El tsunami de 1960. Una historia esquiva.
Patricio Winckler Greza,b,c, Sebastián Trujillo Ibieta, Eduardo Emparanza Monreald, Manuel Contreras-Lópeza,e
a Escuela de Ingeniería Civil Oceánica, Universidad de Valparaíso
b Centro de Observación Marino para Estudios de Riesgos del Ambiente Costero (COSTAR).
c Centro Nacional de Investigación para la Gestión Integrada de Desastres Naturales (CIGIDEN).
d Facultad de Arquitectura, Universidad de Valparaíso.
e Instituto de Geografía, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
El terremoto del 22 de mayo de 1960 ha sido profusamente estudiado por ser el más grande registrado instrumentalmente. Sin embargo, poco se conoce del tsunami1 que lo acompañó. Este trabajo busca agregar antecedentes inéditos de dicha catástrofe y a la vez explicar las razones de esta falta de conocimiento.
1 PRELUDIO
En abril de 1961, Leopoldo Castedo estrenó el documental “La Respuesta”i, narrando los sucesos ocurridos los días siguientes al terremoto y tsunami en Valdivia. Esta joya editada en tan solo meses, se centra en el Riñihuazo, epopeya en la que cientos de obreros lograron descargar controladamente el agua acumulada por un derrumbe en el río San Pedro, que asomaba como otra catástrofe sobre la ya lacerada ciudad ribereña.
Por esos días, un joven Hellmuth Sievers, quizás el primer oceanógrafo chileno y hoy Profesor emérito de la Universidad de Valparaíso, hacía esfuerzos denodados por caracterizar el tsunami que afectó territorios, en aquel entonces, olvidados. Cafecito en mano, alguna vez me contó que, desde su oficina del Departamento de Navegación e Hidrografía, llamó a las capitanías de puerto con el ánimo de recopilar testimonios, plasmados hoy en el texto El Maremoto del 22 de mayo de 1960 en las Costas de Chile.
Ya en 1968, el americano George Plafker navegaría hasta los hoy inexpugnables territorios del Archipiélago de los Chonos, midiendo las deformaciones del suelo. Su intuición de que este terremoto sería el más grande registrado en la historia humana,
1 El vocablo japonés tsunami, 津波, representa una palabra compuesta que traducida significa “ola de puerto”, debido que para los pescadores japoneses esta ola pasaba prácticamente inadvertida mientras navegaban en aguas profundas, pero al regresar a sus puertos apreciaban la destrucción que había provocado. Corresponde a una serie de ondas oceánicas de considerable período generada por una perturbación a gran escala en el océano (Van Dorn, 1968). El fenómeno incluye ondas generadas por desplazamientos abruptos del fondo oceánico de índole sísmico, remociones en masa, erupciones volcánicas, impactos de meteoritos, perturbaciones atmosféricas de gran escala y explosiones submarinas en o bajo el fondo marino.
fue a la postre confirmada por el gran sismólogo Hiroo Kanamori. Muchos investigadores siguieron develando la naturaleza del sismo (Figura 1).
A pesar de todo el esfuerzo de la ciencia por develar cómo fue este evento, a 62 años de la catástrofe, poco sabemos de cómo el tsunami violentó la sobremesa del domingo en el centro-sur de Chile. Ante la precaria instrumentación de aquellos tiempos, el mundo científico actuaba como un médico sin estetoscopio, auscultando a un paciente más con intuición que con exámenes. Pero hay un tesoro que reside oculto en los sobrevivientes que aún habitan las costas entre Puerto Saavedra y Chiloé. Octogenarios que han heredado el testimonio a sus hijos y nietos como imágenes de un Chile pretérito. En ellos está la clave para reconstruir la naturaleza del tsunami del 60.
Figura 1: Collage con parte de la comunidad científica que ha estudiado el terremoto de 1960, todos ellos mencionados en el texto.
Por ello, desde 2016, los autores hemos recorrido algo más de cuarenta asentamientos entre Coliumo y Yaldad en Chiloé, entrevistando a sobrevivientes y midiendo las pocas trazas remanentes del tsunami, con el ánimo de reconstruir en terreno esa historia nublada por el paso de los años. En nuestro trabajo buscamos datos como el tiempo de arribo, el número de olas, la máxima inundación y los efectos sobre el territorio. Todo ello, con el ánimo de entender cómo se movió el continente y de esa manera inferir qué lugares pueden ser propensos a futuros eventos. Los testimonios de esas/os jóvenes,
devenidas/os hoy en ancianas/os, se funden con una historia de la catástrofe urdida en torno a cocinas a leña; una historia heredada mediante la tradición oral de quienes pocas oportunidades de educación tuvieron en los sesentas.
Este capítulo narra nuestro acercamiento a la ciencia del tsunami de 1960, y se basa en una charla efectuada en el marco de la conmemoración de los 60 años de la catástrofeii. Es una historia basada en los testimonios de los sobrevivientes, trabajos de campo y una extensa revisión bibliográfica. La literatura citada cubre desde investigaciones científicas de fácil rastreo a libros ocultos en estanterías chilotas, pasando por documentales y videos disponibles en la web. No aspiramos a escribir un texto con la rigurosidad de un artículo científico ni acabar el recuento de la catástrofe; sino más bien dar visos de una historia incompleta, sesgada y esquiva a partir de testimonios que, si no se capturan hoy, probablemente desaparezcan en el olvido. Para hacer esta experiencia lectora algo más llevadera, acompañamos el texto con abundante material audiovisual (señalado en números romanos en superíndice) y que se incluyen al final del texto.
A nombre de los coautores, Patricio Winckler Grez Valparaíso, 31 de octubre de 2021
2 LAS FRÍAS CIFRAS DEL TERREMOTO Y EL TSUNAMI DE 1960
A las 3:10 de la tarde del 22 de mayo de 1960, el mayor terremoto registrado en la historia sacudió el sur de Chile durante ocho minutos (Kanamori, 1977). Sismógrafos desplegados por el mundo registraron una magnitud de 9.5, la más alta desde la aparición de los sensores sísmicos modernos a fines del siglo XIX. Este evento fue precedido por una secuencia iniciada la madrugada del 21 de mayo con un sismo de magnitud 8.3, que se sintió con fuerza en la hoy Región del Biobío. El sismo principal tuvo un epicentro frente a las costas de Lebu, aun cuando esta ubicación es materia de controversia.
Producto del terremoto, la costa experimentó hundimientos máximos de 2.7 metros y levantamientos de hasta 5.7 metros (Plafker & Savage, 1970). Estos cambios en el relieve permitieron a los científicos inferir un plano de ruptura localizado costa afuera, entre el Golfo de Arauco por el norte y la Península de Taitao por el sur. Una franja de entre 800 y 1000 kilómetros de largo fue levantada súbitamente (Barrientos et al., 1992; Fujii &
Satake, 2013; Ho et al., 2019), empujando una columna de 280 kilómetros cúbicos de agua, equivalente a un cubo de 6.5 kilómetros de arista.
Entre veinte y treinta minutos después del terremoto, un tsunami de grandes proporciones azotó las costas chilenas y se propagó por la cuenca del Pacífico, según se desprende de la abundante bibliografía que registra los impactos en otras latitudes (e.g.
Symons & Zetler, 1960; Robinson, 1961; Cox & Mink, 1963; Berkman & Symons, 1964).
Se estima que en Chile la inundación alcanzó entre 10 y 25 metros sobre el nivel del mar, pero esta información no ha sido rigurosamente documentada. Algunos relatos indican que el tsunami penetró 30 kilómetros al interior del Río Calle-Calle, cambiando por completo el paisaje aguas arriba de Valdivia, y que hubo cambios dramáticos en la morfología fluvial de lugares como Puerto Saavedra y Maullín. Treintaiocho horas después del sismo, el Volcán Puyehue inició un ciclo eruptivo que se mantuvo por dos meses y cuya columna de gas alcanzó unos 8 kilómetros en su fase inicial (Piedra, 2016).
Decenas de localidades fueron afectadas por el impacto conjunto del terremoto y el tsunami en el centro-sur de Chile. El evento causó alrededor de 3.000 víctimas en nuestro país -aun cuando la cifra es disputada en la literatura- y dejó pérdidas del orden de 550 millones de dólares (Talley y Cloud, 1984; Lomnitz, 2004). Sin embargo, no existe una cuantificación pormenorizada del total de fallecidos ni de la cantidad de muertes por localidad, como las disponibles en eventos recientes, como el del 27 de febrero de 2010 (e.g. Fritz et al., 2011; Contreras y Winckler, 2013). En Japón, en las antípodas del Océano Pacífico, el tsunami mató a 138 personas y causó daños cuyo valor económico fue de U$50 millones. En la ciudad de Hilo, Hawái, las olas se llevaron la vida de otras 61 y causaron pérdidas por U$75 millones, a pesar de que se había dado la alerta del arribo del tsunami con seis horas de anticipación (Talley y Cloud, 1984). El tsunami impactó territorios tan lejanos como Filipinas, donde 32 personas fallecieron o desaparecieron (Talley y Cloud, 1984). La tierra continuó moviéndose después de transcurrido un año, en el cual se registraron 56 réplicas con magnitudes entre 5.6 y 7.5.
3 LA CIENCIA TRAS EL TERREMOTO Y TSUNAMI DE 1960
La Figura 2 muestra una línea de tiempo histórica con la posición y longitud de las zonas de ruptura de los terremotos que han generado tsunamis frente a las costas de Chile.
También se ilustran flechas de tiempo con diferentes tipos de evidencia científica utilizada por algunos de los científicos mencionados en el texto.
A comienzos de la década del sesenta, la sismología distaba de ser lo que es hoy, y el estudio de los tsunamis era meramente testimonial. Según Enrique Gajardo, sismólogo del Instituto de Geofísica de la Universidad de Chile al momento del sismo (comunicación personal, 2019), en 1960 el estado de la red sismológica nacional era precario , transcurridos ya 52 años desde que el francés Montessus de Ballore fundara el Servicio Sismológico, contratado por el Gobierno de Chile (Brenner, 1911). Peor aún,
los registros sísmicos obtenidos en dicho evento se quemaron en un incendio del Instituto de Geofísica en el año 1961, borrando la evidencia sísmica cercana a la fuente.
Por otra parte, la red mareográfica nacional registró el tsunami sólo en 7 puertos chilenos, pero los mareógrafos más cercanos se ubicaron en Talcahuano y Punta Arenas, a 100 y 900 kilómetros al norte y sur de la ruptura, respectivamente (Figura 4). Por ende, no existen registros donde el tsunami se manifestó con mayor violencia. Tampoco se contaba con registros satelitales (INSAR), sistemas de geoposicionamiento satelital (GPS), los sofisticados modelos computacionales o protocolos de levantamiento (UNESCO, 2014) que hoy permiten tener una radiografía detallada de los tsunamis en semanas e incluso días.
Figura 2: Línea de tiempo con la ubicación y longitud de las zonas de ruptura de los terremotos, que han generado tsunamis frente a las costas de Chile (barras en gris), desde 1500 hasta 2020. La franja roja representa la zona afectada por el terremoto de 1960 y la estrella amarilla muestra el epicentro del terremoto. Las flechas azules muestran el tipo de evidencia utilizada por algunos de los científicos mencionados en el texto.
Como insinuara en el preludio, el primer aporte documental fue liderado por Leopoldo Castedo, historiador que junto a 2000 exiliados llegó en 1939 a Valparaíso en el legendario Winnipeg. A la sazón se desempeñaba como académico de la Universidad de Chile y, a pocos meses de ocurrida la catástrofe, viajó a los alrededores de Valdivia para producir el documental “La Respuesta”, que narra la epopeya del Riñihuazo (Figura 3a).
Producto del terremoto del 22 de mayo, tres grandes deslizamientos represaron las
aguas del río San Pedro, afluente del Calle-Calle, aumentando el nivel del Lago Riñihue en hasta 17 metros producto de las lluvias de un crudo invierno. Para evitar la destrucción definitiva de Valdivia, batallones el Cuerpo Militar del Trabajo, obreros de ENDESA y trabajadores del Ministerio de Obras Públicas, se sumaron a la tarea de controlar el vaciado del lago para que el caudal no arrasara con las pocas edificaciones que quedaron el pie luego del terremoto. Los esfuerzos de remover el material mediante retroexcavadoras fueron inútiles pues se hundían en el barro blando. Tuvieron que ser los mismos obreros, quienes, con pala y picota, trazaron los canales de alivio para controlar la crecida. Aun cuando el documental, estrenado el 11 de abril de 1961, se centra en el Riñihuazo y los efectos aguas abajo en Valdivia, contiene tomas desgarradoras de la destrucción total de Corral producto del tsunami. La Respuesta es tal vez la pieza más cruda de los sucesos acaecidos en la Perla del Sur y su elocuencia es en parte responsable, creo, de que el sismo se conozca como el Terremoto de Valdivia, siendo que cubrió del orden de mil kilómetros, entre el Golfo de Arauco y la península de Taitao. Habríamos necesitado de muchas “Respuestas” y muchos “Castedos” para caracterizar el impacto del tsunami en las decenas de caseríos silenciados por la historia, pero desgraciadamente no los hubo.
Figura 3: a) Afiche del documental La Respuesta, de Leopoldo Castedo. b) Portada del libro El Maremoto del 22 de mayo de 1960 por Sievers y otros (1963). c) Una de las 14 fotografías de tsunami tomadas por el Señor Luis Bernucci en Niebla (a diferencia del tsunami de Japón, que ocurrió a las 3 de la tarde del 11 marzo del 2011, las fotografías del tsunami del 22 de mayo son casi inexistentes.
a) b) c)
La primera descripción exhaustiva de los efectos del tsunami es la que recopiló don Hellmuth Sievers, quien a tres años de haber vuelto de sus estudios de oceanografía en la prestigiosa Scripps Institution of Oceanography, en San Diego, trabajaba en el Departamento de Navegación e Hidrografía de la Armada. Ante la imposibilidad de viajar el sur -las carreteras estaban cortadas y el viaje se hacía inviable- solicitó, teléfono en mano, a las autoridades marítimas, pilotos mercantes, jefes de faros, observadores de las estaciones de marea y periodistas, que registraran los relatos de los sobrevivientes del tsunami en la zona afectada (Sievers, 2018). El escrutinio de estos relatos se recopila
en un libro escrito en una prosa llana (Sievers et al., 1963; Figura 3b), que incluye catorce fotografías del tsunami impactando Niebla, tomadas por el Señor Luis Bernucci (Figura 3c). El texto incluye también siete registros de los mareógrafos ubicados al norte de la ruptura, cuyas anomalías permiten inferir, en forma puntual, la magnitud del tsunami.
El registro de Talcahuano (Figura 4) evidencia claramente que hubo un tsunami menor durante la pleamar del 21 de mayo, y un segundo mucho más grande coincidiendo, afortunadamente, con la bajamar del 22 de mayo.
Figura 4: Registro del mareógrafo en Talcahuano, donde se observan las perturbaciones generadas por los terremotos del 21 y 22 de mayo. Los daños menores experimentados en la bahía de Concepción se deben, en parte, a que las primeras fases del tsunami del 22 de mayo arribaron en bajamar. Sievers y otros (1963) incluyen, además del registro de Talcahuano, mareogramas en Arica, Antofagasta, Caldera, Coquimbo, Valparaíso y Punta Arenas.
La segunda pieza de información vino una década después, de la mano de George Plafker, cuando el terremoto avanzaba al olvido de la ciencia. Este geólogo, reconocido mundialmente por sus aportes científicos en varias materias (Fuis et al., 2015), descubrió que grandes terremotos como el de 1964 en Alaska ocurrían en zonas de subducción, avalando la teoría de la deriva continental, enunciada medio siglo antes por Alfred Wegener (1912). Cargado de intuición, en 1968 emprendió la faena de recorrer la zona afectada por el terremoto de 1960 y arrendar, de paso, una embarcación para recorrer islas poco visitadas en el archipiélago de Los Chonos. En terreno, Plafker observó que la isla Guamblin (44.85°S,75.13°W), cercana a la fosa oceánica, se levantó 5.7 metros, pero el continente se hundió alrededor de 2 metros. El levantamiento en las cercanías de la fosa oceánica y el hundimiento hacia el continente se asemejaban al patrón de deformación observado cuatro años antes en Alaska (Fuis et al., 2015). Ocho años después presentaría el documento que mejor caracteriza cómo se movió el continente producto del terremoto (Plafker & Savage, 1970).
Pasarían siete años para que Hiroo Kanamori, investigador japonés radicado en Caltech (California Institute of Technology) y quizás el sismólogo más importante del siglo XX, sindicara al terremoto de 1960 como el más grande de la historia (Kanamori, 1977), posición que aún conserva a pesar de los grandes sismos de 1994 en Indonesia, 2010 en
Chile y 2011 en Japón. A la postre, la sismóloga Inés Cifuentes publicaría un artículo cuyo título es evidente: The 1960 Chilean earthquakes (Cifuentes, 1989) en el cual, mediante registros sísmicos en Estados Unidos, diferencia claramente el gran terremoto del 22 de mayo de su precursor ocurrido el día anterior en Concepción. En su posterior trabajo como divulgadora científica, nos regalaría la frase “we must become storytellers” que de alguna manera exhorta a los científicos a bajar el metalenguaje árido de la ciencia a uno más llano y comprensible (O'Connell & Sacks, 2014).
El paso siguiente en la caracterización del terremoto vino en 1990 con el aporte de Sergio Barrientos, en ese entonces un joven Profesor de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile y actual director del Servicio Sismológico Nacional. Mediante una técnica de inversión (donde las consecuencias de un sismo se utilizan para calcular el terremoto que las generó), fue capaz de identificar la forma de la ruptura (Figura 5), cuestión que a la fecha era bien novedosa (Barrientos y Ward, 1990). Con esa nueva visualización lográbamos ver que los terremotos no son solo un epicentro, sino una zona de ruptura muy irregular como las que reconocemos con técnicas modernas.
Figura 5: Distribución espacial del deslizamiento relativo entre plazas, en metros, propuesto por Barrientos y Ward (1990). Se ilustra una imagen a lo largo y a lo ancho de la falla, en sentido aproximadamente norte sur (downdip) y sur este (along strike), respectivamente. Esta representación ilustra la heterogeneidad de la ruptura, que a la fecha era desconocida.
Bajo un enfoque distinto, el equipo de los profesores Marco Cisternas, Brian Atwater y Matías Carvajal, ha buscado develar la recurrencia de estos mega terremotos en un período de miles de años, combinando evidencia histórica con la disciplina científica de los paleotsunamis. Esta novedosa técnica busca datar la edad de los estratos sedimentarios de arena arrastrada por tsunamis y que son depositadas en humedales costeros (Ishizawa et al., 2020). A punta de calicatas -excavaciones empleadas para el reconocimiento del suelo- han buscado vincular dichos estratos con posibles fuentes sísmicas en las riberas del Pacíficoiii. Maullín, Quenuir y La Pasada han sido fuentes inagotables de evidencia (Atwater et al., 2013), a partir de la cual postulan que terremotos como los de 1960 ocurren en promedio cada 300 años.
En la actualidad, muchos científicos buscan develar cómo se movió la tierra con técnicas avanzadas como los GPS, satélites, modelos de ruptura y modelos de tsunamis. A pesar del aporte científico de figuras como Kenji Satake (Ho et al., 2019), Daniel Melnick y Marcos Moreno (Melnick et al., 2018), muchas preguntas siguen abiertas. Así como Castedo retrató audiovisualmente la catástrofe, Plafker midió la deformación de la tierra e identificó al terremoto como uno de subducción. Con técnicas sismológicas, Kanamori lo ubicó en la cúspide de los eventos registrados y Cifuentes diferenció el precursor del sismo principal, siendo Barrientos quien le dio la forma, su huella dactilar. Finalmente, Cisternas y Atwater calcularon la frecuencia con que estos mega terremotos ocurren en la zona sur de Chile. Como se ve, el conocimiento del terremoto ha crecido en forma gradual en estas décadas, pero, salvo en lugares excepcionales como Valdivia o Ancud, aún no sabemos cómo se movió el agua. Esa es la materia que motiva esta investigación.
4 CUANDO LA CIENCIA TOCA LA PUERTA
Mi primer acercamiento serio al terremoto de 1960 ocurre en Japón, en el año 2017, trabajando en el equipo del profesor Kenji Satake, Satake Sensei (Winckler, 2021). Japón y Chile comparten el mismo océano y los separan 17 mil kilómetros. Ambos países se ubican en zonas de subducción y han sido constantemente asolados por terremotos. El tsunami de 1960 se llevó la vida de 138 japoneses y es tal vez por ello que registraron muy bien sus efectos en las localidades afectadas. En la biblioteca de Takahito Mikami, encontré una sección especial con sendos reportes describiendo los efectos del tsunami del 24 de mayo2 de 1960 en los puertos japoneses (Figura 6). Sorprende que haya lugares como Miyago Bay, a casi un hemisferio de distancia, donde el tsunami inundó hasta 6 metros, según se desprende del maravilloso libro The Orphan Tsunami (Atwater et al., 2016; Figura 7). Pero sorprende aún más que, a más de 60 años de la catástrofe, no hayamos sido rigurosos -como los japoneses- en registrar los efectos del mayor tsunami de la historia escrita en nuestro propio territorio.
Como viéramos en la Figura 2, para estudiar un tsunami a varias décadas de ocurrido, se pueden utilizar técnicas de datación, textos históricos, registros geodésicos, registros sísmicos y mareogramas, además de los modelos de ruptura que permiten simular tsunamis como el de 1960 (e.g. Winckler et al., 2017). Desde el punto de vista histórico, la literatura es muy nutrida. Existen textos que describen el contexto político, geológico e histórico (Hernández, 2011; Benedetti, 2011) y otros que lo hacen en ciudades como Castro (Mardones y Mancilla, 2010), Ancud (Pérez y Maldonado, 2010) y Cucao (Weisner, 2003). También se han realizado estudios socioculturales sobre los efectos del
2 Un tsunami generado en Chile toma alrededor de 22 horas en arribar a Japón. A ello hay que sumarle el desfase horario de 12 horas (dependiendo de los cambios de hora). Ello explica el título “The Chilean tsunami of may 24, 1960” del texto.
terremoto y tsunami en algunos poblados (Carvajal et al., 2007) y documentales como los de Castedo (1961) y Nuño (1993). Pero la historia escrita es precaria cuando se busca información cuantitativa que permita reconstruir la evolución e impactos del tsunami.
Existen también catálogos de tsunamis (e.g. Berninghausen, 1962; Iida et al., 1967;
Lockridge y Smith, 1984; Lockridge, 1985; Soloviev y Go, 1985; Watanabe, 1998) y bases de datos (NGDC/WDSiv), con información de 2400 tsunamis ocurridos en todo el mundo desde 2000 A.C. Sin embargo, para el tsunami del 22 de mayo de 1960, la información es escasa, pues sólo constatan 32 datos (herméticamente presentados) en Chile y sólo 24 frente a la zona de ruptura. A ello se agrega que en Chile es difícil encontrar monolitos indicando el alcance de tsunami históricos, como sí lo hacen los japoneses desde hace más de 300 años (Winckler, 2021).
Figura 6: a) Biblioteca de Takahito Mikami, profesor de la Tokyo City University b) Reporte de un equipo de científicos japoneses, en japonés e inglés, describiendo los efectos del tsunami del 24 de mayo de 1960 sobre los puertos japoneses (Committee for the Field Investigation of the Chilean Tsunami of 1960, 1961).
a) b)
Toda esta evidencia es insuficiente para saber cómo fueron impactadas las comunidades costeras frente a la zona de ruptura, a excepción de lugares ubicados en el estuario del río Valdivia, Maullín, Castro o Ancud. Por ello, en 2016 emprendimos el reto de ir a rescatar la memoria de los sobrevivientes, sin un guion predefinido. El objetivo de estas travesías ha sido recabar información del tsunami proporcionada por testigos en terreno. En sucesivos viajes a la zona, hemos recorrido algo más de 40 asentamientos3
3 Entre el 10 y el 19 de noviembre de 2016 se visitaron las localidades de Valdivia, Niebla, la Reserva Costera Valdiviana, Chaihuín, Huape, Palo Muerto, Corral, Puerto Saavedra, Puerto Domínguez, Nehuentúe, Moncul, Toltén Viejo, Toltén Nuevo, Mehuín, Mississippi, Bahía Mansa, Pucatrihue y Maicolpué, en el continente, además del Faro Punta Corona y Ancud, en Chiloé. Entre el 1 y el 6 de octubre de 2018 se visitaron las localidades de Caleta Estaquilla, Quenuir y Maullín, en el continente, además de las siguientes localidades en Chiloé: Puñihuil, Chepu, Huillinco, Cucao, Rahue, Huentemo, Estero Oqueldán, Yaldad, Yaldad Este, Trincao, Quellón, Quellón Viejo, Castro, Dalcahue y Quemchi. En viajes posteriores se visitaron localidades ubicadas al norte de la ruptura, como Coliumo, Dichato y Cocholgue.
y entrevistando a 48 personas, historiadores como Salustio Saldivia y antropólogos como Jaime Hernández, autor del libro “1960. Memorias de un desastre” (Hernández, 2011). Parte de nuestro trabajo ha sido documentado en los cortos Tsunami de 1960: La Ciencia de la Memoriav,vi y Tsunami 1960: Física y territoriovii y en otros videos caserosviii.
Figura 7: Cota de inundación del tsunami de 1960 en a) la costa de las islas de Honshu y Shikoku, en Japón y b) en la bahía de Miyako (Atwater et al., 2016).
a) b)
4.1 El trabajo de campo
En las primeras entrevistas, usamos protocolos estandarizados (post-tsunami surveys;
UNESCO, 2014), que resultan adecuados para levantar información días después de la catástrofe. Estos protocolos nos habían resultado efectivos para caracterizar los tsunamis de Maule, en 2010 (Fritz et al., 2011; Breuer et al., 2021), e Illapel, en 2015 (Contreras et al., 2016). Pero resultaron inadecuados en sitios donde las trazas del tsunami han desaparecido bajo la vegetación del bosque Valdiviano, o cuando el tiempo esconde los recuerdos de ancianas y octogenarios. Contactamos entonces a las Direcciones de Desarrollo Comunal (DIDECO) y, a través de ellas, a dirigentes vecinales, centros culturales y clubes del adulto mayor, buscando identificar personas que pudieran tener información relevante. En muchos casos, el contactar a dirigentes facilitó el diálogo con los testigos, quienes mostraban una mejor disposición cuando los visitábamos con una persona respetada por la comunidad. En asentamientos donde no identificáramos sobrevivientes antes de cada campaña, buscamos puerta a puerta.
Muchas de las localidades presentan hoy un patrón de asentamiento rural, con accidentes geográficos y baja densidad poblacional, por lo que el encontrar testigos se
hizo particularmente complejo. Hubo localidades en que el entrevistado era uno de muy pocos testigos aún vivos, sino el único. Nuestro equipo estuvo constituido por profesionales de un amplio rango de edades y disciplinas como la ingeniería civil y ambiental, el urbanismo y la arquitectura, la estadística, la matemática, la geografía y el mundo audiovisual. Ello, con el fin de recoger una mirada más amplia de los trabajos de campo. El recorrido se enfocó en la costa continental y en la fachada Pacífica de la Isla Grande de Chiloé (Figura 8).
Figura 8: Dibujo de la ruta seguida en Chiloé sobre el mapa de deformaciones de Plafker &
Savage (1970). La mayoría de los asentamientos visitados se ubican en la costa expuesta al Océano Pacífico, donde el tsunami impacto severamente. En el mar interior de Chiloé, el tsunami se manifestó como una inundación suave y de menor magnitud (Sievers et al., 1963).
4.2 Testimonios
Desde 2016, visitamos más de 40 asentamientos y entrevistamos a 48 personas, de los cuales sólo una veintena proporciona información mensurable del tsunami. El análisis exhaustivo de estos testimonios es materia de una publicación científica en ciernes4, y aquí rescatamos dos testimonios que nos parecen interesantes por su originalidad. Los escogemos en los poblados chilotes de Rahue y Cucao debido a la escasa presencia que dicho territorio tiene en la memoria colectiva del evento. Estos poblados constituyen, junto a Huentemó, un pequeño sistema urbano de caseríos dispersos sobre lagos, caletas y ríos del sistema, ubicado a más de 50 kilómetros de Castro, la capital de la Provincia de Chiloé. Cabe notar que, a diferencia de los levantamientos en los que
4 La verosimilitud de los relatos está siendo cotejada en dicha publicación con fotografías y textos históricos, los escasos vuelos aéreos existentes, documentos científicos, testimonios recogidos por terceros y los pocos vestigios que se pueden verificar en terreno. Esperamos que ese ejercicio vea la luz prontamente.
hemos caracterizado la inundación a partir de trazas en terreno, los testimonios de sobrevivientes que al momento de la entrevista tenían entre 58 y 92 años, no pueden aislarse de un contexto mayor. Una experiencia vital ocurrida hace sesenta años ha devenido en un relato personal y a la vez colectivo, una experiencia de familia o de pueblo, cuyos detalles son difíciles de transformar en impactos físicos cuantificables.
4.2.1 Testimonios de Paulino y Arturo Gómez, en Cucao
La historia de Paulino y Arturo Gómez Álvarez es de aquellas que sorprenden; una historia que vincula incluso la propia condición física del primero -quien cojea- a la del tsunami en Cucao (gaviota grande, en Mapudungun).
Una tarde nublada de octubre de 2018 visitamos a Arturo (Figura 9a), el segundo de 10 hermanos, quien fuera un atlético joven de 23 años cuando el tsunami arrasó el pueblo.
Su día transcurría en un hogar oscuro, con ese calor de cocina sureña y la televisión pública de fondo. A sus 81 años, Arturo sufría de un parkinson que no le permitía hablar, y por ello su hermano menor traducía lo que, a oídos nuestros, era un balbuceo ininteligible. Arturo recuerda que la primera ola llegó al pueblo unos 40 minutos después de ocurrido el sismo, y que alcanzó evacuar a un cerro cercano junto a varios vecinos, mientras la tierra ondulaba con las réplicas. “Siguió temblando un año”, prosigue, y pasados varios más, vino “la riqueza del oro” que arrastrara las aguas desde depósitos ubicados arriba en la cuenca.
Cuenta, en un relato interrumpido, que ese mismo flujo exhumó osamentas enterradas en la antigua iglesia del pueblo -traída por los jesuitas de la parte sur de Quellón- y que sucumbió ante el torrente. Menciona también que su tío David Álvarez, que vivía en una casa de madera ubicada tras la iglesia, se encomendó a la virgen del Carmen y subió al segundo piso para capear la inundación. “Arturo sálvate, déjame solo”, le dijo el tío al joven deportista, quien corrió a un cerro ubicado a dos kilómetros del lugar, por terrenos en aquel tiempo nativos. Llegando a los pies del cerro vio una ola de más de dos metros y pensó que su tío David moría. En su fuero interno, Arturo hace entender que la plegaria sirvió, porque dicha casa permaneció casi intacta por la protección que le dio el templo, cuyas grandes dimensiones eran, según dice, como la actual iglesia de Achaoix,5. Y así su tío pudo vivir largos años.
5 El hecho de que la iglesia generara un efecto de “sombra hidráulica” en casas ubicadas tras ella no hace sino confirmar los hallazgos de investigadores como Park et al. (2013), quienes en una publicación muy interesante modelan los efectos de un tsunami en Seaside, Oregon. En la misma línea y con el ánimo de entender estos efectos en detalle, Moon et al. (2019), estudian el impacto de tsunamis en un modelo de geometría simplificada a escala en laboratorio. Ambos trabajos son sólo ejemplos de la explosiva investigación generada luego de los tsunamis de 2004 en Indonesia, 2010 en Chile y 2011 en Japón.
Figura 9: a) Arturo Gómez durante la entrevista en su casa y b) Paulino Gómez, en el lugar donde yacía la antigua iglesia destruida por el tsunami (42°37.91'S, 74°6.21'O), y donde hoy se yergue una nueva iglesia, de dimensiones menores que la original.
a) b)
Ante la discapacidad física de Arturo, que lo tiene recluido en su casa, Paulino nos invita a visitar el sitio donde estaba la antigua iglesia y donde hoy hay una nueva, de tejuelas anaranjadas, como símbolo de la resiliencia de los feligreses. Camino a la iglesia, Paulino nos cuenta que nació el 13 de mayo de 1960, y que para el terremoto tenía 9 días. Con una lucidez notable, relata que el caserío de entonces era cruzado por un arroyo que, como consecuencia del tsunami, se transformó en un río. Y que producto de las olas, el pueblo quedó bajo arena. Al igual que su hermano, cuenta que 40 minutos después del terremoto, un lugareño a caballo vio que el mar se recogía y cabalgó al pueblo instando a la gente a escapar al cerro. “En aquel entonces, nadie sabía lo que era un tsunami; no había una enseñanza ni en Chiloé ni en Chile”, enfatiza, pero asegura que la intuición del jinete fue providencial. Cuenta que, en la desesperación, su madre pidió al jinete llevar a Paulino-bebé al cerro, y que el primero lo apretó con tal fuerza por las ancas, que causole una cojera que le acompañaría de por vida. Paulino demoró más de 40 años en saber que esa lesión no había sido por el tsunami sino por una poliomielitis que le diagnosticó un médico del Hospital de Castro, cuando por primera vez se iba a atender a la ciudad.
Paulino retoma el relato de aquel triste día. “Nadie se murió; excepto que en la parte sur de Cucao murieron tres niñitas”, y sigue recorriendo los días, semanas y meses que sucedieron, donde algunos habitantes migraron y otros volvieron a construir sus casas en el mismo valle. Su testimonio se acerca al de Weisner (2003), quien, a partir de entrevistas efectuadas entre 1965 y 1968 a habitantes de 52 casas en Cucao, cuenta que dos niños y una mujer de 18 años fallecieron y que dos familias migraron a Comodoro Rivadavia, Argentina, luego de la catástrofe. Paulino ilustra el arraigo a la tierra con un temple nostálgico. “La gente ama su tierra /…/ se necesita una razón muy poderosa para irse”, dice, ilustrando centenas de ejemplos de quienes, habiendo perdido todo, vuelven
a poblar esos terrenos una vez que amaina la tempestad. “Siento que este es mi hogar.
No lo cambio”, concluye.
4.2.2 Testimonio de Orlando Vera, en Rahue
Rahue (lugar de greda gris en Mapudungun) es una antigua ocupación indígena ubicada 5 kilómetros al sur de Cucao, en uno de los pocos lugares habitables de la accidentada fachada poniente de la Isla de Chiloé. Durante la colonización, sería la primera parada de la Misión Circulante Jesuita, hasta que se instalaran los franciscanos. Iniciado el siglo XX, se otorgan concesiones mineras para la explotación de oro de sus playas, actividad importante, a tal punto de constituirse un pequeño poblado en Rahue.
Orlando Vera Vera era un joven de 17 años el 22 de mayo de 1960. Al momento de la entrevista tenía 75. Compartiendo el sofá junto a su señora Sonia (Figura 10a), comenta que no fue testigo del tsunami pues realizaba su servicio militar en Coyhaique, pero al retornar en septiembre, pudo constatar el hundimiento de alrededor de un metro que reporta Plafker y Savage (1970) en la zona. Cuenta que antes del sismo, la localidad tenía una playa de arenas blancas de unos 500 metros de ancho, seguida al interior por
“pampas altas que tenían unos 4 metros de altura, un río que tenía más vueltas” y bosque nativo. Como consecuencia del evento, “todo lo que es bajo aquí lo llevó el mar”, y asegura que se formó una playa de grava muy pronunciada (Figura 10c) cuya berma alcanza hoy 4 a 5 metros sobre el nivel del mar, según mediciones efectuadas por nuestro equipox. “Si no fuera por el murallón, ya estaríamos bajo agua”, concluye. El relato de Orlando coincide con el de Weisner (2003), quien afirma que el tsunami devastó playas, dunas y tierras agrícolas de la región, incluyendo el pueblo minero de Rahue.
Según Weisner (2003), los grandes cambios geomorfológicos afectaron la recolección de moluscos y la pesca artesanal, cambiando así el estilo de vida de los pobladores. La extracción de oro fue también abandonada luego de que los ricos mantos de mineral fueran enterrados bajo los depósitos arenosos que recuerda Orlando. El autor también reporta cambios en el régimen de mareas y una erosión de los acantilados que se hace evidente hasta hoy, desencadenada por el hundimiento cosísmico. Donde antes había bosques nativos, hoy una laguna de agua salobre y tierras bajas que a ratos se utilizan para el pastoreo (Figura 10c).
Acompañados de Sonia y Orlando, medimos una inundación de 14,4 metros sobre el nivel del mar, en una loma cercana a su casa (Figura 10b). Desde ahí se contemplan los acantilados exhibiendo sus entrañas. La brisa de la tarde nos hace recordar que esta historia, la de pueblos que nacen, mueren o se transforman producto de eventos trágicos como este, no es única.
Figura 10: a) Orlando y Sonia Vera durante la entrevista en su casa (42°41.47'S, 74°7.20'O). Su testimonio está disponible en el documental Tsunami de 1960: La Ciencia de la Memoria. b) Medición del runup en una loma cercana a la casa. c) Playa de grava formada después del tsunami. A la izquierda se observa un humedal y una planicie donde antes había un bosque nativo. A la derecha se observan los acantilados ubicados al sur de Rahue, en franca erosión.
a) b)
c)
4.3 Mediciones del tsunami
A partir de una veintena de testimonios que permitieron identificar trazas del tsunami, efectuamos 28 mediciones de la cota de inundación (runup) y 4 de la profundidad del agua a lo largo de 700 kilómetros de costa. La Figura 11a muestra el levantamiento en terreno obtenido a partir del testimonio de María Rosa Acum, en la localidad de Pucatrihue6. La Figura 11c muestra un mapa de la zona analizada, donde las barras verticales muestran las mediciones de runup indicadas en la Tabla 1 y algunas reportadas por Sievers et al. (1963). De la inspección de la Tabla 1, observamos que los runups son comparables a los reportados por Fritz et al. (2011) para el tsunami de 2010, donde se midió un máximo de 29 metros, muy localizado en la costa exterior de Constitución. No obstante, en 1960 la extensión de la zona afectada es mayor, debido
6 El testimonio de María Rosa Acum, disponible en el documental “Tsunami de 1960: La Ciencia de la Memoria”, constituye una profunda y bella reflexión sobre cómo su comunidad vivió la catástrofe y, con el paso del tiempo, volvió a habitar aquellos territorios bajos.
que la ruptura cubrió algo más del doble que los 400 kilómetros de la ruptura en 2010.
La comparación de las magnitudes es un tanto injusta pues los registros disponibles para 1960 sólo suman un par de decenas, y para 2010 existen a lo menos 419 mediciones (Fritz et al., 2011). Es un hecho que los escasos datos recolectados en esta campaña, sumados a los reportados por otros autores, son insuficientes para caracterizar los efectos del tsunami con la resolución de los estudios contemporáneos7. Aún más, hacia 1960 el territorio mostraba extensas zonas inhabitadas donde las trazas del tsunami se las llevó el tiempo.
Figura 11: a) Levantamiento del runup en Pucatrihue, a partir de la evidencia proporcionada por María Rosa Acum (b). c) Mapa con las mediciones efectuadas por este equipo y algunas reportadas por Sievers et al. (1963). Se ilustran dos personas para facilitar la comparación.
a) b)
c)
7 A modo de comparación, para el levantamiento posterior al tsunami del 11 de marzo de 2011 en Japón –el levantamiento más intensivo a la fecha- se registraron más de 5300 ubicaciones (Mori et al., 2011).
Este tremendo esfuerzo fue posible con la colaboración de 297 investigadores de 63 universidades e institutos agrupados al alero del The 2011 Tohoku Earthquake Tsunami Joint Survey Group.
Tabla 1: Mediciones de runup y profundidad de inundación recopilados en terreno (sin corregir por marea). La intensidad del rojo ilustra la magnitud relativa de cada variable. Se muestra una imagen de las mediciones efectuadas en Bahía Mansa (40,581°S, 73,732°O), donde se midió el máximo runup de entre 25,9 metros y dos mediciones de 19 metros.
Medición Localidad Latitud
Sur
Longitud Oeste
Runup (metros)
Profundidad (metros)
1 Coliumo 36,537° 72,959° 2,8
2 Dichato 36,541° 72,932° 3,5
3 Cocholgue 36,593° 72,978° 0,5
4 Toltén viejo 39,208° 73,208° 2,5
5 Caleta Estaquilla 39,208° 73,208° 17,0
6 Mehuín 39,428° 73,214° 6,9
7 Mehuín 39,429° 73,216° 5,0
8 Mehuín 39,446° 73,209° 2,4
9 Mississippi 39,449° 73,226° 17,1
10 Niebla 39,845° 73,396° 2,5
11 Niebla 39,846° 73,393° 7,1
12 Niebla 39,851° 73,392° 2,9
13 Niebla 39,852° 73,392° 16,2
14 Niebla 39,875° 73,389° 2,1
15 Niebla 39,875° 73,389° 1,5
16 Chaihuín 39,939° 73,590° 11,2
17 Chaihuín 39,944° 73,585° 3,4
18 Caleta Huito 39,957° 73,642° 10,1
19 Pucatrihue 40,538° 73,715° 7,3
20 Pucatrihue 40,548° 73,719° 9,1
21 Bahía Mansa 40,581° 73,738° 19,0
22 Bahía Mansa 40,581° 73,732° 25,9
23 Bahía Mansa 40,582° 73,735° 6,3
24 Bahía Mansa 40,583° 73,735° 19,0
25 Caleta Estaquilla 41,395° 73,839° 17,0
26 Faro Punta Corona 41,787° 73,894° 5,5
27 Chalcura 41,842° 73,870° 5,3
28 Castro 42,473° 73,762° 6,5
29 Cucao 42,631° 74,103° 3,0
30 Rahue 42,691° 74,119° 14,4
31 Estero Oqueldán 43,103° 73,540° 6,0
32 Yaldad Este 43,124° 73,707° 3,3
4.4 Algunas reflexiones sobre el territorio
Una mirada el territorio a casi seis décadas del evento, nos ha permitido reflexionar sobre los procesos de respuesta de los asentamientos costeros, el lugar urbano y la infraestructura, lejos de la contingencia post-catástrofe. A esta escala observamos los procesos de consolidación territorial, incluyendo el tsunami como una variable más entre muchas.
Para comprender cómo ocurrieron estos cambios, es pertinente dar una mirada a cómo funcionaba el territorio antes de los sucesos acaecidos en 1960. Desde la línea histórica, este corresponde a un territorio cultural y geográfico relativamente homogéneo. Los primeros habitantes, huilliches y cuncos, se instalaron en las riberas fluviales de grandes ríos como el Imperial (38.90°S), Toltén (39.25°S), Valdivia (39.86°S), Bueno (40.24°S) y Maullín (41.60°S), motivados por la disponibilidad de alimentos y una navegabilidad que facilitó el acceso al interior del continente. Tras la Pacificación de la Araucanía entre 1861 y 1883 (Garavagno, 2011), se sucede la colonización inmigrante que desarrolla un complejo sistema de explotación territorial. Los tramos bajos de los ríos facilitan el transporte de mercancías y pasajeros, con embarcaciones primero a vela y luego a vapor. Los estuarios serán profusamente ocupados para el cabotaje de madera y otros productos de la cuenca. Durante este período florecen asentamientos interiores como Puerto Saavedra, Carahue, Toltén Viejo, Puerto Comuy, Puerto Maullín y Puerto Toledo, que se integran al territorio nacional mediante ramales del ferrocarril.
Los eventos del año 1960 cambian drásticamente este sistema de interconectividad, debido al embancamiento de las desembocaduras, que impedirá la navegación de naves mayores. Ello repercute en la funcionalidad de estos asentamientos, que pasaron de ser puertos fluviales a centros de servicio, pesca artesanal o turismo. Las instalaciones de cabotaje desaparecen, perdiendo estos sitios la centralidad territorial que poseían, a excepción de Puerto Saavedra, Maullín, Valdivia y Carelmapu, que mantienen su importancia regional debido a la interconectividad terrestre. Así, poblados como Puñuhuil y Chepu se asocian al turismo de avistamiento de aves, en tanto que aquellos ubicados en los ríos Valdivia y Maullín ofrecen navegación turística. Localidades como Maicolpué o Pucatrihue se abocan al turismo de playas, en tanto que asentamientos como Mississipi, Queule o caleta la Barra, han volcado su interés a la pesca artesanal y cabotajes menores al interior de las lagunas costeras.
Si a nivel territorial, el cambio de funcionalidad de estos asentamientos es impactante, a una escala de poblado se produjeron también cambios significativos por efecto de la destrucción de la infraestructura costera y fluvial que existían a la fecha. Ante ello, identificamos diferentes tipos de respuestas como consecuencia del tsunami. En primer lugar, poblados como Puerto Toledo en Río Maullín y Puerto Boldo en Río Queule,
desaparecen ante el embancamiento que restringe la navegación fluvial, haciendo perder su funcionalidad portuaria. Por otra parte, hay poblados que reemplazan su vocación portuaria con nuevos agentes de producción de ciudad. Entre estos agentes destacan los cambios en la cota del asentamiento (Quenuir bajo y Quenuir Alto), transformaciones desde un puerto de cabotaje a uno de caleta de pescadores y/o transporte de personas (Puerto Saavedra y Maullín), modificaciones de la forma urbana con nuevos barrios producto de aportes estatales o extranjeros (Mississipi, Quenuir), pequeñas centralidades urbanas producto de nuevos equipamientos emplazados con una lógica preventiva y, finalmente, obras defensivas que reconfiguran la forma urbana de poblados como Puerto Saavedra o La Barra de Toltén.
Figura 12: a) Entrevista a Don Joaquín Martínez Silva, testigo y sobreviviente del tsunami en Toltén Viejo. b) Cementerio ubicado a unas cuadras de la plaza del antiguo pueblo.
a) b)
Finalmente, hay poblados que se trasladan íntegramente, evitando sectores inundables y adecuándose a nuevos escenarios de composición geográfica y funcional. Un ejemplo de este tipo de respuesta es la destrucción de Toltén Viejo y posterior fundación de Nueva Toltén, a unos 6 kilómetros aguas arriba del Río Toltén, el 17 de julio de 1960 (Cruces y Figueroa, 2012; Gutiérrez et al., 2013). Don Joaquín Martínez Silva, quien a la sazón tenía 16 años y al momento de la entrevista 72, es un verdadero sobreviviente del tsunami en Toltén Viejoxi , y testigo del proceso de fundación de la nueva ciudad (Figura 12). Sentado en el comedor, recuerda que “el primer temblor fue como a las 6 de la mañana, y se empezaron a abrir grietas. El agua saltaba como llave pa’rriba; era agua como con cenizas” describiendo lo que presumiblemente fue la licuefacción del suelos (fenómeno en el cual, a causa de saturación de agua y el movimiento sísmico, los suelos recientes de arena o grava pierden su firmeza y fluyenxii). “La mar tiene que haber tenido, por lo menos sus veinte metros de altura”, y sigue su relato como si fuera ayer:
“cuando yo miro para atrás, ya no estaba mi mamá, se había ido con mi hermanita”, termina. Así, la madre y hermana de ese joven fallecieron ahogadas, como los muchos difuntos que yacen hoy en el cementerio de la antigua localidad (Figura 12b). Joaquín
nos relata que, junto a su padre, hermano y otras personas, se salvaron trepando a una casa que fue arrastrada varios kilómetros por el tsunami, varando cerca de la antigua ciudad de Toltén Viejo. Joaquín vive hoy alejado de ambas Toltenes, la que vio su niñez y la que hoy visita de cuando en vez. Este caso nos hace recordar otros ocurridos en 1960, como el cambio en actividades productivas y la migración parcial o permanente en Corral, y otros casos emblemáticos como el traslado de Concepción, ciudad que después del tsunami de 1751, fue trasladada 10 kilómetros tierra adentro (Gutiérrez et al., 2013; Udías et al., 2012).
5 PALABRAS FINALES
Las decenas de testimonios, sucesivas campañas y la información encontrada en bibliotecas y archivos locales, nos han permitido levantar evidencia invisible en la literatura popular del tsunami de 1960. Esta nueva evidencia cubre desde los impactos territoriales en el sistema de asentamientos costeros, a los cambios morfológicos y productivos de poblados que se reconfiguraron del todo con la catástrofe. El hecho de haber realizado varias campañas nos ha permitido migrar desde las metodologías de trabajo más convencionales, a otras que no dialogan con la estructura científica tradicional. En estos 5 años desde aquella primera campaña, hemos aprendido que, desde disciplinas duras como la hidráulica y la geofísica, explicamos solo una fracción marginal de la realidad de aquel tiempo. Existen otros lenguajes, emociones y cosmovisiones que debemos descifrar desde la interdisciplina, con diálogo, paciencia y empatía. Hemos descubierto, también, que los abundantes relatos son sólo una muestra de una historia mucho más compleja que tal vez nunca tenga un relato definitivo.
Autoría
El texto fue escrito por Patricio Winckler, quien participó coordinando todas las etapas de la investigación, en la que participaron los coautores. Eduardo Emparanza colaboró con la descripción de los aspectos urbanos y territoriales. Sebastián Trujillo colaboró con el diseño y ejecución de las entrevistas. Manuel Contreras-López participó de los trabajos de campo y de la revisión documental.
Agradecimientos
A todos quienes participaron de las salidas a terreno: Matías Carvajal, Adolfo Andaur, Fernanda Cortés, Felipe Espinoza, Camila Guerrero, Cristián Larraguibel, Alejandra Gubler y Manuela Penas. A todos los entrevistados, cuyas vivencias no pudimos incluir en este capítulo. A Claudia Urrutia, por la transcripción de la charla que dio origen a este capítulo, y a Alice Hoppe, por la lectura del manuscrito. Patricio Winckler agradece a
CONICYT (hoy ANID) por el financiamiento del Proyecto FONDECYT 11150003 denominado ‘‘Assessment of tide-tsunami interaction in fjords, channels and estuaries.’’
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