Rosa María Grillo
EL NUEVO DESCUBRIMIENTO DE LOS
EXILIADOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA*
ROSA MARÍA GRILLO
Profesora titular en la Universidad de Salerno, donde alterna cursos y publicacio-nes de Literatura Española contemporánea con otros de Literatura Hispanoamericana. Es autora de numerosos ensayos y monogra-fías publicados en Italia, Francia, España y Uruguay sobre la literatura de la guerra civil española y del exilio (las revistas «Hora de España» y «Romance», Juan Gil Albert, Ro-sa Chacel, José Bergamín, Max Aub etc.), so-bre géneros literarios (cuento, autobiografía, epistolario), autores españoles e hispanoa-mericanos (Mario Benedetti, Horacio Quiro-ga, José Pedro Díaz, Fernán Caballero, Rosa Montero etc.) y sobre la narrativa hispanoa-mericana del '900 (realismo mágico, novela histórica posmoderna etc.).
Hay momentos en la historia poscolonial española en que América, por diferentes mo-tivos, se vuelve tema recurrente de investiga-ciones científicas y de creación literaria1: en el 900 sin duda pensamos en el 'nuevo descubri-miento' que protagonizaron los republicanos españoles exiliados en América, y, en las últi-mas décadas, en el notable afán de compren-sión y reinterpretación motivado por la con-memoración del V Centenario.
Si aceptamos la teoría de José Gaos de las dos patrias, la de origen y la de destino —la que nos ha tocado en suerte y la que hemos elegido, aunque se trate de una elección for-zada, impuesta por las circunstancias— en la que podemos llegar a sentirnos transterrados2 y no desterrados y con la que se instaura una peculiar afinidad espiritual3, entonces pode-mos leer algunas de las obras de tema ameri-cano de los exiliados como el fruto de un cuestionamiento del destino español—castizo, imperial, católico— y de la asunción del
des-tino americano, con todo lo que conlleva la
re-lectura de la historia del Descubrimiento y de la Conquista. Escribe Gaos: «España es la úni-ca colonia que permanece colonia de sí misma, la única nación hispano-americana que del co-mún pasado imperial, queda por hacerse in-dependiente, no sólo espiritual, sino también políticamente [...] Aceptamos como destino, que pronto reconocimos como bienvenido, la América en que podíamos prolongar sin de-fección la tradición del liberalismo español, que reconocíamos ser la tradición triunfante en la independencia de estos países y en sus re-gímenes liberales»4. También para Sender es posible tener dos patrias y nutrir para las dos los mismos sentimientos: «Yo no me siento
extranjero. Soy un mexicano más y a veces blasfemo contra México y otras lo adoro has-ta un extremo para el cual no hay palabras adecuadas. Lo mismo pasaba con mi patria España. Todos hijos de la chingada, pero com-partiendo el mismo destino, no sé cuál ni me importa»5. Sin duda en México este fenómeno fue más evidente, sea por el alto número de in-telectuales exiliados que dejaron su testimonio en este sentido, que porque el México posre-volucionario de los años '30, a pesar de evi-dentes renuncias y ajustes, parecía más próxi-mo a las espectativas de los exiliados y por lo tanto favoreció su americanización. Este sen-timiento de patria dual parece ser confirmado por las palabras y las obras de autores como Max Aub, Ramón J. Sender, José Moreno Vi-lla, Enrique Diez Cañedo, José María Camps6, y muchos más que han hecho de México y de su historia tema no ocasional de sus obras de creación y de reflexión, ya que los exiliados fueron 'conquistados' por el nuevo mundo y en su proyecto político cabía la desmitificación de la España Oficial, de 1939 como de 1492.
Aunque ya exista una amplia bibliografía sobre los textos de tema americano escritos por los exiliados7, me parece oportuno
anali-Agradezco la amabilididad de Doncrtella Pini, Paco Tovar y Te-resa Ferriz que me han pro-porcionado algunos de los tex-tos analizados.
1
Luis Cernuda en su ensayo Va-riaciones sobre un tema mexi-cano (México, Porrúa, 1952) señala cómo los hechos de América han despertado
siem-pre escaso interés entre los es-critores e intelectuales peninsu-lares, mientras que José Luis Abellán señala que en el primer tercio del siglo XIX hubo un buen número de autores libera-les que escribieron sobre las guerras de independencia («Fi-losofía y pensamiento: su fun-ción en el exilio de 1939», en El exilio español de 1939, III, M a d r i d , Taurus, 1 9 7 6 , p p . 189-190). Tampoco podemos
olvidar la atención de los escrito-res del ' 9 8 hacia el 'desastre' y su condena de la España imperialis-ta.
Juan Ramón Jiménez al llegar a Buenos Aires después de siete años de exilio en Estados Unidos habló de conterrados.
Cfr. José Luis Abellán, «El exilio de 1939: la actitud existencial del transterrado», en A A . W , El exilio cultural de la guerra civil
¡1936-1939), Ediciones Universidad de Salamanca, 2 0 0 1 , pp. 19-27.
Ángel Gaos, cit. por Abellán, ibid., p. 26.
Ramón J. Sender, Nocturno de los catorce, Barcelona, Destino, 1970, p. 3 1 .
Cfr. por ejemplo Miguel Cabanas Bravo, «México me va creciendo. El exilio de José Moreno Villa», en A A . W . , El exilio literario, I, Barcelona, GEXEL-Cop d'ldees, 1998, pp. 2 1 1 - 2 2 7 , y Josep Mengual Cátala, «El teatro mexi-cano de José María Camps», ibid., II, pp. 4 8 1 - 4 8 9 .
Valga recordar el libro de Marie-lena Zelaya Kolker, Tesf/moníos americanos de los escritores es-pañoles transterrados de 1939, M a d r i d , Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1985.
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Cfr., entre otros muchos títulos, A A . W , Historia y novela, Poi-tiers, CNRS, 1 9 9 6 ; A A . W . , La novela histórica, núm. monogr. de Cuadernos de Cuadernos, México, n.l, 1 9 9 1 ; A A . W , His-toire et Imaginaire dans le román hispano-américain contempo-rain, núm. monogr. de América, París, n. 12, 1993, y n. 14, 1994; Santiago Juan-Navarro, ía metaficción historiográfica en el contexto de la teoría postmo-dernista, Valencia, Episteme, 1 9 9 8 ; A A . W , Discurso historio-gráfico y discurso ficcional, núm. monogr. de Río de la Plata, París, n. 11-12, 1 9 9 1 .
R. González Echevarría, «García Márquez y la voz de Bolívar», en Cuadernos de Cuadernos, cit., p. 6 3 .
10
Podemos citar a Salvador de Madariaga (las cinco novelas de Esquiveles y Manriques: El cora-zón de piedra verde, Guerra en la sangre, Una gota de tiempo, El semental negro, Satanael), Francisco Ayala [El hechizado), José María Camps [El gran Tian-guis), Jesús de Galíndez [Cinco leyendas del trópico}, y un largo etcétera.
11
Cfr. Rosa María Grillo, «La visio-ne dei vinti visio-nel romanzo storico latinoamericano», en Annali dell'lstituto di Studi Latinoamerí-cani, n. 4 , 2 0 0 1 , en prensa, y «La otra Historia: parodia y de-sacralización del Descubrimiento en la narrativa hispanoamerica-na», en Actas del XXIII Congreso de Americanística, Perugia, ma-yo 2 0 0 1 , en prensa.
12
Cfr. José Antonio Pérez Bowie, «La historia como ficción en Las máscaras del héroe de J.M. de Prada», en España Contemporá-nea, n. 2, 1988, pp. 61 -72.
13
Eugenio F. Granell, La novela del Indio Tupinambo, M a d r i d , Fun-damentos, 1982, p. 127.
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zar un campo fecundo y cargado de significa-do como la ficción histórica, tanto narrativa como teatral, centrada en aquel primer en-cuentro entre Europa y América, que de for-ma privilegiada se presta a múltiples interpre-taciones y sobre todo a la de los vencedores y a la de los vencidos. Además la fecha del V Centenario ha desencadenado una serie de po-lémicas y revisiones históricas y filológicas (descubrimiento, encubrimiento, invención, choque, encuentro, desencuentro, etc.), y en las últimas décadas nuevas teorías históricas y antropológicas (la Nouvelle histoire francesa, el pensamiento deconstruccionista y revisio-nista, la atención y el respecto hacia la otre-dad) han favorecido una operación cultural y política que tiende a deconstruir y reconstruir la Historia y su sentido —principio de causa-efecto, linealidad y fragmentariedad, univoci-dad y pluraliunivoci-dad, inversión de la relación Yo-el Otro, Historia e historia de la mentalidad, de tradiciones y costumbres, etc.
A la luz de estas 'conquistas' nosotros, los lectores del siglo XXI, podemos leer aquellas obras como antecedentes, como obras pione-ras de la novela histórica posmoderna8, que quiere precisamente deconstruir la Historia Oficial y re-escribirla según otros códigos y perspectivas. Naturalmente en esta operación no podemos olvidar que estamos cumpliendo un análisis basado sobre un anacronismo crí-tico, aunque esté justificado por la singulari-dad de la experiencia de aquellos escritores exiliados a Latinoamérica que se
americaniza-ron y asumieamericaniza-ron la visión de los vencidos, ya
que ellos mismos eran los vencidos de aquella misma España del Imperio y de la Inquisición. En efecto, lo que Roberto González Echeva-rría ha escrito refiriéndose a la situación lati-noamericana actual, bien se corresponde con la situación de los exiliados en 1939: «los tex-tos coloniales poseen el hechizo del origen, de un principio que no ha dejado de serlo porque las cuestiones que engendró siguen todavía vi-gentes en América Latina. Re-escribir esos textos equivale a narrar tanto un presente car-gado de urgencias como un pasado que no de-ja de ser actual»9.
Muchas serían las novelas históricas que podrían ser útiles a nuestro análisis10, pero he-mos elegido dos textos muy singulares —que sólo ampliando enormemente el ámbito de la novela histórica en sentido posmoderno po-demos llamar así (ya que son parodias,
histo-rias virtuales, inverosímiles en el nivel factual pero cargadas de profundo significado en el nivel político e historiográfico, que se desa-rrollan en un marco histórico bien definido)— y cuatro obras de un autor, Ramón J. Sender, que sin alejarse lo más mínimo de la estricta referencialidad, cumple una sutil revisión del sentido de la Historia: modalidades y tonos diferentes para evidenciar la misma disconfor-midad respecto a la Historia Oficial.
En el primer caso, tenemos dos ejemplos evidentes de inversión total del punto de vis-ta: la Conquista, España y los españoles, con-tados por aborígenes americanos.
Eugenio F. Granell en La novela del Indio
Tupinamba (1959) unifica los dos episodios
que hemos indicado como ejes de nuestro análisis —la Conquista y la Guerra Civil— en una novela surrealista y disparatada, con con-tinuos cambios geográficos y temporales y con protagonistas arquetípicos: el Conquista-dor, el Indio, el Cura, el Intelectual, el Gitano, el Académico, el General etc. Sorprendente-mente moderna, esta novela parece inspirarse al mismo tiempo en un concepto cíclico de la historia, de raíz indígena, y en la imagen de una España inmóvil, arraigada en su tradición clerical e imperialista. Para conseguir estos fi-nes, Granell utiliza aquellos recursos 'destabi-lizzanti'11 o desrealizadores y rupturistas12 que caracterizan la nueva novela histórica: la coincidencia o superposición de tiempos di-versos, la ironía, la escritura extrañada y pa-ródica, la inversión de roles, los anacronismos, la invención desaforada pero de profundo sig-nificado crítico etc. No faltan tampoco los re-cursos típicamente surrealistas como la enu-meración caótica («También le sería rehusado [el carnet] al que fuera sacrilego, eunuco, es-quizofrénico, morfinómano, cazador furtivo, ateo, tuberculoso, contrabandista, proxeneta, comunista, fascista, mongol, crupier, paria, güelfo, apatrida, monárquico, espía, hugono-te, asesino, anarquista, plagiario, cosaco, etrusco, prófugo, bigamo, carbonario, terro-rista, nazista, dentista, dietista, modista, cen-turión, apestado, cuatrero, adventista del sép-timo día, apuntador, galeote, mormín y bosquimano»13) y metáforas arriesgadas, crue-les y poéticas al mismo tiempo («En esa que-bradura del formidable espejo humano que aquel día era la Sierra Camellera se quebraron todos los reflejos. Quedaron cortadas las imá-genes por múltiples aristas de cartón
festo-neadas de sangre. Cada partícula de algo, de paisaje o de objeto, de visión o de carne, que-dó clavada en una punta de vidrio. Un cata-clismo de astillas fue aquello. Como lluvia de espejos partidos o algo así. Ya no se sabía si lo rojo de la sangre era lo rojo de la sangre, del fuego o del crepúsculo. Los espejos rojos opa-caban los tronantes ámbitos transformados en millones de minúsculas piezas puntiagudas de rompecabeza colosal», (pp. 116-117). Las pa-labras de María Teresa González de Garay a propósito de El Indio... bien podrían referir-se a muchas de las novelas históricas hispano-americanas contemporáneas, por ejemplo a las de Abel Posse, Augusto Roa Bastos o Alejan-dro Paternáin: «La modernidad y originalidad de este humor surrealista son notables. La modernidad se percibe en el peculiar estilo, reiterativo y lleno de argumentaciones dispa-ratadas, a pesar de la lógica que encierran, tan-to desde el puntan-to de vista sintáctico como se-mántico y fonético [...] Granell es muy barroco cuando se divierte en este peculiar uso de las repeticiones y los rodeos sobre el mismo tema»14. Igualmente moderna es la es-critura extrañada, utilizada por ejemplo para indicar, sin utilizar el nombre correspondien-te, una extensión de chabolas que, desde arri-ba y desde lejos, parece un panorama singular y cautivador: «Se asomaron por el lugar indi-cado y convinieron ambos [el Indio y el Cu-ra] que era una vista, verdaderamente, de las más hermosas. Hasta el horizonte se compo-nía un ameno paisaje de tejados de cinc, resta-llante de amarillos, azules y rojos, de envases de marcas de galletas y pastas para sopas. En las cajas de madera y de cartón de otros pro-ductos vibraban colorines. El ingenio nativo había logrado, con tan parcos materiales, construir una extensa y complicada red de vi-viendas» (p. 186).
El Indio Tupinamba, improbable dueño de una librería en la España de la Guerra Civil, «con el trasero al aire [...] y con una rueda de plumas de ave coloreadas puesta en la cabeza» (p. 16), entra inmediatamente en conflicto con los representantes de la España oficial: con un Señor, «que era nada menos que todo un Con-quistador español de los de América [que] se dedicó a cortarle la cabeza al Indio Tupinam-ba, poniendo en su empeño mucho afán. Des-pués se la ponía otra vez, para inmediatamen-te proceder a cortársela nuevameninmediatamen-te, y así por el estilo, hasta que se la cortó y se la puso
mu-chísimas veces» (pp. 16-17), y con un Cura, con quien no hay posibilidad de comunicación ya que sus diálogos ejemplifican el eterno tema de la in-comunicabilidad entre riberas dis-tantes y nos hacen sonreír no por la ingenuidad de la visión del Indio, candorosa pero lógica en su 'igno-rancia', sino por la suponencia de universalidad que encierra el discur-so del Cura: «Preguntó el Indio Tu-pinamba que quién era ése al que lla-maban Cristo. A lo que el Cura repuso: 'Es el padre de todos'. Y el Indio Tupinamba concluyó: 'Enton-ces, ¿es España su harem?'» (p. 19).
N o podemos leer estas líneas sin pensar, naturalmente, en los múltiples episodios en los que los conquistadores, basándose en la supuesta universalidad de su idioma y de su religión, acusaron a los indios de impíos y blasfemos, mientras que la ingenua pregunta del Indio Tupinamba nos hace reflexionar so-bre la naturaleza simbólica de nuestros códi-gos civiles y religiosos: fuera de nuestra cul-tura, nuestros ritos y nuestros símbolos son tan incongruentes como los ritos indígenas para los conquistadores españoles. Si bien re-presentante de un 'pueblo joven', y por lo tan-to primordial e incivil según ciertan-to pensa-miento eurocéntrico, el Indio, cuando no comprende el comportamento del General, con mucha sabiduría piensa que «tal vez se tratase de algún ritual característico de la cul-tura de occidente» (p. 40). Y esto es el nuevo 'descubrimiento' que han hecho los narrado-res posmodernos, sobre todo hispanoameri-canos: resaltar, eso es 'descubrir', los mecanis-mos eurocéntricos que han regido el discurso historiográfico y las novelas históricas tradi-cionales, románticas o realistas, construidos ambos por los vencedores, y proponer otro 'descubrimiento' —encuentro, desencuentro, choque— desde el punto de vista del 'otro'. En una de las últimas páginas, Granell indica una de las modalidades para re-escribir esa Historia, una de las muchas hechas propias por la poética posmoderna: «El Indio Tupi-namba pensó en un conjuro. Aquello era un conjuro. El mendigo era una lagartija. Aque-lla lagartija era una profecía. La profecía, un sueño. El sueño confundía el ayer y hoy, aquí y allá, esto y aquello. La confusión ponía una rica corona de plumas al recuerdo. La corona
Ramón J. Sender.
\¿,
María Teresa González de Ga-ray, «£/ clavo en la narrativa de Eugenio F. Granell», en El exilio literario español de 1939, II, cit., p. 127.
El nuevo descubrimiento de los exiliados españoles en América ROSA MARÍA GRILLO
15
Piénsese en García Márquez que en El otoño del Patriarca presen-ta los mismos elementos, pero al revés, es decir vistos por los indí-genas.
16
Recordemos que había sido el Conquistador quien había corta-do la cabeza al Indio y luego la había puesto otra vez en su lu-gar.
17
Existe una traducción al castella-no, autorizada por el autor, de la cual cito: Palabras de Opoton el viejo. Crónica del siglo XVI de la expedición azteca a España, Barcelona, Ediciones 2 9 , 1977. El texto comprende una Intro-ducción en que el autor, un pin-tor y escripin-tor español que vive en México, revela haber encontra-do un «manuscrito con nuestra grafía del siglo dieciséis, pero redactado en náhuatl» (p. 19) que está ahora en el Museo de Culturas Prehispánicas. Varias notas referenciales y una larga lista de «fuentes de comproba-ción de datos», desde Bernardi-no de Sahagún hasta Miguel Le-ón Portilla, hacen una lectura de tipo casi pragmática (es decir, la de las novelas históricas tradi-cionales según la terminología de K Stierle en «¿Qué significa 'recepción' en los textos de fic-ción?», en A A . W , Estética de la recepción, M a d r i d , Arco, 1 9 8 7 , pp. 87-143).
18
La descripción de esas canoas —tan diferentes de las que usa-ban normalmente— y de las ga-leras españolas son ejemplos magníficos de 'escritura extraña-da' y de ingenua corresponden-cia entre el nombre y la cosa: «Lo mismo podía ser una casa que cualquier otra cosa extraña, todo menos una canoa. Pero me cons-ta que sí lo era y además Cuau-chichic me lo dijo y me lo asegu-ró desde el primer momento» (p. 30); «Las galeras dichas naves son como una imitación de nues-tras canoas, pero más redondas por fuera, pues ellos tienen ma-deras curvadas que nunca se han visto en el Aztlán [...] N o tie-nen remos, pero el viento las mueve cuando hay viento. Llevan mantas grandes y gruesas,
di-El nuevo descubrimiento de los exiliados españoles en América ROSA MARÍA GRILLO
de plumas tocaba la campana» (p. 209). Con-fundir 'el ayer y hoy, aquí y allá, esto y aque-llo' significa proponer la coincidencia entre Conquista, Guerra Civil, ese 'nuevo descubri-miento' y el moderno imperialismo económi-co y cultural occidental, y utilizar en sentido paródico y anacrónico los textos canónicos de la historiografía oficial, por ejemplo el famo-so pafamo-so de Colón famo-sobre el primer encuentro con los indios americanos, su generosidad en cambiar oro por vidrio colorado, su desnudez, sus caras pintadas etc., paso utilizado repeti-das veces por los escritores hispanoamerica-nos15. Narrando la llegada de los españoles exiliados a la República Occidental del Cara-já, Granell escribe: «El Obispo se apresuró a comprar una cosa de cada. La venta se gene-ralizó. Se cambiaron productos por monedas, por promesas, por puro gusto» (p. 133). Pero Granell va más lejos cuando se anticipa —de nuevo por boca del Indio— a afirmaciones científicas muy recientes: «Son muchos los errores de la historia. Y por si hubiera pocos, aún quieren aumentarlos», siempre, natural-mente, sin tener en cuenta la visión de los
ven-cidos: «Ahora existe un clan de historiadores
empeñados en demostrar que América fue des-cubierta por los Vikingos» (p. 44).
Como se puede notar, no se trata de un pu-ro juego surrealista, o de una serie de inven-tos pirotécnicos de gran efecto, sino de un em-peño muy moderno por restablecer la verdad —otra verdad— con un sentido crítico muy fuerte, «poniendo una nota de humorismo en el justo centro del horror» (p. 46); un humo-rismo negro, generalmente, que juega con las palabras, alternando el significado referencial con el metafórico y el positivo con el negati-vo, el nivel trágico con el cómico etc. Tragicó-mico es, por ejemplo, el episodio del fusila-miento del Indio, de su esposa gitana y su padre (todos ellos víctimas de la política inte-gralista española): «Se oyó una descarga, pero los tres condenados ni siquiera se movieron. Era porque en vez de tener la cabeza puesta
chas velas, y el viento las hin-cha y las hace caminar [...] y como van atadas a la galera, la galera se va detrás del vien-to» (p. 135). Estas descripcio-nes, y la idea misma de la no-vela, se pueden comparar con la Crónica del descubrimiento (Montevideo, Banda Oriental, 1980) del uruguayo Alejandro
Paternáin, ejemplo de novela histórica hispanoamericana posmodema, que igualmente cuenta el viaje en canoa, el descubrimiento y la fallida con-quista de Uropei por parte de una tribu charrúa en 1492 (cfr. mi «Hacia un descubrimiento de Europa», en Río de la Plata, n. 15-16, 1996, pp. 11-20).
sobre los hombros, como es lo corriente, la habían puesto los tres, tan campantes, debajo del brazo derecho16. Se les ocurrió recurrir a esta ingeniosa estratagema al percatarse, por la voz de mando del jefe del pelotón, de que les iban a apuntar a la cabeza. El jefe ordenó a sus criados que disparasen de nuevo, pero esta vez apuntando al lugar por donde las cabezas apa-recían sonrientes, como asomadas a la venta-na triangular formada por el brazo derecho doblado contra la cadera» (p. 92).
Se podría seguir con muchos ejemplos más de ingeniosas invenciones que evidencian el de-seo de Granell de mirar a la Conquista y a la Guerra Civil con el mismo ojo: el de los
venci-dos, de entonces y de ahora, ya que se siente él
mismo parte de aquel mundo hispánico derro-tado una y otra vez y que seguía vivo a pesar de las victorias, viejas y nuevas, de la España Oficial. Pero Granell no ahorra críticas tampo-co a sus tampo-compañeros, poniéndose una vez más como autor incómodo y transgresivo: los inte-lectuales adeptos a la poesía popular (pp. 23-24, 33-36), los comunistas burócratas defensores de la marcada gerarquización del Partido (pp. 25-26), los refugiados, retratados irónicamente en sus posturas más radicales, como cuando ha-blan sin interrupción de España en tertulias y círculos y siguen escribiendo cartas, manifies-tos y peticiones (pp. 175-177).
Del mismo tono es también Paraules
d'O-poton el Ve//17 (1968) de Avel.lí Artís-Gener, exiliado en México desde 1940 hasta 1965, que sólo al volver a España publica esta novela
con-tracorriente: es la relación que Opoton,
alfare-ro azteca, escribe a los «veinte veces cuatalfare-ro años» (p. 23) para luchar contra el olvido, «por-que nuestra raza azteca se está perdiendo y quiero que quede memoria de cuando nuestra pujanza era tan grande [...] y si lo cuento con todo detalle es porque de esas cosas ya sé que apenas guardáis memoria porque todo se nos ha deshecho hundido reventado derribado y todos andáis demasiado atareados entre cirios, incienso y agua bendita» (pp. 45-46). La escri-tura está motivada también por la singularidad de su experiencia: el viaje con 3.700 compañe-ros en seis canoas gigantes —con una «escalera que también estaba abajo, según fueras subien-do o bajansubien-do ya que, de otro mosubien-do, no la lla-maríamos escalera» y una «especie de casa»18 (p. 31)— construida para navegar hacia el Le-vante para ir «a buscar al buen Dios Quetzal-cóatl, cuyo retorno, según los oráculos, ya era
imminente» (p. 42). Si bien no encuentran a Quetzalcóatl, 'descubren' una tierra lejana y desconocida, Galecia, en el Viejo Aztlán19, con una costa «tan rota que debería darles ver-güenza» (p. 164), donde se les toma por fieles de Sant Yago y se les empuja a hacer el pere-grinaje a Santiago, después de ser señalados co-mo infieles, y son derrotados: de los 3.700 que partieron desde el Gran Tenochtitlan, regresan sólo 17, convencidos de que «el susodicho Sol Naciente está siempre más allá [...] nunca te acercas a él, porque él se va más allá a medida que tú te acercas [...] no es un lugar, sino un símbolo» (p. 196). Y al escribir su relación, mu-chos años más tarde, cuando ya los españoles han 'descubierto' América y derribado al im-perio azteca, Opoton tiene también otra con-vicción: «Nosotros les enseñamos el camino y aquí los tenemos, y ya no podremos echarlos nunca más, pues por experiencia sé cómo es de tozuda la Raza Castilla, la cual ya no suelta ja-más lo que ha arramblado» (p. 196).
Este libro es una summa de los topoi del Descubrimiento, vistos por supuesto al revés, con evidente intención desmitificadora y crí-tica de la relatividad y parcialidad de la pers-pectiva europea. Artís-Gener usa los mismos recursos de los cronistas españoles —neolo-gismos, escritura 'extrañada', asimilación del léxico indígena, comparación de lo nuevo con lo ya conocido— para presentar la otra cara de los fundamentos de la cultura occidental cató-lica que guiaron la conquista. Ejemplar es el caso de 'bárbaro' y 'pagano' que son términos, y conceptos, absolutamente relativos, nacidos como pareja opositora a otro término, y con-cepto, y que en el tiempo han adquirido un sentido absoluto y negativo: «nos llamaron bárbaros, que es un gran insulto, a causa de nuestros sacrificios, pero en el Viejo Aztlán vimos cosas peores y nunca les llamamos bár-baros» (p. 51). Más adelante, asistiendo a una función del Santo Oficio, se preguntan si se trata de sacrificios humanos: «Preguntamos qué era aquello y solamente nos dijeron apos-tasía y pensamos que sería alguna gran fiesta con hogueras y macehualitzli. Pero después vimos que apostasía era como una enferme-dad, pues compadecían a los apóstatas como a gente condenada [...] Los ataron cada uno a su palo y los sacerdotes venga a decir cosas en el nahuatlatoli de ellos, el susodicho latín, y des-pués encendieron la leña y quemaron a toda la apostasía encapuchada y era como sacrificio a
los Dioses pero los sacrificados no estaban contentos de serlo» (p. 163). Todo el proceso histórico subsiguiente al viaje de Colón está aquí sometido a revisión, la misma revisión llevada a cabo por la revolución crítica e ideo-lógica de las ciencias humanas de la posmo-dernidad y anticipada por Avel.lí Artís-Gener, gracias a su doble destino, ya en los años '50: «Pero tengo que decir que nos servimos de malas palabras desde el primer momento, pues he puesto descubrir y en verdad lo diji-mos muchas veces y era fea palabra, porque descubrir quiere decir quitar la cobertura de aquello que uno encuentra tapado, y el Viejo Aztlán no estaba tapado y si no hubiéramos ido tan atolondrados, el sentido común nos habría dictado la palabra justa, que habría si-do encuentro, porque nada estaba tapasi-do y a ver de dónde sacamos eso de descubrir» (p. 69). Al Descubrimiento sigue la Conquis-ta («nuestro viaje, en mala hora dicho Con-quista», p. 84) con la afirmación unilateral de posesión («—Ahora mismo, en este momento, os declaréis vasallos de Nuestro Gran Señor Aquel Que Habla [...] N o os estoy consultan-do, no os propongo ninguna cosa que voso-tros podáis decidir [...] Os doy una orden en nombre de Nuestro Gran Señor Aquel Que Habla y vosotros, gente galega del Viejo Az-tlán, no podéis hacer otra cosa sino obedecer», p. 91) y el primer Requerimiento («Al día si-guiente por la mañana tomamos posesión de la tierra en nombre de Nuestro Gran Señor Aquel Que Habla y fue una ceremonia senci-lla pero llena de reverencia [...] Hicimos una estatua de Nuestro Dios Encaminador y la de-jamos puesta en la playa, como señal de que habíamos estado allí y habíamos tomado po-sesión de aquella tierra en nombre del Nuevo Aztlán, que éste es el verdadero nombre de tierra de aztecas [...] Yo creo que es preciso que quede puesto en el papel ya que de otro modo mi historia quedaría fallida, que eso de tomar posesión de la tierra no teníamos que haberlo hecho porque no era nuestra ni íba-mos a ganar tierras, sino a recibir a Quetzal-cóatl y nada más», (p. 78). Regresado Opoton a su tierra, sufre la llegada y la Conquista es-pañola, de la cual casi no habla quizás para no caer en los topoi de la violencia y de la cruel-dad; en cambio analiza la tentativa por parte de «los sacerdotes extranjeros buenos» que habían seguido a los primeros conquistadores, de recuperar parte de la cultura que habían
19
«Decíamos que el Viejo Aztlán era el más viejo de los Aztlanes, o sea, de donde El [Quetzalcóatl] había venido. Y ese Primer Lugar era el que nosotros buscábamos» (pp. 83-84).
El nuevo descubrimiento de los exiliados españoles en América ROSA MARÍA GRILLO
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aniquilado: «nos preguntaban muchas cosas de nuestro náhuatl y no hace muchos días [...] aún me llamaron a Tlatelolco y me hicieron cantar la canción de los guerreros del Aztlán [...] Ahora que ya lo han destruido todo es cuan-do lo quieren remendar. Y pocos años atrás to-do estaba bien entero y ahora vienen a que les cuentes cómo hacíamos un bautizo o qué le decíamos a Coatlícue cuando le pedíamos una buena cosecha. Y cuesta trabajo entender que quieran saber esas cosas, cuando ya han corta-do la cabeza a tocorta-dos los Coatlícues» (p. 162). Si en estos párrafos se cuestiona toda la his-toria de la relación entre España y América, 'descubriendo' realidades que la historiografía había borrado o silenciado, no faltan tampoco descripciones e interpretaciones risueñas y li-vianas que, en el fondo, siempre contienen también un sinsentido, una violencia contra la naturaleza, algo que sólo el conocimiento del código correspondiente puede justificar: desde la preparación del queso (muy artificial porque «se quita [a cabras o vacas] la leche que tendría que ser para los recién nacidos», p. 99) al tipo de calendario o al uso de vestidos y monedas («Te dan las cosas a cambio de los redondeli-tos, y a eso le dicen comprar y vender, pero me quedé sin saber dónde compran los susodichos redondelitos», p. 122).
El libro termina con un «mensaje de Opo-ton a Nuestro Huey Tlatoani Ahuízotl» (p. 193), casi un testamento de Avel.lí-Opoton quienes, después de haber conocido esto y aquello, protagonistas ambos de 'descubri-mientos' muy peculiares y de derrotas que les han obligado a mirar con nuevos ojos a sus propias culturas y a sus propias Historias, la europea y la americana, apelan a la compren-sión y al respeto hacia la otredad: «Yo creo que sólo hay un Dios Grande y Verdadero, pero no todo el mundo lo llama Quetzalcóatl. En otras tierras le dan un nombre diferente y por lo visto la lista de nombres es muy larga. Yo digo como pregunta que cómo podría ha-ber Dioses diversos que hubieran emprendido el mismo trabajo de hacer el mundo, los hom-bres, la Mar y los árboles [...] El hombre, Pa-dre Mío Venerado, es egoísta de nacimiento y cree que sólo su representación del Dios es la buena y las ajenas las considera como ídolos, que es la forma que han inventado, envidiosa y despectiva, de hablar de las imágenes del Dios hecha por los demás» (p. 196). Si esta ap-titud etnocentrista es evidente en materia de
religión, Opoton la descubre también en otros aspectos de la Conquista y su juicio es, si es posible, aún más tajante: «Como vieron que no leíamos ni escribíamos como ellos [...] cre-ían que no sabíamos llevar la cuenta de nues-tras Garbas, ni el registro de nuestra historia de aztecas tenochcas. Ellos no entendieron co-mo en nuestros papeles se contaba todo y los quemaron de la misma manera que queman a la gente viva, pues adivinaron que aquélla era nuestra historia viva» (p. 196). Todo esto que queda explicitado en este 'mensaje', casi un ensayo de moderna etnoantropología, en el texto está ilustrado y concretizado en mil anécdotas y aventuras, contadas con el tono li-viano e irónico de un Gulliver del siglo XVI que ha vivido y conocido, además, la teoría de la relatividad y la crisis del optimismo burgués de nuestro siglo.
N o hay en este libro ningún invento su-rrealista, no hay ni cabezas cortadas ni super-posición de tiempos y espacios diferentes co-mo en la novela de Granell: antihistórico es sólo el planteamiento inicial, el viaje desde Occidente hacia el Levante, lo demás es to-talmente verosímil (la parte ficcional) y refe-rencial (el cuadro histórico y geográfico), dis-torsionado, eso sí, por la óptica «al revés volteada» como escribe el autor en la sobre-cubierta. Quién podría no reconocer, por ejemplo, a los Reyes Católicos en esta defini-ción: «También tenían a un Gran Señor Aquel Que Habla, a su manera, claro, y él tenía una Gran Señora, eso es, Aquella Que Habla, co-sa la cual quiere decir que hablaban los dos [...] y yo diría que es por este motivo por lo que les cuesta entenderse, pues es costumbre bárbara. Entonces, cuando nosotros llega-mos, los Nuestros Grandes Señores de ellos estaban muy atareados, pues tenían una gran guerra contra unas tribus forasteras que se habían establecido en aquellas tierras hacía ya dieciseis Garbas de las nuestras y señoreaban una buena parte de la tierra y nunca pudimos saber si aquellas tribus eran gentes de Quet-zalcóatl, pues las expulsaron antes de que no-sotros pudiéramos tener trato con ellas» (pp. 86-87). Son ellos, sin duda, Fernando e Isabel, pero como disfrazados, mirados a través de un vidrio deformante que es el de la diferen-cia de culturas, de la 'otredad' que tantas ve-ces nos ha impedido ver y entender, y al con-trario nos ha empujado a encubrir y a no descubrir.
Y podemos afirmar que no es por azar que Artís-Gener haya escrito este texto al volver a España20: ha tenido que 'reconocer' y recon-quistar a su España, mirarla con los 'ojos vír-genes' de Opoton, de un vencido que quiere comprender lo sucedido y dejar memoria de su paso por el mundo, antes de que la versión de los vencedores borre definitivamente su huella y su memoria.
Menos llamativa es sin duda la inversión que opera Ramón J. Sender en sus obras de te-ma americano ya que no se aleja nunca de la estricta referencialidad ni utiliza técnicas des-realizadoras o rupturistas como la parodia y la escritura extrañada; además, sus protagonistas pertenecen a la Historia21, lo que generalmen-te deja espacios más restringidos a la creativi-dad ficcional. Sender, que ha hecho de Espa-ña, de sus contradicciones, de su historia, tema diríamos único de sus obras, encuentra en Mé-xico y en el sur de Estados Unidos nuevos pretextos para hablar de España, pero siempre elevando al hombre y las circunstancias espa-ñolas a dimensión universal, retratándolos en una condición extrema: «No busco una ver-dad útil... ni siquiera esa inofensiva verver-dad estética siempre falsa y artificiosa busco la ver-dad humana»22. A Sender, que se documenta-ba y estudiadocumenta-ba detalladamente las fuentes, le interesaban, más que la exactitud de la anéc-dota, los individuos, personajes históricos que adquieren la función simbólica de repre-sentar la condición perenne del hombre y de su «rebelión metafísica contra el mundo»23 y contra la injusta opresión.
En los casos que vamos a analizar, una ver-dad humana que no puede prescindir de la historia de las relaciones entre América y Es-paña, que según Sender fue «desde el princi-pio una relación no tangencial, como fue la de los ingleses u otros imperios coloniales, sino intersticial de sangre y convivencia»24.
Ya se había acercado a temas americanos cuando nada dejaba vislumbrar todavía su lar-go exilio en aquellas tierras (los textos ensa-yísticos El problema religioso en México, 1928, La América antes de Colón, 1928) pero es con su estancia en Guatemala, México y en el sur de Estados Unidos que su interés fragua en obras importantes de tema americano25 y de enfoque trágicomítico, reforzado por lo que Soldevila llama «curiosidad por las 'cien-cias ocultas' [...] y un creciente interés por el ocultismo y por el problema de la
sobrevi-da»26. Responden fundamentalmente a estas preocupaciones los nueve cuentos sobre el pa-sado legendario azteca de Mexitayotl (1940), y
La cisterna de Chichén-Itzá (1981), fábula
moderna ambientada en Yucatán, casi un pre-texto para describir ritos y mitos indígenas y confrontarlos con los europeos y orientales. En la misma línea se sitúan Los tontos de la
Concepción (1963), ambientado en las
misio-nes franciscanas en Arizona en el siglo XVIII, y Novelas ejemplares de Cíbola (1961), cons-tituido por doce cuentos, algunos reescritos a partir de los de Mexitayotl, otros nacidos de una atenta lectura de Bernardino de Sahagún y que revelan una forma de sincretismo pro-fundo entre las religiones indígenas y la cris-tiana, y en fin algunos que, a pesar de estar ambientados en época moderna, denotan la supervivencia de cosmogonías precolombinas. Otras obras se refieren a la realidad contem-poránea: El bandido adolescente (1965),
Epi-talamio del Prieto Trinidad (1942), Relatos fronterizos (1972), Nocturno de los catorce
(1969), Tanit (1970).
Recreaciones pormenorizadas de ambien-tes y sucesos de la conquista y colonización españolas son en cambio Hernán Cortés (1940), Jubileo en el zócalo (1964), La
aventu-ra equinoccial de Lope de Aguirre (1964), Tu-pacAmaru (1973). Siempre con miras a
resta-blecer la verdad y a impugnar la Historia Oficial, a demostrar el peligro presente en cualquier visión maniquea y preconcebida de la Historia, esta época le ofrece personajes que, por haberse encontrado en situaciones extremas, han asumido el rol de héroes trági-cos, más allá de connotaciones étnicas, nacio-nalistas etc.: Tupac Amaru, Lope de Aguirre, Cortés, Xhinotecatl y Moctezuma responden a estos requisitos y además constituyen nudos ambiguos y susceptibles de múltiples inter-pretaciones historiográficas que permiten a Sender, una vez asumido su doble destino,
es-pañol y americano, buscar nuevas verdades
buceando entre documentos, tradiciones, le-yendas y relatos de diversa procedencia.
Sender elige como protagonistas de estas obras a hombres fuertes, fuera de la ley o al margen de ella, cuya compleja psicología y contradicciones intenta rescatar: personajes en los que Sender sin duda refleja su índole anár-quica e impulsiva y en cuyas aventuras quiere desdibujar su visión del mundo, desilusiona-da y consciente de la imposibilidesilusiona-dad de
deslin-20
«Fue un libro de difícil y lenta gestación: ¡tardé trece años en escribirlo! Bueno, sin exagera-ción: en pensarlo, escribirlo, re-escribirlo, estudiar una geografía ignorada y aprender un bellísimo idioma. Ésta que el lector tiene en sus manos es la tercera versión: las dos anteriores no resistieron exámenes posteriores» (sobrecu-bierta). Por lo tanto podemos de-ducir que Artís-Gener, si bien ha ideado y empezado la novela en México, escribió la versión defi-nitiva estando ya en España.
21
Generalmente las novelas históri-cas contemporáneas se insertan en la línea trazada por Walter Scott (personajes ficticios dentro de un marco histórico) mientras que en la literatura latinoameri-cana abundan casos de prota-gonistas históricos (según el es-quema de Alfred de Vigny) 'revisitados' por la óptica pos-moderna como el Colón de El ar-pa y ¡a sombra de Alejo Car-pentier o el Lope de Aguirre de Daimon de Abel Posse.
22
Ramón J. Sender, Siete domingos rojos, Barcelona, Balagué, 1932, p . 5 .
23
Francisco Carrasquer, Imán y la novela histórica de Sender, Lon-don, Thamesis Books, 1 9 7 0 , p. 186.
2 4
Ramón J. Sender, Ensayos del otro mundo, Barcelona, Destino, 1970, p. 7 7 .
25
Marielena Zelaya Kolker contabi-liza 13 obras de tema americano (del Norte y del Sur, ya que Sen-der a partir de 1942 vivió en el suroeste de Estados Unidos, tierra de substrato mayaespañol, por lo que su exilio en tierra anglófona no significó nunca un total apar-tarse del mundo hispánico). N o incluye en su lista La cisterna de Chichén-Itzá e incluye los Ensa-yos del otro mundo (1970).
26
Ignacio Soldevila Durante, La novela desde 1936, M a d r i d , A l -hambra, 1980, p. 7 1 .
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2 7
Ramón J. Sender, «Antes de co-menzar», en Tupac Amaru, Bar-celona, Destino, 1973, p. 9.
28
La novela, sin añadir nada al per-fil literario de Sender, evidencia en el paratexto («Antes de empe-zar» y «Prólogo que el lector se puede saltar») y en el texto (en la proliferación documental que sin duda le quita calidad literaria, y en algunos párrafos metanarrati-vos) los mecanismos de creación que han permitido la escritura de las obras más significativas en es-te campo, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre y Jubileo en el zócalo: «Hay dos clases de ver-dades: las que suceden en la vida y las que se sueñan. Estas últimas son las verdades de los poetas [...]; un día un hombre letrado y con buena retórica escribirá algo sobre lo que estamos haciendo ahora. Y añadirá y quitará suce-sos según las reglas del arte. Así, pues, todo será al mismo tiempo verdad y mentira, según como se mire» (Ramón J. Sender, Tupac Amaru, cit., p. 181).
2 9
Cuando Sender escribe esta nove-la ya el movimiento uruguayo de los tupamaros era un hecho con-creto y en el «Prólogo que el lec-tor se puede saltar» se pregunta si hay realmente correspondencia entre los dos movimientos. N o po-demos descartar que ésta, como toda novela histórica, esté escrita con la mirada hacia el pasado así como hacia el presente, y que Sender quiera también subrayar la distancia y las diferencias que median entre la realidad histórica, el mito y su utilización por parte de los revolucionarios uruguayos.
30
A Enriquillo, el exiliado Jesús de Galíndez, dedicó una de sus Le-yendas del trópico, «El Bohoruco».
31
Cfr. mi «La verídica storia di Lo-pe de Aguirre dalle cronache al cinema», en Actas del Congreso Literatura y cine en América La-tina (Napoli-Pagani-Salerno 1999), Caracas, La Casa de Be-llo (en prensa).
32
Ramón J. Sender, Proclamación de la sonrisa, M a d r i d , Juan Pue-yo, 1 9 3 4 , p. 166.
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dar netamente el bien y el mal, la verdad y la mentira, las leyes y sus infracciones.
Consciente de la imposibilidad de afirmar una sola verdad, Sender en «Antes de comen-zar»27, una declaración de poética que acom-paña Tupac Amaru2i, se propone desmitificar falsas verdades: «Yo he creído siempre que, aparte otras razones de orden estético, lírico, cultural, o de simple entretenimiento y ame-nidad, la razón que justifica sobre todo esta tarea de escribir (en estos turbios tiempos) es la necesidad de definir el mal y hacerlo paten-te en las conciencias de todos [...] Pero natu-ralmente con la verdad. Una de las peores raíces del mal está en la proclamación y divul-gación de falsas verdades. Es decir, en la crea-ción de mitos malignos capaces de confundir las mentes y descarriarnos a todos en nuestra conducta de cada día. Uno de esos mitos es nuestro idealismo de colonizadores» (p. 10). En el caso específico de Tupac Amaru, el au-tor confiesa: «Yo tuve siempre una gran sim-patía, admiración y piedad natural por José Gabriel Tupac Amaru que sublevándose creía cumplir la voluntad de los Consejos de Indias. Ésta, era su dosis de ingenuidad y de sencilla nobleza que hay en todos los hombres supe-riores [...] Tupac Amaru está llamado a ser el mito indigenista de los países americanos de habla española» (p. 10).
Es decir, a través de la historia de un hom-bre, por algunos elevado a los altares del mi-to29 y por otros demonizado con las estigmas de la crueldad y de la traición, Sender quiere volver a escribir esa Historia resaltando todos los matices y las cualidades humanas del héroe, sus ingenuidades y sus frustraciones frente a la arrogancia y a las distorsiones o deformacio-nes del Poder: es posible hacerlo profundi-zando en sus sentimientos y pensamientos, confrontando toda la documentación posible, de ambos bandos («sucedieron algunas cosas importantes. O nimias, según se mire», p. 42), y, licencia del relato ficcional, asumiendo el punto de vista del mismo Tupac Amaru como forma de compensación al largo silencio al que lo ha obligado la Historia Oficial.
Al contrario de lo afirmado por la Histo-ria Oficial, el Tupac Amaru sendeHisto-riano sigue siendo, hasta la muerte, fiel a su rey y a su re-ligión: «Esta orden no es contra Dios, ni con-tra el Rey, sino concon-tra las malas adminiscon-tra- administra-ciones» (p. 14). En este registro se desarrolla toda la historia que permite la total
rehabilita-ción de Tupac Amaru como hombre valiente, religioso y coherente, y permite a Sender lan-zar sus ataques a ministros, sacerdotes, gober-nadores, corregidores que traicionaban la vo-luntad del Rey y sus leyes («las leyes de Indias eran comprensivas y humanitarias», p. 18). Restablecer la verdad y la justicia era la vo-luntad de Tupac Amaru, así como lo era de Guarnan Poma de Ayala al escribir su Nueva
Coránica y Buen Gobierno y lo era de
Enri-quillo, el cacique indio de Haití que guió la re-belión de su gente contra los colonizadores confiando en el apoyo de la corona30. Lo es también de Sender, que confirma su escéptica postura delante de la ley que, aunque buena, siempre sirve a quien gobierna para sobornar y explotar al pobre: si ingenuamente Tupac Amaru podía creer que sus quejas podían lle-gar y ser escuchadas por el Consejo de Indias, Sender insinúa la existencia de un frente com-pacto constituido por todos los representan-tes del poder, tanto en España como en las co-lonias.
Éste es el punto de arranque también de la historia de Lope de Aguirre, otro personaje incómodo de la historiografía española de la Conquista, señalado por muchos intelectuales hispanoamericanos, junto con Tupac Amaru, como un precursor de la Independencia: otro caso de revisionismo histórico, iniciado ya con Bolívar, y novelado en obras como
Dai-mon de Abel Posse, Lope de Aguirre Príncipe de la libertad de Miguel Otero Silva, El cami-no de El Dorado de Arturo Uslar Pietri31. Jun-to a los hispanoamericanos, no faltan escriJun-to- escrito-res españoles, desde Valle-Inclán a Sanchis Sinisterra que, con diversas motivaciones, lo eligen de protagonista de sus obras. El mismo Sender ya antes de la guerra civil había leído el libro de Emiliano Jos sobre Lope de Agui-rre y en Proclamación de la sonrisa le había de-dicado unas líneas en el apartado «Libertado-res de América»: «Como primer mártir de la libertad de América, Lope de Aguirre está por descubrir y rehabilitar»32.
Este 'descubrimiento', en el ámbito más amplio del nuevo descubrimiento de América, lo intenta Sender en La aventura equinoccial
de Lope de Aguirre, en donde quiere subrayar
la empresa individual de un hombre tan am-biguo que puede ser llamado loco y traidor en las crónicas de sus compañeros, y príncipe de
la libertad, héroe de la Independencia
No existiendo documentos que puedan desmentir las acusaciones contenidas en las crónicas de Vázquez33 y de los demás
mara-ñones que, para defenderse a sí mismos,
tuvie-ron que acusar a Aguirre de toda locura y
traición, y no queriendo alejarse de la
referen-cialidad histórica, Sender pone su atención más que en connotaciones ideológicas y polí-ticas, en la caracterización psico-patológica del hombre, profundamente condicionada por su vida anterior y por los sucesos de la expe-dición: lúcido y loco, histrión y solitario, de-magogo y tirano, tierno con su hija Elvira y despiadado con sus presuntos enemigos, cal-culador y colérico. Y, sobre todo, resentido y ambicioso: «el [resentimiento] de Lope lo era contra los hombres todos, contra el cielo y la tierra, contra el Rey y contra Dios. Los otros se daban cuenta de que algo fatídico y som-brío dominaba en la voluntad de Lope, pero no sabían qué. Ya no llamaban a Aguirre el
lo-co porque veían que no era la razón lo que le
faltaba, sino todo lo demás. Le faltaba todo en el mundo menos la razón. Y él quería apode-rarse, con su razón, de todo lo que le falta-ba»34. Delante de la parcialidad de la Historia, Sender ha dado a su personaje la oportunidad de defenderse35 en un escrito autobiográfico incluido en La aventura..., en que Aguirre se confiesa y recuerda las injusticias sufridas: pe-ro, para no contradecir la Historia que no nos ha legado ningún texto autobiográfico del
ti-rano, en la novela él mismo lo «arrojó al
fue-go» (p. 63). Sender muestra así una realidad articulada, lejana del maniqueísmo que rige tanto la versión de la historiografía oficial co-mo la de los escritores latinoamericanos que han querido hacer de Aguirre un príncipe de
la libertad: una verdad humana según la cual
el Aguirre senderiano es en parte la conse-cuencia de los mecanismos sociales de la Es-paña del 500 y de la Conquista.
Y para resaltar más esa 'verdad humana', le pone al lado un deuteroprotagonista, Pedra-rias de Almesto, su confidente y conciencia crítica, hombre justo y leal, que intenta hasta el final ser su amigo sin abjurar de su fidelidad al rey: «Creo en la amistad y morir por ella es tan bueno como morir por el rey y aún me-jor» (p. 237). Los de Aguirre y Pedrarias son diálogos que desmienten la imagen, que apa-rece en otros textos de ficción, de Aguirre hé-roe solitario y autosuficiente: lo que Aguirre busca en Pedrarias es el diálogo, la oposición
constructiva, y no la adulación y la sumisión. De igual manera, Pedrarias pierde la connota-ción de hombre ambiguo, pronto a huir pero también a aceptar el perdón de Aguirre, y ad-quiere la de 'intelectual' de la jornada, no só-lo porque viene utilizado como escribano sino porque es capaz de razonar por abstracciones, presagiar acontecimientos futuros, confron-tarse con el pasado: dos hombres destinados a enfrentarse en el acto final, pero sin nunca lle-gar a ser símbolos maniqueos uno del Bien, otro del Mal.
Y para rehabilitar al personaje Lope de Aguirre, verdadero monstruo para la histo-riografía oficial española, Sender pone en re-lieve, como en Tupac Amaru, las justas causas de la rebelión primera de Aguirre, no en con-tra de la Corona, sino en concon-tra de sus repre-sentantes, ineptos, ávidos, insensibles a los pe-didos y espectativas de los soldados y prontos a satisfacer sus más bajos instintos: la codicia, la pasión, la envidia. Esto, sin cambiar la His-toria, es suficiente para justificar en parte la rebelión de Aguirre contra Pedro de Ursúa y Fernando de Guzmán en nombre de la digni-dad humana y en nombre de la masa que no tiene voz: de hecho, como Tupac Amaru, Lo-pe de Aguirre se revela primero contra la con-ducta negativa y cruel de los representantes del Poder español en América, y sólo en una segunda etapa su rebelión se radicaliza y tiende contra el Poder mismo, tan lejano y ex-traño que no puede intervenir eficazmente en las cosas de América, hasta proclamarse Em-perador de las tierras conquistadas (de aquí parte la posibilidad de indicarlo como primer rebelde americano).
Lo que sugiere Sender, sin querer borrar de la Historia los crímenes de Aguirre, es que sus rebeliones nacen de justas motivaciones históricas antes que individuales: Pedro de Ursúa era uno de esos hombres de «presencia provocadora que suscitan antagonismos [y que] afrontaba las dificultades con valentía y arrogancia» (p. 53), y había obtenido el nom-bramiento de jefe de la expedición por haber sometido a los indios chitareros y a los negros cimarrones con crueldad y astucia; además la presencia de su amante Inés de Atienza lo ale-ja «de cualquier interés por la humanidad en-tera» y por la misma jornada, y «este senti-miento, en un jefe, podía ser peligroso» (p. 57). Paralelamente a la descalificación de Ursúa, Sender insinúa una nobleza interior de
33
Muy poco sabemos de Aguirre que no sea lo que nos consignan las crónicas escritas por los ma-ráñenles para defenderse de las acusaciones de haber apoyado al tirano en su rebelión. La más conocida es la Jornada de Oma-gua y Dorado de Francisco Vás-quez.
3 4
Ramón J. Sender, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, s.c, Magisterio Casáis, 1998, pp. 113-114.
35
La misma oportunidad que ha dado a Tupac A m a r u , asumien-do en el texto su punto de vista y dándole la palabra en numero-sos monólogos interiores.
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36
Ramón J. Sender, Nota prelimi-nar a Jubileo en el Zócalo, Bar-celona, Destino, 1974, p. 10.
3 7
Xinotecatl (1826) es la primera novela histórica latinoamericana, anónima, probablemente de un autor mexicano.
38
Ramón J. Sender, Monte Ondina, Zaragoza, G u a r a , 1 9 8 9 , p. 8 3 . De Bernal Díaz del Castillo Sen-der aprecia también las descrip-ciones de la naturaleza de Méxi-co y de sus aborígenes (cfr. Ensayos del otro mundo, Barce-lona, Destino, 1970, p. 6 5 y
pas-3 9
Jubileo en el zócalo se puede considerar tanto una novela co-mo una obra de teatro: los 'ca-pítulos' comprenden escenas dia-logadas entre los 'espectadores', fácilmente representables, los diálogos del retablo, indicacio-nes escenográficas y, a veces, voces 'fuori campo', recurso éste último utilizado por Sender tam-bién en Hernán Cortés, por ejemplo en la recitación de ro-mances y cantos indios. Cfr. José Carlos Mainer, «La narrativa de Ramón J. Sender: la tentación es-cénica», Bulletin Hispanique, n. 3-4, 1 9 8 3 , pp. 3 2 5 - 3 4 3 .
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Aguirre: su valentía (fue herido en dos oca-siones) que se convierte en rencor por no ser reconocida por los altos mandos, su lealtad a la Corona y su precoz defensa de los derechos de los indígenas («las regulaciones sobre los indios eran bien pensadas, pero imposibles de practicar, como se vio después», p. 62). En fin, lo elige como «uno de esos héroes de la antie-popeya [que] moriría también tragado por una alimaña» (p. 67). Ni Pedro de Ursúa es 'buen señor' traicionado por su Vasallo', ni éste último es loco y traidor sin tener sus bue-nas razones: es éste el mensaje revisionista que, sobre la Jornada de El Dorado, da Sen-der, investigando, como siempre lo hace, en esas 'verdades humanas' que dan sentido uni-versal a sus personajes, pero dando al mismo tiempo una versión de la jornada, y de toda la Conquista y el Imperio español, crítica y de-moledora.
Además Sender escinde su personaje en una confrontación a nivel social y político Ursúa) y a nivel humano (Aguirre-Pedrarias): Aguirre y Ursúa representan dos clases sociales que se enfrentan, el primero para afirmar sus derechos y vengarse de la mala suerte y las injusticias sufridas hasta en-tonces; el segundo para defender su estatus y el valor de un sistema político en que cree. Ya desde las primeras páginas, en la confronta-ción entre Aguirre y Ursúa éste último pare-ce destinado a sucumbir bajo el influjo ma-ligno de la «tarumba del equinoccio» (p. 85) y de Inés, hecho que Aguirre no puede per-donar en un jefe, y a la progresiva degenera-ción de Ursúa corresponde el progresivo en-grandecimiento de Aguirre. La aventura
equinoccial... se inscribe por lo tanto en la
misma línea de las otras obras de tema ameri-cano de Sender: por un lado, mostrar el Bien y el Mal presentes en un mismo individuo, epopeya y antiepopeya; por otro, volver a es-cribir la historia mostrando otras posibles versiones y motivaciones de las acciones hu-manas y las luces y las sombras de la empre-sa española, sin aceptar nunca acríticamente ni la versión del vencido —silenciado por la Historia y rehabilitado por los escritores americanos— ni la del vencedor, Ursúa, ven-cedor en cuanto representante de España, cu-ya personalidad y acciones vienen magnifica-das por los cronistas.
En cambio, Aguirre y Pedrarias son dos hombres que se respetan recíprocamente, a
quienes Sender da iguales posibilidades de
re-presentarse en la narración y cautivar al lector;
son dos hombres cabales, como lo son Cortés y Xhinotecatl en Hernán Cortés y en Jubileo
en el Zócalo: «He escrito estas páginas libre de
prejuicios, especialmente del prejuicio patrió-tico español o mexicano que no sería del caso y que no harían sino dificultar la objetividad. Confieso que sería difícil determinar si admi-ro más a Cortés o a los héadmi-roes que defendían a su patria contra el invasor»36.
Cortés y Xhinotecatl37 son los protagonis-tas de dos textos escritos a más de veinte años de distancia: entre los dos media un mayor conocimiento de México y la lectura porme-norizada de La historia verdadera de la
con-quista de Nueva España de Bernal Díaz del
Castillo, «fuente a la que me gusta acudir pre-cisamente por saber que es sospechosa a los eruditos»38.
Gracias a lo que pudo leer en La historia
verdadera... sobre las grandes fiestas que los
indios celebraron en 1535 en el Zócalo, lo que en 1940 había sido sólo una obra de teatro es-crita sobre la figura de Cortés en instancias de un actor español refugiado {Hernán Cortés), en 1964 llega a ser una obra compleja, teatro dentro del teatro o novela escénica, con Cor-tés y sus fieles que asisten a la puesta en esce-na, por parte de los indios, de un retablo so-bre la conquista. La obra representada no es otra cosa que el drama senderiano Hernán
Cortés con pequeños pero no insignificantes
cambios que conciernen una mayor profun-dización en las costumbres y cosmogonías in-dias y en la figura de Xhinotecatl, del cual se resalta mayormente la entereza y el valor. El rol que Sender confiere a Bernal Díaz del Castillo —y a su versión no oficial de la con-quista de México— es fundamental en esta re-visión: en una nota preliminar reconoce esta deuda; en el capítulo primero39 copia unos pá-rrafos de su libro; Bernal es actor que se mue-ve libremente entre los dos nimue-veles de repre-sentación; finalmente, es objeto de muchos diálogos entre Cortés, Pedro de Alvarado, Sandoval, Narváez y el padre Bartolomé que lo consideran autor («trujimán») de la pieza y de todas las tergiversaciones y cambios res-pecto a la versión oficial de las Relaciones de Cortés. Hay por lo tanto una asimilación en-tre Sender, autor del Hernán Cortés del 40, y Bernal Díaz del Castillo, indicado como au-tor de la pieza representada. Esta
superposi-ción entre los dos autores — que es a la vez desdoblamiento del único autor de las dos obras —se repite en la superposición—, des-doblamiento entre Cortés y los suyos que co-mentan y juzgan (nivel 1) los hechos repre-sentados (nivel 2) de los cuales ellos mismos son protagonistas. Son estas interconexiones precisamente las que permiten a Sender pre-sentar con más esmero las posibles versiones de los acontecimientos, resaltando su proble-maticidad.
La última escena de Hernán Cortés en la que los protagonistas de la conquista, vivos y muertos, se mezclan y discuten sobre los acontecimientos, representa el germen de la obra sucesiva: «el desdoblamiento escénico de las conciencias [que] patentiza la profunda ambigüedad de toda ¿verdad?, hecha siempre de culpas inquietantes, de inocencias culpa-bles, de crueldades necesarias»40. N o sólo esta misma escena vuelve, ampliada, en Jubileo..., sino que a partir de aquí empieza el proceso de mise en abíme que se va a repetir hasta el infinito y se concluirá en una procesión que es
representación por antonomasia41: «En el reta-blo los actores repiten las palabras de Cortés y también las de Alvarado exactamente, im-provisando. Entonces se da cuenta Cortés de que en el escenario está reproducida la sala no como en un espejo sino como es la sala mis-ma, incluido el escenario y el retablo, es decir que en el fondo del escenario hay otro retablo igual donde se reproduce de nuevo la sala y en el fondo del segundo retablo el tercero y así cada vez más lejos hasta el infinito como en un larguísimo túnel» (Jubileo..., pp. 198-199).
Por lo tanto, en Jubileo, con respecto a
Hernán Cortés, hay una visión múltiple
tan-to a nivel extradiegético como intradiegético; Sender vuelve a escribir la misma obra y juz-ga la Historia después de 20 años vividos en aquellos lugares; el personaje Cortés se des-dobla en el doble papel de protagonista (in-terpretado por un indio que representa una obra escrita por un marginal, Bernal Díaz del Castillo) y espectador (se mira a sí mismo en el escenario quince años después de los he-chos representados). Pero, ¿qué cambia en la visión de los hechos a raíz de esta compleja estructura cubista? En esencia nada, pero bas-tante en la evaluación de los hechos, y es el Cortés que asiste a la representación el que se hace portavoz del Sender maduro y
america-nizado.
Igual es la conciencia de la parcialidad de quien escribe la Historia: en ambas obras Cortés invita al escribano a «dejar en el tinte-ro» hechos no muy dignos de su empresa
{Hernán Cortés, p. 84, Jubileo..., p. 108); esta
idea está reforzada en Jubileo... al afirmar Cortés: «Voto al diablo que el que haya es-crito este retablo es un hijo de puta que sabe poner las cosas como fueron» (p. 83) y «Aho-ra todo el mundo anda buscando el reverso de mi historia» (p. 135). Igual es la desconfianza en una justicia superior, invocada por Cortés primero en sus pleitos con don Diego Veláz-quez, y luego al recibir la noticia de la exco-munión por su relación con la Malinche. Tampoco en este caso, como en Tupac
Ama-ru y en La aventura..., el Rey, invocado
co-mo Poder lejano pero justiciero, responde a las justas espectativas de sus subditos ni, co-mo el rey lopesco, interviene coco-mo deus ex
machina. Sender aquí expresa su
desconfian-za total en el Poder, y el rey de Jubileo... se re-vela aún más inepto e inerte frente al poder eclesiástico y burocrático, diciendo a Cortés: «alguaciles y escribanos son más necesarios al imperio que tú. Ellos conservan mis estados. Tú lo has aumentado, es verdad, pero el im-perio existía antes y se podía pasar sin ellos, no sin los alguaciles y los escribanos [...] La Iglesia no puede pasar sin la disciplina ecle-siástica y sin los sacerdotes. En cierto modo es lo mismo. La vida es así y no la vamos a cambiar nosotros» {Jubileo..., p. 36, pero tam-bién en Hernán Cortés, pp. 166-167). Igual es el desprecio hacia los representantes de la Es-paña oficial, don Diego Velázquez, don Pan-filo de Narvaez, padre Bartolomé («He teni-do que pelear más recio contra alguaciles, escribanos y adelantados que contra los in-dios», Hernán Cortés, p. 167) pero también en este caso aumenta enjublileo... la dosis de ironía y de desprecio («Hombres caían a su lado [de padre Bartolomé] pidiendo confe-sión, pero él bien corría», p. 166). Y aumen-tan los rencores y los engaños en el campo es-pañol, y consecuentemente la actitud severa de Cortés hacia sus compañeros. Los perso-najes españoles enjubileo... muestran su peor cara (por ejemplo Pedro de Alvarado que co-mentando una escena afirma: «Yo los odios a los mexicanos y no me importa cómo califi-can mi conducta», p. 198) lo que le sirve a Sender para subrayar, como confrontación, la actitud de Cortés, valiente y calculador,
cre-40 Ibid, p. 342.
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A la connotación de representa-ción que tienen todas las proce-siones, podemos darle un valor añadido si pensamos en la false-dad que en la narrativa de Sen-der acompaña a menudo a los representantes oficiales de la Iglesia.
El nuevo descubrimiento de los exiliados españoles en América ROSA MARÍA GRILLO
El nuevo descubrimiento de los exiliados españoles en América ROSA MAMA GRILLO
yente y anticlerical, hombre del Renacimien-to que bien sabe manejarse entre intrigas y falsedades y utilizarlas para sus fines, pero siempre respetuoso hacia lo 'otro'. Si estos ca-racteres eran ya evidentes en Hernán Cortés («cada país tiene sus usos», p. 82; «sentía cier-to respeccier-to por este hombre, fiel a los suyos», p. 92; «Un dios sabe morir [...] Debe morir. Sólo ahí se comprueba su divinidad. Pero no morir huyendo de la muerte, sino yendo a ella con alegría, como Xhinotecatl. El sí que era de casta de dioses», p. 149) se refuerzan nota-blemente en Jubileo... («Como hay Dios, que Xhinotecatl era un valiente y que daría algo por devolverle la vida», p. 135; «Cortés [...] no quiere destruir más casas, ni dar más bata-llas, ni derramar más sangre», p. 181). Una novedad consistente la constituye la Apari-ción —fraile y soldado, pagano y cristiano, Pólux y Santiago— que, dialogando antes con Cortés y luego con Huitxhilopotxtly, dios az-teca de la guerra, exalta las virtudes humanas de Cortés: «tú peleabas sin odio y por eso les llevabas una gran ventaja. N o quieres matar sino dispersar. N o herir sino desbaratar [...] porque tú admiras a toda esta gente pobre y valerosa en el secreto de tu corazón y amas a todos ésos que por el martirio cumplieron su secreto designio» (Jubileo..., p. 175). Y más aún, si en Hernán Cortés los muertos tenían un papel muy limitado, y aparecían sólo en el último cuadro, en Jubileo... se amplía su pre-sencia, quizás por un acercamiento a la cos-mogonía indígena: desde el inicio de la repre-sentación ya están «en un extremo de la sala, bajo un rayo de luz que caía de una clarabo-ya [...] con las caras muy blancas y las manos pintadas de rojo para diferenciarlos de los vivos» (p. 20); luego, en el capítulo XXIV, empiezan a actuar «varios soldados muertos» (p. 168).
Otros cambios apuntan a dar mayor visi-bilidad a Doña Marina, que en cuanto 'puen-te' entre las dos civilizaciones puede hacer comparaciones y emitir juicios («Los malos se ríen sin alegría y en eso la gente de México es mejor que vosotros. Ellos no ríen sino cuan-do están contentos y como no lo están nun-ca—nunca ríen», Jubileo..., p. 185) y a dar ma-yor espacio a usos, costumbres y religiosidad indígenas (por ejemplo en la escena de la muerte de Moctezuma, pp. 158-161, y en el diálogo entre la Aparición y Huitxhilopotxtly, pp. 189-195).
La comparación entre las dos obras, ade-más de demostrar un mayor dominio del es-pacio y de las técnicas teatrales por parte de Sender, nos hace ver su proceso de madura-ción tanto en relamadura-ción con el tema específico de la Conquista como en la definición de sus personajes. Todas las novedades presentes en
Jubileo... —y expresadas en mayor medida en
el nivel 1— tienden a criticar la esencia y las modalidades de la conquista española, la co-dicia, la crueldad y la inmoralidad de sus re-presentantes, y al mismo tiempo a exaltar la dignidad, la religiosidad y la lealtad de los in-dios. ¿Qué papel han tenido en esta evolu-ción el conocimiento directo de la realidad mexicana y la política franquista, con su rea-propiación de la España imperial y católica, de aquella España que había destruido el im-perio azteca y castigado a Cortés por rebel-de a la autoridad eclesiástica e imperial? Sin duda los cambios que intervienen en
Jubi-leo... dependen sobre todo del rechazo, por
parte de Sender, del destino español en lo que tiene, aún en 1964, del destino imperialista y absolutista del 500, y de la asunción del
des-tino americano: una vez más, el desdes-tino de los
vencidos. Y no importa que Cortés esté en el panteón de los héroes españoles porque para Sender la verdad humana de Cortés está en el hombre que ha derrotado y honrado a Xhi-notecatl, y que, a pesar de sus méritos de conquistador, ha sido marginado y rechaza-do por la burocracia civil, militar y religiosa. Por boca de la Aparición, Sender puede ex-presar su 'verdad' sobre Cortés: «tu gloria es sólo el reverso de tu miseria como son todas las glorias genuinas de guerra o de paz» (p. 201).
Las características tanto negativas como positivas de los protagonistas están más mati-zadas y al mismo tiempo se van radicalizando ya que al Sender maduro, más allá de ser par-tidario de un bando u otro, le interesan los hombres —Cortés y Xhinotecatl, pero tam-bién Moctezuma, la Malinche, Pedro de Alva-rado, padre Bartolomé—, esas mezclas de im-pulsos contradictorios, de grandezas y miserias, esa capacidad de elevarse más arriba de su época y dejar en ella su propia huella que permite a un hombre ser recordado: «Los hé-roes no mueren. Alvarado, si volvemos a Mé-xico y castigamos a esta nación y la destrui-mos o sodestrui-mos destruidos por ella tampoco nosotros moriremos. Tú no morirás, ni yo.
Tampoco tú morirás ya nunca, doña Marina»
(Jubileo..., p. 172).
Además, en Jubileo..., Sender deja al lector la posibilidad de múltiples lecturas, lo que co-rresponde a uno de los aspectos que hemos in-dicado como característico de este nuevo 'des-cubrimiento' literario de América y de la narrativa histórica posmoderna: poner en dis-cusión la versión oficial de la Historia y pro-poner lecturas alternativas y hasta en contra-dicción entre sí. En este caso, tenemos la voz del Cortés de las Relaciones (contemporánea a los hechos y cercana a lo expresado en
Her-nán Cortés) y del Cortés que asiste a la
repre-sentación del Zócalo, la voz de Bernal Díaz del Castillo que es señalado como el presunto autor del retablo y constituye la fuente prefe-rida de Sender porque es 'sospechosa a los eruditos', las versiones populares de los ro-mances y de las leyendas de raíz indígena, una posible versión de la Malinche, que habría re-cibido las confidencias del mismo Cortés y, en fin, una reinvención poética de los hechos. El
Cortés espectador, luego de reconocer la ve-racidad de lo representado, tiene las mismas dudas del lector: «¿Quién será el bellaco que lo ha escrito? ¿O han sido varios? Corchetes, escribanos, frailes y pajes. Ellos son los que suelen hacer la historia hablada» (p. 84). Una 'historia hablada' que puede contener más verdades que la Oficial, como nos ha enseña-do la moderna historiografía.
A veces con tonos crispados y agudos, gri-tando su disconformidad hacia la Historia Oficial y utilizando técnicas escriturarias an-ti-realistas; otras en voz baja, insinuando en un tejido narrativo tradicional otras posibles verdades, los escritores españoles
americani-zados han 'quitado la cobertura', como diría
Opoton, al Descubrimiento y al discurso his-toriográfico que lo ha narrado, poniéndose al paso, y quizás hasta anticipándose, al revisio-nismo de estas últimas décadas y a la narrati-va posmoderna latinoamericana, que ha hecho del Descubrimiento y de la Conquista tema privilegiado de sus obras.