Cómo podrían ser las cosas Nota crítica

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Cómo podrían ser las cosas

Nota crítica José Tomás Alvarado Marambio

Instituto de Filosofía, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Av. El Bosque 1290, Viña del Mar, Chile

jose.alvarado.m@ucv.cl

Abstract: this work discusses the recent ideas presented by Penelope Mackie concerning essential properties. In particular, it shows how the skeptical conclusion to which Mackie arrives in respect to necessity of origin and necessity of sortal properties can be challenged. A causal conception of the ontological modal realm can bring a very simple justification to both these theses.

Resumen: este trabajo examina las recientes ideas presentadas por Penelope Mackie acerca de propiedades esenciales. En particular, muestra cómo la conclusión escéptica a la que llega Mackie respecto de la necesidad de origen y la necesidad de propiedades sortales puede ser cuestionada. Una concepción causal del dominio ontológico modal puede ofrecer una justificación muy simple de ambas tesis.

El reciente libro de Penelope Mackie, How Things Might Have Been. Individuals, Kinds, and Essential Properties (Oxford: Clarendon Press, 2006; en adelante ‘HMB’) es una revisión completa del estado de la cuestión acerca de las esencias individuales y las propiedades esenciales no triviales. La posición que adopta Mackie sobre las diversas argumentaciones que se han desplegado en los últimos treinta años es, en general, escéptica. En este trabajo se pretende mostrar cómo los motivos aducidos por Mackie para rechazar los argumentos usuales indican también posibles vías de fortalecimiento de éstos. Es un mérito del libro de Mackie mostrar las cuestiones con la claridad suficiente precisamente para que se manifiesten estas vías de fortalecer la defensa de diversas formas de esencialismo no trivial. Si se quiere, esta nota crítica, no pretende mostrar ‘errores’ en la forma en que Mackie plantea los problemas, sino que pretende proseguir la tarea sistemática de ciertas ideas que han quedado sugeridas pero que no han sido continuadas.

Mackie rechaza la existencia de esencias individuales, esto es, la existencia de propiedades de carácter cualitativo e intrínseco que sean necesarias y a la vez suficientes para la existencia de un individuo en cualquier mundo posible (cf. HMB, 18-69). Si no hay esencias individuales, entonces las opciones sistemáticas que quedan abiertas son: (i) sostener que la identidad de un individuo entre distintos mundos posibles ha de ser resuelta de acuerdo a cuál sea el “mejor candidato” en cada mundo, esto es, admitir que las cuestiones acerca de identidad y diferencia pueden ser decididas por respectos extrínsecos; o bien (ii) reemplazar la identidad entre individuos en distintos mundos posibles por contrapartidas, de acuerdo a diversos criterios de mayor o menor semejanza; o bien (iii) aceptar identidades primitivas entre individuos en diferentes mundos posibles, esto es, identidades y diferencias no fundadas en la posesión de propiedades cualitativas intrínsecas. Las opciones (i) y (ii) son rechazadas también por Mackie (cf. HMB, 70-78 y 79-92, respectivamente). Para rechazar las esencias individuales no triviales constituidas por propiedades de carácter cualitativo e intrínseco basta considerar que, comoquiera que sea descrito un individuo mediante estos respectos, siempre podrá haber al menos otro individuo que satisfaga exactamente la misma descripción. Se han presentado numerosos argumentos de reduplicación en la literatura (en especial, Black, 1952; Adams, 1979) con, por ejemplo, mundos posibles con regiones espaciales indiscernibles, o bien regiones temporales indiscernibles. Mackie también muestra de un modo convincente cómo la

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aceptación de identidades determinadas de manera extrínseca, como asimismo el reemplazo de la identidad por meras contrapartidas, tienen desventajas suficientes que no las hacen preferibles a la admisión de identidades primitivas. A esto se deben sumar las revisiones radicales que estas posiciones (i) y (ii) obligan a efectuar en nuestra comprensión de la identidad y de las suposiciones contrafácticas.

La existencia de identidades primitivas entre objetos en distintos mundos posibles no impide, sin embargo, que puedan ser postuladas propiedades esenciales para estos objetos. Esto es, aún aceptando que no exista un conjunto de propiedades de carácter cualitativo e intrínseco que sean suficientes para la existencia de un individuo en diferentes mundos posibles, de todos modos puede postularse que la posesión de ciertas propiedades sea necesaria para la existencia de un individuo. Habría diferencias entre individuos de carácter primitivo que no dependen de la posesión o carencia de alguna propiedad, pero no habría –en esta concepción– identidades entre individuos que no se encuentren fundadas, al menos, en la posesión de algunas propiedades esenciales. Se han presentado dos candidatos para constituir propiedades esenciales: las condiciones de origen y la propiedad sortal de un objeto. La posición de Mackie, sin embargo, es también negativa en relación con estas propiedades esenciales. Ninguno de los argumentos desplegados hasta ahora a favor de éstas le han parecido convincentes. En vez de propiedades esenciales no triviales, Mackie ofrece simplemente lo que denomina “tenacidad de origen” (en reemplazo de la necesidad de origen; cf. HMB, 116-117), y “propiedades cuasi-esenciales” que se caracterizan porque el evento de que un individuo carezca de ellas es una “contingencia remota” (cf. HMB, 163-166).

Esto parece una solución de compromiso. Por un lado, Mackie quiere reconocer la plausibilidad que las condiciones de origen y la propiedad sortal tienen como propiedades esenciales. Son los criterios que –de hecho– empleamos con más frecuencia para decidir cuestiones contrafácticas sobre lo que pudo o no acaecerle a un individuo. Como no hay argumentos suficientemente convincentes a favor de su carácter esencial, sin embargo, Mackie ofrece un estatus de “cuasi-esencial”. Una propiedad cuasi-esencial, sin embargo, no es una propiedad esencial. Si no hay motivos para admitir el origen y la propiedad sortal como propiedades esenciales, no se ve bien qué justificación puede tener el que “ordinariamente” sean criterios decisivos para las cuestiones de identidad o diferencia entre objetos en distintos mundos posibles. Por supuesto, si todo nuestro razonamiento modal es simplemente una cuestión de sopesar semejanzas y desemejanzas según diferentes criterios sobre qué es o no relevante, no habría nada de qué extrañarse con la solución ofrecida por Mackie. El problema es que esto es una recaída en las contrapartidas lewisianas. Esto es, si realmente hay identidades y diferencias de objetos en distintos mundos posibles y si realmente esto no es algo que pueda ser “estipulado” o “proyectado” según nuestros intereses, entonces no se entiende bien qué relevancia podría tener una “contingencia remota” para la identidad/diferencia de las entidades envueltas. Dos objetos en dos mundos posibles son idénticos o no lo son. El que los mundos se encuentren “lejos” o “cerca” no viene aquí a cuento. Las métricas de semejanza entre mundos posibles para establecer que tan “distantes” se encuentran entre sí las estipulamos nosotros según los respectos de comparación que nos parezcan relevantes. Una contingencia “remota” es una eventualidad tal que su acaecimiento nos parecería más desemejante a nuestro mundo. Si las condiciones de origen y la propiedad sortal no son, para Mackie, propiedades esenciales sino sólo cuasi-esenciales, esto sólo puede significar que nosotros vamos a considerar dos mundos en que el mismo objeto posee las mismas condiciones de origen y la misma propiedad sortal como

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más semejante al nuestro. Esto, de por sí, no tiene ninguna relevancia para los problemas de identidad entre mundos posibles a menos que, tal como se ha indicado arriba, se elimine la identidad/diferencia a favor de semejanza/desemejanza, tal como lo ha hecho David Lewis. En realidad, hubiera sido más razonable que Mackie hubiese sencillamente sostenido que la justificación que tiene la esencialidad de las condiciones de origen y de las propiedades sortales no es muy fiable epistémicamente, pues hablan a favor de ella nuestras intuiciones modales de sentido común, pero no hay argumentaciones bien articuladas que sean convincentes. Sospecho que, por lo demás, esto es lo que Mackie pretendía decir realmente. Con todo, la fuerza de nuestras intuiciones modales a favor del carácter esencial de las condiciones de origen y de las propiedades sortales, podrían tal vez haber llevado a Mackie a buscar ajustes teóricos en otras cuestiones más básicas de metafísica modal, antes que relegar nuestras intuiciones modales a meros juicios de semejanza. Esto es especialmente relevante si es que con tales ajustes las argumentaciones usuales adquieren una verosimilitud de la que –de otro modo– carecen. En lo que sigue pretendo explicar cómo es que tales ajustes sistemáticos podrían ser realizados y cómo es que impactarían en la necesidad de origen y en la necesidad de las propiedades sortales. Las intuiciones modales que parecen abogar a favor del carácter esencial de las propiedades indicadas pueden, entonces, verse como motivos que abogan también a favor de una concepción de la modalidad metafísica peculiar.

1. La necesidad de origen

Ha existido una amplia discusión filosófica reciente sobre la necesidad de origen pero centrada en argumentaciones que descansan en lo que se conoce como “principios de suficiencia” (cf. por ejemplo, Kripke, 1980, 113-115; Salmon, 2005; Forbes, 1980, 1985; Robertson, 1998). Es un mérito de Mackie el haber presentado un punto de vista nuevo sobre la cuestión que obvie las dificultades de las estrategias argumentativas usuales. Por ejemplo, Kripke sostiene (1980, 115, nota 56) que si fuese posible que un objeto A constituido originalmente por un material B hubiese sido constituido por un material C, entonces también debería admitirse que hay un mundo posible en el que tanto el material B como el material C (suponiendo que se trata de materiales disjuntos, esto es, de materiales que no poseen ninguna parte en común) dan lugar a objetos semejantes, sean el objeto A a partir de B y el objeto D a partir del material C. Es claro que en este mundo posible A ≠ D, pero la diferencia es necesaria, por lo que en ningún mundo posible el objeto construido a partir del material C es el objeto A, o eso parece, contra la hipótesis. Rápidamente se puso de relieve (cf, en particular, Salmon, 2005, 196-216) que para que el argumento de Kripke pueda funcionar se requiere asumir como premisa que en todo los mundos posibles un mismo material da origen a un único objeto. Este principio es el llamado “principio de suficiencia”. En efecto, el único motivo para suponer que el hecho de que en un mundo posible el material B da origen a A y el material C da origen a D implica que en todos los mundos posibles A está constituido por B es que en todos los mundos posibles debe suponerse que el mismo material da siempre origen al mismo objeto. Este principio es obviamente falso. Se ha pretendido fortalecer de múltiples modos (cf. para una presentación de diferentes opciones, Noonan, 1983), pero todas ellas han fracasado. El problema sistemático que se presenta aquí es que cualquiera que sean las condiciones impuestas para que un material dé origen a un objeto, se han podido describir siempre escenarios en los que, por ejemplo, por sucesivos reemplazos, se generan dos objetos con el mismo material.

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Así, si se construye un barco, sea “el barco de Teseo” mediante un conjunto de planchas de madera m, entonces puede concebirse que cada una de esas planchas sea reemplazada por otra y se construya con estas mismas planchas otro barco con exactamente la misma conformación que el primero. Las reparaciones y los contraejemplos a diferentes principios de suficiencia han llegado a tener bastante sofisticación, pero esto puede bastar para percatarse del problema sistemático que se encuentra aquí envuelto.

Mackie hace notar que una justificación aceptable de la necesidad de origen, entonces, no puede proceder por estas líneas ya exploradas y que se han mostrado como fallidas. Mackie destaca que una justificación aceptable de la necesidad de origen debe hallarse en una concepción ramificada (branching) hacia el futuro de los mundos posibles, siguiendo la indicación de Kripke:

Ordinariamente, cuando preguntamos si algo pudiese haber sucedido a un objeto dado, preguntamos si el universo podría haber evolucionado como actualmente lo ha hecho hasta cierto instante de tiempo, pero pudo haber sido divergente en su historia desde este punto hacia delante, de tal manera que las vicisitudes del objeto pudieran haber sido diferentes desde ese tiempo (1980, 115, nota 57)

Esto es, nuestras intuiciones modales mediante las que se evalúa y deciden suposiciones contrafácticas son que para un objeto, o una entidad en general, las posibilidades se presentan como un futuro abierto, por lo que las diferentes alternativas han de ser vistas como diversas “ramas” que se divergen de un curso de acontecimientos que es común para todas las ramas. Una posibilidad para Julio César es, en algún instante de tiempo de su existencia tal como ésta se ha presentado en el mundo actual, un curso alternativo de acontecimientos que se desprenden del “tronco común” en ese instante de tiempo. Tal como lo formula Mackie:

Ser F es una posibilidad no realizada para Julio César (Julio César no fue F, pero pudo haber sido F) si y sólo si: (a) Julio César no fue F, pero; (b) hubo un instante de tiempo en la existencia de Julio César en el que fue una posibilidad futura que él hubiese sido F (HMB, 104-105)

En la forma en que Mackie presenta la cuestión, la necesidad de origen resulta de suponer que:

(I) Los mundos posibles se ramifican hacia el futuro. Esto es, es una posibilidad para b que Fb si y sólo si hay un instante de tiempo t, tal que es posible para b que Fb en el futuro respecto de t. De manera semejante, un estado de cosas S es posible si y sólo si hay un instante de tiempo t respecto del que es una posibilidad futura respecto de t que S.

(II) Los mundos posibles deben tener segmentos comunes (overlap requirement). Esto es, dos mundos posibles que contienen el mismo objeto o el mismo estado de cosas han de poseer un curso de acontecimientos común, por lo menos hasta que divergen las historias de ambos mundos.

(III) Los mundos posibles no deben estar ramificados hacia el pasado. Esto es, no debe suponerse que un mismo objeto podría haber surgido de cursos de acontecimientos divergentes del curso de acontecimientos en que ha surgido de hecho en el mundo actual. Mackie argumenta de manera convincente que suponer que podría haber ramificaciones hacia el futuro y también ramificaciones hacia el pasado lleva a eliminar el requerimiento

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(II) de segmentos comunes (cf. HMB, 110-113). Los objetos y estados de cosas podrían aquí ser completamente diferentes de cómo se han dado en el mundo actual.

El argumento crucial para la necesidad de origen, tal como Mackie presenta las cosas, debería tener la siguiente forma general:

(1) ((I) ∧ (II) ∧ (III)) → (Necesidad de origen)

Aquí (I), (II) y (III) son los requerimientos de ramificación hacia el futuro, posesión de segmentos comunes y no ramificación hacia el pasado indicados. En realidad, si realmente (I) y (III) implica ¬(II), tal como lo ha sostenido Mackie, entonces (I) y (II) implican ya (III), por lo que bastaría, por lo tanto:

(2) ((I) ∧ (II)) → (Necesidad de origen)

El punto crucial aquí es que Mackie no ve ningún motivo por el que deban sostenerse los requerimientos (I) y (II). Es comprensible, sostiene, que estimemos aceptable la necesidad de origen dadas nuestras intuiciones a favor de (I) y (II), pero no hay motivos que puedan apoyar tales intuiciones de una manera fundada. La necesidad de origen no está para Mackie realmente justificada. Es solamente una cierta inclinación en nuestros juicios contrafácticos, pero no una tesis que pueda ser defendida racionalmente, al menos no sin ulterior argumentación.

1.1. Mundos posibles ramificados

Es natural concluir como Mackie lo ha hecho, que no está realmente justificada la necesidad de origen si es que los requerimientos (I) y (II) no lo están. El hecho de que no se haya encontrado una justificación para ellos no impide, sin embargo, que puedan ser justificados y que se pueda suplementar esa argumentación con una concepción general de la modalidad metafísica apropiada. La conjetura que se quiere presentar aquí es que si se supone que las posibilidades están ancladas en poderes causales, asumiendo una concepción realista de la causalidad y rechazando la posibilidad de causalidad retroactiva, entonces los requerimientos (I) y (II) de Mackie pueden resultar perfectamente naturales. Hay diversas concepciones sobre la naturaleza de la causalidad. Hoy día goza de bastante popularidad la idea de que las relaciones causales pueden ser analizadas como relaciones de dependencia contrafáctica, siguiendo la teoría elaborada originalmente por David Lewis (1973). Hay otras formas de comprender la causalidad reductivamente como una relación entre eventos o estados de cosas que superviene a otros hechos o estados de cosas en el mundo. No es posible entrar aquí en una discusión siquiera somera de todas estas opciones sistemáticas. Interesa destacar solamente que una concepción realista de la causalidad, esto es, una concepción en la que la causalidad no sea una relación ontológica superveniente o reducible a otros estados de cosas, se aviene bien con el programa que aquí se presenta (cf. en particular Tooley, 1987; 1997, 72-122). Supóngase, en efecto, que las relaciones causales entre eventos (o estados de cosas, si se quiere), son uno de los hechos “brutos” de un mundo posible. Supóngase, además, que el hecho de que un objeto u objetos posean ciertas propiedades inviste a tales objetos de “poderes causales” para hacer que ciertos otros

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estados de cosas lleguen a darse en ese mundo (cf. Shoemaker, 1980). Entonces se puede estipular que:

(3) ◊S ↔ ∃x∃P (Px → ([Px] podría causar que S))

Aquí ‘S’ está rigiendo sobre estados de cosas, ‘x’ sobre objetos y ‘P’ sobre propiedades. La expresión ‘[Px]’ designa el estado de cosas de poseer x la propiedad P y puede ser leído como “que Px…” Lo que enuncia el principio (3) es que un estado de cosas es posible si y sólo si hay al menos un objeto x y al menos una propiedad P, tal que si Px, entonces el estado de cosas de que Px podría causar que S. Las relaciones causales, por otro lado, tienen una dirección temporal definida desde el presente hacia el futuro. No son posibles relaciones causales retroactivas desde el presente al pasado, o al menos, eso es lo que parece haberse argumentado de manera suficientemente convincente (cf. Tooley, 1987, 205-243; 1997, 48-71, 119-121; Mellor, 1995, 219-243). Puede causarse, entonces, el estado de cosas S si y sólo si en un instante de tiempo anterior o simultáneo al instante de tiempo en que comienza a darse S un evento o estado de cosas podría haber causado que S. Sea ahora [S, t] el evento de darse el estado de cosas S en el instante de tiempo t (que puede ser tomado como un lapso de tiempo, como también como un instante puntual). Entonces:

(4) ◊[S, t] ↔ ∃x∃P∃t’ (t’ ≤ t) (Px → ([[Px], t’] podría causar que [S, t])

Aquí ‘t’ y ‘t’’ están rigiendo sobre instantes de tiempo. ‘≤’ designa la relación de ser anterior o simultáneo a y, como es obvio; ‘[[Px], t’]’ designa el evento de darse el estado de cosas [Px] en el instante de tiempo t’. Así, el principio (4) señala que es posible que se dé el estado de cosas S en el instante t si y sólo si hay un objeto x, una propiedad P y un instante de tiempo t’ anterior o simultáneo a t, tales que, si Px entonces el evento del darse Px en t’ podría causar que S en el instante de tiempo t. En esta concepción el espacio de posibilidades se encuentra delimitado estrictamente por los poderes causales de las entidades actuales, ya sean pasadas, presentes o futuras. Toda posibilidad auténtica, en este sentido, debe remitir de uno u otro modo a estados de cosas del mundo actual.

A primera vista, esto parece sencillamente una formulación de la “necesidad física”, esto es, la necesidad reducida a las leyes naturales. No hay ningún problema, podría sostenerse, con esta noción modal restrictiva, pero no pareciera razonable restringir el alcance de la modalidad metafísica a lo que es accesible dadas nuestras leyes naturales. No se está diciendo, sin embargo, en (3) ó (4) que las posibilidades queden determinadas por el alcance de las leyes naturales. Las leyes naturales pueden ser relevantes para la determinación de lo que es o no posible si son relevantes para la determinación de los poderes causales. Recuérdese que esta concepción modal causal opera con una teoría realista de la causalidad en la que ésta no es superveniente a otros estados de cosas. Así, las leyes naturales pueden o no ser determinantes para la extensión del espacio modal según qué tipo de entidades se encuentren en el pasado de nuestro mundo. Si los cielos y la tierra han aparecido de la nada por la acción creadora de Dios todopoderoso, entonces el espacio modal está fijado por lo que él pudo haber creado y, por lo tanto, habrá mundos posibles con otras leyes naturales que las leyes que rigen de hecho los eventos físicos del mundo actual. Si los cielos y la tierra provienen simplemente de la evolución de un gran sistema físico, entonces las leyes que determinan la evolución de ese gran sistema serán también las

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que decidan qué es y qué no es posible. Si esas leyes son deterministas, por lo demás, no habría sino un único mundo posible. Aparte de todo esto, si hay relaciones causales singulares entre eventos que no puedan ser subsumidas en leyes naturales de carácter general, en ningún caso las fronteras del reino de lo posible quedarán marcadas por las leyes naturales. Como se puede ver, por lo tanto, esto no es reducir la modalidad metafísica a modalidad física, a menos que de entrada se declare que todos los hechos son hechos físicos, cosa que no parece prudente (y que creo falsa) y además se declare de entrada que todas las relaciones causales han de poder ser subsumidas bajo leyes, lo que tampoco parece prudente (y también creo falso).

Aquí no se está argumentando directamente a favor de esta concepción causal de la modalidad. Simplemente se está pretendiendo mostrar cómo es que bajo el supuesto de que los poderes causales determinan las posibilidades, parecieran poder justificarse los requerimientos (I) y (II) de Mackie. Con todo, deben notarse los motivos que hacen esta concepción verosímil. Lo que se entiende como “necesidad metafísica” y “posibilidad metafisica” es lo puede haber acaecido o tiene que haber acaecido dados como están constituidos los hechos del mundo, con completa independencia de lo que nosotros creamos o lo que nosotros seamos capaces de conocer sobre ello. Las posibilidades metafísicas conforman, por sí mismas, un dominio ontológico objetivo. Si hay algo así como modalidad metafísica en este sentido, no tiene nada que ver con lo que nosotros podamos imaginar o concebir. No tiene que ver con las oraciones que seamos capaces de formar en algún lenguaje ni con las proposiciones que podamos pensar, del mismo modo en que el tamaño de las galaxias no depende de lo que imaginemos sobre ellas, ni de los recursos expresivos de nuestro lenguaje para describirlas. Una forma plausible de explicar la naturaleza de este dominio objetivo es –tal como se ha hecho aquí, al menos de manera esquemática– como el dominio de todos los cursos de acontecimientos que pudieron haber sido causados por los eventos actuales en el pasado, el presente y el futuro. Qué pudo, puede o podrá ser causado no depende de nosotros ni de nuestros poderes de concebir o imaginar.

Considérese ahora cómo engarzan los requerimientos (I) y (II) de Mackie con la concepción causal de la modalidad. Algo es posible en sentido metafísico si es que respecto del futuro de algún instante de tiempo, alguna entidad pudo haber causado en el futuro respecto de ese instante de tiempo ese estado de cosas. Esto es una consecuencia directa del hecho de que las relaciones causales se dirigen desde el presente hacia el futuro y no del presente hacia el pasado. El requerimiento (I) de Mackie resulta aquí trivial, por lo tanto. Por otra parte, el requerimiento (II) según el cual los mundos posibles han de poseer segmentos comunes es también trivial. El único modo por el que puede ser posible en sentido metafísico un estado de cosas es por la existencia de una entidad en el mundo actual que pudo haberla causado. Así, según el principio (4) todos los mundos posibles han de poseer segmentos comunes y sus divergencias sólo se presentan a medida que avanzan sus respectivas historias. En el límite, todos los mundos posibles deben poseer en común el evento del primer instante de tiempo, si es que existe tal cosa. Tal como se puede ver, por lo tanto, la justificación de los requerimientos (I) y (II) de Mackie puede encontrarse con facilidad si es que se está dispuesto a medidas suficientemente audaces en la concepción general de la modalidad metafísica.

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Mackie hace notar que una dificultad de gravedad para el defensor de la necesidad de origen es explicar qué aspectos de las condiciones de origen de una entidad le son necesarios y qué aspectos no lo son. Nuestras intuiciones modales sobre la cuestión es que no parecen relevantes para la identidad de un objeto en diversos mundos posibles pequeñas variaciones en el material de que ha sido construido una cosa, por ejemplo (cf. HMB, 96-97). Aunque parece razonable sostener que es esencial para una persona haber sido engendrada por quienes ha sido actualmente engendrada, no parece razonable sostener que todas y cada una de las circunstancias de origen de ella le son esenciales. Hay que hacer notar, sin embargo, que la concepción causal de la modalidad en la que la necesidad de origen podría encontrar una justificación obliga, en todo evento, a tomar aquí decisiones drásticas. El problema fundamental es que una suma de pequeñas variaciones hace una gran variación. Si se establece un margen de variaciones permisibles en las condiciones de origen de un objeto, entonces –por un procedimiento bien conocido– siempre se acabará traspasando el umbral fijado. Por ejemplo, sea que el umbral permisible para las variaciones en el material de que está compuesto un objeto en un 2%. Sea ahora el objeto A en el mundo posible w1 compuesto de las partes m1, m2, …, m100. En el mundo posible w2

el objeto A posee las partes m1, m2, …, m98, m101, m102. La diferencia en el material de que

está compuesto A-en-w2 no supera el umbral fijado con el material de que está compuesto

A-en-w1 y luego A-en-w2 = A-en-w1. Sea ahora el mundo posible w3 en que A está

compuesto de las partes m1, m2, …, m97, m101, m102, m103. Este objeto no supera el umbral

permisible respecto de A-en-w2, por lo que A-en-w3 = A-en-w2. Como la identidad es

transitiva, entonces debería seguirse que A-en-w3 = A-en-w1, pero resulta que el material de

que están compuestos estos objetos supera el 2% estipulado, por lo que A-en-w1 no puede

ser idéntico con A-en-w3. Este tipo de ejemplos se pueden multiplicar y sofisticar al

infinito.

La solución ofrecida por algunos filósofos a este problema es introducir restricciones en las relaciones de accesibilidad entre los mundos posibles metafísicos. Así, si se rechaza que las relaciones de accesibilidad sean transitivas, el problema parece desaparecer (cf. Salmon, 2005, 238-240; 1989). Que las relaciones de accesibilidad sean transitivas significa que, para mundos posibles w1, w2, w3 cualquiera, vale que: si w1 es

accesible a w2, y w2 es accesible a w3, entonces w1 debe ser accesible a w3. Lo

posiblemente posible es aquí posible. En el ejemplo que se indicaba arriba, es posible respecto de w1 que A tuviese dos partes diferentes de las que de hecho posee. Es posible

luego respecto del mundo posible w2 (en que A tiene dos partes diferentes respecto de las

que posee en w1) que A tuviese dos partes diferentes de las que de hecho posee. Si las

relaciones de accesibilidad entre mundos posibles son transitivas, el mundo posible w3 en

que A tiene dos partes diferentes respecto de w2 debe ser accesible respecto de w1 y,

entonces, pareciera que A pudiese tener tres partes diferentes de las que posee en w1, en

violación del umbral de variaciones permisibles establecido. Pues bien, la solución propuesta aquí ha sido rechazar que lo que es posiblemente posible sea siempre posible. En el caso en comento, se postula que w3 no es accesible a w1 precisamente porque A no

podría tener más de un 2% de material diferente del que posee.

En la concepción causal de la modalidad, sin embargo, no se pueden introducir estas restricciones. Las relaciones de accesibilidad deben ser transitivas. Todos los mundos, en el límite, poseen un segmento en común, por lo que todos se encuentran dentro del rango de lo que podría ser causado por entidades de cualquier otro. No puede darse, por lo tanto, el caso que un mundo posible sea accesible a algunos otros mundos posibles y no lo sea a

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otros, como parece requerir la solución propuesta al problema de los márgenes de variación permisibles. Siendo las cosas así, si debe admitirse la necesidad de origen de acuerdo a los requerimientos (I) y (II) de Mackie, que aparecerían justificados en la concepción causal de la modalidad, no pueden ser admitidos márgenes de variación para las condiciones de origen de ningún tipo. Si ésta fuese la forma correcta de concebir la modalidad, nuestras intuiciones en contrario tienen que ser desechadas simplemente como erróneas1. En todo

caso, desaparece el problema de especificar de un modo fundado qué tipo de condiciones de origen de un objeto deben ser tomados como esenciales a él y qué aspectos no, tal como Mackie lo ha sostenido, pues de entrada todas las condiciones de origen deberían estar incluidas.

1.3. Una laguna

Es necesario hacer notar que, aún cuando se logren justificar los requerimientos (I) y (II) de Mackie, parece existir todavía una laguna en la argumentación a favor de la necesidad de origen. La dificultad tiene que ver con qué sea lo que se concibe como un individuo tal como Julio César. En la concepción modal ramificada hacia el futuro que aquí se discute Julio César es una entidad a la que resulta esencial su origen y cuyas diferentes posibilidades se conciben como posibles historias divergentes hacia el futuro desde ese instante de origen y esas circunstancias de origen. Una alternativa, que no asume identidades primitivas entre objetos en distintos mundos posibles, sería sostener que Julio César designa a quien cumple un determinado “rol” dentro del desenvolvimiento de un mundo. Por ejemplo, es quien conquista las Galias, quien cruza el Rubicón, quien vence a Pompeyo en Farsalia y muere asesinado en el Senado en el Idus de marzo del 44 A.C, etc. En esta concepción alternativa el origen de la entidad en cuestión es contingente para sus condiciones de identidad entre mundos posibles. Individuos con orígenes muy diversos pudieron haber cumplido este mismo rol y todo aquel que lo haga será Julio César en ese mundo. Por supuesto, una dificultad grave puede ser especificar de una manera no arbitraria y no trivial qué es lo que conforma y qué es lo que no conforma tal rol. Tal vez aquí el defensor de la contingencia de origen pueda encontrar sugerencias útiles en el modo en que los funcionalistas especifican la naturaleza de los estados mentales. Esto no viene aquí a cuento. Lo fundamental es que un defensor del carácter esencial del “rol” y de la contingencia de origen podría de manera consistente admitir que las posibilidades están determinadas en los poderes causales tendidos hacia el futuro de entidades actuales y que, también, dos mundos posibles han de poseer un segmento común hacia el pasado –esto es, los requerimientos (I) y (II) de Mackie– sin que esto impida que, sin embargo, se sostenga que el hecho de que Julio César exista en ese mundo dependa de que alguien tenga determinado rol. Aquí los mundos posibles se ramifican hacia el futuro desde un “tronco” común, pero aún así no hay necesidad de origen pues aquello de lo que habla el defensor de la necesidad del rol cuando habla de Julio César posee condiciones de identidad entre mundos posibles diferentes de las condiciones de identidad asignadas a Julio César por el defensor de la necesidad de origen. Uno identifica a Julio César en un mundo posible con quien posee ciertas condiciones de origen específicas y otro identifica a Julio César en el

1 O bien, como es obvio, si se quiere mantener a todo trance la posibilidad de pequeñas variaciones en las

condiciones de origen, entonces debería desecharse del todo la necesidad de origen y/o la concepción causal de la modalidad.

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mismo mundo con quien satisface el rol característico que se haya definido. No hay aquí cuestión alguna sobre qué causa a qué, ni hay cuestión alguna sobre la dependencia de las posibilidades en ramificaciones desde el pasado. El punto crucial es que aceptando esa forma de especificar el espacio modal se seleccionará a Julio César de un modo diferente.

¿Cómo puede esta cuestión ser decidida? No es un tema que pueda ser abordado aquí con detención. Posiblemente una consideración fundamental tenga que ver con las condiciones de identidad que imponen las relaciones objetivas de dependencia causal. Es verosímil pensar que estas condiciones de identidad estarán en línea con la necesidad de origen, mientras que las condiciones de identidad vinculadas con la necesidad de rol tendrán que ser concebidas como parasitarias de éstas. En todo caso, se trata de una argumentación que debe ser suplementada por quien quiera defender la necesidad de origen y que no aparece cubierta por el esquema de justificación presentado por Mackie.

2. La necesidad de la propiedad sortal

Junto con la necesidad de origen, una segunda tesis esencialista no trivial frecuentemente defendida en las últimas décadas ha sido la necesidad de la propiedad sortal (cf. por ejemplo, Wiggins, 1980, 2001; Lowe, 1989, 1998; Brody, 1980). La propiedad sortal de un objeto es el tipo de entidad al que ese objeto pertenece, al que corresponde ser de manera independiente, esto es, por sí y no por otro. Típicamente los conceptos sortales son aquellos que permiten contar los casos que caen bajo él, tal como “gato”, “hombre” o “caballo” por oposición a otros conceptos que no permiten la identificación de un número determinado de instancias de él, tal como “agua” (llamados “conceptos de masa”) o “rojo”. Se ha sostenido que un objeto que persiste en el tiempo requiere de una propiedad sortal que especifique sus condiciones de identidad en diferentes instantes. La propiedad sortal de un objeto sería, de hecho, lo que permitiría que ese objeto pudiese ser re-identificado como el “mismo”, pues determinaría su evolución temporal2. Cualquiera sea el mérito que puedan tener estas doctrinas, lo que interesa aquí es que se ha sostenido también que la propiedad sortal de un objeto –al que se atribuye un rol crucial para la identidad en el tiempo– sería también una propiedad esencial de un objeto, esto es, sería crucial para especificar las condiciones de identidad de ese objeto en diferentes mundos posibles.

La posición de Mackie respecto de esta cuestión es también escéptica. Mackie no cree que la necesidad de propiedad sortal haya sido justificada de manera suficiente. Discute en particular dos formas de defender esta tesis, una de ellas ofrecida por Brody (cf. 1980, 114-116; discutido en HMB, 118-130), y la otra ofrecida por Wiggins (cf. 1980, cap. 4; discutido en HMB, 131-149). Aquí interesa destacar solamente la forma en que se trata el argumento de Brody que parece, por lo demás, más convincente. La defensa que hace Brody de la necesidad de la propiedad sortal depende de dos premisas:

(IV) Si un individuo cae bajo el sortal S en algún instante de tiempo durante su existencia, entonces ese individuo debe caer siempre bajo S durante todos los instantes de tiempo de su existencia.

2 Para una presentación general de las diferentes alternativas sistemáticas en disputa en relación con la

(11)

Se ha introducido la distinción entre un “sortal de sustancia” y un “sortal de fase” para diferenciar ciertas propiedades sortales que especifican sólo condiciones de identidad para un individuo en un cierto rango temporal limitado que no abarca toda su existencia –por ejemplo, “niño” respecto de “ser humano”– de las propiedades sortales que especifican condiciones de identidad para toda la existencia temporal de un objeto. Esta última clase de sortales se denominan “sortales de sustancia”. Lo que se afirma aquí de un sortal S debe entenderse, naturalmente, de un sortal de sustancia. La justificación que tiene este requerimiento (IV) es obvia. En efecto, si es precisamente una propiedad sortal la que determina las condiciones de persistencia de un objeto en el tiempo, entonces – naturalmente– ese objeto debe poseer tal propiedad sortal durante todos los instantes de tiempo en que exista, pues es la posesión de tal propiedad lo que determina que todos aquellos instantes sean instantes de su existencia y no de otra entidad. A este requerimiento se une el requerimiento de segmentos comunes (II) ya indicado arriba para la necesidad de origen. Esto es:

(II) Los mundos posibles deben tener segmentos comunes (overlap requirement). Esto es, dos mundos posibles que contienen el mismo objeto o el mismo estado de cosas han de poseer un curso de acontecimientos común, por lo menos hasta que divergen las historias de ambos mundos.

Dada la forma en que Brody presenta la cuestión, no le interesa que el segmento común se encuentre en el origen o en otro momento del desarrollo temporal de un objeto (cf. Brody, 1980, 119-120). Lo esencial es que lo menos que debería postularse para la identidad de un objeto en mundos posibles diferentes es que exista un segmento en común aunque su distención temporal tienda a ser la de un mero instante puntual. Si se da tal segmento común, entonces ese objeto habrá de poseer la misma propiedad sortal en ese segmento y, luego, deberá mantenerla durante todos los instantes de tiempo de su existencia en ese mundo, dado el requerimiento (IV).

Ya se ha visto, sin embargo, cómo Mackie no encuentra justificación para el requerimiento de segmentos comunes (II) y, por lo tanto, rechaza la necesidad de origen. El rechazo aquí de la necesidad de la propiedad sortal era de esperar, por lo tanto. Sucede, sin embargo que, si es posible encontrar una argumentación aceptable para la necesidad de origen, tal como se ha mostrado arriba, fundada en una concepción causal de la modalidad, entonces las prevenciones de Mackie respecto de la necesidad de la propiedad sortal deberían también desaparecer. Si los requerimientos (I) y (II) son aceptables, entonces, nada parece obstar al éxito de una línea de argumentación como la desplegada por Brody, suponiendo que las propiedades sortales tengan el carácter decisivo que se les atribuye para la cuestión de las condiciones de persistencia en el tiempo. Nótese que no la justificación de la necesidad de la propiedad sortal es dependiente, de todos modos, de la función que cumplan estas propiedades para el problema de la persistencia de objetos en el tiempo, lo que no es nada pacífico. Asumiendo que las propiedades sortales cumplen tal función y asumiendo, además, que la necesidad de origen ha sido suficientemente justificada (salvando la laguna indicada arriba) entonces tendríamos una justificación aceptable para la necesidad de la propiedad sortal.

Nuevamente puede verse aquí, por lo tanto, cómo ciertas modificaciones más audaces en la metafísica general de la modalidad pueden resultar de utilidad para hacer verosímiles nuestras intuiciones modales.

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3. Conclusiones

Se ha mostrado cómo una concepción causal de la modalidad en las líneas que han sido descritas permite complementar de un modo muy natural las argumentaciones a favor de la necesidad de origen y de la necesidad de la propiedad sortal que Mackie ha estimado no suficientemente fundadas. Esto, por supuesto, no es una crítica a Mackie y la forma en que ha enfocado las cuestiones. Nada le puede ser objetado por no haber conjeturado la posibilidad de transformaciones más drásticas que las que ha contemplado de manera explícita. Es más, es un mérito de su planteamiento el que estas sugerencias se vean con especial claridad a partir de su presentación –sinóptica y precisa a la vez– del debate contemporáneo sobre formas no triviales de esencialismo.

La exposición que se ha hecho aquí, por lo demás, de una concepción causal de la modalidad tiene un carácter extremadamente esquemática. Una defensa detallada y una clarificación más precisa de tal concepción es una tarea mucho más ardua. Lo que encontramos con ocasión de la discusión que hace Mackie es una conjetura que podría llenar los vacíos que aparecen en las argumentaciones usuales, una conjetura simple y de gran poder explicativo. Si se quiere, la cuestión admite ser formulada del siguiente modo: la conclusión general de Mackie de su ponderada discusión es escéptica respecto de las tesis esencialistas más sustantivas y para las que poseemos intuiciones más fuertes. Lo que se ha mostrado aquí, sin embargo, es que una variación en la perspectiva con la que se conciben las cuestiones modales ontológicas permite transformar radicalmente esta conclusión. En vez de escepticismo, podemos ganar un programa de investigación mucho más radical3.

Referencias

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D. H. Mellor, 1995, The Facts of Causation, London: Routledge.

3 Este trabajo ha sido redactado en ejecución del proyecto de investigación Fondecyt 1070339 (Conicyt,

(13)

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T. Robertson, 1998, “Possibilities and the Arguments for Origin Essentialism”, Mind 107, 729-749.

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