Seis cuentos indecorosos y dos historias verdaderas [por] Leticia M. Hernández Martín del Campo

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Nació en Monterrey, N.L. en

1955, estudió la Licenciatura

en Letras Españolas en la

Universidad Autónoma de

Nuevo León. Realizó estudios

de Maestría en Letras en la

Escuela de Posgrado de

Filosofía y Letras de la misma

Universidad. Maestra de

tiempo completo de la

Preparatoria núm. 16.

Ha publicado cuentos,

artículos periodísticos y

ensayos en diferentes revistas

y periódicos de la localidad.

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-Seis cuentos indecorosos y

dos historias verdaderas

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S 9

C. 2,

3CJVS-0

U n i v e r s i d a d A u t ó n o m a d e N u e v o L e ó n

Dr. Luis J. G a l á n Wong RKCTOK

Ing. José A m o n i o G o n z á l e z T r e v i ñ o S U RKUKL» GKNKKAI.

Dra. M a r í a Elizabeth C á r d e n a s C e r d a SKCKKTAKIA ALADKMK A

M . C . J o s é H e r n á n d e z C e r v a n t e s

DlKKCTOR l)K l.A PRKI'ARATORIA Nt'iM. 16

Lie E r n e s t o Castillo Ramírez DinWIÓN C'i i.RIIRAI

M . A . R i c a r d o Martínez C a n t ú Lic. Celia Nora Salazar G a r z a

ClIKKKt'CION l)K EsTII.O

IDeA C o m u n i c a c i ó n & D i s e ñ o " DINKND

G i l b e r t o Hernández Martin del C a m p o ll-l'Ni RA<_*lt>NH>

Raúl C h á v e z FOTOCR \HAN DK II.USTRACIONI*

Ing. Arturo Esparza IMI'RKNTA I'NINKRMTARIV

F O N D O UNIVERSITARIO

>reparatoria 1 1 «

u a n í

ÍNDICE

P R E S E N T A C I Ó N 7

LA R E C E T A 9

L O T E R Í A D E S E Ñ O R A S 15 LA S E Ñ O R I T A R O C Í O 25

JUNTA F A M I L I A R 33

N É S T O R P A R E D E S 39 EN L O P R Ó S P E R O Y EN L O A D V E R S O 49

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P R E S E N T A C I Ó N

C u a n d o r e f l e x i o n a m o s en el c o m p r o m i s o d e las instituciones educativas con la sociedad contemporánea, cobran especial relevancia aquellas acciones que nos lleven a formar un ser h u m a n o integral, con las habilidades y actitudes que el m u n d o globalizado reclama.

Por ello, la U A N L -y con ella la Preparatoria N ú m . 16-concreta sus actividades educativas en un contexto que vincula docencia, investigación y difusión de la cultura c o m o f u n c i o n e s sustantivas.

En este sentido, el trabajo editorial se constituye en ejercicio privilegiado que permite dar a conocer a la c o m u n i d a d la palabra del maestro y del estudiante: palabra que sueña, que narra, que hace crítica social.

En este libro t o m a la voz la maestra Leticia Hernández-, y su palabra habla de sentimientos y de vida; habla de aquellos valores humanos q u e d e b e m o s cultivar en una sociedad c a d a vez más desprovista de una auténtica preocupación por el hombre y lo que le rodea. En este libro, Leticia Hernández, nos recuerda el estricto sentido de narrar: recuperar a través de la palabra la esencia de la vida humana.

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S

ON LAS T R E S DE LA T A R D E . Esperabas j u s t o esa hora para salir

y así no toparte con nadie en la calle. Casi todos d u e r m e n , sobre todo hoy que es sábado y la temperatura alcanza ya los treinta y ocho grados centígrados.

Antes de salir, doblas dos veces un trozo de papel y lo guardas entre el pecho y tu ropa interior. C u i d a d o s a m e n t e cierras la puerta del jardín y cruzas la calle de prisa. C a m i n a s dos cuadras para llegar a un pequeño centro comercial donde está lo que buscas. Sólo diez minutos y ya vienes de regreso. Habías m e m o r i z a d o muy bien el nombre.

Caminas con el repetido deseo de no encontrarte con nadie, y es que eres tan sociable que cualquiera te conoce por allí. Hacía buen tiempo que no caminabas tan rápido y te sientes cansada. Sudas "a chorros" y no sabes hasta qué punto ese sudor es producto del calor o del nerviosismo. Tu cuerpo no ha logrado recuperar su silueta normal, pero es que apenas cumplirás dos m e s e s que estu-viste de parto: tu tercer hijo.

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por la ventana de la cocina y todo parece tranquilo. Tu m a n d a d o no te ha t o m a d o más de quince minutos.

Entras c o m o si nada y tu marido todavía d u e r m e en el sofá de la sala; la niña m a y o r mira en la televisión un p r o g r a m a infantil y el bebé sigue durmiendo en la cuna, tranquilo con su chupón. Tu otro p e q u e ñ o seguramente sigue con el niño de los vecinos.

Respiras p r o f u n d a m e n t e y te animas porque piensas que todo será fácil y rápido. Entras al baño y cierras la puerta con llave; sacas del m o n e d e r o una pequeña bolsa de celofán que pro-tege un comprimido, lo desprendes y lo dejas sobre la base del lavabo. Te quitas la pantaleta y subes la pierna d e r e c h a hasta apoyarla en el asiento del inodoro; atrapas la pastilla entre el índice y el medio y m u y despacio la introduces por el conducto vaginal. Sientes que no hubo necesidad de penetrar m u c h o porque tienes la i m p r e s i ó n de que algo c o m o u n a a s p i r a d o r a la ha a b s o r b i d o vorazmente. - ¡ Y a está! - h a s dicho en voz alta. Te arreglas la ropa y lavas tus manos. A p o y a d a en la puerta esperas a que te suceda algo, p e r o . . . nada sucede.

Si esto no resulta, ignoras qué podrás hacer. Esperas un tiempo razonable, pero, ¿ c ó m o ? ¿estás llorando? Te limpias los ojos con rabia y observas el reflejo de tu cara en el espejo. Entre lo m u c h o que has llorado los últimos días y lo poco q u e d u e r m e s por las noches, estás hecha un desastre.

¿Cuánto tiempo llevas allí, encerrada? ¿Diez, quince, veinte minutos? N o lo sabes, pero lo suficiente para darte cuenta de que no resultó.

Sales y afuera todo sigue igual. ¿A quién le importa lo que te p a s a ? Si tu m a r i d o ni s i q u i e r a ha n o t a d o c a m b i o s en tu comportamiento, ¿qué puedes esperar? El j a m á s ha entendido nada

acerca de la psicología f e m e n i n a , las depresiones postparto, las angustias por el retraso del periodo menstrual. Para la mayoría de los hombres estas cosas son tan difíciles c o m o aprender el chino.

Te sobrepones y decides preparar cinco onzas de leche porque en cualquier m o m e n t o tu chiquito la exigirá. A d e m á s debes continuar con tu rutina: desde hace rato la carga de ropa terminó su ciclo de lavado y debes extenderla en el tendedero. Levantas la cesta con la ropa y ese solo e s f u e r z o activa algo por dentro; un líquido e s p e s o m o j a tus piernas. A v i e n t a s la cesta y v e s q u e rápidamente se f o r m a un charco ante tus ojos.

La sorpresa no te permite ni gritar; corres hacia adentro directamente al baño; alcanzas u n a toalla y sentada en el suelo esperas que la hemorragia se detenga, pero algo se r e m u e v e p o r dentro c o m o un hervor. D e pronto todo está oscuro a tu alrededor.

U n b e b é llora, u n a n i ñ a grita, u n h o m b r e se d e s p i e r t a asustado y luego, sábanas, sangre, toallas, sangre, llantos, m u j e r e s , desesperación y sangre.

N o puedes ver, no puedes hablar; sólo oyes, oyes m u c h a s voces; alguien dice que te vacías; alguien, que estás fría; alguien grita que cuidará a los niños. Q u e alguien le dé la leche a tu niño, por eso llora; ya le toca. Pero no te salen las palabras, ni una sola.

Las sirenas de las ambulancias siempre te dieron m u c h o miedo y te persignabas al oírlas. A h o r a te conducen en u n a de ellas a gran velocidad y te m u e v e n , te inyectan, te hablan y te vas, te vas lentamente. Sí, era cierto lo del túnel.

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La n o c h e anterior, mientras tu m a r i d o dormía, hubieses querido golpearlo. ¡Si pudieras verlo ahora! Deshecho en llanto, derrotado. N o se p a r e c e n a d a al m a c h o q u e te pendejeaba.

C u a n d o se enteren tus amigas n o podrán creerlo; llorarán m u c h o , p e r o u n a m á s que todas. Sí, la q u e te dio la "receta", esa receta q u e te encontró el médico de urgencias en el brasier. Ese papelito doblado q u e ahora está mostrando a ese pobre viudo, al q u e p a l m e a en el h o m b r o . . .

P e r o no te preocupes, el pobre se portará c o m o todo un hombre. N u n c a dirá que lo que hiciste f u e una p e n d e j a d a , porque según el d i c t a m e n médico, tú ni siquiera estabas e m b a r a z a d a .

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La n o c h e anterior, mientras tu m a r i d o dormía, hubieses querido golpearlo. ¡Si pudieras verlo ahora! Deshecho en llanto, derrotado. N o se p a r e c e n a d a al m a c h o q u e te pendejeaba.

C u a n d o se enteren tus amigas n o podrán creerlo; llorarán m u c h o , p e r o u n a m á s que todas. Sí, la q u e te dio la "receta", esa receta q u e te encontró el médico de urgencias en el brasier. Ese papelito doblado q u e ahora está mostrando a ese pobre viudo, al q u e p a l m e a en el h o m b r o . . .

P e r o no te preocupes, el pobre se portará c o m o todo un hombre. N u n c a dirá que lo que hiciste f u e una p e n d e j a d a , porque según el d i c t a m e n médico, tú ni siquiera estabas e m b a r a z a d a .

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G

o z ó D E L P R I V I L E G I O de pertenecer al grupo de los Galanes.

Su inclusión en el famoso grupito se debió en gran parte a su aspecto atlético, que le mereció desde la inscripción en la facultad de medicina, ser seleccionado para el equipo Víboras de fútbol americano. Los Galanes eran, por supuesto, tipos muy bien parecidos que, además, c o m o suele suceder, tenían otras cosas en c o m ú n : p a p á c o n d i n e r o , c a r r o p r o p i o y u n a g e n e r o s a mensualidad. La-autoestima bien puesta y la seguridad que sentían sobre sí m i s m o s eran c o m o un lujo agregado.

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sentía ofendido; simplemente aceptaba su condición de desventaja. No obstante, su inseguridad disimulada parecía ir prendida de los hilvanes que apenas podían sostener el último centímetro de bastilla de sus pantalones viejos y relavados.

Su única novia, después de dos años de tratarse, le salió con la ocurrencia de que había sentido "un fuerte llamado a la vocación religiosa"; así que de pronto su rival ya no fue el dinero, sino el propio Jesucristo. C o n el tiempo sólo quedaron m u c h o s suspiros y varios cientos de kilómetros de distancia entre él y su monjita quien, con los indígenas chamulas y en la selva de Chiapas, se encontraba c o m o pez en el agua.

Un j u e v e s por la tarde, a la salida de las prácticas de anatomía, Alejandro Meraz, el hijo m a y o r del non plus ultra de cardiología en N u e v o León, lo invitó a pasar el fin de semana en la finca familiar. Además de no aceptar ningún pretexto que significara un rechazo, a Luis le extrañó que Alejandro le recomendara vestirse con lo mejorcito que tuviera. El punto de reunión sería la esquina de Salvatierra con Calzada a las 4:00 de la tarde.

C o n su r o p a d o m i n g u e r a y p e r f e c t a m e n t e r a s u r a d o e impecable, Luis oyó en el lugar convenido los bocinazos y el freno del M u s t a n g negro; distinguió tres cabezas conocidas que, al verlo tan bien arreglado y de puro relajo, le silbaron c o m o a las señoritas. El automóvil se dirigió rumbo al Obispado y en una calle empinada paró a recoger a otro de los amigos. En unos minutos tomaron Constitución para continuar hasta la colonia Del Valle. Después de atravesar varias calles con nombres de ríos por el lado poniente de la colonia, estacionaron el auto deportivo frente a una residencia e s t i l o c a l i f o r n i a n o . L u i s p e n s ó q u e r e c o g e r í a n a a l g ú n otro c o m p a ñ e r o , pero Alejandro les pidió que lo siguieran a pie una cuadra, m á s adelante. C u a n d o le preguntaron por qué dejaba el carro allí, él sólo les contestó: - Y a v e r á n . . . ya v e r á n . . .

Llegaron hasta una casa q u e parecía m u y g r a n d e y se introdujeron por la puerta de servicio que los condujo directamente a una amplia y bien equipada cocina. Alejandro se a s o m ó por la ventanilla de la puerta que daba al comedor, d o n d e un grupo de señoras f u m a b a n y j u g a b a n a la lotería. Una señora de cabello color violín se volteó hacia él al oír unos toques y le guiñó un ojo. Al entrar a la cocina, la m u j e r observó complacida al grupo de jóvenes que aún no cumplían siquiera los veintidós años. Ni un pero podía ponerle a ninguno: cara, complexión y personalidad: hasta parecían sacados de una revista: - ¡ L o t e r í a , m u c h a c h a s ! - l e s gritó a las demás. Dio indicaciones a Alejandro al oído y se f u e al comedor a aplacar los ánimos de sus amigas que empezaron a provocar un alboroto no muy conveniente. Por su parte el líder de los jóvenes les hizo una seña y los sacó hacia la calle.

- O y e . Meraz, ¿qué esa señora no es tu tía? - f u e lo primero que preguntó Raúl, el güero al que todos apodaban Redford.

- S í . pero cállate la bocota - l e contestó nervioso.

- M í n i m o explícanos este reverendo desmadre, ¿no crees? - i n t e r r o g ó el Rabino, un m u c h a c h o de ascendencia judía, bastante atractivo.

- N o se me raje ninguno. A estas señoras les v a m o s a hacer un "favorcito" y ellas nos lo van a pagar muy bien. Este dinero te va caer de perlas - p o r el retrovisor se dirigió hacia la parte trasera del c a r r o - , ¿verdad Luis?

El muchacho, sorprendido, no acertó a contestar.

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- N o seas bruto, ninguna llega a los cuarenta y cinco, y además la experiencia de estas rucas, c o m o tú dices, no se cambia ni por dos rubias de veinte años.

T r e i n t a y c i n c o m i n u t o s de t r a y e c t o p o r la C a r r e t e r a Nacional, con tramos de cien a ciento veinte kilómetros o más por hora. El M u s t a n g se m a n t u v o a prudente distancia de la camioneta Country Sedan hasta el retorno, que los llevó a un c a m i n o de terraceria donde m u y pronto se dejaron ver varias casas de campo. Una barda blanca con un portón negro era el destino final

Una de las señoras se b a j ó de la camioneta para abrir el candado. Aparentemente la quinta estaba desierta. Cinco mujeres y cinco muchachos. La tía de Alejandro chocó fuertemente las palmas de las manos y con ese gesto dio inicio a un j u e g u i t o en el que no cabía ninguna duda quiénes llevarían la iniciativa.

Una m u j e r bajita, de pelo recogido, rápidamente atrapó al R e d f o r d y le dijo: - T ú te vienes conmigo. Las d e m á s soltaron la carcajada por el doble sentido y buscaron miradas entre los jóvenes para seleccionar su pareja. Luis inconscientemente dio unos pasos hacia atrás c o m o para ocultarse, pero cuando reaccionó, vio que la m u j e r que estaba frente a él n a d a m e n o s que la tía de A l e j a n d r ó -se aferraba a su h o m b r o y le decía: - D e s d e que te v j en la cocina, me subyugaste.

- P e r o , ¿qué te pasa? Pareces un conejito asustado. Lo único que vamos a hacer es divertirnos. ¿A poco no quieres?

El m u c h a c h o iba a contestar cuando se dio cuenta de que se habían q u e d a d o solos.

- Y a ves, por ser tan tímido ya nos ganaron. ¡Ni modo! No hay más lugar en la casa, así que nos vamos al carro. ¡Ven, vamos! Muy romántico, ¿no crees?

Hasta ese m o m e n t o Luis no había podido articular palabra. Se dejó llevar de la m a n o hacia el Mustang y la m u j e r lo recargó en la puerta delantera. Burlonamente le pellizcó la mejilla: - ¿ N o me digas que me tocó un mudito?

Por fin, Luis contestó un no, que más parecía un si.

- N o te preocupes cariño, si quieres primero r o m p e m o s el hielo. ¿ C ó m o te llamas?

- L u i s Alfonso.

- M u y bien, Luisito, y ¿tienes novia?

- Y a no.

- ¿ Q u é pasó? ¿Por qué terminaron?

- P o r q u e se fue de religiosa.

- ¿ D e qué?

- D e m o n j a .

- ¡ N o me digas! ¿Y por qué le gustó eso?

- S i e m p r e le atrajo todo lo de las misiones y esas cosas de la Iglesia.

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- ¿ Y no me digas que por eso estás asi de serio y calladito? - l a m u j e r e m p e z ó a juguetear con la camisa del m u c h a c h o con la intención de sacarla del ajustado cinturón.

- P e r o , cuéntame, ¿ c ó m o se despidieron? - i n s i s t i ó ella.

- P u e s nada más nos dijimos adiós - c o n t e s t ó el m u c h a c h o que se sentía cada vez más incómodo.

- ¿ A s i n o m á s ?

- S i .

- ¿ A poco eres muy respetuoso? - l e preguntó la m u j e r en tono burlón.

- P u e s más o menos.

Luis se puso tenso al ver que la señora acariciaba los vellos de su pecho. Sentía su cara cada vez m á s cerca. En ese m o m e n t o lo único que se le ocurrió fue decirle que tenia sed.

- O y e , de veras, ¡qué desatenta! - r e a c c i o n ó la m u j e r - . Ni siquiera te he o f r e c i d o algo de beber. E s p é r a m e tantito. ahora vuelvo. Tenemos de todo, ¿prefieres una cerveza?

- L u i s asintió con la cabeza.

* # *

EL. C O N S U L T O R I O F O R M A B A P A R T E de un m o d e r n o y funcional centro

médico situado al lado de un prestigioso hospital. La puerta se abrió. La placa dorada con letras clásicas decía: Dr. Luis Alfonso

González Martínez. Cirujano Pediatra. Dos mujeres entraron; una,

la más j o v e n , con un niño en brazos, se presentó a la secretaria y pocos minutos m á s tarde pasaron d i r e c t a m e n t e al privado del especialista.

El doctor las recibió amablemente y e m p e z ó a bromear con el chiquito de apenas unos meses de edad. Después de acostarlo boca arriba sobre una base acolchonada, se dispuso a examinar con cuidado su p e q u e ñ o vientre y después de v a n o s m o v i m i e n t o s observó satisfecho:

- ¡ P e r f e c t o ! La cicatrización va excelente. Muy pronto ni siquiera se notará.

- D o c t o r , tengo la impresión de haberlo visto en alguna parte - i n t e r r u m p i ó la m u j e r mayor, presentada minutos antes c o m o la abuela del bebé.

- E l doctor dirigió la vista hacia ella y f r u n c i ó el c e ñ o buscando reconocer a alguien.

- ¿ D ó n d e . . . dónde lo he v i s t o . . . ? - i n s i s t i ó la señora con una terquedad que luego tendría tiempo de calificar c o m o estúpida.

En unos segundos, el escrutinio visual del doctor trasladó su memoria a varios años atrás. Recordó la famosa huida que sirvió para demostrar por qué era considerado, en ese entonces, c o m o uno de los m e j o r e s corredores del equipo Víboras. Recordó las continuas burlas de sus amigos, las decenas de veces en que lo llamaron maricón, y lo difícil que le fue hacer olvidar a A l e j a n d r o el insulto de haber plantado a su tía en plena quinta.

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Su primera reacción f u e ponerse la m a n o sobre la boca como queriendo ahogar su expresión de sorpresa y, a la vez, de angustia.

Por su parte, el ahora a f a m a d o médico, c o m o si su lengua de pronto se hubiera convertido en un afilado bisturi. contestó:

- D i s c u l p e pero la verdad no recuerdo haberla visto antes. ¿ C ó m o puede creer que habría olvidado a una señora tan respetable y tan decente c o m o usted?

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Su primera reacción f u e ponerse la m a n o sobre la boca como queriendo ahogar su expresión de sorpresa y, a la vez, de angustia.

Por su parte, el ahora a f a m a d o médico, c o m o si su lengua de pronto se hubiera convertido en un afilado bisturi. contestó:

- D i s c u l p e pero la verdad no recuerdo haberla visto antes. ¿ C ó m o puede creer que habría olvidado a una señora tan respetable y tan decente c o m o usted?

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E

L M I S T E R I O C O N Q U E N O S R E U N I E R O N en el auditorio, nos hizo

pensar que algo malo había pasado. Los seis grupos de secundaria f u i m o s ordenándonos en fila en los asientos de un recinto que sólo se abría para reuniones masivas de padres de familia o ceremonias solemnes.

Después del bullicio provocado por la espera, los toques en el micrófono nos anunciaron que la directora iba a hacer uso de la palabra. Una vez terminado su acostumbrado discurso inicial, empezó a hablar de la "tremenda responsabilidad de un maestro" de "su ejemplar conducta" y demás cursilerías que se exaltan los quince de mayo; nos extrañó ese tema pues todavía faltaban muchas semanas para esa fecha y además su tono ñie haciéndose más severo. El nerviosismo de la directora era notorio porque sus frases eran interrumpidas por canaspeos o tos, hasta que con el volumen más bajo, declaró:

- P o r razones que no vale la pena mencionar ahora y en nombre de la mesa directiva de este instituto y de quienes lo representamos, les c o m u n i c o que la licenciada Rocío Valenzuela Montes ha renunciado a la titularidad de Historia y C i v i s m o y, por lo tanto, se retira de este colegio definitivamente.

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casi al m i s m o tiempo. Nos v e í a m o s unas a otras incrédulas y r e p e t í a m o s - ¡ N o ! ¡No! ¡No!

La señorita Rocío era, no una, sino la única alegría de ese c o l e g i o e m b a d u r n a d o de e s t a t u t o s , d i s c i p l i n a y c o n c e p t o s a s f i x i a n t e s . Q u i e n e s p r e s i d í a n aquella r e u n i ó n se esforzaban infructuosamente en calmar los ánimos de esa chiquillería rebelde y desconcertada que nos negábamos a aceptar la renuncia de una q u e r i d í s i m a m a e s t r a , q u e ni s i q u i e r a e s t a b a p r e s e n t e para explicarnos de frente el porqué de esa decisión.

Un encorbatado se puso de pie - s e g u r a m e n t e el padre de alguna a l u m n a - y con impaciencia y coraje golpeó el escritorio hasta que nos hizo callar.

- S o n demasiado jóvenes para entender muchas cosas -dijo el señor, con el clásico acento del adulto que no puede concebir inteligencia en alguien que tenga menos de quince a ñ o s - . En lugar de la licenciada Valenzuela - c o n t i n u ó - se pone a sus órdenes la maestra Sor María del Consuelo Martínez, aquí presente.

U n o s abucheos se dejaron oír, y los golpes en el escritorio s o n a r o n de n u e v o v i o l e n t a m e n t e . M u c h a s l l o r a r o n , o t r a s se enojaron y algunas, c o m o yo, nos q u e d a m o s desconcertadas.

* * *

Un auto compacto de color amarillo y mofle ruidoso, anunciaba la llegada de la señorita Rocío. D e c e n a s de m u c h a c h i t a s nos agolpábamos para abrirle la puerta, cargar sus libros, llevar su bolsa o sus lentes. Con una risa sonora y contagiosa nos recibía, nos palmeaba la espalda, nos revolvía el fleco: pero, sobre todo, nos iluminaba el día. ¿Qué tenia la señorita Rocío que nos fascinaba a casi todas ia> alumnas del Instituto Orientación? Ahora que lo recuerdo, no era ninguna belleza de concurso, pero su personalidad se imponía en el

salón de clases. Sabía ser dulce o dura cuando era pertinente; así como también cumplía sus promesas, ya fueran a favor o en contra. Era alérgica a las mentiras, su lenguaje sólo permitía "hablar con la verdad, aunque fuese, en ocasiones, doloroso". Una de sus mayores virtudes era saber escuchar; permanecía tan atenta, como si lo que decíamos fuera lo mas importante en el mundo y su reloj lo considerara tan sólo un adorno. Yo buscaba en balde tener algún conflicto para llamar su atención, pero a mis trece año todavía no sabía lo que era un problema que no fuese una operación matemática.

La señorita Rocío no era una maestra del montón. Nos enseñó a entender la Historia y a cuestionarnos sobre el proceder de nuestros héroes nacionales. A c o s t u m b r a b a llevar diferentes textos para confrontar o p i n i o n e s y así o b l i g a r n o s a llegar a c o n c l u s i o n e s personales. En una ocasión nos sorprendió al llevar a clase a un anciano de ochenta y cinco años, con grado de Mayor, que estuvo a punto de ser fusilado en el periodo de Carranza, para que nos relatase de viva voz su experiencia en la Revolución. En fin, su entusiasmo por la Historia, nos hizo apasionarnos por el estudio de esa disciplina de manera que la Decena Tragica. la muerte de Belisano Domínguez, el periodo de Calles o el asesinato de Obregón. túeron hechos que han quedado en nuestra memoria claramente definidos.

En aquellos años, a la escuela se asistía por la mañana y por la tarde. Entre los dos turnos había un lapso de tiempo j u s t o para comer y descansar un poco. La señorita Rocío vivía en un municipio alejado del nuestro y trasladarse al instituto le llevaba cuarenta minutos aproximadamente; en un principio - s e g ú n nos d i j o - comia en un pequeño restaurante porque le era imposible ir a su casa. Poco después, fueron tantas las invitaciones a comer por parte de algunos padres de familia que vivían en las cercanías del colegio, que nunca más tuvo que comer sola en un lugar público.

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invitada en casa de Graciela, una de mis mejores amigas, cuya familia gozaba frecuentemente de tenerla en su mesa. Daba gusto observar la naturalidad con que se conducía y cómo su sencillez cautivaba a sus anfitriones; ayudaba a poner la mesa, a servir los alimentos, a lavai los trastes y, además, siempre llevaba un postre sorpresa. Quienes la conocían comentaban: -¡Tiene un carisma especial!

Nadie es perfecto y, por supuesto, ella no era la excepción Sus defectos más graves eran tres: fumar un cigarrillo tras otro, toma: Coca Cola á todas horas y tener unos considerables kilos de más.

U n a de las ventajas de mi carácter introvertido era que me permitía ser m u y observadora y estar atenta a lo que sucedía a m a l r e d e d o r . La s e ñ o r i t a R o c í o n o era b i e n a c e p t a d a p o r sus c o m p a ñ e r a s de trabajo. Las maestras de matemáticas y ética k miraban recelosamente y a sus espaldas hacían comentarios ácidos bastante desagradables. Nunca he logrado percibir de forma tai clara la envidia en una persona, como en los rostros de esas mujeres

A medio año escolar, le quitaron la titularidad de nuestrt grupo. Esto f u e un golpe bajo, tanto para ella c o m o para nosotras El hecho fue tan arbitrario que quisimos o r g a n i z a m o s y oponerno: ante la dirección. La misma señorita Rocío nos obligó a desistí porque con nuestra actitud podía peligrar su empleo.

Poco tiempo después, al regresar de vacaciones por Seman: Santa, nos enteramos que esos días de "invitación a la reconciliaciói y al p e r d ó n " - s e g ú n nuestras tradiciones c a t ó l i c a s - habían servido para urdir un plan, donde la señorita Rocío recibiría el tiro de gracia

* * *

- ¿ L E S B I A N A ?

- ¿ E s que no puede ser? ¿Quién inventó algo así'.'

- ¡ I m a g í n a t e ! Alguna mente enferma.

- P e r o . . . ¿ C ó m o pudieron creer eso?

- P o r q u e lo atestiguaron tres alumnas y dos maestras.

- ^ Q u i é n e s son?

- L o mantienen en secreto, pero no sería difícil averiguarlo.

- P e r o nuestras hijas también pueden atestiguar lo contrario. ¿En qué se basan para acusarla de perversión?

- ¿ R e c u e r d a s que las niñas de tercero " A " hicieron una fi-esta sorpresa a Marilù, por sus quince años?

- S í , 6y qué?

- P u e s , según esto, una de las compañeras, Diana, llegó m u y arreglada con un vestido de tirantes que llevaba un saco tipo torero muy llamativo, y la señorita Rocío le pidió que modelara. Diana, haciéndose la payasa, tarareó la tonada tipica del strip tease y se quitó el saco coquetamente.

- ¿ Y luego q u é0

- Q u e de ahi le agregaron e hicieron un cuento muy largo y muy sucio.

- ¿ C ó m o es posible que una estupidez de adolescencia sea tomada c o m o el argumento de una difamación?

(22)

- P e r o , ¿por qué con algo tan mezquino?

- P o r q u e la envidia así es.

- Y . . . ¿ Q u é vamos a hacer?

La m a d r e de Graciela dijo m u y triste:

- N a d a , porque Rocío no quiere luchar. Ella me pidió que les agradeciera todo nuestro apoyo, pero no se siente capaz de enfrentar las consecuencias de una demanda. Está tan deprimida y tan asustada que sólo de pensar en la publicidad que se pudiera dar al asunto, quisiera morirse. Además, me dijo que siempre quedarían dudas; lo que hace temer que jamás volverá a pisar un salón de clases.

- ¿ Y entonces nos vamos a cruzar de brazos?

- P o r el m o m e n t o sí, porque nuestras hijas podrían ser objeto de represalias o, incluso, perder el año escolar.

Aquella conversación de nuestras m a m á s , que escuchamos tras la puerta, nos aclaró el misterio de esa mañana en el auditorio. E n t o n c e s , por p r i m e r a vez supe lo q u e era estar en un serio problema.

A u n q u e han pasado m u c h o s años de aquello, en mi memo-ria está m u y v i v o el r e c u e r d o de n u e s t r a q u e r i d a m a e s t r a despidiéndose con los ojos enrojecidos. C u a n d o nos llegó el turno, mi madre le aseguró que tarde o temprano la verdad saldría a la luz. La señorita Rocío le contestó algo que nunca olvidaré:

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- P e r o , ¿por qué con algo tan mezquino?

- P o r q u e la envidia así es.

- Y . . . ¿ Q u é vamos a hacer?

La m a d r e de Graciela dijo m u y triste:

- N a d a , porque Rocío no quiere luchar. Ella me pidió que les agradeciera todo nuestro apoyo, pero no se siente capaz de enfrentar las consecuencias de una demanda. Está tan deprimida y tan asustada que sólo de pensar en la publicidad que se pudiera dar al asunto, quisiera morirse. Además, me dijo que siempre quedarían dudas; lo que hace temer que jamás volverá a pisar un salón de clases.

- ¿ Y entonces nos vamos a cruzar de brazos?

- P o r el m o m e n t o sí, porque nuestras hijas podrían ser objeto de represalias o, incluso, perder el año escolar.

Aquella conversación de nuestras mamás, que escuchamos tras la puerta, nos aclaró el misterio de esa mañana en el auditorio. E n t o n c e s , por p r i m e r a vez supe lo q u e era estar en un serio problema.

A u n q u e han pasado m u c h o s años de aquello, en mi memo-ria está m u y v i v o el r e c u e r d o de n u e s t r a q u e r i d a m a e s t r a despidiéndose con los ojos enrojecidos. C u a n d o nos llegó el turno, mi madre le aseguró que tarde o temprano la verdad saldría a la luz. La señorita Rocío le contestó algo que nunca olvidaré:

(24)

S

A L I Ó D E L TAXI y le pidió al conductor que esperara unos

minutos. Se encaminó a la entrada de una casa de fachada s e m e j a n t e a todas las de ese m o d e r n o fraccionamiento. Abrió la puerta una m u j e r de unos cuarenta años, su hermana.

- T e traje 'a m a m á , - s e lo dijo así, sin siquiera saludarla.

- N o me puedes hacer esto, Rebeca - l e contestó alterada la mujer.

- ¿ Y q u é quieres que haga? Los albañiles e m p e z a r o n a tumbar ya los muros. No puedo tenerla un día más. ¡Ah!. y con la novedad de que ya no m e reconoce.

- R e b e c a , tú s a b e s q u e m a ñ a n a t e n g o la r e u n i ó n de ingenieros civiles aquí en la casa. En peor m o m e n t o no pudiste traerla. De verdad no puedo cuidarla.

- T e entiendo perfectamente, Amalia; pero tú ponte también en mi situación...

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-¿Qué hago con la viejita que está en el carro? Yo tengo que seguirle y . . .

Amalia muy molesta se dirigió al taxi, abrió la puerta trasera y con un ¡muévase m a m á ! la sacó del automóvil. U n m a p a de orines quedó grabado en el asiento.

- ¡ Q u é torpe Rebeca! - l e dijo furiosa su h e r m a n a - Te he dicho que ya no la saques sin pañal. Ahora tendremos que pagarle al h o m b r e lo de la lavada del asiento.

Después de los arreglos necesarios, el conductor aceptó el dinero y sin poderlo evitar miró de reojo a la anciana. Aunque tenía poco c o m o taxista, ya se estaba acostumbrando a las sorpresas que le daban los pasajeros. Esta vez tomó el incidente con más calma. Se resignó a decir para sus adentros: - ¡ P o b r e vieja!

- ¡ M A M A ! , abuelita n o quiere comer.

- ¡ A m a l i a ! , dale un baño a la suegra para que se reanime.

- ¡ S e ñ o r a ! , su m a m á se está haciendo la dormida porque no quiere que la cambie.

- ¡ A y , m a m á , no me pidas que haga eso! Tú sabes que no sirvo para esas cosas.

A los quince días Amalia estuvo a punto de llamarle a Margarita, la hermana mayor, para decirle que ya no podía con el paquetón. M u c h o s cuidados, muchas molestias, m u c h o s pleitos. Pero se detuvo. Desesperarse con apenas dos semanas, c u a n d o en otros tiempos ella misma le suplicaba a su madre que se quedara una larga temporada. Pero el mal de Alzheimer avanzaba cada vez

más rápido y los problemas también. Definitivamente había que poner los puntos sobre las íes en una junta familiar.

* * *

ESTABAN M A R G A R I T A Y R E B E C A con sus respectivos esposos; Roberto,

el hermano divorciado; Raúl y la cuñada Olga y, por supuesto, Amalia y Fernando, los anfitriones.

Primero acordaron que cada quince días se turnarían para hacerse cargo de doña Rosita. Después resultó que dos s e m a n a s eran muy poco tiempo para el trastorno que implicaba cambiarla de casa y, c o m o un mes parecía demasiado, consideraron m e j o r hacerlo cada tres semanas.

Las chispas empezaron a saltar cuando Rebeca pidió que la dejaran para el final y Olga: - ¿ P o r qué? Mejor un sorteo y como te tocó, te tocó. En vista de que la reunión se volvía un dime y direte, Amalia propuso lo que había venido reflexionando desde tiempo atrás: pagar entre todos la costosa pensión de una casa de reposo, en vista de que nadie podía hacerse cargo de mamá Rosita. Ninguno secundó la proposición. Tampoco pareció conveniente contratar enfermeras pues, además de caro, implicaba tener personas extrañas que había que alimentar y que, en fin, alterarían más a la familia.

Los argumentos sobraban: Roberto, desempleado; Rebeca con la construcción, estaba hasta el tope de gastos; Margarita, pues vive al día: Raúl y Olga, con los gemelos en colegio bilingüe, demasiados gastos.

Amalia vio c o m o el cerco se cerraba a su alrededor. Iba a explotar, pero Fernando, su marido, que la conocía demasiado bien, le presionó con fuerza la m a n o en la rodilla para indicarle que no abriera la boca.

(26)

- C r e o que c o m o simple espectador les he tenido mucha paciencia; pero ya estuvo bueno. Ahora sí que me encabroné. Mi suegra n o es ningún calzón de puta c o m o para andar de arriba para abajo. Esta f u e la última vez que se discutió la situación de doña Rosita. D e aquí en adelante, éste será su único hogar, y permanecerá aquí los días, meses y años que le queden de v i d a . . . Y ni una palabra más.

U n o s s i l e n c i o s o s s e g u n d o s f u e r o n i n t e r r u m p i d o s por aplausos. Todos voltearon sorprendidos a la entrada de la cocina. Los dos hijos m a y o r e s de Amalia y Fernando batían sus palmas con los rostros m u y serios. Mientras sus parientes j u g a b a n a "la papa caliente" con la abuelita, ellos habían tenido tiempo de repasar las canciones de cuna, las tardes en el parque, las cucharadas en las m a d r u g a d a s de fiebre, las gorditas de azúcar y los cuentos t e a t r a l i z a d o s q u e entretenían p o r h o r a s a los nietos llorones, mientras que papi y m a m i se divertían en el cine. Estos recuerdos los convertían, de pronto, en guardianes de la persona que había vuelto locos a una bola de individuos que parecían beber agua de la eterna j u v e n t u d .

* * *

E L S E P E L I O FUE de lo más familiar. Salvo los sollozos aislados de

algunos nietos, predominaba un silencio de gargantas cerradas, un lenguaje de miradas cobardes.

Dos años había vivido doña Rosita rodeada de cuidados. La paciencia se había practicado de día y de noche, de enero a diciembre.

Una corona de crisantemos blancos resaltaba entre todas las demás. Su leyenda, muy sencilla: G R A C I A S , F E R N A N D O . Firmaba.

Rosita.

N É S T O R P A R E D E S

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- C r e o que c o m o simple espectador les he tenido mucha paciencia; pero ya estuvo bueno. Ahora sí que me encabroné. Mi suegra n o es ningún calzón de puta c o m o para andar de arriba para abajo. Esta f u e la última vez que se discutió la situación de doña Rosita. D e aquí en adelante, éste será su único hogar, y permanecerá aquí los días, meses y años que le queden de v i d a . . . Y ni una palabra más.

U n o s s i l e n c i o s o s s e g u n d o s f u e r o n i n t e r r u m p i d o s por aplausos. Todos voltearon sorprendidos a la entrada de la cocina. Los dos hijos m a y o r e s de Amalia y Fernando batían sus palmas con los rostros m u y serios. Mientras sus parientes j u g a b a n a "la papa caliente" con la abuelita, ellos habían tenido tiempo de repasar las canciones de cuna, las tardes en el parque, las cucharadas en las m a d r u g a d a s de fiebre, las gorditas de azúcar y los cuentos t e a t r a l i z a d o s q u e entretenían p o r h o r a s a los nietos llorones, mientras que papi y m a m i se divertían en el cine. Estos recuerdos los convertían, de pronto, en guardianes de la persona que había vuelto locos a una bola de individuos que parecían beber agua de la eterna j u v e n t u d .

* * *

E L S E P E L I O FUE de lo más familiar. Salvo los sollozos aislados de

algunos nietos, predominaba un silencio de gargantas cerradas, un lenguaje de miradas cobardes.

Dos años había vivido doña Rosita rodeada de cuidados. La paciencia se había practicado de día y de noche, de enero a diciembre.

Una corona de crisantemos blancos resaltaba entre todas las demás. Su leyenda, muy sencilla: G R A C I A S , F E R N A N D O . Firmaba.

Rosita.

N É S T O R P A R E D E S

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• Q U É P O R Q U É M E A T R E V O a venir al sepelio de mi padre?

S i m p l e m e n t e por eso, p o r q u e era mi padre. ¿ N o le parece suficiente razón? - c o n t e s t ó Néstor con fastidio.

- S í , claro, claro - l e respondió el periodista-. Lo que pasa es que usted no ha querido hablar de todo aquel asunto con nadie y, ahora, por fin se deja ver en público.

- M i r e , en primer lugar, quiero ver a mi padre por última vez y, en segundo, creí que a nueve años de lo sucedido, ya todo estaba olvidado. A d e m a s , me parece j u s t o que con su muerte, Néstor Paredes deje de ser para siempre comidilla de la opinión pública. Y si me permite, tengo que entrar.

- E s p é r e s e , piense lo que le dije antes. A Proceso le interesa su historia y... créame, le conviene. Mire Néstor, hasta para usted sería c o m o una liberación. ¿ C ó m o ve? ¿Lo va a pensar? - l e insistió el hombre caminando tras él.

* * *

Qui: R A Z Ó N T E N Í A N esas Damas Vicentinas que nos visitaban en la

i cárcel, cuando tratando de confortarnos repetían unos versos de

(29)

una santa de quién sabe dónde, que decían: " N a d a te turbe, nada te espante, en esta vida todo se p a s a . . . " Pero pensándolo bien, por un lado se pasa y por otro, no tan fácil se olvida.

Recuerdo m u y bien cuando en quinto grado de primaria m e enteré de quién era mi papá en realidad: - O y e Néstor, en el periódico hablan de un señor que se llama igualito que tú. La fotografía donde él aparecía j u n t o con su esposa y sus otros hijos, recibiendo no sé qué nombramiento, explicaba muchas de las dudas que me atormentaban desde m u y pequeño.

Mi madre nunca me dio respuestas; aceptó con sus silencios todas las mías. Mi primo Mario siempre supo todo. En ese tiempo mi papá e m p e z a b a a ser conocido en la política y se f u e abriendo camino gracias a la facilidad de palabra que tenía, además de otras tantas " c u a l i d a d e s " indispensables en esos ambientes.

La historia e m p e z ó c o m o m u c h a s , a u n q u e al final se complicó, o m e j o r dicho: la compliqué. Mi m a m á era una madre soltera de dieciocho años. Lo conoció cuando él era apenas un regidor que colaboraba para la diputación de un licenciado. Ella estaba entre la bola de curiosos, esperando el.delantal y la gorra de la propaganda, c u a n d o su cara bonita y su bien f o r m a d o cuerpo llamaron la atención del político. Para pronto se acercó a saludarla y le entregó una tarjetita blanca: - M e dará m u c h o gusto poder servirle algún día - l e dijo fijando la vista no precisamente en la bonita cara.

M u y pronto se llegó el día en que mi futura madre necesitó la ayuda del mentado señor Paredes. Le urgía trabajar y ninguna puerta parecía abrirse. Se decidió y se fue con la tarjetita a buscarlo a su oficina. Primero la trajo vuelta y vuelta, después le ofreció una c h a m b i t a temporal; pero trabajo, lo que se dice trabajo, nunca le dio. Dicen que primero se hizo la difícil y el hombre tuvo que

rogarle, pero más pronto de lo que hubiera querido, cayó rendida ante las p r o m e s a s de protección y dizque a m o r de un experto labioso que se las sabía de todas, todas.

D a l e gracias a Dios que un hombre ilustrado se fije en ti -le dijo la a b u e l a - . En tu situación, con esa niña sin padre, ¿qué puedes esperar?

La casa de Infonavit luego lueguito se la consiguió; pero a los pocos meses, cuando el embarazo se presentó, las p r o m e s a s de matrimonio se evaporaron más pronto que la lluvia en el desierto. Por si o por no, la abuela se llevó a mi hermanita a vivir a su casa: -El diablo no duerme Chayo, yo sé lo que te digo. C u a n d o quieras ver a mi nieta ahí va a estar. ¡Ah! p e r o eso sí, n o te o l v i d e s mandarme lo de la manutención.

¡Pobrecita de mi madre! Pero lo que la perdió en la vida fue su maldita inseguridad. Siempre dejó que los d e m á s decidieran por ella. No sé si el rencor hacia mi padre f u e arraigándose más de verla a ella tan amargada, tan triste, tan poquita cosa. Una sola promesa pudo obligarlo a cumplir. Dicen que desde antes de mi nacimiento, dejó de visitarla. Cuando por fin, después de algunos meses fue a conocerme, lo de ella fue un llorar, que no h u b o poder humano que pudiera calmarla. En un m o m e n t o de debilidad y temiendo que la pobre cometiera una locura, mi padre le cumplió su gusto: registrarme con su mismo nombre.

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madre se había conformado siempre con ser plato de segunda mesa, y por q u é y o tenía que cargar con las consecuencias. A mi padre •nunca le merecí un poco de su atención, una m i g a j a de su cariño. Que la razón de su rechazo, según la psicóloga del penal, fue mi extraordinario parecido con él; la sorpresa de que el hijo ilegítimo era precisamente el q u e había heredado físicamente todo. Según me dijo esa mujer, con tantito que mi padre se me hubiera acercado, habría sentido el impulso de quererme, lo que hubiera puesto en r i e s g o la i m a g e n q u e hasta ese m o m e n t o le g a r a n t i z a b a una prometedora carrera política. Pero si ahora, eso no me parece justo, m u c h o m e n o s cuando era muchacho.

Un día le j u r é a Mario que me iba a vengar y mi primo no me creyó.

No tuvo que pasar m u c h o tiempo para llevar a cabo lo que me había propuesto desde niño. Tantos años de permanecer callado, mirando desde lejos c ó m o el hombre que me había dado la vida subía igual q u e la e s p u m a m i e n t r a s n o s o t r o s acá, olvidados, humillados. Hasta me c a m b i é el n o m b r e ; sí, me puse Ernesto Paredes y así logré despistar cualquier relación con el conocido político. Mi padre peleaba ya en ese entonces un puesto en el Senado. Su rostro, favorecido por los trucos de los fotógrafos, estaba p e g a d o en las grandes avenidas. ¡Pobrecito! ¡Se veía tan sonriente por todos lados! Yo acababa de terminar la preparatoria y, c o m o no aprobé el examen de admisión a la facultad, tuve tiempo para planear m u y bien el asunto.

Mario se convirtió en mi cómplice porque no le quedó de otra.

Primero dedicamos varios días a seguirlo en el taxi de un amigo. N o f u e fácil porque m u c h a s veces tomaban el r u m b o hacia el aeropuerto y era de suponer que estaría ausente varios días. Por

fin, una tarde, después de m u c h o esperar, lo seguimos hasta su domicilio particular. M u y arriba del cerro, por el r u m b o del Chipinque, la casa ocupaba varios terrenos y estaba vigilada por un uniformado. Temamos que pensar muy bien c ó m o acercarnos a esa zona sin ser considerados sospechosos.

Pocos días después, muy peinados y con nuestra mejor cara, nos presentamos al encargado de los jardines de ese sector. C o m o la casa quedaba bastante lejos de la última parada del camión y luego había q u e subir a pie por calles m u y p r o n u n c i a d a s , los trabajadores no les duraban, así que teníamos posibilidades. Le rogamos al ingeniero que nos diera trabajo los dos meses del verano, y después de un interrogatorio y de revisar nuestra papelería de e s t u d i a n t e s , a c e p t ó . En p o c o s d í a s d e m o s t r a m o s s e r t a n responsables y c u m p l i d o s , q u e m u y p r o n t o nos g a n a m o s la confianza del j e f e . Todos los días, cerca de la hora de salida, m e iba acercando a la casa de mi padre con el pretexto de limpiar los arriates de las flores, para que el vigilante se acostumbrara a verme. Una de esas tardes de julio, con un calor de los mil diablos, el hombre se me acercó y m e ofreció una soda enlatada. E m p e z a m o s a hablar del calor y terminamos hablando de lo que me interesaba realmente. Por lo pronto el licenciado Paredes cuidaba, c o m o lo más p r e c i a d o , d o s c o s a s : el M e r c e d e s B e n z d e p o r t i v o y su "princesa", la hija m e n o r que, en ese entonces, estaba a punto de cumplir los quince años.

Cualquier día esa familia se llevaría una sorpresa, lo único que había que hacer era tener paciencia y yo tenía la suficiente, de eso no cabía duda.

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- L a niña está dormida, don Ramiro, no se preocupe.

Esa última frase que alcanzamos a oir, me hizo decidirme

- ¡ A h o r a o nunca! - l e dije a M a n o .

El inocente vigilante no tardó en acercarse a nosotros para echarse la platicada y estaba comentando sobre la dichosa fiesta que el candidato daría por la noche, cuando fingí un fuerte cólico. Con el pretexto de que tenía necesidad de ir al baño, le pedí a don R a m i r o que m e dejara entrar. Él lo pensó un m o m e n t o , pero al v e r m e tan mal, enseguida aceptó. Nos abrió la puerta de servicio que daba directamente a las cocheras y a la lavandería.

N o había tiempo de amabilidades, M a n o hizo lo que yo le había indicado:

- L o sentimos, Ramirito, no tenemos nada contra usted, pero tendrá que estarse m u y quietecito - l e dijo amarrándolo m u y bien y tapándole la boca.

Yo me introduje rápidamente al interior por la cocina y me sorprendí de ver el lujo de los salones principales. Pero no me detuve, subí directo por las escaleras y abrí de golpe todas las puertas. En una de ellas estaba la "princesita". ajena a todo v distraída con unos minúsculos audífonos. En ese m o m e n t o me sentí p r o t a g o n i s t a de a l g u n o de t a n t o s p r o g r a m a s de la televisión americana: sin importarme los gritos y los pataleos la levanté con brusquedad y me la llevé a la fuerza hasta la cocina. Allí agarré uno de los cuchillos de acero que colgaban cerca de la estufa.

- S a c a las llaves del Mercedes y me vas a llevar a donde vo te diga, ¿entendiste? - l a amenacé

Me gritó que no sabía conducir, que no sabía el código de la alarma y otras tantas mentiras, pero yo ya la había visto salir en ese carro supervisada por sus hermanos.

- ¿ C r e e s que m e puedes engañar, tontita? - y le acerqué el cuchillo al borde de las costillas.

Temblando marcó los números de la puerta y, al abrirse, la empujé hacia adentro. Sacó el carro con m u c h a torpeza de la cochera y seguimos las curvas de la calle para tomar el descenso rumbo a las avenidas. Me deshice del cuchillo en un terreno baldío porque nunca pensé usarlo y en cuanto llegamos a la recta de la avenida ancha, la obligué a acelerar más y más. Ella sin dejar de chillar pisó hasta el fondo el acelerador y yo la seguía presionando: cuando el carrito de sueño alcanzó una velocidad e n d e m o n i a d a , supe que había llegado el m o m e n t o . Cerca ya de la glorieta donde está la estatua de un hombre desnudo, hice a un lado a la muchachita que, después de todo, era mi hermana y, sin importarme nada ni nadie, torcí bruscamente el volante.

L A O P E R A C I Ó N V E N G A N Z A resultó un éxito: todos perdimos. Dos

inmensas bolsas de aire impidieron una tragedia mayor. Mi media hermana y yo perdimos algunos dientes y tuvimos fracturas. Mi padre perdió todo: su Mercedes, su matrimonio y lo que m á s le pudo, el p u e s t o en el Senado. El Norte se e n c a r g ó de q u e el accidente se convirtiera en una historia más truculenta que las telenovelas. Durante semanas el escándalo sobre el hijo ilegítimo y h o m ó n i m o al candidato f u e alimento de periodistas, políticos y lectores. No quedó nada más que la vergüenza.

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m u c h a lástima por él. La impresión de lo sucedido le desencadenó una e n f e r m e d a d de cuidado que en pocos años lo llevó a la muerte. A u n q u e en e l f o n d o todos me consideran culpable, ninguno se atreve a decirme nada. Después de todo nadie duda que soy su hijo. Mi parecido físico con él es tan asombroso que c u a n d o mi padre vio mi retrato en el periódico aquel verano, dicen que casi le da un infarto.

Mi madre ya ni llora, según ella se le secaron los ojos para siempre. N o hay día que deje de repetir "Si hubiera pasado esto.. o k'Si hubiera p a s a d o lo o t r o . . . " Yo nada más le contesto por

costumbre:

- ¡ Y a cállese m a m á ! , acuérdese que el hubiera no existe...

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m u c h a lástima por él. La impresión de lo sucedido le desencadenó una e n f e r m e d a d de cuidado que en pocos años lo llevó a la muerte. A u n q u e en e l f o n d o todos me consideran culpable, ninguno se atreve a decirme nada. Después de todo nadie duda que soy su hijo. Mi parecido físico con él es tan asombroso que c u a n d o mi padre vio mi retrato en el periódico aquel verano, dicen que casi le da un infarto.

Mi madre ya ni llora, según ella se le secaron los ojos para siempre. N o hay día que deje de repetir "Si hubiera pasado esto.. o "Si hubiera p a s a d o lo o t r o . . . " Yo nada más le contesto por costumbre:

- ¡ Y a cállese m a m á ! , acuérdese que el hubiera no existe...

(34)

S

E T A R D Ó EN B A J A R más de lo acostumbrado. El olor del café

l l e g a b a h a s t a la p l a n t a d e a r r i b a . El j u g o e s t a b a perfectamente colado y Ena (sí, Ena y no Ana) sólo esperaba oír sus pasos en la escalera para preparar el omelet en el sartén y bajar la palanca del tostador. Con bebé o sin bebé, ella siempre se las había arreglado para tener todo listo a la hora de las comidas. Como todas las mañanas, mientras su marido aparecía, ella repasaba el enorme organizador colocado en el pasillo principal, que le recordaba toda clase de pendientes: v e n c i m i e n t o s de p a g o s y depósitos bancarios, vacunas de los niños, notas de tintorería, fechas de cumpleaños o la cita con el ginecólogo. Salvo el hecho de que nunca recordaba la fecha exacta de su última regla, Ena era una mujer extraordinariamente organizada y eficiente.

De ser la secretaria perfecta había pasado a ocupar el sitio de la digna esposa. Se habían "echado el o j o " desde el primer día. El, apenas un jefecito de departamento: ella, una secretaria bilingüe recién egresada de la academia y con sólo dieciocho años. En poco tiempo ella sabía tanto o más que él sobre la inyectora de plásticos. De acuerdo con su prometido, preparó una extensa información sobre precios, materias primas, permisos e impuestos. A los dos años siete meses de haberse conocido, un 14 de febrero, brindaban

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por la aprobación de un préstamo bancario que les permitía iniciar su propio negocio.

A u n q u e tuvieron que esperar tres años más para casarse, su b o d a f u e m u y l u c i d a y c o m e n t a d a , p o r q u e n o s o l a m e n t e f o r m a b a n una linda pareja, sino que a m b o s - e m p r e n d e d o r e s e inteligentes- parecían estar hechos el uno para el otro.

Poco después de la espléndida luna de miel en Puerto Rico, los inconvenientes fueron deslizándose tan rápido uno tras otro c o m o el hilo de una media. A partir de la cuarta semana de casados, el a m a d o Eugenio despertaba asqueado por los aparatosos vómitos de Ena. Lo p r i m e r o q u e veía al abrir los o j o s era la imagen d e s c o m p u e s t a de su trastornada esposa con los ojos llorosos, el pelo revuelto y la cara del color de las limas. Las frases ¡no puedo s o p o r t a r l o ! , ¡ m e s i e n t o m a l ! , ¡ q u e y a a c a b e e s t o ! , f u e r o n p r o n u n c i a d a s d e c e n a s de veces. A los nueve m e s e s un día de casados, c o m o para récord Guiness, nace un p e q u e ñ o bebé con c o m p l i c a c i o n e s d i g e s t i v a s q u e n o p a r a r á de llorar. " P í l o r o estrecho", fue el diagnóstico; "Problema congénito, pero operable", se leía en la hoja clínica.

S u m i d o s en su problema familiar, no se dieron cuenta a tiempo de que el panorama económico del país se tornaba peligroso y fueron sorprendidos por el f a m o s o "error de diciembre". La te-rrible devaluación triplicó su deuda y Eugenio tuvo que tomar decisiones solo, pues su inteligente Ena ocupaba todo su tiempo en atender al pequeño y organizar la casa.

Vender el mejor de los carros, renunciar a la acción del deportivo y traspasar un terreno en una zona exclusiva, fueron medidas obligadas que ella tuvo que apoyar: pero asociarse con un c o m p a d r e , nunca lo consideró una buena idea. Cuando, a pesar del dispositivo intrauterino, Ena quedó de nuevo embarazada, puso

término a su corta carrera empresarial en P L Á S T I C O S E N E S A (las dos

primeras letras de Ena y la E de Eugenio).

Entre vómitos y pañales, visitas a pediatras, h o m e ó p a t a s y natunstas, Ena se pasó los primeros años de matrimonio. Y aunque a Eugenio nunca le faltó un plato caliente en la mesa ni una camisa inmaculada y lista, su esposa - s i e m p r e desvelada y e x h a u s t a - dejó los placeres nocturnos para mejores años.

- ¿ P o r q u é llegaste tan tarde anoche?

- T u v e m u c h o trabajo.

- ¿ P e r o te llamé y no estabas en la oficina?

- N o todos los negocios se hacen en la oficina y tú lo sabes perfectamente.

- L o s niños se quedaron esperando hasta m u y noche los rompecabezas que les prometiste.

- ¡ U f ! Se me olvidó, diles que hoy m i s m o se los compro.

Conversaciones inconclusas, almuerzos sin terminar, besos fríos, salidas apresuradas. Claros síntomas de q u e . . . m e j o r no pensar.

* * *

C U A N D O m. S E M Á F O R O encendía el ámbar, Ena nunca se detenía y

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El consabido discurso y ella, la cara de sorpresa y la risita nerviosa de la disculpa ante la reglamentaria petición de documentos:

- P o r favor la tarjeta de circulación y la licencia.

- M i r e , este carro es de mi esposo y s u p o n g o que trae todo en orden, permítame... ¿Sabe?, casi nunca lo uso porque es estándar y . . .

¿ P O R Q U É EN U N M I N U T O tuvo que alterarse toda su rutina mental?

- s e preguntaba a sí m i s m a - ¿Por qué esa tarde, mientras él dormía la siesta, tuvo que utilizar su carro? ¿Por qué se pasó la luz roja y, al ser detenida, se vio obligada a abrir la guantera y descubrió

junto a la tarjeta de circulación, un par de boletos de avión. ¿Qué s i g n i f i c a b a n e s o s dos p a s a j e s r e d o n d o s con ruta M o n t e r r e y -Huatulco y viceversa, a nombre de su marido y de otra m u j e r ?

P e r o , ¿ c ó m o ? , e s a r u b i a C l a i r o l . ¡No p o d í a s e r ! Es d e m a s i a d o vulgar. Sí. sí, sí, la m i s m a de la que había bromeado con su marido acerca del monumental trasero a la Jennifer L ó p e z . . . ¿ C ó m o era posible que Eugenio hubiera caído en las garras de una P . . . con mayúscula?

N o cabía n i n g ú n error, en p o c o s días su m a n d o tenía planeado un fin de semana nada menos que con esa "asistente" de dirección.

Casi obligó al oficial a llenar los datos de la infracción. Se estacionó más adelante a revisar los boletos y tratar de asimilar lo que era evidente. Había estado demasiado ocupada con los niños c o m o para siquiera s o s p e c h a r que Eugenio p u d i e r a tener una aventura. ¿ A c a s o los f r e c u e n t e s " c o n g r e s o s internacionales de

negocios" habían terminado por ser sólo una mentira? A c a s o . . . acaso. . acaso.

En unos cuantos minutos repasó su historia de amor y su vida en c o m ú n . Vislumbró el divorcio, la amargura y la s o l e d a d . . . Con calma a c o m o d ó el espejo retrovisor con dirección a su cara y observó sus ojos en él. ¡Cuántas veces un apasionado Eugenio los había llamado brujos! Ahora las lágrimas intentaban desbordar la barrera de las pestañas y. c o m o su vida, todo se volvía borroso e indefinible.

De pronto arrancó un kleenex, apretó los ojos y los limpió cuidadosamente. Repitió dos veces la jaculatoria a la que tanta fe le tenía: "Espíritu Santo, f u e n t e de luz, ¡ilumíname!" y se puso en marcha.

C U A N D O SE E S T A C I O N Ó frente a la casa lo vio allí, afuera, visiblemente

angustiado:

- ¡ Y a sabes que no me gusta que uses m i . . .

Y ella, con una sonrisa de oreja a oreja, interrumpiéndolo

- ¿ Q u é ? ¿Estás molesto porque descubri el regalo que vas a darme''

Y entonces él, sorprendido: - ¿ C ó m o dices?

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que tienes planeado para festejar nuestros primeros siete años de casados. ¡Perdóname, mi amor! - c o n t i n u ó - . Vi los boletos por casualidad; pero no importa, realmente ha sido una sorpresota. A d e m á s era necesario que m e lo dijeras ya - a b r a z á n d o l o - , pues tengo que conseguir quien se quede esos días con los niños. ¡Será una maravillosa segunda luna de miel! ¿Verdad, cariño?

Mientras que a Eugenio le rebotaban todavía en los oídos los latidos de su acelerado corazón y atinaba a contestar: -¡Claro! Sí, ¡claro!; Ena acababa de sumar, a la lista de sus m u c h o s talentos, uno más. De haber sido ésa la escena principal de una película de Hollywood, su actuación le habría arrebatado el Oscar a Meryl Streep.

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que tienes planeado para festejar nuestros primeros siete años de casados. ¡Perdóname, mi amor! - c o n t i n u ó - . Vi los boletos por casualidad; pero no importa, realmente ha sido una sorpresota. A d e m á s era necesario que m e lo dijeras ya - a b r a z á n d o l o - , pues tengo que conseguir quien se quede esos días con los niños. ¡Será una maravillosa segunda luna de miel! ¿Verdad, cariño?

Mientras que a Eugenio le rebotaban todavía en los oídos los latidos de su acelerado corazón y atinaba a contestar: -¡Claro! Sí, ¡claro!; Ena acababa de sumar, a la lista de sus m u c h o s talentos, uno más. De haber sido ésa la escena principal de una película de Hollywood, su actuación le habría arrebatado el Oscar a Meryl Streep.

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LAS P E R E G R I N A C I O N E S A S A N J U A N que atraviesan la ciudad de Lagos

de Moreno han disminuido porque m u c h o s devotos marianos han preferido desviarse a Golondrinas para venerar a la Virgen del Fresno. La mayoría de la gente desconoce la historia de esta virgen milagrosa porque la Iglesia de Jalisco guarda sus reservas acerca de los hechos y tendrá sus razones; pero yo, que de alguna m a n e r a estuve e n t e r a d a de lo q u e s u c e d í a , m e h e c o n v e n c i d o de la trascendencia de aquello que hace treinta años parecía ser sólo una aventura de características sobrenaturales.

Golondrinas era uno de los muchos atractivos de Lagos. Significaba parte de la fascinación de ese lugar tan alejado de la modernidad práctica y la influencia gringa que caracterizan a la vida regiomontana. Cada verano podíamos dejar atrás la m o d e r n a casa d e f r a c c i o n a m i e n t o , c e r c a n a a una de las f á b r i c a s m á s importantes del norte de la ciudad, para penetrar en el m u n d o de los pueblos jaliscienses donde, hasta nuestros días, a b u n d a n las mujeres de rebozo y los hombres con sombrero de palma.

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altísimas torres de la parroquia, atravesábamos el h e r m o s o puente con la absurda leyenda, y entrábamos por la calle Padre Torres. Al i, abrir aquellas e n o r m e s p u e r t a s de m a d e r a se p r e s e n t a b a ante

nuestros ojos un trozo del paraíso que cobijaría nuestra infancia y j u v e n t u d con sueños, aventuras y cariño entrañable.

Para n o s o t r o s t o d o era a s o m b r o s o : m a d r u g a r p a r a ver ordeñar una vaca, recoger los huevos en los gallineros, vender al-falfa, correr entre los árboles de ciruelos y peras para llevar los desperdicios a los cerdos, y ser perseguidos por los perros. Por las tardes, d i s f r u t á b a m o s d e s g r a n a r mazorcas, b o r d a r s e c a d o r e s y delantales, o bien leer la colección de historietas m á s variada que puedan imaginarse: Vidas Ilustres, Joyas de la Mitología, Mujeres

Célebres, Archie; las tenebrosas Tradiciones y Leyendas o bien las

simpáticas aventuras de Memin Pinguín. Por las noches, los grandes nos c o n t a b a n h i s t o r i a s de a p a r e c i d o s o de t e s o r o s , p a r a que t e r m i n á r a m o s s i e m p r e c o n m i e d o en e s a c a s o n a i n m e n s a , e s c u c h a n d o los ladridos y aullidos de los perros y viendo sombras y figuras extrañas que nos obligaban, muchas veces, a refugiarnos en la c a m a de mi tía.

C u a n d o e m p e z a m o s la a d o l e s c e n c i a , los p l e i t o s entre primos y primas se hicieron más frecuentes, de manera que los h o m b r e s se fueron separando de nosotras. Nos excluían de todos sus planes, volviéndose m u y herméticos. En su famoso y prohibido club dizque subterráneo, construido a la sombra de unos nogales, descubrimos que fumaban, veían revistas para adultos y elaboraban el diseño de unas alas que según ellos - ¡ p o b r e s i l u s o s ! - los harían volar. Todo esto no pasaba de ser un j u e g o de j ó v e n e s inquietos y de espíritu aventurero.

Pero de un a ñ o a otro las cosas c a m b i a r o n . Todos los m u c h a c h o s , d i r i g i d o s p o r t í o M e m o , e m p e z a r o n a h a c e r expediciones nocturnas en una camioneta abierta, acompañados

de d o s t r a b a j a d o r e s q u e l l e v a b a n p i c o s y p a l a s . P o r las características de sus salidas todas p e n s a m o s q u e se trataba de la búsqueda de algún tesoro. Buscar tesoros en Lagos es una actividad que tiene m u c h o s adeptos. Según cuentan, no pocas personas se han encontrado tesoros enterrados en sus propias casas y, por lo tanto, tener algún conocido que se vuelve rico de la noche a la mañana ha ocasionado que m u c h a gente de los pueblos de Jalisco viva obsesionada, por generaciones, con la idea de encontrarse una olla repleta de m o n e d a s de oro. Las historias de tesoros se vinculan casi siempre con aparecidos o almas en pena y eso, para quienes somos escépticos, las convierten en cuentos a los que sólo dan crédito los niños. Sin embargo, las salidas por las noches a Golondrinas se fueron rodeando cada verano de un m a y o r misterio.

Mis primas sabían poca cosa. Golondrinas era una mina j abandonada cuya veta de estaño se había agotado desde la época

de Ávila C a m a c h o . Tanto Librado, el primo mayor, c o m o el tío Guillermo, se cansaban de repetirnos que a las minas no entraban mujeres. Sus explicaciones tenían que ver con que la palabra mina es femenina, con algo de los celos y con la mala suerte; el caso era que esas supersticiones nos prohibían acercarnos a ese lugar, situado apenas a unos veinte kilómetros de la pequeña ciudad. A pesar del secreto en que se mantenían, después de un tiempo nos f u i m o s enterando de ciertos detalles a fuerza de escuchar tras las puertas, al regreso de sus e x c u r s i o n e s : G o l o n d r i n a s tenía q u e ver con aparecidos o, m á s exactamente, con las ánimas. C u a n d o e m p e z ó a acompañarlos un sacerdote, el asunto tomó otro cariz y las m u j e r e s decidimos averiguar qué pasaba en esa mina.

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crucifijo pues temía se tratara de algo demoníaco. El c a m i n o que había que seguir hacia Golondrinas salía del Pueblo de Moya rumbo a la hacienda de una tía lejana, quien años después f u e asesinada por su capataz. A dos kilómetros de La Esperanza, la futura monjita t o m ó la vereda que salía del camino de terracería y, de acuerdo con las señales que habían averiguado con anterioridad, subieron un p e q u e ñ o promontorio que, por fin, les dejó ver lo q u e parecía ser la mina. Ya m u y cerca de la entrada y casi de inmediato, sucedió algo extraño. Empezaron a caer piedras. Primero, una después de otra; luego, c u a n d o todas se preguntaban qué pasaba, sobre el p a r a b r i s a s del carro g o l p e a r o n tantas p i e d r a s que - s e g ú n nos c o n t a r o n - parecía tratarse de una tormenta de granizo. Se llenaron de pánico al constatar que las piedras no venían del cielo, sino de la entrada de la mina, pero no se veía quién o quiénes las lanzaban de esa manera; C a r m e n sólo atinó a dar reversa para huir tan pronto c o m o pudo.

Después de lo sucedido y ya m á s tranquilas en la huerta, trataron de buscar explicaciones lógicas al evento; la respuesta m á s c o m p r e n s i b l e f u e s u p o n e r que la mina era un r e f u g i o de malvivientes. Las primas menores, intrigadísimas por lo sucedido, p l a n e a m o s una semana después y sin decir a nadie, nuestra propia búsqueda. Una tarde, cuando todos dormían la siesta, mis primas g e m e l a s , mi h e r m a n a de quince años y yo, "secuestramos1' al

a b u e l i t o p a r a q u e nos s e ñ a l a r a el c a m i n o , y nos s u b i m o s al Volkswagen amarillo, el único carro que podíamos usar.

El abuelito, r e f u n f u ñ a n d o , nos iba diciendo c ó m o tomar el c a m i n o r u m b o a la mina. C u a n d o por fin g i r a m o s hacia la vereda que nos llevaba a la subida que anunciaría la entrada, el carro se f u e f r e n a n d o y el volante e m p e z ó a p o n e r s e rígido. Mi abuelo, de p o c a s palabras, se b a j ó del Volkswagen y d e s p u é s de revisarlo se acercó a la ventanilla y nos d i j o bastante serio: -¡Va nos j o d i m o s !

Sin n i n g u n a a y u d a y a p u n t o de o c u l t a r s e el sol, nos encontrábamos en aquel terreno desierto y espinoso. El recuerdo de la llanta ponchada y del esfuerzo que tuvimos que hacer por ignorar q u e el s e g u n d o a s i e n t o del c a r r i t o g u a r d a b a el g a t o hidráulico, todavía nos da risa; mientras el abuelo metía r a m a s debajo del carro nosotras teníamos prácticamente q u e levantarlo en v i l o . La n o c h e n o s c a l l ó e n c i m a c a m b i a n d o la r u e d a y escuchando palabrotas que el abuelo nunca antes había pronunciado frente a sus nietas. El pobre, que se caracterizaba por su b u e n hu-mor, aquél día estaba furioso contra nosotras; en su vida había cambiado un neumático. Una vez arreglado el desperfecto, de lo único que nos acordamos fue de regresar. La mina volvió a quedarse atrás.

¿ H a b r á n sido c o i n c i d e n c i a s las dos f a l l i d a s v e c e s q u e q u i s i m o s a v e r i g u a r el s e c r e t o de G o l o n d r i n a s ? ¿ E x i s t í a a l g u n a fuerza extraña q u e por d e s c o n o c i d a razón i m p e d í a a las m u j e r e s a c e r c a r s e a la m i n a ? E s a s y o t r a s p r e g u n t a s n o s h i c i m o s repetidas v e c e s y l l e g a m o s a creer en parte las s u p e r s t i c i o n e s de las q u e se h a b l a b a . Por m u c h o t i e m p o nos o l v i d a m o s del asunto.

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