MISA DE LOS FIELES. La misa de los fieles comprende, pues, el Ofertorio, la Consagración y la Comunión.

44  Descargar (0)

Texto completo

(1)

MISA DE LOS FIELES

Después de haber despedido a los catecúmenos, y descorrido el velo que, mediante los salmos y las lecturas escondía el misterio de Cristo, la Iglesia comienza a celebrar aquello que en la palabra de Dios solo se figuraba: la parte más sagrada de la liturgia, la misa de los fieles, en la que se ofrece al Padre, por medio del Espíritu Santo, el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en el calvario, para el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestras almas.

La misa de los fieles comprende, pues, el Ofertorio, la Consagración y la Comunión.

I. OFERTORIO

El ofertorio, abarca las ceremonias de la ofrenda, la incensación, el lavado de las manos y la oración final o colecta de las ofrendas.

Siendo la misa un sacrificio, el sacerdote ofrece al Señor la oblata, es decir, los elementos necesarios para el mismo. Y el pueblo se une a él, para ofrecer a Dios el sacrificio más perfecto, rogando para que puedan ser dignos de participar dignamente de los santos misterios que se van a celebrar.

1. SALUDO INICIAL

Una vez que la Schola ha terminado de cantar el Amén con el que se termina el Credo, el celebrante sube al altar y lo besa en medio (fuera de los corporales). El diacono y el subdiácono suben con él, y se sitúan cada uno en su respectiva grada detrás del celebrante, de modo que quedan los tres en línea recta.

Entonces, el sacerdote se vuelve a los fieles, extendiendo y juntando las manos, y los saluda diciendo:

S/ Dominus vobiscum. S/ El Señor sea con vosotros.

La Schola junto con la asamblea responde cantando:

R/ Et cum spiritu tuo. R/ Y con tu espíritu.

El celebrante se vuelve de nuevo hacia el altar y la asamblea se sienta.

2. ANTIFONA DEL OFERTORIO

Acto seguido el celebrante, extendiendo sus manos hasta sus hombros y juntándolas otra vez ante el pecho, a la par que inclina su cabeza a la cruz, canta:

S/ Oremus. S/ Oremos.

(2)

Acto seguido el celebrante lee en el Misal en voz baja la antífona del Ofertorio en el propio de la Misa, mientras la Schola comienza a cantarla. Si el canto termina antes de que se concluya con los ritos del ofertorio, se suele interpretar alguna pieza de órgano que concluirá antes del prefacio para no hacer esperar al sacerdote.

3. PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

El diacono entonces, sube a la tarima del altar y se coloca a derecha del celebrante. El subdiácono a su vez, tras haber hecho genuflexión en la ínfima grada del altar se dirige hacia la credencia.

Llegado a la credencia, el subdiácono recibe sobre sus hombros el velo humeral, que le entrega el maestro de ceremonias. Toma entonces con la mano izquierda el cáliz por el nudo, y lo cubre con la parte del velo que cuelga de su hombro derecho poniendo su mano derecha sobre el cáliz, de modo que tanto las dos manos como el cáliz queden tapados con la extremidad derecha del humeral. La parte del velo humeral que pende de su hombro izquierdo la deja colgar.

Acto seguido se dirige al altar llevando el cáliz al diácono, por el camino más corto.

Si hubiese que consagrar un copón, el maestro de ceremonias lo llevará al altar, marchando detrás del subdiácono.

El primer acólito, llevando las vinajeras puestas sobre el platillo, sigue al subdiácono en su desplazamiento, marchando detrás del maestro de ceremonias si éste sube al altar.

Una vez en la tarima del altar, el subdiácono se coloca a la derecha del diácono y deposita el cáliz sobre el altar. El maestro de ceremonias, deja asimismo el copón sobre el altar, y el diácono lo pone sobre los corporales descubriéndolo.

Por su parte el acólito deja las vinajeras sobre el ángulo de la epístola.

El diácono se vuelve entonces hacia el subdiácono y descubre el cáliz. A continuación retira la palia cuadrada y la deposita sobre el altar. Seguidamente toma la patena con las dos manos, la besa reverentemente en el borde y la entrega al celebrante, besándole al mismo tiempo la mano.

El sacerdote, teniendo la mano izquierda sobre el altar, quita primero con la derecha la palia redonda o hijuela que cubre la hostia, dejándola sobre el altar, cerca del velo del cáliz.

4. OFRECIMIENTO DE LA HOSTIA

A continuación el celebrante toma entre el pulgar, el índice y el dedo corazón de ambas manos, la patena con la hostia, y la eleva desde el centro de los corporales hasta la altura del pecho. Alza entonces el sacerdote los ojos al crucifijo, y bajándolos de nuevo, mira fijamente la hostia y se la ofrece a Dios Padre diciendo en voz baja:

(3)

S/ Suscipe, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus, hanc immaculatam Hostiam, quam ego indignus famulus tuus offero tibi, Deo meo vivo, et vero, pro innumerabilibus peccatis, et offensonibus, et negligentilis meis, et pro omnibus circunstatibus, sed et pro omnibus, fidelibus christianis: ut mihi et illis proficiat ad salutem in vitam aeternam.

Amen

S/ Recibe, oh Padre Santo, omnipotente y eterno Dios, esta que va a ser Hostia

inmaculada y que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, mi Dios vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los presentes, así como también por todos los fieles cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y vida eterna. Así sea.

Mientras recita esta oración, el diacono eleva el copón, si lo hubiera, sosteniéndolo por el nudo.

Al concluir, el celebrante baja de nuevo la patena, traza con ella una señal de la cruz a dos dedos del corporal, y deposita la hostia sobre éste, sin tocarla, en el centro del pliegue anterior. Tras esto, deja la patena sobre el altar, y el diácono cubre de nuevo el copón.

5. OFRECIMIENTO DEL CÁLIZ

El subdiácono limpia el interior de la copa del cáliz con el purificador y lo presenta al diácono, el cual, lo toma con su mano izquierda, por el nudo, reteniendo con el pulgar el purificador extendido desde el nudo hasta el pié del cáliz.

El subdiácono toma entonces la vinajera del vino y se la entrega al diácono. El diácono, teniendo el cáliz un poco inclinado, vierte en él el vino haciéndolo resbalar por las paredes interiores de la copa. Cuando termina, devuelve la vinajera al subdiácono, el cual la deposita de nuevo sobre el platillo, y presenta la vinajera del agua al celebrante inclinándose un poco hacia él, mientras le dice en voz baja:

SD/Benedicite, Pater reverende. SD/ Bendícela, Padre reverendo.

El celebrante entonces se vuelve hacia el subdiácono y, poniendo la mano izquierda extendida sobre el altar fuera de los corporales, bendice el agua trazando con la mano derecha un signo de cruz hacia la vinajera. Entonces el subdiácono vierte un poco del agua ya bendita en el cáliz que sostiene el diacono, mientras el celebrante dice en voz baja:

S/ Deus †, qui humanae substantiae dignatem mirabiliter condisti, et mirabilius reformasti: da nobis per hujus aquae et vini mysterium, ejus Divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus, Filius tuus,

Dominus noster. Qui tecum vivit et regnat in

S/ Oh Dios, † que maravillosamente formaste la naturaleza humana y más maravillosamente la reformaste: haznos, por el misterio de esta agua y vino, participar de la divinidad de Aquel que se dignó hacerse participante de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo Señor nuestro, que, Dios

(4)

El vino simboliza la divinidad de Jesús, y el agua, su humanidad. La mezcla de ambos figura la unión indisoluble de las dos naturalezas en Cristo y la unión de los fieles con Él.

El subdiácono deposita entonces la vinajera en su platillo, que es retirada a la credencia por uno de los acólitos.

Acto seguido el diácono enjuga con el dedo índice de su mano derecha envuelto en el purificador, las gotas que pudieron quedar adheridas a las paredes interiores del cáliz.

Seguidamente toma el cáliz con la mano derecha por la copa y con la mano izquierda por el pié y lo presenta al celebrante, besando primero el pié del cáliz y después la mano derecha de éste.

El celebrante toma el cáliz por el nudo con su mano derecha, y sosteniendo con su izquierda su base, lo eleva a la altura de los ojos. El diácono le ayuda, sosteniendo con su mano derecha el pie del cáliz, mientras mantiene la otra sobre su pecho. Entonces, ambos elevan su mirada hacia la cruz, y con los ojos fijos en ella recitan juntos en voz baja la siguiente oración:

S y D/ Oferimus tibi, Domine, calicem salutaris, tuam deprecantes clamentiam: ut in conspectu divinae Majestatis tuae, pro nostra et totius mundi salute cum odore suavitatis ascendat.

Amen.

S y D/ Te ofrecemos, Señor, el Cáliz de salvación, implorando de tu clemencia que llegue en olor de suavidad hasta el

acatamiento de tu Divina Majestad, para nuestra salvación y la de todo el mundo.

Así sea.

Acabada la oración, el sacerdote baja el cáliz, hace con él una señal de la cruz a dos dedos del corporal, y lo deja sobre el mismo. El diacono lo cubre con la palia cuadrada, y seguidamente, entrega la patena al subdiácono, que la sostiene con su mano derecha. Entonces, el diácono cubre con el velo humeral que el subdiácono lleva sobre los hombros, la patena y la mano de éste.

El subdiácono apoya la patena sobre su pecho, y desciende hasta su grada por el camino más corto situándose detrás del celebrante. Llegado a su lugar, hace genuflexión, eleva la patena cubierta hasta la altura de su rostro, y sosteniendo su codo derecho con la mano izquierda la mantiene en esa posición.

6. OFRECIMIENTO DEL SACERDOTE Y DE LOS FIELES

El sacerdote, entonces, inclinado con las manos juntas apoyadas en el altar fuera de los corporales, se ofrece a sí mismo y a los fieles presentes junto con la Hostia y el Cáliz, diciendo:

S/ In spiritu humilitatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: et sic fiat

sacrificium nostrum in conspectu tuo hodie , ut placeat tibi, Domine Deus.

S/ Recíbenos, Señor, pues nos presentamos a Ti con espíritu humillado y corazón contrito. Que el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor y Dios nuestro, llegue a tu presencia de manera que te sea agradable.

(5)

7. BENDICIÓN DE LAS OFRENDAS

Acto seguido, el sacerdote se incorpora manteniendo las manos juntas, y elevando la vista a la cruz, invoca la presencia y la bendición del Espíritu Santo, diciendo:

S/ Veni santificator omnipotens aeterne Deus: et benedic † hoc sacrificium tuo sacto nomini praeparatm.

S/ Ven, oh Dios santificador, todopoderoso y eterno, y bendice † este sacrificio preparado para gloria de tu Santo Nombre.

Con las últimas palabras de esta oración, el celebrante traza una cruz con su mano derecha sobre las ofrendas, mientras apoya la izquierda sobre el altar, fuera de los corporales.

8. SEGUNDA INCENSACIÓN

La segunda incensación, que tiene por objeto ungir las ofrendas presentadas a Dios Padre. De esta manera, el aroma del incienso envolverá al Cáliz y la Hostia ofrecidos, al altar, al Celebrante, a los Ministros sagrados, y a todos los fieles asistentes que se ofrecen a sí mismos como oblatas vivas. Este aroma elevándose al Cielo, junto con sus oraciones, simboliza su ofrecimiento ante el Trono del Dios Altísimo como ofrenda agradable a su Nombre.

El maestro de ceremonias y el turiferario suben, entonces, al altar para la imposición y bendición del incienso.

Una vez allí, el turiferario entrega la naveta con la cucharilla dentro al diácono, quien la entrega al celebrante con los ósculos de rigor.

El turiferario abre entonces el incensario y lo presenta al celebrante. El diácono por su parte acerca al celebrante la naveta abierta e inclinándose hacia él le dice en voz baja:

D/ Benedicite, Pater reverende. D/ Bendícelo, padre reverendo.

Entonces, el celebrante, con su mano izquierda apoyada sobre el altar, impone tres veces el incienso sobre los carbones del incensario, mientras dice en voz baja:

S/ Per intercessionem beati Michaelis Archangeli, statis a dextris altaris incensi, et omnium electorum suorum, incensum istud dignetur Dominus benedicere †, et in odorem suavitatis accipere. Per Christum dominum nostrum. Amen

S/ Por la intercesión de San Miguel Arcángel, que asiste a la diestra del altar de los perfumes, y por la de todos los elegidos, dígnese el Señor bendecir † este incienso y recibirlo en olor de suavidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.

Acto seguido, con la mano izquierda aun sobre el altar, el celebrante devuelve la cucharilla al diácono, que la recibe con los ósculos de rigor, y traza con la mano derecha un signo de cruz sobre el incensario.

Tras la bendición del incienso, el diácono devuelve la naveta al maestro de ceremonias, recibe

(6)

El maestro de ceremonias y el turiferario se retiran por donde han venido y devuelven la naveta a la credencia.

Entonces se procede a la incensación de las ofrendas.

El diacono apoya su mano derecha en el pie del cáliz, mientras el celebrante inciensa las oblatas, es decir, el cáliz y la hostia, trazando sobre ellas con el incensario tres signos de cruz y después, tres círculos a su alrededor. Los dos primeros círculos en sentido opuesto a las agujas del reloj y el último en el sentido de éstas.

Toda esta incensación se lleva a cabo mientras el sacerdote recita la siguiente oración en voz baja distribuyendo las palabras entre sus movimientos:

S/ Incensum istud a te benedictum, ascendat ad te, Domine, et descendat super nos misericordia tua.

S/ Suba, oh Señor, hasta Ti este incienso que Tú has bendecido, y descienda sobre nosotros Tu misericordia.

INCENSACIÓN OBLATAS

Una vez terminada la incensación de las oblatas, el diácono toma el cáliz por el nudo y lo desplaza levemente hacia el lado de la epístola, sin sacarlo de los corporales. Así se evita que se vuelque el cáliz por accidente en las siguientes incensaciones.

Entretanto, el turiferario acompañado por el maestro de ceremonias, cruza por detrás del subdiácono hacia el lado del evangelio haciendo, al pasar por el centro del altar, genuflexión o inclinación profunda si no hay presencia real. Una vez allí, el turiferario sube a la izquierda del sacerdote, mientras que el maestro de ceremonias se queda in plano, esperando a retirar el misal cuando sea necesario.

Entonces, los tres (celebrante, diácono y turiferario) hacen la reverencia conveniente a la cruz de altar y el celebrante procede a la incensación de la cruz con tres golpes y genuflexión antes y después, y a continuación prosigue con a la incensación del altar tal y como lo hizo al inicio de la misa, pero esta vez, distribuyendo las palabras del salmo 140 de modo que termine de recitarlo cuando la oración concluya.

(7)

S/ Dirigatur, Domine, oratio mea sicut incensum in conspectu tuo: elevatio manuum mearum sacrificium vespertinum.

Pone, Domine, custodiam ori meo, et ostium circumstatiae labiis meis; ur non declinet cor meum in verba malitiae, ad excusandas escusationes in peccatis.

S/ Suba mi oración, Oh Señor, ante tu presencia, como sube el olor de este incienso; sea la elevación de mis manos tan aceptable como el sacrificio vespertino.

Pon, oh Señor, guarda a mi boca y un candado a mis labios, para que mi corazón no se desahogue con expresiones maliciosas, buscando cómo excusar mis pecados.

INCENSACIÓN ALTAR

Terminada la incensación del altar, el sacerdote entrega el incensario al Diácono, diciendo en voz baja:

S/ Ascendat in nobis Dominus ignem sui amoris, et flamman aeternae caritatis.

Amen.

S/ Encienda el Señor en nosotros el fuego de su amor y la llama de su eterna caridad.

Así sea.

(8)

van a incensar al clero y a la Schola, con tres golpes simples. Tras esto, vuelven a hacer la reverencia conveniente y se sitúan a la derecha del subdiácono, el cual, se vuelve hacia ellos apoyando la patena sobre el pecho, y el diacono lo inciensa con dos golpes simples, saludándose mutuamente antes y después.

Seguidamente el diácono entrega el incensario al turiferario que se ha situado a su derecha, y regresa a su lugar en la primera grada detrás del celebrante, hace genuflexión y se vuelve hacia el turiferario, el cual lo inciensa con dos golpes dobles con saludo mutuo antes y después. Acto seguido el diácono se vuelve de cara al altar.

El maestro de ceremonias se vuelve entonces hacia el turiferario, y éste lo inciensa con un sólo golpe simple de incensario saludándose mutuamente con una inclinación antes y después.

A continuación va a incensar a los acólitos, con un golpe simple cada uno, pero con un saludo común antes y después. Seguidamente hace genuflexión o inclinación profunda si no hay presencia real, y se dirige a la entrada del presbiterio donde se pone en el centro, mirando hacia la nave y, desde allí inciensa a los fieles con tres golpes simples: en el centro, a su izquierda y a su derecha saludándolos con una inclinación antes y después, para significar que todos se quieren ofrecer a Dios en olor suavísimo, juntamente con el cordero inmaculado, para recibir de Dios la gracia que la Divina Victima nos ha merecido.

Cuando termina la incensación de los fieles, el turiferario vuelve a su sitio cerca de la credencia, haciendo de nuevo la reverencia conveniente si ha de pasar ante el medio del altar.

El maestro de ceremonias que ha devuelto durante la incensación el misal a su sitio, permanece a su lado para asistir al sacerdote, pasando las páginas cuando fuese necesario.

9. LAVATORIO DE MANOS

Acercándose al sublime momento, la asamblea se pone en pie, y se procede al lavatorio de manos.

El primer acólito, toma con sus dos manos el manutergio desplegado, mientras que el segundo toma el platillo con su izquierda y la vinajera del agua con la derecha. El acólito segundo se coloca a la izquierda del primero.

Los acólitos se sitúan ante las gradas, hacen una inclinación, y suben hasta el altar.

El sacerdote celebrante que siente cada vez más su indignidad, da un solemne testimonio ante el pueblo lavándose las manos que ya estaban físicamente limpias por completo, no solo las puntas de los dedos, significando así su deseo de pureza interior. El pueblo se humilla profundamente y se une a su deseo, tan necesario para estar en presencia de Dios.

De este modo, al lavarse las manos, recita los versículos del salmo 25 para pedir al Señor la pureza de su alma:

(9)

Lavabo inter innocentes manus meas: et circumdabo altare tuum, Domine, ut audiam vocem laudis: et enarrem universa mirabilia tua.

Domine, dilexi decorem domus tuae: et locum habitationis gloriae tuae.

No perdas cum impiis, Deus animam meam:

et cum viris sanguinum vitam meam. In quorum manibus iniquitqtes sunt: dextera eorum repleta est muneribus.

Ego autem in innocentia mea ingressus sum:

redime me, et miserere mei.

Pes meus stetit in directo: in ecclesiis benedicam te, Domine.

Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in sæcula sæculorum. Amen.

V/ Lavaré mis manos entre los inocentes; y me pondré, oh Señor, al servicio de tu altar, Señor, haciendo resonar cánticos de alabanza y pregonando todas tus maravillas.

Amo, Señor, la belleza de tu casa y el lugar donde reside tu gloria.

No pierdas, Dios mío, mi alma con los impíos, ni mi vida con los hombres sanguinarios, en cuyas manos no se ve más que iniquidad, cuya diestra está colmada de regalos.

Mas yo camino según mi inocencia:

sálvame, Señor y apiádate de mí.

Mis pies se han dirigido siempre por el camino de la rectitud; te bendeciré, Señor en la asamblea de los fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amen

Terminada esta oración, los acólitos reciben el manutergio, saludan al sacerdote con una inclinación de cabeza y se vuelven a la credencia sobre la cual ponen de nuevo los utensilios.

10. ENCOMENDACIÓN DE LAS OFRENDAS

Entonces, el celebrante, volviéndose al medio del altar e inclinándose humildemente, encomienda a la Santísima Trinidad el Sacrificio que está celebrando para mayor gloria de Dios, honra de los Santos y provecho de las almas.

S/ Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem, quam tibi offerimus ob memoriam passionis, resurrectionis, et ascensionis Jesu Christi Domini nostri: et in honorem beatae Mariae semper virginis, et beati Joannis Baptistae, et sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, et istorum, et omnium Sanctorum: ut illis proficiat ad honorem, nobis autem ad salutem, et illi pro nobis intercedere dignentur in coelis, quorum memoriam agimus in terris.

Per eumdem Christum Dominum nostrum.

Amen

S/ Recibe, oh Trinidad Santa, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo y en honor de la bienaventurada siempre Virgen María, del bienaventurado San Juan Bautista y de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, y de éstos y de todos los Santos; para que a ellos les sirva de honor y a nosotros nos aproveche para la salvación, y se dignen interceder por nosotros en el cielo aquellos cuya memoria veneramos en la tierra.

Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

Así sea.

(10)

11. ORATE FRATRES

El sacerdote que no cesa de pensar en su propia indignidad, besa el altar, símbolo de Cristo, y se vuelve hacia el pueblo, abriendo y cerrando los brazos como para abrazarlos a todos en nombre de Cristo, se encomienda a sus oraciones, diciendo:

S/ Orate fratres: ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotens.

S/ Orad, hermanos, a fin de que mi sacrificio y el vuestro, sea aceptado en el acatamiento de Dios, Padre omnipotente.

El subdiácono, poniendo momentáneamente la patena sobre su pecho, le responde diciendo SD/ Suscipiat Dominus sacrificium de

manibus tuis ad laudem et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram, totiusque Ecclesiae tuae sanctae. Amen.

SD/ El Señor reciba de tus manos este Sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro provecho y el de toda su Santa Iglesia. Así sea.

12. ORACIÓN SECRETA

El Sacerdote reza entonces en voz baja la oración secreta, por medio de la cual presenta a Dios los votos de toda la Santa Iglesia por la aceptación del Sacrificio.

En la oración secreta se encuentra en el propio del día.

El sacerdote concluye la oración secreta cantando las últimas palabras en voz clara:

S/ Per omnia saecula saeculorum. S/ Por los siglos de los siglos.

La Schola y la Asamblea responden cantando:

R/ Amen. R/ Así sea.

II. CONSAGRACIÓN

En este momento comienza la consagración, la parte más importante de la Santa Misa, es decir, aquella en la que se realiza la transubstanciación de las ofrendas en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Es Cristo mismo quien, en la persona del sacerdote, se adelanta hacia el trono del Padre y, en la gloria de su eterno pontificado, hace resonar la voz de su intercesión, con el potente grito de su Sangre preciosísima.

La consagración se realiza en el canon de la misa. Este comprende las primeras oraciones de intercesión denominadas prefacio, la transubstanciación, la ofrenda de las especies, y las últimas oraciones de intercesión con la doxología final.

(11)

1. PREFACIO

El prefacio abre solemnemente la gran oración eucarística que debe hacer descender a Dios sobre el altar, e invita a los fieles al reconocimiento, a la gratitud y a la alabanza de Dios por todos los beneficios recibidos, por medio de Jesucristo en la obra de nuestra redención. Es la oración por excelencia de la Iglesia, la oblación del sacrificio.

Un corto dialogo entre el celebrante y los fieles infunde en las almas los sentimientos de acción de gracias que convienen a la celebración de los santos misterios.

El maestro de ceremonias busca en el Misal la página del Prefacio y le índica al sacerdote con la mano derecha el comienzo del mismo. El celebrante, teniendo pues ambas manos apoyadas sobre el altar, a ambos lados de los corporales, cantará en voz alta el inicio del prefacio:

S/ Dominus vobiscum. S/ El Señor sea con vosotros.

A lo que responden la Schola y la asamblea:

R/ Et cum spiritu tuo. R/ Y con tu espíritu.

El celebrante eleva entonces ambas manos a la altura del pecho con las palmas frente a frente, y prosigue cantando:

S/ Sursum corda. S/ Elevad vuestros corazones.

La Schola y la asamblea responden:

R/ Habemus ad Dominum. R/ Los tenemos puestos en el Señor.

Entonces, el celebrante junta las manos ante el pecho y eleva los ojos a la cruz mientras canta:

S/ Gratias agamus Domino Deo Nostro. V/ Demos gracias al Señor Dios nuestro.

Y concluyendo con una inclinación de cabeza a la cruz, la Schola y la asamblea responden:

R/ Dignum et justum est. R/ Digno y justo es.

Entonces el sacerdote, teniendo las manos extendidas ante el pecho, prosigue con el canto del Prefacio. El prefacio es una oración que varía según las fiestas. Existen 15 prefacios diferentes que resumen distintas partes de la doctrina católica para que los fieles se unan a los ángeles, santos, y todos los coros celestiales, en la adoración de tan bellos misterios, reflejo de la inmensa majestad de Dios y su gran amor por nosotros.

(12)

PREFACIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Se dice este prefacio todos los domingos del año excepto en aquellos que caen en Cuaresma, en el Tiempo Pascual, en las infraoctavas del Corpus y del Sagrado Corazón.

Este prefacio resume en sí toda la doctrina acerca de la Unidad y la Trinidad de Dios, a fin de que los fieles admiren y adoren este misterio.

S/ Vere dignum et justum est, aequum et salutare, nos tibi sember, et ubique gratias agere; Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus; Qui cum unigenito Filio tuo, et Spiritu Sancto, unos es Deus, unus es Dominus; non in unius singularitate

personae, sed in unius Trinitate substantiae.

Quod enim de tua gloria, relevante te, credimus, hoc de Filio tuo, hoc de Spiritu Sancto, sine differentia discretionis sentimus. Ut in confessione verae sempiternaeque Deitatis, et in personis proprietas, et in essentia uñitas, en in majestate adoretur aequalitas. Quam laudant Angeli atque Archangeli, Cherubim quoque ac Seraphim: qui non cesant clamare quotidie, una voce dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor santo, Padre

todopoderoso, Dios eterno, que con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios y un solo Señor, no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola substancia.

Porque cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos indistintamente de tu Hijo y del Espíritu Santo; de suerte que, confesando una verdadera y eterna divinidad adoramos la propiedad de las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad. A la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y Serafines, que no cesan de cantar a una sola voz, diciendo:

PREFACIO COMÚN

Se dice en todas las misas que no tienen prefacio propio.

Es el prefacio con el cual la Iglesia militante, unida a la triunfante entona a Dios el canto de la alabanza.

S/ / Vere dignum et justum est, aequum et salutare, nos tibi sember, et ubique gratias agere; Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus; per Christum Dominum nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli, caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas,

deprecamur, supplici confessione dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor santo, Padre

omnipotente, eterno Dios, por Jesucristo Nuestro Señor: por el cual los Ángeles alaban tu majestad, las Dominaciones la adoran, las Potestades la temen; los cielos y las Virtudes de los cielos, y los

bienaventurados Serafines, con recíproca alegría la celebran. Te suplicamos, Señor, que recibas nuestros cánticos unidos a los suyos, cuando te ensalzamos diciendo humildemente:

(13)

PREFACIO DE NAVIDAD

Se dice en Navidad hasta Epifanía (excepto en el día de la octava de san Juan), en la fiesta de Corpus Christi, en la Transfiguración y en la Purificación de la Santísima Virgen.

Este prefacio es una especial acción de gracias a Jesucristo, que por nuestro amor se encarnó y se hizo semejante a nosotros. Es el misterio de la Redención el que en el domina, con el fin de llevarnos a la cuna de Jesús para rendirle solemne acción de gracias.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Quia per incarnati Verbi mysterium, nova mentis nostrae oculis lux tuae claritatis infulsit; ut dum visibiliter Deum cognoscimus, per hunc in invisibilium amorem rapiamur. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caeestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que nosotros, en todo tiempo y lugar, te demos gracias: Señor santo, Padre todopoderoso, y Dios Eterno;

porque por el misterio de la Encarnación del Verbo se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de tu gloria, para que, reconociendo en forma visible a nuestro Dios, seamos atraídos por el amor de las cosas invisibles por lo tanto, nos unimos con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con toda la Corte Celestial, para cantar un cántico de gloria, diciendo sin cesar:

PREFACIO DE EPIFANÍA

Se dice desde el día de Epifanía hasta la octava y en la fiesta de la Sagrada Familia.

En este prefacio la Iglesia canta a la Luz inmortal que se manifestó al mundo bajo el velo de la humanidad de Jesucristo, en la cual escondió su gloria.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Quia cum Unigenitus tuus in substantia nostrae mortalitatis apparuit, nova nos immortalitatis suae luce reparavit.

Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; pues que tu Hijo unigénito, manifestándose a nosotros revestido de carne mortal como la nuestra, nos ha recobrado el derecho de participar algún día de la luz y resplandor de su inmortalidad. Por tanto, nos unimos a los Ángeles y los Arcángeles, a los Tronos y Dominaciones y a toda la milicia celestial, para cantar un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

(14)

PREFACIO DE CUARESMA

Este prefacio se dice en todas las Misas del Tiempo de Cuaresma y en las Misas de los Santos que ocurran en este tiempo y que no tengan prefacio propio.

El Prefacio de Cuaresma, se refiere esencialmente al ayuno; ayuno que consiste en la reprensión de la concupiscencia y en la purificación del alma. Y bajo este aspecto deberíamos también considerar el ayuno; cercenar el alimento al cuerpo para podernos remontar a las regiones luminosas del espíritu.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Qui corporati jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris, et praemia: per Christum Dominum

Nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant, Dominationes, tremunt Potestates. Caeli, caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas,

deprecamur, supplici confessione dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; que por medio del ayuno corporal domas nuestras

pasiones, nos das la virtud y nos premias por Jesucristo nuestro Señor. Por quien los Ángeles alaban tu majestad suprema, las Dominaciones la adoran, las Potestades la reverencian con temor. Los Cielos, las Virtudes de los Cielos y los bienaventurados Serafines celebran todos juntos tu gloria con transportes de júbilo. Te suplicamos, Señor, recibas nuestras voces con las suyas, diciéndote en humilde confesión:

PREFACIO DE LA CRUZ

Se dice en todas las Misas del Tiempo de Pasión, hasta Jueves Santo, y todas las Misas de la Santa Cruz, de la Pasión, y de la Preciosa Sangre.

Este Prefacio celebra los triunfos de la Santa Cruz, o sea, su victoria sobre el pecado y sobre el demonio, que había inducido al mal a nuestros primeros padres.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Qui salutem humani generis in ligno Crucis constituisti: ut unde mors oriebatur, inde vita resurgeret; et qui in ligno vincebat, in ligno quoque vinveretur;

per Christum Dominum Nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant, Dominationes, tremunt Potestates. Caeli, caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas,

deprecamur, supplici confessione dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno, que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que, de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida; y el que en un árbol vencía, en un árbol fuese vencido; por Cristo nuestro Señor. Por quien los Ángeles alaban tu majestad, las Dominaciones la adoran, las Potestades la temen. Los Cielos, las Virtudes de los Cielos y los bienaventurados

Serafines, con recíproca alegría la celebran.

Rogámoste que con sus alabanzas recibas las nuestras, diciendo con humilde confesión:

(15)

PREFACIO PASCUAL

Se dice en las Misas del Tiempo Pascual, excepto en las que tienen Prefacio propio.

Este Prefacio canta la victoria del verdadero Cordero Pascual, Jesús, sobre la muerte y sobre el pecado.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare; Te quidem, Domine, omni

tempore, sed in hac potisimum die gloriosus praedicare, cum Pascha nostrum

immomlatus est Christus. Ipse enim verus est Agnus, qui abstulit peccata mundi. Qui mortem nostram moriendo destruxit, et vitam resurgendo reparavit. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te alabemos, Señor en todo tiempo, pero principalmente con mayor magnificiencia en éste, en que Jesucristo inmolado es nuestra Pascua.

Porque Él es el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo. El cual muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparo nuestra vida. Por esto, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones y con todo el ejército de la milicia celestial, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

PREFACIO DE LA ASCENSIÓN

Este prefacio, se dice el día de la Ascensión y durante toda la Octava, en las Misas que no tienen Prefacio propio.

Después de recordar el objeto de la fiesta, el Prefacio nos propone la consideración de su fruto especial: la participación de los fieles en la divinidad de Jesucristo, su Cabeza.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: per Christum Dominum Nostrum. Qui post resurrectionem suam omnibus discipulis suis manifestus apparuit, et ipsis cernentibus est elevatus in caelum, ut nos divinitatis suae tribueret esse participes. Et ideo cum Angelis et

Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; por Jesucristo nuestro Señor. Quien después de su resurrección se manifestó a todos sus discípulos, y subió a los Cielos en su

presencia para hacerles participantes de su divinidad. Por tanto, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con todo el ejército celestial, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

(16)

PREFACIO DE PENTECOSTÉS

Se dice desde la Vigilia de Pentecostés hasta el sábado siguiente, y en las Misas votivas del Espíritu Santo.

Este Prefacio celebra los frutos del Espíritu Santo en el corazón de los fieles, y especialmente su filiación adoptiva hecha por Dios en nuestro favor.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: per Christum Dominum nostrum. Qui asendes super omnes caelos, sedensque ad dexteram tuam, promissum Spiritum Sanctum hodierna die in filios adoptionis effudit. Quapropter profusis gaudiis, totus in orbe terrarum mundus exultat. Sed et supernae Virtutes, atque angelicae Potestates, hymnum glorae tuae concinunt, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno, por Jesucristo Nuestro Señor. El cual, subiendo a lo más alto de los Cielos y estando sentado a tu Diestra, derramó en este día sobre los hijos de adopción el Espíritu Santo que había prometido, Por lo cual, todo el orbe de la tierra se regocija con inmensa alegría.

Entretanto, las Virtudes Celestiales y las Potestades angélicas cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

PREFACIO DEL SAGRADO CORAZÓN

Se dice en la Fiesta del Sagrado Corazón y en su Octava.

Este Prefacio canta el amor infinito de Nuestro Señor para con la humanidad. Desde lo alto de la Cruz derrama los torrentes de su misericordia sobre nosotros, nos sostiene en el dolor, nos conforta en las pruebas, regenera nuestras almas caídas en el pecado y nos devuelve el Cielo perdido.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus; Qui Unigenitum tuum in cruce pendentem lancea militis transfigi voluisti, ut apertum Cor, dininae largitatis sacrarium, torrentes nobis funderet

miserationis et gratiae, et quod amore nostri flagrare numquam destitit, piis esset requies et poenitentibus pateret salutis refugium. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; que quisiste que tu Unigénito, pendiente de la cruz, fuese atravesado por la lanza del soldado, para que su Corazón abierto, sagrario de tu liberalidad, derramase sobre nosotros los torrentes de la misericordia y de la gracia; y ya que nunca dejó de estar abrasado por nuestro amor, sea para las almas piadosas un lugar de descanso y un refugio de salvación abierto para los pecadores. Y por esto, los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con todo el ejército de la corte celestial, cantamos el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

(17)

PREFACIO DE JESUCRISTO REY Se dice en la fiesta de Cristo Rey.

Este Prefacio resalta los títulos de la Realeza de Jesucristo y los aspectos bajo los cuales se concreta esta realeza en las almas.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Qui Unigenitum Filium tuum Dominum nostrum Jesum Christum, Sacerdotem Aeternum et universorum Regem, oleo exultationis unxisti; ut seipsum in ara crucis, hostiam immaculatam et pacificam offerens, redempionis humanae sacramenta perageret: et suo subjectis imperio ómnibus creaturis, aeternum et universale regnum immensae tuae traderet Majestati: regnum veritatis et vitae; regnum sanctitatis et gratiae; regnum justitiae, amoris et pacis. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Trhonis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; Tú que ungiste con el óleo de la alegría a tu único Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno y Rey Universal, a fin de que ofreciéndose Él mismo como hostia inmaculada y pacífica en el ara de la Cruz, realizase el misterio de la Redención de los hombres; y habiendo sometido todas las criaturas a su imperio, devolvió a tu infinita majestad un eterno y universal reino: reino de verdad y de vida;

reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz. Por eso, en unión con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con toda la corte celestial, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

PREFACIO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Se dice en todas las fiestas de la Virgen, excepto en la Purificación y su vigilia.

Este Prefacio pone de relieve la perpetua Virginidad, y la divina Majestad de María Santísima.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Et te in ***beatae Mariae Semper Virginis collaudare, benedicire et praedicare. Quae et Unigenitum tuum Sancti Spiritus obumbratione conceptit: et

virginitatis gloria permanente, lumen aeternum mundo effudit, Jesum Christum Dominum Nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli, caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas,

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

Omnipotente, Dios eterno; y alabarte y bendecirte en la ***, que después de haber concebido a tu único Hijo por virtud del Espíritu Santo, permaneciendo siempre Virgen, dio a luz a Jesucristo Nuestro Señor, luz eterna. Por quien los ángeles alaban tu majestad, las dominaciones la adoran, y las potestades la temen. Los cielos y las virtudes de los cielos, y los bienaventurados

serafines, celebran juntos con gran regocijo tu gloria, Haz, Señor, que unamos nuestras alabanzas con las suyas, para cantarte sin

(18)

*** Se añade el título de la fiesta Et te in Annuntianione

Et te in Visitatione Et te in Assumptione Et te in Nativitate Et te in Presentatione

Et te in Concepcione Immaculata Et te in Transfixione

Et te in Commemoratione Et te in Festivitate

Et te in Veneratione

En la Anunciación En la Visitación En la Asunción En la Natividad En la Presentación

En la Concepción Inmaculada

En la Transfixión (en los siete dolores) En la Conmemoración (en la fiesta del Carmen)

En la festividad (en otras fiestas) En la Veneración (en las fiestas votivas)

PREFACIO DE SAN JOSÉ

Se dice en todas las fiestas de San José.

En este Prefacio se celebra la fidelidad de San José en el cumplimiento de sus oficios de padre putativo de Nuestro Señor y Esposo de la Santísima Virgen María.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: Et te in Festivitate beati Josep debitis magnificare praeconiis, benedicere et praedicare. Qui et vir justus, a te Deiparae Virgini Sponsus est datus; et fidelis servus ac prudens, super FAmiliam tuam est

constitutus; ut Unigenitum tuum, Sancti Spiritus obumbratione conceptum, paterna vice custodiret, Jesum Christum Dominum nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Caeli, caelorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas,

deprecamur, supplici confesione dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno. Y glorificarte, bendecirte y ensalzarte en la festividad del bienaventurado San José. Él fue el varón justo que diste por Esposo a la Virgen Madre de Dios: a Él le constituiste servidor fiel y prudente sobre tu familia, para que guardase con paternal solicitud a tu Unigénito Jesucristo, Nuestro Señor, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien los Ángeles alaban tu majestad, las dominaciones la adoran, las potestades la temen. Los Cielos y las Virtudes de los Cielos, y los bienaventurados Serafines, la celebran todos juntos. Te suplicamos Señor, que recibas nuestras voces con las suyas, diciendo sin cesar:

(19)

PREFACIO DE LOS APÓSTOLES Y LOS EVANGELISTAS

Se dice en las fiestas de los Apóstoles y los Evangelistas, excepto en las fiestas que caen dentro de la Octava de Navidad o su Vigilia.

Este Prefacio hace ver que el Pastor eterno, Jesucristo, no ha abandonado a su grey, sino que la confió a los Apóstoles para que la guíen por el camino de la salvación.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare; Te, Domine, suppliciter exorare, ut gregem tuum, pastor aeterne, non deseras:

sed per beatos Apostolos tuos, continua protectione custodias; Ut iisdem rectoribus gubernetur, quos operis tui vicarios eidem contulisti praesse pastores. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, suplicarte

humildemente, Señor, Pastor Eterno, que no desampares a tu grey, sino que, por la intercesión de los Santos Apóstoles, la guardes con tu continua protección; a fin de que sea gobernada por los mismos

directores que Tú pusiste como pastores y vicarios de la obra que fundaste. Y por tanto, con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con todo el ejército celestial, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

PREFACIO DE DIFUNTOS

Se dice en todas las misas de difuntos.

Este prefacio encierra en sí una visión consoladora. La muerte mata al cuerpo, pero no al alma:

la cual, libre de las ataduras de la materia, se lanza hacia Dios por la posesión del gozo eterno.

S/ Vere dignm et justum est, aequum et salutare, nos tibi Semper, et ubique gratias agere: Domine Sancte, Pater Omnipotens, Aeterne Deus: per Christum Dominum nostrum. In quo nobis spes beatae resurrectionis effulsit, ut quos contristat certa moriendi conditio, eosdem consoletur futurae immortalitatis promisio. Tuis enim fidelibus, Domine vita mutatur, non tolitur, et dissoluta terrestres hujus incolatus domo, aeterna in Caelis habitatio comparatur. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus, sine fine dicentes:

S/ Verdaderamente es digno y justo,

equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar: Señor Santo, Padre

omnipotente y Dios Eterno; por Cristo Señor nuestro. En el cual brilló para nosotros la esperanza de la feliz resurrección; para que a quienes entristece la obligación cierta de morir, consuele la promesa de la futura inmortalidad. Pues para tus fieles, Señor, la vida se cambia, pero no fenece, y al

deshacerse la habitación de esta morada temporal, se adquiere la morada eterna de los Cielos. Y por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y Dominaciones, y con todo el ejército de la Corte Celestial, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

(20)

genuflexión o inclinación profunda si no hay presencia real al pasar por el centro del altar. Una vez allí, se coloca de pié, in plano, aproximadamente enfrente de la sacra de dicho lado, mirando hacia el altar.

2. SANCTUS

Entonces, la Schola comienza a cantar el Sanctus, y la asamblea se pone de rodillas.

Los ceroferarios, llevando los ciriales encendidos, se colocan a ambos lados del frente del altar, de cara al mismo, sobre el plano. Apoyan los ciriales en el suelo, sosteniéndolos ante ellos con ambas manos, y si éstos no son altos, se arrodillan también.

Entonces, el diácono y el subdiácono se inclinan medianamente y recitan junto con el celebrante el Sanctus en voz baja.

Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli, et terra gloria tua.

Hosanna in excelsis.

Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos. Llenos están los cielos y la Tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas.

Y enderezándose y santiguándose, prosiguen diciendo:

Benedictus qui venit in nomine Domini.

Hosanna in excelsis.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Hosanna en las alturas.

Entonces el subdiácono busca en el Misal el comienzo del Canon y lo indica con la mano izquierda al celebrante, tras lo cual se vuelve a su sitio, en la ínfima grada.

Al mismo tiempo, el diácono pasa a la izquierda del celebrante haciendo al cruzar por medio genuflexión sobre el borde de la tarima o inclinación profunda si no hay presencia real. Ocupa así el lugar dejado por el subdiácono, y desde allí asistirá al celebrante pasando las páginas del Misal cuando fuese necesario hasta la consagración.

3. CANON DE LA MISA

Aquí comienza el canon, la oración misteriosa en la cual el cielo se inclina hasta nosotros y Dios baja nuevamente a vivir con los hombres. El sacerdote se recoge dentro de sí, y acercándose el sublime momento de la consagración, su oración se hace más secreta y más fervorosa.

a. PLEGARIA POR LA SANTA IGLESIA

El sacerdote celebrante levantando los brazos y los ojos hacia el crucifijo como para acercarse lo más posible a Cristo y mejor identificar el calvario con el altar, vuelve a bajarlos al instante, y profundamente inclinado apoyando sus dos manos unidas sobre el altar, reza en voz baja:

(21)

S/ Te igitur, clementissime Pater, per Jesum Christum Filium tuum Dominum nostrum, supplices rogamus ac petimus,

S/ Te pedimos, pues, y humildemente te rogamos, oh Padre clementísimo, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

Entonces, besa el centro del altar con las manos fuera de los corporales, se endereza de nuevo, y mientras traza tres cruces sobre la hostia y el caliz con la mano derecha, prosigue diciendo:

uti accepta habeas, et benedicas, haec † dona, haec † munera, haec † sancta sacrificia illibata, in primis, quae tibi offerimus pro Ecclesia tua sancta catholica:

quam pacificare, custodire, adunare, et regere digneris toto orbe terrarum: unacum famulo tuo Papa nostro Benedicto, et Antistite nostro N. et omnibus orthodoxis, atque catholicae et Apostolicae fidei cultoribus.

que aceptes y bendigas estos † dones, estas

† ofrendas y estos † santos y puros sacrificios; que te ofrecemos, en primer lugar, por tu Santa Iglesia católica, para que te dignes darle la paz, guardarla, unificarla, y gobernarla en toda la redondez de la tierra, juntamente con tu siervo el Papa Benedicto, nuestro Prelado N., y todos los que profesan la verdadera fe católica y apostólica.

b. MEMENTO DE VIVOS

El sacerdote Celebrante extiende y junta las manos mirando al Crucifijo, y eleva ahora su oración, por aquellos fieles que de una manera especial quiere encomendar a Dios, y por todos los asistentes a la santa misa, para que también a ellos les sea aplicado el fruto del santo sacrificio. Inclinando su cabeza, permanece un rato en esta posición en silencio, recordando a aquellos por quienes tiene intención de orar.

El diacono se retira un poco al lado del evangelio.

Tras un rato de silencio, el sacerdote prosigue diciendo en voz baja con sus manos extendidas a la altura de los hombros.

S/ Memento Domine famulorum,

famularumque tuarum N. et N. et omnium circumstantium, quorum tibi fides cognita est, et nota devotio, pro quibus tibi offerimus: vel qui tibi offerunt hoc

sacrificium laudis pro se, suisque omnibus:

pro redemptione animarum suarum, pro spe salutis et incolumitatis suae : tibique

reddunt vota sua aeterno Deo vivo et vero.

S/ Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervas (N. y N....), y de todos los circunstantes, cuya fe y devoción te son conocidos; por los que te ofrecemos, o que ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, por sí y por todos los suyos, por la redención de sus almas, por su salvación y su conservación; y que también te tributan sus homenajes a Ti, Dios eterno, vivo y verdadero.

c. CONMEMORACIÓN DE LOS SANTOS

Y para que la oración de la Iglesia militante sea mejor atendida por Dios Padre, el sacerdote invoca ahora la intercesión de la Stma. Virgen y de los Santos de la Iglesia triunfante, en cuyo honor se ofrece también este Sacrificio. Cada vez que pronuncie el nombre de María, o del

(22)

S/ Communicantes, et memoriam venerantes, in primis gloriosae semper virginis Mariae genitricis Dei et Domini nostri Jesu Christi: sed et beati Joseph, ejusdem virginis sponsi et beatorum Apostolorum ac martyrum tuorum, Petri et Pauli, Andreae, Jacobi, Joannis, Thomae, Jacobi, Philippi, Bartholomaei, Matthaei, Simonis et Thaddaei: Lini, Cleti, Clementis, Xysti, Cornelii, Cypriani, Laurentii,

Chrysogoni, Joannis et Pauli, Cosmae et Damiani, et omnium sanctorum tuorum:

quorum meritis precibusque concedas, ut in omnibus protectionis tuae muniamur auxilio

S/ Unidos por la comunión de los Santos y venerando , primeramente, la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, Señor y Dios nuestro, y la de tus bienaventurados Apóstoles y Mártires:

Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo, Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián, y de todos tus Santos; te pedimos, que por sus méritos e intercesión, nos concedas ser fortalecidos en todo con el auxilio de tu protección.

Y juntando de nuevo las manos ante el pecho, concluye la oración diciendo:

S/ Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.

S/ Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

Así sea

En este momento, si la Schola no termino aun de cantar el Sanctus, el sacerdote espera en silencio. Al terminar, un acolito hace sonar una campanilla.

d. CONSAGRACIÓN

El turiferario se acerca al altar, del lado de la Epístola, llevando el incensario y la naveta, la cual entrega al maestro de ceremonias para que imponga el incienso en el incensario.

A partir de este momento prevalece, pues, la vox secreta. Este silencio debe disipar nuestras distracciones, en presencia de tan sublime misterio.

Entonces, cumplido el deber de caridad de encomendar a Dios la Iglesia militante y triunfante, el Celebrante concentra toda la atención sobre el Cáliz y la Hostia, y extiende sobre ellos ambas manos manteniendo sus pulgares unidos, como en otro tiempo hizo el sumo sacerdote sobre la víctima del sacrificio, para descargar sobre Jesucristo todos nuestros pecados y responsabilidades y constituirlo nuestra Víctima recordando así como sobre Jesús camino del calvario fueron puestas todas nuestras iniquidades, mientras dice en silencio:

S/ Hanc igitur oblationem servitutis nostrae, sed et cunctae familiae tuae, quaesumus, Domine, ut placatus accipias : diesque nostros in tua pace disponas, atque ab aeterna damnatione nos eripi, et in electorum tuorum jubeas grege numerari.

S/ Te suplicamos, pues, Señor, que recibas propicio esta ofrenda de nuestra

servidumbre, que es también la de toda tu familia: te la ofrecemos también por los que te has dignado regenerar con el agua y con el Espíritu Santo, dándoles el perdón de sus pecados; te pedimos Señor que pasemos en paz contigo, todos los días de nuestra vida, que nos veamos libres de la condenación eterna y seamos por Ti incluidos en el número de tus escogidos.

(23)

Y juntando nuevamente las manos, concluye diciendo en silencio:

S/ Per Christum Dominum nostrum. Amen. S/ Por Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.

Entonces el diácono pasa al lado de la Epístola, con genuflexión sobre la tarima o inclinación profunda si no hay presencia real, y descubre el copón si hay que consagrarlo.

El sacerdote ruega nuevamente a Dios que bendiga la ofrenda del pan y el vino, y que obre sobre ellas el gran milagro de la Transubstanciación. Para ello el sacerdote traza con su mano derecha tres cruces sobre la hostia y el cáliz juntamente, seguidas de otras dos: una sobre la hostia, y otra sobre el cáliz, mientras dice en silencio:

Quam oblationem tu, Deus, in omnibus, quaesumus benedictam † adscriptam † , ratam † rationabilem, acceptabilemque facere digneris: ut nobis Corpus † et Sanguis † fiat dilectissimi Filii tui Domini nostri Jesu Christi.

Te suplicados, oh Dios, que te dignes hacer esta ofrenda en todo bendita †, aprobada †, confirmada †, razonable y agradable: de suerte que se convierta, para nuestro provecho, en el Cuerpo † y Sangre † de tu muy amado Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

e. CONSAGRACIÓN Y ELEVACIÓN DE LA HOSTIA

Ha llegado el momento más solemne de la Santa Misa. Por orden del Señor se va a renovar la última Cena.

"El Sacrificio que se ofrece sobre el altar - dice el Concilio de Trento - es el mismo que fue ofrecido sobre el Calvario: es el mismo Sacerdote, la misma Víctima".

Aunque nuestro Señor se halla todo entero bajo cada una de las Especies consagradas, puesto que ya no puede morir, el pan será transformado en el Cuerpo de Jesucristo y el vino en su Sangre. De un modo incruento, aunque maravilloso, se hallará sobre el altar el monte Calvario, en el cual la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor quedó separada de su sagrado Cuerpo.

El sacerdote deja por tanto de obrar como hombre, y comienza a actuar como Cristo. En este momento, Él es Cristo: con su misma palabra, su mismo poder y su misma eficacia.

Entonces, el diacono se arrodilla al borde de la tarima y el subdiácono se arrodilla en su grada, apoyando la patena sobre el pecho.

El Sacerdote purifica la extremidad de sus pulgares e índices de ambas manos, frotándolos suavemente sobre los extremos anteriores del corporal. Y tomando entonces la Hostia por su parte inferior, con el índice y pulgar de ambas manos, eleva sus ojos al cielo, y dando gracias a Dios, traza con la mano derecha un signo de cruz sobre la hostia mientras la sostiene con la izquierda, y se inclina profundamente apoyándose con los antebrazos en el altar y la cabeza inclinada sobre la hostia que tiene en sus manos, mientras profiere en silencio las palabras de consagración.

(24)

QUI PRIDIE QUAM PATERETUR, ACCEPIT PANEM IN SANCTAS AC VENERABILES MANUS SUAS: ET ELEVATIS OCULIS IN COELUM AD TE DEUM PATREM SUUM OMNIPOTENTEM, TIBI GRATIAS AGENS, BENEDIXIT †, FREGIT, DEDITQUE DISCIPULIS SUIS, DICENS: "ACCIPITE ET MANDUCATE EX HOC OMNES :

HOC EST ENIM CORPUS MEUM.

EL CUAL, LA VÍSPERA DE SU PASIÓN, TOMÓ UN PAN EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS, Y LEVANTANDO LOS OJOS AL CIELO EN DIRECCIÓN A TI, OH DIOS, SU PADRE OMNIPOTENTE, DÁNDOTE LAS GRACIAS, LO BENDIJO †, LO PARTIÓ U SE LO DIO A SUS DISCÍPULOS, DICIENDO: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL

PORQUE ÉSTE ES MI CUERPO.

El misterio se ha realizado.

El sacerdote se endereza de nuevo, y acto seguido, manteniendo el ya Cuerpo de Cristo en sus manos apoyadas sobre los corporales, lo adora por medio de una genuflexión.

El turiferario, que está de rodillas sobre la ínfima grada, se inclina profundamente ante el Señor.

El acólito hace sonar la campanilla por primera vez.

El sacerdote eleva entonces el Cuerpo de Cristo sobre su cabeza, en línea recta sobre los corporales y siguiéndolo con la mirada, lo ofrece a la adoración de todos los fieles, que miran al Santo Cuerpo de Nuestro Señor y adorándole dicen en silencio con el apóstol Santo Tomás:

R/ Dominus meus et Deus meus R/ ¡Señor mío y Dios mío!

Mientras se realiza la elevación, el diacono, levanta un poco la parte inferior de la casulla del Celebrante.

El turiferario, inciensa entonces el Santísimo Sacramento con tres golpes dobles.

El acólito hace sonar la campanilla por segunda vez.

Seguidamente, el sacerdote vuelve a dejar delicadamente sobre el corporal la hostia ya convertida en el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y hace de nuevo una genuflexión ante Él.

El acólito hace sonar la campanilla por tercera vez.

El diacono se levanta entonces, cubre el copón que también ha sido consagrado y descubre el cáliz retirando la palia de encima. A continuación, se arrodilla de nuevo en su lugar.

Entonces, el sacerdote, se frota los índices y pulgares de ambas manos sobre la copa del cáliz.

En adelante, y hasta la ablución de los dedos, tendrá juntos los pulgares e índices de ambas manos, para evitar que toquen otra cosa que no sea el Cuerpo de Cristo.

(25)

f. CONSAGRACIÓN Y ELEVACIÓN DEL CÁLIZ

A continuación, y sin separar los dedos, toma el cáliz con la mano derecha por el nudo, y sostiene con la izquierda su base. Lo levanta un poco, inclinando el cáliz hacia él, y traza una cruz sobre éste con su mano derecha, haciendo a su vez inclinación de cabeza. Acto seguido, sosteniendo de nuevo el cáliz con ambas manos, apoya los antebrazos sobre el altar e, inclinándose profundamente, pronuncia en silencio sobre el cáliz las palabras de la consagración:

SIMILI MODO POSTQUAM COENATUM EST, ACCIPIENS ET HUNC PRAECLARUM CALICEM IN SANCTAS AC VENERABILES MANUS SUAS:

ITEM TIBI GRATIAS AGENS, BENEDIXIT U DEDITQUE DISCIPULIS SUIS, DICENS :

"ACCIPITE ET BIBITE EX EO OMNES:

HIC EST ENIM

CALIX SANGUINIS MEI,

NOVI ET AETERNI TESTAMENTI:

-MYSTERIUM FIDEI-

QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDETUR IN REMISSIONEM PECCATORUM.

DE IGUAL MODO, AL TERMINAR LA CENA TOMÓ TAMBIÉN ESTE PRECIOSO CÁLIZ EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS, Y DÁNDOTE DE NUEVO GRACIAS, LO BENDIJO, Y SE LO DIO A SUS DISCÍPULOS, DICIENDO:

TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL:

PORQUE ÉSTE ES

EL CÁLIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO

TESTAMENTO: -MISTERIO DE FE- QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS.

Proferidas dichas palabras, el celebrante deposita el cáliz que contiene la ya Preciosísima Sangre de Cristo sobre los corporales, se endereza y le adora con una genuflexión, que hace apoyando ambas manos sobre los corporales, sin tocar el Sagrado Cuerpo de Cristo.

El turiferario se inclina profundamente.

El acolito hace sonar la campanilla por primera vez.

Tras levantarse, el celebrante toma de nuevo el cáliz, con la mano derecha por el nudo y con la izquierda por el pié y acto seguido, lo eleva y lo ofrece a la adoración de los fieles, que miran con devoción el Caliz con la Sangre que Nuestro Señor derramó en la cruz y la adoran repitiendo en silencio:

R/ Dominus meus et Deus meus R/ ¡Señor mío y Dios mío!

El acolito hace sonar la campanilla por segunda vez.

El turiferario, inciensa el Santísimo Sacramento con tres golpes dobles.

El diacono sostiene la parte inferior de la casulla del celebrante mientras dura la elevación.

(26)

Acto seguido ambos adoran al Santísimo con otra genuflexión. El turiferario se inclina profundamente.

El acolito hace sonar la campanilla por tercera vez.

Ha terminado la consagración, Dios ha bajado sobre el altar y se ha ofrecido como víctima por nosotros. Ya está obrado el milagro de la transubstanciación. Lo que hay ahora sobre el altar ya no es pan ni vino, sino el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor. Jesucristo está aquí vivo y glorioso, como en el cielo.

La Víctima está inmolada sacramentalmente; el sacerdote va a ofrecerla al Padre, recordando el encargo de Nuestro Señor y los principales misterios de la vida del Salvador: su Pasión, resurrección y ascensión.

El sacerdote dice todavía:

HAEC QUOTIESCUMQUE FECERITIS IN MEI MEMORIAM FACIETIS

CUANTAS VECES HICIEREIS ESTO, HACEDLO EN MEMORIA MIA.

Este es el mandato de Nuestro Señor. Que se renueve siempre este sacrificio.

El sacerdote se encuentra cara a cara ante Dios, y presenta a Dios Padre a su Hijo inmolado sobre el Altar como la expresión de la adoración más perfecta.

Terminada la consagración, todos los ministros se levantan. El diácono vuelve a pasar al lado del Evangelio haciendo genuflexión al llegar. En seguida pasa la página del Misal, para que el celebrante pueda seguir rezando en él la continuación del Canon.

El turiferario va a dejar el incensario en su lugar haciendo genuflexión si ha de cruzar por el centro del altar.

La Schola puede tocar alguna pieza de órgano desde ahora hasta el fin del canon de la Misa.

g. OFRECIMIENTO DE LA VÍCTIMA

Hecha la adoración del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, el Sacerdote, con los brazos extendidos hasta la altura de sus hombros, ofrece a Dios Padre tan preciosa Victima, diciendo en silencio la siguiente oración.

S/ Unde et memores Domine, nos servi tui, sed et plebs tua sancta, ejusdem Christi Filii tui Domini nostri tam beatae passionis, nec non et ab inferis resurrectionis, sed et in coelos gloriosae ascensionis: offerimus praeclarae majestati tuae de tuis donis ac datis, hostiam † puram, hostiam † sanctam, hostiam † immaculatam, Panem † sanctum vitae aeternae, et Calicem † salutis

perpetuae.

S/ Por lo cual, oh Señor, acordándonos nosotros tus siervos y tu pueblo santo, así de la dichosa Pasión de tu mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo, como de su resurrección del sepulcro, y de su gloriosa Ascensión a los cielos: ofrecemos a tu Excelsa Majestad, de entre tus dones y dádivas, una Hostia † pura, una Hostia † santa, una Hostia † inmaculada, el Pan † santo de la vida eterna y el Cáliz † de perpetua salvación.

(27)

Con estas últimas palabras, el sacerdote apoya su mano izquierda sobre los corporales mientras traza con su mano derecha tres cruces sobre el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo juntamente, y otras dos, una únicamente sobre el Sagrado Cuerpo y otra únicamente sobre la Preciosísima Sangre.

Y con los brazos extendidos hasta la altura de los hombros, el celebrante prosigue orando a Dios, para que se digne aceptar este sacrificio como recibió el de Abel, el de Abraham y el de Melquisedec, a fin de que también nosotros podamos ser víctimas aceptables y propicias.

S/ Supra quae propitio ac sereno vultu respicere digneris: et accepta habere, sicuti accepta habere dignatus es munera pueri tui justi Abel, et sacrificium patriarchae nostri Abrahae: et quod tibi obtulit summus sacerdos tuus Melchisedech, sanctum sacrificium, immaculatam hostiam.

S/ Sobre las cuales ofrendas dígnate mirar con ojos favorables y semblante apacible, y aceptarlas como tuviste a bien aceptar los dones de tu siervo el inocente Abel, y es Sacrificio de nuestro Patriarca Abrahán, así como también el que te ofreció tu Sumo Sacerdote Melquisedec: sacrificio aquel santo, hostia inmaculada.

El sacerdote se inclina profundamente poniendo sus manos juntas sobre el borde del altar tocando únicamente con los meñiques el frontal del mismo, y en esta posición recuerda que la Hostia inmolada en el altar es aquel Cordero inmolado que está en el cielo sobre el altar de oro

"delante del Trono de Dios", la segunda persona de la Santísima Trinidad, Nuestro Señor Jesucristo presente ante Él en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y que comulgar de tal Hostia es sentarse en la mesa del Padre celestial, con quien Jesucristo nos ha reconciliado mediante el sacrificio de la cruz y del altar. Por ello, profundamente conmovido por tan gran misterio, eleva su oración al Padre, diciendo en silencio:

Supplices te rogamus, omnipotens Deus;

jube haec perferri per manus sancti Angeli tui in sublime altare tuum, in conspectu divinae majestatis tuae: ut quotquot ex hac altaris participatione, sacrosanctum Filii tui Corpus † et Sanquinem † sumpserimus omni benedictione † coelesti et gratia repleamur.

Per eumdem Christum Dominum nostrum.

Amen.

Humildemente te suplicamos, oh Dios todopoderoso, que mandes transportar estas ofrendas por manos de tu santo Ángel a tu altar celestial y hasta el acatamiento de tu divina Majestad: a fin de que todos cuantos, comulgando en este altar,

recibiéremos el santo Cuerpo † y la Sangre † de tu Hijo, seamos colmados de todas las bendiciones † y gracias celestiales.

Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

Amen.

Mientras dice esta oración, el sacerdote hace los siguientes gestos. Primero besa el altar, se endereza de nuevo, y mientras apoya su mano izquierda sobre los corporales, traza con su derecha la señal de la cruz, primero sobre el Sagrado Cuerpo y luego sobre la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor, y apoyando su mano izquierda bajo el pecho se santigua con su derecha a la par que dice las últimas palabras de la oración. Al terminar, el sacerdote junta de

Figure

Actualización...

Referencias

Related subjects :