COMPARACIÓN DE MARX CON HEGEL, FEUERBACH, KANT Y ROSA LUXEMBURGO
Marx (1818-1883) está dentro de la denominada “filosofía de la sospecha”, junto a Nietzsche y Freud. Los tres quieren mostrar la realidad que se esconde detrás de las apariencias.
Marx, quería transformar la sociedad, limar la desigualdad y eliminar las injusticias; desde una teoría materialista del sujeto, quiere desvelar el papel de las ideologías como formas de
deformación consciente de la verdad y de legitimación engañosa de un orden económico y social injusto.
Marx no llegó a ser alumno de Hegel (1770-1831) pero cuando ingresó en la universidad de Berlín las doctrinas de Hegel estaban todavía muy vivas. Marx acepta de Hegel la dialéctica como método de análisis de la realidad, cree como él que la historia evoluciona dialécticamente con un fin, pero Hegel la analiza en clave idealista mientras que Marx analiza la historia en clave
materialista. Marx también toma de Hegel el concepto de alienación pero para Marx está alienado el ser humano y para Hegel es el Espíritu el que se aliena, al desplegarse o exteriorizarse en la
naturaleza.
Hegel crea una filosofía de la historia en la que todos los acontecimientos son vistos desde la perspectiva del Espíritu (o Dios) que se despliega en el tiempo. La historia universal es la
manifestación del proceso del Espíritu, de modo que todo lo que ocurre forma parte de un plan racional. El verdadero protagonista de la historia es el Espíritu, y el fin que persigue es la conquista de la conciencia de su libertad. Hegel concreta en tres etapas el avance o progreso de la historia: la historia de Oriente, la historia de Occidente y la historia de los pueblos germánicos, que para Hegel representa la culminación de esta evolución del Espíritu. En este desarrollo del Espíritu a lo largo de toda la historia, los individuos solo son piezas al servicio de la totalidad. Alejando Magno, Julio Cesar, Napoleón, con sus pasiones y con sus particulares intereses, son solo el resultado de las estrategias del Espíritu. Siguiendo sus instintos y pasiones se convierten, sin saberlo, en
instrumentos del plan universal: su actuación estaba determinada por la astucia de la Razón. Por tanto, “todo lo real es racional y todo lo racional es real”.
Cuando Hegel murió, sus discípulos intentaron perpetuar la obra de su maestro y emergieron dos interpretaciones opuestas: la derecha y la izquierda hegelianas. La derecha hegeliana, la interpretación más conservadora y la única aceptada por el gobierno de Prusia, veía en la situación política del momento una consolidación definitiva del Espíritu. La izquierda hegeliana, a la que pertenecieron muchos jóvenes alemanes revolucionarios, no aceptaba ninguna trascendencia en el proceso de desarrollo histórico y no veía en el momento histórico que se vivía ningún tipo de punto de llegada, sino una realidad que tenía que ser negada. La universidad de Berlín no tardó en
rechazar la izquierda hegeliana y, a raíz de ello, muchos de sus partidarios pasaron de la reflexión filosófica a la lucha política. Marx fue un discípulo entusiasta de la izquierda hegeliana.
La izquierda hegeliana, predominaba entre los jóvenes estudiantes. Entre ellos sobresalió Ludwig Feuerbach (1804-1872), uno de los seguidores mas críticos de Hegel y que se convertirá en el puente entre Hegel y Marx. Dos son los aspectos del pensamiento de Feuerbach que pueden considerarse precedentes del marxismo: el giro materialista que dio a la filosofía de Hegel y la introducción del concepto de alienación en el ámbito religioso.
Feuerbach se opuso al idealismo hegeliano. Argumentó que los secretos más profundos de la realidad no se hallan ocultos en una Idea o Espíritu que se despliega, sino en las cosas naturales y concretas que nos rodean y que son menospreciadas y anuladas por el idealismo. Para Feuerbach es necesario volver a la naturaleza, a la materia, ya que ésta es la única que puede proporcionar un auténtico conocimiento.
Por otra parte, sus profundas inquietudes religiosas le llevaron a analizar la religión y la figura de Dios. Para Feuerbach, Dios es una creación humana. El ser humano se niega a sí mismo sus propias excelencias (inteligencia, sabiduría, bondad, etc.) y las atribuye a un ser superior que no existe. Al proyectar hacia Dios las características que constituyen la grandeza humana, el ser
humano queda desposeído de ellas y pierde lo que es propio de su naturaleza, se aliena. Feuerbach pensó que para la superación de la religión era suficiente su superación intelectual, es decir, el desarrollo de una nueva filosofía que mostrase lo absurdo de las creencias religiosas tradicionales.
Si desaparece la religión, el ser humano podrá apropiarse de esas cualidades que le pertenecen;
mientras exista la religión el ser humano se encontrará alienado, fuera de sí y, por tanto, irrealizado.
El concepto de alienación varía, pues, de de Hegel a Feuerbach. En Hegel es la Idea la que se aliena, la que se exterioriza en la naturaleza y vive fuera de sí; en Feuerbach, por el contrario, las que están alienadas son las personas que se dedican a adorar a un ser ilusorio en lugar de luchar por realizar esas cualidades que le pertenecen en cuanto seres humanos.
Marx piensa que la crítica que Feuerbach realiza de Hegel, y la crítica a la religión, no son suficientes para comprender y transformar la realidad. Para Marx, también es el hombre el que se encuentra alienado pero la supresión de la religión, que propone Feuerbach, no es capaz de liberar al hombre de la alienación. Marx dice que Feuerbach no tienen en cuenta que el ser humano se realiza mediante el trabajo, mediante la actividad que consiste en la transformación de la naturaleza; pero el trabajo, que debería servir para realizar a la persona, dentro del modo de producción capitalista se convierte en una actividad que le embrutece y le aliena. Por tanto, es la organización económica la que produce la alienación del hombre y la alienación religiosa es sólo una consecuencia de la alienación económica. Marx piensa que eliminando la alienación económica se eliminaría también la alienación religiosa y todo tipo de alienación (religiosa, social, en el trabajo, etc.). Para Marx la religión es “el opio del pueblo”: preocuparse por lo sobrenatural le resta capacidad para ocuparse del único ámbito en donde es posible el perfeccionamiento, el mundo finito y real.
El materialismo de Marx y Engels (amigo y colaborador de Marx), no se parece al
materialismo atomista de Demócrito y Epicuro ni al materialismo mecanicista de la época moderna (que comparaba el movimiento del universo con el movimiento mecánico de un reloj). El
materialismo de Marx y Engels es histórico y dialéctico, se basa en el análisis histórico y social del desarrollo dialéctico de la humanidad, intentando hacer una ciencia de la historia. Para Marx, además de material la realidad es dialéctica, es decir, está en permanente cambio o devenir, y evoluciona por contradicciones, es decir, tanto en la naturaleza como en el mundo humano se da el conflicto y el enfrentamiento (afirmación, negación y negación de la negación o síntesis); esta idea, en términos de teoría política implica comprender que las distintas construcciones sociales son consecuencia del conflicto entre clases sociales antagónicas. Además, existe una racionalidad en los cambios, es decir, los movimientos siguen una ley, hay un orden racional en el desenvolvimiento de la realidad. E incluye una interpretación no fragmentaria de la realidad: las cosas son lo que son en la medida en que forman parte de todos más amplios; cada objeto real es un caso particular o momento del todo. Por eso el individuo se comprende a partir de sus relaciones sociales y como un producto social: “no es la conciencia lo que determina la vida, sino que es la vida lo que determina la conciencia”.
Entonces, la materia, la realidad, es dialéctica, es decir, es movimiento, cambio,
contradicción y superación de la contradicción. La dialéctica es la ciencia de las leyes generales del movimiento y de la evolución de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Marx distingue los siguientes modos de producción en la historia: comunismo primitivo (o sociedad tribal), sociedad asiática (sin propiedad privada), esclavista, feudal y capitalista.
Para Marx, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y de la sucesión dialéctica de los modos de producción. El movimiento obrero es la expresión más radical de la lucha de clases que tiende, mediante la revolución socialista y la dictadura del proletariado, a la abolición de las clases sociales y a la instauración de la sociedad comunista.
Marx critica la filosofía idealista anterior, sobre todo la de Hegel, al liberalismo político y económico defendido entre otros por Adam Smith y David Ricardo, y también al socialismo de Sain Simon, Charles Fourier y Robert Owen, a los que considera socialistas utópicos, carentes de validez científica e ingenuos. Marx cree que la filosofía, el derecho y la cultura de la época en general son la expresión ideológica de ocultación y falseamiento de los verdaderos intereses de la clase
dominante y constituyen la legitimación y justificación de un orden económico, político y social
injusto.
En esta línea, retrocediendo al siglo XVIII, si comparamos la filosofía política de Marx con la de Kant, encontramos que Kant defendía el Estado republicano, con división de poderes y representación de los ciudadanos, como el único que garantizaba los derechos innatos de libertad, igualdad y ciudadanía. Sin embargo, vincula la ciudadanía (la participación mediante el voto) a la independencia económica, a la propiedad y al sexo masculino (en su modelo político no votan las mujeres ni los pobres ni los asalariados). Parece que partiendo de los principios de libertad e igualdad como derechos innatos, Kant debería haber reconocido la ciudadanía (el sufragio
universal) a todo ser racional, pero Kant abandona el camino de la lógica para seguir los prejuicios de la sociedad en la que vive en vez de cuestionar la realidad socioeconómica de la época, y acaba por justificar racionalmente relaciones sociales propias del sistema capitalista (que son las que Marx critica).
Marx considera que la organización obrera y la revolución del proletariado adelantarán la consecuencia inevitable de la evolución de la historia, la sociedad sin clases; en cambio, Kant prefiere la injusticia al desorden y afirma que cuando el pueblo entra en el estado civil, cede el poder al soberano y renuncia a resistirle. Kant cree que el pueblo no tiene derecho a resistirse ni siquiera a un soberano ilegítimo (un tirano) que dictara leyes injustas pues la revolución, al provocar la ruina del derecho y del Estado, equivale a la vuelta al estado de naturaleza y a la anarquía, lo cual para Kant es peor que padecer una constitución civil injusta. Así, Kant establece límites claros a la libertad.
Además, Kant restringe el derecho de igualdad al ámbito jurídico (igualdad ante las leyes) de modo que la igualdad ante la ley, en su teoría, es compatible con las mayores desigualdades de riqueza y poder. Kant parece no ver que las desigualdades económicas pueden provocar el
sometimiento de unas personas por otras, quedando lesionados sus derechos de libertad y dignidad.
En este sentido, Marx denuncia cómo dentro del modo de producción capitalista el proletariado se convierte en una mercancía más. Marx considera que en la sociedad capitalista tanto la burguesía como el proletariado están alienados o deshumanizados: la burguesía por ser explotadora y el proletariado por malvivir explotado.
En el terreno de la ética, Kant reconoce que no puede demostrarse la libertad, la inmortalidad ni Dios, sin embargo, concede a estas ideas trascendentales una función como
fundamento de la moral. En cambio, para Marx, todo es materia (no existe el alma) y la religión es un instrumento más de manipulación por parte de la clase dominante, que tiene poder para extender las ideas y creencias que le convienen para mantener la dominación. La libertad se conquista, para empezar, realizando la crítica a la ideología como “falsa conciencia”.
Kant nos ofrece el imperativo categórico (en una de sus formulaciones:“Actúa tomando a los demás siempre como fines, nunca solamente como medios”), pero es Marx quien más claramente denuncia la utilización del ser humano convertido en mero medio para los fines de otros.
Finalmente, para Marx, Kant es un ejemplo más de que “los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos pero de lo que se trata es de transformarlo.” Con la llegada de la sociedad sin clases empezará, piensa él, la verdadera historia humana en la que todos
trabajarán, aportando a la sociedad según sus capacidades, y recibirán de la sociedad según sus necesidades.
La pregunta que Marx dejó en el aire fue cuándo acabaría el capitalismo, y es en este punto donde Rosa Luxemburgo (1871-1919), economista, revolucionaria y continuadora del marxismo, empieza su andadura intelectual, intentando resolver ese interrogante. Ha sido estudiada por los historiadores del socialismo y por los antimilitaristas (se opuso a la Primera Guerra Mundial) y fue emblema de los movimientos de los años 60 y 70. Sus ideas fueron repudiadas especialmente por el comunismo y el bolcheviquismo, un sistema planificador al que criticó. En su libro principal La acumulación de capital. Contribución a la explicación del imperialismo (1913) explora temas fundamentales de la economía como el incentivo a la inversión y crea una teoría del desarrollo dinámico del capitalismo, anticipando los modelos de crecimiento del siglo XX.
Rosa Luxemburgo nació en Zamosc, una pequeña ciudad polaca cerca de la frontera rusa y a
los dos años su familia se trasladó a Varsovia. Tras su llegada cayó enferma y lo que los médicos diagnosticaron como una tuberculosis resultó ser una inflamación de cadera que no fue tratada correctamente. Como resultado, la articulación no se encajó bien y Rosa anduvo con una pequeña cojera el resto de su vida. Echó la culpa a sus padres por no haber pedido una segunda opinión y creyó que su cojera había facilitado a la policía su identificación en esa continua huida en la que se convirtió su vida.
En su primer periodo de estudios leyó a Marx y Engels y se involucró activamente en la política. Temiendo ser arrestada, continuó su preparación en Zurich (Suiza) donde los estudiantes discutían las ideas socialistas y las tácticas mejores para traer la revolución final. Allí conoció a Leo Jogiches, un organizador político que le enseñó la práctica revolucionaria. Cuando se doctoró en Filosofía y Derecho por la Universidad de Zurich se trasladó a Berlín, centro del movimiento socialista, donde se convirtió en líder del ala izquierdista de los socialistas germanos. Después de la Revolución Rusa de 1905, se trasladó a Polonia donde fue detenida por haber tomado parte en la insurrección contra el gobierno zarista.
Allí se le plantean los temas que serían más característicos de su pensamiento, como son el espontaneismo de la clase obrera y el de la organización obrera, puntos en los que se enfrentó a Lenin. Para Rosa Luxemburgo, la espontaneidad es la forma revolucionaria de oponerse a la
burocracia sindical, a los líderes de los sindicatos que, para ella, eran conservadores y, además, sólo se preocupaban por los obreros organizados y no por el lumpen proletariado. Ella piensa que la acción revolucionaria debe pasar por un auténtico movimiento de masas y no por el estrecho marco del aparato del Partido socialdemócrata y de los sindicatos. Las huelgas deberían tener como primer objetivo el derrocamiento del estado burgués, por lo que el problema de la organización obrera no debería ser asunto de la jefatura sindical. Para Rosa, el papel de los sindicatos no es organizar a los trabajadores sino hacer surgir en ellos la conciencia revolucionaria. Rosa se separa tanto de los mencheviques como de los bolcheviques (Lenin) ante la “cuestión organizativa” y considera que los líderes sindicales y los intelectuales solo deben ser las “partes que hablan”. Rosa no estuvo de acuerdo con la forma en que se produjo la revolución rusa de 1905 pero celebró la de 1917. Sin embargo, cuando esta surgió se quejó de las tendencias oligárquicas de la dirección del partido, pues ella consideraba que la revolución debía resolverse “desde abajo”.
En la visión de Marx, el capitalismo, como los sistemas económicos previos, contiene la semilla de su propia destrucción. La competencia frenética y la caída de los beneficios causarán repetidas crisis que expulsarán a las pequeñas empresas del mercado y a los trabajadores del trabajo.
Una crisis final llevará a la revolución y, tras ella, llegará el socialismo.
La respuesta a Marx de Luxemburgo fue que el capitalismo puede sobrevivir gracias a que invade las economías primitivas, a través del imperialismo. Con el comercio, los países capitalistas exportan sus crisis económicas y los países no capitalistas proporcionan mercados para el excedente de bienes producidos por los países desarrollados, mientras la propia producción de los
subdesarrollados es desplazada. Esto incrementa los beneficios y proporciona empleo en casa, dado que la explotación se exporta al resto del mundo. Así que, contra Marx, no parece que el capitalismo se desplome por un decrecimiento de la tasa de ganancia. Además, piensa Luxemburgo, la búsqueda de mercados rentables llevaría a conflictos entre los países capitalistas. La guerra es especialmente rentable si se produce entre las potencias coloniales porque incrementa los beneficios y absorbe mucha producción, lo que elimina el excedente de bienes de los países capitalistas, pero no destruye su capital acumulado.
Sin embargo, afirma Luxemburgo, el aplazamiento de las crisis económicas no durará siempre. A no ser que los mercados y guerras rentables se expandan indefinidamente, volverá la sobreproducción global. Aunque la tendencia del capitalismo es a hacerse universal, lleva en sí el germen de la destrucción por sus contradicciones internas, como decía Marx. De este modo, Rosa Luxemburgo simplemente ha introducido una etapa más, la imperialista, en la necesaria llegada del socialismo marxista.
Pero fue su actividad política, no sus escritos económicos, lo que llevó a la cárcel a Rosa Luxemburgo. Ella creyó que se podría haber evitado la Primera Guerra Mundial si los trabajadores
se hubieran negado en masa a luchar por el imperialismo con una huelga general. La encarcelaron en 1914 acusada de arengar a los soldados al amotinamiento, pidiéndoles que no lucharan contra sus
“hermanos proletarios”. En prisión siguió escribiendo y consiguió que sus escritos se sacaran al exterior (con el seudónimo de Junius).
Una muerte brutal.-
Cuando comienza la Revolución Alemana en 1918 y cae el Kaiser (el último emperador alemán) Rosa es liberada, funda el Partido comunista alemán y vuelve a sus actividades
revolucionarias. Funda con Jogiches y Liebknecht, la liga espartaquista, negándose a colaborar con el gobierno socialdemócrata. Muchos revolucionarios estaban siendo arrestados por la policía, que apoyaba el viejo régimen y Rosa lo sabía. En 1919, escondida en el apartamento de un amigo, fue arrestada por un grupo paramilitar local a las órdenes del ministro de defensa del partido
socialdemócrata, es asesinada antes de llegar a la prisión civil y su cadáver tirado al canal, donde fue descubierto meses después.