¿Puede  realmente  una mayoría estar equivocada?

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estar equivocada?

LUISS. ROBLEDO

Departamento de Filosofía Universidad de Buenos Aires lsrobledo@yahoo.com.ar

Resumen: Este trabajo se centra en la concepción rortiana de la justificación epistémica como el consenso asertivo comunitario y pretende ofrecer un argumento en contra de la identificación de ambas nociones. La crítica explota la perspectiva pragmatista que Rorty defiende: se propone entender que los estándares de justificación son histórico-contextuales y se trata de mostrar que la reducción de la justificación al consenso entra en conflicto con esta idea. Para ello primero se exponen y evalúan los argumentos de Putnam contra la concepción rortiana que giran en torno del problema del relativismo, así como las réplicas de Rorty. En segundo lugar se arguye que nuestra noción de sentido común de la justificación impide la identificación entre justificación y consenso, y abre la posibilidad de que una comunidad pueda estar mayoritariamente equivocada respecto de cuáles creencias están justificadas.

Palabras clave:justificación, comunidad, consenso

Uno de los puntos centrales de la disputa entre Putnam y Rorty, ambos declarados amigos de una concepción pragmatista, esto es, contextualis-ta, de la verdad y el conocimiento, tiene que ver con la naturaleza de la justificación de los enunciados. Ambos la conciben como contingente y re-lativa a los intereses y valores de una comunidad histórica particular, pero disienten respecto de su relación con las prácticas asertivas efectivas.

Putnam ha señalado cinco principios que articulan su concepción de la justificación (él la denomina “garantía”).1 Entre ellos señala que el hecho

de que un enunciado esté o no justificado es independiente de lo que la mayoría de nuestros pares culturales digan o pudieran decir al respecto, y se pregunta si Rorty estaría dispuesto a aceptarlo. Rorty ha respondido señalando que la justificación es “un asunto sociológico que debe ser deter-minado observando la recepción por parte de sus pares de los enunciados de [un hablante]S.”2Acerca de la posibilidad de que una mayoría se

equi-voque respecto de qué enunciados están justificados, Rorty hace una con-cesión: acepta que unamayoríapodría estar equivocada, pero que no tiene

1Cfr.H. Putnam,Realism with a Human Face, Harvard University Press, Cambridge, Mass.,

1990, p. 20, y D. Kalpokas, “Justificación y verdad. El debate Putnam-Rorty sobre los alcances de la verdad y de la justificación”, pp. 119–126, en este número.

2R. Rorty, “Putnam and the Relativist Menace”,The Journal of Philosophy, vol. 90, no. 9,

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sentido afirmar quetodoslos miembros de una comunidad asienten a py, sin embargo, que pno esté justificado, a menos que se abandone la pers-pectiva contextualista y se piense en la justificación como la adecuación a un patrón trascendental de racionalidad.3 La concesión, tal como señala

Penelas,4es que la justificación puede efectivamente ser independiente del

consenso mayoritario, pero no así del consenso global.

La réplica de Putnam es que si negamos la independencia entre justi-ficación y consenso y no adoptamos el falibilismo respecto de la justifica-ción, entonces sucumbimos al relativismo radical, pues no queda espacio ya para decir que ciertos estándares de justificación son mejores que otros y, por tanto, no podríamos criticar, por ejemplo, las creencias racistas del nazismo, pues éstas estaban justificadas en suethospeculiar. Creo que esta réplica está equivocada, pues hay que distinguir dos sentidos en que po-demos hablar de error en la justificación. En lo que sigue intentaré dos cosas: en primer lugar, mostrar que el sentido que interviene en la crítica de Putnam es atendido por Rorty y, en consecuencia, que la acusación de relativismo es injusta; y en segundo lugar, señalar que Rorty debería con-ceder que una mayoría puede equivocarse en el segundo sentido también sin que esto signifique abandonar su concepción pragmatista.

I

La concepción pragmatista o contextualista de la justificación que tanto Putnam como Rorty dicen defender hace de la misma un término relacio-nal. En palabras de Rorty, estar justificado es estar justificadopara alguien. Por tanto, la noción de error o equivocación también debe ser relativizada. Hay, en general, dos sentidos en los cuales podemos entender la afirmación de que una mayoría puede estar equivocada al justificar. En un primer sen-tido, podemos querer significar con ella que todos los miembros de dicha comunidad aseveran o asienten a p; sin embargo, el caso es que no p. En el otro sentido, podemos querer decir que los miembros de la comunidad sostienen como justificada una oración p, pero que p, según sus propias normas y estándares, no estaba justificada (para ellos mismos).

La posibilidad de que una comunidad se equivoque en el primer sentido es reconocida por Rorty en el uso cautelar del concepto de verdad, según el cual “justificado pero tal vez no verdadero” significa “justificado para nosotros, pero no para alguna otra audiencia posible”. La negativa de Rorty a conceder que una mayoría pueda estar equivocada no se dirige contra es-te primer sentido, sino contra el segundo. Pero es el primer sentido el que incide en la acusación de Putnam de relativismo, pues todo el punto está en

3R. Rorty,op. cit., 1993, p. 450.

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que podamos juzgar que ciertas afirmaciones o conductas (como la ideo-logía nazi) no estánrealmentejustificadas a pesar de que gocen del con-senso comunitario. Este “no estánrealmentejustificadas” debe entenderse en términos rortianos como “no están justificadas para nosotros”. Queda de manifiesto entonces que, contra lo que señala Putnam, Rorty puede sos-tener consistentemente que una comunidad no puede estar globalmente equivocada al afirmar que p está justificada (en el segundo sentido,i.e., según sus propios estándares), y al mismo tiempo defender la idea de que los estándares de las distintas comunidades pueden ser evaluados.

II

Cabe preguntarnos ahora, sin embargo, si es plausible la negativa de Rorty a aceptar que una comunidad pueda estar masiva o globalmente en un error al considerar la justificación de los enunciados en el segundo sentido, es decir, según sus propios estándares.

Putnam sostiene que el principio de independencia de la justificación respecto del consenso mayoritario es parte del concepto mismo de justi-ficación. Considero que este punto goza de bastante plausibilidad prima faciesi nos apoyamos en nuestras intuiciones de sentido común. De hecho, normalmente entendemos la justificación como una cuestión normativa, es decir, que involucra derechos y obligaciones, y también entendemos que está vinculada con la posesión de razones, como aquello que impone el estatus normativo en cuestión. Cuando se nos desafía a mostrar que un enunciado está justificado, lo que hacemos es aducir razones, esto es, cita-mos otros hechos que hacen el trabajo de proporcionarnos cierto derecho a afirmar aquél. La índole de estos hechos dependerá, por supuesto, del carácter y el tema de nuestra aserción, así como de las normas de nues-tra comunidad.5En general, no estamos dispuestos a aceptar el consenso

como una razón en favor de un enunciado a menos que el consenso figu-re explícita o implícitamente entfigu-re las normas que rigen nuestro estándar de justificación particular. Respecto de los enunciados acerca del mundo natural, por ejemplo, puede haber una norma de deferencia que nos diga que hay que consultar la opinión de los expertos, pero en última instancia creemos que tal opinión estará justificada, a su vez, por mecanismos que no involucran en absoluto hacer sondeos de opinión.

El tema principal aquí es el tantas veces suscitado por aquellos críticos de Rorty que, como el propio Putnam, simpatizan con su aversión al rea-lismo metafísico acerca de la importancia, utilidad o valor filosófico de la

5No deseo por el momento ni suscribir ni cuestionar la concepción contextualista acerca

de la justificación. Creo, sin embargo, que aun si uno considera que la justificación debe ser universal y ahistórica, la opinión vulgar y preteórica es que nuestras propias normas y estándares particulares son justamente los que tienen validez universal.

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distinción entre lo normativo y lo descriptivo. Rorty cree que éste es uno de tantos dualismos generados por la imagen platónica, predarwiniana, de la racionalidad humana y que conviene abandonarlo. El punto de Rorty es que a la hora de dar sentido a las normas, de determinar su fundamento, no hay dónde ir a buscarlo si no es en el hecho de que nuestras prácticas son las que son (y podrían haber sido de otra manera). Abandonar esta idea de que no hay más fundamento que nuestras prácticas es abandonar la concepción pragmatista, pero abrazarla no obliga a la abolición de la dis-tinción normativo-descriptivo. Lo que es más, el olvido de esta disdis-tinción en el caso particular que nos ocupa, el de la justificación de las aserciones, oscurece el carácter contextual de la misma.

Podemos poner a prueba esta intuición de que la justificación es al me-nos lógicamente independiente del consenso, aun el global, a través de nuestras intuiciones de concebibilidad. ¿Es concebible una situación en la cual todos los miembros de una comunidad se equivoquen respecto de cuá-les enunciados están justificados? Propongo abordar esta cuestión a través de un experimento mental: intentemos imaginar una situación en la cual todos los miembros de una comunidad coincidan en afirmar cierto enuncia-do y, sin embargo, según sus propias normas de justificación tal enunciaenuncia-do no esté justificado, y veamos si esta situación encierra alguna contradicción o sinsentido.

Imaginemos, pues, que en la comunidadChay cierto estándar particu-lar de justificación. Para simplificar, imaginemos que los miembros de C

no distinguen distintos mecanismos justificatorios para distintos tipos de enunciados, sino que cualquier enunciado está justificado según su están-dar particular si y sólo si ha superado una serie de diez tests, cuyo detalle es irrelevante. Imaginemos ahora que los miembros de C admiten como justificados los enunciados p1 a p1000; esto es, cada uno de los miembros

deCestá dispuesto a afirmar y a asentir frente a cada uno de ellos porque cree que están justificados según su propio estándar, es decir, que han su-perado exitosamente los diez tests. Sin embargo, el enunciado p5, a pesar

de la creencia en contrario, no ha superado en realidad el test número 10, quizá porque nunca ha sido sometido al mismo y sencillamente nadie ha reparado en ello. Si esta situación es concebible, es decir, si no hay aquí es-condida alguna contradicción o algún sinsentido, entonces la justificación es independiente, al menos conceptualmente, del consenso.

Para entender mejor qué es lo que estamos imaginando, podemos pensar en un caso real: la Europa del siglo XIII. Se trataba de una comunidad

unificada bajo el marco cultural de la cristiandad. Esta comunidad tenía sus propios estándares de justificación de los enunciados muy distintos de los nuestros. En particular, uno de los criterios o “tests” para determinar si una afirmación de cualquier índole estaba justificada era su compatibilidad con la exégesis del texto sagrado y con el pensamiento de San Agustín.

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Según este criterio, las afirmaciones metafísicas de Aristóteles no estaban justificadas y, por tanto, fueron condenadas. Entonces el trabajo intelectual de Santo Tomás de Aquino puede entenderse como un esfuerzo por mostrar a los miembros de su comunidad que tales afirmaciones satisfacían este criterio y estaban, por tanto, justificadas.

Considero que la posibilidad lógica de la situación descrita es suficiente-mente plausibleprima facie. No es posible, sin caer en petición de principio, acusar simplemente una contradicción tomando como base el concepto de justificación, porque eso es justamente lo que el experimento mental busca desentrañar. Pero me interesa investigar de qué modo y por cuáles razones puede ser objetada.

La única manera de rechazar la concebibilidad de la situación propues-ta, creo, consiste en negar que tenga sentido decir que, pese al consenso respecto de la afirmación de p5 en virtud de la superación de los tests 1 a

9, el estándar de justificación para este enunciado incluya también el test 10. Esta réplica privilegia el punto de vista del intérprete: lo que hay es la conducta lingüística observable de los hablantes de C y, por tanto, no podríamos coherentemente atribuirles un estándar de justificación que no surgiera de ella.6Sin embargo, esta réplica tendría solidez si estuviéramos

en una situación de interpretación radical, frente a una comunidad cuyo lenguaje es, de entrada, absolutamente desconocido. Por hipótesis, la co-munidadCno es una comunidad tal. Suponemos que ellos son capaces de expresar, en un lenguaje que nosotros comprendemos, cuál es su estándar de justificación; es decir, hay entre ellos filósofos y éstos han desarrollado una teoría epistemológica que nos informa de esto. En consecuencia, es parte también de la hipótesis que cualquier sujeto competente deCque es-tuviera suficientemente informado acerca de las normas de su comunidad, si le fuera proporcionada evidencia de que p5en realidad no ha superado

el test 10, diría que ese enunciado no está (y nunca estuvo) justificado. Aceptado esto, insistir en que las normas de justificación son las que surgen de las prácticas efectivas de aserción es contraproducente para la concepción pragmatista en dos sentidos. En primer lugar, viola el principio contextualista, según el cual cada comunidad tiene sus propias normas y estándares de racionalidad, pues ahora sus normas y estándares no son propiamente los de los hablantes deC, sino los quenosotrosles atribuimos, que, por hipótesis, no son los mismos que ellos reconocen. En segundo lugar, dado que, también por hipótesis, los miembros deCson capaces de expresar sus propias normas en un lenguaje accesible a nosotros, nos en-contramos en una situación paradójica: con el fin de negar que sea conce-bible que una comunidad pueda estar globalmente equivocada respecto de la justificación de un enunciado es necesario afirmar que una comunidad

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puede estar globalmente equivocada respecto de cuáles son sus normas y estándares de justificación. Esto último constituye, a mi entender, un ca-so más de la negación de la autoridad epistémica de la primera perca-sona respecto de sus propios estados, sólo que en lugar de un sujeto individual tenemos aquí un sujeto colectivo, una comunidad. No voy a examinar esta cuestión en profundidad, pero quiero señalar que aun si se concede que puede haber casos en los cuales es posible cuestionar los reportes en pri-mera persona, según nuestras propias normas epistémicas serán necesarias razones para hacerlo y en este caso concreto no se ve cuáles podrían ser una vez que se haya concedido la descripción de la situación hipotética.

En conclusión, creo que la situación es concebible y que, por tanto, la justificación de un enunciado es independiente, al menos en un sentido ló-gico, del consenso global respecto del mismo. Sin embargo, esto no alcanza para decir que la justificación es en sí misma independiente de las prácticas de los hablantes y de los acuerdos entre ellos, pues, a la hora de dar cuenta de las normas que constituyen la justificación, quien desee permanecer fiel a la concepción pragmatista deberá recurrir a las prácticas efectivas que las constituyen. Por tanto, en contra de lo que señala Putnam, sigue siendo en un sentido un hecho sociológico el que un enunciado esté justificado o no, pero esto no oblitera la relevancia del discurso acerca de las normas para determinarlo.

III

¿Qué consecuencias puede tener esto? Una ya ha sido mencionada: hay más acerca de la justificación que el consenso de los hablantes respecto de ciertos enunciados y, en particular, hay una historia que contar para explicar por qué frecuentemente el consenso acompaña a la justificación.

En segundo lugar, esto le devuelve sus credenciales a la epistemología, a la que Rorty prefiere erradicar, aunque no ya del modo en que fuera concebida por los filósofos de los siglosXVIIyXVIII,i.e., como la disciplina encargada de desentrañar las verdaderas normas de la racionalidad o el orden natural de las razones. En cambio, la epistemología (así como la éti-ca y otras investigaciones filosófiéti-cas) puede permanecer como la tarea de efectuar lo que Brandom llama una “fenomenología de lo normativo”,7esto

es, el estudio de nuestras normas y estándares de justificación particulares, contingentes y socialmente construidos. Ésta es una tarea que Rorty debe-ría abrazar como realmente decisiva para que su concepción etnocéntrica pueda ser considerada reformista o progresista, pues esta investigación es la que puede proporcionarnos la información relevante acerca de nuestros propios estándares de justificación que sirva para apoyar nuestros juicios

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evaluativos. En especial, puede decirnos cómo se relacionan dichos están-dares con el resto de nuestro mundo cultural, a saber, nuestras creencias acerca de lo justo, nuestros intereses, nuestros valores, etc. Si realmente queremos ser la mejor versión de nosotros mismos, debemos acometer es-te trabajo de índole más ines-telectual y reflexiva anes-tes de dedicarnos a la política e intentar persuadir a un auditorio, pues nuestra concepción de la racionalidad es tal que las únicas armas que son a la vez lícitas y efectivas en la discusión ante interlocutores que compartan medianamente dicha concepción son las razones.

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