación de la relación creativa ahora parece demasiado

simple. De ahí la necesidad de pasar de la noción de obra como producto a la noción de

obra como signo. Si bien Barthes, admite Lavers, aborda en su artículo la cuestión de cómo

transponer las unidades del plano de la expresión y del plano del contenido, nunca

menciona la palabra en conexión con el referente. No obstante, el problema dominaba en

gran medida en su artículo no sólo porque el eslabón entre texto y referente era la principal

(18)

entre significado y referente no resuelve enteramente la cuestión de la “responsabilidad de

las formas”. Barthes, según Lavers, intenta demostrarlo. Lavers atribuye el carácter utópico

de la distinción de poética y crítica en Crítica y verdad a la dificultad implícita en

diferenciar significado y referente. Bajo esta idea, el crítico que se proyecta a sí mismo en

su interpretación, como Barthes recomienda, no puede verlo desde el exterior y anunciarlo

más de lo que un paciente del psicoanálisis enredado en la transferencia. Aquí Lavers ve

una apuesta por la verdad al igual que en el temprano artículo de Barthes. (Lavers, 1982,

pág. 96)

Lavers menciona que Barthes desde el comienzo en El grado cero había postulado un

enlace entre formas y estructuras, aunque no lo había concebido como estrechamente

determinante. En “¿Historia o Literatura?” Barthes afirmaría la futilidad y la artificialidad

de los intentos de relacionar arte con historia o mecánicamente a través de una

coincidencia cronológica, o mediante la analogía entre causa y efecto. Lavers destaca que

aquí Barthes refrenda la crítica del positivismo realizada por Bloch y Mannheim. La

noción leninista de conciencia como mero reflejo del mundo externo tampoco le parecería

satisfactoria a Barthes, como es visible en El grado cero, donde las prácticas burguesas y

las ortodoxas marxistas son desestimadas en el mismo gesto. Incluso las obras de Lucien

Goldmann y Charles Mauron, refiere Lavers, que en un principio habían impresionado a

Barthes por su mayor profundidad le resultarían insatisfactorias puesto que el vínculo entre

significante y significado no era suficientemente meditado y permanecía en el plano

analógico. (Lavers, 1982, pág. 97)

Lavers también considera la nueva concepción de la literatura subyacente en la obra Sur

Racine. Estima que Barthes, en su pionero ensayo “El hombre raciniano” intenta trazar

todo aquello que encontró más excitante en la antropología, mitología o lingüística

contemporánea. El efecto ligeramente caótico producido por tal acumulación de

aportaciones es compensado, a juicio de Lavers, por la lectura de Barthes de las obras, que

claramente favorece los caracteres que, sean o no el foco de la atención crítica, eran vistos

por Barthes como los campeones de la emancipación contra el aplastante peso de la ley- a

menudo encarnado en mujeres castradoras: Pirro en Andrómaca, Nerón en Britannicus o

Tito en Bérénice. A parte del indudable sesgo psicológico, esta imagen tiene una

trascendencia teórica también: la defensa de la infidelidad como una condición de la

libertad prefigura la reacción de Barthes contra cualquier clase de determinante para la

(19)

Simultáneamente embarcado en un estudio sobre la moda, Barthes llega a ver en ella la

perfecta metáfora para la literatura; sin duda la esencia de la moda es la “infidelidad”

(Lavers, 1982, pág. 97)

Jouve, por su parte, destaca, como principal aportación de Barthes, la presentación de la

dimensión histórica como compatible con la visión ontológica de la literatura. El autor

señala la pervivencia de esta concepción incluso en la época del estructuralismo triunfante.

(Jouve, 1986, pág. 25). Además, considera que la inmersión de la obra en la Historia se

presta a despistar al lector del Sur Racine y otros escritos estructuralistas y que, para

resolver la antinomia de la esencia y de la historia, Barthes recurre a Saussure. La

aplicación al campo de la literatura de la distinción entre “lengua” y “habla” permitiría la

distinción de dos niveles muy diferentes: el conjunto de las reglas del lenguaje literario de

una parte y el de las realizaciones particulares “idiolectales”, de estas reglas por otra parte.

Pues si el primer dominio es el objeto privilegiado de la semiología, el segundo dependería

del análisis sociológico. (Jouve, 1986, págs. 26-27). El ser de la literatura solo puede

residir en un mecanismo formal muy general. Así, añade Jouve, la intemporalidad de la

obra se situaría al nivel del significante. El sentido, demasiado marcado por el contexto

particular que lo ha producido, se disgrega inevitablemente bajo el tiempo. El autor

considera que la idea de la forma explica que se pueda, más allá de la Historia,

experimentar placer con la lectura de los textos impregnados de una ideología carente de

interés y situar a Barthes en la corriente de Valéry, e incluso más generalmente en el seno

de la tradición romántica: la literatura actividad intransitiva, no está hecha de ideas, sino de

lenguaje (Jouve, 1986, pág. 28, que nos remite a Todorov con su obra Critique de la

critique (Todorov, 1984, págs., 11-15)

Jameson, por su parte, sostiene que el valor de la concepción de “la escritura blanca”

puede apreciarse en contraste con su carácter especulativo, pues en la época en que Barthes

escribía todavía no existían ejemplos de “escritura blanca” como tal. Su ejemplo

contemporáneo principal, El extranjero de Camus, ha llegado a parecernos –opina

Jameson- estilizado y retórico, el tipo mismo de escritura cargada de signos. El crítico

aclara que este juicio sólo sirve para confirmar la intuición por parte de Barthes de la

imposibilidad de la literatura: pues la escritura no puede quedarse blanca, lo que empezó

siendo una ausencia de manera va convirtiéndose poco a poco en un manierismo. Desde

(20)

convincente de la eliminación de signos, por lo menos en la medida en que su obra está

basada en la desaparición del sujeto. (Jameson, 1980, p. 160)

Ese cambio- mantiene Jameson- en las posturas generales de Barthes puede identificarse

por una substitución (aunque no un rechazo) de esa limitada teoría del signo literario por

otra más compleja derivada de la distinción de Hjemslev entre “connotación” y

“metalenguaje”. En esos dos fenómenos lingüísticos, intervienen dos sistemas de signos

distintos, que de algún modo están en relación mutua. Pero un metalenguaje toma la otra

lengua por objeto, y funciona como un significante para la otra lengua, que es, así, su

significado. Así, el comentario de Barthes es metalenguaje en el sentido de que abstrae la

estructura de otro lenguaje más primario, como el de Michelet o el de Racine, y lo vuelve

disponible en una nueva forma diferente. (Jameson, 1980, p. 161)

Lavers opina que el prefacio a Ensayos críticos, que ha desconcertado a muchos críticos

franceses, es, a menudo, devaluado como un pretencioso sinsentido. De hecho, manifiesta

la autora, su enrevesado argumento es simplemente una fiel transcripción de la situación

difícil del escritor tal como Barthes la ve: si la esencia del escritor, simbolizada por su

habilidad para objetivarse a sí mismo en la tercera persona, es su habilidad para hablar

intransitivamente, entonces el crítico que desdeña o es incapaz de ponerse a sí mismo en la

misma posición, de cambiar el “Yo” en un signo es condenado a la inmediatez de

pronunciamientos en su propio nombre. Él solo puede manifestar su verdadera naturaleza

como escritor considerando esta condición como la mediación que constituye al escritor.

(Lavers, 1982, p. 88)

Analizando Ensayos Críticos Lavers observa que comportan una nueva doctrina de la

literatura que Barthes mantendría hasta el fin de su vida. La autora sitúa el viraje en los

años 1959-60. A su juicio, el proceso parece empezar con el prefacio de Barthes a La

bruja, su obra favorita de Michelet, y sería seguida por tres artículos cruciales, sobre Zazie

de Queneau, sobre el novelista Yves Velan y Kafka. El primero abre una general

interrogación sobre la posibilidad de un arma discursiva. El segundo es uno de los pocos

textos donde Barthes, que define al crítico como afectado por la afasia hacia la palabra

“Yo”, habla en primera persona. Y puede hacerlo porque la novela de Velan- precisamente

titulada Yo–tanto expresa una subjetividad que parece desgarrada por muchos de los

conflictos también encontrados en R. Barthes por R. Barthes como sugiere una solución

(21)

“Respuesta de Kafka”, que, como su título sugiere, es también una solución a la crisis de

Barthes. La visión sobre Queneau en Ensayos críticos es radicalmente diferente de la

mostrada en El grado cero, que parecía ofrecer un medio de salvar el vacío entre escritor y

sociedad a través del uso del habla diaria. Ahora, por el contrario, destaca Lavers, lo que se

considera notable es el control de Queneau de la gran tradición de la literatura francesa que

le permite burlarse de ella a cada nivel. Queneau logra esto sin mostrar su ironía, por un

juego dentro del lenguaje mismo, un movimiento que es profundamente contrario a la clara

conciencia del clasicismo. Aquél, sin permanecer fuera de lo que critica, no está

comprometido, sino conscientemente puesto en compromiso. Lavers reconoce que es

difícil adivinar por qué Barthes sintió que las admoniciones eran un signo de mala fe, pero,

al conjeturar Barthes que Queneau, psicoanalizando la literatura, se había psicoanalizado

también y purgado de una más bien terrible Imago de la literatura, es fácil creer que

Barthes estaba también realizando un psicoanálisis sobre sí mismo. (Lavers, 1982, págs.,

91 y 92).

Volviendo a las reflexiones de Jouve hay que destacar que también señala la deuda de

Barthes con Jakobson del que toma prestada la idea de la literatura como práctica reflexiva,

centrada en la combinación de significantes. La definición de la función poética del

lenguaje como objetivo del lenguaje permitiría aprender la literatura como palabra de lo

intransitivo inevitablemente consagrada a la ambigüedad de los contenidos. Finalmente

Jouve recalca que el análisis barthesiano de Zazie dans le métro muestra como cada suceso

del relato de Queneau confirma de manera notable la definición de la literatura como

sistema de posición/ decepción de sentido. (Jouve, 1986, pág. 30)

En “Y a–t-il un signifiant littéraire?” Jouve recuerda las palabras de Barthes en Ensayos

críticos respecto al estatuto de la literatura: “Hay un estatuto particular de la literatura que

depende de esto, de que ella está hecha con el lenguaje, es decir, con una materia que es ya

significante en el momento en que la literatura se apodera de ella…” (E.C, 263, Éditions du

Seuil, collection “Points”, 1981 citada por Jouve, 1986, pág. 31). El problema, sintetiza

Jouve, para la literatura es hacer un lenguaje de las condiciones mismas del lenguaje,

concepción que considera vinculada al pensamiento de Mallarmé (Ibíd. pág. 31)

En el apartado “We are all part of Robbe- Grillet” Lavers sostiene que Barthes no

pensó en responder explícitamente a la cuestión de qué es la literatura hasta después de la

(22)

autora, por la existencia de dos soluciones paralelas al problema de escritura y sociedad, el

del habla y el de la máscara; su nueva doctrina no era enteramente nueva, pero podría

parecerlo porque, ahora, era postulada unilateralmente. Hasta entonces, Barthes había

creído igualmente en lo que Blanchot llamaba “los dos mitos del escritor”, el de Orfeo y el

de Prometeo, que podrían ser representados por Blanchot mismo y por Sartre. Quizás,

apunta Lavers, Barthes podía ahora preguntarse la edípica, la trágica cuestión de ¿quién

soy yo? En relación a sí mismo y a la literatura por una general desilusión debida al

aburguesamiento del proletariado. La autora considera que la llegada de una nueva

publicación titulada Tel Quel en 1960 probablemente también animó a Barthes, siempre

dependiente de la existencia de un destinatario identificable para su discurso, al ofrecer una

alternativa a los periódicos comprometidos. Todo esto da un nuevo significado al mito de

Orfeo que impregnaba El grado cero. La idea, entonces, había sido escribir sin

“Literatura”; ahora el problema se había tornado en garantizar la existencia de literatura sin

atarla a un contenido tópico, sin embargo apremiante. (Lavers, 1982, pág. 92)

Lavers manifiesta que la solución tanto para la urgencia de escribir como para los

problemas éticos implicados es confirmada en el artículo sobre Kafka que, además, integra

al lector en la vida de la obra. “La obra de Kafka se presta a todo el mundo pero no

responde a nadie”. El “significado” de su obra no es el kafkaismo, es decir, la suma de sus

temas; es su técnica. Lavers subraya que la Literatura aquí es concebida como medio sin

causa o fin, y que, por primera vez, Barthes usa palabras e imágenes que permanecerán con

él hasta el fin: la de “el escritor como un artesano que podría fabricar con toda seriedad un

complicado objeto sin conocer el modelo ni el propósito, como el homeostato de Ashby en

el que la búsqueda de un significado sólo puede ser decepcionada”. Lavers expone que en

estas tempranas formulaciones en Ensayos Críticos Barthes estaba constantemente ansioso

por mostrar que la literatura no está separada del mundo, incluso si sus conexiones existen

en modos que varían hasta el punto de la contradicción. Algunas veces, el lector interroga

al mundo por medio de la literatura; algunas veces, la literatura hace esto, y, en otras, es el

mundo el que interroga. La autora ve un deslizamiento hacia la creciente depreciación del

contenido en la idea de conectar las formas, además de los contenidos. Era como si la

conciencia del lenguaje como práctica llegara a envolver la reducción de toda la praxis a la

forma. (Lavers, 1982, pág. 93)

Al parecer de Lavers, la complicada expresión de la doctrina de Barthes sobre las

(23)

aunque le parece difícil imaginar que la dividida mente de Barthes no encontrase esas

ambigüedades bienvenidas. Lo que los griegos percibieron en la naturaleza era un inmenso

escalofrío de significado, al que dieron el nombre de Pan. Esta imagen, recalca Lavers, es a

menudo tomada por Barthes para transmitir significancia, que es todavía difusa, no

reducible a un sentido o incluso al sentido sino que es simplemente algún sentido. Barthes

comprendería que la exención del significado es sólo una piedra filosofal, una utopía

intelectual, otra versión del grado cero. Pues la obra necesita algún sentido, precisamente,

como necesita alguna trama, incluso si solo es para perpetrar su propia destrucción.

(Lavers, 1982, pág. 93)

Lavers cita la publicación del libro de Bruce Morrissette sobre Robbe-Grillet como un

factor de refuerzo del sentimiento de Barthes del fundamental carácter elusivo de las obras

literarias. Así, nos dice que el descubrimiento del complejo de Edipo, que Barthes había

equiparado con la ficción, ahora revelado en el corazón de la obra de su arquetípico

anti-novelista, reforzó las conclusiones de Barthes en lo referente a la multiplicidad de

interpretaciones de Racine y jugó un papel en la formulación final de su doctrina. La

posición de Barthes estaría epitomizada por su memorable frase en su artículo sobre el

libro de Morrissette: “todos somos partes de Robbe-Grillet”. La nueva doctrina de Barthes

sobre la literatura ahora parecía “ultra-estable” puesto que podía sobrellevar los dos

principales problemas que habían cargado su temprana obra: permitía, por fin, una solución

a la acuciante cuestión del compromiso y permitía la integración del lector/crítico tanto en

ciclo vital de la obra como en el proceso creativo. (Lavers, 1982, pág. 94)

Lavers revisa la serie de imágenes a través de las cuales Barthes pretende transmitir su

nueva doctrina, presentes en su mayor parte en Ensayos Críticos. La definición de la

literatura es una clase de “ostinato” recorriendo el libro. Orfeo, al que Lavers denomina el

santo patrón de El grado cero, está igualmente omnipresente en los Ensayos críticos, como

Mallarmé y también Proust que realizó su trabajo a partir de su preparación para escribir.

De nuevo, subraya la autora, desarrollando las ideas contenidas en el mito de Orfeo, el

escritor es visto como Moisés, pero un Moisés que no puede ver la Tierra Prometida o

Erifile, el único carácter inventado por Racine y el único trágico en su obra Ifigenia, que

Barthes representaría en términos marxistas, “Erifile es nada, Ifigenia tiene todo”. Como

una troyana llevada lejos por Aquiles (en un modo que recuerda las doloridas

descripciones de la Pasión de la literatura en El grado cero) Erifile pregunta la edípica

(24)

Orfeo se gira para contemplarla, como el escultor Sarrasine en S/Z, muere cuando al final

conoce la respuesta. Lavers lee el simbolismo de esta concepción de la literatura en los

siguientes términos: hay un significado, pero la literatura muere si ese significado es

establecido explícitamente. (Lavers, 1982, pág. 94)

Lavers también considera significativa la comparación del escritor con La Bruja de

Michelet y con el doctor brujo visto por Lévi- Strauss y concluye que estructuralmente este

papel no es diferente de la vacuna que Barthes había acusado al mundo Burgués de

inocularse él mismo contra dialectos, historia e innovación. Es esta comprensión, prosigue

Lavers, la que prepara la caracterización de la literatura como una actividad

fundamentalmente irrealista y conservadora. Las entidades a las que Barthes compara la

literatura son similarmente ambiguas, oscilando entre una infinidad de significados y una

combinación de una serie limitada de elementos: el homeostato de Ashby, la moda y el

bajel Argo. Después de ampliar esta cita con otros ejemplos menos recurrentes en la obra

barthesiana, Lavers juzga que Barthes ha encontrado una respuesta a la cuestión, pero una

que, conforme al estructuralismo, es la opuesta del hombre: el lenguaje. Lo que restaría es

la cuestión de un conveniente discurso para hablar acerca de la literatura. Ya no sería

bastante decir que existe una responsabilidad de las formas; el eslabón entre esas formas y

la sociedad a la cual ellas responden debería ser reflexionado. Lavers completa esta

presentación con un reexamen del ensayo “¿Historia o Literatura?”, que Barthes incluyó en

Sobre Racine. (Lavers, 1982, pág. 95).

Un artículo que ha llamado particularmente la atención de la crítica en Ensayos críticos

es “Écrivains” y “Écrivants” (1960, Arguments), que reaparecerá en este estudio también.

Susan Sontag hace mención en el epílogo del libro titulado La escritura misma: sobre

Roland Barthes del que tomamos nota aquí junto con importantes reseñas de otros autores.

Susang Sontag aprecia que gran parte de la obra de Barthes está consagrada a retratar la

vocación del escritor: desde los primeros estudios iconoclastas, incluidos en Mythologies

(1957), del escritor visto por los demás, del escritor como farsante, por ejemplo, en

“L´écrivain en vacances”, hasta los ensayos más ambiciosos sobre la forma en que escriben

los escritores, o sea sobre el escritor como héroe y mártir, por ejemplo en “Flaubert y la

oración”, sobre la “agonía de estilo” del escritor. Los maravillosos ensayos de Barthes

sobre escritores deben ser interpretados como diferentes versiones de su gran apología de

(25)

Otra diferencia subrayada por Sontag es la división que Barthes efectúa de los tipos de

escritores entre aquellos que escriben algo (lo que Sartre entiende por escritor) y los

auténticos escritores, que no escriben algo sino que, más bien, escriben. Barthes- nos

explica-Lavers avala este sentido intransitivo del verbo “escribir” no solo como fuente de

felicidad del escritor, sino también como modelo de libertad. Para Barthes, lo que convierte

a la literatura en un instrumento de oposición y subversión no es el compromiso que la

escritura contrae con algo ajeno a sí misma (con un fin social o moral), sino una

determinada práctica de la escritura misma: excesiva, juguetona, intrincada, sutil,

sensual…(Susan Sontag, 1983, pág. 348)

Funt también le presta atención a esta distinción: “Existe el “escritor informativo”- que

Barthes llama el “écrivant” como forma distinta del “écrivain”- que no altera el lenguaje

como existe sino que lo acepta y lo emplea como una herramienta para la comunicación de

una información pre-formulada. Su trabajo puede ser aceptado o rechazado sobre la base

de la información que transmite pero la separación del acto de escritura (o lo que podría ser

mejor llamado, aunque sin denigración, transcripción) de su producto es evidente. Esto se

muestra, por ejemplo, en el hecho de que no podría tolerar un examen psicoanalítico de su

obra, que podría ser irrelevante en cualquier caso. Para el “écrivain”, por otra parte, el

lenguaje es, en sí mismo, el gran problema. Su acción es inmanente en su objeto, es

ejercida sobre su propio instrumento. (Gane, 2004, vol. III, pág. 138)

También Jouve al abordar la cuestión del autor hace mención a la famosa distinción

entre escritor y escribiente. La distinción entre escritor y escribiente es, según Jouve,

crucial en la reflexión crítica de Barthes. Mientras que el escritor, hombre de lo

intransitivo, considera el lenguaje como un fin en sí mismo, el escribiente, hombre de lo

transitivo, solo ve en las palabras un vehículo del pensamiento. El primero trabaja la

palabra, el segundo la utiliza. En otras palabras, matiza Jouve, el lenguaje es para el

escritor un hacer, para el escribiente el soporte de un hacer. No es entre la actividad

literaria y la actividad crítica por donde cruza la línea divisoria, sino entre la verdadera

literatura y la pseudo-literatura. Las nociones de “escritor” y “escribiente” no apuntan,

según Jouve, a la clasificación, sino a la evaluación. El autor opina que la distinción

escritor/crítico es de otro orden; ella está fundada sobre la diferencia de los objetos

contemplados: el objeto del escritor es el mundo; el del crítico el lenguaje del escritor.

Ambas prácticas manifestarían lo indirecto. Sin embargo, puntualiza Jouve, lo indirecto del

(26)

no llega a transformar su “yo” en signo puro, a integrarlo en el código pleno de la

literatura. (Jouve, 1986, pág. 55)

Hanania considera que en el artículo titulado “Écrivains et écrivants” (Essais, p.

147-154) Barthes presentará una tipología de dos tipos de “scripteurs”. Los que se sirven del

lenguaje como un medio de comunicación y los que se sirven del lenguaje como un

material poético. Sin embargo, en su opinión, lo que Barthes distingue en esta ocasión no

son verdaderamente dos funciones escriturales diferentes que han podido parecer a

algunos, Todorov en particular, como la resurgencia de una distinción repetida en Francia,

desde el periodo romántico, entre prosa y poesía. Barthes mismo lo subraya: “yo describo

allí una contradicción que, de hecho, es raramente pura: cada uno hoy se mueve más o

menos abiertamente entre las dos postulaciones, la de escritor y la del escribiente” (Essais,

p.153). Barthes, prosigue la autora, no reitera esta dicotomía secular prevalente en Francia

tal como la describía Sartre en Qu´est-ce que la littérature? De hecho, la define como la

pasada e incómoda herencia (de la cual él emprende una breve génesis en Critique et

vérité) de una clasificación sumaria e ilegítima de los lenguajes que rehúsa. Lo que resalta

de este artículo, a pesar de su título que parece instaurar un corte entre dos estatutos, es por

el contrario la aparición de un tipo de intelectual híbrido: “el escritor- escribiente” (Essais,

p. 153). Y su preocupación constante parece haber intentado escapar de esta separación de

escrituras y de predicar la fusión a través de un lenguaje mestizado en el que intelectuales y

pensadores se hacen poetas. (Hanania, 2010, pág. 130)

La concepción de “escritor” se irá enriqueciendo posteriormente a lo largo de la

trayectoria literaria-crítica de Barthes al igual que la noción de la “literatura”, como da

buena cuenta Jouve, que advierte que, en la concepción barthesiana, el autor solo es un

invitado en el teatro de su texto, un personaje entre otros. Como sujeto de escritura, en

contrapartida, no existe fuera de su obra; es pura marca literaria. El autor conecta esta idea

con la de Lacan según la cual el sujeto no pre-existe al lenguaje: se hace en y por su propia

palabra. El escritor, pues, sujeto del texto, se construye solo en el tiempo de la enunciación

(Jouve, 1986, págs. 71-72). No obstante, el autor se transparentará siempre en la expresión

de su mensaje y el significado original, el que funda toda la literatura, es el deseo. Si el

artista inscribe su cuerpo en la obra, matiza Jouve, es porque el arte, espacio del

significante, se ofrece como el campo privilegiado del “sujeto” en el sentido lacaniano del

término. Así, el sujeto estaría sometido al significante, no existiría más que por él, solo se

(27)

enunciado, el geno-texto en feno-texto- detalla Jouve- donde se transparenta el “yo” del

autor como cuerpo diferenciado, sujeto deseable. Lo que hace el placer del texto es su

irreductible particularidad, es decir, la huella dejada por el autor. (Jouve, 1986, pág. 73).

Jouve anota que la presencia del cuerpo que define la individualidad de una escritura

había sido ya plasmada en El grado cero de la escritura recurriendo al concepto de estilo y

comenta que no existiría contradicción en la búsqueda de un sujeto en el texto

aparentemente negador de todo sujeto en la medida en que el sujeto que se transparente en

la trama textual no reenvía a la imagen plena y estructurada de un referente identificable; el

cuerpo que se inscribe en el texto es un cuerpo dispersado. (Jouve, 1986, pág. 74)

Jouve opina que el definir la significancia en acción en el texto como un retroceso

perpetuo del sentido solo puede arrastrar una puesta en cuestión radical de la concepción

clásica del autor. Si el texto está estructurado por una pluralidad de voces diferentes, es

imposible atribuir un origen preciso y determinado a su enunciación. El autor considera

que el relevo del autor en la concepción barthesiana por el de “scripteur” vino impulsado

por la noción de intertextualidad, elaborada por Julia Kristeva. Para demostrar que no son

sinónimos, cita las palabras de Barthes: “Sucediendo al Autor, el escritor no tiene en él

pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario donde él toma

una escritura que no puede conocer ninguna detención” (BL, 65 Le Bruissement de la

langue, 1984, pág. 77). El escritor, recalca Jouve, no inventa; combina y articula las

escrituras diversas que le ha legado su cultura. Por ello, el autor, en tanto persona, se

encuentra excluido del texto: solo existe al nivel escritural a través del código que porta.

Atribuir un autor a una obra sería explicarlo por una determinación última, un significado

último que encerraría su escritura. Jouve reconoce en este pensamiento barthesiano el

influjo de Valéry al que cita textualmente: “Desde un cierto punto de vista-que no es rara

vez el mío-, lo que se llama una bella obra puede parecer una terrible derrota del autor”

(Valéry, Tel Quel, Paris, Gallimard, collection “Idées”, tome II, 1943, p. 49 citado por

Jouve, 1986, p. 78)

Tras exponer la conexión del artículo “Écrivains et écrivants” con una visión más

dilatada en el tiempo de la noción barthesiana de “escritor” de la mano de Jouve,

reconducimos el tema con las consideraciones de Lavers para quien la dicotomía

mallarmeana/sartreana entre el “no refinado” y el “esencial” uso del lenguaje es

(28)

término para escritor. Pues para el mero usuario del lenguaje, la persona que simplemente

escribe lo que podría por lo demás decir oralmente, Barthes había intentado encontrar

nombres menos consagrados: scripteur en El grado cero, y aquí “écrivant”. Esto parece

relegar al intelectual (o écrivain-écrivant) a un reino exterior de la literatura. Pero ahora,

apunta Lavers, observa una resurgencia a la manera del fénix. Llama, además, nuestra

atención sobre el dato de que la posición del adjetivo (écrivant) después del nombre en

francés claramente sitúa el énfasis en el escritor (écrivain). Él es, continúa la autora, el

héroe de todo el artículo incluso cuando, como un dios disfrazado, usa el lenguaje como un

mero scriptor. La genealogía, para Lavers, del intelectual difiere en este artículo de la

ofrecida en El grado cero, dado que es conferida mayor importancia al contenido. Añade

que la distinción también envuelve el elemento del tiempo. Mientras el deber del

intelectual es consignar lo que piensa inmediata e inequívocamente, el escritor debe

cumplir con el ritmo determinado por el desarrollo de las formas, una ley en sí misma.

(Lavers, 1982, pág. 88)

En “La literatura, hoy”, respuesta a un cuestionario elaborado por la revista Tel Quel

(1961) y recogida en Ensayos críticos (Barthes, 1983, pág. 187-199), Barthes caracteriza la

literatura mediante una comparación con la moda, explicable por la publicación próxima

de su obra Sistema de la moda. Califica a ambos sistemas como homeostáticos, sistemas

cuya función no es comunicar un significado objetivo, exterior y preexistente al sistema,

sino tan sólo crear un equilibrio de funcionamiento. Barthes considera que deben ser

revisadas las ideas que se han tenido de ambos sistemas, partiendo de la base de que moda

y literatura son sistemas significantes cuyo significado queda por principio burlado. Para

hacer más gráfica la idea y, tal vez, también con el propósito de desvincular de la

modernidad o de la temporalidad puntual el término “sistema” tan en boga desde el

estructuralismo, crea un símil con la mítica nave “Argo”: “Ambas son como la nave Argo:

las piezas, las sustancias, las materias del objeto cambian, hasta el punto de que el objeto

es periódicamente nuevo, y sin embargo el nombre, es decir, el ser de este objeto siempre

sigue siendo el mismo; se trata, pues, más que de objetos, de sistemas: su ser está en la

forma, no en el contenido o en la función.” (Barthes, 1983, pág. 189)

Barthes afirma que la historia de la literatura como sistema significante nunca ha sido

llevada a cabo; durante mucho tiempo, escribe, se ha hecho la historia de los géneros.

Después, bajo la influencia ya de Taine ya de Marx se emprendió la historia de los

(29)

aportación de Goldmann, que, no obstante, considera incompleta por postular una relación

analógica entre el término histórico y el literario y por representar, a su entender, un

determinismo disfrazado. Para Barthes sería preciso hacer, aunque reconoce la dificultad

de la labor, una historia de las significaciones, es decir, la historia de las técnicas

semánticas gracias a las cuales la literatura impone un sentido (aunque sea “vacío” a lo que

dice). (Barthes, 1983, pág. 190).

Interrogado por el periodista acerca de los peligros concernientes a su creencia de que

cada escritor que nace, abre en él el proceso de la literatura (en síntesis: que el

“replanteamiento” se convierta en un nuevo “ritual literario” y que se persiga

deliberadamente el “fracaso”), Barthes puntualiza que existen dos tipos de fracaso: el

fracaso histórico de la literatura, hoy reducida a formular preguntas al mundo, mientras que

el mundo alienado, necesita respuestas; y el fracaso mundano de la obra ante un público

que la rechaza. Respecto al primer fracaso, que estaría reservado al escritor, a juicio de

Barthes, sólo cabe la resignación; respecto al fracaso mundano, opina que sería dominio de

sociólogos o historiadores y advierte que la sociedad rechaza muy pocas obras, negando la

existencia de la cultura del fracaso, de la que el periodista habla. (Barthes, 1983, pág. 191)

En el transcurso de la entrevista explica que dentro de muchas limitaciones actuales,

hay varias maneras de hacer literatura: haciéndola acordar con los valores de la sociedad,

haciéndola el instrumento de un combate de liberación de la sociedad o, por último, se

puede conceder a la literatura un valor interrogativo en el siguiente sentido: “la literatura se

convierte entonces en el signo (y quizás el único signo posible) de esa opacidad histórica

en la que vivimos subjetivamente; admirablemente servido por este sistema significante

deceptivo, que, a mi entender, constituye la literatura, el escritor puede entonces a un

tiempo insertar profundamente su obra en el mundo, en las preguntas del mundo, pero

suspender esta inserción precisamente allí donde las doctrinas, los partidos, los grupos y

las culturas le dictan una respuesta” (Barthes, 1983, pág. 192). Barthes responde también a

la cuestión de la existencia de un criterio de calidad de la obra artística, manifestando cierta

cautela porque considera la calidad literaria como una impresión de rigor ante la

imposibilidad de llevar a la praxis, por su inaprensibilidad a través de la obra de un

escritor, la propuesta de Valéry, que pretendía fundar toda crítica en la evaluación de la

distancia que separa a la obra de su proyecto. Barthes la considera plausible pero poco

practicable, muestra de ello es que declare que la “calidad” de una obra podría definirse

(30)

periodista somete al juicio de Barthes es el del realismo en la literatura. En este terreno

Barthes se muestra particularmente escéptico; pone en cuestión el concepto tradicional del

realismo, mediante unos planteamientos ajenos, esta vez, a su exacerbada conciencia

etimológica (la palabra realismo procede de la palabra latina res, que significa cosa), y

reitera su negativa a ver la literatura en una posición secundaria (aquí copia): “Hasta el

presente, el realismo se ha definido mucho más por su contenido que por su técnica; lo real

ha empezado por ser lo prosaico, lo trivial, lo bajo; luego, con mayor amplitud, la

infraestructura supuesta de la sociedad, liberada de sus sublimaciones y de sus coartadas;

no se ponía en duda que la literatura copiase simplemente algo; según el nivel de este algo,

la obra era realista o irrealista” (Barthes, 1983, pág.197). Barthes aprecia la taras innatas de

este tipo de literatura, aunque no la califique de inconsecuente, así parece sugerirlo al

decir: “cuando se declara copiar lo real, ello quiere decir que se ha elegido una

determinada inferencia, y no otra…éste es un primer defecto de base, propio de todas las

artes realistas, desde el momento en que se les supone una verdad en cierto modo más

bruta y más indiscutible que la de las otras artes, llamadas de interpretación” (Barthes,

1983, pág. 197). Barthes subraya que el lenguaje ya es, anteriormente a todo tratamiento

literario, un sistema de sentidos, agrega además que el sentido de las palabras nace menos

de su relación con el objeto que significan que de su relación con otras palabras y termina

proclamando el carácter irrealista de la literatura y su oposición radical al concepto

habitualmente esgrimido de literatura realista, apoyándose en una identificación de

literatura con lenguaje. No ofrece, a nuestro juicio, una necesaria explicación del carácter

irreal de la literatura, calificación deficitaria que se impone bajo un abusivo empleo del

significante “irreal”: “Dicho de otro modo, en relación a los objetos mismos, la literatura es

fundamentalmente, constitutivamente, irrealista; la literatura es lo irreal mismo; o más

exactamente, dista mucho de ser una copia analógica de lo real, ya que la literatura es, por

el contrario, la conciencia misma de lo irreal del lenguaje: la literatura más “verdadera” es

la que se sabe la más irreal, en la medida en que se sabe esencialmente lenguaje” (Barthes,

1983, pág. 197). Siguiendo el hilo de su argumentación, enfática por la reiteración con

variantes de la misma idea y por procedimientos como la desvirtualización paradójica y

jerárquica del valor del sustantivo mediante su determinación adjetival, constatamos que

presenta la misma palabra “realismo” no siempre bajo la misma acepción en una

exhibición declamatoria un tanto gratuita que deriva el tema literario al terreno de su

obsesiva preocupación por el lenguaje. Hablamos de exhibición declamatoria porque

Referencias

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