Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras hispanoamericanas = The polemics of possession of the Indies in Spanish american letters

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(1)RTolena dorno Polémicas sobre la posesión de las Indiasissn en las letras… allerAde Letras N° 45: 67-80, 2009 0716-0798. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras hispanoamericanas. The Polemics of Possession of the Indies in Spanish American Letters Rolena Adorno Universidad de Yale rolena.adorno@yale.edu Los autores que escribieron de o desde América en el siglo XVI lo hicieron contra el trasfondo de apasionadas discusiones sobre el derecho español a conquistar las Indias. Estos debates, que he denominado “las polémicas sobre la posesión”, constituyen el núcleo de una historia intelectual que se ha incorporado a los escritos narrativos, presentados en su día como empíricos e históricos, que, en efecto, inauguraron la tradición narrativa de América Latina. Estudio aquí las tomas de posición claves en dichos debates, considero los personajes y los paisajes, algunos más ficticios que históricos, que han integrado la tradición cronística y termino contemplando sus resonancias en novelas latinoamericanas del siglo XX. Las crónicas de Indias, pobladas tanto de figuras históricas (Bartolomé de las Casas) como ficticias (Gonzalo Guerrero), nos guían “de Guancane a Macondo”, es decir, de tierras floridanas imaginadas por el Inca Garcilaso de la Vega al pueblo legendario de Gabriel García Márquez, y son testigos permanentes de la tradición histórico-literaria de América Latina. Palabras clave: Las crónicas de Indias, Bartolomé de las Casas, Gonzalo Guerrero. The authors who wrote about or from the Americas in the sixteenth century did so against the background of impassioned discussions about the Spanish right to conquer the Indies. These debates, which I have called “the polemics of possession”, constitute the nucleus of an intellectual history that has been incorporated into the narrative writings, presented in their own day as empirical and historical that, in effect, inaugurated the narrative tradition of Latin America. I examine here the major positions in those debates, consider the protagonists and landscapes, some more fictional than real, that have constituted the chronicle tradition, and conclude by contemplating their resonance in Latin American novels of the twentieth century. The chronicles of the Indies, populated by historical figures (Bartolomé de las Casas) as well as by those who are fictional (Gonzalo Guerrero), guide us “from Guancane to Macondo”, that is, from Floridian territories imagined by El Inca Garcilaso de la Vega to the legendary town of created Gabriel García Márquez, and they remain as enduring witnesses to the literary-historical tradition of Latin America. Keywords: The chronicles of the Indies, Bartolomé de las Casas, Gonzalo Guerrero.. Fecha de recepción: 27 de noviembre de 2008 Fecha de aprobación: 06 de enero de 2009. 67 ■.

(2) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. Ante todo, quisiera agradecer al doctor Roberto Hozven y a sus colegas la invitación para participar en esta VI Jornada de doctorandos en literatura y la hospitalidad que me han brindado1. Es un gran honor rendir homenaje a los estudios humanísticos que ustedes, los jóvenes, están llevando a cabo. Les deseo toda clase de éxitos en sus investigaciones. La nuestra es una vocación honorable, y en el mundo en que vivimos es imprescindible defender sus valores. Es también un honor volver al país donde José Toribio Medina inició el estudio de las letras coloniales chilenas, tomando como punto de partida La araucana de Alonso de Ercilla. Don José Toribio la incorporó como parte integral de su historia de la literatura chilena y en virtud de su gesto crítico nos resulta evidente ahora que es así, desde y por el presente, que los estudios literarios coloniales cobran sentido. Siendo estudiosa de la literatura y cultura coloniales hispanoamericanas, quisiera presentar tres argumentos acerca del papel de las letras coloniales en la literatura latinoamericana2. Primero, que las crónicas de Indias –los relatos de primera o de segunda mano sobre las conquistas españolas en las Américas– no solían orientarse por los eventos históricos en sí, sino por los debates sobre éstas: el derecho (o su ausencia) de los españoles a imponer su dominio sobre las tierras americanas y sus habitantes naturales. Segundo, que en dichas crónicas e historias podemos descubrir una de las maneras en las cuales la literatura de ficción se derivó del género de la historia. Tercero y último, que la centralidad en la tradición cultural hispanoamericana de los debates sobre la conquista se ha hecho presente, en el sentido de actual, mediante su reescritura, dramatizada y transformada, en algunas de las obras más significativas de la literatura latinoamericana del siglo veinte. En cuanto a las crónicas de Indias, es su calidad narrativa, más que su supuesta fidelidad a la verdad histórica, la que nos seduce. En Estados Unidos, diversas revistas y otras publicaciones periódicas, incluso el Wall Street Journal, no dejan de reseñar libros actuales que narran las exploraciones y conquistas españolas por los distintos territorios americanos –una diversión atractiva, evidentemente, en estos tiempos de catástrofes económicas. Durante la larguísima campaña por la presidencia de Estados Unidos concluida en noviembre del 2008, se produjo la novedad del uso del término “narrativa” (“narrative”): gozó de un lugar de honor para describir las posiciones tomadas por los respectivos candidatos en tanto que cada uno, o su partido, tenía su propia “narración”. El artista que creó el grabado (Lámina 1) para la edición de la segunda carta de relación de Hernán Cortés, publicada en latín en Nuremberg en 1524, comprendió perfectamente los principios narrativos de esta. Los habitantes de la capital azteca emprenden sus tareas diarias navegando sobre la laguna que rodea la ciudad. En su centro, el recinto sagrado, presidido por los monumentos gemelos del Templo Mayor, muestra el sacrificio de seres humanos.. 1 Conferencia. inaugural leída en la VI Jornada de Doctorandos en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, el 27 de noviembre de 2008. 2 Este ensayo es un extracto o resumen de mi libro The Polemics of Possession in Spanish American Narrative (New Haven: Yale University Press, 2007) que ganó en 2008 el premio Katherine Singer Kovacs de la Modern Language Association.. ■ 68.

(3) Lámina 1. Mapa de México-Tenochtitlán y el Golfo de México. Hernán Cortés/, Praeclara de Nova Maris oceani Hyspania narratio/. Nuremberg: F. Peypus, 1524. The John Carter Brown Library at Brown University.. Rolena Adorno Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. 69 ■.

(4) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. Vemos también un ídolo de pie y decapitado. A la vez, y desde la ribera, hay otra cabeza (dos, en efecto) que flamean en la bandera heráldica del Sacro Imperio Romano de Carlos V. Esa bandera, sin embargo, está en las afueras, no en la ciudad. De esa manera, el artista pinta (narra) los acontecimientos a través de los cuales el mundo regido por la federación azteca se desestabiliza antes de su caída y rendición al régimen imperial extranjero. La narración, pictórica o verbal, conecta los eventos del pasado a los acontecimientos inventados o ficcionalizados de todos los tiempos. Digo esto porque hay un movimiento casi imperceptible de los eventos recordados a los eventos re-imaginados o vueltos a imaginar. Los autores que escribían de o desde América, al reflexionar sobre eventos que personalmente experimentaron u observaron, o sobre los cuales especularon, no lo hicieron en un espacio incontaminado (ilusorio) de memoria prístina o de especulaciones abstractas. Había mucho ruido de fondo, por así decir, no de armas de fuego, alaridos o tambores de guerra sino, mucho más frecuentemente, de la cacofonía producida por apasionados debates y discusiones. Estos debates ocupan un lugar central en el fenómeno que he denominado “las polémicas sobre la posesión”; constituyen el núcleo de una historia intelectual que se ha incorporado a los escritos narrativos, presentados en su día como empíricos e históricos, y que, en efecto, inauguraron la tradición narrativa de América Latina. “Polémica” es un término derivado del griego, polemos, “guerra”, que se ha utilizado en la época moderna para referirse a las disputas teológicas de los siglos XVI y XVII, así como en la amplia gama de controversias que surgieron durante el Siglo de las Luces. “Posesión” también tiene muchas resonancias. La empleo como concepto jurídico, tal como se relaciona con el control físico; implica dominio y la aplico, más allá de la idea de soberanía para incluir el acto de gobernar (o de gobernarse) y el ejercicio de la autoridad, sea esta real o solo percibida, de carácter político, histórico o literario. En cuanto a polémicas sobre la posesión de las Indias, el año de 1550 marca un hito de suma importancia. Al sentir Carlos V el peso de la controversia sobre las conquistas que le había perseguido desde hacía más de tres décadas, convocó una junta en Valladolid para que los adversarios más prominentes debatieran el tema ante un tribunal constituido por catorce teólogos y juristas. En contra de la opinión popular, en Valladolid no se iba a debatir la humanidad del indio americano (esta nunca se puso en duda), sino el derecho de los españoles a imponer su domino sobre éstos. En esta contienda y en otras anteriores, se presentó el argumento sobre el carácter perjudicial de las costumbres amerindias –reales, en el caso de los sacrificios humanos en México, o dudosas, en el del canibalismo caribeño– para favorecer el dominio español sobre los indios y negarles no su capacidad sino su derecho, cuando en contacto con el poder español, para gobernarse. Había tres puntos de vista y tres influyentes abogados: Francisco de Vitoria, Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. A pesar de las toneladas de papel y tinta gastadas al respecto, se pueden resumir en breve los principales argumentos de cada uno. Vitoria, el afamado profesor y teólogo de la Universidad de Salamanca, contempló solo teóricamente el derecho de. ■ 70.

(5) Rolena Adorno. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. España a la posesión de las Indias, y esto, en la década de mil quinientos treinta. (Falleció cinco años antes del debate vallisoletano, pero por haber citado Sepúlveda al catedrático salmantino como autoridad, es necesario incluirlo entre los miembros del debate). Vitoria aceptó como títulos legítimos de conquista el derecho de los españoles a evangelizar a los indios y la necesidad de castigar y prohibir los sacrificios humanos y la antropofagia. A estos títulos adjuntó otro “que no podía afirmarse con seguridad, pero sí discutirse”: a saber, los indios “no son idóneos para constituir y administrar una república legítima” por faltarles leyes, magistrados e incluso por su posible incapacidad para gobernar sus familias (Vitoria, Relectio de Indis, 97). Se trata del conocido argumento aristotélico sobre la esclavitud natural. Vitoria pensaba que en el caso de las Indias posiblemente se lo podía aplicar para establecer una relación jerárquica entre los dos pueblos. A pesar de que Vitoria no se atrevió “a darlo por bueno ni a condenarlo en absoluto” (Relectio de Indis 97), Sepúlveda más tarde citaría al teólogo salmantino como autoridad sobre el tema. He querido destacar este argumento de Vitoria porque ha sido común celebrarlo, atribuyéndole un papel mucho más positivo de lo que acabamos de ver. Sin embargo, su benevolencia prevaleció en su postrera reflexión sobre el tema. En su última relección de 1539, Vitoria concluyó que “la única y sola causa justa de hacer la guerra contra los indios era la injuria recibida”. Agregó: “como todas las cosas que en la guerra se hacen son graves y atroces, pues son matanzas, incendios y devastaciones, no es lícito castigar con la guerra por injurias leves a sus autores, porque la dureza de la pena debe ser proporcional a la gravedad del delito” (Vitoria, De los indios, 825-826). En consecuencia, el 10 de noviembre de 1539 Carlos V se dirigió al prior del monasterio de San Esteban de Salamanca, y le mandó hacer retirar todos los escritos de Vitoria y de otros sobre el tema y mandó que “sin expresa licencia nuestra no traten ni prediquen ni disputen de lo susodicho ni hagan imprimir escriptura alguna tocante a ello” (Carlos V, en Vitoria, Relectio de Indis, 152-153). En contraste con Vitoria, el traductor de Aristóteles y cronista imperial, Juan Ginés de Sepúlveda, no vaciló ni cambió de opinión. Su enfoque no incidió en la caracterización de los indios de por sí, sino en la relación jerárquica que se manifestaría en el encuentro de los pueblos. El carácter relacional de su argumento es evidente; aunque reconocía que existían diversos modos de ejercer el dominio, todos, dijo, tenían su fundamento en “un solo principio y dogma natural: el imperio y dominio de la perfección sobre la imperfección, de la fortaleza sobre la debilidad, de la virtud excelsa sobre el vicio” (Sepúlveda, Demócrates segundo, 20). Se apropió de este modelo aristotélico para avalar la gobernación de las Indias por los españoles. A diferencia del argumento de Sepúlveda, el pensamiento de las Casas tuvo una larga evolución a lo largo del medio siglo de su intervención en los debates sobre las Indias. Al iniciar sus actividades en 1516 no se preocupó del derecho de Castilla a gobernar a los indios sino del tratamiento que éstos recibían de los españoles. Este es el las Casas de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias escrita en 1542 (aunque publicada diez años más tarde en 1552) y concebida para convencer a los consejos reales de Castilla. 71 ■.

(6) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. y de Indias a abolir la esclavitud india y prohibir la perpetuidad de las encomiendas. Además, la Brevísima condena las conquistas como ilegítimas al llamar tiranos a los conquistadores y al calificar de violencia injustificable sus acciones. (Habría que mencionar aquí a fin de extirpar el lugar común que no deja de repetirse según el cual que las Casas habría inventado la esclavitud africana en las Indias, que fue, al contrario, Fernando el Católico quien la inauguró antes que pasaran diez años de la llegada de Colón al Caribe). las Casas rechazó el principio aristotélico, aceptado al principio por Vitoria y defendido siempre por Sepúlveda, del dominio de lo perfecto sobre lo imperfecto. Insistió en que ese principio podía aplicarse solo cuando las dos cosas se encontraban unidas por naturaleza, ‘in acto primu,’ como “cuando el cuerpo y el alma se conglutinan y forman un ‘animal’, o cuando el sentido y la razón existen en el mismo sujeto” (Casas, Apología de Juan Ginés, 139). Fue para él un criterio inadmisible cuando “la cosa perfecta y la imperfecta se encuentran separadas y se refieren a distintos sujetos”: “por mucho que éstos [los más aptos] les aventajasen [a los otros] en prudencia, ningún pueblo libre está obligado a someterse a otro” (ibid.) las Casas, que había comenzado por intentar fomentar y reglamentar el asiento español en las Indias y de castigar sus excesos, terminó su vida recomendándole a Felipe II que retirara la soberanía castellana sobre las Indias y que restaurara a los soberanos autóctonos. Vemos aquí el frontispicio (Lámina 2) de una de las copias manuscritas del Tratado de las doce dudas en el que las Casas, en 1564, sustentó esa posición. A pesar de no ponerse en práctica, su ideario tuvo una larga vida en los círculos reformistas de los virreinatos, sobre todo el peruano, en décadas posteriores. He enfatizado la evolución del pensamiento de las Casas porque suele tomarse como un cuadro estático de contradicciones simultáneas, en vez de un estudio detenido y un esfuerzo continuamente renovado de responder al deterioro siempre más grave de la situación en las Indias. También lo he hecho porque los escritos de las Casas encarnan mis argumentos sobre la persistencia de las polémicas sobre la posesión de las Indias: no hay otro autor cuyos escritos sean, como los suyos, una referencia imprescindible, explícita o implícitamente, a favor o en contra, en las historias que se escribieron sobre las conquistas en los siglos XVI y XVII, desde, por ejemplo, Francisco López de Gómara en 1552, Bernal Díaz del Castillo en la década de 1560, Bernardo de Vargas Machuca en 1599 y Felipe Guaman Poma de Ayala en 1615. En esta oportunidad no voy a resumir la trayectoria de las Casas en las crónicas sino demostrar cómo en ellas podemos trazar la emergencia de la ficción literaria a partir del crisol de la tradición historiográfica para luego descubrir, en la ficción novelística, las resonancias de los debates del siglo XVI. Todos conocemos el lugar común sobre las crónicas como el origen de la literatura latinoamericana. Décadas atrás se iniciaba esa búsqueda identificando el fenómeno con los llamados “relatos interpolados”, como si fueran tumores que se podían aislar y extirpar quirúrgicamente de la carne histórica de los textos en los cuales estaban incrustados. Mucho más poderoso y sugerente, por ser sistemático y profundo, es el análisis de Roberto González Echevarría en Mito y archivo (1990). Allí demuestra cómo la narrativa latinoamericana. ■ 72.

(7) Rolena Adorno. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. Lámina 2. Frontispicio del manuscrito del /Tratado de las doce dudas/ (1564) de fray Bartolomé de las Casas. The John Carter Brown Library at Brown University.. surgió, nutrida y orientada por varias disciplinas: el derecho en el siglo XVI, el discurso científico en el siglo XIX y la antropología en el siglo XX. En mi caso, al apreciar el carácter imperecedero de las crónicas y escuchar sus ecos en escritos posteriores, quería ver si podía detectar en su misma textura narrativa y en sus reescrituras, su papel como generadoras de ficción. Lo intenté hacer estudiando crónicas que contenían huecos o silencios, o cuyos detalles eran parcos o desconocidos, o que presentaban relatos que. 73 ■.

(8) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. no se encontraban en ninguna otra fuente. Por una u otra de estas razones ofrecieron campo abierto al lector/autor: el peso de la obligación a la fidelidad, al consenso o la verdad, era bastante ligero y así el autor podía crear reelaboraciones que no fueran comprobablemente históricas sino, al contrario, edificantes, exuberantes o entretenidas: Horacio en las Indias. Bernal Díaz del Castillo ofrece un ejemplo que se puede tomar como paradigmático. Al seguir la pista de historiadores anteriores, cumplió la tarea de inmortalizar a un marinero español, conocido solo de oídas, que supuestamente había sobrevivido un naufragio y llegado a la costa de Yucatán, donde se hizo guerrero y capitán militar entre los mayas. Para completar el cuadro, Bernal Díaz también crea y da voz a la esposa maya de dicho marinero; escuchamos (leemos) las arengas de la cónyuge nativa al dramatizar Bernal Díaz la ocasión (que nunca ocurrió) en la que los españoles llegaron a donde vivía el náufrago en tierras yucatecas y le invitaron a reintegrarse a sus compatriotas. Me refiero a la figura llamada en las crónicas “Gonzalo Guerrero” (Lámina 3), aquí materializada en un conjunto escultórico de 1974 que se encuentra en Akumal, Quintana Roo, Yucatán. En la misma década de 1970 y luego en la de 1990 se han publicado, en versiones mutuamente contradictorias, las supuestas “memorias” o autobiografía de Gonzalo, una de las cuales lleva, desafortunadamente, el sello de una editorial universitaria mexicana. Gonzalo Guerrero se había dado a conocer internacionalmente alrededor de veinticinco años atrás, cuando en La conquista de América (1982) Tzvetan Todorov lo presentó como un caso de radical transformación cultural hacia el lado nativo o como diríamos cinéticamente en inglés: “going native”. Posteriormente, en 1992 el escritor y filósofo español (vasco) Fernando Savater citó a Gonzalo como emblema de la liberación de la vida y sociedad postmodernas: “¿No tenemos todos, a fin de cuentas, una ansia secreta y reprimida –mal reprimida, a veces– de negar nuestros condicionamientos, de elegir otros gestos y otros paisajes que en principio no parecen correspondernos, demostrar que podemos ser mejor quien somos renunciando a ser lo que somos, cómo somos y con los que somos?” (Savater 4). Gonzalo Guerrero es una figura que se ha elaborado sobre la base de los relatos, siempre más detallados y llamativos, que se crearon gracias a un par de menciones testimoniales en la década de 1530, casi veinte años después de la supuesta llegada a Yucatán de un posible náufrago cuyo nombre nunca se supo con certeza y que nunca fue contactado ni rescatado. Pero la escasez documental de sus orígenes no importaba: Gonzalo emergió, en colores siempre más brillantes, de las plumas (pinceles) de los cronistas como un héroe de la exitosa resistencia maya contra los españoles para algunos y, para otros, como un traidor y hereje pintado y tatuado. Los escasos datos que dieron origen a la leyenda de Gonzalo Guerrero fueron solo dos testimonios de segunda o tercera mano: la brevísima mención de Hernán Cortés en una de sus deposiciones oficiales en 1534 sobre un posible náufrago que nombró “Morales” y, dos años más tarde, la del militar Andrés de Cereceda, que citó a un tal “Aroza” o “Azora”. Cereceda fue uno de los capitanes de la conquista española de Yucatán cuyos esfuerzos en las décadas de 1520 y 1530 habían fracasado por completo. Sobre esta base insegura la gradual invención de la figura que llegó a ser Gonzalo Guerrero se debe,. ■ 74.

(9) Rolena Adorno. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. Lámina 3. Estatua de Gonzalo Guerrero (detalle). Conjunto escultórico de Raúl Ayala Arellano, Club de Yates Akumal Caribe, Akumal, Quintana Roo, México. Fotografía por Rolena Adorno.. estoy convencida, a la necesidad de gobernantes y cronistas de explicar y justificar la nunca completada conquista de Yucatán. Gonzalo Fernández de Oviedo lo llamó “Gonzalo el marinero” en su Historia natural y general de las Indias (1547) y Francisco López de Gómara lo apodó “Gonzalo el guerrero”, estrenando en 1552 el apellido “Guerrero” en su Historia de las Indias y la Conquista de México, publicada en sucesivas ediciones en pocos años. Bernal Díaz amplió e hizo más vivaz el retrato de Gonzalo al hacerlo un padre orgulloso de sus hijos mestizos. En un momento. 75 ■.

(10) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. sumamente dramático de su narración, Bernal Díaz le hace a Gonzalo declarar sus razones para no volver con sus compatriotas castellanos: “Y ya veis estos mis hijitos quán bonitos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra” (Díaz del Castillo, 1:98 [cap. 27]). A pesar de esta apoteosis de Gonzalo, su figura resultó amenazante para los autores mestizos que en sus propias crónicas de la conquista retomaron el relato de los náufragos castellanos en Yucatán. En su Historia de Tlaxcala (1576) Diego Muñoz Camargo borra el nombre de Gonzalo Guerrero transfiriendo al náufrago rescatado, Jerónimo de Aguilar, que con Doña Marina formó el equipo de intérpretes de Cortés, los elementos del relato de Gonzalo Guerrero. Es Aguilar quien se convierte en indio y quien se casa, no con una mujer maya cualquiera sino con la ya bautizada Doña Marina (Malintzín, La Malinche), formando así una pareja cristiana y casta –y, significativamente, sin hijos. El cronista de ascendencia texcocana Fernando de Alva Ixtlilxochitl también presenta el tema de la pareja cristiana ficcional, el matrimonio sin hijos de Aguilar y Marina, en su Historia de la nación chichimeca (161525). Alva Ixtlilxochitl sí menciona el nombre de Gonzalo Guerrero, pero lo despacha en una sola frase: “y no había quedado más que él y un Gonzalo Guerrero, que se casó en aquella tierra, quien estaba muy rico y no quiso venir con él, porque tuvo vergüenza de que le viesen las narices horadadas al uso de la tierra” (Alva Ixtlilxochitl 196; cap. 78). Es notable que los dos cronistas, hijos de madres indígenas, supriman cualquier mención de los hijos frutos de ese matrimonio, cuando los autores a quienes citaban (Gómara, Bernal Díaz) habían destacado precisamente el rol de paterfamilias de Gonzalo como una de las razones principales por la cual había permanecido entre los mayas. La ausencia de prole revela que, para los autores mestizos, el elemento más pertinente (y amenazante) de la imagen de Gonzalo, aparte de su imagen de “infiel y traidor”, no era su matrimonio mixto sino su paternidad de hijos potencialmente no cristianos. A diferencia de los siglos anteriores, en el XX el valor iconográfico de Gonzalo Guerrero es el de ser emblema de la familia americana mestiza, tanto dentro como fuera de México. El fenómeno de Gonzalo Guerrero revela cómo, a partir de rumores y relatos de tercera mano, se erige una autoridad que pretendía ser histórica cuando, en efecto, fue ficticia. Irónicamente, los cronistas, desde Oviedo en adelante, como un Tucídides actualizado, para prestar credibilidad histórica a sus relatos, inventaron detalles y los interpretaron según las exigencias de la historiografía de su época: no solo averiguar y relatar acontecimientos históricos sino darles el barniz de una interpretación moral que podía servir de modelo (o anti-modelo, en el caso de Gonzalo) del “buen vivir”. La invención de Gonzalo Guerrero sirvió para los propósitos de la historia al explicar el fracaso de los intentos, durante dos décadas, de conquistar Yucatán. Y esto no solo en las crónicas del siglo XVI, sino hasta el día de hoy, en las más respetadas monografías históricas, donde Gonzalo Guerrero aparece como figura histórica verídica. Gonzalo Guerrero es uno de los emblemas de ese paso o desplazamiento –sutil pero seguro– de la historia a la literatura que estoy destacando y que ha gozado de una vida multicentenaria.. ■ 76.

(11) Rolena Adorno. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. El mismo argumento se puede sostener con respecto a lugares geográficos supuestamente históricos. Este aspecto lo descubrí al estudiar la Historia de la Florida (1590) del Inca Garcilaso de la Vega sobre la expedición de Hernando de Soto a Norteamérica al final de la década de 1530. Garcilaso cita los Naufragios (1555) de Álvar Núñez Cabeza de Vaca para apoyar su tesis sobre la buena disposición de los indios de la Florida para recibir el evangelio. Garcilaso aseveró que la influencia de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros se extendió mucho más allá de las tierras que ellos habían alcanzado, incluso hasta una remota provincia de los vastos territorios de la Florida que Garcilaso llamó Guancane. El nombre de “Guancane” lo habrá inventado Garcilaso posiblemente por sus resonancias con su quechua nativo: mencionó una antigua provincia peruana de nombre de Huancane al contar las conquistas de Sinchi Roca Inca en los Comentarios reales de los Incas, y existe hasta el día de hoy un pueblo andino de nombre de Huancané. Alternativamente, puede haberse inspirado en los nombres de la lengua taína, mucho más conocidos por los lectores de su época gracias a los escritos tempranos sobre el Caribe. En todo caso, este Guancane es el escenario de un episodio insólito en La Florida del Inca. Los soldados de Hernando de Soto descubren que los indios guancanianos –cupiera decir– presentan huellas de haber sido influidos por ciertos cristianos a quienes nunca habían visto (Cabeza de Vaca y sus compañeros), a la vez que mantienen una actitud hostil hacia los cristianos presentes. Por temor de esa agresividad y por verse incapacitados a causa de la falta de caballos, los expedicionarios de Soto no se atreven a reposar ni un solo día sino que tratan de pasar sin ser percibidos durante los ocho días de su marcha silenciosa atravesando la provincia. El desencuentro en Guancane, cuyos naturales saben defenderse de los invasores a la vez que ostentan el máximo símbolo de la “república cristiana”, será la firma secreta de Garcilaso a su obra. Aunque no se atreve a anunciarlo como tal, Garcilaso ha creado una utopía indiana en dos sentidos. En el literal, es un “no-lugar”. En el sentido simbólico, es utópico porque pinta a los naturales de la provincia gozando tranquilamente de sus casas y sementeras. Si hay amenaza, es de parte suya contra los invasores pasajeros. Al descubrir que “Guancane” era un lugar que ninguno de los informantes y testigos de la expedición de Soto había nombrado, me di cuenta de que Garcilaso buscó la comprobación de los hechos que memorializó no en la veracidad de la realidad histórica sino en la plausibilidad de las narraciones consagradas por la tradición cronística. Su autorización, y por consiguiente su veracidad, se ubicaron no en el mundo de los hechos militares sino en el de las “hazañas” narrativas. Este es uno de los principios capitales, a mi entender, de las crónicas de Indias. En su Historia de la Florida Garcilaso revela, sin querer, el triunfo de la autoridad narrativa sobre la histórica. Así, cuando parece que Garcilaso aboga por la veracidad histórica de los acontecimientos que narra, en realidad crea la ilusión de una verdad histórica. Se mueve, en efecto, en el plano de la autoridad de las letras. El criterio pertinente no es la veracidad de lo que ocurrió (o no) en el mundo de las armas, sino la verosimilitud con respecto a los acontecimientos tales como existían en el mundo de las. 77 ■.

(12) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. letras, es decir, dentro del sistema cronístico narrativo. Autor y obra ganan para sí coherencia e integridad –y así una autoridad supuestamente histórica– apoyando y enriqueciendo la autoridad narrativa de autores anteriores. Es de esa manera que un Gonzalo Guerrero podía tomar cuerpo y vivir una vida cada vez más fabulosa, gracias a los juegos de espejo en el laberíntico mundo histórico-literario. Este juego de espejos sigue reproduciéndose en los siglos XVII, XVIII y XIX, pero saltemos a una época más reciente: la novelística del siglo XX. Podemos decir que Guancane anticipa la creación de pueblos o comunidades ficticias preeminentes en la historia de la literatura latinoamericana. Los pueblos de Comala y Macondo de Juan Rulfo y de Gabriel García Márquez en sus respectivas obras clásicas Pedro Páramo (1955) y Cien años de soledad (1967) ofrecen los ejemplos más destacados. Si el mundo de Comala se presenta al lector después de su destrucción, Macondo se nos muestra desde su fundación hasta el momento en que desaparece, envuelto en un gran viento, de una vez y para siempre. Si el calor y el silencio producen en Comala un contorno estático y asfixiante, sin movimiento y sin aire, Macondo nos brinda un dinamismo vibrante y orgánico. Si Comala es cadáver, Macondo se conoce desde el momento de su concepción: es criatura, adolescente y adulto que respira un aire vivificante hasta que este se convierte en una fuerza bíblica y destructora que lo hace desaparecer de la tierra. Pero no son fuerzas bíblicas sino humanas que conducen a los dos pueblos a su ruina. Ambos experimentan un mundo natural amargado: las uvas agrias de Comala y los bananos explotados de Macondo presencian la destrucción de todos los recursos, botánicos y humanos. Comala y Macondo llevan a su conclusión los efectos de la invasión y explotación extranjeras anunciadas en Guancane, donde su presencia se sentía como una amenaza mantenida en suspenso. Si tomé antes la figura del Gonzalo Guerrero para ilustrar el nacimiento de la ficción literaria en la cuna de la narración historiográfica, quisiera concluir esta discusión demostrando cómo la vitalidad de la cultura latinoamericana se mantiene al introducir la figura histórica (quizás demasiado histórica, para el gusto de algunos) plenamente en el ámbito de la literatura de ficción. Tomo el ejemplo de El arpa y la sombra (1979) de Alejo Carpentier. Uno de los puntos de máximo interés que la novela de Carpentier tiene, junto con su vigor satírico, su humor impúdico y su palpitante parodia, es una profunda reflexión sobre las tradiciones culturales e históricas de América Latina y sus legados contemporáneos. Esta reflexión puede sintetizarse bajo la rúbrica “Bartolomé de las Casas”. “las Casas”, vale decir, la figura, las palabras y el sentido de las Casas y todo lo que él representa, juegan un rol fundamental en la novela. No me refiero a los escritos de las Casas como fuente ni a cierta imagen de su persona histórica ni a este como objeto de homenaje, sino más bien a algo metafórico, algo a lo que se refirió Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra (1926) de la siguiente manera: “Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser” (Güiraldes 79). ¿A qué las Casas nos remite Carpentier? Existen por lo menos dos: el venerable “apóstol de las Indias” (este mismo epíteto es un invento decimonónico de. ■ 78.

(13) Rolena Adorno. Polémicas sobre la posesión de las Indias en las letras…. Sir Arthur Helps en su biografía del Obispo de Chiapas), el envilecido siervo de Satanás y hasta un tercero: las Casas como un doble agente al servicio de la corona británica. Todas son perspectivas extremas y maniqueas. En su radicalidad no reflejan al individuo sobre el que Carpentier decidió novelar: Cristóbal Colón. Carpentier no permite que se sostenga la fácil perspectiva maniquea en el caso de la personalidad literaria de Colón y, como era de esperar, la cuestiona con igual vigor en el caso de las Casas. Al humanizar a estos sujetos, evita tomar una u otra posición extrema. Carpentier lo hace presentando sus argumentos sobre Colón como fabulador, esto es, como un escritor que hace un balance, en los últimos días de su vida, de lo logrado en esta y del valor de su obra. El espectro o “sombra lascasiana” aparece –hecha literalmente una sombra– como testigo ante el tribunal pontificio (inventado) que considera la beatificación del Almirante. Se le llama a las Casas al banquillo de los testigos. Cuando comparece en aspecto de “un monje de Zurbarán”, el fraile dominico es saludado por los miembros del tribunal que rechazan la llamada Leyenda Negra de la historia española (de la que ellos consideran responsable a las Casas), con gritos de “¡Hipocondríaco! ¡Oportunista! ¡Falsario! ¡Calumniador! ¡Saco de bilis!” y –mi favorito–, “¡Serpiente con sandalias!” Colón, no encarnado sino representado como “El Invisible”, se encoge hasta casi desinflarse. “Me jodí”, dice, “Ahora sí me jodí” (Carpentier 208). Como lo había hecho en su relato de los viajes de Colón en la misma novela, Carpentier cita como testimonio del padre dominico las palabras mismas de las Casas, parafraseando la Apologética historia sumaria donde este afirmó que los pueblos indígenas de las Américas cumplían con los criterios aristotélicos de prudencia, así mostrándose capaces para gobernarse y mantener su libertad a pesar de la presencia de los españoles en las Indias (Carpentier 208; Casas, Apologética 1: 4 [argumento]). Carpentier hace lo mismo respecto a la argumentación sobre el canibalismo, tomada también de la Apologética de las Casas; Carpentier resume las palabras de este para mostrar que el canibalismo había existido mucho tiempo atrás en el Viejo Mundo y que no debía sorprender que existiera en ciertas partes del Nuevo. Carpentier hace declarar a su las Casas, como lo hubiera hecho el fray Bartolomé histórico, que Colón habría provocado la extinción de todos los pobladores indígenas de las islas si las cosas no le hubiesen ido mal y si la reina Isabel no hubiese ordenado que se detuviera la venta de indios esclavos en Sevilla y Granada (Carpentier 211, 212; Casas, Historia 1:207-208 [lib. 1, cap. 41]). Aunque el papel de las Casas en la novela de Carpentier no es de primer rango, es importante y aparece en un momento decisivo de la ficción. Es la hora de la verdad, el juicio final de Colón. El infierno del Almirante consiste en verse condenado por la historia: Somos los Transparentes. Y como nosotros hay muchos que, por su fama, porque se sigue hablando de ellos, no pueden perderse en el infinito de su propia transparencia alejándose de este mundo cabrón donde se les levanta estatuas y los historiadores de nuevo cuño se encarnizan en resolver los peores trasfondos de sus vidas personales (Carpentier 223).. 79 ■.

(14) Taller de Letras N° 45: 67-80, 2009. En la manera en que solo la realidad histórica puede dejar atrás a la ficción, los temas de la penúltima novela de Carpentier convergieron dos décadas después de su publicación. Me refiero a la canonización no de Colón sino del indio mexicano (ente también de tradición y ficción, no de historia) Juan Diego Cuauhtlahtoatzin, “el primer santo indígena del continente americano”, según las palabras del papa Juan Pablo II al proclamarlo santo en México el 31 de julio de 2002 (Bruni y Thompson). Este acto habla elocuentemente, como lo hace la novela de Carpentier, sobre el legado de América Latina al mundo y sobre la peculiar unión entre la materialidad de la historia y la fuerza de la tradición. El acto realizado en la Basílica de Guadalupe prueba una vez más que estos temas “meramente históricos” son hoy en día objetos de un continuo y apasionado debate o, como en este último caso, de conmemoración, y que su destino se relaciona no solo con el pasado sino también con el futuro. La brillante meditación de Carpentier sobre las Casas me lleva a una última observación acerca de las “polémicas de posesión”: Aunque ya no presentes en carne y hueso, pero visibles o, mejor dicho, audibles, solo a través de las palabras que escribió, las Casas (y Sepúlveda y Vitoria y Cabeza de Vaca y Garcilaso Inca) rondan como nubes, o conciencias, sobre los paisajes del Viejo y el Nuevo Mundo hasta el día de hoy. Así los descubrimos, cuando nos sentamos a leer, cuando, en momentos fugaces, en las palabras del gran poeta norteamericano Wallace Stevens (311), “the house was quiet and the world was calm” –la casa silenciosa y el mundo tranquilo– suficientemente tranquilo para que descubramos, con sorpresa y consternación, que los Invisibles, los Transparentes, no se han alejado sino que todavía nos persiguen. Las crónicas de Indias, que nos guían y acompañan “de Guancane a Macondo”, son testigos permanentes de la tradición histórico-literaria de América Latina.. ■ 80.

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