EL PROBLEMA.
1. Los Valores en la Formación de docentes como objeto de Estudio.
Las tendencias internacionales actuales en los ámbitos social, político, económico, educativo y cultural, se caracterizan por una serie de procesos, que afectan tanto lo material como lo espiritual de la condición humana. Su influencia se ha generalizado tanto y de tal manera, que no hay nada que escape a tal circunstancia.
Al respecto, el Documento de la UNESCO; “Educación para el Desarrollo y la Paz” (1.996 p, 29), explica cuales son algunos de estos procesos y sus efectos. La democratización, ha llevado a la remoción de muchos regímenes totalitarios; la globalización, ha generado la interdependencia creciente de las economías nacionales y locales; la regionalización, mediante la cual los estados se agrupan para facilitar el
comercio y la integración económica; la polarización, ha traído como consecuencia crecientes desigualdades, que producen una distancia aun mayor entre los pueblos ricos y pobres, la marginalización, caracterizada por el aislamiento internacional y local de una cantidad de países, debido tanto a las diferentes formas de subdesarrollo como al impacto de los
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procesos globalizadores, y por último, la fragmentación, ha fomentado el desacuerdo social y cultural, mediante los intentos de dividir a los estados y las comunidades locales conforme a líneas étnicas, tribales o religiosas.
Se evidencia así, en el mundo actual un cambio de paradigmas en los valores, aquello que se había considerado bueno para el colectivo ya no lo es tanto y lo que se había considerado perjudicial, pareciera no serlo; Venezuela no es ajena a estas tendencias, por tanto debe establecer vías para hacerle frente.
En este sentido, puede notarse que el denominador común que surge de las cumbres mundiales es que, para enfrentar las posibles consecuencias de las tendencias internacionales, el Estado, la sociedad civil y las comunidades profesionales, deben establecer acuerdos nacionales que conduzcan a un desarrollo humano sustentable. Existe además, un acuerdo unánime en torno a que la condición sine qua non para que la humanidad pueda lograrlo, es la formación de los recursos humanos. (UNESCO. 1.996 p. 31)
Así, resulta obvio que, la educación es el elemento clave para incrementar la productividad, abatir la pobreza y lograr una distribución más equitativa de los bienes y servicios que la sociedad genera. De esta forma, el acceso a la educación superior junto con la gama más amplia de servicios que esta le puede brindar a la sociedad, se convierten en parte esencial, de cualquier programa de desarrollo sustentable.
Esta contribución del sistema de educación superior, debe estar fundamentada en dos aspectos esenciales:
Primero, en la necesidad de replantear su pertinencia social. En tal sentido, ésta como sistema y cada institución en particular, debe responder a las expectativas de la sociedad, promoviendo la participación de la comunidad universitaria en la búsqueda de soluciones a los problemas humanos y éticos apremiantes, como los de la población, medio ambiente, paz, comprensión internacional, democracia y derechos humanos, como vía para dar respuestas a las tendencias mundiales.
De esta manera, resulta necesario que las universidades formen en valores morales a la sociedad, procurando despertar un espíritu cívico activo y participativo entre los futuros graduados. “Además de la preparación para la vida profesional, se requiere también un mayor énfasis en el desarrollo personal de los estudiantes, un énfasis en la formación de valores morales, sociales, éticos”. ( UNESCO, 1996 p.31).
Segundo, la educación superior además de pertinente, también debe ser de mayor calidad, (Tunnermam,. 1.996 p 31). Esto significa, cumplir no solo con las tres funciones clásicas del tríptico misional; docencia, investigación y extensión, también significa calidad de su personal docente, de sus programas, de sus métodos de enseñanza - aprendizaje, y sobre todo de sus estudiantes.
La preocupación por la calidad de los estudiantes arranca de la idea de que estos forman parte de las riquezas de un país, son bienes del mas
alto valor para toda la sociedad, dado los roles que están llamados a desempeñar en la misma, al graduarse, por lo tanto, es de interés público asegurar la calidad personal, social y moral del futuro profesional.
De esta manera, las instituciones de educación superior están llamadas a convertirse en organizaciones dinámicas o proactivas. Esta nueva visión de la universidad implica que ella debe ser, entre otras muchas cosas:
Un lugar de formación de alta calidad que capacite a sus alumnos para actuar de una manera eficiente y eficaz en una amplia gama de funciones y actividades tanto cívicas como profesionales.
Un escenario que inculque a los futuros egresados el compromiso de seguir el aprendizaje y la responsabilidad de poner su formación al servicio del desarrollo social.
Una comunidad cuyos miembros, íntegramente dedicados a los principios de libertad académica, estén comprometidos en la búsqueda de la verdad, la defensa y el fomento de los derechos humanos, la democracia, la justicia social, la tolerancia en sus propias comunidades, así como en todo el mundo, la participación en la instrucción encaminada a la verdadera ciudadanía participativa y a la edificación de una cultura de paz.
La educación superior debe encaminarse entonces, a responder a las necesidades actuales y futuras del desarrollo humano sostenible, a través de la formación de hombres no solo profesionalmente capaces, sino moralmente íntegros que coloquen al servicio de la sociedad sus
conocimientos, esto implica, formar no solo desde el conocimiento sino también, desde los valores.
En este mismo sentido, Drucker (1.995, p 223-224) ha señalado: “Una economía donde los conocimientos han venido a ser el verdadero capital y el principal recurso para la producción de riquezas, una sociedad dominada por trabajadores ilustrados, le hace nuevas exigencias a la educación”. Esto implica que, una vez más, tendrá que redefinirse lo que es una “persona educada” pues como consecuencia de los cambios experimentados a nivel mundial, los procesos de cómo se aprende y cómo se enseña están cambiando radicalmente. Muchas disciplinas tradicionales se están volviendo estériles, por lo tanto, se enfrenta también un cambio en lo referente a qué se aprende y a qué se enseña.
Esta nueva sociedad, a la cual Drucker (1.995) denomina “sociedad del conocimiento”, exige que todos sus miembros sean alfabetizados de
forma universal, y esto solo es posible si todos ellos, aprenden a aprender.
Sin embargo, el propósito educativo no puede quedar allí, obviando su responsabilidad social. El individuo de la sociedad del conocimiento, debe estar preparado para manejar este capital; de forma tal, que pueda propiciar no solo su movilidad social, ganarse la vida, sino también mejorar la economía y propiciar el desarrollo social de su comunidad.
En la sociedad del conocimiento, la educación deberá infundir “virtud”
y a la vez enseñar las habilidades de la eficiencia; ya que de afianzar solo el propósito educativo aptitudinal, obviando el social, existe el riesgo de
construir una sociedad de bárbaros instruidos, es preciso, entonces, hacer de las humanidades, luces para ayudar a ver y guías para la acción correcta.
En definitiva, los cambios producidos por el desarrollo científico y tecnológico en los contextos humanos, exigen que la educación en general y de las universidades en particular, posibiliten vivencias personales, emocionales, afectivas, volitivas y no solo cognitivas, procuren el progreso en los niveles de solidaridad, justicia y convivencia, propicien la autonomía respetuosa del otro a través del diálogo. Además, exigen facilitar oportunidades para aprender a discernir y conciliar, el poder hacer con el deber hacer.
Se entiende entonces, que las circunstancias acaecidas (historia) y los hechos que conforman el mundo contemporáneo recomiendan reflexionar sobre la urgencia de plantearse que no es posible educar, sin tomar en cuenta los valores. Alrededor de esta consideración, está la idea de negar la necesidad de una pedagogía propia de los valores, pues se considera que los valores están siempre presentes en el proceso de formación, por cuanto, los docentes, autoridades, administradores, que laboran en la institución educativa con su manera de actuar, su manera de organizar y de ejercer su labor enseñan valores. Sin embargo, estos valores no siempre son positivos.
Cabe destacar que en una institución donde el docente se caracteriza por ser solidario, por atender a sus alumnos, por orientarlos en sus dudas y
problemas, por su actitud democrática entre otras cosas, enseñará a sus alumnos con su ejemplo la solidaridad, la democracia y la participación. Pero si la referencia que sus alumnos tienen de su profesor y su institución, se define por el tiempo que dejan de tener actividades, por las discordias que existen entre los docentes y demás personal que trabaja en ese recinto, por la rutina y las tareas sin sentido, se estará enseñando en la practica, el desgano, la inercia, la deshonestidad en las relaciones, entre otros valores si se quiere negativos.
De tal manera, que las instituciones educativas ciertamente enseñan valores, al igual que la familia y la sociedad, sin tenerlos explícitos o consensuados, y los enseñan para formar o para deformar, razón por la cual es necesario, reflexionar sobre en qué valores se quiere incidir, para qué y cómo.
Asimismo, el problema de la formación de valores, en todos los niveles del sistema educativo, pero especialmente en el nivel de la educación superior, radica entre otras cosas, en que forma parte del currículo oculto y no se resuelve con las reformas curriculares, aunque en ellas se explicite esta formación. La afirmación hecha no niega la importancia y urgencia de introducir cambios en el ámbito curricular, pero esto es solo un pequeño elemento del gran conjunto de los que habría que impulsar para lograr el gran propósito: la formación del “ser persona”.
Aunado a la idea de la presencia o ausencia de una pedagogía de los valores, está la interrogante de si es tarea de la universidad formar en
valores. Tomando en consideración las nuevas realidades mundiales, anteriormente descritas, y las características de los procesos que se están sucediendo en el ámbito educativo, la universidad y otras instituciones de educación superior están obligadas a asumir como parte de una agenda para contribuir a la formación de un recurso humano, capaz de propiciar el desarrollo social de las sociedades, la formación de valores, ya que, todas las tendencias apuntan a su internalización, como una vía para resolver los problemas que en la actualidad afectan a las sociedades.
No obstante, tradicionalmente se ha pensado que la responsabilidad de la educación en valores recae en las modalidades no formales de la educación, básicamente, en la familia; o en el nivel básico del sistema educativo formal, es decir, en la escuela.
Todo el sistema educativo, tiene una indiscutible responsabilidad en la formación ética y moral de sus beneficiarios, cumplir con ella, es la vía para contribuir en la construcción de una sociedad que permita una vida en dignidad para todos. Específicamente, la universidad tiene la responsabilidad de formar hombres con valores profesionales que le permitan colocar al servicio del desarrollo social, del bien común, los conocimientos especializados adquiridos a lo largo de su carrera.
Sin embargo, una revisión de la literatura sobre formación en valores, permite afirmar que un alto porcentaje de los documentos se centra en experiencias de propuestas de educación formal para niños, niñas y adolescentes. Aunque se encuentran algunos documentos referidos a la
educación de adultos y a la educación superior, es necesario reconocer que son escasos, lo cual confirma el poco interés del sistema universitario con respecto al tema.
Existe al parecer, un consenso, en el sentido de que en las universidades, el currículo oculto es mucho mas efectivo en su capacidad de formar valores que el currículo explicito, sin embargo, resulta claro, cuáles podrían ser las posibles consecuencias de dejar la formación de valores al currículo oculto.
Por otra parte, durante las ultimas décadas, una gran parte de la reflexión pedagógica en los primeros niveles del siste ma educativo, se ha centrado en el tema de los valores.
Es así como, el cuestionamiento ¿para qué educar?, cada vez mas estrechamente vinculado a la formación de valores, se ha dejado sentir como necesidad apremiante en las sociedades y culturas más diversas, evidencia de ello son los congresos sobre educación en el ámbito mundial, regional y local, donde el tema de los valores ha sido abordado desde diferentes perspectivas: escuela y valores, educar para los valores en la escuela del Año 2000, valores de las personas y técnicas educativas, pedagogía de los valores ético – sociales para los pueblos, han sido algunos de los ejes centrales de discusión en estos congresos, desde la década de los 80 hasta la actualidad (Centro Internacional de Investigación para el Desarrollo: CIID, 1998, p 6).
No es tan solo en los ámbitos teórico e investigativo, que se está dando prioridad a la formación en valores, sino también en la práctica, ya que se han dado pasos muy firmes, para la creación e implementación de programas orientados a la adquisición y clarificación de valores, en niños y adolescentes. Evidencia de este hecho, es precisamente el caso de Venezuela, donde desde el año 1991 se implementó la propuesta “Currículo Básico Nacional (CBN) de Educación Básica.
Uno de los grandes avances introducidos en esta reforma curricular estriba en el sentido humanístico que subyace en ella. Educar integralmente a la persona, educar para la vida, es el espíritu que impregna todo este diseño, integralidad que supone abordar todas las dimensiones del alumno, incluyendo la dimensión del ser.
El CBN asume tanto en la base filosófica, como en la psicológica y en la pedagógica del marco teórico, el ser de la persona como una dimensión que se debe atender. Plantea, que el proceso de aprendizaje en la escuela debe estar dirigido no solo al desarrollo del saber del alumno (conocer), o al desarrollo de habilidades y destrezas (hacer), sino también al desarrollo del espíritu, la afectividad, la voluntad, la motivación (ser). El currículo propone en su base pedagógica atender esta dimensión y orienta este desarrollo a través de los llamados “ejes transversales”, en especial el eje de ”valores”, los cuales impregnan de un carácter globalizador el proceso de aprendizaje del alumno (García, 1996: 26).
La presencia del eje transversal valores en el CBN del nivel de educación básica, encuentra su justificación, en la crisis moral que caracteriza la época actual. En Venezuela, es motivo de preocupación la pérdida progresiva de los valores que se observa en los diferentes sectores que conforman la sociedad. En tal sentido, una pedagogía de los valores busca promover cambios significativos que conduzcan a la formación de un ser humano capaz de desenvolverse en una sociedad pluralista, en la que pueda, de una manera critica, practicar como norma de vida, la libertad, la convivencia, la solidaridad, la honestidad, la justicia, el respeto por la vida y la identidad nacional (ME 1996, p 16).
La inclusión de la formación en valores en el currículo, al menos en el de la educación básica, es un logro importante, pero no suficiente, pues existe otra dificultad que impide desarrollar por completo la educación en valores en la escuela, se trata de la formación de los docentes. Entre estos, existe una falsa creencia de que formar valores, es sinónimo de impartir una serie de contenidos relativos a temas morales o de religión.
Esta convicción, lleva a los maestros de las diferentes áreas a ejercer una práctica totalmente desconectada de la formación en valores, estos no se sienten responsables de esta formación, por cuanto su labor está en la enseñanza de contenidos (saber), habilidades y destrezas relativas al área especifica (hacer), y es que simplemente para esto, es que han sido y siguen siendo formados (García, 1996).
Generalmente, los docentes reflexionan en torno a los valores desde el mundo de lo abstracto, se colocan en un plano de generalidades que pocas veces roza la individualidad y la práctica cotidiana. Usan un discurso altamente despersonalizado que dice muy poco de su real proceder, intentan fomentar valores proponiendo formulas y acciones que son “islas”
dentro de la existencia del alumno y de la dinámica de la escuela. La práctica docente guarda una relación de contradicción con el discurso, ella reproduce los valores fomentados por una sociedad consumista, individualista y desigual.
En este punto, resulta esencial meditar y revisar los deberes y derechos de los educadores. La crisis social y económica, ha obligado al magisterio organizado a hacer énfasis en la acción reivindicatoria para defender sus derechos. Tal comportamiento gremial, ha traído consigo un comprobado y doloroso desgaste de la imagen del educador, sin temeridad, de un drástico descenso en la estima y percepción social del docente, quienes exigen una remuneración digna, al mismo tiempo que exhiben prácticas como el reposerismo, el ausentismo, continuos paros, poca motivación al trabajo, desactualización, 180 mediodías de trabajo, entre otros. Están modelando con estas actuaciones, los antivalores de irresponsabilidad, flojera, mediocridad , desvalorización del trabajo (Pérez, 1997).
Los educadores deben entender que no basta con exigir una remuneración digna, hay que ganársela. Ciertamente hay que ganar mejor,
pero no es menos cierto que es necesario exigir trabajo a tiempo completo y rendimiento total, esto es, educar con calidad, con compromiso y plena dedicación.
Responder a este reto exige que los docentes asuman el protagonismo educativo que les corresponde. Para ello, deben comenzar por creer en si mismos, descubrir la importancia de su misión, y comprometerse a su propia transformación permanentemente, a partir de la reflexión y renovación de su práctica, deben transformar profundamente el rol que desempeñan. Ya no pueden percibirse como meros dadores de clases o como cuidadores de niños y adolescentes, sino como educadores comprometidos con el país, que convierten las aulas y las escuelas en lugares de auténticos aprendizajes, trabajo, formación, participación y construcción, de hombres consustanciados con la gestación de una democracia verdadera para todos (Pérez, 1997).
Las tendencias mundiales a nivel político, social, económico, cultural, histórico y educativo, exigen un educador solidamente formado, que entienda que su misión primordial es estimular el aprendizaje y formación de todos sus alumnos, lo contrario, implica su propio fracaso.
Esto supone para los docentes, grandes esfuerzos de formación, también de deseducación y desaprendizaje, de desechar muchas rutinas, privilegios y modos de entender y vivir la docencia. También implica, reeducar al educador y educar a los futuros educadores, para que
adquieran la cultura del respeto y el diálogo y asuman al otro como semejante, sujeto de conocimientos y de verdad (Pérez: 1997 p 46)
El cambio educativo exige que los docentes cambien, pero también supone que las instituciones formadoras, emprendan transformaciones para construir este docente necesario. No puede exigírsele al docente unos determinados valores cuando la universidad que los educa no está dispuesta a asumirlos, porque, las instituciones de educación superior y sobre todo los docentes universitarios se asemejan con mucho a las escuelas y a los maestros.
La experiencia ha llevado a confirmar, que las instituciones encargadas de formar docentes se limitan a impartir una serie de cursos o asignaturas para que los estudiantes adquieran las nuevas teorías, conocimientos, habilidades y destrezas que luego deberán aplicar en el aula. Esta concepción de formación, cuyo critico más severo ha sido la misma universidad por los magros resultados obtenidos a través de ella, es la que sigue hoy en boga dentro de estas mismas instituciones.
Formar el docente necesario, implica un cambio radical de quienes participan en su formación. Esta formación, pasa por un reconocimiento de las universidades formadoras de docentes, de que ellas tienen una alta responsabilidad en el proceso de formación de valores, implica además considerar al futuro docente como sujeto de formación de valores y derechos humanos, supone una revisión de la práctica docente junto con las posibilidades de vivir formas de enseñar diferentes; e implica un intenso
trabajo de acompañamiento durante un período relativamente largo hasta que las nuevas prácticas se consoliden (Schmelkes 1998 p 4).
La universidad apropiada de una función ética, debe estar dirigida hacia el desarrollo de una cultura profesional más humana. Los cambios científicos y tecnológicos determinan que ellas como instituciones de autoridad intelectual, deben transformar sus misiones y sus objetivos, para poder cumplir responsablemente con la preparación, calificación y formación continua de los recursos humanos que exige la nueva sociedad mundial y las transformaciones políticas, sociales y económicas de cada país. Si la universidad se orienta a formar personas, tiene entonces que, proponer implícita y explícitamente una serie de valores como respeto, responsabilidad, trabajo, justicia, solidaridad, convivencia, amor, servicio, paz. La promoción de estos valores no solo con la palabra sino también con el ejemplo busca formar conciencia, sin la cual no valdría la pena hacer ciencia (Pérez, 1997).
En la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI, quedó establecido, en el articulo 2, lo siguiente: “Las Universidades, sus personal y sus estudiantes deberán utilizar su capacidad intelectual y prestigio moral para defender y difundir activamente valores universalmente aceptados, y en particular la paz, la justicia, la libertad y la igualdad”. (UNESCO, 1998).
Esta tarea cobra mayor fuerza cuando son las universidades las responsables de formar los docentes. De ahí, la necesidad de partir de la
clarificación de los propios valores que esta formando la universidad en el contexto de una cultura y una sociedad que no se cansa de proponer el individualismo, el egoísmo, el consumo y el tener, como los genuinos valores que realzan a las personas y dan sentido a la existencia.
Con frecuencia, se aprenden o se proclaman valores y solo se aprecian verbalmente, sin comprometerse con ellos o vivirlos. No son valores reales son solo verbales, recitados, que al no haber sido aceptados, ni experimentados como tales, influyen muy poco o nada en la conducta.
Cabe aquí recordar la frase del gran maestro cubano José Marti:
“La mejor manera de decir, es hacer”.
Solo si la universidad formadora de docentes, se esfuerza por hacer de ellos genuinos ciudadanos que conviertan sus aulas en modelos de democracia integral, estarán educándolos en y para la ciudadanía y para desarrollar en sus alumnos la facultad de imaginar, de juzgar, de comprometerse en la búsqueda de una sociedad humana e igualitaria, que logre la vigencia plena de los derechos humanos y los valores universales básicos.
Ahora bien, no se puede pretender realizar esta transformación pedagógica sin antes conocer el entorno, por tal razón este estudio plantea la necesidad de elaborar un conocimiento de la realidad ética de la Universidad Nacional Experimental “Rafael María Baralt” como institución
formadora de docentes, para comprenderla y luego así, plantear el horizonte deseable o posible para tratar de transformarla.
En función de las consideraciones anteriores, se plantearon las siguientes interrogantes problematizadoras:
¿Cuáles son los valores que sostienen los estudiantes a egresar como educadores durante su formación como docentes?
¿Cuáles son los valores que promueven los docentes del Proyecto Profesionalización Docente de la UNERMB, durante su práctica pedagógica?
¿Qué valores deben formarse en los futuros docentes de la UNERMB para que puedan realizar con éxito su labor docente?
¿Qué relación existe entre los valores planteados en el currículo del PPD, aquellos que sostienen los futuros educadores, los que promueven los profesores durante la practica pedagógica y aquellos que los expertos consideran que deben formarse?
¿Cuáles podrían ser los lineamientos que permitirían implementar un programa de educación ética en los estudiantes de educación?.
Las respuestas a tales interrogantes permitieron conocer la correspondencia existente entre el sistema de valores que se espera formar, el de los futuros docentes, el que forman los profesores y aquel que exige formar las tendencias de cambio educativo y social.
2. Objetivos de la Investigación
Para dar respuesta a las interrogantes planteadas se desarrollan los siguientes objetivos.
Objetivo General.
Establecer la relación existente entre los valores planteados en el diseño curricular y los valores de los futuros egresados de educación, los que se forman durante la práctica pedagógica de los profesores y aquellos que se requiere formar, en el Proyecto Profesionalización Docente (PPD) de la Universidad Nacional Experimental “Rafael María Baralt” . (UNERMB)
Objetivos Específicos.
Identificar los valores que persigue formar el PPD de la UNERMB, planteados en el documento de Diseño Curricular del mismo.
Determinar los valores que sustentan los futuros egresados del PPD de la UNERMB, durante su proceso de formación.
Describir los valores que forman los profesores del PPD de la UNERMB, durante el ejercicio de su práctica pedagógica.
Caracterizar los valores que se requiere formar en los futuros docentes para desempeñar con éxito su labor, dentro de las nuevas tendencias que caracterizan el contexto socio-educativo.
Formular lineamientos teóricos metodológicos para el desarrollo de programas de educación ética en la formación profesional de estudiantes de educación.
3. Justificación de la Investigación.
En este aparte, se plantean algunos puntos de referencia válidos que justifican el estudio de los valores en la formación docente.
Razones Sociales y Políticas. Los países de América Latina
experimentan una crisis global y estructural. Las medidas que se toman para salir de ella, se traducen de hecho, en un empobrecimiento vertiginoso de las mayorías, guiadas por las premisas del sistema neoliberal. Recubriéndose en el manto de una pretendida cientificidad, el neoliberalismo intenta ocultar el hecho innegable de ser una enorme ideología que sustituye el antiguo dogma marxista de la lucha de clases como motor de la historia, por el dogma del mercado como panacea, distribuidor de recursos y herramienta insustituible de la prosperidad de las naciones (Pérez, 1.997).
El éxito económico es el valor supremo dentro del sistema político- económico neoliberal. El dinero es el criterio determinante de la bondad o la maldad de cualquier acción, el signo de la respetabilidad o el desprecio que merecen tanto las personas, como los países. El hombre vive entonces, empujado por una cultura que insistentemente promueve la ambición de poseer, acumular y consumir, quedando reducido a su mera capacidad de
producir o generar ingresos y tener éxito en los mercados. El bien común desaparece como valor universal y objetivo central de la política y la economía. También desaparece el valor por la calidad de vida general de la población de hoy y de mañana.
El resultado de la implantación del neoliberalismo como sistema, en los países del tercer mundo, es la concentración de las riquezas en un número insignificante de personas a costa del empobrecimiento y miseria de las mayorías. A estos muchos se les llama hoy, excluidos. En una sociedad donde la competitividad es considerada el valor fundamental, los mecanismos de exclusión se constituyen en una regla de juego elemental. La edad, el sexo, el color, la procedencia geográfica o social se convierten a menudo en excusas para la exclusión, para negar el disfrute de los legítimos derechos de estas minorías. Pertenecer a la vez a dos o más de estos grupos hace que se sumen las discriminaciones y se vayan multiplicando las consecuencias (Pérez 1997).
Con relación a los grupos excluidos, la realidad es si se quiere penosa; por ejemplo: los pueblos indígenas latinoamericanos son continuamente vejados, explotados y humillados. Ser indio es un ins ulto y las políticas humanitarias al respecto, no van más allá de procurar la aculturación y criollización de estos pueblos, a los que de hecho se les niega su identidad, su derecho a ser tratados como iguales en la diferencia. Si se trata de los inmigrantes en los países del norte, esta condición equivale a
vivir en la zozobra, en la inseguridad, sin derechos, cubriendo los puestos de trabajo peor remunerados y que nadie quiere.
De igual manera, la edad funciona también como factor de discriminación, se glorifica la juventud y al mismo tiempo se le niega la oportunidad del trabajo, además ser joven y vivir en un barrio es sinónimo de delincuente, vago, especialmente en los países pobres. En cuanto a los ancianos, la sociedad no sabe qué hacer con ellos que pasan a ser una carga tanto para la familia como para el Estado, que en el mejor de los casos, los arrincona en ancianatos asépticos donde esperan la muerte en la más cruda soledad, después de toda una vida de trabajo y producción.
Aquella minoría que goza del derecho de jubilación se les otorga una pensión de miseria que deben conseguir combativamente.
Pero son sobre todo las mujeres y niños de los países latinoamericanos los que sufren las consecuencias más penosas de las políticas de exclusión. De hecho, se calcula que de 1.300 millones de personas que viven en pobreza absoluta el 70% son mujeres, no en vano se habla de la feminización de la pobreza, igualmente las mujeres representan las dos terceras partes de los analfabetas adultos en todo el mundo, además trabajan más horas que los varones y perciben 25% menos de salario por el mismo trabajo. (Pérez 1997).
A esta realidad, habría que añadir la cada vez más amplia utilización de la mujer como objeto de publicidad y las mil formas de violencia por una cultura machista que se niega a reconocer la igualdad de la mujer. Junto a
las mujeres son los niños los principales perdedores, millones de ellos mueren en su primera infancia por enfermedades asociadas a la miseria. De aquellos que logran sobrevivir, millones viven en las calles, robando y prostituyéndose para sobrevivir, otros trabajando cuando deberían educarse.
Muchos de estos niños mueren asesinados por que son considerados estorbos. Además la violencia física y verbal, los castigos corporales a los niños son prácticas habituales en la mayoría de los países de la región.
Millones de niños no asisten a la escuela o la abandonan enseguida.
El rostro de Venezuela ante esta realidad, es el mismo, como país inscrito en la región. El pueblo venezolano está sometido a los embragues de la exclusión, pero además ha sido asaltado por problemas como la corrupción, violencia carcelaria, enfermedades asociadas a la miseria, altos niveles de inseguridad, desastres ecológicos y muchos más que solo reflejan como en la sociedad venezolana se ha institucionalizado el antivalor.
El principio neoliberal que resalta la economía de mercado como fuente de desarrollo y por tanto a la valorización primaria del dinero como elemento representativo de progreso, de bienestar, ha dado origen al fenómeno de la exclusión, bajo el cual subyace una crisis de valores, pues la discriminación se sustenta en el irrespeto, el incumplimiento a las leyes, la irresponsabilidad, el abuso, la hipocresía, que son antivalores que se han impuesto en la mayoría de las instancias de la sociedad venezolana. En ellas se han normalizado estilos amorales de funcionamiento.
Es tan cierto, el imperio del antivalor, que ni siquiera es necesario esconderse para transgredir leyes. El valor está puesto en la viveza, en la picardía insana, en la audacia de aquel que alcanza el fin por encima de todas las reglas e instancias, por encima de los demás. A ese, es a quien se le rinden honores.
La explotación petrolera y los vertiginosos cambios producidos en el seno de la sociedad, aunado a la puesta en marcha de prácticas neoliberales introdujeron esta manera de comportarse del venezolano, quien valora mas el dinero, que el bien común, el afán de poder, riqueza y prestigio más que el mérito propio como aspiración de la colectividad. La sociedad educó para esto no con asignaturas, pero si en la vida.
Tienen que existir entonces, mecanismos educativos, para estimular el desarrollo de actitudes que hagan posible el fortalecimiento de la moral, de la ética ciudadana. Desde la escuela que premia el desarrollo, las empresas que refuerzan al empleado que trabaja con tesón, hasta los entes e instituciones del Estado que recompensan el buen servicio y sancionan el incumplimiento de las funciones o los abusos de poder.
Urge entonces, el desarrollo de una educación fundamentada en los valores universales, es necesario crear espíritus fuertes, capaces de enfrentar la dureza de la vida, sin doblegarse en el hostil terreno de la necesidad económica, del trabajo, del hogar, de la identidad, el compromiso político. Hay que formar conciencias que no se vendan ante la primera oferta, que sean capaces de asumir ideales contrarios a los establecidos, formar
hombres y mujeres que valoren el trabajo, el servicio, la solidaridad, ciudadanos que sepan amar a la patria y den lo mejor de sí.
Una vez más, esta es tarea del educador, quien para fortalecer el espíritu y enriquecer las conciencias de otros que descubran los valores en la vivencia, debe primeramente fortalecer su propio espíritu y crear su propia conciencia. El docente juega un papel fundamental en el fortalecimiento de los valores en una sociedad cuya ética se derrumba.
Como se observa, las consideraciones hasta ahora planteadas apuntan a la urgencia de encontrar medios adecuados para llevar adelante, como propósito fundamental del quehacer docente, una verdadera repotenciación y recuperación de la educación en valores.
Desde este punto de vista, la presente investigación busca analizar y reflexionar en cuanto a ¿en qué valores educar a los futuros profesionales de la educación? Y ¿cómo hacerlo?.
De acuerdo a Clemenza (2002), educar en lo9s valores es acompañar el estudiante en el proceso de respuesta libre y personal a interrogantes como éstos:¿Quién soy yo? ¿Hacia dónde camino? ¿Cuáles son los motivos que justifican mi existencia? ¿Cuál es el horizonte o la meta que busco para la felicidad?. La respuesta significativa a estos interrogantes generará los valores en los que creer y la necesidad de integrarlos, haciéndolos vida y realidad en el comportamiento cotidiano.
De allí que, la educación en los valores requiere una fundamentación, basada en el conocimiento y en la reflexión, y por ello siempre debe ser
contemplada en el hecho educativo, desde la perspectiva de los contenidos curriculares y a través de una metodología coherente con la utilizada en el resto de los aprendizajes.
Los lineamientos teórico – metodológicos que persigue formular el presente estudio, constituyen una alternativa para lograr una adecuada y sólida formación ética de los futuros educadores, pues los mismos se delinean a partir del conocimiento y descripción de la realidad educativa de la UNERMB como institución formadora de docentes, a la vez que están basados en las corrientes teóricas que actualmente sustentan los procesos de enseñanza – aprendizaje.
Razones Educativas. A partir de 1997 se implementó en Venezuela el
Currículo Básico Nacional (CBN) del Nivel de Educación Básica. Este diseño propone entre muchas otras cuestiones, la formación en valores, a partir de la teoría de la transversalidad. Esta formación encuentra su justificación en la pérdida progresiva de valores que se observa en los diferentes escenarios de la sociedad venezolana. En este sentido, la educación en valores propuesta en el CBN, busca promover cambios significativos que conduzcan a la formación de un ser humano capaz de desenvolverse en una sociedad pluralista, en la que pueda de una manera crítica, practicar como norma de vida, la libertad, la tolerancia, la solidaridad, la honestidad y la justicia.
Al dar una mirada a todo el planteamiento del CBN, puede observarse que esta propuesta curricular está asumiendo como uno de sus principales ejes la formación del “ser”, en cuyo perfil se identifican una serie de
características de carácter ético, sustentadas en principios fundamentales filosóficos y legales. Sin embargo, lograr que una escuela se convierta en un centro donde se eduquen personas para que alcancen la realización humana no es tarea sencilla. No es sencilla, porque no se trata de desarrollar un contenido aplicando alguna estrategia para que la persona aprenda a vivir, asuma valores y crezca interiormente. Se trata más bien, de un novedoso trabajo docente, pues es él quien lo puede concretizar a través de la estrategia que propone el diseño: el proyecto pedagógico.
Esto supone obviar la práctica autoritaria a partir de la cual el docente impone su verdad, el aprendizaje pasivo, mediante el cual se considera al alumno un recipiente vacío y el enfoque de cuatro paredes, que limita el contacto del estudiante con el ambiente y la realidad de su entorno social.
Muy por el contrario, la educación en valores exige una práctica pedagógica sustentada en los principios de democracia, participación activa y de contacto con la realidad.
Esta nueva practica requiere que los docentes se descubran como formadores de personas, que se pregunten por el sentido de su vida, que construyan su persona y su propio sistema de valores a fin de poder acompañar a sus alumnos en su proceso de desarrollo y formación de valores. Sólo el docente que ama a sus alumnos será capaz de propiciar el desarrollo humano, solo el docente que es solidario, honesto, justo, democrático, libre, perseverante, respetuoso, cooperativo, que ama a su
país, podrá formar estos valores en los educandos. A su vez este docente hay que formarlo.
La educación superior y más aún las instituciones formadoras de docentes deben comprometerse con la educación de valores y modificar su quehacer educativo, a fin de lograr el docente necesario. En efecto, este compromiso debe reflejarse no solo en sus tareas docentes sino también en las de investigación y extensión.
Si se pregunta porque la educación superior debe involucrarse en la formación de valores, la respuesta sería porque los valores son fundamentales para la vida de los pueblos, para su bienestar y desarrollo, y para la consolidación de la paz y la democracia.
Además, tal enseñanza se ciñe a varios de los fines y objetivos de la educación superior, tal como están definidos en las legislaciones universitarias de América Latina y de Venezuela específicamente.
Al respecto Clemenza (2002), señala que las investigaciones realizadas en América Latina acerca de los objetivos y la misión de la Educación Superior y la Declaración Mundial sobre Educación Superior en el Siglo XXI proclamada por la UNESCO en París, en octubre del año 1998, define los siguientes objetivos y misión de la Educación Superior:
Desarrollar en el individuo y en la sociedad la capacidad de adaptarse al cambio, el interés por lograr y preservar la paz en las naciones y comprensión internacional.
Entender la complejidad de la biosfera para promover acciones tendentes a protegerla y administrarla racionalmente.
Inspirar la creatividad y desarrollar valores que preparen al individuo.
Proporcionar una educación fluida e interactiva, capaz de generar una mente curiosa y creativa-
Proveer al alumno los conocimientos y habilidades necesarias para producir ciencias básicas y tecnológicas avanzadas.
Establecer el vinculo necesario entre: la ciencia (conocimiento y técnicas) y los valores (humanísticos y espirituales) con el fin de desarrollar en el alumno apreciaciones más objetivas sobre la ciencia y los costos de una nueva tecnología.
Promover la armonía en la sociedad dentro del proceso de globalización.
Promover actitudes y valores acordes con el respecto a los derechos de los pueblos y otras culturas.
Contribuir a la madurez política de la población y al desarrollo de su capacidad de participación activa y responsable en la vida pública.
Como se observa, estos objetivos y misión de la educación superior señalan, como propósito fundamental del quehacer educativo universitario, una consolidación plena de la educación en valores.
No obstante la universidad no puede limitarse a incluir en su quehacer docente la enseñanza de valores. Ella debe ser el centro por excelencia de la praxis de tales valores, ejemplo de su ejercicio pleno y responsable. Esto
significa que la vida universitaria cotidiana debe estar inspirada en el más estricto respeto a los valores que proclama.
En este sentido, el presente estudio busca dilucidar cuáles son los valores que están formando las universidades, especialmente aquellas que se encargan de la formación de docentes, a fin de formular lineamientos teórico – metodológicos que conduzcan a la consolidación de una adecuada educación moral y ética de los futuros docentes.
4. Delimitación del estudio.
La presente investigación tiene como objetivo establecer la relación existente entre los valores que persigue formar el PPD de la UNERMB contenidos en el documento del Diseño Curricular, los valores que sustentan los futuros docentes, los valores que forman los profesores mediante sus prácticas pedagógicas y los valores que es necesario formar según la opinión de expertos académicos. Todo esto, a fin de diseñar lineamientos teórico- metodológicos que ayuden a promover programas de educación ética para los futuros docentes.
El estudio se llevó a cabo en la UNERMB, como institución formadora de docentes, abarcando todas las sedes donde se oferta esta carrera:
Cabimas, Ciudad Ojeda, Los Puertos de Altagracia y Mene Grande, todas ubicadas en el Estado Zulia
El análisis del sistema de valores de cada uno de estos grupos estuvo sustentado en el enfoque cognitivo – evolutivo sobre el desarrollo moral del ser humano y en la teoría de la Jerarquía de Valores de Rokeach, (1974).
El estudio se efectuó desde Julio de 2002 hasta Julio 2003.